Gaziel |
14 de diciembre de 1948
ORTEGA Y GASSET. - Ayer por la tarde fui a escuchar la lección inaugural del curso que Ortega y Gasset dedica a «Una nueva interpretación de la historia universal», en torno a la obra de Toynbee. Era, también, el primer acto público del Instituto de Humanidades, creado ahora por él junto a algunos discípulos y amigos.
El acto se celebró en el salón del Círculo de la Unión Mercantil, un salón dorado y banal, de comerciantes burgueses que tienen casino. Pero había en él un detalle decisivo, que era imposible dejar de ver. En el plafón presidencial, justó detrás de la mesa del conferenciante, y dominándolo de arriba abajo, destacaba una gran oleografía de Franco -de un ex Franco-, todavía joven, delgado y con el pelo negro. Y, sobre el retrato del dictador, una enorme inscripción falangista, en letras doradas.
JOSÉ ANTONIO
¡PRESENTE!
¡PRESENTE!
Yo -y quizá alguien más-, al ver aquella escenografía, me pregunté ingenuamente: «Pero ¿es posible que Ortega y Gasset, el actual príncipe de la intelectualidad española en lengua castellana, acepte semejante sumisión? ¿De verdad creéis que saldrá... ?» Y, sí, sí, salió.
Había allí, esperándole, un público de intelectuales aburguesados y de señoras literatas: los antiguos lectores de El Sol y las antiguas y nuevas admiradoras de Ortega, y destacando, en las primeras filas, hombres del régimen -que lo han sido, que lo son o que esperan serlo-, como aquel Serrano Súñer, ministro de Asuntos Exteriores de inefable recuerdo, la joven Primo de Rivera o el poeta Pemán.
Al ver sobre todo la extraordinaria concurrencia femenina, con marquesas, condesas, burguesas y actrices, recordé la época en que, hace treinta y cinco años, en París, yo seguía los cursos que Bergson impartía en el Colegio de Francia. Pero ahora la cosa es radicalmente distinta: sólo se parece -y gracias- en que se trata de dos filósofos extrañamente queridos por un público mondain.
Era infinitamente más serio -pese a parecer tan frívolo- el curso de Bergson. Las damas, más distinguidas; los hombres, más preparados para aprender algo, y el maestro para ensenarlo.
Ortega, gran escritor, más que filósofo es un magnífico orador. Es una especie de Séneca menor, de unos tiempos muy inferiores. Ortega no piensa, no puede pensar de forma desnuda, seca. Apenas encenderse en su cabeza la luz de la ideología, u n enjambre de mariposas verbales, surgidas de lo más profundo de sí mismo, empieza a revolotear alrededor de la llama. Y ya no hay forma de mantenerla sola y pura: las mariposas la perturban constantemente, y a menudo la asfixian. Dotado de una gran imaginación verbal, Ortega logra de lleno –tanto si habla como si escribe- el perfecto fluir de la propia palabra.
Yo creía que la primera lección del curso inaugurado a ver iba a ser -recordando las de Bergson- una meditación en voz alta, pero seria, ceñida. Recuerdo que el filósofo francés no dirigía nunca una sola mirada a su público ni hacía la más leve concesión. Las damas se aburrían estrepitosamente; pero, por esnobismo, aguantaban. El maestro hablaba en exclusiva para nosotros, sus estudiantes, sus discípulos. El aula era un pozo de fervor y silencio.
La primera lección de Ortega fue, por el contrario, un asqueroso castillo de fuegos verbales, una divagación larguísima -aunque no pasara de los cinco cuartos que iba de una cosa a otra, como si quisiera concentrarse en un tema pero dejándolo enseguida, de modo que apuntaba cien cosas muy diversas sin llegar a concretar una sola. Bref: fue una caza de mariposas retóricas, a veces muy finas, a menudo con vistosos colores, pero que siempre dejaba a un lado la llama del pensamiento austero. Yo aún no he podido adivinar qué se propone con este curso ni adónde nos quiere llevar, a quienes vamos a escucharlo.
Ortega -como casi todos los retóricos- me parece un interesantísimo monstruo de soberbia, un vanidoso fenomenal. Cuando piensa, parece mirarse al espejo, y cuando escribe o habla se contempla en el espejo de su público. Y también como todos los retóricos, más que por su obra, está preocupado por el efecto que causa. Yo creo que desde siempre, y muy especialmente desde que la monarquía española está francamente en crisis -de 1920 a 1930-, Ortega llegó a sugestionarse de buena fe, a tomarse a sí mismo no como lo que es, un talento de primer orden y un talento de gran clase, sino ciertamente como un hombre excepcional, genial, hecho tanto para la acción como para la especulación ideológica –de los que de vez en cuando, además de firmar algún libro inmortal, se encargan de levantar a los pueblos caídos y de infundir en ellos nueva vida. Ortega creyó que era un salvador de España, o al menos tuvo el más absoluto convencimiento de que, aplicando a la realidad española sus ideas, el país se recuperaría prodigiosamente. Pero su tentativa de actuación como hombre público, como orientador en política fue un fracaso impresionante, que ya no tiene remedio ni salida...
Yo le miraba ayer, mientras estaba escuchándole. ¡Qué hombre civilmente tan pequeño, si lo compararnos con el gigante que cree ser! Unamuno, con el enfrentamiento que mantuvo contra la afable dictadura de Primo de Rivera, fue, como patriota, todo un titán al lado de este Ortega postrado ante la oleografía cursi de Franco y el santo y seña de Falange Española. Unamuno, de hecho, era un hombre. Ortega queda reducido al papel de un histrión. Es ahora, alzándose contra la envilecedora tiranía clerical y reaccionaria que asfixia cada vez más a la conciencia española, cuando Ortega podría erigirse en figura histórica. Ahora es el momento en que podría ser un Fichte. Pero prefiere no comprometerse ni arriesgarse, ir vegetando, y hacer como si hiciera algo, como por ejemplo este «Instituto» y estas lecciones; que no son nada ni de nada servirán -porque el único dueño de España es Franco, el de la oleografía; porque sobre Franco, en materia de cultura y enseñanza, mandan los jesuitas y Roma; porque los jesuitas y Roma se la tienen jurada a Ortega y a todo pensamiento libre. That is the question, el problema actual, de vida o muerte para España, y toda contemporización con ese estado de cosas es puro teatro.
Ortega piensa, habla y actúa: ¡pura retórica! Leyendo sus mejores libros -en los que hay tan gran cantidad de cosas agudas, incluso de cosas profundas, y tan densa profusión de frases hermosas, de sonoras metáforas: en una palabra, de literatura-, uno (yo, por lo menos) acaba siempre por sentirse hastiado, como después de un gran banquete compuesto sólo de repostería.
De tanto hacérsele la boca agua, con su extraordinaria fluidez verbal, Ortega ya lleva puesta una especie de máscara de hablar bien, la máscara del orador. Sus labios, sus mejillas endebles, han adquirido los pliegues de un fuelle de órgano, y sus movimientos son pastosos, como impulsados interiormente por una abundante salivación azucarada. Habla, habla, habla, ¡y con qué fruición! De paso, se escucha. Y cuando se dispone a decir algo bien pensado, que ha de causar efecto, veréis que previamente sus labios se enviscan con una untuosidad casi viscosa, como si presintieran el caramelo verbal, y su voz engolada emite una especie de cuac-cuac sonoro, como si fuera una gallina que expulsa con inefable fruición un huevo mirífico, un huevo de oro.
Ortega es el más ilustre exponente de la vieja y triste generación de intelectuales españoles -Marañón, Pérez de Ayala, «Azorín», Benavente, Baroja, etc.- que asiste a la muerte de toda libertad en las tierras de España. Y nuestra gran tragedia es que la mayoría de ellos lo hace no sólo sometida, sino además envilecida. Son los últimos ecos de aquel gran movimiento liberal que durante todo el siglo XIX pretendió renovar el país incorporándolo a las corrientes europeas. Aquel noble ideal fracasó del todo en 1936 -quizá porque la libertad y el liberalismo han sido siempre lo más opuesto a la esencia profunda de España, y la Europa a la que los liberales españoles querían incorporar España tampoco existe ya: es la sombra de una sombra, vergonzante y vergonzosa…
Ayer la figura de Ortega, ya viejo, conformista, acomodaticio, tratando aún de construir con fuegos de artificio verbales un «Instituto de Humanidades», ante un público de burgueses desorientados, pudientes y cobardes, en el fondo nada más que unos bons vivants, y bajo una oleografía barata de Franco coronada por el lema de la Falange, francamente, era un espectáculo para echarse a llorar.
Gaziel. Meditaciones en el desierto, pp. 109-113.
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