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lunes, 26 de septiembre de 2022

"Borges: el apacible hábito de la palabra" Iury Lech entrevista a Jorge Luis Borges (El noticiero universal, 8 Junio 1985, pp. 34-37)

 


Borges: El apacible hábito de la palabra

Jorge Luis Borges en Barcelona, con su último libro bajo el brazo. Y Borges con sus temas: con el tiempo, el lenguaje, la erudición, el escepticismo religioso. Borges como una sombra de sí mismo que se va afinando, Y la oportunidad de hablar con él, brevemente, bajo la atenta mirada de María Kodama

I. Lech

- ¿Podemos pensar que cuando san Agustín decía que si se le preguntaba qué es el Tiempo no sabía qué contestar y que cuando no se lo preguntaban lo sabía, estaba jugando con las respuestas?

-Yo creo que eso puede interpretarse de dos modos. Podemos pensar que él lo sabía, pero también podemos pensar que todos sabemos que es el Tiempo pero que no sabemos traducir de otro modo que en la palabra Tiempo.

Creo que Aristóteles dijo que el tiempo es la medida del movimiento. El movimiento significa a un objeto espacial que se desplaza de un punto a otro, es decir, dentro de un espacio-tiempo; y es lo más lógico que para definir al Tiempo se utilice la palabra tiempo.

- Pero la definición agustiniana también plantea una sensación de fragilidad e importancia ante el paso del Tiempo; la atemporalidad del pasado y del futuro.

-Estoy convencido que el Tiempo es el enigma central de la filosofía. Se puede construir un Universo sin espacio, pero no se puedo construir un Universo sin Tiempo.

Para mí es posible imaginar un Universo que tuviera tiempos inciertos; si fuere para el caso una música o por medio de palabras, que no son finalmente el espacio. Creo que muchas veces uno solo vive el Tiempo, por ejemplo, si usted escucha absorto una música o está recordando un poema y lo recuerda verso por verso, durante los catorce versos del soneto usted estará viviendo fuera del Tiempo.

-En uno de los textos de su último libro «Los conjurados», titulado «Elegía», usted dice «...el Tiempo se olvida de sus ayeres y de que nada es irreparable o la contraria certidumbre de que los días nada pueden borrar y de que no hay un acto, o un suelto, que no provecto una sombra infinita.»

-Sí, sus ayeres es de Shakespeare: «unknown our yesterdays» dice Macbeth. Recuerdo una versión japonesa para cine, «El trono de sangre», un bonito título ya que es algo imposible. Yo vi la de Orson Wells; está hecha como si se entendiera que todo es un sueño. El palacio en donde está el rey es al mismo tiempo une especie de enorme gruta o caverna y Macbeth dice «qué pesada es una corona» y no tiene la corona puesta; tan desparejo Wells, ¿no es cierto? Se dice Macbeth. acentuado en la «e», disculpe lo digresión pero es que yo he sido profesor de Literatura Inglesa durante veinte años

-Es una forma de felicidad saber que uno sabe.

-Me parece tan rara esa felicidad...

-Pero en usted la literatura trasciende como una búsqueda de ese estado.

-Yo no sé si he escrito un poema malo, además no me importa. Creo que habré escrito alguna poesía buena; no he escrito ninguna para evitarlo. Cuando escribo una poesía voy a dejar que el poema decida, voy a intentar intervenir lo menos posible en su concepción o estilo.

Hay que dejar que la obra se escriba a través de uno y a pesar de uno.

-El título de este último libro hace alusión a una conjura contra la ignorancia o la fealdad, o quizá tiene algún significado mágico para exorcizar al mundo de su vacuidad.

-Puede ser, pero yo creo que no importa que el título sea ambiguo.

-Si, y estoy de acuerdo con usted, pero no me refiero a la doble lectura, lo cual es una necesidad en la poesía, sino a la belleza de la palabra como medio de revelación. En el comienzo del libro usted aclara: «Escribir un poema es ensayar una magia menor. El instrumento de esa magia, el lenguaje, es asaz misterioso. (...) (En el poema, la cadencia y el ambiente de una palabra pueden pesar más que el sentido.)»

-Lugones escribió Los crepúsculos del Jardín; si hubiera dicho las tardes de la granja o las penumbras de la quinta, su sentido sería muy pobre. Es claro, el castellano tiene la virtud que el francés no tiene y que es la palabra esdrújula, además es de los idiomas latinos cuyo sonido se parece más al latín.

- ¿Cuál es el verdadero sentido de la poesía? El poeta y ensayista H. A. Murena escribe que «toda palabra es metafórica… abarca, según se la use, más o menos mundo que lo que la convención supone que abarca»

- Sí, yo he conocido a Murena. Ahora, Emerson lo dijo de otro modo, dijo que el lenguaje es inocencia, que también es metáfora. Todas las palabras abstractas son metáforas, piense que la palabra es ir más allá.

Tengo entendido que el idioma guaraní no hay palabras abstractas; no tenían una palabra para el Árbol nuevogenérico, tal vez para roble pero no para árbol.

- ¿Existe alguna posibilidad de que la poesía redima al pecado, ya que une a los contrarios, acerca la tierra al cielo?

-Yo no creo en el pecado. Stevenson decía que hay un sólo pecado, y que es el de la crueldad, pero lo demás no.

¿Y la ignorancia? La crueldad es un acto que se refleja de la ignorancia.

-Hay gente que hace sufrir sin pensar que el otro sufra, y si uno nace sufrir sin saberlo no importa.

Por ejemplo, hay unas tres o cuatro personas que yo sé que no debo saludarlas y que ellas no me van a saludar. Yo quiero decir que hemos sido amigos, ya que para enemistarse hay que ser amigos previamente o al manos conocidos. Ahora, lo que yo no sé es por qué me he enemistado; será porque hay que olvidar lo malo para pensar que no lo hay.

-Algo tan difícil de responder como el problema del Tiempo.

-Sí, pero el Tiempo es más importante

Postergar la obra

-Blanchot dijo que escribir es producir la ausencia de obra, que es arriesgarse a la locura. ¿Nunca ha tenido ese sentimiento o la necesidad del libro total?

-Yo no tengo obra, sólo son fragmentos, borradores que se han publicado por casualidad.

- ¿Y aquellos escritores que se obsesionan por la totalidad?

-A mi me llamó tanto la atención un escritor amigo que a uno de sus libros lo puso «edición definitiva». Cómo puedo saber que en cualquier momento él abre su libro y dice: «¡caramba! este adjetivo esté muy bien, me olvidé de ponerlo». Qué raro que él supiera que nunca más habría de corregir su libro. Un día la pregunté a Alfonso Reyes porqué publicaba y él me dijo: «Yo me ha hecho muchas veces esa pregunta y creo haber dado con la respuesta» ¿Cuál es? volví a preguntarle, «publicamos para no pasarnos la vida corrigiendo los borradores». Ahora ya ha publicado este libro y ya no tengo porqué estar preocupándome en pensar en sus poemas. Mientras estén en un manuscrito puedo ceder a la tentación da que alguien me los lea y de corregir o hacer alguna nota.

-Se ha especulado mucho últimamente sobre la desaparición del libro, pero según Mircea Eliade, es en el libro en donde revivimos la vida del espíritu ante la pérdida de las tradiciones orales como perpetuación del saber.

-Sí, he leído de Eliade un libro sobre el tiempo cíclico. Nietzsche, en uno de sus primeros libros, habla sobre el eterno retorno. Dice que es un disparate, que la historia es un drama en cinco actos. Después él se olvidó de aquello, sin embargo, en ese libro habla de los estoicos, de los pitagóricos. Luego le dio el nombre de eterno retorno, de que todo lo que hacemos se repetirá y al revés. Qué raro que él se olvidara totalmente que lo había leído en los griegos.

-El Zen no es negación sino algo vivo como el espacio cósmico o como una piedra que puede conducirnos al descubrimiento de un nuevo mundo. ¿Cuál, el de las ideas o de las precepciones?

-La gran ventaja del budismo Zen es que no tiene mitología. Para ser cristiano usted tiene que aceptar la idea de un dios que se hace momentáneamente hombre, y tiene que aceptar que ese sacrificio fue el salvador de usted. Son muchas cosas. En cambio para ser budista usted ni siquiera tiene que aceptar unos textos. Recuerdo un libro que leí del alemán sobre los monasterios el budismo; parece que en algunos de ellos el monje está enseñando y hay estatuillas de Buda sobre la chimenea, entonces el monje toma las estatuillas y las arroja al fuego. Se usa para fines innobles digamos los aspectos sagrados, para que se entienda que lo que importa es la enseñanza y no mengano o fulano.

Se da el caso en Japón de personas que han llegado al nirvana, se los ve como santos, y estos ni siquiera leyeron una línea de los sutras. Lo importante es lo que enseñan.

Un erudito del budismo se enojó conmigo porque yo le pregunté si el Vida había nacido en Nepal, a lo cual él me respondió que el Buda no había existido y aunque parecería que sí fue no importaba.

Entonces, si usted niega la historicidad de Jesús, está negando todo sus sistema.

- ¿Y que sucede sobre la teoría de los tres grandes impostores de la historia: Moisés, Jesús, Mahoma?

-Se habló de un libro: De Tribus Impostoribus; la gente conocía más o menos el contenido del libro pero no se ha encontrado ni un solo ejemplar. Es posible que no existiera, aunque es probable que ese título haya existido y que era un libro muy peligroso.

-En una escala menor está el Necromicón, el libro que presenta Lovecraft.

-Lo que no sabía es que Lovecraft… se llamaba, digamos, el arte de amar…

-El oficio de amar…

-Sí, efectivamente, el oficio de amar, que extraño, un escritor que literariamente no vale mucho, en mi opinión.

Yo he estado en Baltimore, en la casa de Poe, y tengo que pensar que era un enano. Hay una casa que sube a los tres pisos, y hay una habitación por piso, pero para subir por esa escalera, uno tiene que encorvarse. En la puerta hay un cuervo de bronce y en la casa un cuervo embalsamado.

-Al escribir sus cuentos aplica usted deliberadamente una lógica o es la combinación azarosa de sus sueños y fantasías. ¿Cómo explica el hecho casi matemático de su imaginación?

-Lo único que sé siempre es el principio y el fin. Las matemáticas también son una ciencia fantástica. Esos relatos que usted dice matemáticos yo los he escrito bajo la influencia de Chesterton. Los suelos me han dado muchos temas. Por ejemplo, voy a publicar un libro que se va a llamar «La memoria de Shakespeare», que sale de una frase de un sueño que tuve hace unos diez años.

-A pesar de estar rodeado de tanta gente, ¿cómo percibe la soledad?

-Ya casi no tengo contemporáneos. Soy victoriano y mis contemporáneos han muerto, salvo Ramón Garaja, que no veo casi nunca, o Robert Graves que está viviendo una agonía de éxtasis.

-Está muriendo como ha vivido. ¿Pero el silencio sirve para algo?

-Seguro. Bueno, aquella frase de Séneca: «morir sua morte», una persona muere en el estilo de una persona.  Como O’Henry que parece haber planteado su muerte. Hay un ensayo de Schopenhauer en el cual el dice que todo acto es voluntario. Se supone una voluntad y esa voluntad se ramifica a todos los seres del mundo, no solamente humanos sino animales y vegetales, entonces todo lo que no sucede a esa voluntad somos usted y yo.

-Edipo y Borges tienen similitudes: la analogía de las leyendas.

-Ya lo dijo Chesterton: «Lo único que sabemos de Edipo es que no tenía complejo de Edipo», lo cual es más gracioso que lo que dijo Freud.

Chesterton también logró una metáfora para el oro y otra para el mármol, que son cosas tan antiguas y difíciles de modificar. En el año 1912 dice: «marble like solid moonlight» (mármol como luz de luna maciza) y «gold like frozen fire» (oro como fuero congelado). Son dos metáforas imposibles para la razón pero no para la imaginación. A los otros les queda el universo; a mí penumbra, el hábito del verso.

El Noticiero Universal,  8 Junio 1985, p. 34-37.

viernes, 12 de agosto de 2022

Tres artículos sobre Ucrania de Iury Lech en "La Vanguardia" ( "Ucrania: un no resuelto problema" -28 de septiembre de 1989; "Mitos en retirada" -19 de enero de 1990- y "El nacionalismo útil" -27 de marzo de 1990)

 


Ucrania: un no resuelto problema

LA reciente manifestación multitudinaria nacionalista contra la ocupación del Ejército Rojo realizada en la ciudad ucraniana de Lviw (Lvov en ruso) pone de nuevo en evidencia el absurdo histórico que todavía padecen las repúblicas soviéticas, exceptuando, claro está, a Rusia.

Es más que significativo que el acto no haya tenido lugar en la capital, Kiev, y sí en una ciudad con fuerte herencia religioso-patriótica —corre la broma de que allí hasta los agentes del K.G.B. hablan el ucraniano— en donde a finales de 1918 se conquistó por tercera vez en su historia la independencia de Ucrania, estableciéndose la República Nacional de Ucrania Occidental, privilegio que no duraría más de dos años.

Ucrania es una nación de esencia europea, con cincuenta millones de habitantes y casi un millón de kilómetros cuadrados de superficie, pero hasta el catastrófico accidente nuclear ocurrido en Chernóbil, fue prácticamente desconocida —o excluida ‘con premeditación— por la Europa ilustrada. Dos son las asignaturas pendientes que más sensibilizado tienen el pueblo ucraniano: su independencia del conjunto soviético y la libertad de excepción religiosa. Plantear la existencia de una Ucrania libre y soberana traerá consigo inevitablemente un reexamen de sus fronteras y en el supuesto caso de obtenerse, Rusia exigiría la cesión de aproximadamente nueve provincias y parte de territorios limítrofes, con lo que se quedaría sin salida al mar ni industria básica, y si a esto le agregamos las pretensiones polacas sobre las provincias occidentales, los ucranianos, ahora con una nación más grande que España y Portugal, se quedarían con un trozo de territorio reducido a la extensión de la isla de Cerdeña.

En el apartado religioso, el problema radica en poner de acuerdo a las dos mitades de Ucrania, esto es, la del este, o “rusificada”, donde la Iglesia ortodoxa es la regidora absoluta, con la del oeste, o “polonizada”, en la cual son mayoría los católicos “uniatos" adheridos al rito oriental, forzados durante la época estaliniana a integrarse a la Iglesia ortodoxa rusa, que vive en una situación de clandestinidad con menos de trescientos sacerdotes y conventos y monasterios secretos. Para los ucranianos, nación e iglesia significan lo mismo, por lo que esta escisión interna representa su talón de Aquiles al cual sus enemigos no han dejado de asaetear.

Durante la conmemoración en Lviw, el dirigente Viatcheslaw Chomovil del Grupo de Helsinki de Ucrania —la mayor parte de sus miembros más destacados ha perdido la vida en los “gulags" siberianos— no en vano manifestó que de seguirles en sus reivindicaciones Ucrania oriental “se acabará el imperio ruso". Hay que destacar que Chomovil, leninista convencido y que conoce a Marx y las leyes soviéticas mejor que sus inquisidores, fue prisionero en los campos de concentración por casi dos décadas, por el solo hecho de negarse a testificar en juicios ilegales y cerrados contra intelectuales ucranianos que pedían el reconocimiento de la soberanía de su país, y plasmar su impresionante testimonio en un libro que fue sacado de la Unión Soviética de contrabando, publicado en Canadá bajo el título de "Los documentos de Chomovil"

Las reivindicaciones de los ucranianos, así como de las demás repúblicas en cuestión, son un tema demasiado espinoso para la cúpula del PCUS, y su secretario general, Mijail Gorbachov, ya ha expresado en reiteradas ocasiones, invocando sospechosamente a la “perestroika” (lo cual tiene connotaciones de estar poniendo a punto la maquinaria del “terror preventivo”), que no tolerará el peligro de los nacionalismos ni aventuras independentistas.

No hay más que recordar los trágicos sucesos en Alma Ata o Tiblisi, lo cual supondría para Rusia, y no para la unidad del partido, al fin y al cabo la beneficiaría mayor de la URSS, una total e irremediable ruina económica. No hay que olvidar que las reformas incentivadas por Gorbachov están dirigidas a terminar con la corrupción dentro del sistema y no para acabar con el sistema comunista en sí. Un cambio en la política inmovilista soviética con respecto a los nacionalismos es más un loable deseo que una realidad aplicada a corto plazo con modificaciones trascendentes; sin una verdadera ayuda exterior todo intento separatista está destinado al peor de los fracasos. Ya Cioran llamó la atención sobre el mesianismo de los rusos y su aspiración a “salvar” al mundo, derivado de “una incertidumbre interior, agravada por el orgullo, por una voluntad de afirmar sus taras, de imponérselas a otros, de descargarse sobre ellos de un exceso sospechoso

En la actualidad, Ucrania tiene un estatus similar al de una colonia y se ve obligada a mantener un continuo y silencioso pulso con el poder central para evitar que sus raíces culturales sean extirpadas bajo el pretexto de ser cocinadas en la olla común de un trasnochado paneslavismo. La idiosincrasia ucraniana es diametralmente opuesta a la rusa, así como su lengua e historia, esta última distorsionada para no reconocer su derecho a la autonomía. ¿Está Ucrania, por lo tanto, privada de futuro?

En toda época de despotismo, la verdadera patria de los pueblos ha sabido transmitirse mediante su memoria colectiva. En el caso de la nación ucraniana, ésta sufre de una anestesia local sobre su sentimiento de pertenencia. Al igual que el caduceo de Mercurio, insignia del obispo católico ucraniano, que es una vara entrelazada con dos serpientes y un yelmo alado en la parte superior, Ucrania corre el riesgo, en su anhelo por expandirse hacia la identidad propia, de ser aprisionada en esa doble corriente de evolución e involución.

La Vanguardia, 28 de septiembre de 1989, p.5.

***

Mitos en retirada

Mientras devoramos imágenes dramáticas, restos del lenguaje y sonidos crepusculares, el decenio ha terminado dejándole bien claro al hombre que cualquier supuesta estabilidad de que goza puede desaparecer en el momento menos esperado. Estamos frente al doble rostro de Jano, esa deidad romana asociada al destino, el tiempo y la guerra, que mira hacia el pasado y el futuro, cuya dualidad hoy configura en una cara el repliegue de las ideologías, mientras que en la otra se refleja el progresivo interrogante de la autodeterminación. El primer debate se centra en la liquidación del dogma comunista y el polémico apéndice sobre la existencia o no de un comunismo real, sostenido inevitablemente por quienes en su hora apoyaron regímenes afines sin hacer tal distinción y que, aquejados de amnesia, todavía no tienen el valor de analizar y reconocer públicamente la falsedad que les llevó a decir, años atrás, que todos los exiliados y disidentes del Este no eran más que fascistas o burgueses contrarrevolucionarios; o su complicidad criminal al alentar la proliferación de semejante sistema en cualquier sociedad que se les pusiera a tiro. El ser humano nombra a las cosas para poder comprenderlas y de ahí que la especulación acerca de la faceta noble del comunismo es fútil debido a que, y empleando la retórica marxista, aquello que fue es lo que debía haber sido. Resulta azaroso desandar el camino que ha dado forma a una idea mesiánica y estéril sostenida únicamente en un incalculable sacrificio espiritual y material, una concepción del mundo redentorista cuyo utopismo no ha forjado más que el culto a Leviatán; aunque es verdad que el comunismo, además del ingrediente tiránico de los pueblos de Oriente, se alimentó de enfervorizadas teorías occidentales, hecho que parece suscitar en el mundo libre el deber moral de compensar económicamente a los países sometidos al delirio bolchevique y demuestra, una vez más, la astucia troyana asentada en el poder del Kremlin al traspasar su pesada responsabilidad, y por qué no, bomba de tiempo, a los liberales europeos siempre tan aficionados a un “mea culpa” oficioso.

Ahora que es irreversible el fin de las dictaduras, autarquías y tiranías, Europa asiste indolente a un nuevo despertar de un viejo Volksgeist, esa esencia cultural que a través de los siglos ha conformado un irreductible mosaico de pueblos y naciones. Sin ánimos clarividentes, este resurgir del separatismo trae a la memoria las circunstancias que condujeron a la I Guerra Mundial, considerada por algunos como una salida a los conflictos políticos internos y a una dificultad por dar un cauce conciliador a las actividades de las distintas organizaciones nacionalistas, en particular las de la multiétnica zona de los Balcanes.

Para poder entrar en el próximo siglo en paz, es indudable que debe haber un replanteamiento por parte de los estados contenedores y de las naciones contenidas del significado de la autodeterminación, cuya actual tendencia pasa más por la autoafirmación de principios, la necesidad de mostrarle al mundo el espíritu de lucha patriótico apoyado en la explotación de las reservas del sentir colectivo, olvidándose en el camino la fuerza simbólica de la independencia y mermando en consecuencia el inconsciente personal de cada habitante. Al debate sobre la autodeterminación habría que anteponerle el proceso de individualización, que reconcilia los conceptos de “patria” y de “matria”, elaborando la conciencia de cada individuo antes que someterle a una concienciación forzada.

No está de más recordar las desapasionadas palabras del pensador rumano Cioran al respecto: “¡Cuánto más trágico el problema nacional para los pueblos pequeños! No hay irrupción súbita en ellos, ni decadencia lenta. Sin apoyo en el porvenir ni en el pasado, se apoyan gravosamente sobre sí m ismos; de ello resulta una larga meditación estéril. Su nacionalismo, que suele ser tomado a broma, es más bien una máscara, gracias a la cual intentan ocultar su propio drama y olvidar en un furor de reivindicaciones, su ineptitud para insertarse en los acontecimientos; mentiras dolorosas, reacción exasperada frente al desprecio que creen merecer, una manera de escamotear la obsesión secreta por si mismos”. Comparar la problemática local con la soviética no sólo resulta una aseveración poco informada, sino que minimiza, como ya ocurrió gracias a la avaricia intelectual de cierta intelectualidad izquierdista, el verdadera dilema de las repúblicas de la URSS, en donde se ha perseguido a cualquier coste la desaparición de las diferencias nacionales. Con un considerable atraso hoy se comienza a reconocer la envergadura social y cultural del territorio soviético, del que comúnmente se suponía un bloque sin fisuras ni divergencias internas, gracias a una maquinaria propagandística antinatural que divulgó la mentirosa existencia de una dicotómica constitución que incluía el derecho a la secesión o de una invisible fuerza representativa republicana en la ONU.

La realidad acallada es mucho más compleja y patética, y las tensiones que hoy se revelan en el conjunto de la Unión Soviética no son más que consecuencia de la política intolerante del etnocentrismo ruso, con lo cual resulta retorcido por parte de Gorbachov decir que el PCUS representa una garantía a la solución de las reivindicaciones nacionalistas. No obstante, debería definirse si está a favor de los separatismos, como lo ha demostrado al oponerse a una reunificación alemana con el alegato de que se trata de dos estados distintos y desatar el nudo gordiano de los nacionalismos aún amarrado a la carroza bélica zarista.

Se da el triste contrasentido de que la URSS ha sido por antonomasia la principal productora y exportadora del terrorismo internacional que dirige su lucha a favor de la libertad de los pueblos oprimidos; otra paradoja poco conocida es que la propia Rusia debe su nombre ya que Rus fue el primitivo nombre de la actual Ucrania cuando hace un milenio configuraba el reino de Kiev.

Para que Europa pudiese surgir fue necesaria la devastación del Sacro Imperio Romano, y si la finalidad de la “perestroika” está en crear una casa común Europa no hay que postergar el desmantelamiento del imperio de la Santa Rusia, una ardua tarea muerto Sajarov, el último dinosaurio de la disidencia activa, y más cuando Moscú sabe que tiene a su disposición un aparato represivo intacto. Si en un pasado fueron Pedro el Grande y Catalina y más tarde el binomio Lenin-Stalin quienes sedujeron a Occidente, hoy Gorbachov y Raïssa despiertan pasiones iguales, por lo que habrá que estar preparados ante un eventual rapto de la hija de Agénor, pero esta vez no a lomo de un toro, sino en el del caballo de Troya. No en vano el escritor Gogol se preguntaba entre las melancólicas brumas de su atormentada alma eslava: “¿Hacia dónde vas tan de prisa, oh Rusia?”.

La Vanguardia, 19 de enero de 1990, p.17.

***

El nacionalismo útil

En alemán, la palabra ruso (“russe”) puede asociarse fonéticamente a hollín (“russ”), lo cual podría dar lugar, parafraseando a Georg Groddeck, a la siniestra metáfora que debe de impregnar el espíritu de todas las naciones no rusas de la Unión Soviética cansadas de un opresivo mesianismo y que no ven la hora en que podrán despedirse “ad aeternum” de una tutela jamás requerida: Rusia, el país del hollín, el país negro, el de la muerte. Poco a poco el mundo toma conciencia de que las ideologías totalitarias siempre han empleado la más noble de las fraseologías para luego poner en marcha los más bajos y perversos instintos de dominación; sin embargo, esto no representa suficiente descargo como para olvidarnos de que, en su momento, pocos se comprometieron en defender aquello que hoy es curiosamente credo de muchos conversos.

Cuando hace veinticinco años Ivan Dziuba, mítico activista en pro de los derechos humanos, lo que le ha llevado a ser diputado por Ucrania, lanzaba en “samizdat” un revolucionario manifiesto en respuesta a los masivos arrestos de intelectuales en su país titulado “¿Internacionalismo o rusificación?”, en el cual por primera vez en la URSS se hablaba de “glasnost” y que logró publicarse en el extranjero en forma de libro, en el bloque libre nadie pareció enterarse; cuando en la misma época Kruschev promovía la descolonización de África mientras en casa fusilaba a nacionalistas bálticos, bielorrusos o ucranianos por atreverse a hablar de independencia, a nadie se le ocurrió pensar que esto constituía una salvaje contradicción. Y podríamos seguir enumerando casos semejantes hasta conseguir todo un archivo dedicado a compilar los métodos terroristas empleados por Moscú para acabar durante estos últimos setenta años con cualquier atisbo de nacionalismo; pero no hará falta extendemos tanto, ya que ahora mismo Lituania será el test que nos dará la pista sobre la actitud comunista a seguir en el futuro con la cuestión independentista. Es probable que en este trance también se revele el desconocimiento histórico y la falta de sensibilidad de los países libres con respecto a las justas reivindicaciones de las naciones sometidas a la ambición rusa, que ha originado verdaderas cazas de brujas como, por ejemplo, la emprendida en los últimos tiempos por la KGB contra dirigentes nacionalistas en el exilio bajo la falsa acusación de ser autores de atroces crímenes de guerra.

Cuando se comprenda el explícito e incondicional apoyo exterior de los gobiernos democráticos a la independencia de cualquier república soviética —como se hizo con Luxemburgo, Barbados o Namibia—, sin artimañas dialécticas por miedo a un enfrentamiento diplomático con Moscú, habremos ganado una batalla más a favor de la justicia natural, la cual se antepone por imperativo a cualquier cláusula de materialismo histórico, de ficticias ataduras geográficas o de compromisos bilaterales. Desconocer o no querer reconocer estas reivindicaciones es negar el sufrimiento físico y moral causado por sinuosas doctrinas en nombre de una supuesta cohesión nacional. Si bien es verdad que en Occidente el concepto nacionalista despierta rápidamente recelos y amargos recuerdos, tampoco debe olvidarse la diferencia que existe entre el nacionalismo de un estado opresor y el de una nación oprimida, entre la idea nacional y fundamentalista con sus inefables consignas y símbolos patrios enmarcados para la posteridad y la soberanía que garantiza el desarrollo de unas culturas oprimidas por la imposición de valores ajenos a su idiosincrasia.

El gran problema en la URSS radica en el sentimiento de superioridad ruso, en su confusa manera de considerar propio lo ajeno y su relación de dominio con el resto de las naciones soviéticas no rusas; mientras estas últimas sienten que han sido explotadas, los rusos creen que sus “sacrificios” no han sido debidamente considerados. De ahí que pongan como condición previa a cualquier negociación sobre el tema de la secesión el pago de indemnizaciones a Rusia por los bienes cedidos, pretensión bastante fantasiosa, ya que si se hicieran cuentas veraces, serían los rusos quienes deberían hacerse cargo, como en el caso de Alemania después de la II Guerra Mundial, por los estragos económicos, culturales, ecológicos, lingüísticos, morales, etcétera, que han ocasionado en todas aquellas tierras en las que asentaron su atenazadora garra ideológica. Allí, los nacionalismos son imprescindibles para la evolución de voces plurales que impidan el crecimiento del sistema totalitario; así lo acaban de confirmar el triunfo de independentistas y reformistas en las elecciones de los representantes a los Soviets Supremos locales. El primer paso para consolidar esto sería retirar de circulación la vigente Constitución soviética, permitiendo que cada República se federe con sus propias identidades colectivas y variantes constitucionales. Para un ruso será muy difícil digerir semejante propuesta, ya que supondría aceptar que Lituania, Georgia, Moldavia o Azerbaiyán dejan de formar parte de su huerto privado y campo de maniobras experimental; supondría para ellos la quiebra de su principal fuente de orgullo, la de ser superpotencia mundial.

Más que impulsor de reformas, Gorbachov es un retardador del gesto bruto militar, ya que la expresión popular ha sido el verdadero motor de los cambios. No olvidemos que el líder soviético es simplemente una pieza más en este resbaladizo tablero, no el inventor del juego, y con su nueva parcela de poder —y aquí uno vuelve a preguntarse a qué han renunciado realmente los dirigentes comunistas— Gorbachov está a punto de pasar de la categoría de héroe como guerrero a la de héroe como emperador, de su papel de redentor sólo queda una difusa estela de humo, mientras el PCUS, después de haber aplastado el movimiento disidente, intenta ocupar el papel de fuerza opositora que critica a la sociedad soviética. La duda que debe de estar inquietando a muchos, sin duda, radica en si en la URSS se están preparando para una verdadera democratización o si se tiene planeado una renovación de los viejos valores para evitar la desintegración. Una cosa está clara: mientras siga existiendo un régimen imperial, ningún simulacro de proceso igualitario puede hacemos creer lo contrario.

La Vanguardia, 27 de marzo de 1990, p.19.

miércoles, 10 de agosto de 2022

[Una historia de la literatura ucraniana] “Prólogo” a UNA ICONOGRAFIA DEL ALMA POESÍA UCRANIANA DEL SIGLO XX de Iury Lech (Litoral, nº 197/198, (1993)

 


“Prólogo” a

UNA ICONOGRAFIA DEL ALMA

POESÍA UCRANIANA DEL SIGLO XX

 

 

Aún es posible observar: un remoto país desconocido,

en donde una mujer pensativa se inquieta,

susurrando un sólo deseo; Dios, que sea bendecido,

que sea bendecido mi lejano país.

Vasyl Stus

 

I. De Bizancio a las crónicas épicas

Ucrania, la segunda mayor república de la desaparecida URSS, configura un país de características atípicas ya que no obstante situarse en el centro de Europa, abarcar una extensión territorial tan amplia como la Península Ibérica y poseer una historia milenaria comparable a la francesa, se había visto privada del reconocimiento internacional debido a que su existencia física fue perturbada por las constantes dominaciones de otros pueblos. La declaración de su independencia en diciembre de 1990 y de su soberanía como Estado en agosto de 1991 han modificado substancialmente el panorama de su futuro.

A través de la interpretación de las piezas arqueológicas, hoy podemos saber que los griegos fueron los primeros en dejar información sobre los habitantes de sus tierras durante el primer milenio antes de Jesucristo. Este material ha permitido constatar que el desarrollo de Ucrania es divisible en dos períodos históricos marcados por las migraciones de diversos pueblos que modificaron su situación étnica y política: la etapa pre-eslava, que abarcó del siglo VIII A. C. al siglo IV D. C. y la eslava propiamente dicha, que a partir del siglo IV da forma al actual pueblo ucranio de las ruinas de las culturas asentadas en el norte del Mar Negro.

En este punto es conveniente advertir que la denominación de “ucraniano” trae sus conflictos intrínsecos al derivar de la antigua palabra eslava okraina, la cual significa “zona fronteriza”. Debido a que esta tierra hacía de forzada división entre Oriente y Occidente y durante cinco siglos defendió a Europa del avance asiático —fue la región más oriental en la que se hubieran asentado antiguamente como nación los eslavos— el desarrollo de Ucrania se vio constantemente convulsionado por las invasiones y ocupaciones de los tártaros, las hordas mongoles, los principados medievales lituanos, el expansionismo de los polacos o de los zares rusos, así como por los anhelos de la dominación nazi. No obstante sus desventajas geopolíticas, Ucrania siempre fue algo más que una mera cuña entre el despotismo y el imperio de la razón.

Alrededor de la segunda mitad del siglo VI, en el territorio ocupado por la tribu de los “poliane” emergió el estado más antiguo de la Europa del Este, llamado primitivamente Rus y del cual la actual Ucrania es heredera directa, siendo su capital, Kiev, fundada por el mítico Príncipe Kiy. Esta evolucionada cultura medieval trajo consigo el cristianismo en el año 988 de la mano de Vladimir el Grande, bajo cuyo amparo se unieron las diversas tribus guerreras que pululaban por la estepa dedicadas al culto del sol.

El epos ucraniano, además de su tono y contenido heroico, se distinguió por un idealismo nacional centrado en torno al Estado Kieviano. En esta tradición se continuó hasta aproximadamente el año 1240, momento en el cual los tártaros arrasan la ciudad de Kiev obligando a los hombres de letras a desplazarse hacia las planicies de Moscovia (Rusia), donde llevarían consigo la poesía de la corte denominada biliny (poemas narrativos que hablan sobre eventos bélicos reales o inventados). Estos motivos heroicos aún se conservan en la poesía ceremonial ucraniana como los villancicos, los cánticos de la Epifanía o las canciones nupciales. La manifestación literaria más importante y trascendente de la siguiente época resulta en El Cantar de la Gesta de Igor, un largo poema anónimo de esencia bizantina cuya referencia más cercana en lengua castellana es El Cantar del Mío Cid, el cual recoge la desastrosa campaña del Príncipe Igor de Novgorod-Sieversk y que según la Crónica de Hypatius tuvo lugar en 1185. Esta maravillosa narración siempre fue calificada de pertenecer a la épica rusa, error derivado del origen de la palabra rus que hoy puede despejarse por completo dado que las investigaciones de académicos y filólogos han demostrado que, además de basarse muchos de sus pasajes en la tradición folklórica ucraniana, fue escrito en la misma lengua hablada por los ucranianos del siglo XII.

II. Renacimiento eclipsado

Los siglos XIV y XV pueden considerarse un período obscuro para las letras ucranianas, tan sólo preservadas de un ocaso total por la poesía religiosa que suplantó a la épica y logró mantener la cohesión nacional ante la latinización proveniente de Polonia. El Renacimiento europeo apenas hizo mella en la literatura ucraniana, dominada por las influencias eclesiásticas que daban preferencia a los temas bíblicos frente a los clásicos antiguos; de ahí que la obra más importante del momento fuera una traducción en lengua popular del Nuevo Testamento. Con la instauración de la Academia de Kiev se puso fin a la restricción sobre la literatura secular y surgió un estilo retórico cuyo representante más notable fue Ivan Vishensky. A comienzos del siglo XVII, este autor infiltró los primeros elementos del Barroco, un movimiento que por sus orígenes enriqueció paradógicamente a la poesía ucraniana con bastantes latinismos y elevó a la poesía versificada a un notable esplendor. De este período, todavía bajo la influencia teológica, resaltan la dramaturgia del predicador San Dimitri Tuptalo, el poema en prosa rítmica Trenos de Meletiy Smotritsky, los epigramas del sacerdote Ivan Velychkovsky y la lírica y diálogos filosóficos del místico Hryhori Skovoroda.

III. Un romanticismo nacionalista

Entre los siglos XVI y XVIII comenzaron a circular las chimas, poesía épica oral que suplantó a la lírica medieval y que se basaba en los sucesos históricos de la Ucrania Cosaca, a cuyos integrantes no hay que confundir con los cosacos zaristas, reflejando las condiciones sociales de aquellos tiempos con un mensaje moralista y didáctico. Este período no encuentra parangón en Europa y dentro de la literatura ucraniana representa uno de sus momentos cumbres, sólo comparable a la literatura serbia, española o neogriega.

En la segunda mitad del siglo XVIII, la poesía ucraniana sufre una época de estancamiento que hará declinar formas elevadas como la oda, la elegía o la tragedia, y únicamente las canciones populares conservarán todo el espíritu nacional. En 1789 los vientos neoclásicos se introducen en la literatura ucraniana a través de la epopeya heróico-burlesca de Ivan Kotliarevsky (1769-1838), cuya Eneida superó a los modelos ruso y alemán por su verso fluido y sus descripciones paródicas. Petro Hulak-Artemovsky (1790-1865), por otra parte, escribió una magistral parodia de las Odas de Horacio. Del mismo modo que el Barroco, el Romanticismo llegará tardíamente a Ucrania, no obstante entre 1820 y 1830 la ideología romántica, muy unida a la investigación etnográfica y arqueológica, se arraigará en Kiev con un inusitado vigor.

Hay que destacar de este período la creación de la Hermandad de Cirilo y Metodio, un movimiento humanista basado en las enseñanzas de los primeros maestros de los eslavos y cuyos objetivos eran la consecución de la libertad establecida en base a un orden social democrático inspirado en las tradiciones ancestrales y la condición redentora del poeta. De este círculo, desintegrado por la policía zarista, sobresalen el etnógrafo Panteleimon Kulish (1819-1897) con su poema escrito en forma de “duma”, Relato sobre Ucrania (1843), así como el historiador Mykola Kostomarov (1817-1885), autor del mesiánico Textos sobre el origen del pueblo ucraniano, influenciado por Libros del éxodo del pueblo polaco del escritor polaco Adam Mickiewicz. Pero sin lugar a dudas la más relevante de las figuras románticas ucranianas fue Taras Shevchenko (1809-1861), cuyo poemario Kobzar y su estilo, que supo combinar la eufonía con la poesía popular, ha significado para generaciones enteras de ucranianos un auténtico evangelio y es considerado hoy una especie de redentor de la identidad cultural ucrania. Shevchenko trató de crear para el campesinado adocenado la imagen de una Ucrania enérgica y de ideales elevados para que éste tomara conciencia de sus valores y se emancipara de una vez para siempre del sistema servil, malograda postura reivindicativa que le valió, como a Dostoievski, el destierro en Siberia.

IV. El revulsivo europeo

En la región de Ucrania Occidental, cuya antigua capital Lviv fue siempre el eje de su progreso, el auge romántico dio sus frutos con la denominada Tríade Rutena, compuesta por Markian Shashkevych (1811-1843), Ivan Vagelevich (1811-1866) y Jakiv Holovatsky (1814-1888), quienes editaron una amplia colección de poesía y prosa ucraniana titulada La ninfa del Dnistró, prohibida en su momento por las autoridades polacas y publicada en Budapest en 1836, la cual jugó un papel fundamental en el resurgimiento cultural y político de esta región.

El relevo del Romanticismo por el Realismo hacia finales del siglo XIX no fue en la literatura ucraniana, como en el resto de Europa, una reacción contra el espíritu romántico, sino una consecuencia de su propia evolución irregular. Esta actitud estuvo en parte motivada por la imposición de la rígida censura rusa y sus temidos ukase, cuyas características represivas materializadas por el moto zarista, “la lengua ucraniana como tal jamás ha existido, no existe ahora, ni existirá en el futuro”, casi sumergen a Ucrania en un verdadero etnocidio.

Los poetas que sobresalen en esta convulsa época fueron Ivan Frankó (1856-1916), autor de las colecciones poéticas Ziviale lestia (Hojas Marchitas, 1896), Mi izmarahd (Mi esmeralda, 1898), Iz dniv zhurbe (De los días pesarosos, 1900) y Lesia Ukrainka (1871-1913), entre cuyos libros de poemas destacan Na krilab pisen (Sobre las alas de la melodía, 1893), Dumey mriyi (Sueños y pensamientos, 1899) y Vidhuke (Ecos, 1902). Estos dos escritores con fuertes tendencias modernistas sacaron a la lírica, narrativa y a la dramaturgia ucraniana del habitual regionalismo para influenciarla con los valores estéticos y filosóficos europeos y elevarla a un nivel de similar calidad literaria.

La tímida liberalidad del régimen austro-húngaro y la temporal condición de nación obtenida en 1918, permiten que Ucrania resguarde su lengua y que esta pase a ser finalmente el medio de expresión empleado en el gobierno así como en las universidades, tribunales y otras instituciones oficiales.

V. Al ritmo de la modernidad

A comienzos de siglo XX podemos encontrar entre los primeros adherentes a una lírica de formas modernistas a Agtángel Krimsky, sombrío poeta de tendencias panteístas cuyos estados de ánimo se reflejan en la colección de poemas Palmore hillia (Ramas de palma, 1902-1908), o al galitziano Petro Karmansky (1878-1956), autor de intensa carga pesimista entre cuyos títulos destacan Z teke samovbyitsi (De los archivos de un suicidio, 1899), Oi, liuli, smutku (Oh calla, desgracia mía, 1906), Plyvem po mori tme (Navegamos a través del mar de las tinieblas, 1909).

Con el fin de la I Guerra Mundial y hasta el año 1934, la poesía ucraniana cobró una fuerza inusitada que le hizo ganarse el respeto de las autoridades soviéticas prorrusas. Gracias a este salvoconducto, las letras ucranianas se enriquecieron con los descubrimientos del simbolismo, expresionismo, impresionismo, futurismo y surrealismo, si bien adaptándolos a su propia sensibilidad espiritual.

Esta expansión hacia la cultura más cosmopolita hizo surgir una tendencia Neorromántica encabezada por los poetas Oleksander Oles (1878-1944), autor de obras tan populares como Poezii (Poesías, 1909) o Po dorozi u kazku (Viaje hacia un sueño, 1910), quien después de la II Guerra Mundial emigraría a los Estados Unidos de Norteamérica. Maxim Rilsky (1895-1964), fundador con otros cuatro poetas —M. Dray-Jmara, P. Filipovich, Y. Klen, M. Zerov— del grupo La Cuadrilla con el propósito de cultivar los gustos y valores líricos atenienses, practicó una fórmula neoclásica de rica imaginería y estilo expresivo, pero criticado por su idealismo y “escapismo” de la realidad se convirtió al comunismo y pasó a ser un poeta oficial cantor de loas a la política estalinista. Pablo Techena (1891-1967), un original y ascético versificador que escribió libros renovadores como Sonyashni klarinete (Clarinetes del sol, 1918), Zamist sonetiv i oktav (En vez de sonetos y octavas, 1920) o Viter z Ukrainy (Viento de Ucrania, 1924), sirviéndose de la filosofía panteísta y del ritmo de melodías folclóricas, tampoco pudo escapar de ser condenado de idealista por la “reconstrucción” socialista y acabó moralmente quebrantado, teniendo que subordinar su enorme talento a panegíricos partidistas a favor del status quo en la antigua URSS.

VI. Tiempos de oscuridad

En 1934 se lleva a cabo la primera gran purga estalinista de escritores acusados de practicar una ideología burgueso-nacionalista y entre las primeras víctimas se encuentran los activistas del influyente movimiento VAPLITE (Academia Independiente de Literatura Proletaria). Su líder, el escritor revolucionario Mekola Jvelovy (1893-1933), crítico con la bancarrota de la energía espiritual de los principios de la Revolución y que apoyó la occidentalización de la cultura ucraniana como medio para hacer frente a la dominación del centralismo moscovita, sufrió una implacable persecución que le obligó finalmente a quitarse la vida.

La aniquilación de los miembros más preparados de la intelligentsia ucraniana, el hambre artificial de 1933 que acabó con la vida de siete millones de personas, el “arrepentimiento” de las voces líricas más prometedoras que se acogieron al modelo del “realismo socialista”, no sólo aceleró el declive de la actividad literaria sino que dio lugar a una masiva emigración hacia Occidente, dando lugar en Checoslovaquia a la formación del talentoso Grupo de Praga, compuesto por E. Malaniuk, O. Teliga, L. Mosenz, I. Daragan, O. Liaturinska, O. Oldjech, Y. Klen, O. Stepanovich, I. Irliavski, I. Kolos, o en los Estados Unidos de Norteamérica al modernista Grupo de Nueva York, entre cuyos miembros podemos citar a V. Barka, E. Andievska, I. Tamawski, B. Boychuk, V. Lesech. En Brasil, Wira Vowk ha realizado un encomiable trabajo de creación y difusión poética.

VII. Una esperanza desvanecida

Durante el corto deshielo de los años sesenta, en Ucrania se conformó indirectamente el movimiento literario denominado shestedesiatneke del cual surgió la nueva estirpe de escritores, artistas e intelectuales que renovó sorprendentemente el panorama cultural del país. Los trabajos de los poetas de esta generación de ruptura, cuya coyuntura es comparable a la de los Novísimos españoles, fueron recopilados en una antología publicada em 1967 en Nueva York titulada Sesenta poetas de los años sesenta que contiene una variada y esperanzadora muestra de la lírica moderna ucraniana que poetizaba aquellos aparentemente antipoético. Entre sus miembros más destacados figuran Vasyl Simonenko y su arrebato metafórico, el costumbrismo idealista de Dmitro Pavlechko, la sinceridad lírica de Lina Kostenko, el intelectualismo de Gregori Kerechenko, el culteranismo de Ivan Drach y del ruso ucranianizado Robert Tretiakov, el exacerbado lirismo de Mekola Vinhranowski, las extravagantes asociaciones de Boris Necherda, o el realismo paródico y politizado de Vitali Korotech. 

En las difíciles condiciones del estancamiento brezneviano que configuraron a los años setenta, aparecieron los resonantes y arcaicos palimpsestos del simbolista-romántico Vasyl Stus, el abstraccionismo de Igor Kalenech, la honda sensibilidad de Irina Dzelenko o la recuperación mitológica de Vasyl Holoborodko, silenciados en su mayoría por el régimen debido a sus postulados estéticos originales comprometidos con la lucha por la sobrevivencia de los propios valores del idioma ucranio.

En los años ochenta el faro de la libertad resucita a muchos autores muertos en vida y despierta a otros de espíritus inquietos del letargo provinciano para cuestionar el estado de las cosas y tratar de discernir por qué razones su lengua y cultura habían acabado en un estado larvario que al igual que un apacible Titanic habitaban en solitario las obscuras aguas del desencanto.

Deudores de las reivindicaciones de la generación de los shestedesiátneke, durante este último período surgen diferentes voces que o bien se decantan por un deliberado compromiso con los tiempos que les tocan vivir como Natalia Bilocherkivech, Pablo Hirnek, Oksana Pajlowska, Stanislaw Chernilevski y Mekola Temchak; o adoptan una postura de rechazo a la realidad imperante a través de ejercicios experimentales como los de Mekola Voroviov, Viktor Kordun, Oleg Lesheha, Viktor Neboraka, Mijailo Sachenko y Volodimir Chebulka; o se debaten entre el árido romanticismo de Vasyl Ruban, la búsqueda de un lenguaje culterano al estilo de Oxana Zabushko, el onirismo de Taras Melnechuk y las fábulas didácticas de Ivan Malkovech; o languidecen en memoria del malogrado pero brillante creador de fantasías metafóricas, Hrehory Chubay.

VIII. En busca de los ancestros

Hablar de literatura ucraniana significaba hasta no hace mucho tiempo o bien una insensata reivindicación nacionalista o un acto de provocadora excentricidad ya que era impensable ubicar geopolíticamente a Ucrania, sin duda la nación más desconocida de Europa fuera del ámbito de la cultura soviética.

El fin de las ideologías ha traído consigo la necesidad de presentar un panorama de lo que fue y de lo que posiblemente será el devenir de la expresión lírica de un país fértil en esta manifestación de la palabra. Así, es posible afirmar que ésta, en particular en su vertiente oral, conserva la gran riqueza de la lengua y literatura ucraniana, no obstante haberse forjado sus mejores obras al amparo de las sombras de la disidencia.

Como toda poesía inmersa en el problema de la identidad nacional, la ucraniana ha buscado incansablemente su propia legitimación así como la de su pueblo y ha hecho de sí el más completo y representativo de los logros de una cultura de ancestral tradición. En la lírica contemporánea, además de un empleo de las vertientes vanguardistas y herméticas, domina el tema del presente malherido, de la desolación del paisaje, de la religiosidad, de las almas pulverizadas, al mismo tiempo que una profunda preocupación por el renacimiento de la tierra natal de sus cenizas. De este modo, sus raíces profundizan y penetran en la espesa trama de una realidad conmovedora pero siempre buscando la esencia más auténtica del vocablo poético, del ethos popular, de los arcaísmos folclóricos, del frágil misterio de los iconos, creando geografías dolorosas, combinatorias con los diversos estados estratificados de la conciencia humana.

IX. Perspectiva universalista

La poesía es sin duda la más intraducible de las artes o, como remarcaba el poeta alemán expresionista Gottfried Benn: “la conciencia se forma en las palabras, la conciencia trasciende por las palabras”. Por ello, el empleo de la aliteración, de versos rimados, de paralelismos, antítesis, alegorías en toda la poesía ucraniana presenta una dificultad técnica que si bien en ocasiones limita las motivaciones seleccionadoras, ofrecen al traductor una gratificante tarea de recreación que esperamos se transmitan al lector en toda su esencia y musicalidad primigenia.

Con esta antología, que no pretende ser cronológica o exhaustiva aunque sí de un rigor universalista, se intenta acercar por primera vez al lector hispano-parlante una parcela ínfima pero fundamental de la lírica ucraniana, con la perspectiva de llenar un vacío literario dentro del nuevo ámbito pluralista europeo. Por una cuestión de síntesis se ha optado, salvo en el caso de un par de inevitables excepciones, por la poesía escrita en Ucrania, dejando para otra ocasión la abultada obra producida en el exilio. De ahí que como toda selección de características similares ésta también se permita deja nombres en blanco, involuntario descuido sólo atribuible al prurito estético del compilador. Vaya, finalmente, mi sincero agradecimiento a todos aquellos que han hecho posible esta cruzada poética, en especial a José María Amado y los hacedores de LITORAL, por su incondicional entrega; a Yuri Kochubey, por su amplitud de criterios; a Fernando Ainsa, por su disponibilidad y a Oleg Chornohuz, por sus beneficiosas gestiones.

Iury Lech Barcelona, 1992, Litoral, nº 197/198, (1993), pp. 12-21.

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