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jueves, 30 de agosto de 2018

Última entrevista a Julián Marías (ABC, 18 de diciembre de 2005)


Última entrevista 
Julián Marías
Académico y filósofo
«Quien crea que cuando alguien muere se acaba, no ha querido a nadie de verdad»
El 12 de enero de 2003 apareció en Los Domingos de ABC una entrevista con el filósofo Julián Marías, fallecido esta semana en Madrid. Sus palabras siguen tan vigentes como la serenidad de sus enfoques
Por César Alonso de los Ríos y Agapito Maestre. 
Es difícil imaginar un contraste mayor que el que hay entre el desorden del estudio del filósofo y la claridad del pensamiento de éste. Uno avanza entre mesas, con inmensas gibas de papel, hasta el sillón en el que se hunde el escritor ya con la vista muy deficiente, pero con una mente de la que sigue manando un discurso coherente, lúcido, con frecuencia irónico.
Hemos venido a charlar con el maestro y. sobre todo, a rendirle homenaje. La vida le ha deparado pocas gratificaciones. No se le ha perdonado nunca haber dicho siempre lo que ha pensado: «El mérito mayor de los tres tomos de mis memorias es no mentir nunca». La Universidad, tan acogedora para algunos, prevaricadora casi en algún caso, le fue hostil siempre a Marías, desde el 39. No se le permitió doctorarse hasta 1951. Demócrata de toda la vida, no ha gozado nunca de la simpatía de los progresistas. «He sido siempre un perseguido». Desde luego su obra ha sido minusvalorada. Reducido a exégeta de Ortega es el más autorizado de sus intérpretes pero, además o sobre todo, es autor de títulos inexcusables para la inteligibilidad de España y de una obra cumbre en la filosofía española: «Antropología metafísica».
—Queremos empezar por un hecho que llama la atención: cómo explicar que, habiéndose mantenido siempre al margen del oficialismo franquista, no haya sido reconocido por los progresistas.
—Eso tiene una explicación muy racional. Nunca a lo largo de mi vida he abdicado de decir la verdad. toda la verdad. Porque para mí decir la mitad es mentir.
—Usted ha sido crítico con la República y con las posiciones de Ortega ante la República.
—Ortega no previo lo que iba a pasar y habría debido hacerlo. Había que haber sido consciente de en qué manos se ponía el pandero. Es evidente que la situación era mala en el año 30 y que había muchos motivos para el descontento pero, a la vista de lo que sucedió, habría sido mejor que la Monarquía hubiera seguido con sus defectos porque de la República salió la guerra civil.
—Intelectualmente, usted es un hijo del clima de la República.
—La Facultad en la que estudié estaba al más alto nivel europeo. Teníamos a Ortega, a García Morente. a Sánchez Albornoz, a Menéndez Pidal... Ninguno de los intelectuales estaba por la guerra. Tan sólo algunos de tercera fila (...).
—Ha dicho que se debería haber tenido en cuenta quién Iba a tener el poder en la República. ¿A qué se refería?
—En la guerra civil la República quedó en manos de la Unión Soviética. De la guerra yo salvo únicamente a Besteiro, que nunca tuvo poder. Lo tuvo, si, al final para conseguir que la guerra pudiera terminar un poco más civilizadamente. En la cárcel conocí a un militante del partido socialista, ex oficial del Ejército, que se pasaba el día culpando a Besteiro de que él estuviera en la cárcel. Un día me cansé y le dije: «Tiene razón, si no hubiera sido por él usted estaría criando geranios».
—Usted se ha enfrentado a las versiones tópicas de la guerra y el exilio.
—Al hablar del exilio no se distingue entre el del 36 y el del 39. El primero se produce con la llegada de la guerra y por temor a la pérdida de libertades. El segundo tiene que ver con el desenlace de la guerra. (...)
—Fue a la cárcel por una denuncia. En la última novela de su hijo Javier se habla de ese episodio, pero usted se ha negado siempre a desvelar la personalidad del denunciante.
—¿Para qué? Lo curioso del caso es que era un amigo, un compañero del bachillerato, al que yo estimaba y con el que jamás había tenido una discusión. Ni siquiera pudo haber una rivalidad profesional ya que él se había dedicado a la Historia... Se inventó todo lo que quiso en contra mía.
—Usted no se exilió.
—A mí me había impresionado, de joven, una frase de Danton en la en la que se dice que «a la patria no se la puede llevar uno en la suela de los zapatos». Al salir de la cárcel mi preocupación era sobrevivir. de qué vivir. No podía dedicarme a la enseñanza, así que me dediqué a traducir y a escribir libros.
—Su «Historia de la Filosofía» era una cátedra ambulante.
—Que nadie recomendaba a los alumnos. Se publicó en enero de 1941 y enseguida hubo que hacer una segunda edición y una tercera. Gracias a ese libro pude casarme. Por ahora van 41 ediciones.
—Entra en contacto con Laín y comienza a escribir en «Escorial», la revista de los intelectuales falangistas.
—Laín quiso conocerme. Era el subdirector de la revista y en ese momento era consejero nacional de Falange. Nos hablamos con sinceridad y nos entendimos. Naturalmente me dijo que escribiera sobre temas culturales. Nuestra amistad duró treinta años.
—Se le cierra la Universidad hasta el punto de que no pudo hacer el doctorado hasta 1951.
—Fui realmente un perseguido. No pude escribir en los periódicos durante doce años, hasta que Luis Calvo, director de ABC. me pidió una colaboración.
—Por eso resulta muy notable que usted defendiera la tesis de la continuidad cultural por encima de la guerra y de la censura. En uno de los ensayos que usted recoge en «Los españoles» reivindica el alto nivel de la cultura española entre el 39 y el 59. ¿No cree que esa ha sido una de las cosas que no se le iban a perdonar?
—Vuelvo a lo mismo. Yo digo lo que pienso, y lo que defiendo en «La vegetación del páramo» es esa brillantez de la cultura que se pone de manifiesto en la lista de libros —libros impresionantes—entre 1941 y la muerte de Ortega.
—Otra de las razones de la minusvaloración de su personalidad como filósofo se ha debido, quizá, a haberle reducido al papel de exégeta de Ortega (...).
—Yo he escrito dos tomazos sobre la obra de Ortega, de quinientas páginas cada uno. que me complacen mucho. Ahí están, pero mi obra es mucho más que eso. (...)
—Tampoco Ortega ha tenido el reconocimiento debido. ¿Qué fue para usted?
—Mi gran maestro, mi amigo, mi mejor amigo, una persona admirable. Al poco de morir, alguien me preguntó que cómo era. Le contesté: «Como el sol, luminoso y cálido». No pude decir nada mejor.
—Una preocupación constante en su obra ha sido la idea de España: «Los españoles», «España inteligible»...
—Libro que cumple lo que promete en el título.
—Usted publicó una serle de artículos en «La Vanguardia»...
—Quince.
—En los que se acercaba con respeto al hecho catalán...
—Y con amor.
—Y tuvo una respuesta mala de Maurici Serrahima....
—Poco acertada, diría yo.
— ¿En qué se equivocaba el juicio de Serrahima?
—En que para mí Cataluña es España. una parte de ella, una pieza inseparable del todo y no se puede entender a Cataluña al margen de España. Había en Serrahima una voluntad de apartismo. En todo caso, nada comparable con la situación actual. Mucho peor.
—A Serrahima le dolía que usted hablara sobre Cataluña.
—En una ocasión di una conferencia sobre el poeta Maragall. Uno de los asistentes dijo, en el coloquio. que yo no estaba capacitado para entender a Maragall porque yo no soy catalán. Le respondí que nunca había llegado a pensar que se tratara de algo tan misterioso como el alma tibetana.
—A la vista del ascenso de los nacionalismos y el agravamiento de los problemas, ¿ha valido para algo tanto esfuerzo apologético y de pura racionalización?
—También han aparecido soluciones.
—¿En el País Vasco también?
—El problema del País Vasco es ETA. Lo de Cataluña tiene sus pegas. pero lo que está mal es el País Vasco. Porque hay miedo, y donde hay miedo no se puede votar con libertad y no puede hablarse de elecciones libres.
—Usted ha escrito que no hay vida «vividera» sin libertad.
—La gente vota por miedo al PNV. El temor no lleva a ninguna parte.
—Volviendo a los rechazos que su obra ha producido en el mundo progresista hay que recordar su posición en relación con EE.UU., con el Imperio.
—¿Imperio? Los EE.UU. mandan menos de lo que tendrían que mandar para la responsabilidad que tienen. A EE.UU. no se le perdona que nos haya librado de Hitler y de Stalin. Hay otros factores... Por ejemplo, los complejos de Europa ante EE.UU. Europa está muy floja.
—También en el pensamiento.
—También. Piensen que Francia es un país que no ha tenido jamás decadencia, hasta ahora, desde finales de los sesenta no ha aparecido nada nuevo. Es algo que nunca había ocurrido en Francia. Pero la crisis alcanza a Alemania. Gadamer. que no era de la talla de los más grandes, murió en el 2000 con 102 años... ¿Qué queda de aquel pensamiento fantástico que va de Wittgenstein a Heidegger?
—Habermas y poco más.
—Muy poquita cosa.
—El neokantismo es hegemónico. y eso lleva a un alejamiento de la realidad. ¿Usted no cree que una filosofía al margen de la vida acaba matando la vida y el pensamiento?
—La filosofía consiste en hacer transparente la vida.
—Hablamos antes del sentido de la trascendencia en Ortega. ¿Y el suyo?, ¿cómo define su religiosidad en estos momentos?
—Yo soy profundamente religioso y cada vez más específicamente católico. Las visiones más profundas del catolicismo están en las oraciones básicas. Lo malo es la faramalla con que se las rodea, las oraciones básicas son de una gran perfección. El credo, por ejemplo: hay que decirlo despacio. palabra a palabra. (...) La idea del hombre que se deriva de esa creencia, la idea del hombre como responsable, como esencialmente libre, que tiene que responder de lo que hace, que es libre, y que puede elegir, que está destinado a seguir viviendo…
—Habla usted de la muerte y de la otra vida.
—La gente admite con frivolidad increíble que cuando alguien muere acaba. ¿Cómo se va a acabar? El que crea eso es que no ha querido a nadie de verdad. La idea de que las personas se aniquilan es incomprensible, monstruosamente inverosímil... Si lo más grande que hay en el mundo es la persona, es lo más real que conocemos. decimos que nada se destruye, que se transforma, pero admitirnos que se aniquila el ser que somos cada uno. El hombre tiene que imaginar cómo puede vivir después de la muerte. En mi libro «La felicidad humana» hay un capítulo titulado «La imaginación de la vida perdurable». Yo digo que no será así, como digo, sino que será mucho más interesante pero basta con eso para desearlo.
—¿Es Europa para usted un hecho culturalmente cristiano?
—No se podría entender de otra manera.
—¿Y el Islamismo?
—Cuando cayó el muro de Berlín yo dije, al día siguiente, que el gran problema que nos acechaba era el islamismo.
ABC (Los domingos), 18 de diciembre de 2005, pp. 60-61.

martes, 14 de marzo de 2017

“La literatura hoy ha desaparecido por la política”. Entrevista a Juan Perucho (La Vanguardia, 29/12/2002)


“La literatura hoy ha desaparecido por la política”

Joan Perucho, reciente premio Nacional de las Letras

Josep Massot
Dos reconocimientos recientes, la medalla de oro de la Ciutat de Barcelona y el premio Nacional de las Letras han devuelto el humor a Joan Perucho, malacostumbrado a la poca salud. Acaba de cumplir 82 años y se presta con pillería cómplice a posar para la fotografía que ilustra esta página, asiendo con gesto maléfico un antiguo tratado de apariciones y vampiros. Su conversación es como su literatura, una ficción de presencias reales y prodigios leídos. A veces le falla la memoria, se lleva las manos a las sienes y, tras una breve pausa, gesticula, enfatiza el nombre recuperado y prosigue su relato. Acostumbrado a dialogar con los personajes que habitan en su fastuosa biblioteca, deslumbra al visitante con ejemplares únicos y fábulas librescas: cómo Ramón Llull, engañado por Enrique VIII, convirtió plomo en plata y oro, o cómo Onofre de Dip, caballero del rey En Jaume, fue vampiro por un beso apasionado.
-Fíjese en este retrato -dice Perucho-, es mi abuelo, que luchó con las tropas carlistas, pintado por Antonio Caba. Mi bisabuelo era de Pinyana (Lérida), mi madre, de Medina del Campo, cuñada de Albéniz. Mi hermana, ¿sabe?, fue la primera conductora de automóvil de Barcelona. Yo hice la guerra en los dos bandos. A los 17 años fui movilizado a las baterías antiaéreas del Carmel. Era vigilante del cielo: avistaba los aviones italianos que venían a bombardear Barcelona desde sus bases de Mallorca. Cuando perdió la República, yo estaba solo, sentado en un parapeto desde el que se veía el mar, y recitaba versos en catalán de Sánchez Juan. Un oficial se acercó y me dijo: “Si eres de Barcelona, me doy la vuelta y te vas a tu casa”. Salté enseguida del parapeto y fui a casa. Los nacionales me llamaron a filas y como mi madre era de Valladolid me enviaron a San Quintín, un cuartel que parecía un monasterio en cuya entrada había este letrero: “De aquí se sale para la muerte”.
-¿Llegó a combatir?
-Enviaron mi columna a Menorca, el último reducto republicano. Allá había cuatro cañones Vickers, temibles, los más grandes del mundo. Pero no llegaron a disparar. Cincuenta años después, exactos día por día, me hallaba en Sicilia y se acercaron unas personas que nos pidieron compartir mesa. Resultaron ser menorquines. Uno de ellos había servido en las baterías de Mahón y reveló el misterio. No dispararon por un acto de sabotaje que las dejaron inutilizadas: después sirvieron para rodar “Los cañones de Navarone".
-¿Y tras la guerra?
-Estudié Derecho. En el Patio de Letras, donde un lema proclamaba con grandes letras “Si eres español, habla la lengua del imperio”, conocí a mis grandes amigos Néstor Luján y Antoni Vilanova. Empecé a colaborar en revistas como “Alerta”, “Poesía”, “Ariel” y “Destino”. En 1954 gané el Ciudad de Barcelona por “El médium” y Eugeni d'Ors me dio un gran consejo: “Usted será un gran escritor, pero ha de creer siempre en lo que hace, porque sin vocación no hay destino”.
-Y después se hizo juez.
-El oficio de juez no me ha gustado nunca. Tienes siempre la impresión de que te están enredando. Unas veces lo adivinas y otras no. Y piensas, ¿qué culpa tiene de ser así? Nunca lo sabes. Cuando dictas una sentencia condenatoria, piensas: ¿estás seguro?, ¿y si me equivoco? Lo único que da tranquilidad es saber que hay otra instancia.
-En los pueblos en que ejerció de juez podía saborear las historias rurales.
-Sí, pero mis libros son literatura, vienen de la erudición, de los libros, no de la cultura popular. Una vez tuve que hacer una exhumación. En el pueblo nadie quería ir al cementerio a desenterrar cadáveres. Al final, abrimos el nicho y al desclavar la tapa del ataúd, en su reverso, apareció una superficie gris, con grafitis negros, horrorosos... Me pareció que era la realidad destruida, la muerte detrás de las cosas. Le dije a Tapies que parecía uno de sus cuadros, pero creo que eso no le gustó.
-¿Cómo conoció a Picasso?
-Yo era juez en Mora d'Ebre y en Horta de Sant Joan, donde había vivido Picasso, y me pidieron que fuera a verlo a Antibes y pedirle permiso para hacer un museo. Me impresionó mucho; allí donde estuviera él se convertía en el centro de atención, tenía una mirada ávida, penetrante, que causaba en las mujeres un efecto tremendo. Me dio un consejo que recordaré siempre: “Trabaja, trabaja, trabaja”, me dijo. “Un libro solo no vale nada, un cuadro solo no vale nada, tienes que escribir muchos libros, pintar muchos cuadros, para que tu obra pase a la cultura universal.
-Usted empezó a escribir en una época en que dominaba el realismo más crudo.
-El realismo es contar los amores de una portera con el portero de enfrente. Eso siempre existirá. Hay otra manera de impactar al lector, diferente, y eso es lo que he descubierto yo. Saber qué hay al otro lado del mundo. La literatura hoy ha desaparecido por la política. La poesía es otra cosa, a veces de expresión ininteligible; “Polvo serás, más polvo enamorado”.
-¿Qué es la muerte?
-Un sueño perpetuo. Pido a Dios que mi sueño venga sereno, plácido y sin dolor.
-¿Dios es una cuestión de fe?
-Dios es una realidad teológica.
-Escribe en castellano y en catalán, ¿qué diferencias distingue entre ambas lenguas? Borges decía que el castellano no servía para la poesía.
-El castellano es la lengua más severa del mundo, más que el alemán. Mi madre era castellana y yo escribo sin dificultad las dos lenguas. Una vez me puse el reto, con Marti de Riquer, de averiguar si era cierto que Dante había escrito o no: “L'avara povertá de i catalani”. Mire esta primera edición de la “Divina Comedia”. El verso 77 del capítulo VIII del “Paraíso” dice: “L'avara povertá de Catalogna”. Hacía referencia, a la austeridad de los reyes de Aragón, quienes cuando se les doblaba una punta de la corona la enderezaban a martillazos o cuando se deshilachaba un trozo del manto lo hacían zurcir y eso gustaba mucho a los diplomáticos extranjeros. ¿Borges? Yo buscaba siempre a pie de página una nota sobre la existencia del mundo, de dónde había surgido. Borges lo buscó en los espejos. El espejo es una superficie plana que refleja al que mira y también su entorno. Refleja la realidad. Pero ¿qué hay detrás de los espejos? No se sabe, se adivina. Sólo los santos o los poetas saben que está la grandeza del infinito.
-Trató a muchos falangistas.
-Yo he separado siempre la buena literatura de las opciones políticas personales.
-¿Sigue escribiendo?
-No. Ahora reedito mi primera prosa. “Diana i la mar morta”, la sorpresa de la caducidad del mundo, reflejo del libro completado.
Perucho sigue hablando de muchas otras cosas, de cómo dijo no a la Academia, de sus viajes, de Cunqueiro, Miró, Foix, de su peña gastronómica, sus gatos y sus libros favoritos. O cita a Moratín:
Luego amontonarás confusamente
cuanto pueda hacinar tu fantasía,
en concebir delirios eminente.

Botánica, blasón, cosmogonía,
náutica, bellas artes, oratoria,
y toda la gentil mitología,
sacra, profana, universal historia
y en esto, amigo, no andarás escaso,
fatigando al lector vista y memoria

La Vanguardia Cultura, 29 de diciembre de 2002, pp. 35-36.

lunes, 6 de marzo de 2017

José María Moreno Galván sobre Juan Eduardo Cirlot en “Triunfo”. Artículo y necrológica sobre el poeta.


José  María Moreno Galván
Juan Eduardo Cirlot
Yo nunca fui un cirlotiano sistemático. Sin embargo, yo le debo muchas cosas a Juan Eduardo Cirlot, como mucha gente que escribe de arte en este país. Hace tres o cuatro días, el azar me deparó la ocasión de verle de nuevo en Barcelona. Charlamos largamente y recuerdo que yo rae consideré obligado a reprocharle que no publicase con la misma asiduidad de antes. «Si —me dijo—, publico mucho menos, pero… », y enumeró una larga serie de títulos, publicados todos en estos últimos dos años, que hace que yo lo eche de menos. En efecto, ha publicado mucho más que yo; mucho más que casi todos nosotros... Es que Cirlot, con su abrumadora prodigalidad, nos tenía mal acostumbrados.
Cirlot era —y es, creo— un poeta. Y aun cuando muchos puedan hacer al mismo tiempo, como él, la poesía y la crítica de arte, sólo él había llevado hasta lo último la condición esencial de lo primero, que es la de saber ver e interpretar la cara oculta de las cosas. El arrastró hasta su ojo de crítico de arte su mirada de poeta y, con frecuencia, sabía descubrir la realidad que ocultaba la apariencia. Esto le dio un lenguaje instrumental simbólico (de un simbolismo no aprendido, sino vivido por él en el contacto con las cosas) altamente eficaz. Le dio también un cierto profetismo, porque él era de esos poetas que creen en su fuero interno que la función del poeta es la profecía. Claro está que todo eso podía provocar en él una cierta parcialidad. Y era, en efecto, un crítico parcial. Pero lo era responsablemente: haciendo intervenir a su parcialidad en toda su imagen del mundo. Esa actitud aparentemente sectaria era creadora: yo, por ejemplo, aprendí mucho a ser ecléctico en esa ausencia de eclecticismo.
Por supuesto, todo eso, el lenguaje profetista y simbólico —y por tanto un cierto clima de irracionalidad—, y la parcialidad enfáticamente mantenida, parecía ponerle en contacto con el surrealismo. Y, en efecto, algo de surrealista involuntario, de surrealista al margen de los manifiestos, yo creo que debe haber en Cirlot, en la persona y en el poeta. Me fundo para ese supuesto, mucho más que en todos esos indicios, en el del humor: el humor mantenido incluso con heroísmo, como un factor de la conciencia. Yo creo, y lo creo firmemente, que el Cirlot que parece un disparate, en su persona y hasta en su facha política, es un gran humorista. Un humorista que puede pagar heroicamente caro su derecho a serlo secretamente, para su deleite personal. Ese es su gran lujo. O, al menos, yo así lo creo.
José María Moreno Galván
Triunfo, 30 de enero de 1970, nº 400. p 43.
...

Juan Eduardo Cirlot
Es verdad el reproche que me hacía ayer un amigo: Ya vengo remoloneando demasiado para escribir a Cirlot. Pero es que... Ya empieza a levantarse en lo más incontrolado de mí mismo una especie de protesta inconsciente contra las necrológicas. Y en este último año ya llevamos tres: la de Manolo Millares, la de Picasso, la de Cirlot. No es que no se pueda ni se deba hacer: es que a uno lo que le gustaría es [no] hablar de esa vida cuando llega la hora de hablar de esa muerte.
Juan Eduardo Cirlot murió hace poco más o menos un mes: no me pidáis ahora precisión en esa fecha. Sé que murió dos o tres días después de Picasso. A mí mismo me llegó la noticia con retraso, pero recuerdo que la persona que me dio la noticia se dio cuenta de que me había afectado. Y me afectó mucho. No solamente porque Cirlot fue uno de los dos o tres estudiosos del arte moderno mejores que tuvimos en España, sino porque es muy difícil en esos momentos que uno, no recordara la faz de Cirlot, con su mirada tímida y como desamparada, permanentemente desmentida por el argumento de su palabra, uno de los más brillantes e inteligentes que a mí me ha sido dado conocer en estos últimos tiempos.
Cirlot tenía las mejores cualidades para ser, como lo era, un formidable crítico de arte; poseía una gran cultura visual y, además, era un excelente poeta. Esta última dimensión, la de poeta —poeta yo diría que surrealista, además; el último surrealista—, es la que le permitía adquirir para su acción crítica un sanísimo partidismo, a favor de un arte no definitivamente dominado por «el sueño de la razón» y, en el terreno formal, no definitivamente dominado por la razón de la forma. Todas esas peculiaridades lo dibujaban como lo que luego fue efectivamente. Fue, primero, el que estaba en mejores condiciones de todos nosotros para comprender el movimiento «Dau al set», en el cual incluso estuvo integrado algún tiempo. Por eso fue uno de los más tempranos panegiristas del primer Tapies. Pero, además, precisamente por su proclividad a un arte que no tenía inconveniente en considerar que «el sueño de la razón produce monstruos», tuvo en hora muy temprana la noción del aformalismo. Por eso fue, acaso, su primer panegirista en nuestra lengua. Fue el primero y fue el mejor.
Como, además, el aformalismo llegó a ser, luego, un movimiento clave de la pintura contemporánea española, como Cirlot fue un pensamiento clave en el movimiento aformalista español, su importancia fue muy decisiva en ese orden. Los pintores de aquel tiempo consideraban mucho, con razón, los escritos de Cirlot. Como, además, él era de una prodigalidad y de una generosidad sin límites, hay muchos escritos de él glosando el arte de la gente de aquella hora.
¡Cómo trabajó Cirlot entonces! ¡Y cómo continuó trabajando hasta el final!
Yo recuerdo a Cirlot como a una persona entrañable y llena de generosidad. No he tenido con él nada más que una diferencia. En una ocasión, en estas mismas páginas, hice un comentario de su persona y de su obra que él me agradeció, pero, al final, yo tuve la debilidad de considerar que tenía un profundo sentido del humor. El comentario se lo hizo a Gustavo Gilí: «No, eso no. Gustavo, tú lo sabes bien: Yo no tengo humor, no lo tuve nunca...». Todo lo cual, cuando lo supe, no hizo más que reafirmarme en que, efectivamente, era un gran humorista. Pero, claro, ahora ya no puedo discutirle su decisión de no tener humor. Eso hay que respetárselo.
La última vez que lo vi estaba ya en su lecho de muerte. Quise ir a verlo a la clínica y me acompañó María Lluisa Borrás. Me alegró mucho verlo rodeado cariñosamente de los suyos: dos hijas muy jóvenes y muy bellas, y su esposa. Ya estaba condenado a muerte. Y las tres me pidieron que le quitase dramatismo a mi visita, lo que yo hice, naturalmente.
Estuvo aquella vez muy cariñoso, y cuando me iba a despedir, me dijo: «Moreno, puede que discrepemos en muchas cosas, sobre todo políticamente, pero, en realidad, yo tengo un gran afecto por ti, como por todos los que discrepan conmigo...». El buen Juan Eduardo fue un gran crítico de todo, menos de sí mismo. Llegó a creerse políticamente lo que no era. En realidad, él no era más que una buena persona. Una buena persona, digo, pero debo aclarar, con mucho, con muchísimo talento... Un gran crítico de arte.
Lo que pasa es que si sigo por ese camino voy a desmentir la imagen que él mismo quería darnos de sí mismo. Y yo no quiero discutir con las ideas del amigo muerto. Pero... ¡que me perdona por última vez! Todas esas actitudes, toda esa negación de humorismo en su persona, es porque, en lo más profundo de su ser, era un gran humorista.
José María Moreno Galván
Triunfo 16 de junio de 1973, nº 559 p. 57

viernes, 3 de marzo de 2017

Eugenio Trías sobre la muerte. Tercera "El gran viaje" (ABC, 1/11/ 2008) y discurso de aceptación del premio Mariano de Cavia otorgado por este artículo ("He intentado acercar la filosofía al día a día" ABC 15/7/2009)


El gran viaje
NO es posible sublimar el carácter salvaje y despiadado que la última nota de la vida en este mundo siempre posee. Toda muerte constituye una irrupción intempestiva con carácter de miraculum siniestro. Llega siempre a destiempo, «como un ladrón en la noche». No permite mediación ni conciliación. Se halla en máximo abandono respecto a toda imaginación simbólica. Revela las insuficiencias de toda concepción racionalista del mundo.
Deja la muerte, inevitablemente, toda vida en condición de puro escorzo, como fatal torso fragmentario, o en estado de ruina irremediable. Hija de Hades y de Thanatos, incuba sus letales huevos en el desenlace de toda vida.
La muerte es, quizás, un point d'orgue inquietantemente prolongado. Desde aquí, desde nuestra perspectiva mundana y carnal, se muestra como helado y sepulcral calderón que pone punto final a la partitura de la vida. Desde una percepción espiritual puede presentirse, sin embargo, como pasarela hacia otra vida mejor. Como silencio expresivo sería rampa de lanzamiento hacia una vida diferente.
Entonces la sepultura podría llegar a ser cuna de una nueva forma de existencia, según el principio de toda metamorfosis. Este mundo sería la incubadora de un nuevo modo de vivir: la matriz material de un verdadero renacimiento. El cuerpo del hombre viejo, devuelto a su condición de neonato, se transformaría en carne espiritual, o en cuerpo glorioso, como en el final transfigurado del Segundo Fausto. Esta grandísima pieza de Goethe suele interpretarse de forma alegórica y ornamental, en lugar de tomársela de manera literal: como una iniciativa literaria de gran estilo para explicar la transmutación alquímica de nuestra vida en una vida diferente. Gustav Mahler supo escenificar de forma genial esa gran pieza literaria en la segunda parte de su Octava sinfonía.
Apenas se atiende hoy a la gran pregunta kantiana que interroga no tanto por lo que podemos conocer, o por lo que debemos hacer, sino por lo que tenemos derecho a esperar. Una cuestión que culmina con una reflexión sobre nuestra condición; o con la pregunta: ¿Qué es el hombre?
¿Tiene el hombre en la muerte su límite infranqueable, el que trueca lo posible en lo imposible? ¿Tiene razón Homero en suponer que el alma sólo subsiste en el Hades como alma en pena, en proceso de extinción, con pérdida sustancial de ánimo vital, de energía y fuerza, de vigor colérico?

¿Sobreviene con la muerte la negatividad absoluta y radical? ¿Será cierto lo que afirman quienes hacen decir a la ciencia lo que ésta no está en condiciones de afirmar: que nada hay tras la barrera insalvable que comparece al final del trayecto de nuestra existencia en este mundo? ¿Es la muerte un límite que no permite conjeturar nada que lo trascienda? ¿Somos lo que somos solo y en la medida en que nos hallamos cercados y encerrados entre un comienzo en el cual hemos sido arrojados a la vida, y un fin que la cancela de forma definitiva?
La perspectiva existencial —Heidegger, Sastre— padece una tremenda insuficiencia respecto al origen. Quizás esa escasez explica la precariedad de la concepción que poseen respecto a la muerte. Tenía razón Hanna Arendt en su crítica a Heidegger: obsesionado por la idea de concebir el ser en el mundo como ser para la muerte se le escapó una posible reflexión sobre lo que antecede a ese «ser» o «estar» en el mundo.
Disponemos de la evidencia de haber vivido dos vidas. De la primera vida no guardamos memoria. Discurrió en el seno materno. Allí se estableció el paradigma de todo vínculo comunitario y de todo idilio amoroso, o de toda relación inter-personal: la que en la vida intrauterina celebró la «unión mística» del feto con la madre (que le dio cobijo y sustento).

Ese escenario del origen permite, por extrapolación razonable, avanzar hacia un escenario post mortem. Respecto a éste sólo es posible desplegar, desde el punto de vista estrictamente filosófico, una argumentación mediante acuciantes interrogaciones.
¿Por qué dos vidas solamente? ¿Por qué no puede pensarse esta vida como el útero y la matriz de una vida diferente? ¿Por qué no pensar a fondo, radicalmente, la idea fecunda de metamorfosis? ¿No hay suficientes indicios en el ámbito de la vida, como puede ser el pasaje de gusano a ninfa y a crisálida, o finalmente a mariposa, o el increíble tránsito del feto animal hasta la composición del neo-nato humano, o de éste hasta el homo loquens
¿No podría pensarse esta vida como un complejo escenario —mucho más conflictivo y doloroso que la idílica vida fetal— en el que se pusiera a prueba, como a los metales en la forja, nuestro propio temple de ánimo, nuestro valor y nuestra inteligencia, y sobre todo nuestro anhelo?
Responder estas preguntas sólo puede hacerse a través de un relato razonable. Platón lo plantea de este modo al final de dos de sus principales diálogos, Fedón y La República. En ambos se provee de un extraordinario mito para dar respuesta a esa cuestión.
Se discute en el Fedón sobre la inmortalidad del alma. Se ofrecen varias pruebas posibles que son sagazmente examinadas y discutidas. El alma adquiere su propio vuelo en separación del cuerpo: eso no es una peculiaridad griega, como una cierta apologética teológica nos quiere hacer creer. Ese vuelo místico del alma tiene raíces arcaicas (basta repasar al respecto los trabajos de Mircea Eliade sobre chamanismo para percatarnos de ello).
La vida se oscurece o se ilumina desde el sentido que concedemos a la muerte. El último suspiro de esta aventura que somos es decisivo. Según sepamos anticiparlo adquiere nuestra vida su propia radiación. En la modernidad más reciente prevalece un dogma: esta vida es única. Carece de continuación. No hay lugar a la deseada repetición que el gran filósofo y teólogo danés, Sôren Kierkegaard, proyectaba sobre la vida eterna.
La humanidad ha estado siempre dividida en este decisivo asunto. Los pueblos mesopotámicos expresaron trágicas dudas sobre la inmortalidad en su poema épico Gilgamesh. Este héroe, con solo un tercio de divinidad, asumió con máxima amargura y horror la muerte de su amigo Enkidu, un mortal.
La muerte está ahí: no admite reconciliación sencilla. Yo profeso una gran admiración por los egipcios: durante tres milenios sustentaron la creencia inquebrantable de que la muerte constituye el inicio de un Gran Viaje. Por eso el Libro de los Muertos detallaba instrucciones para el moribundo con vistas a avisarle de los peligros que le acechaban en esa aventura final.
Quizás sea eso la muerte: el inicio del más arriesgado, inquietante y sorprendente de todos los viajes. Sé que estas ideas chocan de modo frontal con los dogmas de la sabiduría convencional. Se ha ido imponiendo, como si fuese una evidencia, la convicción de que tras esta vida nada existe. O que la nada es lo único que nos espera.

Esa nada en la que mayoritariamente se cree no es homologable a lo que en Oriente se entiende por Nirvana. El vacío radiante, la nada sacrosanta del budismo no es ni por asomo semejante a esa convicción basada en argumentos filosóficos de muy poco vuelo, o en extrapolaciones flagrantes de una ciencia más o menos manipulada.
Personalmente vuelvo a la sabiduría egipcia: prefiero entender la muerte como el gran viaje, por mucho que nos esté vedado conocer el paisaje que tras ese tránsito se nos descubre.
«La muerte no es más que el resultado de nuestra indiferencia ante la inmortalidad» (Mircea Eliade). «¿Qué es nuestra vida sino una serie de preludios de una canción desconocida cuya primera y solemne nota es la muerte?» (Franz Liszt).
EUGENIO TRÍAS
ABC, 1 de noviembre del 2008. p. 3


Discurso del premio Mariano de Cavia
He intentado acercar la filosofía al día a día
Eugenio Trías
Es un honor extraordinario recibir de sus manos este premio, el más prestigioso de los que se conceden en España a un artículo de prensa. También supone un privilegio haber sido agraciado con el mismo por un jurado tan excepcional.
Me alegra que un artículo, en principio atemporal, de carácter nítidamente filosófico, relacionado con el gran tema socrático de la filosofía como aprendizaje de la muerte, sea merecedor de un galardón de periodismo. Eso demuestra la amplitud de miras del premio, de su jurado y de la institución que lo concede. Nos permite comprobar que en la mejor prensa tienen cabida artículos de carácter lejano respecto a coyunturas políticas e ideológicas porque interesan al gran público.
El tema de la muerte es universal y es, además, tema diario, cotidiano. Nadie puede obviarlo ni borrarlo, por mucho que intentemos simular que se le ignora o que debe ser apartado de la mente. Hay filósofos que proponen esta actitud; Spinoza llega a decir que «el hombre libre no debe pensar en la muerte».
Intenté en el artículo remontar del hecho inexorable de la muerte hacia una reflexión, en vértigo de siglos, sobre lo que siempre ha dividido a la humanidad histórica, desde Egipto y Mesopotamia hasta hoy, pasando por las grandes culturas grecolatinas y monoteístas.
¿Hay vida después de la muerte? ¿Culmina y se cancela en esta vida todo nuestro rastro de identidad y de personalidad? ¿Es la muerte el comienzo de un Gran Viaje, como enuncia el título del artículo?
Es propio de la filosofía demorarse en una cascada de interrogantes. Es muy importante formular éstos, pues de una buena pregunta puede surgir una fértil respuesta. En el caso que nos ocupa, ésta no puede ser nunca «demostrada». Pero puede ser compartida en una «creencia razonable», susceptible de discusión, de debate.
El tema es controvertido. No es posible atribuir un dogma fijo e irrebatible al respecto. Me inclino por una «opinión razonable», como dirían al unísono Platón y Kant. O por una «fe racional», en palabras específicas de Kant. Esa es mi apuesta, como la de Pascal respecto a la existencia de Dios.
En el artículo premiado apuesto por entender nuestras vidas como «preludios de una desconocida canción cuya primera y solemne nota es pronunciada por la muerte». La hermosa frase que acabo de citar es de un músico, Franz Liszt: le sirvió para encabezar su gran pieza sinfónica «Los Preludios».
He intentado, a lo largo de mi trayectoria vital e intelectual, disponer modos de acercar la filosofía, tan pródiga en sucesos memorables, a nuestra actualidad más viva, al día adía de nuestra existencia. Este artículo fue, al respecto, una prueba de esa intención.
Para dar cierre a este pequeño parlamento, que es en realidad una confidencia filosófica y vital, reitero mi profunda alegría por recibir este premio en el que veo inscrito el reconocimiento a mi labor filosófica, pero sobre todo a su proyección, por mí siempre alentada y deseada, en el ámbito de la prensa diaria.
ABC 15/ 7/ 2009. p. 60

jueves, 2 de marzo de 2017

Homenaje de Xavier Zubiri a José Ortega y Gasset, a la hora de su muerte


ORTEGA
Tan sólo una vez en mi vida he tomado la pluma para escribir en periódicos; y fue precisamente para hablar de Ortega. Ahora, con el ánimo afligido y consternado, no acierto a hacerlo como fuera debido. Cuando, hace dos días, estreché por última vez su mano, un extraño sentimiento me invadió. Era difícil puntualizar lo que en él correspondía al cariño acendrado del amigo, a la gratitud hacia el maestro y a la admiración ante su imponente figura intelectual. Para mí se cifraba todo ello en una sola palabra: era don José. Por eso hoy, que se me pide un artículo, no tengo serenidad para escribirlo; lo único que me es dado hacer, es reproducir algo de lo que públicamente dije hace dos años, al cumplirse los setenta de esta vida tan ejemplarmente fecunda.
Conocí a Ortega en 1919, pocos años después de su regreso de Alemania, donde, apenas incipiente la fenomenología de Husserl, la filosofía se hallaba escindida entre un positivismo como el de Wundt, y el neokantismo, representado especialmente por Cohen, Natorp y Windelband.
Ortega vino de Alemania no con lo que muchos trajeron de allá —modas filosóficas—, sino, por lo pronto, con un gran acopio de ideas y libros filosóficos que generosa y pulcramente puso al alcance del público español, unas veces en traducciones, otras en comentarios personales. Esto sólo bastaría para hacerle acreedor a nuestra más profunda gratitud. Sin esta actuación de Ortega, no sabemos lo que hubiera sido de tantos españoles.
Pero no es esto ni lo único ni lo principal. Lo que Ortega trajo de Alemania fue su mente atenazada por problemas.
Estos problemas se centraban en aquel momento para Ortega en dos puntos que siempre le han producido estricto mal humor. Aristóteles nos dice, a veces, que la filosofía nace del asombro, y otras que brota de 1a melancolía. Para Ortega diríase que sus reflexiones nacieron del mal humor que le producían, por un lado, el yo absoluto del idealismo, y por otro, el imperio tiránico de la razón científica, sobre todo en su forma físico-matemática. Todavía hace pocos años le oí decir: “Me encanta molestar a la geometría”. Esta nota del mal humor no fue un mero azar sentimental para un hombre como Ortega, que precisamente iba a encontrarse con el fenómeno de la vida. Aquel mal humor era indicio de la grave inquietud intelectual que le producían las dos tesis citadas, precipitado último de toda la aventura filosófica de la mente humana a partir de Descartes. Ortega se vio así retrotraído al punto último y problemático en que Descartes apoya toda la filosofía: el yo que duda.
La actitud de Ortega ante este punto crucial de la filosofía viene determinada por el hecho de que para él la propia duda cartesiana no es sino un diálogo interno entre el yo que duda y el mundo de cosas en que aquel yo vive. Recordando la frase de Descartes, según la cual alguna vez en la vida hay que ponerlo todo en duda, podría decirse que Ortega la continuó diciendo: “Menos la vida misma.’ En la época en que Ortega comenzó a filosofar, la vida no era ciertamente un tema nuevo. Pero para esta filosofía de la vida (“Lebensphilosophie”) la vida era lo irracional al margen de la razón. La actitud filosófica de Ortega fue diametralmente opuesta. La vida, consiste, precisamente, en un drama, en una acción o diálogo del hombre con las cosas de su entorno. No existe, pues, el yo en y por sí mismo, sino un yo viviendo con las cosas. Yo soy—decía—yo y mi circunstancia. La vida es por esto la realidad radical para Ortega. Y esta acción dramática en que la vida consiste no es irracional: todo lo contrario, es la razón misma, la razón vital. La razón vital no es vida más razón, ni razón más vida, sino la vida misma como forma radical de la razón. Por esto, la filosofía de Ortega no es ni racionalismo sin vida ni vitalismo irracionalista.
En este bracear denodado con la verdad de la vida y de las cosas, Ortega nos enseñó, “in vivo”, la radicalidad con que han de librarse cara a la verdad, las grandes batallas de la filosofía. Es lo que perennemente nos une a su espíritu con plena admiración, profundo respeto o íntimo cariño. Otros salieron ciertamente de la inestable situación de la filosofía postcartesiana por otras rutas diferentes. Pero no es menos cierto que el vigor mental para recorrerlas se templó y puso en forma al calor de su ejemplar vida intelectual. Él mismo me lo decía, pasando un día ante una casa en construcción en la plaza de la Independencia: “Si usted y yo trabajáramos en esa casa, nos verían desde la calle en el alto de un andamio peleándonos por el Uno de Parménides.” Y así fue.
La figura, ya fijada, de este espíritu egregio y excepcional se agiganta hoy ante los ojos de quienes, con todo nuestro cariño entusiasta, le hemos visto desde su juventud, y queda asentada y firme por su propio peso, como un monumento de granito, para recuerdo y modelo imperecedero de lo que es una vida de meditador.
Para don José la hora de la meditación ha terminado. Se halla ya ante la nuda realidad. Que Dios le haya acogido en su seno mediante el amoroso abrazo de Su Verdad personal subsistente en Cristo.
X. ZUBIRI
ABC. 19 de octubre de 1955, pp 33-34.