lunes, 13 de marzo de 2017

Cristóbal Serra y la necesidad de un nuevo canon en la literatura española.



EN EL LUGAR MÁS OSCURO DE LA BIBLIOTECA 
Algún día la historiografía literaria española —de por sí bastante conservadurista— deberá replantearse la cuestión del canon. Dicho de un modo menos pedante, deberá revisar qué lecturas del pasado merecen la pena seguir prescribiendo en nuestros días, quiénes son los autores que han de continuar ostentando la condición de clásicos y cuáles, por el contrario, deben caer del pedestal que durante muchos años han ocupado. Y tendrá que considerar, en fin, qué escritores han sido injustamente olvidados por la inercia y la rutina de los programas y los planes de estudio.
Para un profesor de Literatura, la cuestión no es baladí. Desde hace unos años los pedagogos, especie por cierto de la que nada nos dice  —y es bien extraño—  el anticanónico Cristóbal Serra en sus viajes al país de Cotiledonia, se están encargando de amargar la vida a estudiantes y a profesores; a los primeros, porque han conseguido reducirles al mínimo sus conocimientos, y a los segundos, entre los que me cuento, porque observan cómo el saber, al igual que el aceite de ricino, se administra cada vez más en pildoritas, como decía el viejo don Hilarión, de suerte que no es que los árboles no dejen ver el bosque sino que las ramas y las hojas ya no nos dejan ver ni siquiera los árboles.
Para ser justos, no toda la culpa es de los pedagogos. A los filólogos, a los críticos y, en general, a los profesores de Literatura les es atribuible buena parte de esa culpa, pues en lo que les compete, es decir, en la planificación de los contenidos de la asignatura o en la revisión del canon se muestran incomprensiblemente reticentes a cualquier cambio. A esa revisión debería haberles empujado el libro de Harold Bloom, The Western Canon (1994), aunque los motivos que inspiraron al crítico norteamericano para escribirlo fueran de naturaleza muy diferente. En su caso se trataba de combatir el relativismo posmoderno que empezó a cundir, a fines del siglo pasado, en las universidades norteamericanas gracias a corrientes como la ginocrítica, los Queer Studies y otras parecidas.[1] Con esto no quiero decir ni mucho menos que el repertorio de nuestros clásicos haya de sufrir una modificación radical; bastaría con hacer algunos cambios.

Mi propuesta no es revolucionaria sino meramente reformista, como se entenderá por algunas pequeñas calas en el programa universitario de Literatura española antes de abordar el caso Serra. Por ejemplo: ¿por qué seguir atormentando a los estudiantes con la lectura obligatoria del insoportable Laberinto de Fortuna, de Juan de Mena, cuando se pasa por alto la magnífica poesía del rabino de Carrión, Don Sem Tob, casi contemporánea y de una mayor influencia en la poesía posterior, véase Antonio Machado? ¿Por qué dedicar tanto tiempo al erial que, desde el punto de vista imaginativo —y que me perdonen los dieciochistas— es casi toda nuestra literatura neoclásica, cuando se podría aplicar con mayor provecho a penetrar en la riquísima e inabarcable de los siglos de oro?
El problema no desaparece en tiempos más cercanos; yo diría que aumenta, incluso, pues a los criterios pseudoestéticos o a los intereses de los especialistas se han sumado los de carácter ideológico. Hay escritores que, debido a su filiación política derechista, llevan disfrutando de una larguísima temporada en el infierno. Es el caso de Eugenio d’Ors, cuya monumental obra, llena de títulos tan sugerentes como Jardín botánico u Oceanografía del tedio, apenas interesa a unos pocos. Otro tanto podría decirse del ya maldito Josep Pla, tal vez el mayor prosista de la literatura contemporánea de España; digo de España, porque en este caso nuestro canon literario tendría que haber demostrado flexibilidad bastante para abarcar la literatura escrita en las otras lenguas del Estado. Por cierto, que la miopía de nuestros dirigentes, nacionales o nacionalistas, da igual, ha olvidado la capacidad vertebradora del país que poseen esas otras literaturas que se han desarrollado en contacto permanente con la castellana, desde Alfonso X a Rosalía de Castro y Castelao, o desde Ramon Llull a Pere Gimferrer, pasando por Santiago Rusiñol o Llorenç Vilallonga. Ya en los años cincuenta el poeta Leopoldo Panero —tan marginado también por causas políticas— abogaba por la implantación de la literatura catalana en la enseñanza media. Por supuesto, nadie le hizo caso ni entonces ni luego.
No todo es achacable a la política de bajo vuelo, sino que hay también motivos de orden estético, aunque sean igual de mostrencos. La tradicional caracterización de la literatura española como esencialmente realista ha hecho relegar al olvido a aquellos autores que se decantaron por la vía fantástica o, como diría nuestro autor ahora homenajeado, quimérica. Ciertas obras de Wenceslao Fernández Flórez, Álvaro Cunqueiro o Juan Perucho en nada desmerecen de otras que han gozado y siguen gozando del aprecio general por mor de sus valores hiperrealistas, tremendistas o social-realistas.
Algo parecido podría decirse del escaso valor que se le ha dado a la corriente del humorismo blanco que entre nosotros tiene en Jardiel Poncela a un representante excepcional. Pero lo cierto es que la explicación ideologizada de la literatura de posguerra ha primado a los autores comprometidos, en detrimento de quienes apostaron por otras opciones, a estas alturas no sé si más o menos éticas, aunque daría igual porque el arte no es cosa de moral.
La discriminación se advierte incluso en un mismo creador, como Rafael Sánchez Ferlosio, cuyo maravilloso Alfanhuí ha quedado eclipsado por El Jarama, acaso sobrevalorada más de la cuenta, como el propio autor ha reconocido más de una vez. Escritores insobornables al falso brillo de los círculos literarios, así los novelistas Miguel Espinosa —cuya insólita Escuela de mandarines reivindicara hace años el viejo profesor don Enrique Tierno Galván— o Ángel Vázquez, autor de la no menos insólita La vida perra de Juanita Narbona, los poetas Carlos Edmundo de Ory y Rafael Pérez Estrada, o el dramaturgo Miguel Romero Esteo, son contemplados como bichos raros y la historia de la literatura aún no los ha asimilado como merecen.
Viene esta ya demasiado larga disquisición a cuento de la obra singularísima de Cristóbal Serra, uno de los raros más ilustres que forman parte de ese heterodoxo canon o, por mejor decir, anticanon de la literatura española contemporánea. Como afirma Basilio Baltasar en el Prólogo a su obra completa, reunida bajo el bello título de Ars Quimérica, Serra pertenece a «ese linaje de autores que, desde siempre, han escrito para el espíritu», y escribir para el espíritu es escribir para uno mismo. Difícil, en efecto, explicar una obra que no encaja en ninguna de las tendencias con las que los historiadores suelen clasificar el panorama literario de los últimos cincuenta años.
La lectura de los relatos, colecciones de aforismos y libros ensayísticos de Serra lleva implícita una hermenéutica de la literatura en sí, basada en unos pocos pero firmes principios. En primer lugar, el cuestionamiento de la literatura cuantitativamente grande, es decir, aquella basada en la extensión y la desmesura y, por el contrario, el aprecio gracianesco de lo breve como la esencia misma del escribir. «La brevedad de los asuntos literarios es mi sino», declara Serra al frente de su primer libro, Péndulo y otros papeles (1957).
Hay en el mallorquín una desconfianza innata hacia la literatura de gran tonelaje y, en especial, hacia la novela, muy similar a la que Josep Pla, con el cinismo que lo caracterizaba, expresara en uno de los momentos más inspirados de su Quadern gris, cuando afirma que «la novela es la literatura infantil de las personas adultas». «Estoy por lo corto en literatura —escribe Serra en otra ocasión—. Hasta los libros inspirados los prefiero cortos: Jonás, la Epístola de Judas». En ocasiones la sintaxis de Serra se cruza con la greguería ramoniana, pasada por la frase lapidaria a lo Juan de Mairena: «La refitolera crítica, por mostrarse delicada, niega a Balzac el estilo. Ganas de quitarle el mostacho al mosquetero. Con su falta de estilo, si queréis, abrió cerraduras que otros, con ganzúa de oro, no supieron abrir».
Pudiera afirmarse que toda la obra de Serra es una apología de la literatura aforística, sin duda una de las más jaleadas en los tiempos posmodernos por ser el perfecto correlato de las cosmovisiones fragmentarias que huyen de los planteamientos absolutos: «He buscado en la literatura con una curiosidad insaciable el aforismo perfecto. De acuerdo con mis exigencias, éste tenía que producir convulsión inmediata, como esa clara de huevo que a la histérica le da una sacudida. Yendo así en su búsqueda, lejos de encontrarlo, he dado con diversos tipos de ellos. He conocido entre otros: el aforismo-huevo, el aforismo-peladilla y el aforismo-ova de mar. Este último, más bien áspero, raspa la piel de quien con él entra en contacto». Reivindicación de lo breve y de lo vulgar, cuyos primores —como su comediterráneo Azorín— descubre a cada paso: el higo seco, el asno, el barro, la golondrina…

En segundo lugar, Serra otorga a la imaginación el papel estelar de la creación literaria. Se trata de una imaginación que vuela o, por mejor decir, se despliega mediante una de las modalidades narrativas más apreciadas por él, la del viaje a países imaginarios: una tradición que se remonta a Luciano de Samósata y que culmina en uno de los autores más admirados por él: Jonathan Swift. Como escribe nuestro escritor en uno de los libros de su última época, «el viaje de aventuras ha servido de pretexto para una crítica de la Humanidad, porque todo gran libro es un anticipo del Juicio Final y porque ningún recurso mejor que el viaje para dar a conocer cómo son los hombres» (Biblioteca parva).
El país imaginario del mallorquín es Cotiledonia, al que realiza un primer viaje en 1965 y un segundo en 1989. Tiempo suficiente para observar cambios en una nación que guarda mucho parecido con España, un ameno territorio poblado de oniritas, babirusas, panas, marimondinos, escotillones, furios, osillones, dobeítas y bilibús, que creían que «los disparates son más divertidos que las verdades», pues sólo desde lo disparatado y absurdo puede hacerse una crónica certera de aquellos tiempos oscuros, dominados por «los que quieren ver ahogado todo conato de superación».
Pero la alegoría es también trasladable a épocas posteriores. Serra regresa a la antiutópica Cotiledonia muchos años después, en 1989. El país cotiledonio había cambiado no poco, incluso en los nombres, pues la capital Marimonda había pasado a ser Marimala. A los diversos tipos de cotiledones que había catalogado en el primer Viaje se unen ahora los orbicentros, los cielites, los masoniegos, los tristatijeras, estos últimos caracterizados por su culto a la caja tonta: «En la pensión donde nos alojamos, hay más de una ‘tele’. Si una es estridente, la otra lo es más. Una de ellas, la de mayor pantalla, muestra casi todas las noches sangrientas peleas de gallos, a las que siguen batallas campales del parlamento tristatijeril» (Retorno a Cotiledonia). Otros, como los quemaones «hablan el basconulio y pertenecen a la raza basconul». Y por todas partes dominan los bobolinos, entre los que destacan los bocarones y los sonatos, que han llevado al lenguaje a extremos eufemísticos intolerables: «No dicen conflicto, sino contencioso. No dicen saltar de un tema a otro, sino extrapolar. Usan la palabra ‘carisma’ sin sospechar que viene de la teología. […] Tengo observado que, si les da por ser ‘progres’, rehúyen la palabra ‘mentira’, a la que reemplazan por el circunloquio ‘distorsión de los hechos’».
En tercer lugar, el humorismo, más de factura inglesa que española, es inherente a la sátira que todo viaje imaginario implica. Tiene la sátira de Serra un indudable origen menipeo o lucianesco —como arriba se indicó— y su extraordinario Diálogo inverosímil, en el que debaten el Asno, la Literatura y un Historiador en una Biblioteca, pertenece a la misma familia de la gran literatura dialógica del Renacimiento, El Crotalón, pero también se entroncan con el género de las misceláneas, Silva de varia lección, de Pero Mexía, o el Jardín de flores curiosas, de Antonio de Torquemada, sin duda la de mayor interés e inspiración narrativa.
La lectura de Serra es una buena guía para disfrutar de buena y desconocida literatura, a veces con criterios que transgreden la insoportable political correctness con que los progres y menos progres de Cotiledonia nos flagelan a diario. De ahí su defensa del católico Paul Claudel, cuyo drama El zapato de raso mandó versionar el ministro Fraga Iribarne nada menos que a Antonio Gala, aunque tal vez el escritor cordobés de Brazatortas haya borrado tal mérito de su currículum: «A Claudel, hombre combativo, le cogieron fila los que cierran filas ante ideas que no comparten. […] Le presentaron como el representante del estilo macizo y molicio, pero el lector imparcial discrepa de tan gratuita aseveración. Siempre que he leído a Claudel se me ha antojado sabrosa lectura. No en balde era amigo de la chanza rabelesiana y de la filosofía gustosa de los sabios chinos» (Con un solo ojo).
El narrador se declara devoto discípulo del maestro y preclaro asnólogo Augurio Hipocampo, que le orienta en lo que a lecturas se refiere. Su Biblioteca parva es una buena guía para adentrarse en la literatura más anticanónica y hoy no poco despreciada: las Parábolas y ficciones, de Chuangsé; el Apocalipsis de San Juan como santo y seña de la Biblia, cada vez más desconocida por las jóvenes generaciones, a los que les es así vedada una de las inagotables fuentes de inspiración literaria para Occidente; la Filosofía oculta, de Cornelio Agrippa; la prosa extraordinaria de fray Luis de Granada, ya tan apreciada por Azorín; la Política de Dios, de Quevedo; las Fábulas, de La Fontaine;  Blake, Melville, Bloy, Laforgue, Maeterlinck…
Son todos libros «que hablan con elocuencia y no gastan demasía de palabras», siguiendo el principio irrenunciable de la brevedad y que, en tiempos como los actuales, en que el ruido nos inunda por doquier y cualquier mindundi, especialista en totología, se permite sentar cátedra con su verborrea incontinente en las tertulias políticas, nos dejan un ejemplo de contención aún más valioso. Los libros de Serra seguirán arrinconados mientras la intelligentsia literaria del país siga aferrada a los viejos prejuicios y a los gustos caducos. No importa, porque —como el mismo autor nos declara— «no por arrinconados, menos nos hablan los libros. Por muy ocultos que estén, en el lugar más oscuro de la biblioteca, nos refieren secretos del hombre, gustos, manías, caprichos…».

La Sociedad del Asno Bermejo, Homenatge a Cristóbal Serra, (1922-2012), Estudis Baleàrics (IEB) 104, Institut d´estudis balearics, Palma, 2014, pp. 13-17.



[1] En mi opinión, hoy, además, habría que llevar a cabo la revisión del canon de Bloom, escandalosamente escorado hacia la literatura anglosajona, con manifiesto desprecio hacia las periféricas, entre las cuales la española, pero sobre todo la literatura rusa, cuyos grandes autores apenas se mencionan y consideran en las páginas de este tan celebrado ensayo.

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