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viernes, 14 de septiembre de 2018

Entrevista a Francis Fukuyama (La Vanguardia, 2 de febrero de 1992)


Entrevista a Francis Fukuyama, autor de “El fin de la historia y el último hombre"
Sergio Vila-Sanjuan, Boston
Francis Fukuyama acaba de publicar en EE.UU. “The end of history and the last man” (“El fin de la historia y el último hombre”) sin riesgo de pasar inadvertido. Su libro, un intento ambicioso de desplegar una filosofía de la historia, reparte palos a derecha e izquierda y aventura conclusiones en terrenos tan variados como la economía, la sociología, las relaciones internacionales y el estudio del alma humana. El libro aparecerá en, España en mayo, publicado por Planeta.
-Usted defiende la tesis de que la historia de la humanidad tiene un sentido y una dirección.
-Sí. Creo que hay un movimiento en la historia de las sociedades hacia el establecimiento de democracias con libertades políticas y económicas, y que estas democracias representan el sistema en el que el ser humano se ve reconocido en su plena dignidad personal de forma más completa. En este sentido representan la culminación de la historia, ya que no podemos pensar un sistema político mejor. Eso no quiere decir que el hombre que viva en ellas se sienta completamente satisfecho ni que no experimente necesidades ni que estas sociedades no tengan problemas. Pero como modelo político para las necesidades humanas la democracia liberal no se puede superar.
-¿Qué significa para usted “democracia liberal”?
-Un régimen multipartidista con elecciones libres, donde se respeten las libertades de expresión, religión y asociación, así como el derecho a la propiedad privada.
-Se le acusa, entre otras cosas, de ser inmoderadamente optimista, y de fabricar una ideología que EE.UU. pueda aprovechar tras el fin de la guerra fría.
-Yo soy optimista a largo plazo, creo que hay ese movimiento general hacia la democracia liberal, pero a corto plazo soy pesimista, especialmente sobre Europa del Este y Rusia y su capacidad para atravesar con éxito las transformaciones que están llevando a cabo. En cuanto a lo segundo, yo no he fabricado ninguna ideología. La idea de democracia liberal es vieja, y la comparte la mayoría de la gente en el mundo desarrollado.
-Utiliza usted un concepto de Hegel, interpretado por Alexandre Kojève, según el cual la historia se había acabado tras las revoluciones francesa y americana, que hacían a todos los hombres iguales, al menos teóricamente. Entonces, ¿es que la historia se ha acabado dos veces?
-Bueno, Hegel (y Kojève) creían que la historia terminaba en 1806, cuando las ideas de la revolución francesa se extendían por Europa mediante las conquistas napoleónicas. Lo que ha ocurrido con el colapso del comunismo es que el principal competidor internacional de la democracia se ha extinguido como idea válida, junto con los fascismos y autoritarismos, han demostrado que no tenían legitimidad ni credibilidad.
-Pero, a cambio, los nacionalismos resurgen por todas partes.
-Hay una forma de nacionalismo muy hostil a la democracia, intolerante y en expansión, como el de los serbios. Pero también muchas naciones son nacionalistas sin que ello les impida ser demócratas. La separación de los países de la antigua URSS ha sido bastante pacífica, con relativamente pocos muertos por conflictos étnicos y nacionales: pienso que, en Rusia o Ucrania, el nacionalismo no es una fuerza tan importante como se cree. Con la excepción de Yugoslavia, los ejemplos de nacionalismo más peligrosos tienen lugar en zonas bastante apartadas de Occidente, como Pakistán.
-Si el nacionalismo es poco preocupante, ¿por qué es pesimista con respecto al Este europeo?
-Por los problemas económicos. Cuando España encaró su transición tenía una economía de mercado, una sociedad civil y un grado alto de desarrollo económico, lo cual no es el caso de estos países.
-La expansión del fundamentalismo islámico tampoco abona su tesis. En Argelia, por ejemplo, los integristas iban a acceder al poder democráticamente y sus adversarios han tenido que organizar un golpe de Estado para impedirlo, lo cual es una situación bastante contradictoria.
-Yo no pienso que el mundo islámico vaya a evolucionar pronto hacia la democracia liberal, y eso, efectivamente, va contra mi tesis, porque los integristas argelinos lo primero que hubieran hecho es suprimir las libertades personales. Pero el fundamentalismo es una reacción contra la presencia de elementos occidentales en ciertas sociedades. y se ha dado en los países que previamente habían estado más occidentalizados, como Irán.
Creo que cuando observamos este problema somos muy prisioneros de nuestro propio tiempo y nos olvidamos de que el fundamentalismo es sólo la tercera corriente importante que atraviesa el mundo islámico en este siglo. Primero estuvo el liberalismo, cuando un líder como Ataturk decidió suprimir el islamismo turco, y después vino el nacionalismo laico de Nasser o los sirios. Ambas corrientes fueron muy occidentalistas. Y el fundamentalismo es como un antivirus que reacciona contra cuerpos extraños, pero después puede bajar.
Por otra parte, algunos de los elementos más reaccionarios y antidemocráticos del mundo árabe se están perpetuando gracias al dinero del petróleo. Si ese dinero se acabara y se vieran forzados a confrontar sus contradicciones sin muletas se abriría una posibilidad de evolución democrática importante.
-En su libro usted apunta que las sociedades industriales del Este, como Japón o los “cuatro pequeños dragones" -Corea, Singapur, Taiwán, Hong Kong-, que ya cuentan con una tradición de autoritarismo, podrían potenciarlo en el futuro.
-Si, y eso me parece una amenaza mucho más peligrosa que la de los musulmanes. Porque no creo que el integrismo. a la larga, tenga mucho éxito, mientras que estas sociedades asiáticas sí son muy poderosas.
-El concepto de “thymos” -autoestima que necesita del reconocimiento ajeno-, que toma de Platón, parece el eje de su filosofía de la historia. ¿Puede ampliarlo?
-Es fácil de entender. Según Hegel. la lucha por el reconocimiento ajeno es la fuerza que mueve la historia. Todo el mundo quiere que los demás reconozcan lo que uno vale. Y esto está en la base de muchos fenómenos sociales, como la política o la religión. La democracia, en este sentido, significa una especie de “respeto universal” a la humanidad básica de todos los hombres. Implica vivir en una sociedad donde los derechos de cada persona son reconocidos por todos los demás. Nadie sufre de inseguridad cuando los demás no intentan dominarle.
-Usted insinúa que con la democracia expandida por todo el mundo no habría guerras. ¿No es eso mucho esperar?
-Bueno, basándonos en la experiencia podemos decir que, si esa hipótesis se diera, efectivamente no habría necesidad de guerra, porque los países pueden competir en muchos otros campos. De hecho, en los dos últimos siglos las democracias no han ido a la guerra entre sí, sino contra potencias no democráticas.
-La hipótesis de EE.UU. compitiendo con Japón y la Europa unida como superpotencias próximamente, ¿cómo afecta a su esquema?
-En primer lugar, no creo que Europa vaya a ser una superpotencia militar más allá de las diferencias políticas de sus países, teniendo en cuenta cómo ha reaccionado en la guerra del Golfo o con la guerra civil yugoslava. Si la Europa unida es proteccionista habrá problemas con el comercio con EE.UU. pero nada más. En cuanto a Japón, de momento parece muy reticente a emprender un sendero militarista.
-¿Seguirá EE.UU. ejerciendo como “policía del mundo'’?
-Creo que EE.UU. cumplirá sólo una parte de este papel, porque actualmente está atravesando una fase de debilidad económica y, además, el público americano está en contra de un protagonismo internacional excesivo. Creo que, en el futuro, EE.UU. se concentrará más en sus propios problemas domésticos, aunque sin volver al aislacionismo de los años 20 y 30.
-Si hubiera otra invasión de Kuwait, ¿cómo respondería EE.UU.?
-Si hubiera otra guerra del Golfo me temo que no desempeñaríamos el mismo papel. El Congreso se opondría.
-Su libro dedica varios capítulos a analizar la relación entre crecimiento económico y democracia, pero no acaba de quedar claro qué vínculos de necesidad ve entre los dos conceptos.
-Creo que el crecimiento económico no es ni necesario ni suficiente para que haya democracia, pero ayuda mucho a que se produzca. En la práctica, puede haber crecimiento sin democracia, y a la inversa. Pero lo normal es que el desarrollo económico amplíe las clases medias de la sociedad, favorezca la educación y provoque un estado de “expectativas crecientes" que habitualmente culminan en una transición democrática.
-En Iberoamérica, sin embargo, las transiciones democráticas han ido habitualmente por delante del desarrollo económico.
-Si, los países que liberalizaron su política en los 80 están tratando ahora de liberalizar su economía, como Argentina o México.
-Y cuando ha sucedido al revés ha planteado serios problemas de interpretación, como en el caso de Chile. ¿Como valorar que una dictadura sanguinaria haya conseguido generar un “boom” económico?
-No es el único caso. Ocurrió también en España o en Corea del Sur. Hay quien defiende que el autoritarismo. al no tener que enfrentarse a una oposición política, puede concentrarse, con más éxito y más contundencia, en cuestiones puramente económicas. A mi esta teoría no me vuelve loco. Creo que el autoritarismo no es necesario en este caso y que las democracias también pueden afrontar decisiones económicas muy duras. Es lo que ha ocurrido en Polonia, donde se ha optado por una economía de "shock” con pleno consenso social. Argentina es otro ejemplo.
-Patterson afirma que, mientras el modelo estadounidense triunfa en todo el mundo, en E.E.UU. la gente lo considera insuficiente.
-No estoy de acuerdo. El modelo democrático estadounidense puede estar desprestigiado entre intelectuales, que practican un relativismo muy fuerte, pero no para el pueblo.
-¿Cómo explica que sólo el 45 por ciento votara en las últimas presidenciales?
-En EE.UU. la participación siempre ha sido escasa, pero eso no implica que quienes no votan desaprueben el sistema. Ocurre, más bien, que en la política de mi país no hay grandes diferencias entre contrincantes. y en el fondo no importa demasiado votar por uno o por otro. Cuando la diferencia sí es importante, como ocurrió recientemente cuando David Duke se presentó para gobernador de Luisiana, la gente va a votar masivamente.
***
El hombre que quiso acabar con la historia
En verano de 1989, Fukuyama publicó en la revista “The National Interest” un artículo que tuvo amplia resonancia. En “El fin de la historia” formulaba su tesis de que. al no existir ya alternativas políticas viables a la democracia liberal tras el derrumbe del comunismo, la historia, en sentido hegeliano, había acabado.
Para mí fue un misterio que el articulo creara tanta polémica -explica el escritor en el bar del hotel Copley Plaza de Boston-, Creo que llegó en un momento en que el mundo estaba atravesando por muchos cambios simultáneos: los sucesos de China, la caída del muro de Berlín... También pienso que fui mal interpretado: mucha gente creyó que yo afirmaba que ya no habría más guerras ni conflictos sociales y esa no era mi intención”.
Fukuyama, sin embargo, ocupaba el enclave adecuado para que su escrito encontrara audiencia. Doctor en Ciencias Políticas, ex director de Planificación del Departamento de Estado estadounidense, trabaja desde hace algunos años para la Rand Corporation, un “tanque de cerebros" creado por la aviación de EE.UU. para elaborar estudios de estrategia internacional. En Rand, el autor de “El fin de la historia”, ha preparado informes sobre la URSS y. recientemente, sobre el fundamentalismo musulmán para el Gobierno norteamericano.
Nacido en Chicago en 1952, de madre japonesa y padre americano de ascendencia japonesa. Fukuyama no habla el idioma de sus antecesores. Está casado y tiene dos hijos. Su principal mentor fue y sigue siendo el filósofo Allan Bloom, con quien Fukuyama estudió en la Universidad de Cornell. Autor de “El cierre de la mente americana" (un “best-seller" en los últimos cinco años). Bloom ha sido el más influyente teórico de la necesidad de reafirmar la tradición occidental en EE.UU., puesta en la picota por los partidarios del multiculturalismo.
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La profecía de López Rodó
En “El fin de la historia y el último hombre" Fukuyama saca a España a colación en varias ocasiones. En una de ellas cita la afirmación de López Rodó conforme “España estará lista para la democracia cuando la renta per cápita alcance los 2.000 dólares”. Y añade Fukuyama: “Probó ser completamente profético: en 1974, en vísperas de la muerte de Franco, la renta per cápita estaba en 2.446 dólares”.
En otro capítulo argumenta que el Opus Dei y sus tecnócratas laicos reflejaron “la nueva conciencia de la Iglesia española en los años 50, tras descubrir que no había conflicto entre cristianismo y democracia”, lo que en su opinión fue uno de los factores decisivos para socavar la legitimidad franquista, “último exponente del conservadurismo decimonónico europeo basado en el trono y el altar, el mismo que había sido derrotado por la revolución francesa". También destaca el “importante papel” del rey Juan Carlos y el “hecho destacable” de que las Cortes franquistas aprobaran “su propio suicidio”.
"La transición española es especialmente interesante -explicó Fukuyama a ‘La Vanguardia”- Muchos autores, en los años 60. consideraban que la tradición católica incapacitaba a España para una democracia estilo occidental, por contraste con los países protestantes europeos, y que lo mismo ocurría para muchos países iberoamericanos. Tras la muerte de Franco se probó que esto era una falacia y que España podía construir una democracia similar a la de cualquier otro país.
Por otra parte -añade- España presenta una perfecta ilustración de la correlación entre economía y política, y demuestra que el desarrollo económico puede ser muy favorable para la democratización de un país.” De los actuales nacionalismos catalán y vasco, Fukuyama dice que “el nacionalismo debe modernizarse, como hizo antes la religión, y desplazarse a la esfera privada".
La Vanguardia, 9 de febrero de 1992, pp. 55-56

domingo, 25 de noviembre de 2007

José María Álvarez

¡Este si que es un descubrimiento! Paseando el otro día por la benemérita librería de Antonio Machado me topé con uno de los -hasta ahora- mejores libros que he leído sobre la subida al poder del nazismo. Siguiendo la línea trazada por Hayek en Camino de servidumbre, el autor, hace un recorrido por los últimos años meses antes del triunfo nazi en 1933. Lo interesante del libro es que parte de una aterradora premisa inicial: nuestras democracias “están preparadas” para que algo parecido pueda volver a ocurrir.
Más sorprendente fue para mi leer que el autor de este libro -Jose María Álvarez- es, además, poeta (uno de los novísimos del libro de Castellet), traductor de Eliot, Kavafis, Hölderlin, ganador del premio “La sonrisa vertical” etc, etc, etc.
Días más tarde, encandilado por el personaje, me compré un pequeño opúsculo -lo último que ha editado JMA- titulado La insoportable levedad de la libertad, una transcripción de un curso de verano organizado el El Escorial en julio del 2003, del que os ofrezco esta pequeña muestra.
[Quienes me conozcan y lean esto, adivinaran que no estoy del todo de acuerdo con lo que dice el autor. Pués bueno, queridos míos, con los escritores que me gustan, me ocurre algo parecido que con los amigos; esto es, no busco fotocopias, no busco que sean de “los míos” (eso se lo dejo a sectarios varios, de los políticos o de los otros).]


"Si esta sociedad, la Democracia de Masa, persiste, no creo que sobrevivamos. Y sin duda es ella la que va a sobrevivir. Y en esta sociedad no habrá poder creador. Estamos contemplando ese desolado paisaje. Puede que aún se siga representando a Shakespeare, y la gente irá a los museos. Tácito y Montesquieu, “la cultura entera” -¡hasta los filósofos griegos! ¡Y Schopenhauer!-, música, etc... están hasta en los quioscos... junto a Cosmopolitan, o Playboy. Pero un Shakespeare “democrático, “solidario”, “políticamente correcto”, limpiado, disecado, ante un auditorio sin vinculaciones emocionales con lo que se representa. Contemplarán El rey Lear o Hamlet como pueden asistir a un concierto de Sabina. Pasearán por los museos como el que se pasea ante un acuario muerto. Ya sin lazo con la vida. Un entretenimiento, y sin duda, programado: por la mañana aeróbic y shopping, por la tarde La traviata y por la noche cena turística. Y todo sin excesos.
Durante un tiempo aún se mantendrá -como rarezas, incluso como un consumo de buen tono, dentro de lo que ahora se llama “calidad de vida”- todo esto. Pero dudo que en esa sociedad pueda madurar un Mozart, un Rilke, un Rafael, un Leonardo. Y a la larga, exangüe, inane, también esa sociedad sucumbirá. Porque lo que cada época ha llegado a ser, el horizonte de sus ilusiones, el legado común de la Humanidad, vivía, paradójicamente, en la altura donde habían colocado el listón de nuestros sueños esos artistas marginados y marginales. Porque, como dijo Hugo, contienen lo ignorado.
Porque Beethoben o Borges, o Stendhal o Baudelaire, no son, en ese legado, sólo música o literatura. Significaban también que había una sociedad palpitante donde su obra florecía. Ningún deseo social ni decisión de las instituciones pueden hacer que se produzca un Mozart o un Plutarco. Sólo en un mundo libre libre en su alma, aunque padezca los rigores de una tiranía-, donde habita la primacía de lo mejor sobre lo peor, en todos los órdenes y en el corazón, en todos los órdenes y en el corazón de sus hijos, sólo allí pueden darse esos ilustres alumbramientos.
Con su luz gozará una parte de esa sociedad, un número limitado de seres humanos -y aquí sí que en su incremento pueden influir los logros de una Educación mejor-, pero lo que emana de esas exigencias produce el mejoramiento de toda la sociedad. Porque los más profundos mensajes de tolerancia y comprensión, la busca de lo excelente, de sueños, de imaginación, de libertad, es en sus obras donde anidan, donde nos aguardan, donde nos hacen mejores. Porque esos “pocos” son la carne de la Civilización, de la única, desde el primer vagido.
No quiero entrar en el análisis de lo que acaso, con la destrucción de la Enseñanza, sea el abismo bestial desde donde nuestra sociedad ha decidido suicidarse: el asolamiento de las grandes lenguas, nuestro español, el inglés, el francés, el alemán, etc. Proceso astutamente vinculado a la degradación del ser humano, y que iniciado por comunistas y nazis, alcanza en la Democracia de Masas, sus más pérfidas y salvajes conclusiones. Sería tema para un curso entero.
Creo que muchos de nosotros debemos acostumbrarnos a que seremos zombis en un mundo ordenada e igualitario, y muy infantilizado, absolutamente controlado por la televisión u otros inventos que vengan acaso más decisivos. La barbarie en sus múltiples formas, nacionalismo, multiculturalismo, posmodernismo, Izquierda en cualquiera de sus formulaciones, ha triunfado sobre la Cultura. Su labor de destrucción es inexorable. Los asesinos de la Cultura ya están instalados. Preparan, aunque algunos no lo hagan voluntaria o conscientemente, el camino a los asesinos de personas. Como escribió Nadiezhda Mandelstam, “
llena de horror me decía a mí misma que entraríamos en el futuro sin testigos capaces de testimoniar lo que fue el pasado. Tanto fuera como dentro de las alambradas, todos habíamos perdido la memoria”. Hace ya mucho, en un poema de Museo de Cera, vi ese futuro:

Lo que hemos amado como Historia
será como el paso de la Luna
entre Horda y Horda."

jueves, 7 de junio de 2007

"¿Cómo ser conservador-liberal-socialista?. Un credo" por Leszek Kołakowski (Encounter, Octubre de 1978, pp. 46-49)




Lema: “¡Por favor, pase hacia adelante a la parte trasera!” Esta es una traducción aproximada de un ruego que oí una vez en un tranvía en Varsovia. Lo pongo como eslogan de una poderosa Internacional que nunca existirá.

Un conservador cree:

1.Que en la vida humana nunca ha habido y nunca habrá mejoras que no impliquen deterioros y males. Este precio debe ser considerado y tenido en cuenta a la hora de confeccionar los proyectos sociales de reforma y perfeccionamiento. Así, los innumerables males son compatibles entre sí (los podemos sufrir comprensiva y simultáneamente); mientras que los muchos bienes se limitan o anulan entre sí, no pudiendo gozarse enteramente de ellos al mismo tiempo. Es perfectamente posible una sociedad en la que no haya ningún tipo de libertad o igualdad, mientras que es imposible un orden social en el que conviva la libertad e igualdad absoluta. Esto se puede aplicar igualmente a la compatibilidad de la planificación y del principio de autonomía o del principio de seguridad y del progreso técnico. No hay un final feliz en la historia de la humanidad.

2.Que no sabemos en qué grado las diferentes formas de vida social tradicional -familias, rituales, naciones, comunidades religiosas- son imprescindibles para la existencia de una sociedad tolerable o simplemente viable. No hay ningún argumento que certifique que destruyendo estas formas de vida -o calificándolas de irracionales- aumentemos las posibilidades de felicidad, paz, seguridad o libertad. No tenemos ningún conocimiento cierto de lo que podría ocurrir si, por ejemplo, aboliéramos la familia monógama o si renunciáramos a la costumbre ya consagrada de enterrar a los muertos, y la sustituyésemos por el reciclaje racional de los cadáveres para fines industriales. Haríamos bien en esperar lo peor.

3.Que la idee fixe de la Ilustración -que la envidia, la vanidad y la agresividad están causadas por las deficiencias de las instituciones sociales y que estas serán barridas cuando se reformen estas instituciones- no sólo es completamente increíble y contraria a toda experiencia, sino altamente peligrosa. ¿Cómo es posible que estas instituciones aparecieran si eran tan contrarias a la verdadera naturaleza del hombre? Aspirar a institucionalizar la fraternidad, el amor y el altruismo es tener ya un proyecto seguro de despotismo.

Un liberal cree:

1.Que sigue siendo válida la vieja idea de que el fin del Estado es la seguridad --incluso si la noción de “seguridad” incluye no sólo a la protección de las personas y la propiedad por medio de la ley, sino a la aplicación de varios tipos de previsión social. Los parados no deben morirse de hambre ni a los pobres les debe de faltar una ayuda médica. Los niños deben tener acceso libre a la educación. Todo esto es parte de la seguridad. Con todo, la seguridad no debe ser nunca confundida con la libertad. El Estado no garantiza la libertad regulando y actuando directamente sobre las diferentes áreas de la vida, sino no haciendo nada. De hecho, la seguridad sólo puede expandirse a expensas de la libertad. De cualquier manera, hacer a la gente feliz no es la función del Estado.

2.Que las comunidades humanas no sólo están amenazadas por su degradación sino además por su estancamiento -una sociedad puede estar tan organizada que no deje lugar a la iniciativa individual y a la inventiva. El suicidio colectivo de la humanidad es concebible no sólo por el simple hecho de que no somos hormigas, sino por su transformación definitiva en un hormiguero.

3.Que es altamente improbable que una sociedad en la cual todas las formas de competitividad hayan sido eliminadas continúe manteniendo los estímulos necesarios para la creatividad y el progreso. Tener más igualdad es un medio y no es un fin en sí mismo. En otras palabras, que no tiene sentido una lucha por más igualdad si de esto resulta el descenso de nivel de aquellos que son mejores, y no el ascenso de los excluidos. La perfecta igualdad es un ideal que se destruye a sí mismo.

Un socialista cree:

1.Que toda sociedad en la cual la búsqueda de beneficio sea el único regulador del sistema productivo está tan amenazada por una gran -quizá la más grande- catástrofe, como la sociedad en la que el motivo del beneficio ha sido absolutamente eliminado de las fuerzas de producción-regulación. Existen buenas razones tanto para limitar -por motivos de seguridad- la libertad de la actividad económica, como para impedir que el dinero deba de producir automáticamente más dinero. Aún así, la limitación de la libertad debe ser denominada así, y no como una forma más alta de libertad.

2.Que es absurdo e hipócrita justificar cualquier forma de creación de beneficios basándose en la imposibilidad de una sociedad perfecta y pacífica y en la inevitabilidad de la desigualdad. Esta clase de pesimismo antropológico conservador que conlleva la creencia asombrosa de que un impuesto progresivo sobre la renta es una abominación inhumana es tan sospechoso como el tipo de optimismo histórico sobre el que se basó el Gulag.

3.Que la tendencia a regular la economía por medio de controles sociales importantes debe ser apoyada, aunque el precio a pagar sea una aumento de la burocracia. Tales controles deben, sin embargo, ser ejercidos desde una democracia representativa. Por este motivo es esencial planificar instituciones que sirvan de contrapeso a la amenaza que para la libertad supondría el crecimiento de estos mismos controles.


Tal como lo veo este sistema de ideas reguladas no es auto-contradictorio. Y que por lo tanto es posible ser un conservador-liberal-socialista. Esto equivale a decir que estas tres designaciones particulares no serán por mucho tiempo opciones excluyentes entre sí.

En cuanto a la Internacional grande y poderosa que mencioné al principio, nunca existirá, porque no puede prometer a la gente la felicidad.

Traducido por Don Cógito (Ver aquí original)

miércoles, 6 de junio de 2007

"La cautela liberal"


Navegando por internet (buscaba artículos que incluyeran la expresión "moralismo excesivo") he encontrado este artículo interesante (aún cuando no esté del todo de acuerdo)
Dedicado a los feacios

La cautela liberal

(El Correo, 19 de noviembre de 2005)

Como era de prever, la conversación política española se ha convertido en un guiñol de esencias. La esencia denominada 'España' llora por su desgarro y desaparición. Las esencias 'Catalunya' o 'Euskalherria' gimen porque no les dejan nacer y crecer como seres libres. La esencia 'soberanía' las sobrevuela, sin acabar de posarse en ninguna. Las esencias 'identidad' e 'historia' bailan alrededor. Maravilla de las maravillas, de nuevo estamos en el mundo de las ideas platónicas, de las realidades ontológicas que están más allá (o más acá) de los ciudadanos, pero que les sorben el alma a éstos con singular eficacia.

Les propondría que apartemos la vista de esta danza, aunque sea por un rato, y nos coloquemos en el lugar de una rara avis de esta sociedad nuestra, en el lugar del ciudadano liberal, un ciudadano precavido que se plantea las cosas desde el punto de vista de sus propios intereses, desde su particular forma de 'pursuit of happiness'; nunca desde el borroso punto de vista de los pueblos, las naciones, las clases o la historia.

A nuestro ciudadano no le interesa tanto la cuestión del sujeto del poder (¿quién manda?) cuanto la cuestión de los límites del poder (¿qué puede mandar el poder, pertenezca a quien pertenezca?). La primera es la pregunta democrática por excelencia, y su respuesta aproximada es 'manda el pueblo'. La segunda es la pregunta liberal y su respuesta suena más o menos así: «mande quien mande, hay unos límites claros a lo mandable, y esos límites son la esfera privada del ciudadano» (Ortega y Gasset). Preguntas distintas, respuestas diversas, aunque ambas entretejidas en el ovillo de nuestras democracias liberales (Giovanni Sartori). Pues bien, asistimos hoy a una encarnizada disputa por el reparto del poder entre instancias territorialmente diversas, y sin embargo lo importante para nuestro ciudadano no es tanto quién se queda con qué poder, como qué quiere hacer ese quién con el poder que obtenga. ¿Para qué quiere el poder, pregunta el liberal? Y no le valen respuestas esotéricas tales como 'la nación quiere el poder para ser ella misma'. No, dice nuestro liberal, el poder no es una poción mágica para rellenar el 'self' de una u otra nación, el poder es una relación concreta (cotidianamente concreta) con los gobernados y, por ello, lo que éstos quieren saber es qué se (les) va a hacer con ese poder.

Si la cuestión del reparto del poder fuera inocua para los intereses de los ciudadanos no nos importaría nada, absolutamente nada, quién fuera su titular: ¿Qué más me da que las leyes se hagan en Madrid o Vitoria, qué me importa que a esta tierra la llamen oficialmente España o Euskadi, o dónde pongan el 'limes' entre ellas? Lo que a mí me importa es que las leyes sean prudentes y respetuosas con la esfera de mis intereses. En puridad, el ciudadano liberal no tiene preferencias a priori sobre el reparto vertical del poder. Pero lo que sí tiene, eso sí, es mucha desconfianza y recelo ante todo poder. Y de este recelo deriva una serie de intuiciones bastante claras.

El poder, todo poder, debe ser dividido entre tantas instancias como sea posible sin llegar a desvirtuar su eficacia. La acumulación de poder en una sola instancia es mala. 'Seul le pouvoir arrête le pouvoir'. Y la regla se aplica tanto en sentido horizontal (la división de poderes entre instituciones estatales) como vertical (la división entre instituciones territoriales). Porque esas instituciones que se legitiman como naciones o nacionalidades quieren poder para hacer (nos) algo muy concreto, para nacionalizar a sus ciudadanos, para imbuirles esas identidades homogéneas predefinidas que adoran en el hondón de su alma. Es lo que ha hecho España desde 1812, y lo que desean ahora hacer Cataluña y Euskalherria: nacionalizarnos. Ante una amenaza tan obvia para su privacidad, la regla liberal es siempre la misma: repartir el poder, es decir, contrapesar los anhelos nacionalistas, apoyar un Estado multinacional en que ninguna de las nacionalidades pueda prescindir de las demás solapadas. El ciudadano liberal no es un iluso, cree muy poco en la posibilidad de ese teóricamente admirable 'patriotismo constitucional' purgado de nacionalismo que defiende Habermas. Por eso, porque es consciente de que vive en el marco de unos nacionalismos voraces, opta porque el poder se reparta entre todos ellos, a ver si así se contrapesan y puede vivir relativamente tranquilo en el equilibrio resultante.

Otra idea del ciudadano liberal es la de que no existe una única regla que permita, ella sola, organizar la distribución más eficaz del poder entre instancias territoriales diversas. Ni la regla de la centralización ni la del autogobierno son válidas siempre y para todas las cuestiones: todo depende de las circunstancias, como lo demuestra la realidad económica, un buen paradigma del que derivar criterios de racionalidad práctica (aunque esta comparación levante ronchas de indignación entre nuestros republicanos). A veces es mejor la regla de la descentralización, otras la acumulación en una única instancia. Depende, siempre depende. Ni siquiera la tan cacareada regla comunitaria europea de la subsidiariedad (que viene a decir algo tan tautológico como 'debe descentralizarse lo que no deba acumularse') resuelve nada por sí misma. Al liberal siempre le ha gustado el arte de distinguir, el arte de trazar esferas diversas, cada una con sus propias necesidades y reglas de conducta (Michael Walzer). Proponer una regla única para todas las esferas es un reduccionismo estéril y contraproducente.

Hay que ser contextuales y no olvidar que ningún principio se conoce realmente antes de observar los efectos de su aplicación.Nuestro ciudadano liberal desconfía en política (no en otras esferas) de los sentimientos embriagadores, de las utopías y del moralismo excesivo. Hay muchos que ven la política como una palanca moral para cambiar el mundo y conseguir grandes objetivos, sea la arcadia nacionalista, el pueblo republicano armónico, la sociedad sin clases o el retorno al pasado inmóvil. Pero él desconfía, en particular de aquellos proyectos políticos que supongan un cambio sustancial del comportamiento del ser humano. El liberal practica el escepticismo (por eso es un aburrido sermoneador), defiende la humildad como lema distintivo de sus objetivos: disminuir el sufrimiento humano y hacer la vida de los otros un poco más decente, como decía Isaiah Berlin y repite Richard Rorty. Poco más.

Las naciones son artefactos inventados por los hombres para hacer más fácil su convivencia, no son esencias sobrehumanas intemporales. Tienen fecha de construcción y de caducidad, como todo producto de la fértil cultura humana. Y no pasa nada por ello. Lo que ni puede ni debe admitirse es que esos artefactos creados para nuestra utilidad lleguen a convertirse en fetiches o tótems que nos esclavicen, que hagan más difícil nuestra convivencia en lugar de facilitarla.

El ciudadano liberal mira sin embargo en su derredor, en su pasado hispánico, y contempla con desánimo el enorme déficit de sentido liberal que hay en nuestra historia y en nuestra sociedad. Observa cómo sigue predominando entre nosotros, todavía hoy, un discurso político redentorista, colectivista y autoritario (Álvarez Junco). A derecha e izquierda y, desde luego, en todos los nacionalismos. Y es por eso por lo que sacude con desánimo la cabeza y hace lo único que cabe en estas circunstancias, abrir el paraguas de su cautela liberal hasta que escampe. Casi siempre escampa.

José María Ruiz Soroa