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lunes, 5 de noviembre de 2018

Entrevista a Julián Marías sobre el anteproyecto de la Contitución de 1978 (Gaceta Ilustrada, 24 de noviembre de 1971)


Julián Marías
«A este anteproyecto le sobra un 20 por ciento»
«Una nueva Constitución se puede hacer en 15 días»

DON Julián Marías (Valladolid, 1914), filósofo, académico de la Lengua, senador por designación real, colaborador de «Gaceta Ilustrada», viene publicando en los diarios «La Vanguardia», de Barcelona, y «El País», de Madrid, una serie de polémicos artículos acerca del anteproyecto de la Constitución preparado por el Congreso de Diputados: «Los escribí porque me parecía un deber moral; y cumplir con un deber moral nunca me ha parecido insuficiente, ni siquiera cuando los ánimos de uno no están para nada». La mañana en que el señor Marías recibió a esta revista, «El consenso», su último artículo, ya estaba imprimiéndose y, probablemente conseguirá, como los anteriores, «contestaciones» no siempre respetuosas: «Ha habido muchas cosas, sí. Yo he visto sólo algo. Pero bueno: a mí me interesaba precisamente eso, que se examinara el asunto; casi nadie había leído ese anteproyecto —porque aquí, como sabe, mucha gente habla de oídas— y me preocupaba precisamente que hubiera sólo unas cuantas enmiendas secundarias y que la cosa, un poco automáticamente y arrastrada por la inercia, se aprobara. Y por lo menos se ha conseguido algo: que la gente se interese y que algunos lo lean». El señor Marías vivió muy recientemente el fallecimiento de su esposa —compañera suya desde el primer curso en la Universidad[1]— pero consigue continuar ironizando preocupadamente: «El otro día estaba mirando la televisión acompañado de algunos de mis hijos y escuchó a un diputado —no recuerdo de qué partido— que decía esta palabra: "poblacionalmente”. De población hace un adjetivo, y luego un adverbio en "mente”. Pero lo que me intrigó es: ¿qué querrá decir?». Al señor Marías no le gusta el anteproyecto de la Constitución y ahora explica por qué, incluso, ha llegado a pedir que se pierdan unos meses y se elabore un nuevo proyecto.
—Bueno, pero es que yo pienso que no es mucha pérdida. Un texto constitucional, un proyecto, creo que no ha de ser una cosa muy larga y se puede hacer, trabajando seriamente, en poco tiempo. Mire: yo tengo muchas reservas respecto de modificar una cosa que no está bien. Cuando una cosa está muy complicada, intentar recomponerla es más difícil que volver a empezar y hacer una nueva. No digo que se tire al cesto de los papeles el trabajo que se ha hecho. Pero creo que es muy sencillo quitarle lo que «simplemente» sobra; rehacerlo de una forma nueva, más breve, mucho más concisa. Yo creo que si a ese anteproyecto se lo quita un 20 por ciento no pasa nada, no pierde nada: gana. Creo que hay que suprimir lo que no tenga sentido constitucional; por lo tanto, abreviar mucho; reexaminar los puntos capitales de la estructura política... Pero es que todo esto, además, se puede hacer en quince días, y este tiempo no supone mayor pérdida. Por ejemplo, dicen que va a haber cientos de enmiendas: simplemente con que en el Congreso se lean y haya un turno a favor y otro en contra, se va a perder mucho más. Probablemente se ganará mucho si se hace un nuevo proyecto más ajustado, que si se parte de éste —muy objetable— y se acumulan enmiendas aisladas...
Una Constitución absolutamente precisa
—Y cómo debería ser, señor Marías
—Yo creo que la Constitución ha de ser muy breve. Que no toque más que puntos de la política española. Pero es fundamental que sea muy precisa: cuando se dice que una de las virtudes de una Constitución es que sea ambigua, a mí me parece una locura. Porque evidentemente la Constitución es el texto al cual se apela cuando hay cualquier tipo de conflicto, cuando una situación pueda o no ser «constitucional». Debe ser absolutamente precisa. Debe ser incluso más original. Este anteproyecto está tomado, en parte de modelos antiguos; y más aún de constituciones extranjeras. Y claro... Primero que los países son distintos y tienen condiciones diferentes; y además, nosotros venimos de una falta de experiencia de vida política y de la de inexistencia de una Constitución durante años...
—Y a qué cree usted que se debe que la hayan hecho así. Tanto secreto, y ahora... 
Yo creo que lo que pasa —personalmente tengo mucho respeto por los miembros de la ponencia; no tengo relación con ellos y le doy una impresión personal— es que ha habido una especie de tira y afloja; diríamos que se han hecho «concesiones en un aspecto» a cambio de que «no pongan dificultades en otro». Y claro, esto no es manera de hacer una Constitución... Luego, además, tengo la impresión de que se habrán podido producir confluencias, «mayorías circunstanciales»; es decir, de los siete, alguna vez ha podido haber cuatro aparentemente de grupos distintos que por alguna razón coincidían. Esto es una hipótesis; no lo sé. Pero leyendo el texto pienso que tiene que haber ocurrido algo de esto. Este tipo de cosas es lo que algunos llaman «consenso». Pero yo digo que en el país no ha habido consenso: no lo ha expresado; tampoco las Cortes en su conjunto: el Senado todavía no ha dicho nada; el Congreso tampoco, y además quedan las enmiendas presentadas; ni siquiera ha dicho nada la comisión. Queda la ponencia. Claro: la ponencia son siete. Y a mí me parece que hay que tener una idea un poco más amplia de «consenso», que el que siete personas estén de acuerdo; y además, lo están relativamente, hasta cierto punto: yo he leído las entrevistas que ha publicado «ABC» con todos ellos y, la verdad, ninguno parece muy contento.
—¿Y cómo se podría haber hecho mejor?
Pues no sé, porque... Claro: el procedimiento de comisiones y ponencias tiene un peligro —yo he vivido eso problema en todo tipo de cooperación—, y es que cuando alguien hace algo, cuando alguien elabora un texto, como todo el mundo está muy ocupado, casi nadie piensa a fondo sobre las cosas; cuando uno de ellos se encuentra con un texto ya redactado, la tentación es: partir de ahí y aceptarlo en su conjunto. Cuando yo publiqué los primeros artículos fue cuando algunos compañeros del Senado se pusieron a leer el anteproyecto.
—¿No le daban importancia?
—Bueno, la Constitución es importante; no es urgente, pero si importante, es decir, si la Constitución está dentro de tres meses, pues muy bien; pero si me dicen que va a estar dentro de seis, tampoco me voy a abrumar por ello. Lo que me parece importante es que sea una institución eficaz y adecuada. Piense usted en la de los Estados Unidos: lleva ya casi dos siglos y está funcionando muy bien. Hay que ver cómo está escrita, cómo está pensada, con qué altura de miras y con qué concisión... La misma Constitución del 76, la Constitución de la Monarquía de Alfonso XII, estaba bastante bien. Yo dije al principio que, si en España se declaraba una Monarquía, aquella Constitución se podría haber declarado provisionalmente en vigor y —retocándola, claro— funcionar con ella. Evidentemente, si hubiera habido continuidad política, si no hubiera habido el golpe de Estado de Primo de Rivera en el 23 y no hubiera habido la crisis política, la Monarquía que habría seguido en España se habría gobernado con la Constitución del 76. Y ahora se habría podido hacer una nueva, con calma.
Un lujo que no nos podemos permitir
Por otro procedimiento, quizás, distinto al de ahora...
—El procedimiento, no sé... tengo la impresión de que la Constitución de la República del 31, su borrador, lo hizo una comisión de expertos, y no de parlamentarios. Naturalmente, luego los parlamentarios son los que deciden; pero creo que aquel texto primitivo fue redactado por un grupo de juristas. Esto sería lo normal. Imagínese: un proyecto de obras públicas, un proyecto de un puente lo hacen los ingenieros; luego, el ministro o el Parlamento da el visto bueno, pero calcular un puente lo hacen los ingenieros. Y yo creo que un proyecto constitucional podría ser hecho por personas competentes que no tuvieran que ser obligatoriamente parlamentarias; que no tendrían influencia de decisión, pero sí sentarían unas bases. Esto hubiera podido estar bien. Y se hubiera podido hacer una Constitución que responda a lo que es el país; quizá con defectos —porque no hay nada perfecto—, pero que, por ejemplo, no elimine las funciones de magistraturas importantes del país. Mire usted, por ejemplo, lo del Rey: a mí, eso, me parece sumamente grave. Querer convertir al Rey en una figura decorativa es un lujo que no nos podemos permitir. Es decir: hacer una Monarquía que no interesa, no tiene sentido; si se hace una Monarquía es para que interese. Y no para plantearse ese dilema que se plantean algunos: es que no debe ser ni un rey escandinavo ni un rey árabe. Eso es ridículo: debe ser español. Pero parece que hay interés por imitar. La originalidad no es inventar cosas raras: al contrario: yo pido el uso de la imaginación concreta. Es decir, que conociendo a España —lo cual no es tan fácil— y conociendo qué función tiene España en el mundo, que es muy importante... Lo que me pasa a mí es que tengo una idea muy alta de este país; creo que es uno de los países más interesantes —y conozco bastantes.
—Dos puntos más, señor Marías. Parece que no está de acuerdo con lo que dice el anteproyecto acerca del Senado.
—Ah, no, por supuesto: es destruirlo. Personalmente me complica un poco la vida. Pero, en fin, el Senado me parece importante. Pienso que la República debió tenerlo: hubiera evitado muchas cosas ligeras que hizo el Congreso; incluso pienso que si lo hubiera tenido, en España seguiría existiendo la República. Pero en fin, en ese anteproyecto se crea un Senado como una Cámara delegada, elegida por otras: por los Asambleas regionales por un lado, y el Congreso por otro; hacer una Cámara derivada no tiene valor ninguno. Yo decía que el Senado, según el anteproyecto, era una Cámara elegida por otras «que puede hacer perder un mes en ocasiones». Bueno: es la única función que le dan; porque dice que si el Senado veta algo, el Congreso puede simplemente ratificar lo que ha dicho antes. Para eso nos podemos ahorrar el tiempo; y el Senado. Lo que pasa es que no se atreven a proponer que desaparezca el Senado, y me parece también mal. Es decir: la mejor situación, para mí, es que exista un Senado eficaz; en segundo lugar, que no exista Senado; y la peor es que exista un Senado que no sirva para nada. Al menos, ahora, el Senado que puede proponer leyes, vetar algunas; tiene cierta realidad...
¿Ha visto la Constitución de Cádiz?
—Su punto de vista sobre los «nacionalidades» parece que en Cataluña no ha gustado.
—Bueno, hubo un artículo de Serrahima, que es muy amigo mío, pero que no tenía nada que ver con lo que yo decía. Yo ni hablaba de la Autonomía de Cataluña —soy, además, muy partidario de la autonomía de Cataluña y de otras autonomías, como he escrito muchas veces—. Lo que yo decía es que la palabra «nacionalidad», en español, es una palabra abstracta. Y propongo que se diga «región» o se diga «país». Ahora, lo que se está intentando hacer está desprestigiando a la propia idea de autonomía. Se está hablando con una frivolidad increíble. Además, nadie se atreve a decir cuáles son... En el anteproyecto de la Constitución hablaban de «las nacionalidades y regiones», introduciendo como un discriminación. ¿Hay nacionalidades «y» regiones en España? ¿Y cuáles son?: díganlo ustedes. Porque si no se dice en la Constitución, ¿dónde se dice? Pero no se atreven ni a decirlo. Yo no sé si ha visto usted alguna vez la Constitución de Cádiz.
Espere un momento. (Trae el libro). Mire usted, aquí dice: «Constitución Política de la Monarquía Española. Promulgada en Cádiz el 19 de marzo de 1812». Tiene una introducción interesantísima. Pero veamos: «De la Nación española y de los españoles. Capítulo Primero. De la Nación española. La Nación Española es la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios. La Nación española es libre e independiente y no es ni puede ser patrimonio de ninguna familia ni persona. La Soberanía reside esencialmente en la Nación y por lo mismo pertenece a ésta exclusivamente el derecho de establecer sus leyes fundamentales». Después viene: «Son españoles: lº, todos los hombres libres nacidos y avecindados en los dominios de las Españas y los hijos de estos...». Luego: «Del territorio de las Españas. El territorio comprende la península con sus posesiones o islas adyacentes: Aragón, Asturias, Castilla la Nueva, Castilla la Vieja, Cataluña. Córdoba... » Así enumera toda la península y toda la América española. «Esto» es una constitución. ¿Ve usted lo que echo de menos? No hay ni un sólo artículo del actual anteproyecto de Constitución que diga quienes son españoles: dicen que eso lo define el Derecho Civil. Ni se dice cuando se gana o se pierde la nacionalidad; dice que las leyes lo dirán. Y en cambio ¡regula la extradición de extranjeros!; ¡en la constitución! ¿Comprende usted?
***
—Cuando le llamó Suárez fue para hablarle del tema de la Constitución, ¿no?
—Pues sí... Yo hablé con él a raíz de la publicación del primer artículo, o el segundo; y hablamos de eso, claro. Hablamos un poco de mi opinión y más o menos le dije algunas de las cosas que le acabo de decir a usted. Yo creo que a él le parecieron interesantes los artículos, por lo menos no me dijo que lo parecieran mal.
—A lo mejor le hace caso y ordena que se rehaga todo.
—En realidad, tampoco es asunto suyo; porque la Constitución no la hace el Gobierno, sino las Cortes. En la ponencia hay tres miembros de UCD; no sé si la opinión del Presidente puede pesar sobre ellos. Lo que le puedo decir es que estos artículos han sido absolutamente personales absolutamente independientes; no tienen el apoyo de ningún grupo del Senado. Ni comprometen a nadie ni me hubiera dejado influir por nadie. Porque yo soy independiente a fondo, naturalmente. Si alguien me dice que no le han gustado mis artículos, le contestaría: «Pues lo siento mucho»; y si le parecen bien, le diría; «Me alegro... ». Pero los artículos están firmados por mí, escritos ahí, en esa máquina, y no tienen más que el alcance de una opinión personal.

Gaceta Ilustrada 1113, 5 de febrero de 1978, pp. 20-23.

[1] Ver Gaceta Ilustrada, número 746, de 24 de enero de 1971, entrevista con Julián Marías.

miércoles, 3 de octubre de 2018

"Consignas convergentes" de Julián Marías (Índice, enero de 1959)


CONSIGNAS CONVERGENTES
Se está poniendo de moda, y por dos, o acaso tres, facciones opuestas —por lo menos en apariencia— el intento de «hacer el vacío» en España. Vientos de negativismo soplan desde diversos puntos del cuadrante. Se quiere hacer almoneda de la tradición próxima —que es condición de toda otra lejana y además, de la de más valor que hemos tenido en tres siglos— descalificando con varios pretextos a los hombres de la generación del 98, y de la siguiente. Unas veces son «impíos», otras son «burgueses», en ocasiones eran «demoledores», y no aceptaban España, sin prejuicio que al día siguiente se nos diga que eran «conformistas» y que se extasiaban ante un paisaje o un pueblo castellano, en vez de haberse dedicado a convertirlos en «comunas» estilo Mao. Un día se los increpa porque no les gustaba Balmes, al siguiente porque no entendían de arte, el tercero porque eran individualistas y minoritarios —aunque sus lectores sean legión, y los  de sus «multitudinarios» objetantes sean doscientos suscriptores de una pequeña revista o de una colección «exquisita»—. Casi siempre se prescinde, de entenderlos: probablemente no se conseguiría, pero además, no se trata de eso; de lo que realmente han pensado y escrito, lo que quieren decir sus obras, ¿qué más da? Porque lo que se busca es  «hacer el vacío», despoblar, devastar esta «espaciosa y triste España», a ver si, ya que no más espaciosa, resulta más triste. Se intenta anular una tradición justamente por lo que tiene de continuidad y, por lo tanto, de continuación: hay que descalificar también todo lo que viene, como herencia legitima, de esas dos generaciones ejemplares; dar por nulo lo inexistente, lo que se ha hecho —con tanto esfuerzo, a veces con algún heroísmo— en el pensamiento, en la literatura, en el arte de varios decenios. ¿Para qué? Para intentar persuadir a los mal informados de que dos o tres grupos de recién llegados —jóvenes o menos jóvenes, según los casos— van a empezar. Y como no están seguros de añadir mucho a lo existente, necesitan convencer a los demás de que no hay nada, de que empiezan de cero. Por eso el cero es su primer objetivo.
Se dispara desde opuestos flancos pero las miras son convergentes, los fuegos se cruzan en el mismo punto. Con tal precisión, que a veces se piensa en un ataque combinado. Al final se nos muestran, como otros tantos banderines, dos, tres listas de nombres, pero que se repiten una vez y otra, siempre los mismos en cada caso. Son poco más que nombres, con una realidad intelectual mínima, incluso con una realidad social efectiva —lectores, espectadores, discípulos, gentes impregnadas de su labor, en alguna medida deudoras y heredaras—muy escasa. Tampoco hay detrás una doctrina o un ejemplo. Ni hay siquiera —lo que sería lícito y útil— una crítica real, que pusiese a prueba, incluso aceradamente, el valor de todo lo que pretende tenerlo. Sólo hay consignas. Con distintas voces, se repiten, cosas que hemos leído en varias lenguas y en distintos países. A veces sirven al partidismo; otras al resentimiento ; de un modo o de otro, a la impotencia creadora, generadora de envidia. Porque lo que menos se perdona es la realidad.
Ortega, que tantas cosas anticipó, filió en cuatro líneas, allá en 1927, este tipo de actitudes. Contraponiendo a la «egregia labor» de los católicos alemanes la de otros grupos, decía de estos últimos: «Usan del catolicismo como de una maza. Se ve demasiado pronto que su afán no es el triunfo de la verdad, sino apetito de mando. La actitud que han tomado la han aprendido de los sindicatos, comunistas, etc. Porque hubo un tiempo en que como ahora a ciertos católicos les basta con declararse católicos para asumir todas los sabidurías, los socialistas extremos creían poseer en cifra todas las verdades y desdeñaban la ciencia burguesa. También entonces había una crítica literaria socialista donde volcaban toda su miseria mental y todo su rencor las almas menos bellas del tiempo».
Cuando se lee algo, conviene pararse un momento a pensar sí eso que se ha leído lo dice el que lo escribe o es una simple resonancia de «la voz de su amo».
J.[ulián] M.[arías], Índice, 146, enero de 1959, p. 5.

sábado, 8 de septiembre de 2018

A la muerte de Heidegger (y III) (El País, 27-30 de mayo de 1976)


Martín Heidegger, en la muerte

Me dan la noticia de que Martin Heidegger ha muerto. Yo diría en español, mejor aún, se ha muerto, y pienso que para él esto hubiera tenido un hondo sentido de haber podido decirse así en su alemán elaborado, reconstruido, recreado desde sus raíces. Con Heidegger termina una etapa de su generación. Nacido en 1889 -como Gabriel Marcel-, seis años más joven que Karl Jaspers y Ortega; cuando yo me asomé a la filosofía era el gran astro naciente. En 1927 había publicado su libro genial, Sein und Zeit; asombra pensar que sólo tenía treinta y ocho años. Cuando en 1931 llegué a la Facultad de Filosofía de Madrid, poco conocido era el mundo no alemán, pero ya en 1928 lo había comentado Ortega, y Zubiri volvía precisamente de pasar dos cursos con él en Friburgo. Yo devoré ese libro fascinador en 1934, recién cumplidos los veinte años, en la Universidad de Santander, encerrado todos los días varias horas frente a la bella tipografía con reminiscencias góticas, el diccionario Langenscheidt al lado. Cuando un día doblé la última página, la 438, sentí que había doblado el cabo de Buena Esperanza del alemán -desde entonces, cualquier libro parecía fácil- y había incorporado eso que sólo de vez en cuando aparece en el mundo: una filosofía. Todavía puede verse, palidecida por los años, una raya de lápiz rojo en el margen, que señala las últimas interrogantes de Heidegger, al final de su libro.

Todavía Heidegger no estaba de moda. No se habían apoderado de él los glosadores. Nadie lo había traducido, y por tanto, aún no se había demostrado que es intraducible. Lo seguí en los años sucesivos, en sus libros y folletos, y no son escasas las primeras ediciones que guardo. Habían de pasar muchos años para que Francia se apoderase de él y con su sustancia hiciera el «existencialismo». Martin Heidegger había de recorrer, por su parte, un largo camino, con hondas excursiones hacia el subsuelo de la poesía y del arte. Y siempre siguió buceando en sus griegos, sobre todo los presocráticos, en sus idealistas alemanes -Kant, Hegel-, en Hölderlin, Trakl, Nietzsche. Había de tropezar ingenuamente con el nacionalsocialismo -el ingenuo Heidegger, que no vivía en este mundo, aunque fuese el padre de la expresión in-der-Welt-sein-, y el nacionalsocialismo tropezó brutalmente con él. Los envidiosos, los resentidos, lo aprovecharon largos años para no perdonarle su genialidad.

Porque -hay que decirlo- Martin Heidegger era un genio. Uno de esos hombres contados que alumbran algo, que aumentan el mundo, con los cuales hay que seguir contando ya. Nunca me dejé fascinar por esa genialidad, porque me había formado filosóficamente en otra, más luminosa, más controlable, creo que más verdadera, y tuve siempre conciencia de que a Heidegger le faltaban y le sobraban algunas cosas importantes; pero la evidencia de su fabuloso talento filosófico se me impuso desde la primera lectura, desde los primeros capítulos. Hace siete años, en una entrevista en L'Express, Heidegger decía melancólicamente: «Casi todos creen que he muerto.» Hace cosa de tres años, un profesor alemán me decía que en las universidades de su país no se podía nombrar a Heidegger, que su nombre era «una palabra sucia». Lo siento por el tiempo presente, capaz de renegar de su propia filosofía, es decir, de su raíz.

Conviví con Heidegger en 1955 en el Château de Cérisy, en Normandía. «Monstruo de su laberinto», dije entonces. Pude penetrar durante diez días en el «taller» de Heidegger, donde desmontaba a sus filósofos y poetas y volvía a recomponerlos etimológicamente, envolviéndose tal vez en el hilo de oro de sus teorías, como en un capullo. Alguna vez he dicho que el gusano de seda no debe ser el animal totémico del filósofo. Pero no importa. Heidegger ha sido, con Husserl, el mayor filósofo alemán de nuestro tiempo, uno de los más grandes del siglo XX. En algún sentido, Sein und Zeit es el libro capital de nuestra época. En él se inició una nueva manera de filosofar, de escribir filosofía, de vivir el alemán, de tal manera que había de resultar difícilmente comunicable. Su irradiación ha sido inmensa, y durará mientras haya filosofía. Hoy son muchos los que desean que no la haya y predican con el ejemplo: no haciéndola -lo que es perfectamente lícito- y usurpando su nombre -lo que no es demasiado decente- Pero la filosofía no se ha extinguido. Cuando se discute si la metafísica es posible, ¿qué importa si es necesaria, inevitable?

Heidegger habló, quizá demasiado, de la angustia, de la cual se apoderaron los que no eran capaces de seguirlo leyendo. Habló de la Sorge, la cura, el cuidado. Del Dasein o existir humano. Y, por supuesto, el que más después de Unamuno, de la muerte. Con todo ello se olvidó muchas veces que la cuestión primaria era para él «el sentido del ser en general», ese Sein que lo fascinó, cuyo nombre escribió de tantas maneras, con ortografía arcaica, con un aspa que lo tachaba, quizá porque adivinaba que no era su mejor nombre.

Es muy difícil traducir su alemán. Sein zum Tode ha solido traducirse «ser para la muerte»; creo que en español se dice «estar a la muerte», lo que le pasa al hombre todos los días de su vida. Ahora, Heidegger no está a la muerte, sino que ha llegado a ella, está en la muerte. Quiero creer que tras ella sigue estando después de haber ejercido esa «libertad hacia la muerte» que fue otro viejo tema de su filosofía.

Julián Marías, 27 de mayo de 1976

Olvido y memoria de Heidegger

A la muerte de Ortega, en una revista que ahora no tengo a mano, publicó Heidegger un breve y emocionado recuerdo en honor y admiración de su colega. Eran años en donde la filosofía se encarnaba aún en unas cuantas grandes personalidades que, a su manera, habían incidido en la historia de su país y que recogían con su presencia los ecos más fuertes de la historia. Heidegger aludía en sus líneas a un encuentro casual en el jardín de la casa que los albergaba. Ortega paseaba solitario Heidegger describe la impresión que le produjo descubrir, de pronto, aquella soledad de Ortega, aquel silencio en el que el filósofo alemán intuyó, un rasgo esencial de la extraordinaria personalidad orteguiana, y en él, su problema de la filosofía. Se me ocurre ahora improvisar también sobre un recuerdo: una breve historia que, por lo inédita, tal vez sea más interesante que su apresurado panegírico de lo que Heidegger ha significado en el pensamiento europeo. Efectivamente, con Heidegger ha quedado clausurada una época ejemplar en la historia del pensamiento; pero la muerte del «último de los filósofos» nos va a servir para hacer más viva e interesante la crisis por el significado del discurso filosófico y la semántica que lo alimenta.

Mi primer encuentro fue en casa de Gadamer hace más de veinte años. No hacía mucho tiempo que Gadamer había ocupado la cátedra de Jaspers en Heidelberg. Pretendía poner a sus jóvenes doctorados, entre los que me encontraba, en contacto con el filósofo de la Selva Negra, recuperándolo también de los escombros de la guerra. Solíamos reunirnos cada quince días en lo alto de la Bergstrasse. Aquel semestre nos tocaba leer a Kant. Un par de días antes de la quincenal reunión se nos había anunciado que Heidegger vendría, desde Friburgo, a compartir con nosotros las páginas de la «Crítica de la Razón Práctica». Yo andaba entonces por otros derroteros que los heideggerianos en los que años, atrás había estado alegremente perdido, profundamente absorto. Me parecía que la revolución que para algunos estudiantes españoles había supuesto Heidegger, se había cumplido ya, y que ante el pensamiento apergaminado con el que tropezábamos, Heidegger había sido un rio de sugerencias, de ideas, quizá mal entrevistas en aquellas traducciones contra las que luchábamos en la tertulia del madrileño Gambrinus. Pero a las orillas del Neckar, con una carga crítica estallando siempre, luchando por esclarecerse y concretarse, como los perfiles nítidos del río, océano del lenguaje heideggeriano me parecía un exceso, un lujo del pensamiento. Pero, con todo, la curiosidad era poderosa. Sentarse allí, en la biblioteca de Gadamer, con el autor de «Ser y Tiempo», no dejaba de tener algo mítico, para el estudiante que lo había descubierto con admiración en las mesas oscuras del Gambrinus. Cuando llegamos, Gadamer nos lo fue presentando y, sin preámbulo alguno comenzamos por el párrafo en el que hacía dos semanas habíamos quedado.

«Entiendo por aclaración crítica de una ciencia o de un mensaje científico... la investigación y justificación de por qué tiene que tener esta forma determinada ... » Yo miraba a Heidegger, que sostenía en sus manos la vieja edición amarillenta, subrayada, y entre cuyas hojas había intercaladas, sueltas, las páginas de otras obras de Kant que aclaraban algunos problemas de la que leíamos. Esperábamos oír al filósofo de «Sendas Perdidas» enredado en la magia de su propio lenguaje, divagar sobre el ethos y el destino. Su voz, con una claridad y precisión inolvidables, nos llevaba segura por los recodos aristados de Kant, en lenguaje de contornos exactos sin concesión alguna al lujo o al exceso. Una lección prodigiosa de la mejor filosofía académica tras la que se vislumbraban años de rigor, de potencia mental, de disciplina, de talento. Después, la consabida cerveza en la Kneippe cercana; el diálogo ágil, humorístico, triste a ratos, frente a nuestra ligera agresividad. La sonrisa de Gadamer al despedirnos tenía algo de triunfadora. ¿Qué imaginabais?, parecía decimos, porque en aquellas horas habíamos descubierto muchas más cosas que la esperada «especulorrea» que nos habíamos temido.

El primer encuentro con Heidegger fue, durante los días sucesivos, el tema obligado en los obligados paseos del Neckar. Allí habíamos tropezado con un Heidegger nuevo, y aunque seguíamos pensando que el Heidegger escrito nos quedaba lejos, el enorme poder pedagógico de aquellas horas oyéndole explicarnos a Kant nos lo había, momentáneamente, justificado, me atrevería a decir, recuperado.

Recuerdo aquel recuerdo, hoy, después de muchos años de haberlo dejado reposar en el olvido. Me plantea, mucho más aguzado aún, un problema de entonces. ¿Qué lenguaje tendremos que utilizar para acercarnos a explicar su obra, como él explicaba la de Kant? ¿Con qué brújula orientarse por la selva heideggeriana?, ¿Qué fronteras la cercan? ¿Hacia dónde llevan sus senderos? Cuando la espuma de la ola de la cultura se remanse, cuando se desarticulen los tinglados de las modas intelectuales, ¿llegaremos a Heidegger como se llega a Aristóteles, a Descartes, a Kant, a Nietzsche? ¿Se habrá solidificado como una montaña ineludible en el horizonte de la cultura la visión heideggeriana del Ser, del Tiempo y de la Historia? O por el contrario, ¿será su filosofía un fugaz pasatiempo erudito para la arqueología del saber? En estas respuestas, sin embargo, reside un problema importante. No hay lenguaje sin código, no hay filosofía sin el cerco apretado de la historia. Sólo en ésta adquieren sentido los mensajes de los hombres.

El mensaje de Heidegger está hoy abierto a la hermenéutica o al olvido. Con él se cierra el círculo que se inicia con Kant. Con Heidegger desaparece la filosofía de los grandes filósofos, de los desveladores del Ser para siempre perdido. No sabemos si podremos recuperarlo, si merece la pena escribir sobre ese Ser, que ha ocultado insistente mente las normas de su juego. No sabemos si los filósofos de hoy, minimizados entre los problemas filosóficos más modestos, tendrán que volverse a funciones triviales como las que heredaron los estoicos, los epicúreos, los escépticos, o simplemente los que marcan en la historia los temas cartesianos de la felicidad. ¿Para qué poetas, en tiempos menesterosos, comentaba Heidegger sobre los versos de Hölderlin? ¿Para qué filósofos, qué clase de filósofos, qué caminos de la filosofía, en tiempos de libertad? Al final de la «Crítica de la Razón Pura» señalaba Kant tres grandes dominios ceñidores de los problemas de la filosofía, de esos problemas que expresan el destino singular de la razón humana atenazada siempre por cuestiones que no puede desechar porque le son impuestas por la misma naturaleza de la razón; pero que, a la par, no puede responder, porque sobrepasan la capacidad de esa razón. Esos tres dominios se configuran en tres preguntas: ¿Qué puedo saber? ¿Qué debo hacer? ¿Qué puedo esperar? Heidegger ha respondido, sobre todo, a dos de ellas, en la original galaxia metafísica de un sistema conceptual que articulaba la ciencia y la técnica de nuestro mundo con una escéptica esperanza para un hombre surgido ante el paisaje de la muerte, del abandono, del destino. Su lenguaje, asentado en la exclusiva firmeza de su propia semántica, de su propia y agarrotada soledad, buscaba esa esperanza kantiana en una frontera imposible de traspasar. Pero esa lucha nos ha dejado a la puerta de la otra gran pregunta formulada también por Kant: ¿Qué debo hacer? La búsqueda de los senderos perdidos por este deber y esta praxis, alentaría la marcha de la filosofía futura, si es que el futuro cuenta; si es que la filosofía no se convierte en la melancólica historia de un paulatino y gran olvido.

Emilio Lledó, 28 de mayo de 1976

La doble muerte de Martin Heidegger

 A mis amigos cuarentones les he oído contar muchas veces cómo para ellos Heidegger fue un descubrimiento, una apertura nueva al verdadero ser de la filosofía. Es natural: en ese entonces la filosofía oficial en España, era, a juzgar por los testimonios y en aras de la brevedad, una filosofía con la sumisión en el alma y la caspa en los hombros. Frente a ella Heidegger suponía una alternativa digna de consideración: una filosofía de las de antes de la guerra (como creo que se decía a propósito- de otras cosas) una filosofía de calidad, una filosofía novedosa, sí, pero, al propio tiempo, presentada bajo la forma de un riguroso regreso a los orígenes de la reflexión; representaba, en definitiva la más reciente manifestación del genio filosófico alemán.

Distintos caminos

Todo el mundo sabe lo que pasó después otras filosofías (mejor preparadas, según parece, para la vida moderna) se abrieron distintos caminos entre nosotros y Heidegger pasó a ser, o bien un recuerdo teñido de ironía retrospectiva (para quienes están ahora en Gramsci o en Chomsky), o bien un apacible tema de tesis doctoral. Me atrevo a decir que para los estudiosos españoles de la filosofía menores de treinta años, Heidegger ha sido más que nada un autor del que no había más remedio que examinarse para obtener el aprobado en Metafísica. Por eso, para muchos, esta muerte del día 26 habrá sido la segunda muerte de Heidegger. La primera venía de atrás y es la más grave. En efecto: el certificado de defunción estaba ya extendido, y lo firmaban representantes de las filosofías que hoy (para bien o para mal) están de verdad en vigor.

Filosofía patológica

Lo de menos es lo que ha dicho Heidegger la llamada -empleando el término en su sentido más amplio- filosofía analítica. Ya Carnap -allá por la época en que el neopositivismo se convertía en la moderna enfermedad infantil del empirismo- hacía de la filosofía de Heidegger el modelo de filosofía a evitar, y de Heidegger el prototipo del músico fracasado (todo metafísico lo era, según Carnap, y, en esto, Carnap se aproxima a Beethoven). ¿Qué es metafísica?, el libro publicado por Heidegger en 1929, representaría, según Carnap, la ejemplificación suma de lo que podríamos llamar -tomando de los físicos la calificación-, filosofía patológica.

Gracia y silencio

Pero no toda la filosofía analítica es el neopositivismo, se nos dirá. Cierto. Sin embargo, podría afirmarse, simplificando, que de la filosofía analítica, Heidegger ha obtenido, descontado Carnap, o bien desenfadadas alusiones a veces no exentas de gracia (es el caso de Russell), o bien el silencio (consciente o ignorante).

Peor le ha ido por la banda de babor. En un libro -El asalto a la razón, de G. Lukács-, cuya lectura es también para muchos un pecado de adolescencia, Heidegger aparece sumido en un capítulo titulado El Miércoles de Ceniza del subjetivismo parasitario. Eso basta. Y está por lo demás, la crítica a que le ha sometido Theodor W. Adorno. Adorno ha sido quien llegó más lejos, porque fue quien asumió la empresa con mayor seriedad. No podemos hacer otra cosa que limitarnos a recomendar la lectura de obras como Jargon der Eigentliichkeit (en castellano: La ideología como lenguaje), o Dialéctica negativa (de la que Vidal Peña daba cumplida cuenta en estas mismas páginas hace una semana). Y, sin embargo, no se puede acabar así. Es posible presentar a Heidegger como infractor por antonomasia de la sintaxis lógica; como profundo mamporrero filosófico del nazismo; como acabada muestra de la irremediable, decadencia de una clase angustiada ante su fin; como suma y compendio de los males que acarrea la pretensión de hacer para filosofía frente a la siempre impura realidad; o como todo ello a la vez. Pero no todo termina ahí. Concédasenos lo que cabría llamar el derecho a la sobreestructura. Al fin y al cabo, hasta los peores enemigos de ésta le otorgan una autonomía relativa. No se le exija, pues, a un aprendiz de filósofo como el que escribe, que sea tan chabacano como para despachar de un plumazo apresurado a quien escribió Ser y tiempo, quien meditó sabiamente sobre los presocráticos, sobre Aristóteles, sobre Kant y sobre Nietzsche, sobre el arte y sobre la técnica; a quien, en, último término, fue siempre el que era. Finalmente, un dato para los astrólogos, a los que según cuentan, tan aficionado era Hitler: la node la muerte de Martin Heidegger apareció en la prensa exactamente el mismo día (un 27 de mayo) en que se cumplían cuarenta y tres- ¡qué número tan poco brillante!- años desde aquel 27 de mayo de 1933 en que Martin Heidegger -rector con Hitler- pronunciaba su tristemente célebre discurso titulado La autoafirmación de la Universidad alemana.

Alfredo Deaño, 30 de mayo de 1976

jueves, 6 de septiembre de 2018

Julián Marías: "El Crepúsculo Industrial, S.A." (Destino, 6 de noviembre de 1954)


El Crepúsculo Industrial, S. A.[1]
EN una vieja ciudad castellana se encuentra un rótulo en el local de una modesta industria: «LA INTIMIDAD — FABRICA DE HIELO». Me he acordado de este título y de lo que sugiere al pensar en el de una sociedad recientemente establecida en los Estados Unidos, en New England, que ha iniciado sus primeros talleres en Haverhill, una pequeña ciudad de ese Estado de Massachusetts que algún tiempo ha sido mi mundo: «Sunset Industries, Incorporated», que se podría traducir algo libremente «El Crepúsculo Industrial, S. A.» o más literalmente, «Industrias de la Puesta del Sol». La originalidad de esta sociedad consiste simplemente en que «sólo» recluta su personal entre hombres y mujeres de sesenta años en adelante. Las mujeres que constituyen el primer taller tienen entre 60 y 78 años: una de ellas es bisabuela.
Esta sociedad no hace sino tomar en serio una situación característica de nuestro tiempo, cuyas consecuencias son en parte previsibles — pero hace falta molestarse en preverlas—, en parte difícilmente imaginables: el hecho de que los hombres y mujeres del siglo XX no se deciden fácilmente a morir, ni siquiera a declinar. Hasta hace pocos decenios, en efecto, la gran mayoría de los hombres habían muerto antes de cumplir les 60 años; sólo quedaban «supervivientes» de mayor edad, y esto en un doble y hasta triple sentido: 1º, eran numéricamente, muy pocos, 2º por ello, «las formaciones» que habían substituido antes estaban maltrechas y desarticuladas, 3º estaban — salvo excepciones— en franca decadencia física y, sobre todo, moral. La vejez sobrevenía muy pronto, en parte por causas fisiológicas, en parte por una cuestión de actitud; cuando se empieza a decir — en broma y sin creerlo— «yo ya estoy viejo», «a mis años», etc., al cabo de algún tiempo todo eso resulta verdad. Hace ahora ochenta años la infanta carlista doña Nieves de Braganza, llevada por los azares de la guerra civil, llega a la ciudad catalana de Ripoll; allí se hospedaba de una familia; la mujer, de gran belleza, es conocida con el nombre de «la Rubia de Ripoll», la infanta, en sus Memorias, se admirara: qué belleza, qué cutis terso, qué cabellos dorados; le dicen la edad de la guapa catalana: veintiocho años; y no puede creerlo, no puede comprender que a esa edad esté tan joven y hermosa, tenga esa piel y esos cabellos; porque a los veintiocho años, insiste, no se puede decir, de ninguna manera, que una mujer, aunque sea casada es joven. A los veintiocho años, «la Rubia de Ripoll» tenía la obligación de entrar en el crepúsculo y dar a sus cabellos áureos una luz de poniente.
Según cálculos aproximados, la duración media de la vida humana en 1500 era de 22 años, en 1700 de 34; en 1800 de 46; en 1960, de 49; en 1953 de 69. Se ve, desde luego, que el siglo XX tiene algún misterio. Pero estos datos sirven de poco, porque son demasiado complejos: no se trata, claro está, sólo de la longevidad, sino de la enorme disminución de mortalidad infantil, la desaparición de muchas enfermedades graves y de la gravedad de otras que persisten, pero domesticadas por la cirugía o los antibióticos. Es interesante ver lo que ocurre sólo con los en los viejos: en los Estados Unidos las compañías de seguros consideran que la vida medía probable es hoy de 68, 8 años para los hombres y 72,1 para las mujeres; las probabilidades de que un niño nacido en 1938 alcance los 65 se calculaban en el 53 por 100; para el nacido en 1953, el porcentaje es 64 — si es niña, 74—. Y no es sólo esto: los 65 años no son un límite, sino una edad casi se calcula casi “media” que más de la mitad de los de esa edad vivirán todavía 12 años, una quinta parte 20 años más; para las mujeres, la situación es increíblemente favorable: la mitad de las que tiene 65 años llegarán a 80, la quinta parte alcanzarán los 88, Hay ahora en los Estados Unidos 13 millones y medio de personas de más de 65 años; a finales de siglo se prevé que haya 26 millones.
Esto quiere decir que habrá generaciones compactas con sus cuadros firmes, con su estructura; es decir, que en lugar de supervivientes del gran naufragio de la ancianidad, «Rari nantes in gurgite vasto», dentro de poco tiempo habrá «una generación más» en el escenario histórico; y habrá que plantearse el problema de la dinámica de las generaciones en esta nueva situación, y por tanto de su duración e intervalo, posiblemente distinto al alterarse de modo perceptible ese elemento de la estructura empírica de la vida humana que es el esquema de las edades.
Pero no es este aspecto colectivo el que en este momento me interesa, sino la nueva situación que en la vida humana «individual» introduce esta longevidad estadísticamente frecuente, con la cual, por tanto, se va a empezar a «contar». que va a funcionar en nuestro horizonte. La expresión que emplean las compañías de seguros americanas, «life expectancy», expectación o esperanza de vida, tiene un sentido abstracto y estadístico, que es el que a ellos les interesa, y no el otro concreto, imaginativo y cordial: lo que cada uno de los hombres espera como probable e incierto límite de su vida terrena.
Hasta ahora se contaba con que la vida terminaba hacia los sesenta años; por lo menos, su fase activa; piénsese en las connotaciones sentimentales de la palabra «sexagenario», y en la irritación que producen a todos los sexagenarios actuales. Las formas de la vida colectiva estaban determinadas por esos supuestos, y se contaba con que los hombres, al llegar a cierta edad catre 60 y 70—, dejan de funcionar: es la edad de la jubilación o el retiro, del paso a lo hoy se llama «clases pasivas». Ahora resulta que las clases pasivas no lo son, sino que se sienten capaces de plena actividad. Pero ésta — y, por tanto, la figura de sus vidas — resulta problemática.
Caben, en efecto, dos posibilidades bien distintas, que podríamos denominar así: continuar o empezar de nuevo. En unos casos, la tendencia es aumentar la edad del retiro; en muchas universidades americanas es de 65, en otros casos de 68; en pocos se llega a la de 70, normal en Europa; se trata de establecer este tope o incluso otro más avanzado; una innovación mayor es la desaparición de la edad forzosa de retiro; desde cierta fecha, una comisión decide si el trabajador continúa en activo o debe retirarse; es decir, no es la edad, ninguna edad, la que aparta del trabajo activo, sino las condiciones del individuo.
Pero hay otra tendencia, que en los Estados Unidos se manifiesta claramente: un paradójico retiro temprano. Los amplios ingresos del norteamericano medio, la adquisición de una casa propia y otros medios desde muy pronto, el ahorro, todo ello permite a muchos, desde el punto de vista económico, retirarse a los sesenta años, tal vez antes, Y no son pocos los que lo hacen, muchos más los que lo desean.
Pero hay que preguntarse: ¿Retirarse de qué o a qué? Porque no se debe aceptar tan llanamente la interpretación negativa del retiro. Se trata de retirarse de la profesión ejercida hasta entonces, pero no para aguardar una melancólica extinción sino para iniciar nuevas actividades. Éste es el fondo de la cuestión: la idea de la “vida nueva” que empieza cuando antes se pensaba que estaba terminando la vida.
Probablemente, antes de tener formas profesionales esta actitud germinó en las mujeres americanas. Estas se casan pronto — antes de los 21 por término medio —; en un país sin servicio doméstico, trabajo de la casa y el cuidado de los hijos constituyen una pesada carga; las mujeres trabajan esforzadamente durante muchos años. Pero llega un momento en que los hijos están ya criados, son independientes, tal vez se han casado, en todo caso están en sus años de «college», casi siempre en otra ciudad; y las madres, gracias a una buena constitución racial, dieta adecuada, ejercicio y artes cosméticas, se encuentran a larga distancia de todo asomo de vejez. Entonces puede empezar la segunda vida, con tiempo libre para ellas mismas, con libertad para planear su vida sin sacrificarla al cuidada apremiante de los hijos. Muchos matrimonios, al quedarse más o menos solos, vuelven a mirarse con ojos distintos y a planear nuevos programas.
Al hacer los nuevos proyectos para la segunda etapa, se produce también una crisis en el hombre. ¿Por qué seguir haciendo lo mismo? Hay que advertir que los americanos tienen mayor propensión a cambiar de trabajo, puesto o residencia que los europeos — una de las razones es la mayor semejanza entre las ciudades de los Estados Unidos que las de Europa: la diferencia que existe entre vivir en Providente o en Baltimore no es comparable a la que significa vivir en Granada o en Oviedo, en Múnich o en Heidelberg—. Tal vez la pareja ha vivido años y años en no clima duro e inhóspito, en Iowa o en North Dakota; ¿por qué no intentar California o Florida? Todo lleva a la actitud de «volver a empezar».
Pero esto tiene algunos supuestos delicados. Uno de ellos, la capacidad de modificar sustancialmente el proyecto vital; lo cual implica una cierta insolidaridad con el pasado, por una parte; una elasticidad juvenil, por otra. Además, pone al descubierta con una sinceridad que no es frecuente, el hecho de que los hombres no suelen vivir de acuerdo con su vocación. Existen en el mundo infinitas tareas para las que los hombres no se sienten «llamados»; las realizan, sin embargo porque son necesarias — colectivamente —; porque tienen que vivir — individualmente—; pero la ilusión que producen es muy moderada. Muchos hombres aceptan que las cosas sean así; algunos acaban por sentir la ilusión de la tarea cotidiana, la realizan con «amore», ponen en ella una buena parte de sí mismos, y al quererse, la quieren; otros se amargan, se agrian, fermentan en descontento y rencor; bastantes jamás piensan en ello, porque ni siquiera se les ocurre que la vida pueda ser de otra manera. Muchos americanos, al llegar a los sesenta años, tal vez antes, abandonan el «trabajo» en sentido estricto, impuesto, profesional, forzoso, penoso, aburrido, sin interés, y se dedican a iniciar lo que Ortega llama «ocupaciones felicitarías»; que, por lo general, consisten en otro trabajo, tal vez de tanto esfuerzo.
Trabajo, pero «otro». El elegido, no automáticamente designado por las circunstancias. Esto hace que el impulso vital se renueve, como un proyectil al que se hace seguir avanzando con un nuevo cohete. La trayectoria, que iba ya de vencida, que pronto tocaría el suelo, vuelve a tenderse y avanzar hacia un horizonte más lejano: es una nueva forma del elixir de la juventud.
Porque lo que quiero decir es esto: el aumento de la vida media humana y de la conservación del hombre a edades avanzadas es la causa de que se esté llegando a nuevas estructuras sociales, de que se vuelva a empezar, de que los profesores legalmente jubilados por las Universidades sean contratados por otras, que organizan una espléndida «faculty» de «viejos oficiales», que juvenilmente despliegan las velas de su segunda navegación, de que en otra Universidad de Massachusetts se den cursos «exclusivamente» para mujeres de más de 65 años. Pero esta reacción positiva a la longevidad estadística va a incrementarla. El reajuste de las vidas individuales les va a dar lozanía y frescura por unos cuantos decenios más. No va a ser simplemente que hombres y mujeres «no se mueren», que siguen sobre el suelo más años de los que se esperaban, sino que van a tener más vida, un suplemento de vitalidad, lo cual implica una segunda parte del programa, del programa vital en qué consisten. Un gran maestro español, al cumplir los 80 años, pedía a su médico dieciséis más de vida: los necesitaba —dieciséis, ni más ni menos— para acabar los trabajos que tenía entre manos. No dudo de que Dios se los conceda; ya lleva cinco más, y no hay en él señal de decadencia. Y estoy seguro de que al cumplir 96—ya se sabe lo que es el trabajo intelectual — le faltarán aún muchas cosas; y se le habrán ocurrido nuevos temas incitantes; necesitará una prórroga. La puesta del sol es a reces muy lenta y larga; espero cambios decisivos en la estructura de la sociedad y de la historia, sólo a causa de la moral que implican esas «Industrias del Crepúsculo» que acaban de nacer en Massachusetts.
Julián Marías, Destino, Año XVIII, Núm. 900 (6 nov. 1954), pp-34-35


[1] Este artículo está incluido en: Julián Marías, Los Estados Unidos en escorzo (artículos escritos entre 1951 y 1955), Emecé Editores, Buenos Aires, 1964.

Francisco Umbral entrevista a Julián Marías (Destino, 26 de enero de 1963)


JULIÁN MARÍAS: NUEVO VOLUMEN SOBRE ORTEGA
«ULTIMAMENTE ha dado conferencias en Brasil, Argentina, Puerto Rico...» El filósofo y ensayista Julián Marías, a solas con sus libros en orden. Hay en la gran biblioteca rectangular retratos de todo el 98. J. M es un hombre discreto, suasorio, que intenta o quisiera, a veces, resultar imperceptible. Una rigurosa e invisible cuadrícula ordena y distribuye, sin duda. las ideas, las horas, la vida de esta casa. «Mis temas han sido la sociología y la literatura.»
—¿Interesamos en América?
—Yo creo que mucho. Y no sólo en los países de lengua española. Brasil importa tantos libros nuestros como todo el resto de Sudamérica. En Brasil se nos lee en castellano y en portugués. Pero hay un fenómeno curioso: nuestras obras de pensamiento han calado allí más que las literarias.
—¿Qué es su último libro, «Los españoles»?
—«Los españoles» comprende una serie de ensayos con unidad interior. En este volumen trato de recoger unas cuantas figuras y problemas españoles, desde el siglo XVIII a la actualidad.
—¿Cuál es la médula intelectual de esos ensayos?
—Un temple liberal español matizado por lo que yo llamo «melancolía entusiasta».
Julián Marías se ocupa actualmente en la preparación de un nuevo volumen de su monumental obra sobre Ortega: «Ortega, circunstancia y vocación». Asimismo, dirige un Seminario de Investigación y dicta cursos para estudiantes americanos. Colabora en revistas españolas y en «La Nación», de Buenos Aires.
—¿Qué se estudia en su Seminario de Investigación?
—La estructura social española desde el XVIII para acá. En este Seminario trabajan conmigo Laín, Lapesa. Aranguren, Fernández Almagro. Lafuente Ferrari, etc. También contamos con varios colaboradores jóvenes.
A propósito de su inminente volumen orteguiano, queremos plantear a Marías el tema de Ortega y la última juventud española. «Los jóvenes —nos dice— descubren ahora que a Ortega lo hablan perdido. En un país donde cada autor suele tener detrás un viento favorable que lo empuja. Ortega ha sido un solitario a quien se ha atacado desde todas partes, incluso desde el sector que pudiera considerarse más afín a él. Por eso la juventud lo conocía poco y mal
Francamente optimista sobre la función mayoritaria del pensador, Julián Marías nos asegura que un libro filosófico tiene hoy en España más venta proporcional que en cualquier otro país de Europa. «La filosofía se vende ya tanto o más que la novela. Y por lo que se refiere a América, yo he dado en Argentina un curso de filosofía donde los asistentes pagaban matricula, y, además de las mil cien personas que llenaban las butacas, otras cuatrocientas han permanecido de pie.» Julián Marías es, quizás, el único hombre de pensamiento a quien un empleado de Correos de Burgos, o un juez de Nájera, le han escrito cartas de lector inteligente sobre sus propios libros. Luego está la anécdota entrañable del obrero que le pedía un libro que no podía comprar. O el caso del trabajador español en Estocolmo que se le presentó con trece ejemplares de sus obras para que se los firmase. «Todo esto se debe, quizás, a que el filósofo o ensayista español, por lo general, no emplea en sus escritos un lenguaje técnico, especializado, siempre repelente para el profano, sino que procura escribir de modo sugestivo y ameno. Yo creo mucho en la eficacia del bien escribir. Esta tradición de escribir bien no se ha perdido nunca en España.»
—Pero ahí están los avanzados del «como salga»... Parece que el cuidar el oficio es ya para ellos una lascivia burguesa
—Esos no son verdaderos escritores. Han advenido circunstancialmente a la literatura, y yo diría que escriben sin vocación. Se obra en ellos una pseudomorfósis que les hace rasar por lo que no son.
Julián Marías, el hombre del trabajo solitario y constante echa de menos en la vida y en los libros de hoy el tema del amor. «Se escriben novelas de sexo, que siempre es más fácil que escribir novelas de amor.»
—¿No será esto, por lo que se refiere a España, una reacción contra anteriores limitaciones?
—No lo creo, porque lo cierto es que siempre ha habido bastante libertad al respecto. Lo sexual se maneja hoy como atractivo fácil de un libro. Por otra parte, si, como supongo, la literatura influye sobre la vida, resulta que Petrarca y el petrarquismo han condicionado el estilo amoroso occidental durante siglos. Pero actualmente asistimos a un empobrecimiento reciproco del Lema en los libros y en la vida.
Al final de la entrevista es cuando los retratos noventayochistas descienden a conversar con nosotros. «Ellos están en plena vigencia por su preocupación española, compatible con una ausencia de todo nacionalismo. Su europeísmo lo llamamos hoy accidentalidad. Ellos eran veraces y fieles a su condición de escritores. Son nuestro mejor precedente.»
—¿Le molesta a usted que le llamen ensayista?
—No. Al fin, todo es ensayar.
Francisco Umbral, Destino, Año XXVII, Núm. 1329 (26 enero 1963), p. 34

viernes, 31 de agosto de 2018

Josep Mª Espinás entrevista a Julián Marías (Destino, 4 de diciembre de 1954)


JULIÁN MARÍAS, MAESTRO DE LA IMAGINACIÓN
por JOSÉ M.ª ESPINÁS
AL entrar Julián Marías en el vestíbulo del Ritz, brilló el flash de los fotógrafos. Por una vez no trataba de un artista de cine, sino de un filósofo.
En «Conferencia Club» Julián Marías ha pronunciado sus primeras palabras para los barceloneses. Y ya no le han dejado callar. Porque el joven filósofo ha ocupado sucesiva y apresuradamente diversas tarimas de la ciudad, y aun entre conferencia y conferencia se ha visto obligado a resistir el acoso privado. Este acoso privado le pedía a veces algo tan desatinado como que resumiera en una frase lo que había escrito en un libro de centenares de páginas. Marías es un hombre de una gran paciencia pero yo me he propuesto pedirle síntesis ni resúmenes. Un atleta puede definirse diciendo que ha corrido los cien metros en once segundos. Pero, ¿cómo medir en una frase, en una entrevista, la dimensión de un filósofo? Podemos aspirar, eso sí, a que el filósofo nos hable y quede algo de él en nosotros.
El profesor de filosofía, ¿cómo influye en sus alumnos?
Ya sabe usted que no se enseña filosofía, sino a filosofar. Pues bien, el profesor debe proporcionar al alumno un punto de vista desde el cual pueda ver perfectamente lo que tiene ante sí. Algo parecido a abrirle una ventana e invitarle a mirar. Podríamos decir que el maestro influye por contagio. Yo tuve la enorme suerte de tener como maestros a los primeros filósofos de España, entre ellos a Ortega y a Zubiri. Esto me ha ahorrado muchos años de esfuerzo.
¿Cuál es su opinión sobre la filosofía en España?
—En España los filósofos son pocos pero buenos, no lo dude usted. Que sean pocos no debe extrañarnos puesto que en todas partes y en todas las épocas los filósofos han sido figuras escasas. Ahora bien, lo cierto es que España produce filósofos de extraordinaria importancia. ¿Acaso hay alguien como Ortega? Quizá lo que falta en nuestro país es espíritu de equipo, tan típico en otros países. Pero los temas que preocupan actualmente a la filosofía son los mismos en todo el mundo, quizá porque se ha penetrado, hasta el fondo de los problemas, y allí nos encontramos todos.
—El filósofo ¿nace o se hace?
Julián Marías no se deja arrastrar por planteamientos equívocos. Busca rápidamente las palabras adecuadas:
—Yo diría que a la filosofía se acude por vocación. Como a todas las actividades humanas. Los animales consumen su vida sometiéndose a sus instintos, es decir se les ha impuesto el argumento de su existencia. Los hombres, antes de vivir, podemos y debemos imaginar nuestra vida. No sólo realizamos nuestro plan, sino que antes lo inventamos Esta invención previa. este impulsa es lo que llamamos vocación. La imaginación, pues, desempeña en cada momento de la vida del hombre un papel fundamental, y de ahí que se haya considerado la vida como una «tarea poética».
—Parece ser que no cree usted demasiado en la tan comentada angustia de nuestra época.
—Yo creo que se ha exagerado mucho en este aspecto. La angustia la exponía Heidegger sólo como un ejemplo, y si ha tenido tanta aceptación será quizá porque todo lo patético gusta.
Marías sonríe y acaricia el estuche de su moderna máquina fotográfica. Me parece un hombre optimista, y le pregunto:
—¿Existe una filosofía pesimista y una filosofía optimista?
—Mire usted: hay hombres pesimistas y hombres optimistas. Al examinar la realidad se advierte que hay en ella aspectos negativos, pero también que en su conjunto posee una gran riqueza. Cada hombre filará su posición según su peculiar modo de ser.
Mira a través del ventanal del café y exclama sin transición: «—¡Oh, un tranvía de dos pisos! Son típicos de Barcelona; en Madrid no ha habido nunca tranvías de esta clase»
Y vuelve sus ojos hacia mí, insinuando amablemente «¿Decía usted?»
—En su primera conferencia hizo notar que había aumentado el repertorio de actividades comunes al hombre y a la mujer
—Si; desde luego.
—¿Cómo valora usted este hecho?
Ah, pues me parece bien. Tenga en cuenta que la gente incurre en cierta confusión al considerar este fenómeno. Se suele decir que el realizar actos que basta hoy correspondían exclusivamente al hombre, la mujer se masculiniza. Yo creo que en realidad la mujer se humaniza, puesto que se enriquece con aquellas actitudes que no son especificas del hombre, sino comunes a los dos sexos, es decir, humanas.
Sobre el problema de la obsesión sexual ha expuesto el doctor Julián Marías unas opiniones interesantísimas en «Conferencia Club». Nunca se ha hablado tanto del sexo como ahora, ha dicho, y sin embargo cree que en nuestra época lo sexual se siente con menor fuerza que en otras. Esta insistencia literaria y morbosa sobre el tema responde, en opinión de Marías, al hecho de que el hombre de hoy siente precisamente difuminarse la clara condición sexual en que ha estado sólidamente instalado durante siglos.
—Profesor: usted que reivindica el papel de la imaginación en la vida del hombre. ¿qué puede decirnos del arte actual?
—Todo lo que está en un cuadro es, naturalmente, imaginario. Ahora bien, admitido esto, me parece que los pintores que huyen de la realidad en sus obras revelan una absoluta falta de imaginación Son incapaces de añadir algo propio a la realidad Tengo, en cambio, a grandes pintores a Picasso, a Matisse, a Renault, poderosos imaginativos que han sabido crear «otra realidad». ¿Qué duda cabe de que la manzana de Cézanne es más manzana que una cualquiera del mercado?
A través del ventanal del café vemos la gente que pasa por la calle. Me doy cuenta de que el filósofo no es hoy un hombre aislado; en los ojos de Marías hay una vigilante y apasionada atención por cuanto sucede a su alrededor. Para saber si el interés es reciproco, pregunto:
—¿Cómo acoge el público los libros de filosofía?
—Se venden extraordinariamente bien. De mi «Historia de la Filosofía» se han hecho ya siete ediciones. De América me anuncian que la primera edición de otra obra constará de siete mil ejemplares. La experiencia me dice que en España hay una afición por la filosofía desconocida en otras naciones. He dado un curso, en Madrid con doscientos oyentes que, fíjese bien pagaban su matrícula. Ortega llegó a tener mil trescientos en 1949.
Recuerdo también el extraordinario éxito del «Diccionario de la Filosofía», de Ferrater Mora para quien Julián Marías tiene palabras de admiración y amistad. «Nos conocimos en París, luego nos encontramos en los Estados Unidos Por fin — sonríe — hemos coincidido en España». Aludo a las generaciones, y Marías expone:
—Cada quince años, aproximadamente aparece lo que llamamos una nueva generación, debido a que con esta periodicidad se producen ciertas modificaciones en la situación del mundo. Me he entretenido mucho en este problema. Después de la llamada generación del 98 viene la de Ortega, Ors, Juan Ramón Jiménez, Marañón, Miró, nacido en 1883. La siguiente está integrada por Zubiri (1898),  Lorca (1899) y otras figuras hasta Laín, que la cierra en 1908. quince años después. Me parece evidente que Guillermo Diaz-Plaja, nacido en 1909 pertenece ya a una generación posterior. Junto a él, Cela, Tovar, Rosales, yo mismo y cuantos nacen hasta 1924. De hecho pues, hay siempre tres generaciones activas. De todos modos, la creciente longevidad de la vida humana acabará modificando esta norma, ya dilatando los periodos en que se fragua una generación ya dando entrada a una generación cuarta en el juego de cada momento histórico
Queda un minuto de charla. Y lo pido para la poesía, que preocupa a Julián Marías y de la que habla con ironía evidente:
—Sí la poesía actual me tiene intranquilo. Sobre todo esta poesía social, en la que el poeta habla del duro trabajo de las minas sin haber visto nunca ninguna A los mineros no les interesa en absoluto. A los mineros se les puede ayudar de cualquier manera mucho más eficaz, y en todo raso yo creo que lo que verdaderamente ayudará a mejorar a los mineros será que algún poeta de verdad les hable del amor y de los temas de siempre, de modo que sepa interesarles y emocionarles, como ocurrió con Rubén Darío, con Bécquer y, aunque no nos guste, con Campoamor. Lo otro me parece que no es poesía, e incluso algo peligroso Y donde digo mineros…
La mañana es radiante. El sol calienta todavía en este noviembre. Julián Marías se va hacia la Universidad. donde le espera el doctor Pericot para acompañarle por el barrio gótico. En la mano lleva la máquina para hacer fotografías en color. «Me aficioné a esto en América», explica.
Marías es sin duda una de las inteligencias más lúcidas y comprensivas del país. Pero, además, produce la impresión de ser, como hombre, curioso, alegre y cordial, el hombre que ha imaginado para sí mismo una vida completísima y la está realizando.
Destino, Año XVIII, Núm. 904 (4 dic. 1954), p. 29