sábado, 25 de febrero de 2017

"Necedad occidental" de Czeslaw Milosz


Czeslaw Milosz, Erin y Devon Gilbert, Cracovia  2003.
Necedad occidental. Reconozco que he sufrido de este complejo polaco pero como he vivido durante muchos años en Francia y los Estados Unidos a menudo me rechinaban los dientes y tuve que aprender a controlarme.
Es posible realizar una valoración objetiva de este fenómeno, es decir, se puede uno meter en la piel de un hombre occidental y mirar las cosas a través de sus ojos. Entonces comprobamos que lo que llamamos necedad es el resultado de experiencias e intereses diferentes a los nuestros. Inglaterra creyó en 1938 que al entregar Checoslovaquia a los nazis para que la devoraran se garantizaba una paz duradera, y quizás esta ingenuidad fuera incomprensible si no se recuerda al mismo tiempo a los hermanos e hijos muertos en las trincheras de la Primera Guerra Mundial. Lo mismo ocurre con ese monumento que hay en cada ciudad francesa, incluso la más pequeña, con la lista de los caídos entre 1914 y 1918, a menudo la mayoría de la población masculina de la localidad, lo que explica el comportamiento de los franceses durante la Segunda Guerra Mundial y sus vacilaciones a la hora de tomar decisiones políticas. Incluso cuando Europa observaba pasiva las masacres de Bosnia y el fuego de los disparos diarios en Sarajevo, mi poema de protesta provocó en Francia unas cartas furiosas. Me acusaban de exhortar a la guerra y declaraban que ellos no querían morir como sus abuelos.
Sin embargo, la necedad occidental no es un invento nuestro, de los peores europeos, aunque su nombre debería ser diferente: imaginación estrecha. Porque los occidentales hacen que su imaginación sea más estrecha cuando dibujan una línea a través del centro de Europa, cuando dicen que no les interesa ocuparse de esos desconocidos que viven en el Este del continente. Había motivos para Yalta (había que pagar a un aliado), pero mediante este acuerdo se decidió algo más, se determinó qué países eran estériles y carecían de importancia para el desarrollo de Europa. Medio siglo más tarde no fue sólo Europa Occidental la que no hizo nada para prevenir las atrocidades de la guerra y la limpieza étnica en Bosnia. Lo mismo ocurrió con los Estados Unidos durante cuatro años, cuando se encontraban en la cima de su poderío: consideraron los países que formaban Yugoslavia fuera de la zona de sus intereses y no hicieron nada, aunque hubiera bastado amenazar con una intervención militar para salvar a miles de existencias humanas.
La imaginación estrecha se explica si se reconoce que el mundo es un sistema de vasos comunicantes y tampoco sabe salirse de aquello que conoce. Cuando me encontré en los Estados Unidos, recién acabada la guerra, no pude contarle a nadie qué había ocurrido en Polonia en los años 1939-1945. No me creían. Pensaban que, como es natural, la prensa escribe durante las guerras cosas terribles del enemigo, pero cuando los tambores de guerra se acallan todas aquellas brutalidades resultan ser sólo propaganda. ¿El Mal en estado puro? ¿De verdad quiere usted que creamos en la existencia del diablo?
Abecedario. Diccionario de una vida. Czeslaw Milosz, Turner, Madrid, 1997. pp 222-223

viernes, 24 de febrero de 2017

El poeta y el Partido (Comunista): “Reportaje a Neruda”. Pro Arte, Santiago de Chile, 1952. Entrevista-homenaje a Pablo Neruda. Sobre la estética del realismo socialista y la política de la Unión Soviética.


Pablo Neruda en Moscú con motivo del Premio Mundial de la Paz.
Aleksandr Fadaiev saluda a Delia de Neruda
REPORTAJE A NERUDA
ProArte. Edición Nº 160 — Santiago de Chile, viernes, 28 de noviembre de 1952 — pp. 1 y 6.
A mediados del pasado mes, concertamos este reportaje con Pablo Neruda, en su casa de Isla Negra. Se lo habíamos ofrecido a nuestros lectores, y aunque con bastante tardanza, cumplimos hoy el deseo de éstos y el nuestro al darlo, aunque muy por debajo de nuestros propósitos. No contendrá la observación del repórter acerca del poeta y de su ambiente, pues esta edición ha debido reducirse a las realidades materia les del momento.
En el refugio de Isla Negra, entre su escuadra fantasma de pequeños veleros traídos de todas las tiendas marinas del mundo; entre caracoles, viejos libros náuticos, mapas medievales, cajas de música, figurillas de Oriente, y ante la mirada perenne de María Celeste y Medusa, los mascarones de proa que Pablo y Delia Neruda dejan descollantes, durante sus ausencias, allí nos habló el poeta, como desprendido de ese mareo mágico que le rodea, sobre las cosas terrenales, mirando el mar sin verlo, atento sólo a la comunicación de su verdad: el realismo socialista.
Es nuestro propósito aquí, no interrumpir esa comunicación. Perdónesenos pues, la parquedad del diálogo, en lo que a nosotros respecta.
Para quien conozca a Neruda sus residencias —la del mar y la de la ciudad— son el reflejo de su genio. Hemos conocido otras capas de poetas, y; ¡ay! cómo les desmentían, cómo nos mostraban una materialidad mezquina, tan diferente de lo que ellos exteriorizaban.
Su casa de Isla Negra y todo lo que ella contiene es como un maravilloso cofre gigante, dentro del cual se suele dormir. La de Santiago, en la Avenida Lynch, es un cofre más grande y más repleto aun de cosas y de ideas de las cosas. El escritor británico O. S. Fraser, que en su interesante libro —modestamente titulado "News from South America", editado en Londres— dedica un capítulo a su pasada por Chile, lo hace casi exclusivamente para hablar del poeta y de su gente. Fraser dice allí, refiriéndose a la casa santiaguina del poeta: "Es la única casa de poeta en que yo haya estado, que es como un poema, una expresión completa y original de personalidad". Es en este ambiente donde Neruda nos ha llevado. Y no hay contradicción posible. Un hombre que ama así la vida, no puede sino combatir de modo implacable a las ideas y hombres que viven muertos en vida. Por eso es que este mensaje suyo que hoy entregamos Incluye propósitos, de él y nuestros.
Que quienes mezclan mal las cosas, se desprendan por un instante de su intolerancia para escucharlo.

— ¿Cómo se podría sintetizar la idea del realismo socialista en la literatura y el arte.

—Sobrepasando los cánones antiguos, el realismo socialista muestra la transformación del hombre en el periodo de nacimiento de la nueva sociedad. Es decir, no se reduce a retratar al hombre y al paisaje, sino que contribuye a la formación y a la construcción del porvenir. De esta manera, el arte de nuestra época llega a cumplir un rol fundamental, como una materia tan necesaria como el acero o el ladrillo de las nuevas construcciones. El libro y la pintura deben señalar la proximidad y la fecundidad de la época socialista que viene, y deben mostrar los fundamentos humanos sociales y naturales de la esperanza contemporánea. De esta manera, el escritor se convierte en creador de la historia, asumiendo, por primera vez, un papel directo en la construcción de una época.

— ¿En qué medida crees que tal tendencia ha existido o existe en la literatura?

—En general, tenemos una noble tradición en nuestra América, en especial en la novela. Esta novela tuvo la influencia de Tolstoi y de otros protagonistas de una gran época; pero si contamos estrictamente las inclinaciones de nuestro relato americano, hallamos el naturalismo satisfecho o el realismo pesimista. El naturalismo satisfecho es, en general, la visión de los terratenientes proyectada a los ambientes populares del campo americano. Y el realismo pesimista es la incursión de la burguesía de las ciudades para deformar el alma y el contenido de la literatura.

Novelas extraordinarias como "Huasipungo" o "El señor Presidente", son verdaderos agujeros cavados por la desesperación.
En mis conversaciones con los escritores soviéticos, me contaban ellos cómo en medio de la represión, después de la revolución de 1905 Gorki escribía "La Madre", monumento a la fe en el destino humano. No podemos pensar que las terribles condiciones de nuestro pueblo justifiquen las obras atroces. Es más bien la influencia de las capas retrógradas de la actual sociedad, que pide a los artistas un mundo sombrío y sangriento, para mostrar que el hombre no tiene salida ni solución.
Aparte de esto tenemos la influencia de novelistas como Faulkner, llenos de perversidad, o poetas como Eliot, falso místico reaccionario, que dispone de un cielo particular para la nobleza británica. Y no es por casualidad que estos dos escritores reciben el Premio Nobel, coronación y premio que da una sociedad agonizante a sus propios enterradores.

Si lee uno las revistas de nuestra América, del Uruguay o de Panamá, se ve la preocupación cosmopolita, el deseo de no dejar número sin mencionar al ideólogo nazi Heidegger, o al destructivo Sartre. Este es el reflejo del cosmopolitismo y de la desnacionalización de los actuales dirigentes de nuestra sociedad criolla. La capa superintelectual se aleja de nuestros problemas y de la lucha del pueblo con sus episodios conmovedores y su grandeza. Vemos revistas, como "Sur", de Buenos Aires, que consagran números enteros a espías internacionales y colonialistas, como Lawrence de Arabia, a traidores como Drieu La Rochelle, que se envenenó antes de ser ahorcado en los momentos de la liberación de París, y que ahora abre sus páginas a un joven poeta polaco, que ha cambiado su patria —donde tanto se ha sufrido y se ha construido— por los dólares del Departamento de Estado [Ver nota abajo]. La Revista "Sur" nunca se ha preocupado de Julius Fuchik, el héroe inmortal, que antes de ser asesinado por los nazis, escribió en su calabozo, en papeles de cigarrillos, su grandiosa profesión de fe "Memorias escritas bajo la horca", y que son, a la vez, que un gran libro de todas las épocas, un canto a la esperanza y una confirmación de fe en el destino.

—Sin embargo —decimos a Neruda— no es posible esperar un cambio radical de posición, en escritores y artistas que se han nutrido de un sistema como el que tú denuncias. ¿Qué estímulos propone este realismo?
—No podemos pensar en el cambio repentino, a través de una fórmula repetida de la expresión y del contenido de los actuales artistas y escritores —nos responde el poeta—. Este cambio debe desarrollarse por los propios medios personajes y siguiendo el desarrollo más profundo y más sincero. No sacaríamos nada con catalogar la exterioridad pasajera con nombres progresistas, si no tenemos el cambio mismo de la concepción, producido a través de una lucha personal.

No creo que forzosamente esté ligado a una actividad política este desarrollo; pero sí a un cambio de criterio, a un reavalúo de las distintas partes de la sociedad.

Si durante el período de agonía del feudalismo se hubieran condenado los artistas a continuar los trabajos de tapicería galante o de rondeles para las nobles damas, sin ver el despertar de la burguesía en las ciudades, y consecuentemente el progreso humano, habrían perdido estos artistas su derecho a existir, porque no habrían visto el amanecer de una nueva clase dirigente.
En el momento actual del mundo, las fuerzas de avance, de progreso y de creación, se sitúan en el proletariado. El despertar de estos millones de hombres, la resurrección del mundo colonial, los nuevos públicos increíblemente numerosos, tienen que transformar forzosamente todos los órdenes del arte. Ante este fenómeno, es enteramente fútil discutir sobre arte dirigido o arte libre. Se trata de arte vivo o arte muerto.
Hace sólo algunos meses conversaba yo en Ginebra con el director Ansermet. Él me decía las conclusiones de su nuevo libro, que pronto aparecerá. "La música ha muerto" —me decía—. "La hemos sepultado". Yo le respondí que la música no ha muerto en la Unión Soviética, esto creo que puede ser bien claro para todos, como lo fue para Ansermet. La música atravesó por una crisis, también en la Unión Soviética, tendió a hacerse jeroglífica, atonal, disonante, hermética, difícil y antipopular. Esto venia de la influencia cosmopolita de los maestros europeos, que están matando la música. El Partido Comunista de la URSS que naturalmente, al revés de lo que pasarla con el Partido Liberal o Radical de Chile, se preocupa de toda la vida de su pueblo, y también de la ciencia y de las artes, advirtió el peligro, y señaló la gravedad de la situación. En un país eminentemente musical, en que millones de hombres llenan las salas de concierto y que ahora es difícil conseguir entradas sin tomarlas con anticipación, las salas iban quedando semivacías, el pueblo se apartaba de la música.
Los grandes compositores a quienes he tenido el honor de conocer, como Prokofieff, Schostakovich, Khachaturian, entregan ahora la totalidad de su esfuerzo a una música ligada con la tradi­ción rusa y con el porvenir de la tierra soviética. Prokofieff acaba de recibir un nuevo Premio Stalin por su “Cantata de los Bosques”, que es considerada su obra más importante. Y así, el reconocimiento de una deuda hacia su pueblo y hacia el porvenir, en vez de ser, como se ha dicho, una esterilización de la materia artística, es, pre­cisamente, la puerta de la fecundidad.

* *
¿Debe considerarse, en general, que existe un abandono de la línea humanística de los gran­des creadores?
—En la literatura vemos desaparecer ante el público más letrado, nombres que, como los de Tolstoi, Balzac, Hugo, son los nombres titánicos de la creación artística. Estos nombres arrancan de la tradición humanística de siglos, y se unen a los de Dante, Bacon, Cervantes y Shakespeare, Ra­belais y Montaigne, es decir, a una línea directa de adelanto en el conocimiento. La influencia que estos hombres tuvieron sobre una época, en que la burguesía no tenía la continuidad del pensamiento, sirvió a todo el despertar de nuestra lite­ratura americana. Hoy se desea desviar esta línea humanística, y confundir los espíritus con movi­mientos de retraso, como el existencialismo o el abstraccionismo. Estas corrientes, en vez de dar salida a los conflictos humanos, llevan al labe­rinto de la negación o de la inutilidad.
Yo creo en el BIEN, y no creo que el MAL sea el terreno de la fecundidad artística —afirma enfáticamente Neruda—. Yo creo en las ideas des­preciadas por falsas corrientes actuales, que ya terminan su efímera vida, como la verdad y la belleza. Creo que el arte debe contener el bien, la verdad y la belleza. El cultivo del mal, en el sentido byronlano o baudelieriano, es la reacción individual de un artista ante la hostilidad completa de una sociedad. Pero, ¿cómo sentir esta hostilidad en un momento auroral del mundo? Un nuevo mundo está naciendo ante nuestros ojos, la Unión Soviética, transforma la naturaleza con las más vastas concepciones, para alcanzar la pros­peridad y la paz, quinientos millones en la China cambian sus modos de vida retrasados, y se ponen con entusiasmo infinito a cambiar el fondo y la forma de su país. He visto las imprentas más grandes del mundo en antiguos países feudales, como Polonia y Rumania; he visto detenerse el tráfico en las calles de Moscú, por los suscriptores de una nueva edición de las obras completas de Balzac; he visto a los obreros del Báltico pasar sus vacaciones en el Mar Negro en Rumania; en fin, todo nos dice que un concepto más racional, más elevado y más digno de la vida se ha esta­blecido con una firmeza indestructible. Los artis­tas no tienen derecho a cerrar los ojos, y sí, deben abrirlos.
Quisiéramos —interrumpimos— que nos ha­blaras ahora, de lo que has afirmado, como la ne­cesidad de simplificar los medios de expresión, y que se observa cada vez de manera más notable en tu última poesía.
—Mi propia experiencia literaria, me indica, có­mo se transforma el estilo para adaptarlo a un nuevo público. Hace años, tuve que escribir un poema para leerlo ante ciento veinte mil perso­nas fue en el Brasil, cuando Prestes habló por primera vez al pueblo de Sao Paulo. Este poema, me enseñó mucho. Tenía que contener realismo, romanticismo revolucionario y absoluta simplicidad. Y además debía ser entendido por aquel inmenso número de personas, empleados, profe­sionales, artistas, obreros del puerto de Santos, y campesinos negros de las haciendas del café. Cada verso fue recibido con un alto murmullo por la masa, lo que me indicaba cómo llegaba a una inmensa mayoría de los que allí estaban. Estu­dié dentro de mí lo que no había producido: más tarde escribí “Los muertos en la Plaza”, y más tarde, este desarrollo hacia la simplicidad, me permitió abarcar casi todo el “Canto Gene­ral”. Pero creo que mi próximo libro será aún más sencillo.
Conversamos en seguida con Neruda acerca de la situación mundial, en relación con la paz y la guerra, cuyo diálogo terrible él ha debido escu­char en Europa durante estos dos últimos años. Sus referencias son una acusación sostenida contra la política Internacional oficial de nuestros días. Nos dice, entre otras cosas:
—El Senado norteamericano ha votado hace muy poco tiempo crédito para provocar insurrecciones en los países del socialismo, y para enviar misio­nes de espionaje y de sabotaje a estos países. El Comandante en Jefe de la Fuerza Aérea de Chile. General Celedón, que regresó no hace mucho, ha declarado en “El Mercurio”:
"Estados Unidos se prepara en forma intensiva para la guerra".
En estas condiciones, es bien difícil, pero no im­posible, mantener o aumentar la amistad entre los pueblos. El fascismo norteamericano impide que salgan de sus fronteras, hombres universalmente amados, como Paul Robeson, o cierran sus puertas al que más gloria ha dado a los Estados Unidos, al gran comediante Carlos Chaplin. Es difícil para todo el mundo entrar a territorio nor­teamericano. Una inquisición, nueva forma de la Gestapo, se ha introducido en el cine, en los pe­riódicos y en las embajadas norteamericanas, los institutos norteamericanos de cultura en cada país, se dedican a la penetración en los medios inte­lectuales y estudiantiles, exportando sus ideas bélicas y sus conceptos brutales de dominación del mundo, encubriéndolos con falsas facilidades a nuestros jóvenes estudiantes. La embajada norte­americana distribuye en los colegios de Chile, pro­paganda contra la Unión Soviética; esta propa­ganda es exactamente la misma de Goebbels. A ningún joven progresista o que tenga en sus fa­milia algún pariente de ideas liberales, se le dis­pensa becas de las fundaciones norteamericanas
— ¿Observaste esa tensión de que habla cons­tantemente la prensa a través de la llamada corti­na de hierro?
—La cortina de hierro es una intención norteamericana para ocultar o disimular sus prepara­tivos de guerra. Ellos quieren impedirnos todo contacto con países nuevos, que han resuelto a su manera problemas que los afligían por edades. En este sentido, el bloqueo de Chile es casi com­pleto. No podemos comerciar ni con la China, ni vender cobre a Polonia, ni recibir libros de casi ninguna parte, mientras “Visión” y el "Reader & Digest", son violentamente descargados sobre nues­tro público para deformar y envenenar nuestra nacionalidad.
Hace poco, en la revista “Time” se publicó una gruesa calumnia en contra mía. No creo necesario desmentir, porque calumnias de este tipo se han hecho contra muchos chilenos, en esa misma re­vista. Citaré los casos del Presidente Aguirre Cerda y del Presidente señor Ibáñez. A esta revista no le gusta desmentir sus calumnias, que forman la parte principal de su texto. Yo recuerdo que en Moscú, habiéndome hecho una revista literaria una entrevista, hice saber que algunos de los concep­tos emitidos por el periodista, como expresados por mí, no estaban en mis declaraciones. Los colegas del periodista aquel, lo citaron y lo en­juiciaron, haciéndolo renunciar a su puesto, por permitirse alterar mis declaraciones. Eso es un ejemplo de moral periodística que la revista "Time” estaría muy lejos de seguir; por el contrario, allí se premiarla al tergiversador
Lo peor es que esta cortina norteamericana inunda el mundo occidental, y aísla cada vez más a los pueblos. Hay que recordar que la más expresión más alta del arte coreográfico soviético, la bailaría Ulanova, con toda su trouppe, fue expulsada de Italia después de dar “Romeo y Julieta”, como nunca más podrán verlo los italianos, y por órde­nes de la embajada norteamericana. Estos son crímenes contra la cultura, y éste es el camino de Hitler.
La última vez que escuche a Ehrenburg, en Berlín, él nos decía:
"Se acaba de formar un comité presidido por un antiguo embajador norteamericano en Moscú, para la liberación de Rusia. En los Estados Unidos se quiere liberar a los rusos de los rusos. Oficial­mente yo puedo asegurar que en la Unión Sovié­tica no permitiríamos ninguna institución que qui­siera liberar a Norteamérica de los norteamericanos”.
La política de guerra de los propietarios del salitre y del cobre de Chile, política de colonización, ha llegado a ofrecer síntomas de locura. No olvidemos que el señor Forrestal, Ministro de Guerra yankee después de proclamar la instalación de bases aéreas en la luna, para bombardear a la URSS, terminó por tirarse de una ventana.
Yo sostengo que es posible la convivencia entre los sistemas y los regímenes diferentes, en nuestro mundo actual, y que sólo es posible la compe­tencia pacifica de ellos. A este respecto, un mi­llonario yanki decía con franqueza a un amigo:
No temamos a vuestros tanques, sino a vues­tras cacerolas”.
Nosotros no tenemos por qué temer ni a los tanques que aplastaron el nazismo ni a las cace­rolas en que se preparé comida para millones de hombres.
* *
La entrevista con el poeta del Canto General ha seguido un poco el orden desordenado de nues­tras preguntas. De repente se detiene, sonriente, frente al repórter con ademán de reproche, cuando la conversación se prolongaba ya demasiado rato sobre la situación mundial:
—Tú no harás que yo olvide mi gran interés por referirme a nuestra poesía.
—Es que lo de casa queda siempre para el final.
—Mi impresión es que la poesía sigue su curso venturoso en nuestro país. Las publicaciones que llegaban de Chile —a pesar de que no hay ninguna estrictamente literaria—, rara vez las abría sin encontrar un nuevo nombre. Las tendencias de la poesía chilena en los jóvenes poetas, son una franca inspiración hacia la claridad (a la vez, posiblemente, la mayor dificultad también que ven­cer), y una preocupación grande sobre Chile y las cosas del país, hacia lo que llamaríamos con título de almacén: "los frutos del país” Hay tam­bién una creciente tentativa de tomar parta en los problemas del pueblo, y aun cierta precipita­ción en ello. En un país tan extraordinariamente po­lítico como el nuestro, la poesía política es algo natural que no sólo nos viene de los clásicos como Quevedo y Lope, sino de poetas como Pezoa Véliz, Pedro Antonio González y Dublé Urrutia
Lo interesante en esta situación es el desarrollo de cada una de las personalidades poéticas, la maduración de sus cualidades, la misma lucha individual de cada uno de los jóvenes poetas por llegar a expresar el considerable reino que los poetas de este tiempo debemos conquistar, y el lenguaje más directo y más hermoso.
Hay, naturalmente, una cosa establecida: ha terminado el ciclo de la poesía oscurantista, o lo menos estamos en su momento crepuscular. Las tinieblas no tienen nada que ver, ni deben tener nada que ver con nuestra vida. No hay sitio tampoco para la "angustia”, en un mundo en que mayor número de hombres cada vez comparten la lucha, la liberación y la alegría. Las angustias metafísicas son bien pequeñas al lado de la terri­ble condición material de la gente. Sin embargo, si los poetas no pueden, por incapacidad, compar­tir los dolores y las luchas generales de todos los hombres, no tenemos guerra contra ellos. El mismo curso de la vida les irá mostrando el cami­no, si en realidad son poetas, es decir, si son gene­rosos. Habrá siempre el caso de los irreductibles devoradores de papel. Esos se empapelarán por dentro hasta morir sin humildad y sin heroísmo.
— ¿Qué opinión te merecen los artistas chile­nos que encontraste en el extranjero?
—También allí he encontrado ejemplos de la vitalidad juvenil de nuestra patria. Quiero seña­lar especialmente el extraordinario éxito del pin­tor Nemecio Antúnez que acaba de hacer una nueva exposición en Europa, esta vez en Oslo. Es un joven maestro que busca su camino, y que ha adquirido ya los medios de expresión y la orientación de nuestro tiempo. Venturelli ha hecho a China un regalo digno de nuestra patria. La única pintura que adorna el Comité Nacional de la Paz de China en un mural de nuestro gran pintor. Por otra parte, me ha asombrado la obra realista y espléndida da la joven pintora Carmen Cereceda.
— ¿Y Matta?
—Siento a Matta muy inquieto. Las ondas eléc­tricas del tiempo que viene no pueden dejar de llegar a un explorador tan inteligente.
La entrevista ha terminado en Isla Negra, el día 11 de Octubre. Nos es muy fácil recordar la fecha, porque el 11 es la víspera del 12 y el 12 es el llamado Día de la Raza. Pasó la noche con nosotros el arquitecto español Germán Rodríguez-Arias, amigo íntimo de Pablo y, además, el constructor de la encantada casa marina del poeta. Temprano, nos levantamos. Hormiguita y Germán Rodríguez dormían aún. Pablo nos con­dujo a una pequeña elevación del terreno cerca de la casa, donde ese día debía inaugurarse un mástil para la bandera nacional. Pepe, el chofer del station-wagon de Pablo, que acorta las a veces largas esperas en el auto, leyendo el “Canto Ge­neral", como si fuera un breviario, portaba solem­nemente la insignia chilena, mientras Pablo lle­vaba las “provisiones'’ para la ocasión: un cen­tenar de cohetes, petardos y otros detonantes
Se izó la bandera en lo alto del mástil, y enton­ces se celebró el Día del Descubrimiento con una salva interminable de petardos, que despertó a toda la pequeña colonia de Isla Negra.
Pero nuestro amigo Rodríguez-Arias no habla aún despertado. Entonces Neruda le espetó el siguiente discurso, con una voz que el otro pudo haberla escuchado aún dormido:
"El haber nacido en la península ibérica es una gran responsabilidad. ¡Tendrás que pagarlo!”.
Y desencadenó sobre su amigo tal estrépito de petardos, que ésta hubo de saltar al campo para unirse a tan sonoras celebraciones.
Así es Pablo Neruda inflexible contra la mentira compartida, combatiente ardoroso por los derechos humanos, y al mismo tiempo alegre y juguetón como un muchachito, cuando el humor le corre como una comezón por las arrugas de la risa
***
Creemos que tus juicios de este reportaje co­rrerán de boca en boca —le decimos—. Habrá pros y contras, como debe ser cuando como ahora, la comprensión entre hombre y hombre se ve en­trabada por los prejuicios y las intolerancias.
—Sí, así debe ser —nos dice, despidiéndose con la mano sobre nuestro hombro—. Que siga esta conversación a través de "Pro Arte”, con todos los que se interesen por ella. Que me pregunten lo que quieran. Tengo un gran deseo de que hable­mos libremente de estas cosas.

Y aquí dejó Neruda iniciada esta conversación. Nuestras columnas están desde hoy esperando el debate.



[Nota del editor] Pablo Neruda hace aquí referencia al poeta polaco Czeslaw Milosz que, en 1951, pidió asilo en París tras servir como agregado cultural en las embajadas de la “Polonia soviética” de Estados Unidos y de Francia entre 1946 y ese mismo año. Milosz es el autor, entre otros libros, de La mente cautiva y Otra Europa, en donde hace referencia no sólo a su huida “del Este” y al clima totalitario que imperaba en Polonia durante esos años, sino a la relación que Milosz mantenía con Neruda (había traducido al polaco varios poemas del autor chileno) y al gran disgusto con que acogió estas declaraciones. Czeslaw Milosz vivió (él, su mujer y sus dos hijos) hasta una década más tarde, cuando fue contratado como profesor de Literatura Polaca en Berkeley (California) de 1961, de los magros ingresos que supusieron sus colaboraciones periódicas con la prensa polaca del exilio, sus traducciones y los ingresos que obtenía de unos libros que eran sistemáticamente boicoteados por la intelectualidad filo-comunista francesa.

Eugenio Trías sobre "El libro rojo" de Carl Gustav Jung


La aventura de Jung
Sorprendente e inclasificable, así es el «Libro Rojo» de Jung. Una obra que había permanecido inédita hasta ahora y cuyos secretos y misterios desvela Eugenio Trías
1. Es imprescindible que hable en nombre propio, en forma de memoria intelectual, o como fragmento de mi biografía filosófica. No deseo que se me sitúe nunca en la tesitura de elegir entre esos dos grandes fundadores del movimiento psicoanalítico moderno, el judío vienés Sigmund Freud y el suizo Carl Gustav Jung.
Del primero estoy siempre en deuda en razón del quinquenio intensivo en que viví una de las mejores experiencias de mi vida, la prosecución de esa aventura en forma de quéte que constituye la terapia psicoanalítica cuando es llevada a cabo con la convicción del tarkovskyano stalker (el acechador) en la trayectoria que conduce al esclarecimiento de la fuente de nuestros deseos (en la Zona), esos que se escriben en sueños y pesadillas, y cuya evidente latencia sexual está atestiguada por tantas experiencias histéricas, neuróticas o psicóticas.
Pero desde finales de los años ochenta me embarqué en otra importante aventura: el remonte, rio arriba, hasta las fuentes manantiales en que se abreva toda experiencia de lo sagrado. Con el deseo de esclarecer mis propias raíces religiosas, reconocidas como claves de mi propia tradición cultural, inicié un proceso de autocognición que cristalizó en mi libro más ambicioso, La edad del espíritu, en donde, en la forma de una historicidad sui géneris, ordené culturas y áreas religiosas en un sistema de siete categorías en tomo al gran núcleo de todas ellas, detectado por Rudolf Otto, en la línea de inspiración de Jung y el Circulo de Eranos, con el concepto de lo sagrado, das Heilige.
Mi deuda con el psicoanalista suizo es, desde entonces, extraordinaria. Fue a su brillante inspiración y a todas las grandes figuras que crecieron alrededor suyo a quienes debo muchos de los motivos inspiradores de esa indagación mía en el terreno de la filosofía de la religión.

2. La aventura de Jung es extraordinaria: su acercamiento al psicoanálisis freudiano, la dolorosa ruptura posterior, la complejidad del pleito en juego (energía psíquica, libido sexual; imaginación activa, eros creador).
Hoy quizás estamos en disposición de consumar un evento cultural inevitable, que tendría el carácter de una verdadera híerogamía. Me refiero a la reconciliación, vital para nuestra cultura, entre la erótica que invade sueños y vida cotidiana según Freud, bajo la supervisión trágica del Principio de Muerte; y la arquetípica impregnada de dynamis psíquica, desplegada en símbolos, que tiene en la imaginación activa y creadora, según Jung, su principal impulsor.
Jamás sería capaz de elegir entre uno y otro polo de atracción gravitatoria: los quiero a los dos: no puedo prescindir de ninguna de ambas tradiciones; ni de Otto Rank, Ferenczi, Emest Jones, Melanie Klein, Jacques Lacan: pero tampoco de los seguidores de Jung, que incidió en las ciencias de la literatura (Albert Begun), el Islam espiritual, con lbn Arabi y su «imaginación creadora» (Henry Corbin), el yoga, el chamanismo, la alquimia y sus tradiciones en la herrería (Mircea Eliade).
3. La aparición de esta importante publicación editada por Bernardo Nante en Siruela nos permite al fin acceder al núcleo sagrado de Jung y del movimiento que gestó. En este célebre Libro Rojo, al fin editado con el permiso de sus herederos, puede descubrirse el sustrato visionario de las epifanías oníricas que el propio Jung experimentó y pudo transcribir en imágenes de evocación medieval, en una escritura de códice antiguo que esta edición reproduce.
El argumento es iniciático, onírico, imposible de racionalizar. Habla desde el fondo de oscuridad en el que. cual perla extraviada, se esconde, como en el gran poema gnóstico, la luz que puede orientar(nos) hacia el encuentro y conocimiento del Sí mismo, o bien extraviar(nos) en esa quéte en los laberintos de la locura como le sucedió a Nietzsche.
Siempre hay, pues, una noche del alma y del sentido, una suspensión vacilante, un avanzar hacia la oscuridad, el célebre Oh Dark. Dark, dark del descensus ad inpheros de T. S. Eliot en Cuatro cuartetos, tomando como escenografía poética el underground londinense.
San Juan de la Cruz, el Maestro Eckhart. la gran mística oriental y occidental: todo fue visitado por este renovador de la espiritualidad que quiso dar base «científica)» a sus investigaciones, avaladas por la práctica psicoanalitica y por sus propias experiencias visionarias, que esta publicación explora de manera muy competente, bajo la firme batuta de Bernardo Nante, un gran conocedor de la aventura jungiana.
El gran mérito de Jung estriba en el sentido comprometido de su indagación. No se limita a teorizar; propone una buena praxis que contrarreste el nihilismo imperfecto diagnosticado por Nietzsche, hoy preponderante, y el cristianismo desangelado de nuestra cultura, o el mediocre agnosticismo o ateísmo que padecemos.
No se trata de creer en Dios; no fue eso lo que en verdad propuso Cristo, héroe sacrificial arquetípico, en la línea de los héroes solares descuartizados de manera ritual: Serapis, Osiris, Mitra, Acteón; o Enoch en la tradición profética de Israel.
Ese itinerario del héroe, que debe morir para poder resucitar, que es descuartizado (como Orfeo) para ser restituido bajo el manto protector del Sol (Apolo), invita a algo más fértil que creer en Dios. Lo que Cristo propone a sus seguidores, recuerda Jung, no es creer en dios sino ser Dios: deificarse.
Jung sugiere una reconciliación del Bien y del Mal. frente al inflexible dualismo gnóstico, que a su modo, con gran fuerza ética y moral, renueva Freud: Eros en combate a muerte con el Principio de Muerte. Ambos tienen razón. Debe asumirse el lado oscuro de cada cual; solo así cabe individualizarse, ser persona, premisa para llegar a ser Dios. Hay que reconciliarse con la propia sombra. Pero el compromiso de combate contra el mal es irrenunciable.
La condición mortal nos determina. Su asunción permite una vida reconciliada, integrada. Tal fue el propósito de Jung: haber vivido la más extraordinaria de las aventuras, la que corresponde a una divinización individualizada en cada persona. Pues no se trata de creer sino de ser. Y no hay Ángel en el cielo -recuerda Swedenborg en la gran novela de Honoré Balzac Serafita- que no haya sido hombre aquí en la Tierra.
4. Esta edición se halla guiada con mano maestra por Bernardo Nante: nos introduce en la evolución del pensamiento de Jung, hasta alcanzar en sus estudios de la alquimia medieval el equilibrio entre las dos tradiciones en tensión que tientan a su pensamiento: la herencia gnóstica de los primeros tiempos del cristianismo y la tradición mercurial del Corpus Hermeticum.
La grandeza del paradigma alquímico consiste en su asunción de la materia. Es en ese sustrato materno y matricial donde podemos descubrir, con el oro destilado, la piedra filosofal. La alquimia se sustenta en la herrería, en una aceptación de la vida que poseen las piedras y los metales. Se trata de que nazca el Niño áureo y solar del mismo fondo oscuro matricial.
Una concepción que se renueva en la filosofía romántica, especialmente en Schelling. Fue mérito de Jung y de sus seguidores rescatar del marco confesional el sustrato religioso sagrado, descubriendo en él una raíz de nuestra espiritualidad que jamás puede perderse, y que es inmune a la secularización. O mejor: que exige esta para su propia preservación.
Eugenio Trías
ABC Cultural. 7 de enero de 2012. pp 20-21.

"Larrea y los Baader-Meinhof" por Blanca Riestra


CORRÍA 1966, cuando el autor más secreto de la generación del 27, Juan Larrea, recibió una carta de una tal Gudrun Esslin. El poeta tenía ya setenta y un años y había perdido, mucho tiempo ha, la esperanza de publicar aquel conjunto de poemas, escritos entre París y Madrid en la década de los treinta, que para muchos sigue siendo la única muestra de verdadero surrealismo español.

Y entonces ocurrió el milagro: Esslin irrumpe en la calma del invierno argentino para proponer a Larrea la publicación de Versión Celeste en edición trilingüe. Studio Neu Literatur habla editado ya, en 1964, la obra creacionista de Gerardo Diego le anuncia y tiene asimismo intenciones de llevar a la imprenta otros textos do la lejana vanguardia española de entreguerras. Larrea, halagado, accede. Siguen un breve cruce de cartas y el envío de los manuscritos ordenados: la edición aparecerá el año siguiente.

Y de pronto, nada más. Silencio. Gudrun Esslin y el presunto traductor, Vesper Triangel, desaparecen. Por entonces, Vittorio Bodini entra en escena con otra propuesta en el mismo sentido y Larrea los olvida. En 1966, Versión Celeste verá la luz en Milán de la mano de Einaudi. El eje Bertín-Milán parece funcionar y, en 1969, los poemas de Larrea llegan a España, treinta años después, publicados por Seix Barral, con traducciones de Luis Felipe Vivanco, Gerardo Diego y Carlos Barral.
Pero ¿qué ha sido del Studio Neu Literatur? Nadie lo sabe. El episodio Esslin dormita en la sombra. Hasta que, en 1974, ojeando la revista Ufe, Larrea descubre a una rubia Gudrun Esslin -34 años, de profesión docente- entre la nómina de los terroristas más sangrientos del momento: el Grupo Baader-Meinhof, también conocido como Fracción del Ejército Rojo, que está siendo juzgado en Stuttgart.

En 1975, Esslin, aquella chica rubia, que solía vestir con minifalda y disputaba a Meinhof el amor de Andrea Baader, aparecerá colgada de la ventana de su celda con el cable de un grabador magnetofónico. Andreas Baader. Jean Carl Raspe y Ulrique María Meinhof se hablan suicidado en la cárcel, año y medio antes. («Carne, mi querida dinamita / escucha los instantes que llegan en sus asnos secretos» -escribió Larrea).
Hace más de un mes se inauguró en Berlín, entre grandes polémicas, una exposición, la primera, sobre aquella banda terrorista fatídica, empeñada en combatir «el sistema imperialista alemán» y que dejó tras de sí un reguero de secuestros y de muertes.
ABC Cultural. 12/3 /2005, p. 15

Atentado terrorista de la RAF del 21 de mayo de 1972.

jueves, 23 de febrero de 2017

Juan Perucho sobre la magia



Divagaciones
La magia

LO leí en un periódico y, aunque no me sorprendió demasiado, sí que me llamó la atención la cifra que restallaba en los grandes titulares. La noticia, respaldada por una estadística oficial del C.I.D. de Friedrichshafen, decía que en Alemania existen en la actualidad más de ciento cincuenta mil brujos y que en muchas regiones, concretamente en Luneburg, cerca del lago de Constanza, el sesenta y cinco por ciento de la población cree en los espíritus. Naturalmente, la imagen del brujo ha variado un poco con el tiempo y, según la citada información, estos singulares personajes van ahora correctamente vestidos con trajes de paño inglés y conducen elegantes "Mercedes”. Sus honorarios alcanzan, por término medio, los seiscientos marcos.

También en Italia hay brujos, y son particularmente famosos los de Castelmezzano, pueblo que es como la capital de la magia en las regiones del sur. En Perusa se practica el rito de “Sega vecchia”, cuyo tituló me recuerda, extraña y nebulosamente, una canción de mi niñez. Van y vienen las “macciara”, curando el mal de ojo y, hasta hace poco, porque el pobre se murió de un cáncer, fue reverenciado el mago “Giuseppe”, cuya celebridad le procuraba correspondencia con los emigrados de América. Hay asimismo magos y astrólogos en Francia, la del tradicional espíritu cartesiano, país donde están registradas más de cincuenta mil echadoras de cartas. En los Estados Unidos existen treinta mil astrólogos y veinte revistas dedicadas a esta especialidad oculta, una de las cuales tira quinientos mil ejemplares. Hay magia en España y Portugal, en todo el orbe civilizado, y no hablemos ya de esas comunidades, recientemente despertadas de su largo sueño, cuya mentalidad fue calificada por Lévy-Bruhl, no sé si con razón, de "primitiva".
Por otro lado, nunca como ahora había interesado la magia. Es frecuente, en determinados círculos cultivados, hablar de magia, y ya el surrealismo hace años nos familiarizó con un concepto mágico del arte y de la poesía. Vino entonces una ola de irrealidad y de irracionalidad que desveló poderes ocultos, agazapados en la sombra y en lo más profundo de la sangre. Esto no ha terminado. Hay un gusto muy actual por lo esotérico, lo misterioso y, tanto en la literatura como en el cine y en las artes plásticas, es muy fácil comprobarlo. En Francia, y para un público mayoritario, tres libros, en poco tiempo, han alcanzado un gran éxito editorial: “Le Miroir de la Magie”, de Kurt Seligmann; “Histoire de la Magie”, de Francois Ribadeau, y “Histoire en 1.000 images de la Magie”, de Maurice Bessy. Editoriales especializadas, como “Le terrain vague”, lanzan colecciones y revistas de temas fantásticos y sobrenaturales. En un plano mucho más intelectualizado y digno. “Planète” ha sabido aliar el cientifismo y la magia con gran sugestión y ha inventado un nuevo método de conocimiento: el “realismo fantástico”. “Planète”, sea dicho de paso, es una de las mejores revistas que, sin ayuda alguna de la publicidad, hoy se publican en el mundo.
¿Por qué, en nuestra era de viajes interplanetario, el hombre, a pesar de todo, se siente deslumbrado por la magia? Louis Pauwels, en el libro “Le matin des magíciens”, que escribió con la colaboración de Jacques Bergier, nos lo explica diciendo que magia y ciencia no son hoy tan dispares como parecen a primera vista. “La Física —escribe—, la biología y las matemáticas, en sus posiciones avanzadas, se identifican hoy en día con ciertos postulados del esoterismo, vuelven a encontrarse con ciertas visiones del cosmos y con relaciones de la energía y de la materia propiamente ancestrales. Las ciencias, en la actualidad, dialogan con los antiguos magos, alquimistas, taumaturgos. Una revolución se opera bajo nuestros ojos, y ésta es la boda inesperada de la razón, en la cúspide de sus conquistas, con la intuición espiritual”. En efecto, el racionalismo parece haber pasado de moda y nuestras convicciones científicas, que se forjaron en la escuela y que heredamos del positivismo del siglo XIX, caen por los suelos. Si hojeamos un manual de física moderna veremos que, contrariamente a lo que creíamos y habíamos creído todos, una proposición puede ser a la vez verdadera y falsa y una misma entidad puede ser a la vez continua y discontinua. Alguien, oyendo esto, puede morirse del susto.
Sin embargo, yo creo que si el hombre siente interés por la magia, aunque sea con una sonrisa irónica en los labios, es por una enorme sed de lo sobrenatural, por su pasión por lo desconocido y lo maravilloso. La ciencia moderna es extraordinaria, esta es la verdad, Pero la ciencia produjo, entre otras cosas, la bomba de Hiroshima, devastó grandes ciudades de Europa y laceró los campos empapándolos de sangre. Ha aportado, también, enormes beneficios, es cierto. Pero el hombre se vuelve de espaldas a todo ello y, en su intimidad, sin pensarlo más prefiere maravillarse con la estrella y el pájaro, con el ulular del viento, con el hechizo de unos ojos misteriosos, con el eco de una voz perdida. Nadie se lo podía explicar, y puede que esto sea, en el fondo, algo mágico. Como también es posible que este curioso fenómeno sea conocido por algunos con el antiguo y raro nombre de Poesía.
Juan PERUCHO
La Vanguardia Española 1963, diciembre 07, p. 11

En la Biblioteca Nacional (entrevista de Juan Manuel de Prada a Luis Alberto de Cuenca en 1997)


Visita nocturna a la Biblioteca Nacional
ENCERRADOS EN EL PARAÍSO
Vista desde lejos, la Biblioteca Nacional parece el templo de una religión dormida, un cementerio donde dormitan los dinosaurios de la letra impresa. Hemos acudido allí, en mitad de la noche, bajo la advocación de San Ramón Gómez de la Serna, que hace más de setenta años tuvo la idea feliz y disparatada de visitar el Museo del Prado a horas también intempestivas, para comprobar si la luz vacilante de un quinqué añadía una nueva percepción al Arte. Al vestíbulo de la Biblioteca Nacional sale a recibimos la estatua de don Marcelino Menéndez Pelayo; al bajarse del pedestal, hemos creído oír cómo se quejaba su esqueleto, demasiado habituado a la vida sedentaria. El propio don Marcelino, legañoso y entorpecido por el reúma, nos ha indicado el camino hasta el despacho de su sucesor, Luis Alberto de Cuenca, a través de una escalinata con balaústres en la que nuestros pasos resuenan con ecos de intriga gótica.

LUIS Alberto de Cuenca nos recibe con una sonrisa de niño zangolotino, como si lo hubiésemos pillado en mitad de una travesura. Tiene una gran cabeza sin aristas, una cabeza de busto romano, como un jarrón precariamente dispuesto sobre la repisita de los hombros, uno quisiera abrir ese jarrón, donde conviven promiscuamente poesía y erudición, y saquear todos los saberes que almacena, desde Homero a Buck Rogers, desde Gilgamés a Roberto Alcázar. Luis Alberto de Cuenca tiene la piel quizá demasiado pálida, como alimentada con rayos de luna, que es la horchata de los espíritus sensibles. Ha tenido una semana ajetreadísima, tras el montaje de la exposición «Tebeos los primeros 100 años», pero aún conserva esa cortesía exhausta de quienes han hecho del sacrificio una forma de naturalidad. Luis Alberto de Cuenca ordena apagar las luces y enciende una vela con candelero, para añadir tenebrismo a la expedición que enseguida vamos a comenzar.
Clasificación por «tallaje»
«Síganme, por favor», nos dice, con ademanes protocolarios. Una cohorte de vigilantes, como espectros de uniforme, exploran a nuestro paso cada rincón o recodo, nos franquean puertas inhóspitas, nos guían por escaleras de chapa que retumban como una torre Eiffel a punto de zozobrar. La llama de la vela deposita en nuestras facciones un resplandor rojizo.
-La Biblioteca Nacional -nos alecciona su director- es una máquina que hay que mantener engrasada y que no te permite demasiadas alegrías personales Mi misión aquí consiste, sobre todo, en un servicio de mantenimiento que garantice la labor del investigador. No de cualquier investigador, desde luego, porque esta es una biblioteca de último recurso a la que sólo debe acudirse cuando las demás han fallado.
Nos hemos detenido en una planta que custodia volúmenes del siglo XVIII, las estanterías se repiten de trecho en trecho, con esa tena-edad que tanto las aproxima a las pesadlas y a los laberintos, y los anaqueles se comban, bajo el peso del polvo y de los siglos. Acude a mi memoria ese poema que Luis Alberto de Cuenca recoge en «Por fuertes y fronteras».
Qué sería de mí vosotros,
tiranos y, a la vez, embajadores
de la imaginación.
verdugos del deseo
y, al mismo tiempo, mensajeros suyos,
libros llenos de cosas deplorables
y de cosas sublimes,
a los que odiar
o por los que morir.

Pensaba yo que los libros se clasificaban por materias, de manera que «Dios» tuviese adjudicada una signatura aparte de, pongo por caso, «la jardinería», de ahí que me sobresalte encontrar, al lado de una «Vida de San Juan Baptista», un «Arte del sombrerero», en el que se prodigan consejos muy provechosos sobre fieltros y otras telas resistentes.
-Históricamente, los libros se han clasificado siempre por su «tallaje», aunque procurando respetar la cronología. Lo primero que hacemos, cuando entran en la biblioteca, es tallarlos, como a los reclutas que ingresan en la “mili”. Colocando juntos los libros de igual medida, se facilita su conservación y almacenaje.
Y al escuchar la voz del director, los anaqueles se ponen firmes, en disposición de revista, y los lomos de los libros se abultan con una respiración contenida, aun a sabiendas de que la cifra me va a marear, pregunto
-¿Y cuántos volúmenes alberga este edifico?
-Unos cuatro millones aproximadamente, contando con cartelera revistas, videos y demás. Cuatro millones a los que habría que sumar los siete que se guardan en un módulo de Alcalá de Henares Al año, ingresan quinientas mil piezas, de las que cincuenta y cinco mil tienen el formato de libro.
-A este paso, pronto habrán invadido los pasitos, las escaleras, los despachos. La Biblioteca será una casa tomada...
-Igualito que en el cuento de Cortázar. Y lo que es peor, los ingresos crecen de manera geométrica, en los últimos veinte años, para que se haga una idea, han entrado más libros que en el resto de la Historia. Hace veinte años, la Biblioteca contaba con dos millones de piezas; hoy esa cifra asciende a once. El edifico do Recoletos se halla al 90 por dentó de ocupación, y el de Alcalá de Henares, al 73. Aunque las reformas que se están desarrollando en este edificio crearán un nuevo espacio para los depósitos, es improrrogable la construcción de un nuevo módulo en Alcalá. Para el año 99, los libros nos desbordarán.
Siento, de repente, un vago horror metafísico, y casi creo escuchar el crecimiento subterráneo y voraz del papel, su invasión lenta pero irreversible, como una marea que todo lo anega
-Si no le ponemos freno, la Biblioteca Nacional se convertirá en un monstruo incontrolable -continúa Luis Alberto de Cuenca, con una voz mitigada por el fatalismo o la resonación- Urge una reforma estricta de la ley do depósito legal que limite el número de publicaciones susceptibles de ser almacenadas y que, al mismo tiempo, cubra el vacía jurídico que ha generado la expansión del fenómeno informático
Los libros nos escuchan desde las estanterías, simétricos y confabulados en el hermetismo. Si algún bibliómano me está leyendo, comprenderá que yo quisiera llevarme algún botín de aquel santuario prohibido. Luis Alberto de Cuenca, quizá intuyendo mis pretensiones, me sobresaltó.
-En esta Biblioteca me siento como el dragón de las viajas mitologías que custodiaba el tesoro Un dragón pacifico al que -espero- nadie tenga planeado aniquilar.
Y la llama de la vela subraya su sonrisa bondadosa. Recordé a Sigfrido, a San Jorge, a Jasón y tantos otros, expertos en trocear y hacer lonchas con los dragoncitos, pero espanté mis pensamientos delictivos.
-¿Y cuáles son sus proyectos más inmediatos?
-En primer lugar, completar la labor de informatización que inició Juan Pablo Fusi, poniendo a disposición del usuario el catálogo completo de la Biblioteca, Con suerte, estará dispuesto en año y medio o dos años. Otra labor importante es la digitalización del fondo antiguo, para la que cuento con indicios muy serios de apoyo privado; cualquier persona desde su casa, podrá tener, a través de su ordenador, no sólo la referencia de nuestros libros, sino que podrá ver a través de la pantalla de su ordenador los textos íntegros. Éste será un proceso lento, pero irreversible: en el próximo sexenio, ya contaremos con algunas parcelas de nuestro fondo digitalizadas. También aspiro a mejorar la conservación de libros y grabados, la organización de las distintas secciones y el aprovechamiento de los espacios.
Hemos dejado atrás los almacenes abarrotados de libros, y nos dirigimos hacia la sala de lectura. De vez en cuando, surge a nuestro paso un ordenador que nos sobresalta con su parpadeo nervioso, como un centinela reacio al sueño.
-Otro aspecto importante de su cargo, sobre todo en su proyección exterior, es la organización de exposiciones, como ésta recién inaugurada que conmemora el centenario del tebeo.
-Sí, sí, por supuesto. La Biblioteca Nacional también es un lugar de cita cultural, aunque no en el grado que lo es un museo, cuya misión es la exposición continua de sus tesoros. El servicio bibliotecario es más individualizado, pero eso no impide que, de vez en cuando, mostremos al público los tesoros que están ocultos. Después de estos «100 años de tebeos» tenemos preparada una exposición sobre el grabado alemán en los siglos XV y XVI, a cargo de Conchita Huidobro (la Nacional tiene una de las mejores colecciones de Durero), y otra que se llamará «Ex Roma Lux», bajo la comisaria de Miguel Ángel Elvira y Marta Carrasco, que mostrará reconstrucciones arquitectónicas de monumentos romanos, según grabados de los siglos XV, XVI y XVII.
La iniciativa privada
-¿Y cómo se financian estas exposiciones? ¿Con cargo al presupuesto?
-Así ha sido tradicionalmente, pero mi empeño actual es poder sufragarlas mediante patrocinadores privados. De hecho, creo que la iniciativa privada debe actuar de puente entre las instituciones y el interés de los ciudadanos
Hemos llegado a la sala general de lectura: los pasos quedan amortiguados por la moqueta, pero nuestras voces -algo recias y desentonadas ya, con los estragos del hambre y la vigilia- rebotan en el techo, como pelotazos disparados al frontón del cielo. La luz de la veta, de repente, se ha hecho inservible: los fluorescentes iluminan los pupitres vacíos, las sillas de escai granate, que parecen acongojadas y mustias sin un culo que las moldee.
-¿Y se ha llevado alguna gran decepción, en los meses que lleva al frente de la Biblioteca?
-¿Decepción? No, qué va. La gran revolución pendiente de la informatización ya fue iniciada por mis predecesores en el cargo, sobre todo por Fusi. Gestionar un organismo público produce decepciones cotidianas, pero no más que las que pueda causar otro trabajo Siempre me ha gustado conducirme por una estética de lo positivo. Es cierto que estoy trabajando como nunca (en realidad, no había trabajado nunca, puesto que la investigación, en mi caso, era un placer, un «hobby»): llego agotado a casa y duermo como un bendito, pero el cansancio también puede resultar gratificante, si se acompasa de unos resultados.
-¿No se le plantean conflictos entre su vocación y su trabajo?
-Qué va, qué va. He descubierto placeres insospechados, como la existencia del fin de semana, que hasta ahora constituía una tragedia para mí, porque no sabía con qué llenarlo. Desde que soy bibliotecario, he redescubierto la familia, y también el gusto por un poema o un artículo bien hechos. Al tipo de escritor que yo represento no le importa alternar estas dos facetas: pienso en Calimaco de Cirene o Apolonio de Rodas, que regían la biblioteca de Alejandría y escribían como los ángeles, o en el caso más cercano de Horace Walpole, un «bon vivat» que supo conciliar literatura, bibliofilia y política. Yo no soy un escritor de dedicación exclusiva: la literatura forma parte de mi vida, no «constituye» mi vida.
Arte colectivo
Luis Alberto de Cuenca introduce una pausa, que emplea frotándose las comisuras de los ojos. La noche lo ha ido dejando algo descompuesto: con el cansancio, la barba le crece más desvergonzadamente y lo camufla de facineroso.
-Hasta ahora era un privilegiado, pues me ganaba el sustento con aquello mismo que me complacía. Ahora puede decirse que desempeño un servicio a la comunidad, algo que siempre he procurado contagiar a mi literatura. Me interesa la literatura con aliento colectivo (la lírica popular, la épica), más que la literatura con nombre y apellidos. En política soy liberal; en literatura, colectivista. Como Borges, creo que sería para lodos un honor firmar nuestras obras con el nombre de Homero.
Ambos hemos adquirido ojeras, y también ese tono de piel macilento que adoptan los muertos prematuros. A nuestras espaldas, un busto de Cervantes ha dejado caer los párpados con un estrépito de persiana metálica.
-Supongo que cuando habla de colectivismo, no estará reivindicando el mensaje ideológico.
-No, no, por favor John Millius, el autor del guión de «Apocalypse Now», desautorizó esta película, porque pensó que Coppola (que era un intelectual) hacía utilizado su guión para hacer un alegato contra algo. Un arte colectivo es el que encama los anhelos y fantasías de un pueblo. Por eso me interesa la literatura de siguen como Arturo Pérez-Reverte, que representa eso que los alemanes llaman «Volkgeist», el espíritu popular. Con el romanticismo, el escritor deja de ser un modelo social, para convertirse en un «revolté», un maldito; pero ya es hora de que el escritor vuelva a enmascararse detrás de un colectivo.
La voz se le remansa en los labios, con una gravedad que no sé si nace del aplomo o de la somnolencia.
La mente y el caos
-La literatura del siglo XXI será una literatura con aspiraciones de ritmo, orden y claridad -prosigue-. Cierto pedagogo escandinavo dijo que lo que no eres capaz de formular con claridad es porque no lo has pensado claramente. Disponemos de una mente para clarificar el mundo, no para añadirle caos a través de un pensamiento oscuro.
Dejamos atrás los ficheros marjales, que muy pronto la informática hará inútiles, como hojas de un otoño que ya pasó. La sala de raros y curiosos, más recoleta y desvencijada que la que acabamos de abandonar, ostenta atriles en los pupitres para sujetar los códices. El usuario de la Biblioteca Nacional tiene algo de minituarista paciente.
-Hablaba usted de una literatura como cifra y metáfora del universo. Bordes decía que se imaginaba el paraíso como una vasta biblioteca.
-Yo más bien dría que como la biblioteca es una representación del mundo, contiene a un mismo tiempo el infierno y el paraíso. Como buen aristotélico, siempre he creído en la fusión de elementos antagónicos. Heráclito decía que «bien y mal son uno», y tenía razón. Ahora bien, esa estética del bien que yo cultivo es lo que me permite subsumir el mal y extraer de él lo que tiene de positivo.
Si el hombre nace predestinado para un oficio, habremos de convenir que Luis Alberto de Cuenca llevaba inscrita en los genes su tarea esencial; es un niño que todavía, a los cuarenta y seis años, disfruta con el juguete recién estrenado de la literatura.- Es un hombre capaz, al hacer recenso de un verano feliz, de entremezclar a Jan Potocki con la fe en el disparate, a William Beckford con la amistad que no muere, a Villamediana con el «bourbon».
Literatura comestible
-¿No te parece a usted que esa distinción que algunos plantean entre literatura y vida es ficticia?
-En mi caso nunca se ha dado esa oposición: yo más bien creo que enriquecemos la vida a través de la literatura. Entiendo la cultura como in principio subsidiario que nos ayuda a soportar las dificultades de la vida Como Fernando Savater, reivindico los libros como camino de acercamiento al placer. La literatura es la Gran Evasión. Detesto a los escritores que distinguen entre arte importante (el típico ladrillo) y poco importante. Para mí la literatura es algo comestible y nutritivo que se hace carne.
Y le recito dos versos de su poema «What you will» dedicado a la mujer amada, que me parece especialmente memorable y ejemplificador de lo que discutimos: «Sabes como la crema, como el azúcar./como un desayuno de Sherlock Holmes».
-Usted, creo yo, entiende la cultura como una forma de júbilo. Pero ahora se nos enseña a verla como una forma de imposición.
-Y eso es un error que me preocupa muchísimo. Habría que crear unos planes de estudio y formar un profesorado que imbuya a los alumnos el entusiasmo que produce acercarse a un libro, o traducir un pasaje del latín. Y, por supuesto, habría que erradicar el concepto de lectura obligatoria, que me parece monstruoso. La cultura es algo así como un atlas en blanco, que uno debe colorear. Los educadores tendrían que enseñar a colorear ese atlas: transmitir unas coordenadas espaciales y temporales que permitan a las nuevas generaciones entender el mundo en el que viven. ¿Qué somos los hombres, cuando ignoramos nuestra propia historia?
A él le ha correspondido, siquiera por unos años, archivar la memoria de los hombres y preservarla de la carcoma, y también de esa otra carcoma más nociva aún, que es el olvido. Cuando concluye nuestro peregrinaje, por los ventanales de la Biblioteca entra de rondón una luna que nos reboza el rostro con su luz y nos lo deja embadurnado de sueño. Como ladrones furtivos, desandamos el camino hasta el vestíbulo, atronado por los ronquidos que profiere la estatua de don Marcelino Menéndez Pelayo, unos ronquidos de piedra que ametrallan el silencio y retumban en la escalinata y conmueven los cimientos del edificio. Cuando salimos al paseo de Recoletos, después de un recorrido sonámbulo y casi irreal, nos sacude una ráfaga de viento que extingue la llama de la vela y nos refresca de llovizna. Luis Alberto de Cuenca no quiere volver la cabeza atrás, para evitarse el espectáculo tumultuoso de los libros que, una vez reconquistada su soledad, descienden de los anaqueles, bajan en tropel hasta los sótanos y organizan allí una asamblea babélica, discutiendo la estrategia que les permitirán derrotar a los hombres y gobernarse por sí mismos. Yo reprimo un escalofrío y me escabullo en la madrugada, sin despedirme.
José Manuel de Padra
SALVESE EN CASO DE INCENDIO
EN los últimos meses, la Biblioteca ha sufrido un par de alarmas de incendio que, a la postre, se han quedado en fuego de borrajas. Una de ellas fue promovida por un vecino que, al contemplar los humos que exhala la calefacción de la Biblioteca, avisó a los bomberos. La otra, causada por una avería en un aparato de aire acondicionado, se manifestó con unas llamitas aparentes, aunque inofensivas, en su fachada. Las llamitas fueron sofocadas por un guardia municipal aguerrido que pasaba por allí. En los mentideros de la Biblioteca se comenta jocosamente que su director guarda una botella de sifón con capacidad suficiente para sofocar un incendio tan concienzudo como el que afligió al monasterio de «El nombre de la rosa», pero esto ya forma parte de la leyenda.
Luis Alberto de Cuenca confía ciegamente en los sistemas de protección contra incendios que aseguran los fondos de la Biblioteca, pero uno no puede resistir la tentación de imaginárselo, cual fray Guillermo de Baskerville redivivo, sorteando el fuego para rescatar algunas de sus piezas favoritas. La selección que propone incluiría los códices de «Lanzarote del Lago» y la «Gran Conquista de Ultramar» (no en vano las lecturas de caballerías le han sorbido el seso), y algunos manuscritos valiosísimos, como el «Libro de los gorriones», de Gustavo Adolfo Bécquer; el «Cántico espiritual con sus comentarios», de San Juan de la Cruz; la «Providencia de Dios», de Quevedo; las «Fábulas», de Iriarte. «El Aleph» de Borges; o «El pañuelo de la dama errante», de Jardiel Poncela, que fue novio o amante de una niñera suya, de la que Luis Alberto de Cuenca guarda gratísimo recuerdo.
«Pero, más allá de su valor intrínseco -añade-, creo que sería capaz de chamuscarme el pellejo por el códice del “Cantar de Mío Cid”, pues creo que en ese poema reside el espíritu de este pueblo». No contento con escuchar de sus labios una selección apresurada, le solicito que me muestre estas joyas de su particular corona, y Luis Alberto de Cuenca, tambaleándose de puro sueño, me conduce hasta las trastiendas del edificio. En una habitación aledaña a la sala de raros, amueblada con la biblioteca de Godoy, ordena disponer sobre un escritorio ese equipaje urgente que se llevara consigo, si la barbarie o el fuego se apropiasen de la memoria de los hombres. Contemplamos en respetuoso silencio la caligrafía minuciosa y desvaída de Bécquer, el trazo casi churrigueresco de Quevedo, el oro y el cinabrio que iluminan las páginas de la «Gran Conquista de Ultramar», la letra escurridiza y como invertebrada de Borges, el manuscrito entreverado de tachaduras de Jardiel: cada vez que una palabra le disgustaba, la tachaba concienzudamente y encerraba en un recuadro de tinta, superstición de la que no podía prescindir para seguir escribiendo.
Me he atrevido a acariciar estas joyas, por fetichismo o sigilosa profanación, y he sentido discurrir por debajo de la piel ese mismo «temblor inútil y hermoso» que Luis Alberto de Cuenca debió de sentir al escribir este responso lleno de fervor a los libros: «No salvan/ a nadie, ni nos quitan atávicas zozobras,/ pero nos comunican un placer que mi perro/ con ser bastante menos desdichado, no siente./ Dos millones de años después, tan sólo eso/ ha valido la pena».
ABC Literario. 24 de enero de 1997. pp 16-19.