viernes, 17 de diciembre de 2021

"Paisaje para después de la posmodernidad" de Andrés Ibáñez

 


Si queremos pintar un paisaje para después de la posmodernidad, la palabra clave debe ser ecología. También simbiosis.

La ecología es el estudio de los ecosistemas, pero una verdadera ecología debería integrar también las ciudades, las máquinas, la cultura, el pensamiento y las creaciones de la imaginación, porque todo es parte del ecosistema. Todo es real. Todo está vivo. Todo interactúa.

A lo largo del siglo XX se produjo un fenómeno curioso: la ciencia, por un lado, y las ciencias humanas, por otro, llegaron a la conclusión de que el pensamiento lineal y mecanicista que heredamos del siglo XVII y XVIII resultaba insatisfactorio, y que la realidad había que explicarla en términos de procesos y sistemas. Lo fascinante es que la biología y la lingüística han llegado a las mismas conclusiones sin saber la una lo que hacía la otra.

A principios de siglo, la publicación del Curso de lingüística general de Ferdinand de Saussure en 1916 creó una nueva forma de ver los fenómenos humanos que se llamó estructuralismo. Saussure estudia el lenguaje como un sistema, un sistema de signos, cuyos elementos adquieren su valor no de sus propiedades intrínsecas, sino de sus relaciones con otros elementos. Ese año, 1916, señala, por tanto, el final del pensamiento lineal y mecanicista. En los años treinta, los lingüistas de la escuela de Praga aplicaron el estructuralismo de Saussure y su distinción entre «lengua» y «habla» al sistema de los sonidos de una lengua, y se creó la distinción entre fonología (el estudio del sistema) y fonética (la realidad física de los sonidos de una lengua). Las relaciones entre los elementos del sistema fonológico son, como lo serían luego los de los sistemas cibernéticos, binarias: un elemento se define por sus respuestas sí/no a una serie de parámetros. Más tarde, el estructuralismo se extendería con desigual fortuna a la antropología, al estudio de la cultura, al análisis literario, a la psicología, etcétera.

Estudiar los fenómenos humanos como estructuras o sistemas ha tenido un curioso efecto deshumanizador. Porque los elementos de un sistema no son otra cosa que haces de relaciones. El sistema no es una suma de elementos, sino una suma de relaciones entre elementos. Los elementos de un sistema no son, en realidad, nada. El estructuralismo y sus sucesivas encarnaciones, postestructuralismo, deconstrucción, etcétera, describieron así un mundo sin presencia, un mundo que no era más que una serie de redes y sistemas que interactúan entre sí. Este es el mundo posmoderno. Un mundo sin presencia, sin yo, sin sujeto. Un mundo compuesto por sistemas que no son en última instancia otra cosa que construcciones: construcciones sociales, construcciones arbitrarias.

El estudio de sistemas se llamó en lingüística «estructuralismo». En la ciencia se llama, más adecuadamente, «teoría de sistemas», y podemos remontar su origen a los tres tomos de la Tektología de Alexander Bogdanov, aparecidos entre 1912 y 1917, las mismas fechas que la publicación del Curso de lingüística general de Saussure. La «tektología» trata de la organización de «complejos», lo que más tarde serían llamados «sistemas», que Bogdanov estudia y agrupa según sean más o menos caóticos u ordenados. La Teoría general de sistemas, del biólogo Bertalanffy, se publicó en otra fecha mítica para el estructuralismo: 1968. Bertalanffy comenzó sus investigaciones en los años veinte, y fue un precursor de la cibernética, cuyo desarrollo comienza en los años cuarenta con las famosas conferencias Macy de Nueva York. De la cibernética provienen los conceptos de «retroalimentación» y «bucle de retroalimentación», que hacen referencia a sistemas que se regulan a sí mismos.

Otros conceptos importantes aportados por la teoría científica de sistemas son: el de «red» y «patrón», el de «autoorganización» de Walter Pitts y Warren McCulloch; las «estructuras disipativas» de Ilya Prigogine, que postula que los sistemas se ordenan cuando están al borde del caos, y el concepto de «autopoiesis» de Humberto Maturana y Francisco Várela, cuya diferenciación entre «organización» (redes de relaciones abstractas entre elementos) y «estructura» (la materialización concreta de esas relaciones) es idéntica a la que hace el estructuralismo entre «lengua» y «habla» o entre «fonología» y «fonética». «Autopoiesis» es la capacidad que tienen los sistemas vivos de crearse a sí mismos o de crear réplicas de sí mismos.

Todas estas ideas preparan la aparición de la hipótesis Gaia de James Lovelock y Lynn Margulis, que postula que la biosfera es un organismo autorregulador y autopoiésico o, dicho de otra forma, más inexacta aunque mucho más espectacular, que la Tierra es un ser vivo.

En realidad, las ciencias puras y las humanidades estuvieron durante todo el siglo XX estudiando las mismas cosas sin saberlo y sin comunicarse entre sí. Las dos elaboraron su propia visión sistémica del mundo. Así, no es una casualidad que a la hora de analizar las creaciones de la cultura posmoderna, los términos y conceptos elaborados por la ciencia nos resulten a veces tan útiles, o incluso más, que los de las ciencias humanas.

Por poner un ejemplo, creo que los conceptos de «red» y «patrón», que provienen de la ciencia, son los que mejor explican la novelística del escritor posmoderno por antonomasia, Thomas Pynchon. Porque en las novelas de Pynchon los verdaderos personajes, las verdaderas unidades narrativas, los verdaderos constituyentes del texto, tanto sincrónica como diacrónicamente, no son ni los actantes, ni sus acciones, ni tampoco ningún tipo de «motivación» psicológica, sino las «redes» y los «patrones» que recorren el texto en todas direcciones, de una forma no lineal, no psicológica y definitivamente autorreferencial.

Por poner otro ejemplo, ¿cómo no poner en relación la famosa «autorreferencialidad» de la literatura posmoderna, su carácter «metaliterario», con las nociones de «autorreferencialidad», «retroalimentación» o «autopoiesis» venidas de la ciencia? Libros como El gabinete del coleccionista o La desaparición, de Georges Perec, o Si una noche de invierno un viajero, de Italo Calvino, el ejemplo supremo del libro que «se hace consciente de sí mismo», no son otra cosa que sistemas autorreferenciales y autopoiéticos en los que operan numerosos y complejos bucles de retroalimentación.

Sin embargo, existe una diferencia radical entre el tipo de pensamiento sistémico desarrollado por la ciencia y el desarrollado por las humanidades. El pensamiento sistémico de la ciencia ha llegado hasta un nivel global y ecológico, mientras que el pensamiento sistémico de las ciencias humanas se ha quedado atrapado en un mar de falsa erudición, fárrago incomprensible y nihilismo ingenioso. El discurso literario se ha convertido en post-literario y posthumanista y ha elaborado una poética de la muerte y de la ausencia. La ciencia, más ingenua, más literal, se ha tropezado con el ser vivo más grande y abarcador que existe: la biosfera, Gaia, nuestro planeta. El discurso post-humanista describe la ausencia del sujeto, los infinitos condicionamientos que intervienen en cada uno de nuestros actos. La ciencia, más ingenua, se adentra con valentía en el estudio de la conciencia.

Pensemos, entonces, en la posibilidad de una literatura que se mueva también en esas dos direcciones: en la dirección del mundo externo, la ecología, el pensamiento holístico, la simbiosis, y también en la dirección del mundo interior: el estudio y la cartografía de la conciencia.

Al principio decía que la palabra clave era «ecología» y también «simbiosis». En realidad, las dos significan lo mismo, pero yo prefiero usar la palabra simbiosis porque tiene menos connotaciones. Simbiosis de sistemas vivos y de máquinas; simbiosis de descripciones de la realidad; simbiosis de naturaleza y de técnica; de objetividad e imaginación.

¿Es posible esta literatura simbiótica? ¿Es posible una literatura integrada en una simbiosis de máquinas, flores, ciudades, templos? ¿Es posible conciliar las palabras del poema con las del manual científico, la del pájaro y la del ángel?

Es posible, pero sólo a través de la imaginación.

Y aquí comienza la verdadera tarea: comprender qué es la imaginación, cómo funciona, para qué sirve. He aquí algunos apuntes.

La literatura es un arte de la imaginación y no de las palabras. La imaginación es una potencia de nuestra psique distinta del intelecto y también un lenguaje distinto del lenguaje articulado. Es un lenguaje específico, tan específico como el de las palabras o como el de la ciencia. La literatura utiliza las palabras como soporte, pero su verdadero idioma es la imaginación. (En realidad, ningún lenguaje puede manifestarse en estado puro: todos los lenguajes aparecen como combinaciones de lenguajes: hasta el de la música, que parece el más «puro».)

El lenguaje de la imaginación se parece al de la ciencia en su capacidad sintética. El lenguaje verbal procede por distinciones y conceptos. El de la ciencia, lenguaje sintético, trabaja con cantidades. El de la imaginación, también lenguaje sintético, utiliza semejanzas e imágenes. La teoría de Darwin no es más verdadera que la historia de Adán y Eva. Ni más verdadera, ni menos: pertenece a otro lenguaje. La teoría de Darwin, si es que es cierta, explica unos hechos que tienen que ver con la evolución biológica, mientras que la historia de Adán y Eva es una explicación mítica del origen de la conciencia y del funcionamiento del cerebro y un mapa energético del ser humano. Los propios científicos tienen que recurrir al lenguaje de la imaginación cuando quieren explicarse: ¿qué es la noción de «agujero negro» más que una imagen de la imaginación, la creación de un nuevo mito que ayuda a explicar, de forma sintética, lo que de otra manera no sería más que un inextricable amasijo de fórmulas y ecuaciones?

Sabemos mucho de la ciencia y sabemos mucho del lenguaje, de la lógica, de la filosofía, porque sabemos mucho del lado izquierdo del cerebro. Del lenguaje de la imaginación sabemos poco. El carácter sospechoso que en nuestra civilización tienen la magia o la espiritualidad han dejado reducida a la imaginación a una especie de función decorativa. Vivimos en una imaginación degradada y de segunda clase.

Creo que nuestra tarea consiste en integrar las diversas facetas de lo humano en una visión polimórfica de la realidad, parecida a la de los ojos multifacéticos de las libélulas. Los animales depredadores tienen los ojos situados enfrente para ver la presa. Las vacas, los antílopes, los peces y los otros animales que son comidos, tienen los ojos a los lados, para ver de dónde puede venir el cazador. Los cazadores ven sólo lo que tienen delante, y los cazados ven todo menos lo que tienen delante. Ha llegado el momento de que dejemos de mirar el mundo como depredadores, de que dejemos de observar con apasionada intensidad un solo punto preguntándonos si podemos o no comérnoslo. Algunos pensarán que esta propuesta es muy estúpida. En efecto, sería verdaderamente estúpido ser un leopardo y desear convertirse en una vaca. Lo que yo propongo es que nos convirtamos en libélulas, cuyos ojos múltiples les permiten ver al mismo tiempo distintas versiones de la realidad.

Propongo, para terminar, una breve lista de obras de arte simbiótico. En casi todas ellas aparecen combinados los cuatro elementos, el natural, cultural, psicológico y mecánico o, por decirlo de otra forma, la naturaleza, la cultura, la mente y las máquinas; o, por decirlo de otra forma, la realidad física, las creaciones culturales, la realidad interior y las creaciones mecánicas: la flor, el libro, el ángel y el ordenador.

Un importante precedente cinematográfico: 2001 de Kubrick-Clarke, donde la evolución de las especies se relaciona con la presencia en nuestro planeta de máquinas extraterrestres, y donde el tema de la máquina autoconsciente (el ordenador Hal 2000, que se vuelve loco) se combina con el del viaje por el interior de la conciencia, y las máquinas, la ciencia, y la exploración interior postulan un casi inconcebible estado superior de la evolución.

Teatro: The day before, de Robert Wilson, por ejemplo en la última escena, donde la máquina humana (máquina de los recuerdos, cine) se combina con la naturaleza (imágenes del mar), el ángel, que es quizá un ángel andrógino (además del texto sobre la reunión de opuestos, Shiva y Shakti), el arte (el viejo actor de Chéjov, los zapatos de Magritte), la historia (la bomba atómica), etcétera.

Manga: Ghost in the Shell, donde el sistema de información se hace autoconsciente y el cyborg, el ser que es en parte humano y en parte máquina, descubre al ángel en el interior de su conciencia a través de un éxtasis de conciencia ampliada.

Artes visuales: el «Jardín de televisiones», por citar sólo una obra de Nam June Paik, artista y compositor coreano, donde la naturaleza y la máquina se unen en un jardín que es ya lo que Lezama llamaba «sobrenaturaleza», lo que Lyotard llama la «segunda corteza».

Literatura «infantil»: la trilogía Materia oscura, de Philip Pullman, donde se combinan los animales inteligentes (el país de los osos polares), con el clan de las brujas del norte, la máquina inteligente (la «brújula dorada»), los ángeles, la física cuántica, la antropología, la teoría de los universos paralelos, el gnosticismo, etcétera.

Literatura: Masón & Dixon, de Thomas Pynchon, donde la máquina se hace humana (el pato robot, el perro automático, los relojes que hablan, una máquina que es un país en el proceso de hacerse autoconsciente), y donde la ciencia de los topógrafos se une con la magia de los indios americanos y las voces de los habitantes del interior de la tierra (la voz de Gaia).

Ciencia-ficción: Vurt, donde Jeff Noon crea un mundo compuesto a partes iguales por la opresiva tecnología propia del ciberpunk, los sueños (el universo onírico de Vurt, que crea una realidad paralela), y donde hay seres humanos que son mitad animales (los perros hombres), mitad espíritus (las sombras), mitad muertos (los zombies), mitad máquinas (los robots), además de seres humanos «puros», los más raros.

A esta lista apresurada y provisional me gustaría añadir también El mundo en la Era de Varick, de Andrés Ibáñez, una novela muy mal comprendida y donde se combinan la reflexión sobre el lenguaje (las «indeterminaciones»), la teoría de los universos alternativos (el «planeta análogo»), la búsqueda espiritual (la historia del monasterio perdido), la ecología (el propio Varick como metáfora de la voz de Gaia), la era de la comunicación (el Centro Internacional de Transmisiones que canaliza los mensajes de Varick), la imaginación como «realidad segunda», etcétera.

 Andrés Ibáñez, "Paisaje para después de la posmodernidad" (Eduardo Becerra, coord.), Desafíos de la ficción, Alicante, Universidad de Alicante, 2002), pp. 35-44.

lunes, 5 de julio de 2021

"Tiempos de mala fe" por Nicola Chiaromonte (Cuadernos del Congreso por la libertad de la cultura nº2, julio-agosto de 1953)


Nuestra época no es ni de fe ni de incredulidad. Es una época de mala fe, es decir de creencias impuestas por la fuerza, por odio contra otras creencias, y sobre todo por falta de verdadera creencia. Es la época de las «mentiras útiles», de las ficciones perfectamente conscientes en los que las fabrican y en los que las aceptan, pero que ocupan pronto el lugar de la verdad simplemente porque son útiles, de empleo fácil y universal, de tal manera que terminan por constituir un lenguaje en el que el hombre verídico se encuentra fatalmente cogido en la trampa.

Cambios en la colectividad

Naturalmente, este fenómeno apenas concierne al individuo, que en su vida privada mantiene la dosis de rectitud y de veracidad que considera como deber suyo o esa mixtura de sinceridad y de ficción que juzga buena a la marcha de sus asuntos. Se puede admitir fácilmente que los individuos cambian bastante poco bajo la influencia de las modificaciones del ambiente, y que en ellos la proporción de buenos y malos, de verídicos y de trapaceros, de honrados y de bribones continúa siendo casi la misma. Por el contrario, lo que ciertamente cambia y lo que sin duda alguna modifica, sino la naturaleza del individuo al menos la calidad y la forma de sus relaciones con los otros, es la manera de ser de la colectividad.

La colectividad —la sociedad de los hombres— no es la suma de los individuos; tampoco es el conjunto de las instituciones políticas y jurídicas, ni se reduce a las formas de la vida económica y cultural. En un cierto sentido, que después de todo es necesario considerar como esencial, la sociedad es la resultante de las creencias en torno a las cuales los miembros de una comunidad se ponen de acuerdo o entran en conflicto. Las creencias son el tejido conjuntivo de la sociedad, simplemente porque más allá de toda circunstancia material aquellas constituyen el lazo de las conciencias. A causa de esto, la vivacidad o la apatía de las creencias son el signo más cierto del vigor o de la corrupción de una sociedad.

Hoy día nuestra sociedad, la sociedad europea, vive por lo que respecta a las creencias que han hecho su grandeza en un estado de mala fe generalizada, pudiendo datar con precisión el acontecimiento: remonta al 2 de agosto de 1914, comienzo de la primera guerra mundial.

Esta afirmación puede parecer dogmática. Desde luego, merecería ser justificada por una larga demostración y múltiples argumentos. Me limitaré a un solo aspecto, que trataré de resumir diciendo que la primera guerra mundial rompió la única creencia que en Europa había logrado sobrevivir a las decadencias de las fes religiosas: la creencia en el progreso de la humanidad. Y esto no sólo en el espíritu de los intelectuales —que desde hacía al menos treinta años habían previsto la crisis— sino asimismo en la conciencia del gran número, de las masas humanas a la greña con el acontecimiento, y, en consecuencia, en la sociedad entera y tomada en su conjunto.

La creencia en el progreso coincidió durante mucho tiempo con la fe en la ciencia y en la razón. En la hora actual se me antoja evidente que la voluntad de conocimiento y de racionalidad no implica necesariamente la fe en el progreso. Esta fe admite por sostén un fermento, indudablemente religioso por su naturaleza, siendo así que la razón y la ciencia, que son quienes garantizan el «progreso», se proponen llegar a ser socialmente fecundas; substituir en pleno derecho y por completo las funciones de la fe religiosa y la obra de las iglesias. Lo que ha habido de religioso en la idea del progreso de la humanidad mediante la acción del hombre mismo, fruto de una convicción sólida no acreditada ni modo alguno puramente racional, es la seguridad de que entre el orden, de las cosas y las esperanzas del hombre existe una armonía preestablecida; que ambos son parles integrantes del mismo proceso de evolución y que, en suma, la historia natural y la historia humana, mutuamente solidarias, profesan en necesario concierto formando una realidad única cuyas leyes sen descubiertas por la razón a través de la experiencia, y que la razón práctica debe saber imponer.

Esta fe no es forzosamente optimista. Señala más bien un deber absoluto, que prescribe al hombre de actuar en. el sentido que ella indica, el de la única verdad surgida después que la verdad cristiana se convirtió en dudosa primero, y en evidentemente ineficaz después. La creencia en cuestión no afirma que inevitablemente las cosas irán cada vez mejor; simplemente afirma que no existe límite alguno preestablecido a la mejora moral y material de la condición humana. El conflicto, el dolor y el mal se reconocen como inevitables, más contra ellos la última palabra pertenece a la voluntad creadora del hombre. Voltaire se burlaba de la Providencia, pero compartía con Mozart el entusiasmo por esa visión esencialmente generadora de alegría. Leopardi maldecía la Naturaleza madrasta y detestaba la idea de progreso, más descubría justamente en el dolor universal la norma de una alianza, también universal, de los hombres contra el mal común: la nostalgia de las esperanzas valerosas y eficaces fue el límite de su pesimismo.

De esta fe en la actividad victoriosa del hombre nació la democracia moderna, y sobre dicha fe convertida en voluntad religiosa de palingenesia se fundó el socialismo. Este socialismo —interesa el recordarlo y el repetirlo— no nació ya hecho de la cabeza de Carlos Marx, sino que fue ante todo la fe y la esperanza de los humildes, surgidas de su sufrimiento, cuando a las leyes de hierro de la edad industrial se añadió para ellos esa buena noticia de que el orden social no era ni eterno ni divino y que podía y debía convertirse en un instrumento de la razón, y por tanto de la felicidad humana.

La destrucción de la fe

¿Por qué la guerra de 1914 destruyó esa fe? ¿Es qué una fe puede ser destruida por un hecho, por catastrófico que sea? A esta última pregunta, la respuesta general es negativa; pero es positiva en lo que se refiere a esa fe y a ese hecho, ante todo porque la guerra, por sí misma, arruina esencialmente la confianza en la evolución, sino enteramente pacífica al menos no catastrófica, de la sociedad, y sobre todo en el poder de la razón humana de dominar los acontecimientos. Fue una guerra insensata, que sacrificó millones de vidas en aras de objetivos a la par mezquinos y grandiosos: por una rectificación de fronteras o por una paz perpetua, según uno se coloque en el plano del «realismo» de los gobernantes o que se tome en consideración las palabras que esos mismos gobernantes estaban obligados a pronunciar al objeto de justificar ante los puebles la enormidad de la matanza. Finalmente ningún objetivo fue alcanzado, ni tan siquiera les más irrisorios, puesto que ni se halló criterio bastante neto para determinar el lugar de los postes fronterizos.

La confianza en la evolución o incluso en la más sutil de la dialéctica de los acontecimientos, pudieron subsistir tanto tiempo como subsistió una cierta medida entre los objetivos proclamados y adoptados y el resultado definitivo; entre las esperanzas o las ilusiones que se alimentaban mientras hacía estragos la brutalidad del hecho y el final del drama, tal como podía verse. Mas cuando entre las esperanzas y la solución final, entre los objetivos proclamados y los objetivos realmente alcanzados, se vio que no había ni medida ni relación, entonces lo que se hundió no fue tan solo la creencia ilusoria en la sabiduría de los gobernantes, sino la fe misma que hasta entonces se había mantenido contra viento y marea más allá de los límites de lo que se podía esperar. Alcanzado este límite, la fe cae por sí misma en minas, sin que el individuo tenga conciencia de abandonarla o de transformarla en un culto vacío. Ella se corrompe y se destruye, por el solo hecho de que comienza a no ser ya verdaderamente posible, es decir auténtica y firmemente mantenida frente a todas las circunstancias. Por mi parte, me siento tentado a afirmar que la creencia no solamente en el socialismo sino en una democracia verdadera, se hundió en Europa cuando el primer socialista y el primer demócrata sincero, en presencia del hecho de la guerra mundial, viéndose obligados a elegir entre sus convicciones reales y el estado de necesidad, se plegaron, desalentados, ante la necesidad.

A partir de ese día, no fueron solamente los intelectuales los que en Europa se encontraron en estado de «nihilismo», sino la sociedad entera. Esta se halló —por lo que respecta a esa realidad decisiva que es la realidad de la conciencia— obligada a pensar que ninguna creencia vale verdaderamente nada frente a los hechos cumplidos. En efecto, un límite puramente ideal separa lo que puede ser un simple estado de alma de duda y de desánimo pasajeros, de esa confusa y fatal decisión que consiste en esta conclusión: ninguna creencia tiene valor y sólo lo tiene la voluntad de realizar hechos, y, con o sin fe, el que ejecuta hechos tiene razón, en el sentido de que se forja a sí mismo su propia razón. Este paso fue audazmente franqueado por hombres de acción. Y se asistió a lo que yo denominaría las «restauraciones ideológicas»: comunismo, fascismo, nazismo.

Lo que distingue las «restauraciones ideológicas», es la mala fe. Cada uno de estos movimientos, producto de la crisis mortal de una creencia colectiva, pretende restaurarla in abstracto y realizarla íntegramente, como si no dependiese de nada; al propio tiempo, cada uno de ellos se niega inaplicablemente a ser medido o limitado por las normas de la fe en que pretende inspirarse. Y es que esa fe, en tanto que tal, es juzgada simplemente inapta.

De esto, no existe nada más grandioso ni ejemplo más claro que el comunismo, surgido como reacción radical ante la bancarrota del socialismo evolucionista y filantrópico del siglo XIX, y que se definió como la voluntad de realizar íntegramente los ideales, sin tener cuenta más que la forma utilitaria de la substancia misma de esta fe. De hecho, el comunismo contemporáneo tiene dos características fundamentales, ambas enunciadas por Lenin. La primera es que el socialismo se realiza por la voluntad esclarecida del pequeño número; la segunda es que, en el curso de la acción, no existe principio ideal alguno que deba ceder al criterio de la oportunidad. Existe entre tales normas y la antigua fe socialista una contradicción esencial; de hecho ya no se trata de fe sino de implacable voluntad.

Triunfo de los sucedáneos

No debe de sorprendemos que a falta de buena fe triunfen sus sucedáneos. Un intelectual en la duda puede replegarse sobre sí mismo y reflexionar, admitiendo claro está que pueda y sepa resistir a las presiones que se ejercen sobre él, al igual que sobre todo el mundo. Pero las sociedades no se repliegan sobre sí mismas de esta manera: las sociedades no viven de dudas, sino de actos y de hechos. Y dado que los actos y los hechos tienen que justificarse, las sociedades exigen razones, verdaderas o fingidas. El famoso primum vivere es, para el individuo, el principio de la abdicación. Sin embargo la colectividad que, arrastrada por los acontecimientos y su fuerza mayor, ha perdido el sentido de las esperanzas generosas y de la opiniones firmes, obedece fatalmente a su ley de inercia. El gran número, la mayoría, es decir la masa —si nadie la alienta y no la ayuda verdaderamente— vive en estado de necesidad. Mas es un error vulgar y particularmente ciego pensar hoy día que las necesidades a que obedecen las grandes masas son sólo materiales. Lo que caracteriza la Europa de ambas postguerras, es el hecho enorme de masas sedientas de ideal, que siguen inevitablemente a los que ofrecen la ilusión más grandiosa, o la ficción más grosera. «La multitud quiere ser engañada», dice la brutal máxima latina. Pero, en el hambre de esperanza y de fe que empuja a las masas modernas a alimentarse de engaños enormes se halla, desfigurada y envilecida, la esencia misma de la grandeza humana.

Por lo tanto no es sobre las masas que podemos descargamos del peso de la desilusión y de la duda en que hoy pasamos una gran parte de nuestra existencia, nosotros los intelectuales. Bien sabemos que es una carga que es necesario asumir tanto tiempo como sea necesario. Mas tampoco podemos limitarnos a denunciar los falsos profetas y considerar nuestra tarea como cumplida una vez acumulado contra ellos las pruebas de su falsedad. Los falsos profetas llevan en ellos mismos la Némesis que los perderá; no somos nosotros, los intelectuales, los que debemos convertimos en instrumentos del Destino.

Existe una clase de personas, empero, hacia las cuales nosotros, individuos que hacemos una profesión del velar por el sentido de las cosas, por la exactitud de las palabras y por la conveniencia mutua de las formas, tenemos pleno derecho a ser severos: es justamente nuestra propia clase. Si existe un deber al que no podemos fallar sin degradación, es el de denunciar en nosotros las ficciones y no reconocer a las «mentiras útiles» el título de verdades. Para esto, no es necesario que paseamos o creamos poseer nosotros mismas la verdad. La exigencia de la duda basta, o más bien la facultad de plantear cuestiones. Y el hecho social bastante grave de la ausencia, hoy día, de una creencia que sea al mismo tiempo auténtica y eficaz, no nos dispensa del deber de resistir por nuestra cuenta a las creencias prefabricadas y a sus divulgadores.

No podemos faltar a este deber de resistencia, no sólo porque sus ficciones nos ofenden directamente, sino sobre todo porque ya es hora que las generaciones venidas a la vida en estos años de negación violenta y de desprecio del hombre reciban otros ejemplos que los de la mala fe organizada, y otra alimentación que la de los sucedáneos de verdades.

NICOLA CHIAROMONTE Cuadernos del Congreso por la libertad de la cultura nº2, julio-agosto de 1953, pp. 71-74.

sábado, 3 de julio de 2021

"Poesía y dialéctica" por Czesław Miłosz (Cuadernos del Congreso por la Libertad de la Cultura, nº2, julio-agosto de 1953)

 


En los semanarios que aparecen en Polonia se publican en la actualidad largas discusiones sobre poesía. La mayoría de los lectores de lengua polaca en el extranjero probablemente no se dan cuenta de la importancia de estas querellas, que siguen con indiferencia, lo que por otra parte es natural. Resulta difícil exigir a las personas que residen en Occidente el que se desprendan de una antigua costumbre: la de considerar la poesía y el «arte» como una inocente diversión estética, de tan escasas consecuencias como el café después de la comida.

Sin embargo, para un joven de Varsovia o de Łódź, la discusión sobre poesía es un asunto serio. En todos los países de la Nueva Fe, las consideraciones ideológicas pesan más que los puros ejercicios intelectuales: las decisiones personales dependen de ellas, y lo que resulta determina el destino de cada uno y el de sus próximos.

La poesía es una cosa seria

Fácil es adivinar el por qué en los debates ideológicos ocupan el primer lugar los referentes a la poesía, la pintura y la música. Ya no es posible enfrentarse con los problemas de la filosofía, puesto que incluso los dialécticos más elevados tienen miedo. En cambio, cuando se trata de la teoría de la poesía, de la pintura y de la música, existe siempre la posibilidad de sostener prudentemente algunas opiniones; no obstante los esfuerzos hechos, hasta el presente no se ha podido crear un sistema cerrado de estética marxista, por lo que nadie sabe cómo acorralar al delincuente. Es algo así como un gran jardín salvaje, que tiene sus guardias pero que no se sienten muy seguros de sí mismos. Y la poesía, la pintura y la música están de tal modo ligadas a toda la vida humana que quienquiera que intente hablar de ellas se ve obligado a poner en tela de juicio sus nociones más elementales sobre el mundo. Por esta razón, las querellas que tienen por motivo el arte revisten la misma importancia que en los siglos pasados tuvieron las disputas teológicas. Son seguidas con gran atención por tener un valor que apenas puede subestimarse. Un error común y divertido cometido por muchos occidentales consiste en separar ciertos fenómenos, definidos como puramente «culturales», de la totalidad ideológica que constituye la Nueva Fe; los intelectuales, indignados por el espectáculo que supone la coacción aplicada a los artistas, luchan por «la defensa de la cultura», mientras que la gente menos inclinada a las especulaciones «para intelectuales» se limita a mirar al poeta que no quiere aceptar el realismo socialista y que incluso prefiere emigrar como si fuera un « esteta », en el peor sentido de la palabra. En realidad tanto unos como otros no ven más allá de la superficie de las cosas. Lo que se juega no son los «valores culturales», sino las creencias humanas más fundamentales. Del resultado de luchas que puede estimarse completamente abstractas depende el futuro de un cierto género de civilización; el destino de un obrero o de un campesino depende tanto como el de un artista. En las luchas religiosas de los antitrinitarios contra los católicos o los calvinistas, no se trataba solamente de la triple persona de Dios. La cuestión de saber si Cristo es simplemente el hijo de Dios, o bien si es al mismo tiempo una de las personas de la Trinidad, servía de hecho de criterio a tendencias completamente opuestas que concernían a la esencia de la civilización. Así, en los países de la Nueva Fe, los distingo más sutiles en el dominio de la teoría artística adquieren un sentido muy general, por lo que el lector de allí aprecia todo su valor.

La «crisis» en la vida cultural de Polonia tuvo lugar en 1950. Hasta esta fecha no era obligatorio que cada obra, antes de su publicación en los semanarios sostenidos por el gobierno, pasara antes por la censura de los directores de acuerdo con las normas impuestas por el Centro. Pero a partir de 1950 el que quiera expresarse en las publicaciones gubernamentales tiene que demostrar que sigue fielmente la línea del leninismo-estalinismo. Esto crea al comienzo no pocas dificultades, puesto que sólo los mejor entrenados pueden arriesgarse en esa especie de manigua en la que la herejía aparece amenazadora a cada paso. Incluso para los más hábiles, tales excursiones resultan un ejercicio en la cuerda floja. Cierto es que, además de la prensa ortodoxa desde el punto de vista marxista, existe una prensa católica, en la que pueden escribir los que desean un poquito más de libertad. Pero el precio que se pide por esta libertad es bastante elevado. Un autor que quiera expresarse en la prensa católica acepta en consecuencia el que se le cuelgue la insignia religiosa. Una vez clasificado, obtiene algo así como el estatuto de los judíos en la fase más tolerante del hitlerismo. Es de admirar la sabiduría de tal sistema: los artículos más inteligentes, por el hecho de aparecer en la prensa católica, provocan una net? revulsión entre los ciudadanos de primera clase; es la mercancía de una tienda señalada con un signo enemigo.

Los semanarios católicos arrastran una cola de lectores que son los sobrevivientes de una época ya pasada; se tolera esas publicaciones per estimar que es preferible dar un exutorio oficial a los sentimientos religiosos y nacionalistas, y, liquidarlos gradualmente en lugar de empujarlos hacia las catacumbas. Es por razones análogas que se creó en Alemania oriental un partido especial para uso de los hitlerianos exmilitantes del N.S.D.A.P. Mas al público católico se junta asimismo lo mejor de la juventud, es decir los no conformistas, si desde luego se admite la tesis según la cual el no conformismo es una virtud del carácter, y no un vicio. Resulta cómodo para las autoridades que, para manifestar su oposición, los jóvenes tengan que colgarse una insignia, puesto que muchos de los que practican una oposición. tácita tienen un miedo terrible de caer entre los «beatos». El Estado gana pues tolerando las publicaciones católicas; la censura, por otra parte, se cuida de mantenerlas a un nivel que no sea muy elevado.

En tales circunstancias, en las que no existe más que la prensa ortodoxa y la prensa destinada a servir de «reserva» a los salvajes, la discusión abierta y franca es imposible. No obstante trataré de aclarar, a través de lo que se presenta de manera voluntariamente oscura y oculta, el punto central de los debates.

El proceso del impresionismo

Una de las más interesantes polémicas de estos últimos años se refería al impresionismo francés, y había tenido sus orígenes en Moscú. A decir verdad, era más bien una requisitoria que una polémica; o, para ser más exacto, se trataba de un acto de acusación repartido entre diversos corifeos. Hacia 1949 existían en Moscú y en Leningrado historiadores del arte que juzgaban que la pintura contemporánea rusa no valía gran cosa, y que era necesario aprender a pintar como los impresionistas franceses. Estos historiadores del arte, «cosmopolitas y sin patria», se convirtieron a justo título en objeto de una ofensiva, aunque no eran el motivo exclusivo puesto que el acusado principal resultaba el impresionismo francés. Una actitud despectiva hacia el arte occidental no es cosa inaudita en Rusia. León Tolstoi lanzó fuego y llamas contra los impresionistas, tratándoles de «degenerados»; Por otra parte metió en el mismo saco y por idéntico motivo a Wagner y a Shakespeare. Por lo demás, no se trata en este caso de la tendencia general, sino del género de los argumentos empleados. Los que acusan al impresionismo ven en la pintura francesa de finales del siglo XIX un producto de la misma «fase histórica» que dio nacimiento a 1a teoría post-kantiana del conocimiento. Los pintores interpretaban el mundo como un espléndido espectáculo de colores y de luz; en consecuencia, fácil resultaba concluir que la actitud de eso pintores hacia el mundo era puramente sensual, y que renunciaban a todo conocimiento racional de los fenómenos. Su arte se fundaba pues en una filosofía errónea, que representaba fielmente la decadencia de la burguesía francesa. Al contrario, los pintores realistas rusos de la misma época se basaban en un análisis racional de los fenómenos, es decir que veían en Rusia las contradicciones de clase y consideraban como objetivo de la pintura el representar la vida del pueblo. Conclusión: la pintura realista rusa del siglo XIX es superior al impresionismo francés, por lo que esa misma pintura debe de ser la fuente de inspiración para los pintores de hoy día.

He mencionado esta argumentación, no porque fácilmente puede ser denominada absurda, sino porque entra en las profundidades de la dialéctica [1]. La dialéctica, como es sabido, es «la lógica de las contradicciones». La dialéctica materialista parte del principio de que las contradicciones de nuestros conceptos —que son motivo de que la lógica formal resulte insuficiente en bastantes casos— reflejan las contradicciones de la materia en movimiento. Toda discusión sobre el arte no es ni más ni menos que una discusión en tomo al método dialéctico, puesto que el arte es una tentativa, la más directa, para comprender la materia. La deducción es que el debate sobre el arte posee una importancia teológica de primer orden en el país de la Nueva Fe.

El poeta o el pintor contemporáneo, compartiendo con sus conciudadanos su destino, y sufriendo en su propia carne los efectos de una aceleración histórica inaudita, siente el mundo como un conjunto de fenómenos en continuo movimiento, estando en esto de acuerdo con el dialéctico. Pero ya resulta cosa distinta cuanto es necesario aceptar la tesis según la cual el método dialéctico, tal como es enseñado en las universidades del espacio comprendido entre Shanghái y el Elba, explica fielmente el movimiento de los fenómenos. Ante los hábiles artificios engañosos del dialéctico, el artista no puede evitar una sospecha: la de que el dialéctico juega con cartas que saca de las bocamangas. Como punto de partida el dialéctico introduce conceptos, muestra estos conceptos a los espectadores aturdidos y hace constatar sus contradicciones; después de todo esto, presenta esas contradicciones de conceptos como si fuesen contradicciones de fenómenos. En efecto, es sólo de esa manera que puede probarse que el impresionismo francés vale menos que la pintura de los peredwnizniks rusos. Si ce reduce algo tan complejo como el impresionismo francés a la teoría del conocimiento elaborada por los burgueses, y si frente a ella se pone la teoría del conocimiento de Lenin, aun asegurándonos que la primera es mi fenómeno decadente y la segunda un fenómeno ascendente, no es difícil saber quién obtendrá el triunfo. Y por si fuese poco — y esto es sin duda más interesante — se constata que la teoría leninista del conocimiento existía ya en potencia en los espíritus de la intelligentzia rusa de finales del siglo último. Frente a esto, ¿qué se puede extraer de la constatación de que la pintura de los grandes impresionistas franceses aparece plena de su deslumbramiento ante la belleza del mundo, testimonia el orden interno de los espíritus que la crearon y continúa siendo una contribución duradera en la historia del arte mundial? Por lo demás, la maniobra de los críticos de Moscú puede ser considerada como clásica. Puede ser aplicada en una multitud de dominios: por ejemplo, gracias a ella se prueba de manera convincente que el hombre verdaderamente libre es el ciudadano de la Unión Soviética y que son los americanos quienes comenzaron la guerra de Corea. El poeta, o el pintor mismo, no se halla al abrigo de las victorias de la dialéctica. O bien intentará discernir el fenómeno en toda su complejidad, es decir expresar lo que ve y lo que siente, o bien se encontrará sobre una pendiente resbaladiza: cuando en lugar de una mesa— con la rugosidad de la madera, esa mancha de tinta, este pie roto —introduce el concepto de mesa, se conduce lo mismo que quién pudiendo comer pan y beber vino prefiere alimentarse artificialmente. Tras una dieta de este género, perderá la costumbre de una alimentación normal.

Es por esto que personalmente creo que existe una hostilidad entre el arte y la dialéctica. Cada verdadera obra de arte, incluso cuando su autor jura que es partidario del materialismo dialéctico, relega en la sombra la dialéctica; y, a su vez, la dialéctica imposibilita el arte. Cada cual puede elegir lo que prefiere, pero hay que elegir. Cada cual puede decir que el respeto exagerado por el arte es característico de un solo período de la Historia y que no hay que ligar el destino de la humanidad al destino del arte. Es una opinión. Otra distinta se opone a la precedente y afirma que el arte de una determinada sociedad nos permite juzgar hasta qué grado esa sociedad es sana, o, en otros términos, cuál es el grado de equilibrio interior alcanzado por sus artistas. De este punto de vista, los holandeses del siglo XVII alcanzaron una notable armonía; los países de Occidente se hallan hoy peligrosamente enfermos; y la población de la Unión Soviética ha alcanzado el estado casi perfecto de la muerte psíquica.

La cuestión del estilo «declarativo»

Las discusiones sobre poesía giran en Polonia en torno a estos problemas. Se ha permitido criticar en voz baja el estilo «declarativo» de toda una pléyade de jóvenes poetas convertidos al realismo socialista; pero es necesario agregar que el estilo «declarativo», es decir el manejo de frases que parecen recortadas de los editoriales de la gran prensa, es una consecuencia directa de la hegemonía de la dialéctica sobre la poesía.

Al pintar una manzana, el pintor holandés no se esforzaba en crear una manzana típica, un concepto de manzana. Por el contrario, un poeta ruso que describe un soljose no puede presentarlo de una manera concreta, puesto que podría pecar de pesimismo. El poeta ofrece imágenes idílicas del soljose o del koljose, en tanto que formas superiores de la economía rural respecto a un dominio privado o a la finca de un campesino. Así acontece que el poeta no puede emplear otro lenguaje que el de la jerigonza de los editoriales, y la diferencia de la mediocridad en el talento se expresa en que X escribe el mejor editorial, y Z... un editorial menos bueno.

Los ataques contra el estilo «declarativo» son a decir verdad ataques ocultes contra la dialéctica materialista, por la razón de que nos dan a entender que existe una incongruencia entre el movimiento de les conceptos y el movimiento de los fenómenos, de manera que el arte es capaz de concebir mejor el movimiento de los fenómenos que la propia dialéctica. Ahora bien, admitir esto es formular una evidente herejía. Por otra parte, el estilo «declarativo» resulta del hecho de que hallamos en la dialéctica materialista el mismo ascetismo nihilista que tuvo sus santos y sus mártires en la Rusia del siglo último. Es evidente que la «deleitación», considerada por los teóricos rusos de la gran época como la esencia misma del pecado, es inseparable de todos los esfuerzos que se puede hacer para alcanzar, en un poema o en una tela, las realidades del mundo sensible. Moscú tiene razón al condenar el impresionismo francés, puesto que en cada pintura de Manet o de Renoir existe esa deleitación.

La gran novela rusa no dejaba de ofrecer esa áspera deleitación, más podía pasar a los ojos de los nihilistas a causa de que presentaba la tenebrosa Rusia zarista. Pero hoy día que con la ayuda de la dialéctica se realiza la felicidad del género humano, el artista debe servir la dialéctica sin condiciones ni reservas; es preciso que tipifique los fenómenos y ponga en manos del artista los conceptos ya elaborados.

La novela de Ajaiev, Lejos de Moscú, es considerada en Polonia como un modelo de realismo socialista. Ofrece, sin la menor duda, el ejemplo más perfecto de ascetismo del escritor: no obstante sus grandes esfuerzos, el lector no puede «visualizar» ni los personajes ni el cuadro en que evolucionan. Es una ecuación matemática, con factores ordinarios: un enemigo de clase, un miembro de la intelligentzia que se equivoca y luego se convierte, una valiente muchacha del Komsomol, y, finalmente, un traidor. El lector pregunta en vano: ¿Quiénes son esos obreros que trabajan entre las nieves del noroeste siberiano? ¿Cómo es que se encuentran allí? ¿Dónde se hallan sus pueblos de origen? ¿Qué piensan? ¿Qué sienten?

¿Cuánto tiempo deberán permanecer allí?... Ninguna respuesta, no que es esencial es la construcción de un pipe-line para el petróleo. La ecuación se compone de elementos que llevan el signo «más» — lo que ayuda la construcción — y otros el signo «menos» — lo que obstaculiza la construcción —. Y esto es todo. Pero el escenario de una película titulada El canto de la tierra siberiana va aún más lejos en el esquematismo. La masa de obreros que roturan los bosques asiáticos no aparece más que en el momento de los ocios, en la cantina donde tocan el acordeón y cantan. En el epílogo, el héroe contempla junto con su amada el resultado del trabajo de esos obreros: el gran edificio de una fábrica ha surgido en el bosque virgen y sobre su techo se despliega la bandera roja. Resultaría interesante comparar todo esto con las novelas sobre los campos de trabajos forzados.

El proceso del estilo «declarativo» en poesía nada tiene que ver son la apreciación del nivel literario de los poemas que publican los semanarios: no se trata aquí del nivel de cultura, sino de sinceridad. O bien el poeta se limita a lo que ve y a lo que siente, o bien hace una concesión al tipo y entonces no existe razón alguna para que se detenga. Desde el punto de vista dialéctico, los pipe-lines, las carreteras, las minas y las fábricas de Siberia son particularmente importantes para el triunfo de la revolución, y el esfuerzo ruso en esa región es un hecho que debe alegrar; justo es por lo tanto que el músico o el poeta cante la grandeza de ese esfuerzo. El que escriba un poema «declarativo» está presto, por esa misma razón, a escribir el escenario del Canto de la tierra siberiana. Sin embargo, lo que merece un análisis es el comportamiento de Elinor Lipper, que había pasado unos cuantos años en los campos de trabajo forzado de Siberia y que, después de haber visto en París El canto de la tierra siberiana, sólo pudo decir, con voz estrangulada, estas tres palabras: «¡Se han atrevido!»

El Ministerio de Literatura

Cuando, procedente del extranjero, llegué a Varsovia en diciembre de 1950 y comprendí lo que se esperaba de mí, caí en una aversión sin límites por el papel del escritor que se somete a las reglas elaboradas en los círculos dirigentes. Ignoro si todos mis colegas comprendían la profundidad de esta aversión; ellos son funcionarios. La Unión de Escritores es algo así como un ministerio. Los escritores reciben instrucciones y se les indica como deben escribir. Su colectivo, en las alturas, situado por encima de la vida cotidiana de las masas, es algo insoportable. «¡Mira, he aquí como vive el escritor en democracia popular!», me dijo uno de los poetas de Varsovia enseñándome sus muebles y su biblioteca. Por la ventana se veía la plaza-decoración del barrio de los privilegiados.

Esta calle es la de los miembros del gobierno y la de los escritores. Este poeta no sabía lo que pasaba en mí. Yo había vivido varios años en América en las mismas condiciones que mi huésped, un electro-técnico en cuya vivienda había alquilado una habitación. Yo no reprochaba a ese poeta de vivir mejor que un pequeño comerciante o un obrero. Pero el quid era que pertenecía a una casta separada y que no se daba cuenta de que esto podía antojársele contra natura a cualquiera. Comprendí que solamente allí dónde el escritor se aloja así —de manera bien distinta a la de un electro-técnico — y dónde hace todos los esfuerzos para no perder los privilegios de la casta; solamente allí puede la dialéctica mantener su poder sobre los espíritus. Solamente allí, en tales viviendas, nacen novelas como Lejos de Moscú y escenarios como El canto de la tierra siberiana.

¿Qué concluir? Pienso que se habla demasiado de lo que debe de ser la poesía y demasiado poco de lo que es la poesía. Probablemente es la negación del nihilismo. De la misma manera que existe la manzana en el cuadro de un holandés, así existe la estrofa de un verdadero poeta' puesto que conserva lo que es particular. Un autor de editoriales puede ser durante cierto tiempo un poeta pasadero, ya que se sirve del almacén de sus percepciones, pero tiene que gritar cada vez más alto, pues tal es la ley, tal es el precio para alejarse hacia el vacío de los conceptos. Un árbol real, una verdadera gota de rocío matan al editorialista y le muestran su nada.

Se puede uno encoger de hombros ante las extravagancias de la poesía occidental, a condición de que se conozcan esas extravagancias y que no se escupa sobre los poetas occidentales sin comprender de qué se trata. Dos poetas occidentales son en general, gente que no ha recibido un buen azote. Cuando reciban ese azote, tal vez algunos lleguen a conclusiones saludables. Si se dejan imponer la conclusión que la dialéctica es superior a la poesía el globo terráqueo será arreglado racionalmente, y el único inconveniente que resultará será que no se podrá soportar la vida Das deportaciones en masa hacia la luna no serán ya consideradas como castigo especialmente grave; porque, al fin y al cabo, no habrá diferencia.

Czesław Miłosz, Cuadernos del Congreso por la Libertad de la Cultura, nº2, julio-agosto de 1953, pp. 75-80.



[1] En este caso empleo la palabra “dialéctica" en el sentido estalinista.

miércoles, 16 de junio de 2021

"Giménez Caballero: Entre Góngora y la Posmodernidad" (Punto y coma nº4, julio-agosto de 1986)

Encontramos a GeCé en su piso escurialense de Madrid, a sus ochenta y siete años plenos de lucidez. Su voz a veces trémula y entrecortada nos narra un periodo fundamental de las letras españolas. En su memoria aparecen la convivencia de la diversidad ideológica que encamó La Gaceta Literaria, el primer cine-club español, la inauguración de la escritura surrealista, los rasgos del Genio de España... Giménez Caballero, figura fundamental en la generación que une el 98 con el 27, describe un proyecto cultural posmoderno en el que, antes de la guerra civil, vislumbraba ya la muerte de la ideologización de la cultura y la necesidad de afirmar el derecho a la diferencia. GeCé, montado en la greguería ramoncina centelleante y paradójica, en la frase precisa, dibuja el perfil de una etapa definitiva en la historia de la cultura y de la literatura españolas.

Vanguardia y tradición

PUNTO Y COMA: ¿Cómo definiría a la vanguardia literaria española?

GECÉ: La vanguardia estuvo profundamente influida por Guillaume Apollinaire y el caligrama, el que por cierto aparecía siempre dibujado con casco y ametralladora. Esta iconografía heroica no era gratuita: el término de vanguardismo procede como él mismo lo indica de los que participaron en la primera gran guerra, la de 1917, y que, también, corresponde a la revolución comunista de Lenin; sin embargo, la literatura, como siempre, se adelantó a la política. Ya Marinetti y el movimiento futurista habían creado las premisas estéticas del vanguardismo afirmando la necesidad de una revolución estética, que precediera a toda otra revolución. ¿Mas en qué consistía la revolución vanguardista? Se proponía el desintegrar la literatura reduciéndola exclusivamente a la imagen, concentrando su significado en la metáfora, es decir, el vanguardismo se propuso atomizar a la sociedad como a la literatura mediante una subversión, en que la imagen ocupaba el lugar principal incluso a través de los caligramas, de los carteles, del cinematógrafo. A este respecto el libro de Guillermo de la Torre, Literaturas de Vanguardia, es fundamental para comprender su divulgación en el mundo.

En el desenvolvimiento de la vanguardia y de su propósito de encontrar la metáfora pura, que en España alcanza su máxima perfección en la invención genial de la greguería de Ramón Gómez de la Sema, llega un momento de desgaste y cansancio, entonces, Jean Cocteau escribe un libro fundamental, La Llamada al Orden, en que propone la unificación de las conquistas revolucionarias de la metáfora con la tradición poética y literaria.

PUNTO Y COMA: En ese retomar las fuentes de la tradición por parte de la vanguardia ¿cuál es el papel que desempeña Góngora como símbolo poético para los vanguardistas españoles?

GECÉ: En España el movimiento vanguardista que formaban Gerardo Diego, Rafael Alberti, Federico García Lorca, entre otros, continúa con la búsqueda de un nuevo orden estético pero ese empeño se viste con las formas tradicionales de la poesía española. Se vuelve —en un movimiento de retorno al origen— a la décima con Jorge Guillén, al soneto, a la octava real y el emblema de esta revolución es Góngora, en torno a Góngora se unen todos los escritores en España. Se trata de una regeneración de las fuerzas culturales ancestrales, y de los valores de cada tradición poética. Sin embargo, esa unidad entre la tradición y la revolución que se produce en La Gaceta literaria, y que tiene como símbolo a Góngora, se quebranta por los años 29 y 30, en que cada escritor tira por su lado: es la guerra civil que se avecina.

Cultura y diversidad

PUNTO Y COMA: Tras de La Gaceta Literaria usted dirigió El Robinsón Literario como una respuesta solitaria a la polarización ideológica de los escritores españoles de aquel entonces: ¿la cultura debe ser ideologizada o desideologizada?

GECÉ: El Robinsón Literario fue un deseo de continuar con el espíritu de La Gaceta Literaria cuando sobrevino la politización y el partidismo en España, fue una especie de premonición de la guerra civil. Recientemente en Navarra me ocupé del tema cultual en una mesa redonda con Arrabal y Sánchez Dragó. La cultura, término que comenzó a emplear el humanista español Juan Luis Vives, significa cultivar, ahondar, profundizar. El sentido de la cultura ha sufrido metamorfosis e interpretaciones diversas y se ha presentado el peligro de una instrumentalización por la cual ya no importa la cultura sino el apoyar un determinado régimen político. La cultura, valor distinto al de la tecnología y al de la civilización, tiene como objeto penetrar en el secreto de la vida y en el misterio del hombre. Creo que se acerca el tiempo en que el hombre —fuera de las ideologías o por encima de ellas— ha de regresar a la cultura mística, la que nunca terminó ni terminará pues el misterio de la vida sigue sin descubrirse.

PUNTO Y COMA: ¿Qué propósito animó la diversidad que se manifestaba en La Gaceta Literaria, en que tuvieron cabida las literaturas de las diferentes regiones españolas, así como la herencia sefardí y la cultura iberoamericana?

GECÉ: Creo que di forma a una aspiración que compartió la generación del 98 como la del 27: contar con un espacio de expresión donde, sin más restricciones que las de la calidad, pudiera manifestarse la cultura hispánica con sus distintas tonalidades y aspectos. Tuve sefardíes —recorrí para ello sus sedes en Europa Oriental—, a los catalanes, a los vascos, a los iberoamericanos en su expresión genuina, porque esa diversidad que conforma la cultura hispánica llegó a unificarse libremente en un continente que fue La Gaceta Literaria. Ese espíritu no consiguió arraigar durante el régimen de Franco, en él continuó vivo el espectro de las dos Españas. El alma de La Gaceta Literaria se perdió porque faltaba el espíritu creador, provocando lo que después vino con la denominación: la diversidad de la decadencia. La Gaceta Literaria, no hay que olvidarlo, se definía como Ibérica-Americana-Internacional: Ibérica porque quise reunir en La Gaceta a Portugal y al mundo brasileño; Americana ya que estaba abierta a los americanos de habla española; e Internacional por la relación de la cultura española con el mundo europeo y no europeo.

Un mártir

PUNTO Y COMA: Gómez de la Sema sostuvo que Giménez Caballero es el mártir de la vida literaria, ¿continúa Usted siendo un San Sebastián clavado de plumas estilográficas?

GECÉ: Por principio existió una relación muy estrecha entre la tertulia del Pombo y La Gaceta Literaria, abundo en ello en mi libro que obtuvo el premio Planeta, Retratos Españoles. Por otra parte, no conocía esa definición de Ramón, pero se la agradezco en la ultratumba. Creo que su imagen fue exacta, sigo siendo un San Sebastián, pero con una diferencia: las plumas estilográficas que me hieren no son ya fecundas ni creadoras, son lanzas envenenadas que obstruyen mi paso por el mundo literario. En estos momentos están ustedes hablando con un mártir.

Literatura, imagen, transfiguración

PUNTO Y COMA: Su novela Yo, inspector de alcantarillas ¿con qué influencias literarias se identifica?

GECÉ: Se ha dicho que Yo, inspector de alcantarillas, que escribí por el año 1927, es el primer relato surrealista en España. En realidad, el escritor de verdad, que lo lleva dentro (yo soy uno de ellos), es de una ignorancia casi total sobre las influencias que permean su obra. Desconocía el surrealismo. Tenía noticias de su existencia a través de Guillermo de Torre y de los poetas de La Gaceta Literaria. Sin embargo, tenía el instinto de escritor para saber dónde estaban las cosas viejas y las nuevas. Así escribí Yo, inspector de alcantarillas tras haber leído a Freud e influido especialmente por la mística española. Intenté bajar a los infiernos y a los pozos negros del alma. Ese itinerario místico se expresa en el personaje que identifica el patio lóbrego que observa con su propio ser interior.

PUNTO Y COMA: ¿Cuál es su relación con el cine y el lenguaje de la imagen?

GECÉ: Fui el organizador en 1928 del primer cine-club español. He concebido el cine como la nueva liturgia moderna, como un rito de transfiguración colectiva. Creo que fui de los pocos que comprendió el valor de la imagen. Me interesé de tal modo en el cine que no sólo traje a España las películas más recientes de su época, sino que también realicé varios filmes. Mi pasión por el cine fue prematura y cada vez más profunda y completa. El cine vuelve a recobrar lo que se había perdido desde que el arte se separó del resto de la existencia, esto es, la cultura total, el arte total. Ya había cine en la cueva prehistórica: la caverna es oscura, hay sombras, resplandece el fuego y el chamán pinta figuras que se animan por el juego de la luz contra el fondo negro de la noche, lo acompañan las salmodias y los cantos, la música elemental de los orígenes y los sahumerios que con su olor crean una atmósfera especial. En la Edad Media la manifestación de este arte total se centró en la ceremonia religiosa: el incienso, imaginería, la decoración pictural de los vitrales, la música, la modulación rítmica en que se individualizan las diferentes partes del misterio total humano. De ahí que en mi obra Arte y Estado me refiera al cine como una nueva catedral medieval, al que sólo le faltaría el trance místico olfativo que produce el incienso, los hechiceros siempre han tenido materias olorosas como soporte ritual de la magia. En lo que se refiere a la imagen también me preocupé del cartel, incluso uno de mis libros de ensayo. Carteles, de 1927, buscó integrar el lenguaje plástico con la crítica literaria: el cartel es un grito pegado a la pared y mucho más convincente que las palabras.

PUNTO Y COMA: ¿Qué reacciones produjo su primer libro Notas Marruecas de un soldado?

GECÉ: Lo publiqué en 1923 y causé dos reacciones distintas: una literaria, excelente, en que recibí comentarios muy favorables entre otros de Miguel de Unamuno, de Indalecio Prieto, de Eugenio D’Ors. Los militares por su parte se sintieron ofendidos, por el retrato que hacía del militarismo español en Marruecos, me llevaron a prisiones militares y una condena de 18 años de cárcel que finalmente me fueron indultados. En Notas Marruecas de un soldado hice mi primera profecía de escritor en que llamaba a mis camaradas de armas a reunirnos en un haz de excombatientes para evitar la guerra civil, ese anuncio con el que termina el libro fue lo que verdaderamente me valió ser conducido a las prisiones militares, por ser considerado una incitación a la rebelión.

La esencia de España

PUNTO Y COMA: ¿En qué consiste lo que ha llamado la esencia de España frente a la colonización estadounidense?

GECÉ: Creo que he dado una respuesta en mi libro Genio de España, en donde sostengo la fusión de lo oriental, lo autocrítico, el sentido de la autoridad, la disciplina férrea, con la libertad occidental, es decir, el principio de la heterogeneidad, de la diferencia cultural, en que se combina lo franco, germánico, ibérico con lo árabe y la tradición oriental. España es la mezcla privilegiada de la autoridad y la libertad y de los derechos individuales. España es el punto de equilibrio entre el derecho individual y la barbarie, lo que ha generado ese carácter español que se define por lo universal y la tiranía. En Oriente la cultura se ha definido por Dios, ante todo; en Occidente, el individuo, sobre todo. En fin: libertad y autoridad, esas dos fuerzas constituyen el “Genio de España.

PUNTO Y COMA: Teniendo presente que hablamos de la esencia de lo español ¿qué lugar ocuparía la figura de El Quijote?

GECÉ: Pienso que el Quijote de Cervantes es la entrada de España en una realidad cultural burguesa, decadente, pacifista, renunciadora. En el Quijote España pierde el Medievo. Y, por otra parte, creo que esta obra es la oposición al fracaso, es el espíritu de rebeldía, que tiende a superar el derrotismo. Tal vez esta contradicción explique algo del espíritu español, llamado quijotesco en lo que tiene de noble desprendimiento, riesgo y apego a las verdades fuera de uso, y necesariamente de antiquijotesco en cuanto tal expresión puede significar renunciamiento o abdicación ante el destino adverso. España hoy tendría que ver con el Quijote-libro la pérdida de sus raíces geniales y más genuinas, la entrega al nuevo mundo burgués, y sería antiquijotesco en lo que se refiere a su derrota vital, a su pérdida del brío fantástico, a su olvido de sí misma, de su individual, rara y aislada diferencia.

Entrevista realizada por: Isidro Juan Palacios y José Luis Ontiveros (Punto y coma nº4, pp.11 -14)

miércoles, 9 de junio de 2021

"Platón, personaje de novela" de Vintilă Horia (Conferencia pronunciada en el Ateneo de Madrid el 28 de enero de 1964)

 


Estos años que vivimos nos han enseñado muchas cosas, algunas peligrosas y absurdas, relacionadas con la mediocre inmersión en lo social; otras, en cambio, verdaderamente nuevas y saludables, impuestas por el auge en el que se encuentra desde hace algún tiempo el interés por el origen y el alcance de las religiones y por su importancia como factores de cultura y civilización. Es debido a este interés como hemos podido llegar al descubrimiento de inmensos espacios históricos y prehistóricos, ignorados hasta hoy, arrinconados por los historiadores del siglo pasado en los archivos de lo incontrolable y, por consiguiente, de lo no existente. Todo el período tildado de mítico y legendario, de exclusivamente religioso, por los positivistas y materialistas y echado fuera de lo científicamente verdadero, o sea, experimentable, aparece hoy, a la luz de los descubrimientos arqueológicos y de la nueva escuela de la historia de las religiones, como nuestro propio pasado, transformando el periodo de la era precristiana en un inmenso espacio de tiempo, del que no somos más que una minúscula península en lenta progresión diría geográfica y, ¿por qué ocultarlo?, en regresión espiritual, la primera no compensando a la segunda.

En efecto, los dos mil quinientos años del período helenístico cristiano son poco en comparación con lo que los precede, cuyos rastros brotan poco a poco de la misma tierra, como una nueva Atlántida emergiendo de las aguas del tiempo. Todo lo que una historia de la filosofía, empapada de racionalismo, nos contaba acerca de los ilustres albores de la inteligencia, colocados en el siglo VI y en los presocráticos y considerados como un fenómeno de generación espontánea, aparece hoy más como una conclusión que como un principio. El llamado milagro griego podía ser considerado como tal en el marco de nuestra civilización, encerrado, como una Gran Bretaña espiritual, en un espléndido aislamiento. En realidad, Grecia no fue más que una continuación y una renovación, en un nivel racional, o sea, mundano, de varias corrientes de ideas, de muchas y antiguas verdades elaboradas en un plan distinto, o sea, puramente espiritual y religioso. No quiero decir con esto que aquel enfoque del mundo sensible a través de lo suprasensible, el tratar de la realidad física a través de la verdadera realidad metafísica, fuera destruido por los filósofos griegos, sino que fueron ellos los que sacaron la sabiduría de los templos, para transformar la teología en filosofía, lo esotérico en exotérico. Es este, en definitiva, el sentido de lo que Heidegger llama nihilismo en el movimiento fundamental de la historia de Occidente, fenómeno marcado por el trágico grito de Nietzsche, en apariencia blasfemo, en realidad nada más que conclusivo, indicativo del fin de todo un proceso que hoy, desgraciadamente, se está volviendo de occidental en universal.

Un espíritu tradicional, en el sentido religioso de la palabra, un espíritu anti-Teilhard de Chardin, podría sacar de aquí conclusiones muy precisas con respecto a lo que los secuaces de René Guenon llamarían el fin de un ciclo; pero no voy a alejarme de mi tema ni asustar a ustedes con pronósticos inquietantes, demasiado fáciles de sacar de todo lo que nos rodea, en España menos quizá que en otros países, pero presente en todas partes según el proceso de universalización de lo que el mismo Heidegger llama «declive esencial de lo suprasensible, o sea, de su Verwesung o descomposición».

Relacionando las dos tesis de mi introducción —o sea, la de la consciencia que tenemos acerca del ensanche de la historia hacia los tiempos más remotos, y la de este pecado originario de tipo filosófico que es la puesta en marcha de la civilización occidental a través de la lenta sustitución de la metafísica por lo que llamaríamos la física, en un sentido general, de lo divino por lo profano—, podemos constatar que la inmensa época que precede a este nacimiento del nihilismo occidental acaba justamente con Platón, el cual encierra en su vida personal, como en su enseñanza, todo lo que le precedió y todo lo que le sucedió, como fin de un principio y como principio del fin. Esto es mucho para un ser humano, incluso demasiado; pero como todo acontece por saltos y no por evolución sistemática y tranquila, alguien tiene que cargar con esto y padecer en su carne lo acontecido y lo imprevisible. Lejos de mí la idea de resumir aquí la filosofía de Platón. Otros lo han hecho, con más vocación para esto, con más o menos objetividad, según los prejuicios de las corrientes filosóficas, científicas e incluso políticas de su tiempo. Lo que voy a contarles, a la luz de lo que acabo de exponer ante ustedes, es el drama esencial que este hombre vivió y que ningún poeta ha transformado hasta ahora en epopeya, ni ningún prosista en novela.

Platón nació en 428 y falleció en 347. Vivió, pues, unos ochenta años, heredando los frescos mitos de la grandeza de los helenos, es decir, del siglo que marcó la victoria sobre los persas, y viviendo en pleno la decadencia de Atenas, la guerra fratricida del Peloponeso, la peste descrita por Tucídides, la destrucción de las murallas de su ciudad al fúnebre ritmo de las flautas, pero también la decadencia de Esparta, la fulgurante ascensión de Tebas, bajo el mando de Epaminondas. Fue contemporáneo de Eurípides, de Jenofonte, de los dos Dionisio, tiranos de Siracusa; maestro de Aristóteles, conciudadano de los grandes rectores Isócrates, Hipérides y Demóstenes, del soberbio Alcibíades, del escultor Praxiteles. Fue, sobre todo, discípulo de Sócrates. Grecia, según la interpretación racionalista y luego romántica de la historia, estaba entonces en el centro del mundo, luchando en contra de los persas en la extremidad oriental de su espacio, con los cartagineses en su mundo occidental, o sea, en lo que habrá de llamarse la Magna Grecia. Fue también discípulo del sofista Critias, pero conoció a Sócrates en su juventud y nos transmitió, ampliándola, transformándola en diálogos escritos, la enseñanza oral del maestro, los sofistas eran entonces lo que los marxistas de la Sorbona son hoy: unos maestros a sueldo que enseñaban a los jóvenes, bajo una falsa luz materialista, el arte de asimilar y aprovechar lo que ellos suponían saber acerca del mundo exterior, según un método controlado por la razón y los sentidos. Algunos de ellos creían hasta en la inmortalidad del alma y en los dioses; otros, no, y estos maestros del vivir práctico, como el famoso Aristipo de Cirenes elevaban el placer experimentado a través de los sentidos al rango de suprema sabiduría, anticipando la enseñanza de los hedonistas. Lo que ellos enseñaban, como decía Platón, eran unas opiniones, pero no la verdad. Estos pequeños espíritus, a los que Platón combatió durante toda su vida, fueron los verdaderos destructores de la ciudad griega.

La muerte de Sócrates, que simboliza para todos los siglos el sacrificio del sabio en nombre de sus ideas, condenado a muerte por la incomprensión de los dirigentes democráticos de su propia ciudad, constituye sin duda el acontecimiento más doloroso en la juventud de Platón, el que le hizo cambiar el rumbo de su vida. Pero el drama mayor de esta existencia ejemplar no fue, según mi opinión, la muerte del viejo maestro, sino otra muerte, la de su Dión, su discípulo favorito, al que Plutarco dedica todo un capítulo en sus Vidas paralelas. Mientras Sócrates inicia a Platón en los misterios de la sabiduría e, indudablemente, en otros misterios que nadie estaba autorizado a comunicar o divulgar por escrito. Platón transforma a Dión de Siracusa en el instrumento realizador de sus principios y de su doctrina política. El trágico fin de Dión acaba no sólo con una vida destinada a las más brillarles hazañas, filosóficas y políticas a la vez, sino que destroza para siempre el gran proyecto de Platón, el sueño de la ciudad ideal, fundado en sus dos famosos libros La República y Las Leyes.

¿Quién fue Dión? ¿Cómo llegó Platón a conocerle? ¿Por qué este trágico fin de un hombre llegado al poder en plena madurez y asesinado en plena gloria? Estas preguntas constituyen por sí mismas de la tragedia de Platón, que no culmina, lo repito, con la muerte de Sócrates, sino con la de Dión. La muerte de los maestros es un fenómeno normal, inscrito en las leyes de la naturaleza; la de los discípulos implica, sin embargo, como en este caso, un porcentaje de responsabilidad que puede transformar el crepúsculo de una existencia humana en un fracaso, a pesar de todas las coartadas y de todas las justificaciones.

El día en que Sócrates bebe la cicuta, Platón tiene veintiocho o veintinueve años. Atenas cambia otra vez de régimen, el partido aristocrático vuelve otra vez al poder, los dos tíos maternos del joven filósofo dirigen los destinos de la ciudad y tratan de consolarle ofreciéndole puestos importantes; pero Platón abandona bruscamente su patria y se dirige hacia Egipto, donde, en Heliópolis sobre todo, es iniciado en otros misterios y estimado como digno de conocerlos. Egipto, constituye, en muchos sentidos, la protohistoria de Grecia, continuando a su vez otras tradiciones más antiguas, cuyas raíces se hunden tanto en el lejano y próximo Oriente, como en un lejano y casi mítico Occidente, en aquella Atlántida que colindaba con el país gaditano y a la que Platón mismo describirá como a una realidad histórica tanto en el Timeo como en el inacabado Critias.

Después de milenios dedicados a vivir la historia de una manera casi irreal, en los que toda la actividad humana estaba sometida a una superactividad religiosa, siendo lo exterior un simple reflejo de lo interior y lo visible de lo invisible, Egipto estaba agotándose lentamente en la época en que Platón viene a visitarlo. Como en todo proceso de descomposición, asistimos aquí también a una separación cada vez más acentuada entre lo divino y lo humano, a un desbordamiento de este sobre aquel, a lo que Heidegger llama «una desvalorización de los antiguos valores supremos», concentrada en la fórmula que Nietzsche habrá de aplicar a Occidente, en la misma fase menguante, en la terrible fórmula del «Dios ha muerto». A pesar de esta decadencia religiosa, llevando detrás de sí el cadáver de la decadencia política, las antiguas verdades vivían aún aisladas del mundo en los templos, donde Platón pudo conocerlas.

Grecia empezaba también su descenso crepuscular, entrada ya en una fase agnóstica, divulgada por el teatro de Eurípides, y el fenómeno se había producido de manera violenta, algunos años atrás, cuando Platón era todavía un adolescente, en plena guerra del Peloponeso. Es preciso insistir sobre este tema, porque sólo así comprenderemos mejor la tonalidad lúgubre, a veces espantosa, que acompaña la vida del autor del Banquete. En efecto, mientras la suerte de la guerra entre Esparta y Atenas no se había aún decidido, Alcibíades había concebido el fabuloso plan de invadir la Sicilia, conquistar Siracusa, aliada de Esparta, y, con las riquezas de este nuevo mundo helenístico, continuar la guerra y arrebatar la victoria final. Los atenienses, a pesar de la peste y de las derrotas, lograron lanzar a la mar la armada más poderosa que los griegos habían jamás construido. Nada parecía poder resistirle. Sólo que, días antes de que la armada saliera rumbo a Sicilia, los Hermes de piedra situados en las encrucijadas, fuera y dentro de Atenas, imágenes del dios del comercio y de la elocuencia, mensajero de los dioses, fueron profanados y mutilados por manos sacrílegas. La población de Atenas quedó horrorizada, los demócratas en el poder acusaron a Alcibíades, pero la investigación ordenada por el Gobierno no dio resultado alguno y la armada se hizo a la mar, bajo el mando del mismo Alcibíades. Esta profanación marca un momento crucial en la historia de Grecia, en la evolución o en la involución de su espiritualidad.

Platón era entonces un adolescente, pero el acontecimiento no dejó, por cierto, de impresionarle, como a todos sus compatriotas. Evidentemente, la expedición a Siracusa acató en un desastre, los navíos de guerra fueron hundidos y los hoplitas atenienses cayeron en los campos de batalla de Sicilia, mientras miles de prisioneros perecieron lentamente en las cárceles de Siracusa, llamadas Latomias, y que todavía se pueden visitar. Todo empieza, pues, por una profanación, la decadencia de los pueblos, como la de los individuos, y esta historia de los Mermes de piedra mutilados por los atenienses no dejó, sin duda, de orientar el pensamiento de Platón hacia lo que se podrá llamar el origen del mal en la historia, al que el filósofo evocará como causa de la descomposición cuando hable del fin de Atlántida.

Con la victoria sobre los atenienses y, años más tarde, bajo el mando de Dionisio I o el Viejo, que logró vencer a los cartagineses y arrinconarlos en el extremo occidental de Sicilia, Siracusa llega a ser la más grande y poderosa ciudad helénica, encabezando un verdadero Imperio, cuyas posesiones o colonias se extendían sobre parte de Italia, hasta el Adriático. No hay tampoco que olvidar que fue Siracusa la que dio el último golpe al poderío marítimo de los etruscos. Antigua colonia de Corinto, ciudad dórica, como Esparta, Siracusa supo atraerse a varios poetas y dramaturgos del viejo mundo y poco a poco influyó políticamente en el destino de su antigua metrópoli, aliándose con los persas, comerciando con todo el mundo, siempre amenazada por su enemigo hereditario, Cartago, con el cual continuó luchando hasta en el momento en que Roma acabó con los dos a la vez. Pero cuando Platón vino a Siracusa, Roma no era más que una pequeña ciudad, casi desconocida, guerreando con los etruscos, en algún sitio sumergido detrás de las tinieblas de la barbarie.

Enriquecido con las enseñanzas recibidas en Egipto, Platón se dirige primero hacia Taranto, ciudad de la Italia meridional dirigida por Architas, discípulo de Pitágoras, luego hacia Siracusa, puesto que la valentía del tirano Dionisio y el poderío de esta ciudad habían puesto a Platón sobre una nueva pista que nunca más abandonará: convertir al tirano a la filosofía y reformar, a través de Siracusa, todo el mundo helénico. Proyecto impresionante y atrevido, digno de una mente empapada de toda la sabiduría de su tiempo, asustada por la gravedad y el visible progreso de la Verwesung o descomposición heideggeriana, convencido de que el avance del mal no podía ser interrumpido o aplazado sino con la intervención de un cambio absoluto tanto en la vida interior de los hombres como en la organización de la sociedad griega en general.

Durante varios meses, un dialogo apasionante se desarrolla entre el filósofo y el político. Platón era ya un nombre conocido y había publicado parte de su obra. Dionisio —escritor en sus horas perdidas— protegía a los literatos y sofistas que invitaba a su corte de Ortigia y los recompensaba generosamente cuando entonaban su elogio, o condenaba a perecer en las Latomías cuando se permitían contradecirle. Los que lograban salvarse llenaban el mundo griego de sus lamentaciones y calumnias, forjando poco a poco el mito del tirano Dionisio, prototipo de la tiranía, que el historiador alemán Karl Friedrich Stroheker deshizo en parte en el libro que le dedicó recientemente. Dionisio fue un gran general, un gran constructor de fortalezas y un hábil político, logrando colocar a Siracusa en una posición directora frente a las demás ciudades griegas. El solo hecho de haber humillado a Cartago y de haberla casi echado de la Sicilia, constituye un mérito que habla por sí mismo a su favor. Sin embargo, este hombre no concebía la filosofía y la literatura más que como unos laureles personales, y si soportaba la presencia de los literatos a su alrededor era bajo forma de «écrivains engagés», de poetas a sueldo, como solemos decir hoy en relación con un fenómeno similar, muy de moda tanto en Oriente como en Occidente, en la nueva Atenas como en la nueva Esparta.

Fiel a la enseñanza de Sócrates, según el cual cada hombre esconde en sí mismo un alma buena y noble, capaz de comprensión y grandeza, a la que una hábil partera espiritual basta para sacar a la luz, Platón creyó poder transformar a Dionisio de tirano en político ideal. Y no lo logró. En su Séptima epístola, la única auténtica de sus cartas, escrita desde Atenas después de la muerte de Dión, Platón cuenta las fases de esta lucha grandiosa e inútil. Después de varios meses de conversaciones filosóficas, las relaciones entre los dos habían de tal manera empeorado, que Platón llegó a temer por su vida. Harto, por fin, de filosofía, el tirano permite a Platón regresar a Atenas, embarcándolo en una nave que salía rumbo a Grecia, pero pagando a su capitán para que, una vez en alta mar, lo hiciera ahogar, temeroso de que, una vez de regreso, Platón hablara mal de su régimen. Por motivos que desconocemos, Platón se salvó y fue desembarcado en la isla de Egina, que en aquel momento se encontraba en guerra con Atenas. Considerado como ciudadano de una ciudad enemiga, Platón fue despojado de todos sus bienes y enviado al mercado, junto con otros atenienses, encadenados como él, para ser vendidos como esclavos. Su noble proyecto acababa, pues, de manera penosa y trágica, y sólo la presencia de cierto Annikeris de Cirenes, que lo reconoció, lo compró y lo libertó seguidamente, pudo salvarle de un fin absurdo, que hubiera privado a la humanidad de tantas obras maestras.

Una vez de regreso en Atenas, los amigos del filósofo reunieron una importante cantidad de dinero y se la entregaron, en compensación de sus desventuras; pero él no la aceptó sino para comprar, cerca de la ciudad, el jardín de Academos, donde fundó lo que pasó a la historia bajo el nombre de Academia platónica, madre de todas las academias.

El primer viaje a Siracusa hubiera sido el último si, en la corte de Dionisio, Platón no hubiera encontrado a un joven genial, cuñado del tirano, que aceptó con entusiasmo la doctrina del autor del Fedón, renunciando a las orgías y a la corrupción que reinaban en aquel ambiente, para vivir según la filosofía tradicional y los principios pitagóricos, de los que, a su vez, Platón era fiel seguidor. El tema del pitagorismo es otro aspecto importante del mundo helénico, porque representa en cierto modo la corriente secreta o casi, opuesta a la ruidosa filosofía oficial y cuyo influjo continúa ejerciéndose hasta los albores de la era cristiana e incluso después, prefigurando, junto con Platón y los metafísicos, al mismo cristianismo, influyendo ocultamente a todos los grandes espíritus de la antigüedad, desde Sócrates hasta Virgilio y Ovidio, formando una secta religiosa, que logró ocupar el poder en varias ciudades y salvar todos aquellos valores heredados de los tiempos más lejanos, para continuarlos en medio de la descomposición que había de hundir a los griegos y luego a los romanos. Los pitagóricos cultivaban unos valores que llegaban intactos, a través de una transmisión oral, en parte secreta y religiosa, en parte pública y moral, desde aquel vasto espacio histórico al que aludía al comienzo, y que sintetizaba en su enseñanza la sabiduría de toda la prehistoria, desde la India hasta la Atlántida. Pero este es otro cantar...

El joven Dión llegó a ocupar un puesto de primer orden en Siracusa después de la muerte de Dionisio el Viejo, en el momento en que su hijo Dionisio II o el Joven hereda la tiranía. Dieciocho años después del primer viaje a Siracusa, Platón es invitado allí por el nuevo príncipe, amigo y pariente de Dión. El deseo de Dionisio era el de perfeccionarse en la filosofía y dar una ley constitucional a su ciudad, con la ayuda de Platón y según sus principios. El viejo sueño de Platón, forjado en Egipto, parece tener otra vez la posibilidad de realizarse. Durante todos estos años pasados en Atenas y dedicados a sus libros y a la Academia, Platón había escrito la mayor parte de su obra, o sea, El Banquete, el Fedón, La Politeia o La República, habiendo puesto en esta última las bases efectivas de su ciudad perfecta, reflejo terrenal de la misma idea de ciudad. En 366, Platón emprende otra vez viaje hacia Siracusa, donde es recibido como un príncipe. Alojado en Palacio, toma contacto con Dión, su discípulo, y emprende la metanoia, la transformación total de Dionisio, el cual tenía que ser forzosamente el realizador y el conductor de la futura, la ciudad platónica, salvadora de los griegos. Según Diógenes Laercio, uno de los primeros biógrafos de Platón, el tirano estaba dispuesto a conceder al maestro un territorio en Sicilia y los medios necesarios para la edificación del modelo de todas las ciudades.

Sin embargo, Platón tenía en Siracusa un enemigo poderoso en la persona del historiador Filistos, antiguo consejero de Dionisio el Viejo, espíritu retrógrado, fiel a su dueño y señor y a las tradiciones que la tiranía había creado y perpetrado en el alma de muchos, según las reglas de los intereses creados y de cierto espíritu de cuerpo y de generación, que hoy llamaríamos estalinismo. Filistos obró con habilidad para comprometer a Platón y para destruir a Dión, el verdadero animador de esta reforma, convenciendo a Dionisio de que Dión era un traidor, de que traficaba con los cartagineses y de que, apoyándose en Platón, ambicionaba el poder y, por consiguiente, la muerte del príncipe. De carácter endeble, Dionisio se dejó convencer por Filistos, atrajo a Dión en una playa desierta y lo hizo embarcar en una nave, exiliándole, primero a Italia, luego a Grecia. Ante Platón se justificó afirmando que Dión era un estorbo entre ellos, que había traicionado a Siracusa, que sólo él podía ayudarle a erigir la ciudad ideal, que estaba dispuesto a seguir al pie de la letra sus enseñanzas. Y la reeducación del tirano continuó, hasta el día en que Platón se dio cuenta de que todo había sido una trampa, de que su apasionada propedéutica no había servido para nada, ya que Dionisio no mejoraba ni como hombre ni como príncipe, y de que el tirano lo había retenido un año entero en Siracusa como simple rehén, con el fin de impedir a Dión de intrigar contra él en el exilio. El día en que se sintió bastante fuerte para no tener en cuenta el peligro que Dión podía representar para él, despidió a Platón, que regresó sin novedad a Atenas.

Aquí Platón vuelve a encontrar a su discípulo siracusano, el cual, debido a su inteligencia y a los medios materiales de los que disponía, se había creado una alta posición en la sociedad ateniense, consiguiendo incluso la ciudadanía, frecuentando la Academia y ayudándola a ampliar sus locales y a enriquecer sus colecciones de manuscritos. Dión correspondía cada vez más al ideal político platónico, y la idea de organizar a los exiliados siracusanos y desembarcar un día en Sicilia para derrocar a Dionisio y conseguir el poder empezaba a tomar forma en su mente. Sin embargo, para Platón la situación se presentaba, al parecer, desde un punto de vista algo distinto, ya que, seis años después de su regreso de Siracusa, acepta otra vez una invitación de Dionisio y sale de Atenas, con el fin esta vez, no sólo de convertir al tirano a la filosofía, sino también de tratar de intervenir a favor de Dión, de manera que el regreso pacífico de éste impidiese el estallido de una guerra civil.

Igual que las otras veces, el tirano dio al principio pruebas evidentes de buena voluntad, cambio de vida y de costumbres, dejando creer a Platón que iba a convertirse en un buen príncipe. Resulta evidente, según la Séptima epístola, según las notas biográficas de Diógenes Laercio y Las vidas paralelas de Plutarco y según la moderna interpretación de Wilamowitz-Moellendorff y Werner Jaeger, que las intenciones de Dionisio eran las mejores, y que este hombre inteligente, abierto hacia todo lo que representara la posibilidad de una transformación interior, poseía un carácter movedizo, sujeto a las variaciones más imprevistas, deseando por un lado atraerse a Platón y seguir su enseñanza, pero arrastrado, al mismo, tiempo, por la tradición política de la tiranía, aplastado por el recuerdo de su padre, esclavo de lo que Croce llamaba la «historización», o sea, la fatal integración de todo lo nuevo, incluso de las revoluciones, en el ritmo permanente de lo que constituye el camino de la historia, el carácter de un pueblo y una dirección de los acontecimientos situada más allá de la voluntad de un político o de un partido. Basta constatar. por ejemplo, los resultados de este proceso de la historización observando la rápida integración de la Rusia comunista en la tradición política de la Rusia zarista. De la misma manera, Dionisio el Joven, a pesar de sus ambiciones, digamos intelectuales, se verá obligado a ser un continuador de Dionisio el Viejo. Platón hizo lo que pudo para dar un sentido y una doctrina al Estado siracusano, pero fracasó ante los dos tiranos.

En poco tiempo, las relaciones entre el príncipe y el filósofo se precipitaron otra vez en la enemistad. Corría el año 361. La última ruptura tuvo como motivo a Dión. En efecto, Dionisio decidió de repente vender los bienes que aquél poseía en Siracusa, sin tener en cuenta sus promesas, lo que indignó a Platón, que intervino inútilmente a su favor. Indispuesto por esta actitud, Dionisio lo echó de Palacio y lo alojó en el cuartel de los mercenarios, los cuales, convencidos de que Platón había querido influir sobre el tirano para que éste disminuyera sus sueldos, decidieron matarle. Es fácil imaginar la situación del ateniense en medio de la soldadesca extranjera, gente bárbara y feroz, que veía en él al enemigo de su bienestar material, ignorando sus escritos y hasta la existencia de la Academia.

Lo que salvó esta vez a Platón fue la intervención directa de Architas de Taranto, que envió un barco a Siracusa, en el que el filósofo pudo regresar a Grecia.

Durante los cinco años que siguen, la Academia, debido al influjo personal de Dión y al rumbo que habían tomado los acontecimientos sicilianos, se transformó en un núcleo político muy activo, planeando y organizando la expedición que iba a culminar con el retorno del exiliado y con la caída de Dionisio. En el fondo, la Academia había sido creada con el fin de forjar, a la faz de la disciplina filosófica, un nuevo tipo de hombre político, capaz de corresponder a la situación impuesta a los griegos por los peligros exteriores y por la descomposición interior. Los principios expuestos en La República tenían que realizarse a través de alguien, y si la experiencia con Dionisio había fracasado tan rotundamente, era lógico pensar que el verdadero discípulo de Platón, cincelado durante años por la mano misma del maestro, presentaba otras posibilidades de éxito.

Perfectamente informado acerca del espíritu que animaba a los siracusanos, deseosos de acabar con Dionisio, Dión organizó un cuerpo expedicionario, concentró una pequeña flota en la isla de, y acompañado y aconsejado por otro discípulo de la Academia, Calipos, emprendió la expedición libertadora, mientras Dionisio se encontraba guerreando fuera de Sicilia. Siracusa no opuso ninguna resistencia v abrió las puertas de par en par para recibir a Dión como u un dios, ofreciéndole el poder supremo. Sólo el castillo de Ortigia, situado en la pequeña isla homónima, ligada a la tierra firme por un puente, quedó en manos de los partidarios del tirano. Este regresó apresuradamente, y una guerra en pequeño estilo continuó por algún tiempo entre la ciudadela fortificada, ocupada por Dionisio, y el resto de la ciudad, ebria de entusiasmo, abusando en seguida de la libertad para convertirse en una democracia deforme y anárquica, expuesta tanto a los ataques de Dionisio como a los de los cartagineses, cuya ambición era de volver a conquistar todo lo que habían perdido durante el reinado de los dos tiranos. Esta situación simbolizaba con bastante claridad la del mundo griego en general, representando Dionisio el mal interior que corroía a la sociedad helénica, y los cartagineses el mal exterior, la próxima caída en las garras de la historia.

Frente a esta situación, obligado a gobernar sin energía, para no exponerse a ser acusado por los suyos de haber echado al tirano con el solo fin de reemplazarlo, el discípulo de Platón se vio en la imposibilidad de dominar la situación. Cuando, asustado por la evolución de los acontecimientos, empezó a gobernar con mano firme, transformándose, a su vez en lo que él mismo no quería ser, haciendo asesinar a los que amenazaban el orden, arrepintiéndose luego, dando prueba así de crueldad y de flaqueza, infiel a la política vulgar como a la ideal, era ya demasiado tarde. Su mismo condiscípulo de la Academia, el que lo había acompañado a Siracusa, el platónico Calipos, lo hizo asesinar en su casa y puso fin de este modo a la democracia en Siracusa, como también al viejo sueño de Platón. En el año 353 la muerte de Dión acaba con lo que se podría llamar el ideal político de la Academia platónica, ya que el discípulo asesinado simbolizaba el instrumento realizador de toda una doctrina, elaborada a lo largo de una vida de estudio y experiencias, centrada no sólo en la preparación interior de los individuos y en la salvación personal de las almas, sino también en la reforma de la ciudad griega. Calípolis deja de ser en el momento en que Dión cae acribillado por un puñal, víctima de otro discípulo de Platón, víctima también de lo que más tarde llamarán una utopía, o sea, un sueño de perfección social destinado siempre a fracasar en el momento mismo en que la letra escrita chocaba con la realidad. El sueño de Calipolis no dejó jamás de atormentar a los hombres. Acaparado por mentes menos profundas que la de Platón, el mito de la ciudad ideal ha constituido varias veces la tortura mayor que la historia ha sabido infligir a los seres humanos. Nuestra época, como tantas otras en el pasado, no se ha salvado de este castigo, y si la humanidad se estremece de miedo ante los caprichos de los tiranos actuales, si millares de hombres siguen pereciendo en las Latomías del mundo, si millones de inocentes no tienen qué comer, si la guerra amenaza con destruir a la humanidad, es porque otras utopías están tratando de cincelarnos en contra de nuestra voluntad, en contra de lo que es natural y justo, ambiciosas de hacer coincidir unos principios con la fuerza inmutable de los instintos o de las tradiciones. Platón, por lo menos, tiene una justificación mayor: la de haber querido evitar todo derramamiento de sangre y de haber preparado con cuidadoso amor al que tenía que realizar el milagro. El discípulo pagó con su vida, el maestro continuó llorando hasta su muerte sobre las ruinas de su ideal. Sin embargo, los dos siguen viviendo, unidos en este mito de la anticaverna, en el que llegó a concretarse el ideal filosófico y político de Platón.

Y este es el símbolo más profundo del arte. Si pensamos que la palabra misma viene del griego areté, o sea, virtud, y que el arte respetó siempre esta ascendencia, que implica no sólo la habilidad de hacer, sino también un sentido ético muy ambicioso, me parece inútil insistir aquí sobre la relación que podemos fácilmente establecer entre el concepto de descomposición, entendido como calda o involución, y el divorcio evidente entre arte y areté, característico de los tiempos modernos, quiero decir, de los tiempos en los que «Dios ha muerto», o ha sido alejado de nosotros por los sacrílegos, descendientes de los que en Atenas profanaron los Mermes de piedra y marcaron el principio de la decadencia ateniense. El problema es tal actual hoy como entonces, ya que Atenas somos nosotros, sus herederos, y la amenaza exterior es tan grande como la interior.

Paul Hazard había situado el principio de la descomposición o de la crisis occidental a fines del siglo XVII, en el momento en que la intelectualidad europea se aleja decididamente de los valores digamos tradicionales o religiosos y acepta como norma artística y como ley de vida cotidiana la depreciación de los valores supremos de los que habla Heidegger. La libertad del individuo coincidió, pues, con la negación de todos aquellos valores que Platón quiso salvar, que fueron reconocidos como tales por el cristianismo, que dieron al concepto de areté un nuevo empuje durante el Renacimiento y que perecieron bajo el alud de falsos atrevimientos llamado progreso. El arte —como también toda literatura en un sentido antiespiritualista o antirreligioso, claro está—, separado de su sentido originario, ha llegado a ser, bajo nuestros ojos, la negación de sí mismo, ya que a lo largo del proceso de la descomposición nos hemos separado poco a poco de todas las raíces e ignoramos por completo lo que cada palabra de nuestros idiomas quiere decir. En el tiempo en que fueron creadas, las palabras tenían un sentido sacramental o religioso y expresaban siempre una relación directa entre lo creado y el creador. Es lógico que un artista que ignore la significación de la palabra arte, en la que vive y de la que vive, sea un falso creador, un mono de Dios, un escultor en las tinieblas y no en la luz. De aquí el carácter demoníaco del arte moderno, que parece una liberación y que es una esclavización, instrumento de lo político, o sea, de las utopías, o sencillamente de la anarquía o del nihilismo, al que Heidegger identifica con la decadencia.

No se trata, evidentemente, de volver atrás y de integrarnos, como pensaba Berdiaev, en una nueva Edad Media, o en la era patrística o siquiera pitagórica, ya que todos estos regresos son tan absurdos y peligrosos a veces como aquellos saltos hacia el porvenir realizados sobre montañas de cadáveres. Se trata de reintegrar en nuestra mentalidad de artistas o de entendedores del arte el sentido verdadero de las cosas, de crear con el fin de mejorar, puesto que, por ejemplo —colocándolo todo en el plan general de lo que acabo de decir—, no hay nada más ridículo que una novela pornográfica escrita y luego leída por seres humanos contemporáneos de la era atómica, ya que el progreso material debe suponer un progreso espiritual por lo menos igual. O, entonces, si este absurdo fenómeno es posible —y lo es—, hay que pensar que la mentalidad poco evolucionada del autor y del lector de libros pornográficos no constituye un contrasentido, sino que, al contrario, coincide con la mentalidad y el nivel intelectual de los creadores del progreso material. Y, en este caso, volvemos sin querer a lo que Platón quería decir cuando hablaba de la separación que se produjo en Atlántida entre los hombres y la fuerza superior que les había enseñado la civilización, que los hombres habían utilizado para progresar en lo material, y que acabó por arrastrarlos hacia el terrible fin que conocemos y que no es una leyenda, sino una realidad, tan humana y tan verdadera, tan trágica y tan aleccionadora como todas las épocas de la vasta historia del género humano.

¿Por qué, en fin, Platón, personaje de novela? Porque la novela —una novela fiel al concepto de areté— puede dar cuenta de la totalidad del fenómeno Platón, en el sentido de que vida y obra, todo lo que la exegesis filosófica o la simple biografía ignoran recíprocamente, sólo la novela es capaz de presentarlo bajo una luz de unidad. Si hay un drama Platón, tan profundo y humano como todos los dramas sobre los que se ha fundamentado nuestro vivir de hoy y de ayer, implicando vida y doctrina, sentido secreto de su lección, dolor y conocimiento, esto nadie más que un novelista lo puede recrear, transformándolo en contemporaneidad y, al mismo tiempo, en obra de arte.

Si he sido algo tenebroso y pesimista en lo que les he dicho aquí, les ruego me perdonen. Al fin y al cabo, creo poco en los optimistas, gente extrovertida, que vive de aperitivos espirituales. Lo importante es saber mirar hacia adentro y tratar de perfeccionar incesantemente lo que somos en realidad, aquella posibilidad de perfección que Sócrates veía en el fondo de cada uno de nosotros.

Todo lo demás son arcos de guirnaldas, brillantes hoy, podridos mañana, bajo los cuales pasan sin parar los vacíos reyes del día, enemigos de los hombres. Es así como hay que entender estos admirables versos de Hölderlin, con los que cierro el paréntesis que es toda conferencia:

Pero allí donde está el peligro

también está lo que salva.

 

Conferencia pronunciada en el Ateneo de Madrid el 28 de enero de 1964.