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jueves, 18 de octubre de 2018

Tres artículos de María José Ragué Arias sobre el Berkeley de la Contracultura. (La Vanguardia Española, 21 de septiembre de 1969, 26 de septiembre de 1969 y 1 de febrero de 1973)


El 44 por ciento de los jóvenes norteamericanos estudia en universidades
El centro de Berkeley
Estados Unidos es actualmente el país económicamente más poderoso del mundo; su renta nacional equivale al doble de la de los países del Mercado Común y Gran Bretaña juntos y a una tercera parte de la renta nacional de los restantes países del mundo, mientras que su población y su área geográficas representan, respectivamente, sólo el 6% y el 7% de las mundiales. Esta afirmación no es sólo válida a efectos estáticos, sino dinámicamente y en términos relativos; es decir, la distancia económica entre Estados Unidos y el resto de los países tiende a aumentar con el tiempo. Este fenómeno ha sido comentado repetidamente y una de sus más claras y documentadas exposiciones se halla en «El desafío americano», aunque en él se llegue a conclusiones equivocadas. Las causas que originan esta situación son más complejas y difíciles de explicar, pero parece cierto que una de ellas es la capacidad de organización de los americanos, su aptitud para el trabajo en equipo, su flexibilidad, su descentralización, su eficiencia y lo expeditivos que son en la toma de decisiones. Probablemente la causa última del período económico de la capacidad de organización de Estados Unidos es la enorme importancia de la Universidad.
2.252 Universidades
En Estados Unidos hay 2.252 Universidades en las que estudian una tercera parte de los universitarios del mundo, En 1966, un 44% de la población estadounidense entre 20 y 24 años estudiaba en la Universidad, y Estados Unidos gastaba 39.000 millones de dólares en educación. Las Universidades más importantes eran, y siguen siendo, Berkeley, Stanford, Harvard, M.I.T. (Massachussets Institut of Technology), Yale y Princeton. La mayor de estas es la de Berkeley, que tiene actualmente 27.500 estudiantes, 1.583 profesores y cerca de 5.000 ayudantes.
El campus de la Universidad de Berkeley es un enorme parque situado en las laderas de las colinas que miran a poniente sobre la bahía de San Francisco, atravesada por el Baybridge, puente que une San Francisco con Oakland y Berkeley. En este parque de césped, árboles y jardines donde los estudiantes pasean, discuten, tocan la guitarra o toman el sol, hay unos 65 edificios en donde están establecidos los 70 departamentos de la Universidad, 4 restaurantes universitarios, la ASUC (asociación de estudiantes), 2 teatros, un museo, la biblioteca general y otras 14 bibliotecas especializadas, las agencias de empleo para universitarios, los' Campos de deportes y, presidiendo el campus, el horrendo «campanile» que el ascensorista compara sin rubor a la torre de Pisa, la torre Eiffel y otras torres famosas.
Sistema docente
Entre los 70 departamentos se dan 5.000 cursos diferentes; entre estos cursos, los estudiantes pueden elegir libremente las asignaturas que cuentan para su licenciatura si su tutor aprueba la elección. El sistema de enseñanza se organiza por trimestres y en cada trimestre se celebran tres o cuatro cursos; cada curso (o asignatura) vale por un cierto número de puntos que oscilan de 2 a 6; el conseguir una graduación o una licenciatura depende del número de puntos acumulado. Hay tres grados distintos que alcanzar en cada especialidad. El B. A. (Bachelor in Arts), requiere cuatro años de Universidad; en los dos primeros, las asignaturas pueden escogerse libremente y pueden aplicarse a casi todas las especialidades, en el tercer y cuarto año, ya se ha escogido un campo determinado en el que se obtiene el B. A. Después del B. A., con normalmente dos años más de estudios, se puede obtener el grado de Master o M. A. (Master in Arts), de la misma especialidad o de cualquier otra que guarde una cierta relación con los estudios de B. A. El grado máximo es el doctorado o Ph. D. (Philosophy Doctor), que puede hacerse en la misma especialidad del Master o en otra rama relacionada; para el doctorado se requieren dos años más de universidad, pasar unos exámenes generales y la presentación de una tesis doctoral. Los exámenes de doctorado y a veces un examen para Master, son los únicos exámenes generales que se efectúan en la universidad; los demás son sólo exámenes de asignatura trimestrales y no de todas, ya que en la mayoría de asignaturas se valora al alumno por su trabajo de clase o por la presentación de un trabajo de investigación, en lugar de hacerlo mediante un examen. Excepto en los dos primeros años de universidad, o en algunas asignaturas comunes a muchos departamentos, las clases son de 10 a 20 alumnos; en ellas se establece una colaboración entre profesor y alumnos que permite a los alumnos sugerir, y a veces incluso escoger, las materias a tratar en el curso y la distinción profesor-alumno se basa únicamente en el mayor conocimiento del profesor sobre la materia a tratar.
Actividades de los estudiantes
A parte de las clases, los estudiantes desarrollan múltiples actividades dentro del campus universitario en el que prácticamente viven. Su ágora es Sproul Plaza. Sproul Plaza es un espacio abierto situado entre Telegraph Avenue (la calle de mayor vitalidad de Berkeley, donde populan también los hippies), Sather Gate (uno de los pasos más transitados del campus), los restaurantes y la asociación de estudiantes, y el siniestro edificio de la administración que da nombre a la plaza: Sproul Hall. Sproul Hall es la manifestación más viva de la actividad estudiantil; de 8.a 9 de la mañana, los estudiantes la cruzan apresuradamente deteniéndose sólo a recoger el «Daily Californian», periódico universitario que se distribuye gratuitamente; de 11 a 2 es el ágora donde se distribuye todo tipo de propaganda, donde se organizan manifestaciones o donde charlan los estudiantes mientras van y vienen de los restaurantes y del ASUC, donde hay librerías, salas de actos y de exposiciones, taquillas de localidades y salas de estar; por las tardes, Sproul Plaza adquiere un carácter apacible, algunos estudiantes sentados en las escaleras del ASUC o de Sproul Hall, tocan instrumentos, los niños pequeños, probablemente hijos de estudiantes, juegan; algunos estudiantes pasean tranquilamente camino de su casa Pero la vida de esta zona del campus de Berkeley no termina aún, porque casi todas las noches, los estudiantes organizan sesiones de cine, de teatro, conciertos, conferencias, reuniones o fiestas en las aulas magnas de algunas Facultades. Y es que el campus de la Universidad de Berkeley constituye en sí mismo un mundo que unido en estrecha comunidad al de los hippies de Telegraph Avenue, constituye una isla en el sistema de vida americano, una isla en la que muchos jóvenes de Estados Unidos querrían vivir.
María-José RAGUE ARIAS
La Vanguardia Española, 21 de septiembre de 1969, p. 48

Berkeley: los «hippies» de Telegraph Avenue
La función de la Razón, es promover el arte de la Vida.
(Whitehead)
Uno de los elementos básicos que dan a Berkeley su carácter de ciudad abierta a cualquier posibilidad de cambio es la importante afluencia de «hippies» que ocupan las proximidades del campus universitario y principalmente la zona de Telegraph Avenue, en sus 500 metros más próximos a Sather Gate, la entrada principal del campus. En este tramo, Telegraph Avenue se llena de grandes librerías, casas de discos, de objetos de importación orientales, tiendas de modas, de trajes y objetos antiguos, comestibles, restaurantes baratos y cafés.
Descubrimiento de los cafés
Los cafés, tan normales para nosotros, son algo muy especial y nuevo en Estados Unidos, en donde se ven sustituidos por los «snack-bars», más apropiados para la vida apresurada norteamericana que impide disfrutar do la tranquilidad necesaria para sentarse a tomar un café y charlar con los amigos, pero por ser precisamente ese ritmo de vida agitado una de las cosas que los «hippies» quieren evitar, en Telegraph hay dos cafés al estilo mediterráneo, el «Forum Expresso» y el «Mediterranean», dos cafés que con al movimiento «hippie», lo que «Les deux Magots» y el «Café de Flore» fueron al existencialismo. En estos cafés se mezclan a todas horas los tipos humanos más diversos, desde el «straight» (terminología «hippie» para indicar a los individuos con chaqueta y corbata) al extravagante vestido a la federica, o la chica con vestido de malla transparente y sin ropa interior, pasando por el estudiante y el «drop out» (estudiante que ha abandonado sus estudios): en el «Forum» o en el «Med», contrariamente a las formas típicas de comportamiento americano, se habla con desconocidos, de toda clase de cosas antiguas que los «hippies» utilizan en su ansia de inconvencionalismo y desmasificación. Enfrente, «Moe’s», una enorme y destartalada librería en donde se puede encontrar casi todo libro o revista, nuevo o usado, discos usados, posters, periódicos, postales, y donde uno puede pasar largos ratos sentado en el suelo leyendo o escuchando música: los «hippies» y estudiantes usan la puerta y la fachada de «Moe’s» como pancarta de anuncios más o menos originales en magia y ocultismo, y en cuyo sótano se puede aprender a tirar las cartas del Tarot o a usar el «Ching».
¿Les sobra algún duro?
En las aceras, vendedores de flores, de periódicos, de velas de cera perfumadas, de collares de cuentas, música de banjo y de guitarra, grupos de gente parada, hablando, tomando el sol, fumando; si el que pasa por la calle tiene aspecto «straight», le piden: «Do you have a square dime?» (¿le sobra algún duro?), si parece «de Berkeley», si tiene un estilo «casual», no va muy arreglado y lleva pelo largo, le susurran «acid, grass» (ácido, hierba), sinónimos de LSD y marihuana: para quien llega a Berkeley, esta sugerencia le da a entender que se ha integrado ya en el ambiente, este ambiente berkeliano que es quizá el único «melting pot» (crisol de razas) auténtico de Estados Unidos. En Telegraph Avenue se mezclan todas las características «hippies»: e1 ansia de tranquilidad que contra el frenesí americano pone al «hippy» «doing his thing» (haciendo lo suyo) tranquila y apaciblemente; el gusto por lo extravagante en oposición al gregarismo de traje gris y corbata a rayas, el misticismo oriental que les induce a amar a todas las cosas con un deseo de integrarse en la naturaleza con la convicción de que todo cuanto está o ocurre en ella es bueno por el mero hecho de estar u ocurrir; y el uso de productos que expanden la mente («blow the mind») y agudizan los sentidos, poniéndoles «high» (alto), término «hippie» contrario al término americano «down» (bajo), que indica un estado de depresión demasiado frecuente en el americano medio. Y es que los «hippies» son un fruto de la sociedad americana que se ha salido del sistema de consumo e intenta luchar contra él. Quevedo abrió un ciclo al decir: «poderoso caballero es Don Dinero», pero la época del «tiempo es oro» debería haberse acabado en un país en donde la renta per cápita cubre sobradamente las necesidades de sus habitantes, pero en donde el engranaje de consumo ha convertido a los hombres en máquinas desintegradas por la especialización que les divide en personas de trabajo, de hogar y de esparcimiento, provocando en ellos tensiones que les impiden disfrutar de una vida feliz en la que sea compatible el trabajo con el placer de crear y con !a verdadera vida familiar. Por esto, los Beatles, representantes de la juventud y precursores de los «hippies», cantan «I don't care too much for money, money can't buy me love» (no me importa demasiado el dinero, con dinero no puedo comprar amor): por eso las mujeres «hippies», cansadas ya de ser un objeto a quien el hombre adorna para poseer algo bello, han dejado de maquillarse y de usar sostén, prenda que ven como un símbolo de la opresión femenina: por esto los «hippies», al luchar contra el lema favorito americano «white, clean and dry» (blanco, limpio y seco), se niegan a preocuparse por la limpieza, por eso los «hippies», al intentar vivir una vida integrada, quieren vivir en el campo, donde hay más espacio para la diversidad y la creación que dentro de la masa urbana homogeneizada de la sociedad occidental, y en donde puede producirle un retorno a la Naturaleza y las relaciones primarias del hombre con el mundo que le rodea.
Comunidades «hippies»
Los «hippies» quieren organizar comunidades de familias dedicadas a la agricultura, a la artesanía y al arte, pero no al arte considerado como cosa aparte, que se contempla, sino como algo integrado en la vida, en una vida que es como una obra de arte, porque la felicidad la da el gozo de crear, que es amor. Haciendo de la vida una obra de arte, los «hippies» quieren vivir cada instante de su vida dándole un carácter de ritual, porque lo que importa no es ese algo que hay que conseguir en el futuro, como el americano medio quiere conseguir un bienestar económico para un retiro a los 65 años, sino la felicidad que produce cualquier acción cotidiana ejecutada como acto ritual de creación y de amor. Ese ideal no es solamente «hippie»; «hippie» es un término convencional utilizado para denominar un amplio sector de la juventud: los «hippies» nacieron como «flower children» en San Francisco, en el verano de 1964, y celebraron su funeral simbólico en octubre de 1967; a los jóvenes de Telegraph Avenue que aún no han conseguido la vida comunitaria en el campo a la que muchos aspiran, no les gusta que les llamen «hippies» y les molesta que les pregunten lo que son; no les gusta que les distingan o clasifiquen; no te definen, sólo dicen: «Estoy aquí».
María-José RAGUE ARIAS
La Vanguardia Española, 26 de septiembre de 1969, p.40

La evolución, significado y situación actual de Berkeley
«Berkeley no es sólo una universidad. Berkeley es un modo de pensar y de vivir».
El significado de Berkeley como modo de pensar íntimamente conectado con el movimiento cultural de los hippies, tiene sus orígenes en el movimiento «beat» aparecido en el barrio de North-Beach, de San Francisco, en los años 50, y formado alrededor de Ferlinghetti. Corso, Ginsberg, Kerouac, Lamantia, Meltzner... En 1955, Ginsberg publicó «Howl», un aullido de dolor ante el monstruo de la civilización que nos devora. Ferlinghetti nos habla de los poderes de la Imaginación. La historia de Berkeley podría decirse que comienza en 1964 con el FSM (Movimiento pro-libertad de expresión en público) en el que Mario Savio actuó como líder y Joan Baez como musa de las «sentadas». Finalmente, en 1965, en el barrio de Haight-Ashbury, de San Francisco, nace el movimiento hippy que alcanza sus momentos culminantes en el verano de 1967. El movimiento «beat», el Free Speech Movement, y el nacimiento de los hippies, son los tres pilares sobre los que se apoya la vida extra-académica de Berkeley, vida extra-académica que a su vez se apoya en el hecho de existir en Berkeley una importantísima universidad que aglomera un enorme número de los jóvenes académicamente más brillantes de Estados Unidos.
La época más significativa.
La época más significativa de Berkeley es la transcurrida entre el otoño de 1968 y la primavera de 1970, la Universidad de California en Berkeley es, en estos momentos, la mejor universidad americana en su conjunto y en ella estudian 28.000 estudiantes y enseñan 5.000 profesores adjuntos y casi 21.000 catedráticos, 14 de los cuales son premios Nobel. Alrededor de la universidad, en la zona de Telegraph Avenue, se reúne la gente que ya ha dejado Haight-Ashbury, la gente que sigue buscando un nuevo estilo de vida más humano del que depara la civilización tradicional. En Sproul Plaza, el ágora de la universidad, al final de Telegraph Avenue, hay todos los días «rallies» públicos, conciertos de música pop, teatro radical, tenderetes de grupos radicales: Panteras Negras, Panteras Blancas, Frente de Liberación del Tercer Mundo, Frente de Liberación de la Mujer, Frente de Liberación de Homosexuales, Asociación de Estudiantes Radicales, Asociación de Estudiantes Pro-Sociedad Demócrata, Iglesia Libre... Es el momento de mayor número y poder de los grupos radicales. Entre la primavera de 1968 y la de 1969, se producen tres hechos clave para el desarrollo de la nueva cultura. En mayo de 1969, los estudiantes y la comunidad de Telegraph Avenue convierten un solar sucio y abandonado en un parque público al que llaman People’s Park, parque de la comunidad. Sin embargo, el solar pertenecía a la universidad y la policía protegió esta propiedad invadiendo el parque y rodeándolo de una alambrada metálica. En las manifestaciones producidas a consecuencia de este incidente, murió accidentalmente de un disparo al aire James Rector, que se hallaba encaramado en un tejado. Un hecho histórico más alentador fueron los conciertos de Woodstock y Altamont, a los que asistieron 400.000 y 300.000 personas, respectivamente. El concierto de Woodstock, que duró tres días sin interrupción, se dice que representó la autoafirmación de la nueva cultura. El otro hecho histórico de tal año fueron las manifestaciones originadas por la invasión de Camboya, en las que murieron cuatro estudiantes de la universidad de Kent y que provocó la paralización de las clases durante más de un mes.
En otoño de 1970 se cree que ha llegado el principio del fin, los grupos más radicales son aniquilados y hay una inhibición política casi absoluta, los conciertos de música pop se comercializan y pierden su significado cultural, se empiezan a usar drogas peligrosas y que causan hábito, como la heroína y la cocaína, la universidad de Berkeley pierde, además, bastantes lugares en la clasificación entre las universidades americanas...
Sin embargo, ahora que acabo de llegar de Berkeley, tengo la sensación de que es el bello fruto de una época activista y explosiva a la que naturalmente ha sucedido un periodo de sedimentación y estabilización, una época más serena, de menos manifestaciones externas, pero de consolidación interna... de cambio real producido en el interior de los individuos, en su concepción del mundo, en sus aspiraciones y su escala de valores, en su modo de pensar y de vivir.
Consecuciones materiales
El poder de los grupos radicales ha disminuido y la inhibición política es evidente y se ha demostrado en las últimas elecciones. Sin embargo, los grupos culturalmente más revolucionarios, el Gay Liberation Front, y el Women's Liberation Front, han adquirido mucha más importancia, trascendencia y difusión. De ambos existen cantidad y sub-grupos y publicaciones, ambos disponen de bastantes instituciones propias, ambos han obtenido ya pequeñas reivindicaciones... Por otra parte, la nueva cultura ha conseguido, a nivel práctico e inmediato, una serie de instituciones propias que les permiten funcionar al margen del sistema establecido. Tienen, por ejemplo, algunas instituciones sanitarias gratuitas que proporcionan cuidados para todo tipo de enfermedades, problemas psicológicos o psiquiátricos, y que incluyen incluso centros de rehabilitación para toxicómanos y centros de control de natalidad, tienen también organizado un pequeño sistema de asistencia legal gratuita, existe la Food Cospiracy, institución que se encarga de evitar los intermediarios de productos alimenticios, abaratándolos en gran medida, tienen —aunque insuficientes— guarderías infantiles permanentes y gratuitas, tienen una pequeña red de alojamiento y otra de comida gratuitos, tiene una Universidad Libre y una Universidad Sin Muros, en la que cualquier persona puede ofrecer todo tipo de curso si obtienen un mínimo de 10 alumnos interesados en el mismo; disponen de un cuerpo de lampistas, fontaneros, carpinteros, albañiles. etc. que por no estar sujetos a regulaciones oficiales ofrecen sus servicios a mucho menos del precio usual, existe la Rent Control, que intenta evitar las subidas desmesuradas de alquileres, y tienen finalmente un sistema de información casi perfecto que incluye desde numerosos periódicos y revistas hasta un libro de 130 págs. llamado «Las páginas amarillas de la gente», equivalente a la sección profesional de la guía telefónica, pasando por varios servicios telefónicos de información permanente, una emisora de radio y varios programas de televisión. Además del incremento de instituciones autónomas contraculturales. se ha producido un nacimiento de modos de vida alternativos, ya iniciado hace muchos años en el barrio de casas-embarcación en Sausalito, al otro lado de la bahía, y continuada ahora, además de en las comunidades rurales, con la organización de pequeñas comunidades urbanas de 50 a 100 personas que viven en viejos almacenes que ellos mismos, al gusto de cada cual en los espacios privados, han habilitado y medianamente acondicionado, convirtiéndolos en viviendas caóticas, pero alegres, divertidas y personales.
La sedimentación
Se ha producido, pues, una sedimentación en la misma esencia del individuo y en su mayor búsqueda de cambios internos que de cambios externos. De ahí una enorme búsqueda interior encaminada al «desarrollo espiritual», al aumento del grado de consciencia y a ampliar la percepción... a estar «alto», y ya no tanto con la ayuda de sustancias alucinógenas, sino más bien con la de las técnicas orientales de concentración y meditación y con la de las ciencias esotéricas.
El sistema científico occidental, basado en la razón, no responde a las cuestiones vitales básicas, y por esto la gente joven se interesa por la astrología, las ciencias ocultas, la magia, las religiones orientales y el misticismo.
El activismo político casi ha desaparecido en Berkeley, pero el movimiento cultural surgido hacia 1965 parece seguir estando ahí, en una sedimentación serena de una época explosiva ya pasada, que algunos de los jóvenes de Berkeley añoran.
Haight-Ashbury, una vez transcurrida su época de esplendor, quedó convertido en un barrio pobre y sin vida, Berkeley, después del periodo 68-70, sigue conservando su mismo aspecto físico, vivo y lleno de colorido y formas nuevas, y aunque acuse una disminución de actividad, parece seguir siendo el foco más importante de la nueva cultura y de los estilos de vida alternativos.

María-José RAGUE ARIAS
La Vanguardia Española, 1 de febrero de 1973, p. 47

viernes, 14 de septiembre de 2018

Entrevista a Francis Fukuyama (La Vanguardia, 2 de febrero de 1992)


Entrevista a Francis Fukuyama, autor de “El fin de la historia y el último hombre"
Sergio Vila-Sanjuan, Boston
Francis Fukuyama acaba de publicar en EE.UU. “The end of history and the last man” (“El fin de la historia y el último hombre”) sin riesgo de pasar inadvertido. Su libro, un intento ambicioso de desplegar una filosofía de la historia, reparte palos a derecha e izquierda y aventura conclusiones en terrenos tan variados como la economía, la sociología, las relaciones internacionales y el estudio del alma humana. El libro aparecerá en, España en mayo, publicado por Planeta.
-Usted defiende la tesis de que la historia de la humanidad tiene un sentido y una dirección.
-Sí. Creo que hay un movimiento en la historia de las sociedades hacia el establecimiento de democracias con libertades políticas y económicas, y que estas democracias representan el sistema en el que el ser humano se ve reconocido en su plena dignidad personal de forma más completa. En este sentido representan la culminación de la historia, ya que no podemos pensar un sistema político mejor. Eso no quiere decir que el hombre que viva en ellas se sienta completamente satisfecho ni que no experimente necesidades ni que estas sociedades no tengan problemas. Pero como modelo político para las necesidades humanas la democracia liberal no se puede superar.
-¿Qué significa para usted “democracia liberal”?
-Un régimen multipartidista con elecciones libres, donde se respeten las libertades de expresión, religión y asociación, así como el derecho a la propiedad privada.
-Se le acusa, entre otras cosas, de ser inmoderadamente optimista, y de fabricar una ideología que EE.UU. pueda aprovechar tras el fin de la guerra fría.
-Yo soy optimista a largo plazo, creo que hay ese movimiento general hacia la democracia liberal, pero a corto plazo soy pesimista, especialmente sobre Europa del Este y Rusia y su capacidad para atravesar con éxito las transformaciones que están llevando a cabo. En cuanto a lo segundo, yo no he fabricado ninguna ideología. La idea de democracia liberal es vieja, y la comparte la mayoría de la gente en el mundo desarrollado.
-Utiliza usted un concepto de Hegel, interpretado por Alexandre Kojève, según el cual la historia se había acabado tras las revoluciones francesa y americana, que hacían a todos los hombres iguales, al menos teóricamente. Entonces, ¿es que la historia se ha acabado dos veces?
-Bueno, Hegel (y Kojève) creían que la historia terminaba en 1806, cuando las ideas de la revolución francesa se extendían por Europa mediante las conquistas napoleónicas. Lo que ha ocurrido con el colapso del comunismo es que el principal competidor internacional de la democracia se ha extinguido como idea válida, junto con los fascismos y autoritarismos, han demostrado que no tenían legitimidad ni credibilidad.
-Pero, a cambio, los nacionalismos resurgen por todas partes.
-Hay una forma de nacionalismo muy hostil a la democracia, intolerante y en expansión, como el de los serbios. Pero también muchas naciones son nacionalistas sin que ello les impida ser demócratas. La separación de los países de la antigua URSS ha sido bastante pacífica, con relativamente pocos muertos por conflictos étnicos y nacionales: pienso que, en Rusia o Ucrania, el nacionalismo no es una fuerza tan importante como se cree. Con la excepción de Yugoslavia, los ejemplos de nacionalismo más peligrosos tienen lugar en zonas bastante apartadas de Occidente, como Pakistán.
-Si el nacionalismo es poco preocupante, ¿por qué es pesimista con respecto al Este europeo?
-Por los problemas económicos. Cuando España encaró su transición tenía una economía de mercado, una sociedad civil y un grado alto de desarrollo económico, lo cual no es el caso de estos países.
-La expansión del fundamentalismo islámico tampoco abona su tesis. En Argelia, por ejemplo, los integristas iban a acceder al poder democráticamente y sus adversarios han tenido que organizar un golpe de Estado para impedirlo, lo cual es una situación bastante contradictoria.
-Yo no pienso que el mundo islámico vaya a evolucionar pronto hacia la democracia liberal, y eso, efectivamente, va contra mi tesis, porque los integristas argelinos lo primero que hubieran hecho es suprimir las libertades personales. Pero el fundamentalismo es una reacción contra la presencia de elementos occidentales en ciertas sociedades. y se ha dado en los países que previamente habían estado más occidentalizados, como Irán.
Creo que cuando observamos este problema somos muy prisioneros de nuestro propio tiempo y nos olvidamos de que el fundamentalismo es sólo la tercera corriente importante que atraviesa el mundo islámico en este siglo. Primero estuvo el liberalismo, cuando un líder como Ataturk decidió suprimir el islamismo turco, y después vino el nacionalismo laico de Nasser o los sirios. Ambas corrientes fueron muy occidentalistas. Y el fundamentalismo es como un antivirus que reacciona contra cuerpos extraños, pero después puede bajar.
Por otra parte, algunos de los elementos más reaccionarios y antidemocráticos del mundo árabe se están perpetuando gracias al dinero del petróleo. Si ese dinero se acabara y se vieran forzados a confrontar sus contradicciones sin muletas se abriría una posibilidad de evolución democrática importante.
-En su libro usted apunta que las sociedades industriales del Este, como Japón o los “cuatro pequeños dragones" -Corea, Singapur, Taiwán, Hong Kong-, que ya cuentan con una tradición de autoritarismo, podrían potenciarlo en el futuro.
-Si, y eso me parece una amenaza mucho más peligrosa que la de los musulmanes. Porque no creo que el integrismo. a la larga, tenga mucho éxito, mientras que estas sociedades asiáticas sí son muy poderosas.
-El concepto de “thymos” -autoestima que necesita del reconocimiento ajeno-, que toma de Platón, parece el eje de su filosofía de la historia. ¿Puede ampliarlo?
-Es fácil de entender. Según Hegel. la lucha por el reconocimiento ajeno es la fuerza que mueve la historia. Todo el mundo quiere que los demás reconozcan lo que uno vale. Y esto está en la base de muchos fenómenos sociales, como la política o la religión. La democracia, en este sentido, significa una especie de “respeto universal” a la humanidad básica de todos los hombres. Implica vivir en una sociedad donde los derechos de cada persona son reconocidos por todos los demás. Nadie sufre de inseguridad cuando los demás no intentan dominarle.
-Usted insinúa que con la democracia expandida por todo el mundo no habría guerras. ¿No es eso mucho esperar?
-Bueno, basándonos en la experiencia podemos decir que, si esa hipótesis se diera, efectivamente no habría necesidad de guerra, porque los países pueden competir en muchos otros campos. De hecho, en los dos últimos siglos las democracias no han ido a la guerra entre sí, sino contra potencias no democráticas.
-La hipótesis de EE.UU. compitiendo con Japón y la Europa unida como superpotencias próximamente, ¿cómo afecta a su esquema?
-En primer lugar, no creo que Europa vaya a ser una superpotencia militar más allá de las diferencias políticas de sus países, teniendo en cuenta cómo ha reaccionado en la guerra del Golfo o con la guerra civil yugoslava. Si la Europa unida es proteccionista habrá problemas con el comercio con EE.UU. pero nada más. En cuanto a Japón, de momento parece muy reticente a emprender un sendero militarista.
-¿Seguirá EE.UU. ejerciendo como “policía del mundo'’?
-Creo que EE.UU. cumplirá sólo una parte de este papel, porque actualmente está atravesando una fase de debilidad económica y, además, el público americano está en contra de un protagonismo internacional excesivo. Creo que, en el futuro, EE.UU. se concentrará más en sus propios problemas domésticos, aunque sin volver al aislacionismo de los años 20 y 30.
-Si hubiera otra invasión de Kuwait, ¿cómo respondería EE.UU.?
-Si hubiera otra guerra del Golfo me temo que no desempeñaríamos el mismo papel. El Congreso se opondría.
-Su libro dedica varios capítulos a analizar la relación entre crecimiento económico y democracia, pero no acaba de quedar claro qué vínculos de necesidad ve entre los dos conceptos.
-Creo que el crecimiento económico no es ni necesario ni suficiente para que haya democracia, pero ayuda mucho a que se produzca. En la práctica, puede haber crecimiento sin democracia, y a la inversa. Pero lo normal es que el desarrollo económico amplíe las clases medias de la sociedad, favorezca la educación y provoque un estado de “expectativas crecientes" que habitualmente culminan en una transición democrática.
-En Iberoamérica, sin embargo, las transiciones democráticas han ido habitualmente por delante del desarrollo económico.
-Si, los países que liberalizaron su política en los 80 están tratando ahora de liberalizar su economía, como Argentina o México.
-Y cuando ha sucedido al revés ha planteado serios problemas de interpretación, como en el caso de Chile. ¿Como valorar que una dictadura sanguinaria haya conseguido generar un “boom” económico?
-No es el único caso. Ocurrió también en España o en Corea del Sur. Hay quien defiende que el autoritarismo. al no tener que enfrentarse a una oposición política, puede concentrarse, con más éxito y más contundencia, en cuestiones puramente económicas. A mi esta teoría no me vuelve loco. Creo que el autoritarismo no es necesario en este caso y que las democracias también pueden afrontar decisiones económicas muy duras. Es lo que ha ocurrido en Polonia, donde se ha optado por una economía de "shock” con pleno consenso social. Argentina es otro ejemplo.
-Patterson afirma que, mientras el modelo estadounidense triunfa en todo el mundo, en E.E.UU. la gente lo considera insuficiente.
-No estoy de acuerdo. El modelo democrático estadounidense puede estar desprestigiado entre intelectuales, que practican un relativismo muy fuerte, pero no para el pueblo.
-¿Cómo explica que sólo el 45 por ciento votara en las últimas presidenciales?
-En EE.UU. la participación siempre ha sido escasa, pero eso no implica que quienes no votan desaprueben el sistema. Ocurre, más bien, que en la política de mi país no hay grandes diferencias entre contrincantes. y en el fondo no importa demasiado votar por uno o por otro. Cuando la diferencia sí es importante, como ocurrió recientemente cuando David Duke se presentó para gobernador de Luisiana, la gente va a votar masivamente.
***
El hombre que quiso acabar con la historia
En verano de 1989, Fukuyama publicó en la revista “The National Interest” un artículo que tuvo amplia resonancia. En “El fin de la historia” formulaba su tesis de que. al no existir ya alternativas políticas viables a la democracia liberal tras el derrumbe del comunismo, la historia, en sentido hegeliano, había acabado.
Para mí fue un misterio que el articulo creara tanta polémica -explica el escritor en el bar del hotel Copley Plaza de Boston-, Creo que llegó en un momento en que el mundo estaba atravesando por muchos cambios simultáneos: los sucesos de China, la caída del muro de Berlín... También pienso que fui mal interpretado: mucha gente creyó que yo afirmaba que ya no habría más guerras ni conflictos sociales y esa no era mi intención”.
Fukuyama, sin embargo, ocupaba el enclave adecuado para que su escrito encontrara audiencia. Doctor en Ciencias Políticas, ex director de Planificación del Departamento de Estado estadounidense, trabaja desde hace algunos años para la Rand Corporation, un “tanque de cerebros" creado por la aviación de EE.UU. para elaborar estudios de estrategia internacional. En Rand, el autor de “El fin de la historia”, ha preparado informes sobre la URSS y. recientemente, sobre el fundamentalismo musulmán para el Gobierno norteamericano.
Nacido en Chicago en 1952, de madre japonesa y padre americano de ascendencia japonesa. Fukuyama no habla el idioma de sus antecesores. Está casado y tiene dos hijos. Su principal mentor fue y sigue siendo el filósofo Allan Bloom, con quien Fukuyama estudió en la Universidad de Cornell. Autor de “El cierre de la mente americana" (un “best-seller" en los últimos cinco años). Bloom ha sido el más influyente teórico de la necesidad de reafirmar la tradición occidental en EE.UU., puesta en la picota por los partidarios del multiculturalismo.
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La profecía de López Rodó
En “El fin de la historia y el último hombre" Fukuyama saca a España a colación en varias ocasiones. En una de ellas cita la afirmación de López Rodó conforme “España estará lista para la democracia cuando la renta per cápita alcance los 2.000 dólares”. Y añade Fukuyama: “Probó ser completamente profético: en 1974, en vísperas de la muerte de Franco, la renta per cápita estaba en 2.446 dólares”.
En otro capítulo argumenta que el Opus Dei y sus tecnócratas laicos reflejaron “la nueva conciencia de la Iglesia española en los años 50, tras descubrir que no había conflicto entre cristianismo y democracia”, lo que en su opinión fue uno de los factores decisivos para socavar la legitimidad franquista, “último exponente del conservadurismo decimonónico europeo basado en el trono y el altar, el mismo que había sido derrotado por la revolución francesa". También destaca el “importante papel” del rey Juan Carlos y el “hecho destacable” de que las Cortes franquistas aprobaran “su propio suicidio”.
"La transición española es especialmente interesante -explicó Fukuyama a ‘La Vanguardia”- Muchos autores, en los años 60. consideraban que la tradición católica incapacitaba a España para una democracia estilo occidental, por contraste con los países protestantes europeos, y que lo mismo ocurría para muchos países iberoamericanos. Tras la muerte de Franco se probó que esto era una falacia y que España podía construir una democracia similar a la de cualquier otro país.
Por otra parte -añade- España presenta una perfecta ilustración de la correlación entre economía y política, y demuestra que el desarrollo económico puede ser muy favorable para la democratización de un país.” De los actuales nacionalismos catalán y vasco, Fukuyama dice que “el nacionalismo debe modernizarse, como hizo antes la religión, y desplazarse a la esfera privada".
La Vanguardia, 9 de febrero de 1992, pp. 55-56

lunes, 10 de septiembre de 2018

"Los Ángeles, macrocosmos impresionista" de Juan Pedro Quiñonero (Destino, 28 de agosto de 1975)


Los Ángeles, macrocosmos impresionista

A la una de la tarde de un día de finales de julio, las colinas de Hollywood están envueltas en una suavísima niebla, como un delicado paisaje que contemplamos a través de un cristal de fina transparencia, pero empañado por las imprecisiones propias de una evaporación fragante y tropical, que baña o abandona una lujuriosa e indiferente vegetación. Desde la baranda donde escribo es invisible el valle; el smog levanta una cortina de luz lechosa y delicada.

Otros dias, la película de luminoso ámbar que mancha el paisaje se pierde en la lejanía. Desde un automóvil, el paisaje de Los Ángeles es monótono y único, desértico y sofisticado; las autopistas, freeways o highways, señalizan la ciudad con un rigor implacable; palmeras, eucaliptos, cactus, supermarkets, jacarandás, Hamburger’s stand, factorías, anuncios luminosos, se suceden como una interminable cinta seriada. En el freeway, el paisaje desaparece y quedan las marcas, abreviaturas, anagramas, la carne de signos que irriga los centros nerviosos de la ciudad.

La ciudad no existe, sólo se contemplan gigantescas aproximaciones. En el freeway se busca el hilo de Ariadna que nos conduzca al origen, el centro, la piedra fundacional. Pero cualquier desviación desemboca en la Jungla; el desierto urbanizado del downtonm, o la vegetación tropical de Beverley Hills; en Sunset Boulevard, el smog mata a las palmeras, y en Santa Mónica las manifestaciones de ancianos toman por asalto las carreteras de la costa; en los embarcaderos de Pacific Ocean Park se vende marihuana a los niños, y los sociólogos hablan de una cultura de playa, de una surfurbia, donde el surf es un deporte que construye castillos de espuma de una vida vegetal, y los cuerpos son los templos vacíos de una belleza bronceada, silvestre y perfecta.

En los gigantescos supermercados, las sandías poseen un rojo vivísimo; el frío industrial abraza al comprador, y montañas de productos nos seducen con bellísimos anuncios y caligrafías. En la calle, el «Herald Examiner», antiguo periódico de la cadena Hearts, o «Los Angeles Times», el gigante del periodismo californiano, se codean con la más audaz prensa pornográfica. La compradora de consoladores lleva un gorrito de paja hawaiana; el homosexual que se cambió de nariz y ha pedido presupuesto para reformarse el culo es economista; la chica que se infló las tetas con parafina comparte con una condiscípula una cama de goma y ofrece a sus amantes sandwiches de setas sin cocinar; en las colinas, a las seis de la tarde, a la salida de la oficina, las viudas y los solteros buscan una aventura sacando a pasear al gato.

Los transeúntes son escasos, solitarios. Se vive junto a un teléfono, o en el freeway. Y se ama o se muere en la carretera con la misma dulzura que en el hogar; el highway patrol asegura una agonía que los controles policiales conducen al hospital con un rigor implacable; la limpieza del freeway recuerda el cuarto de baño de los moteles; el tráfico, en ambos, es indiferente, discreto, eficaz; ellos nos instalan en una libertad y soledad absolutas; el accidente, la muerte, en el freeway se contemplan a través de las señales luminosas que nos advierten de un atasco o dirección imprevista, dos sombras que se cruzan, el parpadeo de una luz roja en la noche.

Y la carretera conduce al exilio. La arquitectura urbana de LA es una maraña sin fin de freeways, edificaciones y baldíos que aseguran una comunicación muy viva con cualquier parte de la ciudad. El freeway es la patria de nadie, la frontera, la tierra prometida de la aventura contemporánea.

Sólo se abandona el freeway para ganar la soledad del domicilio o la oficina pública. En el downtown, la administración de la ciudad es un yermo abandonado cada atardecer, y el urbanismo doméstico de la ciudad es una defensa definitiva de lo privado.

La barbarie del apartamento sólo corrompe a LA desde, apenas, los años cincuenta. El robinsonismo, el Spanish Colonial Revival, el exilio de varios arquitectos alemanes en las primeras décadas del siglo, poderosas personalidades aisladas (Frank Lloyd Whight construye la casa Millard de Pasadena en 1923; y la etapa de Hollywood es fundamental en su obra), algunos pioneros locales de la arquitectura moderna (Irving Gill, los hermanos Greene), una marabunta de estilos, se confunden en la ciudad. Fachadas victorianas, trazados modernistas, el monumentalismo bárbaro de factorías babilónicas, templos chinos, trazados racionalistas, experiencias ecológicas o geométricas, funerarias de cristal, gasolineras y car’s wash, hamburger’s stand del más dudoso buen gusto, están todos inmolados a los individual, lo privado. Las grandes urbanizaciones de los años veinte, a raíz de las fabulosas riadas de apátridas, aventureros y exiliados atraídos por el oro del petróleo y el cine (la segunda y definitiva irrupción del exilio en la vida de la ciudad; la primera data de 1874, cuando el ferrocarril, atravesando el desierto, trae desde Kansas, a través de Santa Fe, a millares de granjeros en busca de libertad; de ahí, asimismo, que LA comparte el amor a los dogmas y al orden del Medio Oeste, y su sed insaciable de aventuras) las grandes urbanizaciones de los años veinte, Echo Park o Hollywoodland, decía, ofrecen, como máximo atractivo, la posibilidad de vivir rodeado de la más bella vegetación, en las más encrespadas colinas, y en la soledad más absoluta, cercado por vecinos-robinsones que defienden con sonrisas y sistemas de alarma su derecho al conquistado paraíso en el desierto.

La virginidad perdida

Cuando el status económico de los propietarios se degrada, y los negros y mexicanos se adueñan del lugar, la calle es ganada por el peatón, las bandas de adolescentes que, para robar un televisor o cinco dólares pueden rajar las venas de quien se enfrente; a las puertas de devastadas mansiones victorianas, mugrientos mexicanos sin trabajo beben Coca-Cola; abundan las mujeres embarazadas, y las viejas residencias saqueadas albergan huéspedes acogidos a la protección de seguros de desempleo; gasolineras abandonadas, automóviles sin puertas, muñecas sin ojos, viejas casas de madera cubiertas por el polvo, restos de caminos asaltados por la hierba, pedregales y graffittis que, en las colinas de Echo Parch, poseen la belleza de la decadencia y el olvido.

Los nenúfares del lago de Echo Park son famosos por su belleza. En sus alrededores, bares mugrientos ofrecen enchiladas y tacos; las paredes de muchos edificios de planta baja han sido decoradas con pinturas de supermanes centroamericanos, chillones soldados de la revolución mexicana que han perdido la vida o el honor manchados por la caligrafía del graffiti o los rayajos obscenos.

Y los especuladores desafortunados, en Hollywoodland están condenados a pagar, después de veinte años de olvido (la televisión, en los cincuenta, marca la irrupción de un poder más rapaz y miserable que el cine), multas por el estado de abandono de colinas que, en otro tiempo, cobijaban la tierra sagrada de la industria de propagación de sueños más gigantesca imaginada por el hombre. (Hoy, la esquina de Sunset y Gower, el lugar donde los argonautas de nuestro siglo vinieron a buscar el oro de Hollywood, es un lugar de tránsito, en cuyas inmediaciones se venden zapatos a bajo precio, medias, revistas pornográficas, perritos calientes, libros rebajados, chucherías, hay bares frecuentados por chulos; no muy lejos, en Hollywood Boulevard esquina Highland, media docena de prostitutas buscan clientes a quince o veinte dólares a cualquier hora del día.)

La ruina y la miseria de Hollywood, cantadas por Billy Wilder y Gloria Swanson, son una ficción, una parábola, si acaso, del poder y la gloria. Hollywood, en el sur de California, es sólo un tentáculo de LA, la ciudad oculta, fantasmal, sin cuerpo, inexistente, pero cuyas venas, los freeways, el delirio económico de los pioneros enriquecidos, han erigido fabulosas construcciones donde la riqueza y la más absoluta sed de poder (la de esos tenebrosos y tiernos millonarios de Raymond Chandler, que lo poseen todo, menos la virginidad de una hija adorada y perdida en los bajos fondos de la ciudad) no pueden ocultar la inexistencia de un patrimonio propio, y cuya legendaria pero oculta historia de rapacidad e imaginación se confunde con la fundación mitológica de la cultura de este país, y es maquillada con gigantescas villas pompeyanas, palacios imaginados por Palladio, fundaciones que recuerdan a los Médicis.

Pesca con dinamita

Al final de Sunset Boulevard, hacia Malibú, incrustado en una montaña del jurásico, el J. Paul Getty Museum es una réplica exacta de la Villa Papyri, residencia de un patricio de Herculanum, destruida por la erupción del Vesubio en el 79 antes de Cristo. Millones de dólares se amontonan en paseos decorados con esculturas griegas del siglo V, retretes y templos de mármol de Carrara. La estatuaria de la Roma del Imperio ilumina interiores y frescos cuya fidelidad a los originales pompeyanos es un delirio de exactitud. En la segunda planta, tapices y consolas Luis XV y XVI sirven de marco a una colección de pinturas guiada, a mi modo de ver, por un gusto dudoso por lo altisonante, pero donde Holbein, Leonardo, Rafael, Monet, Corot, Gainsborough, Turner, retablos románicos y porcelanas chinas, se amontona en salas sometidas a estricta vigilancia policial.

La inutilidad absoluta del arte se cuelga en paredes de terciopelos y rasos bellísimos. Los interiores y terrazas de esta casa de recreo desembocan en nuevos corredores, estancias vacías, jardines de blancos guijarros, avenidas cuya coquetería recuerda la decadencia romana y el buen gusto de los arquitectos griegos vencidos por la indiferencia, la desesperanza y las terminantes legiones imperiales.

En San Marino, la Fundación Huntington alimenta un bellísimo jardín donde sólo se riegan flores citadas por Shakespeare. Henry Edmunds Huntington, hijo de Collis P. Huntington, de la Southern Pacific, crea en LA, en la primera década del siglo, la Pacific Electric Railway, uno de los emporios que confieren a la ciudad su actual fisonomía. En su biblioteca se guarda uno de los nueve ejemplares de la Biblia de Gutenberg, códices persas, tratados de medicina china medieval, primeras ediciones de cuentos de Chaucer, poemas de John Donne y William Blake, manuscritos de Poe y San Agustín.

El jardín japonés de su villa posee un sistema de riegos y fuentes naturales para lavar el rostro de turbadores y tiernos budas, dioses tibetanos y piedras votivas, perdidos en una civilizada selva de rosas, manzanos, camelias, bonsáis, azaleas, que conducen a un jardín Zen; allí, la vegetación desaparece, y la arena, blanquísima, es roturada por líneas, rayas, trazados geométricos, símbolos y anagramas; filosofía de jardín, arquitectura espiritual imaginada como sofisticado pasatiempo por un magnate del ferrocarril americano de la vieja tradición jeffersoniana y sus ricas mansiones (olvidada, sí, la pequeñez física del interiorismo del XVIII americano, que sorprende al visitante a Monticello, la casa construida en un bellísimo paraje de Virginia por el propio Jefferson, el redactor de ese texto canónico de la tradición literaria anglosajona, la Constitución Americana) con suntuosas vajillas y bibliotecas, coquetos salones donde los ilustrados del Este discutían el Leviatán de Hobbes o la trata de esclavos.

Beverly Hills, en LA, es la prolongación de la riqueza de los pioneros originales. La construcción de grandes rutas, el cultivo de los vergeles de Pasadena, a partir de 1910, ven interrumpida en su vida provinciana por el nacimiento de la industria del cine. Y Hollywood funda otro de los rostros de la ciudad; neurosis, locura, genio, talento, vicio, desesperación, miseria, libertad, sueño, dinero, flotan en los lagos artificiales que los impuestos (a partir de 1942), la televisión (1950), la caza de brujas, la elefantiasis, han corrompido minuciosamente; y los restos de esa pesca con dinamita han caído sobre la geografía de la ciudad.

En el teatro Chino de Hollywood Boulevard, cumplidas cartografías de movie stars se compran al mismo precio que bolígrafos de chillones colores que al moverse una palanquita enseñan diminutas fotografías de señoritas con peinados de peluquería que, en la mano o en la boca, sostienen higiénicos falos de anónimos y sindicatos modelos. «Los Angeles Free Press», decano de la prensa de alternativa, vive de anuncios de burdeles (fuente primordial de ingresos de toda la prensa underground, que, en San Francisco, ya goza de la aquiescencia y beneplácito más absolutos: el «Berkeley Bard» se vende en las máquinas automáticas de toda la ciudad, junto al «Examiner»; y un joven communard de Sausalito me decía que la comuna que visité hace un año agoniza desde que protagonizó un programa de televisión para un poderoso canal de Los Ángeles; comentando sus orígenes, me agregaba que prefería la lucha de la droga y la policía en California al metro de Nueva York; luego tuvo que enseñar su documentación acreditando que era mayor de edad para poder tomar una cerveza, antes de despedimos, le pregunté qué haría cuando la comuna muriese, y dijo que no sabía nada, perdiéndose en un dédalo de navíos escorados, botes hundidos, como indicios de un naufragio que albergase los restos de la comuna en el primitivo puerto de Sausalito, caído en la ruina con la aparición de los ferrys entre San Francisco y la ciudad).

La sangre navegando sin rumbo

Vagabundeando por las playas de LA, el culto al cuerpo y la belleza (unos cuerpos de alarmante perfección, cuyo germinar y desarrollo en un clima benigno es paralelo a una botánica de fragancia noctámbula y soleados aromas, que la luminosidad de la costa del Pacífico mancha con matices muy acusados, como las quemaduras del sol en los cuerpos produce vivísimos es tímidos físicos), el culto al cuerpo y la belleza es constante y mineral; la indiferencia es apasionada y la cordialidad espontánea y floral. Los atardeceres, en julio, son delicados y suaves; pero la noche cae de modo rotundo; y el retomo, en el freeway, es casi espectral; el domicilio y ataúd ambulante del automóvil cobra el precio que pagamos a la divinidad; los espacios, con el negro de la noche, ganan la presencia muda de lo lejano e inolvidable que el espejismo del smog nos impedía advertir en la mañana; y las luces de las colinas semejan a locas y añoradas fiestas que la lejanía y el ruido sordo del freeway nos hacen más presente en su ausencia, en lo inmediato de la velocidad y el sabor de la huida y los lujuriosos y tenues aromas de la noche de verano.

En Newport, a finales de julio, el sol se pone a las seis de la tarde. Pero el atardecer se inicia, prácticamente, poco después del mediodía. La puesta del sol interminable, dilatada. Mucho antes de desaparecer, la luminosidad del sol es difusa, radiante, pero gastada por una delicada atmósfera que hace más vivos e irisados los colores, acentúa los matices de las colinas y confiere a la espuma de la playa una mansedumbre amable.

Las islas y pequeñas penínsulas de Newport, sembradas de interminables puertos de recreo, han sido erosionadas y colonizadas de modo implacable. La vegetación silvestre fue devastada, suplantada por frondosos jardines ingleses; y la geología ha desaparecido en los lugares más bellos, tras una suntuosa arquitectura de madera y cristal. En las inmediaciones del freeway de Santa Ana y el puerto, factorías y servicios son una prolongación de la estética del mal gusto de las ilimitadas calles de LA; plástico, publicidad, caligrafía fluorescente, cursilería y vulgaridad, restos de casas blancas de madera de estilo victoriano, agresiones físicas contra el radiante azul de la atmósfera a través de manicomiales llamadas a la atención del conductor, que, indiferente, encuentra en esa pesadilla de planta baja y aire acondicionado, los restos y vestigios, las cañerías que irrigan sangre humana a las venas de la ciudad, contemplándose, desde el automóvil, el cuerpo cuarteado, los tejidos, las vísceras de plástico y neón, el hipotálamo y los intestinos de gasolina, a través de los cuales al escuchar, en el freeway, en la memoria transistorizada de un aparato de radio, la voz enloquecida de Labelle, la respiración se altera y hace presente el ritmo de la sangre navegando sin rumbo

En Harbor Island, en Newport, una diminuta carretera es vigilada por un policía negro que controla un tráfico muy reducido. (Una villa barata, en Harbor Island, no cuesta menos de millón y medio de dólares.) Y la señora J., nuestra anfitriona, a las cuatro de la tarde, nos recibe enjoyada con dos sortijas de diamantes y un collar de esmeraldas, que hacen juego con una camisa de seda. Su hija se casa en septiembre, y los preparativos de la ceremonia se han iniciado con cinco meses de antelación. (Dos de cada tres americanos adultos están viudos o divorciados; la vida sexual del país se inicia en la escuela primaria; las grandes revistas americanas, «Esquire», estudian la beneficiosa influencia, en numerosos casos, de la experiencia homosexual en el futuro venturoso del matrimonio; la criminalidad femenina se ha incrementado notablemente; y las adolescentes explican cómo los poppers (nitrato de amilo, que dilata la coronaria, y es utilizado en medicina para tratar la angina de pecho, la falta de riego de colesterol) son imprescindibles para una copulación imaginativa; la señorita J. las guarda en uno de los frigoríficos de la villa de su madre).

El exilio y la huida

La señora J., con la calma de la codeína, nos explica que siguió un curso de vinos en la UCLA, y, un año después, hizo un viaje de placer por Francia para conocer, con todo rigor, los vinos franceses. Mientras nos sirve un jerez en un gigantesco vaso de cristal tallado, con mucho hielo, en un aparte, H. A. me explica que la señora J. abandonó a su marido por un camarero filipino, en Florida; luego se enamoró de un psiquiatra en la inauguración de una exposición colectiva de arte conceptual en Madison Avenue, Nueva York; pero, durante un viaje en automóvil, cruzando el desierto de Mojave, casi en la frontera de California y Nevada, advirtió que solamente amaba a su marido.

Cuando cae la tarde, la señora J. nos despide, ¿o abandona?, en el jardín. Sus gatos, viejos, tienen poco pelo y huyen o desprecian al visitante, no admiten caricias. La brisa del atardecer es suave y fría; los crisantemos son más pequeños que aquellos que recuerdo de mi infancia; las tapias están cercadas por macizos de adelfas y jazmines; y los setos de hierbabuena fueron sembrados casi junto al embarcadero privado; los macizos de buganvilias, fucsia y salmón, son bellísimos y fragantes; y un sofisticado cuidado da a los tallos de rododendros una delicadeza germinal y silvestre; las fucsias, violetas, aves del paraíso, magnolias, ranánculas, margaritas, camelias, geranios, hiedra, pelargonios, se dispersan en el aparente desorden de un jardín cuidado con rigor policial; la austeridad exquisita de los helechos de Boston ha sido matizada con innumerables variedades de delicadísimas begonias. En el automóvil, la poderosa fragancia del océano dispersa tan inolvidables perfumes.

Milton Williams, un famoso decorador, me comenta que en la costa del sur de California la vegetación posee una pureza que en LA un cuidado férreo y Southern Pacific costoso, industrializado, no consigue igualar discretamente; y decorar con rosas rojas un party en Beverly Hills cuesta una fortuna que sólo empaña el celo de la anfitriona guardando para nuevas ocasiones las fresas del champagne.

La frontera, el desierto, las montañas, hacen más ostensible la voluptuosa soledad de una ciudad sin forma. Hasta San Diego, en el Sur, la costa es muy bella; y Tijuana es una ciudad fronteriza de una miseria abrumadora, corrompida y sin vida. En la costa Norte, después de Santa Bárbara, los acantilados cortan la playa, que está deshabitada hasta los bosques de Big Sur. Los grandes expresos de la se dirigen a Santa Fe, en New México, atravesando los desiertos de Arizona y las antiguas propiedades de la nación del pueblo navajo. El desierto de Mojave conduce a Las Vegas. La oceánica llanura del valle de San Joaquín es la vía natural a San Francisco; el automóvil se pierde en rectas interminables; la noche, en julio, cae con una voluptuosidad prodigiosa; los naranjas y malvas del atardecer producen una iluminación vivísima en el mar de pastos cruzado por el freeway; y el viento seco, durante horas, trae el penetrante olor de follajes empacados y deyecciones de vacas; los cauces de la carretera se pierden en la profundidad de un horizonte que la noche asalta; las gasolineras, cuando en el Oeste todavía quedan restos de luz roja palpitando entre la negrura de ópalo del cielo, están solitarias, desiertas; allí no hay comida, algunas máquinas automáticas venden heladas bebidas no alcohólicas, que recuerdan, al mojar la garganta, que huimos en un desierto asfaltado; los ruidos se pierden en la inmensidad de la noche; el zumbido del motor, en la soledad de la llanura, es una compañía considerable, y su relación con el conductor se basa en un diálogo sordo pero tangible; las emisoras de radio interrumpen su publicidad para leer las descripciones de dos prófugos, un hombre y una mujer, perseguidos por la policía de Los Ángeles; los partes meteorológicos anuncian una noche calurosa 

Juan Pedro Quiñonero, Destino, Año XXXVII, No. 1978 (28 agosto 1975) pp. 30-32