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jueves, 8 de diciembre de 2022

Entrevista a Antonio Fernández Molina (Aragón Expres, 21 de julio de 1977)

 


Antonio Fernández Molina, pintor y escritor

“A la cultura se llega por vocación u ocasión”

Es un visionario con mucho de niño y algo de viejo burlón”, escribió José Hierro sobre Antonio Fernández Molina. Con esa impresión se quedaría el firmante de la entrevista si no tuviera que matizar que Fernández Molina trasciende cualquier etapa vital, porque la fantasía no admite escaño alguno. De ahí que el arte de nuestro personaje pueda relacionarse con los movimientos de vanguardia -de los que es deudor e integrante , pero el punto de referencia se evapora ante su personalísima actitud creadora.

Antonio Fernández Molina, 49 años, trashumante por la geografía nacional, vive en Zaragoza desde hace algún tiempo, aunque cualquier día su siempre eventual residencia se trasplante a un nuevo foco creador. Autor de libros poéticos como “Una carta de barro” o “El cuello cercenado”, fundó por los años cincuenta la revista “Doña Endrina” La narrativa le debe libros como “Solo de trompeta” o “Un caracol en la cocina”, y es inventor de un heterónimo, el poeta Mariano Meneses. Ilustraciones, cuadros y “collages” —con numerosas exposiciones— perfilan sucintamente la imagen de este hombre que colaboró durante siete años en Mallorca con Camilo José Cela, del que por un pudor de amigo no quiere hablar, si bien ensalza el magistral dominio del idioma o la indomable capacidad de trabajo del autor de “La familia de Pascual Duarte”.

— ¿Qué es para ti la cultura?

—El arte de la vida; saber apreciar las cosas: un par de zapatos. una puesta de sol, un libro... Y el arte de la convivencia; un hombre culto en un momento determinado será capaz de valorar con absoluta objetividad cualquier acontecimiento, objeto o persona.

—¿Cómo ves la cultura española actual?

—Hasta cierto punto se ha ganado mucho en extensión, pero no en profundidad. Ahora, por ejemplo, no hay una generación equivalente a la del 27. La literatura de la posguerra ha sido, en general, de bastante menor calidad.

—No así la pintura.

— Exacto. Se ha dado una generación extraordinaria de pintores de vanguardia; Tapies, Saura y Millares pueden figurar en la primera línea de la vanguardia mundial. Con todo, pienso que actualmente no se sostiene a la misma altura ese movimiento plástico, quizá porque el momento actual sea cinematográfico o teatral, sin que, por supuesto, no puedan dejar de surgir en cualquier momento genios literarios o plásticos. Los talentos surgen dónde y cuándo menos se piensa.

—Ya sabes que Vicente Aleixandre suena como futuro “Premio Nobel”. Dame tu opinión.

— Hay dos escritores que indiscutiblemente merecen dicho Premio: Vicente Aleixandre y Jorge Guillen. Si yo estuviera en la coyuntura de decidir, echaría una moneda al alto... Yo creo que más pronto o más tarde se lo darán a alguno de los dos, lo cual, por otra parte, sería un tributo y un reconocimiento a la generación del 27, que no sólo contó con grandes poetas, sino con escritores de la talla de Benjamín Jarnés, Antonio Espina o José Bergantín...

— Descendamos a la cultura mal llamada popular.

— Lo que lleva a la cultura es la vocación o la ocasión. La vocación nace con el individuo; las ocasiones hay que ofrecerlas. En este sentido, es necesaria la información y una crítica consciente y orientadora de verdad. Crítica e información que jamás deben moverse por motivos publicitarios o económicos. A este respecto, yo recuerdo un prólogo de Ortega y Gasset a un libro de lecturas infantiles, en el que insistía sobre la necesidad de educar a la gente para que sepa distinguir y no se deje llevar por la moda o las circunstancias.

Un poeta, ante todo

La expresión gráfica —escribía Cirlot— el dibujo y el “collage”, como puente o no para el grabado, tientan al poeta”. En Francia existe el caso de Michaux. En España, el de Antonio Fernández Molina. Quien conozca su “Solo de trompeta” y vea la filiación de esa obra con la teoría del “esperpento” y con las pinturas de bufones y tontos de Velázquez, no se extrañará nunca de lo que dibuja Molina”

— Hablamos de tu pintura, sus motivaciones y técnica.

—Yo ante todo soy un poeta; mis manifestaciones como narrador o pintor están condicionadas por esa circunstancia, pero no hay que identificar mi enfoque poético con un romanticismo más o menos vacuo; es absolutamente anticonvencional. Mis creaciones, cuyo eje es la poesía, jamás se acercan al reportaje.

—¿Dónde empieza y dónde termina tu horizonte?

—La poesía, obviamente, no se circunscribe a la palabra; esta tiene un significado que limita al sentimiento, al pensamiento e, incluso, al razonamiento. La expresión, la comunicación/tienen cauces infinitos. La plástica, por ejemplo, es menos concreta y precisa que la palabra; por otra parte, un cuadro se puede reconocer de golpe —lo que no ocurre con una obra literaria— y brinda más posibilidades de interpretación.

—En cualquier caso, para completar, contrastar o sacar más jugo simultáneo a la expresión cabe la combinación de medios.

Es indudable que entre el dibujo y la poesía hay una íntima relación. William Blake y Víctor Hugo fueron grandes pintores. Dado que en el sonido, la palabra y la línea hay un punto de confluencia, pueden integrarse conjuntamente sus correspondencias. Mi sensibilidad va por la integración de las artes; es un mundo con el que me siento identificado.

—¿A qué viene, pues, la clasificación o encasillamiento de las Bellas Artes? .

—Las artes no tienen límites determinados; la clasificación viene urgida por motivos pedagógicos, como una especie de plantilla para echar a andar. Sin embargo, pienso que la complejidad del significado del mundo, y al mismo tiempo su sencillez, hace que cosas que vemos como distintas, e incluso contrapuestas, sean luego paralelas e identificables. Una pintura de Paul Klee, pongamos por caso, puede ser equivalente a un fragmento de Platón o de Hegel, con lo que ya salimos de lo que generalmente se entiende por Bellas Artes; como traspasa esa división cualquier rasgo estético que se da en la vida normal. El saludo, el andar, el comer... pueden tener unas connotaciones estéticas innegables. El arte, en suma, es la poesía, ésta es creación, y la creación está en todo.

—¿Y lo monstruoso?

—En el arte se puede aceptar lo monstruoso, porque el arte se mueve en un terreno en el que hasta lo monstruoso es positivo.

Trascendencia del “Grupo Pórtico

—¿Qué me dices del grupo zaragozano “Pórtico

—Ese grupo —constituido por Aguayo, Lagunas, Laguardia y otros— es el pionero de la pintura informalista, abstracta, española. Es de importancia extraordinaria, y una de las cosas más serias que se han dado en la plástica y en la pintura española de este sitio. Cuando se haga al estudio de la evolución del arte en este país, se valorará con más perspectiva y justicia la ingente tarea llevada a cabo por esos artistas, más meritoria, si cabe, por las circunstancias —primera época de la posguerra— en que se desarrolló. En parecida singladura surgió también un extraordinario grupo poético , el “postismo”, al que pertenecían Silvano Sernesi, Eduardo Chicharro y Carlos Edmundo de Ory. Como conciencia de estos sorprendentes movimientos vino luego el grupo “El Paso”, al que pertenecieron, entre otros, los aragoneses Viola, Saura y José Ayllón.

—Y, en poesía, Miguel Labordeta.

—Es uno de los grandes poetas de la literatura española y está entre los mejores poetas mundiales de este siglo. Si nos ceñimos a la posguerra, él y Eduardo Chicharro merecen figurar en cualquier lista, por limitada que sea, por encima de otros más cacareados, pero de menor categoría.

—¿Cuál es tu postura ante el mundo o la vida?

—Yo no soy filosofo, pero mi actitud ante el mundo es de expectación. Las cosas son como son, y, aunque se pueden prever muchos acontecimientos, siempre queda un margen para la sorpresa. Pienso, por otra parte, que cada uno es lo que quiere ser, y que la vida es la realización de nuestros anhelos. Si cada hombre analiza su vida, a pesar de las frustraciones y contrariedades, no la cambiaría en bloque. Yo no me cambiaría por Napoleón o Picasso, aunque, eso sí, asumiría algunos de sus valores o cualidades.

—Entonces, ¿qué cualidades valoras más en el hombre?

La autenticidad y la sinceridad. Un hombre que las tenga ya está justificado. Sin olvidar la equidad, dentro de la benevolencia.

Jesús VIVED, Aragón Expres, 21 de julio de 1977, p. 17.

miércoles, 30 de noviembre de 2022

Entrevista a Leopoldo María Panero (El Mercurio, Santiago de Chile, 13 de agosto de 2004)

 


ENTREVISTA A LEOPOLDO MARÍA PANERO

Un poeta maldito del siglo XXI

Ha pasado por cárceles, pensiones sórdidas y manicomios, pero nada le ha impedido ser autor de una de las voces poéticas más interesantes de la literatura española actual.

Armando Roa Vial

Y el poema es el dios más siniestro que existe”, escribe Leopoldo María Panero (Madrid, 1948) en La ciencia del verso. Más allá de la antología de lugares comunes que rodean a su persona —la locura, la dipsomanía, la rebeldía blasfema—, Panero es de los pocos poetas de su generación que han construido no ya una obra, sino una literatura en sí misma, alimentada desde los afluentes del ensayo, la traducción y la prosa, como puntos de entrada a su voluminosa obra poética. Poeta culto y de culto, para muchos una reliquia póstuma del vidente, actualmente se encuentra recluido en el Sanatorio de las Hermanas de la Caridad, en la Gran Canaria.

Lo que comenzó con una gentil carta mecanografiada (y atiborrada de enmiendas y borrones), a raíz del envío de unos libros, se fue transformando en una sabrosa conversación telefónica semanal. La voz de Panero es áspera, cavernosa, y el tono enfático, aunque siempre cortés. El diálogo, matizado con poemas de Mallarmé, Zukofsky y John Clare, recitados de memoria por el poeta, es fluido, aunque Panero gusta de las pausas largas entre una y otra afirmación y en ocasiones realiza extensas digresiones antes de entrar a responder directamente las preguntas.

—Has afirmado que tu apuesta es la del palimpsesto.

—Y es que la literatura, desde siempre, ha sido un sistema de citas, una conversación interminable de diferentes autores y culturas... Probablemente, Ezra Pound ha sido el poeta más consciente de este fenómeno y, por eso, es para mí la figura poética más importante del siglo XX. Él, Joyce y Beckett. El mundo es un texto gigantesco; nosotros, sus comentaristas.

—En una entrevista a Babelia dijiste que sólo quedaba un libro por reescribir el Apocalipsis.

—Sí, en alguna oportunidad pensé que el Apocalipsis era el último libro, pero ahora he cambiado de parecer. Los libros se remiten unos a otros de manera infinita, como las palabras de un diccionario: entras a un término y ese término te remite a otro y a otro, en una secuencia sin fin. Así, cada poema es la entrada progresiva a un laberinto, donde aparecen infinidades de poemas hasta que olvidas el punto de partida.

—Al igual que en tu poema «De cómo Ezra Pound pasó a formar parte de los muertos».

—Claro, donde también el mundo es una fantasía paranoica y por eso necesitamos abjurar de nosotros mismos y hacer que los muertos salgan de sus sepulcros. Esa es la gran revolución de Rimbaud: yo soy otro. A mi manera quiero ser muchos otros, como un ventrílocuo, para no estar tan solo. Es lo que algunos han llamado “poemas babélicos”. Para mí es, además, una conversación con los difuntos, con mis mayores.

—Y, con ello, de paso borras la autoría.

—Y es que no hay autor, sólo poemas. Pero hoy, claro, la gente se preocupa más del poeta que del poema. La autoría no existe. Al revés de Musil, no es que seamos hombres sin cualidades, sino cualidades sin hombre.

—Y ya que hablamos de los otros, ¿cuáles han sido tus maestros tutelares?

—Mi gran pasión es la poesía norteamericana moderna, pero en la línea de Poe, que representa el ejercicio poético riguroso y esteticista. La línea más prosaica de Whitman, no me gusta. Y bueno, de Poe saltamos a Pound y Eliot. También soy devoto de la tradición inglesa a partir de John Donne y del simbolismo de Mallarmé. De la poesía alemana, me gusta mucho el expresionismo de Gottfried Benn.

—¿Y qué me dices de la poesía española e hispanoamericana?

—España es el barroco y la poesía mística. Actualmente no hay mucho, salvo Gimferrer, Colinas y algunas cosas de Rodríguez y Gil de Biedma. Y de Hispanoamérica, bueno, creo que es muy difícil escribir algo después de Borges.

—¿Sólo Borges?

—Borges lo hizo todo, o casi todo. Es un modelo de versatilidad y vigor intelectual. La literatura es una herramienta formidable contra el abuso y la ignorancia; hoy, más que nunca, creo que el arte de escribir es una disciplina rigurosa y monástica. Además, eso de la poesía como la versión no oficial de la filosofía me parece formidable.

—Y al igual que Borges, tus intereses no provienen exclusivamente de la literatura.

—Sí, como autodidacta, aunque cursé el bachillerato. Y es que las vertientes que sirven de estímulo para la fantasía son múltiples: me interesa muchísimo la filosofía, digamos desde Spinoza hasta el neopositivismo y la Escuela de Frankfurt; también la estética, las matemáticas y la historia de las religiones.

—Háblame de la locura y de tu encierro.

—Yo no sé qué pueda ser la locura. Tal vez una defensa para seguir soñando. O quizá el derecho a la fantasía. Es lo que llamo la pansignificación de locura. Pues la locura, como dice Blake, conduce a la sabiduría. De lo que sí estoy seguro es de que la psiquiatría es una farsa, un delirio. Mira a Freud y todo ese estigma sobre el inconsciente, cuando lo verdaderamente bestial es la conciencia y no al revés. Ya ves lo que sucede aquí en España y que es probablemente un reflejo del resto del mundo: estados policiales resguardando una monstruosa sociedad de masas que odia el pensamiento. Pero lo peor es la censura, la censura a la fantasía. Y la fantasía es el gran estilo. Mi encierro responde a eso.

—¿Ves una salida a todo esto?

—Generar un malestar general —como el mito de la huelga soreliana— hasta que la cosa reviente. Y esa debería ser hoy la función de la poesía. Pero los poetas, claro, están en otra cosa....

—¿En otra cosa?

—Recaudando impuestos.... Los poetas y escritores, con las excepciones del caso, hoy en día responden a modelos planetarizados de reproducción en serie.

—¿Para quiénes?

.—Para todos esos teóricos que imponen tal o cual canon estético y exigen a cambio su estipendio.

—Pero tú eres un insobornable.

—Sí, y por eso me llaman Pertur.

—¿Pertur?

—Sí, Pertur, Perturbado. (Panero recita: “La rosa, la rosa, la rosa/ que soy yo/ pues soy un hombre nacido de la rosa/ en esta tierra que no es mía”).

—¿Siempre un extranjero?

—Digamos un apátrida. Y es que España es un país de pesadilla.

—¿Qué hay del Panero vidente?

—Un vidente riguroso, de la escuela de Rimbaud, y no un vidente escandaloso y prosaico, como son muchos poetas tributarios de Whitman. El lenguaje es una herramienta fina, de precisión. No se puede abjurar de la realidad, por horrenda que sea, y por eso sigo creyendo en la referendalidad del poema. Aún quienes deconstruyen la realidad tienen que asumirla como punto de partida.

—Un poeta chileno, Juan Luis Martínez, decía: “Lo real es sólo la base, pero es la base

—Exacto. Aunque eso es tomado de Wallace Stevens. Escribimos para ser escuchados; no se trata de una reproducción tosca de la realidad, sino de que toda ficción, para iluminar o transfigurar una realidad, debe tener una cierta residencia en ella. Todo, en última instancia, tiene un germen mimético.

—¿Y qué me dices de la muerte: otra de tus grandes obsesiones?

—No, no soy yo quien debe hablar de la muerte. Déjale eso a mis poemas. Ahí está todo. Escribir es una partida de ajedrez contra la muerte; yo sólo pongo el tablero, pero los movimientos y las piezas le pertenecen a ella.

El Mercurio (Revista de libros), Santiago de Chile, 13 de agosto de 2004, p. 4.

domingo, 30 de octubre de 2022

"Sobre el extraño poeta lituano Oscar de Lubicz Milosz" de Gabriela Mistral (El Mercurio, 10 de Julio de 1927, pág. 4.)

 

Oscar de Lubicz Milosz con Augusto D’Halmar en Fontainebleau en 1926.

Si fueran estos los tiempos de nuestro Rubén, escuchador de acentos sobrenaturales, que tendió su oreja desde Buenos Aires hacia las voces demoníacas y angélicas, de los cuatro puntos cardinales, (Lautréamont o Poe; Verlaine o Cavalca), ya tendríamos una medalla de este “raro” que se llama, con nombre que se presta dócilmente a la fábula, Oscar de Lubicz Milosz.

Raro” legítimo. De varios bibliografíados de Rubén se dijo que no lo eran cabalmente. Y, en verdad, no estaban a nivel Paul Adam con Rachilde; ni Max Nordau —la inteligencia más antipática de su época, pero no un “raro”— junto a Verlaine.

Darío, grande en cuanto genero quiso posar su mano —retrato, crónica, seguidilla, soneto u oda— cómo hubiere hecho fondo para esta cabeza de atormentado con su Lituania incógnita y sus apellidos de Mil y Una Noches.

Su oficio de buzo cogedor de los pulpos y las anémonas de mar de la poesía finisecular, ha pasado a otros, uno de ellos nuestro compañero ilustre Augusto D’Halmar.

A mi paso, por Madrid, él me dio una tarde inolvidable en la “Residencia de Estudiantes” con la lectura de su Milosz familiar. Pocas veces un poeta de Cábala ha encontrado garganta digna de él en un Augusto D’Halmar, que nos trajo de la India una voz extraordinaria, ensayada en yo no sé qué grutas de cuarenta ecos. Me preparaba a la lectura con un exordio de comentarista del Zohar: “Esta vez será verdad, Gabriela; usted va a oír a un poeta que maneja materiales inéditos del misterio y cuya palabra de cuarenta años podría ser de setecientos. La promesa esta vez le será cumplida, cumplida con superación.”

Y empezó su jornada, que duró tres horas generosas, que yo le agradeceré siempre, porque quiso, como el huésped antiguo, llevar a su mesa para mí su faisán más dorado.

Tengo yo la más desgraciada memoria de este mundo, y la fiesta de la estrofa milosziana se me hubiese sumido ya en la mente abotagada de escuchar sin medida, si el día siguiente D’Halmar no me hubiese llevado su Milosz N° 66, que conservo entre mis objetos preciosos: algún cuero labrado, algún cobre tratado como por el Dante, algún vaso de cuerno chileno. La vida semi-errante no me ha dejado cumplir con el encargo tácito de D’Halmar: ir pasando la antorcha a la colina siguiente, como en la costumbre griega.

El libro, objeto sobrenatural

Comienzo con un reparo. Augusto D’Halmar ha caído en un pecado de pasión. Tradujo a su amigo al español, por regalar a la lengua con un aroma nuevo; pero tuvo miedo de que la materia superior que trasvasaba cayese en manos viles, y ... ha hecho una edición de doscientos ejemplares lujosos, que sólo él distribuye y que no se obtiene sino de su mano, directamente... Para convencer de su pecado a este celoso, tendría yo que escribir un tratado que se llamaría: “De cómo exceso de la guardia puede ahogar a un rey en su cámara, o matar un libro, en el lecho de su pergamino caro” ... No tengo tiempo y sólo le diré un argumento.

El libro posee destino sobrenatural. Quien lo escribió —poeta, historiador, botánico, biólogo— quiso darlo a una mujer, a una academia o a un amigo, creyó ingenuamente que para ellos lo hacía, pero estos son sordos a la excelencia del libro, cuando no lo menosprecian por la familiaridad ajadora que con él han tenido. Por contraste, la obra suele haber sido hecha para... un enemigo, casi siempre con destino a un desconocido; extraño por la lengua o por el oficio, la edad o la circunstancia.

D’Halmar ha repartido, seguramente, los poemas de Milosz entre artistas que le deban mayor probabilidad de acogida gozosa y de respeto. Tal vez se ha equivocado. Yo no he leído noticia con fervor sobre ellos en publicaciones españolas. Yo advierto no sé qué tedio del poeta para hablar del poeta, y un visible descenso de la capacidad de admirar que había en los viejos cantores. Ya no contiene verdad el símbolo del silbo que, dirigido hacia el Norte, va hasta el polo, y sí al Sur, hasta el Ecuador, despertando una línea como de álamos de silbos semejantes y respondedores. Rebota en el pecho del semejante, cuya sordera es la peor entre sorderas voluntarias...

Que D’Halmar corrija su error y entregue el volumen milosziano, en edición ordinaria, al gran peligro (que contiene en sí la única salvación de un autor) del público grande.

Un tanteo por comprender

Dije por ahí poesía finisecular. Eso para mí la de Milosz, aunque su Lituania nos aparezca en una infancia de paisaje grueso y blanco de nieve recién caída. Del eslavo [sic] conserva el sentido trágico de la vida, que el occidental sensualismo ha puesto a un lado como resabio de barbarie mística; guarda también la desolación que es la tónica del hombre de las estepas. Por otra parte, este semi-príncipe ruso ha viajado como Simbad, y su sensibilidad tiene parentesco con las velas de los grandes veleros que van de las Oceanías a los Oslos y que ya tienen los olores de todos los continentes. Su poesía sirve como pocas, a pesar de su origen semi-oriental, para conocer el enloquecimiento de este mundo que se acaba, con tanto orgullo de su excelencia, sin embargo, en el Occidente. La hora es indudablemente otoñal. La mitad del follaje de este mundo arde todavía con dramático color por encima de nuestras cabezas; la otra mitad está dando debajo de nuestro cuerpo la fragancia densa de la podridura del bosque. Una ilusión de fuerza nos viene de la coloración y el oler fuertes del mundo. El D’Annunzio-tipo nos suele parecer, por este engaño, un meridiano vital, no siendo sino el poniente desmesurado —y arrebatado— que se defiende de las fuerzas secretas de la disolución.

Con Milosz hay que repetir la grave palabra “decadencia” que se ha usado torpemente por la crítica, con sentido desdeñoso. Un mundo caduco puede acabar en un poema o un cuadro de un modo magnífico. A Velázquez le tocó en destino fijar el cuerpo ya pútrido de los Borbones[sic], en la mirada vencida y los maximilares fatales; pero no confundir al que coge el descenso con una mirada genial y que tiene todavía potencia para conservarse a distancia del suceso que anota, con la pobre carne acabada del descenso mismo. Esto, sin negar que alguna larva de sepultura debe contener el pintor o el poeta que recogen una época de aniquilamiento, porque sólo los dioses pueden mirar verdaderamente desde la otra orilla el suceso colectivo. Cierta morbidez que alcanza a la mullidura; cierta lasitud que es el pulso subsiguiente de la hora meridiana, se pal—, pan en esta poesía. Los primeros fantasmas del crepúsculo empiezan a flotar; o, si se quiere, las primeras fosforescencias del no abonado de carne helada.

El hombre, “aquel cuya única voluntad indudable es vivir”, se defiende de la muerte y hace el gesto de caminar hacia los lugares en que el sol no se ha trisado todavía y está como un centauro en mitad del cielo. El gesto de la evasión es doble; lo que ama también debe ser salvado sobre esas lejanas colinas que están intactas. El acento que invita contiene una ternura que es necesario gozar en la composición entera.

A una víctima

“¿Qué dices de estas noches, qué dices de estos días — niña falsa y enferma de los suburbios tenebrosos?”

“Lejos, bien lejos del infierno donde vives atemorizada —yo sé de una amorosa y tranquila comarca— donde es tan dulce el aire como el vino del dátil. Es allí donde mi pesar, allí donde mi piedad —rehuyendo los ojos que la mofa ilumina— por los caninos danzantes del azur y de la onda, —querrían conducir a su débil y triste hermana. Tierno es el nombre del suelo; Matmata, Metamor; tierno — el nombre del agua; La Mar Mediterránea”.

“Tus grandes ojos esquivos de niña abandonada —reirían enternecidos ante ese país soñador, lejano y luminoso como la paz del corazón. Ante esos —montes sonrosados, esas lejanías sin nube, — ya no necesitarías velar tu rostro: un olor de perdón flota sobre ese país —melancólico y bello, caritativo para los traicionados. — Los frutos y las harinas de flor serían tu alimento; las palmeras rectas y orgullosas como una mujer pura — te esconderían durante el día del sol amoroso —y sus bellas manos de sombra protegerían tus ojos”.

“¡Cuán dulces suenan las palabras en los labios ásperos —de los grandes niños embusteros que viven allí sin cuidados, sin añoranzas y sin deseos! Es un canto de reposo— que el semi-sueño sopla en los caramillos. Allí el encantador ingenuo, lleno de artimañas sutiles, —sobre las esteras de junco hace danzar los reptiles, y, esparcidos los cabellos, piruetea invectivando a los largos bodoques nutridos de sol y de viento”.

“Y tú reirás también de ver en las tabernas —a los viejos fumadores de kif, descalzos y con ojos apagados, —husmear con amor su odio chibuk — paseando sus bellos dedos por sus barbas de dioses”.

“Cuán caro me es ese país, no sabría decirlo. — ¡Si supieses tú, niña, que aire se respira! —Un aire puro y profundo que huele a las tierras bermejas — donde el árbol da corazón crece, el cordial eucaliptus. — Un aire que cae de un cielo más bello que los rostros bruñidos por el sol de los largos peregrinajes. — Allí la bella luz y los frutos y el viento —lejos de los terribles muros donde se compra y se vende, —te ensenarían a cantar con una —voz menos amarga, — niña mi querida niña, que no has tenido madre”.

De la invitación de Goethe, en el motivo semejante a esta invitación, ¡qué diferencia de tiempo y de estado! La otra es la alabanza del naranjo de oro siciliano, mirado desde la tierra “físicamente” despreciada; esta es la alabanza de la palmera africana, cuya sombra robusta salvará, no de un clima, sino de la llaga que es el modo de vida sobre tierras cargadas de un imbécil dolor, lo amo en esta poesía no sé qué leche suave de piedad que pone en un amor de amante resabio de ternura materna.

Una de las cosas gratas para mí en los finiseculares, es el sarcasmo con que castigan sus propios lomos. La criatura fin de siglo carga acuestas su miseria, detestándosela. Por aquí entronca, sin saberlo, con el místico. Esta “danza de mono” suena a “miserere”. Desde Baudelaire hasta Lautréamont, va la escalera le endemoniados que se ultrajan en su pecado, frenéticos de lo divino que perdieron y que es lo único que aman.

Danza de mono

A los sones de una musiquilla burlona, saltarina, —jadeante, mientras que llueve, mientras que llueva lluvia podrida, —salta, salta, alma mía, viejo mono de organillo de Berbería.— Viejecillo pelado, cazurro, animal romántico y tierno—, con tu cola de otoño deshojada, pretenciosamente retorcida— como signo de interrogación en el cielo vacío del crepúsculo,— enjuga tus lloriqueos, mono galante, melancólico y ridículo,— mono sarnoso del amor muerto, mono desdentado de los días perdidos.—¡Un aria aún, todavía un aria! La que huele a tabacazo, — a suburbio leproso, a feria de otoño y a frituras rancias. — para hacer reír a las rameras famélicas, oh, sucio, horrible, flaco, — lamentable, epiléptico mono, animal puro de las nostalgias. — Un aria aún, pero ay que sea la última, y que sea, —ase sordo valse de jamás, réquiem de los ladrones muertos—, música de ecos que dice: Adiós los recuerdos, — adiós, el amor y las almendras acarameladas... Mientras la lluvia hace glú glú en el lodo viejo y espeso.”

Una elegía, esta “Danza de mono”. Con Bécquer la elegía era lagrimosa; con Heine empezó a acidularse; con Milosz se ha vuelto seca y frenética como una mascadura de cal nueva en encía tierna.

Yo amo en el volumen este Lofoten que copio entero:

Lofoten

Todos los muertes están ebrios de lluvia vieja y sucia— en el cementerio extraño de Lofoten. — El reloj del deshielo tictaques lejano— en el corazón de los féretros pobres de Lofoten. — Y gracias a los agujeros abiertos por la negra primavera, los cuerpos están cebados de fría carne humana—; y gracias al débil viento de voz de niño—, el sueño es grato a los muertos de Lofoten.

“Yo no veré probablemente nunca ni el mar, ni las tumbas de Lofoten. — Y, sin embargo, es en mí como si yo amasé— ese lejano rincón de tierra y toda su pena”.

“Vosotros desaparecidos, vosotros, suicidas, vosotras, lejanas. —en el cementerio extranjero de Lofoten, — el nombre suena a mi oído extraño y suave; ¿dormís, verdaderamente; decidme, es que dormís?

No me caería encima toda la pesadumbre del poema, si yo no hubiese visto dos o tres pequeños e inolvidables cementerios de tierras del Norte. En nuestras ciudades de cielo alto, la muerte se presenta como una cosa sencilla, y a veces pura (como en el desierto, que guarda intactos a sus muertos), cumplida debajo el sol y de un naranjo luminoso. En estos, no; la madre, la hermana, la hija, duermen bajo la obscenidad triste del lodo que da la lluvia interminable. Más arriba, en la Siberia última y los últimos Labradores, el cementerio blanco vuelva a ser casto, de la castidad de la nieve sin fundidura.

Varones salomónicos

La sazón de esta alma cae entre las madureces salomónicas de los varones de todos los tiempos. Ha madurado absolutamente, para su bien y para su mal. Fuera de las yemas de ternura de que he hablado, lo demás está en su poesía, domado, hablando, a modo de la piel de un respaldo de sillón antiguo. El dejo de agrás que permanece en otros poetas, no digamos adultos, sino viejos (como en Víctor Hugo), no le sube nunca al verso. De esta vejez de sus nervios, en los que ha descansado con todo su peso el grave fruto del mundo, le viene también su nobleza. Aquí está el poema que se llama “Nihumin”:

“...Cuarenta años. Para aprender a amar la nobleza de la Acción, ¡Oh, Acción! — Cuarenta años, cuarenta años, la vanidad de los solitarios me ha atormentado. Yo, pedía su muerte en mis plegarias. —Ella ha dejado mi corazón. ¡Oh, triunfo! ¡Oh, tristeza!... Ella se ha llevado mi juventud, la única mujer añada. —¡Pero qué importa! Ya, manos mías, la piedra os atrae. —Manos de venas hinchadas, al afán de construir—¡os embarga, os posee ya! Cuando el mediodía de los fuertes sonará sobre el mar—, iremos a saludar a los constructoras de muelles. —De pie, en el sol, enfrente del mar—comen lentamente su pobre y noble pan. —Y su perspicaz airada va más lejos que la mía. —¡Honor a ti, honor a ti, que has nacido en el llanto, cono el amén, y que morirás en el abandono, al pie del templo del amor —o del palacio del orgullo, trabajo de tus manos! —Pronto, mañana, hermano mío, yo podré interpelarte—cara a cara, sin rubor, como hablan los hombres, porque —yo también, yo también construiré la casa— ancha, potente y tranquila, como una mujer sentada— en un círculo de niños bajo el manzano en flor.— lo abrirá las ventanas de la gozosa iglesia —de par en par, a los ángeles del sol y el viento.— Yo bendeciré allí el pan de la Afirmación.— Con ese Sí eterno que es un sabor —de fuego, de trigo y de agua en la boca de los puros —y cuando la fealdad diré: ¡No! —y cuando la mujer y la muerte gritarán: ¡No!— hermano, saludaremos el espacio ebrio de vida— y la palabra aprendida de los héroes,—el Sí universal subirá a nuestros labios”.

Hay todavía otros aspectos de este espíritu que a cada diez páginas asoma un extracto inesperado. Una nota de ironía, no exenta de ternura, salta en la “Reina Karomamá”.

La Reina Karomamá

Mis pensamientos son tuyos, Reina Karomamá —cuyo nombre olvidado canta un coro de quejas —en la semi-risa—y el semi-solloso de mi voz: —porque es ridículo y triste amar a la Reina Karomamá —que vivió rodeada de extrañas figuras pintadas —en un palacio abierto, tan antaño—, pequeña Reina Karomamá”.

“¿Qué hacías de tus mañanas perdidas, dama Karomamá? — Hacia la tiesura de sipón dios enclenque, con cabeza de animal —alargabas gravemente tus—, brazos flacos y torpes —mientras qué luces indistintas corrían sobre el río matinal. —Oh, Karomamá de ojos cansados, de largos pies alineados, — de cabellos torturados, muerta desde la cuna de los años...—Mi pobre, pobre Reina Karomamá”.

“Y de tus días, ¿qué hacías, sacerdotisa sabia? — Tú embromabas sin duda a tus pequeñas sirvientes —dóciles como las culebras y como ellas indolente; tú contabas las alhajas, soñabas con hijos de reyes —siniestros y perfumados que llegaban de muy lejos, —de los ultramares color de siempre y de lejos —para decir: “Salud, a la gloriosa Karomamá”.

“Y las tardes de eterno estío, tú cantabas bajo los sicómoros —sagrados, Karomamá, color azul de las lunas consumidas, —cantabas la vieja historia de los pobres muertos —que se nutrían a escondidas de cosas prohibidas —y sentías inflarse en los grandes suspiros tus senos bajos —de niña negra, y tu alma titubeaba de pavor. — Las tardes de eterno estío, ¿no es Cierto, Karomamá?”

“Un día (¿ha existido en verdad, Karomamá?)— se envolvió tu cuerpo con amarillas fajas, se te encerró en un féretro grotesco y suave —en madera de cedro—, la estación del silencio deshojó la flor de tu voz —los escribas confiaron tu nombre a los papiros. — Y es tan triste, y es tan viejo y es tan perdido... —Es como el infinito de las aguas en la noche y en al frío”.

“Tú sabes, sin duda, oh legendaria Karomamá, que mi alma es vieja como el canto del mar —y solitaria cono una esfinge en el desierto, —mi alma enferma de jamás y de antaño, — Y tú sabes mejor todavía, princesa iniciada, que el destino ha gratado un signo extraño en mi corazón, símbolo de alegría ideal y de real desgracia”.

“Sí, tú sabes todo eso, lejana Karomamá. — Pese a tus aires de niño que supo eternizar el autor de tu estatua pulida por los besos —de los siglos extranjeros que languidecieron lejos de ti. —Yo te siento cerca de mí, yo escucho tu larga sonrisa —cuchichear en la noche: “Hermano, no hay que reír”.

“Mis pensamientos son tuyos, Reina Karomamá”.

Y el don de sugerencia, muy suyo, más suyo que de nadie a quien yo haya leído. Yo cojo uno o varios versos, que han ejercido un sortilegio sobre mi memoria, e intento precisar su belleza, para justificarme el estado de encantamiento. No: la manía de cristalización de los elementos poéticos que place a los Lemaître, ejercida sobre Milosz, fracasa. La sugerencia es, como se sabe, el modo de la niebla, y se mejor que tajearla para perderla, quedarse quieto, aceptando el encanto. Sugerencia de paisajes que se han visto o se han creado, de casas que se habitaron, de unas mujeres que son casi criaturas submarinas, por el estupor que da su encuentro. Con este arpón de la capacidad de sugerir esotéricamente, cogió Milosz el espíritu de nuestro Augusto D’Halmar. También le ha complacido a ésta el cabalismo del lituano, más legítimo que el de un Sar Peladán, y de otros “hijos de los números místicos” que andan por allí, la teosofía está todavía sin poeta. Milosz pudo haberlo sido, si su talento no usase de misterio y de realidad como de meros soportes para un motivo.

En la propia lengua en que Milosz escribe sus poesías y sus dramas —el francés— resulta casi inencontrables las obras suyas. Reflexiona su gran traductor español que es un absurdo cuidar con reverencia una traducción para guardarla con gesto de veda absoluta. Dejemos en libre plática con su prisionero. Quién sabe —ya dije el extraordinario destino del libro, y especialmente de la poesía— si Milosz encuentra en mozo de lengua el mejor hijo de su alma profunda.

Fontainebleau, Junio de 1927.

Gabriela Mistral.

(El Mercurio, 10 de Julio de 1927, pág. 4.)

sábado, 3 de julio de 2021

"Poesía y dialéctica" por Czesław Miłosz (Cuadernos del Congreso por la Libertad de la Cultura, nº2, julio-agosto de 1953)

 


En los semanarios que aparecen en Polonia se publican en la actualidad largas discusiones sobre poesía. La mayoría de los lectores de lengua polaca en el extranjero probablemente no se dan cuenta de la importancia de estas querellas, que siguen con indiferencia, lo que por otra parte es natural. Resulta difícil exigir a las personas que residen en Occidente el que se desprendan de una antigua costumbre: la de considerar la poesía y el «arte» como una inocente diversión estética, de tan escasas consecuencias como el café después de la comida.

Sin embargo, para un joven de Varsovia o de Łódź, la discusión sobre poesía es un asunto serio. En todos los países de la Nueva Fe, las consideraciones ideológicas pesan más que los puros ejercicios intelectuales: las decisiones personales dependen de ellas, y lo que resulta determina el destino de cada uno y el de sus próximos.

La poesía es una cosa seria

Fácil es adivinar el por qué en los debates ideológicos ocupan el primer lugar los referentes a la poesía, la pintura y la música. Ya no es posible enfrentarse con los problemas de la filosofía, puesto que incluso los dialécticos más elevados tienen miedo. En cambio, cuando se trata de la teoría de la poesía, de la pintura y de la música, existe siempre la posibilidad de sostener prudentemente algunas opiniones; no obstante los esfuerzos hechos, hasta el presente no se ha podido crear un sistema cerrado de estética marxista, por lo que nadie sabe cómo acorralar al delincuente. Es algo así como un gran jardín salvaje, que tiene sus guardias pero que no se sienten muy seguros de sí mismos. Y la poesía, la pintura y la música están de tal modo ligadas a toda la vida humana que quienquiera que intente hablar de ellas se ve obligado a poner en tela de juicio sus nociones más elementales sobre el mundo. Por esta razón, las querellas que tienen por motivo el arte revisten la misma importancia que en los siglos pasados tuvieron las disputas teológicas. Son seguidas con gran atención por tener un valor que apenas puede subestimarse. Un error común y divertido cometido por muchos occidentales consiste en separar ciertos fenómenos, definidos como puramente «culturales», de la totalidad ideológica que constituye la Nueva Fe; los intelectuales, indignados por el espectáculo que supone la coacción aplicada a los artistas, luchan por «la defensa de la cultura», mientras que la gente menos inclinada a las especulaciones «para intelectuales» se limita a mirar al poeta que no quiere aceptar el realismo socialista y que incluso prefiere emigrar como si fuera un « esteta », en el peor sentido de la palabra. En realidad tanto unos como otros no ven más allá de la superficie de las cosas. Lo que se juega no son los «valores culturales», sino las creencias humanas más fundamentales. Del resultado de luchas que puede estimarse completamente abstractas depende el futuro de un cierto género de civilización; el destino de un obrero o de un campesino depende tanto como el de un artista. En las luchas religiosas de los antitrinitarios contra los católicos o los calvinistas, no se trataba solamente de la triple persona de Dios. La cuestión de saber si Cristo es simplemente el hijo de Dios, o bien si es al mismo tiempo una de las personas de la Trinidad, servía de hecho de criterio a tendencias completamente opuestas que concernían a la esencia de la civilización. Así, en los países de la Nueva Fe, los distingo más sutiles en el dominio de la teoría artística adquieren un sentido muy general, por lo que el lector de allí aprecia todo su valor.

La «crisis» en la vida cultural de Polonia tuvo lugar en 1950. Hasta esta fecha no era obligatorio que cada obra, antes de su publicación en los semanarios sostenidos por el gobierno, pasara antes por la censura de los directores de acuerdo con las normas impuestas por el Centro. Pero a partir de 1950 el que quiera expresarse en las publicaciones gubernamentales tiene que demostrar que sigue fielmente la línea del leninismo-estalinismo. Esto crea al comienzo no pocas dificultades, puesto que sólo los mejor entrenados pueden arriesgarse en esa especie de manigua en la que la herejía aparece amenazadora a cada paso. Incluso para los más hábiles, tales excursiones resultan un ejercicio en la cuerda floja. Cierto es que, además de la prensa ortodoxa desde el punto de vista marxista, existe una prensa católica, en la que pueden escribir los que desean un poquito más de libertad. Pero el precio que se pide por esta libertad es bastante elevado. Un autor que quiera expresarse en la prensa católica acepta en consecuencia el que se le cuelgue la insignia religiosa. Una vez clasificado, obtiene algo así como el estatuto de los judíos en la fase más tolerante del hitlerismo. Es de admirar la sabiduría de tal sistema: los artículos más inteligentes, por el hecho de aparecer en la prensa católica, provocan una net? revulsión entre los ciudadanos de primera clase; es la mercancía de una tienda señalada con un signo enemigo.

Los semanarios católicos arrastran una cola de lectores que son los sobrevivientes de una época ya pasada; se tolera esas publicaciones per estimar que es preferible dar un exutorio oficial a los sentimientos religiosos y nacionalistas, y, liquidarlos gradualmente en lugar de empujarlos hacia las catacumbas. Es por razones análogas que se creó en Alemania oriental un partido especial para uso de los hitlerianos exmilitantes del N.S.D.A.P. Mas al público católico se junta asimismo lo mejor de la juventud, es decir los no conformistas, si desde luego se admite la tesis según la cual el no conformismo es una virtud del carácter, y no un vicio. Resulta cómodo para las autoridades que, para manifestar su oposición, los jóvenes tengan que colgarse una insignia, puesto que muchos de los que practican una oposición. tácita tienen un miedo terrible de caer entre los «beatos». El Estado gana pues tolerando las publicaciones católicas; la censura, por otra parte, se cuida de mantenerlas a un nivel que no sea muy elevado.

En tales circunstancias, en las que no existe más que la prensa ortodoxa y la prensa destinada a servir de «reserva» a los salvajes, la discusión abierta y franca es imposible. No obstante trataré de aclarar, a través de lo que se presenta de manera voluntariamente oscura y oculta, el punto central de los debates.

El proceso del impresionismo

Una de las más interesantes polémicas de estos últimos años se refería al impresionismo francés, y había tenido sus orígenes en Moscú. A decir verdad, era más bien una requisitoria que una polémica; o, para ser más exacto, se trataba de un acto de acusación repartido entre diversos corifeos. Hacia 1949 existían en Moscú y en Leningrado historiadores del arte que juzgaban que la pintura contemporánea rusa no valía gran cosa, y que era necesario aprender a pintar como los impresionistas franceses. Estos historiadores del arte, «cosmopolitas y sin patria», se convirtieron a justo título en objeto de una ofensiva, aunque no eran el motivo exclusivo puesto que el acusado principal resultaba el impresionismo francés. Una actitud despectiva hacia el arte occidental no es cosa inaudita en Rusia. León Tolstoi lanzó fuego y llamas contra los impresionistas, tratándoles de «degenerados»; Por otra parte metió en el mismo saco y por idéntico motivo a Wagner y a Shakespeare. Por lo demás, no se trata en este caso de la tendencia general, sino del género de los argumentos empleados. Los que acusan al impresionismo ven en la pintura francesa de finales del siglo XIX un producto de la misma «fase histórica» que dio nacimiento a 1a teoría post-kantiana del conocimiento. Los pintores interpretaban el mundo como un espléndido espectáculo de colores y de luz; en consecuencia, fácil resultaba concluir que la actitud de eso pintores hacia el mundo era puramente sensual, y que renunciaban a todo conocimiento racional de los fenómenos. Su arte se fundaba pues en una filosofía errónea, que representaba fielmente la decadencia de la burguesía francesa. Al contrario, los pintores realistas rusos de la misma época se basaban en un análisis racional de los fenómenos, es decir que veían en Rusia las contradicciones de clase y consideraban como objetivo de la pintura el representar la vida del pueblo. Conclusión: la pintura realista rusa del siglo XIX es superior al impresionismo francés, por lo que esa misma pintura debe de ser la fuente de inspiración para los pintores de hoy día.

He mencionado esta argumentación, no porque fácilmente puede ser denominada absurda, sino porque entra en las profundidades de la dialéctica [1]. La dialéctica, como es sabido, es «la lógica de las contradicciones». La dialéctica materialista parte del principio de que las contradicciones de nuestros conceptos —que son motivo de que la lógica formal resulte insuficiente en bastantes casos— reflejan las contradicciones de la materia en movimiento. Toda discusión sobre el arte no es ni más ni menos que una discusión en tomo al método dialéctico, puesto que el arte es una tentativa, la más directa, para comprender la materia. La deducción es que el debate sobre el arte posee una importancia teológica de primer orden en el país de la Nueva Fe.

El poeta o el pintor contemporáneo, compartiendo con sus conciudadanos su destino, y sufriendo en su propia carne los efectos de una aceleración histórica inaudita, siente el mundo como un conjunto de fenómenos en continuo movimiento, estando en esto de acuerdo con el dialéctico. Pero ya resulta cosa distinta cuanto es necesario aceptar la tesis según la cual el método dialéctico, tal como es enseñado en las universidades del espacio comprendido entre Shanghái y el Elba, explica fielmente el movimiento de los fenómenos. Ante los hábiles artificios engañosos del dialéctico, el artista no puede evitar una sospecha: la de que el dialéctico juega con cartas que saca de las bocamangas. Como punto de partida el dialéctico introduce conceptos, muestra estos conceptos a los espectadores aturdidos y hace constatar sus contradicciones; después de todo esto, presenta esas contradicciones de conceptos como si fuesen contradicciones de fenómenos. En efecto, es sólo de esa manera que puede probarse que el impresionismo francés vale menos que la pintura de los peredwnizniks rusos. Si ce reduce algo tan complejo como el impresionismo francés a la teoría del conocimiento elaborada por los burgueses, y si frente a ella se pone la teoría del conocimiento de Lenin, aun asegurándonos que la primera es mi fenómeno decadente y la segunda un fenómeno ascendente, no es difícil saber quién obtendrá el triunfo. Y por si fuese poco — y esto es sin duda más interesante — se constata que la teoría leninista del conocimiento existía ya en potencia en los espíritus de la intelligentzia rusa de finales del siglo último. Frente a esto, ¿qué se puede extraer de la constatación de que la pintura de los grandes impresionistas franceses aparece plena de su deslumbramiento ante la belleza del mundo, testimonia el orden interno de los espíritus que la crearon y continúa siendo una contribución duradera en la historia del arte mundial? Por lo demás, la maniobra de los críticos de Moscú puede ser considerada como clásica. Puede ser aplicada en una multitud de dominios: por ejemplo, gracias a ella se prueba de manera convincente que el hombre verdaderamente libre es el ciudadano de la Unión Soviética y que son los americanos quienes comenzaron la guerra de Corea. El poeta, o el pintor mismo, no se halla al abrigo de las victorias de la dialéctica. O bien intentará discernir el fenómeno en toda su complejidad, es decir expresar lo que ve y lo que siente, o bien se encontrará sobre una pendiente resbaladiza: cuando en lugar de una mesa— con la rugosidad de la madera, esa mancha de tinta, este pie roto —introduce el concepto de mesa, se conduce lo mismo que quién pudiendo comer pan y beber vino prefiere alimentarse artificialmente. Tras una dieta de este género, perderá la costumbre de una alimentación normal.

Es por esto que personalmente creo que existe una hostilidad entre el arte y la dialéctica. Cada verdadera obra de arte, incluso cuando su autor jura que es partidario del materialismo dialéctico, relega en la sombra la dialéctica; y, a su vez, la dialéctica imposibilita el arte. Cada cual puede elegir lo que prefiere, pero hay que elegir. Cada cual puede decir que el respeto exagerado por el arte es característico de un solo período de la Historia y que no hay que ligar el destino de la humanidad al destino del arte. Es una opinión. Otra distinta se opone a la precedente y afirma que el arte de una determinada sociedad nos permite juzgar hasta qué grado esa sociedad es sana, o, en otros términos, cuál es el grado de equilibrio interior alcanzado por sus artistas. De este punto de vista, los holandeses del siglo XVII alcanzaron una notable armonía; los países de Occidente se hallan hoy peligrosamente enfermos; y la población de la Unión Soviética ha alcanzado el estado casi perfecto de la muerte psíquica.

La cuestión del estilo «declarativo»

Las discusiones sobre poesía giran en Polonia en torno a estos problemas. Se ha permitido criticar en voz baja el estilo «declarativo» de toda una pléyade de jóvenes poetas convertidos al realismo socialista; pero es necesario agregar que el estilo «declarativo», es decir el manejo de frases que parecen recortadas de los editoriales de la gran prensa, es una consecuencia directa de la hegemonía de la dialéctica sobre la poesía.

Al pintar una manzana, el pintor holandés no se esforzaba en crear una manzana típica, un concepto de manzana. Por el contrario, un poeta ruso que describe un soljose no puede presentarlo de una manera concreta, puesto que podría pecar de pesimismo. El poeta ofrece imágenes idílicas del soljose o del koljose, en tanto que formas superiores de la economía rural respecto a un dominio privado o a la finca de un campesino. Así acontece que el poeta no puede emplear otro lenguaje que el de la jerigonza de los editoriales, y la diferencia de la mediocridad en el talento se expresa en que X escribe el mejor editorial, y Z... un editorial menos bueno.

Los ataques contra el estilo «declarativo» son a decir verdad ataques ocultes contra la dialéctica materialista, por la razón de que nos dan a entender que existe una incongruencia entre el movimiento de les conceptos y el movimiento de los fenómenos, de manera que el arte es capaz de concebir mejor el movimiento de los fenómenos que la propia dialéctica. Ahora bien, admitir esto es formular una evidente herejía. Por otra parte, el estilo «declarativo» resulta del hecho de que hallamos en la dialéctica materialista el mismo ascetismo nihilista que tuvo sus santos y sus mártires en la Rusia del siglo último. Es evidente que la «deleitación», considerada por los teóricos rusos de la gran época como la esencia misma del pecado, es inseparable de todos los esfuerzos que se puede hacer para alcanzar, en un poema o en una tela, las realidades del mundo sensible. Moscú tiene razón al condenar el impresionismo francés, puesto que en cada pintura de Manet o de Renoir existe esa deleitación.

La gran novela rusa no dejaba de ofrecer esa áspera deleitación, más podía pasar a los ojos de los nihilistas a causa de que presentaba la tenebrosa Rusia zarista. Pero hoy día que con la ayuda de la dialéctica se realiza la felicidad del género humano, el artista debe servir la dialéctica sin condiciones ni reservas; es preciso que tipifique los fenómenos y ponga en manos del artista los conceptos ya elaborados.

La novela de Ajaiev, Lejos de Moscú, es considerada en Polonia como un modelo de realismo socialista. Ofrece, sin la menor duda, el ejemplo más perfecto de ascetismo del escritor: no obstante sus grandes esfuerzos, el lector no puede «visualizar» ni los personajes ni el cuadro en que evolucionan. Es una ecuación matemática, con factores ordinarios: un enemigo de clase, un miembro de la intelligentzia que se equivoca y luego se convierte, una valiente muchacha del Komsomol, y, finalmente, un traidor. El lector pregunta en vano: ¿Quiénes son esos obreros que trabajan entre las nieves del noroeste siberiano? ¿Cómo es que se encuentran allí? ¿Dónde se hallan sus pueblos de origen? ¿Qué piensan? ¿Qué sienten?

¿Cuánto tiempo deberán permanecer allí?... Ninguna respuesta, no que es esencial es la construcción de un pipe-line para el petróleo. La ecuación se compone de elementos que llevan el signo «más» — lo que ayuda la construcción — y otros el signo «menos» — lo que obstaculiza la construcción —. Y esto es todo. Pero el escenario de una película titulada El canto de la tierra siberiana va aún más lejos en el esquematismo. La masa de obreros que roturan los bosques asiáticos no aparece más que en el momento de los ocios, en la cantina donde tocan el acordeón y cantan. En el epílogo, el héroe contempla junto con su amada el resultado del trabajo de esos obreros: el gran edificio de una fábrica ha surgido en el bosque virgen y sobre su techo se despliega la bandera roja. Resultaría interesante comparar todo esto con las novelas sobre los campos de trabajos forzados.

El proceso del estilo «declarativo» en poesía nada tiene que ver son la apreciación del nivel literario de los poemas que publican los semanarios: no se trata aquí del nivel de cultura, sino de sinceridad. O bien el poeta se limita a lo que ve y a lo que siente, o bien hace una concesión al tipo y entonces no existe razón alguna para que se detenga. Desde el punto de vista dialéctico, los pipe-lines, las carreteras, las minas y las fábricas de Siberia son particularmente importantes para el triunfo de la revolución, y el esfuerzo ruso en esa región es un hecho que debe alegrar; justo es por lo tanto que el músico o el poeta cante la grandeza de ese esfuerzo. El que escriba un poema «declarativo» está presto, por esa misma razón, a escribir el escenario del Canto de la tierra siberiana. Sin embargo, lo que merece un análisis es el comportamiento de Elinor Lipper, que había pasado unos cuantos años en los campos de trabajo forzado de Siberia y que, después de haber visto en París El canto de la tierra siberiana, sólo pudo decir, con voz estrangulada, estas tres palabras: «¡Se han atrevido!»

El Ministerio de Literatura

Cuando, procedente del extranjero, llegué a Varsovia en diciembre de 1950 y comprendí lo que se esperaba de mí, caí en una aversión sin límites por el papel del escritor que se somete a las reglas elaboradas en los círculos dirigentes. Ignoro si todos mis colegas comprendían la profundidad de esta aversión; ellos son funcionarios. La Unión de Escritores es algo así como un ministerio. Los escritores reciben instrucciones y se les indica como deben escribir. Su colectivo, en las alturas, situado por encima de la vida cotidiana de las masas, es algo insoportable. «¡Mira, he aquí como vive el escritor en democracia popular!», me dijo uno de los poetas de Varsovia enseñándome sus muebles y su biblioteca. Por la ventana se veía la plaza-decoración del barrio de los privilegiados.

Esta calle es la de los miembros del gobierno y la de los escritores. Este poeta no sabía lo que pasaba en mí. Yo había vivido varios años en América en las mismas condiciones que mi huésped, un electro-técnico en cuya vivienda había alquilado una habitación. Yo no reprochaba a ese poeta de vivir mejor que un pequeño comerciante o un obrero. Pero el quid era que pertenecía a una casta separada y que no se daba cuenta de que esto podía antojársele contra natura a cualquiera. Comprendí que solamente allí dónde el escritor se aloja así —de manera bien distinta a la de un electro-técnico — y dónde hace todos los esfuerzos para no perder los privilegios de la casta; solamente allí puede la dialéctica mantener su poder sobre los espíritus. Solamente allí, en tales viviendas, nacen novelas como Lejos de Moscú y escenarios como El canto de la tierra siberiana.

¿Qué concluir? Pienso que se habla demasiado de lo que debe de ser la poesía y demasiado poco de lo que es la poesía. Probablemente es la negación del nihilismo. De la misma manera que existe la manzana en el cuadro de un holandés, así existe la estrofa de un verdadero poeta' puesto que conserva lo que es particular. Un autor de editoriales puede ser durante cierto tiempo un poeta pasadero, ya que se sirve del almacén de sus percepciones, pero tiene que gritar cada vez más alto, pues tal es la ley, tal es el precio para alejarse hacia el vacío de los conceptos. Un árbol real, una verdadera gota de rocío matan al editorialista y le muestran su nada.

Se puede uno encoger de hombros ante las extravagancias de la poesía occidental, a condición de que se conozcan esas extravagancias y que no se escupa sobre los poetas occidentales sin comprender de qué se trata. Dos poetas occidentales son en general, gente que no ha recibido un buen azote. Cuando reciban ese azote, tal vez algunos lleguen a conclusiones saludables. Si se dejan imponer la conclusión que la dialéctica es superior a la poesía el globo terráqueo será arreglado racionalmente, y el único inconveniente que resultará será que no se podrá soportar la vida Das deportaciones en masa hacia la luna no serán ya consideradas como castigo especialmente grave; porque, al fin y al cabo, no habrá diferencia.

Czesław Miłosz, Cuadernos del Congreso por la Libertad de la Cultura, nº2, julio-agosto de 1953, pp. 75-80.



[1] En este caso empleo la palabra “dialéctica" en el sentido estalinista.

sábado, 29 de mayo de 2021

"Sobre Szymborska" por Czesław Miłosz (El Mercurio, Santiago de Chile, 5 de enero de 1997)

 


YO he dicho que la poesía polaca es fuerte y se distingue del resto de la poesía mundial por ciertas características. Esas características se pueden encontrar en los poemas de algunos famosos poetas polacos, incluyendo a Wisława Szymborska. Su Premio Nobel es su triunfo personal, pero al mismo tiempo confirma el lugar que tiene la “escuela de poesía polaca”. Tal vez no sea necesario recordar que el lenguaje de esta poesía es el lenguaje de un país en el que se perpetró el crimen del genocidio a un nivel masivo. Los lazos entre la palabra y la experiencia histórica pueden ser de varios tipos y no existe una simple relación de causa y efecto. Y. sin embargo, cierto hecho no deja de tener importancia: Szymborska, como Tadeusz Różewicz y Zbigniew Herbert, escribe “en lugar” de la generación de poetas que se estrenó durante la guerra y que no sobrevivieron.

¿Qué tiene que ver la poesía de Szymborska, que se destaca por su toque liviano, por su sonrisa escéptica, juguetona, con la historia del siglo XX o de cualquier otro siglo? En sus comienzos, tenía mucho que ver con él, pero su fase madura se aleja de las imágenes del tiempo lineal corriendo hacia la utopía o hacia una catástrofe apocalíptica, como le gustaba creer al siglo que acababa de llegar a su fin. Su dimensión es personal, de una persona que reflexiona sobre la condición humana. Es cierto que su reflexión va de la mano con una notable “reticencia”, como si la poetisa se encontrara sobre un escenario con el decorado para una obra anterior, una obra que cambia al individuo en nada, en una cifra anónima, y en tales circunstancias no es lo más indicado hablar sobre uno mismo.

Las poesías de Szymborska exploran situaciones privadas, pero son lo suficientemente generales como para evitar las confesiones. En su famoso poema sobre un gato en un departamento vacío, en vez de quejarse por la pérdida del marido de una amiga, oímos: “Morir/ uno no le hace eso a un gato”. La reticencia y una distancia irónica consigo misma pueden demostrar ciertas preferencias de la poetisa; sin embargo, ya que en esto se asemeja a algunos de sus contemporáneos polacos, uno podría defender con éxito la tesis de que su característica común es el intento de exorcizar el pasado. En esta tarea practican una peculiar destilación, y los materiales brutos que utilizan son a menudo difíciles de detectar.

Para mí, Szymborska es antes que nada una poetisa de la conciencia. Esto significa que ella nos habla, viviendo al mismo tiempo como uno de nosotros, guardándose sus asuntos privados para sí misma, logrando cierta distancia, pero también refiriéndose a lo que todos conocen a través de sus propias vidas. ¿Acaso no recordamos cuando hemos tenido que desvestirnos antes de un examen médico, o nuestro asombro ante las coincidencias, o leer cartas de gente que ya no está con nosotros? Por lo tanto, como en los dibujos que capturan escenas de acontecimientos comunes de todos los días, nos reconocemos a nosotros mismos en estos poemas como seres que son conocidos uno del otro, entre paréntesis. También estamos relacionados porque somos contemporáneos. y por lo tanto sometidos al mismo circuito de información. Las palabras —las señales de orientación— significan más o menos lo mismo para nosotros: la teoría de la evolución, las naves espaciales. Hiroshima, pero también Homero. Vermeer, o el principio de la inseguridad, es decir, todo un repertorio de nociones que recibimos en nuestras casas, en el colegio o a través de los medios de comunicación masivos.

Los poemas de Szymborska están construidos como si estuviera haciendo malabarismos con pelotas de color, los componentes de nuestro conocimiento común: nos sorprenden con sus paradojas y nos muestran al mundo humano como algo tragicómico. La conciencia que encuentra en ellos su expresión es una conciencia “después de”, “después de” Darwin, “después de” Einstein, “después de” muchos otros, pues, después de todo, la civilización en la que vivimos conserva sus rastros. Enfrentados a una poesía tan inconscientemente bailarina, como si hubiera sido escrita sin esfuerzo alguno, dudamos antes de mencionar los hitos de la ciencia, pero ya que existieron, el pensamiento de Szymborska y el nuestro, lo queramos o no, es complejo y ambiguo. En ninguna parte se advierte esto con más claridad que cuando se cuestiona el lugar del hombre en la cadena de la evolución. Así, por ejemplo, el poema “Cuatro de la mañana” enfrenta a nuestra ansiedad, no permitiéndonos dormir, con la ocupación automática de las hormigas. Nadie se siente bien a las cuatro de la mañana, Si las hormigas se sienten bien a las cuatro de la mañana —tres vivas por las hormigas. Y que sean las cinco si hemos de seguir viviendo” Otra poesía. “En alabanza de la autodesaprobación”, traza una línea entre la clara conciencia que caracteriza a toda la naturaleza viva y las torturas morales que constituyen nuestra parte: “El chacal autocrítico no existe. La langosta, el cocodrilo, la triquina, el tábano viven como quieren y están felices de hacerlo.” El poema “Autonomía” comienza: “Cuando el pepino de mar se ve en peligro se divide en dos” y el argumento que sigue reivindica el privilegio humano de crear arte, a pesar de y en contra de la muerte: “Sabemos cómo dividimos a nosotros mismos, es cierto, nosotros también. Pero sólo en un cuerpo y en un susurro interrumpido. En cuerpo y poesía.” Szymborska no habría sido una poetisa del período de las grandes dudas si no hubiera invocado la salvación a través del arte. “La venganza de una mano mortal” aparece en sus poemas bajo distintas formas, incluyendo a las bromas sobre sí misma.

Hace, unos años, leyendo sus poemas en una traducción al inglés, descubrí que su brillo intelectual que escondía un contenido serio era bien comprendido y aplaudido por un público en su mayoría joven. Yo debía descubrir lo que más les gustaba. Los auditores de ambos sexos se rieron mucho (y yo junto con ellos) oyendo el poema “Alabando a mi hermana”: “Mi hermana no escribe poemas, y es poco probable que repentinamente comience a escribir poemas”. Pensé que al menos la mitad de los presentes deben haber pensado alguna vez en escribir poemas, y por eso encontraban tan cómico el poema.

Czesław Miłosz. El Mercurio (Santiago, Chile)- ene. 5, 1997, p. E11. Retr.

Artículo extractado de Times Literary Suplement traducido del polaco por el autor y por Robert Hass. Traducción del por Paula Reynal.