"evito comentarios las emociones mantengo a raya escribo sobre hechos
/aparentemente sólo ellos son valorados en los mercados foráneos"
Zbigniew Herbert
1
Hay
una vida anterior a esta vida, o un mundo sui
generis que es previo respecto a este mundo (el único mundo existente en el
que gozamos, o sufrimos, la condición de ser, unos con otros, contemporáneos).
A
ese primer mundo se refiere T. S. Eliot al comienzo de Burnt Nortorn, el primero de los Cuatro Cuartetos. En él sólo es
posible una contemporaneidad en el genesíaco registro del Mito. Sólo existe un
tiempo compartido por dos personajes, la madre y el homúnculo encerrado en su
seno. Protagonizan el paradigma de toda intersubjetividad; antes, mucho antes
de que adquieran sentido las dialécticas hegelianas de la lucha a muerte y del
señorío y de la servidumbre, o del acceso al universo del lenguaje, o a la idea
existencialista (de Heidegger, de Albert Camus) relativa a la caída, la chute, o al ser «arrojado al mundo»; o
en términos mítico-religiosos, a la expulsión del edén paradisíaco, cuya
reducción fenomenológica nos conduce a la vida intrauterina.
La
fuente de la intersubjetividad remite a esa cueva matricial en la que tiene
lugar el primitivo «ser con», para decirlo
en terminología heideggeriana: la trama que la madre va componiendo con el
homúnculo, ese ser vivo que alberga en sus entrañas. Ambos forman una unidad
sustancial de cuerpo y alma, y a la vez un comienzo de diferenciación radical.
Constituye
la raíz y el fundamento de todo amor, con su inevitable línea de sombra. Ubi caritas et amor/ Deus ibi est, donde hay
caridad y amor/ allí está Dios, para decirlo con la voz del canto llano. El
Dios Amor se encama en ese idilio tan decisivo, y tan tergiversado por voces
integristas de todos los bandos, de manera que en esa unión, patrón y
fundamento de toda unión, se produce la emergencia y el paulatino crecimiento
de ese ser vivo que no es, desde luego, pura naturaleza.
No
lo es ni siquiera en sus estadios primerizos, albergado dentro del saco
amniótico que constituye su envoltura, sustentado a través del cordón umbilical
que le nutre de la sangre materna, protegido por el líquido salado de amarilla
transparencia.
Un
prejuicio demasiado cartesiano reparte la distinción del homúnculo respecto al
recién nacido en dos ámbitos ontológicamente diferenciados, la naturaleza
(culminante) y la cultura (balbuciente), la zoología (que en el homúnculo
acaba) y el mundo humano (que en el recién nacido irrumpe), como si pudiera
pintarse una línea roja separadora, de nítidos y gruesos trazados, entre el
reino animal y la condición centáurica y fronteriza que nos es propia y común.
2
¿En qué sentido este apunte antropológico abre un ámbito fecundo de tanteo
ensayístico y de posible investigación con referencia a la música?
Quizá
sugiere el entendimiento de una condición —la nuestra— que se inicia bastante
antes del nacimiento, y que debe ser comprendida en unidad procesual, sin
cortes que acarreen una diferenciación ontológica abismal.
No
se trata de que de pronto un organismo perteneciente al reino animal se
transmute en un viviente que es también inteligente, o que un tránsito radical
tenga lugar desde el infans —animal
que no dispone del lenguaje— al homo
loquens o al homo symbolicus.
Se
trata, más bien, de un ser viviente que va alcanzando forma fronteriza —humana—
siempre de manera anticipada; un ser antes del ser que se manifiesta en la vida
intrauterina, antes de que se establezca la adecuación del existente a su
mundo.
3
Ya
en los primeros días tras su nacimiento logra el recién nacido distinguir el
timbre de voz de su madre. Cuando, en medio de diversas voces que le hablan, la
voz materna le interpela, inmediatamente se gira hacia ella. Distingue el
timbre vocal que es específico de quien le ha llevado en su seno. El timbre del
sonido de su voz se le revela con evidencia. Esta comprobación ha sido
atestiguada por muchos estudios.
Constituye
el movimiento reflejo del infante hacia un sonido que le es familiar, y que le
es beneficioso, con la connotación que implica de albergue hospitalario, de
provisión de alimentación, o de expectativa de emoción vinculante. Esa voz
sugiere al recién nacido una conexión viva con el micro-mundo en que vivía
protegido.
En
pleno proceso de transformación del líquido amniótico en un medio vasto y con
límites difusos —donde se cambia el agua salada por el aire atmosférico— el
bebé, en el experimento citado, recaba el primer reconocimiento sonoro-musical,
el timbre y la cualidad de la voz, o la inflexión y matiz específico, que
adscribe, sin vacilación ni duda, a la cualidad prosódica de la voz materna.
Este
dato nos proporciona un indicio de la significación e importancia que el sonido
adquiere desde el principio. O que ya en ese incipit existencial del ser-en-el-mundo
del infante algo llega del «otro mundo», de ese primer mundo pre-liminar,
cargado de señales vivas a través de la percepción auditiva. Algo atraviesa el
portón y deja oír «la música no oída
oculta en los arbustos» (T. S. Eliot), o los ecos de ese «primer mundo» que desde allí resuenan.
Allí,
en ese ámbito prenatal, se fue gestando ese oído musical en sus más arcaicos
orígenes.
4
La
formación del oído musical exige una dramática transformación, una verdadera
metamorfosis. Tiene que producirse la compleja, perturbadora y peligrosa
mutación de un oído adiestrado a la proto-audición acuática (navegación y
odisea del homúnculo en el interior de su envoltura), en un oído apto para
discernir las ondas sonoras en el medio vibratorio elástico que constituye el
aire atmosférico. Eso no se produce de manera sencilla. Requiere un período de
adaptación al nuevo medio del órgano auditivo, con todas sus complejidades.
Pero
antes de consumarse esa transformación ha debido producirse la gestación de ese
órgano de filtraje que constituye el aparato auricular del homúnculo.
Algunos
sonidos de voz soprano, convenientemente
amortiguados, derivarían de la voz materna transmitida a través de su cuerpo
convertido en caja de resonancia, en instrumento musical sui generis, en violoncello
viviente. El instrumento se correspondería con el tamaño del tronco torácico
femenino, con las costillas como protección y filtro, con la pelvis como
sustento del porte erguido de la mujer embarazada.
Se
ha dicho, sobre todo en la teoría de Jacques Lacan, que el lenguaje se
instituye «en el nombre del padre», en esa órbita paterna y falo-crática que
exige la creación de un imaginario constituido a través del «estadio del espejo», ámbito de las
identificaciones.
Pero
existe un mundo anterior, previo en sentido lógico y simbólico: ese ser antes del ser que evoca Platón en su
leyenda de Er, al final de La República,
y que las filosofías de la existencia eludieron del modo más imperdonable.
Se
trata de un pre-mundo que goza de significación sonora. Si el lenguaje es signo
de identidad de la voz paterna, la música procede de un «matriarcado acústico» (Alfred Tomatis, Peter Sloterdijk) que se le
anticipa y adelanta. La música da cauce articulado a la voz que desde lo
matricial resuena.
Un
desgarrón divide por la mitad el círculo del Gran Año. La rueda de la verdad
descubre en ese instante trágico su cesura. Culmina en la escena que tiene las
trazas de una catástrofe cósmica.
La
muerte en cruz arrastra al mundo a su declive: presagio de su rescate y
salvación. Ese mundo es propiedad del Dios de este mundo. Es el Señor de la
Muerte.
Se
produce de pronto el verdadero diabolus
in musica: el temible trítono que parte en dos la escala musical, la
octava, en una equidistancia que no admite mediaciones entre la cuarta y la
quinta. La chirriante nota, acorde con las tinieblas que invaden el mundo,
sobreviene entre la hora sexta y la novena.
Cristo
pronuncia su última y desesperada palabra: voz en grito en clave de oración. Se
trata del inicio del salmo 22, Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?:
Eli, eli, lama asabthani: lo pronuncia
en lengua hebrea. Un grito estremecedor se adelanta a la muerte. Lucas lo
dulcifica, como es costumbre en su evangelio. En lugar del alarido final de
Mateo pone en boca de Jesús una expresión de entrega a la voluntad divina: «Dios mío, en tus manos encomiendo mi
espíritu».
Mateo,
no. Presenta el abandono, el anonadamiento, y la separación de Padre e Hijo en
estado puro: esa es la soberana grandeza de ese relato tan honesto como
magnífico en su pulso trágico.
Juan
dice, con discreta sobriedad, que inclinó la cabeza y murió. Diego de Velázquez
dio la forma pictórica más ajustada a ese icono de la pasión juánica. La
crucifixión de El Greco, en cambio, con nubes blancas agujereadas de tonos
grisáceos amenazantes, responde al escenario de Mateo.
Para
Juan la crucifixión es exaltación gloriosa. Incluso en el máximo rebajamiento,
como dice el texto al que pone música Johann Sebastian Bach al comienzo de su
Pasión según San Juan, sigue manifestando el Señor su dominio, su señorío.
La
pasión constituye, en San Juan, el experimentum
crucis de su natural divino. Hasta en el rebajamiento mayor resplandece la
divinidad. El relato de la pasión nos descubre ese misterio del Dios Amor: el
Dios que entrega su vida por sus amigos —la mayor prueba amorosa— como dice el
Cristo juánico en el discurso de despedida durante la última cena.
Su
encumbramiento en la cruz, como en el caso de la serpiente de bronce, trae
salud. Cura la infirmitas: el pecado
de este mundo. Atrae hacia sí, desde su altura, a los suyos; los pone a salvo.
Su
muerte no es desgarrada. Inclina la cabeza y muere (en el velazqueño gesto
señalado). Esa muerte es, de hecho, resurrección: retorno a la morada del
Padre, o a esa casa paterna que dispone de muchas moradas. Vuelve, en virtud de
la muerte, a la vida: a esa vida divina de cuyo seno salió con el fin de
mostrar el camino o la puerta que conduce a la salvación a sus amigos.
Antes
de ese contrapunto final de reconciliación sobreviene la tragedia más cruel: la
muerte en cruz jalonada por el estremecimiento cósmico. Las rocas se hienden.
Los muertos salen de las tumbas (expulsados, vomitados por esas rocas hechas
trizas). Permanecen dormidos en sueño cadavérico durante tres días a la espera
de recobrar la vida merced a la resurrección de Jesús.
Johann Sebastian Bach: Matthäus-Passion, Aria "Mache dich, mein Herze, rein"
Toda
esa desgarradura, que culmina con el velo rajado de par en par del templo,
celebra el derrumbamiento absoluto de lo simbólico, la quiebra de toda
reconciliación.
La
tumba abierta: esa es la cesura del ciclo entero, religioso y simbólico, de
este relato de la pasión. Todo el ciclo litúrgico se organiza en torno a ese
tremendo agujero de sentido. Allí afinca la más dura de las pasiones evangélicas.
El
verdadero centro de gravedad de la Pasión según san Mateo de Johann Sebastian
Bach, que no en vano es una tragedia superada, o elevada a divina comedia, no
es ese episodio que sobreviene en la tiniebla cósmica entre la hora sexta y novena,
cuando sol y luna se entenebrecen y expresan su desconsuelo. El momento álgido
de la composición tiene lugar después, aprés
le deluge, una vez sobrevenida la tragedia. Y es, creo, el más intenso y
emocionante momento musical de la pieza.
Me
refiero al recitativo, acompañado de las cuerdas, en estremecido «tremolando»; AmAbend,
da es kühle war: al atardecer, cuando ya refrescaba. Las palabras clave las
pronuncia el bajo en un relato inmensamente poético que resume en tres estrofas
de dos versos la historia de salvación y la Biblia entera: la caída de Adán, el
diluvio y el pacto de Noé con Dios —con la paloma y la rama de olivo en su
pico—, y sobre todo la muerte en cruz del Salvador.
Dice
así el texto que el bajo pronuncia a modo de condensación exaltante de ese resumen
sintético de la historia de salvación (Heilgeschichte)
entera: O schöne Zeit! O Abendstunde!:
¡Oh tiempo hermoso, hora del atardecer!
Al
atardecer, cuando refrescaba, tuvo lugar el escenario de la caída de Adán.
También tuvo lugar entonces —al atardecer, cuando refrescaba— la reconciliación
del hombre y Dios en el pacto tras el diluvio, con la rama de olivo en la boca
de la paloma; y con el arco iris como contraseña simbólica del pacto
conciliador.
Ahora
el diluvio divino del Hijo de Dios hecho hombre, prendido, torturado y
crucificado, sella para siempre la conciliación, el sym-bolon. La Cruz es esa contraseña desgarrada que en su efecto
salvífico consigue sutura y bálsamo a una humanidad sufriente, mortal por razón
de la universalidad sin excepción de un pecado que desencadena la cólera
divina, la ira Dei. Ese instante se
encarna en el momento sublime en que el bajo reconoce la hermosura de esa plenitudo temporis. «¡Oh tiempo hermoso!», dice. Lo más genial
del texto y del recitativo musical estriba en que ese instante supremo ha sido
captado en su puro matiz atmosférico y climático: al caer de la tarde, al
sentirse ya el frío...
Al
atardecer, cuando refrescaba.
Y
para
dar realce teatral de buena ley a ese instante, el bajo pronuncia la más
célebre y melódica de las arias de esta pasión: Mache, dich, mein Herze rein//Purifícate, corazón mío / que quiero yo
mismo enterrar a Jesús.
Dios
ha muerto: pero al morir es la muerte la que muere. Dios es sinónimo de Vida.
Es el Señor de la Vida. Dios ha muerto: pero no es su cadáver el que hiede, como
afirma el insensato (Der Narr) en La ciencia jovial de Friedrich
Nietzsche.
Jesucristo
se emancipó de las ataduras mortales al desprenderse de los lazos de la muerte,
como el coral luterano de la resurrección —Cristo ha resucitado— enuncia y
canta. La resurrección ha exigido previamente la más cruenta de las muertes. De
este modo Cristo ha dejado libre el camino de redención del creyente. También
el que tiene fe puede —tras la muerte— resucitar.
EUGENIO
TRÍAS
ABC, 9 de abril de
2009, p.3.
Detalle de la Resurrezione del corpi. Luca Signorelli (Catedral de Orvieto)
"Lo lógico es
integrar la electrónica y la clásica"
Lleva
seis décadas encorvado sobre los pentagramas, componiendo una obra variada,
sincrética y mutante, en la que los impulsos vanguardistas se alían con las formas
clásicas. Con 83 años vive un momento de plenitud. Como autor y director. En
esa doble condición llega a España para interpretar su Concerto grosso nº1 con
la Orquesta Nacional. Antes de visitarnos, charla con El Cultural sobre sus
vaivenes creativos, la memoria del holocausto y holocausto y las derivas de
Europa.
Krzysztof Penderecki (Debica, 1933) se dio cuenta pronto de que la
vanguardia musical le había conducido directamente a un cul-de-sac.
Fue en los años 60. Le ocurrió lo mismo que a otros audaces pioneros que
asombraron/desconcertaron/indignaron al público con sus extravagantes
abstracciones y estridencias: ahí está el ejemplo del estadounidense Steve
Reich. Constató que perseverar en ciertas probaturas hubiera significado topar
contra una pared tan repetitiva y machaconamente como algunas de las
partituras de esta corriente. Así que dio por zanjados sus balbuceos experimentales
y abrazó las fórmulas clásicas: la melodía, la armonía, el ritmo... "Fue una época en la que se abusó de los
ejercicios teóricos y los resultados fueron, muchas veces, inaccesibles",
recuerda el compositor polaco. Habla al teléfono desde su casa en Cracovia,
antes de emprender su enésima visita a España, país por el que siente un profundo
afecto, reforzado con reconocimientos tan elevados como el Príncipe de
Asturias, que recibió en 2001.
Vendrá para desdoblarse como director y compositor.
La Orquesta nacional de España le ha convocado para presentar su Concerto grosso n°. 1 para tres violonchelosy orquesta. Lo hará en tres comparecencias
consecutivas los días 3, 4 Y 5 de febrero, junto a la obertura de La bella
Melusina y la Sinfonía n° 4 de
Mendelssohn. Dice que la densidad y el volumen orquestal de estas dos
partituras no tienen mucho que ver con su pieza, pero que ahí estriba el
interés del programa: en detectar (y de gustar) los marcados contrastes.
Explica también que la idea original de este concerto, rematado en el
año 2000, era alinear una veintena de chelos. Un propósito megalómano que
denota que su veta experimental todavía no está plenamente agotada.
Pregunta.-
¿Y por qué redujo finalmente el número?
Respuesta.- Comprobé que era imposible
escribir una obra transparente con tantos chelos en liza. Y poco a poco concluí
que el número idóneo eran tres. Cuatro, cinco o seis ya hubieran sido
demasiados.
Esta
decisión concreta sintetiza el giro que le dio a su música. Aquella
rectificación del rumbo le permitió salir del underground yabrirse hueco en los grandes
auditorios, que siguen incluyéndole en sus temporadas con insólita frecuencia
para un compositor contemporáneo. Su abjuración de la vanguardia no la despachó
abruptamente. Obedeció a un proceso de unos años. Pero la obra que más nítidamente
evidencia el punto de inflexión es La pasión según San Lucas (1963-1966),
que tuvo el valor de airear su catolicismo en una Polonia entonces bajo el materialismo
comunista. Penderecki, en lo sucesivo, iría forjando un lenguaje propio, en
el que concilió el barroco con la vanguardia, a Bach con Boulez.
P.- Usted fue también uno de
los compositores pioneros en acercarse a la electrónica, la música dominante
hoy. ¿Qué huella le dejó aquel contacto?
R- Fue fundamental. A finales de
los años 50 estuve en Varsovia encerrado en un estudio experimentando con la
electrónica. Fue una experiencia de terminante. Sin ella nunca habría podido
componer Treno a las víctimas de Hiroshima o Polymorphia. La
electrónica nos abrió a todos los oídos hacia algo totalmente nuevo.
P.-
Ahora muchos jóvenes están integrando en su trabajo la clásica y la
electrónica.
R- Es lo lógico. Me parece
natural. La conexión de la música popular y la clásica cae por su propio peso.
Penderecki,
al componer, siempre arranca por la forma. Es lo primero que concibe en su cabeza
antes de emborronar pentagramas. El método lo toma prestado de la botánica, su
segunda pasión tras la música. Suele poner el ejemplo de la finca de 30
hectáreas que compró en Luslawice, en la que él mismo eligió la posición exacta
donde plantar las semillas que conformarían un parque. "Componer es vislumbrar por dónde van a crecer los árboles". Todavía no ha vislumbrado por dónde van crecer las notas
en su potencial novena sinfonía, con la que pretende cerrar su ciclo en este género,
igualando a su admirado Beethoven. "Primero
quiero terminar la Sexta y luego me pondré con la Novena. Tengo tiempo, espero", afirma mientras
emite una sonrisilla traviesa que parece burlarse del destino.
LA ADMIRACIÓN DE KUBRICK
Muchos directores de cine de terror, incluido Stanley Kubrick en el El resplandor y William Friedkin en El
exorcista, han es cogido su música para sus bandas sonoras. No se
explica muy bien por qué sentían tanta fascinación por su trabajo. "Yo, la verdad, nunca he tenido especial
interés en ese tipo de cine, aunque parezca lo contrario. Su pongo que
encontraron algo nuevo, algo completamente diferente a cualquier referencia previa",
señala confuso. Pero sí es cierto que muchos acordes de esas piezas rezuman
inquietud y angustia, dos sensaciones pintiparadas para la filmografía de suspense
y de terror.
P.- ¿Es posible que la angustia y la inquietud provengan
de su visión directa del holocausto, que ésta permeara de alguna manera en su
escritura?
R- No. Cuando yo compuse esa
música, en los 60, no tenía en mente ni el holocausto ni la guerra.
La inspiración venía de otros sitios.
P.- Creo que su casa daba al gueto de Debica, su
ciudad natal. ¿Cómo le marcó esa circunstancia?
R-Sí,
así es. Algunos amigos y compañeros fueron asesinados en él. Debica era una
ciudad en la que más de la mitad de la población era judía. Yo vi con mis propios
ojos cómo los mataban y cómo los mandaban a los campos de exterminio. Lo
recuerdo con mucha nitidez. Todavía me conmociona evocarlo. Nunca lo podré
olvidar.
P.- ¿Y cómo se explica que ahora muchos polacos, incluso
académicos, sostengan un negacionismo visceral?
R- No lo puedo entender. La tragedia del holocausto es un
hecho histórico pero, no sé, siempre ha habido gente estúpida y, por
desgracia, me temo que siempre la habrá.
P.- Imagino que tampoco podrá olvidar que a uno de
sus tíos lo mataron los rusos en Katyn y a otro los alemanes. ¿Ha podido
superar el resentimiento por aquella infamia?
R- Fue una guerra y, por tanto,
una locura. Millones de personas fueron asesinadas. Me resulta muy difícil
hablar de esto. Yo he vivido mucho tiempo en Alemania, es un país que me ha
ayudado mucho a mí personalmente y a mi música. También tengo amigos rusos.
Creo que no hay ningún resentimiento dentro de mí después de tantos años.
Inmediatamente después de la guerra, intenté dejar a un lado sus espantosos recuerdos. Era un trauma demasiado doloroso que no podía arrastrar. Pero
olvidarlo es imposible, claro. En obras como Treno a las víctimas de
Hiroshima, por ejemplo, acabaron filtrándose.
P.-
¿Cómo ve el repunte del nacionalismo en Europa y concretamente en su país,
gobernado por Ley y Justicia?
R- Aquí la derecha le ha tomado
el relevo a la izquierda en el poder. Yo no estoy ni con unos ni con otros.
Estoy en el medio. Pero sí creo que el hecho de que este partido esté en el
poder es muy negativo para el país. Por ejemplo, por la cultura no está
haciendo absolutamente nada. Sólo espero que no lo ostenten mucho tiempo.
Rememorando
el pasado traumático de Polonia y analizando sus actuales derivas radicales,
a Penderecki se le ensombrece el tono de voz. Se intuye su gesto consternado. Toca
cambiar el tercio, orillar la política de la conversación y volver a la
música, el combustible de su ilusión provecta. En Madrid se subirá al podio
tres días seguidos. No es un envite menor para un hombre de 83 años. "Me mantengo en buena forma. Es curioso:
ahora viajo y dirijo con más frecuencia que cuando era más joven. El último
año, por ejemplo, he estado dos veces en China. Y la cabeza me sigue
respondiendo (ríe)".
P.-
¿Hace algún tipo de ejercicio físico?
R- Dirigir, ¿le parece poco? (ríe)
Es un deporte bien exigente, con el que se trabajan todos los músculos del
cuerpo. No hago nada especial por mi salud. Eso sí, no tomo alcohol, con la
excepción de alguna copita de vino puntual, y tampoco fumo. También contribuye
a la longevidad dedicarse a lo que uno ama. Y tener una familia bien avenida
como la mía. Tengo todo lo que necesito.
P.-
Acostumbra a levantarse muy temprano. ¿Se pone a componer inmediatamente?
R- Sí, a veces incluso antes de
desayunar. No perdono un día sin componer, salvo cuando viajo, claro.
P.-
¿Cuál es la ventaja de dirigir su propia música, como hará con la Orquesta nacional?
R- Es un placer volver sobre obras
que escribí hace años, como el Concerto grosso. Cada concierto es
diferente. Para mí es un desafío armonizar distintas personalidades. Aquí contaré
con tres formidables chelistas: Adolfo Gutiérrez Arena, Gautier Capuçon y
Daniel Müller-Schott, Mi responsabilidad es que suenen como un único instrumento,
embarcando también la orquesta.
PARENTESCO
HISPANOPOLACO
P.- En
España se encuentra bien, ¿no?
R- (Ríe) Sí, es un país que amo,
a su cultura y a su gente. Me siento muy cercano a ella. Creo que los polacos y
los españoles somos muy parecidos. Tenemos algo en común. Es algo que no
siento junto a alemanes, ingleses, rusos... No tengo una explicación muy fundamentada
pero es así.
P.-
Hace unos años anunció que escribiría una ópera a partir de Divinas
palabras de Valle-Inclán. ¿Ha caído en el limbo ese proyecto?
R- Tenía muchas ganas de hacerla.
Es una obra magnífica. Ahora estoy con un encargo para la Ópera de Viena pero
no he olvidado Divinas palabras. ¿Quién sabe? Cualquier día de estos me
pongo con ella...
ALBERTO OJEDA
EL CULTURAL 27-1-2017 pp. 34-36
Krzysztof Penderecki: Concerto Grosso (2000)
RESURRECCIÓN
DE LA MÚSICA
KRZYSZTOF PENDERECKI
DESPUES de la muerte de Arnold
Schoenberg (1874-1951) parecía que la trayectoria ortodoxa delarte de los
sonidos iba agonizando en la línea de las obras más etéreas de Von Webern (1883
1945), cuya personalidad ya se afirmó en 1909, y de su «consecuencia», la
música electrónica concreta, con Pierre Boulez (1925) y Karl Heinz Stockhausen
(1928) como representantes más notorios. Lamúsica se
deslizaba hacia otra estética, otra técnica, otro universo sonoro en el que los
ruidos secontraponían victoriosamente a los sonidos o estos se
«ablandaban» en una masa informal yfluctuante, que se halla bien representada por el «Canto del
adolescente» (1955-1956) deStockhausen. Se iba imponiendo incluso una nueva forma de
escribir la música, una notacióndibujística con margen de libertad. Los innúmeros seguidores
de esa tendencia se complacían en unesteticismo que sólo raras veces se
salvaba de lo decadente.
De pronto surgió la escuela polaca de
música contemporánea. Era la resurrección de la música.Junto con la
herencia de músicos de Centroeuropa no conocidos aquí, integraban —a veces— elritmismo de
Strawinsky y, en mucha mayor medida, el resultado de las dos principales
lecciones deSchoenberg: la serie de los 12 tonos y la
«klangfarbenmelodie», el timbrismo. Entre estos músicosse hallan
Grazyna Bacewicz (1913), Kazimierz Serocki (1922), Tadeusz Baird (1928), GyorgyLigeti y, por
encima de todos ellos, como auténtico exponente del vigor de una nueva época,Krzysztof
Penderecki (1933), de quien existe ya una discografía relativamente abundante yperfectamente
representativa.
Penderecki estudió en su patria con
Malawski y Wiechowicz, en Cracovia. En sólo dos años (1958-1960) realizó la
absoluta síntesis personal que distingue su arte intensamente caracterizado. En
1959consiguió a la vez los tres premios ofrecidos por la
Asociación de Compositores Polacos. En 1961ganó un premio de la Unesco y
adquirió rápida fama mundial.
Su técnica es compleja, pero utiliza
la notación tradicional. Integra el «bruitisme» de un Varèse(1885) en la
trama polifónica postschoenbergiana, haciendo libre uso de las series de 12
tonos, aveces con espíritu que se acerca al gregoriano. Emplea sistemáticamente
el pedal, extrayendo de élsus posibilidades de expresión cósmica que tienen sus dos
precedentes esenciales en el preludio del«Oro del Rin» wagneriano (1854) y en
el comienzo del «Poema del fuego» (1911) de AlexanderScriabin
(1872-1915). Naturalmente, sus pedales (notas largamente prolongadas) son de
granvariedad (continuos y discontinuos, simples y complejos) y en
su interior se producen radiantesdestellos y vivaces percusiones. Un ritmo con frecuencia
frenético parece perder su dinamismo yadquirir una suerte de extraña
consistencia estática. La disonancia es factor esencial y la utilizamuchas veces
en forma de «racimo», es decir, de aglomeración de notas muy próximas
(Pendereckiemplea cuartos de tonos), lo que produce sonoridades chirriantes
y deslumbradoras. El principio decontraste —entre sectores sucesivos de una composición— es
integrado en el de similitud, como losruidos (que obtiene por la adición a
la orquesta de todos los elementos imaginables) en el magmasonoro. Los
títulos de algunas de sus obras ya aluden tales procedimientos; así «Anaklasis»
(1960),o refracción de la luz, y «Fluorescencias» (1962),
mientras que otros señalan su obstinación endesvelar los
secretos más recónditos del mundo de los sonidos, cual «De Natura Sonoris»
(1966).
Tan refinado como vigoroso, capaz de
manejar las voces con la maestría que se advierte en «Passioet mors
Domini Nostri Jesu Christi secundum Lucam» (1963 -1965), Penderecki crea una
músicaapocalíptica, que nos lleva un futuro insondable; una
paradójica música «geológica» que parecepetrificar los vientos, los perfumes,
las luces. Horizontalidades sucesivas o superpuestas y líneas demovimiento
que ondulan entre ellas forman la trama sonora de este arte en el que las
«estructuras»substituyen a los temas. La música atemática, más anunciada
que realizada por Schoenberg, enPenderecki alcanza plena realidad.
Comparada con ella, la más «abstracta» de Von Webern o deStockhausen
resulta todavía expresionista, en el sentido del estilo del primer cuarto del
siglo actual.Que el compositor tiene plena conciencia de las posibilidades
de su arte como traducción a lasonoridad de ciertas hecatombes o cataclismos desencadenados
por el hombre en el tiempo de laSegunda Guerra Mundial lo muestran obras suyas como el
«Threno» a las víctimas de Hiroshima(1962) y «Dies Irae» (1967), dedicado
a los que murieron en Auschwitz, obra cuyo segundo tiempose denomina
concretamente «Apocalipsis».
Pero este sentido cataclismico
frecuentemente, por su misma potencia sobrecogedora y por unextraño
fenómeno de inversión, parece poseer una naturaleza fecundante. La abundancia
demetamorfosis
fónica, de resplandores inauditos, de estridores radiantes crea como una flora
demagia.
Es la música de un principio (aunque no sepamos de qué), no una música
epigonal. Sacudidapor vibraciones, habitada por rumores y murmullos, cortada
por desplomes terribles es una músicalimitada —en general— por la
reducción o aniquilación temática, pero ilimitada por la irradiaciónde su fulgor sonoro,
que pasa, del carácter instrumental que tenía en la música anterior (incluso enla de
Schoenberg y Von Webern) a un valor sustancial. Con la destrucción de lo
narrativo —y de lo«figurativo» (que pueden ser asimilados a lo temático) — cabría imaginar que el arte se
cerebralizay el sentimiento desaparece. No sucede así, pero el
sentimiento resulta transformado, comointegrado en un «pathos»
temporal-espacial que sobrepasa la existencia y la personalidad del autor.La elocuencia
es sustituida por la presencia de algo sobrecogedor que «se oye» en vez de
verse,pero que, en última instancia, nos lleva a los hontanares del
espíritu, a la cueva desde donde sopla elviento de las grandes empresas de la
creación. La perfecta coherencia del período 1960-1967 (únicoque
conocemos, aparte de obras anteriores, de 1958 -1960) es la obra de un músico
de 27-34 añosde edad. ¿Qué inmensas posibilidades le están reservadas a
Penderecki si vive y progresa comoSchoenberg, cuando escriba música después del año 2000?
Juan-Eduardo CIRLOT
de
la Academia del Faro de
San Cristóbal
LA VANGUARDIA ESPAÑOLA.
Viernes 18, septiembre 1970. p 11.
SEÑORES,
me han dado ustedes un varapalo formidable, del que les acuso recepción. Me
refiera a la cosa de don Ricardo Wagner. Las setenta u ochenta personas que han
escrito a la Dirección de DESTINO defendiendo al autor de «Los maestros
cantores de Núremberg», son personas que yo respeto y admiro. Mi interés, como
el de ustedes, señores, es poder crear los condiciones objetivas de una
polémica que no se convierta en una carnicería. En este sentido — dado que las
cartas no se podrán publicar en su totalidad, por falta de papel—, yo quiero
contestarles para dar la impresión cierta del respeto que me merecen. Para su
satisfacción, les diré que las cartas que he recibido de la Dirección del
semanario, como las que yo he recibido en mi domicilio particular, firmadas por
Brunildas y Lohengrins del extranjero o del país, son absoluta y radicalmente
contrarias a mi punto de vista.
Las
personas que en sus cartas afirman que yo, en mi artículo, he dado muestras de sentir
un desprecio más o menos grande por le nación alemana, se equivocan. Convendría
que estas personas supieran de una vez que las cosas abstractas o genéricas no
se odian, ni se desprecian, ni pueden amarse como puede odiarse o amarse una
cosa concreta. Yo no puede sentir sentimiento alguno contrario por lo que
existe. Toda realidad me produce no sólo un gran sentimiento de respeto, sino de
incentivo de la curiosidad. La curiosidad que yo siento par la cosa alentosa es
inmensa. Lo que yo desprecio hasta el hueso es la forma política que imperó en
Alemania con el nombre de nacionalsocialismo, en los últimos años. Lo que ha
sufrido el pueblo alemán, victima espantosa de la ignorancia terrible de sus
dirigentes.
Volvamos,
pues, a Wagner y a los problemas que plantea su estética — que es como decir,
en este caso, su pornografía
Sobre
Wagner está ya dicho todo — después de lo que escribió don Federico Nietzsche,
no sólo en el libro que dedicó al músico, que fue su mayor amigo, sino en notas
dispersas en casi todos los libros—, sobre todo las que se refieren al problema
moral, coma en «Aurora», por ejemplo. En aquella «Aurora» tan triste que
Nietzsche escribió en los pueblecitos del golfo de Génova, sometido of régimen
de comido más eficaz para la filosofía, consistente en huevos, verduras y carne,
según dice.
Hay
un punto en Wagner que Nietzsche, por espíritu de caridad, no desarrolla en sus
obras: es el Wagner como creador de tempestades de teatro, en lo que no tiene
rival. Cuando hablo de la obra del músico me refiero a lo obras típicamente
wagnerianasde su producción, excluyendo,
por tanto, lo primera parte de su obra, que es italianizante y «Los maestros
cantores», que están construidos a base de canciones populares, porque ha de
saber usted, ¡Oh Brunilda!, que Beethoven y Wagner trabajaron sobre esta clase
de melodías. Cuando me relego usted, señora, a las melodías de no pueblo, me
pone, como usted no lo sepa, en muy buen terreno.
En
su obra más típicamente germánica, Wagner fue un creador de tempestades terribles.
La orquesta crea tempestades que se inician como suele iniciarse esta clase de
monstruosidades y suben lentamente y sin cesar. Llega un momento en que se
producen estrépitos terribles, que pondrían las pelos de punta al más pintado,
si no se tratara de tempestades de teatro, o sea infinitamente más desapacibles
y furiosas que las tempestades verdaderas. Llega un momento en que todas las
fueras del caos, del cosmos y del sistema planetario se proyectan sobre una
orquesta en pleno frenesí Y esto lo resuelve siempre don Ricardo a base de lo
que los antiguos carcamales de lo retórica llamaban la armonía imitativa, de la
cual citaré un ejemplo literario para que la gente sepa lo que es la armonía
imitativa:
Las torres que desprecio al aire fueron,
a sugran
pesadumbre se rindieron
para
dar idea del derrumbe de unas torres, Wagner hace llover, tronar, relampaguear,
se fingen en escena todos los ruidos que la naturaleza produce cuando se desata
y se convierte en manifestación espantosa de lo que es la vida cósmico, en
relación con nuestra humilde vida humana de todos los días.
Pero
luego, como sucede en obras de otro tipo, después de la tempestad viene la calma
y es en estos momentos en que Wagner se entrega al puro panteísmo y a los
movimientos más entrañables de la más insignificante biología. Cuando se entra
en el proceso de la calma se oye crecer la hierba, producirse el monstruoso
crecimiento de las setas, palpitar el agua y el viento, la entraña humana y la
entera fisiología. Esto no se hace a través de la armonía imitativa, porque
estos ruidos no pueden imitarse, pero se hace produciendo borborigmos, ruidos
fisiológicos, tartamudeos, vacilaciones, temblores, ansias, fiebres, sueños,
obsesiones y todo lo que suele producir la existencia en su proceso hacia la muerte.
Mis
contraopinantes dicen: Pero usted, señor Pla, ¿será tan insensato para no
reconocer estos placeres que Wagner produce? ¿Será usted tan cerrado y tan
obtuso paro no entusiasmarse ante estas titilaciones febricitantes, repetidas, obsesionantes,
obra maduras, definitivos? Y yo, que soy el señor Pla, digo que todo esto lo
reconozco, y que precisamente porque lo reconozco lo desprecio.
Jamás
el espíritu de lo música ha consistido en la imitación servil o pornográfica de
la naturaleza.
Yo
levanto la bandera de la norma contra el caos, de la arquitectura contra lo
geología, de la gramática contra la confusión, de la sagrada familia contra la
bohemia errante y desabrochada. Mi idea es que estas cosas no pueden ser
desenfocadas por el arte y que amado se rompen las leyes de lo vida humana a
favor de la vida cósmica, no hay arte posible, aunque puedan producirse grandes
secreciones de fisiología — grandes y, desde luego, placenteras secreciones de
la fisiología.
Don
Ricardo es un hombre terrible, que toca las pajaritas de la gente —
generalmente refinados, refinadazos, que son personas que yo respeto, pero que
me gustan poco —. Su concepción de que el arte es mera sensualidad no la
admito. El arte es duro, es triste, es de un dramatismo inmenso. El arte no es
más que el disimulo febricitante de la tragedia del hombre en la vida, el
hombre de inmortalidad realizada a través de la espantosa dificultad del dibujo
y de la forma sintética, aunque concreta. Wagner no tiene formo alguna, dibujo
alguno, es una mera secreción de lo naturaleza. Es el hombre que ha asesinado
una de las mayores adquisiciones del hombre: ha asesinado la melodía. Ha
transportado toda la música a la sinfonía fundiendo la maravilla de la voz
humana en los instrumentos de viento de cuerda. Wagner es un gran músico que
puede ser, en estas latitudes, considerado como un enorme enemigo.
"La
Estética de Wagner". Destino, núm. 553 (13 marzo 1948), p. 5.
¡BRAVO,
Xavier Montsalvatge; magnífico! Lo que ha escrito usted sobre Wagner y sus
discípulos en el número 549 de DESTINO es de una exactitud que merece ser
subrayada. Sospecho que nos dará usted muchas sorpresas. Tiene usted una manera
de ver las cosas por dentro que está por encima de la mayoría de los tópicos y
lugares comunes al uso del profundo provincianismo en que vivimos. Hay que ser
joven, hay que romper la costra de cartón periodístico que nos ahoga, saber
decir ¡no! a tiempo, no tener miedo al ridículo. Cuando se tiene una pluma en
la mano y algo que decir, hay que hacerlo contra viento y marea, prescindiendo
de las diferentes asociaciones de bombos mutuos a que ha quedado reducida,
casi, nuestra vida artística
Tiene
gran interés que eso que ha escrito usted de Wagner lo haya escrito un músico—y
un músico de su categoría—. Cuando, estando el infrascrito en Berlín, antes del
advenimiento del nacional-socialismo, constaté, en una crónica periodística, el
descenso que se notaba de la música del aparatoso artistazo entre el público
alemán, los músicos de aquí me molieron a palos y un compañero de periódico,
Rosendo Llatas, me dio una rociada dialéctico-erudita literalmente abrumadora.
Agradecí la rociada — porque siendo liberal de palabras y de hechos, soy
insensible a los elogios y a las críticas—; pero los hechos quedaron en su
sitio. En 1925-26, Wagner estaba en Alemania totalmente acabado. Luego vino la
preponderancia del partido nacional-socialista y un buen día Goebbels anunció
al pueblo alemán que el músico preferido por el «bello Adolfo» era Ricardo Wagner
y que lo que le gustaba más al salvador (!) del pueblo alemán era aquella parte
de su obra menos italianizante, sino la más selvática, la más aria, la que
contiene la mitología más sangrienta y anticristiana de los rubios: la
«Tetralogía». ¡Ah, Dios mío, la que se armó1 Si ustedes hubieran visto a los
alemanes correr detrás de Wagner, poner el retrato en el salón, agotar las
localidades en conciertos y óperas, donde daban la música del genio ario! Fue
un delirio, algo repugnante,
Luego,
se formó el mito: los periódicos y revistas se cansaron de repetir que Mozart, Schumann,
Schubert y Beethoven eran blandengues y que afeminaban el ánimo, y que lo
grande, lo recio, lo alemán, alemán, alemán era Wagner. Se prescindió
cuidadosamente de la polémica Nietzsche-Wagner, a pesar de que después de lo
dicho por Nietzsche en «El caso Wagner» no hay apenas nada más que decir, ni
aun desde el punto de vista de la dimensión tudesca del pedantesco artistazo.
La discusión quedo aparte y la censura de Estado puso grandes re paros a la
edición auténtica de «El caso Wagner». Por eso se hizo la edición esta tal de
las obras de Nietzsche, con los es purgos necesarios para que la obra pudiera
llegar «a todas las manos alemanas». Resuelto el pequeño problema tan
expeditivamente, Nietzsche se convirtió en el filósofo de la casa y Wagner en
el proveedor de sensaciones divinas. Las señoritas del país se vistieron de Brunildas
y los jóvenes de Lohengrins, todo proveniente de los modos del artesanado más
exquisitamente distinguido. Recuerden las ingenuas fotografías arias de la
época de lo guerra. Son del mismo tiempo en que los campos de concentración estaban
en pleno funcionamiento.
Ahora,
en Barcelona, los mitólogos del país dicen lo mismo, con veinticinco años de
retraso, que lo que se dijo en Berlín en la época prehistórica de antes de la
guerra: que Wagner es lo grande y lo recio y lo adusto y lo fuerte, y que toda
otra música es blandengue porque afemina el ánimo, y lo entibia, y lo convierte
en un terreno abonado para el escepticismo. Esos Lohengrins honorarios olvidan
que los wagnerianos alemanes desaparecieron hace ya mucho tiempo y que aquel
país, a pesar de lo grande, lo recio, lo adusto y lo fuerte, ha dejado de ser,
por el momento, un país de soberanía alemana. Es un ligero tropiezo.
Relato
todo eso para recordar, con hechos, lo que se hizo notar, a propósito de Wagner,
hace ya tanto tiempo: una gran parte de su obra tiene muchísimo más que ver con
cosas extravagantes a la música que con la música misma. La música de Wagner
tiene que ver con la mitología, con el patriotismo, con la religión, con la
raza, con la anécdota legendaria o histórica, con la moral y con mil cosas más;
pero con la música, con la realidad de la música, con la música pura, menos.
Ello se comprende porque Wagner fue, ante todo — como demuestran sus escritos y
su correspondencia —, un montador de grandes espectáculos, un empresario de
maquinarias teatrales que en su tiempo parecieron grandiosas y que hoy nos parecen
dramas bastante ingenuos del señor Guimerá. Pretendió siempre Wagner dar al
público cosas completamente mascadas y hechas y a estos efectos puso música a
sus pesadísimos y soporíferos dramones. Si se descarna la música que contienen
de la osatura del dramón, sólo excepcionalmente se digiere. Y es que en Wagner
hay una confusión constante de los límites de las bellas artes, una negación
sistemática de que la música haya de ser ante todo musical La música ha de
servir, siempre según él, a otras necesidades que a las de la música misma.
Truco antiguo y ya desacreditado. Es el truco del pintor que quiere hacer pasar
su mercancía averiada representando escenas gratas a lo populachería política o
social sucesiva. En grotesco es el caso de aquel barítono que cantaba en Málaga
y que trató de soslayar una silba merecidísima, gritando: «¡Viva Málaga!
¡Vivan las mujeres de Málaga! ¡Viva el vino de Málaga! ¡Viva Andalucía!»
Los
artes tienen límites. Es siempre preferible que la pintura sea pictórica y la
música, musical esencialmente. Si se involucra todo, el caos es excesivo. Así
al menos se creyó siempre en la escuela, y hablo de escuela en el mejor sentido
de la palabra: la teoría estética general y los límites de las artes están
formulados de manera insuperable en la inmortal correspondencia entre Goethe y
Schiller. En este orden de ideas, esa correspondencia recoge lo que de más vivo
y eterno tiene lo antiguo.
Los
trozos de música wagneriana que se mantienen independientemente de los
monstruosos dramones que la sostienen, son, ante todo, naturalistas, y algunos,
por el camino de la pura mistificación, pretenden llegar a un misticismo
cósmico y panteístico. En el siglo XVIII, las palabras mistificación y mística
se hacían arrancar del mismo tronco. Wagner nos describe el murmullo de la
selva, el ruido de las setas al nacer en los rincones sombríos y húmedos del bosque,
la aparición de la hierba, los ladeos de los dioses septentrionales, las interpretaciones
amorosas de los héroes masculinos y femeninos, los susurros de los colores del
crepúsculo, el ruido de los pisadas de los peregrinos, los murmullos del agua de
los ríos y riachuelos, «et sic de ceteris». Todo eso, no lo niego, es importante,
sobre todo desde el punto de vista de la armonía imitativa, que a veces es en
su obra de un paralelismo fotográfico. ¿Pero es tan decisivo como se dice?
¿Puede tener la música como finalidad el mero realismo, la pura imitación de
los ruidos de la Naturaleza, el puro gemido y balbuceo humano intimo? La
captación de esos espectáculos siempre se dejó para la literatura, lo música
tuvo siempre otros perspectivas distintas. La pesadez plúmbea de Wagner, sin
embargo, no le viene de su naturalismo ni de su realismo. Si no fuera por esos
momentos, su música seria la pesadez suprema, el aburrimiento químicamente
puro, la geología.
Insistir
sobre el daño que ha hecho Wagner a sus seguidores, tendría muy buen sentido.
Algunos, como Strauss y Debussy, no solamente imitaron lo bueno de Wagner, que
es su naturalismo, sino que lo hicieron con uno elegancia congénita. (Sin
embargo, el folleto de Cocteau contra Debussy en tanto que wagneriano, está
vivo como el primer día.) En este país, los wagnerianos imitaron lo peor del
artistazo y aquí están sus mamotretos. Recientemente, un crítico los ha
enumerado. Su simple enumeración produce un efecto horrísono. ¡Cuán triste es
tener que recordar que de Morera no quedarán, gracias a Wagner, más que sus
sardanas, y que de los wagnerianos cien por cien no que dará ni eso!
Para
terminar, me permitiré aconsejar la lectura de la conferencia de don Juan Maragall
pronunciada en la Asociación Wagneriaria de Barcelona, sobre «El drama musical
de Mozart» («Obres Completes», página 678).
"Contra
Wagner". Destino, núm. 550 (21 febrero 1948), p. 5.
En una cena de amigos y familiares, el pasado
verano, se inició la conversación por las acostumbradas rutas de la política
local. Para evitar una estéril y tediosa incursión en los tópicos de siempre,
que en los últimos tiempos pueden dar lugar a viscerales enfrentamientos, se me
ocurrió dar un giro a la conversación suscitando un tema diferente -y algo
exótico-, un tema que a todos nos importa (tanto o más que el pronóstico
respecto a elecciones próximas).
[...]
Quería evitar un posible choque de
sensibilidades que degenerase en airadas proclamas. En torno a la mesa se
encontraban lectores de distintos rotativos nacionales, que es tanto como
decir: de diferentes panfletos políticos de derechas o de izquierdas. Me daba
grima pensar que acabaríamos todos hablando en tono bronco, repitiendo los conocidos
tópicos que pueden leerse, cada día, en ese insólito espectáculo, único en
Europa, que hace de nuestra prensa un florilegio de intoxicaciones diarias de
posiciones partidistas. Por no hablar de las emisoras de radio, por lo general
no aptas para cardíacos.
[...]
Les dije que deseaba proponer un tema de
conversación menos coyuntural. «Quería preguntaros -les dije- qué opinión
tenéis sobre lo que sucede tras la muerte». Alguien manifestó extrañeza ante
tamaña extravagancia. Pero con sorpresa me di cuenta de que había sembrado una
interesante semilla que no tardó en crecer y madurar. Poco a poco se fue
animando la conversación. Se fue produciendo una conflagración de opiniones
distintas. Algunos confesaron que habían pensado en profundidad en el asunto,
otros seguían mirándome extrañados y sorprendidos. Pero todos quedaron
intimidados y concernidos.
Pude comprobar una cosa: el número de personas
que creían en alguna forma de supervivencia tras la muerte era, por lo menos,
tan relevante y significativo como el de aquéllos que, o bien habían optado por
creer que la muerte significa el fin final definitivo de nuestra existencia
personal, o los que profesaban, bajo forma de agnosticismo, una radical
suspensión de juicio. Pero hice también otra interesante averiguación: quienes
creían en formas de supervivencia, fuese en términos de reencarnación, de
fusión con la energía cósmica, o de resurrección de la carne en términos
escatológicos, no eran necesariamente personas confesionales, o creyentes de un
credo religioso.
Incluso advertí formas de larvado agnosticismo
en algunos de quienes se confesaban pertenecientes a la comunidad católica
vaticana. Como si en su profesión de fe se hallase inscrita la necesidad de no
ahondar en estas cuestiones relativas a nuestra posible supervivencia tras la
muerte.
Al final sólo se hablaba de este tema. La cena
circuló a través de un interesantísimo cruce de argumentos, algunos basados en
la extrapolación de teorías científicas actualmente vigentes, otros cifrados en
la interpretación de pasajes de la literatura cristiana, especialmente del
Nuevo Testamento.
Fue una cena con una conversación apasionante.
En lugar de hablar de Montilla, de Mas, de Zapatero, de Rajoy, de Piqué, de
Acebes, de Pepe Blanco, de Otegi (o de Bush y de Blair), se hablaba de Darwin,
de la teoría del Big Bang, del Apocalipsis de Juan de Éfeso, del descenso de
Jesucristo a los infiernos, o de las cartas de Pablo. O bien de la teoría
oriental de la trasmigración de las almas. O del nirvana budista.
Ahora mismo se acercan las Navidades, que son,
en gran medida, un gigantesco potlatch anual que nos recuerda que el regalo, el
don, expresión poética de lo escatológico (según la genial apreciación
freudiana), constituye la razón de ser misma del homo aeconomicus.
Esas fiestas son, sobre todo, una cita anual
para revisar nuestras propias convicciones sobre ese asunto que nos atañe e
importa como ninguno. Se celebra con la Navidad el don de existir, el milagro del
nacimiento (y del renacimiento). Como sabía Franz Liszt, la tumba es quizás la
cuna de una vida futura. Es suya la siguiente frase hermosa: «Nuestras vidas
son preludios; preludios de una desconocida canción cuya primera nota es la
muerte». Liszt encabezó su referencia a un poema de Lamartine, en uno de susmás conocidos poemas sinfónicos, con esta memorable definición.
Propongo a todos los que se den cita en estas
fiestas familiares una conversación a fondo sobre temas religiosos y
escatológicos. De este modo se podrán evitar innecesarios conflictos sobre
temas políticos, o de coyuntura política española. Estas fiestas pueden ser
lugar de encuentro o de desencuentro: en ellas estallan, con frecuencia,
rivalidades y odios fraternos. Las cosas pueden terminar muy mal en Navidad,
como lo muestra el estupendo final del Retrato de un artista adolescente de
James Joyce.
Pero pueden generarse reveladores
esclarecimientos sobre el tema que más debería importarnos a todos, por mucho
que desconcierte a la mayoría. Un tema sobre el que la ciencia no tiene
legislación alguna, aunque algunos falsos divulgadores se empeñen en decirnos,
en sus burdas homilías, que la ciencia abona la idea de que con la muerte
termina nuestra vida. Es importante no hacer decir a la ciencia lo que no está
en condiciones de afirmar.
Mi respeto por agnósticos y ateos es grande
siempre que sustenten sus creencias (o sus suspensiones de juicio) en una
sólida argumentación. También lo es en relación con quienes forman parte de una
confesión, o de una comunidad de culto, siempre que lo sean de manera
responsable.
Lo que se llama fe y creencia, como sabían los
romanos, tiene siempre el sentido de la confianza. Yo, por mi parte, confío, en
términos luteranos, en ciertas escrituras cuyo sentido, cada vez que se acerca
la fecha de cambio de año, se me ilumina: textos de los Salmos, de Isaías, de
Pablo, de Mateo, del Discípulo Amado, de Juan de Éfeso. Cada año que pasa me
siento más confiado en esas escrituras sagradas.
Pero lo que me ha reforzado esa confianza ha
sido, sin duda, mi dedicación, durante más de cinco años, a una personal
interpretación de los argumentos musicales. Para mí la música es mucho más que
arte; o es arte sagrado, como dice el compositor Flamand en la inmensa ópera testamentaria Capriccio de Richard Strauss. La música es mi materia revelada.
La compañía de compositores ha sido para mí el mejor camino para vivir una
suerte de poética de la conversión, en registro filosófico y religioso, y sobre
todo en vena existencial y vital, en línea semejante a la vivida en su día por
gloriosos antepasados respecto a los cuales soy el más modesto y tardío de los
seguidores: Pablo de Tarso, Agustín de Hipona, Dante Alighieri, Francisco de
Asís, Juan Sebastián Bach, Antón Bruckner, Gustav Mahler, Arnold Schönberg.
En este punto tenía razón Unamuno, el más
hondo de nuestros pensadores, que, sin embargo, extremó hasta el absurdo la
contraposición entre razón y corazón, sin reconocer una suerte de razón
fronteriza que sirviera de mediación. Advirtió con insólita lucidez que la
verdadera cuestión filosófica y teológica es la relativa a lo que sucede en y
después de la muerte. El tema de Dios es una importantísima derivación de un
asunto existencial de inmenso calado. En él se decide quizás el sentido de
nuestra vida.