domingo, 19 de marzo de 2017

Entrevista-artículo de Josep Pla a Camilo José Cela (Destino 29/12/1956), réplica de C. J. C (Destino, 12/01/1957) y artículo de Adolfo Sotero Vázquez (La Vanguardia, 16/08/2003) referido a los pormenores de este encuentro.


Carta de Mallorca
Visita a Camilo José Cela en Mallorca
por José Pla
EN un prólogo escrito para una novela de Lorenzo Villalonga, Camilo J. Cela se ha retratado a sí mismo con estas palabras:
«El otro novelista... también es alto, aunque ya empezó, quizá prematuramente, a criar barriga. El otro novelista... gasta barba y es atlántico y turbulento, desaliñado, galante y corazonal, y vive como un futbolista retirado, en los afueras de la ciudad, en una calle bullidora y solana poblada de turistas de licenciosa conciencia y de gatos enteros, maulladores y noctámbulos. Probablemente es wikingo.»
Sí, probablemente. Lo que es absolutamente seguro es que Camilo José Cela vive en Palma de Mallorca. Primero habitó Son Armadans y ahora el Terreno, en un piso excelente, con una vista muy agradable sobre la bahía de Palma.
La criada me hizo entrar en el «living» de la casa. Eran las dos de la tarde, y por las vidrieras de la amplia habitación entraba el sol a raudales. Mallorca tiene esto de bueno, cuando hace buen sol la vida es muy agradable. En las paredes hay estanterías con muy buenos libros, admirablemente colocados. Encima, bastantes cuadros de pintura moderna, negros y feos, sobre los que destaca un Joan Miró con unos microbios ampliados sobre un fondo de salmón crudo y rosado. Es lo más escandinavo — wikingo— de la casa. En un rincón hay una chimenea a punto de encendida. En el rincón opuesto hay una camilla de muy buenas faldas en la que notoriamente el novelista vive y trabajo.
Cela se puso una «robe de chambre» de excelente calidad sobre un pijama y aparece en el «living» con la barba y los cabellos aborrascados.
Cuando aparece los tres canarios que ocupan las tres jaulitas doradas, finísimas, de la habitación se ponen a emitir gorjeos arrulladores y delicados.
Cela llegó hace pocas horas de la Península, y dado que un periódico de Palma, por exceso de celo informativo, comunicó o sus lectores que venía con gripe, recibió muchos visitas y tiene un aspecto algo fatigado. Presenta uno palidez marmórea que el pelo acentúa todavía.
Si le parece encenderemos fuego — me dice.
Se acerca a la chimenea y trata de meterle mano, pero la leña me parece un poco verde, humea y no arde. Se lo digo.
No se preocupe — me ataja —- Yo sé encender fuego. Es cosa de familia. Mi padre, de joven, fue detenido por incendiario.
Cuando llega a la camilla, después de estos trabajos, tiene la barba y los largos cabellos, que empiezan a grisear, todavía más aborrascados. Le miro un roto, a contraluz. De perfil parece un facineroso peligroso y terrible. De frente, con el perfil un poco cóncavo, tiene en la cara una impresionante expresión de timidez y de ternura, y a veces, al chupar el cigarrillo, se asoma a sus facciones una mueca de asco genérico—de asco de la realidad—. De frente parece un poeta tierno y suave; de perfil, un hombre rudo y de armas tomar.
—Tiene usted muy buena barba, señor Cela — le digo—. Presenta usted una excelente barba.
Sí, señor.
— Es axiomático.
— ¿Por qué no se deja usted la barba, señor Pla? Yo creo que todo el mundo debería dejarse la barba.
—Pues porque si todo el mundo se dejara la barba, usted se la cortaría en el acto. ¿No cree usted que se la cortaría en el acto?
—Pues también podría ser, realmente, y todo bien considerado.
Hablamos. Yo no conocía personalmente a Camilo José Cela y he venido a saludarle. En los inicios de la conversación nos tanteamos mutuamente para tratar de colocarnos. Pero observo rápidamente una cosa. Cela habla muy bien, de una manera muy pausada y hasta diría académica, con los giros de la más correcta de las gramáticas — habla de una manera absolutamente contraria a como escribe. Escribiendo copia literalmente lo que se habla en las calles, casas y cafés de poco pelo de Madrid, como él ha dicho y aun escrito algunas veces. En cambio, habla de una manera perfecta y estilizada. Claro está que a veces se cansa de hablar bien y entonces sale con un exabrupto (sin duda para resguardar su timidez) delirante.
En sus obras Cela es un ser absolutamente antiliterario — en el sentido de separarse por sistema de lo que se llama la estética y las bellezas del lenguaje en los manuales—. Copia literalmente la realidad del madrileño tal como se habla. No escoge. Cuando escribe da la impresión de que no vive literariamente, de que no piensa literariamente, de que no escribe literariamente. Además, todo parece indicar que la posición estética o literaria le produce una especie de engorro y de molestia abrumadora. En cambio, habla muy bien, con todas las más aliñadas reglas del arte.
—Me han dicho en Palma, señor Cela, que quiere usted ser académico de la lengua castellana.
— ¿Cómo en Palma? ¿Es que no lee usted los periódicos?
—Muy poco.
—Sí, señor. Quiero ser académico. ¿Le extraña?
—Mucho. Lo encuentro inexplicable.
— ¿Y por qué inexplicable?
—Pues porque para mí es inexplicable que, después de los esfuerzos que ha hecho usted para tener un público y de haberlo logrado, se dedique usted a desorientarlo y a perderlo. No olvide usted que su público, si tiene una característica general es su falta de academicidad. Si entra usted en la Academia, aunque sea en el sillón de Baroja, su público quedará sorprendido y, por más genialidades que el público le suponga, se desinteresará. La Academia no da público, ni hace aumentar el público más que a los que ya nacieron académicos, a los que mamaron la docta casa, si me permite la palabra.
—Pues verá usted. Yo pretendo ser académico para, cuando lo sea, no pensar más en ello, para dejarlo.
—Es una posición realmente antiacadémica.
—Sí, es posible.
—Ya comprendo. Lo mejor es irse cargando, para luego irse descargando sucesivamente.
—Lo importante es ser un ex en todo. Un ex premiado, un ex académico, un ex diputado provincial. Cuando uno ha logrado ser un ex en todo, entonces se tiene una sensación de ligereza y empiezo uno a volar.
Después de una ligera pausa, Celo me invita a almorzar en su casa. Me presenta a su señora y a su hijo, que me parece muy aventajado.
—Este niño—-me dice, con la satisfacción marcada en lo cara — es poderoso en las asignaturas y poderoso en la calle. Saca matrículas de honor y gasta mucha suela de zapato. Es una mezcla poco corriente. Por lo demás, mi señora es vascongada, y ya sabe usted que las señoras vascongadas saben improvisar una comida con extremada facilidad.
Aparecen unas langostas. Luego unos becadas sabrosas. Finalmente un camembert acabado de llegar de la dulce Francia. Y luego café y por si todo esto fuera poco, aparece una botella de aguardiente gallego que resulta sensacional.
Cela me pregunta si me gusta el aguardiente y yo le digo que en el terreno de los aguardientes bebo el calvados, el eau de vie de marc, la grappa italiana y el aguavil escandinavo.
— Señora —digo luego— me ha dado usted una comida considerable y de elevada calidad.
—Nada —dice el escritor—. Es la comida que en el siglo XIII hacían mis antepasados con el arzobispo Gelmírez, que usted habrá oído nombrar.
Se encoge de hombros y enciende un cigarrillo acentuando el desparpajo.
Mientras tanto, antes del almuerzo. Cela se vistió y apareció con un vestido obscuro listado de ligeras rayas blancas. Un vestido de contribuyente de la más notoria ejemplaridad. También se alisó el cabello —apareciendo así en parte, el Cela de años atrás, y dio un ligero retoque a la impresionante barba. No mucho retoque. La barba del escritor es notoriamente una barba poco acicalada y maurista.
Después de almorzar Cela se anima. Fuma cigarrillos ininterrumpidamente. Se levanta y se pasea por la soleada estancia. Y sin embargo da una impresión de cansancio, como si estuviera deprimido. Sus ojos son profundos, aterciopelados, casí morados. Sus carnes son ligeramente pálidas, un poco macilentas.
— ¿Se le da bien Mallorca para trabajar señor Cela.
—Muy bien. Aquí se está muy bien. Pero yo trabajo de una manera un poco rara. A veces paso semanas y semanas sin hacer nada aparte claro está de lo normal que, para el caso, es la dirección de mi milagrosa revista «Papeles de Son Armadans». ¿Se ha fijado usted que de mi revista han salido ya ocho números, con una puntualidad indiscutible? ¿No lo encuentra usted prodigioso, inaudito? Las revistas literarias suelen tener una fugacidad terrible. La fugacidad es una de sus características, Y sin embargo, ya ve usted.
—Ya, ya…
—Luego, de pronto, me pongo a trabajar en esta mesa, en esta misma mesa. Ahora, me encuentro en un momento de inacción que dura desde mi viaje al Pirineo de Lérida. Pero un día me pondré a trabajar y entonces trabajaré sin parar, horas y horas seguidas, interrumpiendo sólo mi trabajo para tomar un bocado o para dormir unas horas, las indispensables.
— ¿Le gusta a usted escribir?
—No tiene usted idea. Me gusta enormemente. En el fondo, es la única cosa que me divierte. Vivo en realidad para escribir.
— ¿Escribe usted con facilidad?
—Escribo premiosamente, con gran dificultad. Véalo usted.
Se acerca a una estantería y saca el manuscrito de «Judíos, moros y cristianos», primorosamente encuadernado. El manuscrito es realmente un galimatías y en él se ve el esfuerzo que ha hecho el escritor para la captación del objetivo.
En sus paseos por la habitación Cela se para a veces delante de las tres jaulas de canarios superpuestas, les dice unas cosas a los pájaros, los cuales le contestan piando agudamente. El canario de arriba, tiene unos pomposos apellidos castellanos. El de en medio, es de linaje mallorquín y se llama, de primer apellido Zaforteza. El tercero es un canario callejero, pelado y errabundo que se llame Juan Expósito y Expósito. Son canarios de muy buen canto, que alternan el arrumaco tibio y el trino gorjeante y de oreja alta.
—Si tiene usted varios canarios en una habitación, para que canten, es indispensable que no se vean. El origen del canto es la ausencia— aunque sea ficticia. Por esto hay que superponerlos... Le advierto, en todo caso, que tengo más pájaros en la galería. ¿Quiere usted verlos?
El escritor, que de perfil parece un facineroso retirado a las dulzuras de Mallorca (más que un futbolista) y de frente un poeta apocado, tímido y cívico, contempla sus pajaritos con los ojos cubiertos de ternura y de sentimiento casero. Se produce en la mente como una música de fondo: la de una máquina de coser Singer.
—Pues si yo hubiera sabido que le gustaban los pájaros de jaula y concretamente los canarios —le digo— le hubiera traído a usted un canario de Malta, que tienen fama de ser los más primorosos y cantarines del Mediterráneo.
—Pues no lo sabía — dice Cela.
El escritor me habla de su proyecto para la Navidad del año próximo, del almanaque o calendario de «Papeles de Son Armadans» que será un libro grande, imponente, en él estará todo o casi todo, incluso el nombre del libro que hay que leer cada día para ir tirando.
—Tengo ya mucha documentación. No crea usted que en los calendarios populares gallegos y hasta en el Zaragozano falte documentación y que no sea buena. Usted debería mandarme algo para el sus mentado calendario.
—Sí, señor. Le mandaré el «calendario del Payés», y en él encontrará usted la fecha exacta de la creación del mundo, la rueda perpetua de los años con la indicación de lo que han sido y de lo que serán —fértiles, medianos y estériles— y un sinfín de noticias y pronósticos meteorológicos, agrarios y ganaderos. Es un calendario de mucha miga
—Pues en eso estamos. En la miga. ¡Adelante!
A medido que voy hablando con el novelista, voy percibiendo lo extremadamente sensible que es a los halagos y a las reticencias, a los elogios y a las críticas. En un momento determinado me habla de un juicio emitido por Hemingway sobre su obra, de carácter despectivo, aparecido en la prensa de Zaragoza —no sé en qué periódico, porque yo no tengo idea alguna de la prensa de Zaragoza— juicio totalmente falso, porque si hay alguna cosa sobre la que se puede tener confianza es en la amistad de Hemingway y Cela. Pero lo curioso es la reacción del escritor, que ante estas cosas ridículas se descompone, cambia de color. Emite una voz que no es la suya. En el estado natural, Cela emite una voz de bajo abaritonado de matices magníficos.
Cuando uno contempla a este hombre con frialdad, teniendo un poco de experiencia de la vida, se perciben sus cambios, sus exaltaciones y sus depresiones, sus alzas y sus bajas, sus formidables crisis nerviosas. Hay una diferencia del color y de la calidad de la piel, morbidez y de tensión de la piel, de diferencias de voz que plantean el problema de saber si realmente tiene alguna ventaja ser lo que se llama una vedette —y uso la palabra en el sentido que puede aplicarse a un hombre que ha trabajado como Cela.
—Aquí tengo uno botella de jerez dedicada por Hemingway —me dice—. Léala usted.
Es una dedicatoria simpática, escrita en un castellano fantástico, como es natural. Es una dedicatoria auténtica.
—Pues ahora voy a pedirle o usted que me dedique esta botella de wisky [sic] que estamos apurando. Y así podrá tener una idea de lo que se escribe en la prensa.
Esto de dedicar botellas de espíritu de vino a los amigos es una cosa para mí tan nueva, que quedo sorprendido. Pero parece que esto se hace en el Madrid más o menos americano de nuestros días. Digo americano para abreviar. Me parece que Cela tiene relativas simpatías por lo que pudiéramos llamar, en términos generales, América.
El fuego de la chimenea arde con un ardor creciente. El novelista lo ha ido alimentando con buena leña. Los canarios arrumacan el aire de lo habitación. El sol de la tarde de Mallorca —de las primeras horas de la tarde— llena la bahía de una luminosidad radiante. Más allá de la ventana, después de unos tejados que empiezan a ocultarse, se ve un pequeño petrolero fondeado en rada en redorso de la nueva escollera de Porto Pi. La bahía de Palma puede contemplarse en toda su magnificencia.
—Aquí se vive bien, amigo Cela—-que yo lo digo.
—Pues no se vive mal, realmente. Sin embargo diré que lo de menos es la vida y que lo que se va haciendo es también importante. ¿No le parece?
Esta reiteración del escritor a llevarlo todo a la literatura, su vidriosa, morbosa sensibilidad por las miserias y pequeñeces de la profesión y de su clima, me hacen sospechar que lo que decía hace un momento sobre su contextura antiliteraria es una observación superficial, desprovista de fundamento.
—Lo que se va haciendo es importante en tanto en cuanto es objetivo —digo para aclarar las cosas—; lo importante de Baroja es su afán permanente de objetividad. La realidad es de una riqueza inagotable. Es superior a toda imaginación posible. La realidad es caudalosa, la imaginación es estéril. El estilo es poco cosa, es una preocupación de segundo orden. ¿Usted cree en el estilo como algo primordial?
—Creo que sí, a condición de saberlo ocultar cuidadosamente.
—Así, pues, usted copia el lenguaje que se habla en Madrid y lo estiliza.
—Algo hay de esto.
—Vamos a un ejemplo: cuando usted escribe las palabras «Canuto, mértola, Rosiono» es evidente que ha tenido usted una preocupación de estilo.
—No tiene duda.
—Así, pues, su fórmula literaria podría ser esto: un barroco astuto pero cierto.
— ¿Utiliza usted la palabra astuto en sentido despectivo?
—No señor, al contrario. Ser astuto es muy difícil.
—De acuerdo.
Todo queda ahora un poco más aclarado. Camilo J. Cela, es mucho más literario de lo que parece a primera vista. Así la elaboración de su obra le ha costado, fatalmente, muchos sinsabores. Por esto le duelen tanto las miserias de la profesión.
—Para terminar este asunto permítame que le digo ¡cuidado con el barroco, señor Cela! Es un callejón sin salida.
—Sin embargo es el único estilo que gusta a la gente.
—Cada día menos.
— Estamos de acuerdo. Todo es cuestión de dosis.
— Estamos hasta cierto punto de acuerdo. Usted, literariamente está en la línea de don Ramón del Valle-Inclán. Yo me quedo con Baroja.
Luego hablemos de diversas cosas y observo que está un poco disgustado con esto que le cuelgan del tremendismo. Y tiene razón.
A un escritor que tiene tanta preocupación por el estilo, por un estilo viril y siempre gracioso, por el estilo que siempre es el mejor (el del pueblo) le ha de molestar fatalmente que le cuelguen esta cosa bárbara y destartalada del tremendismo.
—Esto del tremendismo aplicado a usted, sin embargo, es natural —me atrevo o decirle—, tiene usted que pagar su horror por la cursilería.
—Es usted muy amable.

Estoy viendo que lo cosa empieza o ser larga y que se va haciendo tarde. Pero Cela es muy generoso y amable y me propone ir a dar una vuelta por el barrio. Se retira un momento y aparece con una boina y un abrigo grueso, amplio y confortable, con unos piques claros. Con la boina, la barba, el abrigo y la palidez de la cara, parece un mago dispuesto a dar un paseo por callejas solitarias.
Pero dejamos las callejas solitarias y entramos en un bar de buen aspecto, con un fuego de chimenea muy agradable. Hablamos durante largo rato. Luego me invita a acompañarle a la sede de la Cruz Roja, donde un amigo suyo, uno de los médicos de Palma más distinguidos producirá una comunicación sobre un caso muy notable de oclusión intestinal. Vamos a la Cruz Roja donde en un ambiente de elevado espíritu científico escuchamos la comunicación sobre el referido caso, que fue muy interesante.
Me parece comprender que Cela tiene muchos amigos en Mallorca —y algunos (como es natural) que no lo son tanto—. Ha sido un éxito de curiosidad. Es el hombre del cual se habla. Mallorca es un país muy receptivo y siempre dispuesto al homenaje. Si no hubiera sido por el tremendismo, la curiosidad hubiera sido general. Pero todo esto es compatible con el guardar las distancias.
Destino nº 1012, 29 de diciembre de 1956, pp-11-13




LOS NOMBRES DE TRES CANARIOS Y OTROS DATOS PARA LA HISTORIA
Carta abierta a José Pla
por CAMILO JOSÉ CELA
MI querido señor Pla:
Ustedes, los mediterráneos, suelen ser excesivos. Eso quizá sea una virtud en lugar de un defecto. Ya es sabido que más vale tener que desear. Su artículo de DESTINO, sobreemocionadamente agradecido por mí, también es excesivo. A mí me parece que no doy para tanto, y que tampoco es tan importante esto de escribir libros o andar de barba. Lo verdaderamente importante en nuestro país, señor Pla, es ser futbolista, notario o torero, por este orden. Pero, en fin, allá usted. En su escrito — que, no hay más que leerlo, es un escrito «a favor» — usted me dice cosas muy agradables: que tengo perfil de facineroso; que voy vestido como un contribuyente de la más alta notoriedad, que hablo bien; que escribo bien; que en mi casa se come bien; que tengo una vidriosa y morbosa sensibilidad; que trabajo mucho, etc. Excesivo, todo excesivo.
A mí me gustaría, al objeto de facilitar su difícil labor a los historiadores del futuro, puntualizarle — desde mi punto de visto — algunos de sus puntos de vista, bien entendido, claro es, que inducido por el resorte de seguir hablando con usted, cosa que reputo muy saludable para mí y que en Mallorca, con esto del aguardiente del Ribera, casi no pudimos hacer.
Voy a tratar los temas uno tras otro para que la conversación resulte más ordenada.
Cuando usted llegó a mi casa — cuyo ofrecimiento le reitero—yo me pegué un susto de pronóstico y me eché de la cama con lo que más a mano tenía, que era un viejo capote militar que me regaló el poeta inglés Roy Campbell, una noche que, caminando los dos la tierra segoviana, me entró una tiritona de mono. Es excesivo llamarle «robe de chambre de excelente calidad». La gente pudiera creerse que gasto botines de boxeador, lujo para el que no alcanzan mis posibles.
Mis canarios, que, como usted dice, son tres, no ocupan tres «jaulitas doradas, finísimas», sino tres jaulas de alambre de seis duros cada una. El canario madrileño, que es el más viejo de todos y que en la Sierra de Guadarrama libré por tablas de una tormenta que lo dejó moribundo, es, en efecto, de buena familia y se llama Isidro Gato y de Vargas. El mallorquín, de ilustre prosapia, lleva también muy sonoros e ilustres nombres, y el tercero en discordia, que vino por la puerta o, mejor, por la ventana y sin avisar, se llama Jacinto — no Juan — Expósito. Expósito, apellido que, como usted bien conoce, se suele emplear por la caridad española para distinguir a quienes, como mi canario, ignoran su origen
Mis pretensiones a la Academia — que usted no comparte — le llevan a no citar una respuesta mía con la puntualidad que, dado lo vidrioso del tema, hubiera ambicionado Lo que creo que quise decirle es que, si deseo la Academia, es para no pensar más en «ello», no en «ella»: en el deseo—que, uno vez cumplido, ya dejará de serlo—, no en la Academia.
También quisiera que quedase claro que en mi casa, desgraciadamente, no se comen langostas y becadas a diario. Usted tuvo suerte, cosa de la que me alegro; eso es todo. En mi familia y en la de mi mujer hace yo tiempo que no muere alguna tía con últimas voluntades obsequiosas, y el horno, a pesar de lo que puedan decirle los mal intencionados, no está para bollos.
De mis antepasados del siglo XIII no creo haberle hablado. Mi familia, aunque antigua, no lo es tanto y, más allá del siglo XV, nosotros no teníamos ni antepasados De otra porte, Gelmírez, que era del mismo pueblo que yo, no es del siglo XIII, sino del XII. Esto tiene poca importancia.
Mi ropero, al que usted tan gentilmente alude, aunque cuidadito, es modesto. Trajes nuevos, lo que se dice nuevos, no tengo ninguno, y los viejos o semiviejos pueden contarse con los dedos de la mano. También tengo una chaqueta de pana, que es la que uso para los vagabundajes; una cazadora de ante, que es lo que empleo para tomar copitas a eso de la caída de la tarde, y una americana de sport que me está estrecha y que no suelo ponerme.
Sobre mi perfil de facineroso no opino, porque, ¡qué le vamos a hacer!, no tengo otro.
Ignoraba la moda, que usted apunta, de dedicar botellas, que «se hace en el Madrid más o menos americano de nuestros días». Yo, la verdad sea dicha, no colecciono ni botellas dedicadas ni ninguna otra cosa. Con Hemingway me bebí una botella de jerez, y con usted una de «wisky», y, porque los quiero y los admiro a ustedes dos, preferí guardarlas —aunque vacías — como recuerdo. Uno es, a veces, algo sentimental.
Y, por último, en cuanto o mi fórmula o estética literaria, ¿usted cree, realmente, que, aunque astuto, soy barroco? No sé, no sé... Si me pone en lo disyuntiva de Valle Inclán-Baroja, yo también me quedo, sin reservas, con «nuestro viejo oso vascongado»;
Y esto es todo, señor Pla. Su artículo es, probablemente, el artículo más importante que sobre mí se haya escrito jamás. Comprenda — aunque no fuera más que por eso — mi interés en aclararle estas pequeñas cositas.
Confío en coincidir con usted en alguna ocasión; esta temporada — una temporada ya larga de tres o cuatro años — voy bastante por Barcelona, ciudad donde tan buenos amigos comunes tenemos usted y yo.
Y le anuncio mi visita a su casa de Llofriu, en correspondencia a la que usted tan amablemente me hizo. No puedo, todavía, decirle para cuando, pero créame que no será muy tarde.
Soy suyo affmo. lector y amigo.
Destino, nº 1014, 12 de enero de 1957, p. 13.

El encuentro con Josep Pla
El 24 de septiembre de 1956 ve la luz en Palma “Bearn o la sala de muñecas", de Lorenzo Villalonga. Iba precedida de un “Prólogo parabólico" firmado por Cela, en que el novelista gallego se retrata: “El otro novelista, el menos viejo [pasean Villalonga y Cela a la sombra del pinar de Bellver] también es alto aunque ya empezó prematuramente a criar barriga. El otro novelista, no el menos joven, gasta barba y es atlántico y turbulento, desaliñado, galante y corazonal, y vive como un futbolista retirado en las afueras de la ciudad, en una calle bullidora y solana poblada de turistas de licenciosa conciencia y de gatos enteros, maulladores y noctámbulos. Posiblemente es vikingo". Semanas después, Josep Pla aprovecha este autorretrato para abrir una larga entrevista con Cela en la casa del Terreno, donde en abril había nacido “Papeles de Son Armadans”. La entrevista se publicó el 29 de diciembre en “Destino”: faltaban escasamente dos meses para que Cela fuese elegido académico de la RAE: dos meses antes, el 30 de octubre, había fallecido Baroja. Néstor Luján le había escrito a Cela (31/X/1956): “Siguiendo la costumbre de los viejos reyes normandos, creo que podemos decir: Le roi Pío Baroja est mort! Vive le roi Cela!"
Pla se había ocupado de “Camilo José Cela, escritor” en su sección “Calendario sin fechas” el 6 de agosto del 55. El artículo parte de la excusa de la publicación en la colección “Áncora y Delfín” de varios libros de Cela: “Pascual Duarte”, “Viaje a la Alcarria”, “Pabellón de reposo” y “Mrs. Caldwell habla con su hijo”. Acababa de aparecer en la misma colección “El gallego y su cuadrilla” y en la editorial Noguer vio la luz en 1952 “Del Miño al Bidasoa”. Pía parece haber leído estos libros más “La colmena”, de la que dice que “no se adapta a los modelos clásicos del género”, al igual que indica: “No conozco su libro sobre Venezuela", refiriéndose a “La catira" (Barcelona, Noguer, 1955).
Cela era sobradamente conocido por el público barcelonés, ya que desde el otoño de 1949 al del 52 había colaborado en “La Vanguardia”. Una carta del verano del 49 dirigida a Luis Galinsoga es muy gráfica: “Puede usted creerme, amigo Galinsoga, que esta colaboración que hoy inicio en el periódico de su exacta y certera dirección, la considero como mi mayor y más preciado triunfo profesional". También durante el 52 había ofrecido en sucesivas entregas desde “Destino" los primeros compases de su libro de memorias “La rosa”. De otro lado, con anterioridad al artículo de Pla, Antonio Vilanova en su deslumbrante sección de “Destino”, “La letra y el espíritu”, había reseñado con insólita penetración estas obras entre el 51 y el 55, reseñas que son la base de la franca amistad del profesor y crítico barcelonés con el novelista gallego. Igualmente es anterior al artículo de “Calendario sin fechas”, que se puede leer traducido y desprovisto del primer párrafo en “El passat imperfecte”, la magnífica entrevista que Néstor Luján le hizo en “El Noticiero Universal” del 1 de junio del 54, en la que Cela afirmaba la importancia capital de las novelas de Baroja, pero sostenía que el escritor del 98 que más le había influido era Valle-Inclán.
La tradición del 98
El artículo de Pla precisamente remite el arte de Cela a la tradición del 98, la de Baroja y Valle, añadiendo con clarividencia el magisterio orteguiano. Señala la calidad de su prosa y deja en el aire unas frases que tendrán respuesta más de un año después: “No conozco personalmente a Cela. Ignoro cómo es, lo que hace, lo que dice, cómo se mueve y lo que piensa”. En el intervalo entre el verano del 55 y diciembre del 56, las relaciones de Cela con Barcelona continuaron muy vivas: “Judíos, moros y cristianos" ve la luz en Destino, “El molino de viento y otras historias cortas" en Noguer. Invita, desde el comienzo, a participar en la empresa de “Papeles de Son Armadans” a Riba, Es-priu, Vilanova y Luján. Y por si fuera poco, junto con Josep María Espinás y Felipe Luján -padre de Néstor y suegro de Espinás- viaja a pie por el Pirineo leridano en el verano del 56.
La entrevista de Pla a Cela debió ir rodeada de otros encuentros, pues en una carta a Luján del 4 de diciembre Cela escribe: “Estuve con Pla en Inca y en Palma, comiendo y bebiendo. Después le perdí la pista. Es un sujeto sensacional". Durante sus encuentros Cela le regaló una pluma de oro al ampurdanés, pluma que al llegar a Barcelona depositó en manos de Luján, generando un curioso intercambio epistolar (Luján-CJC) que se entremezcla con la grave crisis en la dirección de “Destino”. Cuando la entrevista acababa de aparecer, Cela le escribe a Luján: “Leí el artículo de Pía al que contesto -muy amablemente como comprenderás- en una ‘Carta abierta' que hice llegar a Vergés. El artículo en el fondo no me gustó, cosa que te digo a ti y a nadie más. Honradamente creo que, poco o mucho, soy algo diferente de una vedette barroca. La pluma, naturalmente, házsela llegar a Pla, con mi ruego de que sirva aceptarla” (31/XII/56). Tampoco le había gustado por entero el reportaje-entrevista a otro gran amigo barcelonés de Cela, Antonio Vilanova, quien le había escrito el 30 de diciembre: “En el último número de 'Destino' he leído la extensa entrevista contigo de José Pla. Ya quisiéramos todos que en cada número del semanario apareciese una interviú tan bien hecha y de una calidad semejante. Ahora bien, esto aparte tengo la sensación de que Pla no ha captado hasta el fondo tu carácter, tu manera de ser, tus ideas y casi me atrevería a decir que no se ha fijado en tu letra. Pla se ha inventado un posible Cela, que no está en absoluto desacuerdo con el verdadero, pero que sólo refleja una faceta del mismo, una faceta aparente y externa de lo que tú eres. No me extraña porque Pla es hombre a quien a veces puede la inteligencia y el exceso de sagacidad al juzgar a las personas, sobre todo a las que son muy diferentes de lo que él quisiera o imaginaba. De todos modos, celebro infinito que hayas tenido ocasión de conocerle y que hayas podido hablar extensamente con él. El tipo merece la pena, y es, como tú, fuera de serie”.
La entrevista mereció la réplica de Cela, publicada en “Destino” (12/1/57). Cela aclara aspectos sobre su nivel de vida, antepasados, pretensiones de ingreso en la RAE y gustos literarios, reconociendo que “su artículo es, probablemente, el más importante que sobre mí se haya escrito jamás”. Y le anuncia su visita a Llofriu, que no fue sin polémica, porque como escribe a Luján (9/II/57): “No conviene echarnos a pelear, siquiera como es lógico, con armas permitidas y versallesco ademán.”
Adolfo Sotelo Vázquez
La Vanguardia, 16 de agosto de 2003, p. 30

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