viernes, 20 de enero de 2017

Los proyectos inacabados. Entrevista de Santos Amestoy a Dionisio Ridruejo en “Pueblo” (15/12/1976)



Apenas unas memorias

EN el mes de abril de 1975, Ridruejo acababa de publicar la segunda parte de su «Guía de Castilla la Vieja». Poco después de aquel acontecimiento editorial habría de rendírsele un homenaje que tenía algo de salida a la luz de su partido —una de sus creaciones— la U.S.D.E., y mucho de reivindicar la libertad de reunión y la de expresión. E1 acto, ya en los umbrales de la paleodemocracia, perfilaba, todavía rudimentariamente, un tipo de acontecimientos sociales que hoy son casi hábito cotidiano. Dado mi trabajo de informador cultural en este periódico, asistí y consigné la presentación de la guía, como, hace pocas semanas, la del volumen editado por Planeta, en su colección Espejo de España, con el título de «Casi unas memorias». En esta última ocasión Torrente Ballester, Tierno y Laín Entralgo glosaron, respectivamente, los aspectos literarios, políticos y humano del autor.
En los días que mediaron entre la presentación de la «Guía de Castilla la Vieja» y aquel homenaje, mitad personal y mitad político, recibí, del director que por entonces regía este periódico, el encargo de hacer una entrevista a Dionisio Ridruejo. Se trataba de una entrevista de circunstancias que habrá de aparecer, si no recuerdo mal el mismo día del segundo de aquellos dos actos. Debíamos hablar, no obstante, de literatura y sólo de literatura y, si sólo de la Guía, mejor. Se trataba, como se ve y como se dice en las películas americanas, de mera rutina, más o menos hilvanada al hilo de la actualidad. Así que acudí a casa de Dionisio Ridruejo una tarde de abril que comenzaba a ser caluroso. El escritor me recibió en su estudio, metido en una bata azul; acababa de reponerse de uno de los múltiples trastornos a los que le tenía sometido su salud sempiternamente precaria. Moriría aquel verano, el 29 de junio. Cinco meses antes que Franco.
Pese a que la entrevista iba a ser de reducida magnitud, no utilicé el bloc de notas sino el magnetófono. Sabía que la palabra de Ridruejo (Torrente lo recordó hace muy poco) era de una rica precisión castellana; temía traicionarle el verbo. Y no me habría de arrepentir. Hoy conservo una grabación que dura más de hora y media en la que se contienen los objetivos últimamente formulados sobre su trabajo literario, junto con un montón de cosas más. Toda una charla entre Ridruejo y yo, o, más bien, unas copiosas y generosas explicaciones que el escritor-político me regalaba, pese a estar perfectamente enterado de los límites y finalidad de mi misión. Toda aquello quedó nítidamente registrado.
Hablamos de política y de literatura... y, sobre todo, de sus proyectos. Al final de la cinta se puede oír todo un ideario, cuya hábil exposición no me resisto a transcribir ahora. Respondía de esta manera a una pregunta mía: "He llegado a conclusiones reflexivas y. por lo tanto, nada fanáticas, nada dogmáticas y también muy creídas. A una convicción muy radical: la idea de la equivocación en la perspectiva en la que viví, en la que vivimos tantos y por la que nos parecía una evidencia que el gran valor del mundo era la unidad. He caído casi en una concepción contraria de la existencia y de la historia: que el gran riesgo del mundo es la tentativa de violar la realidad para lograr la unidad. Pero donde yo pensaba la idea del hombre de España, la unidad de los hombres de España, pienso ahora la unidad viviente, dialéctica, de los hombres de España en sus contracciones, pudiendo ponerlas a prueba libremente en un concurso, en un gran debate. De modo que, para mí, hoy la unidad consiste en un gran debate de variedades. Me he convertido, pues, en un pluralista. ¿En el orden de las tierras? Prácticamente, me he convertido también en un federal; no en un federal decimonónico, por supuesto. Pero creo que no tendremos un Estado vivo mientras no quieran responsabilizarse en él como tales, los diferentes países o nacionalidades que lo constituyen, mientras tengan el pretexto de estar oprimidos para no interesarse por él. Y si lo queremos así, habrá que contratarlo en su variedad, partiendo de su variedad de modalidades, de su conjunto de pueblos. Por lo que se refiere a la diversidad de las clases, es evidente que creo en su lucha como una constante histórica que no tiene, seguramente, el aspecto que le prestó el análisis de Marx y que, con toda seguridad, no conocerá jamás un desenlace, porque los vicios humanos tenderán siempre a reclasificar sobre las sociedades y el proceso de liberación del hombre. Prácticamente, el cuento de nunca acabar, un proceso infinito. En definitiva, ¿en qué me he convertido? Pues, la verdad, en un liberal solidario y dinámico. ¿Pero cuál es la posición de un liberal así, que esté dispuesto a creer en el valor de la crítica y a no dar por terminado ni concluso nada y, sobre todo, nada que se refiera al mundo? Lamento mucho no tener originalidad en la materia: el que suscriba una ecuación eficaz entre la democracia formal y el socialismo económico, entendido éste en forma liberal, es decir, como potencia de la vida humana y no como elemento simplificador para que no haya conflictos. Porque, en el fondo, el socialismo se está empezando a convertir en un dogma de derechas. Y hay que hacer de izquierdas al socialismo, en el sentido dinámico. Para mí ese dinamismo se cifra en una palabra, liberal."
PROYECTO PARA UNAS MEMORIAS
ENTRE las explicaciones y confesiones de Ridruejo, que conservo en aquella cinta —a la que su muerte ha dado un lamentable sentido de utilidad—, están las de los planes de sus memorias. Corno en seguida se va a desprender, el volumen de Planeta nada tiene que ver con las memorias que Ridruejo quería llegar a publicar. Antes que nada, vaya mi convicción de que iba a ser algo más que un tributo al correspondiente género literario. Serian —de haber sido— su verdadera, acabada y definitiva obra. Es muy fácil suponerlo. La vida de Ridruejo consiste en un encabalgamiento entre vida y política o, más precisamente, entre literatura y vida. Ambas repiten, como un estribillo en pie quebrado, sucesivas frustraciones. Su aliento de escritor —en el que la ética y la estética, en el más noble sentido de ambas acepciones, eran fundamento— le hacían, como él mismo confesaba, incapaz para el profesionalismo político. Su intervención en la vida pública, por contra, le privaba de dar cima a sus proyectos literarios. El género «memorias» había de ser la síntesis.
He aquí, a continuación transcrito, el proyecto de su obra, que nunca ya será definitiva. Pero, primero, reseño que en la cinta está grabada una condicional —entonces no lo supe, ni podía saberlo— premonitoria: «Sí no me muero antes, cosa perfectamente posible y hasta probable.» Oírlo ahora proporciona un indeseable estremecimiento. (El magnetófono registra, a veces, cierta fatiga, un jadeo cuyo significado, ahora, está ya patéticamente claro.)
Luego, tras decirme que los artículos que todavía estaba publicando en «Destino» obedecían, naturalmente, a la ley literaria del artículo, señala que forman parte de un plan muy complejo y que participan de dos series de memorias. Un grupo de ellas montadas sobre vivencias personales bajo el título «Sombras y bultos». "Eran evocaciones de personas —decía— que han tenido importancia en mi vida. A veces, importancia simplemente imaginativa". Las aparecidas hasta la fecha en «Destino» se referían a personas de dimensión pública. La otra serie habría de "llamarse «Evocaciones y lecturas» («o algo que se le pareciese»). 
A continuación, vendría un libro de memorias civiles, como él las llamaba, que pensaba editar este año, y que, a buen seguro, han debido nutrir el grueso del volumen de Planeta. Iban a comprender: «Desde los presagios de la guerra civil», hasta los primeros años cuarenta. El plan era completar los artículos de «Destino» con todo aquello que, por entonces, no le parecía susceptible de alcanzar la libertad de ser publicado en revista (y si en un libro), más sus experiencias durante los confinamientos que sufriera en Ronda y en Barcelona, a raíz de su famosa carta a Franco. Aunque me dice: «Nunca sé si incorporaré esta coda de mí experiencia pública.» Y añade: «En todo caso, este libro formará parte de un sistema de libros.» Pensaba, también, escribir un volumen de la infancia e intercalar en las «memorias civiles» otro sobre la campaña de Rusia. («Es un libro del cual tengo, si no me equivoco, doce cuadernos llevados allí directamente, que he de revisar, enriquecer y purgar por razones literarias, y que es muy curioso porque en él apenas se habla de la guerra, es el diario de un soldado. Yo es bien sabido que los soldados hacen la guerra, pero no le ven»)
A continuación, otro libro más sobre su vida en Italia... («Y es posible que de ahí, inevitablemente, vuelva a tomar el hilo para hacer el segundo volumen de las memorias civiles, y que comprenda el lapso de mi participación en la vida interior. Arrancarían del año cincuenta y uno y serían, ya, la contemplación de los acontecimientos públicos de un actor externo y, en algunos casos, beligerante.»)
No voy a tratar aquí de cotejar las «casi memorias» publicadas con la declaración de estos proyectos que nunca serán realidad, sino de brindar al lector un material informativo para que sea él quien compare y quien lamente. Sí, no obstante, subrayaré que, pese a todo, la publicación de los papeles dispersos de Dionisio Ridruejo es un beneficio impagable que habremos de agradecer a su recopilador para Planeta, César Armando Gómez. Y advertir que con este volumen no aparecen a la luz todos los inéditos de Ridruejo, como la prueba la referencia que hiciera de sus doce cuadernos de Rusia, El «casi», en fin, que se antepone en el título a «unas memorias» deberá, el lector, sustituirlo por un «apenas».
LA OBRA POÉTICA
OTRA de las sorprendentes declaraciones en que la muerte convirtió aquella grabación magnetofónica fueron las relativas a su obra poética A mi pregunta acerca de si continuaba escribiendo poesía, me .contesta: «Nunca he dejado de escribir poesía; poesía lírica, quiero decir, poesía lírica, poesía en verso. Siempre que encuentro una situación de pasaje por la tranquilidad escribo poesía. La he escrito en América, cuando he estado haciendo cursos en sus Universidades, donde la vida, como se sabe, es muy apacible, el tiempo muy sobrante y hay una cantidad de soledad muy estimable. Para unos, puede ser ésta un paso. Para los que nos falta, una especie de mina...» Me anuncia, entonces, su próxima entrega, que ya ha visto la luz en la revista «Litoral». («En breve»), y, a continuación, añade: «Están en curso, al menos, tres libros de poesía probables. Uno de recapacitación intimista, biográfica; otro de reflexión un poco más épica y generalizadora, de contemplación del mundo y de los grandes temas, y un libro de construcción de objetos poéticos puros, partiendo casi siempre de la visualidad. Esos tres libros están en mis carpetas, iniciados, y cuando es posible vuelvo a ellos.»
El proyecto de libros poéticos, que, a posta, he querido traer en último lugar, sirve también de paradigma de la obra de Ridruejo, escritor que, diríamos hoy, se movió entre el naturismo y el objetivismo; que perpetúa la tradición de escribir de España, pero sin los sublimismos noventayochistas de sus posteriores utilizaciones políticas y estéticamente nefastas, Y que, en efecto, discurrió siempre, reiterativa e intermitentemente, por territorios que van de lo íntimo a lo general, quedándose, muchas veces, en la palabra pura y objetiva que nombra las cosas.
Santos Amestoy, Pueblo, 15 de diciembre de 1976. p.29. 

jueves, 19 de enero de 2017

Josep Pla y la «Historia de la Segunda República»


José Pla habla de su «Historia de la Segunda República»

ANTE la inminente aparición de la obra de José Pla, «Historia de la Segunda República Española», gran número de personas se ha dirigido a nosotros solicitando noticas acer­ca de la misma. Insistían de modo especial en sus preguntas sobre el carácter y alcance de las páginas de este libro fundamental de historia contemporánea. Nos ha parecido, que nadie como el autor sería capaz de dar a conocer al público el sentido y tono de la obra, y para ello nos hemos dirigido a él, formulándole las preguntas, cuyas contestaciones ofrecemos a continuación a nuestros lectores:

— ¿Cuáles han sido a su juicio las faltas po­líticas más graves de la República democrática que la hicieron fracasar desde su nacimiento?

—Estas faltas políticas las he resumido, en el prólogo de mi libro, en una sola: la absoluta, la completa, la constante inadecuación entre el pensamiento y la acción. Los hombres de la República española forman un grupo caracteri­zado por una exuberancia verbal indescripti­ble. En ningún momento de la historia de Es­paña — ni en la época de la primera Repúbli­ca — se habló tanto como entre el 14 de abril y el 18 de julio. Se agitó, revolvió, discutió, polemizó, masculló y verbalizó todo lo que exis­te, en una forma u otra en España. Esta selvá­tica frondosidad, contrastó cada día, cada hora, cada minuto con una congénita incapacidad para resolver el más elemental de los problemas de la acción política: el problema del orden pú­blico. En la historia contemporánea, una situa­ción dibujada por estos dos hechos tiene un nombre: es el kerenskismo. El abogado Kerenski, orador brillantísimo, hombre de acción nulo, es el que crea las condiciones objetivas del triunfo de Lenin y el comunismo. En España. Azaña dando la cara y Prieto en la sombra — ambos forman el núcleo central de la historia política española de 1931 a 1936—, oradores no­tables, hombres de acción inválidos, crean las condiciones del triunfo fugaz y momentáneo de la revolución social en 18 de julio. Ellos son los responsables de la catástrofe española. Ellos abrieron, con una espantosa insensatez todas las compuertas de la cloaca y del crimen. Ellos sumieron a España en uno de sus períodos más angustiosos. Pero gracias a Dios hubo en Espa­ña fuerzas sociales suficientemente sanas para que al impulso de un hombre providencial y de la clase militar que nos ha salvado tantas veces en el curso de la historia — cosa que no existió en Rusia — pudiéramos invertir la situación y confundir definitivamente el ominoso período.

El fenómeno del kerenskismo no es un fenó­meno moderno. Es en política un fenómeno de siempre. Mi intención ha sido pues, en el libro, poner de manifiesto la inadecuación entre hablar y hacer que caracterizó la segunda República para llegar a demostrar que tantas cuantas ve­ces se reproduzca en España el mismo fenómeno, sus consecuencias serán idénticamente las mis­mas

— ¿Cuál ha sido, además de su veracidad y serenidad, el propósito de su obra «Historia de la Segunda República» y cuándo y cómo la ha escrito usted?

—Sí, desde luego, aparte del primer propósito, he tenido otro. Creo que las personas que por una o por otra razón tenemos una pluma en la mano estamos en la obligación de defen­der la sociedad española. De la lectura de mi libro se deduce mi propósito esencial. Habiendo observado, directísimamente, como periodista y como testigo, el desarrollo del proceso republi­cano, creo que el Alzamiento Nacional español era ineluctable, fatal y desde todos los puntos de vista absolutamente legal — a menos de creer que España había dejado de ser España —. Es precisamente de la manipulación objetiva y se­rena de las fuentes de este período que se de­duce la legalidad y la ineluctabilidad del Alza­miento. No he hecho, pues, una historia mo­nárquica o con textos de los monárquicos. No. He dejado que las cosas las explicaran los re­publicanos y es de estas explicaciones que se deduce, de un lado, la ineluctabilidad de la re­volución, y, de otro, el movimiento salvador de España.

La obra fue escrita, día por día, en Madrid, durante la República y completada en Roma cuando al ser expulsado de un determinado país tuve que pasar por Italia camino de la España Nacional. En la biblioteca de la Embaja­da de España en el Vaticano encontré muchos papeles que me fueron de gran utilidad. Desde estas columnas doy las gracias al Rdo. P. Pou, bibliotecario del Palacio y fraile franciscano, por haberme dado todas las facilidades.

— ¿Cuál es, según usted, el prototipo de pro­hombre republicano?

—A mi entender, hay tres hombres esencia­les. Un hombre en la zona de luz: Azaña. Dos hombres en la zona de sombra: Prieto y Largo Caballero. Azaña ha sido un juguete de los so­cialistas, su agente público. Detrás de la cortina Prieto manejó todos los hilos políticos. Largo todos los resortes sociales. Los demás — Lerroux, Alcalá-Zamora, etc. — no creo que lle­garan a tener existencia real y tangible en la alta «coterie» republicana. Azaña, es un resen­tido. Prieto, un orgulloso. Largo Caballero, un fanático.

Destino. 18 de mayo de 1940, p.8.

viernes, 13 de enero de 2017

Cristóbal Serra sobre Juan Larrea (II)

LARREA Y LOS TIEMPOS MATERIALISTAS

Cristóbal Serra

En una reciente intervención en la televisión española, fui invitado a emitir mi opinión sobre Larrea, y vine a decir que existía un ibérico desconocimiento de la obra ingente de este genio de la cultura. Me reafirmo aquí en lo que allí dije. Y este desconocimiento responde, a mi juicio, a toda una serie de causas, que resumiría en una: Larrea ha sido un genio en fuga de España, un genio que no admitía la vida dada, que sintió siempre impulsos de sobrepasar los valladares de la Contrarreforma.
Por otra parte, Larrea era un hombre de razones sapientísimas, y bien sabemos que el sabio (y más si es poeta) no es popular en nuestra tierra donde el histrión deja boquiabiertos a muchos de nuestros compatriotas. En España, son los audaces de las letras y quienes saben ganarse el renombre los que alcanzan notoriedad pública. A los recoletos, que viven para sus adentros, en este país no los conoce ni su padre.
Larrea es para mí un escritor muy actual. No hay nada añejo en su obra, abierta al futuro, como ninguna otra de las que hoy cuentan en Esparta. Es el hombre que, con más fuerza, ha roto las amarras de esta civilización utilitaria. Me atrevo a decir que es más quijote que Pound, que de quijote tuvo lo suyo. Larrea es más coherente que el poeta americano, y también menos dislocado, aunque parezca a primera vista que no encaja en molde alguno. El sueña con otra civilización más en armonía con las esencias de la cultura judeo-cristiana. Y unido a eso, ha descubierto la religión de nuestro lenguaje español (Prisciliano, los místicos. el Quijote, Unamuno) que, prendido a América, se revela sobre todo en Vallejo.
El mundo de Larrea está por encima de la razón, pero, poéticamente, por su imaginación, es un vidente. Lo ve todo en la esperanza de un mundo mejor. El espíritu de Larrea naturalmente tiende a lo profético y parte primordialmente del Apocalipsis y del Verbo de España. Maneja sabiamente los símbolos de la herencia judeo-cristiana (en los que se complace) y propugna una Ciudad de Amor que la Iglesia, deudora del judeo-cristianismo, no ha preconizado por ahora, que yo sepa.
Larrea no es un catastrofista al uso. Para él el Apocalipsis no se reduce a sangre y más sangre. El Apocalipsis es el Verbo: lo que la iglesia ha torcido y que hay que enderezar. De ahí su quijotismo.
Larrea, después de todo, espera el triunfo del espíritu judeo-cristiano que resplandece en el Apocalipsis, por el amor, por la espada de la paloma.
Para los aferrados a lo inmediato, que son los más de esta civilización materialista y opaca, esto suena a despropósito. Pero yo diría que es verdad porque es verdad. Y perdóneseme la tautología.
Larrea cree, y ahí radica el escándalo de su postura religiosa, que las religiones todas del Occidente que se ha proclamado cristiano, [han llegado] al grado de podredumbre y descomposición a que han llegado, están tocadas de muerte, porque no sólo mantienen con miras egoístas sus símbolos, sino porque crece cada día más en su seno el fervor por el oro
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Tras saber por dónde discurre el pensamiento de Larrea, veamos el género de vida organizada, más o menos, que ofrecen los tiempos materialistas.
          La gente enloquece por el dinero. El egoísmo está entronizado. El negociante sólo va a sacar tajada y cree que el que no la saca más le valiera quedarse en difunto o irse al infierno.
          La industria ha hecho irrespirable el aire de la gran ciudad. Los desechos de la fábrica han hecho impotable el agua. Los alimentos en su mayoría están adulterados. Las fibras artificiales no dejan respirar como es debido las casas, laberínticas, estimulan la delincuencia infantil. El campesino se ve repudiado por el mercantilismo industrial imperante que ha modelado la vida de nuestros días.
Estos frutos (no es de necios el decirlo) los trae al mundo moderno el burgués y el espíritu reformado. El mundo católico latino recibirá el contagio. Pero, en este orden, la esperanza del Occidente católico estaba separada del mundo real.
Después de las «summas», monumentos funerarios del saber, después de la sempiterna exégesis de los autores antiguos, la inteligencia europea inicia un viaje peligroso, animada por una desbordante soberbia. Las ciencias particulares afirman sus técnicas y sus vocabularios.
Se produce una disociación entre el cerebro y el corazón. Es razonable lo que es percibido individualmente por los sentidos, 1a otra vía de conocimiento, la que no se apoya sólo en los sentidos, queda cegada. Esto ha de marcar la ruina de la civilización occidental. Blake, visionario a todas luces, lo vio claro por los comienzos del dieciocho.
Digámoslo con todas las palabras que sean menester: el protestantismo, esta apariencia de religión, reducida a moralismo, se ha avenido perfectamente con la búsqueda científica y la actividad capitalista.
Este talante protestante ha permitido, entre otros resultados históricos, el prodigioso desarrollo del Imperio inglés y la subsiguiente creación de los Estados Unidos Detrás de estas dos creaciones esta la actividad burguesa, dispuesta a amañar un cristianismo acorde con la evolución científica y las transformaciones sociales.
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Cuando Larrea y León Felipe lanzan sus díctenos contra la vieja Albión, saben por dónde van sus tiros. Inglaterra, desde el XVIII, se constituye en un poder oculto que tiene al dinero como base, y que se sirve de los métodos comerciales y financieros más dúctiles, siempre con miras a la hegemonía mundial. La ausencia de una religión estricta, la falta de una ideología nacional (como no sea un vago liberalismo), la fachada democrática, permiten este desarrollo y lo aseguran con un máximo de eficacia.
Inglaterra no es propiamente la inventora del capitalismo, pero si la primera nación que le ha prestado una coherencia nacional y una voluntad internacional.
O sea, que el internacionalismo materialista de los ingleses, que heredan los norteamericanos, se ha opuesto siempre a toda unión amplia, continental y extracontinental, basada en un plano ideológico.
Vendrá el historiador puntilloso y me dirá que los ingleses bien que estimularon movimientos liberales en todo el continente y que fueron fautores de las fuerzas progresistas continentales. Y yo le preguntaré cómo actuaron con Napoleón, con el nacionalsocialismo Al principio, hasta los estimularon. Después, como no se acomodaban a sus intereses, había que acabar con ellos.
Hillaire Belloc, que no oculta su odio a todo lo reformado, afirma que el calvinismo trajo al mundo el comunismo y la reacción obrera. «Si no fuera por Calvino, no tendríamos hoy el comunismo». asegura con suficiencia de ortodoxo.
La Reforma realmente constituyó un antropocentrismo, en el sentido de que nació de una voluntad de libre examen, es decir, de una rebeldía del intelecto. Por lo tanto, desde sus comienzos, estaba contaminada por los factores mundanos y por la necesidad de aprovechar los recursos terrestres. Pudiera hablarse de un descenso «involutivo» o caída en un círculo de contradicciones. Erigido el calvinismo en doctrina teocrática, había de nutrir su propia contradicción, y derivó de él un teocentrismo invertido, reemplazando a Dios por la humanidad.
Para el calvinismo, el ser pobre era signo de castigo, de exclusión. Ser rico era el prólogo a la salvación. Así, la masa de los hombres de acción, que no salía beneficiada de esta peregrina predestinación, se encontró naturalmente abocada a una sociedad puramente terrestre, falta de dioses, y adoró pronto la humanidad, pero una humanidad terrestre y socializada.
La función de esta teocracia, netamente del periodo de «involución», fue acuñar una moral social utilitaria, que fue celosamente recogida como medio de gobierno por sus sucesores laicos.
Por ese camino, la secularización del calvinismo (que encontró, por otra parte, por ósmosis, una corriente semejante en el fondo del catolicismo de los pasivos que se dejan llevar por la corriente del mundo) condujo a la masa a divinizar el éxito social, y abrió el camino a un pragmatismo, tan bien adaptado como le era dado al reino moderno del dinero. Indiscutiblemente el utilitarismo del XVIII tiene que ver con el anglicanismo: no podía nacer más que en Inglaterra. Lo mismo el liberalismo económico, con su ferocidad implícita en la eliminación de los débiles (léase los excluidos, los no predestinados). A esto agréguese la utopía russoniana, tan propia del reino de la cantidad. El conjunto constituye hoy la doctrina de Occidente. Keyserling ha tocado una vez más en el fondo cuando ha escrito que Calvino era el padre espiritual del pragmatismo.
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El anglosajón mercantilista ha favorecido el individualismo, el despegue de los pueblos de ciertas comunidades históricas, pero ha impedido la constitución del nuevo mundo. Nadie más lejos de la utopía que el anglosajón. Como dice Larrea, los anglosajones, son mentes retardatarias. Y yo añadiría, rectoras de operaciones, a veces del más abyecto maquiavelismo.
Las guerras napoleónicas, alentadas por los comerciantes franceses que querían cerrar la Revolución a su favor, se terminaron con la victoria de la casta internacional de los comerciantes, y especialmente de su vanguardia británica, las guerras del XIX y la guerra del 14 no fueron más que crisis de crecimiento de la expansión capitalista. El capitalismo necesita de la casta guerrera. Esta contradicción constituirá la fatalidad del siglo XX.

LA GUERRA DEL 36
Con la guerra de España del 36 se manifestó el sentido profético de Larrea. Ningún español ha dado a aquella contienda el sentido que él le ha sabido otorgar.
La guerra civil española constituye para él el acontecimiento sensacional que le servirá de piedra de lo que para apreciar los diversos componentes de la realidad colectiva de aquellos años. Aquella guerra es un fenómeno misterioso, como misterioso es todo lo apocalíptico.
Larrea le ha atribuido tal importancia apocalíptica, que ésta ha parecido exagerada a los espíritus superficiales que ignoran la virtud mágica que adoptan ciertos lugares en ciertos momentos.
La guerra española del 36 no tuvo importancia porque fuera el más grande magnicidio de la época. Si se tratara de contraponer cifras, la guerra del 14 ocuparía un lugar más importante y significativo. Si atendiéramos al holocausto de mujeres y niños, la aventura bélica de Etiopia fue, si cabe, más repugnante.
El valor único, imprescindible, de la última contienda civil española, procede del hecho que se presenta con una nitidez simbólica: venció el Materialismo, vencieron las realidades inmediatas.
En «Rendición de Espíritu», Larrea, que entiende todo poéticamente, achaca al destierro del hombre del Paraíso la amputación de la conciencia humana y la clausura en el recinto de las realidades inmediatas. Por ser arrojado de las delicias del Edén a los abrojos del reino del Bien y del Mal, los hombres se vieron circunscritos a: tierra-paraíso; reino del hombre-reino de Dios. Para salir de la servidumbre de las realidades materiales, es preciso trasponer este reino de la evidencia inmediata que se desprende de las cosas para penetrar en la conciencia divina, universal del Paraíso. De aquí que el yo materialista sea oscuro. Este yo no puede comprender nada que no se halle de acuerdo con su constitución individual, estética, sucesiva.
El sueño paradisíaco lleva a rechazar el materialismo en globo, ya que el materialismo parte del hombre, animal económico. El sueño paradisiaco rechaza la tesis materialista, fraguada en el equívoco de la apariencia y de la esencia.
Concluye Larrea que los valores hoy vigentes pertenecen a un plano inferior subalterno. Pero eso sí, la conciencia del nuevo mundo no se encuentra muy distante. Y es en la Biblia, donde, según Larrea, la conciencia de este nuevo mundo queda señalada. Sin la Biblia — declara Larrea en «Rendición de Espíritu»— no es posible percibir la Cuarta Dimensión o Dimensión Divina.
Estas consideraciones le llevan a ver en la guerra civil un debute simbólico. Por eso mismo, escribe: «No se engañaban, pues, quienes pretendían que la guerra civil era una güeña de religión. Era la guerra de la religión católica, apostólica, romana contra su superación natural, la poesía. De aquí que en el bando agresor militasen los poderes eclesiásticos mientras que en el opuesto se encontraran totalitariamente los poetas».
Larrea, llevado de estas premisas poéticas, rechaza asimismo el sueño socialista por materialista, y dice: «Nunca el hombre se apoderara luminosamente del hombre por medio de una torre de Babel. El cielo se apoderara luminosamente del hombre por medio de la escala de Jacob». Y a renglón seguido añade: «la estructura esencial de la ciudad habrá de ser celeste». Construir un edificio material que permita a la mentalidad proletaria tal como es instalarse en las cumbres, más allá de los diluvios de fuego, dueña de la religión y de la poesía cuya trascendencia niega, es la pretensión del socialismo. El fracaso de tales propósitos es obvio para quien no tiene los ojos cerrados. El tema poético, la solución del problema, es de signo contrario. La ciudad baja del cielo, de la conciencia de la Realidad, a instalarse en la tierra.
Como se ve, la guerra civil española forma parte del misterioso orden que Larrea escudriña, siempre en vigilia de valores. Dentro del mundo del gran vasco, los movimientos sociales y revoluciónanos son un accidente, y por lo mismo no le cautivan las «panaderías» cósmicas que canta el materialismo de Neruda.
Larrea trabaja por medio de una intuición apasionada de signo milenarista, y esta seguro, sin petulancia, que sus predicciones se darán, De hecho se dan, para quien sepa leer los signos de los tiempos
En el libro de José Manuel Castañón «Entre dos orillas», hallo esta anécdota que revela que Larrea era un humorista y un corazón tierno. Hablando los dos, le dice: «Y como postre España tiene que caer. El Apocalipsis no es sangre y sangre. Para mí ya lo fue la última guerra mundial. El Apocalipsis es el Verbo: lo que la Iglesia ha torcido y que hay que enderezar».
Larrea ha sitio el único español verdaderamente universal en este siglo, porque ha dado a comprender al mundo, aunque este a decir verdad no le ha hecho demasiado caso, que en la reciente deshegemonización de Europa y en la transfiguración material del mundo, un papel singularísimo ha sido encomendado a España. Y, además, a él se debe el haber dado sentido al asilo de los exiliados. En las ciudades con nombres españoles, los vencidos van a llevar el inmenso peso de su dolor y la fuerza contagiosa de la rebeldía.
Larrea ha dicho que el éxodo hacia d nuevo continente era significativo. Es la tierra nueva que para Dante se asociaba con el Espíritu, la cual, habría de calificarse, al cabo de varios siglos, de «Continente de la Esperanza».

LOS PROFETAS DE LO ACIAGO
Los que rechazan la ilusión racionalista sienten intensamente en su interior que esta Ilusión debe conducir a la Humanidad a la desesperación, al abismo. Casi todos ellos son cristianos nostálgicos del Amor
Es realmente entre 1795 y 1850 que se han manifestado los profetas de la Gran Crisis. Encontramos profecías maléficas a través de los siglos sobre París, inquietantes para los parisienses. La mayoría de las profecías indican que Francia tendrá que rendir cuentas, que pasara por una liquidación mundial de cuentas.
La famosa visionaria alemana Ana Catalina Emmerick profetizo que Lucifer seria desencadenado en fechas precisas, 50 ó 60 años antes del 2.000. «Si no me engaño», añadía al poeta Brentano, que recogió puntualmente día por día sus visiones, desde el otoño de 1818 hasta el febrero de 1824.  
Según la madre Ràfols, la época del azote tenía que empezar en el año de la fuga del rey de España. Y según Palma-Marta Maturelli, el año de la proclamación de la república española (1931).
Con una precisión más atenuada, pero con una clara preocupación por la exactitud, Jeanne Le Royer, religiosa francesa que vivió en el siglo dieciocho, afirmaba que el Juicio (final de la Crisis) llegara en el siglo XX, no vendrá hasta sus acabijos, y que, si no se da en éste, no pasará el XXI sin que advenga.
En fin, Stormberger, profeta bávaro del siglo XVIII, fue uno de los pocos que, al parecer, asoció el Cataclismo con el Progreso técnico. La Gran Limpieza acaecerá -decía- cuando los hombres viajarán en coches no tirados por caballos y cuando viajarán en una dase de pájaros que volaran sobre los bosques, cuando los hombres no se podrán soportar unos a otros, cuando se vestirán de mujeres y las mujeres de hombres, y cuando la fe sea tan pequeña que pueda colocarse debajo de un sombrero.
Stormberger calculaba que esto sucedería dentro de cinco generaciones. Sabemos que una generación, en lenguaje profético, equivale a treinta años.
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Es sabido que este puñado de profecías (algunas de esencia divina) no quitaron el sueño a la mayoría de los europeos. Pero ahí están. Como están las de los astrólogos del Antiguo Egipto, quienes grabaron en la Gran Pirámide las predicciones sobre la longevidad del mundo y se pararon en el año 2000
Sera coincidencia o puro azar, pero tales fechas coinciden con las del lenguaje de Fátima (que el Vaticano bien que tiene en cuenta) y que fija un plazo de vencimiento para esta letra que a corto plazo, según nos conmina, tenemos que pagar. El término del vencimiento está en la segunda mitad del siglo veinte.
Sin ir más lejos, lo que contienen las escamoteadas revelaciones de Fátima son las mismas revelaciones que se encuentran en el Apocalipsis, los mismos violentos ataques contra los falsos pastores. Dice el texto in extenso que reveló un tal Emrich y que comentó una revista alemana de Stuttgard: «En Roma habrá grandes cambios. Lo que está podrido cae y lo que cae no debe ser mantenido, la Iglesia quedara y el mundo se hundirá en el desconcierto.»
Lo de Fátima remite al Apocalipsis, que no oculta que la cólera de Dios se dirige en particular contra «Babilonia la Grande», es decir, contra la Roma apostólica y romana y el resto del mundo.
Larrea, con otras palabras, ha dicho que el Amor volverá con la profecía cumplida, acompañado de Roma muerta. En la «Espada de la Paloma», los muchos párrafos que se dirigen a la iglesia son netamente apocalípticos.
Larrea compagina sus sentir y su pensar con el Apocalipsis, en el que ve (porque así se nos aparece) una espeluznante profecía contra Roma y su iglesia. Este documento extrañísimo no fue admitido por la iglesia griega durante cuatro siglos -sólo en el cuarto se admite. Fue el Concilio de Cartago quien lo incorporó el año 397 a las sacras escrituras. Las objeciones que se levantaron contra este libro airado pueden deberse a que ya entonces vieron claro que anunciaba una caducidad de la iglesia en beneficio de una ciudad espiritual que ha de superar el templo. No ha de extrañar que aquí diga eso tan rotundamente, porque el Apocalipsis tuvo que sortear muchos inconvenientes hasta conseguir la plena canonicidad. Según Larrea, si ocupa el último lugar es por ser la revelación escatológica por antonomasia, correspondiente al fin de los tiempos (adánicos).
Larrea nos alucina con su interpretación que está lejos de ser descabellada. Que no digan por ahí que es ciencia-ficción. Taxativamente, según Larrea, el Apocalipsis anuncia la destrucción de la Bestia Europa de siete cabezas y diez cuernos, en contraste con las siete iglesias de Asia. Por consiguiente, en la actual coyuntura histórica, cuando haya llegado la conciencia humana al borde de la universalidad y del nuevo mundo del Espíritu, el vigor de la sentencia emitida en la remota profecía se dispone a ejecutar su sanción.

Conferencia en el Club Diario de Mallorca, 31 de octubre de 1980.
Los Cuadernos del Norte. Número 4. Octubre-Diciembre 1980. pp. 60-63.


jueves, 12 de enero de 2017

Un relato de José María Castroviejo


Marineros de Vigo. Años cincuenta.
EL CURA DE DARBO Y LOS MARINEROS

Nochebuena en Cíes

HACE bastantes años, estaba yo a bordo de un pesquero de la marinera villa de Cangas de Morrazo, llamado el «Camina», un cabeceante día de diciembre con altas olas y mayores salseros.
Habíamos salido la antevíspera de Nochebuena con intención de perseguir a unos jureles que los escuchas del mar —que nunca se sabe de donde surgen ni como lo saben— nos habían señalado a veinte millas, al N.E. de «Cabo do home», en las graníticas y atlánticas Cíes.
Yo atravesaba una época de sarampión marinero, de la que, gracias a Dios, aún no me he curado, y todos mis escapes eran hacia el mar galaico, con el corazón palpitante y la ilusión por ronsel y guía. Aprovechando las vacaciones de Navidad, en cuyos endémicos alborotos preparatorios puse singular empeño personal para acudir a la cita de mis amigos los marineros, corrí de Santiago a Vigo, si es que correr se puede llamar al transporte que de mi cuerpo mozo hizo el ferrocarril, perteneciente entonces a una compañía inglesa, que une las dos ciudades. Pero aquel tren, objeto reiterado de todo caricaturista gallego de la época, me depositó al fin en Vigo, tras patriarcales horas de desliz por la campiña de la «beiramar» con paradas eviternas en todas las estaciones conocidas y en otras particulares, para viajeros amigos del maquinista. Digo todo esto sin la menor malignidad, pues una de las cosas más abominables que conozco, aparte de algunas actuales que no considero oportuno relatar, es la manía de la velocidad, que todos los idiotas y «snobs» de este mundo ejercen sin ton ni son y al final de la cual se consideran verdaderos personajes Pero es posible que en aquellos momentos maldijera de la Compañía, porque todo mi afán iba hacia el encuentro con «Chischís», el patrón del «Camina», que me esperaba en Cangas, para salir al mar y regresar en Nochebuena, en cuya fecha pensaba reintegrarme al fuego chisporreante del hogar paterno, que decía Querol. De Vigo a Cangas es corto el periplo, y aunque los vapores de pasaje entre la ría no constituyen un modelo de velocidad, llegué a la antigua villa marinera antes de finalizar la tarde y con un hambre endiablada.

Poemario Mar del Sol  (1940) de José María
Castroviejo sobre sus viajes a Gran Sol.

Me esperaban «Chischís», su cuñado Jesús, el timonel conocido por el nombre de «Jesucristo», los marineros «Llombo», «Xarmada», «Maumau», «Lumbrigante» y «Cavite», aparte de otros dilectos amigos entre los que figuraban el cura de la cercana parroquia de Darbo, don Francisco Lariño, que cosecha un excelente vino blanco, el cual ha contribuido, aparte su propia y nunca extinguida inspiración, a dotarle de las más refulgentes narices que jamás mortal alguno ha poseído, hasta el extremo de poder actuar de faro indicador en las noches de mucha cerrazón, para consuelo y alivio de navíos perdidos, desde el promontorio de Limens. Pero aunque no niego la posibilidad orientadora de las impares narices de mi querido amigo D. Francisco, debo decir en honor de la verdad que este último extremo no lo he personalmente comprobado. En unión de todos ellos me encamine, con esa alegría única de estudiante en vacaciones de Navidad, a casa de la señora Filomena, madre de «Chischís», donde fui obsequiado con sardinas cabezudas, congrio, lomo de cerdo y bistec de Moaña, que es la mejor carne conocida. Todo ello fue regado como Dios manda con vino de «Campañón», que madura entre- unas piedras lamidas por el sol y cercanas a Darbo, las que logran el milagro de producir uno de los mejores vinos del mundo, chispeante y grato como un vino de la Champaña, pues no en vano los nombres son parejos.
ENCUENTRO CON LOS PESCADORES DEL «GRAN SOL»
Pescando en Gran Sol
Salimos al anochecer, con un nordeste fresco y marinero, entre las bendiciones del cura de Darbo, que me despedía desde el muelle, con su hermosa nariz de reflejos metálicos, recomendándome prudencia.
El barco puso proa a las Cíes y Cangas, Balea y las playas de «Areabrava», «Area Milla», «Barra» y «Límeos» fueron quedando por estribor, rápidas y espumeantes en el rosa frío de la noche de diciembre, diciéndonos adiós desde los oscuros pinares que las festonean. La marinería iba alegre, «Chischís» muy locuaz v el barco muy marinero, mientras las estrellas se encendían parpadeantes y sobre una bruma sutil se alzaba la rodaja de la Luna, amarilla y agria, como un limón recién cortado.
Anduvo el «Camina» toda la noche soplando al cielo haces de chispas por la bocana de la chimenea, que temblaban un momento bajo el parpadea de las estrellas hasta caer sobre el frío mar, impulsadas por el viento. Mucho tiempo estuve contemplando la lucería de las calderas, que se me antojaba simbólica y alegre como un mensaje del barco a la próxima Nochebuena.
Al amanecer ya se veía saltar a los jureles por la proa del «Camina». Eran tantos que el mar parecía hervir y semejaba una inmensa caldera de pescado al blanco, preparado para una legión de Pantagrueles. Se lanzó en seguida el aparejo, a lo que ayude gozoso, saltando a la chalana, que bogaba lentamente en torno al hilo sumergido, para ayudar al cerco del pescado. Hicimos varios lances y cargamos el barco de jureles, que, asados sobre las brasas de la caldera, estaban deliciosos, bien regados con el «Campañon», del cual sabiamente embarcara «Chischís» existencia. Emprendimos el regreso a última hora de la tarde, ya entre fusco y lusco, viendo saltar por babor a los delfines, relucientes y bellos. Con dos rizos al Nordeste y oyendo las cantarelas sentimentales de «Maumau» que iba a la rueda:

Toda de mozos sáltenos.
Patraña dos marínenos.
Guíame a minha cuadrilla
Toda de mozas solteiras...
De entre unas nubes espesas, que volaron al límite las últimas luces del día, como un precipitado químico, salió un extraño impulso que hizo aumentar la fuerza del viento de modo inusitado, lo que nos obligó a avanzar muy lentamente, pues en proporción aumento la fuerza del mar, e íbamos siempre con la proa entre las olas, como un «pointer» estremecido, ante la proximidad de las perdices.
A medida que nos aproximábamos a la costa era peor el tiempo, conducido ya sin pudor alguno por un viento ebrio que convirtió a nuestro barco en una caja de resonancias llena de mil sonidos maravillosos. Cuando divisamos Cíes ya la cosa se presentaba como galerna fungente y amenazadora, y como veníamos muy cargados, por la suerte de los jureles, decidió «Chischís» refugiamos al abrigo de la playa grande de la isla, en espera de alguna bonanza para poder continua a Cangas. No éramos sólo nosotros los acogidos al amparo de la ensenada, pues se encontraban otros barcos de Cangas, entre los que recuerdo el «Antolina», el «Weyler núm. 2», el «Déjales que Digan» y el «Filomena», que mandaba un cuñado de «Chischís», conocido por «José Patrón», hombre de buenos sentimientos y muy malas pulgas. También se encontraban dos parejas del «Gran Sol» a quienes el tiempo obligara, como a nosotros, a buscar el «acougo» de la solitaria playa de Cíes. Una de ellas la reconocí con verdadera alegría, va que era «Nuestra Señora del Carmen», en la cual había realizado el pasado año un viaje al «Gran Sol» de emociones v permanentes recuerdos. Nos acercamos a ella y decidí darles una sorpresa, saltando a bordo sin anuncio.
Manuel Pérez, de Bueu, en un barco
de Bouzas en Gran Sol en 1950.
Mientras los marineros del «Camina» cambiaban saludos con los tripulantes del «Nuestra Señora del Carmen» me colé por la popa de mi antiguo barco, deslizándome como en una novela de aventuras, hasta el fondo de la máquina, en la que se hallaban reunidos «Perrachica», D. Serapio, «Patachín», el maquinista Prudencia, Germán y todos los restantes compañeros de fatigas en el viaje al «Mar del Sol».
Caí con estruendo por la escalerilla y pronto era sofocado por cordales abrazos y bienvenidas atlánticamente sinceras. Todos estaban alegres con mi llegada, incluso D. Serapio, adusto normalmente, que por cierto conservaba la marca del «cosido» que el marinero Germán le hiciera en la cabeza, con motivo de una herida atroz recibida en 1a «galerna» del «Gran Sol». Las puntadas de Germán, prodigadas tal vez un poco descuidadamente, le mantenían una ceja, la izquierda, algo tirante, por lo que la expresión del lobo de mar recordaba a la de ciertos actores en escenas de final de tragedia, singularmente a Ricardo Calvo.
Mi presencia fue considerada como de buen agüero y después de honradas libaciones acordamos, a propuesta de «Perrachica», trasladarnos al «Camina» para tratar sobre la Nochebuena.
FRANCACHELA EN LA «TABERNA DEL COJO»
Hicimos cónclave con «Chischís» y fue decidida, por unanimidad, la celebración de la fiesta en Cíes, ya que el temporal no amainaba y no se consideró factible la salida. Estábamos al abrigo y era reconfortante, como una faja interior, oír fungar al viento desesperadamente y entender el restallo frenético de las olas sobre los cantiles en la noche tenebrosa. Saltamos a bordo de las chalanas y remamos hacia tierra, cantando como energúmenos en la paz del abrigo.
Tocada playa, fuimos en peregrinación los tripulantes de los dos barcos, subiendo por un camino endiablado, con «Patachín» al frente, que bailaba en cada vuelta. Nos encaminábamos a la «Taberna del Cojo», especie de pirata que tenía establecida su industria en lo alto del monte de las Cíes grande, que nos recibió con su pata de palo, su grueso pitillo, que siempre conocía apagado, y su vieja malicia.
Este cojo era una especie de rey natural de las Cíes y no toleraba competidores —tres que quisieron establecerse allí desaparecieron misteriosamente—, vendía vino, tabaco y aguardiente a los marineros, y no estoy seguro de que en ciertas noches de temporal no ejerciera la piratería por su cuenta; parecía un personaje de Stevenson y lo tuve siempre por pájaro de gran cuidado, aunque conmigo estuvo siempre deferente y cordial.
En un periquete armamos la fiesta, uniendo dos mesas de pino nudoso existentes en la taberna, y se procedió a un condumio maravilloso, entre la voz tremenda del viento, que entraba borracho por la chimenea, el socavón cercano del mar y la pinocha que nos llenaba con olor de incienso campesino, al asar los jureles.
Cenamos largo y bien y bebimos propiamente. Hubo congrio acezado, un jamón de York que guardaba «el Cojo», procedente de un naufragio, unos conejos de los que pululan por las islas, y chorizos fritos, aparte de los jureles que nosotros pescamos. Después de la cena, la mujer .del «Cojo», que era aún más temible que el marido, con los ojos ardidos y la morena greña despeinada, nos hizo café en una vieja tartera y procedimos a tomarlo acompañado de una gran «queimada», mientras se retorcía por la chimenea el trasgo aullador del viento.
La «queimada» tiene mucho de litúrgico y no puede hacerla cualquiera; lo de menos es prender fuego al aguardiente y dorar las cáscaras de limón mientras el azúcar se va tostando. Hay un punto especial que no puede ser descrito y que sólo un gran práctico, aparte de cierta precisa intuición, logra hacer viable. Por unánime consenso, del que me sentí orgulloso, me fue encomendada la conducción de la misma y procedía a encender una gran pota de aguardiente, que pronto iluminó con los más avernales reflejos los rostros de los participantes en aquella extraordinaria Nochebuena
D. Serapio, congestionado como un lama de bronce, parecía un antiguo dios munificiente. «Perrachica», un jocundo Sileno. «Chischís», un gato encendido, y «Patachín», un diablo burlón y fosforescente Pero a todos superaba «el Cojo», verdoso y siniestro, con los ojos en lumbre y la risa espantable, verdadero demonio oficiante entre el lostrego del cucharón ígneo que, sin cesar, iba y venía, de la pota a los viejos vasos de vidrio tallado, restos de otros naufragios. 
APARECE EL BERGANTIN SINIESTRO
Estaba todo tan adecuado témpora, lívidas luces, y Francisco «el Cojo» como marco, que nos pareció naturalísimo el aceptar la extraña proposición de este último para asomarnos a las rocas que bordeaban «punta do Cabalo» y ver si se acercaba a la isla el antiguo bergantín naufragado, con toda su tripulación de muertos Este bergantín se hundió, «comido por la mar», en una noche de tempestad, hace mucho tiempo. Traía un cargamento de onzas y doblones, parte del cual fue a parar a la arena del fondo de una gruta, bajo la misma «punta do Cabalo», que conserva desde entonces el nombre de «Cova dos pesos».
Los tripulantes del bergantín parece ser que eran piratas desalmados y su capitán el más desalmado de todos. Cuando se hundió el navío, su negra alma, estaba tan sólo con las riquezas del mismo y blasfemaba, impotente, alzando los puños al cielo, mientras las olas se lo tragaban.
Desde entonces se ve al barco, en ciertas noches de tempestad, surgir, siniestro, dando bordadas entre la mar rompiente y con ruido de lucha a bordo.
Allá fuimos todos, calentados por la «queimada» y entre un viento desgarrado y agorero, Francisco « Cojo», que nos guiaba, parecía desaparecer por veces pero luego surgía, enigmático y excitado, trepando con increíble agilidad por las escurridizas y negras piedras. Llegamos al fin al borde del acantilado y nos asomamos con respeto. Era en el fondo un fragor siniestro «De Profundis» entre los gritos de las aves marinas desveladas. Nada veíamos, salvo unos blancores repentinos que se alzaban por veces ululantes, y nos salpicaban con amargos y tristes goterones, pero el socavón de las olas angustiaba...

De pronto «el Cojo» dio una voz y se alzó como un gigante, poseso y frenético, mientras su mano señalaba como una garra hacia el norte Por allí venía raudo y cabeceante, un bergantín con las velas aferradas y una siniestra luz, que proyectaba, desde el palo mayor sus resplandores sobre cubierta. Lo teníamos ante nuestra vista, sin posible engaño, y enfilaba la boca norte con la proa hacia las peñas guardadoras de la gruta y un tremendo vocerío a bordo. Oímos un juramento temible y vimos sobre el bauprés la figura de un hombre alto, con la barba negra y crecida que el viento aborrascaba, y los ojos como carbones encendidos. Cuando el bergantín rozaba, en lo alto de una ola las piedras oscuras, dio un salto, hasta la cima de una roca con las manos en alto. Francisco «el Cojo» lanzó un gran grito y desapareció por las piedras abajo, yo sentí sobre mi mano la helada del «Perrachica», que me arrastraba hacia el interior de la isla, mientras, «Cavite», «Patachín» y «Mauman» rezaban de rodillas llorando.
Cuando al día siguiente regresamos a Cangas, ya pasado el temporal, nadie hablaba a bordo, y al relatar al cura de Darbo lo sucedido me dijo muy serio, bajo el deslumbramiento de su enorme nariz, que si volvía a acompañar «al Cojo de Cíes» en sus expediciones nocturnas no podría ser absuelto.

José María Castroviejo. Destino Año XXVI, Núm. 1324 (22 dic. 1962) pp. 19-20

José María Castroviejo oficiando un ritual de queimada.