Mostrando entradas con la etiqueta Carlos de la Rica. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Carlos de la Rica. Mostrar todas las entradas

miércoles, 3 de mayo de 2017

Carlos de la Rica sobre la Vanguardia poética de los cincuenta (y III) (Papeles de Son Armadans , Julio 1965)

Carlos de la Rica en compañía de sus monaguillos en Carboneras
Vanguardia en los años cincuenta
(Desde el ismo a la generación)
(Conclusión)

Carriedo fue, primero, la intuición, en apariencia hermético e intrascendente. Hoy su lenguaje —no muy distinto— se ha aclarado menospreciando sus propias y anteriores fórmulas y corre a ver si alcanza una justificación cumplida en la exaltación de las vidas humildes y trabajadas.
Dentro del trío diría que Gabino-Alejandro Carriedo es un lírico satírico, montaraz y salvaje, civilizado como un reyezuelo africano. No es de extrañar porque su poesía es un continente impenetrable y fácil a la vez.
La monarquía de Ángel Crespo
Ángel Crespo ama y siente la tierra. Luego, sin querer, la dejará salir en su obra. Crespo es un poeta telúrico; pero un poeta de una fuerza descriptiva sorprendente. «Lo descriptivo tiene caracteres pictóricos en la poesía de Crespo»[1]. Hasta los temas dan la impresión de que Ángel Crespo ha colocado el bastidor y se ha puesto a pintar. «Un cosmos nace, caótico, al que dar forma y cuerpo. Y nace, surge suyo. Él es el y nada más. Yo diría que el trazo brota luego el color manchó la tela. Es un proceso de creación: primero los elementos; luego, su combinación»[2]. El proceso de su poesía va desde lo fantasmal y telúrico al vuelo gigante de los espacios entrevistos, de lo circense y mágico al mar abierto y claro, al ciclo sin nube alguna. Ya lo he dicho en otra ocasión: «Todo gran poeta juega infaliblemente con la imagen, pues la imagen es el lenguaje de la poesía. En Crespo, la imagen, la metáfora, o simplemente el tropo, tiene, guarda sorpresa de novedad y sencillez extrema. Tanto el giro o la combinación verbal, el cabrilleo de un disloque en el orden gramatical llaman la atención y se meten en el sentido interno para enloquecerlo de puro gozo estético. La naturaleza encuentra su orden, su vaivén, su constante jaculatoria en el sencillo y escueto verbo. Transformativo, como si fuera una rara saliva capaz de la curación más portentosa. Y entonces sin que se sepa de dónde, por qué sitio, en qué nave, llega la imagen:

El olor de las vacas es un gato
que viene a mí, me lame las narices,
me araña la solapa
y busca su comida en mis bolsillos
El proceso es simplicísimo. Partiendo de una realidad descriptiva desemboca rápidamente en la luz cenital de una imagen. Es como la noche que cayendo nos trae la aurora y ésta el día.

El aire ha pasado lamiéndonos
como aquel perro...
La comparación nos hará caer pausadamente en lo por él buscado. La idea perro toca sin cesar repiqueteando el limpio cristal y nos dará la inmediata corporeización del aire asociado al perro:

... el aire viene
y nos pasa la lengua por las manos,
aire y perro transformados en una misma cosa, pero con la natural distinción que hace nos inclinemos y sepamos de quién son los labios». Larga ha sido la propia cita; lo prefiero porque aquí daba yo con la razón vital de su imagen tan interesante por tantos motivos.
La obra de Ángel Crespo ha ido ganando con el tiempo. Pero esencialmente es la misma. Su carrera —si con alguien hay que compararla— es parecida (en intención moral que no intelectual y menos afectiva) a la de Antonio Machado, que desde su partida fue siempre el obsesionado y el mismo.
En la antología poética que Crespo publicó el año 1960 hay un estudio profundo y agotador de su poesía que firmó José Albi. Decía en él: «La poesía de Crespo es profundamente tenaz y sensible. Hay en ella un espíritu insatisfecho de búsqueda». Y más adelante afirma: «...la poesía de Crespo interesa, aún más que por lo que dice, por los estados de ánimo que crea», he aquí, efectivamente, el secreto de todo verdadero poeta: la sugerencia.
Crespo tiene su monarquía propia: disparatada y tenaz, viril y mágica, lógica y circense, paradójica —no contradictoria— y sencilla y difícil e inconforme. Cuando se estudie la poesía de estos últimos años la suya ocupará lugar destacado y preferente.

Ángel Crespo
Los poetas de la Generación.
Es el año 1953, año de hegemonía pajarera, ya más propiamente de la poética de la Generación. Desde luego es la época del contacto casi continuo, de las cartas frecuentes, de las entrevistas, de las consignas más violentas y ofensivas.
Dos corrientes principalmente se dibujan con amplitud en los poetas de esta generación. Unos apuntan lo humano; los otros, lo mágico y la sorpresa. La corriente primera parará en la poesía social de hoy. La segunda se perderá en una especie de surrealismo, buscará acuciantes novedades o saltará rápida a otras cimas más trascendentes y seguras.
En el grupo, desde luego, a más de los nombres de Celaya, Muelas, Labordeta, Carriedo y Crespo, incluimos a Fernández Molina, Antonio Leyva, Gloria Fuertes, Manolo Pacheco, Arroyo... Es natural y lógico que no piense detallarlos uno a uno y que me concrete a aquellos cuya personalidad sea más acusada o llame más la atención por haber publicado libro digno.
Antonio Fernández Molina arranca de Ángel Crespo. Y es también el poeta que más limpiamente ha usado los postulados del nuevo sesgo. Dos libros, principalmente, acogen las formas pajareras: Una carta de barro y Biografía de Roberto G. Una de las cosas que saltan a primera vista es la forma y el fondo narrativo de la mayoría de los poemas de estos libros. Parece como que los ojos de Molina se entreabriesen y sin ton ni son fuesen descubriendo cosas sin tener en cuenta la trabazón lógica. Una especie de paralelismo extraño y paradójico, aunque, precisamente, exista el hilo invisible que ata, la ternura.
Más tarde Molina tropieza con la poesía surrealista de Paul Eluard con la que vuelve al surrealismo, cegado por las luces crepusculares. Desde entonces, sus libros han estado inmersos en esta corriente y así no extraña su adhesión a Marrodán, poeta oscuro y surrealista del norte: El cuello cercenado (1955), Semana libre y Las fuerzas iniciales (1956) -desde Venezuela en la revista Lírica hispana n.° 162-, Sueños y paisajes terráqueos (1960). Su voz se pierde en mundos caóticos, sin comienzo, donde las sombras se dan la mano con rojos y profundos fuegos.
Inmerso en un baño surreal de la mejor ley, llega Manuel Pacheco al grupo. Y en medio de su peculiar universo encuentra el dolor y la pasión humana su rincón de preferencias. Por esta humanidad atronadora y atormentada y preocupada está la razón de entrada.
Los objetos sencillos, cantados con irónica sonrisa, con tierna solicitud, aunque abusa de la palabrota y el prosaísmo:
Os voy a contar una historia,
la tragedia de un papel de estraza...
...Huérfano de manos de niño.
huérfano del contacto de madre que lleva a su hogar
un pequeño envoltorio para unirlo a la cena...
Félix Casanova de Ayala, isleño, es el imaginero de la gracia gongorina, de la bombilla de colores, de la verbena lírica de la poesía, anclado en lo que de vuelo a campana loca posee el lírico lenguaje de la Generación con ecos de Chicharro, ecos de retahíla callejera en ademán de letanía

Por la sábana sabana
por la esquina de la cama
por el borde del espejo
por el fondo del ropero
por la mesa y la bombilla
por la silla de rejilla
la mosquita pisa y pasa
vuela y pasa por la casa
En ocasiones es buen sabedor de un realismo social sorprendente.
Implicado en esta revolución poética, Antonio Leyva Fernández sirve en la bandeja de sus versos una ternura amarga y desabrida un tanto chirriante, detonante.
Gloria Fuertes
Las poetisas
Comenzó a sonarme el nombre de Gloria Fuertes hace va muchos años, cuando yo todavía gastaba pantalón corto y leía con pasión las revistas infantiles en donde ella colaboraba con sus cuentos y versos. Por eso mi emoción fue doble cuando vi que Gloria Fuertes escribía poesía en las revistas más exigentes. Gloria Fuertes escribía una poesía que más que a nadie la acercaba a Carriedo. Pero algo la separaba pronto de él: el sarcasmo y la crueldad de Gloria. Ella no escribe poesía por ese placer estético ni por una belleza escueta y pura. Posee todo esto porque es poesía lo que le sale, pero por nada más. Ella busca un mensaje desnudo, actual del mundo y su miseria, y después lo envuelve en el celofán de su sonrisa, en ironías y, lo que es más inquietante todavía, en sarcasmos. Gloria Fuertes es una de las mejores poetisas españolas: la poetisa social, cantora del suburbio, la delatora del hambre y la miseria de los pobres. Dos párrafos entresaco de la presentación que de ella se hace en la revista Poesía de Española n.° 2: «Caso único en nuestra poesía de hoy, Gloria Fuertes ha venido a demostrar que la intuición, más que un modo de conocimiento, es un vehículo de creación». «Sobre su despreocupación estilística, por cima de su escasa formación no sólo literaria, sino también gramatical, destaca el milagroso hallazgo que se repite sin cesar a través de su obra».
Ángeles Fernández, es un caso especial en la generación. Llegó a ella modulando sus largos brazos, y, en poco tiempo, conquistó la estimación de todos. Ya bastante mayor, en esa edad difícil de la comprensión, no obstante abrió su alma a las recientes y matinales auras. Y aportó con originalidad una ternura intelectual. Publicó La encrucijada. Y desapareció tímidamente, como había aparecido, quebrándose doblegada al corazón. Su casa tiene excepcional importancia en el desarrollo de la Generación.
Labordeta, Ory, Cirlot y Chicharro (Una nota marginal)
A cada paso que vamos dando hacia el final, lo vamos alargando insensiblemente. No podríamos hacer otra cosa porque el tema lo requiere y ordena. La lucha desarrollada en el mundo de la poesía, que tuvo origen en el levantamiento de las tantas veces citadas revistas, contó, desde un principio, con la aportación magistral de Ory, Cirlot, Chicharro y Labordeta. Durante la vida de estas revistas incesantemente dispararon desde las trincheras imaginables. Era un bombardeo bien dirigido. Debajo de todo esto había el deseo por el triunfo, por levantarse con la victoria. Pero la victoria trae consigo el bajo cero del ambiente y la desilusión de lo conseguido. Entonces añoramos de nuevo la trinchera.

Dice la vaca prieta
caliente y contenta
¡mu! dice la vaca
El termómetro de Carlos Edmundo de Ory ya indica la temperatura del ismo con las resonancias «postistas». Una de sus vertientes. Juego circense, malabarismos del viento lírico en unas portentosas manos. Efímera fue su aparición —solamente en el n.° 1 del Pájaro—. El resultado es que ahí estaba ya algo de lo que sería el juego. Chicharro «Chebe», más frecuentador, sigue la cuerda tensa del equilibrio

¡Ay del caballo que se murió!
No se murió, que moriría.
Quedó llorando el gañán llorando,
vino una niña que ya venía,
cógele al mísero, le levantaba
por la barbilla la que él tenía
La articulación de temperatura del Pájaro y Deucalión vuelve pálidas las fantasías todas. Es el rascacielos de artificios que luego se quema y da regocijo. Dirá José Albi en la antes aludida antología de A. Crespo al escribir su prólogo: «La segunda (dirección de esta poesía) desemboca en un sorprendente juego de magia, de inquietud y de sueño». Claramente la posición de Chicharro es ésta.
Y así Juan-Eduardo Cirlot

El pájaro de paja
llora, volando en una caja.
Su corazón de cera
habla, cantando en una hoguera.
Fundamentalmente hay despreocupación. No toca a los poetas arreglar el mundo. Es decididamente todo cuanto pensamos de estas aportaciones marginales. Por ventura el mundo circundante supo abrir a tiempo los ojos; pero estos poetas habían traído agilidad y desenvoltura al verso, juegos mágicos que luego serían el papel de envoltorio al mensaje social. Ellos hincharon hasta el máximo las velas del barco y éste felizmente navegó hasta el puerto previsto.
Miguel Labordeta, más remolcado al carro o más tirando de él. Alienta en él una preocupación social enclaustrada en un mare mágnum de sueños e irrealidades, de posibles e imposibles:
Mataos
pero dejad tranquilo a ese niño que duerme en una cuna.
Junto a esta inevitable y arrasadora preocupación social, el poeta indaga en los materiales del subconsciente, alza sus ojos, cerrados por el ensueño, a las posibles existencias e indomable se deja caer en la circunstancia que le sojuzga. Fatalmente absorto en la rebeldía poemática, Labordeta edifica su propia y peculiar magnitud. Para ampararse en todos los disfraces surrealistas y así, experimentar en propia carne el dolor por encontrarse en un mundo tan injusto.
¿Estertores de una generación?
Once piedras lanzó tras de sí Deucarión, once números vivos con dinamita bastante capaz para la voladura más espectacular. Once cartas de urgencia giró «el pájaro» a las ventanas de los poetas; pero en la décima había claramente profetizado Cirlot:

Y el pájaro de paja
sigue con su verde mortaja.
Su corazón de azufre
sufre.
Al cabo de unos meses de ausencia, tras la aparición de la décima carta, «el pájaro» aparece de manera insólita. En la carta once figura, repentinamente, un nuevo co-director, Chavarría Crespo, mientras que la desaparición de Ángel Crespo de la tríada nos sorprende. El Pájaro, a pesar del nuevo editorial y la pretendida renovación, estaba bien muerto y ya no volvió a aparecer más: llega la hora del éxodo. Diez años después Ángel Crespo y yo fundamos una nueva colección de libros que hacemos aparecer en Cuenca La piedra que habla y en la que publicamos Crespo, Carriedo, Arroyo y yo, que doy mi primer libro. Al año siguiente, Carriedo y Crespo se deciden por una nueva revista que bautizan Poesía de España y en la que apuntan ya los postulados de una novísima postura realista
De igual suerte fueron desapareciendo las otras revistas. No era otra cosa que la señal de que la madurez o el fracaso imponían al fin como algo inevitable y necesario. La «generación» había cumplido su cometido. A Crespo ninguna explicación se le podía dar sobre su camino porque bien abierto y claro lo tenía desde un principio. Por otra parte, el baño lustral de Muelas le rejuveneció e hizo mucho bien. De Carriedo podríamos decir que su emergencia le hace cada día más claro y definitivo, aunque no se le puedan perdonar sus cinismos o sus llamaradas de incendio. Después no es que todo sea diferente, que cada uno haya renegado de su anterior experiencia. Quizá el más fiel al papel del «pajarerismo» haya sido Ángel Crespo porque fue él el más singular y el que mejor y más fiel ha permanecido a una trayectoria jamás traicionada. Corresponde al futuro deslindar más atinadamente las derivaciones a que dio lugar la desaparición de las revistas. En todo caso los libros sustituyeron a éstas y esto, indudablemente, es la mejor señal de la maduración.
Los demás poetas siguieron, ya deslindadas las trochas, su propia vocación y destino. Pero la vanguardia poética de la poesía española vivió precisamente gargoleando aquellos años gracias a lo que aportaron las páginas de la «generación pajarera». Repito aquí que no se ha hecho justicia todavía a la Generación al no darle la amplitud debida en esta aportación a la poesía castellana. Quizá algo de tinte ajeno a la poesía haya influido lo suyo, ya que fuera le ha sido dada más importancia.
Pero por encima de todas las cosas lo esencial para la poesía es que todos crearon belleza e hicieron posible con su aportación cauces y sendas novísimas. Y justificó su aparición la sonadora edad de sus epígonos que no necesitaron de edad precisamente para afirmar que a una generación se pertenece, sobre todo, por las ideas.[3]
CARLOS DE I.A RICA
Papeles de Son Armadans (La doctrina escondida), Año X, Tomo XXXVIII. Núm. CXII,
Madrid - Palma de Mallorca. Julio, MCMLXV pp. II-XV.

V. Carlos de la Rica sobre la Vanguardia poética de los cincuenta: (II) y (I)

[1] Revista Cuadernos Hispanoamericanos; artículo Mitología del hombre Crespo del n.° 148, págs. 112 a 115 firmado por Carlos de la Rica.
[2] «Crespo rompe sus primeras armas literarias al iniciarse la década de los años 50, publicando un breve cuaderno poético que, en cierta medida, injerta un Saludable rebrote renovador en este cíclico y revuelto árbol de la lírica española. A partir de entonces, la obra de Crespo viene englobando, por así decirlo, el metódico orden de desarrollo de la nueva generación poética del país» (J. Manuel. Bonald: “El Espectador” Bogotá 8-1-61).
[3] No quedaría tranquilo si, a modo de nota, dejara de citar u otros poetas que llegaron a las revistas y publicaron en ellas con plena identificación con los postulados.
A más de los ya anotados y estudiados: Antonio I.eyva, Fernando Calatayud, Suárez de Fuga, Francisco Chavarría Crespo, José Fernández Arroyo. Este último, el más importante de entre, ellos, cuenta con obra publicada en libros excelentes.
Y cabe notar el lujo y brillo que supuso en la colaboración de las revistas, la firma de Camilo José Cela, Gerardo Diego, Aleixandre, Cernuda y hasta la del muestro Eugenio D’Ors.

martes, 2 de mayo de 2017

Carlos de la Rica sobre la Vanguardia poética de los cincuenta (II) (Papeles de Son Armadans , Mayo 1965)


Pilar Gámez Bedate, Carlos de la Rica y Ángel Crespo en Carboneras de Guadazaón
Vanguardia en los años cincuenta

(Desde el ismo a la generación)

(Continuación)

Chicharro hijo y Carlos Edmundo de Ory[1] soplan ilusionados el primer vuelo. Acababa de ser lanzada al viento, bien visible y alta, la cometa de todos los escándalos farisaicos del momento. Se pueden echar a temblar. Poetas con una trayectoria definida ya, expresarán su fervor con la moda del volátil. Mordiente, emborrachando la voz de líricas sugerencias, el chirriar del pájaro anuncia su felicidad completa. Reenganche de Celaya y Juan Eduardo Cirlot; aparición de Antonio Fernández Molina. Monte arriba [2], Félix Casanova de Ayala escala la cima para jugar con su espejo y llevar y traer la luz del sol a los ojos del pájaro: como un rayo, la aurora que alfombra las colinas, la voz desolada y sacudida de Miguel de Labordeta. En agosto del 51 la pata derecha del pájaro lleva un lazo negro: ha muerto Juan Alcaide Sánchez. También le tienta al maestro Eugenio D’Ors el espejismo a sinfonía bajo el murmullo del árbol donde descansa el pájaro. Se calienta el celo de la gacela paciendo en la garganta de Manuel Pacheco. Lucen los girasoles de Gloria Fuertes que ofrece sus granos al animalillo de paja. Abre su despensa Leyva Fernández. Yo -«piccolo abattino encuadernado en Cuenca»— edito mi vuelo en las alas doradas [3]... Y el pájaro desaparece para siempre en su jaula, que se cierra violenta.

Imposible olvidar al rey Deucalión, lanzando piedras tras su sombra, apenas recogidas, las aguas del diluvio. El monarca de Ovidio y su fábula resucitan en Ciudad Real, en la palma de la mano de Ángel Crespo. Y, como corresponde a un rey, su ropaje será de sedas y oro. Deucalión no es de papel de estraza, amarillo y basto[4]. Deucalión protege magnánimo, con igual deferencia, las artes y las letras. Crespo la cuidará solícito. Nace con un reto. Hay que formar, hacer nuevos poetas. «Reunimos aquí los deucalónicos frutos. Queremos dar a la luz en estos cuadernos todo lo que trascienda sentido salvador. Porque ya están bien cincuenta años de diluvio»[5]. Pero su ropaje será la pulcritud y la elegancia. Vamos, una revolución a la inglesa. Once números trimestrales puntualmente servidos. Los nombres han sacudido desde los cimientos el viejo edificio y la sacudida ha llegado a todos los puntos.

Con la desaparición de estas dos revistas, el panorama se queda como huérfano. Pero la infancia de una generación cobra madurez cuando desaparecen los andadores. Los libros suceden a las revistas y algunos de ellos son autenticas revelaciones al catador de poesía.

Pero no se ha escatimado nada. Y, aun antes de su desaparición, comienzan a salir al aire los huevos del pájaro, a cobrar vida las piedras del rey Deucalión. Nuevas revistas que siguen el carril. Y de igual suerte que las revistas se da lugar a la colección de libros. Como lo haría incansablemente Doña Endrina.

Los huevos de pájaro o las piedras del rey Deucalión


El ave de paja, indiscutiblemente, dejó sus huevos. El famoso rey Deucalión, el Noé de la fábula de Ovidio, lanzó a su espalda las preceptuadas piedras para que de ellas nacieran seres vivos y pensantes. Y se hizo el milagro cotidiano de la vida: de los huevos salieron nuevas aves; de las piedras, los dioses consintieron el nuevo linaje humano.

Bella y diminuta, asomó su coquetería al balcón de la imprenta Doña Endrina, del brazo de Antonio Fernández Molina, maestro nacional heroico de pueblos y villorrios. Su filiación traía origen de la Alcarria, su nacimiento lo registraron en Guadalajara. Y luego, humildes y sinceras, pobres pero orgullosas, Trilce y los Pliegos sueltos, iluminadas por la ilusión de Leyva Fernández y Suárez de Púga. En Barcelona, al borde del mar, con leyenda de personaje homérico, profetizó y adivinó Haliterses, de Calvo Alfaro y Escoda y que pilotamos Alfaro y yo. Y, en Cáceres, Prudencio Rodríguez. Iglesias y Berzosa moldearon el barro y dieron vuelo a Arcilla y Pájaro, de aquí la siembra. De El Pájaro de paja, Deucalión y estas revistas nació la Generación del 51.

Trilce apenas pudo honrar a César Vallejo Trilce. Tan corta fue su vida. Doña Endrina —con su orla de hojas coronando el título que dibujó Madrilley— alcanzó los seis números. Olía a miel de Alcarria, de esa buena miel de romero y flor de monte. Heroicamente nació y así murió. Luego dejó como heredera a una larga colección donde han publicado libro numerosos poetas, en general de poca trascendencia.[6]

Arcilla y Pájaro, que, había aparecido tiempo atrás con poco vigor, se convirtió en su número cinco en una magnífica pizarra a letra y dibujo. Casi diría que fue una antología reducida del grupo, un número de Deucalión con diferente nombre. Allí escribieron sus poemas y dibujaron Mathias Goeritz, Crespo, Pinillos; Lagunas, Fernández Molina. Gregorio Prieto, yo, Requería, Gloria Fuertes, Manolo Pacheco, Félix Casanova, Laguardia, Madrilley, Labordeta, Carriedo y otros, casi completo, a excepción de Muelas y Celaya, todo el grupo de la Generación del 51.[7]

El pajarerismo de Haliterses fue sui generis, digamos que un pajarerismo mediterráneo, con sabor a sal marina. Era, mía, pero quien puso su fuerza y su amor en ella fue Calvo Alfaro que murió en el año 1956. Era una coincidencia que sorprendí en el grupo de Escoda y de Alfaro, que era ya mayor, con su pinta de lord isleño y que se plegó maravillosamente a mi entusiasmo. Haliterses fue un hueco que se intentó llenar, pero que no se logró del todo por mi pronta partida del grupo. Mi intención primera fue, incluso, llegar a un entendimiento entre los poetas de habla catalana y castellana que hubiera sido un precioso paso mirando al futuro de la poesía española, rotas las incomprensiones tontas por las dos partes. Desde luego algún poema en catalán publicó.

Es muy probable que la línea seguida por cada una de estas revistas está más o menos de acuerdo con el trazo propuesto; pero, indudablemente, siempre se procuró una estrecha fidelidad al canon pajarero. Estamos recordando una época heroica donde no pocas veces el silencio hizo de telón espeso propicio a la incomprensión. Fueron años, igualmente, en que aparecían y desaparecían revistas. Casi todos ellas acogieron poemas de esta tendencia. Y es justo referirnos a un poeta. Rafael Millán, que sin procurar ser del movimiento, hizo mucho por él con su aportación personal como impresor o preparador de muchos libros y de casi lodos estas revistas.[8]

Ángel Crespo, Ory, Cela y María Luisa Madrilley
en la galería Buchholz de Madrid en 1948.
En casa de Madrilley y las tertulias de Ángeles

Pombo, el Café Gijón, el Trascacho, Sésamo... en donde poetas y literatos se han conocido y conversado, discutiendo, peleándose y saliendo muchas veces tarifando. Pero esta generación está tocada por otra preocupación más expuesta, casi conspiradora. Por eso desdeñará los cafés y salones. Y tomando simplemente su té y sus pastas en la terraza del piso de Maria Luisa Madrilley, entonces novia y luego mujer de A. Crespo. No puede uno olvidar fácilmente aquellas entrevistas, casi siempre con la prisa del tren en los talones, en donde todos queríamos leernos nuestros poemas.

En torno a un viejo piano y tomando por campo de batalla la casa toda, las tertulias cobran olor de emoción en lo morada de Ángeles Fernández, nieta de ilustre compositor de zarzuelas, ya bastante mayor, y que ofrece generosamente su ático a la pléyade de poetas. Allí se recitó, se habló de todo lo divino y humano, pasaron seres extraños, bailarines, pintores, artistas. Pronto se convierte en el hogar de todos donde todos cuelgan sus cuadros y dibujos y toman el té echados en la alfombra de la sala a la manera mora. Fue como un minúsculo cenáculo parisino. Nace allí la colección de libros de Deucalión, donde Ángeles Fernández misma y Chavarría Crespo dan a conocer sus versos. Ahí se desecha o se admiten amigos; se les da pase o el cierre definitivo. Ilusiones, sueños. Junto a ese viejo, museal piano está la emoción conmovedora de innumerables muchachos que acuden al piso de Ángeles con la esperanza de un espaldarazo.

Hasta que un día se termina todo. Ya se conoce que no hace falta aire. Todo está escalado y gustado... En su sencillez aparente, se han ido almidonando las fatigas de los vulgares contertulios inevitables; el paisaje humano esparce su melodía. Pero allí se habrá consolidado el pedestal y la diestra dura de los triunfadores. Manifiestos y sueños. Se han ceñido coronas de laurel y se han marchitado otras. De todo el bosque de amigos trasplantado y llevado de acá para allá por Gloria Fuertes, quedan ahora hojas otoñales esparcidas por el suelo.

En casa de Ángeles Fernández se hizo belleza; fue la maravilla de un salón que nada tenía que ver con un salón. Se maduraron los últimos números de Deucalión y Doña Endrina, el 5.° de Arcilla y Pájaro. Pero hoy el polvo lo invade todo. El mundo aquel acabó como terminan las cosas de este mundo: perdido su objetivo, las cosas apagan su iluminado interés. Y parten decididas al desván de los recuerdos. Y con la brevedad de las tertulias colgaron sus colores no pocos. Acababan de aparecer, al fin, las cimas de la generación. Ya no eran todos iguales.

Gabriel  Celaya joven.
Gabriel Celaya

¿Cómo diría yo que es Gabriel? Desde luego no es un arcángel celestial, un mensajero divino; quizá un iluminado terrestre, una especie de apóstol social. Su poesía da la impresión de una soledad, masas hirientes, tirantes, animadas por un trascendente y vital lirismo. Parece que tuviera el empeño de desenmascarar a imbéciles y cretinos sátrapas del capitalismo. Hay una imperiosa vocación, un elemental son conseguido por sus asonancias obsesivas. A veces intenta anonimarse en la muchedumbre; mas, por ventura, él en todo momento llama la atención correspondiente con su perfil violento y su inconforme alma.

Celaya fue una especie de astro independiente en el ismo. Traído a la generación como si fuera un precioso hallazgo. Venía, emigrado de la suya porque su canto desbordaba ya. Y es como esos ríos que cuentan sus secretos a los huertos y se escapan siempre hasta dar en su destino final cortado únicamente por el mar y la muerte. Las cosas corno son era muy distinto a todo lo anterior. La prosa cotidiana de la vida alegremente enjuiciará su musa. En el fondo Celaya es un atormentado que quiere disfrazar su sentimiento en la brusquedad del prosaísmo que, a fin de cuentas, viene a ser un inteligente alto en el camino. Socializar, como ahora se dice. No nos podemos detener en sus libros, tan numerosos y desiguales. En enero del 54 publica Paz y concierto en la colección del Pájaro. Hay en él un secreto afán de dar al pueblo un camino único para un futuro previsible y que le lleva a derivaciones panteísticas. Sinceridad ahogada en amargura. Esperanza irónica, refugio de paz en medio de, una música de concierto. Él en el todo; pero él —a pesar de él— en todo momento porque la personalidad no puede jamás faltar y vive y palpita y simboliza el latido universal de la sangre.

Gabriel Celaya contribuyó a proclamar con fuerza la variedad infinita, la gama riquísima de esta generación del 51 que va desde las formas oraculares y cósmicas basta los soterrados fondos del subconsciente, desde los planetas hasta la tierna solicitud de la hormiga. No se le ha hecho justicia como se merece, porque difícilmente fue tan universal el abrazo que los poetas españoles ofrecieron al mundo

...No busco la alegría; busco el terror supremo.

Buena confesión que sirve a las mil maravillas para encender la lámpara. La ruta del poeta, humana hasta sangrar, como una lluvia de lava ardiendo. La musa de Celaya[9] nos trae el recuerdo de un Unamuno atormentado y seco.

¿Acusar al poeta de contertulio de la desesperación? Dios me valga. No es eso precisamente. Él ha dicho: «Cantemos para todos los que, aun humillados, aún martirizados, sienten la elevadora y combativa confianza propia de los plena, hermosa, tremenda y casi ferozmente vivos». Y añade: «No vayamos hacia los demás para hablarles de nuestra particularidad».

Gabriel Celaya es, desde luego, un poeta de los que dejan grabada en fuego su pasión. Por terrenos resbaladizos, ha sabido mantener firme su estatura y contemplar la belleza. En su jardín crecen las mejores flores con los cardos altos y molestos del campo. Celaya es a la generación un extraordinario adorno.

Federico  Muelas en plena Semana Santa
El reino de Federico Muelas

Volvamos ni trio, a la tríada pajarera. Desde luego, no es tierra gredosa la de Federico. De bronce duro y coruscanta son sus versos. Catorce títulos, catorce libros tenía en su haber Muelas a los que enriquece con tres títulos más —Postigo a la sombra, Ardiente huida y El libro de las arengas—, que están de lleno en la corriente. Muelas busca la plasticidad del disparate. Viene a ser como un astro de amanecidas deslumbradoras y roncos atardeceres. Contador y catador de los instantes ocultos, centauro colegial que insistente se pierde en la fronda del hallazgo y luego sale al aire revestido por completo de lirismos acuciantes. Su leitmotiv es el verbo por el verbo, la poesía buscada en la esencia misma de la entrañable palabra:

Acontece
 porque el reloj se para cuando lo dejan solo;
 porque el enterrador maltrata a los murciélagos;
 porque el pez más delgado sortea los murmullos;
 porque la sinfonía apesta a corazón.

Disfruta de veras en la búsqueda de la sorpresa. Para él —conocedor como pocos de la magia del verso— todo obedece a una fiebre de lirismo. Hay que cantar como canta el grillo, simplemente porque está ahí, en mitad del campo y hay que alegrar la noche, perderse en la belleza sin sentido de cualquier dado de la suerte Para eso ha nacido poeta. Quizá nunca, ni en sus ardores más jóvenes, se sintió más a gusto.

¡Ya viene, el vino! Llega como tormenta o toro
por encaladas calles de pausas y de gritos;
ya viene con morados terciopelos cambiantes
y un frío de honda cueva que sacudir quisiera.

No he dicho que otra aglutinante propia de muchos de estos poetas sea una especie de « gongorismo» movido e inquietante, de caliente cosquilleo. Lo vemos en Casanova de Ayala, en Crespo... En Federico Muelas. Oprime en sus manos los cristales que él convierte en preciado diamante con el calor de su fantasía desatada. Lo importante es no dejar el camino:

No apaguéis el instinto desandando lo andado.

...pero la vida manda y se deshacen las cosas. Otras trochas, porque el corazón del poeta es andariego e inquieto, le reclaman. Y deja la aventura que le divertía y a la que no se entregó por completo. De todos modos en la trayectoria poética de F. Muelas, este momento es ciertamente, si no el más importante, sí el más interesante. De esto estamos bien seguros. Muelas es a la generación del 51 lo que Cocteau a la poesía francesa.

Gabino Alejandro Carriedo.
Gabino Alejandro Carriedo: casi un continente

No se sabe con qué carta quedarse u la hora de juzgar la poesía de Gabino-Alejandro Carriedo[10], hidra exultante o llamativo espantajo. Cualquiera tiraría por el camino de en medio, que ciertamente, es el más fácil. En otra ocasión, quizá con música de objetos ásperos, dije de él la temible palabra: «cínico» como si el cinismo pudiera ser algo positivo. Pero ya no me puedo volver atrás; quiere esto decir que a la poesía de Gabino yo le doy el pasaporte de humanidad para que pueda viajar libre por los polvorientos caminos de este, mundo «compuesto de animales». Cualquier saltamontes, renacuajo o pez tiene, lugar en su mundo. Si la sintaxis es su agua y su río o su mar o su música, eso es otro cantar. Busquemos siempre humanidad, que la tiene, y mucha, quién fuera tornero y marino y periodista. El ciclo de la poesía de estos años asoma incesante, en su caligrafía de aristócrata del limo y la chaqueta color ternura: en contacto continuo con la intuición:

Intactos levemente como esa espuma tuya,
los gatos reverencian tu mítica laringe
[11]

Fluir de planta in crescendo, imagen gongorina para volverse llena de pánico cuando canta:

Por eso tiembla hoy la Humanidad cuando habla...[12]

Quizá el propio se defina al decir:

Una rosa pintada puede ser un enigma[13]

Carriedo ha estado inmerso, desde los años cincuenta, en la vanguardia guardando, por otra parte, celosamente los postulados pajareros de los que hizo documento de identidad poética. En el fondo de su obra hay un llanto, un alegato de inconformidad. Sólo con buena fe, porque a Carriedo le vienen muchas cosas, fórmulas en que se disuelve una gran dosis metafísica. Es lo que, visto en una originalidad de signo y forma, sume su mensaje en un pozo de trascendencia de la que todavía muchos no se han dado mucha cuenta. Venga de donde venga, su sarcasmo e ironía, la sátira de Carriedo, sui generis, abre una trayectoria marcada finalmente y, al cabo de los pasos, en lo social y realista.

CARLOS DE LA RICA
Papeles de Son Armadans (La doctrina escondida), Año X, Tomo XXXVII. Núm. CX,
Madrid - Palma de Mallorca. Mayo, MCMLXV pp. XXXIV-XLVIII

V.Carlos de la Rica sobre la Vanguardia poética de los cincuenta (I) y (III)

[1] Tanto Ory como Chicharro intentan dar al pájaro un aire de postismo; pero era tan viva la fuerza misma del nuevo sesgo que el fracaso postista tiene solamente un eco apagado en la construcción sintáctica. Ory, por otra parte, no colaboró más que en el n.° 1. Más adelante volveremos sobre ellos.
[2] Doy aquí juego con los mismos títulos de los poemas de cada poeta publicados en El Pájaro.
[3] De mí poema a Ezra Pound del n.° 10.
[4] Con intención se buscó en la impresión y presentación del Pájaro un cierto formulismo de humildad; el papel empleado siempre fue de calidad baja en contrapartida del empleado en Deucalión cuya impresión y presentación podemos calificar de lujosa.
[5] Del prólogo del n.º 1 de Deucalión.
[6] Así anunció A. F. Molina la aparición de su revista desde las página» de Deucarión 2: «Su propósito es colaborar eficazmente con esas pocas revistas que han dado los primeros pasos por el mundo y empiezan a demostrar que podemos ganar muchos cosas para la poesía. No me importa ni la pirueta, ni la línea recta, sino el resultado, Colaborarán tantos poetas cuantos pongan en mis manos un buen poema o una evidente promesa de redimirse. Ni los hombres hechos ni los deshechos, interesan por ellos mismos. No descarto las posibilidades de equivocarme, pero no tengo otra intención que la de servir a la belleza. Ni una gran popularidad, ni un éxito fácil, importan. Por el momento el afecto de unos pocos es suficiente, más tarde vendrá lo que viniere. Con levantar un nombre y salvar un poema me. considero bien pagado. Nada más basta que nuestro conocimiento sea directo,»
[7] Esta reseña del número fue publicada en Poesía Española, n.º 25 (Enero, 54):... «Esta revista de reducida y modesta presentación hasta ahora, lanza un lujoso número de pliegos sueltos en amplio formato y varias hojas de dibujos, encarpetatado todo ello en cartulina que ilustra Gregorio Prieto. La publicación de Prudencio Rodríguez y Jacinto Berzosa, entra, por sus colaboradores más destacados en esa línea de revistas como El Pájaro de paja, Doña Endrina, Trilce, entre las cuales se adelanta en importancia la manchega Deucarión, de Ángel Crespo, cuyos retrasos lamentamos...»
[8] Es casi nula la aparición de elogios a estas revistas en las reseñas de otras revistas literarias, por eso recogemos alguna alusión que mucho supone en esta concesión. De El Pájaro de paja se dice en el n.º 28 de Correo Literario, pág. 8: «Espléndido esfuerzo el de los componentes de esta empresa, que ofrece en breves cuadernos una muestra del ingenio y la capacidad de los poetas jóvenes. (Hace referencia al n.º 4). Merecen las más positivas ayudas para que persistan en la tarea emprendida, que es digna de loa y ejemplo.» Igualmente se extiende en elogios Correo en su n.º 40, pág. 8; terminando con esta significativa frase: «¿Por qué no hace Carriedo una antología de la poesía moderna?» Refiriéndose Correa Lit. (n.º 23, pág. 8) a Doña Endrina: «.Su contenido (nº 1), desigual y vario, tiene, no obstante, el entusiasmo y despreocupación de la gente moza y de quienes intentan superar estilos y conceptos. En el n.* 58 —Correo Lit.— dice de Deucalión: «Complacidamente registramos el visible enriquecimiento en extensión c intensidad de estos cuadernos (n.º 6) que nos llegan desde Ciudad Real, dirigidos por Ángel Crespo...»
[9] Sabido es que Celaya usa corno heterónimos a Rafael Múgica y a Juan de Leceta. No salen a colación en este trabajo por la sencilla razón de que en el tiempo en que el poeta estuvo metido en estas formas fue el nombre de Celaya el usado,
Para el estudio de su obra, podríamos recomendar varios trabajos. Prefiero en especial, el aparecido en Poesía Española nº 1 en el que se analizan sus poemas magistralmente.
[10] Desde el año 52 hasta el 61, tres libros señalan su tarea: Del mal el menos, Las alas cortadas y El corazón en un puño ya del todo en una nueva corriente de realismo.
[11] Del libro Del mal el menos, poema Mensaje a una mujer, pág. 25.
[12] Poema Teoría del miedo, pág. 53 del libro El corazón en un puño.
[13] Pág. 26 del libro Las alas cortadas.

lunes, 1 de mayo de 2017

Carlos de la Rica sobre la Vanguardia poética de los cincuenta (I) (Papeles de Son Armadans , Abril 1965)


Carlos de la Rica
Vanguardia en los años cincuenta
(Desde el ismo a la generación)
La poesía anterior
Todavía toca consignar un capitulo fuerte de la historia literaria la aparición de un grupo de poetas filiados desde un principio al cobijo de dos revistas: El Pájaro de paja y Deucalión. Y fue esta vez a la Mancha a la que cupo el clarín y la trompeta en lo que se ha dado en llamar «Generación del 51» y yo, simplemente, denominó un tiempo pajarerismo. Una dulce e irónica escoba que intentó barrer la ganga del ambiente, las flores de papel o de plástico de los jarrones más o menos oficiales, quitar la nieve de la roca y de la tierra para que estas aparecieran tal y cómo eran y no de otra manera. ¿Que es el pajarerismo? ¿Qué, la Generación del 51? ¿Es una sola cosa o por el contrario dos distintas aunque ligadas por el tiempo y la tendencia? Intentaré aclararme. Yo, desde luego, opino que este nuevo ímpetu, que esta reciente tendencia era algo más que un simple ismo. Es decir, que el pajarerismo fue superado por la Generación del 51 o lo que es lo mismo, esta desplazó a aquel, dándose en casi los mismos poetas que después, y con el tiempo, alcanzarán su propia madurez o se perderán irremisiblemente.
Indudablemente que la Guerra civil española divide en dos épocas cronológicas las letras españolas. De un lado quedan generaciones y maneras; del otro, una novísima preocupación que más que a la forma en sí, mira a los temas y al fondo y que no obstante, traerá virtuosismo y perfección formal. En la barrera, en la línea misma de esta división coloco, sin dudarlo, a Luis Rosales, a Vivanco. Se entierro, se soterra - mejor -entonces, el surrealismo que volverá —como el Guadiana— a aparecer más tarde en Aleixandre y en el Cernuda exilado cada día más apoteósico y extraordinario, entonces, y hoy ya fallecido. Hacia acá de la línea divisoria, terminada la guerra, la poesía humana de Leopoldo Panero, el preciosismo de Ridruejo. El soneto llega a alcanzar perfecciones garcilasistas: «Como un sueño de amor encaminado». Será un puente de nombres, con sus arcos súdenos, hasta la revista Garcilaso que congregó a poetas de vario empeño acordes en la cadencia del Soneto, alcanzando cimas altísimas de perfección y llegando su empeño a catalanes, en castellano, como Fernando Gutiérrez. Pero la perfección empalaga y hay que huir de ella. Es el eterno afán de las constantes clásicas. Por eso se explica la influencia del versolibrismo de Dámaso Alonso y, quizá su mayor proporción, la de Aleixandre. La oposición de los años cincuenta ha de ser precisamente ésta: el pajarerismo que cristalizará luego en generación. Es tanto corno decir que el ismo fue superado, gracias a Dios, en la Obra Bien Hecha. (Uno de estos poetas de Garcilaso —Federico Muelas— entrará de lleno en el nuevo sentido rindiéndose al ismo. Será una especie de equilibrio y, cuando haya cumplido su cometido, alcanzará otros caminos de inquietud. Como lo han hecho sus otros componentes desembocando los más en la corriente realista de estos momentos).

El pajarerismo
Año histórico para la Poesía de España: diciembre de 1950, fundan en Madrid Ángel Crespo, Federico Muelas y Gabino-Alejandro Carriedo El Pájaro de paja. Y se dejan llevar en fotografía a las páginas de índice, pensativos los tres, las manos mezcladas como si pensaran que en ellos estaba, al fin, la salvación de la poesía. Con once o doce años por delante de este movimiento es más fácil llegar a un juicio acercado a la exactitud.
Estamos en una época en que proliferan las revistas. Los poetas son más numerosos que nunca. Revistas por todas partes. En mitad de ellas aparecen dos distintas, con mensaje inusitado: Deucalión y El Pájaro de paja. Antes han aparecido dos significativos libros de poemas. Es uno de Gabriel Celaya, inconformista y extraño: se titula Las cosas como son. Armará su consecuente revuelo. De Ciudad Real llega a la universidad un muchacho lleno de ilusiones, con una voz intensa, da su libro Una lengua emerge: Ángel Crespo ha empezado a tomar posiciones. Recuerdo mi primer encuentro con el libro. Fue en un viaje a Madrid. Todavía frescos de tinta los versos; en casa de Federico Muelas que me enseña el libro, con apariencias de cuadernillo, como si fuera ya una reliquia, lleno de unción. Ha nacido una nueva poesía.
Tres colores vivifican principalmente la recién estrenada bandera: la ironía, la ternura, la ingenuidad. Cintas de colores unidas por el hilo de1a oculta trascendencia. Allá en América corren parecidos aires; llegan los libros de Neruda que inflamarán no poco. Pero sobre todo, el parecido existe si se leen versos en portugués. Más que de una influencia se puede hablar de una coincidencia. Pero acá la poesía es más europea; no pocas veces desaparecen —incluso— los postulados meramente literarios y poéticos: se piensa en un hombre desamparado y solo. Hay una preocupación social. Y como denominador común la ternura de unos versos que engañan con su traje de ingenuos y que rezuman ironía humanísima de la mejor ley.
En el año 1953 escribíamos en un artículo, firmado al alimón por Florencio .Martínez Ruiz y yo: «Con El Pájaro de paja se inaugura una nueva poesía de mensaje cálido y humos de trascendencia, una poesía de pretensiones paradisíacas de mundos vulgares, la exultación de lo cotidiano —igual que la santidad— al plano de lo poético, una poesía emocional que parte de la carcajada y del ridículo al trampolín de lo institucional e inefable. Lo que sucede es que El Pájaro comenzó riéndose a carcajadas y de repente se quedó muy serio: había acertado un camino y éste era el verdadero y autentico que necesitaba la poesía.
El Pájaro de paja es, sencillamente, una carta o un telegrama urgente casi siempre para las bufonadas de sobremesa. Es pirueta, desgarro si se quiere; algo estridente, chirriante como una golondrina de callejón de pueblo, que esto misino lleva una ráfaga —negra o rabiosamente blanca— de verdad y calidez humanas. Una calidez con los pajonales consiguientes a toda ventolera; con algo de rugido humano encelado, con algo de bostezo. Su temática es la pretendida trascendencia de una humanidad en su doble cara de ternura y de ironía».
¿Era esto cierto? ¿Es esto así? Salvo pequeñas discrepancias que hoy pueda tener con lo escrito ayer, no dejo de pensar lo mismo. Frente a un neo-clasicismo empalagoso y desvirtuado había que oponer el desgarro, la ironía. Frente a una poesía deshumanizada y pura, el humanismo vulgar y corriente del hombre que se rasca porque le pica. Frente al preciosismo y la palabra detonante, el disparate gracioso y los temas con honda v sentida raíz humana. Frente a la pirotecnia de la imagen, lo cotidiano y sugerente.
Su justificación
La Poesía está en trance de estancamiento. No quiere esto decir que haya muerto o agonice, ni siquiera que haya poca calidad. Porque hay poetas buenos. Por estos años, precisamente, está dándose un nuevo fenómeno, el acercamiento de los temas a lo religioso. José María Valverde publica tres o cuatro años antes Hombre de Dios y en los años cincuenta aparecen en tromba los poetas de hábito talar que acaudilla la revista romana Estría. Pero la forma poco difiere en verdad. La influencia de Aleixandre, por otro lado, es tan poderosa que los jóvenes se ven inmersos en ella ahogándose en las aguas de sus versos. Finalmente, el tremendismo hace su aparición y en la vitrina del poema se grita y desespera a conciencia. El existencialismo filosófico, que es su padre, está de moda y se lee a Sartre y a Camus como si fueran profetas de una salvación en rueda. La literatura de vanguardia francesa, sin embargo, no encuentra entre los más jóvenes ninguna voz autentica capaz de interpretarla. Y en el tremendismo, Blas de Otero es la única tentativa con suerte.
Temas religiosos, desesperantes o manidos, se reparten las soluciones y respuestas a la inquietud poética. Pero el problema del lenguaje, del mensaje de la química poética de la imagen y el verso nada importa o no se logra por los caminos del conformismo. He aquí la mayor virtud del pajarerismo, que trac un batallón de iconoclastas e inconformistas y aun irredentos o demagogos del verso. Porque para salvar la poesía del cansancio y la fatiga hay que intentar verdaderos nuevos caminos. Si luego los poetas que han quedado en pie se cuentan con los dedos de la mano no es culpa del ismo y sí de los mismos poetas que han caído o han sido cobardes y abandonado el campo de batalla.
El cambio de perspectiva es insoslayable. Imagen nueva, temas abandonados hasta ahora, un ruralismo latente y preocupado, adquisiciones, huir de la rutina, buscar un vehículo desusado. Medios a su alcance, ciertamente han de ser todos los que bordean la misma inquietud de vida y lo terrible para lo poético es que el prosaísmo ha de ser uno de ellos. El miedo de incurrir en lo mismo que incurrieron los demás destruirá, quizá, los mismos esfuerzos para ser originales. Para redimirse del peso de los viejos no es, precisamente, sacudirse de ellos lo mejor, sino llegar a las últimas consecuencias a las que ellos no supieron llegar. Me aquí, en mi modo de ver las cosas, cuál fue la importación capital de Ángel Crespo. Él fue irrevocable en su frontera y es el más genuino representante de esta generación; su casi creador que hizo dar su do de pecho al ismo y que lo superó librándolo, al fin del mismo pajarerismo.
Las consecuencias de esta lucha no se retrasaron, porque hoy la poesía, consciente o no, bucle de otra forma gracias a esta aportación. Y su novedad nadie será capaz de negarla. Esto es bien cierto.
Ángel Crespo en el Campamento de Robledo
cumpliendo el Servicio Militar.
Los poetas
Sus representantes lo mismo se pueden reclutar en los años cincuenta que en los treinta. Celaya y Muelas son poetas mayores, lo mismo que lo es Labordeta. Existe, desde un principio, un desprecio por los nombres consagrados, lo que cuenta es la obra, el poema que ajuste perfectamente a los postulados pajareros. Y no quiere decir, como es muy comprensible, que todos los poetas que escriben ocasionalmente dentro de la tendencia y han colaborado dentro de estas revistas tengan que ser citados aquí ahora. Ni que los citados más abajo todos sean lo que se dice puntales o importantes.
El grupo más joven está formado por Ángel Crespo, Carriedo, Antonio Fernández Molina, Casanova de Ayala, Manuel Pacheco y yo. Luego añadiremos a Leyra, Fernández, Arroyo, Fuga, Ángeles Fernández. Prudencio Rodríguez, Iglesias, Fernando Calatayud, Gloria Fuertes y Chavarría Crespo. No se admitirá a otros, aunque vengan las rencillas. Dirá uno de estos rechazados: «... la cotidianidad, la ruralía, el hastío y el aburrimiento son musas que encandilan a estos poetas».
Pero no se hacen las cosas por arte de birlibirloque ni por generación espontánea. El movimiento ya se percibo en un poeta manchego, maestro de escuela, al que Ángel Crespo tuvo una devoción especial: Juan Alcaide, muerto poco después de los primeros brotes pajareros. A esto, arrimar el automatismo de Neruda, los últimos escarceos surrealistas de Labordeta. Juan Alcaide es ciertamente un poeta ruralista, por sus temas y por su extrema expresión.
Ángel Crespo va a definir las características que conglutinan a todos estos poetas: «En lo humano un desprecio absoluto por las buenas posiciones literarias y las consagraciones oficiales». Es una protesta a una preconcebida y consagrada oficialidad en aquel entonces madura en los congresos a uno de los cuales —el de Salamanca— asistió el propio Crespo.[1] Y no se buscará ninguna cima, aunque en la realidad ésta se ve pronto.
Hay una preocupación: «...hacer la poesía que exige nuestro tiempo con sus problemas, angustias, alegrías y descubrimientos peculiares».[2] Existirá asimismo una tendencia hacia lo pictórico digna de anotarse a la hora de la consignación total.
La procedencia de estos poetas se centra en la Mancha principalmente; pero esto no excluye otras aportaciones más o menos pasajeras. La cordialidad y amistad de estos poetas será interesante consignarla en la correspondencia epistolar. Yo conservo una buena e importante colección de cartas con opiniones, muchas veces de unos sobre otros.
Nace la tendencia con el propósito decidido de salvar la poesía. Como todos los movimientos revolucionarios, con más o menos extremismo. Y llega a engendrar una obsesión, por otra parte no exenta de sinceridad auténtica. Y, en algún caso, de pedante petulancia.

El triunvirato
Recuerdo, con verdadera ilusión todavía, el pase o carta de presentación que Federico Muelas me dio para Crespo. Decía: «...con Carlos de la Rica, además de presentación de uno de nuestros fieles devotos, de los que saben que Deucalión, E1 pájaro, etc., han introducido una nueva manera poética llamada a desterrar todos los modos y modas en uso para desprecio de la verdadera poesía. Es seminarista y ha fundado en Barcelona una nueva revista. Yo quiero que pilote aquí [en Cuenca] Gárgola, un título más en la serie pajarera... A mí me interesa sobremanera que a un mundo religioso vaya llevando día a día nuestras creencias estéticas. Repito que es uno de los más fieles de esa generación de hombres con cara de niños —como Fernández Molina— que son los auténticos enfants terribles salidos de los monstruos que afortunadamente Gabino, tú y yo somos». Creo que merece la pena la cita. En cierta forma, aquí está definido un gobierno, un triunvirato, y el pensamiento sincero de, al menos, uno de los componentes del trío rector del Pájaro. La tríada del pajarerismo, está en marcha. Ya decíamos Martínez Ruiz y yo en aquel artículo aludido: «E1 Pájaro pía y chirría fundamentalmente por esa tríada que tiene al notar común de la ironía, de la ingenuidad y de la trascendencia sugerente».
La brillante carrera de los tres capitostes, de los tres directores de la revista, se ve jalonada por el triunfo y el escándalo. Y no puede hablarse de un agotamiento posterior y forzado porque hayan desaparecido después de la poesía como tal triunvirato. Fijándonos bien, cada uno buscó su otro mundo y él se lo gobierna y rige. En cada época los poetas juegan sus dados colectivos o solitarios, su cara o cruz; en esta edición del 51 la geografía se va delineando poco a poco. Aparece primeramente formando un solo continente, compacto. Después se van desprendiendo los unos de los otros y cada uno hace florecer o aparecer su propia launa o flora. No fue muy numerosa la generación en nombres. La tríada se presenta con un afán de renovar, de dar nuevos y terminantes cauces a la poesía. Cada uno de ellos tiene su recia y sonora personalidad independiente, si bien se mira y se estudia. Federico venía con una experiencia brillante, aureolado de triunfos, sonetista admirable, delicado canzonetista, profundo poeto. Ángel Crespo era la virginal transparencia recién estrenada, la fuente que a borbotones origina el arroyo y la corriente. Él, como Muelas, dio origen al lago interior del continente, dio agua fertilizadora. Gabino-Alejandro Carriedo, pasión huracanada, descargó su precioso líquido en el ritmo, en la cadencia, en el sonido cantarín del agua: y su poesía engrosó igualmente el lago. Después, cuando ya la baja meseta central estuvo llena, despertaron los tres, ríos distintos, copiosos y jugaron a escaparse de nuevo. Federico se marchó a otro mar, Ángel y Carriedo caminaron paralelos —lo hacen todavía— hacia la opuesta vertiente.
Gabino-Alejandro Carriedo es un lírico de la sintaxis. De otro lado, hay en él una preocupación soterrada por lo trascendente. En sus correrías de bares y tertulias dejará asombrados a los que le lanzan el desafío del soneto.[3] La influencia de los poetas brasileños le une al navío de las recientes consignas. Traduce y vive aislado en su barba de landrú cuidando la jaula del Pájaro. Es arrollador y pendenciero. Publica Del mal el menos. Hay en él algo de angustia, adobada —eso sí— de una cierta ironía. Se estremece uno ante el proceso revolucionario que siempre, en último instante salvará la poesía. Descarnado, partiendo de lo vulgar, combatiente, desconcertante, llegó a un inédito o poco buscado o gustado.
... no entiendo que hay un hombre sentado en esa puerta ni que hay peces por dentro de los ríos...
Se llega a planos insospechados donde el péndulo marcha veloz o lento, desmintiendo lo recién declinado, afirmando o negando según a pelo venga.
Y aquí tenemos a Ángel Crespo con sus calidades telúricas, sangre y grasa y barro para pintar horizontes y hacer brillar soles, disimulando la emoción. Una lengua emerge. Bien lo pudo decir. El valor surrealista se ha polarizado en un ruralismo sin engaño y sincero. Crespo es un poeta telúrico. Lo lie dicho en alguna ocasión: «Un nuevo Anteo. Crespo es el nuevo Anteo que de la tierra recibe fuerza, pero de una tierra desnuda y pura, tierra trigueña y con hombres con sus problemas y su mensaje».[4] La Tierra será el terciopelo que sirve de alfombra a las palabras mágicas de Ángel Crespo.
Tampoco se queda en sus nubes Federico Muelas. Pero Federico ama las cimas altas y las selvas. .Sus versos serán, unas veces, como los bosques de pinos interminables; otras se extenderán buscando un especial paraíso donde las palabras lo .sean todo, tengan valor de universo. Lógicamente su puesto no debía estar aquí; pero él tiene el alma a punto, siente la necesidad del inconformismo y la protesta. Vocea sus arengas, escribe sus virulentas subversiones, acarrea -como una necesidad biológica— todo lo que de reciente crea su expresión.
Este es el trío. Y en ellos, en su anarquía de apariencias, en su juego civilizado y fino, donde no son neutrales ni la ironía, ni el sarcasmo, brotan todos los juncos y flores más extraños. En el último proceso, la fuerza misma de su vida los dislocará y echará a andar sus trochas distintas. No importa, porque los años cincuenta son suyos y nadie se los disputará.
«El Pájaro de paja» y «Deucalión»
«Con puntualidad llega un pájaro de paja a golpear los cristales del balcón. Pájaro de alas plurales -tiene seis-, se planta, descarado, ante nosotros y se pone a cantar su canción de letras». «Ya su voz acuden los poetas por senderos entre campos amarillos a punto de siega, con la espiga sumisa que se le ofrece, y ellos, ironía, cuando decantan el mejor grano de espíritu y se sueltan al azul convertido en ave lírica, le dicen al filisteo que es paja, solamente trenzado crujiente y áspero lo que destella tornasoles». Así saludó Tomás Borras la aparición de El Pájaro de paja en el diario Pueblo. Yo creo que muchos tomaron a broma, broma descarada, el nacimiento de esta revista. Con El Pájaro se pretendía otra cosa: volver por los fueros de algo muy elemental, la autenticidad. Y, como en el reinado de Isabel y Femando, podríamos ya decir que tanto monta una como el otro, es decir, tanto monta El Pájaro como Deucalión. En cambio por ser el pájaro ave volandera lo tomamos por bandera inevitablemente.
CARLOS DE LA RICA
Papeles de Son Armadans (La doctrina escondida), Año X, Tomo XXXVII. Núm. CIX,
Madrid - Palma de Mallorca. Abril, MCMLXV pp. II-XVII

V. Carlos de la Rica sobre la Vanguardia poética de los cincuenta (II) y (III)

[1]  Ocurrió allí una graciosa anécdota que relata Correo Literario en su número del 13 de agosto del 53, nº 78: «Uno de los congresistas (Montesinos), sitiándose gracioso, le preguntó (a Crespo) con aire ingenuo: « ¿Deucarión es una revista de poesía o la marca de un insecticida?» A Crespo le hizo tan poca gracia la ingeniosidad que respondió así: «No vas desencaminado: es un insecticida de lo mala poesía... Y habrás observado que no te la envío. Agradécemelo».
[2] Pertenecen estas palabras a una entrevista que se le hizo a Crespo en Mandarra y que firmó Rebordao Navarro. Era ésta una revista portuguesa de tono menor, pero muy adicta al movimiento pajarero.
[3] Recuerdo vagamente la anécdota ahora. Molestado Carriedo porque haría versos sin rima, hizo un soneto del ciclista en menos tiempo del que el propio se había señalado. Ocurrió esto en una tertulia y creo que lo relató Julio Trenas en una de Sus habituales crónicas.
[4] Cuadernos Hispanoamericanos -Mitología del hombre Crespo- nº 148. págs. 112-15.