viernes, 8 de mayo de 2020

"Carta a una siempreviva" por Cristóbal Serra (En. "Manifiesto español o una antología del narradores", Antonio Beneyto (Ed.) 1973)

Antiguo muelle de la Rivera en el Puerto de Andrach (1940)

Carta a una siempreviva

Cristóbal Serra nació en Palma de Mallorca, en 1922. Estando la guerra civil a punto de terminar cae enfermo y su dolencia le lleva a vivir en el Puerto de Andraitx (Mallorca) conde se entrega a la contemplación y a la lectura. Estudia posteriormente derecho en Barcelona. De esta época datan sus inquietudes literarias. Comienza entonces a escribir su primer libro: Péndulo, desligado de toda influencia, aunque luego descubra que está bajo el signo de Kafka y Michaux. Aparte de esta labor, Cristóbal Serra ha dedicado también su atención a otras actividades: crítica literaria, articulista en revistas y periódicos, traductor de Lao Tse, y de poetas como Blake y Michaux. También de Herman Melville. Actualmente traduce a Lulio. Desde 1952 es profesor de conversación en los cursos para Extranjeros de la Universidad de Barcelona, que se celebran los verán os en Palma de Mallorca. En 1953 se licenció en Filosofía y letras y más tarde obtiene un puesto de profesor en la Escuela de Magisterio de su ciudad natal, donde ejerce actualmente. Cristóbal Serra comenzó a escribir bajo el enunciado surrealista o expresionista en prosa “sincopada” y poética, pero últimamente ha derivado hacia una poesía en prosa que se presenta como caricatura de un mundo que el señala como absurdo. Maneja un lenguaje muy personal, sobre todo en su último título, Viaje a Cotiledonia, y se entrega frecuentemente a los juegos de la palabra. Por medio de la burla y el disparate se opone a todo lo tradicional y formalista. Interesa su prosa, no por su riqueza o su capacidad para sembrar imágenes, sino por su rigor expresivo, por su facilidad para atraer al lector hacia el objeto. Varios textos de Cristóbal Serra figuran también en el libro Narraciones de lo real y fantástico (Barcelona, 1971)


Mrs. B. Flower: Querida inmortal y nunca olvidada siempreviva: deja que te cuente tu propia historia, ahora que moras en la eternidad.

¿Quién eras? ¿Qué significaste para el puerto? Son pocos los que ahora lo saben. Como cosa olvidada, dejaste este mundo un día invernal de cierzo crudo, y nadie supo ya más de ti. Pero yo quiero evocarte. ¿Quién era aquella dama vieja, arrugada, paticoja, que usaba un velo de novia de tul rosa para ir a misa los domingos? Entonces el puerto no estaba asfaltado y levantaba nubes de polvo tu paso, como las que sembraba el ardiente siroco. Tú provenías de un mundo fantástico y absurdo. No te duela, donde estés, que te diga que eras un personaje dickensiano, pues a Dickens lo encontrabas zafio y tu inglés acendrado era enemigo de su hinchazón retórico. Con tu tocado hamletiano, tus faldas de color canela, tu cayado, tus perros, y tus gatos que te seguían, constituías el único espectáculo circense del puerto. ¿Quién ha encarnado como tú un personaje, sin pretenderlo? Nadie. El puerto, desde que desertaste de la vida, no contemplaba esa comba que fuiste tu. Porque tu eras realmente saltarina y andabas rítmicamente como si pasara por debajo de tus pies una cuerda floja. Eras graciosa como una rodante pelota multicolor, pues bailaban tus caderas, tu cabeza se movía a compás, y tus brazos se aspeaban como los de un recién nacido.

Eras la elegida del Señor para recrear el Arca de Noé. Porque, dime, ¿qué fue tu “Jane”, del que tan orgullosa estabas, sino un Arca de Noé? No era un barco abandonado, desarbolado, al que su propietaria tenía encallado. Eso lo decían las malas lenguas y las comadres de pobre imaginación. Tu barco era el Arca de Noé. Y quienes eso negaren, les voy a enumerar los animales que en tu barco llegaste a albergar. Allí tenías a tu gato Polifemo, falto de un ojo, a cuatro o cinco mínimos rozagantes, a tres perros escuálidos, a una gaviota enfermiza y alicaída, a un mirlo enjaulado.

Uno de tus mínimos deglutía mal. Le aplicaste un emplasto de brea y lo saneaste. Al ojo de Polifemo no pudiste devolverte la luz y tus escuálidos perros fueron siempre pelilacios. Los orondos eran los mínimos que se comían a diario su buena ración de angulas y la leche la bebían a borbotones haciendo toda clase de borborigmos.

Nadie va a creerme ahora. Pero yo sé cuantas acuarelas te pintaron tus mínimos. Con lamer, los muy lametones, tu aguada, te completaban la obra que estabas haciendo. Eras sencillamente maravillosa pintando las posiciones de los gatitos, ahora panza arriba, ahora soñolientos y tumbados. Tus trazos eran sutiles, como era sutil tu suciedad. Dudo que te hubieses lavado alguna vez en tu vida. Para ti no rezaba aquello tan ingles de “Godliness in cleanleness”. Sí, un día te bañaste en el mar, aquel día que te ocurrió lo que tú y yo sabemos. Nadie más.

Fuimos los dos a bañarnos para celebrar la belleza del día. Se había apoderado de los dos la morriña septembrina, mes en que los dos habíamos nacido, y teníamos que salir a descubrir el pulcro horizonte, las aguas mansas, espejantes. Llevabas la desaliñada indumentaria de siempre y sobre tu hombro tu gaviota enfermiza. Era un día pre-otoñal. Las lluvias torrenciales del día anterior habían dejado húmedas las rocas, refulgentes las higueras, cambiados los asfódelos. Las aguas vecinas de la costa gozaban de una quietud que rozaba la inmovilidad. Gorjeaban los pájaros sobre los pinos y otros describían vuelos sobre las aguas.

Te echaste al mar con la gaviota sobre tu cabeza. Creías domesticada al ave, pero ella, apenas columbró aquel límpido azul del horizonte, de desfallecida, pasó a aletear y rauda emprendió el vuelo, llevándose entre sus garras prendida tu peluca. Tu Señor debió de permitir este accidente.

Luego, poco a poco, me fui enterando que estabas muy acuitada por aquel lamentable accidente. Además, luego se te había de morir el mirlo el día de San Agustín, mientras que estabas leyendo, en voz alta, un sonoro sermón de san Juan Crisóstomo. Después de la muerte del mirlo, recuerdo que yo leí una Devoción de Donne, que tu escuchaste con atención. Decía: “Un cristal no es menos frágil porque en él este representada la cara de un rey; ni un rey menos frágil porque Dios se represente en él”.

A pesar de tus extraños ojos, te tomé simpatía. Eras inglesa, sí, pero no de las que no les importa nada lo español. Sentías hacia todo lo nuestro, hacia nuestra historia, una incandescente y cálida pasión. Revoloteabas sobre páginas trágicas de nuestros anales como un pajarillo de sedeñas alas. Eras la clase de inglesa que raras veces se encuentra. Severa, con asomos de ternura. Te gustaba leer a Chesterton y detestabas a aquel tumor frío del ibsenismo que firmaba G.B.S.

Pero te tomé ojeriza porque tenías el achaque de la mezquindad escocesa. Muchos espíritus religiosos he conocido avaros como tú, tarados de “bíblica avaricia”. No es que amontonaras dinero, pero medías tus gastos, discutías los precios en la cantina del puerto, esperando poder dejar una triste herencia a unos parientes lejanos aristócratas. Me dolía ver que no pagabas al tartajoso Pablo, que tartajeaba desde que un rayo casi le fulminó, cuando venía a refugiarse en el puerto, después de haber sufrido muchos males de amor. El pobre tenía cojas las facultades y calcular no sabía. La calculista eras tú que le pagabas una miseria por martillear a diario los metales herrumbrosos de tu barco.

En las grandes solemnidades eclesiásticas, ibas a misa tempranera, casi al rayar el alba. Devotamente rezabas sola, porque, en el puerto, pocos eran los que te acompañaban en aquel homenaje eclesiástico. Pero olvidabas que alguien, sin saber de cálculo, no tenía ni para tomar un café mal molido y peor hecho. Uno de esos días, a las primeras luces del amanecer, Pablo arrojó dentro de un barril de alquitrán tus cuatro gatos rozagantes. ¡Qué alquitranados quedaron! Tú, entonces, como colaboradora de la revista “El Arca”, te desataste en un artículo sobre la dureza de corazón de las gentes del puerto y de paso en aquel esgrimiste la pluma contra los toros, tachándolos de detestable espectáculo.

Empeoró tu salud a causa de aquel ensañamiento y todo tu cuerpo quedó convertido en un eczema. ¡Pobre Bárbara! Te llevaron al hospital y allí te vi entre gasas protectoras. Parecías Lázaro recién salido de la huesa. Todo tu cuerpo espolvoreado de azufre, siempreviva amarilla. Mejoraste pronto porque eras de recia condición. Este disgusto todavía no te llevó a la tumba. Otro sería el que te llevaría.

Cuando la visión de tus ojos quedó empañada por unas cataratas, acogiste a una pueblerina que habían violado aquellos días, para que te cuidase todo. La muchacha era silenciosa e hizo cuanto pudo para aliviar tu congoja. Pero, una noche, aunque descubrió que unos hombres rodeaban el lastre de tu barco, temerosa, hízose la dormida. Supongo que comprenderás la razón de aquel silencio. Te robaron el plomo, que en aquellos tiempos de posguerra era valiosísimo. Y por esta causa despediste a la chica y te fuiste a vivir en un pisito sombrío del puerto. ¿Por qué no quisiste comprar nuevo plomo, aguardando recuperar el que te habían robado? Te pregunto eso porque en el pisito te mustiaste para siempre y llegaste a morir más enteca que un gorrión despechugado.

***
Te fuiste de este mundo, sin haber podido realizar aquel guión que concebiste: Una echadora de cartas, un raro capitán, una mujer con un perrazo negro, diversos puertos mediterráneos, un tesoro áureo en Venezuela, una revuelta sudamericana, un episodio de nuestra guerra civil. En este guión, no habías olvidado ni el Azar, ni el Destino, dos protagonistas del guión de tu vida.

(Del libro inédito: “Cartas del Puerto”.)

En. Antonio Beneyto (Ed.), Manifiesto español o una antología de narradores, Ediciones Marte, Barcelona, 1973 pp. 436-438

jueves, 7 de mayo de 2020

"La Nueva Ola Madrizlenya" (JOB [Jesús Ordovás], Disco Exprés 495, febrero 1979)




La Nueva Ola Madrizlenya

El ROCK “MADE IN MADRID” representado hasta ahora casi exclusivamente por BURNING, COZ, LEÑO, ÑU, TOPO, MAD, CUCHARADA, MOON y otra media docena de grupos que siguen más o menos el mismo esquema rockero, le han salido unos hijos que no quieren saber nada del rock pesado y duro que hacen los grupos de marras. ¿Por qué? Porque tienen su propio rollo, hacen su vida por otro lado y se montan sus propios festivales y tinglados.

Son la NUEVA OLA POP-ROCKERA MADRILEÑA, que, nacida de las bodas incestuosas del POP y del ROCK que se ha hecho aquí y allá, prepara otra ofensiva de incalculables proporciones y de singulares aportaciones. Cuando surgió el RAMONCÍN, después de tirarse un año o así ensayando en húmedos e inmundos sótanos de Vallecas, nadie se podía imaginar que el cheli iba a cotizar en la bolsa de valores comerciales casi tanto como Camilo Sexto, que tendría su columna en LA CODORNIZ o que se montaría a las espaldas del mismísimo UMBRAL.

De la misma forma, nadie puede aventurar donde estará EL ZURDO (una de las mentes más preclaras de la nueva ola madrileña) dentro de un año, o si los grupos surgidos de las cenizas de KAKA DE LUXE y otros de similares características conseguirán romper aguas y materializar todas las ideas que tienen.

Pero por lo pronto, los grupos que hay ya formados y que han debutado, en algún caso, en festivales y en el santuario del rock de la Capital del Reyno (M&M) son cuatro. A saber: PARAISO, NACHA POP, ZOMBIES Y ZUMBETTES y ALASKA Y LOS PEGAMOIDES.

El Paraíso del Zurdo

PARAÍSO es el grupo de EL ZURDO, un personaje imposible de definir y clasificar (a medio camino de VAINICA DOBLE y DEVO) que trae más imaginación que ritmo al panorama poprockero hispano-marroquí. KAKA DE LUXE fue, en buena medida, su experiencia más POP, aunque él la recuerda como un INFIERNO y es por eso que a su nuevo grupo lo ha llamado PARAÍSO. El grupo lo formó a raíz de la disolución de KAKA DE LUXE, y es el más numeroso de toda la Historia de España desde la invasión de los moros: son doce, trece, catorce o quince.

¿Qué cuantos de KAKA se fueron con él a PARAÍSO? El tío responde sin pestañear: "Pues la mayor parte, o sea yo". La mili se llevó a uno y Alaska a los demás. El Zurdo consiguió reunir a buena parte de PARAÍSO poniendo anuncios en Disco Exprés, Sal Común y otras revistas, y pasándose por los programas de FM más abiertos a la cosa. En el anuncio decía: "PARAÍSO, grupo en la línea de BLONDIE, MODERN LOVERS Y DEAD SCHOOL... busca gente en Madrid, tenemos algunas cosas sobre que trabajar, da igual el grado de experiencia, no somos profesionales (por ahora)".

No contestó mucha gente, y llegar a reunirse todos los que son ahora para ensayar les llevó más de dos meses. Pero el grupo es ya una realidad, aunque un poco vaga y el otro día se presentó en la discoteca M&M. Lo más característico y sobresaliente de PARAÍSO es que la guitarra eléctrica la toca Isabel, una chica con pinta de punki que aporta más “imagen” que versatilidad con el instrumento. Otra característica de este peculiar PARAÍSO del Zurdo es que junto a “Isabel-la-Punki” coexisten y colaboran músicos de variado pelaje y experiencia (ex-sinfónicos, ex-yaseros, popis y punkis).  O sea, lo que podía haber sido KAKA DE LUXE, "pero a lo bestia", según expresión del propio Zurdo, al que entrevistamos y fotografiamos en el garaje que ha alquilado el barrio de LAVAPIÉS.

"Queremos ser lo que fueron LOS BEATLES en su momento" -dice descaradamente y sin ambages el Zurdo. Para añadir a los cinco segundos: “Vamos a ser los TUBES de España, porque la Orquesta Mondragón no va por ahí. Los Mondragones van de ibéricos y nosotros de ibéricos nanay. Tenemos un repertorio de lo más marchoso: hacemos unas versiones feroces del MONGOLOIDE de DEVO, el Top of the Pops de los REZILLOS, Hermano Dame Una Moneda, Camina No Corras, el instrumental ese de los Ventures, una de X-RAY SPEX y otra de los CARS. Todas en castellano, por supuesto. Y el resto de las canciones del repertorio hasta quince, son nuestras. Hay rocanroles años 50, temas lentos en plan VELVET UNDERGROUND, piezas chicles, etc.

El ZURDO además ni siquiera tiene respeto por los montajes punkies: “Hemos dedicado una canción a SID VICIOUS Algo Le Pasa a Mi Beibi, en la que nos cachondeamos del montaje que hay en torno al VICIOSO, eso de que el pobrecito va a pasar a la cárcel y va a sufrir mucho, cuando todos los viejos rockeros han estado en la cárcel y nadie les ha limpiado los mocos. Además, personalmente creo que ha matado a su beibi

Alaska y los pegamoides

Por su parte, Alaska y LOS PEGAMOIDES, la otra facción de EX-KAKAS DE LUJO, intentaron montar un festival A BENEFICIO DE SID VICIOUS. O sea que no coinciden con el ZURDO en ésto; ni en otras cosas. Su actitud es más provocativa y menos razonada. La aparentemente espontánea estrella del grupo es, obviamente, ALASKA, una chica de dieciséis años más bien bajita que toca la guita y escucha Dinamita (el programa de radio más fuerte y descarado que realiza el Doctor Champú, que ha tomado partido rotundo y concluyente por Nueva Ola, al igual que los demás disyoqueis de la Onda Dos FM de Madrid).

¿Pero por qué es ALASKA la estrella del conjunto -y no sólo del conjunto de la Nueva Ola Poprockera hispano-portuguesa-? Pues porque la chica se lo monta estelar, porque va por la calle llamando la atención de la gente con sus ropas multicolores, sus aditamentos y sus chicos también multicolores, porque es una tía en un mundo en el que hasta ahora todo lo hacemos los tíos y porque es una cachonda y le hecha bastante cara al asunto.

Pero eso no es todo: la tía ha escuchado cantidad de grupos ingleses, yanquis y eslavos de la Nueva Ola y se ha fabricado una imagen en la línea de POLIESTIRENE del grupo X-RAY SPEX, de SIOUXSIE & THE BANSHEES, de BLONDIE y de otros grupos, grupillos y grupetes de tal guisa.

Ella y LOS PEGAMOIDES también posaron para nuestro fotógrafo en el mismo Lavapiés -aún siendo de un barrio de clase la más chic- y demostraron tener bastante imaginación a la hora de hablar de sus influencias, posturas y actitudes. Entre los grupos preferidos de ALASKA y LOS PEGAMOIDES están, además de los de marras, ERIC EL TRAVIESO (Wreckless Eric), ADAM y SUS HORMIGAS (Adam & His Ants), CABARET, OBJETOS ESFÉRICOS y EL ENCHUFE CON SUS CABLES de Mánchester.

¿Pero quiénes son los PEGAMOIDES? “Pues unos seres de goma de otro planeta que acompañan a Alaska aquí en la Tierra”, recita Campoamor. En realidad son casi todos EX-KAKA DE LUXE, pero dejan que lo diga yo. Ellos siguen dando más detalles sobre la estructura de pega de los PEGAMOIDES. Que son inmunes a todo lo sintético y están hechos de espuma detergente y fibra sintética...

¡DEVOTEORIA PARA LOS MASS MEDIA! -digo. “No-contesta Alaska, casi ofendida- más bien POLIESTIRENOTEORIA"

-¿Y cómo dejasteis un nombre ya conocido por el Alcalde Madrid como era el de KAKA DE LUXE por otro todavía desconocido?

Responde Campoamor: "Pues para no liamos a tortas con la casa de discos".

Y si antes erais PUNKIS, ¿ahora que sois? ALASKA Y LOS PEGAMOIDES A CORO: "¡Punkis evolucionados!"

Zombies y Zumbettes

Los ZOMBIES son contemporáneos de KAKA DE LUXE (RIP por la KAKA y por el LUJO y bienvenidos sean los nuevos híbridos), pero ya no son los mismos que antes. Antes reconocías a los ZOMBIES porque siempre iban juntos un tipo muy grande y otro delgadito. El grande se fue. Pero sigue el delgadito, que ha reorganizado el grupo, y el delgadito no es otro que Bernardo, el Zombie por excelencia, la cara del grupo, que canta, toca la guitarra, compone y habla. Tiene un sentido curioso e inimitable de como posar en el escenario, pero cuando está fuera de las tablas no parece el mismo: es parco en gestos y palabras, tímido, nervioso; pero tiene “estilo”.

Al igual que los otros tres grupos de la Nueva Ola Poprockera Made in Madrid, los ZOMBIES (o sea, Bernardo, que es el que marca la dirección de la cosa) recrean y adaptan los esquemas anglosajones a su gusto y posibilidades. Así, Bernardo está en la onda de ENO, TELEVISION, MAGAZINE y DAVID BOWIE, aunque luego los ZOMBIES no intenten ser una imitación de ninguno en particular. Lo suyo es hacer buen POP-ROCK. Y de todos es sabido que el POP-ROCK de CALIDAD y con ESTILO está por ahí.

Los ZOMBIES se presentaron el otro día en M&M y realizaron unas curiosas versiones de clásicos del POP (como Poison Ivy y Needles & Pins), temas instrumentales cortos y contundentes (nada de vaguedades) con las ZUMBETTES a los coros, y canciones propias de títulos obsesivos y elocuentes: SUCIO AMOR, AUNQUE ME DEJES ERES MI NENA, LA INVASIÓN DE LOS MARCIANOS ROSAS, EL RAPTO, EL FRECUENTADOR DE LA OSCURIDAD, NO PUEDO LIMPIAR LA ALFOMBRA PORQUE ESTOY ESPERANDO UN NIÑO, y otras, como A LA SOMBRA DE UN BANANO de Vainica Doble.

Buenas canciones para escuchar, y para bailar, sobre todo si están las ZUMBETTES animándote.

Las ZUMBETTES son dos chicas bien puestas que salen al escenario y se sitúan en el centro y en primer plano, moviéndose con el suficiente estilo como para invitarte a bailar. Pero además tienen una peculiar forma de cantar; gimen, hacen insinuaciones eróticas, maúllan como gatas, gritan. Y fuera del escenario se hacen las marcianos. Estuvieron haciéndose las marcianas, maullando durante una hora, en Radio España FM Onda Dos, hasta el punto de exasperar a varios tíos que escuchaban la emisora, que llamaron para decir al realizador del programa -yo mismo, por ejemplo- que lo que hacían los ZOMBIES y LAS ZUMBETTES no tenía raíces.

Ese tío acertó. Evidentemente, los ZOMBIES y las ZUMBETTES no hacen ROCK CON RAÍCES. Hacen POP-ROCK por NARICES.

Nacha Pop

Tres cuartos de lo mismo hacen NACHA POP, que no es un grupo de tías, como pudiera pensar cualquiera, sino un cuarteto de tíos vestidos con cazadoras de cuero negro y vaqueros. Cuatro chavales que estudian en el Liceo Francés, lo cual ya te dice que son hijos de clase media o alta, al igual que casi todos los ZOMBIES, los PEGAMOIDES y demás POP-ROCKEROS DE LUJO. ¿Cómo coño sino iban estar al día de todo lo que hacen los grupos ingleses yanquis y croatas? Porque tienen posibilidades, tiempo y ganas de divertirse y ven en el POP-ROCK que se hace en Londres o en Nueva York una rica fuente de emociones, fantasía e inspiración. Algo que no tienen casi ninguno de los grupos rock madrileños, que se expresan más burda y pesadamente, con más metal pero menos gracia.

Aunque NACHA POP también le dan fuerte al metal, sólo que no en pesado y reiterativo, porque en lugar de haberse comido el coco con PURPURAS PROFUNDAS y SABATINAS NEGRAS han mamado los discos de POP que les pone su amigo Mario Armero, también disyoquei de la FM Onda Dos madrileña; discos de los Raspberries, Kinks, Beatles, Elvis Costello, Graham Parker... y REGGAE, también un poco de buen Reggae.

O sea que ya lo sabes: Esta es la onda de NACHA POP -el nombre viene que ellos se llaman entre sí como si fueran carrozas, y el que más pita es el Nacho que es un popi; todavía no se han presentado en M&M, en el santuario, pero lo harán un día de estos. Y ese día debes de estar allí, si quieres saber como se lo hacen los de la Nueva Ola Poprockera.

Así que, se acabó eso de que en Madrid sólo hay chelis o sufridos rockeros de barrio que te dan el muermo y la paliza con lo jodidos que están. Hacía falta un poco de humor, sangre joven, grupos de tíos y tías con ganas de moverse y de romper moldes. Y aquí están. Son tuyos.

JOB, Disco Exprés 495, febrero 1979, pp. 23-26.

miércoles, 29 de abril de 2020

Carlos Edmundo de Ory Reencuentro con el fundador del postismo (Diario 16, 21 de noviembre de 1982)


CARLOS EDMUNDO DE ORY
Reencuentro con el fundador del postismo

Carlos Edmundo de Ory (Cádiz, 1923), narrador, ensayista y, sobre todo, poeta, fue el creador, con Eduardo Chicharro y Silvano Sernesi, del postismo, un movimiento literario y vital que, allá por 1945, abrió paso a las vanguardias artísticas españolas y, según su fundador, a la mismísima contracultura mundial. Estrafalario, hereje, heterodoxo, poeta maldito —según el cliché— el autor de «Técnica y llanto» y «Los poemas de 1944», al fijar su residencia en Francia, se ha visto aún más alejado de los beneficios de las modas literarias españolas, por lo que su obra no siempre ha contado con la debida atención.

Descalificadas con una mueca de espanto y aversión las entrevistas, artificiales montajes a los que prefiere responder por escrito, concentrado en su obra, aislado, solo. Anclado el mar a cien metros, bramando indeciso entre ola y ola, conversamos en Cádiz, tierra natal de hace cincuenta y nueve años, Cádiz de su alma y vida («Andaluz, anda con luz»), Gades poético portado siempre como un retrato antiguo, resonancias vivas de amor a-mar.

Desparrama sus huesos y palabras en casas de amigos, recitales. Algo famoso a su pesar, repasamos su aventura vital, que la vida engloba su vivir y su obra, aspectos estos que se funden en Ory como en ningún otro poeta.

«Hay que vivir y sentir como se escribe. Vivir es un acto de vida, como escribir. Hay que vivir poéticamente. No comprendo cómo hay poetas que tienen secretario. Escribir un poema, amar, es revolucionario. El poeta no es una vedette, no es un artista de cine, la poesía es todo lo contrario a frivolidad. Es un acto social por excelencia, porque es cotidiano, vital. El poeta tiene que ser revolucionario en todos los momentos, salvo, quizá, en el retrete. El poeta tiene que estar en el mundo, aquí, en nuestro tiempo. No a las fugas del pasado. Yo estoy preocupado por todo lo que pasa en el mundo. Ya lo he dicho otras veces, entramos en la era crucitariana, apta para la cultura integral. Sin embargo, no estamos informados. Seguimos leyendo los periódicos y oyendo la televisión, que nos envenena minuto a minuto. Sólo esperamos de la falsa jerarquía el anuncio del apocalipsis.

Los verdaderos poetas, como decía, son revolucionarios. Claro está, los poetas, no cabe duda, son el testimonio único de la dificultad de vivir. En estos días de miseria, inagotables son las posibilidades de expansión de la conciencia humana. Pero aparece también, entre la esperanza, la desesperación paralizante. Dentro de una situación dada por sentada (la época), el hombre tiene que optar por una orientación de destino.

Hay una ecología interna y externa, que hay que sentirlas, una explosión del mundo. Hay que sentir desde otro punto de vista, el poeta es un cuerpo antes que nada, un cuerpo que se mueve, que siente, que viaja. Soy un hombre cuyo máximo asombro es el descubrimiento de qué estoy en un planeta en movimiento. Yo no entiendo cómo la gente va a trabajar, cómo vive sin haber contemplado el medio en el que se desenvuelve. Lo primero que hago al levantarme es abrir la ventana y saludar al sol, al nuevo día que viene

Poeta maldito
Taumaturgo errante, plateado jinete antiapocalíptico, cotidiano estandarte del ser y el estar, Orypresente. Energeia, metanoia, paranoia andante, sedante, nunca silente, jamás Edmundecido. Hablamos de una contradicción: el Ory-mito, «poeta maldito» para posterior uso apologético en razón inversamente proporcional al silencio y olvido que su obra fue reducida por la cultura oficial.

«Sueno, en mi caso concreto, como en otros, se han producido una serie de circunstancias que han dado lugar al mito, como la anatemización del postismo, la frustración que supuso siempre mi vida y mi obra aquí, mutitada por la censura, el posterior exilio..., en fin, siempre me señalaron con el dedo por mi físico y vestimenta, no me ha preocupado mucho esa pasión enfermiza que tenían por mí y por mi escritura, a la que también recurren. Es evidente que me retrato continuamente en mis poemas, pero no son autorretratos muy heroicos. Mi carencia de prejuicios saludables, la lógica de mi insumisión, molesta demasiado a la comodidad ambiente.

El eufemismo del “poeta maldito”, cosa en la que no creo, por otro lado, ya que me parece una invención de la cultura oficial, del sistema, era algo cualitativo que sustituía a una característica esencial en mí: la rebeldía. Esto, desgraciadamente, se maneja como caricatura o iconografía, pero es un papel que me han hecho jugar a la fuerza, bien a mi pesar, y que mi alejamiento, mi exilio voluntario, contribuye a reforzarlo. No paseo por la acera de lo establecido, soy muy móvil, viajo, y además resulta difícil verme vivir. Tengo a los hombres y sus calles como asombro cotidiano, al igual que mis escritos e incluso yo mismo.

A esto hay que añadir que se me ha clasificado, asimilado, a una etapa de mi vida, la del postismo. En general, hasta hace poco no se había informado bien sobre mi obra, no se había hecho nada bueno. O era postista o me señalaban con dos cruces más: el introrrealismo del cincuenta y uno con Darío Suro o el “Atelier de Poesie Ouverte” del sesenta y ocho en Amiens. Ahora hay estudios buenos sobre mi obra, como el de José Polo de Bernabé.»

El postismo
No podemos evitarlo. El postismo surge de sus cenizas, Fénix alada que rebrota del espejo y nos alcanza. ¿Qué fue el postismo? ¿Y qué fue del postismo? Mago gris que detiene el tiempo, Ory [mira al] reloj responde, vindicativo, claudicante:

«Una herejía en su época, como he dicho en alguna ocasión. Era el último, el más nuevo, el mejor, el post y el ismo, el ismo y el post. Fue en enero de mil novecientos cuarenta y cinco, a poco de terminar la segunda guerra mundial y ocho meses antes de Hiroshima y Nagasaki, cuando salimos a la calle a invocar un sol de una mañana primaveral junto al "grito de un camaleón enfurecido. Proclamamos una estética al grito de “España lanza el postismo”, una estética auroral, enfocada desde la sombra de una decadencia: “Aquella muerta doncella de faldas largas y cabellos caballos que la actualidad artística y académica proclama para sí.” Diciendo mierda al Parnaso, sentamos piedra de escándalo pisándolo todo con nuestra andadura revolucionaria. Y por eso, como dijo Chicharro, nos echaron de la poesía. El postismo significó una avanzada de la contracultura mundial. Fue precursor de las formas de cultura marginales, tanto en la expresión como en el comportamiento. La palabra postismo carece en absoluto de programática y, por consiguiente, de contenido ideológico. El postismo fue la locura inventada. Todo empezó con mi soneto paranoico.»
Mutilada, prohibida su obra, anatemizada, la censura se cebó en Carlos Edmundo de Ory: «Respecto a esto, creo que los mayores problemas radican en la educación y en la información. Hay que revisar las reglas y los códigos permisivos. Estos no deben estar sustentados por una tradición patriarcal henchida de intolerancia. La hipocresía no tiene derecho a autorizar. El “prohibido prohibir” de mayo del sesenta y ocho tiene toda su vigencia.»

Ausencia de Gobierno
Animal anarquizante, Ory abomina de todo Gobierno: «Lo mejor es la ausencia de todo Gobierno. Los abusos autoritarios limitantes en su escrupulosidad legal, imponen reglas suplementarias al juego propio de la dinámica grupal. Jamás se aconseja lo inútil del capricho y la fantasía, y, en cuanto al arte y la literatura, entran en el círculo de lo serio y respetable una vez oficializados por la ideología imperante, única capaz de marginar lo indeseable. La sociedad moderna destierro a los poetas, ya desde “La república”, de Platón, a menos que sean Premio Nobel o algo parecido. Ya lo dijo Octavio Paz: El poeta moderno no tiene lugar en la sociedad, porque, efectivamente, “no es nadie”. Esto no es una metáfora: la poesía no existe para la burguesía ni para las masas contemporáneas.»

Y, sin embargo, los tiempos han cambiado. Aunque ya sea quizá un poco tarde para ese aventurero vital, fraterno camarada de Rimbaud, a quien le preguntamos sobre la situación española y una hipotética vuelta del tránsfuga.

«Voluntad de cambio hay, es indudable. Pero no creo demasiado en este invento. Por otro lado, España es un país más dentro del mundo desesperante en que vivimos. Aunque la situación esté llena de incertidumbres, cada vez más a mí me gustaría volver, pero la verdad es que aquí no tendría trabajo

Carlos Edmundo de Ory, confeso de hechicería, dirían, dirán, dijeron los diarios, hechicero mágico inconcluso, inconcluyente, afluente, río, agua turbulenta en movimiento, lúdico, lúdico:

«Trabajo en el lenguaje, investigo el lenguaje y una de las cosas que tengo es el humor. Pero no sólo hay ludismo en mi poesía. Me interesan otros aspectos de mi obra, como el misticismo religioso. Con el ludismo pasa un poco como las anécdotas que se cuentan sobre mí, que se han exagerado y han engordado el mito

Anécdotas
Capítulo sagazmente sonsacado con ayuda de memorias ajenas. Anécdotas como aquella del congreso de escritores en Segovia en que, junto a otros. Caballero Bonald entre ellos, entraron por error en un velatorio y tuvieron que seguir el mortuorio rito. O la imitación en el mismo hotel de la actriz Joan Fontaine, que degeneró en el mito de que descendía por las escaleras a culazos. Olas de su bohemia vida parisiense y madrileña, donde apuntaba los teléfonos en las paredes de las calles. «No te preocupes, cuando necesite llamarte vendré aquí.» O lo de venir a tomar café a Cádiz. O el famoso baño vestido —él dice que en traje de baño— en una barca en Asturias, para llegar a otro barco. Tuvo que alcanzar la orilla y desde allí, aminorada la marcha del bote para esperarle, logró su objetivo: «Todos los poetas congresistas que iban allí —afirma Ory— ya estaban en la barca haciendo sus sonetos epitáficos.»

Su casa está siempre abierta a todos, en Amiens, cerca de la Universidad donde imparte sus clases tal y como me recuerdan Rafael de Cózar y Fernández Palacios. Allí acuden amigos, alumnos, a recibir influenciad, en peregrinación a La Cabaña, entrañable casa donde reposa, no se sabe si feliz, un buda enorme que tiene en su habitación y los pasillos se llaman cosas como avenida Nosferatu... «Yo no quiero dirigir a nadie —salta enseguida Ory—, que cada uno sea como es, como debe ser.»

Inimitable Ory, siempre adjetivado, mosaico siempre falto de postreros azulejos, últimos elementos de la clave buscada, ineficaz el tratamiento de emergencia, inasibles los corazones y las rosas. Eterno misterio.

Fuera, por la ventana, el mar toca el piano y silba el viento su eterna melodía. Carlos Edmundo de Ory sentencia: «Vivir es una aventura

Alfonso Domingo, Diario 16 [Disidencias], 21 de noviembre de 1982, p. IV.

martes, 28 de abril de 2020

Con Cristóbal Serra como guía. Recorrido por las estatuas de Palma (Diario de Mallorca, 2 de octubre de 1977)



Es Palma una ciudad que sin carecer de valores arquitectónicos adolece de afortunados monumentos. La parte vieja de la ciudad posee una personalidad bien definida, los laberínticos callejones con sus farolas de tenue luz ofrecen al paseante melancólicas sensaciones. Los patios de San Jaime, siempre en penumbra, también tienen para el palmesano el sabor típico de la ciudad que en otros tiempos fue recinto de tranquilidad urbana. Desgraciadamente, la parte ornamental no está en consonancia con estos valores arquitectónicos Algunos monumentos son verdaderos atentados escultóricos y no responden ni de lejos a la significación profunda que ha de tener todo monumento.

Un monumento no tiene por qué ser realista, lo que si debe conseguir es una profundización en lo que quiere rememorar. La calidad de una escultura Tendrá dada por la penetración artística realizada en la personalidad del esculpido. Sólo son posibles dos tipos de monumentos, los afortunados y los desafortunados. Estos últimos han florecido en nuestro solar urbano siendo causa de ello un determinado fertilizante que no viene a cuento analizar.

Palma que tiene joyas arquitectónicas, no las tiene monumentales. Muchos bronces están mal emplazados. No hay ninguno que esté en el lagar que le corresponde. Ninguno que tenga una plaza de poesía.

Mallorca, que fue símbolo de paz, no goza de ningún rincón monumental que haga recordar aquella época dorada.

Cuando se ha erigido un monumento nuevo, por ejemplo el de Ramón Llull, ha habido un total desacierto en su ubicación y en el erector elegido. La elección del artista hubiera podido ser democrática y no a dedo, como era propio de los tiempos triunfalistas. Este monumento está hecho con total desconocimiento de la personalidad de Llull.

Un mínimo de conocimientos hubiese llevado al escultor a crear otras formas. Lo mismo sucede con el de Fray Junípero, que ha heredado las taras de los otros, no sé si será debido a una paternidad común que los aqueja. Su figura es estereotipada, poco original, y del lugar desdichado de su erección no hay porqué hablar ya que habla por sí solo.

La observación de todos estos monumentos, a raíz de una crítica televisada de los mismos, me ha llevado a procurarme un guía critico de la ciudad y quien mejor escogido que Cristóbal Serra, ese lapidador verbal de monumentos excesivamente pétreos y vulgares.

Cristóbal Serra fue elegido cicerone de la ciudad para el programa “Tot Art". Hoy, para nosotros, vuelve a recorrer la dudad en busca de monumentales desaguisados.

Ramón Llull, un poeta y no un dómine aburrido y doctoral

Primeramente, negamos al pie de Ramón Llull al que observamos con desolador silencio.

— ¿Qué opina Cristóbal Serra de esta beatería rancia con que ha sido concebido este Ramón Llull?

—Es ya proverbial que esta figura enhiesta nada tiene que ver con el Ramón Llull real. Pues no está claro que usara de tal vestimenta y, sobre todo, revela una gran falta de imaginación el colocarle un libro en la mano.

Podemos afirmar que este monumento no está en consonancia con el espíritu original y atrevido de Llull. Simbólico y no pedestre debiera haber sido d monumento que se le hubiera levantado. Un monumento que encarnase su esencia poética que responde como el Quijote, como Calderón, como el Barroco, como el Ultraísmo literario, a un deseo de locura, a un deseo de salir de si mismo.

Estoy seguro que el autor de la desafortunada efigie estaba en ayunas sobre la personalidad de Llull. Si hubiese leído sus obras o hubiese apurado la “leyenda” luliana no hubiese concebido una estatua - homenaje tan ajena a lo que Llull representa. Si mal no recuerdo, según me dijeron, el autor no sabiendo qué imagen de Ramón Llull trasplantar al bronce, debido a las muchas que corren, se guió por la portada ¡fíjate bien! de las obras de Ramón Llull de la BAC. Lo demás estaba hecho: el librote del sabio y las inscripciones arábigas que no podían faltar.

Sin apartarse de lo tradicional en tales bronces, mejor hubiera sido estampar una frase enigmática de las muchas de Llull, un acertijo entre poético y filosófico. Para que de una vez se supiera que aquel hombre singular era un poeta y no tu» dómine aburrido y doctoral.

Después de recorrer una porción del Paseo Sagrera, llegamos al famoso busto de Rubén Darío, que resalta por su agresivo color blanco en contraste con la vegetación que le rodea.

Para Rubén, un diamante y no un monolito

—Tú que eres bastante rubendariano por lo que Rubén tiene de visionario ¿crees que Rubén Darío está justamente representado en este busto?

—Este monolito levantado a Rubén no creo que lo singularice. Resulta una burda efigie que está muy lejos de demostrar el visionarismo de Rubén. Creo que quien concibió en Mallorca “El Canto Errante”, libro de un interés superlativo, merecía otra estatua y además situada en otro lugar. Podría haber sido el Terreno, en la placeta de S‘Aigo Dolça, lugar bastante recoleto dentro del maremágnum internacional, donde Rubén vivió entre 1906-1908. Otro lugar, no lejos del que hoy goza es el mismo corazón de la Avda. Argentina, en la desierta plaza de los Héroes de Baleares, teniendo en cuenta que una de las composiciones mayores del poeta es, sin duda, “Canto a la Argentina” a la que llega a calificar de “reglón de la aurora” en una estrofa y en otra de “aurora de América”. Ningún sitio mejor que éste por lo simbólico y representativo. El monumento que aquí se instalará a Rubén podría llevar grabado, en un enigmático diamante, forjado por nuestra tierra de orfebres judíos, algunos versos del poeta:

Concentración de los varones,
de vedas, biblias y koranes,
en el colmo de sus afanes,
en el logro de sus acciones,
tu floración de floraciones,
tendrá un perfume latino.

Por último, llegamos al peor situado de todos los monumentos. Como si estuviera desterrado de la ciudad, Fray Junípero levanta su cruz misional no se sabe bien hacia donde ni hacia quién.

Para Fray Junípero, la alegoría de la piedra

— ¿Está Fray Junípero, tu homónimo debidamente emplazado?

—A Fray Junípero Serra los ediles no le han mostrado una especial reverencia y lo han colocado en una especie de gallinero. Quien tanto se entregó a la arboricultora y quien inició a las gentes americanas en los secretos del agro mallorquín, en el lugar en que está situado recibe solo los vientos despiadados del mar.

Ya era hora de que este gran caminante, que murió bajo el cielo de Monterrey para levantar pueblos y que en tantos lugares de la América sajona tiene estatuas, porque de su vida surge una luz de irresistible respeto, tuviese monumento aquí. Ya era hora.

Pero el monumento que le han levantado no tiene lastre ni ornato exterior. Es tal su desamparo que el día menos pensado, le sembrarán una cucurbitácea en esta cruz misional o algún gitano desaprensivo le colocará una sartén enmascarada. Para velar por la integridad del monumento por otra parte, una mala interpretación del personaje, proponemos que sea colocado donde ahora está Rubén, pero eso si, transformado en otro, fundido el bronce de nuevo para que sea más alegórico y tenga una expresión más contorsionada, más excitada, más convulsiva.

Ponerle en la mano una enorme piedra contra el pecho como cuando en ademán expresionista convocaba al indio americano...

Después de la contemplación objetiva de tales monumentos, aconsejamos a nuestros ediles, que financian y se encargan de tales menesteres, paren mientes en los artistas escogidos y en los emplazamientos, pues para las burdas representaciones siempre hay ocasión y mejor es dejar que los ciudadanos libérrimamente esculpan en su imaginación la fisonomía perenne de los inmortales...

María Rosa Planas, Diario de Mallorca, 2 de octubre de 1977, p. 3

lunes, 27 de abril de 2020

"Juliette Greco. La flor venenosa de Saint Germain" por Juan Pedro Quiñonero (Diario 16 [Disidencias], 9 de enero de 1983, pp. 26-27 [VIII-IX])



Ella podía codearse con los asesinos de Ben Barka, con Jacques Prevert o el mismísimo Camus. Sus amoríos con un fotógrafo de «Life» o varias generaciones de reporteros de «París Match» colocaron su nombre en las mejores revistas de la época, convirtiéndola en el mito, en «la musa del existencialismo», la «flor venenosa» de Saint-Germain-des-Prés, auténtica aldea cosmopolita del París dé entonces. Juliette Greco acaba de publicar «Jujube», un desmemoriado libro de memorias, en el que la «musa» sólo ofrece las chucherías de una época dorada.

Si mademoiselle Greco hubiese nacido en Tomelloso, sus días de gloria la habrían dirigido primero al viejo Pasapoga, al Chicote de la posguerra, para caer luego en Las Palmeras o el no menos desaparecido El Abra, hasta el descenso final en la calle de la Ballesta y los camioneros. Pero, hija de una burguesa más o menos ilustre, educada entre la rué de Seine y el distrito XVI, sus amores con sucesivas generaciones de fotógrafos de «Paris Match» la convertirían en «la flor venenosa de Saint-Germain-des-Prés», la «musa del existencialismo» …

Y su libro de memorias, «Jujube» (ed. Stock), es un excelente testimonio para rastrear las historias de cama, la evolución de un cierto París noctámbulo, y seguir el curso de las costumbres en los bares y clubs de moda de una aldea cosmopolita: Saint Germain des Pres, poco más que un barrio, menos que una ciudad. Para el consumo de masas, se trata de un barrio célebre pintarrajeado con todas las chucherías de la mitología de la posguerra: el existencialismo, las «caves» de jazz, los americanos en París, Sartre y la Beauvoir, Camus, los restos del surrealismo.

En ese momento, circulan por ese barrio una docena de genios: Antonin Artaud todavía no ha sido definitivamente encerrado en el manicomio. Sartre todavía es un amigo de Camus y Raymond Aron. Prevert está escribiendo la letra de la canción más inolvidable de la historia francesa y quizá europea, «Las hojas muertas», con música de un emigrante célebre, J. Kosma. Bretón todavía continúa pontificando. El general De Gaulle ya suena con la fuerza de disuasión francesa. Camus ha lanzado su ataque frontal contra las dictaduras comunistas. Edith Piaf colecciona jóvenes de talento, como Montand y Charles Aznavour.

Bataille y Lacan se disputan las prendas interiores de una misma mujer que confiere a ambos sus favores. Orson Welles y Darryl Zanuck se emborrachan con champagne en el Harry’s Bar. Hemingway, Tyrone Power prefieren los martinis del Cryllon, Cary Grant viene a París con Vicente Minnelli. Y Juliette Greco canta, mal que bien, en las tres o cuatro «boîtes de nuit», donde todo ese mundo toma una copa a las tantas de la madrugada, en el Tabou, el Montana, La Rose Rouge.

«Cover story»
Sin duda, la joven cantante que tomase el «rápido» Alicante-Madrid para desembarcar con su guitarra y su peineta en Pasapoga o Chicote no corría el riesgo más que de codearse con señoritos franquistas, legionarios y cuatro pelagatos en el Madrid de «La colmena». Mademoiselle Greco tuvo otra suerte: en el Deux Magots, tomando café, podía dar el coñazo a Sartre. Cruzando la acera, en Lipp o en el Flore, se podía codear con los asesinos de Ben Barka o con Jacques Prevert. Y tomando una copa en el Tabou podía ligar, desde el escenario, con los turistas americanos. Cuando uno de esos turistas se llama Cari Perutz y trabaja como fotógrafo en «Life Magazine», acostándose con él un par de semanas es posible aparecer en un gran reportaje mundial como la «musa» del existencialismo. Si. apenas dos años más tarde, el fotógrafo se llama Jean Manzon y es el corresponsal del «Paris Match», en Río de Janeiro, madeimoselle Greco volverá a ganarse una «cover story» en el célebre carnaval y tener un maravilloso recuerdo de aquellos días de Vino y rosas en la legendaria posguerra.

Pero mademoiselle Greco, por aquellos años (ha acabado la guerra y hay que ganarse la vida) también se preocupa por la vida del espíritu: Ingresa como «militante» (???) en las Juventudes Comunistas. Sin embargo, su ardor militante es muy moderado: el joven Jorge Semprún debe visitarla en su hotel para reclamarle sus cotizaciones al partido. Mademoiselle Greco, al mismo tiempo, no se pierde un «cocktail» en la mitológica Nouvelle Revue Française, de Gastón Gallimard. Y robando canapés se codea con gente ilustre: Maurice Merleau-Ponty (que trabaja en su «Humanismo y terror»), Raymond Queneau (que no se inspira en ella para escribir «Zazie dans le metro», evidentemente), Sartre (fervoroso prosoviético), Camus (que prefiere la soledad compartida en la redacción de «Combat»).

«Ganas de vivir»
En realidad, las «ganas de vivir» de mademoiselle Greco tienen un origen familiar: sus abuelas «amaban» la «fiesta de los toros». Su padre abandonó muy tempranamente a su madre, que decidió convertirse en enérgica oficial del Ministerio francés de la Marina. Y una coincidencia reciamente francesa: una de sus abuelas tuvo unos «adorables» criados que eran portugueses, y su madre (y la propia Greco) siempre recordó «con cariño» a una chacha española «sencillamente entrañable».

Huida
El fracaso de la vida matrimonial de sus padres no fue un drama para ella. Sin embargo, la joven Jujube (apelativo irrisorio para todos los libreros donde pedí la biografía de mademoiselle Greco, hasta encontrar su libro) antes de convertirse en Juliette Greco (nombre familiar y nombre de guerra, a un tiempo) siempre fue una niña triste. Y se escapó siempre de todos los colegios de religiosas donde su madre la internaba. Jujube, mademoiselle Greco, huía siempre a caballo, por supuesto. Y de ahí nacería un amor por las huida que bien conocieron, más tarde, la veintena larga de esposos, amantes, compañeros de viaje, amores de un par de noches y simples colegas que soportaron el «temperamento» de mademoiselle Greco.

Tras un viaje a Moscú (cosas de la época), Michel Picoli se descubriría solo y abandonado y con todas las facturas del piso por pagar. Paro mademoiselle Greco era ya una «gran señora» de la canción francesa. El existencialismo a palo seco, con jazz y ginebra de garrafa ha dejado paso a una sofisticación más urbana: champagne, por favor, trajes de seda y marcas de automóviles de prestigio (Maseratti, Jaguar, etcétera). «La náusea» ha dejado paso a la educación sentimental de una novela de éxito, «Buenos días, tristeza», de otra joven impertinente, Françoise Sagan.

Saint-Germain-des-Près ha sido ampliado hasta Saint Tropez, que es a Benidorm lo que Madrid es a París. Las grandes comedias sobre la Costa Azul, maravillosas cuando son fotografiadas por cineasta centroeuropeo afincado en California, evocarán con colores pastel ese mundo literalmente inexistente, pero reconstruido con pasión en los cuentos y novelas de Somerset Maugham. Y el personaje de mademoiselle Greco juega un papel: el Tirone Power de «El filo de la navaja» la visita en el Tabou, media docena de millonarios sudamericanos le llenan los zapatos de joyas. Jujube es ya definitivamente Juliette Greco.

Limites pueblerinos
Sin embargo, niña-adolescente-joven-mujer no ha salido jamás de esa aldea cosmopolita que se llama Saint Germain des Pres. Para mademoiselle Greco, los límites geográficos de su universo «internacional» son francamente pueblerinos. La plaza de La Sorbona y el Luxemburgo son una frontera que limita con lo desconocido y peligrosos arrabales. El restaurante Allard es la frontera con la plaza de Saint Michel: Mejor no llegar nunca. Por el sudeste, Chez Dominique se encuentra ya en una tierra de nadie. sólo frecuentable porque Sartre se deja allí buena parte de sus derechos de autor. Al oeste, las ediciones Gallimard marcan el límite de las tierras colonizadas por los amigos de mademoiselle Greco.

Quedan fuera de esa geografía «bon chic, bon genre» el París proletario y canalla de los bulevares inmortalizados por Yves Montand. Mademoiselle Greco no entiende nada, tampoco, del París eterno propio a la mitología de Marcel Proust y Marguerite Yourcenar. Los personajes del París canalla de Belleville, tan íntimamente ligado a la Piaf y Maurice Chevalier, son para mademoiselle Greco tipos excesiva y brutalmente proletarios. El París suburbano de la gran «banlieu» roja, el París frente-populista de Julien Duvivier o Rene Clair son para ella unos ilustres desconocidos. El París sonámbulo de Celine, el París elegante de Anouilh o Giraudoux, el París galante de Jacques Laurent, el París cosmopolita de Mac Orlan, son para ella ciudades desconocidas. Para mademoiselle Greco, París es una ciudad extraña y lejana que existe en las afueras de su aldea natal, Saint-Germain-des-Prés. Más allá de esa tierra local sólo existe lo desconocido y la barbarie.

Incluso dentro de su aldea más o menos cosmopolita, los límites de mademoiselle Greco son considerables. El suyo es un mundo de cuatro «boîtes de nuit» que tuvieron sus días de gloria durante treinta años, y que hoy son ya, apenas, pasto para las tropas turísticas, negros, emigrantes y provincianos que todavía no se han enterado que todas esas majaderías del existencialismo y las «caves» de jazz fueron un invento de los genios del periodismo de la época, manipulando la opinión a través de «France-Dimanche», el «France Soir», de Pierre Lezareff y «Paris Match».

De ahí la pureza final del testimonio de Juliette Greco: ella se creyó, en serio, aquellas historias que la inmortalizaban, y continúa creyendo que sus «potpurris» en el Tabou deben tener las proporciones de la «Crítica de la razón dialéctica» o el interminable «Flaubert», de Sartre. Y en sus memorias habla tuteando a Merteau-Ponty y esperando que el lector comprenda que el autor de «Humanismo y terror» estaba con ella tomando una copa la noche que decidió romper con Camus.

Para mademoiselle Greco el hecho de haber cantado «Las hojas muertas», mal que bien, tiene unas proporciones semejantes a la obra de Lacan o el mismo Prevert. Cruzarse en una esquina con Antonin Artaud (que, por supuesto, no tenía literalmente nada que hablar con mademoiselle Greco) cobra unas dimensiones históricas. Y acostarse con toda una saga de fotógrafos, periodistas, escritores, directores de cine, millonarios es sólo una cuestión de sensibilidad en la que ella no sabe descubrir las proporciones que tuvieron diez noches de cama en la conquista de una «cover» en el «Life» o en el «Match» de la época.

Soledad
Al fin, las memorias de mademoiselle Greco concluirán melancólicamente. En el origen, hubo una historia de amor descarriado, el de sus padres. En el principio. sólo hubo sucesivos desencuentros amorosos, cuerpos que se encuentran en la oscuridad de oscuros apartamentos copulando sin placer en demasiadas noches de soledad.

Al fin, sólo quedan recuerdos sin gloria, y un interminable rosario de fantasmas, nombres ilustres que tomaron una noche una copa en el Tabou para no volver nunca más, y la soledad interminable de quien contempla cómo su antigua aldea cosmopolita ha sido ocupada por las hordas de turistas, las manadas de emigrantes que buscan, sin encontrar, los memorables recuerdos que ella creyó protagonizar, dejándose fotografiar para las revistas de modas de la época que ya no se interesan ni por ella ni por su personaje, ni siquiera por su historia. Otras «boîtes de nuit» pueblan la fragancia de la noche parisiense, otros personajes engañan a las modistillas provincianas desde las revistas del corazón, otras historias de amor transcurren en otros hoteles. Pero Juliette Greco, ella, prosigue su inacabable peregrinar por su vieja aldea.

El Deux Magots y el Flore han sido tomados por asalto por lo más selecto de la homosexualidad del barrio. En el kiosko de enfrente ha sentado sus reales el viejo anarquista que viaja anualmente a las corridas de San Isidro. Al Tabou sólo van a bailar negros de La Martinica. La vida sigue igual.

Ilustres banalidades
Es difícil hilvanar un texto en el que hay tantos hombres ilustres como banalidades y trivialidades. Es difícil transitar y codearse con tantos monstruos sagrados para coleccionar una cantidad tan considerable de simplezas mentales.

«Jujube» (ed. Stock), de Juliette Greco, es el ejemplo ideal de la «literatura comprometida» y la «literatura testimonio». Desde su infancia a la decadencia popular de las modas «existencialistas» (please, please: un respeto para los viejos maestros), Juliette Greco se siente llamada a un destino singular, y su libro es una evocación detallada de cada una de sus citas fallidas con la eternidad.

Sartre es evocado en una cierta ocasión en que el autor de la «Crítica de la razón dialéctica» le dijo a Greco que pensaba escribir una letra de una canción. Camus aparece en el libro porque un amigo de mademoiselle Greco frecuentaba un café en el que el autor de «El extranjero» tomaba una copa de vez en cuando. Merleau-Ponty fue una vez al Tabou: pero allí estaba mademoiselle Greco para dejar testimonio. Artaud cruzó un día por la rue des Saint-Pères, y Greco lo recuerda en ese preciso instante.

Hubiera sido genial contar las manías alcohólicas, noctámbulas, sexuales o gastronómicas de esa pléyade de genios de muy diverso pelaje. Pero mademoiselle Greco, con los años, ha perdido la memoria para tales detalles nimios: sólo recuerda las chucherías insignificantes que a ella se le ocurrían en aquellos se le ocurrían en aquellos momentos.

Desgraciadamente, sus memorias no dejan constancia de las huellas que hubieran podido dejar en ellas tales devaneos.

Quedan, no obstante, en su obra, las huellas, los rastros, más bien, de un transitar tumultuoso de monstruos y celebridades por una aldea-barrio-cosmopolita de un momento importante para el arte y la cultura occidental. Y, en ese marco, las memorias de mademoiselle Greco ayudarán, un día, a los atribulados navegantes que decidan emprender la búsqueda de esos perdidos tesoros en el océano sin fondo del tiempo que se fue para no volver.

Juan Pedro Quiñonero, Diario 16, 9 de enero de 1983, pp. 26-27.