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martes, 9 de mayo de 2017

"Pintura en la poesía de Juan Eduardo Cirlot" de Enrique Andrés Ruiz (Cuadernos Hispanoamericanos núm. 503, mayo 1992)


Juan Eduardo Cirlot con Enrique Tábara en su estudio c. 1960.
Colección Manuel Gimeno.
Pintura en la poesía de Juan Eduardo Cirlot

Tengo entre las manos un extraño libro. Lo componen doce sonetos impresos sobre un duro y rugoso papel, cuyos cuadernillos plegados no han sido siquiera cosidos. Se trata de El poeta conmemorativo que Juan Eduardo Cirlot dio a las prensas en Barcelona y en 1951 para reunir, como el título sugiere, algunos homenajes cuyos tributos le habían seducido. En la última página consta la firma autógrafa de Cirlot y el anuncio de la escasa tirada, reducida a cincuenta ejemplares. Como otras veces, la edición está extremadamente cuidada, reservados los cortes del papel sobre el que se estamparon los sólidos tipos bodoni. No en vano, este libro pertenece a la colección El libro inconsútil y su publicación salió de las manos que atestiguan el esmero de la imprenta, las de João Cabral de Melo, impressor, quien por esos años desempeñaba algún cargo consular en Barcelona y dedicaba parte de sus ocios al juego tipográfico.

No sé en qué ocasión cuenta Joan Brossa como conoció a João Cabral en 1949, a través de Rafael Santos Torroella, pero lo que sí parece seguro es la influencia que el diplomático y poeta brasileño ejerció sobre él y sobre Tápies, en pleno despegue del «Dau al Set» y tras prolongadísimas conversaciones que condujeron a un cierto abandono de la inicial estética practicada por ambos, de marcado tinte hermético-postsurrealista, para abrir caminos de mayor compromiso histórico y social que probablemente adeuden su inclinación realista —frente al magicismo anterior— al marxismo de Cabral y a aquellas largas charlas. El propio Cabral presentó el libro de Brossa Em va fer Joan Brossa (Barcelona, Cobalto, 1951) con un prólogo en el que insistía sobre el nuevo rumbo, acaso inspirado por él mismo, que rechazaba el formalismo de la vanguardia —«la magia de cartón piedra»— en pos de «hacer regresar el arte al tema de los hombres». «Este libro de Joan Brossa reúne los primeros pasos del autor en el sentido de realizar una poesía ampliamente humana. Más ampliamente humana, es decir: con el enorme tema de los hombres», venía a decir Cabral sobre el libro en el que Brossa iniciaba su deriva en un momento en el que Tápies comenzaba a adentrarse en otros territorios con pasos que guardan alguna semejanza.
João Cabral de Melo
Pues bien, entre las doce composiciones del librito que vuelvo a hojear, hay una dedicada al estío; cinco a Heráclito, que dan fe de la advocación presocrática del autor; dos a Giocasta Kusrow; tres a Homero y la última a Salvador Dalí. Algunos temas de Cirlot recurren, se cuelan una y otra vez entre los versos. Con respecto al tercero de los homenajes podemos recordar cómo, tras descubrir el crimen a que le había llevado la fatalidad, Yocasta, la madre de Edipo, se suicida, y Edipo se arranca los ojos, como a través de la leyenda clásica hemos aprendido a pesar que desde entonces casi todos los demás elementos de la tragedia bailan con una multitud de variantes. Unos años antes, el poeta había escrito En la llama, uno de los libros donde se recogen algunos de los poemas fundamentales de su obra y, entre ellos, «El Salmo de la batalla», que comienza precisamente con el verso «Ha llegado la hora de arrancarme los ojos». El libro reunía diversos poemas que giran en torno a la figura de la mujer, al seno oscuro y terrible que es, a veces, el de la muerte y, en ciertas ocasiones, en torno más directamente, de la madre. El que cierra En la llama es otro salmo, «Salmo de la desolación» y en él se repite aquel verso para después concluir: «Yo soy el más culpable, dejadme junto al muro:/ Ha llegado la hora de las lamentaciones». También un buen amigo de Cirlot en la Barcelona de los años cuarenta, Julio Garcés, estamparía sobre la primera versión de uno de sus mejores poemas, «Pájaros tristes», otra dedicatoria parecida, esta vez a Giocasta Corma.

No he podido evitar la sugestiva divagación a través de la tragedia tebana a que invitaba la alusión a la madre de Edipo y esposa de Layo. Pero volvamos a nuestros pasos. No es ese el soneto al que, dentro de los agrupados en El poeta conmemorativo, nos vamos a referir. Se trata ahora del último de ellos, el dedicado a Salvador Dalí. Y es que quien dedicara casi toda su vida a recorrer los intrincados roleos del arte de su tiempo y de otros tiempos; quien escribiera el «Diccionario de los Ismos», «La pintura abstracta», «El informalismo», «El mundo del objeto a la luz del surrealismo», «El estilo del siglo XX»,...; quien nos dejara algunos de los libros imprescindibles sobre algunas de las imprescindibles figuras del arte moderno y contemporáneo español («Miró», «El arte de Gaudí», «Significación de la pintura de Tápies», «Picasso, el nacimiento de un genio»,...); quien, en fin, fue compañero y amigo de los artistas de la vanguardia española de los años cincuenta y sesenta y formara parte con algunos de ellos del histórico grupo «Dau al Set» (Brossa, Arnau Puig, Tharrats, Ponç, Tápies y Cuixart, Barcelona, 1948) no abundó, sin embargo, en la mención de referencias concretas a esta actividad y a estos nombres en el otro misterioso territorio por el que sigilosamente iba avanzando su poesía. Quizá ese soneto a Salvador Dalí sea la única alusión explícita a un artista contemporáneo que incluyera Cirlot en la selva de alusiones, indudablemente acrónicas, que puebla el escenario majestuoso de su poesía. Bueno, la única no. Veremos los poemas dedicados a la pintora Montserrat Gudiol y también la «Oda a August Puig». Pero este soneto a Salvador Dalí describe un yermo particularmente querido para algunos surrealistas que no abandonaron la descripción figurativa de la imaginación visionaria, como Dalí y, por supuesto, como el más paradigmático pintor de las dormidas y desoladas playas surreales, Yves Tanguy: «... en los grandes paisajes calcinados/ (...)/ En las planicies secas y desiertas, / en los osarios desencadenados,/ en los cielos agudos y parados/ sobre las planetarias costas muertas». Ese mundo de «latencia total» que es como Bretón, el juez, caracterizó el representado por Tanguy, recuerda fielmente el paisaje premonitorio de una edad futura, posterior a un gran desastre, a la última guerra tras la que el universo es el pleno sol cegador que calcina los huesos rotos y los campos yertos de la visión apocalíptica. El surrealismo, así, introduce en la muerte, que «es una sociedad secreta», como se complacía en afirmar el propio Breton en el Manifiesto de 1924. El surrealismo recoge el testigo del romanticismo postrero, la fiebre de Nerval («El sueño es una segunda vida») y la efusión de la imaginación y de la fantasía en la vida real, asolada por aquel Gran Desastre. El surrealismo es el último nombre, quizá, del arte que refleja un mundo de la conciencia ofrecido a la representación de la vista, la última máscara de la imaginación tras desprenderse de Dadá y antes de que fuera arruinado por la crítica y los medios instrumentales de su quehacer, como ha ocurrido, a la postre, hasta atrofiar cualquier brote original de la tarea artística en el siglo XX. El más poderoso, el más vivo en su muerte de los movimientos contemporáneos.

En el soneto de Cirlot a Dalí se rinde homenaje a esa representación clara, a esa figuración exacta de un mundo último. Bretón, no obstante, dispondrá el anatema, más amigo ya del espíritu del siglo que del espíritu sin siglo del surrealismo y desterrará la obra de Dalí, «desfavorecida por una técnica ultrarretrógrada (vuelta a Meissonier) y desacreditada por una indiferencia cínica con respecto a los medios de imponerla». Es obvio que a Bretón le preocupaba, sobre todo, los medios de imposición. Ese es precisamente el espíritu del siglo, no el vuelo de la imaginación fuera del tiempo que alentó el alto territorio de los aires surrealistas.
De la filiación surrealista de Cirlot se ha escrito también lo suficiente. En la nota biográfica, sucinta y seca, que quizás él mismo escribió y que acostumbra a aparecer en las recopilaciones de sus versos (Nacido en 1916. Estudios en los Jesuitas. El maestro Ardevol le introduce en la música. En los años cuarenta y cincuenta toma contacto con el surrealismo y el simbolismo,...) se atribuye su bautismo surrealista a la estancia en Zaragoza y a su amistad con Alfonso Buñuel. ¿Quién es Alfonso Buñuel? Hermano de Luis y nacido en la capital aragonesa, Alfonso Buñuel es pintor, cuya carrera se divide en el antes y después de su periplo parisino. De allí volverá deslumbrado por los collages de Max Ernst y dedicará su obra a la minuciosa elaboración de imágenes alucinadas, compuestas por una taracea de materiales de muy diversa procedencia que se ensamblan en aquella técnica en la que Ernst sobresalió como fundador, al menos del característico modo en que se manifiesta el collage surrealista. Max Ernst fue también «despedido» por Breton en 1957. Por su parte, Alfonso Buñuel, sin apartarse un ápice del sendero marcado por Ernst, forma parte de la breve nómina del collage español, junto al vasco Lekuona y a la faceta dedicada a este procedimiento en la obra del más particular de los tres, el mismísimo Benjamín Palencia. A otra guerra pertenecen los delirios, deliciosos y también febriles, de los carteles que en 1927 compusiera Ernesto Giménez Caballero.
Hay algo en el surrealismo que lleva a Cirlot a darle cobijo bajo el techado de su poética. Aún más, a encontrar en el horizonte alumbrado por él, piedra de toque y losa precisa sobre la que tañer su canto. Ese surrealismo es aquel cuya disparidad de elementos asociados no se resuelve en un resultado fragmentario ni en un proceso automático debido al abandono de los hilos de la conciencia, ni en una homogeneización de esos mismos elementos por la mano de la arbitrariedad. Diríamos que en Cirlot se produce una inversión del plan surrealista. Una traición, hubiese dicho Bretón, como la de Dalí y la de Ernst, como, al cabo, la de Tanguy. El fondo abisal de los sueños es llevado a la superficie de la obra —a su voz— por un rígido brazo guiado por la conciencia y por el pensamiento. Nada más lejos, hablando de caracterizaciones de la modernidad vanguardista, que el rompecabezas de Joyce, del de Eliot, del proteico camaleón picassiano, de Stravinsky o de Satie, con los que Mario Praz componía el gran cóctel de la primera mitad del siglo. En Cirlot no hay un abandono de los frutos de la analogía al juego estéril de la nada. En Cirlot hay pensamiento, un pensamiento y una idea que incesantemente empujan al artista a la elaboración morosa y detallada de un mundo grávido y compacto. En Cirlot hay conciencia e intención precisa. Hay, por decirlo de manera más antipática, una emergencia del contenido.
Alejado de la crítica ideológica de Breton —más bien en sus antípodas—, de la solemnización del desvarío dadaísta, de la huida o ausencia del significado sustituido por la presencia sorda y yerta de la materia, en Cirlot hay un pensamiento que es pasión por la figura, que es búsqueda —quête— de una figuración. Ahora recordaremos el soneto dedicado a Montserrat Gudiol, hija de José Gudiol, quien figura en el reparto de introductores de Cirlot en las varias sabidurías, en este caso en el arte medieval, poema publicado en 1971, igual que la «Oda a Montserrat Gudiol», «pintora de una figuración interior», en la que Cirlot acosa y acecha una definición de la pintura, enumera una serie de posibles formulaciones conceptuales sobre la tarea del pintor. Del largo poema se pueden entresacar versos como estos:
Pintar es sollozar sobre la rosa
blanca contra los muros que no mueren.
Pintar es arrancarse de los límites
y perderse en las brumas del anhelo
Pintar es renacer donde las brisas
harán con las estrellas un destello
Es convertir en zonas de belleza
las aterradas floras del espacio
Pintar es alumbrar lo necesario
Pintar es conceder a lo de fuera
todo cuanto en lo dentro se desvive
Pintar es enterrar en unos lienzos
la voz de los suplicios (...)
Pintar es entregar lo que se entrega.
Pintar es lamentar que con lo eterno
el tiempo no se sume y con lo amado.
Pintar es estar triste como el cielo
en los ocasos grises que palpitan
Pintar es desgarrar la consistencia
con que lo real parece ser de veras.
Pintar es implantar la eternidad
en lo que se deshace y desvanece.
Pintar es compasión ante lo que
parece ser el ser siendo tan sólo
niebla que se concentra y se desune.
Pintar es desgarrar y es congregar.
Pintar es transmitirse, haber quemado
todo cuanto no puede persistir.
Pintar sobre la rosa es sollozar
y fundarse en las brumas del anhelo.
En este poema se encuentran claves suficientes para dar con el lugar en el que la poética de Cirlot y sus ideas sobre la pintura se abrazan. El punto en el que su verdadera concepción del arte y su más entrañada y personal vocación lírica se encuentran. No será fácil dar con ello mediante el rastreo de su obra crítica, por más que una y otra vez esté su trabajo salpicado de iluminaciones poéticas o mezclado con ellas, ni a través, en el polo opuesto, de sus estudios de simbología histórica, nacidos precisamente de la vocación arrebatada de su poética. En muy escasas ocasiones, y este poema es una de ellas, la poética de Juan Eduardo Cirlot se manifiesta explícitamente sobre otro arle que, sin embargo, reclamó una parte muy importante de su tiempo y su dedicación hasta el punto de que el nombre del poeta ha sido y quizá siga siendo ante todo, el nombre de un crítico de arte. «Pintar es arrancarse de los límites». Esos límites son los de la cotidianeidad, los de la «casivida», los del mundo muerto e inmóvil, los de la Gran Noche desolada que ha abierto un hondo y radical abismo, una ancha escisión entre los petrificados paisajes de la vida muerta y el canto que resuena en el interior de su cerebro vivo, como él mismo atestiguó en el final de «Un poema del siglo VIII». «Pintar es conceder a lo de fuera/ todo cuanto en lo dentro se desvive». Se plantea aquí la médula del conflicto que ha dado lugar a las vías por donde durante siglos circuló la metafísica occidental. La rotunda separación de la exterioridad y la interioridad, la apelación que la filosofía ha establecido primero a una idealidad presente (que culmina en Hegel) y luego a una idealidad ausente (Heidegger), con el fin de salvar la realidad amenazada por las contingencias de la muerte, es el territorio conceptual del que parte el pensamiento de Juan Eduardo Cirlot. Salvar lo de fuera, salvar la realidad exterior, la vida, por su advocación a una instancia superior espiritual que en Cirlot y en su tiempo ya es ausencia, es el cometido del poeta y del pintor, la tarea agónica que le convierte en héroe. Su método será, pues, el de la interiorización del mundo mediante la que quedará borrado el abismo separador.
Montserrat Gudiol
En la «Oda a Montserrat Gudiot» el anhelo de esta figuración interior tiene una formulación expresa y determinante. ¿No fue este el anhelo de Rilke? ¿No es Rilke quien, soplándonos al oído el mensaje heideggeriano, nos va a dar la pista del pensamiento y, más concretamente, del pensamiento estético —del gusto artístico— de Cirlot? Rilke, en quien se encuentra el deseo esencialista del ser de Heidegger, del «ser para la muerte» construye sus figuras —sus ángeles y sus héroes— no sometidas a los dictados del «mundo interpretado», sino a la pura acción más allá —o más acá— del bien y del mal que atraviesa la corriente entre los reinos de los vivos y los muertos que ya no están separados. Ese ser es la instancia superior que Occidente construyó para salvar la vida sometiéndola, sin embargo, como en su crítica recuerda Emmanuel Levinas, a una totalidad ajena, separada, radical y definitivamente perdida. Perdida en el tiempo, rastreada en los fragmentos y ruinas que encuentra la memoria. Y perdida antes de nacer a la muerte viva, hasta que encuentra en la obra su prolongación y en su sucesión humana, como si de un purísimo barroco se tratara, el signo de una eternidad. Quien a su padre dice: «Sabes que tengo espadas, pero están/ tan muertas como yo...», dice a sus hijas y a su mujer: «Así me sobrevivo en mis tres rosas».
Queda su voz y su obra. La voz que pronuncia los nombres crea el mundo. Cirlot dedica varios poemas a Orfeo y precisamente en el «Canto de la vida muerta» —« ¡No es la muerte! ¡La muerte era la vida!»— el poeta entona el homenaje al misterio.
Yo soy el extirpado de los tiempos,
el arrancado en vilo de la vida.
El poeta está arrancado, perdido, está fuera de aquella totalidad anhelada, y de su dolor, de su amor y su carencia nacerán, paradójicamente, el canto y la acción, su movimiento y, con ellos, el larguísimo poema que dedica a una figura, a una representación que como la de cualquier mito es de antes y de después y de ahora, a un cuerpo que es encarnación de la voz y conclusión del proceso de la interiorización de su deseo. Una figura que es el vellocino alentador de su búsqueda, disuelta al final en un sueño. Se llamó Eurídice. Se llamará Bronwyn, Daena.
Esa búsqueda que emprende Cirlot es la búsqueda del sentido, se hubiese dicho hace veinte años. Del sentido corporalizado, carnalizado y, sobre todo, visualizado en una figura. Y la búsqueda del sentido es la búsqueda del ser, vendrá a decir en sus «Sueños». «Pero el ser carece de sentido porque ya tiene la totalidad del ser». Este es el sentimiento propio, me complace insistir, del individuo extraño a la totalidad, protagonista del idealismo desde Platón a Heidegger. El que dio lugar al existencialismo y el que trató, como antes recordaba, de poner en duda Levinas en su Totalidad e infinito. La tarea del artista, de Heidegger, de Rilke y de Cirlot es la interiorización de la totalidad en la que cree y a la que persigue hasta que se borre la distancia, final del proceso tras el que emergerá una nueva y antiquísima región fuera del tiempo donde viven los seres de una figuración espiritual. La vida es carencia y el amor el signo manifestado de esa carencia a través de deseo. Sea como sea, en esas está Cirlot. «El arte es necesario —dirá— en la medida que facilita sucedáneos de ciertas de nuestras carencias dominantes». La vida es carencia, por eso es dinamismo. En cierto modo es el pensamiento más opuesto a cualquier clasicidad. En gran medida, la devoción de los románticos visionarios, de sus discípulos, los surrealistas, del simbolismo con cuya estética indudablemente comulga Cirlot, y, en general, de todas las fugas a mundos perdidos ti anegados en las nieblas del tiempo, corresponde con clara simetría a este pensamiento de la separación y de la ausencia, de la esencia y del ser que se refugia en lo maravilloso y en el sueño tras su desaparición de los campos de la historia, del espíritu, única esperanza para la recuperación de la arcadia aquella. Porque, después de todo, ¿hay finales de la historia antes del idealismo romántico? ¿Hay espíritu —en su problemática y poco pudorosa reunión con la estética— antes de Hegel? ¿Hay estética?
No en vano, el poeta Juan Eduardo Cirlot, aún correspondiendo del modo más ceñido con su gran secreto de poeta isla, de poeta extraño, raro, compartió, aquí y allá, algunas preocupaciones con otros poetas y, muy extremadamente, lo que no son sino angustias de su tiempo. No es de extrañar que los Nueve Cantos a Diana, del Ridruejo de los primeros años cuarenta, sobrevuelen recurriendo en tres motivos, Intimidad, Figura y Ausencia, y que en las Elegías, escritas a la sombra de Hölderlin y de Rilke, se encuentren versos que pudiéramos haber encontrado perfectamente en Cirlot:
Porque la Edad de Oro, cuando se ha desterrado del tiempo
espera en el espíritu a que el hombre regrese
y como una secreta y mágica armonía
va vertiendo a sus formas cuanto en el mundo yace.
Ridruejo, quien escribió algunos poemas dedicados a la pintura, a la de Pancho Cossío, a la de Palencia y a la de Tápies, conoció a Cirlot en Barcelona y así lo recuerda César González Ruano en su Nuevo descubrimiento del Mediterráneo. Y Carlos Riba, cuyas Elegías de Bierville son aproximadamente del mismo tiempo que las de Ridruejo (el momento en que comienza la producción poética de Cirlot) y en las que el traductor que fue de Hölderlin y de Rilke agota las posibilidades líricas de un pensamiento obsesionado por la memoria, por la Arcadia perdida y por el origen, por Orfeo, por el ser y por la esencialidad, en cuya ocasión de manifestarse reside la sospecha de una esperanza que calma la angustia de la huida de los dioses. Rilke, Ridruejo, Riba, buena tríada de poetas para invitarnos a dar vueltas al mismo fonema que comienza sus nombres y a la juguetona posibilidad de un cirlotiano poema aliterativo. Esta filiación en las amistades por Rilke no viene, por fin, sino a cuento de establecer un cierto Zeitgeist que inspiró a ciertos poetas coetáneos españoles y que modifica la situación de Cirlot mitigando su aislamiento, o mejor, el aislamiento de su poética, pues que su nombre y su poesía anduvieron y andan aislados permanentemente. Todo resurgimiento de Cirlot es siempre relativo.
Ya podemos decir que el pensamiento del poeta Cirlot es, pues, el siguiente: «Estoy apartado, desterrado de la totalidad. Mi alma siente la carencia de lo que, en definitiva, es la vida. Esta carencia espolea al deseo, signo de mi amor, y me lanza a la acción de la que mi voz es testimonio y mi canto la espada que sesga la cabeza de la discontinuidad y la separación. Por ellos voy a la búsqueda de la vida que eternamente renace de la muerte donde ha encontrado el seno de su sueño y su ocultación; donde espera continuamente anhelante y entregada a la fe en su resurrección. En ese camino sólo encuentro restos, ecos, vestigios y ruinas de ciudades perdidas, de batallas olvidadas que resuenan en su música olvidada y en la interiorización de mi espíritu; fragmentos que son muerte también, muerte y, sin embargo, materia en la que yace el mismo espíritu de la totalidad, solícito a mi voz y a mi brazo a través de los cuales volverán aquellos a su ser, a su centro radiante y a su vida».
En este pensamiento late el acervo de aquella línea del pensamiento metafísico occidental de la que hablábamos. Con él, el sentimiento idealista y romántico por la huida de los dioses y de la antigua edad. Con ellos, Heidegger, la interiorización rilkeana y la búsqueda de una figuración espiritual. Pero, cuidado, como en todo poeta grande, la idea de Cirlot, su pensamiento, no explica su poesía. Es más, su poesía nace del exceso que sus versos y el territorio creado por ellos supone sobre ese mismo pensamiento. Sin él, sin su tensión, su obsesión y su angustia, no hay poesía. La poesía, es obvio, no es el pensamiento. Pero sin pensamiento, no hay poesía. La poesía de Cirlot es, no obstante, mucho más, es un incesante signo más colocado delante de su discurso intelectual, un incesante más que excede la conceptualización del pensamiento. En ese exceso brotan los seres, los nombres, los paisajes, las ciudades, las batallas, los objetos, los cielos y los abismos del universo cirlotiano y en esa misma medida se apartan de la abstracción —puerto de arribada de la actividad intelectual pura y dura— para acabar elevando el majestuoso, solemne e impersonal edificio de una escenografía, dispuesta a ponerse en movimiento y a desatar la emoción de una dramaturgia figurativa.
De modo que Juan Eduardo Cirlot, pese a ser tributario deudor de una corriente de pensamiento que me he empeñado obstinadamente en delimitar, se rebela contra su propio sueño engendrador de monstruos. «Apártate, reflejo de mi mente». Es un poeta. Y como de los grandes poetas no deja a su auditorio mera verbalidad, palabras solas, deja voz y deja un reparto de figuras y un mundo que despliega el poder de su ilusión en el marco teatral de la escena que, si quisiéramos, nada nos diría de su autor. Es, por decirlo con palabras de Cimbelino, el arte que construye «una segunda naturaleza».
Y es que resulta al menos inquietante si no inextricable el modo en que un poeta, dedicado además con éxito notorio a la crítica y a los estudios artísticos, realiza el trasvase de su poética, y en qué medida, al territorio de los criterios a través de los cuales discurre en el comentario de las obras plásticas. En el caso de Cirlot, cuyas tareas críticas recorrieron el panorama español e internacional de los años cincuenta y sesenta, tampoco es fácil averiguar cuál es la preferencia de su sensibilidad, cuál es, digamos, su gusto artístico. A lo largo de su carrera escribió monografías sobre artistas como Salvador Bru, Lucio Fontana, Román Vallés, Cuixart, el informalismo, la abstracción..., en fin, correspondió a las invitaciones de aquel tiempo y de aquel país (y también de aquel momento de inventos pictóricos y de justificaciones críticas con no menos inventiva). Muchas de sus ediciones aparecen con ilustraciones hechas para la ocasión por quienes también fueron sus amigos (portadas de Tápies y Cuixart para Amor, 1951; de Miró para Regina Tenebrarum, 1966; de Fontana para las oraciones oscuras del mismo año; de Mathias Goeritz para Eros, 1949; también de Tápies para 67 versos en recuerdo de Dadá, etc.). Sin embargo, su poesía, volcada como vemos hacia la visualidad de un segundo universo, o mejor, a la visibilidad de figuras, sólo recoge la dedicatoria a August Puig, a Dalí y a Montserrat Gudiol. Poco más. ¿Era la tarea crítica de Cirlot una profesionalización subsidiaria y alimenticia perteneciente a la triste y dolorosa domesticidad que su quehacer poético venía a rechazar y, en resumidas cuentas, a conjurar? Sus afanes de comentarista de la actualidad artística ¿pertenecían, por tanto, a la «casivida», a la vida carencial del hombre Cirlot caído en la precariedad de la existencia cotidiana, de ese «hombre cualquiera y solitario» que es todos los hombres, de ese que va «vestido de gris» y, a veces, «lleva una corbata rosa», de ese «ciudadano inscrito en el cemento» que «sufre como todos las huellas cotidianas», de ese del que habló en uno de sus primeros y amargos poemas? Cuando habla con emoción del arte de su tiempo ¿habla Cirlot de su tiempo realmente o, sea de lo que sea y ante la triste cobertura crítica del acontecer artístico, habla de lo que real y únicamente desea hablar?
Lo cierto es que cuando lo hace a propósito de Tápies, por ejemplo, de lo que habla es de lo maravilloso, de los Cáucasos del alma, de los judíos de las sinagogas y de la iconografía copta. Y aún guardo un artículo dedicado a indagar en la hermandad de dos artistas como Scriabin, uno de sus faros, y el pintor Mark Rothko, en el paralelismo entre los sonidos y los colores igualmente estáticos y abrazados en la mística ascensión hacia el fuego, «Hacia la llama», que es como se titulaba una de las obras de Scriabin que Cirlot admiraba.
Es obvio también que «Dau al Set» no acabó como empezó. Se ha hecho ya canónica la cita de una anécdota que dio pie a la formación del grupo. Un día de 1946 Brossa visitó una farmacia barcelonesa. Tras abandonar el local, olvidó un libro sobre una silla —un libro sobre Rousseau El Aduanero—. Un muchacho, hijo del propietario, encontró el libro y pensó que en la próxima visita de Brossa le presentaría a un amigo suyo pintor, Joan Ponç. Luego de ese primer encuentro ambos conocieron a Foix, a Tápies y a Cuixart. Brossa ya conocía a Arnau Puig y, por último, se sumaría Tharrats, quien imprimiría la revista. El primer número apareció en septiembre de 1948. Sólo más tarde, ya constituido el grupo, se uniría a ellos Cirlot. Wagner, el surrealismo, la magia; Dadá, el existencialismo, la música vanguardista; Miró, el mundo medieval y, en general, todo aquello que aportando fantasía y misterio significaba una trinchera frente a la grisalla —y la grisura— acercaba a los componentes del «Dau al Set» original y, como no pudiera ser menos, pronto a Cirlot junto a ellos. Pero las cosas cambiaron. A partir de los primeros años cincuenta, Tápies, la figura al cabo señera del grupo, esencializa su pintura, la materializa en muros secos, desnudos, en paredes silenciosas que son su aportación al momento del auge del informalismo. Otros miembros giran también hacia la abstracción rugosa y raspada del barro informal. Quien más, quien menos, a repetirse en sus supuestos y personales logros. Las discusiones sociales e ideológicas comienzan a protagonizar la atmósfera que envuelve su trabajo. En cierta ocasión, se discute si incluir una reproducción de Miró o de Dalí, sobre el que pronto cae la condena. En todo caso, la frescura ecléctica y ambigua que era el campo mejor abonado para los frutos de la imaginación del primer momento se desvanece. Cirlot, embebido en estudios medievales y simbólicos (la primera edición del Diccionario de Símbolos es de 1958) va apartándose del grupo (el grupo también va apartándose de él) a medida que las afinidades iniciales pierden importancia y otras preocupaciones más atadas a la realidad histórica empiezan a ser determinantes. Del romanticismo visionario que unió a los integrantes del grupo, de su azaroso nombre que invocaba la posibilidad de una realidad inexistente e inalcanzable, nos ha dejado el tiempo algunas fechas, las que registran el inicio de las trayectorias de Brossa y de Tápies, por hablar de lo que hoy sigue siendo significativo, antes de su definitivo rechazo del ilusionismo formal, del «cinismo» que detestaba Bretón. Tampoco a Cirlot, pese a escribir su manifiesto y a recordar en un frontis los veinte años de formación del grupo (1948-1968) incluido en su libro Anahit, se le asocia siempre con aquellos convivios.
En cuanto a su dedicación crítica, es raro encontrar colección, revista, simposio o exposición de esos pantanosos años que no cuente con su firma. Pero no está tan claro que sus ideas sobre el arte, que su poética, en definitiva, tuvieran ya arte o parte en el trabajo que le valía la subsistencia.
A fin de cuentas, el poeta que, además de a los artistas ya citados, dedicara otros poemas a Dante Gabriel Rossetti, comentarista que fue de las Canciones de Inocencia y Experiencia de William Blake, otro constructor de escenografías apocalípticas; a Wagner, al cabo una narración, un mundo y un drama; a sir Laurence Olivier su poema «Hamlet», en vivo recuerdo de la película de 1948, no recuerda, tras su lectura, materias quietas o abstracciones del subjetivismo intelectual. En su poesía hay más imágenes, teatros y escenas plásticas que en la obra de todos los pintores españoles de ese mismo tiempo que él mismo comentó y que andaban imbuidos del rechazo al ilusionismo, signo de los años. Y más escenas, teatros e imágenes que, como una «segunda naturaleza» viven con vida independiente de su autor, que en la obra de los poetas de su mismo tiempo y lugar. Una película también, «El Señor de la guerra» de Francis Schaffner, dirigida en 1965 con el «escrupuloso verismo» que el propio Cirlot destacaba en su comentario, dio lugar al encuentro, por parte del poeta, de acción, paisaje y personajes propicios al desarrollo de su propia épica espiritual. Así nació, con el recuerdo de Rosemary Forsyth y de Charlton Heston, el ciclo de «Bronwyn», iniciado en 1967 (estancia I a VIII) y continuado a partir de 1970 para concluir con la quête propiamente dicha. Además de la ya estudiada influencia de la mística sufí, de la leyenda cátara y de la mitología céltica —compuestos materiales que dan cuerpo al largo poema— no es soslayaba así como así la raíz cinematográfica, es decir, escénica, del canto. Es bien cierto que la vocación simbolista de Cirlot, su aprendizaje del laberinto de los signos con Marius Schneider, empuja una y otra vez a la abstracción de las significaciones analógicas; de ahí nacería una vertiente de su poesía argumentada en artículos como los dedicados respectivamente a lo oscuro y a lo incomunicable en poesía. A esta veta indudablemente pertenece Cirlot como ya se encargó de reivindicar la poesía visual, objetual y combinatoria española de los años sesenta y setenta. Ese fue uno de los resurgimientos del poeta. Pero cuando yo pienso en Bronwyn y en Daena, pienso sobre todo en Ofelia y, más concretamente, en la «Ofelia muerta» que en 1852 pintó Millais, en la Ofelia de la Tate Gallery que era retrato de Lizzie Siddal como para Cirlot, Bronwyn era Rosemary Forsyth. Elizabeth Sidall acabó casándose con Rossetti y muriendo poco después tras haber ingerido una excesiva dosis de láudano. También sirvió de modelo para la fascinante Beata Beatrix de su marido. Del mismo modo pienso en los abigarrados decorados de Morris y de Burne-Jones. En Moreau, en Redon, quien dedicó una serie de litografías a Edgar Allan Poe, en Knopff y en Böcklin.
A lo largo de toda la poesía de Cirlot, el contenido y la forma no son escindibles. La inscripción de su voz en herméticas combinaciones, por decir de la parte de la obra por la que más ha pasado el tiempo, es conjuro que en su hermetismo convoca las presencias. Pero vivimos una vida en figuras... y el camino hacia el ser a través del no ser, hacia la presencia a través de la ausencia que Heidegger propugnaba, es recorrido por Cirlot hasta rozar su frontera y atisbar desde allí un horizonte más allá del gesto y de la idea, más allá del concepto y del pensamiento, más allá de la impúdica y contemporánea huella del autor. A pesar de su dolor y de su angustia, lo que nos queda a nosotros de su obra es lo que queda de las obras de los grandes, un deslumbrante edificio literario en el que viven tres o cuatro figuras con cuerpo y perfiles, con dibujo y línea precisos que corresponden a otras tantas representaciones plásticas no muy amigas de su tiempo y que son las escasas, escasísimas presencias visibles que a la memoria literaria ha traído en esta palabrera segunda mitad de siglo la poesía española.
Enrique Andrés Ruiz
Cuadernos Hispanoamericanos núm. 503, mayo 1992, págs. 95-106.

miércoles, 26 de abril de 2017

Entrevista de Enrique Andrés Ruiz a Ramón Gaya (Nueva Revista de Política, Cultura y Arte. Nº 55, febrero de 1998)


Ramón Gaya. Madrid 1994
El día que fui a ver a Ramón Gaya, Premio Nacional de Artes Plásticas 1997, hacía poco más de un mes que había cumplido ochenta y siete años. Todos esos años son, y esto muy pocas veces se puede decir de otros creadores, los transcurridos en el tiempo de una vida que ha sido, que es hoy mismo todavía, el testimonio de la fidelidad, como dice el título de uno de sus espléndidos sonetos dedicado a Luis Cernuda, “a una verdad". Una fe y una verdad, las que vienen a nuestro encuentro desde la obra y la vida de Ramón Gaya, que a base de una hondura irreductible y sin apenas parangón en nuestro entorno artístico, ponen en jaque de continuo a las ideas más comunes, a las actitudes y a los tópicos sobre los que hace ya demasiado tiempo se levanta ese prestigioso edificio que llamamos arte moderno. Y lo más importante es que esa honestidad suya -el derecho al rechazo y a la contestación de Ramón Gaya proviene precisamente del sacrificio de esa vida entera en la que no ha cesado de predicar con el ejemplo- no es de ahora, cuando, quiéranlo o no lo quieran los aferrados a las retóricas vanguardistas, hace tiempo que cayó el polvo y la ceniza sobre los postulados de la modernidad a ultranza, sino de fechas en las que poner en duda aquellas teorías y aquellas prácticas, y hacerlo en beneficio de una particular comprensión de la tradición de la pintura, era poco menos que un anatema.

Pero así fue. En una Murcia que él mismo ha evocado prodigiosamente en sus escritos, y en la que Juan Guerrero Ruiz, el "cónsul general de la poesía", editaba la revista Verso y Prosa, donde el propio Gaya velaría sus primeras armas literarias, el naciente y jovencísimo pintor de diecisiete años pretendía, como sus amigos Flores y Garay, imprimir sensibilidad y finura a una especie de cubismo conocido por las revistas y muy poco formalista. En 1928 viajó a París y la decepción que le produjeron in situ las obras de la vanguardia le abrió el camino hacia un regreso a la tradición de la pintura que poco a poco se fue afianzando en un proyecto de vida, llevado a cabo con inusitadas radicalidad y honradez. Durante los años de la República, Ramón Gaya colaboró en los museos de Misiones Pedagógicas y en "La Barraca", el proyecto teatral popular de Federico García Lorca, y ya durante la guerra ilustró y escribió en la revista Hora de España. Tras la guerra, tras la terrible - y mucho, para Gaya- realidad de la guerra, el pintor se instala en México. Allí están también sus amigos Bergamín, Cernuda y Gil-Albert, y allí escribe, coincidiendo con la exposición bretoniana de 1940, su ataque al surrealismo. En 1952, Gaya se instala en Italia. En Venecia y en Roma continúa pintando al modo en que ya en México había encontrado una completa y definitiva madurez, y allí, sobre todo en la primera de esas dos ciudades, encuentra la que, al lado de Velázquez, será su otra gran referencia pictórica ("me había topado allí con una especie de desnudez"). Pero será en los años setenta cuando Gaya vuelva a España, a la España "sueño y verdad" a la que ha dedicado pinturas y páginas de pureza poco menos que cristalin

Amigo de Bergamín, de Cernuda, de Xavier Villaurrutia, de Tomás Segovia, de Juan Ramón Jiménez, Ramón Gaya es, además del excelente poeta, autor de los poemas que Andrés Trapiello reunió hace unos años en La Veleta, el escritor de algunos de los textos centrales que todo aficionado debe conocer si se siente persuadido de que, con respecto a la manera de ver el arte, del presente y del pasado, existe también "otra mirada". El sentimiento de la pintura (1960), Velázquez, pájaro solitario (1969) o el Diario de un pintor 1952-1953 (1984), reunidos ya en las Obras Completas que viene publicando la Editorial Pre-Textos, son algunos de esos textos insustituibles. Su pintura ha recibido homenajes: en 1985 se le concedió la Medalla de Oro de las Artes Plásticas y en 1989 se celebró en el MEAC la reunión antológica de su obra, pero su lugar no deja de ser un lugar solitario, una soledad en la que hablar a pocos amigos de una Modernidad "que no es que no exista, sino que no importa", del gran arte "que no cambia", del artista en el que debe ser "tan grande su orgullo como pequeña su vanidad"...

Es un día lluvioso, uno de esos días que no son muy del gusto de Ramón Gaya. Su mujer, Isabel Verdejo, ha abierto la puerta. Sin ella, sin su amabilidad, sin la del propio Ramón, que sale despaciosamente a recibirme, y sin la de Manuel Borrás, esta conversación a buen seguro que no hubiera sido posible o, al menos, no hubiera sido la misma.

Enrique Andrés Ruiz
Enrique Andrés Ruiz.— Mi hija Carlota, que acaba de cumplir seis meses, prácticamente destruyó el otro día unos folios en los que había preparado algunas preguntas un poco sesudas, preguntas sobre ideas... Me lo tomé como un aviso que me lanzaba la inocencia que solo ella tiene y he preferido no reconstruir aquella entrevista y dejar que este encuentro tenga un aire de conversación. Al cabo, el propio Ramón ha escrito en alguna de sus cartas que pretender hablar o escribir con meras ideas en una comunicación entre dos personas es el primer paso para no entenderse...

Ramón Gaya. — Bueno, yo con los demás no me entiendo mucho...

Isabel Verdejo. — Ramón ha dicho muchas veces que lo que hace es confesarse cuando escribe, ni siquiera quiere contagiar sus ideas a los demás o ganar prosélitos.


— Por eso lo que más me sorprendió cuando se publicó Naturalidad del arte (y artificialidad de la crítica), en 1996, fue que había sido tomado por un libro de ideas que discutir, de teorías o algo así, en los por otra parte escasos comentarios del libro.


I.V. — Escasísimos. Solo apareció algo muy breve y muy simpático en Sevilla, y luego otra cosa bastante negativa en ABC.

— Claro, a los críticos les debió resultar muy ajena aquella primera frase del libro, cuando comienza diciendo: "Lo más patético del crítico de arte es que entiende mucho de una cosa que... no comprende”. Los críticos opinan de Ramón Gaya como de alguien que tiene opiniones intempestivas cuando, en realidad, yo creo que se trata de testimonios intemporales, de confesiones, como decía Isabel, que tratan de afirmar y de afirmarse en la emoción y en el sentimiento, más que de tejer una red de teorías. Como el propio Ramón dice en uno de los escritos que más me gustan, "Portalón de par en par" (1951), los filósofos y los historiadores son "castigados" con encontrar lo que persiguen, la Verdad, la Belleza, algo muy alejado de la vida de la pintura.

R.G. — Para una persona de mis años, ver todo lo que se ha armado en torno al arte, en torno a la pintura, resulta, no sé, extraño, cuando menos. Yo realmente estoy un poco alejado de todo. Y eso que veo exposiciones, aunque ya sé lo que me voy a encontrar, pero mi honradez, que la tengo, me hace entrar en las galerías y en seguida vuelvo a ver que no me interesa lo que me dan... Veo que ha sido hecho con ganas de epatar y, claro, eso no me interesa nada. Y yo no quisiera criticar, no es la crítica lo que necesita la pintura, sino sentimiento, vida, pero al ver todo eso uno se encuentra solito, muy solito...

— De todos modos, esas ganas de epatar resultan tardías, como institucionalizadas, y tampoco tienen nada que ver con la alegría destructora de las primeras vanguardias...

R.G. — En pintura es donde más catástrofes se han dado. No ha ocurrido igual ni siquiera en la literatura o en la música de vanguardia. Ahí está Shostakovich, y siempre deja salvado un hilo con la tradición, pero en el mundo de la pintura hay mucho dinero moviéndose y, claro, han sabido hacerlo...Yo ya no puedo esperar ver una revisión profunda de la época porque las galerías están ahí, llenas de pintura y con necesidad de venderla. No hay más que ver más que algunas fábricas, algunas marcas de pinturas y de materiales para pintar han tenido que cerrar. En mi época, o lo que yo llamo "mi época", había unos pintores oficiales pero, en general, los pintores no tenían ese interés por hacer cosas epatantes, estaban más tranquilos. Mire, yo soy murciano y creo que en mi tierra hay cientos de pintores (muchos más que músicos, por ejemplo), que están, por decirlo de algún modo, "apuntados" como tales. Lo de la pintura es eso, es un dinero, una gran cantidad de dinero que hay para comprar cosas inseguras, para hacerlas valer convertidas otra vez en dinero. Por cierto, en mi tierra hay un pintor que estimo, que es fino, con mucha sensibilidad. Se llama Pedro Serna, es quizá un poco más modesto de lo necesario, ¿lo conoce?

— Sí, recuerdo de él unas acuarelas leves, ingrávidas... Pero, en general, creo que, salvo unos cuantos pintores con gran afición por la pintura, muy jóvenes, pero bastante apartados del reconocimiento institucional, lo que ha ocurrido es que a los viejos males hay que añadir ahora esa especie de reclamación profesional con la que los profesionales de la filosofía y de la estética han arribado al mundo de la pintura, de la práctica de la pintura. Y claro, muchos artistas han visto en ese discurso una especie de aura de intelectualidad, y lo siguen e intentan patentar algo parecido a una marca de fábrica para circular en el mercado sin necesidad de pintar; basta, a veces, con hacer unas fotocopias jaleadas por algún experto en desconstructivismo o algo así. Para ellos se trata de ilustrar bien una teoría, ni siquiera una teoría artística.

I.V. — Llegó un momento en que se descubrió que ahí había un buen negocio.

R.G. — Y hasta más ingenuo puede ser. Hay mucha ingenuidad, lo digo en serio.

— En 1928 viajó a París para conocer el arte de vanguardia que parecía tan sugestivo en las revistas, en Cahiers d'art, y volvió muy decepcionado de todo aquel artificio. Regresó a la "Roca española", como Vd. la llamó, que es el Museo del Prado, que es la tradición y que, según dice, no es un museo sino "una especie de patria"...
Retrato de Eduardo Vicente.
Ramón Gaya, hacia 1930.

I.V. — Vd. debía de estar muy vivo aquel París de 1928, ¿no, Ramón?

R.G. — Sí, yo tenía diecisiete años, y en Murcia, quizá un poco tarde, había visto las revistas que habían traído unos pintores ingleses: Japp, Tryon, Cristóbal Hall..., cosas cubistas muy bonitas (yo hacía esas cosas por entonces). Entonces llegué a París para ver aquello en su lugar y me gustó, claro, me refiero a Picasso, Braque..., pero cuando volví a España, al llegar a Murcia, recuerdo que me encontré en la calle con Jorge Guillén y me preguntó, con avidez: "¿Qué?, ¿qué? Dígame usted qué impresión ha traído de París". Y le dije: "Mire usted, a mí lo que me gusta son Las Meninas" (risas). Él lo recogió en algún sitio; yo no, no lo había contado... En cuanto a la "Roca española", aquello lo escribí a partir de mi nostalgia, de mi nostalgia sufrida en México durante catorce años, un lugar que me gustó al principio, en el que tenía muchos amigos, pero en el que no había cambios atmosféricos, no había cambio de estaciones, no percibías el paso del tiempo, y al poco comencé a encontrarle defectos, muchos defectos...

—...entre otros, que allí no había pintura, ¿no?

R.G. — Claro, allí no había más que aquellos muralistas, que hacían una especie de cartelones muy chabacanos...

— De todos modos, volviendo a su rechazo, a su "desengaño" del arte moderno, yo no quisiera parecer muy descortés, pero me gustaría salir al paso de un malentendido (y eso solo Vd. puede hacerlo con respecto a lo que ha escrito). No creo -y en esto parecen estar de acuerdo sus detractores y algunos de sus defensores, paradójicamente- que Vd. se oponga a la modernidad. Vd. mismo ha dicho que somos fatalmente modernos y contemporáneos y, en realidad, lo que importa es la permanente novedad, la permanente actualidad de la pintura. En su comprensión de la pintura, sin embargo, cabe Bellini al lado de Hiroshige, Nuno Gonçalves al lado de Velázquez, pero también lo que encuentras de "criaturas vivas " en la pintura de Picasso, en la de Van Gogh, en la de cierto Seurat, Vuillard, Klee, de modo que, como lo escribió en El sentimiento de la pintura (1960), se trata de contraponer un arte-artístico expresivo, artificial, a un arte del sentimiento, tal y como lo encontró en aquel cuadro de Carpaccio, Las cortesanas, del Museo Correr...

R.G. — Lo que yo encuentro moderno, verdadera y decididamente moderno es... Tiziano. Eso sí me parece...

I.V. —...un paso...

R.G. —...sí, un lugar... Tiziano no inventa nada. Todo eso ha ido fraguándose, haciéndose, y lo que veo es que la pintura es "una" y ya está en las cuevas; allí está ya siendo, está sin llegar a ser todavía, sin llegar al ser. El problema surge cuando se quiere convertir en "otra cosa". En esto Picasso tiene culpa, pero, claro, yo adoro a "este señor" y creo que él es de una genialidad excepcional al que se le pueden permitir cosas que no se pueden permitir a los demás. Él se permitió... locuras, pero sabía muy bien lo que era la pintura. Klee es maravilloso, pero eso no es la pintura. Al final Picasso hace unos juegos un poco a la desesperada pero no hay nadie en este siglo que se le pueda poner al lado siquiera... ¿Braque? Bueno, pero lo de Braque tiene siempre algo de buen tono, de elegancia decorativa; él es serio, no se atreve a las locuras de Picasso y no tiene esa fuerza. Además, es... francés, y cuando hace las cosas más atrevidas es como si se le quedaran vacías...

—...vacías en el estilo, en la "jaula de oro del estilo"...

R.G. — Sí, aunque yo lo veo con cierto gusto, no tanto como mi mujer (risas).

—Con respecto a su regreso a la tradición, me gustaría hablar de sus matices. Sus pinturas y sus escritos están llenos de matices, de justeza en los matices y hoy, en realidad, para muchos el panorama es demasiado simplista: a un lado está el arte de vanguardia, la retórica de la tardovanguardia oficializada y, al otro lado, hay mucha gente ganando fama de conservador de altura, algo así como fama de Lampedusa, de conservador culto por el mero hecho de poner de vuelta y media al arte moderno, así, en bloque, aunque yo creo que también les resulta imposible acercarse al arte del pasado; al menos, con la finura con la que Ramón Gaya lo ha hecho. Vd. mismo ha dicho que "no hay que confundir aquello en lo que el arte ha caído con lo que el arte es". ¿Qué opina de los momentos en los que nuestro propio siglo quiso volver, quiso regresar a una incierta Antigüedad, a una incierta Clasicidad, del retour a l'ordre, a lo Derain, o del ritorno al mestiere de Chirico y de los italianos? Yo, por mi parte, creo que su postura no ha sido nunca una postura de estilo, una cuestión de estilo y su impugnación es, en realidad, hacia la raíz, hacia el "pecado original" del arte moderno.
Ramón Gaya, años de exilio.
R.G. — Sí, claro. Todo aquello me resulta igual de lejano. Mire, en Italia, un país que adoro y en el que viví desde 1952, hay un tipo de italiano que es sinvergonzón, "frescales", gitanesco...; de Chirico es un sinvergüenza de ésos y, realmente, no es nadie. Ha ido a la escuela, ha copiado del natural y se ha amañado una especie de oficio, pero es muy falso, tan falso, con esa pintura literaria sin ton ni son.

I.V. —Sí, él es quien se pone a sí mismo el marchamo de metafísico.

— Sí, lo hace en un artículo de 1919 titulado precisamente
Noi metafisici... y en otros publicados en Valori Plastici.

R.G. — Bueno, pues, pasado el tiempo quiso hacer una pintura más pintura y quienes le compraban lo que hacía antes y querían mantener el valor de lo anterior no aceptaban el cambio. Él vio eso y lo que hizo fue empezar a hacer cuadros falsos, de la época anterior, y los firmaba con fechas de antes. Así, al mismo tiempo, mantenía lo que estaba haciendo, y lo hacía para revalorizar sus cuadros antiguos (que acababa de hacer).

— Vd. ha escrito en el Diario de un pintor (1984) -lo recordaba cuando hablábamos de Chirico- que Velázquez no es un pintor realista, sino un pintor metafísico. Esto no tiene nada que ver con la metafísica italiana de entreguerras, sino más bien con la inclinación de la pintura de Velázquez a no ser obra, a no ser corpórea, a despegarse de su materialidad, a ser un "lugar de paso", como dice en Velázquez, pájaro solitario (1969), a ser el paradigma de ese arte del sentimiento. Sin embargo, hace muy poco volví a leer a un crítico que hablaba de Velázquez como del padre del verismo, como hicieron los pintores del XIX, e incluso Ortega, que escribió un gran libro. En él, yo creo que acaba haciendo una especie de crítica sociológica, de justificación personal, social, de la pintura velazqueña.

R.G. — Velázquez no tiene nada que ver con todo eso. Lo importante en sus pinturas es la pureza, la verdad, sobre todo la verdad de la vida que él nos da y que es como salvada para siempre. Murillo es para mí otro pintor maravilloso, un pintor al que se le asocia con una imagen, en cierto modo, como para niños.

— Siempre me acuerdo de ese estupendo cuadro del Prado, El sueño del patricio, que tiene trozos de pintura excelente...

R.G. — ¿Trozos? Todo el cuadro es maravilloso; yo lo copié en una de aquellas copias que hacía para Misiones Pedagógicas. Es un excelente pintor. Y de los grandes, quizá el que menos es de mi gusto es Goya. Esto no se puede decir muy alto; es uno de los grandes, pero, no sé, hay algo en sus pinturas, en la mayoría de sus pinturas... aunque me gustan, y mucho, algunos retratos como el de Silvela, que es espléndido. Las pinturas negras son excelentes, un poco hechas a lo Picasso. Me gustan también, sobre todo, los dibujos preparatorios para los grabados, no los grabados; éstos están como acartonados, pero los dibujos son mucho más vivos.
Ramón Gaya ante "El sueño del Patricio" de Murillo. Noviembre de 1997.

— Pero estábamos hablando de los italianos y yo quisiera saber su opinión sobre Giorgio Morandi. ¿No hay en él un silencio especial, una cierta verdad espiritual?

R.G. — Bueno, ese silencio es un poco artificial, forzado, como excesivamente obligado, aunque tiene, sí, sensibilidad, buen gusto. Yo encuentro que hay una verdad en sus paisajes, más verdad que en los bodegones de las botellas pintadas. Cuando llegué a Italia, pensé: a este hombre, ¿qué le pasa? Todas esas botellas previamente pintadas, cubiertas de pintura para hacerlas opacas, mates... De todos modos, de vez en cuando hay algún cuadro muy respetable.

—... sí, algunos paisajes en los que parece ser más libre, menos estilizado, ¿no?

R.G. — Sí, además, pintar enteros, cubrir los árboles con brochazos de pintura mate es más difícil (risas).

— ¿Y Manzú? Creo que alguna vez ha hablado de él elogiosamente.

R.G. — Lo conocí porque me interesó mucho y fui varias veces a Milán a verle, pero cada vez que pasaba por esta ciudad lo buscaba y nunca lo encontraba. Sin embargo, como había dejado mi nombre a su hijo, un día recibí una carta suya en la que me decía que le gustaría conocerme, y entonces nos encontramos. Era una persona encantadora, un italiano muy "italiano" pero de un tipo de italiano que es casi ingenuo, y me gustó mucho. Vi cosas suyas estupendas. Después me gustó menos, desde que le aplaudieron ciertos atrevimientos, ciertas estilizaciones. Desde mi punto de vista, ahí perdió mucho. Pero hizo, por ejemplo, una puerta para San Pedro del Vaticano preciosa, en la que volvió a su manera de hacer de antes.

— Yo siempre he visto en su trabajo una honestidad de fondo...

R.G. — Manzú era una persona honrada, algo limitada desde el punto de vista artístico, un poco artesanal, aunque eso es algo que los escultores necesitan.

I.V. — Su figura de Giovanni XXIII es estupenda; creo que ahora está en un museo que le ha dedicado a Manzú su ciudad natal.

R.G. — La última vez vi que la habían retirado de donde estaba. Con Giovanni XXIII se entendió muy bien, fueron buenos amigos, discutían, hablaban. Manzú era un poco mayor que yo. Hizo cosas que yo estimo mucho, dibujos y cosas en barro...

— A lo mejor es uno de los últimos artistas que más le ha interesado ¿no?, uno de esos artistas en cuya obra se observa un afecto, un sentimiento distinto de la pericia, de la expresión incluso, eso que a mí me gusta llamar afición, como en los toros, y que veo que falta entre los espectadores y entre los propios artistas. Tampoco me lo he inventado yo; lo leo a veces en páginas de un amigo tuyo que habita, como Cervantes, como Galdós y como Pastora Imperio, como Manolete y como Fortunata (vista como persona, no como personaje), como Picasso, en eso que Vd. ha llamado el "milagro español". Me refiero a José Bergamín, que dedicó a la pintura, entre otros, un ensayo precioso titulado "Musaraña de la pintura", donde habla de la pintura como de un "santo oficio", unamunianamente, como de un "santo oficio de inquirir verdad". Siempre he visto algo en el talante que les empareja, algo muy español. ¿Fueron muy amigos, verdad?
Ramón Gaya,
Retrato de D. José Bergamín, 1961.

R.G. — Fuimos muy amigos. Sin embargo, no nos parecíamos. Había demasiada diferencia de edad. A mí me gustaba mucho su obra, pero me hice más amigo de lo que me parecía como escritor. Yo diría que casi me entendía mal con Pepe... también por cierto juego que él tenía, en parte como Picasso...Yo he sido poco jugador y él era muy jugador. Sin embargo, aunque nuestros criterios fueran muy distantes, como personas nos sentíamos muy cerca. Además, estuvimos juntos en México, en París, en Madrid... ¿Conoce lo que escribí sobre él?

— Conozco el epílogo a La claridad desierta.

R.G. — Sí, eso es. La poesía de Bergamín me gusta mucho; encuentro que es un magnífico caso de poeta tardío. Probablemente, no ocupa el lugar que debe como poeta.

— Vd. ha tenido mucha relación con la poesía -ha escrito poemas admirables- y con los poetas, aunque en España, tristemente, este diálogo es más bien raro.

R.G. — Efectivamente, he tenido más relación con los poetas que con los pintores. Lo digo siempre y algún día me van a pegar, pero creo que los pintores son más brutos... El primer poeta que leí, en la pequeña biblioteca de mi padre, fue Rubén Darío; fui muy amigo de Luis Cernuda...

I.V. —que, como poeta, es el que más aprecias.

R.G. — Hoy menos; yo cambio con el tiempo, ¿sabe? (risas). Al Cernuda de la República siempre lo recuerdo con cariño, sí, es verdad. Yo llevaba uno de los museos de Misiones Pedagógicas. Los llevábamos siempre dos: Antonio Sánchez Barbudo, Rafael Dieste..., Cernuda estaba en los despachos y, claro, allí él se moría. Entonces me escribía pidiéndome que lo sacara de allí. La táctica consistía en enviar una carta diciendo que teníamos mucho trabajo (que unas veces era verdad, y otras, no) y que necesitábamos otra persona. Ésa era una primera carta; luego había una segunda, sin esperar la contestación a la primera, en la que decíamos que nos gustaría que fuera alguien conocido nuestro, y entonces ya solo faltaba decir... el nombre: Luis Cernuda. Pero ahora pienso que, cuando nos volvimos a encontrar en México -claro, habían pasado muchas cosas...-, yo había recorrido otro camino y me resultó insufrible con todas sus manías... Él llegó cuando yo preparaba mi regreso a Europa. Durante la guerra, nos encontramos en Valencia; ya habían matado a Federico, y Cernuda colaboró en una representación de Mariana Pineda como actor, con un gran papel, recitando maravillosamente. Después fue secretario de Álvaro de Albornoz en París y luego se trasladó a Inglaterra y a México, a través de Concha Albornoz.

— Ramón, creo que colaboró también en "La Barraca" de Federico García Lorca con algunas escenografías, como Ponce de León, Ontañón... A propósito de esto, ¿qué cree del mito-Federico y del poeta-Federico? ¿Qué cree de aquella generación hoy tan canonizada?

R.G. — Hice unas acuarelas que eran bocetos para decorados de Los dos habladores que, por lo visto, no es seguro que sea un entremés de Cervantes. De todos modos, da igual que lo sea o no porque es un entremés estupendo. Sobre aquellos poetas he escrito en un número de Litoral dedicado a Bergamín. A mí me interesan Cernuda y Bergamín, y en aquel número me despaché suficientemente. Me da la impresión de que Federico, de haber vivido, hubiera crecido como poeta. Lo impedía aquella facilidad, aquella gracia, aquella brillantez, aquel estar como embrujado por las meras palabras, por la brillantez de las palabras...

I.V. —...y aquel éxito tan inmediato...

R.G. — Tenía una personalidad estupenda, era encantador, se le veía, no sé, con un... hambre de hacer cosas. A Federico le hubiera hecho falta esperar a su obra madura, pero...

— Recuerdo unas conferencias suyas en las que habla de flamenco, pero, en general, habla del arte, del sentimiento del arte, del toreo, del cante... Vd. también lo ha hecho, así...

R.G. — Sí, yo no hago diferencias, no las hago entre el arte del pasado y el del presente, y no las hago entre las artes, creo que hay una unidad, que todo viene del mismo sitio. Lo he escrito. De los toreros, me gustó mucho Paco Camino. Se fue de los toros antes de tiempo por culpa de El Cordobés, que lo sacó de quicio. Un día se fue a él y le dio de bofetadas allí mismo, en medio de la plaza. En mi "Carta al amigo Martínez Falso" hablo de los toros y de la afición. Fue una lástima porque aquel escrito debiera haber tenido una continuación. Lo que ocurre es que mi escritura es muy lenta y, además, claro, está la pintura. Escribir, para mí, es dejar de pintar, y yo, sobre todo, soy un pintor. Pero entre las artes no hago diferencias. Mire este libro, hay un pintor oriental del siglo XV que me gusta mucho: Seshu. Mire estas montañas, estos personajes. Seshu tiene una pintura maravillosa, en la que aparecen unos patos que tienen la cabeza debajo del agua. Hay que estar ahí para percibir, para observar, para captar ese instante milagroso y, luego, además, hay que volver a casa, y pintarlo...

— A propósito, ¿en qué trabaja ahora? En El sentimiento de la pintura, creo, habla de la pintura de Venecia, de ese cuadro de Carpaccio del que hablábamos antes y que tantas veces ha homenajeado. De él ha dicho que era como si hubieras visto surgir de las aguas de Venecia, como "una Venus cochambrosa", el "manchado cuerpo de la pintura". Alguna vez se ha referido a su proyecto de pintar un cuadro, El nacimiento de la pintura, ¿en qué fase está ese cuadro?

R.G. — Bueno, tengo bocetos, apuntes, dibujos. Ahora, quizá por una cobardía mía, vuelvo a pintar cuadros de tema. Tengo este boceto para una Anunciación. Aquí hay un dibujo con una cortesana; ese tipo de mujeres aparecen mucho en lo que pinto. Aquí tengo otros dibujos, son preparaciones... Encima, en esa fotografía de la estantería, está Victoria de los Ángeles, a la que admiro tanto...

— Yo no sé si discuto más con sus defensores que con sus detractores (con éstos apenas hay de qué discutir) porque es como si no pudieran ver otras cosas, y Vd. ha estimado a Modigliani, a Bores -a un cierto Bores-, a un cierto Matisse... De su sentimiento de la pintura está muy lejos Max Ernst, pero también Leonardo. Creo que hay ciertos malentendidos que, desde luego, no se deben a la finísima -aunque rotunda- cuestión de matiz de su pensamiento y de su propia práctica de la pintura, que no se deben a esos elocuentes y clarísimos puntos suspensivos tan suyos que lo que hacen es, sobre todo, afirmar algo. Naturalidad del arte termina con dos páginas que, después de todo, cantan a la esperanza. Creo que allí habla de un futuro "Arco Iris"; otras veces ha dicho que el gran arte solo se salva por la fe. ¿Cree que en un mundo artístico protagonizado por bienales, comisarios filósofos, museos para expertos -por cierto, en el Museo Reina Sofía todavía no hay ni un cuadro suyo- y mercados persuadidos de las mentiras del prestigio intelectual y de su rentabilidad cabe esa esperanza de ver en un futuro unas "artes verdaderas, limpias, desnudas"?

R.G. — Yo ya me he acostumbrado a la soledad. Pero lo que escribí en esas páginas lo creo sinceramente aunque yo no pueda esperar verlo. Sin embargo, yo creo que todo llegará, que dará un cambio, y lo creo de verdad, no, no es un truco literario.
Nueva Revista de Política, Cultura y Arte. Nº 055, febrero de 1998.

viernes, 21 de abril de 2017

Ignacio Peyró entrevista Enrique Andrés Ruiz (La Gaceta 16/01/2012)


Enrique Andrés Ruiz, escritor y crítico de arte
La llamada ‘cultura contemporánea’ es una totalización ideológica
Ignacio Peyró. Madrid Enrique Andrés Ruiz (Soria, 1961), que publicó el año pasado la “ronda de historias” de Los montes antiguos, los collados eternos (Encuentro), edita ahora en Fondo de Cultura Económica Las dos hermanas, una antología de la poesía española e hispanoamericana del sigloXX sobre pintura. El autor ha querido hablar con La Gaceta acerca de la relación de ambas artes a través del prisma de su antología.
-En alguna ocasión, se ha señalado que el viejo oficio de pintor ha dado paso al oficio inconcreto de “artista”.
-Bueno, la idea inicial que yo mismo, en la introducción a esta antología, he esbozado, es que no podemos hablar hoy por las buenas de la subsistencia de la vieja hermandad entre poesía y pintura, por la sencilla razón de que ya “no hay” (institucionalmente, me refiero) pintura o escultura o dibujo, sino el dominio absoluto de una totalización estética llamada “arte contemporáneo”, construida precisamente sobre la abolición o la ruina de aquellas viejas prácticas artísticas concretas. Este arte expandido es, así pues, producto más bien de la estética y sus reflexiones; por tanto, un postulado ideológico, más concretamente político, no una inocente evolución estilística como las de la historia del arte. A eso se debe que los propios términos “arte contemporáneo” o “cultura contemporánea” tengan enseguida ese característico aire connotativo, como una especie de contraseña, que sugiere enseguida el propósito de transformación radical que no ha sido posible en la realidad. Pero en fin, de todo esto, las instituciones culturales administradas por el progresismo radical son muy conscientes, pero las que están en manos conservadoras, incluso bancarias, no parecen darse cuenta ni le conceden demasiada importancia, como si fuera cosa neutral de nuestros tiempos.
-Además de Manuel Machado, que, según usted refiere, es “quien lleva más arriba la hermandad de la poesía y la pintura”, hay otros también egregios en este ámbito, de Alberti a Moreno Villa…
-Sí, sí, claro, está Moreno Villa, además de poeta, pintor, y crítico muy perspicaz. De Moreno Villa yo recuerdo con emoción la lectura de una indagación suya, por archivos y registros, de los datos biográficos reales de aquellos bufones y enanos de la Corte austriaca de tan inolvidable presencia en Velázquez. Es un librito muy olvidado que, sin embargo, dice mucho de aquellas sabandijas de palacio en cuyos ojos Velázquez –según decía Ramón Gaya– estaba viendo la mirada de Dios... Bueno, y luego está Alberti y su libro famoso, A la pintura, el libro sin duda de un pintor..., Unamuno y su Cristo de Velázquez (aunque esto es otra cosa y no es, exactamente la pintura lo que le importa a Unamuno) y está Eguren, quien también pintó, y Lorca y su Oda a Salvador Dalí, el propio Gaya, y muchos otros...
-La inclusión de algunos nombres –Pino, Bonet, Pujol– contentará a quienes siempre los han defendido, pero para muchos serán nuevos…
-Creo que sí, que puede haber nombres que quizá no resultaban previstos, pero ese es el único interés que puede tener una antología. En concreto, unos poemas de Caneja, o el de Carriedo sobre Caneja.  También están los poemas de Rafael Sánchez Mazas, que escribió mucho sobre pintura, hasta llegar a planear un libro, Tacto y geometría del arte de pintar, y fue presidente del patronato del Museo de Prado. Y hay unos poemas estupendos de Fina García Marruz o Eliseo Diego a partir de pinturas holandesas. Y hay cosas curiosas, por ejemplo un poema del ecuatoriano Jorge Carrera Andrade que viene a explicar la procedencia de aquella canción tan famosa que decía:
"Yo quiero que a mí me entierren
como a mis antepasados...”
-¿Es especialmente difícil hacer ese “donoso escrutinio” del antólogo en la poesía contemporánea?
-Por lo que respecta a los nombres más actuales, la pintura y las imágenes tuvieron mucha importancia para los poetas españoles de los setenta. Se trataba de poetas muy esteticistas, que muchas veces se fijaron en cuadros concretos de la historia del arte. Y sigue habiendo poetas cuya dedicación a la crítica o al comentario sobre pintura es de enorme relevancia, por ejemplo Juan Manuel Bonet, Sánchez Robayna o Luis Pérez Oramas... No creo que sea muy difícil. En realidad, lo único que cabría exigir a las antologías poéticas es que no incurrieran en la repetición de otras, que es lo que suelen hacer los profesores cuando se lanzan a la tarea; y pedirles sobre todo que les importe algo ese trabajo, que les concierna por algo más que por una exigencia académica o profesional.
-Un momento particularmente importante en la relación poesía-pintura parece ser el de los años setenta. ¿No hubo también una eclosión en la época de las vanguardias?
-En los años setenta, lo que hubo fue una radicalización estética y, por tanto, política del arte, las formas y maneras bajo las que hoy, ya codificadas, se presenta el arte contemporáneo proceden de entonces, y la asociación de vanguardia con transformación social, también. Por eso, datan de entonces muchas manifestaciones de lo que se llamó luego “arte expandido”, en las que las viejas disciplinas artesanales perdían sus fronteras específicas; es un momento de mucha poesía visual, más o menos trufada de conceptualismo, etc. Y naturalmente, muchas veces las artes plásticas se literaturizaron y la poesía se visualizó. Pero esto sería materia de otras antologías, que por lo demás ya están hechas, lo que he querido es algo más modesto: reunir un ramo de poemas sobre pintura, aquellos en los que la pintura y lo visual es el tema.
-¿Hasta qué punto cree usted que el testimonio de los poetas es útil en un momento en que apenas somos capaces de entender, de tolerar incluso, el legado recibido de belleza?
-Belleza, o la idea de belleza, no es algo, como decían mis viejos profesores, “pacífico en la doctrina”, y en realidad, la estética arranca de la cancelación de aquella noción metafísica y su diseminación o relativización en el gusto y el juicio modernos. Pero esto no puede invitar, como parece hacerlo tantas veces, a desgarrarse las vestiduras. San Agustín mismo tenía una idea muy concreta sobre la belleza en el sentido clásico (otra cosa es la hermosura o resplandor de lo real). Pero no hemos perdido la belleza o la verdad como se pierde un paraguas. Son palabras que el pensamiento conservador gusta de asociar a lo que llama valores, es decir, esas cosas que esa misma mentalidad coloca en el altar de los símbolos amados para que no entorpezcan las prácticas o los intereses reales, que son los verdaderos manaderos de la fealdad y la inhumanidad que exhibe nuestro mundo. En pocas palabras: un mundo de competitividad predatoria no puede ser hermoso, por mucho que creamos que la belleza perdida pertenece a nuestro orden simbólico.
-Afirma usted que esa hermandad entre poesía y pintura ha sido superada. Por otra parte, ¿no ha cambiado esa tradición que daba la primacía a la poesía?
-Bueno, lo que digo es que el pensamiento hoy dominante, cuya idea motriz es la progresividad histórica, la ha de dar por superada. Y así lo hace, aquellas dos viejas hermanas tenían sus talleres independientes como oficios independientes que eran. El arte total de hoy no es un oficio. Y luego tenían una intención común, que era la imitación de lo real, de lo creado, y en ese objetivo venían a confluir complementariamente. Esto tampoco puede existir hoy, porque el lema del nuevo arte totalizado es precisamente su pretensión creativa y creadora de lo real (la realidad como obra política), que no se reclina ante ninguna otra creación previa. En cuanto a la antigua primacía de la poesía, es verdad: poesía, en la idea de Aristóteles, frente a la historia, tenía que ver a fin de cuentas con un relato de sentido universal, general, mientras que la pintura siempre estuvo vinculada a la reproducción de las cosas efímeras de la realidad. Hoy, sin embargo, en el mundo-pantalla en que vivimos, las imágenes han destronado sin duda a la palabra, que era la fuente de una verdad que nuestro mundo seguramente juzga autoritaria, no producida, como la de hoy, por la política o por la cultura.
-Por último, un decurso. En ‘Los montes antiguos, los collados eternos’, ha puesto por escrito historias y memorias que de otra manera hubieran quedado sin decir...
-Esa fue desde luego la intención que guió la escritura de esa novela, aquella misma poesía, que en el sentido aristotélico decíamos que fundó la épica y la tragedia, también determinó una idea de la historia como narración del sentido, hasta llegar a la novela moderna, que por eso resulta tan histórica. En la literatura los héroes y los personajes siempre han hallado el destino (como decía Walter Benjamin), el éxito, es decir, la redención o significado que a cualquier vida real le niegan el infortunio y la muerte. Yo he querido recoger, ciñéndome a un trozo de una España ya desaparecida (mi vieja Soria natal, entre ciudad y campo), las historias sin redención literaria de muchas gentes, pero también los sueños de lo contrario, es decir, las esperanzas siempre fracasadas que toda aquella gente antigua tuvo de redención, de salvación, de gloria, de destino novelesco, de que su vida tuviera ese sentido imposible. Más que una novela es una ronda de historias, en el sentido antiguo.
La Gaceta. Lunes, 16 de enero de 2012.