jueves, 23 de noviembre de 2017
Polonia. De Gombrowicz a Kantor (ABC Literario, 18 de agosto de 1990) de José Grau
miércoles, 28 de mayo de 2008
Sobre la estupidez occidental
¿Cuando nos daremos cuenta que tales posturas son propias de una sociedad enferma, vanagloriada en su incapacidad de concebir -si quiera- el Bien y el Mal, la realidad y la mentira, lo justo y lo injusto? ¿Cuando se tendrá la suficiente FUERZA para alejar tales temas de la pura polémica partidista? Sospecho que nunca, o por lo menos, no por mucho tiempo, pero no creo que valga la pena desanimarse.
En apoyo de tan "extremistas" posturas os traigo una pequeña parte de la entrevista que Gabriel Insausti realizó a Adam Zagajewski hace un mes para la Revista de Occidente. Como siempre espero que os interese.
—Creo que es un verdadero problema. En cierto lugar de En la belleza ajena digo que «hay que ir a Italia y admirar el frágil milagro de esa nación llena de talento, pero, volviendo de Italia, es preciso ser consciente de nuevo de que Europa se compone del sur latino y del norte bárbaro y que esa división es más vieja que Yalta y otros alevosos tratados». Hay una división que es la huella del Imperio romano y la frontera de la latinidad, y hay otras que son fruto de acontecimientos más modernos. También suelo decir que ese norte «está aún dividido, y yo también estoy dividido». Y es que lo creo de veras. Europa está todavía muy profundamente dividida: los europeos occidentales, en especial la gente de izquierdas, no han hecho sus deberes. No entendían el horror de la experiencia soviética, del mundo soviético. He vivido durante mucho tiempo en Francia y he conocido muchas personas muy agradables y civilizadas, amantes del arte y la poesía, pero en cuanto se traía a colación el tema político parecía surgir un abismo entre nosotros. No podían entender por qué yo era tan vehemente cuando se hablaba del comunismo, debido a categorías prefabricadas como «reaccionario» o «anticomunista». Son, sencillamente, categorías inservibles o equivocadas, porque niegan la experiencia real de las cosas. No sé si ha visto usted una película alemana, La vida de los otros: es muy didáctica, muestra muy bien el horror de la vida en el Este en la era soviética, aunque no hubiera campos de concentración. No soy un escritor político y no voy a escribir sobre el tema, pero me entristece que exista ese abismo.
-Algunos fenómenos no ayudan mucho. Y no pienso únicamente en el prejuicio que anida en países que, como España, han vivido en el siglo xx una dictadura de digno contrario. Pienso también en la frivoliad con la que de reciclan como kitsch algunos simbolos siniestros. Hace apenas dos semanas, en una tienda de alimentación muy cercana a mi casa, al llegar al mostrador para pagar recordé que tenía que comprar un mechero. Pregunté si tenían, y cuando me los mostraron tuve dos reacciones sucesivas. La primera, un pequeño respingo; la segunda, la sensación de haberme convertido en un dinosaurio, un ser de una época pasada. Los mecheros tenían como motivo decorativo las siglas CCCP y la hoz y el martillo en rojo.
—Sí, algunos occidentales no se percatan de hasta qué punto puede resultar doloroso todo esto. Alguien —creo que una periodista norteamericana- escribió un libro muy bien documentado sobre el Gulag y en el prefacio describía cómo los turistas occidentales compran en Praga todo tipo de objetos de quincalla de la antigua URSS: viejos cascos de soldados, estrellas rojas... Lo que esta periodista observaba era que esa misma gente nunca compraría objetos, souvenirs, con la esvástica o con otro signo nazi o fascista. Hay un justificado odio contra los nazis, que no va acompañado de una visión ecuánime de lo que fue el mundo soviético. Y el caso es que había muchas semejanzas entre ambos totalitarismos y muchos izquierdistas occidentales casi parecen creer que los disidentes deseábamos,un regreso de la ocupación nazi, cosa que no tengo que decir que es absolutamente descabellada. La cuestión es que hubo dos sistemas de opresión sistemática y para muchos parece que aún no ha llegado el momento de revisar con justicia uno de ellos. Hoy en día, el gobierno de Putin hace cuanto puede por borrar o al menos maquillar la memoria de aquellos años terribles.
miércoles, 21 de noviembre de 2007
Dos poemas de Novalis y una reflexión de Zagajewski
Hoy me voy a permitir una licencia. Ayer mirando libros de poesía en la nueva Casa del Libro que han abierto en Fuencarral, me topé con un autor que -todavía no sé de que manera- marcó una parte de mi vida: Novalis. Creo que leí por primera vez a Novalis cuando estudiaba segundo de Geografía e Historia en la Autónoma de aquí, Madrid. Juraría -además- que fue una tarde a última hora buscando en la base de datos de la antigua biblioteca que había en uno de los departamentos del interior de la facultad (antes de ser trasladada a la gran biblioteca que hay ahora al lado de la estación de tren.) No lo recuerdo muy bien, pero el caso es que cayo en mis manos un volumen con los Himnos a la noche y Enrique de Ofterdingen, estoy casi seguro que en la edición que Eustaquio Barjau realizó para la Editora Nacional.Sería la edad, las hormonas, las “cosas del corazón” o todo a la vez, pero aún recordaba antes de mi reencuentro con Novalis, por lo menos tres lustros después, algunos párrafos de sus Himnos a la Noche. No hay que dudar que ayer me compré el libro. La edición es diferente (Poesías completas. Los discipulos de Sais. Editorial DVD), pero la traducción me parece que es la misma (tendré que consultarlo). Sea como sea aquí, para quien quiera leerlo, una muestra. Espero que lo disfrutéis:
(Del canto primero de Los Himnos a la noche”)
“Antaño, cuando derramaba amargas lagrimas, cuando disuelta en dolor mi esperanza se desvanecía, estando en la estéril colina que en estrecho y oscuro lugar albergaba la imagen de mi vida -solo, como jamás estuvo nunca un solitario, hostigado vivía por un miedo indecible- sin apenas fuerzas, sólo un reflejo de la miseria. -Cuando buscaba auxilio a mi alrededor -avanzar no podía, retroceder tampoco- y un anhelo infinito me aferraba a la vida fugaz, apagada -entonces, desde la distancia azul -desde la altura de mi antigua dicha descendió un estertor de desfallecimiento -y de repente de rompió el vínculo del nacimiento -las ataduras de la luz. Se desvaneció la gloria terrena y con ella mi tristeza -la melancolía se fundió en un mundo insondable y nuevo- y tú entusiasmo de la noche, sueño del cielo, viniste sobre mi -el entorno se fue levantando lentamente sobre el paisaje, suspendido flotaba mi espíritu, libre vuelto a nacer. La colina se convirtió en una nube de polvo -a través de la nube vi los rasgos transfigurados de la amada. En sus ojos descansaba la eternidad -cogí sus manos, y las lágrimas se convirtieron en vinculo centelleante, inquebrantable. Pasaron milenios huyendo hacia la lejanía, como tempestades. Abrazando su cuello lloré lágrimas extasiadas por la nueva vida. -Fue el primero el único sueño -y desde entonces sólo vivo un fe eterna e inalterable en el cielo de la noche y en su luz, la amada”
(Tercer canto de Los Himnos a la noche)
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"Me rebelo... contra la reducción de la realidad, contra la instauración de una franja estrecha para la vida -¡y para el arte!-, una franja donde no hay lugar ni para el heroe, ni para el santo. No es que quiera hacer propaganda del heroísmo o escribir vidas de santos; me interesa otra cosa: lo que en el plano estético corresponde al "héroe" y al "santo" es el encuentro con lo sublime. Un encuentro que nunca es esclusivo... pero no deja de ser imprescindible...
...lo que esperamos de la poesía no es el sarcasmo, la ironía, la distancia crítica, la sabia dialéctica ni el chiste inteligente (aunque todas estas virtudes de la mente cumplen su papel a la perfección siempre que se hallen en su sitio, en un tratado lleno de erudición, un ensayo o un artículo publicado en un periódico de oposición), sino la visión, el fuego y la llama que acompaña los descubrimientos a los descubrimientos espirituales. En otros terminos, lo que esperamos de la poesía es la poesía"
Adam Zagajewski
domingo, 20 de mayo de 2007
Un libro: “Los 70 a destajo. Ajoblanco y libertad” de José Ribas.

Estoy leyendo la jugosísima reconstrucción (no se me ocurre otra palabra más acertada, ya que no son ni unas memorias, ni una confesión, ni un diario...) de la revista Ajoblanco durante su época más “heroica” e influyente: la transición; y el retrato de toda una generación de la izquierda libertaria. Muy recomendable se esté o no de acuerdo con los presupuestos de los que parte el autor. De lo que llevo leído hasta el momento me quedo con un párrafo:
“Muchas veces lo he pensado: pertenezco a una generación con mitos -Jim Morrison, John Lennon, Andy Warhol, Che Guevara- pero sin maestros. En España, las circunstancias nos forzaron a ser autodidactas; nos formamos gracias al cúmulo de curiosidades sentidas y experimentadas hasta el fondo de nuestras almas. Algunos pagaron el atrevimiento con la muerte” (Pg 57)
.........
-¿Y ahora?
-Desde luego no eso de “maestros”....
-¿Y los mitos?
-Nada. El único mito valido era el de la esperanza utópica.
“La crisis de ideas causada por la erosión y el desdoro de las doctrinas que intentaban sustituir la tradicional metafísica de las convicciones religiosas por teorías políticas de carácter escatológico” ha supuesto la victoria de una ironía desnuda de cualquier mito humanista, de cualquier un mito que se oponga -por ejemplo- a la barbarie. La ironía de nuestros modernos y posmodernos es usada por unos... “para azotar la sociedad de consumo, otros aún luchan contra la religión o contra la burguesía. A veces la ironía expresa algo más: la desorientación en medio de una realidad plural. A menudo simplemente encubre la pobreza de pensamiento. Porque si no sabe que hacer, lo mejor es volverse irónico. Después ya veremos”
Zagajewski En defensa del fervor” (Pg15)

