viernes, 30 de diciembre de 2016

Entrevista de Victor-M. Amela a Juan Perucho



Juan Perucho: Tengo 81 años. Nací en Barcelona. He sido juez durante medio siglo, y soy poeta, escritor, bibliómano y bibliófilo. Estoy casado, con cinco hijos y sin nietos. Soy conservador y católico. Una enfermedad me da mareos y me bailan las letras: ¡no puedo leer! Sigo comprando libros: los acaricio, les arranco ruidos, aspiro su perfume... Mi biblioteca tiene ya 30.000 volúmenes, con incunables y primeras ediciones. He escrito cien libros y no voy a escribir más. He hecho lo que tenía que hacer: ya me puedo morir.

Estoy rodeado por 10.000 libros. Estoy en la casa barcelonesa de Joan Perucho (en su casa de Albinyana viven 20.000 libros más). Joan Perucho habla y sus palabras se suman a las que contienen estos libros, engendrando un solo universo. Cuando Joan Perucho habla, habla su biblioteca.

“Toda mi obra sale de mi biblioteca”, sentencia Perucho. Perucho y yo estamos ahora hablando en el centro exacto del hexágono, que es como Borges definía una biblioteca.

¿Qué definición daría usted de una biblioteca?

Es la esperanza de encontrar el secreto de la Creación en algún libro..., aunque sea en una pequeña nota al pie de una página.

¿Lo ha encontrado?

Yo sigo buscando libros, y sigo buscando en ellos. Por eso los conservo, por si el secreto está en alguno...


¿Cuál sería el mejor candidato?

Venga, mire, mire este libro... ¿Ve? ¿Qué le parece? ¡Es el “Ars Magna” de Ramon Llull, en una edición impresa en 1501!

¡Qué maravilla!

Para mí, este libro es el Evangelio. ¡Y Ramon Llull, el escritor más importante del mundo! No lo dude: escribió sobre todas las materias, en catalán, latín y árabe, ¡y en algunas se adelantó 700 años a su época!

¿Tanto?

Anote lo que dijo Llull: “Quan pus obscura és la semblança/ pus l'enteniment entén/ que aquella semblança entén”. (Cuanto más oscura es la metáfora, más el entendimiento entiende que esa metáfora entiende.) Es una defensa del surrealismo siete siglos antes del “Manifiesto surrealista” de Breton, de Paul Élouard... Es la intuición de que la verdad revelada es más honda que la verdad intelectiva.

¿Es la que le interesa a usted?

Sí. La verdadera belleza está detrás del espejo. A mí no me gusta la realidad, ni esta época. Me interesa lo que hay detrás de los espejos, el secreto que sólo conocen los santos... y los poetas que lo adivinan.

En su obra, usted adivina...

En mi obra parto de estos libros y los distorsiono, invento citas falsas pero plausibles, imposibles de distinguir de las auténticas.

Por eso un cordón umbilical une esta biblioteca y la obra de Perucho, autor de cien títulos – traducidos a 25 idiomas – de poesía, novela, fabulaciones históricas, relatos maravillosos, prosas finísimas sobre zoologías fantásticas y botánicas ocultas, mágicos ensayos, crónicas ingrávidas entre lo visto y lo soñado, escritos fuera del tiempo...

¿Qué escribe ahora?

Yo ya he escrito todo lo que tenía que escribir: no escribiré ninguna novela más.

Perucho me hace esta revelación hundido en un sillón de orejas, del que a veces se levanta como accionado por un resorte para taladrarme con la mirada o para arrastrarme a algún anaquel de su extraordinaria biblioteca.

¿Cuándo empezó a formarla?

Mi padre me daba cinco duros cada mes. Yo iba a Can Porter, un librero de la calle Canuda, y un día encontré “La Araucana”, con grabados. Y un libro va llevando a otro...


¿Cuál es aquí el más antiguo?

Tengo varios incunables. Son los impresos “in cunibus” (en la cuna), justo después de inventarse la imprenta, en 1458, y hasta el año 1500. Mire éste: “Continuum in quator evangelisti”, impreso en 1482. Los cuatro evangelios. Tómelo...

¡Este libro tiene 519 años!

¿Y está bien conservado, eh? Al cogerlos hay que sacarles un poco el polvo por arriba, así, ¿ve?

Con un cepillo, Perucho me enseña un truco de bibliófilo: si sacas el polvo de encima del libro antes de abrirlo, evitas que ese polvo caiga entre las páginas. Le pido que me cuente qué libro llegó a sus manos de forma más literaria...

“Una vez, en Londres, entré en una librería repleta de libros de ‘lladres i serenos’. Al fondo, en penumbra, vi un armario silencioso, impávido, que me atrajo. Los bibliófilos tenemos un sexto sentido. Me acerqué. Estaba cerrado. Pedí la llave al librero.

La encontró y abrí... ¡Y allí encontré una primera edición de ‘Los papeles del Club Pickwick’, de Dickens! Mírela.”

Sí: Londres, 1837. ¡Y qué bonitos grabados!

Fabulosos. Esa noche cené con el editor Gustau Gili, que vivía desde hacía años en Londres, y cuando le enseñé el libro... ¡casi se desmaya!

¿Y qué libro le ha dado más placer?

Todos. Me dan un placer estético tremendo. Incluso ahora, que ya no puedo leerlos...

¿Y por qué no puede leerlos?

Se me acumula la sangre debajo de los ojos y me bailan las letras a la vista, me mareo... Pero ahora toco los libros, los cojo como una joya, los acaricio como a la piel de una mujer, valoro sus tipografías, escucho el paso de las hojas, inhalo su perfume... Cada siglo tiene el suyo.

¿Sí? ¿A qué huele un incunable?

Es un olor arcaico, a boca de volcán. Al Etna, por ejemplo.

¿Y cuál de todos estos libros es el que más veces habrá releído?

Éste: es una primera edición de la “Divina Comedia” de Dante. ¿Ve? Impreso en el año 1520 en Venecia. Un día lo vio una profesora italiana ¡y también se me desmayaba, ja, ja! Aquí habla Dante de los catalanes: “L'avara povertá dei catalani...” Cuánta razón tenía...

Perucho es hijo de un tendero del barrio de Gràcia. En la Guerra Civil, con 16 años, le enviaron a la quinta del biberón. Luego hizo la mili para Franco. Quiso estudiar Filosofía y Letras, y su padre le dijo: “Te morirás de hambre: estudia Derecho”. Le hizo caso, pero fue escribiendo. Y ganó el premio Ciudad de Barcelona. “Y fui a dar las gracias al jurado, y eso marcó mi vida.” ¿En qué sentido?

El presidente del jurado era Eugeni d'Ors. Me dijo: “Me cuesta decirle esto, pero es mi obligación: con esta literatura que usted hace, debería tener un segundo oficio”.


¡Coincidía con su padre!

Fue más allá: “Haga oposiciones”, me dijo. Obedecí y me hice juez. No olvidaré nunca lo que me dijo D'Ors: “Cada persona está destinada a hacer una cosa en la vida”.

Y su destino era escribir... pero siendo juez. ¿Hay precedentes?

Podría hablarle del “dulce Vatilo”... Llamaban así al poeta Meléndez Valdés por su exquisita y dulce sensibilidad... pero a la vez era fiscal ¡y envió a 70 tíos al patíbulo!

¿Ha enviado usted gente a la cárcel?

Cuando sucedía eso, no dormía esa noche. Porque ¿dónde está la verdad? Más aún: ¿es responsable el hombre de su culpa? Ha sido para mí un trabajo incómodo...

No le gustaba.

Huía de él con los libros, la poesía, con mi literatura... Elegí juzgados rurales, tranquilos. Y tenía las tardes libres para leer y escribir.

Perucho empezó como juez, en los años 40, en La Granadella – donde acaban de hacerle un homenaje –, y pasó luego a Banyoles, y, al fin, a las Terres de l'Ebre: Móra d'Ebre, Gandesa y Tortosa. “Salía con algún vecino a pasear por el campo, veía un pájaro, una planta y así iba aprendiendo cosas...” Y muchos de esos rincones apacibles y reservados del sur catalán – Miravet, Flix, Pratdip, Horta de Sant Joan, Albinyana...–  iban quedando inmortalizados en delicadas páginas de Perucho, casi como geografías fantásticas.

Tiene usted casa en Albinyana.

Una casa gótica, con caballerizas, huerto... Tengo allí 20.000 libros. Pero ya no voy nunca. Hace cinco años que no voy.

¿Y por qué no? ¿Qué pasa?

Para mi muerte, he pensado en incinerarme. Y como me gusta el cementerio de Albinyana, con unos grandes cipreses, pensé que podrían esparcir en ese suelo mis cenizas. Así se lo pedí al alcalde, que me dijo: “No puede ser”.

¿Con qué argumento?

Porque era un mal ejemplo: si todos hicieran como yo, ¿qué tasas cobraría el Ayuntamiento por nichos?

Valiente patán: ¡usted ha dado nombre a ese pueblo!

Lo peor es que nadie del pueblo me apoyó. Mi mujer sigue yendo, pero yo no. No volveré a ir a Albinyana.

¿Y si rectificasen?

Demasiado tarde. Es como si te engaña la novia... Duele demasiado.

Perucho ha pactado ya que sus cenizas vayan a la ermita de la Mare de Déu de la Abellera (Prades, en el Montsant). Él ama esas comarcas sureñas de Cataluña, y es su descubridor en buena medida. Él “descubrió” hace medio siglo – por ejemplo – la relación de Picasso con Horta de Sant Joan, pueblo cubista por naturaleza.

Creo que trató usted a Picasso.

Sí, y me dio su secreto: “Perucho: trabaje, trabaje, trabaje. Una pieza aislada, por muy genial que sea, no pervive si no está rodeada por una obra vasta”. Y le hice caso.

Sin por ello abandonar su bibliofilia... Por cierto, ¿presta libros?

¡No, nunca! ¡Nunca! El bibliófilo de verdad sabe que ni se prestan ni se piden prestados.

¿Cuál sería hoy el más cotizado en el mercado?

Mire, vea aquí los 30 volúmenes de la edición original de la “Enciclopédie Française”, impresos en 1756. Cuando Porter me la ofreció, hace medio siglo, me pidió 15.000 pesetas. ¡Era dinero! Pasé la noche sin dormir... “Si no me la quedo ahora, nunca más volveré a verla”, pensé. Y me la quedé. Hoy me darían 30 millones por ella.

¿Y qué pasará con esta biblioteca cuando usted sea ceniza?

Si la dono a la Biblioteca de Catalunya puede acabar embalada en papel de diario, como sé que tienen muchos volúmenes... Se la quedará mi mujer, para que venda los que quiera, si así lo necesita...

Antes de irme, enséñeme algún libro raro y curioso más.

Mire éste, impreso en 1749: “Disertations sur les aparitions des esprits et sur les vampires ou les revenants”. ¡El primero sobre vampiros!


Más curiosidades...

De flatibus humanum corpus”, de 1643, sobre los pedos. O aquí tiene la primera edición del “Discurso del Método” de Descartes. O esta primera edición, de 1670, de los “Pensamientos” de Pascal. Mire aquí, la primera edición castellana (1748) del “Blanquerna” de Llull...

Llull, siempre Llull.

¡Siempre! Tengo 200 primeras ediciones de obras de Llull: “Llibre de la contemplació del món” (1746), “Félix o las maravillas del mundo”... Ahora, los únicos libros que me interesa comprar ya para mi biblioteca son primeras ediciones de obras de Ramon Llull.

¿Y seguro que no escribirá más?

Seguro. Yo he hecho ya todo lo que Dios ha querido que hiciera: he tenido premios, honores, libros, he formado esta biblioteca, he escrito lo que me ha apetecido sin presión de nadie... ¿Qué más quiero? Me siento liberado de todas las angustias del mundo. Yo, ahora, sólo pienso en morirme plácidamente... 

Yo veo así mi muerte...”

Perucho me mira a veces de manera que parece más bien que mira a través de mí. Es la mirada que corresponde, supongo, a alguien como él: poeta y juez, paseante y bibliófilo, creyente en la magia y en el destino, en los sueños y en la santidad. Es la mirada que corresponde –está claro, está claro– a alguien que prefiere ver qué hay detrás de la realidad, tan chata, tan monótona y tan banal. Perucho es un erudito en mil saberes. Son saberes que han brotado de esos 30.000 libros que él ha acunado, y de sus paseos por el campo, y de buenas comidas y mejores sobremesas con amigos como Néstor Luján, Manuel Valls, Álvaro Cunqueiro... 

Su último libro (como siempre, escrito en catalán y, como siempre, sin aspavientos ni proclamas) ha sido “Història d'un retrat” (Editorial El Cep i la Nansa), y ya no habrá más. Habla sin amargura, con el orgullo y la plenitud de quien ha cumplido con su destino, con su proyecto vital. Y paladea este tramo final del camino... “Yo veo así mi propia muerte”, me dice: “Estoy en la cama, frente a un ventanal abierto en el que un mirlo canta la 'Canción del viajero', de Schubert, y una abubilla moja su pico en una taza con agua de colonia, porque quiere peinarme. A los pies de la cama duerme un gran perro, y mi mujer me da la mano...”. Sus libros le escuchan en silencio. En alguno de ellos debe de estar ya escrito que así será. 

Victor-M. Amela - 09/09/2001 La contra. Joan Perucho

Nestor Luján sobre Jose María Castroviejo

Pasó José María Castroviejo. Poeta y cazador celta

El escritor alza la copa de albariño en las fiestas de este antiguo vino, en Cambados
PASÓ por Barcelona José María Castroviejo, el escritor compostelano venido a nuestra ciudad para hablamos de la poesía del alma celta y Valle Inclán, dos temas que el gran escritor siente profundamente. José María Castroviejo, reside en su Galicia natal, frente a Vigo, en Tirán, donde ha filudo sus últimos escritos, cumple allí, amén de su alto oficio de escritor, sus dos más vehemente aficiones: el amor al mar y el cariño por los bosques, por los pájaros, por la caza. José María Castroviejo, barbado y bondadoso, es un hombre de múltiples sabidurías: el ejercicio misterioso y profundo de la poesía, el conocimiento de pájaros y peces, el celoso cuidado de la caza, pues no en vano es guarda mayor de Caza y Pesca Fluvial del Reino de Galicia, el vigilante celoso de otras cosas seculares gallegas como son la cocina y el vino —es presidente del Tribunal que averigua anualmente cuál es el mejor albariño en la villa de Cambados—. Escribe sobre todo ello, camina, incansablemente por la tierra gallega y navega por el mar. Y al lado de ello posee una serie de conocimientos envidiables en nuestros días: conoce canciones, imagina leyendas, escribe puntuales narraciones de sucesos sobrenaturales y mantiene sobre todos estos temas un constante contacto con su gran amigo, otro poeta e inventor de misteriosos sucesos como es Álvaro Cunqueiro.

Vive Castroviejo con un envidiable aplomo esta vida antigua y rural lado mismo de la muy moderna ciudad de Vigo. De todos estos conocimientos va dejando muy completa noticia en sus libros. Once ha publicado, el mismo número que hijos ha tenido. En sus libros de poemas recoge su amor al mar y a la montaña en la forma más lírica y estremecida. En sus obras en forma de guías espirituales sobre la tierra gallega, une el sentimiento lírico a la exacta noticia y al palpable conocimiento. Así acaece en sus «Rías bajas» y en su «Galicia» —guía espiritual de una tierra— donde, según el autor, puso lo mejor de su alma para explicar su antiguo país. Ha escrito también sota la ciudad de Santiago, su prodigiosa Compostela natal. Y, sobre todo, ha explicado el bosque gallego, sus habitantes, un libro inolvidable —«Teatro venatorio y coquinario gallego»— de amante de los animales y cazador, esta rara y deportiva mezcla que en casos muy excepcionales convergen en personas que, como él son, a la vez, contemplativas y de pura y decidida acción. Ha escrito también una novela, «La burla negra», sobre las hazañas del pirata Benito Soto, gallego audaz y estremecedor. José Marta Castroviejo se nos presenta en el extremo occidental de la península como un Hombre auténtico y palpitante, ligado a su tierra a pesar de ser un impenitente viajero.
Castroviejo con sus dos cuervos que visitan diariamente su casa en Tirán
Estuvo en Barcelona solo unos días, que aprovechó para abrazar a sus amigos, para dar una conferencia en el Centro Gallego de le ciudad, para visitar con atenta roción nuestro museo románico de Montjuich, el Museo de Vich, donde le acompañamos, y oficiar, después de una comida plenamente gallega, en cuya confección nos pareció sabio maestro. La «queimada» que se elabora flameando aguardiente de orujo con azúcar y cortezas de limón y añadiéndole, muy bien calculadas, dosis de vino tinto, fue conseguida en un difícil punto de perfección.

Está ya de regreso Castroviejo en su Tirán, rodeado del fabuloso paisaje «y de la mejor arquitectura que forman el románico, el laurel y el roble». Allí está dando los últimos toques a su próximo libro «Viaje por los montes y chimeneas de Galicia», que escribe en colaboración con Álvaro Cunqueiro Se trata de una ampliación del « Teatro venatorio y coquinario gallego», que publicó hace unos años en una edición de bibliófilo, ilustrada con los últimos bojes que grabó nuestro inolvidable E. C. Ricart. En este libro Castroviejo trata de la caza de su país, desde la torcaz huraña «al oso filosófico y gruñón que aún mora en los Ancares». Álvaro Cunqueiro escribió de la cocina de esta caza que Castroviejo cobraba amorosamente, pieza a pieza, en cada capítulo del libro. Desde Tirán nos envía estas fotografías: una de ellas con sus hijos y su esposa, otra catando el albariño y una tercera con sus dos cuervos que viven en el cercano bosque y le acompañan amables y habladores, en su vida cotidiana. Estos cuervos roqueros —la chova piquirroja castellana, que nosotros llamamos «gralla de bec vermell»— acompaña a este ser fabuloso que sabe tantos lenguajes —de las aguas, del viento, de los pájaros, de los fantasmas, de los árboles— y que escribe con profunda seguridad el castellano y habla con sabrosa rotundidad el delicado y popular gallego materno.
José María Castroviejo y su esposa con nueve de sus hijos, pues falta el menor.

NESTOR LUJAN. Destino. Año 1962, No. 1295-1299 (Junio) p. 45

jueves, 29 de diciembre de 2016

Jose María Castroviejo y la imaginación


De re literaria
IMAGINACIÓN Y LITERATURA

CUANDO Álvaro Cunqueiro publicó su extraordinaria obra —«Las Crónicas del Sochantre», para mí, con «Merlín y familia», lo mejor de toda su producción literaria— escribimos estas líneas: «Al doblar la última página de estas maravillosas mil y una noches que Álvaro Cunqueiro ha escrito con el título de «Las Crónicas del Sochantre", el lector lamentará que el alucinante libro haya terminado. La acción discurre en la Bretaña de los vientos largados, de los páramos por los que vuela, como una niebla que fuese fuego, el cortejo de las almas en pena, —las «Anaon»—, y donde, a lo lejos, se oye chirriar el eje mal engrasado de la carreta espantosa de la propia muerte, «l'Ankou»...
»En los caminos de Bretaña, Alvaro Cunqueiro nos ofrece un censo de asombrosos personajes; una familia inmensa e increíble puebla estas páginas del gran solitario de Mondoñedo, uno de los maestros de las letras españolas en nuestros días.
»Encontraré aquí el lector un guiñol humanísimo, pleno de burlas, de secretos saberes, de las más insólitas aventuras, humanísimo, repitámoslo, aunque presida la función la muerte. En estas páginas está el mejor Cunqueiro: humor, ternura —citemos la inolvidable página del joven soldado enamorado muerto por «chouans»—, pasión, estilo, fantasía, gracia... Un enorme, fabuloso esperpento, que sólo la imaginación de Alvaro Cunqueiro servida por un lenguaje impar, podía crear.»

En el mismo año de 1956, y como Introito a uno de mis libros —«El pálido visitante»— escribí estas palabras, que entresaco del mismo, y que creo no han envejecido: «En una secuencia de delirante tobogán, en la que el estilo fue repudiado como abominable prejuicio y la melodía «ejecutada» por bárbaras orquestas, se fulminaron a un tiempo norma y medida poéticas. No cabía esperar, dentro de este desorden, indulto para la imaginación, esa gran facultad del alma, que es, tal vez, el mayor regalo que Dios ha podido hacer a la pobre criatura humana. Toda la literatura denominada, despectivamente, imaginativa, fue puesta no en cuarentena, sino en confinamiento, que aspiraba a ser definitiva. Aunque en esta vida nada sea definitivo. »
Pero sucede que, y precisamente ahora, la gente, la pobre gente, empieza a darse cuenta de que el mito del progreso con mayúscula de nuestros abuelos, amenaza no sólo con estallarle entre las manos, y dejarla por tanto sin manos, sino también en dejarla sin alma. Y resulta que aún hay quien no se resigna a perder el alma. Víctor Hugo, aquel mago decimonónico, que, en el fondo, abominaba de muchos mitos de su gran siglo, dejó escrita una hermosa verdad; la que dice: «Un hada está escondida en todo cuanto ves». Por ello, no ha muchos meses que en Kiel supieron reunirse más de trescientos amigos y estudiosos de toda Europa, de los cuentos de hadas, para oír, entre otras muchas cosas, a una maravillosa señora que encantó al auditorio, relatando, con bella memoria y voz, ciento cincuenta hermosísimos cuentos de hadas. Parece iniciarse una feliz alborada, en la que el mundo, harto de bombas atómicas, de monstruos, de tontos y degenerados, vuelva hacia un limpio estilo —que es el ala blanca de la feliz imaginación— para reivindicar la gracia que tanta falta nos hacía. Gracia sin la cual no se hubiera producido ni la «Odisea» ni el «Quijote», por citar solamente dos obras egregias, en las que, por cierto, se demuestra que imaginación no significa, necesariamente, pugna con el realismo.

El Dr. López Ibor ha escrito estas precisas y oportunas palabras: «El mundo imaginativo tiene primarias valencias. La imaginación no es sólo cosa de locos. Es el pan de nuestra vida cotidiana, una fuerza creadora que procede del campo de la efectividad».
Willlam Blake ha dicho aquello tan profundo de que «La imaginación es el hombre» y lord Dunsay, el gran recreador irlandés, el gran imaginativo, al saber mantener viva la capacidad de maravillarse, nos supo ofrecer la bellísima enseñanza de que «Maravillarse en el hombre, es Santidad».
Cunqueiro es otro gran imaginativo, un fabulador admirable, un recreador de mitos, que, aunque sabido, no debe dejar por ello de ser reiterado. Estamos atravesando un periodo en el que la imaginación, hasta hace poco tan denostada, está alcanzando frescas dianas de claro logro y esperanza.
¿Y no es el propio Descartes, el del riguroso «Discurso del Método» el que estampa en su «Olympica» estas luminosas —Homero diría «aladas»— palabras: 'Razón es aquello que, por entusiasmo y fuerza de la imaginación, han escrito los poetas?»
¿Y no fue Saint John Perse, el riguroso poeta, quien dijo el recibir el Nobel de Literatura: «La imaginación es el verdadero terreno de la germinación científica. No se tiene derecho a no considerar el Instrumento poético tan legítimo como un Instrumento lógico»? Sí. «La poesía es más verdadera que la historia», dice a su vez Aristóteles, que no era precisamente un delirante, y hoy Borges escribe de modo tremeluciente: «La verdad es inefable e incomunicable; esto es una idea mística. Yo puedo mencionar el color amarillo, porque todos hemos visto el amarillo. En cambio si un místico ha temido la experiencia inmediata de Dios, o lo que es lo mismo, de la verdad, no puede comunicarla s las otras, porque, para él, ese sonido corresponde a la experiencia y para los otros es simplemente una palabra en el diccionario, una palabra de contenido vago». ¿Y no tendrá alojamiento la imaginación en la propia alta matemática, tras el principio de «indeterminación» de Heisenberg...?  
Cerramos ahora, tras el gozo de su lectura, el último nuevo libro de Álvaro Cunqueiro —«Vida y fuga de Fanto Fantini»— que esta vez nos traslada a la soleada Italia renacentista, donde el capitán Fanto Fantini della Gherardesca nace en Bongo San Sepolcro, en la Umbría septentrional, compoblano de Fra Luca Pacioli, el de la «divina proporción» y del inefable maestro Piero della Francesca. El valeroso «condottiero» del XV —a quien un rayo arranca del vientre de su madre en el momento de nacer, prefigurando así su destino peritísimo en fugas y evasiones carceleras, vive palpitante y sublimado por obra y gracia de la feliz imaginación cunqueiriana, a través de las páginas de su nuevo singular libro, con su caballo «Lionfante», poseedor de habla humana, de su perro braco «Remo» —inolvidables personajes— y de los cien muñecos que se agitan en esta historia. Así, cuando logra huir de la prisión de Aquilasola, donde la envidia feroz de otro «condottiero», de Vero del Pranzo, lo tiene condenado a morir lentamente de sed y hambre, Fanto Fantini se demuestra a si mismo que la fuga es una «cosa mentale» y sabe que puede salir. Sabiendo que lo prisión era «una idea de una prisión», ya estaba fuera. Por ello y apoyándose en la «Divina proportione», logra la fuga, disfrazándose de... hexágono. Porque también en la «proportione divina» la imaginación tiene asiento.

18 julio de 1973 La Vanguardia Española Página 11
José María Castroviejo

Sobre José María Castroviejo: 

miércoles, 28 de diciembre de 2016

José Rafael Hernández Arias sobre Jean Gebser


Introducir a Jean Gebser (1905-1973) en el mundo de habla hispana no sólo supone hacer justicia a un gran esfuerzo intelectual y a una obra fascinante y preñada de sugerencias, sino también saldar en cierta medida una deuda con un gran amante de España, de su cultura y de sus gentes; pues esta obra que el lector tiene en sus manos nació precisamente en España, donde un joven Gebser de veintisiete años recibió la inspiración que culminaría veinte años después con la publicación de Origen y presente. Durante su estancia en nuestro país, que se prolongó desde 1931 hasta 1936, siguió las huellas del poeta Rainer Maria Rilke (sobre el que escribirá el libro Rilke y España), estudió nuestra literatura y la tradujo al alemán, conoció a los escritores y a los artistas más importantes del momento, contribuyendo a divulgar sus obras en el extranjero. Es muy probable, incluso, como nos cuenta su biógrafo Elmar Schübl,[1] que en 1936 adquiriera la nacionalidad española. Este vínculo entrañable con nuestra cultura, sin embargo, por mucho que nos pueda halagar, representa al mismo tiempo una exigencia: la de dar a conocer una obra cuya pretensión, aún vigente, afronta con valentía, inteligencia e imaginación el reto de analizar con rigurosidad el espíritu del tiempo en sus facetas más variadas.

Jean Gebser ha corrido el destino de otros pensadores que, por circunstancias enigmáticas, parecen haberse quedado en los resquicios de la historia de las ideas. Esto no quiere decir que no se los lea (Gebser cuenta con un público amplio y competente, sobre todo en Estados Unidos, Alemania y Suiza), pero su lectura no llega a generalizarse, sino que se mantiene dentro de grupos minoritarios que suelen tener acceso a su obra a través de recomendaciones entre iniciados. Desgraciadamente, estos autores suelen ser víctimas propiciatorias de filibusteros intelectuales que saquean sus reflexiones y pensamientos, aprovechándose de su escasa popularidad, para luego, trivializándolos, presentarlos como propios. Así, el lector de esta obra comprobará que ideas sostenidas por algunos intelectuales rimbombantes de las últimas décadas muestran una más que sospechosa semejanza con las de Gebser, y no podrá sino sorprenderse de una coincidencia tan curiosa. Es posible que algunos de ellos hayan llegado a los mismos diagnósticos y conclusiones por caminos irreprochables, pero hay otros cuya honradez intelectual cabe poner en duda. Esto, naturalmente, ha supuesto un freno añadido a la difusión de la obra de Gebser. En cualquier caso, esta edición de Origen y presente quisiera contribuir a remediar esta injusticia, recordando, no obstante, que una traducción no cumple realmente su misión hasta que su contenido no es repensado y asimilado por la lengua y la cultura que la acoge.

Hans Karl Rudolf Hermann Gebser nació el 20 de agosto de 1905 en la prusiana Posen. Entre sus antepasados por línea paterna se contaban cruzados y caballeros de la Orden Teutónica; por parte materna, descendía del teólogo y filólogo protestante Melanchton, de ahí que en su árbol genealógico aparezcan altas dignidades de la Iglesia reformada (su propio padre fue jurista eclesiástico). La familia perdió la mayor parte de una fortuna considerable con las turbulencias causadas por la Primera Guerra Mundial, endeudándose y sufriendo un drástico descenso en su nivel de vida. Tras la guerra, los padres de Gebser no lograron solucionar una crisis matrimonial y cuando ya habían dispuesto su separación, el padre tuvo que ingresar en un hospital. Allí su estado fue empeorando y, después de intentar suicidarse, lo trasladaron a la sección de pobres de un manicomio berlinés, donde murió al poco tiempo, en el año 1922.

Hans Gebser, que más adelante, en Suiza, adoptaría el nombre de Jean (en España constará oficialmente con el nombre de Juan Gebser), pasó por varios colegios, entre ellos el prestigioso internado de Rossleben, que tuvo que abandonar por las dificultades económicas de su familia. Después de la muerte del padre, la situación se volvió tan precaria que la madre lo conminó a abandonar los estudios, antes de terminar el bachillerato, y a ponerse a trabajar. Para Gebser, cuya vocación intelectual era patente y que estaba dotado de un precoz talento poético, esta decisión supuso un golpe durísimo. Su madre se negó también a que entrara de aprendiz en una librería, así que en 1923 fue admitido en el Deutsche Bank para cumplir un periodo de aprendizaje de dos años. Su vocación intelectual, no obstante, seguía siendo tan acusada que se matriculó como oyente en la universidad. Se sintió especialmente atraído por las clases impartidas por el economista Werner Sombart y por las de Romano Guardini, teólogo católico cuya influencia será palpable en su obra posterior. En su carné de oyente se constata el amplio abanico de disciplinas que despertaron su interés: economía, filosofía, historia, sociología, psicoanálisis, etc. En 1923 también realiza un descubrimiento que le dejará una profunda huella: la poesía de Rainer Maria Rilke, autor imprescindible para la interpretación de su obra. Por esas fechas leyó, asimismo, a Schopenhauer y a Freud.

Concluido su aprendizaje bancario, el Deutsche Bank le ofreció un puesto de trabajo, lo que en aquellos años de depresión suponía un privilegio notable, pero Gebser rechazó la oferta y, tras enfrentarse a su madre en una agria disputa, hizo las maletas y abandonó su casa con el poco dinero que había ahorrado. Los cuatro años que siguieron fueron de gran rigor, años de hambre, durante los cuales fundó con un amigo una imprenta y publicó poemas y piezas en prosa. La tensión a la que se vio sometido le causó agotamiento nervioso y deseos de suicidio, por lo que tuvo que dejar esa actividad y decidió iniciar un voluntariado en una librería berlinesa. Poco después dejó también este puesto, donde recibió una recomendación favorable, y viajó a la Toscana. En Florencia trabajó en una librería anticuaria donde permaneció un año, adquiriendo amplios conocimientos en esta rama comercial. A su regreso a Berlín, en 1930, conoció al inglés Roy Hewen Winston, hombre acaudalado que se dedicaba a viajar por Europa y que compartía sus intereses literarios y artísticos. Los dos decidieron viajar a España.

Gebser comienza su periodo español en 1931, sin tener una idea muy clara de cuál iba a ser su futuro. Después de visitar Barcelona y Montserrat, siguió camino hacia Valencia, Alicante y Elche, desde donde, tras hacer una pausa, continuó a Murcia, Málaga y Torremolinos. Por alguna razón, la atmósfera española causó una vivísima impresión en Gebser, estimulando su inspiración, así que decidió permanecer en el país. En 1932 lo encontramos en Madrid, ganándose la vida dando cursos de alemán por recomendación de la universidad y del Centro de Intercambio Cultural Germano-Español. Durante sus años de estancia en la capital, entre 1932 y 1936, trabó amistad con García Lorca, Alberti, Aleixandre, Cernuda, Guillén y otros poetas y artistas. En la revista Cruz y Raya publicó traducciones al español de Hölderlin y Novalis, y en 1935 recibió un premio de mil pesetas por su fomento de las relaciones culturales entre España y Alemania. Su actividad literaria culminó con la publicación en 1936 de una antología de la poesía española, que daba a conocer por primera vez en Alemania a poetas como García Lorca, a quien más tarde dedicaría el opúsculo titulado Lorca im Reich der Mütter [Lorca en el reino de las Madres]. Su obra Rilke y España, escrita en su versión original en castellano, y cuya publicación estaba prevista en la revista Cruz y Raya, fue víctima de la contienda civil y acabó publicándose posteriormente en alemán. La guerra le sorprendió en Madrid, mientras trabajaba de intérprete en una jornada internacional de escritores. Con los primeros bombardeos, abandonó la capital y se dirigió a Valencia. Aunque simpatizaba con la República, por sus convicciones pacifistas se negó a tomar un arma. En Valencia fue detenido por los anarquistas y encarcelado. Permaneció en prisión casi dos días, y logró salvarse in extremis del pelotón de fusilamiento gracias a la intervención de varios amigos. Poco después abandonaba España con un pasaporte mexicano provisional, en dirección a París.

En la capital francesa, Juan Gebser Clarisel, pues tal era el nombre que había adoptado, vivió días de inseguridad y de bohemia, que con posterioridad recordó como los «años de hambre parisinos»; allí se relacionó con Aragon, Picasso, Malraux y Éluard. Su situación económica era insostenible (apenas se mantenía a flote con trabajos ocasionales), pero se negaba a regresar a Alemania debido al régimen nazi. A finales de agosto de 1939, poco antes de la declaración de guerra de Francia a Alemania, Gebser viajó a Suiza, donde establecerá su residencia para el resto de su vida y donde encontrará el reposo necesario para acometer su obra.

El periodo suizo, sin embargo, no significó el final de sus tribulaciones. Al considerársele un apátrida, no podía dedicarse a una actividad laboral reconocida, así que colaboró en periódicos con artículos, traducciones y reseñas, la mayoría de las veces sobre temas culturales acerca de España, México o Francia. A esto se añadían las dificultades para obtener un permiso de residencia, complicaciones que le daban a su situación un carácter provisorio, ya que en cualquier momento podía verse obligado a abandonar el país. No obstante, Gebser logró integrarse y estableció relaciones con intelectuales y científicos suizos que le apoyaron en sus peticiones y avalaron sus investigaciones. En 1942 contrajo matrimonio con la pintora suiza Gentiane Schoch, lo que facilitó la solución de sus impedimentos burocráticos. De aquí en adelante su actividad intelectual no hizo más que ampliarse, sus estudios se dilataron en todas las direcciones: profundizó en las ciencias de la naturaleza y se interesó por las corrientes espirituales orientales, sobre todo por el budismo, el hinduismo y el zen. A partir de 1943 vivió cerca de Ascona, en la vecindad de Emil Ludwig, y mantuvo un estrecho contacto con el Círculo Eranos, cuyas reuniones eran frecuentadas por personalidades de la cultura como Carl Gustav Jung, Rudolf Otto, Karl Kerényi o Gershom Scholem. Entre sus amigos se contaban representantes descollantes del mundo científico como el biólogo Adolf Portmann o el físico Werner Heisenberg. Desde 1950 fue miembro del Centre Européen de la Culture Genève, dirigido por Salvador de Madariaga y Denis de Rougemont.

Pese al prestigio intelectual que Gebser estaba obteniendo y la publicación de sus primeras obras, su situación económica no mejoraba sensiblemente. Sus intentos de ocupar una plaza de profesor en la universidad fracasaban por el hecho de ser un puro autodidacta, sin estudios académicos  y sin ni siquiera el título de bachiller. Con esto se le cerraban todas las puertas. Para ganar lo suficiente para vivir se veía forzado a armonizar labores de docencia mal retribuidas con conferencias en los lugares más apartados. Sus amigos hacían todo lo posible por conseguirle una plaza digna de su mérito, pero siempre se topaban con el mismo escollo. Muchos rectores le consideraban un profeta, un visionario, un seductor intelectual, en definitiva, una persona que no encajaba en el sistema cuadriculado de la disciplina universitaria. Durante muchos años, a las esperanzas de obtener una cátedra, apoyadas por personas de influencia, seguían hondas decepciones; esto, sumado a su intensa actividad intelectual, afectó seriamente a su salud. Gracias a la ayuda de sus amigos, de premios y de instituciones, logró, pese a todo, realizar varios viajes: a España, Grecia, Sudamérica, y uno especialmente interesante a Oriente, donde recorrió la India, Pakistán, Nepal, Birmania, Tailandia, Camboya, Hong Kong, Taiwán, China y Japón. Fruto de este viaje fue su informativo y ameno libro Asien lächelt anders [Asia sonríe de otra manera], que contiene, además de sugerentes análisis de la cultura y espiritualidad orientales, sorprendentes predicciones acerca del futuro de algunas de estas naciones.

En 1956 se divorció de su esposa y, en parte por este motivo, en parte por sus agotadores ciclos de conferencias, su estado de salud continuó deteriorándose. Tras una operación que estuvo a punto de costarle la vida, y de la que ya no se recuperaría del todo, obtuvo al menos la satisfacción de recibir el nombramiento de profesor honorario de la Universidad de Salzburgo para enseñar «teoría cultural comparada con especial énfasis en el presente». Su delicado estado de salud, sin embargo, le impidió ejercer sus funciones. En 1970 contrajo nuevo matrimonio con Jo Körner. Activo intelectualmente hasta el final, Jean Gebser falleció en 1973.

En 1949 apareció el primer volumen de Origen y presente, su obra más importante, que se vio precedida por otros escritos preparatorios. Unos años después, en 1953, se publicó el segundo volumen. La obra de Gebser causó cierto escándalo, ya que empleaba conocimientos científicos para establecer hipótesis culturales que se apartaban del pensamiento institucional. Su intento de establecer una historia de la conciencia humana, partiendo de un hilo conductor que atraviesa las ciencias más importantes, fue acogido con recelo, sobre todo por los sectores académicos, y se consideró como la empresa de un diletante. De las opiniones de muchos de sus detractores parece deducirse que un saber no existe si no se forma dentro del campo institucional constituido por la universidad y los organismos oficiales de investigación. El saber surgido al margen del sistema queda descalificado a priori. Lo cierto es que la obra de Gebser tuvo que plantar cara a una ciencia especializada y fraccionada, que pronunciaba su anatema sobre cualquier interés interdisciplinar por estimarlo una aproximación anticientífica, y cuyas disciplinas, paradójicamente, se arrogaban el derecho a explicar el mundo y la existencia desde la estrechez de miras de su propio rincón. Gebser, que se identificaba hasta cierto punto con la filosofía de la cultura, entendida como el afán por descubrir relaciones significativas entre los distintos ámbitos del saber, aspiraba precisamente a superar ese autismo de las ciencias y a abrir nuevos horizontes al conocimiento humano. Con la renuncia a trascender las disciplinas o a llegar a sus fronteras, se fomenta, en cambio, la aparición de oportunistas que se aprovechan del vacío para propagar sincretismos de corte seudointelectual y amasijos de ideas mal digeridas y peor asimiladas. La obra de Gebser, de una seriedad y competencia aquilatadas, ha permanecido sepultada por una inflación de literatura seudocientífica y neomística, difundida por corrientes como la New Age, la moderna cábala o la cultura pop, con sus interpretaciones insustanciales y filoesotéricas de la historia de la cultura. Que dichas corrientes, para legitimar sus banalidades, hayan recurrido a Gebser y hayan abusado de él ha supuesto otro motivo para impedir una acogida apropiada de su pensamiento.

Si la obra de Gebser suscitó duras críticas, también cosechó grandes elogios, entre otros los de Werner Heisenberg, Adolf Portmann, Hermann Broch, Max Brod (el novelista amigo de Kafka) Lama Anagarika Govinda, entre otros muchos autores, científicos y artistas, quienes se unieron para dedicarle un libro de homenaje, Transparente Welt, con motivo de su sexagésimo cumpleaños.[2] En la actualidad, los aficionados a la obra de Gebser se han organizado en sociedades que fomentan los estudios gebserianos y que tienen presencia en Internet (integralweltsicht.de y gebser.org).

Desde hace un siglo se observan dificultades que parecen insalvables para describir con nuestra herramienta del lenguaje los fenómenos que se descubren en los distintos ámbitos de la ciencia y de la cultura en general. El intento de integrar ciencias como la biología, la química, la física y las matemáticas en la historia de la cultura y del espíritu, en el mismo plano que la literatura, el arte o la filosofía, constituye, por lo tanto, además de una tarea desagradecida, como hemos visto, una labor de gran complejidad que requiere una considerable capacidad y versatilidad intelectuales. Werner Heisenberg ya destacó que nuestro lenguaje se veía impotente ante los nuevos descubrimientos y desafíos. Gebser se propone en Origen y presente explorar con el lenguaje territorios aún no hollados, de ahí que proceda cuidadosamente, tanteando a su alrededor, sin afán dogmático alguno. Desde un
principio reconoce que sus intentos son incursiones para preparar el camino a posteriores avances y nos invita a pensar con él. Para esto no pretende inventar una nueva terminología, sino apurar las posibilidades ocultas que aún alberga el lenguaje: la palabra se entiende no sólo como concepto, sino también como imagen, sonido y raíz. Rudolf Hämmerli, editor de las obras completas de Gebser,[3] llama la atención sobre este sentido poético inherente a su forma de expresarse. Se trata de aplicar una sensibilidad especial al lenguaje, una sensibilidad, dicho sea de paso, que nuestra época ha perdido en gran parte al desvanecerse el sentido poético. A esto se debe asimismo la gran importancia que el autor atribuye a la etimología, considerada en un sentido orteguiano (Gebser escribió un artículo necrológico sobre Ortega y Gasset encomiando su obra). Los  vocablos, decía Ortega en La idea del principio en Leibniz, viven de sus raíces. Las etimologías reclaman, junto al saber fonético, un sentido semántico, y este último es un talento filosófico que, como todos los talentos, se tiene o no se tiene. Pues bien, Gebser poseía este talento en grado sumo.

La obra de Jean Gebser tampoco aspira a romper con el pasado o a erigir edificios ex nihilo. Se inserta sin ambages ni complejos en la tradición del pensamiento occidental. Dentro de la filosofía de la historia, aspira a superar los sistemas de Comte, Hegel y Spengler; sobre todo le preocupa refutar la decadencia spengleriana, su nihilismo titánico, a través de la esperanza cristiana. El concepto gebseriano de mutación de la conciencia no queda reducido, en consecuencia, al aspecto biológico, sino que adopta un sentido cultural, como el acontecimiento único, en sí irrepetible, que constituye el curso lineal, que no cíclico, de la historia.

En Origen y presente se advierte con claridad que Gebser ya era consciente de que las ciencias de la naturaleza habían adquirido un monopolio sobre la interpretación del hombre. En la actualidad esto ha llegado a tal extremo que las ciencias humanas o las humanidades se han convertido, para hablar en términos nietzscheanos, en el «partido de la muerte», mientras que las ciencias de la naturaleza representan el «partido de la vida». Son los neurobiólogos, los ingenieros genéticos e informáticos, los biotecnólogos quienes dictan el «discurso» filosófico, desconociendo sus presupuestos más básicos. «La ciencia no piensa», decía Heidegger con razón, pero tiene que ser objeto del pensamiento, por mucho que le cueste reconocerlo. Una filosofía de la cultura, por lo tanto, que sólo se apoye en las ciencias humanas no puede aspirar a una validez general, pues elude los problemas perentorios de nuestra civilización. El mérito de Gebser reside en aceptar este desafío, en revalorizar las ciencias humanas o del espíritu al acoger dentro de ellas el pensamiento científico, al intentar destilar de éste sus componentes culturales, ideológicos y espirituales. Lograr esto es de suma importancia, pues de ello depende nuestra existencia futura y la posibilidad de sortear los peligros que la amenazan.
Es comprensible, por todo lo dicho, que haya dificultades para encasillar a Jean Gebser. En alemán existen dos términos que pueden darnos una idea del ánimo que impulsaba su actividad intelectual, el de Querdenker y el de Grenzgänger. Con el primero se alude a aquellos pensadores que no se conforman con lo establecido, sino que superan disciplinas y especialidades en su afán por buscar la verdad. Con el segundo se alude a aquellos que gustan de llegar al límite de sus capacidades, ya sean éstas físicas o mentales. También se puede recurrir a una designación más tradicional, como la de polihistoriador, o más moderna, como la de metateorético o filósofo de la cultura. En suma, en Gebser se aúnan el corazón aventurero del investigador de raza y la rigurosidad y paciencia del intelectual responsable. Esto último se plasma en el aparato de notas que acompaña a este libro, y que Gebser valoraba tanto como el texto principal; en dicho aparato se transmite una bibliografía de importancia excepcional para la historia del pensamiento occidental, buena parte de la cual, por desgracia, ha caído en el olvido por ese desmesurado afán de novedades que ofusca a las últimas generaciones.

Gebser detectó la expansión de una apatía mental que se dejaba engatusar por el brillo del oropel, admitiendo cualquier novedad sin someterla al debate más somero. A lo sumo se producía una controversia superficial y efímera nutrida por un par de lugares comunes, constatándose en derredor como una renuncia resignada a enfrentarse intelectualmente a los retos del presente y del futuro. Esta tendencia no sólo no ha cambiado desde los tiempos de Gebser, sino que se ha agudizado. Pero su obra puede ser un antídoto eficaz contra este conformismo y este dejarse llevar por la corriente. Su pensamiento posee la virtud de despertar el pundonor intelectual, impide que se acepte cualquier cosa por el mero hecho de ostentar el sello del avance o del progreso sin analizar su trasfondo, sus orígenes, sus consecuencias. Nos faculta para frenar, resistir y potenciar, para no dejarnos arrastrar, para que asumamos nuestra responsabilidad frente a la cultura y el mundo.

J. Rafael Hernández Arias, Origen y principio, “Nota biográfica”. pp. 770-779

[1] Elmar Schübl, Jean Gebser (1905-1973). Ein Sucher und Forscher in den Grenz- und Übergangsgebieten des menschlichen Wissens und Philosophierens, Chronos, Zúrich, 2003.
[2] Günther Schulz (ed.), Transparente Welt. Festschrift zum sechzigsten Geburtstag von Jean Gebser, Huber, Bern, Stuttgart, 1965.
[3] Jean Gebser, Gesamtausgabe, Novalis, Schaffhausen, 1977/2002.

José Rafael Hernández Arias y las “Viejas y nuevas utopías”


Si hay algo de justicia en este mundo (cosa que dudo) y de ecuanimidad en el mundillo intelectual (cosa que dudo incluso más) con el paso de los años, José Rafael Hernández Arias acabará siendo reconocido como uno de los autores españoles más originales de finales del XX y principios del XXI. Traductor vinculado principalmente a la editorial Valdemar (Nietzsche, Schopenhauer, Kafka, Kleist, Melville, E.T.A. Hoffmann, Jean Gebser ...)  autor de un libro sobre Nietzsche y las utopías científicas que necesitaría de más lecturas para apreciar su valor, filósofo, germanista, estudioso de Donoso Cortés, polemólogo, autor de novelas de horror sobrenatural
Para hacer causa para este fin, este modestísimo blog irá publicando parte de los prólogos que Hernández Arias realizó para sus traducciones (pues merecen una lectura por si mismos) y algunos de los artículos que publico a finales de siglo, principalmente en el ABC cultural. Quizá así se animen a conocer a este autor, comprar sus libros y leer sus traducciones.  
 Para empezar les dejo con un artículo que el autor escribió para el ABC Cultural el 2 de diciembre de 2000 -Viejas y nuevas utopías- en el que aborda una de sus principales preocupaciones: las utopías tecno-científicas. Pocas cosas más de actualidad. Qué lo disfruten.

De cerca
Viejas y nuevas utopías

DURANTE la segunda mitad del siglo XX se discutió intensamente sobre la crisis de las utopías, quizá confundiendo el con­cepto de utopía con el de ideología to­talitaria, distinción que trazó Karl Mannheim en su famoso opúsculo Ideología y utopía. Sin embargo, a principios del nuevo milenio se ob­serva un renacimiento del pensa­miento utópico, lo que ha generado un nuevo debate en torno al utopismo y sus variedades: las «antiutopías», las utopías positivas y negati­vas, así como las utopías críticas y satíricas. Para reflejar y alentar esta nueva controversia, la Biblioteca Na­cional de Francia y la Biblioteca Pú­blica de Nueva York han organizado conjuntamente una exposición titu­lada Utopía. La búsqueda de la socie­dad ideal en Occidente, que, después de permanecer en Paris, se ha trasla­dado a Nueva York. Allí podrá visi­tarse hasta el 27 de enero de 2001. En esta exposición puede seguirse la evolución del pensamiento utópico desde sus confusos orígenes en los mitos de la Edad de Oro hasta la actualidad.

Como inicio del género utópico se considera la fecha de publicación de la obra de Tomás Moro Utopía (1516). aunque hay especialistas que proyec­tan los rasgos del género hacia el pa­sado e incluyen en el ámbito utópico pasajes bíblicos y obras como La Re­pública de Platón o La Ciudad de Dios de San Agustín, dotando al con­cepto de una abstracción que contri­buye, sin duda, a difuminar sus lími­tes. Su origen como género literario, sin embargo, se debió a unas cir­cunstancias precisas, fue un producto de la élite humanista que pretendía, así difundir su visión del mundo y del ser humano. En concreto, esta corriente de pensamiento defendía una imagen del hombre como el ser racional que labra su propia fortuna, como un escultor o poeta que determina el espacio so­cial en que desea vivir. Por consi­guiente, la utopía se inscribe en la perspectiva de una refundación del orden político y social. No obstante, las utopías son esperanzas que no coinciden necesariamente con su realización: son el espacio figurado donde se funde la literatura y la polí­tica, la acción y la ficción. Como de­cía Ernst Jünger, las utopías descri­ben fundamentalmente la época del autor y son modalidades del nuestro ser que muestran sus consecuencias en un espacio de especial fuerza sig­nificativa. Así pues, en este género también encontramos un compo­nente lúdico o literario que intenta reflejar alternativas o sueños impo­sibles de la condición humana, pues el hombre se puede considerar un ser utópico, un ser que oscila entre la realidad y la fantasía.

Desde su publicación, la obra de Santo Tomás Moro ha sido objeto de polémica: unos la han definido como un ejercicio retórico humanista, otros como una crítica feroz del mundo político y de los males de la sociedad de su tiempo. Aunque la obra mantiene rasgos abstractos y li­terarios, no puede concebirse como inocua, en ella anida una carga idea­lista susceptible de corrupción y que no se agota en un esteticismo inofen­sivo. En la mayoría de los proyectos utópicos encontramos la idea de que el hombre puede crear órdenes socia­les y políticos ex nihilo, órdenes que consideran a la humanidad y la rea­lidad como una tabula rasa. Por esta razón, las utopías de los siglos XVI y XVII conforman la semilla del árbol genealógico del totalitarismo. Con Voegelin se podría decir que los regímenes totalitarios tuvieron su ori­gen en la crueldad lúdica de algunos intelectuales humanistas.
Pero el género utópico experimen­tará cambios profundos a lo largo de la historia. A partir del siglo XVIII la utopía abandona el marco estricta­mente literario y se introduce en el discurso social y político. Resulta sorprendente que fuese el espíritu racionalista el que provocase una multiplicación inusitada de utopías, descarrilando Analmente en un vo­luntarismo absoluto. En el periodo de las grandes revoluciones, ya no se tratará, como antes, de configurar espacios ficticios, sino de realizar la utopía a sangre y fuego si es preciso. Esta tendencia se alimentará de una serie de mitos políticos con una gran fuerza de atracción: la idea del «mo­derno Prometeo» y del perfecciona­miento de una Creación inacabada pasará del jacobinismo al nacional­socialismo con terribles consecuen­cias; hoy sigue su difusión impul­sada por ciertas corrientes genetistas. Y después de las catástrofes béli­cas, el género utópico trazó modelos idílicos basados en la igualdad social o en el progreso de la técnica, aun­que también aparecieron las «con­trautopías», con sus escenarios apo­calípticos y sus críticas al industria­lismo y a la energía atómica. Pero, ¿y en la actualidad? Mientras queda pa­ralizada la utopía política por un su­puesto final de la Historia debido, se­gún Fukuyama, a la victoria planeta­ria de la democracia liberal y multicultural, en los albores del nuevo milenio comprobamos cómo se difunde la utopía que genera el progreso tecnológico. Se trata de una utopía científica que promete la in­mortalidad, la huida de una realidad imperfecta y una ampliación enorme de las capacidades humanas. Desde hace algunos años, los gurús de la era informática intentan troquelar el futuro según sus propios ideales de cómo debe transcurrir la anda­dura del ser humano. Para Ray Kurzweil, el autor de La era de las máqui­nas espirituales, nos hallamos en un proceso inexorable que nos llevará a un futuro posbiológico en el que la muerte quedará desterrada de nues­tras vidas, el hambre de la tierra, y en el que terminaremos por fundirnos con las máquinas. Kurzwell afianza sus pronósticos (¡que llegan hasta el año 2099!) con una noción de evolución neodarwiniana (la «gran programadora de la vida») rayana en el misticismo. Al igual que los huma­nistas de siglos pasados, los héroes del pensamiento cibernético, como Daniel Dennett, intentan moldear el futuro de la humanidad según sus propias fantasías. Su espíritu, sin embargo, desborda con creces lo lúdico y entra en el ámbito de lo secta­rio.
Jaron Lanier, impulsor de la revolución tecnológica e inventor del término virtual reality, no ha dudado en aplicar a estos seudofilósofos el término de «totalistas cibernéticos». Para ellos toda experiencia humana es una ilusión y no hay una diferen­cia ontológica reseñable entre un ser humano y una máquina. En el fu­turo, cada persona podrá experimentar su propia utopía en el mundo de la «realidad virtual», el nuevo paraíso artificial que terminará por suplantar a este deprimente, abu­rrido y conflictivo mundo de la «rea­lidad real». Si el juego aparente­mente inocente de los humanistas pudo desembocar en los totalitaris­mos del siglo XX, produce escalofríos la pregunta de adonde nos podrá lle­var la inconsciencia científico-filosó­fica de los nuevos chamanes de la era virtual. ■



José Rafael Hernández Arias, ABC Cultural, 2 de diciembre de 2000. p. 26