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viernes, 14 de febrero de 2025

"Czesław Miłosz denuncia el genocidio de las grandes culturas centroeuropeas" de Juan Pedro Quiñonero (ABC, 23 de mayo de 1986)

 


CZESŁAW MIŁOSZ DENUNCIA EL GENOCIDIO DE LAS GRANDES CULTURAS CENTROEUROPEAS

Arte, religión y lengua, bajo el imperio de la ley marcial

París. Juan Pedro Quiñonero

El último libro de entrevistas con Czesław Miłosz, Milosz par Milosz (Editorial Fayard), nos enfrenta a uno de los grandes problemas históricos de la civilización occidental; el genocidio y los riesgos de desaparición de las culturas centroeuropeas, víctimas de la marea negra totalitaria (desde el nazismo hasta el estalinismo) y las grandes convulsiones políticas y militares del siglo.

Miłosz, poeta y novelista, se hizo célebre en 1953, tras la traducción francesa de su ensayo El pensamiento cautivo, publicado de modo entusiasta por Albert Camus. Cinco años más tarden su primer relato autobiográfico, Otra Europa, convertía al poeta esotérico en un testimonio excepcional.

Desde entonces, toda la obra de Miłosz, retirado en su refugio físico y moral de Berkeley, oscilaría entre el «testimonio» y la «torre de marfil» lírica. Traductor del Antiguo Testamento, poeta difícil que roza la mística y el más puro intelectualismo, Miłosz evoca en sus relatos y en sus textos autobiográficos el drama histórico de la «desaparición» de su patria natal, Lituania, en el marco del infierno ideológico, militar y político de nuestro siglo.

Hasta ahora, los relatos autobiográficos o testimoniales de Miłosz habían tenido una dimensión «introspectiva» evidente. Miłosz no ocultaba nada, y en verdad reconstruía con pasión los orígenes morales, políticos, sociales y militares de la hecatombe que deberá concluir con la «integración» de su patria («manu militari») en el imperio soviético.

Milosz par Milosz va mucho más lejos, quizá por vez primera, interrogado por dos especialistas de su obra. Ewa Czarnecka y Aleksander Fiut, Miłosz analiza, con extremada precisión, los orígenes y evolución de su obra lírica, pero previamente evoca, analiza y aporta un testimonio excepcional: la agitación moral muy viva de las culturas centroeuropeas, a caballo entre los restos del antiguo imperio austro-húngaro, la formación de nuevos Estados (tras la doctrina norteamericana de la autodeterminación de los pueblos) y el genocidio cultural consumado entre el proyecto totalitario nazi y el proyecto totalitario estaliniano.

Milán Kundera ha sido, quizá, el primero en evocar precisamente la dimensión genocida que continúa hoy exterminando minuciosamente los orígenes, antecedentes, restos de las viejas culturas centroeuropeas, que. entre el Congreso de Viena y la caída de Weimar, constituyen uno de los focos más dinámicos de la historia cultural de nuestra civilización.

Miłosz analiza en detalle los grandes procesos que Milán Kundera ha evocado en términos «macrogeográficos». Miłosz se detiene, melancólicamente, en la evocación de la formidable efervescencia Cultural de las viejas culturas centroeuropeas.

En este proceso global se confunden varios procesos «menores»: desaparición histórica de Estados independientes (Lituania), diálogo multilingüístico (alemán-checo-polaco-lituano-yiddish), diálogo intercultural entre tradiciones que oscilan entre el Este y el Oeste, diálogo entre religiones y culturas con distintos orígenes y tradiciones.

Los casos de Kafka y el mismo Miłosz subrayan hasta qué punto esa formidable fermentación cultural se inscribe en el origen turbulento y trágico de nuestra modernidad. Viena, Berlín, Moscú, Varsovia, Vilna (capital de la antigua Lituania) se perciben, tras el relato de Miłosz, como centros de influencia y poder cultural que la marea militar arrasa imponiendo un nuevo orden donde las diferencias, las culturas, las religiones y las lenguas quedan sometidas al imperio de la ley marcial.

A caballo entre el Este y el Oeste, el testimonio de Miłosz nos reconstruye parcialmente una historia que está, todavía, por reconstruir en sus exactas proporciones de tragedia de toda una civilización, la nuestra, Miłosz nos recuerda que nuestra cultura, la civilización europea, no coincide hoy, exactamente, bien al contrario, con las fronteras militares impuestas por las legiones victoriosas tras la segunda guerra mundial. Miłosz nos recuerda precisamente que nuestra identidad moral también está hipotecada a la incierta suerte de las culturas sometidas a un proceso de genocidio sin precedentes, víctimas del «statu quo» impuesto con la brutalidad de un parque de artillería nuclear.

ABC, 23 de mayo de 1986, p. 47.



jueves, 30 de enero de 2025

Crónica de Juan Pedro Quiñonero de la rueda de prensa celebrada por Alexander Solzhenitsyn en los estudios de Televisión Española, y transcripción de la intervención del Nobel ruso en el programa “Directísimo” del día 20 de marzo de 1976. (“Informaciones”, 22 de marzo de 1976)

 


PARABOLAS EN TORNO A LOS CIENTO DIEZ MILLONES DE MUERTOS DEL SIGLO XX

SOLZHENITSYN ANUNCIA EL APOCALIPSIS

Por Juan Pedro QUIÑONERO.

MADRID, 22.

Alexander Solzhenitsyn anuncia el apocalipsis, la catástrofe, que en menos de veinte años llevará a la ruina a la civilización occidental. Desde su famosa Carta a los dirigentes de la Unión Soviética, publicada en 1974, hasta hoy, sus acusaciones se han hecho más graves y pesimistas. El sábado pasado, en una improvisada rueda de Prensa celebrada en los estudios de Televisión Española de Prado del Rey, anunció de nuevo el fin de nuestra cultura, el fin de la Humanidad: «Sí no se restauran los valores espirituales, si no se consigue el difícil equilibrio entre el desarrollo industrial y los valores morales que hicieron posible las civilizaciones, la Humanidad está destinada a sucumbir.»

Sus profecías de muerte y destrucción no tienen antecedentes en la literatura contemporánea. Ni Céline imaginó el desastre planetario que Solzhenitsyn evoca implacablemente. Octavio Paz, quizá el crítico literario más ilustre de la lengua castellana, en los tiempos modernos, no ha dudado en recurrir a los escritores del Antiguo Testamento para hacemos comprender cuál es el alcance de las maldiciones que Solzhenitsyn reconstruye escribiendo acerca de El archipiélago Gulag: «A veces, como entre los tercetos de Dante, aunque la prosa del ruso es más bien pesada y su argumentación prolija, oigo la voz de Isaías y me estremezco y rebelo; otras, oigo la de Job, y entonces me apiado y acepto. Como los profetas y como Dante, el escritor ruso nos habla de la actualidad desde la otra orilla, esa orilla que no ni? atrevo a llamar eterna, porque no creo en la eternidad. Solzhenitsyn nos habla de lo que está pasando, es decir, de lo que nos pasa y nos traspasa. Toca la historia desde la doble perspectiva del ahora mismo y del más allá.»

Es difícil rastrear las huellas de los géneros literarios, donde situar esas pesadillas de muerte. Es necesario recurrir a la apocalíptica judía anterior al cristianismo, que culmina en el Apocalipsis de San Juan y su discurso sombrío, donde se escuchan profecías orientales, anagramas ininteligibles, lamentaciones sin fin. O a la literatura milenarista medieval, con la Danza de la Muerte esparciendo una leyenda de maldición. En los tiempos modernos no existe un texto literario cuyas acusaciones a la civilización occidental sean tan absolutas y definitivas. No en vano Solzhenitsyn inicia sus discursos evocando los ciento diez millones de muertos cuya sangre ha sido derramada en nuestro siglo. Cifras sin antecedentes en la vida del planeta, rastro de crímenes sin igual en la historia del hombre, sombra fantasmal que amenaza la vida moral de las civilizaciones. (En castellano, el documento más estremecedor, estadísticamente, sobre estos asuntos, se llama El libro de los muertos del siglo XX, de Gil Elliot, editado por Dopesa.)

AMENAZA PLANETARIA

Entre la guerra civil rusa, la formación del Estado moderno tras la revolución, las purgas stalinistas y los muertos de la segunda guerra mundial murieron en Rusia más de cincuenta millones de individuos. La primera guerra mundial costó al planeta diez millones de muertos. Y los restantes conflictos de nuestro siglo suman otros diez millones de muertos. En China murieron, en setenta años, veinte millones de personas. Tal es el holocausto de sangre y destrucción de donde parten las profecías de Solzhenitsyn. Que comentó a los periodistas madrileños. «La crisis de la Humanidad es global, planetaria. No es una cuestión política. Incluso la contra posición Este-Oeste es relativa. En esencia, ambas sociedades se encuentran enfermas: el materialismo es la plaga, la enfermedad, que corroe la civilización postindustrial. La ausencia de altura moral de nuestros, pueblos, nuestra civilización. Y esto puede costar incluso la vida del hombre en el planeta

En las literaturas romances posteriores a la caída del Imperio Romano no existe un texto literario que lance anatemas tan vastos. En las literaturas anglosajonas, quizá sólo Matthew Arnold imaginó una decadencia paralela. En Culture and Anarchy (un texto canónico de la tradición inglesa del XIX), Arnold anunció igualmente que Occidente caminaba hacia la barbarie si no conseguía restaurar lo que Arnold llamaba «hight ideals», los altos ideales, los principios morales y espirituales que hicieron posible nuestra civilización y que los héroes de Plutarco encarnan en todo su esplendor.

Solzhenitsyn cree que los orígenes de este proceso nacen con la Edad moderna, quizá en el barroco, comentando: «En la Edad Media, el hombre exigía en nombre del espíritu. La vida moral y espiritual regia los destinos de las comunidades. El espíritu llegó a aplastar la naturaleza física. La parte material se sublevaba. Con el advenimiento de los tiempos modernos, el viraje fue natural y muy violento. Desde entonces, la Humanidad no ha sabido conjugar la protesta y el espíritu. En nuestro siglo, la aceptación de la materia, el materialismo, ha llegado hasta extremos inconcebibles. Y la vida espiritual ha sido aplastada, condenada

JUVENTUD RELIGIOSA

No obstante, las profecías de Solzhenitsyn, como es sabido. también tiene un rostro político: «No puedo nivelar el totalitarismo occidental y el comunista. En Rusia, el comunismo ha creado una sociedad de esclavos sin igual en la historia de las civilizaciones. Ambas han perdido lo único que justifica la vida del hombre, pero los comunistas persiguen por hacer fotocopias, por viajar, por comprar periódicos extranjeros. Los crímenes contra la libertad privada son inimaginables para la opinión progresista occidental, que algún día, cuando escache en su propia carne la voz de los verdugos, podrá comprender. Cuando recibí el premio Nobel todavía creía que la literatura podía transmitir valores de la experiencia, podía ayudar a hacernos más libres, descubriendo los crímenes que ha cometido el hombre contra el hombre. Ahora, lo dudo. No creo en ese espejismo. Los especialistas de la historia pre-revolucionaria rusa están de acuerdo en estimar que durante los ochenta años que precedieron a la revolución, es decir, durante los años más sangrientos para la causa evolucionaría, y cuando se perpetraron los mayores atentados contra la vida del Zar, se ejecutaban aproximadamente a diecisiete personas por año. La Inquisición española, en su apogeo, hizo perecer a unas diez personas por mes. En mi «Archipiélago» recuerdo un libro, publicado en 1920 en el que su autor hacia un recuento triunfal de las actividades revolucionarlas: en 1918 y 1919, cada mes eran ejecutadas más de mil personas sin proceso. Durante el terror stalinista, entre 1937 y 1938, d dividimos el número de víctimas ejecutadas por el número de meses, se obtiene una cifra superior a los cuarenta mil muertos mensuales. Anarquistas. industriales, niños, ancianos, comerciantes.... una marea de muerte sin igual en la historia de la Humanidad». Solzhenitsyn habla de modo torrencial. Hace una pausa y continúa: «Occidente no ha comprendido nunca ese laberinto criminal. Occidente no imagina los procesos espirituales que tienen lugar en Rusia. La persecución ideológica, espiritual, religiosa, sólo es comparable con la de los primeros mártires cristianos. Y esa persecución sangrienta, despiadada, ha reafirmado la religión, que sale favorecida de ese clima de paranoia policial. La juventud occidental es atea y tiende al socialismo. La juventud de mi país está contra el socialismo y es más religiosa.»

ACABAR CON LA CIVILIZACION

El profeta ruso no se integra en las tradiciones culturares de Occidente. Su repulsa moral no pertenece ni a la tradición democrática jeffersoniana, y su ética espiritual está muy lejos del doctrinarismo de Saint-Just. No propone una sociedad nueva conoce ni un camino político que encarne en su mística espiritual. Sus profecías son lúgubres como las prescripciones del Levítico: «Occidente ha perdido el sentido de las viejas palabras..., democracia, libertad, justicia, totalitarismo… nada significan ya…es difícil comprender el significado moral de una sociedad donde viajar puede ser un crimen, donde fotocopiar la página de un libro puede costar diez años de cárcel, donde los manicomios albergan a los espíritus libres, donde las huelgas se bañan en sangre... Ustedes los occidentales no comprenden: están perdidos. El Gobierno chileno dejó escapar a diecisiete revolucionarios… que huyeron a Rumanía. ¡Pero de allí no sabían cómo escapar!... Terroristas de Quebec intentaron refugiarse en Cuba: pero allí el terror policial les obligó a huir de nuevo... La prensa progresista tiene los ojos cerrados, no dice nada de esto... Sin embargo, si no restauramos los valores espirituales, si no renunciamos al hedonismo de las sociedades industriales, la población mundial será arrasada por una destrucción masiva en las primeras décadas del próximo siglo, apenas dentro de veinte años. El futuro de nuestro planeta nunca ha estado tan amenazado ni ha estado en manos de menos hombres, que pueden acabar con el resto de la civilización.»

EN CASTELLANO NO HAY TRADUCCIONES

Solzhenitsyn no ignora los procesos ideológicos, los turbulentos debates que suscitan sus acusaciones: «Sí. Es cierto. Se publican libros con mi nombre, que en ocasiones yo desconozco. En castellano, por ejemplo, apenas soy conocido. Todavía no existen en España unas traducciones verdaderas que ofrezcan al lector de su lengua garantías mínimamente exigibles para el conocimiento de mi obra. Mis libros se han traducido tan mal, que el lector no puede conocerme. De ahí, igualmente, que me resista a las ruedas de Prensa: yo expongo mis ideas y luego los periódicos tergiversan mis palabras, mis ideas. Yo les pediría, por favor, que si sus periódicos no publican todas mis palabras, que renuncien a escribir sus artículos. Es mejor el silencio que cortar y manipular las opiniones

Cuando Solzhenitsyn dice que «el mundo libre está al borde del colapso, alentado por sus propias faltas», retorna de nuevo a la tradición apocalíptica al margen de doctrinas, ideologías, escuelas literarias. Su discurso, como comentaba Octavio Paz, oscila entre Isaías y Job. Una legendaria maldición que en nuestro siglo tiene un rostro político.

Escribe Paz, el poeta mejicano, antiguo trotskista, en torno al libro más famoso de Solzhenitsyn: «Archipiélago Gulag asume la doble forma de la historia y del catálogo. Historia del origen, desarrollo y multiplicación de un cáncer que comenzó como una medida táctica en un momento difícil de la lucha por el Poder y que terminó como una institución social, en cuyo funcionamiento destructivo participaron millones de seres, unos como víctimas y otros como verdugos, guardianes y cómplices. Catálogos: Inventario de los grandes —que son también grados en la escala del ser— entre la bestialidad y la santidad. Al contarnos v el nacimiento, los progresos y las metamorfosis del cáncer totalitario, Solzhenitsyn escribe un capítulo, tal vez el más terrible, de la historia general del Caín colectivo; al relatar los casos que ha presenciado y los que le han referido otros testigos oculares —en el sentido evangélico de la expresión—, nos entrega una visión del hombre. La abyección y su contrapartida: la visión de Job en el muladar: no tiene fin

***

ALGUNAS ANOMALIAS

MADRID, 22. (INFORMACIONES.)

La aparición de Alexander Solzhenitsyn en el programa «Directísimo», que dirige y presenta José María Iñigo, el sábado pasado, puso de manifiesto una evidente falta de organización por parte de los órganos responsables de Televisión Española, y unas desafortunadas dificultades a las tareas informativas de los reporteros que cubrieron informativamente la figura del premio Nobel ruso.

Estos fueron algunos de los hechos ocurridos:

—Prohibición a los periodistas de entrar al estudio donde se emitió la entrevista con Solzhenitsyn, abarrotado de público. El premio Nobel confesó a los periodistas, más tarde, que su intervención había sido mutilada, «por razones de tiempo».

—Los periodistas que tuvieron que seguir la intervención televisiva desde una «sala de Prensa», a mitad de la intervención de Solzhenitsyn. fueron invitados perentoriamente a desalojar la sala, sin ningún tipo de explicaciones. «No es mi horario», comentaba el funcionario correspondiente.

—Cuando pudo celebrarse la rueda de Prensa (que sólo fue posible gracias a Solzhenitsyn, ya que los guionistas y funcionarios de «Directísimo» «secuestraron» al novelista, impidiendo todo tipo de dialogo o contacto con los periodistas) no había un sólo representante oficial de Televisión Española, de un mínimo nivel administrativo. En la «sala de Prensa» ni siquiera había sillas suficientes para la veintena de periodistas asistentes. Y el mismo Solzhenitsyn estuvo sentado entre archivadores y mesas de oficina.

—La traducción simultánea de las alocuciones de Solzhenitsyn hizo imposible entender largos párrafos de la intervención del premio Nobel, que pidió perdón, personalmente, a los periodistas, cuando se trataba de un fallo técnico que ningún responsable ni del programa ni de Televisión se sintió obligado a justificar.

El tono monocorde, las frases aproximativamente construidas de un flojo interprete, a punto estuvieron de destruir la pasión y el significado del torrente de palabras que Solzhenitsyn pronunciaba en ruso.

Todo este estado de cosas quedó resumido en la única y ridícula pregunta que hizo al autor ruso el presentador del programa, José María Iñigo: le preguntó qué le parecía vivir en Suiza, paraíso de los millonarios occidentales…

***

LA INTERVENCION DE SOLZHENITSYN EN «DIRECTÍSIMO»:

Con el triunfo del comunismo se inició la guerra del Estado contra el pueblo

MADRID, 22. (INFORMACIONES.)

EL escritor soviético, residente en Suiza, Alexander Solzhenitsyn, premio Nobel de Literatura, intervino el pasado sábado en el programa «Directísimo», de Televisión Española. El escritor llevaba ya una semana, de absoluto incógnito, viajando por España.

Al iniciar su intervención, que duró cerca de tres cuartos de hora, el señor Solzhenitsyn se refirió a los puntos de conexión entre España y Rusia, diciendo que «aunque los españoles y los rusos no nos parecemos, podemos encontrar rasgos comunes en nuestra historia. Si no fuese por Rusia y por España —que han sufrido a lo largo de la historia dos invasiones, la de los mongoles y la de los mahometanos—, la Europa de hoy no sería lo que es en la actualidad, ya que ganó su independencia, s u historia, gracias a estas dos naciones».

Sobre la influencia de España en su generación, dijo: «Debo decir que en mi historia sobre los campos de concentración hablo de que encontré no pocos españoles. Eran niños que fueron sacados de España, o revolucionarios que salieron de España al terminar la guerra civil, marineros y pilotos.» Y añadió: «Debo decir que España ha entrado en la vida de nuestra generación como la guerra amada de nuestra generación. Los jóvenes de nuestra generación teníamos dieciocho o veinte años cuando tenía lugar la guerra española. Como consecuencia de esta ideología inhumana del socialismo, con esa fuerza con que fueron cogidas las almas jóvenes de nuestros países, el tema de la guerra civil en España ocupó lugar de prioridad en esas generaciones jóvenes rusas, a pesar de que en aquellos momentos (1937-1938) sufríamos en la Unión Soviética el sistema carcelario más terrible. En aquel entonces detenían a millones de personas inocentes; fusilaban un millón de personas al año, sin contar con que nadie hablaba del archipiélago Gulag, que ya existía: eran 12 ó 15 millones de personas que estaban al otro lado de los campos de concentración. No obstante, nosotros casi no hacíamos caso de la realidad que nos rodeaba y participábamos en vuestra guerra civil con todo corazón. Para nuestra generación, nombres como Badajoz, Guadalajara, el Ebro, la Ciudad Universitaria, Teruel, eran nombres que considerábamos como propios. Y si nos hubiesen llamado, si nos lo hubiesen permitido, nosotros hubiésemos hecho todo lo posible por venir y luchar por la España republicana. Esto forma parte de la ideología socialista, que hace que las almas sean atraídas y llevadas, sin que puedan ser conscientes de la realidad de su propia situación, de su propio país, que dejan olvidado; se trata de buscar un sistema abstracto

GUERRA CIVIL

El señor Solzhenitsyn continuó: «He oído que vuestros emigrados políticos decían que la guerra civil española ha costado medio millón de seres. No sé si esta cifra es exacta o no; pero vamos a suponer que sea exacta. Tengo que decir entonces que en nuestra guerra civil también murieron dos o tres millones de personas. Pero vuestra guerra civil y la nuestra terminaron de distinto modo. En vuestro país venció un concepto de vida cristiano, y debido a que querían terminar la guerra y curar las heridas, todo termina ahí. En nuestro país venció la ideología comunista, por lo que el final de la guerra civil supuso no el final de todo lo que había ocurrido, sino el comienzo de lo que empezaba: comenzó la guerra del régimen establecido contra el pueblo.»

El señor Solzhenitsyn cita los datos reunidos por el profesor de Estadística ruso Kurdanov: de 1917 a 1959, 66 millones de personas muertas (de hambre en campos de trabajo, asesinadas, ejecutadas) en la U.R.S.S.

LA DICTADURA

«Yo aconsejo —agregó— que en Occidente se lean estos cálculos y la procedencia de las cifras tan terribles sobre nuestros muertos. Vosotros pasasteis de lado y no conocisteis lo que es el comunismo; puede ser para siempre o puede ser temporalmente. Vuestros círculos progresistas dicen que el Régimen que tienen ustedes es la dictadura. Llevo diez días viajando por toda España; viajo y nadie me conoce y puedo observar cómo vive la gente, con mis propios ojos, y me asombro. ¿Saben ustedes lo que es de verdad la dictadura? ¿Saben lo que se esconde tras este nombre? Voy a poner un ejemplo que he vivido personalmente: cualquier español no tiene por qué estar atado a su sitio y tiene libertad de elegir la ciudad que le plazca para vivir. Los ciudadanos soviéticos no pueden viajar libremente por su país; nosotros estamos en nuestras ciudades. Son las autoridades locales las que deciden si uno puede marcharse, con lo que los ciudadanos están totalmente a disposición de las autoridades locales, de la Policía. Gracias a las presiones de la opinión pública mundial, están dejando salir, con grandes dificultades, a una parte de los judíos; a los demás pueblos no les dejan salir. Nos encontramos en nuestro país como en la cárcel. Yo he visto Madrid y otras ciudades; más de doce ciudades españolas he visitado y he visto que en los quioscos se venden los periódicos más importantes europeos. No lo creían mis ojos. Si en nuestro país se pudiesen comprar los periódicos extranjeros, diez manos se hubiesen lanzado a por ellos y los hubiesen comprado. He visto también que cualquier persona, con cinco pesetas, se puede hacer una fotocopia en la calle. Sin embargo, en nuestro país esto es absolutamente imposible: está prohibido, de no ser para servicio del Estado; si alguien lo intentase para sus necesidades particulares pueden condenarle por actividades contrarrevolucionarias

AMNISTIAS

Y añadió: «Ustedes tienen huelgas. En mi país, durante sesenta años, jamás ha sido declarada una huelga. En los primeros años del Régimen, los que pretendían declararse en huelga eran fusilados, aunque lo hicieran para solicitar mejoras económicas; a otros, los metían en la cárcel por contrarrevolucionarios. Al tratar de publicar en la revista "Nuevo Mundo" un cuento en el que figuraba la palabra huelga, los rectores de la publicación —antes de llegar a la censura— erradicaron sin contemplaciones dicha palabra.

Y yo pregunto a vuestros progresistas: ¿Saben lo que es la dictadura? Si nosotros tuviésemos esta libertad que tienen ustedes aquí, abriríamos los ojos y no acabaríamos de creérnoslo. Hace sesenta años que no tenemos estas libertades. Recientemente he visto que han tenido ustedes una amnistía —limitada, según sus políticos—, para los luchadores que pelearon con las armas en la mano; a otros se les ha reducido la mitad de la pena. Podría decirles que nosotros necesitamos una amnistía, aunque fuera tan limitada como dicen que es esta de ustedes. Durante sesenta años jamás hemos tenido en Rusia una amnistía. Nosotros íbamos a las cárceles a morir en ellas. Muy pocos hemos podido regresar de estas cárceles y contarlo todo. Tras esta experiencia, hemos liberado nuestras almas, hemos recibido una vacuna contra el comunismo, mejor que nadie de Occidente. Efectivamente, nos hemos librado del comunismo, pero lo hemos pagado muy caro. Rusia se encuentra en una posición de vanguardia aun cuando reine la esclavitud, ya que la experiencia que hemos conocido no la ha conocida todavía Occidente. Vemos asombrados lo que pasa ahora en Occidente, lo vamos desde nuestro pasado; es como si estuviésemos viendo el futuro que les espera a ustedes. Todo lo que está ocurriendo aquí, ocurrió en nuestro país hace mucho tiempo.»

HISTORIA EN OCCIDENTE

Sobre la interpretación de su actual residencia en Suiza, “país en el que suelen refugiarse los grandes millonarios del capitalismo y sus capitales” (en palabras del presentador, José María Iñigo), el señor Solzhenitsyn respondió:

Acabo de decirles que Occidente es una sociedad de consumo. Nosotros, nuestra juventud, la hemos pasado en la miseria. Yo, por ejemplo, cuando era estudiante, tuve una vez la mala suerte de sentarme en una silla que tenía una mancha de tinta que afectó a mi pantalón; durante cinco años estuve con los mismos pantalones, porque no había posibilidad ni de limpiarlos ni de cambiarlos.

Cuando cualquier hombre soviético llega a Occidente, incluso en los países menos ricos, incluso en los países considerados como pobres, tenemos el sentimiento de que algo nos ahoga. Nosotros no podemos ver cómo se tiran la comida y los restos de comida; no podemos ver cómo se queda la comida en las mesas; no podemos comprender cómo se tiran también las migajas de pan. Por ello, cuando me preguntan por qué vivo en Suiza, respondo que en nuestros países vivimos como prisioneros, y que si mañana tuviese la posibilidad de regresar a nuestro país, miserable y hambriento, mañana regresaríamos, no obstante.

La Prensa socialista suele especular —le gusta— en el sentido de que Solzhenitsyn ha venido a Occidente y se ha transformado en un millonario. Cuando yo pasaba hambre allí, no decían que pasaba hambre. Sólo mentían diciendo que allí se come todo lo que se quiere. Efectivamente, tengo unos honorarios bastante grandes, pero la mayor parte de esos honorarios van destinados al fondo social ruso para ayudar a aquellos que son perseguidos en la Unión Soviética y a sus familias. Y de diversos modos, nosotros enviamos estas ayudas a la Unión Soviética.

Para los hombres occidentales, para ustedes, es muy difícil comprender estas cosas. En Occidente le pueden meter en la cárcel, pero no le pueden echar a uno de su trabajo por sus convicciones, por sus creencias, y si es que le echan a uno por ello puede buscar un nuevo trabajo. Pero nosotros tenemos un único patrón, el Estado, y si este patrón decide no admitir a una persona, no será admitido en ninguna parte. La familia no puede vivir, porque se muere de hambre.

Mi residencia en Zúrich se debe principalmente a que he escrito un libro sobre Lenin en Zúrich, que se acaba de publicar, y fue precisamente en Zúrich donde encontré todos los archivos que sólo se podían hallar allí.” (Zúrich y Ginebra fueron durante varios años refugio del exiliado Lenin, antes de la Revolución de Octubre.)

Informaciones, 22 de marzo de 1976, pp. 20-22.


Juan Pedro Quiñonero entrevistando a Alexander Solzhenitsyn en Prado del Rey, 20/21 de marzo de 1976. Foto Antonio Couto.

lunes, 27 de enero de 2025

"El pensamiento que dinamitó el muro del sistema comunista" por Juan Pedro Quiñonero (ABC, 7 de enero de 1990)

 

Polish History Museum. De izquierda a derecha: Marta Kubišová, Václav Havel, Adam Michnik, Jacek Kuroń, Antoni Macierewicz, Jan Lityński (vía)

EL PENSAMIENTO QUE DINAMITÓ EL MURO DEL SISTEMA COMUNISTA

Revelación de los intelectuales que salen de las catacumbas

París. Juan Pedro Quiñonero

Cuando se acelera el derrumbamiento de los modelos comunistas, Occidente descubre con fruición la obra subterránea de los filósofos, dramaturgos, novelistas, historiadores, que, desde la clandestinidad perseguida policialmente, sentaron los fundamentos morales que han acabado dinamitando el proyecto totalitario.

Durante el medio siglo que el imperio comunista intentó colonizar al planeta con su siempre intacto poder militar, varias generaciones de intelectuales rusos, húngaros, checos, polacos, alemanes orientales, yugoslavos. albaneses, rumanos, tuvieron que luchar contra la policía política de los PC en el poder y contra las mafias intelectuales que impusieron y continúan imponiendo sus criterios estéticos y culturales en Occidente.

El ejemplo clásico de esa doble dictadura es el de todas las víctimas inocentes de la revista «Les Temps Modernes», desde donde Sartre y Merleau-Ponty justificaban el campo de concentración soviético en nombre del «progreso». En su célebre y clásico ensayo La tragedia de Europa central, publicado por vez primera en francés en 1983, Milán Kundera sentó las raíces intelectuales para comprender el verdadero alcance de ese doble proyecto totalitario. Las culturas centroeuropeas, uno de los pilares de nuestra civilización, han estado siendo víctimas de un proyecto de genocidio sin precedentes en la historia de la Humanidad, por su envergadura y ambición planetaria.

Hoy, esa obra que emerge de modo suntuoso, y muy bello, comienza a conseguir un merecido reconocimiento universal. El caso más épico es, sin duda, el del dramaturgo checo Václav Havel, que del calabozo ha sido catapultado a la jefatura del Estado en Praga, mientras los editores de todas las lenguas civilizadas se disputan sus textos. Siendo espectacular, el caso de Havel no es único, con mucho. En Polonia, Adam Michnik, perseguido, odiado por el régimen comunista, ha jugado un papel mayor en el lanzamiento del proceso democrático en Varsovia. En Budapest, figuras como György Konrád son objeto de una constante peregrinación intelectual.

Uno de los grandes especialistas occidentales en problemas culturales de la Mitteleuropa. Timothy Garton Ash, subraya en su último ensayo, imprescindible para abordar estos problemas, Los frutos de la adversidad, hasta qué punto la obra de zapa, solitaria, callada, proscrita de esos pensadores entre otra pléyade que continuaremos descubriendo, está en el origen último del proceso de descomposición moral de los regímenes comunistas.

Sin duda, la trágica catástrofe económica de los modelos socialistas, imponiendo al mismo tiempo la cárcel y la miseria, la prisión y el hambre, ha funcionado como revelador y detonador. Sin embargo, más allá del más primario economicismo, Timothy Garton Ash, como Kundera, hace años, insiste en la dimensión profundamente moral del hundimiento de los modelos comunistas.

Y el mismo Havel, en sus ensayos más conocidos. insiste en esa dimensión decisiva. Los pensadores que han dinamitado los modelos marxistas, con su ejercicio cotidiano de la ética y la palabra, son hombres muy alejados de las modas occidentales, pero radicalmente comprometidos con la reinvención de un modelo moral que el húngaro György Konrád define como «antipolítica». La antipolítica de Konrád está muy cerca de El poder de los sin poder de Havel. Y, en el mismo marco, intentando «definir» la obra de Adam Michnik, Timothy Garton Ash se ve forzado a esta heteróclita relación: «Católico positiva, católico nacionalista, liberal, libertario, neo-conservador...». Por su parte, János Kis se define asimismo como «liberal con vocación social».

Havel ha contado la melancólica historia de ese desencuentro histórico entre la «intelligentzia» de izquierdas occidental y los intelectuales del Este de Europa. Perseguidos en su patria, silenciados en Occidente durante varias décadas, ellos encarnan hoy la esperanza y el destino de los pueblos que aspiran a salir del comunismo. Esa obra ética, moral, espiritual, cultural, en el sentido más noble del término, ha jugado una papel decisivo en el derrumbamiento de los modelos socialistas del Este europeo. Esa obra se instala hoy de modo duradero en el devenir de la historia de nuestra civilización.


Libertad frente a «intelligentsia»

De Vladimir Nabokov a los historiadores libertarios, de Orwell a Czesław Miłosz, de Aron a Koestler, de Octavio Paz a Soltzhenitsin, se han escrito páginas capitales para la historia y la defensa de la libertad. Sin embargo, contra los trágicos testimonios venidos del frío siberiano de la Kolima y el Gulag, la «intelligentsia» socialista occidental lanzaba la patética cortina de humo del silencio, la difamación y la miseria intelectual más rabiosamente agresiva.

Contra los mismos intelectuales intentaron, desesperadamente, ser fieles a sus lenguas natales, y se vieron privados de la melancólica libertad del exilio, las Policías comunistas (política, editorial, social, etcétera) lanzaban los cancerberos y perros guardianes del orden establecido. En los casos más cotidianamente triviales, se trataba de un comisario y de una orden de arresto. En los casos más trágicamente «gloriosos» el policía escribía con el talento de Bertolt Brecht, denunciando a los obreros este-alemanes que se sublevaban pidiendo pan y libertad, antes de ser «normalizados» por los tanques soviéticos.

De esa formidable pesadilla que Milan Kundera considera perfectamente descrita, de modo realista, en la obra de Kafka, el derrumbamiento de los modelos comunistas se escapa y nos increpa, hoy, la obra misteriosa, maldita, proscrita de pensadores que consiguieron salvarse físicamente trabajando como carteros, limpiando suelos, en la cárcel, en los retretes del Comité Central, perseguidos al Este y al Oeste por la Policía y la indiferencia.

Cada uno de estos escritores posee una personalidad propia. Todos tienen algunas cosas en común: para ellos, el marxismo es una tentación policial arcaica y peligrosa, el socialismo en un fracaso miserabilista. Ellos denuncian la profesionalización y la burocratización de la política, las tentaciones «estatistas».

Havel, Michnik, Kis, Konrád han publicado textos mayores (desconocidos en España) para entender la revuelta moral de los intelectuales que nos llegan del Este contra el miserabilismo marxista o socializante de una parte nada desdeñable de la «intelligentsia» occidental. Sin embargo, su obra sólo es comprensible en un marco moral, espiritual y estético mucho más vasto Esa obra «antipolítica», publicada en forma de panfletos subversivos contra el orden comunista, luego y ahora traducida a las grandes lenguas occidentales, se inscribe en un marco de resistencia global. Poetas, historiadores, novelistas, dramaturgos, ensayistas, como Tadeusz Mazowiecki (catapultado a la cúspide del poder polaco), István Eörsi, Péter Kende, Gáspár Miklós Tamás, György Krassó, Aleksandr Zinóviev, Petru Dumitriu, Danko Popović, Jaan Kross, entre una pléyade de desconocidos han creado, durante varias décadas, una obra moral y espiritual de resistencia y defensa de las culturas amenazadas por la polución ideológica y las Policías comunistas.

Juan Pedro Quiñonero, ABC, 7 de enero de 1990. p. 50.

viernes, 24 de enero de 2025

"Soljenitsin y la crítica al Estado leninista" de Juan Pedro Quiñonero (Destino, nº2018, del 3 al 9 de junio de 1976)

 

Soljenitsin y la crítica al Estado leninista

Un proceso de crítica y revisión absolutas que, en Occidente, sólo nuestros intelectuales están silenciando sin pudor


La reciente publicación castellana de las entregas III y IV del «Archipiélago Gulag» (1911-1966)[1] ha sido saludada, entre nosotros, con la habitual muralla de férreo silencio. Sin embargo el debate intelectual que abre ese libro esté siendo decisivo en la vida intelectual de Occidente. Günter Grass y los radicales de izquierdas alemanes, tras su versión alemana, hicieron pública su reconsideración critica de Lenin y la concepción leninista del Estado. «Le Nouvel Observateur» le consagró seis páginas, entre la defensa más apasionada de la critica de Alexander Soljenitsin al leninismo, y la crítica de su mesianismo de raíz religiosa. «The New York Times» consagró las primeras diez páginas de su célebre suplemento literario dominical. Y Octavio Paz publicó en su revista «Plural» (quizá la revista cultural más importante en el ámbito lingüístico castellano) la traducción castellana de ese texto, acompañado de una reflexión propia, simultáneamente publicada en DESTINO, acerca de Soljenitsin, al que compara con Job y la apocalíptica cristiana.

Tan graves y aprobatorios argumentos contrastan con el oceánico silencio, cuando no los ataques más mesiánicos (y el mesianismo, como estilo intelectual, siempre está cercano a la tentación totalitaria, al fascismo) con que en nuestra península ha sido recibida la obra literaria de este autor ruso. No he visto publicada ni una sola critica de sus libros. Ni un solo argumento intelectual que refute sus ideas. Ni un solo debate critico que se plantee alguno de los temas, decisivos para la cultura occidental, que proliferan ante los alegatos morales de toda su obra. Mientras en revistas como «Le Nouvel Observateur» el calificativo «Gulag» empieza a utilizarse como sinónimo del terror concentracionario del genocidio, la tontería policial de nuestras revistas políticas continúa perpetrando su ya excesiva tentación del silencio.

El «Archipiélago Gulag» plantea un debate decisivo: el estaliniano, el terror concentracionario, los millones de muertos, asesinatos y suicidios, tiene sus raíces en la obra teórica de Lenin. No estoy versado en estas cuestiones. Me limito a exponer una opinión. Y el relato literario de Soljenitsin es la ilustración moral de tal aventura.

Su tesis elemental está siendo repetida por loa grandes periódicos de todo el mundo. excepto en nuestro país: es en la teoría leninista del partido, en su organización policial, donde hacen las bases teóricas de una práctica política que inventa el campo de concentración antes que Hitler. Los teóricos de la estrategia política tienen la palabra. Pero, a la vista del maniqueísmo policial de nuestros medios intelectuales, será bueno recordar que esta opinión goza de una aceptación muy considerable. Y que tiene sus orígenes en la masacre de los marineros del Kronstadt.

El pasado 7 de mayo, escribía en «Le Monde» Maximilien Rubel (traductor de Marx y profesor en el CNRS): «...es el partido que se arroga el derecho de decidir si el proletariado debe o no ejercer su dictadura, quien, sustituyendo a la clase y a la masa de trabajadores, decide tachar de un trazo pluma lo que, según Marx representa un periodo de transición» y agrega más adelante: «…el partido se guarda bien de poner en cuestión lo esencial: a saber, sus prerrogativas de representante autoproclamado de la clase obrera. Es siempre quien, por la voz de sus jefes, decide el motivos de la dase obrera, es quien define la naturaleza y la forma que debe tomar la acción de esta clase».

(Ese «él» mayestático, ¡cómo recuerda a la teología cristiana medieval!, con su secuela de represión policial iluminista) Es necesario recordar todavía que ese «él» supuso el asesinato en masa de socialistas, anarquistas, socialdemócratas, trotskistas y liberales, por hablar sólo de fuerzas progresistas…

Por su parte, Claude Roy, en «Le Nouvel Observateur» (números del 3 al 9 mayo de 1976), escribe de estos temas «Rusia ha vivido, aproximadamente, un año sin censura: entre la explosión de los soviets en la revolución de febrero y el decreto de Lenin de noviembre de 1917 que prohibía la prensa no bolchevique». Y comenta el destino de este decreto policial: «es el control absoluto del partido sobre toda palabra». Respecto a los famosos «redaktor» (censores que trabajan en todas las editoriales y periódicos del país), ha comentado Louis Aragon «el «redaktor» es un chupatintas particularmente odioso, necesariamente espía y censor». Claude Roy, en el artículo de «Le Nouvel Observateur» que he citado, multiplica a lo largo de cuatro páginas (que forman parte del informe que la revista anuncia a toda página su portada) una relación de crímenes y atentados contra la libertad perpetrada por el estado leninista, citando como testigos y fuentes de información y critica a Aragon y a Ilya Ehrenburg.

Hasta aquí esta mera enumeración expositiva, que podría, lógicamente, ampliarse más que substancialmente. Quizá sólo nuestro país, en Occidente, se está hurtando, de este proceso de indagación critica, frontal y decisiva hacia el estado concebido por Lenin. Los «gauchistas» franceses (maoístas, anarquistas, «situacionistas», radicales de izquierda, de Sartre a Cohn-Bendit o Glucksmann, no hablemos ya de los partidos e intelectuales de derechas) han multiplicado sus críticas totales, frontales al estado imaginado por Lenin. Sus acusaciones son terminantes: se le acusa de policía, de creador de un estado policial.

«Archipiélago Gulag» es la ilustración literaria tardía de la toma de conciencia de los intelectuales de la orilla izquierda parisina. Octavio Paz da modo ejemplar, ya ha hecho referencia, en esta misma revista, como decía, a este proceso de degradación e indigencia ideológica. El Gulag forma parte, ya, de la ignominia moderna, de una marea asesina sin antecedentes (por su gigantismo) en la historia de los hombres. En nuestro país, este océano de sangre y crímenes continúa siendo un tema poco grato para nuestros intelectuales, perdidos en eternos desvaríos y trivialidades estratégicas, temerosos de la sagrada inquisición contemporánea, la estrategia política, a la que adulan del modo más vergonzoso, y así ganan la gloria con que los policías pagan el silencio de sus lacayos.

Juan Pedro Quiñonero, Destino, nº 2018, del 3 al 9 de junio de 1976, pp. 40-41.



[1] «Archipiélago Gulag» (II), Plaza y Janés. Barcelona, 496 páginas.

lunes, 27 de abril de 2020

"Juliette Greco. La flor venenosa de Saint Germain" por Juan Pedro Quiñonero (Diario 16 [Disidencias], 9 de enero de 1983, pp. 26-27 [VIII-IX])



Ella podía codearse con los asesinos de Ben Barka, con Jacques Prevert o el mismísimo Camus. Sus amoríos con un fotógrafo de «Life» o varias generaciones de reporteros de «París Match» colocaron su nombre en las mejores revistas de la época, convirtiéndola en el mito, en «la musa del existencialismo», la «flor venenosa» de Saint-Germain-des-Prés, auténtica aldea cosmopolita del París dé entonces. Juliette Greco acaba de publicar «Jujube», un desmemoriado libro de memorias, en el que la «musa» sólo ofrece las chucherías de una época dorada.

Si mademoiselle Greco hubiese nacido en Tomelloso, sus días de gloria la habrían dirigido primero al viejo Pasapoga, al Chicote de la posguerra, para caer luego en Las Palmeras o el no menos desaparecido El Abra, hasta el descenso final en la calle de la Ballesta y los camioneros. Pero, hija de una burguesa más o menos ilustre, educada entre la rué de Seine y el distrito XVI, sus amores con sucesivas generaciones de fotógrafos de «Paris Match» la convertirían en «la flor venenosa de Saint-Germain-des-Prés», la «musa del existencialismo» …

Y su libro de memorias, «Jujube» (ed. Stock), es un excelente testimonio para rastrear las historias de cama, la evolución de un cierto París noctámbulo, y seguir el curso de las costumbres en los bares y clubs de moda de una aldea cosmopolita: Saint Germain des Pres, poco más que un barrio, menos que una ciudad. Para el consumo de masas, se trata de un barrio célebre pintarrajeado con todas las chucherías de la mitología de la posguerra: el existencialismo, las «caves» de jazz, los americanos en París, Sartre y la Beauvoir, Camus, los restos del surrealismo.

En ese momento, circulan por ese barrio una docena de genios: Antonin Artaud todavía no ha sido definitivamente encerrado en el manicomio. Sartre todavía es un amigo de Camus y Raymond Aron. Prevert está escribiendo la letra de la canción más inolvidable de la historia francesa y quizá europea, «Las hojas muertas», con música de un emigrante célebre, J. Kosma. Bretón todavía continúa pontificando. El general De Gaulle ya suena con la fuerza de disuasión francesa. Camus ha lanzado su ataque frontal contra las dictaduras comunistas. Edith Piaf colecciona jóvenes de talento, como Montand y Charles Aznavour.

Bataille y Lacan se disputan las prendas interiores de una misma mujer que confiere a ambos sus favores. Orson Welles y Darryl Zanuck se emborrachan con champagne en el Harry’s Bar. Hemingway, Tyrone Power prefieren los martinis del Cryllon, Cary Grant viene a París con Vicente Minnelli. Y Juliette Greco canta, mal que bien, en las tres o cuatro «boîtes de nuit», donde todo ese mundo toma una copa a las tantas de la madrugada, en el Tabou, el Montana, La Rose Rouge.

«Cover story»
Sin duda, la joven cantante que tomase el «rápido» Alicante-Madrid para desembarcar con su guitarra y su peineta en Pasapoga o Chicote no corría el riesgo más que de codearse con señoritos franquistas, legionarios y cuatro pelagatos en el Madrid de «La colmena». Mademoiselle Greco tuvo otra suerte: en el Deux Magots, tomando café, podía dar el coñazo a Sartre. Cruzando la acera, en Lipp o en el Flore, se podía codear con los asesinos de Ben Barka o con Jacques Prevert. Y tomando una copa en el Tabou podía ligar, desde el escenario, con los turistas americanos. Cuando uno de esos turistas se llama Cari Perutz y trabaja como fotógrafo en «Life Magazine», acostándose con él un par de semanas es posible aparecer en un gran reportaje mundial como la «musa» del existencialismo. Si. apenas dos años más tarde, el fotógrafo se llama Jean Manzon y es el corresponsal del «Paris Match», en Río de Janeiro, madeimoselle Greco volverá a ganarse una «cover story» en el célebre carnaval y tener un maravilloso recuerdo de aquellos días de Vino y rosas en la legendaria posguerra.

Pero mademoiselle Greco, por aquellos años (ha acabado la guerra y hay que ganarse la vida) también se preocupa por la vida del espíritu: Ingresa como «militante» (???) en las Juventudes Comunistas. Sin embargo, su ardor militante es muy moderado: el joven Jorge Semprún debe visitarla en su hotel para reclamarle sus cotizaciones al partido. Mademoiselle Greco, al mismo tiempo, no se pierde un «cocktail» en la mitológica Nouvelle Revue Française, de Gastón Gallimard. Y robando canapés se codea con gente ilustre: Maurice Merleau-Ponty (que trabaja en su «Humanismo y terror»), Raymond Queneau (que no se inspira en ella para escribir «Zazie dans le metro», evidentemente), Sartre (fervoroso prosoviético), Camus (que prefiere la soledad compartida en la redacción de «Combat»).

«Ganas de vivir»
En realidad, las «ganas de vivir» de mademoiselle Greco tienen un origen familiar: sus abuelas «amaban» la «fiesta de los toros». Su padre abandonó muy tempranamente a su madre, que decidió convertirse en enérgica oficial del Ministerio francés de la Marina. Y una coincidencia reciamente francesa: una de sus abuelas tuvo unos «adorables» criados que eran portugueses, y su madre (y la propia Greco) siempre recordó «con cariño» a una chacha española «sencillamente entrañable».

Huida
El fracaso de la vida matrimonial de sus padres no fue un drama para ella. Sin embargo, la joven Jujube (apelativo irrisorio para todos los libreros donde pedí la biografía de mademoiselle Greco, hasta encontrar su libro) antes de convertirse en Juliette Greco (nombre familiar y nombre de guerra, a un tiempo) siempre fue una niña triste. Y se escapó siempre de todos los colegios de religiosas donde su madre la internaba. Jujube, mademoiselle Greco, huía siempre a caballo, por supuesto. Y de ahí nacería un amor por las huida que bien conocieron, más tarde, la veintena larga de esposos, amantes, compañeros de viaje, amores de un par de noches y simples colegas que soportaron el «temperamento» de mademoiselle Greco.

Tras un viaje a Moscú (cosas de la época), Michel Picoli se descubriría solo y abandonado y con todas las facturas del piso por pagar. Paro mademoiselle Greco era ya una «gran señora» de la canción francesa. El existencialismo a palo seco, con jazz y ginebra de garrafa ha dejado paso a una sofisticación más urbana: champagne, por favor, trajes de seda y marcas de automóviles de prestigio (Maseratti, Jaguar, etcétera). «La náusea» ha dejado paso a la educación sentimental de una novela de éxito, «Buenos días, tristeza», de otra joven impertinente, Françoise Sagan.

Saint-Germain-des-Près ha sido ampliado hasta Saint Tropez, que es a Benidorm lo que Madrid es a París. Las grandes comedias sobre la Costa Azul, maravillosas cuando son fotografiadas por cineasta centroeuropeo afincado en California, evocarán con colores pastel ese mundo literalmente inexistente, pero reconstruido con pasión en los cuentos y novelas de Somerset Maugham. Y el personaje de mademoiselle Greco juega un papel: el Tirone Power de «El filo de la navaja» la visita en el Tabou, media docena de millonarios sudamericanos le llenan los zapatos de joyas. Jujube es ya definitivamente Juliette Greco.

Limites pueblerinos
Sin embargo, niña-adolescente-joven-mujer no ha salido jamás de esa aldea cosmopolita que se llama Saint Germain des Pres. Para mademoiselle Greco, los límites geográficos de su universo «internacional» son francamente pueblerinos. La plaza de La Sorbona y el Luxemburgo son una frontera que limita con lo desconocido y peligrosos arrabales. El restaurante Allard es la frontera con la plaza de Saint Michel: Mejor no llegar nunca. Por el sudeste, Chez Dominique se encuentra ya en una tierra de nadie. sólo frecuentable porque Sartre se deja allí buena parte de sus derechos de autor. Al oeste, las ediciones Gallimard marcan el límite de las tierras colonizadas por los amigos de mademoiselle Greco.

Quedan fuera de esa geografía «bon chic, bon genre» el París proletario y canalla de los bulevares inmortalizados por Yves Montand. Mademoiselle Greco no entiende nada, tampoco, del París eterno propio a la mitología de Marcel Proust y Marguerite Yourcenar. Los personajes del París canalla de Belleville, tan íntimamente ligado a la Piaf y Maurice Chevalier, son para mademoiselle Greco tipos excesiva y brutalmente proletarios. El París suburbano de la gran «banlieu» roja, el París frente-populista de Julien Duvivier o Rene Clair son para ella unos ilustres desconocidos. El París sonámbulo de Celine, el París elegante de Anouilh o Giraudoux, el París galante de Jacques Laurent, el París cosmopolita de Mac Orlan, son para ella ciudades desconocidas. Para mademoiselle Greco, París es una ciudad extraña y lejana que existe en las afueras de su aldea natal, Saint-Germain-des-Prés. Más allá de esa tierra local sólo existe lo desconocido y la barbarie.

Incluso dentro de su aldea más o menos cosmopolita, los límites de mademoiselle Greco son considerables. El suyo es un mundo de cuatro «boîtes de nuit» que tuvieron sus días de gloria durante treinta años, y que hoy son ya, apenas, pasto para las tropas turísticas, negros, emigrantes y provincianos que todavía no se han enterado que todas esas majaderías del existencialismo y las «caves» de jazz fueron un invento de los genios del periodismo de la época, manipulando la opinión a través de «France-Dimanche», el «France Soir», de Pierre Lezareff y «Paris Match».

De ahí la pureza final del testimonio de Juliette Greco: ella se creyó, en serio, aquellas historias que la inmortalizaban, y continúa creyendo que sus «potpurris» en el Tabou deben tener las proporciones de la «Crítica de la razón dialéctica» o el interminable «Flaubert», de Sartre. Y en sus memorias habla tuteando a Merteau-Ponty y esperando que el lector comprenda que el autor de «Humanismo y terror» estaba con ella tomando una copa la noche que decidió romper con Camus.

Para mademoiselle Greco el hecho de haber cantado «Las hojas muertas», mal que bien, tiene unas proporciones semejantes a la obra de Lacan o el mismo Prevert. Cruzarse en una esquina con Antonin Artaud (que, por supuesto, no tenía literalmente nada que hablar con mademoiselle Greco) cobra unas dimensiones históricas. Y acostarse con toda una saga de fotógrafos, periodistas, escritores, directores de cine, millonarios es sólo una cuestión de sensibilidad en la que ella no sabe descubrir las proporciones que tuvieron diez noches de cama en la conquista de una «cover» en el «Life» o en el «Match» de la época.

Soledad
Al fin, las memorias de mademoiselle Greco concluirán melancólicamente. En el origen, hubo una historia de amor descarriado, el de sus padres. En el principio. sólo hubo sucesivos desencuentros amorosos, cuerpos que se encuentran en la oscuridad de oscuros apartamentos copulando sin placer en demasiadas noches de soledad.

Al fin, sólo quedan recuerdos sin gloria, y un interminable rosario de fantasmas, nombres ilustres que tomaron una noche una copa en el Tabou para no volver nunca más, y la soledad interminable de quien contempla cómo su antigua aldea cosmopolita ha sido ocupada por las hordas de turistas, las manadas de emigrantes que buscan, sin encontrar, los memorables recuerdos que ella creyó protagonizar, dejándose fotografiar para las revistas de modas de la época que ya no se interesan ni por ella ni por su personaje, ni siquiera por su historia. Otras «boîtes de nuit» pueblan la fragancia de la noche parisiense, otros personajes engañan a las modistillas provincianas desde las revistas del corazón, otras historias de amor transcurren en otros hoteles. Pero Juliette Greco, ella, prosigue su inacabable peregrinar por su vieja aldea.

El Deux Magots y el Flore han sido tomados por asalto por lo más selecto de la homosexualidad del barrio. En el kiosko de enfrente ha sentado sus reales el viejo anarquista que viaja anualmente a las corridas de San Isidro. Al Tabou sólo van a bailar negros de La Martinica. La vida sigue igual.

Ilustres banalidades
Es difícil hilvanar un texto en el que hay tantos hombres ilustres como banalidades y trivialidades. Es difícil transitar y codearse con tantos monstruos sagrados para coleccionar una cantidad tan considerable de simplezas mentales.

«Jujube» (ed. Stock), de Juliette Greco, es el ejemplo ideal de la «literatura comprometida» y la «literatura testimonio». Desde su infancia a la decadencia popular de las modas «existencialistas» (please, please: un respeto para los viejos maestros), Juliette Greco se siente llamada a un destino singular, y su libro es una evocación detallada de cada una de sus citas fallidas con la eternidad.

Sartre es evocado en una cierta ocasión en que el autor de la «Crítica de la razón dialéctica» le dijo a Greco que pensaba escribir una letra de una canción. Camus aparece en el libro porque un amigo de mademoiselle Greco frecuentaba un café en el que el autor de «El extranjero» tomaba una copa de vez en cuando. Merleau-Ponty fue una vez al Tabou: pero allí estaba mademoiselle Greco para dejar testimonio. Artaud cruzó un día por la rue des Saint-Pères, y Greco lo recuerda en ese preciso instante.

Hubiera sido genial contar las manías alcohólicas, noctámbulas, sexuales o gastronómicas de esa pléyade de genios de muy diverso pelaje. Pero mademoiselle Greco, con los años, ha perdido la memoria para tales detalles nimios: sólo recuerda las chucherías insignificantes que a ella se le ocurrían en aquellos se le ocurrían en aquellos momentos.

Desgraciadamente, sus memorias no dejan constancia de las huellas que hubieran podido dejar en ellas tales devaneos.

Quedan, no obstante, en su obra, las huellas, los rastros, más bien, de un transitar tumultuoso de monstruos y celebridades por una aldea-barrio-cosmopolita de un momento importante para el arte y la cultura occidental. Y, en ese marco, las memorias de mademoiselle Greco ayudarán, un día, a los atribulados navegantes que decidan emprender la búsqueda de esos perdidos tesoros en el océano sin fondo del tiempo que se fue para no volver.

Juan Pedro Quiñonero, Diario 16, 9 de enero de 1983, pp. 26-27.

"Stendhal. La radical actualidad de un escritor subversivo" por Juan Pedro Quiñonero (Diario 16 [Disidencias], 23 de enero de 1983)



El 23 de enero de 1783, hace hoy doscientos años, nacía en Grenoble, Stendhal, escritor de proporciones políticas, diplomáticas, morales, espirituales, militares y novelescas que le confieren una radical actualidad en el bicentenario de su nacimiento. Autor de La cartuja de Parma, el libro épico más feliz de la literatura moderna, y Rojo y negro, obra que contiene todos los mecanismos narrativos imaginables, es, además, actualidad por la iniciativa de Consuelo Berges, que ha creado el premio Stendhal para traducciones de lengua francesa.

NINGUN genio de la literatura moderna universal sedujo, amó y fue infeliz con tantas mujeres. Ningún intelectual, desde Virgilio habla adorado con tanta pasión a los genios del arte de la guerra de su época.

Ninguno de los fundadores de la novela moderna fue tan despiadadamente acusado de plagiario con tanta razón. Ninguno de los fundadores de nuestra modernidad nos habla con tanta pureza de los monstruos mayores que se ciernen de modo sombrío sobre nuestra vida cotidiana: la estrategia militar, la ascensión social y la desesperación en la ciudad moderna.

Y las huellas y los rastros que vienen a conmemorar el doble centenario de su nacimiento parecen subrayar, de modo enigmático, esas aparentes paradojas que descubren la actualidad de Stendhal en todo su esplendor majestuoso.

En Grenoble, la ciudad natal, la ciudad denunciada con el odio más puro por el joven Henri-Marie Beyle, se inician hoy solemnemente los actos conmemorativos con la puesta en escena de una obra de teatro, La neige ou le bleu, de Henri-Alexis Baatsch, bajo la dirección de Georges Lauvaudant. Se trata de un proyecto pedagógico por excelencia: presentar al «gran público» la «vida y la obra» de Stendhal.

Napoleón
Y la obertura no hubiese disgustado en exceso al maestro: el drama se inicia con un Napoleón agonizante evocando los primeros días de gloria de la campaña de Rusia, y las noches amargas que anuncian el otoño de la Grande Armée y la retirada invernal. El autor ha soñado que el joven Henri Beyle, que sueña ser Stendhal todavía, un siglo más tarde, acompaña a Napoleón en la retirada que marcará la noche agonal del imperio.

Seguirán la gloria y las miserias de los Ejércitos napoleónicos: Waterloo y el peregrinaje de Stendhal por las ciudades y los campos de batalla imperiales, donde Stendhal, como miembro afortunado en la intendencia de los Ejércitos napoleónicos, soñará siempre el ruido y la furia de los dramas de capa y espada, las tragedias de nuestra modernidad. Su ídolo será Napoleón y su lectura única, entre 1976 y 1979 (años de formación, antes de la marcha iniciática hacia Moscú), será Shakespeare.

Ha quedado, pues, en pie, el escenario que marcará la obertura grandiosa de La cartuja de Parma, el libro épico más feliz de la literatura moderna. Pero el lector de las tragedias shakesperianas sabe bien que, tras el rostro trágico de la historia, también existe una máscara de comedia bufa, de comedia de bulevar, de drama sentimental: será el Stendhal de los escritos íntimos y los textos sobre el amor.

Peregrinaje
Esa faceta podrá rastrearse, sin duda, en la gran exposición nacional e itinerante que partirá de Grenoble, la patria local, recorrerá toda Francia, para llegar a París, a los salones de la Biblioteca Nacional, hacia el mes de septiembre. Ese peregrinaje de la gran exposición nacional quizá sea un homenaje involuntario: tras la caída del emperador, Stendhal vivirá días de gloria e incertidumbre mundana, en París, en Italia y en toda Francia.

Su carrera administrativa se hundirla definitivamente en la diplomacia doméstica: viajante relativamente modesto de los negocios públicos y administrativos de una Francia que iniciará la restauración borbónica, todavía tiene tentaciones bonapartistas y será más tarde republicana. La pureza moral de Stendhal, sus sueños de gloria mundana, la urgencia de sus necesidades, lo conducirán a un delatado peregrinaje por todas las ciudades de Europa y Francia.

Rostros de mujer.
Tras el rosario de ciudades se esconderá un interminable rosario de amantes: nobles italianas, cupletistas parisienses, esposas de diplomáticos franceses, familiares cercanos, escritoras, cantantes, actrices, amantes todas de un hombre que, en cada cuerpo, esperaba encontrar, al fin, la eternidad de un amor que, mañana, volvería a renacer en los brazos de otra mujer. La divinidad del amor tendrá tantos retratos fugitivos e inmortales como cuerpos amados y perdidos, recobrados, olvidados, pero siempre inolvidables en el lecho de cada una de sus amantes...

En Marsella, en París, en Milán, en Florencia, en Roma, nuevos rostros de mujer descubrirán la inmensidad del deseo y la eternidad de una sed insaciable y mortal. Corteja a su prima Adele Rebuffel, pero hace el amor con la madre de ésta. Ama a Victorine Mounier, pero seguirá a una joven actriz a Marsella. Wilhelmine de Griesheim, Angela Pietragrua, Metilde Dembrowski, Giulia Rinieri... nombres de inolvidables amantes que enseñarán a Stendhal cuanto sabe del amor y toda la amargura y la soledad de quien moriré solo, infeliz, cónsul de Civitavecchia, desde donde huiré, enfermo, hasta Siena, para encontrar a Giulia Rinieri, y hacerla su amante, diez años antes de sufrir su primer ataque de apoplejía y morir en París, en la calle Neuve-des-Petits-Champs, entre la place Vendôme y la Opera.

Tras esa aventura se encubrirá la ascensión de Julián Sorel, la viuda de. Henri Brulard, las perplejidades de Lucien Leuwen. Hablando de ellos, Stendhal hablará de sí mismo: despreciará e Chateaubriand, vomitará una y mil veces contra Grenoble, evocará la gloria de os salones parisienses donde, en su juventud, habrá soñado con encontrar la gloria, la fortuna, el éxito y las mujeres. En vano.

Tras esa aventura fallida se gestará toda la amargura que es necesario acopiar para escribir un día la obertura homérica y grandiosa de La cartuja de Parma. Serán necesarias muchas noches de insomnio, muchos viajes destartalados por la Francia profunda, muchos artículos en inglés en las revistas londinenses («New Monthly Magazine», «London Magazine», etcétera), muchos encuentros y citas fallidas, en Milán, en París, en Siena, muchos fracasos y resignación insoportable, para alcanzar la melancólica pureza de la cartuja.

Escritos íntimos
Y la música italiana será, en ese marco, el contrapunto moral que servirá para aguardar la aurora, los ojos insomnes, en una cama vacía, en un perdido hostal de provincias, tras una cena fría, a la espera de que mañana, en otros brazos, renacerá alguna esperanza que tampoco esta noche pudo consumarse en la soledad compartida de un lecho sin amor. En sus escritos íntimos, Stendhal hablará de lo espléndido de los muslos o los senos de muchas de sus amantes. En sus escritos sobre el amor nos hablará del carácter radiante de un sueño enardecido por la imaginación. espoleado por el deseo e inmortalizado por el olvido.

En los actos del bicentenario, esa faceta será evocada, asimismo, por las versiones cinematográficas de sus obras. Se prevé una gran retrospectiva nacional e internacional, que se iniciará, sin duda, con Le rouge et le noir, de Autant-Lara, y, previsiblemente, podrá concluir con una gran producción del tercer canal de la televisión francesa y con la versión de La chartreuse de Parme de Bolognini.

Carácter político
Sin duda, Stendhal, siempre enamorado del éxito y el triunfo, en las artes de la vida y las artes de la escritura, hubiera adorado esta faceta de las conmemoraciones: contemplar, en la soledad oscura de una sala de cine, los maravillosos rostros, en color, de sus inolvidables amantes, ahora eternizadas en la imagen corpórea de nuevos y siempre fascinantes rostros y cuerpos de mujer.

Sin embargo, a Italo Calvino no se le escapa, precisamente. hablando de la Chartreuse de Bolognini, el carácter político y estratégico de ese momento final de la obra de Stendhal, a tres años de su muerte. No en vano, el libro se inicia con la entrada radiante de las tropas de Napoleón en Milán.

Esa síntesis última donde se confundirán las grandes maniobras victoriosas de las tropas de Napoleón, el inicio del fin con los días de gloria y las primeras batallas perdidas, la reconstrucción de un mundo nuevo (en suma, está naciendo la Europa contemporánea que forjará Metternich en el Congreso de Viena), tratándose una historia radicalmente individual (Fabricio) y colectiva, con la pureza y grandeza de los poemas homéricos.

La lejanía, en el tiempo, de tales historias, pudiera hacer olvidar al lector las proporciones políticas, diplomáticas, morales, espirituales, militares y novelescas de ese proyecto. Para imaginar su radical actualidad, pudiera imaginarse una novela en la que se confunden la ofensiva americana en la guerra del Pacífico que deberá desembocar en Hiroshima, contada por un alto diplomático de la burocracia del Departamento de Estado, que siente admiración por el general McArthur, que escribe pensando en tramar un proyecto político-intelectual semejante al de las Memorias, de Kissinger, pero dando a su libro el perfume de la gran ópera y las dimensiones morales de la época griega y latina. Tal es la aventura trágica y moral que nos propone Stendhal. De ahí el carácter subversivo, inquietante y neoclásico de su actualidad, hoy, cuando se cumple el bicentenario de su nacimiento.

Juan Pedro Quiñonero, Diario 16, 23 de enero de 1983, pp. 24-25.