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jueves, 28 de noviembre de 2013

Arcadi Espada entrevista a Cristóbal Serra.


Cristobal Serra, escritor.

Al borde de los ochenta años. Cristóbal Serra (Palma de Mallorca. 1922) dice con horror que ha acabado escribiendo mucho. Mucho, dice: alrededor de una decena de libros, cargados de brevedad. Aunque es cierto que en los últimos tiempos las ediciones se han agolpado, para el gusto de un temperamento refractario a la cantidad: Bitzoc publicó en el 2000 su ensayo autobiográfico, titulado con la habitual elegancia, Las líneas de mi vida, y un año más tarde Diario de signos, uno de los libros, con Péndulo y Augurio Hipocampo, donde mejor se concentra la poética dictada por Lao Tsé: ‘'Percibir lo más pequeño, allí tenéis la clarividencia”. Ahora Tusquets edita Efigies, una antología de enormes aforismos que Serra ha escogido con el cuidado, la gracia y la profundidad con que ha escogido siempre sus propios pensamientos.

      ARCADI ESPADA:  He seleccionado unos cuantos aforismos de Efigies y le propongo que hagamos la entrevista con ellos.

      CRISTÓBAL SERRA:  Encantado.

ARCADI ESPADA: Pues comencemos por Chuang Tsé: “Los excesos de la inteligencia y de la acción traen descompuesto al mundo”.

CRISTÓBAL SERRA: Yo creo que éste es el más actual de todos los aforismos del libro. El taoísmo tenía el sentido de la armonía y consideraba que el exceso de inteligencia es inarmónico. La verdad es que yo no tengo muy buen concepto del dogma del progreso indefinido. La inteligencia moderna es luciferina. Como dice el propio autor “desmorona las montañas, seca los ríos y perturba la sucesión de las cuatro estaciones”. En cuanto a la inacción no se ha de tomar en sentido absoluto, claro. La acción debe tener su medida. Creo que los mediterráneos tenemos el sentido de esa medida y que los nórdicos no lo tienen. Ahora el mundo mercantil ha convertido la literatura en una acción. Hay que tener una gran capacidad para oponerse a esa afrenta


ARCADI ESPADA: William Blake: “El gusano perdona al arado que lo ha partido”.

CRISTÓBAL SERRA: Hace muchos años que leí a Blake. Es el más grande de los poetas ingleses. Mayor que Shakespeare. Shakespeare era un genio torrencial, quien lo duda, que a veces se deja llevar por el verbalismo. El espíritu de Blake me parece superior. Este aforismo suyo resume el género, tal como yo lo entiendo. El aforismo, a diferencia de la máxima, se desentiende lo humano. Ese gusano responde a un anticipo de la moral nietzscheana, de ese estar por encima del Bien y del Mal. A la prosa de Blake no se le ha dado la importancia que merece. Y es magnífica.

ARCADI ESPADA: Pascal: “La imaginación no hace sabios a los locos, pero los hace felices, todo lo contrario de la razón que no arranca a nadie de su condición miserable”.

CRISTÓBAL SERRA: Pascal tenía un concepto pesimista del hombre. Es natural. Es difícil llamarse hombre cristiano y no tenerlo. Nunca creyó que la razón fuera suficiente. Él sabe que la razón no puede liberamos. No sirve para esclarecer el misterio. La imaginación acepta el misterio y del misterio se nutre. Es más salutífera. Pero el mensaje de Pascal aún es más problemático. Es cierto que la imaginación no nos encadena, pero también tiene límites. Cuando se pierde la noción del límite se pierde todo.

ARCADI ESPADA: “Donde está la infancia está la edad de oro”, escribe Novalis.

    CRISTÓBAL SERRA: No fue el primero que hablo de la infancia en esos términos. El primero fue Jesucristo. La esencia del cristianismo es lo infantil, lo espontáneo. En un libro de Clemente de Alejandría, titulado El pedagogo, tengo anotado algo sobre el logos infantil. Y una frase concluyente: “Los niños somos nosotros”. Se trata de un sueño muy cristiano. La infancia es el amuleto con el que debemos preservamos.

ARCADI ESPADA: Lichtenberg: “En nuestros días, tres ocurrencias y una mentira hacen a un escritor”.

CRISTÓBAL SERRA: Habría que saber si el aforismo tiene carácter contingente o permanente, ja, ja. Pero vaya no dudo de que los días de Lichtenberg son los nuestros. Ahora he acabado de leer este libro de Sánchez Dragó, la Carta al Papa. Bueno, es un hombre que ha viajado mucho. Pero me da la impresión de que se atribuye una experiencia interior, un espíritu que no tiene. Habla de la Biblia de una forma espiritualmente muy plebeya y desde luego en su libro hay muchas ocurrencias y más de una mentira. ¡No hay duda de que Satán, antes que cualquier otra cosa, es un mentiroso! Otro ocurrente era Cela. Siento decirlo, porque me apreciaba mucho, pero su literatura sólo son ocurrencias. A la genialidad por la ocurrencia.


       ARCADI ESPADA: Joubert, el ligero: “Los escritores excelentes escriben poco.

CRISTÓBAL SERRA: Sin ninguna duda. Y bien me duele el aforismo porque últimamente he escrito mucho. Por escribir hasta he escrito sobre asnos, ja, ja. El asno inverosímil,que es lo último que he hecho y que saldrá publicado dentro de poco. Me parece que ya he perdido el sentido del límite, al que aludía Joubert, que es, quizá, el aforista que prefiero. Hay dos tipos de escritores, bueno, hay muchos tipos, pero ahora quiero hablar de los escritores poderosos, musculados, que son capaces de echarse sobre la espalda una gran prosa y una obra monumental, tipo Balzac, y luego los escritores alambique. Los escritores alambiques someten a la prosa a una gran depuración, haciéndola circular mil veces por la retorta. Paradójicamente, el resultado es todo lo contrario de una prosa alambicada: es un destilado transparente. Eso es Joubert y eso me habría gustado ser a mí, pero está claro que he fracasado.

ARCADI ESPADA: Chamfort, el terrible: “Existen siglos en los que la opinión pública es la peor de las opiniones”.

CRISTÓBAL SERRA: Estoy seguro de que el aforismo cuadra perfectamente con nuestro tiempo. Para Chamfort, la opinión pública era la peor opinión posible. También Heráclito tenía una opinión muy negativa de la opinión, una palabra que usaba siempre en un sentido muy peyorativo. Hoy todo el mundo puede opinar, y además está contento y orgulloso de hacerlo. Naturalmente, la primera obligación del escritor es arremeter contra la opinión pública, ser intempestivo y estar fuera de lugar. Ése es el programa.

ARCADI ESPADA: Nietzsche, ese nombre que al decir de Renard llevaba tantas letras inútiles: “San Pablo. Sin las agitaciones y las tormentas de aquel espíritu, no habría habido mundo cristiano: apenas hubiéramos oído hablar de una secta judía, cuyo jefe murió en la cruz”.

CRISTÓBAL SERRA: Leyendo El Anticristo uno se da cuenta de que el destino de ese libro no es Cristo sino San Pablo. El apóstol era un prodigioso dialéctico y uno sólo tiene que leer las cartas de los Gálatas y la de los Corintios, que son un prodigio de sutileza, y que revelan al hombre y al escritor. Ya debe saber usted que yo creo que todo arranca del Cristianismo. Y quien le ha dado fundamento y sentido al Cristianismo ha sido San Pablo. Así, no es de extrañar que Nietzsche topara con él.

Traduccion y selección de los Diarios de León Bloy realizada por Cristóbal Serra.
ARCADI ESPADA: Léon Bloy: “Los imbéciles son escurridizos e impermeables como una clara de huevo.

CRISTÓBAL SERRA: Era un hombre terrible. La escritura de su diario, del que yo hice años atrás una antología, y de donde están extraídos estos fragmentos, está llena de injusticias tremendas. Pero también de honradez y de verdad. Bloy era un hombre que creía preciso tener enemigos. Pero, a veces, y analizando las cosas desde otro punto de vista, te preguntas si su violencia no es un recurso estilístico antes que otra cosa.

ARCADI ESPADA: Claudel: “El lenguado, antes de morir, deja a sus hijos esta herencia inestimable: ‘¡Sed lisos!”.

CRISTÓBAL SERRA: Ah, este aforismo. Es extraordinario. Forma parte de los que llamo aforismos físicos. Es casi impenetrable. En una primera instancia remite a un consejo evangélico: “Sed humildes”. Allí donde todo es llaneza. Pero la elección del lenguado, brillante y misteriosa, le da una rareza muy seductora. De la confrontación entre el consejo paterno y la inexorabilidad orgánica de la bestia nace, además, una ironía muy delicada.

ARCADI ESPADA: “El poeta no tiene que soñar más: debe observar. Tengo la convicción de que es por ese lado por donde la poesía debe renovarse”: de Renard.

CRISTÓBAL SERRA: Esto es aplicable a poetas que admiro mucho, como Francois Ponge. El poeta sueña porque observa. O como Fray Luis de Granada, que me parece un poeta mucho más interesante que su casi homónimo Fray Luis de León. Fray Luis de Granada era un poeta de las cosas, y podía serlo porque las cosas están muy animadas. La poesía debe ser una extracción. Siempre una extracción.


ARCADI ESPADA: “Presumir de ‘realista’, de ‘fuerte’, cosa tan comente en España, es el despecho y el consuelo de no ser espiritual y delicado”: Juan Ramón.

CRISTÓBAL SERRA: Un aforismo trazado con escalpelo, que anatomiza una gran parte del homo hispanicus. Hay que reconocer que mucho del gran arte español sabe a ajo. El pintor Solana, y con él un gran número de pintores y de escritores, es grande para todo aquél al que no repugne el olor a ajo. No hay vuelta de hoja: la veta artística española lleva este olor. Nuestra literatura tiende a lo plebeyo y eso es lo que más me retrae de ella. Es el lastre de Quevedo, que es un escritor importantísimo, pero con demasiado regusto. Cervantes, no. A pesar del sanchopanzismo. Cervantes no. Cervantes tiene ángel. Y su humor es completamente distinto del humor genérico de los españoles.

ARCADI ESPADA: El sorprendente Jerzy Lec: “A muchos poetas les perturba que las palabras tengan además un significado”.

CRISTÓBAL SERRA: Es verdad que ya por el sonido las palabras existen, pero no basta. La falta de rigor, en poesía, un error de bulto. Y muchos poetas parecen desconocerlo. El significado de las palabras se convierte para los poetas poco profundos en un escollo. Para los buenos poetas, claro, es el mejor aliado.

ARCADI ESPADA: Acabo con su Chesterton querido: “Nunca he tomado en serio mis libros, pero tomo muy en serio mis opiniones”.

CRISTÓBAL SERRA: Acertó muchísimo. Quizá sea por eso. Fue un vanguardista. Sus ensayos me lo parecen especialmente. Los escritores ingleses van solos. Excéntricos. Suelen decir la verdad.

      ARCADI ESPADA: Un aforismo de Vauvenargues, que usted incluye en la selección tal vez explique el porqué de una ausencia: La Rochefoucauld no era pintor, talento sin el cual es difícil ser elocuente. Tenía la libertad y la osadía que caracterizan al genio, pero su estilo no era gracioso, ni conmovedor, ni vehemente, ni sublime”.

CRISTÓBAL SERRA: Así es. La Rochefoucauld no era un aforista. Era un epigramático. Un labrador de máximas. Las labraba como medallones.

ARCADI ESPADA: Leopardi.

CRISTÓBAL SERRA: Algo de lo que me ha pasado con Machado y su Juan de Mairena. Sentencioso. Enfadoso. Algo romo.

ARCADI ESPADA: Kafka.

CRISTÓBAL SERRA: ¿Sabe...? Yo pienso de Kafka lo que opinaba Papini. No me interesa. Kafka ha acabado decepcionándome y en especial sus aforismos. A veces me parece un puro teólogo casuístico.

ARCADI ESPADA: Borges.

CRISTÓBAL SERRA: No lo encuentro dotado para el aforismo. Es un hombre muy inteligente, de una cultura extraordinaria. A veces se engaña a sí mismo, porque es mucho más racional de lo que aparenta o le gustaría ser. Es un tipo muy mitificado en España. Y en muy pocos años. No hace tanto que aquí nadie leía a Borges. De él sólo llegaban rumores vagos: que escribía en inglés, por ejemplo.

ARCADI ESPADA: Joan Fuster. Era un volteriano, lo comprendo, pero...

CRISTÓBAL SERRA: No...

ARCADI ESPADA: Aunque sólo fuera por su epitafio, que es un modelo de desasimiento.

CRISTÓBAL SERRA: ¿Qué dice?

ARCADI ESPADA: “Murió como vivió: sin ganas".

CRISTÓBAL SERRA: Es muy bueno. No he leído a Fuster. Lo siento, apenas conozco la literatura catalana.

ARCADI ESPADA: ¡Ferlosio!

CRISTÓBAL SERRA: Tampoco. Un buen amigo vino a verme con el libro leído, y me dijo lo mismo: “Pero, hombre, ¡Sánchez Ferlosio!” Lo siento. No lo he leído. Lo siento en el alma.

(El País. 2-3-2002)

Arcadi Espada en Jot Down.
ADENDA:

domingo, 2 de diciembre de 2007

Otra foto fija: 24 de febrero de 1981

Con materiales que me ha enviado Zápiro y alguna "cosilla" más que he encontrado "por ahí" aquí os envio -oh lectores- dos nuevos testimonios de lo que fueron esos días, en este caso centrados en Barcelona y en "el día" después.

"La noche del 24 de febrero de 1981 yo tenía veintitrés años, llovía y hacía mucho frío en Barcelona, y era uno de los dos mil que habíamos considerado necesario participar en la movilización ciudadana contra el intento de golpe de Estado. Esa noche se me cayó la cara de vergüenza y es probable que la cara siga en el suelo desde entonces. Había soportado muy escocido el hecho de pasar las primeras horas del golpe de Estado en la habitación de que disponía en casa de mis padres, escuchando la radio como un bobo y tomando notas de alta semiótica: bajé a las Ramblas y sólo vi al cantante Raimon que iba preguntando con la mirada, como yo, sólo que él debía de tener las respuestas, por adulto y por poeta. Éramos una generación sin épica, una generación de héroes prestados, ropavejeros, de segunda mano (tiene ventajas: hay muy poco arrepentimiento en los que trato: el arrepentimiento se basa en la acción), que ni de desencanto podíamos presumir: más que una generación éramos un pasillo ... Pero la noche del 24 de febrero el escozor se transmutó en desaliento: el golpe de Estado fue para Cataluña lo mismo que para el Departamento de Estado norteamericano: un asunto interno.

Arcadi Espada 'Contra Catalunya. Una crónica'

“Nunca lo sentí tanto y tan claramente como una noche que me llevó a las orillas del llanto político... Fue la del 24 de febrero de 1981, al día siguiente del golpe de estado del 23-F... hacía frío. Era de noche. Por el Arco de Triunfo abajo, camino del Parlamento de Cataluña, desfilaban los demócratas catalanes en oposición al golpe y en defensa de la democracia. Pero apenas desfilaba nadie. Cuatro gatos, si se comparaba con Madrid: los mismos que nos manifestábamos contra Franco. Nada del millón que recibió a Tarradellas. No había más gente que la de Comisiones Obreras y UGT, del PCE-PSUC y del PSC-PSOE. El resto brillaba por su ausencia, “Tranquil, Jordi, tranquil” era la frase del día. Y “tranquilos por si acaso”, la consigna de la noche. No sólo éramos pocos los manifestantes ateridos bajo una llovizna inclemente, sino que, llegados al Parlamento, desde dentro no abrieron las puertas. Como pasó con Joan Corominas cuarenta años antes, la democracia en España era un problema... exterior... y ahí estábamos los tontos útiles de siempre, los emigrantes, los sindicalistas, los antifranquistas, los antifascistas, los forasteros que nunca habían acabado de entender cual era su sitio. Y sin una bandera. Ni una bandera española... Antes de aquella noche había decidido irme de Barcelona por razones morales y políticas. Después de aquella noche me alegré de haber tomado esa decisión por razones de higiene ciudadana, de pulcritud ética... cuando se encuentra a alguien o a algo para echarle la culpa de todo, es fácil no tener la culpa de nada ni correr el menor peligro porque, al fin y al cabo, lo malo es siempre ajeno, siempre viene de afuera. Eso es el nacionalismo. De ahí su éxito.”

Federico Jiménez Losantos, "La ciudad que fué. Barlelona, años 70."

domingo, 6 de mayo de 2007

Geometrías de la Transición

Arcadi Espada en su blog:


"Es llamativo, convendrás, cómo en España se han acabado adoptando las maneras hegemónicas del discurso nacionalista catalán o vasco, que durante treinta años ha ocultado su miseria intelectual y sus responsabilidades morales con un discurso donde el enemigo (y su presencia más o menos fantasmal) ha diseñado toda la lógica del discurso."


Quizá habría que puntualizar dos cosas:



  1. Quizá no sean treinta sino cuarenta años; los orígenes hay que buscarlos en el tardofranquismo-antifranquismo que sobrevive todavía en la generación que está en el poder.

  2. La hegemonía se ha desarrollado pariendo de una hiperlegitimación de unos nacionalistas de los que a su vez depende la legitimidad de unas izquierdas que a su vez dan -o quitan- legitimidad a las derechas (eso que se llama ahora centro).