miércoles, 22 de marzo de 2017

"El secuestro de Europa central. Entrevista con Milan Kundera." (La Vanguardia, 10/12/1985)


Esta semana aparece en librerías la última novela de Kundera: “La insoportable levedad del ser” (Tusquets Editores). En esta entrevista, el gran escritor checo habla de la paz y de la guerra, del “kitsch”, de los sentimientos, de la novela y, largamente, de Europa. Demostraciones de la “insoportable” lucidez de Kundera
Encontrar a Milan Kundera para una entrevista es como toparse con un personaje de sus novelas y penetrar, al propio tiempo, en un universo imaginado por él. Poco importan las complicidades que te habías imaginado, las preguntas que habías preparado para disipar lejanías. Para relevarse a sí mismo, Milan necesita colocarle a uno en un mundo hostil (también sus protagonistas existen “por despecho”) y por consiguiente, no dudará en ponerle a uno metafóricamente de patitas en la calle. No sin haber hecho varias reverencias a la japonesa, después de reescribir con su propia pluma la entrevista -no sólo las respuestas sino incluso las preguntas- y, por fin, se disculpará por tamaño descaro y se aprestará a volver a empezar (casi) desde el principio.
Pero también éste es quizás un cliché de los que Kundera aborrece. Kundera es inefable. Es clandestino y, a continuación, de improviso, transparente. “Le aconsejo -ordena- que escriba en la introducción que no soy un emigrante como todos los demás. Que no soy ni un nostálgico ni un amargado. Que en Francia me encuentro muy bien.” Y después habla de la Europa que “discretamente sale del escenario” con inequívoca amargura, así como de Europa central “secuestrada” con inequívoca nostalgia. Hace diez años, junto con Vera, se vio obligado a abandonar Checoslovaquia, pero su malestar no acaba en París. El despecho continúa. Y continúan sus magníficas novelas, que el escritor ofrece como regalo a quien demasiado apresuradamente pretende obtener su “identikit”. La última se titula “La insoportable levedad del ser”. Narra allí unos amores oblicuos, paradójicos cuando salen bien, comidos por la ironía cuando fracasan. Trata también de una Europa que ya no sabe hacer historia, sino sólo espectáculo, “en un escenario que se vuelve cada vez más pequeño hasta el día en que ya no será más que un puntito sin dimensiones
En su opinión, Kundera, la tragedia de Europa central explica la actual crisis europea. ¿Puede explicamos por qué?
- Mire, la palabra Europa es un poco ambigua. Por una parte es un bloque único, desde el Atlántico hasta los Urales. Sin embargo, al mismo tiempo, y desde hace siglos, existen dos Europas. La del este, enraizada en la civilización de Bizancio y la Iglesia ortodoxa. Con su alfabeto cirílico y Rusia como fuerza motriz. Y la occidental, anclada en Roma y en el catolicismo. Unida por la misma experiencia del Gótico, del Renacimiento, de la Reforma, del Barroco... Desde 1945, la frontera que separaba estas dos Europas ha sido desplazada hacia el oeste en unos cuentos centenares de kilómetros.
-Es lo que usted llama el “secuestro de Occidente”. De una parte de Occidente. ¿Pero, es posible que ni siquiera nos hayamos dado cuenta, aquí, en el oeste?
-A menudo pregunto a mis amigos franceses, con inocencia simulada: “¿Sabéis dónde vivió Emmanuel Kant?”. Casi ninguno lo sabe. Y entonces contesto: “Jamás podréis ver su tumba. Könisberg, la ciudad de Kant, se encuentra, desde hace cuarenta años, en Rusia y se llama Kaliningrado”. ¡La gente ni lo sospechaba! Así es como Kant ha sido doblemente secuestrado, al igual que Europa central, por el gran Imperio de Oriente y el gran olvido de Occidente.
-Sin embargo, es grande el interés por la Europa central. A veces parece casi una moda...
-Tal vez. Pero es una moda que concierne, casi exclusivamente, a Viena y al inicio del siglo. Se olvida que Viena, sin su historia de territorio multinacional, es inimaginable. El psicoanálisis de Freud pronto fue ampliado en Budapest. El mayor nostálgico del imperio de los Habsburgo, Joseph Roth, tiene sus raíces en Polonia, por haber pasado allí su infancia y su juventud. El más importante innovador de la novela moderna, Franz Kafka, era de Praga. El estructuralismo, que en los años sesenta invadió las universidades europeas, nació hacia finales de los años veinte en Praga. ¿Y qué decir de la música europea? Su historia, de Haydn a Schönberg, está toda concentrada en esta pequeña franja de tierra, y entre cada uno de los músicos hay más de una complicidad. Mozart está enamorado de Praga. El checo Smetana se inspira en el húngaro Liszt, Dvorak en Brahms, Bartok, el húngaro, y Janacek, el checo, no se conocen, pero tanto más sorprendente es su parentesco estético. Esta Europa central no puede reducirse a una nostalgia retro. Aunque está secuestrada, existe todavía...
-No sólo existe, sino que, como usted sostiene, prefigura, “con sus pequeñas naciones vulnerables” el destino de toda Europa.
-En un mundo, cada vez más dominado por las máximas potencias, está claro que la importancia de Europa disminuye. Y que las naciones europeas que fueron grandes se convierten, poco a poco, en naciones pequeñas. Una nación pequeña sabe aquello que las grandes olvidan fácilmente: que su tiempo en esta tierra está contado, desde siempre y para siempre. Que es vulnerable. Mortal. Siempre cuestionada. Siempre constreñida a justificar la propia existencia. El himno nacional polaco empieza con las palabras: “Polonia aún no ha perecido”. ¿Puede imaginar a un ruso o a un chino cantando: “Aún no estamos muertos?” Los polacos, sí. Witold Gombrowicz, en una carta escrita en el 1953 a Czeslaw Milosz, escribe: “Dentro de cien años, si sobrevivimos como nación...”. Como posibilidad permanente, la muerte impregna la conciencia de una nación pequeña. Y esta conciencia de la muerte, de la finitud, pronto será propia de toda Europa. Este es el momo por el cual los grandes escritores de la Europa central -de Kafka a Broch, de Musil a Gombrowicz- son hoy tan universales. Ellos han visto de cerca el hundimiento del Imperio y las cosas terribles que ocurrieron después... Fueron los primeros en situar los acontecimientos de sus propias novelas en un mundo que se sabe mortal. Entre horizontes que están cerrándose. Con ellos comienza, en mi opinión, un nuevo período de la historia de la novela. Un período postproustiano. En el siglo dieciocho, con Richardson, el universo interior del hombre se revela de improviso como un infinito sorprendente. Con Proust, la búsqueda de este infinito se agota. Pero Kafka y Broch han demostrado que, el final de la novela psicológica, no significa automáticamente el final de la novela. Bajo los cielos postproustianos, la novela se pregunta cuáles son todavía las posibilidades del hombre dentro de unos horizontes que se cierran en tomo a él.
Sin futuro
-Se ha dicho que es imposible escribir novelas en un “mundo sin futuro”. ¿Qué piensa de esto Kundera?
-Las reflexiones sobre la muerte de la novela son comprensibles. Cualquier civilización, cuando es joven, vive en la ilusión de un infinito. La idea de que la pintura, la música o esta misma civilización puedan desaparecer, le parece inimaginable, absurda. Y, a continuación, he aquí que, de golpe, la conciencia de la finitud está en nosotros. Como en la poesía. El arte de Petrarca, Hugo, Mickiewicz y Pushkin, el arte que encarnaba el espíritu de las naciones europeas y estaba ligado a sus revoluciones y a su destino, ya no existe. ¿Quién lee todavía poesía, quién la recita, quién la publica? La poesía, discretamente, se ha extinguido y éste es uno de los grandes acontecimientos de la historia contemporánea.
-Sin embargo, queda Borges, ¿no le parece?
-Borges tiene ochenta y cinco años. ¿Dónde está hoy un Borges de cincuenta o treinta años? Y si de verdad lo hubiese, un Borges de treinta años, ¿quién se interesaría por él? La poesía sale del escenario y yo me pregunto: ¿qué significa esta desaparición? Ciertamente nada bueno. Pero la gente ni siquiera advierte esta desaparición. Y, en cambio, habla de la muerte de la novela. ¡Es extraño! Porque, parafraseando el himno polaco, “la novela aún no ha perecido”. Todavía hay cosas que solamente la novela puede decir. Aún hay gente capaz de escucharlas. Aún.
-¿Por ejemplo?
-¿Qué sabríamos del amor sin la novela? ¿Y de los celos? ¿Y del tiempo o del envejecimiento? ¿Cómo conocer el encanto de la aventura o de la vida cotidiana? La mayor sabiduría de Europa ya no está en la filosofía -que ha perdido de vista la vida concreta-, sino en su novela. Si un día Europa olvidara esta sabiduría, ya no sería Europa.
-Todas sus novelas, de hecho, son novelas de amor. Pero el amor de Teresa y Tomás es enemigo del “kitsch”, de los sentimientos, que, en la última novela, es sometido a una crítica feroz.
-Es la crítica de las ilusiones líricas lo que he querido hacer. Y, en particular, de algunas ilusiones fundamentales que están en la base del amor europeo. Tomemos una, como ejemplo: en el amor verdadero -se acostumbra a decir-, el cuerpo y el alma, la sensualidad y la ternura, se funden y forman una unidad. Pero Teresa sabe perfectamente que se trata de una hermosa ilusión. Y también Tomas, cuando descubre que “enlazar amor con sexualidad es una de las ideas más curiosas del Creador”. Otra ilusión lírica: la idea de que el amor es algo grave, algo que se acepta como una necesidad inevitable, un imperativo del destino. Es el bellísimo mito de Platón: los seres humanos en su tiempo eran hermafroditas, luego Zeus los dividió en dos mitades y, ahora, las dos mitades se buscan. El amor es esto. Tomás sabe empero que, aun cuando existiera su mitad -en alguna parte- él nunca la encontraría. En lugar de la propia mitad ha encontrado, y por pura coincidencia, a Teresa. Su amor está más allá de toda solemne necesidad.
Felicidad paradójica
-Sin embargo, al final de la novela, Tomás admite ser feliz...
-Pero la suya es una felicidad paradójica. Obtenida no “a pesar de” su escepticismo, sino “gracias a” él. Tomás se siente feliz en el momento en que pierde su trabajo y todo lo que ha considerado como la propia “misión”. Hay que dejar de pensar que el optimismo vaya unido a la felicidad, y el escepticismo a la amargura. Casi diría que la verdad es lo contrario.
-Es lo que la mentira “kitsch” no puede admitir. El “kitsch” se escribe en la novela, tiene como ideal estético “un mundo en el cual se niega la mierda” y “excluye del propio campo visual todo lo que la existencia humana tiene de inaceptable”.
-La ambición del “kitsch” es agradar. Agradar a cualquier precio. Conmover para agradar. El “kitsch” debe, pues, halagar las actitudes más convencionales y llanas de las masas.
-¿Y el “kitsch” político? ¿Es cierto que, con su arte de pervertir las palabras, sumerge toda la política moderna, no sólo el socialismo real?
-Los hombres políticos, cuando quieren ganar las elecciones, no pueden sino practicar el “kitsch”. ¡Pruebe a escucharlos! Hay uno, por ejemplo, en Francia, a quien le gasta repetir lema de este tipo: “Hay que actuar por la vida”, o bien: “Quiero que la vida venza”. La palabra vida es pronunciada por este hombre con un “pathos” extraordinario. Pero, en este contexto, no significa absolutamente nada. Es una palabra vacía. Destinada a conmover. Una palabra “kitsch”. Como cuando se habla de los “jóvenes”“. El otro día oí en la televisión a uno que decía: “La situación del mundo es grave, pero cuando veo a los jóvenes no pierdo la esperanza”. Desde hace siglos, la juventud, convertida en adulta, pronuncia esta frase infinitamente imbécil sobre los adolescentes inexpertos que todavía no saben que, veinte años después, pronunciarán la misma frase. Otra palabra convertida en “kitsch”: la “lucha”. Lucha de clases. Lucha de ideas. “En la lucha”, se acostumbra a decir, “he encontrado el sentido de mi vida”. ¿Pero qué significa exactamente luchar? Significa derrotar al otro, agredirlo, por tanto, estar preparado para humillarlo o aniquilarlo. ¿Luchar es hermoso? La gente no sabe lo que dice. Pero, aunque no lo sepa, lo que dice la influencia de manera anormal. La lirización de la palabra “lucha” refleja la creciente agresividad de nuestro mundo.
Gran Marcha
-En su novela, hasta la Gran Marcha de los intelectuales en la Camboya ocupada es “kitsch”. ¿No es una iniciativa noble, a pesar de que Franz descubre que marchar es inútil?
-Cierto que es noble. Pero lo malo es que, en nuestra época, casi todo corre el riesgo de degenerar en “kitsch”. Franz marcha hasta los confines de Camboya y lo que ve en tomo a sí son los cámaras de TV, los fotógrafos, los periodistas. Es en este punto cuando comprende que todo se convierte en espectáculo, y todos se convierten en actores. El gran ejército de los “mass media” transforma cualquier acontecimiento en publicidad Y los “mass media” son una gigantesca fábrica de “kitsch”.
-Me pregunto si el camino para salir del “kitsch” no será el de Sabina: su vocación para traicionar siempre.
-Los cuatro personajes de la novela conocen la soledad de quien no puede aceptar el “kitsch” del mundo moderno. Pero, cada uno de ellos, tiene una relación personal con respecto al “kitsch”. Si, la clave para comprender a Sabina es la palabra “traición”. Traición entendida paradójicamente como virtud. Por el contrario, la palabra fundamental de Tomás es “levedad”. Tomás lo sabe: que nada de lo que hacemos se repetirá y que, lo que sucede una sola vez será olvidado la próxima y para siempre. Todo lo que hacemos pasa a ser, por consiguiente, infinitamente leve. Es ésta la “insoportable levedad del ser”. Y luego está Teresa. Sus palabras clave son: el alma y el cuerpo, su desacuerdo no armónico. Cuando encuentra a Tomás, en Praga, su vientre empieza a borbollar. ¿Cómo es posible que las vísceras borbollen cuando el alma está en éxtasis de amor?
-Sólo Franz permanece adicto a las ilusiones líricas de la izquierda. Al mito, como usted dice, de la Gran Marcha.
Dictadura del corazón
-Franz ya no cree en la Gran Marcha del progreso. Siente sólo una nostalgia de esta ilusión. Es  soñador. Incluso va a Camboya tan sólo para rastrear el propio pasado, y porque piensa que su participación gustará a la mujer a quien ama. Su relación con el “kitsch” -con el “kitsch” de la Gran Marcha- se parece sobre todo a una compasión melancólica.
-Quizá porque, también del “kitsch” queda una nostalgia. “Ninguno de nosotros es un superhombre”, escribe usted, “y puede escapar enteramente al hecho “kitsch”. Tampoco Sabina. ¿Y usted Kundera? ¿No es “sentimental” en el pasaje donde se narra la muerte del perro Karenin?-
-No hay que pensar que cualquier emoción es “kitsch”. El reino del “kitsch” nos vuelve estúpidamente sentimentales, pero, al mismo tiempo, nos condena a sospechar de nuestros sentimientos más sencillos y verdaderos. La muerte de un perro puede ser fuente de una emoción auténtica, pero, la dictadura del corazón ñas impide admitirlo porque entre sus productos está también la insensibilidad. En una obra de arte, además, siempre es equivocado juzgar una sola parte aisladamente, fuera de su contexto. El suave acorde de Karenin está rodeado de muchas disonancias, y le aseguro que, sin la “sonrisa” de Karenin la novela sería insoportable. Hay, además, una suerte de provocación en esta historia: en el mundo de los grandes conflictos planetarios, ¿qué representa un perro? Algo mucho más importante que los propios conflictos, en realidad. Escribí esta novela mientras tenía lugar la guerra de las Malvinas. Desde entonces han pasado sólo tres años, la gente ya ni siquiera sabe que hubo una guerra. Pero el perro será siempre un problema nuestro, porque el hombre nunca dejará de definirse a sí mismo en relación a una doble cercanía: por una parte, Dios; por la otra, el animal. Dime cómo te portas con ellos, y te diré quién eres. Nadie escapa al dilema: o crees en Dios, o lo cuestionas, o lo detestas. O respeta al animal, lo proteges, o bien lo explotas, lo exterminas.

Fotograma de "La insoportable levedad del ser" (1987)
-Es un tema que ya apareció una vez, en “El vals de despedida”. En una pequeña estación termal, se organiza una feroz cacería al perro. Así es, por otra parte, cómo hace irrupción la Historia en la novela.
-El terror a los animales y. especialmente, a los perros, precedió en Checoslovaquia al terror a los hombres. ¡Es un episodio excluido por los historiadores, pero extremadamente importante desde el punto de vista antropológico! En su más profunda esencia, repito, el hombre queda definido por la doble relación que mantiene con Dios y con el animal. Y el perro es el embajador de los animales... Pero volvamos a la concepción de la última parte de la novela. La razón por la que la concebí así, es, en el fondo, puramente artística. Desde el comienzo sabía que la penúltima parte, la sexta, debía ser brutal, cínica, maligna. Escrita “prestissimo”, como se diría en lenguaje musical. Y que la parte final, la séptima, debía ser melancólica, nostálgica, serena. Un “lento”. Era un imperativo inconsciente, irracional, ¡pero tanto más fuerte!
-¿De verdad era inconsciente? El imperativo musical, con sus leyes de precisión, vuelve bastante a menudo en sus novelas...
- Es cierto, para mí la música es la mejor escuela de forma que pueda imaginarse. Por de pronto me ha enseñado qué es la economía de medios en el arte. La mayor ambición formal de un compositor es la de construir una sonata o una sinfonía con el mínimo de motivos o de temas. Esta economía de medios es la que confiere coherencia y unidad a una composición musical. Mis novelas las he construido, pues, en dos planos: el plano épico, el de la trama de los hechos; y el plano “musical” el de la elaboración y variación de los motivos. En mis novelas vuelven las mismas situaciones, las mismas frases, las mismas metáforas. Cada vez bajo una nueva luz, cada vez con un significado distinto. Las repeticiones me permiten penetrar hasta el fondo en cada uno de los temas. Y, además, dan a la novela -al menos eso espero- un encanto melódico.
-Vayamos a su relación con el arte contemporáneo, Kundera. No es fácil definirla. Por una parte, usted es ferozmente hostil a la novela convencional, se remite a Kafka y Gombrowicz, habla de la época del arte moderno como del “apogeo de la cultura europea”. Por la otra, sus novelas están llenas de ironía hacia la ideología de la vanguardia. ¿Cómo se definiría entonces: “moderno” o “conservador”?
-La gente supone automáticamente que el arte moderno es sinónimo de adhesión apasionada a la modernidad. Y, en efecto, la imagen que tenemos del arte moderno va asociada a Apollinaire, a los surrealistas, a Picasso: deslumbrados todos por el porvenir, por la revolución, por la técnica, y por esa amalgama lírica que llamamos modernidad. Pero olvida que, en el arte moderno, existe otra corriente: antilírica, antiromántica, que desmitifica y desenmascara la modernidad. Es Kafka, para quien el mundo moderno es el laberinto burocrático infinito en el cual la libertad humana no es más que ilusión. Y junto a Kafka se encuentran otros centroeuropeos: Broch, Musil. Y Gombrowicz. ¡Trate de comparar a este último con Sartre! Por una parte, Gombrowicz: el existencialista irónico y bufón, crítico de la modernidad. Por la otra, Sartre: el existencialista ideológico y moralizador, siempre en armonía con el espíritu del tiempo. Pero pienso también en Chaplin. Y en el teatro de Ionesco. Y en Fellini. En el gran Fellini de “Casanova”, de “Ensayo de orquesta”, de “La ciudad de las mujeres” y de “E la nave va”. ¿Ha observado cómo incluso el Fellini de este periodo ha sido casi unánimemente rechazado en Francia? En el fondo, es juzgado doblemente inaceptable. Primero, en cuanto “artista moderno”, cada vez más desaforada y refractaria a cualquier mensaje simplista, su fantasía pasa a ser algo incomprensible para un público siempre más moldeado por lo “kitsch”. Segundo, en cuando “Desmitificador de la Modernidad”: su mirada cruel sobre el mundo contemporáneo es insoportable para quien acepta este mundo y está cada vez más hipnotizado por sus ilusiones. De Fellini no se puede decir, como en su tiempo de Picasso, que todavía no es comprendido. No, Fellini “ya” no es comprendido. Pero, ¿cómo extrañarse? En el universo bombardeado por el “kitsch” y por el no-pensamiento de los “mass media”, la voz de la cultura se hace cada vez menos audible, y poco a poco el hombre pierde la facultad de pensar, dudar, interrogar, examinar lentamente el sentido de las cosas, ser sorprendido, ser original. Heidegger tuvo, a propósito de esto, una idea transtomadora: la guerra atómica -dijo- no es lo peor que pueda ocurrir. La evolución pacífica de la técnica puede conducir a resultados todavía más catastróficos, y el hombre en cuanto ser pensante corre el riesgo de dejar en ello el pellejo. En otras palabras, de desaprender a pensar. ¿Es una hipótesis exagerada? ¿Absurda? Sea como sea, es una idea inmensa, que merece una reflexión profunda. Pero la gente ha olvidado ya a Heidegger, como ha olvidado la tumba de Kant.
-Entre las muchas aventuras de la modernidad se ha dado también la liberación sexual. En la novela “El libro de la risa y el olvido”, un personaje dice: “Vivimos una gran época histórica en la cual el acto sexual se transforma definitivamente en movimientos ridículos”. ¿Quiere decir que el verdadero erotismo es antimodermo?
- La gente imagina que destruyendo los tabúes infringe los prejuicios morales. Pero no: el erotismo europeo está fundado sobre estos tabúes, y destruyéndolos es el erotismo mismo lo que se destruye. Pongamos que un día todos los habitantes de Roma decidieran caminar desnudos por la calle. No por ello habrían destruido la moral cristiana. Sólo habrían puesto en ridículo la desnudez. Eso es lodo. La palabra clave de la liberación sexual, pues, es la palabra “goce”. Pero la base del erotismo no es el goce, sino la “excitación”. Aquí está el milagro, el misterio, la poesía del erotismo. Y la excitación es impensable sin los tabúes. Las épocas de erotismo más fuerte son aquellas en las que el tabú es tan fuerte como el deseo de transgredirlo.
-¿Por esto habla de Praga bajo el régimen comunista como de un “paraíso erótico perdido para siempre”?
Puritanismo
-Sí. Al puritanismo oficial le correspondía un inmenso deseo de libertad que sólo podía desfogarse en el campo erótico. El libertinaje de mis novelas está inscrito en esta situación. Pero pongamos un ejemplo más clásico: el de la Viena de finales de siglo. Todo el siglo diecinueve austríaco estaba impregnado de puritanismo. Y la rebelión erótica que marcó el final del siglo fue vivida como una especie de vértigo. ¿Conoce la novela corta de Arthur Schnitzler, “Señorita Elsa”? En un momento determinado, para salvar al padre, Elsa se ve obligada a mostrarse desnuda delante de un hombre. Nada más. Sin embargo, la situación para ella es infinitamente excitante. E infinitamente insoportable. Tanto que, al final, morirá por ello. Semejante erotismo es hoy inconcebible. Y si cito a Schnitzler, no es por añorar los tiempos en que las mujeres morían de pudor, sino para decir que cierta fuente de excitación erótica se ha agotado ya irremediablemente. La señorita Elsa es un personaje de museo erótico. Y quizá, también cierta forma de erotismo europeo sea ya de museo.
- A veces se diría que, según usted, toda Europa ha acabado por ser de museo.
-¿Recuerda el himno polaco? “Polonia aún no ha perecido”, dice el verso, Europa, tampoco. Todavía no.
BARBARA SPINELLI
La Vanguardia. 10 de diciembre de 1985.pp 44-45.

martes, 21 de marzo de 2017

"Carta abierta al señor Corpus Barga" por Mircea Eliade (Vremea, 14/06/1936)



NO sé, querido Maestro, en qué ciudad europea leerá estas líneas. Ni siquiera sé si las leerá alguna vez. Las impresiones que ha recogido de nuestro país, por halagadoras que sean para nosotros, pronto no serán más que recuerdos. En una Europa nueva y revolucionaria difícilmente pueden cimentarse relaciones entre dos culturas, sólo en recuerdos.

Le escribo esta carta, sin embargo, para atenuar en su memoria un lamentable detalle del que hay que culpar a quien esto escribe.

«El único que rehusó
Tuvo usted la bondad, querido Maestro, de testimoniar a sus amigos rumanos que, además de a otros jóvenes escritores, deseaba conocerme a mí. Confío en haber sido el único que rehusó, con decisión y tristeza, ese honor. Créame, no me resultó natía fácil rehusar tantas y tan insistentes invitaciones. Pensaba, sobre todo, que usted es un distinguido huésped de nuestro país y que esa terquedad mía podría ser considerada como una grave descortesía. Pero estaba decidido a enviarle la presente carta y he soportado, en silencio, todas las reprimendas...
Por supuesto, si sólo se hubiese tratado de una simple excusa personal, me habría apresurado a enviarle unas líneas a la legación de España durante su misma estancia en Bucarest. Su larga y generosa visita a Rumania fue, no obstante (al menos para mí), una nueva ocasión de constatar el desastroso destino del escritor rumano. Voy a hablar muy poco de mí, querido señor Corpus Barga, pero me siento obligado a empezar conmigo.
Soy un escritor, o sea un hombre para el que «el mundo interior» existe. Creo, por consiguiente, que el mejor medio para conocer a un escritor es leer sus libros. Para escribir esos libros, tanto el resto de mis colegas como yo, hemos renunciado a muchas cosas agradables y a algunas alegrías fundamentales. Nunca lamentaré las tertulias y veladas en las que no he estado, las películas que no he visto o los libros que no he leído, pero también yacen en el fondo de mi alma las tristezas de tantas primaveras de las que he huido, también me duelen las amistades que he perdido o que no he potenciado, sufre especialmente por todos los hombres que han pasado por mi lado y a los que no he conocido ni querido lo bastante
He renunciado a todo uso, mi querido señor Corpus Barga, porque el gusanillo de la creación consigue vencer casi siempre la más encarnizada resistencia He renunciado consolándome con una esperanza: la de comunicarme a través de mis libres con los hombres cuya amistad he sacrificado; que a través de esos libres estoy recomponiendo mi familia espiritual: que, en cualquier caso, la escritura me expresa, me conserva y me resume. Como cualquier hombre, como cualquier escritor, yo también he tenido determinadas experiencias que me permiten tener una concreta conciencia teórica de la existencia. Esa conciencia teórica, buena o mala, se refleja en mis libros.
Un todo orgánico
Evidentemente, no incurre en el error de creer que se encuentre en esos libres lo mejor de mí mismo, mi lado más humano y personal. Sin embargo, reconozco que ellos contienen todo lo que es transmisible en mi existencia y en mi conciencia; que en ellos he comunicado sentimientos y juicios que, en conjunto, conforman un todo orgánico, que estoy dispuesto a comentar y a rectificar en una conversación inteligente (como la que habría tenido con usted) pero que no puedo resumir.
Ritual ridículo
He aquí, querido señor Corpus Barga, por qué rehusé serle presentado, al igual que, por otro lado, he rehusado conocer a todos los escritores e intelectuales extranjeros que visitaron en los últimos años nuestro país. Además del ritual ridículo de las recepciones, me horrorizaba el trágico destino de la mayoría de los escritores rumanos: su total aislamiento respecto al público europeo. Habría sufrido viendo a Camil Petrescu explicar su concepción sobre la misión histórica del intelectual. Habría sufrido viendo cómo se presenta a Tudor Arghezi como a un gran escritor y al más importante de nuestros poetas contemporáneos, y todo ello sin que usted pudiera penetrar más allá de esos nombres, de esos rostros, de esas conversaciones; sin que, siquiera durante una hora, tuviera usted la impresión de hallarse en presencia de unos grandes escritores. No sé si El bosque de los ahorcados tuvo algún eco en Europa después de que se tradujo al francés. [Hay traducción española del francés por Rafael Alberti y María Teresa León. Editorial Losada, Buenos Aires. 1967. También tradujeron del francés una antología del citado Tudor Arghezi, publicada por la misma editorial en 1961]. Pero estoy seguro de que todo escritor europeo podrá darse cuenta de la grandeza de Liviu Rebreanu, de su arte, de su modo de sentir el mundo, leyendo esa traducción. El papel de las traducciones, por otra parte, no es sólo el de imponer un valor nacional más allá de las fronteras. Las traducciones también tienen a veces una misión más modesta: la de poder comunicarse uno personalmente con un escritor extranjero al que conoce; de poder, si las circunstancias lo exigen, «resumirse» en condiciones superiores a las de una conversación. No se les puede decir a todos los hombres que conocemos cuáles son nuestras creencias, cuál es nuestra visión del mundo, qué concepto tenemos del arte, qué técnica utilizamos. Pero si les ofrecemos un libro nuestro en una lengua europea, lo apreciarán por sí solos aunque se trate de una traducción más o menos aproximada.
Lo que resulta deprimente en el destino del escritor rumano es, en primer término, el esfuerzo mental inútil que se le exige para comunicarse con alguien que viene de fuera de nuestras fronteras.
Contra el destino
El escritor rumano vive todavía en la Edad Media, antes del descubrimiento de la imprenta. No puede comunicarse con sus colegas europeos más que oralmente, o a través de manuscritos. A nosotros se nos exigen enormes esfuerzos mentales para convencer a un extranjero de que somos inteligentes y de que hemos leído a Proust, cuando sería tan sencillo ofrecerles uno de nuestros libros y luego, a partir de ahi, ponernos a discutir...
Contra este destino de la mayoría de los escritores rumanos, querido Maestro, se podría luchar; podría llegar un día en que ya no nos viéramos obligados a conversar en una lengua que no es la nuestra, en que no nos viéramos obligados a resumirnos y a decir, por ejemplo, a un huésped como usted que Fulano es un gran poeta. Mengano un buen novelista y Zutano dramaturgo. Podría llegar ese día... Evidentemente, sólo si nuestro servicio de propaganda supiera lo que hay que hacer, en primer lugar por la dignidad del escritor rumano, y. en segundo lugar por la gloria del país. Pero sobre esas desgracias nuestras prefiero no hablar. Llevamos mucho tiempo luchando contra las autoridades culturales rumanas y los resultados puede que incluso los conozca también usted. Probablemente le habrán ofrecido a usted un álbum con fotografías de Rumanía, y quizás un breviario de historia de Rumania en francés. Esa es, más o menos, toda nuestra dote cultural que puede cruzar las fronteras.
Pero no solamente estas miserias locales levantan murallas entre los escritores rumanos y sus colegas europeos. Espero que no se enfade, querido Maestro, si le recuerdo que en nuestra querida España no se ha traducido a ningún autor rumano. Nosotros, mal que bien, nos hemos honrado traduciendo a unos cuantos escritores españoles, y Niebla, de Unamuno, incluso ha gozado de un merecidísimo éxito de librería. Pero, evidentemente, ésa no es la razón por la que estamos tan aislados del resto de los escritores europeos.
Editores franceses
Nos habría bastado y nos hubiera contentado con que, al menos, existieran traducciones francesas. Los editores franceses (que venden el diez por ciento de su producción anual en Rumania) no quieren arriesgarse con los escritores rumanos. Los editores franceses hace mucho que traicionaron la misión espiritual y cultural de Francia. Pues la misión de Francia era dar unidad a la cultura europea, hacer accesibles los valores y la sensibilidad de las culturas menores. El que aprende la lengua francesa, una lengua europea, no lo hace sólo para poder penetrar con ella en los hoteles y salones de Belgrado, Bucarest y Varsovia, sino también en la literatura de los respectivos países. Hoy, en francés, sólo se pueden leer traducciones del inglés. Por supuesto, las novelas inglesas son buenas y se venden. Pero la misión espiritual de una cultura de la grandeza de Francia no puede reducirse solamente a conseguir éxitos seguros de librería. ¿O no será que, en realidad, Francia está renunciando a su primacía, está renunciando a seguir asumiendo por nosotros los riesgos y la gloria de ser la única sucesora del Imperio romano?
Reciba, querido Maestro, el testimonio de mi estima y admiración.
Publicado en el diario Vremea (Bucarest. 14 de junio de 1936).
ABC Cultural, 1 de diciembre de 2001, pp.6-7.
Traducción Joaquín Garrigós

lunes, 20 de marzo de 2017

"En España y en Rumania" de Mircea Eliade (Cuvântul, 21/08/1933)


Mircea Eliade en 1937
EL libro recientemente aparecido Ensayos españoles, del profesor José Ortega y Gasset, deberían leerlo rodos los que se han planteado el problema de la originalidad y viabilidad de la cultura de un país pequeño. Allí se encuentran bastantes observaciones sobre el ruralismo y el urbanismo, sobre la falta de una elite en la vida espiritual y política de España, cuestiones todas que nos podrían interesar a nosotros también. Habría que leer y meditar con mucha atención su ensayo tan sugestivamente titulado España invertebrada, pues puede servil-para hacer interesantes análisis sobre la estructura de nuestro Estado.
Pero no tenía pensado escribir ahora sobro esto libro de ensayos españoles, sino sobre la extraña semejanza de método, inquietudes e inspiración de los mayores ensayistas españoles contemporáneos: Unamuno. Eugenio d'Ors y Ortega y Gasset. Semejanza que no me parece desprovista de sentido. Al contrario, demuestra una vez más la eficiencia del pensamiento de estos tres grandes españoles y justifica el lugar que ocupan en la cultura europea.
Distintos materiales
Verdaderamente es extraño que estos tres ensayistas se valgan de unos materiales distintos de los que utilizan los otros ensayistas contemporáneos. Unamuno recoge un sinfín de citas de los místicos, del Quijote y de los nórdicos. Eugenio d’Ors y Ortega hacen continuas referencias al arte español (sobre todo a Goya) o citan trabajos de biología organicista (jamás, por lo que yo he podido constatar, de biología mecanicista), libros de filosofía de la cultura (de una especie poco conocida entre los ensayistas continentales, por ejemplo, del nuevo concepto de la geografía, de la experiencia visual. del barroco, etcétera), en fin, fuentes que apenas se encuentran en la obra del resto de los ensayistas contemporáneos, los cuales siguen acudiendo a las autoridades de siempre (Montaigne y Pascal en Francia. Goethe y Nietzsche en Alemania) que mantienen intactas.
Los ensayistas españoles dominan una cultura mucho mayor y más nueva, y desarrollan un pensamiento más audaz y más plástico. El paisaje natural y el paisaje plástico son una constante en las páginas de Eugenio d’Ors y de Ortega. Podría suponerse que estos pensadores no pueden materializar su visión ni pueden explicar la comprensión de un fenómeno, o incluso la comprensión total de la vida, si no es pensando en formas, colores u objetos plásticos. De ahí, esos admirables análisis de D’Ors y de Ortega, análisis de pintores, de museos y de «elementos» (fondos, colores, expresión de los ojos, etcétera): de ahí, esa continúa referencia a la geografía, al «medio». En la Weltanschaung de estos dos pensadores se intuye la colaboración de todas las fuerzas del entendimiento, desde la intuición telúrica de la configuración geográfica a la intuición refinada de las últimas expresiones del arte. Su pensamiento y su intuición están en permanente contacto con todas las realidades. Se siente que estos hombres gozan del paisaje y aman las flores de forma distinta al resto de los intelectuales europeos. La palabra «orgánico» para ellos es algo más que un simple vocablo. Realmente, su pensamiento bebe en todas las fuentes, es un pensamiento vivo y flexible y, por ende, sorprendentemente sugestivo y audaz.
Pero la semejanza entre los ensayistas españoles no acaba aquí. Cada uno de ellos ha elegido un mito central a cuyo través juzga el mundo y la vida y hace interpretaciones y vaticinios. Unamuno, creo que es ocioso decirlo, jamás abandona a Don Quijote, leyenda que para él es tan viva como la Pasión del Gólgota. Ortega y Gasset ha encontrado a Don Juan que, al igual que la Gioconda encarna la esencia de la feminidad, es la imagen más completa y viva de la virilidad. Y en torno a esa leyenda apócrifa, el profesor Ortega y Gasset no se recata de escribir páginas de sesuda reflexión e impetuosa fantasía. Eugenio d’Ors no ha escogido una leyenda, un personaje de la geografía espiritual de España en torno al cual comentar la actualidad y comprender el mundo. Pero sí conserva los tipos: Goya, Colón o Isabel y Fernando; contando su vida y analizando su obra, el núcleo de su pensamiento discurre por las mismas vías que sus otros dos compatriotas. (¿Qué son las reflexiones sobre Goya, Isabel o el barroco sino un pendant a los comentarios de Unamuno sobre Don Quijote, la agonía o la paradoja, y a los de Ortega sobre Don Juan, el feudalismo o el ruralismo?)
Diferencias evidentes
...Sin querer, al concluir estas sumarias líneas sobre el ensayo español, pienso en la cultura rumana y en nuestros ensayistas. La diferencia salta a la vista. Todos los ensayistas rumanos acuden a las mismas fuentes que utilizan en París. Roma o Berlín. No hay el menor intento de autonomía ni de originalidad en la búsqueda de materiales ni de audacia a la hora de interpretarlos. Hace siete u ocho años estaban de moda la mística y la escolástica. Los ensayistas rumanos leían y comentaban la bibliografía alemana reciente. En sus trabajos se encuentran las mismas autoridades que en los de un aficionado en cualquier capital del mundo. No han aportado nada propio, no han impuesto ninguna autoridad.
Tenemos la leyenda de Miorita o la de Mester Manole que, si bien no son únicamente rumanas, son tan nuestras y su mito central es tan rico en significados, que sería preciso, y podría resultar revelador, estudiarlas. Sin embargo, ninguno de nuestros pensadores y ensayistas de altura les ha prestado atención. ¡Qué hermoso «Comentario a la leyenda de Mester Manole» podría escribirse! ¡Qué hermosa historia de la filosofía de la cultura rumana podría escribirse desde Miorita a Vasile Párvan! Sin embargo, las revistas están llenas ahora, en pleno verano, de debates en torno a la nada. El único problema filosófico que no ha sido intuido por los rumanos, el más extraño a nuestro pueblo.

Publicado en Cuvántul (Bucarest) el 21 de agosto de 1933.
ABC Cultural. 1 de diciembre de 2001, p. 8.
Traducción: Joaquín Garrigós

Martín de Riquer en la Guerra de España. Testimonio del medievalista de su paso por el "Tercio de Montserrat" (Destino, 22/07/1939) y artículo de Félix Ros (Destino, 24/06/1939).


EL TERCIO DE MONTSERRAT
Los defensores de Villalba

ANIVERSARIO DE VILLALBA. — El domingo pasado, en San Feliu de Llobregat, el Tercio de Requetés de Nuestra Señora de Montserrat, destinado yo a Cataluña, asistía a una Misa de campaña. Yo, detrás de la formación, recordaba con honda nostalgia tantas otras Misas de campaña a las que asistí confundido en aquellas mismas apretadas filas, y hasta dos veces de gastador, "sin mover ni un solo músculo de la cara", a pesar de las moscas y de los piojillos. Es ya muy pequeño el Tercio de Montserrat, pequeño por el número de los requetés que hoy lo integran — unos 500 —, no por lo que ha luchado y vencido. Habíamos llegado a ser cerca de 900, los días alegres de nuestro descanso en Riaza; después comenzaron las bajas, primero en el Ebro, últimamente en Extremadura. En total son unos 300 los requetés de Montserrat que han caído; otros muchos nos fuimos a cursillos — un 75 por 100 de la Unidad tenía condiciones para ser oficial, y de ella hemos salido unos ciento en diferentes Academias—; luego, últimamente, han venido los licenciamientos. No obstante el Tercio conserva su carácter inconfundible: la misma alegría, la misma cordialidad entre oficiales y requetés, y todavía quedan muchas boinas rojas que ya son casi blancas, desteñidas por el sol de los parapetos de Aragón, de Guadalajara, de las marchas de Extremadura, de la batalla del Ebro... A fines de este mes hará un año de la primera batalla de Villalba. Fuimos de los primeros en llegar para detener el avance rojo por tierras de Tarragona, y lo detuvimos, y los primeros también en reflejarnos en las aguas del Ebro. Allí cayeron los mejores; y no digo que fueron los mejores por el hecho de morir; los que cayeron — os lo confirmará cualquier requeté de Montserrat — eran ya los mejores en vida, y ni uno sólo de nosotros las olvidará nunca. La más pura sangre de la flor de Cataluña se derramó en las viñas de Villalba, entre aquellos racimos de uva que apagaron tantas veces nuestra terrible sed de la batalla; 300 son los muertos de Montserrat, los heridos son incontables; sin duda todos los que en este Tercio hemos formado hemos caído heridos por lo menos una vez.
No hay duda que el Ebro fue la acción más brillante de Montserrat, y concretamente las dos batallas de Villalba — 30 de julio y 19 de agosto de 1938 —. La mejor en eficacia militar y en espíritu. Nunca, como en aquellos días, he oído las palabras "deber", "honor", "Patria", pronunciados con mayor seriedad y con el auténtico sentido; y los frases como: "—¿Tienes miedo? —Yo sólo temo a Dios", o "— ¿Estás preparado?—Si; no tengo nada que temer". Os aseguro que eran dichas con un convencimiento firme y decidido. Y, a pesar de todo, el buen humor no se perdió por nada; se cantaba en las trincheras que casi rozaban al enemigo, respondiendo a sus morterazos o a sus ráfagas, y se hacía broma. Hubo casos chocantes, como el de un camillero, que causó justificado asombro en todos nosotros, porque en los días rudos no dejó de trabajar ni un solo segundo trasladando heridos a los puestos de socorro del pueblo, desarrollando una actividad equiparable a la de cuatro hombres que se relevaran y descansaron; este requeté hubo un momento, cuando regresaba do llevar a un camarada con la pierna partida, que se paró en el trecho más batido de la carretera de Villalba a Gandesa, donde más habían muerto, se sentó en el suelo y con uno calma inverosímil se sacó del bolsillo aguja e hilo, se quitó los pantalones y se zurció un desgarrón, en calzoncillos, mientras el enemigo, que le veía perfectamente, se dedicaba a bordar su silueta a bolazos, sin acertarle ni una vez. Pues bien, el tal camillero, cuando pasaron los días más rudos, se cansó de la batalla y se marchó hacia retaguardia y se alquiló en una masía para arrancar patatas u otra labor agrícola por el estilo.
LA SECCION DE CHOQUE. — Imaginaos una bandera negra, con una calavera y las aspas de Borgoña en forma de tibias; ésta era la bandera de la sección de choque del Tercio de Montserrat, que mandó el excelente caballero alférez Miguel Regás, muerto al frente de sus requetés, que murieron todos o su vez, menos dos que quedaron heridos. Esta bandera fue confeccionada por las chicas de Muñana, pueblecillo de Ávila, a las que no hago preceder ningún adjetivo por galantería. Allí se formó la citada Sección; cualquiera que no nos conociese hubiera dicho que ingresar en esta Sección era una fuente de prebendas o de enchufes, porque todo el Tercio lo solicitó. Ellos tenían que romper por los sectores más peligrosos y acudir a los sitios de más peligro; llevaban una dotación extraordinaria de bombas de mano y fusiles con escape de gases para balas antitanque, y además un emblema característico. Se vio que se trataba de una Sección de hidalgos cuando, después de la primera batalla de Villalba, siguiendo el ejemplo de su alférez, todos se quitaron el emblema porque — decían ellos — no podían presumir de ser de choque estando en una Unidad donde todo el mundo lo era y todo el mundo se batía con la misma valentía. Después de la segunda batalla de Villalba, en el lugar donde había perecido toda la sección encontré medio enterrada, deshecha y rota en mil girones aquella famosa bandera que sólo cayó al suelo cuando ya no hubo brazos vivos para enarbolarla. ¡Y qué orgullo el nuestro! Mientras la bandera de nuestro Sección de choque apareció, después de la lucha, convertida en un harapo, todos los banderines republicanos que el Tercio cogió al enemigo estaban nuevos y coloridos, sin uno mancha ni una gota de sangre: no habían sido defendidos con hombría, como hacían nuestros soldados.
LOS DESCANSOS. —En vida de compaña descansos significa lo siguiente: levantarse e prisa y corriendo a las seis de la moñona, asearse y vestirse bien y limpio "porque estamos descansando y no en el frente". Un cuarto de hora después a hacer cola para el chocolate del desayuno y a las ocho a instrucción práctica, pero como ya no somos quintos nada de marcar el paso y hacer variaciones, sino arrastrarse por el suelo con las cartucheras llenas, la cuña directa, la cuña inversa y tomar el cementerio del pueblo como todos los días; a las once y media. Fagina, a comer y libertad hasta las dos, hora en que empieza la instrucción teórica, modo de usar la careta anti-gas, piezas que contiene el fusil ametrallador, cómo se vendo a un herido o se desmonta una Loffitte, manera de saludar la bandera y obligaciones del imaginaria hasta las cuatro; a los cinco, instrucción práctica hasta las siete, hora en que se cena; después rosario, retreta y todo el mundo al cuartel hasta el toque de silencio, en que hay que dormir. A esto se le llama descansar; en cambio, a pasarse todo el santo día entre las montas de la chabola, fumando y charlando, con sólo cuatro horas de guardia, se le llama estar en línea. A pesar de ello, el Tercio de Montserrat se divertía y organizaba fiestas. Nunca olvidaremos, por años que vivamos, la estatua de Juan Pablo Bonet, perínclito hijo de Torres de Berrellen, autor del primer tratado sobra el arte de enseñar a hablar a los sordomudos, a cuyo pie tenían lugar los formidables manteos de los requetés que cometían quintadas y el de uno que marchó del Tercio para enchufarse y esperar que nosotros le ganáramos la guerra. El nombre Juan Pablo Bonet, repetido de uno manera machacona, se convirtió en una especie de grito de guerra. En Riaza, cuando "descansábamos" de nuestra estancia en el frente de Guadalajara, se organizaron festejos magníficos por los días de la toma de Castellón. Bailes, habilidades, masas corales, una especie de banda que soplaba mucho, "Xiquets de Valls" y juegos malabares a cargo del requeté Héctor Feliu, ex artista de circo, que dejaba maravillado a todo el mundo. En San Esteban de los Patos (Ávila), cuando nos preparábamos paro la ofensiva de Cataluña, hubo también uno fiesta en la que hasta se recitaron versos, se cantó mucho y se bailaron sardanas en medio de la meseta castellana, bajo el cielo purísimo de Santa Teresa.
LOS CORNETAS. —Ningún requeté de Montserrat dejará de acordarse en toda su vida del Cabo Cornetos, últimamente Sargento, Agustín Suñer. Yo, después que salí del Tercio, he recorrido muchos batallones y he conocido muchas Unidades, pero nunca he encontrado ningún corneta, no que superase, sino tan sólo que igualase a Suñer. Hace cantar a la trompeta con un sonido no igualado por nadie y con tal fuerza que en Guadalajara, que el frente estaba muy alejado, hasta los rojos oían sus toques de Diana u oración. Además sabia toques para todo, tanto para llamar al cabo de la tercera escuadra del segundo pelotón de la primera sección de la cuarta compañía, como para avisar al Oficial médico que tenía que ir a comer. Sabía numerosas dianas; las más bellas las empleaba los días en que el parte oficial de la noche anterior había constatado más victorias que de costumbre. Por otra parte es un hombre maravilloso; su vida no tiene nada que envidiar a las de Guzmán de Alfarache o Gil Blas. En invierno, al lado del hogar de la chabola nos explicaba sus aventuras, con un estilo directo y colorido, que nunca nos llegaba la hora de dormir. Otro corneta famoso es Héctor, del que ya he hablado. Realizaba el milagro de llevar los zapatos lustrosos en pleno lluvioso invierno por las fangosas calles de Torres, mientras tocaba Silencio envuelto en un capote impecable. La lástima es que muy a menudo se le perdía la trompeta provocando la ira inenarrable del Cabo Suñer. El domingo, cuando estaba con los requetés en San Feliu, oí de repente un toque de trompeta violentamente agudo y destemplado, con altos y bajos raros, en seguida dije: "Este es el Feto"; y realmente así era. Nunca corneta alguno se ha cargado con broncas más imponentes y siseos de sus camaradas; él siempre contestaba con una simpática sonrisa de oreja a oreja hasta que se hartó y pidió ingresar en la Sección de Choque, sin duda por ver si le mataban de una vez y se acababan los escándalos; pero evidentemente su destino es ensordecer con la trompeta, pues ha resultado ser uno de los dos únicos supervivientes de lo primera plantilla de aquella sección y ahora vuelve o estar en la banda. En ella, y nada menos que de director, está el Peque, muchacho de Torres de Berrellén, que cuando abandonamos aquel pueblo, de tan dulces recuerdos, sobre todo para algún corneta, se vino con nosotros, pasó mucho tiempo de fusilero, hasta que entró de discípulo de Suñer y llevo camino de ser digno de tan buen maestro.
MARTÍN DE RIQUER.
Destino. Política de unidad. Nº 105. 22 de julio de 1939. p 3.

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Pérdida de la mano amiga

"Suspéndanse los brazos, y retira cada cual el furor...
Lope. "Fiestas de Denia".


¡Con qué ilusión habíamos entrado en aquel Madrid tronchado y lleno de desmontes! Era el Madrid de los primeros momentos para España; hubo que adelinear nuestra misión en forma inverosímil. El cansancio, la atrofia resultan a los veces hábiles y expeditivos como no sería posible imaginar. Una mañana, entre dos problemas, me tropecé por un pasillo al alférez delgado, moreno, narigudo y nervioso que desde hacía un mes encontraba en todas las ciudades y en todos los momentos.
— ¿Qué sabes de Martín de Riquer?
— Pues sigue en Valencia, en el hospital.
— ¿Cómo en el hospital?
— Sí. ¿No lo sabías? Le han cortado un brazo.
— ¡Que le han cortado...!
Soy un poco dramómono y mejor amigo. A los pocos días, estaba hasta la mitra de los conflictos de Madrid y determiné escaparme por Valencia para darle un abrazo —- y él a mí medio — a Riquer. Hicimos una ruta de guerra, como se acostumbraba hasta hace muy poco, completamente imprevista. Llegamos a Valencia de madrugada. A la mañana, pregunté en la Radio a los de la Compañía de Propaganda, me dieron varias pistas y cerca del mediodía entraba yo en el Hospital de la Facultad de Medicina. Mi herido no estaba en fichas, pero le conocían por todos los pisos como el más charlatán. Se quedó de piedra cuando me vio aparecer dando voces por la puerta de aquello sola tan grande.
Cuando Martín entró en Valencia con su camión altavoz, Luys Santa Marina acababa de apoderarse de la ciudad, las tropas del Generalísimo no habían entrado aún y estaban las calles llenas de coroneles y carabineros del ejército rojo. Todos se cuadraban ante aquella sahariana azul arañada de flechas rojas, ante aquel gesto duro de impulso hecho carne. El camión se dirigió al Gobierno Civil. Santa Marina acababa de abandonarlo momentáneamente y Riquer recibió orden telefónica de continuar hacia Alicante. La carretera estaba frisada de controles rojos; tierras sin liberar adelante, hacia los crispadas palmeras alicantinas, a través de la carretera de la Marina, tan suave, llena de luz, amojonada de casitas mordidas de "riu-raus" y "torres de foc" de legendaria traza. Cada control es una impertinencia más, salvada con la naturalidad de esos hombres ilusionados -que quieren llegar antes que nadie a la tumba de José Antonio. El rencor embrutecido y estúpido acechará a la entrada de un pueblo, maldito cien veces; allí, unos naranjeros llenos de moho (con el caño helado de arma cobarde que se esconde en graneros y no se descuelga más que como arrancamos una fruta del árbol, definitivamente, para la hora cárdena de la venganza) han de lanzar sus inconscientes escupitajos de plomo contra la carne caliente de los soldados españoles. Los asesinos huyen; quedan dos muertos y cuatro heridos, entre éstos los dos oficiales. En el hospital rojo a que los conducen, Martín reclama a gritos su sala de oficiales; al final, han de inventarla para ellos dos. Durante las días que tardan aún en presentarse las fuerzas liberadoras, dos convalecientes de nuestro ejército montan guardia perpetua, bayoneta al brazo, al pie de aquellas camas, y un sargento, que empieza a poder arrostrar su pierna herida, da cada noche el parte a esos jefes por la gracia de Dios. Tres días de operaciones dolorosas: médicos y enfermeras están asustados del valor ancho y caudaloso de aquel hombre lleno de fiebre. "¿Pero, por qué no gritas?" "Los falangistas no gritamos." Viene una gangrena. El brazo derecho cae, como desmontado, y en el molde que vació él sobre la blanda atmósfera, viértase el escultórico invisible brazo del dolor. Es un dolor que aprieta, que estira escalofriantemente de las puntas hiperbólicas de las venas, de los nervios, de las articulaciones; los pulsa como cuerdas de guitarra, atornillando más y más las supuestas llaves. Es la sensación de que le duele a uno un dedo determinado, uno fracción pequeña de músculo. Sobrevive la presencia misteriosa de lo que fue nuestro, en su única manifestación actual del dolor; y podemos, así, experimentar la sensación de que nuestra otra mano cruce el brazo sufriente sin encontrarle, sin acariciar ni calmar su desamparo, que no tiene remedio; manoteando vanamente al aire, para enredarse los dedos en esos hilos a través de los cuales el dolor emite sus prerrogativas...
¡Buen Martin de Riquer, lleno de ánimo esforzado! ¿Recuerdas nuestros viejos tiempos de discusión; entonces, que todavía era posible elucubrar sobre tantas cosas? Nuestros discrepancias revestían un matiz curiosísimo, porque en los momentos en que los trallazos de la bandera de JONS disipaban en nuestro flojo cielo levantino los últimos humos de liberalismo que barcos de todos los países habían echado a volar sobre nuestro puerto común, andabas pensando en tu Cataluña agreste y foránea, sumergido por los procelosos documentos de Llull y del "Recognoverunt Proceres". ¡Cuántas veces habías dicho que si tú te sintieses español serías falangista! Cuando te presentaron o Luys, dijiste: "He aquí a un hombre que tiene toda la razón." Y habías estado peleándote con él hasta las cinco de la mañana. ¿Recuerdas nuestros crepúsculos primaverales en el jardín del Ateneo, tan característico de nuestra Barcelona de litografía, donde, ante tantos amigos divertidos extrañamente con nuestra ira bipartita hemos defendido siempre las dos puntas más separadas de la misma cuerda de violín? Y aquellos amigos... ¿Te das cuenta, Martín, de que nos hemos quedado casi solos? Muchos estuvieron contigo, en el 'Tercio de Nuestra Señora de Montserrat"; otros fueron fusilados, como Servicio de Información y Milicias de Franco en zona roja. Repasa mentalmente y verás cuántos nos faltan; y que, cuando en adelante nos sentemos junto al surtidor del viejo jardín, vamos a sostener la conversación a solas y por lo bajo; y que, además, Martín, no vamos a discutir ya, sino a estar muy de acuerdo, irremediablemente de acuerdo en todo.
¡Qué cambios! Te presentaste en San Sebastián, a decirles que no querías más que un fusil para marchar al frente. Había por allí chicas de mucho jeme, pero a ti todo aquello no te importaba. Te importabas tú, que eras una verdadera importación en España, y era ésta lo que querías conquistar en ti, a través de tu nueva persona. Luego vinieron aquellos meses duros, color ceniza, ásperos como una manta sobre la que el fango seco fuese cuchillas como grandes hojas de tabaco puestas a secar. Es el paso lento de los botas que duelen, a través de los campos de posición, a través de la vena que cada trinchera fue para vosotros, según circulasteis por su cuna como sangre hirviendo; es la suciedad densa y sin ninguna esperanza; la suciedad que embrutece y borra todos los objetivos finales y el móvil por el que los que sabíais griego estabais allí. Del lado de acá, al alcance de vuestras tormentarias, quedábamos otros compañeros de armas, dando pasos desesperados bajo un cielo plúmbeo de meses y meses, por el mapa sin mares de cuatro metros cuadrados de celda, esperando un piquete que no llegó. Tú te peinabas con rápidos peines de balas; adormecías a los acordes de una "Heroica" orquestada por veinte profesores del 7'5; tu jardín florecía sólo con brazos de aquellos que convirtieron su anatomía en un simple sistema de raíces bajo la tierra removida... Y el tuyo, el derecho, Martín; el que abanderaba aquella mano que escribió las dudas tremendas contra la Patria por la que ahora te estabas jugando todo el cuerpo, ha sido extinguido al final. Como si hubieras de purificarte y durante tanto tiempo te hubiese sido conservado sólo para su servicio. Hoy, que ya España no necesita de él, cábete la merced de haberlo perdido, perdido como expresión de tantas cosas lejanas que tu brazo liberoloide representó. Liberal, liberado.
¡Cuántas veces he pensado el mal negocio de aquel que muriese por el último disparo de esta guerra — de tan cruel exterminio! Realmente, la suerte de ese rezagado no parecía haber de ser envidiable. Y el último disparo no ha sido de muerte; ha sido tan sabio que muere sólo aquello que, para purificación de un hombre excepcional, había de morir. Tú, Martín de Riquer, gran escritor y gran amigo, no vas a ofrecer a nuestra cordialidad más que la mano izquierda. Con ella encenderás de hoy en adelante tus complicadas y eternas pipas; ella empuñará el gran azor negro de tu paraguas de poeta; ella inscribirá tu espíritu en las cuartillas desordenadas. Dios, con la pérdida de tu mano, de tu brazo, te ha concedido la pacificación. Su voluntad te ha desarmado, y es preciso que te sientas desarmado ante ello. ¡Con qué noble espíritu, con qué adicta serenidad ha acogido tu madre la pérdida! Pérdida, pero no extravío; porque la Patria sólo ha necesitado una parte de ti y tu madre había hecho ya la donación total y sin esperanzas. Martín: tú parecías un chico solo, tan niño y tan improvisado. Tu espíritu de aventura y tu simpatía generosa y exaltada hacían suponer siempre que circulabas hecho un robinsón por el mundo. Éramos muy pocos los que sabíamos que tras de ti quedaba lo vigilancia comprensiva de una madre, escrutándote perpetuamente por los más lejanos horizontes. Lo que yo no supuse es que tu madre fuese como es: tan parecida a ti, alta, delgada y dulce; y dispuesta a emprender el camino doloroso que la lleve hacia ti. Tu madre va en tu busca, ahora, llevándote tu paraguas irónico, porque él —; disimuladamente, tras su tela desteñida — prolongará tu único brazo de caballero único. Llegará sonriendo y tan sencilla como tú. Martín: ella ha pensado muchos días y noches en cómo ser tu brazo derecho en adelante. Al cabo, ha tropezado con el olor misterioso de algo irremediable. Ella lo acollaba todo; pero es que de repente se le ha ocurrido una de esas cosas que sólo piensan las madres. Es conmovedora: 'Mi hijo no podrá tomar nunca más un tranvía en marcha.' Martín, amigo, ella ha pensado eso con gran insistencia.
FELIX ROS
Destino. Política de unidad., nº 101, 24 de junio de 1939, p. 3

"Tercera centuria catalana". Ignacio Agustí, J. M. Fontana, R. Roses, A. Figueras
y Rosendo Riera leyendo uno de los primeros números de "Destino".
Julio de 1937. El Cabezón.