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martes, 25 de febrero de 2025

"Ucrania: la colonia europea de la Rusia Soviética" por Jordi Ventura (Destino Nº. 1471; 16 de octubre de 1965)

 


Ucrania: la colonia europea de la Rusia soviética

En pocos años, e incluso meses, cierta clase de información se ha generalizado ya lo bastante para que se pueda hablar de ella un suscitar hipócritas desgarramientos de vestiduras en sectores determinados. Siendo las cosas como son, ya es posible estudiar el genocidio de ciertas naciones por parte de Stalin, puesto que las mismas autoridades soviéticas han «rehabilitado» a los chechenos, ingusetios o alemanes del Volga, casi aniquilados por orden de aquel dictador. Los campos de concentración rusos ya no son «una vil calumnia de los fascistas». Y las masas obreras del mundo ya han podido aprender que las dictaduras jamás son buenas, aunque se proclamen «del proletariado».

Claro está que ahora resulta que todo fue culpa de Stalin y, mientras se le cubre a él de oprobio, se vuelve a afirmar, sin vergüenza, la «justicia» de la «solución marxista-leninista de la cuestión nacional». Pero, como decía de Hitler uno de los jueces de Nuremberg: es imposible que un hombre solo haya podido cometer tantos crímenes. Y así, por ejemplo, el otro ucraniano, Nikita Kruschev, fue el encargado, entre otros, de realizar la labor imperialista rusa en Ucrania. Y en aquella nación, todo el aparato del Partido Comunista ruso se puso al servicio de un genocidio sólo comparable al cometido contra los judíos.

Pero de Ucrania no se habla, o muy poco. Y los soviéticos de hoy, si lo hacen, es justamente para encubrir la opresión de que es y ha sido objeto la nación ucraniana.

En este mar de confusión y de confusionismo con respecto a lo que pasa en la URSS, los rusos no se hallan solos. Por extraño que parezca, añaden su leña al fuego los «expertos» del Departamento de Estado norteamericano, para quienes en la URSS sólo hay una nación —la rusa— y las demás naciones y nacionalidades no rusas son «un invento del siglo XIX».

A ambos puntos de vista —cuando menos, verbalmente genocidas— les da un mentís (interesado, cómo no), a la China comunista, que desde hace unos pocos años ha denunciado el carácter colonialista de la Unión Soviética. E incluso, según noticias muy recientes, parece ser que Radio Pequín tiene emisiones en ucraniano para el millón y medio o dos millones de ucranianos que ahora residen en las regiones de Vladivostok y de Jabárovsk, en el Oriente soviético. Las emisiones, desde luego, son para recordar e insistir en la opresión de Ucrania por parte de los rusos. Con el paso de los años, y a medida que el pleito nacional ucraniano se daba a conocer, los partidos dependientes de la URSS han intentado diversas maniobras para evitar de explicar por qué la nación ucraniana no es libre e independiente como en apariencia promete la constitución de la URSS. Una de ellas, leída recientemente en una de sus revistas, es que hace ya más de cuarenta años que «las naciones y nacionalidades soviéticas son las más libres del mundo.» «Incluso—añaden con descarada contradicción—, a raíz de los XX y XXII congresos del PCUS han visto ampliadas sus prerrogativas». Este argumento nos recuerda que, bajo el imperio zarista, se había abolido veinte veces el suplicio del knut. Con una sola abolición —pero sincera— habría sido bastante. Y, de la misma forma, a las naciones soviéticas les habría bastado conseguir la libertad una sola vez... pero realmente, claro está.

RAZONES ECONOMICAS DE LA AGRESION RUSA

El imperialismo y la política colonial del Gobierno ruso han encontrado su expresión en la planificación economía de la URSS, basada en la explotación despiadada de las riquezas de los países ocupados, en provecho de Rusia, de su desarrollo económico y de su expansión política.

La élite política rusa, educada en la tradición imperialista, no quería aceptar la independencia ucraniana que, para ellos, representaba una pérdida demasiado importante para Rusia. El mismo Stalin en 1920, dio una explicación clarísima a la ocupación por los rusos de los restantes países del antiguo estado zarista:

«Rusia central, este hogar de la revolución mundial, no podría aguantar mucho tiempo sin la ayuda de las regiones periféricas que abundan en materias primas, en combustible, en productos alimenticios».

Esta idea, que Stalin supo vestir con fraseología seudomarxista, la repitió una y otra vez, junto con la frase —que desde entonces ha hecho fortuna— de «regiones periféricas», para designar a las naciones distintas del Estado central.

Era, pues, preciso reconquistar Ucrania y los otros países limítrofes. Y lo hicieron por medio de una guerra de las más atroces.

LOS DOS TIPOS DE COLONIAS

Es muy interesante notar que, antes de 1917, y con excepción de Lenin, ciertos marxistas rusos, si bien consideraban a Rusia como un país colonial, se olvidaban sistemáticamente de mencionar entre las colonias rusas a las naciones de Ucrania, Polonia y Finlandia. Contra este punto de vista, que perduró en la posguerra, se alzó el comunista ucraniano [Mykhailo] Volobuiev (lo cual, claro está, le costó la vida), quien, en un bien documentado artículo de 1928, sostenía que hay dos categorías de colonias: las colonias formadas por los países menos desarrollados, sin establecer distinciones en el hecho de que se hallen separadas o no de la metrópoli por el mar o el océano, u otras grandes extensiones, y las colonias de «tipo europeo». Era una variante de la teoría del marxismo etnista que hemos denominado «de las naciones proletarias». Para Volobuiev, tanto Ucrania como Polonia o Finlandia, eran colonias rusas del tipo europeo.

Como decía el profesor ucraniano: «lo esencial de las consecuencias de la dependencia de una “colonia de tipo europeo” radica sobre todo en el hecho de la desviación del desarrollo de sus fuerzas productivas en beneficio de la economía de la metrópoli.»

EXPLOTACION COLONIAL DE UCRANIA

En 1928, Volobuiev demostró que la Rusia soviética sacaba de Ucrania aproximadamente el mismo provecho de tipo colonial que la Rusia de los zares, lo cual representaba un 20 por ciento de los beneficios de la economía de Ucrania. El economista ucraniano afirmó abiertamente que la instauración del poder soviético no había resuelto en absoluto el problema de la liquidación de la situación colonial de Ucrania. Por su serie de artículos, Volobuiev fue deportado y desapareció para siempre en la década de los 1930. Pero de algo sirvió su valiente acusación ya que, por lo menos desde Volobuiev, Moscú ha dejado de publicar los datos comprometedores respecto a los beneficios de la economía ucraniana.

Aún así, la explotación colonial de Ucrania por Rusia quedo demostrada ampliamente por una serie de cifras referentes a las inversiones oficiales Así, por ejemplo, en los años 1920-1928, Ucrania proporcionó a Rusia un promedio del 40 por ciento del total de los recursos de la URSS, pero, en cambio, sólo recibió un 19 por ciento del total de las inversiones del Estado soviético. La desproporción en el reparto de las inversiones no dejaba lugar a dudas: Rusia obtenía la mayor parte, y estos porcentajes han seguido siendo iguales e, incluso, en algunos años, han aumentado. Son sobre todo las regiones étnicamente rusas (regiones económicas del noroeste, del centro, del Volga y del Ural) las que siguen recibiendo más de la mitad de las inversiones.

Rusia absorbe por lo menos un 60 por ciento de los créditos concedidos a la economía y a la población, mientras que Ucrania sólo recibe un 15 por ciento, aproximadamente. Esta política, que favorece el desarrollo de la Rusia étnica, se realiza en detrimento de la mayoría de las restantes naciones de la «Unión» y tiene como consecuencia la desigualdad discriminatoria en el desarrollo económico de las Repúblicas soviéticas, en especial de Ucrania. El Gobierno ruso, al aplicar una política colonial rígida, descuida voluntariamente el desarrollo económico de Ucrania y favorece el desarrollo de Rusia.

Generalmente, cuando pensamos en Ucrania, en seguida nos viene al pensamiento el trigo del famoso «granero de Europa» Esta fama sigue siendo justa, ya que Ucrania es un país agrícola desarrollado. Así, en 1961, Ucrania cosechó más de quince millones de toneladas de trigo, es decir, mucho más que el Canadá o que el conjunto de los grandes países de Europa. En cuanto a la producción de azúcar, ocupa el segundo lugar mundial después de Cuba. Pero Ucrania es igualmente un país industrializado, rico en recursos naturales. De hecho, es otro más de aquellos países sometidos que podrían bastarse a sí mismos en una independencia económica casi completa.

Es lo que ya supo ver el profesor Volobuvef, quien acompañaba sus reproches contra Rusia con la demanda de separar Ucrania y su economía de la Unión Soviética. Decía que, ya bajo la dominación zarista, Ucrania aspiraba a formar porte directamente de la economía mundial y que «la Revolución de Octubre» no resolvió la cuestión nacional ucraniana, puesto que Ucrania siguió siendo miembro de la URSS. Únicamente la revolución proletaria mundial, opinaba el profesor Volobuvef, podría permitir que Ucrania entrase directamente, y no a través de la economía rusa, en el sistema mundial de la economía. Y, de todas formas, según él, la URSS debería existir hasta entonces no como un sistema económico centralizado, sino como un sistema federal de las economías nacionales, distintas e independientes

Que el profesor ucraniano tenía razón, lo demuestran los resultados actuales, con la disminución constante de la parte de Ucrania en la producción total del Estado, así como lo indican las cifras siguientes, extractadas de publicaciones de la Oficina Central de Estadística de Moscú.

No hay duda de que ha habido una desigualdad progresiva entre el desarrollo de la productividad de Rusia y de Ucrania. Mientras que en Rusia la producción industrial ha aumentado cincuenta veces en comparación con 1913, en Ucrania sólo ha aumentado treinta y dos veces. En cuanto a la producción de la industria pesada, se ha acrecentado treinta y cinco veces en Ucrania y sesenta veces en Rusia. El aumento de la producción en ciertas regiones de Rusia es el siguiente: cuarenta y cinco veces en Leningrado, setenta y ocho en Moscú, ciento dieciocho en el Ural, ciento veinticuatro en las regiones del Volga-Viatka, trescientas ochenta y cuatro en Siberia occidental, noventa y cuatro veces en Siberia oriental y setenta y tres veces en el Extremo Oriente.

EL FACTOR HUMANO

Como siempre, el factor humano —ya que el hombre sigue siendo y será el capital más importante— va estrechamente ligado con los factores económicos, sociales y culturales. Por el lado demográfico, la opresión del pueblo ucraniano se ha hecho sentir, como no podía ser de otro modo, en el número global de su población. En cincuenta años, Ucrania ha perdido casi veinte millones de personas como consecuencia del genocidio, las persecuciones y las guerras. En cuanto al lugar desocupado por los ucranianos, lo toman en seguida miles de rusos, enviados allí por el Gobierno. Aplicando vanos procedimientos, uno de los cuales consiste en enviar a los ucranianos al Kazakstán o a otras regiones del Asia central so pretexto de que necesitan allí mano de obra especializada y técnicos, el Gobierno ruso soviético hace que los rusos emigran a Ucrania, con el mismo pretexto, realizando así poco a poco la colonización étnica del país.

El número de colonos rusos aumenta continuamente. En 1922 el número de rusos en Ucrania era de casi dos millones. En 1926 pasaban ya de los tres, o sea un 8 por ciento de la población del país. Pero en 1959 eran ya más de siete millones, o sea el 16,9 por ciento de la población.

Como son el núcleo del poder ocupante de Rusia, los rusos, como miembros del aparato gubernamental y económico de Moscú, habitan sobre todo en las ciudades ucranianas. Según el censo de 1959, el 81 por ciento de los rusos que viven en Ucrania (o sea 5.720.000) residen en las ciudades, en donde constituyen el 29,9 por ciento, y un 19 por ciento (1.365.000) habitantes en el campo, en donde constituyen el 6 por ciento de la población rural.

La comparación de la evolución etnográfica de los rusos y de los ucranianos demuestra indiscutiblemente la destrucción deliberada de la nación ucraniana. En 1897 había cuarenta y ocho millones de rusos y unos veinticinco millones y medio ucranianos en el territorio actual de URSS. A pesar de las guerras de 1914-20, el número de rusos no dejo crecer: el censo de 1926 revela que había entonces setenta y ocho millones de rusos y treinta y cinco y medio de ucranianos. En 1939 había noventa y nueve millones de rusos y treinta y cinco y medio de ucranianos, es decir, menos que en 1926, a pesar de la adquisición de territorios de la Ucrania occidental, con unos millones más.

No es licito, como sugieren determinados prosoviéticos, explicar esta gran disminución, por lo demás constante, de la población no rusa por la rusificación de sus habitantes, ya que los censos conservan la «nacionalidad» de quienes, por unas razones u otras, han abandonado la lengua autóctona. La explicación es mucho más dura y más espantosa a la vez. Fue el hambre de 1921-1922, en que más de un millón de ucranianos perecieron. El hambre de 1932, en que murieron un millón y medio. Y la del año siguiente, 1933 en que el número total de víctimas paso de tres millones. Estas hambres, como ahora es bien sabido, fueron provocadas adrede y «científicamente» por Stalin y lo, suyos, Kruschev entre ellos.

LA OPRESION CULTURAL

El sector de la cultura y de la educación a siempre uno de los sectores en que más se ejerce la discriminación nacional. La educación siempre fue una cosa importante en Ucrania. Y la cultura, su secuela, también. Pero, mientras que en la última década del siglo XVIII, bajo la autonomía, la Academia ucraniana de Kyiv (cerrada mis tarde por los rusos) había podido publicar 250 libros en ucraniano, en el siglo siguiente, de 1847 a 1856, tan sólo 25 libros ucranianos pudieron salvar los obstáculos presentados por la censura rusa. Sucesivos ukazes rusos fueron suprimiendo las publicaciones en ucraniano hasta que en 1876 no sólo se prohibieron las publicaciones de cualquier clase, sino incluso su importación.

La propaganda de los comunistas rusos habla hoy del mejoramiento apreciable de la educación en la URSS en comparación con los tiempos del dominio zarista. Ello es exacto, pero sólo refiriéndose a las tierras de habla rusa. No sucede igual en Ucrania según las mismas estadísticas oficiales.

Rusia: 1 escuela para 887 habitantes, en 1950; 967 habitantes, en 1956.

Ucrania: 1 escuela para 1.320 habitantes, en 1950; 1.363 habitantes, en 1956.

Ucrania padece una rusificación intensa a penas disimulada. Las protestas procedentes de la población o, incluso a veces, de los medios comunistas ucranianos, no dieron resultado alguno. Los rusos se escudan tras una fraseología «internacionalista», «una sola lengua es necesaria para la comprensión de los pueblos», etcétera, y el terror y las represalias hacen el resto.

Otro medio potente de rusificación lo constituyen las publicaciones. En este terreno domina la misma discriminación que 50 los restantes sectores de la vida política, económica, social, universitaria y cultural.

Según el censo de 1959, había en la URSS 55 por ciento de rusos, 18 por ciento de ucranianos y 23 por ciento de otras nacionalidades. Pues bien, siempre según fuentes soviéticas, el 28 por ciento de los periódicos publicados en la URSS eran en lengua ucraniana, pero —esto es muy importante— la tirada que se les permitía sólo representaba el 10 por ciento del total de los periódicos soviéticos. Los periódicos en ucraniano son pocos porque, como es sabido, periódicos y revistas son un medio eficacísimo de influir en las masas. Y lo mismo sucede con los libros, los publicados o los depositados en las bibliotecas públicas. En Ucrania hay 76.800 bibliotecas públicas (un 25 37, ciento de todas las de la URSS), con 373 millones de libros. Pero la mayoría de estos libros están en ruso, so pretexto de ello se facilita la intercomprensión de pueblos soviéticos En las bibliotecas escolares el hecho es aún más claro.

Veamos cuál es la proporción de libros en ucraniano y en ruso en los últimos años de que hemos tenido noticia, teniendo en cuerna el porcentaje de ucranianos y de rusos en la URSS…

La publicación de libros en ucraniano sólo representa el 46 por ciento de codos los libros publicados en la República ucraniana. Su tirada representa el 71 por ciento (contra el 80 por ciento en 1940) de la tirada total de todos los libros publicados en la República. Por otra parte, en Ucrania, donde hay siete millones de rusos, se publicaron en 1958 2.534 libros (títulos) en lengua rusa, mientras que en las restantes repúblicas, en donde hay cinco millones de ucranianos (por lo menos tres millones en la Federación rusa), sólo se publicaron cinco libros en lengua ucraniana. En 1961, esa día había bajado a dos.

Para los siete millones de rusos en Ucrania se publican tres diarios, pero para los cinco millones de ucranianos fuera de Ucrania no se publica ni un solo periódico en ucraniano...

LA INDEPENDENCIA Y SU DESTRUCCION

Una enorme cantidad de hechos referentes a Ucrania, desde 1917, han sido cuidadosamente disimulados para evitar que el público mundial sepa que diez días después de la revolución en el Imperio ruso, los ucranianos formaron un Gobierno independiente provisional. En diciembre del mismo año 1917, la Rusia de Lenin y Trotski, seguida inmediatamente después por Francia e Inglaterra, reconocían a la flamante República Nacional Ucraniana. Pocos días mis tarde, por Navidad comenzó la primera invasión rusa de la Ucrania independiente. Los combates continuaron hasta mayo de 1918, es decir, hasta la derrota completa de los rusos en Ucrania. Los acuerdos de paz firmados en junio previeron la normalización de las relaciones diplomáticas y consulares entre ambos países. Y, por consiguiente, el Gobierno ucraniano pudo abrir consulados generales en Moscú y en Petersburgo (Leningrado, después), así como los consulados en Kursk, Tula, Vorónezh, Kazán, Sarátov, Tsaritsyn (que más adelante Stalin bautizaría con su nombre), Astrakán, Tomsk, Omsk y en varias otras ciudades.

En diciembre de 1918, Rusia volvió a atacar Ucrania, por segunda y definitiva vez. Esta nueva invasión rusa se realizó en un momento difícil de la historia ucraniana. Durante un año, el país se encontró en el «triángulo de la muerte»: Polonia que la atacaba por el oeste; los rusos de Lenin por el norte, y los rusos blancos del general Denikin por el sur. A todo ello vino a añadirse una epidemia de tifus.

El comandante en jefe del ejército ucraniano, y presidente del Directorio de la República, Simon Petliura, era un patriota completo, cuyo patriotismo no se paraba, como los trenes rusos, en los límites del Imperio zarista, sino que abarcaba todas las tierras de la etnia ucraniana. Por ello, la asamblea proclamo la reunión a la República de Ucrania Occidental, o sea los territorios que habían pertenecido a Austria-Hungría. Estas tierras fueron el precio que Polonia cobró por contribuir, junto con los rusos blancos, a la derrota de la nueva Ucrania Era en noviembre de 1920. Ucrania volvió a quedar descuartizada y empero otra época de genocidio. Los polacos comenzaron a establecerse en masa en las tierras ucranianas de Galitzia y de Volhynia e iniciaron la polonización de los siete millones de ucranianos que el Estado contenía. El Gobierno rumano llevó a cabo una política [similar] en Bukovina septentrional, que había ocupado. Y Ucrania Transcarpática, que había sido parte de Hungría, fue incluida en Checoslovaquia.

Pero el pueblo jamás olvidó a Simon Petliura y lo que su Gobierno había representado. Por ello, el Gobierno soviético lo hizo asesinar en 1926, en su exilio de París, por el agente secreto [Samuel] Schwarzbard. Pero el ideal de la liberación de Ucrania siguió adelante. Y aun treinta años después, en el XX Congreso del Partido Comunista, [Anastás] Mikoyan tuvo que advenir a los unos de los «peligros del petliurismo».

LA ORGANIZACION DE NACIONALISTAS UCRANIANOS

A la muerte de Petliura, fue Eugene Konovalets quien le sucedió en la dirección del movimiento. Inteligente y valiente a la vez, su organización militar (UVO) y la Organización de Nacionalistas Ucranianos nuevamente creada fueron dos armas terribles que dieron mucho que hacer a los cuatro Estados que se habían repartido a su patria. Cuando su nombre llegó a adquirir tanta popularidad como el de Petliura, Moscú decidió que había llegado el momento de hacerle asesinar. Esta vez no a tiros, como a Petliura, ni en París, sino con una bomba de relojería que, en 1958, le entrego en Rotterdam el agente Valyulth [Pável Sudoplátov], haciéndole creer que era un paquete lleno de informes secretos sobre Ucrania.

La muerte de Konovalets fue un golpe serio para el movimiento revolucionario. Y los rusos aprovecharon la tensa situación internacional para propalar la especie de que los nazis se habían «desembarazado» de él por «colaborador molesto».

El pacto de amistad nazi-soviético de 22 de agosto de 1939 hizo caer Galitzia y Volhynia de manos de los rusos. Las restantes fracciones de Ucrania englobadas en Polonia las ocuparon los alemanes. Meses antes, el 15 de marzo, con la caída del estado checoslovaco, la Ucrania ocupada por los checos se había declarado independiente, bajo la presidencia de Mns. Avgustýn Voloshin. El cambio de condiciones políticas trajo también consigo un cambio en las formas de lucha por la liberación. Las filas de la OUN crecieron con numerosos militantes salidos de su cautiverios en cárceles polacas y del campo de internamiento de Bereza Kartuska​. La filas de OUN también crecieron con la República Transcarpática [República de Ucrania de los Cárpatos], que Hitler había querido dar a Hungría y que tuvo que sucumbir al tener contra a ella a polacos, húngaros y alemanes.

Loa ucranianos aprendieron así a desconfiar de las promesas nazis. Al estallar la guerra entre éstos y los rusos, el 30 de junio de 1941 los ucranianos proclamaban de nuevo la independencia y, un año después, organizaban el Ejercito Partisano de Ucrania (UPA). A la cabeza del nuevo Gobierno se hallaba Yaroslav Stetskó, y era jefe del OUN, Stepán Bandera, un ucraniano de las tierras antes ocupadas por los polacos. El ejército ucraniano de la resistencia llegó a tener más de doscientos mil hombres bajo las armas.

Igual que Moscú, Hitler quiso considerar a Ucrania como una rica colonia que explotar, y el reino de terror nazi hizo que, una vez más en su historia, los ucranianos tuvieran que luchar en dos frentes distintos, contra dos ejércitos diferentes. Stepán Bandera fue arrestado e internado en el campo de concentración alemán de Sachsenhausen. La Gestapo asesinó a miembros de su familia. Y el gobernador colocado por Hitler a la cabeza del Reichskommissar de Ucrania, Erich Koch, comenzó a despoblarla. De nuevo, el hambre volvió a abatirse sobre el país.

Con la derrota alemana y la vuelta de los rusos (que se anexionaron casi todo el territorio de la etnia ucraniana) las represalias fueron terribles. Aun así, la guerra de guerrillas fue continua, entre los años 1944 y 1952, contra una gran potencia que tenía en sus manos a la mitad de Europa y de Asia. Quizá bastará, para comprender lo que fue aquello, recordar que, en 1947, Rusia se vio obligada a firmar un tratado militar con Checoslovaquia y Polonia para acabar con el ejército clandestino de Ucrania.

Desde 1952 cesaron los verdaderos combates, si bien la lucha en sí no cesó. Desde Múnich, donde por cierto existe una Universidad de Ucrania en el exilio, Stepán Bandera siguió dirigiendo al OUN. Su nombre se había convertido en el símbolo de la liberación en la enorme cárcel de los pueblos, desde el San hasta Sajalín y el Kamchatka, para los millones de presos en los campos de concentración rusos. Bandera era el enemigo número uno del Kremlin. Era preciso aniquilarle y, después de diversas tentativas, tuvieron éxito el 15 de octubre de 1959

Fue el instrumento el agente del KGB (Comité de Seguridad del Estado ruso) Bogdán Stashynsky. El arma era un modelo de perfección, una pistola de cianuro, que el asesino escondió entre un ramo de flores. Disparada directamente sobre la nariz, la muerte instantánea daba la impresión total de un ataque al corazón.

Condecorado por los rusos y bien considerado en su país, dos años después Stashynsky pasó a Alemania Occidental, donde confesó el asesinato de Bandera, achacado hasta entonces por los rusos al «espionaje alemán» o a querellas intestinas de los nacionalistas.

Al asesinar a Bandera, quisieron suprimir al dirigente de un movimiento deliberación que era peligroso para ellos y, con él, quizá las aspiraciones del pueblo ucraniano por la libertad. Pero no ha sido así, y las noticias que, de vez en cuando, se filtran a través de la URSS dan cuenta de actos de resistencia y de nacionalismo ucranianos.

LA LUCHA IDEOLOGICA POR LA LIBERTAD

Si alguien pregunta: ¿hay movimientos activos de resistencia en la Ucrania actual?, la respuesta será afirmativa si se refiere a hacer volar trenes, disparar contra coches oficiales, tirar bombas incendiarias dentro de vagones destinados al transporte de granos o sabotear oleoductos. Pero este tipo de lucha no es ya muy eficaz en la URSS actual. Al fin y al cabo, la pérdida de cinco, o incluso cincuenta trenes no hará mucha mella en el sistema de seguridad soviético o en su potencial militar o industrial. Y las células de resistencia lo saben, si bien algunas siguen prefiriendo este sistema clásico de guerrillas. Pero la mayoría de los grupos resistentes saben que han de atacar al corazón de lo que perjudicará más a Moscú: su cohesión y estabilidad política internas. Los rusos dicen que el sistema capitalista lleva consigo los gérmenes de su propia destrucción. Resulta que esta es una gran verdad referida al sistema del imperio ruso soviético.

Y su talón de Aquiles es la genocida opresión de su política nacional. Sin ella jamás se habría formado el ANB (Bloque Antibolchevique de Naciones) encabezado por Ucrania, uno de cuyos miembros, el ucraniano P. Poltava, decía en un folleto circulado en Kyiv y Leópolis en 1950:

«Nosotros, los nacionalistas ucranianos, no somos chauvinistas. Al luchar por un Estado ucraniano independiente sólo luchamos por la obtención para el pueblo ucraniano de los mismos derechos de que gozan desde hace tiempo la mayoría de las naciones del mundo.

Queremos vivir en amistad y colaboración con todos los pueblos del mundo, con inclusión del pueblo ruso si edifica su Estado dentro de sus territorios etnográficos. No luchamos contra ningún pueblo vecino, sino únicamente contra todas las fuerzas imperialistas que nos oprimen o tienen la intención de oprimirnos.

Nosotros, los revolucionarios ucranianos, luchamos: 1.º, por el Estado ucraniano independiente en los territorios de la etnia ucraniana, con un régimen político y social justo...; 2.º, por la realización de la independencia nacional de cada nación de la Unión Soviética; 3.º, por la eliminación de todo imperialismo en la vida internacional: 4.º, contra el bolchevismo, por una democracia verdadera, contra la dictadura y el totalitarismo de cualquier clase que sea, por la libertad de palabra, de prensa, de reunión y de ideologías.»

Jordi Ventura, Destino, 16 de octubre de 1965, nº 1471, pp. 30-33 y 35.

viernes, 12 de agosto de 2022

Tres artículos sobre Ucrania de Iury Lech en "La Vanguardia" ( "Ucrania: un no resuelto problema" -28 de septiembre de 1989; "Mitos en retirada" -19 de enero de 1990- y "El nacionalismo útil" -27 de marzo de 1990)

 


Ucrania: un no resuelto problema

LA reciente manifestación multitudinaria nacionalista contra la ocupación del Ejército Rojo realizada en la ciudad ucraniana de Lviw (Lvov en ruso) pone de nuevo en evidencia el absurdo histórico que todavía padecen las repúblicas soviéticas, exceptuando, claro está, a Rusia.

Es más que significativo que el acto no haya tenido lugar en la capital, Kiev, y sí en una ciudad con fuerte herencia religioso-patriótica —corre la broma de que allí hasta los agentes del K.G.B. hablan el ucraniano— en donde a finales de 1918 se conquistó por tercera vez en su historia la independencia de Ucrania, estableciéndose la República Nacional de Ucrania Occidental, privilegio que no duraría más de dos años.

Ucrania es una nación de esencia europea, con cincuenta millones de habitantes y casi un millón de kilómetros cuadrados de superficie, pero hasta el catastrófico accidente nuclear ocurrido en Chernóbil, fue prácticamente desconocida —o excluida ‘con premeditación— por la Europa ilustrada. Dos son las asignaturas pendientes que más sensibilizado tienen el pueblo ucraniano: su independencia del conjunto soviético y la libertad de excepción religiosa. Plantear la existencia de una Ucrania libre y soberana traerá consigo inevitablemente un reexamen de sus fronteras y en el supuesto caso de obtenerse, Rusia exigiría la cesión de aproximadamente nueve provincias y parte de territorios limítrofes, con lo que se quedaría sin salida al mar ni industria básica, y si a esto le agregamos las pretensiones polacas sobre las provincias occidentales, los ucranianos, ahora con una nación más grande que España y Portugal, se quedarían con un trozo de territorio reducido a la extensión de la isla de Cerdeña.

En el apartado religioso, el problema radica en poner de acuerdo a las dos mitades de Ucrania, esto es, la del este, o “rusificada”, donde la Iglesia ortodoxa es la regidora absoluta, con la del oeste, o “polonizada”, en la cual son mayoría los católicos “uniatos" adheridos al rito oriental, forzados durante la época estaliniana a integrarse a la Iglesia ortodoxa rusa, que vive en una situación de clandestinidad con menos de trescientos sacerdotes y conventos y monasterios secretos. Para los ucranianos, nación e iglesia significan lo mismo, por lo que esta escisión interna representa su talón de Aquiles al cual sus enemigos no han dejado de asaetear.

Durante la conmemoración en Lviw, el dirigente Viatcheslaw Chomovil del Grupo de Helsinki de Ucrania —la mayor parte de sus miembros más destacados ha perdido la vida en los “gulags" siberianos— no en vano manifestó que de seguirles en sus reivindicaciones Ucrania oriental “se acabará el imperio ruso". Hay que destacar que Chomovil, leninista convencido y que conoce a Marx y las leyes soviéticas mejor que sus inquisidores, fue prisionero en los campos de concentración por casi dos décadas, por el solo hecho de negarse a testificar en juicios ilegales y cerrados contra intelectuales ucranianos que pedían el reconocimiento de la soberanía de su país, y plasmar su impresionante testimonio en un libro que fue sacado de la Unión Soviética de contrabando, publicado en Canadá bajo el título de "Los documentos de Chomovil"

Las reivindicaciones de los ucranianos, así como de las demás repúblicas en cuestión, son un tema demasiado espinoso para la cúpula del PCUS, y su secretario general, Mijail Gorbachov, ya ha expresado en reiteradas ocasiones, invocando sospechosamente a la “perestroika” (lo cual tiene connotaciones de estar poniendo a punto la maquinaria del “terror preventivo”), que no tolerará el peligro de los nacionalismos ni aventuras independentistas.

No hay más que recordar los trágicos sucesos en Alma Ata o Tiblisi, lo cual supondría para Rusia, y no para la unidad del partido, al fin y al cabo la beneficiaría mayor de la URSS, una total e irremediable ruina económica. No hay que olvidar que las reformas incentivadas por Gorbachov están dirigidas a terminar con la corrupción dentro del sistema y no para acabar con el sistema comunista en sí. Un cambio en la política inmovilista soviética con respecto a los nacionalismos es más un loable deseo que una realidad aplicada a corto plazo con modificaciones trascendentes; sin una verdadera ayuda exterior todo intento separatista está destinado al peor de los fracasos. Ya Cioran llamó la atención sobre el mesianismo de los rusos y su aspiración a “salvar” al mundo, derivado de “una incertidumbre interior, agravada por el orgullo, por una voluntad de afirmar sus taras, de imponérselas a otros, de descargarse sobre ellos de un exceso sospechoso

En la actualidad, Ucrania tiene un estatus similar al de una colonia y se ve obligada a mantener un continuo y silencioso pulso con el poder central para evitar que sus raíces culturales sean extirpadas bajo el pretexto de ser cocinadas en la olla común de un trasnochado paneslavismo. La idiosincrasia ucraniana es diametralmente opuesta a la rusa, así como su lengua e historia, esta última distorsionada para no reconocer su derecho a la autonomía. ¿Está Ucrania, por lo tanto, privada de futuro?

En toda época de despotismo, la verdadera patria de los pueblos ha sabido transmitirse mediante su memoria colectiva. En el caso de la nación ucraniana, ésta sufre de una anestesia local sobre su sentimiento de pertenencia. Al igual que el caduceo de Mercurio, insignia del obispo católico ucraniano, que es una vara entrelazada con dos serpientes y un yelmo alado en la parte superior, Ucrania corre el riesgo, en su anhelo por expandirse hacia la identidad propia, de ser aprisionada en esa doble corriente de evolución e involución.

La Vanguardia, 28 de septiembre de 1989, p.5.

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Mitos en retirada

Mientras devoramos imágenes dramáticas, restos del lenguaje y sonidos crepusculares, el decenio ha terminado dejándole bien claro al hombre que cualquier supuesta estabilidad de que goza puede desaparecer en el momento menos esperado. Estamos frente al doble rostro de Jano, esa deidad romana asociada al destino, el tiempo y la guerra, que mira hacia el pasado y el futuro, cuya dualidad hoy configura en una cara el repliegue de las ideologías, mientras que en la otra se refleja el progresivo interrogante de la autodeterminación. El primer debate se centra en la liquidación del dogma comunista y el polémico apéndice sobre la existencia o no de un comunismo real, sostenido inevitablemente por quienes en su hora apoyaron regímenes afines sin hacer tal distinción y que, aquejados de amnesia, todavía no tienen el valor de analizar y reconocer públicamente la falsedad que les llevó a decir, años atrás, que todos los exiliados y disidentes del Este no eran más que fascistas o burgueses contrarrevolucionarios; o su complicidad criminal al alentar la proliferación de semejante sistema en cualquier sociedad que se les pusiera a tiro. El ser humano nombra a las cosas para poder comprenderlas y de ahí que la especulación acerca de la faceta noble del comunismo es fútil debido a que, y empleando la retórica marxista, aquello que fue es lo que debía haber sido. Resulta azaroso desandar el camino que ha dado forma a una idea mesiánica y estéril sostenida únicamente en un incalculable sacrificio espiritual y material, una concepción del mundo redentorista cuyo utopismo no ha forjado más que el culto a Leviatán; aunque es verdad que el comunismo, además del ingrediente tiránico de los pueblos de Oriente, se alimentó de enfervorizadas teorías occidentales, hecho que parece suscitar en el mundo libre el deber moral de compensar económicamente a los países sometidos al delirio bolchevique y demuestra, una vez más, la astucia troyana asentada en el poder del Kremlin al traspasar su pesada responsabilidad, y por qué no, bomba de tiempo, a los liberales europeos siempre tan aficionados a un “mea culpa” oficioso.

Ahora que es irreversible el fin de las dictaduras, autarquías y tiranías, Europa asiste indolente a un nuevo despertar de un viejo Volksgeist, esa esencia cultural que a través de los siglos ha conformado un irreductible mosaico de pueblos y naciones. Sin ánimos clarividentes, este resurgir del separatismo trae a la memoria las circunstancias que condujeron a la I Guerra Mundial, considerada por algunos como una salida a los conflictos políticos internos y a una dificultad por dar un cauce conciliador a las actividades de las distintas organizaciones nacionalistas, en particular las de la multiétnica zona de los Balcanes.

Para poder entrar en el próximo siglo en paz, es indudable que debe haber un replanteamiento por parte de los estados contenedores y de las naciones contenidas del significado de la autodeterminación, cuya actual tendencia pasa más por la autoafirmación de principios, la necesidad de mostrarle al mundo el espíritu de lucha patriótico apoyado en la explotación de las reservas del sentir colectivo, olvidándose en el camino la fuerza simbólica de la independencia y mermando en consecuencia el inconsciente personal de cada habitante. Al debate sobre la autodeterminación habría que anteponerle el proceso de individualización, que reconcilia los conceptos de “patria” y de “matria”, elaborando la conciencia de cada individuo antes que someterle a una concienciación forzada.

No está de más recordar las desapasionadas palabras del pensador rumano Cioran al respecto: “¡Cuánto más trágico el problema nacional para los pueblos pequeños! No hay irrupción súbita en ellos, ni decadencia lenta. Sin apoyo en el porvenir ni en el pasado, se apoyan gravosamente sobre sí m ismos; de ello resulta una larga meditación estéril. Su nacionalismo, que suele ser tomado a broma, es más bien una máscara, gracias a la cual intentan ocultar su propio drama y olvidar en un furor de reivindicaciones, su ineptitud para insertarse en los acontecimientos; mentiras dolorosas, reacción exasperada frente al desprecio que creen merecer, una manera de escamotear la obsesión secreta por si mismos”. Comparar la problemática local con la soviética no sólo resulta una aseveración poco informada, sino que minimiza, como ya ocurrió gracias a la avaricia intelectual de cierta intelectualidad izquierdista, el verdadera dilema de las repúblicas de la URSS, en donde se ha perseguido a cualquier coste la desaparición de las diferencias nacionales. Con un considerable atraso hoy se comienza a reconocer la envergadura social y cultural del territorio soviético, del que comúnmente se suponía un bloque sin fisuras ni divergencias internas, gracias a una maquinaria propagandística antinatural que divulgó la mentirosa existencia de una dicotómica constitución que incluía el derecho a la secesión o de una invisible fuerza representativa republicana en la ONU.

La realidad acallada es mucho más compleja y patética, y las tensiones que hoy se revelan en el conjunto de la Unión Soviética no son más que consecuencia de la política intolerante del etnocentrismo ruso, con lo cual resulta retorcido por parte de Gorbachov decir que el PCUS representa una garantía a la solución de las reivindicaciones nacionalistas. No obstante, debería definirse si está a favor de los separatismos, como lo ha demostrado al oponerse a una reunificación alemana con el alegato de que se trata de dos estados distintos y desatar el nudo gordiano de los nacionalismos aún amarrado a la carroza bélica zarista.

Se da el triste contrasentido de que la URSS ha sido por antonomasia la principal productora y exportadora del terrorismo internacional que dirige su lucha a favor de la libertad de los pueblos oprimidos; otra paradoja poco conocida es que la propia Rusia debe su nombre ya que Rus fue el primitivo nombre de la actual Ucrania cuando hace un milenio configuraba el reino de Kiev.

Para que Europa pudiese surgir fue necesaria la devastación del Sacro Imperio Romano, y si la finalidad de la “perestroika” está en crear una casa común Europa no hay que postergar el desmantelamiento del imperio de la Santa Rusia, una ardua tarea muerto Sajarov, el último dinosaurio de la disidencia activa, y más cuando Moscú sabe que tiene a su disposición un aparato represivo intacto. Si en un pasado fueron Pedro el Grande y Catalina y más tarde el binomio Lenin-Stalin quienes sedujeron a Occidente, hoy Gorbachov y Raïssa despiertan pasiones iguales, por lo que habrá que estar preparados ante un eventual rapto de la hija de Agénor, pero esta vez no a lomo de un toro, sino en el del caballo de Troya. No en vano el escritor Gogol se preguntaba entre las melancólicas brumas de su atormentada alma eslava: “¿Hacia dónde vas tan de prisa, oh Rusia?”.

La Vanguardia, 19 de enero de 1990, p.17.

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El nacionalismo útil

En alemán, la palabra ruso (“russe”) puede asociarse fonéticamente a hollín (“russ”), lo cual podría dar lugar, parafraseando a Georg Groddeck, a la siniestra metáfora que debe de impregnar el espíritu de todas las naciones no rusas de la Unión Soviética cansadas de un opresivo mesianismo y que no ven la hora en que podrán despedirse “ad aeternum” de una tutela jamás requerida: Rusia, el país del hollín, el país negro, el de la muerte. Poco a poco el mundo toma conciencia de que las ideologías totalitarias siempre han empleado la más noble de las fraseologías para luego poner en marcha los más bajos y perversos instintos de dominación; sin embargo, esto no representa suficiente descargo como para olvidarnos de que, en su momento, pocos se comprometieron en defender aquello que hoy es curiosamente credo de muchos conversos.

Cuando hace veinticinco años Ivan Dziuba, mítico activista en pro de los derechos humanos, lo que le ha llevado a ser diputado por Ucrania, lanzaba en “samizdat” un revolucionario manifiesto en respuesta a los masivos arrestos de intelectuales en su país titulado “¿Internacionalismo o rusificación?”, en el cual por primera vez en la URSS se hablaba de “glasnost” y que logró publicarse en el extranjero en forma de libro, en el bloque libre nadie pareció enterarse; cuando en la misma época Kruschev promovía la descolonización de África mientras en casa fusilaba a nacionalistas bálticos, bielorrusos o ucranianos por atreverse a hablar de independencia, a nadie se le ocurrió pensar que esto constituía una salvaje contradicción. Y podríamos seguir enumerando casos semejantes hasta conseguir todo un archivo dedicado a compilar los métodos terroristas empleados por Moscú para acabar durante estos últimos setenta años con cualquier atisbo de nacionalismo; pero no hará falta extendemos tanto, ya que ahora mismo Lituania será el test que nos dará la pista sobre la actitud comunista a seguir en el futuro con la cuestión independentista. Es probable que en este trance también se revele el desconocimiento histórico y la falta de sensibilidad de los países libres con respecto a las justas reivindicaciones de las naciones sometidas a la ambición rusa, que ha originado verdaderas cazas de brujas como, por ejemplo, la emprendida en los últimos tiempos por la KGB contra dirigentes nacionalistas en el exilio bajo la falsa acusación de ser autores de atroces crímenes de guerra.

Cuando se comprenda el explícito e incondicional apoyo exterior de los gobiernos democráticos a la independencia de cualquier república soviética —como se hizo con Luxemburgo, Barbados o Namibia—, sin artimañas dialécticas por miedo a un enfrentamiento diplomático con Moscú, habremos ganado una batalla más a favor de la justicia natural, la cual se antepone por imperativo a cualquier cláusula de materialismo histórico, de ficticias ataduras geográficas o de compromisos bilaterales. Desconocer o no querer reconocer estas reivindicaciones es negar el sufrimiento físico y moral causado por sinuosas doctrinas en nombre de una supuesta cohesión nacional. Si bien es verdad que en Occidente el concepto nacionalista despierta rápidamente recelos y amargos recuerdos, tampoco debe olvidarse la diferencia que existe entre el nacionalismo de un estado opresor y el de una nación oprimida, entre la idea nacional y fundamentalista con sus inefables consignas y símbolos patrios enmarcados para la posteridad y la soberanía que garantiza el desarrollo de unas culturas oprimidas por la imposición de valores ajenos a su idiosincrasia.

El gran problema en la URSS radica en el sentimiento de superioridad ruso, en su confusa manera de considerar propio lo ajeno y su relación de dominio con el resto de las naciones soviéticas no rusas; mientras estas últimas sienten que han sido explotadas, los rusos creen que sus “sacrificios” no han sido debidamente considerados. De ahí que pongan como condición previa a cualquier negociación sobre el tema de la secesión el pago de indemnizaciones a Rusia por los bienes cedidos, pretensión bastante fantasiosa, ya que si se hicieran cuentas veraces, serían los rusos quienes deberían hacerse cargo, como en el caso de Alemania después de la II Guerra Mundial, por los estragos económicos, culturales, ecológicos, lingüísticos, morales, etcétera, que han ocasionado en todas aquellas tierras en las que asentaron su atenazadora garra ideológica. Allí, los nacionalismos son imprescindibles para la evolución de voces plurales que impidan el crecimiento del sistema totalitario; así lo acaban de confirmar el triunfo de independentistas y reformistas en las elecciones de los representantes a los Soviets Supremos locales. El primer paso para consolidar esto sería retirar de circulación la vigente Constitución soviética, permitiendo que cada República se federe con sus propias identidades colectivas y variantes constitucionales. Para un ruso será muy difícil digerir semejante propuesta, ya que supondría aceptar que Lituania, Georgia, Moldavia o Azerbaiyán dejan de formar parte de su huerto privado y campo de maniobras experimental; supondría para ellos la quiebra de su principal fuente de orgullo, la de ser superpotencia mundial.

Más que impulsor de reformas, Gorbachov es un retardador del gesto bruto militar, ya que la expresión popular ha sido el verdadero motor de los cambios. No olvidemos que el líder soviético es simplemente una pieza más en este resbaladizo tablero, no el inventor del juego, y con su nueva parcela de poder —y aquí uno vuelve a preguntarse a qué han renunciado realmente los dirigentes comunistas— Gorbachov está a punto de pasar de la categoría de héroe como guerrero a la de héroe como emperador, de su papel de redentor sólo queda una difusa estela de humo, mientras el PCUS, después de haber aplastado el movimiento disidente, intenta ocupar el papel de fuerza opositora que critica a la sociedad soviética. La duda que debe de estar inquietando a muchos, sin duda, radica en si en la URSS se están preparando para una verdadera democratización o si se tiene planeado una renovación de los viejos valores para evitar la desintegración. Una cosa está clara: mientras siga existiendo un régimen imperial, ningún simulacro de proceso igualitario puede hacemos creer lo contrario.

La Vanguardia, 27 de marzo de 1990, p.19.

miércoles, 10 de agosto de 2022

[Una historia de la literatura ucraniana] “Prólogo” a UNA ICONOGRAFIA DEL ALMA POESÍA UCRANIANA DEL SIGLO XX de Iury Lech (Litoral, nº 197/198, (1993)

 


“Prólogo” a

UNA ICONOGRAFIA DEL ALMA

POESÍA UCRANIANA DEL SIGLO XX

 

 

Aún es posible observar: un remoto país desconocido,

en donde una mujer pensativa se inquieta,

susurrando un sólo deseo; Dios, que sea bendecido,

que sea bendecido mi lejano país.

Vasyl Stus

 

I. De Bizancio a las crónicas épicas

Ucrania, la segunda mayor república de la desaparecida URSS, configura un país de características atípicas ya que no obstante situarse en el centro de Europa, abarcar una extensión territorial tan amplia como la Península Ibérica y poseer una historia milenaria comparable a la francesa, se había visto privada del reconocimiento internacional debido a que su existencia física fue perturbada por las constantes dominaciones de otros pueblos. La declaración de su independencia en diciembre de 1990 y de su soberanía como Estado en agosto de 1991 han modificado substancialmente el panorama de su futuro.

A través de la interpretación de las piezas arqueológicas, hoy podemos saber que los griegos fueron los primeros en dejar información sobre los habitantes de sus tierras durante el primer milenio antes de Jesucristo. Este material ha permitido constatar que el desarrollo de Ucrania es divisible en dos períodos históricos marcados por las migraciones de diversos pueblos que modificaron su situación étnica y política: la etapa pre-eslava, que abarcó del siglo VIII A. C. al siglo IV D. C. y la eslava propiamente dicha, que a partir del siglo IV da forma al actual pueblo ucranio de las ruinas de las culturas asentadas en el norte del Mar Negro.

En este punto es conveniente advertir que la denominación de “ucraniano” trae sus conflictos intrínsecos al derivar de la antigua palabra eslava okraina, la cual significa “zona fronteriza”. Debido a que esta tierra hacía de forzada división entre Oriente y Occidente y durante cinco siglos defendió a Europa del avance asiático —fue la región más oriental en la que se hubieran asentado antiguamente como nación los eslavos— el desarrollo de Ucrania se vio constantemente convulsionado por las invasiones y ocupaciones de los tártaros, las hordas mongoles, los principados medievales lituanos, el expansionismo de los polacos o de los zares rusos, así como por los anhelos de la dominación nazi. No obstante sus desventajas geopolíticas, Ucrania siempre fue algo más que una mera cuña entre el despotismo y el imperio de la razón.

Alrededor de la segunda mitad del siglo VI, en el territorio ocupado por la tribu de los “poliane” emergió el estado más antiguo de la Europa del Este, llamado primitivamente Rus y del cual la actual Ucrania es heredera directa, siendo su capital, Kiev, fundada por el mítico Príncipe Kiy. Esta evolucionada cultura medieval trajo consigo el cristianismo en el año 988 de la mano de Vladimir el Grande, bajo cuyo amparo se unieron las diversas tribus guerreras que pululaban por la estepa dedicadas al culto del sol.

El epos ucraniano, además de su tono y contenido heroico, se distinguió por un idealismo nacional centrado en torno al Estado Kieviano. En esta tradición se continuó hasta aproximadamente el año 1240, momento en el cual los tártaros arrasan la ciudad de Kiev obligando a los hombres de letras a desplazarse hacia las planicies de Moscovia (Rusia), donde llevarían consigo la poesía de la corte denominada biliny (poemas narrativos que hablan sobre eventos bélicos reales o inventados). Estos motivos heroicos aún se conservan en la poesía ceremonial ucraniana como los villancicos, los cánticos de la Epifanía o las canciones nupciales. La manifestación literaria más importante y trascendente de la siguiente época resulta en El Cantar de la Gesta de Igor, un largo poema anónimo de esencia bizantina cuya referencia más cercana en lengua castellana es El Cantar del Mío Cid, el cual recoge la desastrosa campaña del Príncipe Igor de Novgorod-Sieversk y que según la Crónica de Hypatius tuvo lugar en 1185. Esta maravillosa narración siempre fue calificada de pertenecer a la épica rusa, error derivado del origen de la palabra rus que hoy puede despejarse por completo dado que las investigaciones de académicos y filólogos han demostrado que, además de basarse muchos de sus pasajes en la tradición folklórica ucraniana, fue escrito en la misma lengua hablada por los ucranianos del siglo XII.

II. Renacimiento eclipsado

Los siglos XIV y XV pueden considerarse un período obscuro para las letras ucranianas, tan sólo preservadas de un ocaso total por la poesía religiosa que suplantó a la épica y logró mantener la cohesión nacional ante la latinización proveniente de Polonia. El Renacimiento europeo apenas hizo mella en la literatura ucraniana, dominada por las influencias eclesiásticas que daban preferencia a los temas bíblicos frente a los clásicos antiguos; de ahí que la obra más importante del momento fuera una traducción en lengua popular del Nuevo Testamento. Con la instauración de la Academia de Kiev se puso fin a la restricción sobre la literatura secular y surgió un estilo retórico cuyo representante más notable fue Ivan Vishensky. A comienzos del siglo XVII, este autor infiltró los primeros elementos del Barroco, un movimiento que por sus orígenes enriqueció paradógicamente a la poesía ucraniana con bastantes latinismos y elevó a la poesía versificada a un notable esplendor. De este período, todavía bajo la influencia teológica, resaltan la dramaturgia del predicador San Dimitri Tuptalo, el poema en prosa rítmica Trenos de Meletiy Smotritsky, los epigramas del sacerdote Ivan Velychkovsky y la lírica y diálogos filosóficos del místico Hryhori Skovoroda.

III. Un romanticismo nacionalista

Entre los siglos XVI y XVIII comenzaron a circular las chimas, poesía épica oral que suplantó a la lírica medieval y que se basaba en los sucesos históricos de la Ucrania Cosaca, a cuyos integrantes no hay que confundir con los cosacos zaristas, reflejando las condiciones sociales de aquellos tiempos con un mensaje moralista y didáctico. Este período no encuentra parangón en Europa y dentro de la literatura ucraniana representa uno de sus momentos cumbres, sólo comparable a la literatura serbia, española o neogriega.

En la segunda mitad del siglo XVIII, la poesía ucraniana sufre una época de estancamiento que hará declinar formas elevadas como la oda, la elegía o la tragedia, y únicamente las canciones populares conservarán todo el espíritu nacional. En 1789 los vientos neoclásicos se introducen en la literatura ucraniana a través de la epopeya heróico-burlesca de Ivan Kotliarevsky (1769-1838), cuya Eneida superó a los modelos ruso y alemán por su verso fluido y sus descripciones paródicas. Petro Hulak-Artemovsky (1790-1865), por otra parte, escribió una magistral parodia de las Odas de Horacio. Del mismo modo que el Barroco, el Romanticismo llegará tardíamente a Ucrania, no obstante entre 1820 y 1830 la ideología romántica, muy unida a la investigación etnográfica y arqueológica, se arraigará en Kiev con un inusitado vigor.

Hay que destacar de este período la creación de la Hermandad de Cirilo y Metodio, un movimiento humanista basado en las enseñanzas de los primeros maestros de los eslavos y cuyos objetivos eran la consecución de la libertad establecida en base a un orden social democrático inspirado en las tradiciones ancestrales y la condición redentora del poeta. De este círculo, desintegrado por la policía zarista, sobresalen el etnógrafo Panteleimon Kulish (1819-1897) con su poema escrito en forma de “duma”, Relato sobre Ucrania (1843), así como el historiador Mykola Kostomarov (1817-1885), autor del mesiánico Textos sobre el origen del pueblo ucraniano, influenciado por Libros del éxodo del pueblo polaco del escritor polaco Adam Mickiewicz. Pero sin lugar a dudas la más relevante de las figuras románticas ucranianas fue Taras Shevchenko (1809-1861), cuyo poemario Kobzar y su estilo, que supo combinar la eufonía con la poesía popular, ha significado para generaciones enteras de ucranianos un auténtico evangelio y es considerado hoy una especie de redentor de la identidad cultural ucrania. Shevchenko trató de crear para el campesinado adocenado la imagen de una Ucrania enérgica y de ideales elevados para que éste tomara conciencia de sus valores y se emancipara de una vez para siempre del sistema servil, malograda postura reivindicativa que le valió, como a Dostoievski, el destierro en Siberia.

IV. El revulsivo europeo

En la región de Ucrania Occidental, cuya antigua capital Lviv fue siempre el eje de su progreso, el auge romántico dio sus frutos con la denominada Tríade Rutena, compuesta por Markian Shashkevych (1811-1843), Ivan Vagelevich (1811-1866) y Jakiv Holovatsky (1814-1888), quienes editaron una amplia colección de poesía y prosa ucraniana titulada La ninfa del Dnistró, prohibida en su momento por las autoridades polacas y publicada en Budapest en 1836, la cual jugó un papel fundamental en el resurgimiento cultural y político de esta región.

El relevo del Romanticismo por el Realismo hacia finales del siglo XIX no fue en la literatura ucraniana, como en el resto de Europa, una reacción contra el espíritu romántico, sino una consecuencia de su propia evolución irregular. Esta actitud estuvo en parte motivada por la imposición de la rígida censura rusa y sus temidos ukase, cuyas características represivas materializadas por el moto zarista, “la lengua ucraniana como tal jamás ha existido, no existe ahora, ni existirá en el futuro”, casi sumergen a Ucrania en un verdadero etnocidio.

Los poetas que sobresalen en esta convulsa época fueron Ivan Frankó (1856-1916), autor de las colecciones poéticas Ziviale lestia (Hojas Marchitas, 1896), Mi izmarahd (Mi esmeralda, 1898), Iz dniv zhurbe (De los días pesarosos, 1900) y Lesia Ukrainka (1871-1913), entre cuyos libros de poemas destacan Na krilab pisen (Sobre las alas de la melodía, 1893), Dumey mriyi (Sueños y pensamientos, 1899) y Vidhuke (Ecos, 1902). Estos dos escritores con fuertes tendencias modernistas sacaron a la lírica, narrativa y a la dramaturgia ucraniana del habitual regionalismo para influenciarla con los valores estéticos y filosóficos europeos y elevarla a un nivel de similar calidad literaria.

La tímida liberalidad del régimen austro-húngaro y la temporal condición de nación obtenida en 1918, permiten que Ucrania resguarde su lengua y que esta pase a ser finalmente el medio de expresión empleado en el gobierno así como en las universidades, tribunales y otras instituciones oficiales.

V. Al ritmo de la modernidad

A comienzos de siglo XX podemos encontrar entre los primeros adherentes a una lírica de formas modernistas a Agtángel Krimsky, sombrío poeta de tendencias panteístas cuyos estados de ánimo se reflejan en la colección de poemas Palmore hillia (Ramas de palma, 1902-1908), o al galitziano Petro Karmansky (1878-1956), autor de intensa carga pesimista entre cuyos títulos destacan Z teke samovbyitsi (De los archivos de un suicidio, 1899), Oi, liuli, smutku (Oh calla, desgracia mía, 1906), Plyvem po mori tme (Navegamos a través del mar de las tinieblas, 1909).

Con el fin de la I Guerra Mundial y hasta el año 1934, la poesía ucraniana cobró una fuerza inusitada que le hizo ganarse el respeto de las autoridades soviéticas prorrusas. Gracias a este salvoconducto, las letras ucranianas se enriquecieron con los descubrimientos del simbolismo, expresionismo, impresionismo, futurismo y surrealismo, si bien adaptándolos a su propia sensibilidad espiritual.

Esta expansión hacia la cultura más cosmopolita hizo surgir una tendencia Neorromántica encabezada por los poetas Oleksander Oles (1878-1944), autor de obras tan populares como Poezii (Poesías, 1909) o Po dorozi u kazku (Viaje hacia un sueño, 1910), quien después de la II Guerra Mundial emigraría a los Estados Unidos de Norteamérica. Maxim Rilsky (1895-1964), fundador con otros cuatro poetas —M. Dray-Jmara, P. Filipovich, Y. Klen, M. Zerov— del grupo La Cuadrilla con el propósito de cultivar los gustos y valores líricos atenienses, practicó una fórmula neoclásica de rica imaginería y estilo expresivo, pero criticado por su idealismo y “escapismo” de la realidad se convirtió al comunismo y pasó a ser un poeta oficial cantor de loas a la política estalinista. Pablo Techena (1891-1967), un original y ascético versificador que escribió libros renovadores como Sonyashni klarinete (Clarinetes del sol, 1918), Zamist sonetiv i oktav (En vez de sonetos y octavas, 1920) o Viter z Ukrainy (Viento de Ucrania, 1924), sirviéndose de la filosofía panteísta y del ritmo de melodías folclóricas, tampoco pudo escapar de ser condenado de idealista por la “reconstrucción” socialista y acabó moralmente quebrantado, teniendo que subordinar su enorme talento a panegíricos partidistas a favor del status quo en la antigua URSS.

VI. Tiempos de oscuridad

En 1934 se lleva a cabo la primera gran purga estalinista de escritores acusados de practicar una ideología burgueso-nacionalista y entre las primeras víctimas se encuentran los activistas del influyente movimiento VAPLITE (Academia Independiente de Literatura Proletaria). Su líder, el escritor revolucionario Mekola Jvelovy (1893-1933), crítico con la bancarrota de la energía espiritual de los principios de la Revolución y que apoyó la occidentalización de la cultura ucraniana como medio para hacer frente a la dominación del centralismo moscovita, sufrió una implacable persecución que le obligó finalmente a quitarse la vida.

La aniquilación de los miembros más preparados de la intelligentsia ucraniana, el hambre artificial de 1933 que acabó con la vida de siete millones de personas, el “arrepentimiento” de las voces líricas más prometedoras que se acogieron al modelo del “realismo socialista”, no sólo aceleró el declive de la actividad literaria sino que dio lugar a una masiva emigración hacia Occidente, dando lugar en Checoslovaquia a la formación del talentoso Grupo de Praga, compuesto por E. Malaniuk, O. Teliga, L. Mosenz, I. Daragan, O. Liaturinska, O. Oldjech, Y. Klen, O. Stepanovich, I. Irliavski, I. Kolos, o en los Estados Unidos de Norteamérica al modernista Grupo de Nueva York, entre cuyos miembros podemos citar a V. Barka, E. Andievska, I. Tamawski, B. Boychuk, V. Lesech. En Brasil, Wira Vowk ha realizado un encomiable trabajo de creación y difusión poética.

VII. Una esperanza desvanecida

Durante el corto deshielo de los años sesenta, en Ucrania se conformó indirectamente el movimiento literario denominado shestedesiatneke del cual surgió la nueva estirpe de escritores, artistas e intelectuales que renovó sorprendentemente el panorama cultural del país. Los trabajos de los poetas de esta generación de ruptura, cuya coyuntura es comparable a la de los Novísimos españoles, fueron recopilados en una antología publicada em 1967 en Nueva York titulada Sesenta poetas de los años sesenta que contiene una variada y esperanzadora muestra de la lírica moderna ucraniana que poetizaba aquellos aparentemente antipoético. Entre sus miembros más destacados figuran Vasyl Simonenko y su arrebato metafórico, el costumbrismo idealista de Dmitro Pavlechko, la sinceridad lírica de Lina Kostenko, el intelectualismo de Gregori Kerechenko, el culteranismo de Ivan Drach y del ruso ucranianizado Robert Tretiakov, el exacerbado lirismo de Mekola Vinhranowski, las extravagantes asociaciones de Boris Necherda, o el realismo paródico y politizado de Vitali Korotech. 

En las difíciles condiciones del estancamiento brezneviano que configuraron a los años setenta, aparecieron los resonantes y arcaicos palimpsestos del simbolista-romántico Vasyl Stus, el abstraccionismo de Igor Kalenech, la honda sensibilidad de Irina Dzelenko o la recuperación mitológica de Vasyl Holoborodko, silenciados en su mayoría por el régimen debido a sus postulados estéticos originales comprometidos con la lucha por la sobrevivencia de los propios valores del idioma ucranio.

En los años ochenta el faro de la libertad resucita a muchos autores muertos en vida y despierta a otros de espíritus inquietos del letargo provinciano para cuestionar el estado de las cosas y tratar de discernir por qué razones su lengua y cultura habían acabado en un estado larvario que al igual que un apacible Titanic habitaban en solitario las obscuras aguas del desencanto.

Deudores de las reivindicaciones de la generación de los shestedesiátneke, durante este último período surgen diferentes voces que o bien se decantan por un deliberado compromiso con los tiempos que les tocan vivir como Natalia Bilocherkivech, Pablo Hirnek, Oksana Pajlowska, Stanislaw Chernilevski y Mekola Temchak; o adoptan una postura de rechazo a la realidad imperante a través de ejercicios experimentales como los de Mekola Voroviov, Viktor Kordun, Oleg Lesheha, Viktor Neboraka, Mijailo Sachenko y Volodimir Chebulka; o se debaten entre el árido romanticismo de Vasyl Ruban, la búsqueda de un lenguaje culterano al estilo de Oxana Zabushko, el onirismo de Taras Melnechuk y las fábulas didácticas de Ivan Malkovech; o languidecen en memoria del malogrado pero brillante creador de fantasías metafóricas, Hrehory Chubay.

VIII. En busca de los ancestros

Hablar de literatura ucraniana significaba hasta no hace mucho tiempo o bien una insensata reivindicación nacionalista o un acto de provocadora excentricidad ya que era impensable ubicar geopolíticamente a Ucrania, sin duda la nación más desconocida de Europa fuera del ámbito de la cultura soviética.

El fin de las ideologías ha traído consigo la necesidad de presentar un panorama de lo que fue y de lo que posiblemente será el devenir de la expresión lírica de un país fértil en esta manifestación de la palabra. Así, es posible afirmar que ésta, en particular en su vertiente oral, conserva la gran riqueza de la lengua y literatura ucraniana, no obstante haberse forjado sus mejores obras al amparo de las sombras de la disidencia.

Como toda poesía inmersa en el problema de la identidad nacional, la ucraniana ha buscado incansablemente su propia legitimación así como la de su pueblo y ha hecho de sí el más completo y representativo de los logros de una cultura de ancestral tradición. En la lírica contemporánea, además de un empleo de las vertientes vanguardistas y herméticas, domina el tema del presente malherido, de la desolación del paisaje, de la religiosidad, de las almas pulverizadas, al mismo tiempo que una profunda preocupación por el renacimiento de la tierra natal de sus cenizas. De este modo, sus raíces profundizan y penetran en la espesa trama de una realidad conmovedora pero siempre buscando la esencia más auténtica del vocablo poético, del ethos popular, de los arcaísmos folclóricos, del frágil misterio de los iconos, creando geografías dolorosas, combinatorias con los diversos estados estratificados de la conciencia humana.

IX. Perspectiva universalista

La poesía es sin duda la más intraducible de las artes o, como remarcaba el poeta alemán expresionista Gottfried Benn: “la conciencia se forma en las palabras, la conciencia trasciende por las palabras”. Por ello, el empleo de la aliteración, de versos rimados, de paralelismos, antítesis, alegorías en toda la poesía ucraniana presenta una dificultad técnica que si bien en ocasiones limita las motivaciones seleccionadoras, ofrecen al traductor una gratificante tarea de recreación que esperamos se transmitan al lector en toda su esencia y musicalidad primigenia.

Con esta antología, que no pretende ser cronológica o exhaustiva aunque sí de un rigor universalista, se intenta acercar por primera vez al lector hispano-parlante una parcela ínfima pero fundamental de la lírica ucraniana, con la perspectiva de llenar un vacío literario dentro del nuevo ámbito pluralista europeo. Por una cuestión de síntesis se ha optado, salvo en el caso de un par de inevitables excepciones, por la poesía escrita en Ucrania, dejando para otra ocasión la abultada obra producida en el exilio. De ahí que como toda selección de características similares ésta también se permita deja nombres en blanco, involuntario descuido sólo atribuible al prurito estético del compilador. Vaya, finalmente, mi sincero agradecimiento a todos aquellos que han hecho posible esta cruzada poética, en especial a José María Amado y los hacedores de LITORAL, por su incondicional entrega; a Yuri Kochubey, por su amplitud de criterios; a Fernando Ainsa, por su disponibilidad y a Oleg Chornohuz, por sus beneficiosas gestiones.

Iury Lech Barcelona, 1992, Litoral, nº 197/198, (1993), pp. 12-21.

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miércoles, 3 de agosto de 2022

"Ucrania, 1978" (ABC Dominical, noviembre-diciembre de 1978) por Guillermo DIAZ-PLAJA

 


KIEV, LA BIEN ARBOLADA

AUN cuando una presencia aborrascada de nubes de plomo amenaza ya los últimos días del verano moscovita, basta descender hacia Ucrania, para abrírsele una esperanza de luz.

Al romper el alba, el tren que me conduce a Kiev penetra un nuevo paisaje. Quedan atrás las manchas boscosas verde-húmedas de abetos y abedules, para ingresar en un panorama fértil y bien labrado. Pasamos de la fronda a la agricultura. Esta es la tierra negra, feraz, que empuja océanos de espigas, para este granero de todas las Rusias que es la tierra de Ucrania. Las dachas campesinas se levantan al borde de caminos bien trazados. El cielo es más claro, y un sol todavía febriscente abre girones de azul en el cielo anubarrado. Bate el viento las copas de los árboles. Nos acercamos al bucle inmenso del Dniéper, en cuyas dos orillas -separadas por un kilómetro de fuerza fluvial- se alza Kiev, cuna y primera capital de todas las Rusias, raíz originaria del alma eslava, como Bizancio es el origen de su espiritualidad religiosa, transmitida especialmente por la escritura cirílica, que inventaron los santos de la iglesia ortodoxa Cirilo y Metodio en el siglo X.

Cada vez que me asomo a este tema se remueve en mí el asombro ante la hazaña de este cristianismo oriental, fiel a sí mismo, primer traductor de los evangelios al griego y, finalmente, mantenedor intransigente del Credo de Nicea, en el quo dice que el Espíritu Santo procede del Padre por mediación del Hijo, mientras que los católicos proclaman que procede conjuntamente del Padre y del Hijo (filioque). He aquí, como una conjunción copulativa es capaz de desgarrar una creencia y dividir hasta hoy mismo los espíritus, a pesar de la presencia creciente de las ideas ecuménicas.

Rusia es, pues, desde su origen, fiel a la creencia ortodoxa y, desde la raíz meridional, precisamente en Kiev, inicia su singular andadura histórica.

En cualquier caso, yo guardo en mi corazón un inmenso respeto para esa Iglesia jerárquica y tenaz, que ha servido de bastión defensivo de Cristo ante las amenazas del Este asiático que, hoy mismo, bajo el poder ateo de los soviets, ha conseguido (gracias especialmente a la actitud de su Patriarca durante la invasión hitleriana) un consenso que la permite mantener seminarios que, como el de Zagorsk, es una muestra de continuidad cultural y religiosa que prosigue el culto y la espléndida liturgia bizantina en algunas iglesias. Y yo no he faltado, en este viaje -como en todos-, a la Catedral de la Transfiguración de Moscú, a la misa dominical oficiada por su Arzobispo, Monseñor Pimen, Patriarca de todas las Rusias, Patriarca de todas las Rusias, para embelesarme con la maravilla del oro y del incienso, con la solemne ceremonia, y con la prodigiosa armonía de los cantos litúrgicos del coro y de los fieles.

Partiendo de esta fidelidad milenaria, Kíev, adelantada en el tiempo-siglo X-, de la iglesia ortodoxa en Rusia, inicia su singular andadura histórica, que comienza por un itinerario que va de sur a norte: Kiev es la primera etapa; Moscú, la segunda; San Petersburgo, la tercera, como tres etapas de enlace de sus gentes con la tradición religiosa que procede la palabra de Pablo y de Juan Crisóstomo. Rusia es, pues, una emanación del cristianismo que impregna de ardores místicos el alma eslava, en esa bien llamada tercera Roma.

Así esta Ucrania de San Vladimir, padre de la patria, cuyo eco reverencial tenemos en la lavra o conjunto monástico que aparece en una montaña que se alza en el mismo corazón de Kiev, como un collar de cúpulas de oro, centrado por una torre bellísima con ecos del Bernini y de Brunelleschi.

Así la ciudad cabalga -como Roma- en una sucesión de colinas junto al Dniéper, en una situación que recuerda, de algún modo, la ubicación de Budapest sobre el Danubio. Sólo que esta es más rica de esplendor arborescente. Hasta dos mil hectáreas de parques y jardines exhiben orgullosamente los habitantes de la ciudad, que ofrece el ejemplo insólito de ciento veinte metros cuadrados de vegetación por cada habitante, llenando el setenta por ciento del recinto de la capital.

Kiev es, acaso, la ciudad más arbolada que yo he visto; la de más densa riqueza vegetal que preside capital alguna en Europa. Ya no son abetos y abedules. Son los grandes álamos, los inmensos castaños, las frescas acacias, las cuales tornean las grandes avenidas e informan los parques ondulados sobre las perspectivas en desnivel escenográfico y en un señorial trazado urbanístico de anchas avenidas flanqueadas por una arquitectura policroma.

Desde lo alto de esta hermosura vegetal el Dniéper inmenso, abraza una parte de la ciudad, antes de abandonarla camino del Mar Negro. Es un esplendor de fronda; un juego de esmeraldas que alegra el corazón y que, en estos días otoñales, alcanza un trémolo de oro.

Por la tarde, yo recomendarla el clásico paseo en uno de los barcos-mosca que recorren las orillas, para ver como las cúpulas de oro de la lavra, se enfrentan con el perfil limpísimo de la catedral de Santa Sofía.

La lavra, conjunto monástico desafectado de los servicios religiosos, adquiere una frialdad de museo, aun cuando la visita de las Catacumbas de los primeros cristianos ucranianos, no deja de sobrecoger el ánimo del visitante. El contorno arquitectónico está ceñido por un collar de cúpulas de oro centrado por una torre que es, como hemos dicho, como una síntesis del genio italiano del Renacimiento.

Descubrimos así, que el centro de la difusión que se instala entre Roma y Florencia, alcanza una fabulosa geografía que abarca no sólo los perfiles inmediatos de Liubliana, Viena, Praga o Múnich, sino que se encarama. Europa arriba, al círculo máximo, por obra del arquitecto Rastrelli (ya en el siglo XVIII), que se llama Varsovia, San Petersburgo y-acabamos de verlo- Kiev.

A esta luz de continuidad histórica intentaremos dibujar la línea de nuestras meditaciones.

5 de noviembre de 1979, ABC Dominical, pp. 5 y 7.

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LA LUCHA POR LA LIBERTAD

PERO Kiev no es solamente el ejemplo de una fidelidad religiosa, que recibe de Bizancio y que proyectará sobre todas las Rustas, sino una cuña histórica que alumbrará una conciencia nacional, llamada Ucrania.

Los historiadores señalan el esquema cronológico a partir del momento en que San Vladimiro (980-1015) lleva el Cristianismo a Kiev y crea un primer recinto fortificado, en un gesto fundacional que continúa la figura del rey Jaroslav «el Sabio» (1019-1054), que, con una nueva línea amurallada de 16 metros de alto, eleva las iglesias de Santa Irene y de Santa Sofía -bellísima en su restauración actual- y dibuja ya un contorno nacional que hoy se extiende sobre una extensión de 600.000 kilómetros cuadrados y que alberga a una población de 45.000 000 de habitantes, constituyendo hoy una de las Repúblicas Soviéticas (la otra es Bielorrusia) que tiene el privilegio de tener representación en el hemiciclo de las Naciones Unidas, El motivo político, se dice, es como compensación honorífica a los sufrimientos padecidos durante la invasión hitleriana Pero los sufrimientos no fueron, desgraciadamente, patrimonio único de estos pueblos. Y así hay que buscar una explicación más convincente para entender la excepcional dignidad otorgada a estas dos repúblicas que viven a la sombra de la estrella soviética.

Por lo que se refiere a Ucrania, ya hemos señalado su dimensión geográfica, su importancia demográfica, así como su entidad histórica a partir de los siglos X y XI, en los que surgen sucesivamente, como hemos visto, el fundador religioso y la realidad cultural. Uno y otro son los fundadores materiales del núcleo originario de la ciudad de Kiev, situado en la más alta de sus colinas. Signo bien representativo de que se acercan jornadas dramáticas: luchas internas y ataques del exterior; feroces contiendas feudales y la creciente amenaza de mongoles, tártaros turcos y polacos, que harán de Ucrania una tierra de heroísmo y de sangre. Sólo la incorporación de este territorio a la Rusia de Pedro el Grande -1654- proporcionará al país una cierta seguridad, aunque no falten los elementos de desasosiego para las gentes humildes, sometidas a servidumbre -prácticamente a esclavitud- por parte de los propios terratenientes ucranianos, que muchas veces estaban enlazados con la aristocracia polaca y teutona.

Todos estos elementos se conjugan, en esta tierra abierta y generosa, que, al acicate de la opresión, no puede ofrecer otra cosa que la fidelidad a su lengua, a su religión, a su cultura. Pero el tiempo de los recobramientos nacionales está muy lejano, y no podrá apuntar hasta que, en el siglo XIX, la llama de los romanticismos prenda desde la raíz popular, de cada colectividad histórica.

Entre tanto el látigo de los zares azota el rostro de las gentes ucranianas, de natural pacífico y jovial, como se muestra en sus canciones y bailes populares; como lo hace pronosticar una naturaleza cuyo único defecto estriba en ser tan abierta, tan fácil al cuchillo del invasor. Fiel a ese destino, Ucrania se limita a ser una pieza más en la corona de oro de los zares, en cuyo derredor se asienta la sociedad aristocrática del país, instalándose en sus lujosos palacetes de Moscú.

En esta situación histórica se encuentra cuando se produce la Revolución de Octubre, que integra a Polonia Ucrania como una de las Repúblicas Socialistas que son el fruto del leninismo triunfante. Las consignas de la clase vencedora son de defensa de los valores culturales autóctonos y de autonomía de los poderes políticos específicamente ucranianos, habiendo fracasado, en cambio, el intento de un «soviet» ucraniano (1917) desgajado de Moscú, que se apresuró a aplastar el movimiento disidente (1920), incorporando el territorio ucraniano a la U.R.S.S., ya que el poder soviético decidió no ceder ni un ápice de los territorios incorporados por el insaciable imperialismo de la Rusia zarista. Y en esta política han permanecido impávidos.

En esta situación se produce la invasión hitleriana de 1941. Ucrania fue fiel a su vocación de tierra-victima. Sus llanuras -sin apenas obstáculos orográficos- se abrieron a la guerra-relámpago de las divisiones alemanas, y tras unos torpes intentos por parte de los invasores de aprovechar los sentimientos nacionalistas del país, Ucrania hubo de padecer una invasión terriblemente dura. Durante dos años -1941-1943- Kiev fue ocupado por las tropas alemanas. Doscientos mil patriotas ucranianos fueron pasados por las armas, como recuerda al caminante el sobrio y patético monumento que decora uno de los hermosos parques de la ciudad. En otro de los parques, otro monumento -al que dan guardia perpetua los muchachos uniformados de la juventud comunista, «Konsomol»-, recuerda a los demás sacrificados: a los que murieron en el campo de batalla.

Así selló Ucrania su fidelidad al mundo eslavo. Seis mil edificios destruidos fueron el balance de esos dos años trágicos. Ni siquiera el sonriente verdor de sus jardines ha logrado borrar el rastro de tanta tragedia.

12 de noviembre de 1979, ABC Dominical, pp. 35 y 77.

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LA VOZ DE LOS POETAS

EL documento identidad de los pueblos es su lengua. Ucrania posee ese elemento de autenticidad, sostenido por cuarenta y cinco millones de habitantes. Y, naturalmente, por una legión de poetas, dramaturgos y novelistas.

He tenido el honor de ser recibido, con los amigos que me acompañan, por el pleno directivo de la Unión de Escritores Soviéticos de Ucrania -que posee un millar de miembros- y he visto el orgullo con que nos muestran sus realizaciones que patentizan el predominio casi total del ucraniano sobre el ruso -en los libros y en los periódicos, uno de los cuales Becebit (Mundo)- es un alarde de información cultural y literaria.

Esta literatura surge espontánea a lo largo de los siglos difíciles -de opresión polaca, mongola y rusa- en forma de cantores populares que, al son de la bandurria típica ucraniana, llamada coksbar, evocan el dolor y la alegría del pueblo humilde, al modo como lo hacen los payadores de la lengua argentina. El Martin Fierro de estas gentes se llamó Tarass Schevetchenko, en cuyo honor se levanta, en Kiev, un museo monográfico, que yo podría proponer como ejemplo. La circunstancia de que el gran poeta lírico fuera, también, un excelente pintor, favorece el atractivo de la institución, que ha podido reunir sus mejores muestras, válidas tanto como ejemplos notables del pos-romanticismo y del realismo, como insuperables documentos de época.

Pero es en el poeta, claro está, donde el análisis del alma ucraniana puede realizarse. Me he acercado, pues, a la poesía de Schevetchenko, partiendo de traducciones al español, debidas a la pluma de Rafael Estrela, uno de esos hombres a los que el viento de nuestra guerra civil llevó a estas tierras ucranianas y que, providencialmente, se ha convertido en el primer conductor del hispanismo en Ucrania.

Digamos que el poeta nació en 1814, de una familia de siervos. Su dueño apercibido de su talento le permitió dedicarse al dibujo y le costeó sus estudios, con idea de aprovecharse de su producción. Pero su rápida fama le llevó a que un grupo de patricios presididos por el mejor pintor ucraniano de todos los tiempos -Brulov-quien sorteó una de sus obras para reunir los doscientos rublos que el amo pedía para extender el documento de libertad que le permitió, por fin, ingresar en la Academia de Bellas Artes, de la que acabó siendo académico de honor.

Pero, paralelamente, Schevetchenko empezó a publicar poesías, que recogió en 1840, en un libro que publicó bajo el título de Kosbar el instrumento popular. En estas poesías late todo el dolor de los humildes -bajo el látigo de los terratenientes polacos, que dominaban el país-. Pero expresar este dolor no había de ser grato a la policía del Zar, quien lo desterró a una guarnición de la frontera del Cáucaso (1847) y después a la fortaleza de Orsk con orden estricta de que se le prohibiese escribir y pintar. En el museo que recuerda su obra pueden verse algunos bocetos dibujados a escondidas y el cuadernillo que ocultaba en las botas y en el que proseguía su lección de patriotismo. En 1850, obtuvo su libertad y, envejecido y triste, vivió en Nizhni Nóvgorod, Kos-Aral y San Petesburgo, escribiendo y pintando, en testimonio doble de amor a la tierra, a sus paisajes y a su historia, cantando las hazañas de los antiguos héroes ucranianos como Taras Fiodorovich, que se sublevó en 1630, o los gaidamaks o guerreros que, a lo largo del siglo XVIII, se rebelaron contra el poder polaco o creando historias sentimentales sobre el dolor del pueblo, como el de una muchacha humilde deshonrada por su amo, que sirvió después de tema a la famosa ópera de Mussorski La Kovantchina.

Así este Martín Fierro de la estepa ucraniana ha conquistado su categoría de héroe testimonial del dolor y de la gloria de su patria. Temas que se repiten a lo largo de la historia de este país, y que alcanzan una nueva cúspide con la figura de Ivan Frankó (1856-1916), una selección de cuya obra he podido leer al castellano gracias a la Editorial Progreso de Moscú. Considerado como el último clásico de la literatura ucraniana, que en sus relatos en prosa recoge el dolor de las gentes humildes con certero pincel de costumbrista, como en sus poemas, todo ello bajo un signo político de izquierda, que lo convierte en vocero de la Revolución de 1917. Todo ello sostenido por un amor continuo a la patria y a sus gentes, tal como él expresaba en su poema de 1880, traducido por A. Herraiz:

Tierra madre buena que todo lo engendras

dame generosa el vigor que encierras

para que en la lucha mejor me mantenga,

¡Dame, madre, la fuerza!

 

Dame el cálido afecto que ensancha el pecho

que la sangre limpia de sentimiento

colmado el corazón, ilimitadamente

de amor puro a las gentes.

 

Y dame también fuego que caldee palabras

poderío trueno que conmueva las almas,

Para defender la verdad con ardor

¡dame eterna pasión!


Desde nuestra ladera actual de críticos, tanto las realizaciones de T. Schevetchenko, como las de Ivan Frankó se nos antojan llenas de las limitaciones líricas de su época, de los prosaísmos inevitables. Es una retórica de lucha y de los condicionamientos de una estética sentimental al uso. Pero desde nuestra atalaya de observadores del pueblo, la voz de uno y otro se nos aparecen como documentos insuperables.

Guillermo DIAZ-PLAJA

3 de diciembre de 1979, ABC Dominical, pp. 27 y 29