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sábado, 18 de enero de 2025

"El triunfo de la imaginación" de José María Castroviejo (Baleares, 28 de febrero de 1963)

 


El triunfo de la imaginación

HACE unos años que se puso de moda, de torpísima moda, el arremeter contra la imaginación, esa gran facultad del alma, que es tal vez el mayor regalo que Dios ha podido hacer a la criatura humana. Toda la literatura denominada despectivamente imaginativa, fue puesta, no en cuarentena, sino en confinamiento, que aspiraba a ser definitivo. Aunque nada, como se sabe, es en esta vida definitivo. Pero sucede que, y precisamente ahora, la gente, la pobre gente de hoy, empieza a darse cuenta de que el mito del progreso indefinido de nuestros abuelos, amenaza no solo con estallarle entre las manos y dejarle por tanto sin manos, sino también en dejarla sin alma y resulta que aún hay quien no se resigna a perder de todo el alma. Víctor Hugo, aquel mago decimonónico, que en el fondo abominaba de muchos mitos de su gran siglo, dejó escrita una hermosa verdad, que dice: “Un hada está escondida en todo cuanto ves”. Por ello no ha mucho que en Kiel supieron reunirse más de trescientos amigos, y estudiosos de toda Europa, de los cuentos de hadas para oír entre otras cosas, a una maravillosa señora que encantó al auditorio, relatando con bella memoria y voz, ciento cincuenta hermosísimos cuentos de hadas. Parece iniciarse una feliz alborada, en la que el mundo harto de bombas atómicas, de monstruos de tontos que se daban y degenerados de toda laya, vuelve hacia un limpio estilo, que es el ala blanca de la feliz imaginación, para reivindicar la gracia que tanta falta nos hacía. Gracia sin la cual no se hubieran producido ni la Odisea ni el Quijote, por citar solamente dos obras egregias en las que, por cierto, se demuestra que imaginación no significa necesariamente pugna con el realismo. William Blake ha dicho aquello tan profundo de la “La imaginación es el hombre”, y Lord Dunsany el gran recreador irlandés, el gran imaginativo, nos supo ofrecer la bellísima enseñanza de que “Maravillarse en el hombre es santidad”, mientras, Julien Green, por su parte, acaba de insistir sobre “La necesidad de imponer el sueño y la alucinación a la realidad, como al tuviese contacto con lo eterno”. Traigo esto a capítulo porque Álvaro Cunqueiro, el gran imaginativo, el gran fabulador, que en tantos aspectos puede emparejarse con Jorge Luis Borges, nos acaba de ofrecer el regalo de otro hermosísimo libro Cuando el viejo Sinbad vuelva a las islas, que primeramente vio la luz en lengua gallega, y que Editorial Argos presenta ahora en castellano, en edición, por cierto, primorosa.

¿Quién no se ha maravillado con las tribulaciones, naufragios y aventuras de aquel maravilloso Sinbad el marino, que recorrió “todos los mares que el sol alumbra”? El relató que de sus siete viajes hace la gentil Scheherezade al sultán Shahriar otras tantas noches, es uno de los mayores encantos de esa linterna mágica que se llama precisamente Las mil y una noches, Álvaro Cunqueiro, nuestro gran recreador de mitos, no podía permanecer indiferente a la tentación que representan la gnómica y la fantasía del fabuloso marino de Bagdad. Si “Mythos”, siguiendo a Mircea Eliade, es también narración, he aquí a Sinbad encantándonos a través de la estupenda prosa cunqueiriana, como supo encantar definitivamente a través de la dulce voz de Scheherezade al sultán cruel e implacable.

Por las islas de Las Cotovias —¡qué bello pretexto!— que el pequeño y fiel Sari negaba, sale otra vez al gran mar el viejo Sinbad, maduro y sereno como un patriarca, constelado de experiencias y saberes, de casos y de cosas, en el hermosísimo relato que hoy nos brinda, como el mejor regalo, Álvaro Cunqueiro. Una nostalgia de ronseles, de caracolas fabulosas llenas, de rompientes, de trozos de cable, de continentes tostados, de canela e ilusión, que es como un maravilloso atlas mágico desenrollado y goteante del mar. Páginas, ¡ay!, cortas para nuestra ansiedad. ¡Ahí y tierras inexistentes, que nos tiran, con la marea, del corazón, como “Reino Doncel”, más allá de Trapobana, porque “hay tierras que solo son memoria”.

Sari, Abdalá el ciego, “vigía y dedo pulgar de Sinbad”, Monsaide, el Cangrejo, Venadita, la de la memoria de sed... Todos los muñecos que rodean a Sinbad, en conversas o reposos, en viajes o naufragios, quedan ya prendidos en nuestro recuerdo por la magia evocadora del autor de Merlín y Familia que vuelve a ofrecernos el don de un claro y acuñador castellano perfecto. Tan perfecto como la inmensa melancolía final, cuando Sinbad, ciego es guiado por la fiel mano del otro ciego Abdalá.

El corazón del viejo piloto, ya entre nieblas late todavía con el recuerdo alucinante de la plata o el oro del mar, de las estrellas que se funden sumisas y exactas en un solo grito, de las galernas y los naufragios en un alba de desolaciones, de las arenas emocionadas que brillan, de la tentación indescriptible del límite y de las descubiertas…

Pero los que lo quieren, quieren la paz para el viejo marino: por eso el también anciano Monsaide no deja que Arfee el Moro, cuente a Sinbad la nueva de la nave “Venadilla”, que acaba de mojar quilla en la alegría verde de la mar.

—¡Qué tenga paz!

—Tienes razón. ¡Qué tenga!

La paz nos llega también, salado presente al espíritu aglobado de nuestros días y nuestras noches, con todas las páginas ejemplares del libro, que nos recuerdan al oído de la perfección de los versos de Mallarmé, de vuelta de todo intelectualismo retórico, tantas veces citados y nunca suficientemente repetidos:

La chair est triste, hélas! et j'ai lu tous les livres.

Fuir ! là-bas fuir! Je sens que des oiseaux sont ivres

D'être parmi l'écume inconnue et les cieux!

 

(Copyright PYRESA. Prohibida su reproducción)  

José María CASTROVIEJO, Baleares,  28 de febrero de 1963, p. 16.

martes, 5 de diciembre de 2017

Dos artículos de José María Castroviejo sobre los hongos y sus propiedades [“Los hongos en Galicia” (ABC, 25 de noviembre de 1958) y “Los hongos alucinógenos” (ABC, 10 de octubre de 1965)]


LOS HONGOS EN GALICIA
Una riqueza sin amigos
EN el otoño de la mano llena se condecora el epitafio técnico de las criptógamas con la fantasía multicolor —flores de otoño sobre la breve tierra— de los exquisitos y breves hongos.
Bajo la cúpula de los castaños frescantes, el arpa eólica de los pinares, la intimidad augural de las robledas o la esmeralda, intacta como un crisoberilo de los prados. Toda una larga teoría de oscuras y deslumbrantes plantas entonan y enjoyan la geonutricia de nuestro Finisterre. “Lepiotas proceras”, campestres sombrillas, gratas al romano de suculenta mesa, robusto cuello y quiritario gesto; “cantharellus cibarius”, amarillo grito en forma de copa —del “cantharos” griego—, insuperable compañía para un buen estofado o un revuelto de huevos; “psalliotas campestris”—cultivadas con amor por los franceses—, comunes a todos los guisos; “boletus aerus” y “edulis”, reyes por derecho propio de la gastronomía; “clitopilus orcella”—sombrero ladeado, en el académico griego pedante—, con su exquisito olor a fina flor de harina; “lactarius deliciosus”, que exudan sangre al ser cogidos; “russulas virescens”, que se deslíe bien en el paladar, con un íntimo sabor en el que cabe toda la ecuación del bosque... Pero, cuidado.
Riesgo y ventura
El monje Planudio cuenta cómo Esopo, cuando era esclavo de Xanthus, filósofo griego, fue por éste encargado de preparar la mejor mesa posible para sus amigos dilectos. El contrahecho fabulista tan sólo presentó lenguas, aunque, eso sí, adobadas del más perfecto modo al que podían alcanzar las culinarias artes. Ante los reproches de su amo, respondió Esopo que, a su recto juicio, la lengua era lo que había de mejor en el mundo; órgano de la verdad y de la razón, permitidora de toda clase de relaciones con los semejantes al “homo sapiens”, sin ella no podrían tener existencia cabal ni civilización ni ciencia.
Rezongante y confuso ante la réplica, Xanthus, que no debía ser ajeno al fino humorismo, le pidió para el día siguiente un banquete a base de las peores especies. Tranquilamente Esopo preparó otra larga teoría culinaria de lenguas. Eran, le dijo, lo peor de las cosas, ya que de ellas proceden todas las maledicencias, infecciones y guerras. No sabemos lo que le contestó Xanthus, pero sí sabemos que esto es perfectamente aplicable a los Agáricos, primera noble familia del orden de los “Basidiomycetos”, y, dentro de ésta, al alucinante género de los “Amanitas”.
Ya el romano Claudio, Emperador, halló la muerte por habérsele mezclado arteramente a su hongo predilecto —la “amanita caesarea”— trozos de la “muscaria”, de bello sombreo rojo salpicado de blancos manchones —grato cobijo para los nórdicos enanos de los cuentos de Grimm, que los “Christmas” han popularizado en mil postales—, que solapadamente brota vecina en la otoñada de los bosques. Por cierto que en el Norte de la Siberia y en Kamchatka los indígenas preparan y comen en el largo invierno la “amanita muscaria” previamente desecada y reducida a rollos, que engullen con salvaje gula. La “muscarina” fue el hongo guarda; actúa como un excitante salvaje, alterando su “phisis” y “psiquis” hasta la convulsión y el vértigo. Dicen que es una droga alucinante. Dicen...
Y sobre el fino matiz y la joya del color, el veneno mortal que aguarda a los imprudentes. A los que creen que basta con un conocimiento empírico para la clasificación de los hongos —como en las películas del Oeste— entre buenos y malos, cuando sólo cabe para poder distinguirlos, en el cara y cruz de la vida, la muerte o el retortijón, en el más benévolo de los casos, un elemental conocimiento científico. Como la tonta conseja, causa de tantas desgracias, de la cuchara de plata puesta en contacto con el hongo en cocción y su gratuita bondad a éste, o sin maldad en trueque, si la plata no se ennegrece. Pero no ennegrezcamos, por nuestra parte, demasiado la perspectiva. Las especies cuya toxicidad es temible no son, afortunadamente, numerosas. Pertenecen todas al género “amanita”, del que hemos hablado, y, con un poco de atención, resultan fácilmente reconocibles. La temible “phalloides”—ante la que apetece colocar, como en los postes de alta tensión, calavera y tibias cruzadas—, con su sombrero verde amarillento, cual agua pérfida de pantano absorbente; la “citrina”, con sus verrugas blancas —restos de volva— sobre el limón de la cabeza; la “pantherina”, moteada como la piel de un ágil felino saltante, que no debe confundirse con la “spissa”, que es, como la “rubescens”, la “vinosa” o la preclara “caesarea”, excelente manjar; la citada, peligrosa y bella, “muscaria”...
Las especies mortales son, afortunadamente, escasas; como decimos, son fácilmente reconocibles con un poco de atención y estudio a través de un manual científicamente responsable y de una observación atenta sobre el terreno: color de las láminas, existencia o no de volva, etcétera. Otros hongos, apresuradamente recogidos, pueden producir cólicos o indigestiones, pero no situaciones mortales. Incluso algunos, estimados por ciertos manuales como venenosos, tales como el “boletus luridus” o la “volvaria speciosa”, podemos afirmar, a través de nuestra personal experiencia, que resultan perfectamente comestibles.
Una cosecha abandonada
La campesina gente gallega es, por sistema, enemiga de las setas. El calificativo mejor que éstas le merecen es el de “pan de cobre” o “pan de sapo”, considerándolas como alimento tan sólo idóneo para los repelidos ofidios o batracios. Resulta particularmente sensible esto en una tierra en la que por sus condiciones de humedad y específica composición orgánica proliferan los hongos de tan singular manera.
Boletus” —los famosos y buscados “cèpes”, regalo de gourmets para la dulce Francia— y “cantharellus”—perfumados y exquisitos compañeros de la carne, a la que ennoblecen con su proximidad y amiganza— se muestran en primaveras y húmedos otoños con generosa abundancia. En tal cantidad a veces, que pudieran ser cargados sin hipérbole alguna auténticos carros. Las exquisitas plantas —tan ricas, por otra parte, en albuminoides e hidratos de carbono—, cotizadas “et pour cause”, como dicen en Francia, a alto precio en los mercados, quedan abandonadas en Galicia, hasta su desaparición, como simple ornato de bosque o prado. Son bellas estas flores del humus de otoño, pero, como las rosas, merecen ser recogidas “in tempore oportuno”. Desde el ángulo económico, la simple recogida de su espléndida oferta espontánea, sin que hablemos ahora de un utilísimo y lógico cultivo racional, brinda amplias posibilidades de consumo interno y exportación. Una ayuda orientadora sobre el valor real del “pan de cobre”, que en ingentes cantidades se pierde en nuestro Finisterre, nos atreveríamos a opinar que resultaría conveniente. Existen bastantes entidades oficiales, en relación con el agro, que pueden decir sobre esto la palabra.
José María Castroviejo
ABC, 25 de noviembre de 1958, pp. 43 y 19.
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M. R. Gordon Wasson con María Sabina
LOS HONGOS ALICINÓGENOS

Un poco de historia

SUBIENDO por la Serranía Oaxaqueña, a la sombra de las coníferas de Huantla, un breve hongo, el “psilocybe mexicana”, encierra bajo la fragilidad de su sombrero de escasos centímetros, una capacidad tal de alucinación coloreada que ha conmovido a los micólogos y químicos del mundo de hoy.

Su historia, sin embargo, es precolombina. Los españoles que arriban a la gran Tenochitlán, oyen ya de un hongo, semejante a los oaxaqueños, cuyo nombre; azteca —“Teonanacati”— significa, “carne de Dios”, y que crece entre los pinos y cedrales de las montañas volcánicas que rodean el valle de México.

Fray Bernardino de Sahagún, aquel fabuloso franciscano que no se cansó de aprender, inquirir y curiosear, y que vivió en México desde 1520 y 1590, en el libro X de su “Historia General de las cosas de Nueva España”, escrito en lengua mexicana y traducido luego por él mismo al castellano, nos habla de unos honguillos negros llamados “nanacatl”, que comían los indios en sus convites, con los cuales se emborrachaban, veían visiones y aun provocaban a lujuria. Los tomaban con miel, dice, “y cuando se comenzaban a calentar, unos bailaban, cantaban o lloraban, y otros, que no querían cantar, se sentaban en sus aposentos y allí se estaban como pensativos”. Veían grandes y extraordinarias visiones —unos que vivirían y morirían en paz, otros que se ahogaban en el agua o caían de lo alto, otros que habían de ser ricos y tener muchos esclavos, otros que habían de matar y adulterar “y por ello les habían de machacar la cabeza...”—. Después, pasada la borrachera de los honguillos, hablaban entre ellos de las visiones contempladas. “Al día siguiente lloraban todos mucho y decían que se limpiaban y lavaban los ojos y caras con sus lágrimas”; y más adelante, en el Libro XI, anota: “los que los comen, sienten bascas del corazón y ven visiones a las veces espantables y a las veces de risa: a los que muchos de ellos provocan a lujuria y aunque sean pocos”.

Por otra parte, Francisco Hernández el protomédico de cámara de Felipe II, enviado por el Monarca en 1570 para que clasificase y estudiase las plantas medicinales de la Nueva España, tras seis años de afanosas investigaciones nos deja, en su magna obra “Historia Plantarum Novae Híspaniae”, detalles precisos al respecto. “Otros (hongos) cuando son comidos no causan la muerte pero causan una especie de hilaridad irresistible. Se les llama comúnmente “Teyhninti”. Son de color leonado, amargos al gusto y paseen una cierta frescura que no es desagradable. Otros más, sin provocar risa, hacen pasar ante los ojos visiones de todas clases, como combates o imágenes de demonios. Otros más, siendo temibles y espantables, eran los más buscados por los mismos nobles para sus fiestas y banquetes, alcanzaban un precio extremadamente elevado y se les recogía con mucho cuidado; esta especie es de color oscuro y de cierta acritud.

Estudia asimismo el tema Juan Badiano, traductor al latín de una singular obra —existe una maravillosa edición contemporánea— escrita originariamente en “náhuatl” por Martín de la Cruz, que porta el título de “Libellus de medicinabulís indorum herbis”.

Estas extrañas criptógamas excitan la repulsa del vehemente fray Toribio de Motolinia, cuyos “Memoriales” son fuente primordial para el conocimiento de la historia de Méjico. El buen fraile las asocia directamente con el diablo, viendo en el rito indígena de ingerir los hongos sagrados una semejanza con el cristiano de la Sagrada Comunión: “Tenían otra manera de embriaguez: era con unos hongos o setas pequeñas, que en esta tierra las hay como en Castilla: mas las de esta tierra son de tal calidad, que comidas crudas y por ser amargas, beben tras ellas y comen con ellas un poco de miel de abejas; y de allí a poco rato veían mil visiones”... "A estos hongos, termina, llámandolos en su lengua “teunamacatlh”, que quiere decir carne de Dios o del Demonio que ellos adoraban y de dicha manera con aquel amargo manjar su cruel dios los comulgaba.

Luego comienza a descender sobre las drogas mágicas —lo mismo los hongos que la raíz del peyotl— el olvido. El Santo Oficio persigue su uso y sólo se ocupan de ellas las brujas y curanderas, que las ingieren en secreto en un ambiente religioso y mágico, en el que entran la comunión con la naturaleza y la evasión de la realidad circundante en alucinantes visiones coloreadas. Las referencias a los hongos terminan en 1726.

El nuevo descubrimiento

Un banquero y etnólogo norteamericano, M. R. Gordon Wasson y su mujer, la doctora Valentina Pavlovna Wasson, son los que, en nuestros días, sacan a luz y ponen en circulación de nuevo los hongos alucinógenos mejicanos. Acaba de nacer una nueva ciencia: La etnomicología que Roger Heim, director del Museo de Historia Natural de París y observador sobre el terreno de los extraordinarios pequeños hongos, hace destacar exaltando la obra de los dos etnólogos neoyorquinos, llegados a Méjico en 1953 para reanudar la notable investigación emprendida por nuestros frailes y naturalistas del XVI.

Como fruto de esta investigación surge un notable libro prologado por Heim —“Les Champignons Hallucinógenes de Méxique”. Editions du Museum National d'Histotire Naturelle. París, 1956— que despierta la curiosidad de la ciencia moderna y que hace que en el pabellón de Francia de la Exposición Internacional de Bruselas figuren, al lado de los estudios sobre el uso pacífico de la energía atómica, los hongos de Oaxaca[1]. Aldous Huxley y Antoain Artaud investigan a su vez sobre la materia y el doctor Albert Hoffman, de los laboratorios Sandoz, de Basilea, demuestra que el principio activo de estas criptógamas, la “psilocibina”, produce efectos similares al ácido lisérgico.

En la sierra Mazateca vivía desde hacía años una lingüista y misionera también norteamericana, Eunice Victoria Pike, con la que se ponen en contacto los esposos Wasson, acompañados por su hija Masha y el ingeniero Robert Weitlander, guiándoles a su vez aquélla en el mundo misterioso de los indios oaxaqueños y de los hongos sagrados. Comienza la gran aventura.

El éxtasis coloreado

Fernando Benítez, en un recientísimo y sugestivo libro —“Los Hongos Alucinantes”, Ediciones Era, Méjico D. F., 1964—, nos relata, día por día, los contactos de estos redescubridores con la india María Sabina, que desde el ámbito de la magia es la principal introductora de los visitantes en el extraño mundo de los éxtasis y las visiones alucinantes.

¿Qué tremendos ritos y dioses antiguos se mezclan en la comunión de estos hongos con devociones cristianas hasta transformarse el mismo que las ingiere también en un dios? ¿De dónde deriva el estado de absoluta pureza de que debe estar impregnado el que se aproxima al altar en el que se pasan, como una custodia, los hongos sobre el plato, rodeados de flores y estampas católicas, de la Virgen, de San Miguel o del Señor Santiago? Confusión de confusiones, en esta extraordinaria y auténtica medicina mágica, en la que sus oficiantes, como en los siglos, bucean a través del espíritu y la naturaleza en los abismos más insondables del alma humana.

Todos están de acuerdo en que María Sabina es una mujer extraordinaria. El doctor Roger Heim nos habla de su “poderosa personalidad” y Gordon Wasson, al relatamos su primer encuentro con ella nos dice: “La señora está en la plenitud de su poder y se comprende por qué Guadalupe nos dijo que era una señora sin mancha, inmaculada, pues ella sola había logrado salvar a sus hijos de todas las espantables enfermedades que se abaten sobre la infancia en el país mazateco y nunca se había deshonrado utilizando su poder con fines malévolos. Nosotros hemos comprobado que se trata de una mujer de rara moral y de una espiritualidad elevada al consagrarse a su vocación.

Pero ya comienzan las preces, ese lenguaje esotérico llamado por los sacerdotes “navaltocaitl”, que es el idioma de la divinidad. Su traducción no es fácil: Alerta al éxtasis:

Soy una mujer que llora — Soy una mujer que habla — Soy una mujer que da la vida...

Cambia el ritmo:

Soy Jesucristo — Soy San Pedro — Soy un Santo — Soy una Santa — Soy una mujer del aire — Soy una mujer de luz — Soy una mujer pura — Soy una mujer muñeca.
Soy el corazón de Cristo — Soy el corazón de la Virgen — Soy el Corazón del Padre.
Soy la mujer creadora — Soy la mujer que se esfuerza — Soy la mujer estrella — Soy la mujer del cielo,”

María es analfabeta y su sensibilidad así como sus predicciones —Wasson relata emocionado lo que certeramente predijo acerca de su hijo residente en Estados Unidos y a quien no conocía de nada— radica absolutamente en el mundo de la magia. La magia azteca que hunde sus raíces en Quetzacoatl, Tlaloc y los dioses crueles, y que llega, en extraña metamorfosis, a empaparse de emoción cristiana. Los hongos se presentan ahora ante María como niños: Niñas con violines y trompetas, niños que cantan y bailan a su alrededor. El tema de la pureza sigue obsesionante.

Soy una mujer limpia — El pájaro me limpia — El libro me limpia — Flores que limpian mientras ando — Agua que limpia — Porque no tengo basura — Porque no tengo saliva — Porque no tengo polvo — Porque él no tiene — Porque ésta es la obra de los santos — No tengo oídos — No tengo pezones.

De pronto en el éxtasis, una afirmación rotunda:

“Soy conocida en él cielo
Dios me conoce.”
Para terminar con poética y desgarrada tristeza indiana:
Oye luna
Oye mujer-cruz del Sur
Oye estrella de la mañana.
Ven.
Cómo podremos descansar
Estamos fatigados
Aún no llega el día...
Las palabras, como los remedios y los avisos, brotan creadas por hongos, como brotan éstos en el “humus” tras las redondas lluvias del otoño. Existe un lado místico y otro concreto y real de “viaje al cielo” que lleva a los trances aberrantes, en palabras de Mircea Eliade, que también estudia este fenómeno[2].
Al final será la Invocación al Espíritu Santo, “su guía y su fuerza, que la conducirá a la reglón de las muertes y le descorrerá el velo que oculta el porvenir”.
El doctor Fernando Benítez nos relata en el apasionante libro, ya citado, “Los Hongos Alucinantes”, su personal experiencia con el 'ntl1 sí3 tbo3el que brota” en metáfora mística (en lengua mazate 1 es el sonido más elevado y 4 el más bajo, el apóstrofe representa una pausa glótica).
Fue una experiencia atroz, de la que salió dolorido y deslumbrado, azotado y lúcido, cargado de electricidad y ligero como una paloma. ¡Qué extraordinaria nueva “Pipa de Kif” escribiría don Ramón del Valle Inclán de haber conocido esta experiencia, o, mejor, qué nueva “Lámpara Maravillosa”! Benitez vio en color el mundo pasado y presente. El futuro se le presentó terrible, como visión de Patmos. Viajó por espacios siderales entre músicas lucidísimas. Se vio, temblando, dentro del punto Omega del P. Teilhard de Chardin. Vio el “Aleph”, de Borges, desvelando tremendamente el secreto de la vida en segundos. Vio jardines y lagos de ensueño. Estuvo en las más altas cumbres del éxtasis y descendió a Infiernos abominables, con viboritas onduladas de ojos verdes y rojos que pinchaban como alfileres: Un mundo filiforme, de gelatina blanca, de pólipos, de gusanos entre un hervidor de podredumbre.
Los mismos gusanos que nos describe fray Toribio de Motolinia en el XVI, al hablar así de estos hongos: “y de allí a poco veían mil visiones y en especial culebras; y como sallan fuera de todo sentimiento, parecíales que las piernas y el cuerpo tenían llenas de gusanos que los comían vivos”.
Conoció los volcanes y las estrellas más remotas y hermosas, el Cielo y el abismo, la pureza y la abyección. Amó en las cimas que el éxtasis invade, rió, lloró y sufrió inmensamente. Nos lo cuenta aún temblando...

José María Castroviejo
ABC, 10 de octubre de 1965, pp. 39, 43 y 47.




[1] Valentina Pavlovna Waason y R. Gordon Wasson, son autores de otra monumental obra en dos tomos: “Mushrooms, Russia and History”, publicada en 1957 por el Pantheon Books de Nueva York. Los aspectos etnológicos y lingüísticos de los hongos de México se encuentran ya tratados en dos capítulos de este extraordinario libro al estudiar las posibles migraciones de Siberia.
[2] Mircea Eliade, “El chamanismo y las técnicas arcaicas del éxtasis”. Fondo de Cultura Económica. México. 1960.

lunes, 20 de febrero de 2017

Entrevista a Álvaro Cunqueiro y a José María Castroviejo sobre la imaginación


«FANTASIA Y EVASION EN LA LITERATURA»
Antonio R. DE LAS HERAS

NOS hemos citado en casa de Álvaro Cunqueiro. José María Castroviejo llega puntual: pocos segundos después llama a la puerta Eligio González, que tiene en su taberna el mejor vino del Ribeiro, viene a traer unas botellas a Cunqueiro: al vernos decide quedarse como oyente. Echamos de menos la presencia de Juan Perucho, pero son muchos los kilómetros que le separan de Vigo. A Castroviejo, en cambio, que vive en Tiran, frente a Vigo, ría por medio, le ha bastado tomar una vez más uno de los vaporcillos que la atraviesan.
Igual que el químico deja caer en la disolución sobresaturada un trozo de sólido cristalino para que precipite, yo he recurrido a un juicio del profesor Torrente Ballester sobre la evasión en el arte, para también “precipitar” la conversación, es decir: centrar exclusivamente sobre este tema las ganas de hablar que observo en mis contertulios. Y así les digo:
—Torrente Ballester en “Teatro español contemporáneo”, escribe: “El arte de evasión está comprometido con la mentira, y por eso es inmoral”.
CUNQUEIRO. —No estoy en absoluto de acuerdo con esa frase de mi querido amigo Torrente Ballester. En primer lugar porque no creo que haya una literatura de evasión. En segundo lugar porque no sé, ni creo que lo sepa nadie, lo que es verdad cuando nos metemos en eso que, desde hace tantos siglos, se viene llamando literatura. El escritor es un hombre que tiene una cierta visión de las cosas; a esa visión algunas veces se le llama realismo, pero resulta que puede haber cuatro realismos a un tiempo, todos ellos referidos a la misma cosa. Por ejemplo, yo tengo aquí...
Y se levanta; va hacia una de las estanterías. Nos trae cuatro libros, los cuatro de viajes por unas zonas muy concretas de Castilla la Vieja, para ver esos pueblos anémicos, que mueren, o ya son sólo el esqueleto: desiertos. Los cuatro autores pretenden dar una visión objetiva, real, del problema de los pueblos que desaparecen al ser arrastrados sus habitantes por la riada de la vida moderna, pero el resultado es que son cuatro testimonios distintos.
CUNQUEIRO—...En mi opinión no hay que hablar de literatura de evasión. Kafka está dentro de lo fantástico—o mejor, afinando un poco más, de lo fantasmático—, sin embargo sus obras se consideran como un testimonio de la posición del hombre de nuestro tiempo dentro de una sociedad técnica, masificada, con el poder abusivo del Estado que entra por puertas y ventanas, y que nos grita “slogans” y nos impone técnicas de educación, etcétera. Cualquier escritor creador que se siente con la pluma en la mano ante una cuartilla, diga lo que diga, dirá siempre la verdad, que puede tener que ver con el trabajo y vida del hombre, pero también puede hablar de sus sueños, de sus esperanzas, de sus frustraciones... Yo puedo escribir de ángeles, porque sueño con ellos, y porque creo en su existencia; y otro escritor puede contarnos la dura vida de un minero. Los dos décimos la verdad: yo la verdad de los ángeles, él la verdad de la vida en la mina.
CASTROVIEJO. —Imaginación no está reñida con realidad, sino que la acompaña fielmente y la ennoblece. Toda gran obra literaria es un poco o un mucho literatura de evasión; aunque refleja la realidad, tiene algo de evasión de esta misma realidad, puesto que si no hubiera este “quid divinum”, esta chispa sagrada de evasión no atraería ni fascinaría a las gentes. Pensemos que el reciente éxito de los dos grandes creadores de la mejor narrativa hispanoamericana, para mí, Alejo Carpentier en su "Siglo de las luces" y García Márquez en “Cíen años de soledad'”, se debe a que en estas dos novelas tocadas por el ala sagrada de la imaginación no se empaña, ni mucho menos, lo que pueda haber de acusación social y política.
— ¿Nuestra actual literatura español «está necesitada de inyecciones de imaginación?
CUNQUEIRO. —Ahora no. Ha habido unos años muy tristes con esa literatura que llamamos social y en donde todas las novelas eran iguales. Yo he hecho la experiencia con mis hijos: coger cuatro o cinco novelas de éstas y empezar con una, continuar, a las pocas páginas, con otra, luego con otra, etcétera, y parecía que era una sola novela, pues todas se desarrollaban en tabernas o cuartuchos inmundos y con el mismo pobre vocabulario. Esto ha pasado ya, pero de lo que si estamos necesitados en España, como en tedas partes, es de literatura en libertad: libre y creadora.
—Se confunde frecuentemente imaginación con originalidad, y es por eso que el escritor se esfuerza en “encontrar” algo nuevo, cuando en realidad lo que tiene que hacer es “encontrarse” a si mismo, descubrir el filón que pueda tener y sacarlo a la luz a través de sus obras. La imaginación, segregada en el interior del artista, es específica e intransferible, por eso es original siempre. Cuando falta la capacidad imaginativa el proceso es inverso: en vez de ser la imaginación lo que dé originalidad a las obras, se busca “a priori” la originalidad—falsa entonces—que encubra la impotencia creadora
CUNQUEIRO. —Este es el peligro, quizá tan grande como el de la literatura social, aunque distinto. La gente se lanza, sin tener la gran parte de las veces ni la menor vocación para ello, a la rebusca de nuevos modos formales de expresión. Todavía hay aquí una buena porción de escritores y lectores interesada por “le neuveau román”, cuando ya en Francia a nadie le interesa este movimiento. También se está pasando aquí una gran temporada de “célinismo", Céline tiene ahora muchos discípulos... y ya se sabe: los discípulos de uno imitan lo peor.
CASTROVIEJO.—Quiero hablar sobre algo que hoy se está olvidando mucho Don Ramón del Valle-Inclán aconsejaba, con aquella sagacísima intuición, que el escritor viviera intensamente, porque la vida es el mejor sendero, pero, ¡ay!, que leyera mucho, sin olvidar a los clásicos, que no tuviera prisa y que trabajara sus libros. Decía también don Ramón que los niños prodigios sólo se producen en las matemáticas y en la música, no en la literatura. Esto creo que es muy conveniente recordarlo ahora, porque estamos hartos de tantos niños prodigios que aparecen por ahí sin saber las reglas gramaticales, pero creyéndose ungidos por un numen especial, que ellos sólo conocen, y que desdeñando toda tradición literaria anterior se laman a escribir. Como éste es un caso que, por desgracia, se reitera con frecuencia, según se comprueba en tantas entrevistas en las que estas personas hacen gala de su genio, no está de más una llamada a la humildad frente a tanta pedantería y tanta estupidez.
Suena en un reloj atrasado seis discretas campanadas. Cunqueiro se acuerda al momento de que tiene mucha prisa... Ya estamos de pie.

ABC Mirador, Madrid, 10 de septiembre de 1970. pp 93 y 95.

jueves, 12 de enero de 2017

Un relato de José María Castroviejo


Marineros de Vigo. Años cincuenta.
EL CURA DE DARBO Y LOS MARINEROS

Nochebuena en Cíes

HACE bastantes años, estaba yo a bordo de un pesquero de la marinera villa de Cangas de Morrazo, llamado el «Camina», un cabeceante día de diciembre con altas olas y mayores salseros.
Habíamos salido la antevíspera de Nochebuena con intención de perseguir a unos jureles que los escuchas del mar —que nunca se sabe de donde surgen ni como lo saben— nos habían señalado a veinte millas, al N.E. de «Cabo do home», en las graníticas y atlánticas Cíes.
Yo atravesaba una época de sarampión marinero, de la que, gracias a Dios, aún no me he curado, y todos mis escapes eran hacia el mar galaico, con el corazón palpitante y la ilusión por ronsel y guía. Aprovechando las vacaciones de Navidad, en cuyos endémicos alborotos preparatorios puse singular empeño personal para acudir a la cita de mis amigos los marineros, corrí de Santiago a Vigo, si es que correr se puede llamar al transporte que de mi cuerpo mozo hizo el ferrocarril, perteneciente entonces a una compañía inglesa, que une las dos ciudades. Pero aquel tren, objeto reiterado de todo caricaturista gallego de la época, me depositó al fin en Vigo, tras patriarcales horas de desliz por la campiña de la «beiramar» con paradas eviternas en todas las estaciones conocidas y en otras particulares, para viajeros amigos del maquinista. Digo todo esto sin la menor malignidad, pues una de las cosas más abominables que conozco, aparte de algunas actuales que no considero oportuno relatar, es la manía de la velocidad, que todos los idiotas y «snobs» de este mundo ejercen sin ton ni son y al final de la cual se consideran verdaderos personajes Pero es posible que en aquellos momentos maldijera de la Compañía, porque todo mi afán iba hacia el encuentro con «Chischís», el patrón del «Camina», que me esperaba en Cangas, para salir al mar y regresar en Nochebuena, en cuya fecha pensaba reintegrarme al fuego chisporreante del hogar paterno, que decía Querol. De Vigo a Cangas es corto el periplo, y aunque los vapores de pasaje entre la ría no constituyen un modelo de velocidad, llegué a la antigua villa marinera antes de finalizar la tarde y con un hambre endiablada.

Poemario Mar del Sol  (1940) de José María
Castroviejo sobre sus viajes a Gran Sol.

Me esperaban «Chischís», su cuñado Jesús, el timonel conocido por el nombre de «Jesucristo», los marineros «Llombo», «Xarmada», «Maumau», «Lumbrigante» y «Cavite», aparte de otros dilectos amigos entre los que figuraban el cura de la cercana parroquia de Darbo, don Francisco Lariño, que cosecha un excelente vino blanco, el cual ha contribuido, aparte su propia y nunca extinguida inspiración, a dotarle de las más refulgentes narices que jamás mortal alguno ha poseído, hasta el extremo de poder actuar de faro indicador en las noches de mucha cerrazón, para consuelo y alivio de navíos perdidos, desde el promontorio de Limens. Pero aunque no niego la posibilidad orientadora de las impares narices de mi querido amigo D. Francisco, debo decir en honor de la verdad que este último extremo no lo he personalmente comprobado. En unión de todos ellos me encamine, con esa alegría única de estudiante en vacaciones de Navidad, a casa de la señora Filomena, madre de «Chischís», donde fui obsequiado con sardinas cabezudas, congrio, lomo de cerdo y bistec de Moaña, que es la mejor carne conocida. Todo ello fue regado como Dios manda con vino de «Campañón», que madura entre- unas piedras lamidas por el sol y cercanas a Darbo, las que logran el milagro de producir uno de los mejores vinos del mundo, chispeante y grato como un vino de la Champaña, pues no en vano los nombres son parejos.
ENCUENTRO CON LOS PESCADORES DEL «GRAN SOL»
Pescando en Gran Sol
Salimos al anochecer, con un nordeste fresco y marinero, entre las bendiciones del cura de Darbo, que me despedía desde el muelle, con su hermosa nariz de reflejos metálicos, recomendándome prudencia.
El barco puso proa a las Cíes y Cangas, Balea y las playas de «Areabrava», «Area Milla», «Barra» y «Límeos» fueron quedando por estribor, rápidas y espumeantes en el rosa frío de la noche de diciembre, diciéndonos adiós desde los oscuros pinares que las festonean. La marinería iba alegre, «Chischís» muy locuaz v el barco muy marinero, mientras las estrellas se encendían parpadeantes y sobre una bruma sutil se alzaba la rodaja de la Luna, amarilla y agria, como un limón recién cortado.
Anduvo el «Camina» toda la noche soplando al cielo haces de chispas por la bocana de la chimenea, que temblaban un momento bajo el parpadea de las estrellas hasta caer sobre el frío mar, impulsadas por el viento. Mucho tiempo estuve contemplando la lucería de las calderas, que se me antojaba simbólica y alegre como un mensaje del barco a la próxima Nochebuena.
Al amanecer ya se veía saltar a los jureles por la proa del «Camina». Eran tantos que el mar parecía hervir y semejaba una inmensa caldera de pescado al blanco, preparado para una legión de Pantagrueles. Se lanzó en seguida el aparejo, a lo que ayude gozoso, saltando a la chalana, que bogaba lentamente en torno al hilo sumergido, para ayudar al cerco del pescado. Hicimos varios lances y cargamos el barco de jureles, que, asados sobre las brasas de la caldera, estaban deliciosos, bien regados con el «Campañon», del cual sabiamente embarcara «Chischís» existencia. Emprendimos el regreso a última hora de la tarde, ya entre fusco y lusco, viendo saltar por babor a los delfines, relucientes y bellos. Con dos rizos al Nordeste y oyendo las cantarelas sentimentales de «Maumau» que iba a la rueda:

Toda de mozos sáltenos.
Patraña dos marínenos.
Guíame a minha cuadrilla
Toda de mozas solteiras...
De entre unas nubes espesas, que volaron al límite las últimas luces del día, como un precipitado químico, salió un extraño impulso que hizo aumentar la fuerza del viento de modo inusitado, lo que nos obligó a avanzar muy lentamente, pues en proporción aumento la fuerza del mar, e íbamos siempre con la proa entre las olas, como un «pointer» estremecido, ante la proximidad de las perdices.
A medida que nos aproximábamos a la costa era peor el tiempo, conducido ya sin pudor alguno por un viento ebrio que convirtió a nuestro barco en una caja de resonancias llena de mil sonidos maravillosos. Cuando divisamos Cíes ya la cosa se presentaba como galerna fungente y amenazadora, y como veníamos muy cargados, por la suerte de los jureles, decidió «Chischís» refugiamos al abrigo de la playa grande de la isla, en espera de alguna bonanza para poder continua a Cangas. No éramos sólo nosotros los acogidos al amparo de la ensenada, pues se encontraban otros barcos de Cangas, entre los que recuerdo el «Antolina», el «Weyler núm. 2», el «Déjales que Digan» y el «Filomena», que mandaba un cuñado de «Chischís», conocido por «José Patrón», hombre de buenos sentimientos y muy malas pulgas. También se encontraban dos parejas del «Gran Sol» a quienes el tiempo obligara, como a nosotros, a buscar el «acougo» de la solitaria playa de Cíes. Una de ellas la reconocí con verdadera alegría, va que era «Nuestra Señora del Carmen», en la cual había realizado el pasado año un viaje al «Gran Sol» de emociones v permanentes recuerdos. Nos acercamos a ella y decidí darles una sorpresa, saltando a bordo sin anuncio.
Manuel Pérez, de Bueu, en un barco
de Bouzas en Gran Sol en 1950.
Mientras los marineros del «Camina» cambiaban saludos con los tripulantes del «Nuestra Señora del Carmen» me colé por la popa de mi antiguo barco, deslizándome como en una novela de aventuras, hasta el fondo de la máquina, en la que se hallaban reunidos «Perrachica», D. Serapio, «Patachín», el maquinista Prudencia, Germán y todos los restantes compañeros de fatigas en el viaje al «Mar del Sol».
Caí con estruendo por la escalerilla y pronto era sofocado por cordales abrazos y bienvenidas atlánticamente sinceras. Todos estaban alegres con mi llegada, incluso D. Serapio, adusto normalmente, que por cierto conservaba la marca del «cosido» que el marinero Germán le hiciera en la cabeza, con motivo de una herida atroz recibida en 1a «galerna» del «Gran Sol». Las puntadas de Germán, prodigadas tal vez un poco descuidadamente, le mantenían una ceja, la izquierda, algo tirante, por lo que la expresión del lobo de mar recordaba a la de ciertos actores en escenas de final de tragedia, singularmente a Ricardo Calvo.
Mi presencia fue considerada como de buen agüero y después de honradas libaciones acordamos, a propuesta de «Perrachica», trasladarnos al «Camina» para tratar sobre la Nochebuena.
FRANCACHELA EN LA «TABERNA DEL COJO»
Hicimos cónclave con «Chischís» y fue decidida, por unanimidad, la celebración de la fiesta en Cíes, ya que el temporal no amainaba y no se consideró factible la salida. Estábamos al abrigo y era reconfortante, como una faja interior, oír fungar al viento desesperadamente y entender el restallo frenético de las olas sobre los cantiles en la noche tenebrosa. Saltamos a bordo de las chalanas y remamos hacia tierra, cantando como energúmenos en la paz del abrigo.
Tocada playa, fuimos en peregrinación los tripulantes de los dos barcos, subiendo por un camino endiablado, con «Patachín» al frente, que bailaba en cada vuelta. Nos encaminábamos a la «Taberna del Cojo», especie de pirata que tenía establecida su industria en lo alto del monte de las Cíes grande, que nos recibió con su pata de palo, su grueso pitillo, que siempre conocía apagado, y su vieja malicia.
Este cojo era una especie de rey natural de las Cíes y no toleraba competidores —tres que quisieron establecerse allí desaparecieron misteriosamente—, vendía vino, tabaco y aguardiente a los marineros, y no estoy seguro de que en ciertas noches de temporal no ejerciera la piratería por su cuenta; parecía un personaje de Stevenson y lo tuve siempre por pájaro de gran cuidado, aunque conmigo estuvo siempre deferente y cordial.
En un periquete armamos la fiesta, uniendo dos mesas de pino nudoso existentes en la taberna, y se procedió a un condumio maravilloso, entre la voz tremenda del viento, que entraba borracho por la chimenea, el socavón cercano del mar y la pinocha que nos llenaba con olor de incienso campesino, al asar los jureles.
Cenamos largo y bien y bebimos propiamente. Hubo congrio acezado, un jamón de York que guardaba «el Cojo», procedente de un naufragio, unos conejos de los que pululan por las islas, y chorizos fritos, aparte de los jureles que nosotros pescamos. Después de la cena, la mujer .del «Cojo», que era aún más temible que el marido, con los ojos ardidos y la morena greña despeinada, nos hizo café en una vieja tartera y procedimos a tomarlo acompañado de una gran «queimada», mientras se retorcía por la chimenea el trasgo aullador del viento.
La «queimada» tiene mucho de litúrgico y no puede hacerla cualquiera; lo de menos es prender fuego al aguardiente y dorar las cáscaras de limón mientras el azúcar se va tostando. Hay un punto especial que no puede ser descrito y que sólo un gran práctico, aparte de cierta precisa intuición, logra hacer viable. Por unánime consenso, del que me sentí orgulloso, me fue encomendada la conducción de la misma y procedía a encender una gran pota de aguardiente, que pronto iluminó con los más avernales reflejos los rostros de los participantes en aquella extraordinaria Nochebuena
D. Serapio, congestionado como un lama de bronce, parecía un antiguo dios munificiente. «Perrachica», un jocundo Sileno. «Chischís», un gato encendido, y «Patachín», un diablo burlón y fosforescente Pero a todos superaba «el Cojo», verdoso y siniestro, con los ojos en lumbre y la risa espantable, verdadero demonio oficiante entre el lostrego del cucharón ígneo que, sin cesar, iba y venía, de la pota a los viejos vasos de vidrio tallado, restos de otros naufragios. 
APARECE EL BERGANTIN SINIESTRO
Estaba todo tan adecuado témpora, lívidas luces, y Francisco «el Cojo» como marco, que nos pareció naturalísimo el aceptar la extraña proposición de este último para asomarnos a las rocas que bordeaban «punta do Cabalo» y ver si se acercaba a la isla el antiguo bergantín naufragado, con toda su tripulación de muertos Este bergantín se hundió, «comido por la mar», en una noche de tempestad, hace mucho tiempo. Traía un cargamento de onzas y doblones, parte del cual fue a parar a la arena del fondo de una gruta, bajo la misma «punta do Cabalo», que conserva desde entonces el nombre de «Cova dos pesos».
Los tripulantes del bergantín parece ser que eran piratas desalmados y su capitán el más desalmado de todos. Cuando se hundió el navío, su negra alma, estaba tan sólo con las riquezas del mismo y blasfemaba, impotente, alzando los puños al cielo, mientras las olas se lo tragaban.
Desde entonces se ve al barco, en ciertas noches de tempestad, surgir, siniestro, dando bordadas entre la mar rompiente y con ruido de lucha a bordo.
Allá fuimos todos, calentados por la «queimada» y entre un viento desgarrado y agorero, Francisco « Cojo», que nos guiaba, parecía desaparecer por veces pero luego surgía, enigmático y excitado, trepando con increíble agilidad por las escurridizas y negras piedras. Llegamos al fin al borde del acantilado y nos asomamos con respeto. Era en el fondo un fragor siniestro «De Profundis» entre los gritos de las aves marinas desveladas. Nada veíamos, salvo unos blancores repentinos que se alzaban por veces ululantes, y nos salpicaban con amargos y tristes goterones, pero el socavón de las olas angustiaba...

De pronto «el Cojo» dio una voz y se alzó como un gigante, poseso y frenético, mientras su mano señalaba como una garra hacia el norte Por allí venía raudo y cabeceante, un bergantín con las velas aferradas y una siniestra luz, que proyectaba, desde el palo mayor sus resplandores sobre cubierta. Lo teníamos ante nuestra vista, sin posible engaño, y enfilaba la boca norte con la proa hacia las peñas guardadoras de la gruta y un tremendo vocerío a bordo. Oímos un juramento temible y vimos sobre el bauprés la figura de un hombre alto, con la barba negra y crecida que el viento aborrascaba, y los ojos como carbones encendidos. Cuando el bergantín rozaba, en lo alto de una ola las piedras oscuras, dio un salto, hasta la cima de una roca con las manos en alto. Francisco «el Cojo» lanzó un gran grito y desapareció por las piedras abajo, yo sentí sobre mi mano la helada del «Perrachica», que me arrastraba hacia el interior de la isla, mientras, «Cavite», «Patachín» y «Mauman» rezaban de rodillas llorando.
Cuando al día siguiente regresamos a Cangas, ya pasado el temporal, nadie hablaba a bordo, y al relatar al cura de Darbo lo sucedido me dijo muy serio, bajo el deslumbramiento de su enorme nariz, que si volvía a acompañar «al Cojo de Cíes» en sus expediciones nocturnas no podría ser absuelto.

José María Castroviejo. Destino Año XXVI, Núm. 1324 (22 dic. 1962) pp. 19-20

José María Castroviejo oficiando un ritual de queimada.

viernes, 30 de diciembre de 2016

Nestor Luján sobre Jose María Castroviejo

Pasó José María Castroviejo. Poeta y cazador celta

El escritor alza la copa de albariño en las fiestas de este antiguo vino, en Cambados
PASÓ por Barcelona José María Castroviejo, el escritor compostelano venido a nuestra ciudad para hablamos de la poesía del alma celta y Valle Inclán, dos temas que el gran escritor siente profundamente. José María Castroviejo, reside en su Galicia natal, frente a Vigo, en Tirán, donde ha filudo sus últimos escritos, cumple allí, amén de su alto oficio de escritor, sus dos más vehemente aficiones: el amor al mar y el cariño por los bosques, por los pájaros, por la caza. José María Castroviejo, barbado y bondadoso, es un hombre de múltiples sabidurías: el ejercicio misterioso y profundo de la poesía, el conocimiento de pájaros y peces, el celoso cuidado de la caza, pues no en vano es guarda mayor de Caza y Pesca Fluvial del Reino de Galicia, el vigilante celoso de otras cosas seculares gallegas como son la cocina y el vino —es presidente del Tribunal que averigua anualmente cuál es el mejor albariño en la villa de Cambados—. Escribe sobre todo ello, camina, incansablemente por la tierra gallega y navega por el mar. Y al lado de ello posee una serie de conocimientos envidiables en nuestros días: conoce canciones, imagina leyendas, escribe puntuales narraciones de sucesos sobrenaturales y mantiene sobre todos estos temas un constante contacto con su gran amigo, otro poeta e inventor de misteriosos sucesos como es Álvaro Cunqueiro.

Vive Castroviejo con un envidiable aplomo esta vida antigua y rural lado mismo de la muy moderna ciudad de Vigo. De todos estos conocimientos va dejando muy completa noticia en sus libros. Once ha publicado, el mismo número que hijos ha tenido. En sus libros de poemas recoge su amor al mar y a la montaña en la forma más lírica y estremecida. En sus obras en forma de guías espirituales sobre la tierra gallega, une el sentimiento lírico a la exacta noticia y al palpable conocimiento. Así acaece en sus «Rías bajas» y en su «Galicia» —guía espiritual de una tierra— donde, según el autor, puso lo mejor de su alma para explicar su antiguo país. Ha escrito también sota la ciudad de Santiago, su prodigiosa Compostela natal. Y, sobre todo, ha explicado el bosque gallego, sus habitantes, un libro inolvidable —«Teatro venatorio y coquinario gallego»— de amante de los animales y cazador, esta rara y deportiva mezcla que en casos muy excepcionales convergen en personas que, como él son, a la vez, contemplativas y de pura y decidida acción. Ha escrito también una novela, «La burla negra», sobre las hazañas del pirata Benito Soto, gallego audaz y estremecedor. José Marta Castroviejo se nos presenta en el extremo occidental de la península como un Hombre auténtico y palpitante, ligado a su tierra a pesar de ser un impenitente viajero.
Castroviejo con sus dos cuervos que visitan diariamente su casa en Tirán
Estuvo en Barcelona solo unos días, que aprovechó para abrazar a sus amigos, para dar una conferencia en el Centro Gallego de le ciudad, para visitar con atenta roción nuestro museo románico de Montjuich, el Museo de Vich, donde le acompañamos, y oficiar, después de una comida plenamente gallega, en cuya confección nos pareció sabio maestro. La «queimada» que se elabora flameando aguardiente de orujo con azúcar y cortezas de limón y añadiéndole, muy bien calculadas, dosis de vino tinto, fue conseguida en un difícil punto de perfección.

Está ya de regreso Castroviejo en su Tirán, rodeado del fabuloso paisaje «y de la mejor arquitectura que forman el románico, el laurel y el roble». Allí está dando los últimos toques a su próximo libro «Viaje por los montes y chimeneas de Galicia», que escribe en colaboración con Álvaro Cunqueiro Se trata de una ampliación del « Teatro venatorio y coquinario gallego», que publicó hace unos años en una edición de bibliófilo, ilustrada con los últimos bojes que grabó nuestro inolvidable E. C. Ricart. En este libro Castroviejo trata de la caza de su país, desde la torcaz huraña «al oso filosófico y gruñón que aún mora en los Ancares». Álvaro Cunqueiro escribió de la cocina de esta caza que Castroviejo cobraba amorosamente, pieza a pieza, en cada capítulo del libro. Desde Tirán nos envía estas fotografías: una de ellas con sus hijos y su esposa, otra catando el albariño y una tercera con sus dos cuervos que viven en el cercano bosque y le acompañan amables y habladores, en su vida cotidiana. Estos cuervos roqueros —la chova piquirroja castellana, que nosotros llamamos «gralla de bec vermell»— acompaña a este ser fabuloso que sabe tantos lenguajes —de las aguas, del viento, de los pájaros, de los fantasmas, de los árboles— y que escribe con profunda seguridad el castellano y habla con sabrosa rotundidad el delicado y popular gallego materno.
José María Castroviejo y su esposa con nueve de sus hijos, pues falta el menor.

NESTOR LUJAN. Destino. Año 1962, No. 1295-1299 (Junio) p. 45