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jueves, 30 de agosto de 2018

Última entrevista a Julián Marías (ABC, 18 de diciembre de 2005)


Última entrevista 
Julián Marías
Académico y filósofo
«Quien crea que cuando alguien muere se acaba, no ha querido a nadie de verdad»
El 12 de enero de 2003 apareció en Los Domingos de ABC una entrevista con el filósofo Julián Marías, fallecido esta semana en Madrid. Sus palabras siguen tan vigentes como la serenidad de sus enfoques
Por César Alonso de los Ríos y Agapito Maestre. 
Es difícil imaginar un contraste mayor que el que hay entre el desorden del estudio del filósofo y la claridad del pensamiento de éste. Uno avanza entre mesas, con inmensas gibas de papel, hasta el sillón en el que se hunde el escritor ya con la vista muy deficiente, pero con una mente de la que sigue manando un discurso coherente, lúcido, con frecuencia irónico.
Hemos venido a charlar con el maestro y. sobre todo, a rendirle homenaje. La vida le ha deparado pocas gratificaciones. No se le ha perdonado nunca haber dicho siempre lo que ha pensado: «El mérito mayor de los tres tomos de mis memorias es no mentir nunca». La Universidad, tan acogedora para algunos, prevaricadora casi en algún caso, le fue hostil siempre a Marías, desde el 39. No se le permitió doctorarse hasta 1951. Demócrata de toda la vida, no ha gozado nunca de la simpatía de los progresistas. «He sido siempre un perseguido». Desde luego su obra ha sido minusvalorada. Reducido a exégeta de Ortega es el más autorizado de sus intérpretes pero, además o sobre todo, es autor de títulos inexcusables para la inteligibilidad de España y de una obra cumbre en la filosofía española: «Antropología metafísica».
—Queremos empezar por un hecho que llama la atención: cómo explicar que, habiéndose mantenido siempre al margen del oficialismo franquista, no haya sido reconocido por los progresistas.
—Eso tiene una explicación muy racional. Nunca a lo largo de mi vida he abdicado de decir la verdad. toda la verdad. Porque para mí decir la mitad es mentir.
—Usted ha sido crítico con la República y con las posiciones de Ortega ante la República.
—Ortega no previo lo que iba a pasar y habría debido hacerlo. Había que haber sido consciente de en qué manos se ponía el pandero. Es evidente que la situación era mala en el año 30 y que había muchos motivos para el descontento pero, a la vista de lo que sucedió, habría sido mejor que la Monarquía hubiera seguido con sus defectos porque de la República salió la guerra civil.
—Intelectualmente, usted es un hijo del clima de la República.
—La Facultad en la que estudié estaba al más alto nivel europeo. Teníamos a Ortega, a García Morente. a Sánchez Albornoz, a Menéndez Pidal... Ninguno de los intelectuales estaba por la guerra. Tan sólo algunos de tercera fila (...).
—Ha dicho que se debería haber tenido en cuenta quién Iba a tener el poder en la República. ¿A qué se refería?
—En la guerra civil la República quedó en manos de la Unión Soviética. De la guerra yo salvo únicamente a Besteiro, que nunca tuvo poder. Lo tuvo, si, al final para conseguir que la guerra pudiera terminar un poco más civilizadamente. En la cárcel conocí a un militante del partido socialista, ex oficial del Ejército, que se pasaba el día culpando a Besteiro de que él estuviera en la cárcel. Un día me cansé y le dije: «Tiene razón, si no hubiera sido por él usted estaría criando geranios».
—Usted se ha enfrentado a las versiones tópicas de la guerra y el exilio.
—Al hablar del exilio no se distingue entre el del 36 y el del 39. El primero se produce con la llegada de la guerra y por temor a la pérdida de libertades. El segundo tiene que ver con el desenlace de la guerra. (...)
—Fue a la cárcel por una denuncia. En la última novela de su hijo Javier se habla de ese episodio, pero usted se ha negado siempre a desvelar la personalidad del denunciante.
—¿Para qué? Lo curioso del caso es que era un amigo, un compañero del bachillerato, al que yo estimaba y con el que jamás había tenido una discusión. Ni siquiera pudo haber una rivalidad profesional ya que él se había dedicado a la Historia... Se inventó todo lo que quiso en contra mía.
—Usted no se exilió.
—A mí me había impresionado, de joven, una frase de Danton en la en la que se dice que «a la patria no se la puede llevar uno en la suela de los zapatos». Al salir de la cárcel mi preocupación era sobrevivir. de qué vivir. No podía dedicarme a la enseñanza, así que me dediqué a traducir y a escribir libros.
—Su «Historia de la Filosofía» era una cátedra ambulante.
—Que nadie recomendaba a los alumnos. Se publicó en enero de 1941 y enseguida hubo que hacer una segunda edición y una tercera. Gracias a ese libro pude casarme. Por ahora van 41 ediciones.
—Entra en contacto con Laín y comienza a escribir en «Escorial», la revista de los intelectuales falangistas.
—Laín quiso conocerme. Era el subdirector de la revista y en ese momento era consejero nacional de Falange. Nos hablamos con sinceridad y nos entendimos. Naturalmente me dijo que escribiera sobre temas culturales. Nuestra amistad duró treinta años.
—Se le cierra la Universidad hasta el punto de que no pudo hacer el doctorado hasta 1951.
—Fui realmente un perseguido. No pude escribir en los periódicos durante doce años, hasta que Luis Calvo, director de ABC. me pidió una colaboración.
—Por eso resulta muy notable que usted defendiera la tesis de la continuidad cultural por encima de la guerra y de la censura. En uno de los ensayos que usted recoge en «Los españoles» reivindica el alto nivel de la cultura española entre el 39 y el 59. ¿No cree que esa ha sido una de las cosas que no se le iban a perdonar?
—Vuelvo a lo mismo. Yo digo lo que pienso, y lo que defiendo en «La vegetación del páramo» es esa brillantez de la cultura que se pone de manifiesto en la lista de libros —libros impresionantes—entre 1941 y la muerte de Ortega.
—Otra de las razones de la minusvaloración de su personalidad como filósofo se ha debido, quizá, a haberle reducido al papel de exégeta de Ortega (...).
—Yo he escrito dos tomazos sobre la obra de Ortega, de quinientas páginas cada uno. que me complacen mucho. Ahí están, pero mi obra es mucho más que eso. (...)
—Tampoco Ortega ha tenido el reconocimiento debido. ¿Qué fue para usted?
—Mi gran maestro, mi amigo, mi mejor amigo, una persona admirable. Al poco de morir, alguien me preguntó que cómo era. Le contesté: «Como el sol, luminoso y cálido». No pude decir nada mejor.
—Una preocupación constante en su obra ha sido la idea de España: «Los españoles», «España inteligible»...
—Libro que cumple lo que promete en el título.
—Usted publicó una serle de artículos en «La Vanguardia»...
—Quince.
—En los que se acercaba con respeto al hecho catalán...
—Y con amor.
—Y tuvo una respuesta mala de Maurici Serrahima....
—Poco acertada, diría yo.
— ¿En qué se equivocaba el juicio de Serrahima?
—En que para mí Cataluña es España. una parte de ella, una pieza inseparable del todo y no se puede entender a Cataluña al margen de España. Había en Serrahima una voluntad de apartismo. En todo caso, nada comparable con la situación actual. Mucho peor.
—A Serrahima le dolía que usted hablara sobre Cataluña.
—En una ocasión di una conferencia sobre el poeta Maragall. Uno de los asistentes dijo, en el coloquio. que yo no estaba capacitado para entender a Maragall porque yo no soy catalán. Le respondí que nunca había llegado a pensar que se tratara de algo tan misterioso como el alma tibetana.
—A la vista del ascenso de los nacionalismos y el agravamiento de los problemas, ¿ha valido para algo tanto esfuerzo apologético y de pura racionalización?
—También han aparecido soluciones.
—¿En el País Vasco también?
—El problema del País Vasco es ETA. Lo de Cataluña tiene sus pegas. pero lo que está mal es el País Vasco. Porque hay miedo, y donde hay miedo no se puede votar con libertad y no puede hablarse de elecciones libres.
—Usted ha escrito que no hay vida «vividera» sin libertad.
—La gente vota por miedo al PNV. El temor no lleva a ninguna parte.
—Volviendo a los rechazos que su obra ha producido en el mundo progresista hay que recordar su posición en relación con EE.UU., con el Imperio.
—¿Imperio? Los EE.UU. mandan menos de lo que tendrían que mandar para la responsabilidad que tienen. A EE.UU. no se le perdona que nos haya librado de Hitler y de Stalin. Hay otros factores... Por ejemplo, los complejos de Europa ante EE.UU. Europa está muy floja.
—También en el pensamiento.
—También. Piensen que Francia es un país que no ha tenido jamás decadencia, hasta ahora, desde finales de los sesenta no ha aparecido nada nuevo. Es algo que nunca había ocurrido en Francia. Pero la crisis alcanza a Alemania. Gadamer. que no era de la talla de los más grandes, murió en el 2000 con 102 años... ¿Qué queda de aquel pensamiento fantástico que va de Wittgenstein a Heidegger?
—Habermas y poco más.
—Muy poquita cosa.
—El neokantismo es hegemónico. y eso lleva a un alejamiento de la realidad. ¿Usted no cree que una filosofía al margen de la vida acaba matando la vida y el pensamiento?
—La filosofía consiste en hacer transparente la vida.
—Hablamos antes del sentido de la trascendencia en Ortega. ¿Y el suyo?, ¿cómo define su religiosidad en estos momentos?
—Yo soy profundamente religioso y cada vez más específicamente católico. Las visiones más profundas del catolicismo están en las oraciones básicas. Lo malo es la faramalla con que se las rodea, las oraciones básicas son de una gran perfección. El credo, por ejemplo: hay que decirlo despacio. palabra a palabra. (...) La idea del hombre que se deriva de esa creencia, la idea del hombre como responsable, como esencialmente libre, que tiene que responder de lo que hace, que es libre, y que puede elegir, que está destinado a seguir viviendo…
—Habla usted de la muerte y de la otra vida.
—La gente admite con frivolidad increíble que cuando alguien muere acaba. ¿Cómo se va a acabar? El que crea eso es que no ha querido a nadie de verdad. La idea de que las personas se aniquilan es incomprensible, monstruosamente inverosímil... Si lo más grande que hay en el mundo es la persona, es lo más real que conocemos. decimos que nada se destruye, que se transforma, pero admitirnos que se aniquila el ser que somos cada uno. El hombre tiene que imaginar cómo puede vivir después de la muerte. En mi libro «La felicidad humana» hay un capítulo titulado «La imaginación de la vida perdurable». Yo digo que no será así, como digo, sino que será mucho más interesante pero basta con eso para desearlo.
—¿Es Europa para usted un hecho culturalmente cristiano?
—No se podría entender de otra manera.
—¿Y el Islamismo?
—Cuando cayó el muro de Berlín yo dije, al día siguiente, que el gran problema que nos acechaba era el islamismo.
ABC (Los domingos), 18 de diciembre de 2005, pp. 60-61.

viernes, 17 de noviembre de 2017

Charles Powell entrevista a John Elliott (ABC Cultural, 8 de noviembre de 1996)


Charles Powell entrevista a John Elliott
«LA IGNORANCIA DEL PASADO ENGENDRA ODIO»
John Huxtable Elliott, «Regius Professor» de la Universidad de Oxford, y titular, por lo tanto, de la cátedra de Historia más prestigiosa del Reino Unido, recibe hoy en Oviedo el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales de manos del heredero de la Corona. El jurado que le premió destacó en su día que Elliott es un «maestro de hispanistas reconocido internacionalmente por sus investigaciones sobre la historia de España, que ha encuadrado con acierto en el marco europeo y americano», y que «ha contribuido al conocimiento en el extranjero de la Historia española, deshaciendo tópicos y estereotipos sobre aspectos decisivos del pasado hispánico». Nacido en 1930 en la ciudad inglesa de Reading, que ha pasado a la historia de la literatura por haber albergado brevemente en su cárcel a Oscar Wilde, Elliott se educó en Eton College, el «public school» más elitista del país, a pesar de pertenecer a una familia relativamente modesta.

ETON se considera tradicionalmente la cantera de las clases dirigentes británicas, más que un semillero de académicos o escritores ilustres. ¿Cómo es que estudió usted allí?
-Desde el siglo XV, Eton siempre ha tenido 70 «scholars», es decir becarios que son seleccionados en función de su expediente académico y que no tienen que pagar nada. Yo fui uno de ellos. Los «scholars» vivíamos juntos, separados de los demás alumnos, en un edificio que se denomina simplemente «College»
Aprendiz de historiador
-¿Su afición por la Historia nació en Eton, debido quizá a la influencia de sus tutores, o es algo que surge más adelante?
-En realidad yo apenas estudie Historia entonces. Allí lo tradicional era dedicarse a las Clásicas, y en cuanto aprobé los exámenes oficiales pedí que me dejaran estudiar francés y alemán, lo cual no era muy frecuente entonces De hecho, cuando presenté el examen de ingreso en Cambridge, donde también fui becado. Lo hice en francés y alemán Pero una vez en el Trinity College, como mi conocimiento de estas lenguas era ya bueno, decidí hacer algo distinto, y optó por estudiar Historia
-Quienes hemos estudiado en Oxford o Cambridge solemos darle mucha importancia a la influencia qué ejercieron sobre nosotros nuestros tutores ¿Comparte usted esta impresión?
-En el Cambridge de mi época había unos profesores extraordinarios, entre los cuales destacaría a Herbert Butterfield, pero confieso que en mi caso lo más importante fue la posibilidad de leer todo cuanto caía en mis manos Como sabe, en el fondo, la lectura guiada, tutelada, es la clave del sistema de Oxford y Cambridge más que la enseñanza formal.
-¿Cuándo y cómo decidió usted convertirse en un historiador profesional, en ingresar en el mundo académico?
-Yo había pensado ingresar en el Foreign Office y hacerme diplomático, pero en Cambridge me enamoré de la Historia, y pronto comprobé que no se me daba mal. Fue una decisión gradual.
-Ha hecho usted referencia en vanas ocasiones a la importancia que tuvo su primera visita a España, en 1950, cuando descubrió a Velázquez en el Museo del Prado, y sobre todo, el impacto que le causo el retrato ecuestre del Conde-Duque de Olivares. Todo esto me recuerda un poco la autobiografía de Edward Gibbon en la que cuenta como le surgió la idea de historiar la caída del Imperio Romano durante un paseo por las ruinas del Foro ¿No será una reconstrucción de los hechos realizada a posteriori?
-No, no en absoluto, En 1950, cuando todavía estaba en Cambridge, y aprovechando las largas vacaciones de verano, vine a Esparta en una furgoneta destartalada en compartía de otros estudiantes. En aquel entonces no sabía nada sobre el país, ni entendía una palabra de español.
-¿Y qué impresión te causó?
-Lo que más me sorprendió fue la enorme dignidad y generosidad de unas gentes que vivían en condiciones bastante lamentables, sobre todo en el Sur Fue mi primer contacto con la pobreza extrema. Dormíamos en pensiones de mala muerte o al aire libre. Apenas teníamos dinero, y la gente nos regalaba comida, aunque no les sobrara. Fue un viaje magnifico Lo que más me impresionó fue la belleza arquitectónica de algunas ciudades, y también el pasaje ¡Pensara que no soy original, y que pertenezco a ese elenco de ingleses que se ha enamorado de España a primera vista, pero así fue!
-A mi padre también le sucedió, y se quedó a vivir aquí.
-A veces me pregunto qué habría sucedido si hubiese conocido Italia antes que España ¿Me habrá dedicado al estudio de la historia italiana? Es posible.
-¿Y qué sucedió cuando regreso a Cambridge?
-Mi visita -¡ya histórica!- al Prado hizo que me interesara por la figura del Conde-Duque, y no tardé en comprobar que se había escrito muy poco sobre su figura. Pero en aquel entonces todavía no tenía intención de dedicarme profesionalmente a la Historia. Sin embargo, el país me haba gustado tanto que regrese para hacer un curso de español en Santiago de Compostela. Y cuando termine la carrera decidí que valía la pena seguir en la Universidad, y dedicarme a la investigación.
-¿Tuvo claro desde el principio lo que quería investigar?
-No Durante algún tiempo pensé incluso dedicarme a la historia inglesa del XVIII. Pero España me atraía mucho, así que fui a ver a Butterfield, que me animó a especiarme en temas españoles porque en Cambridge no había casi nadie que supiera algo sobre este país A mí me atraía mucho la idea de investigar en e1 extranjero, me parecía una aventura Butterfield fue mi director de tesis aunque no sabía nada sobre España Pero yo lo que más necesitaba era el consejo de un buen historiador que me dejara investigar por libre
-¿Y cómo se preparó para investigar en un país que apenas conocía, cuyo idioma todavía no hablaba bien, y cuyos archivos planteaban problemas de todo tipo?
-Como sabe, en nuestro sistema no se nos enseba a investigar, porque eso es algo que uno tiene que aprender por sí mismo, a base de cometer errores. Yo estuve un año en Cambridge mejorando mi español y, viendo lo que había en la Biblioteca Británica, y al año siguiente me instalé en España. Primero fui a Simancas, donde no encontré los papeles del Conde-Duque que buscaba, porque se habían destruido al incendiarse el Palacio de Buenavista. Fue entonces cuando tuve que optar entre las dos rebeliones de 1640, la catalana y la portuguesa, y opté por la primera, porque pensé que me permitiría conocer mejor la Monarquía española en su conjunto.
Tensión creativa
-Y de allí se fue a Barcelona
-Así es. En Barcelona tuve la enorme fortuna de conocer a Jaime Vicens Vives, que en mi opinión fue el mejor historiador español del siglo XX. A pesar de que yo era tan sólo un joven aprendiz de historiador, me recibió con los brazos abiertos. Ya entonces tenía un grupo de discípulos muy buenos –Nadal, Giral, Reglé- que me «adoptaron» de inmediato, gracias a lo cual pude participar en todas sus reuniones y debates. También me ayudaron en los archivos
-¿Qué influencia tuvo este círculo de historiadores catalanes sobre su trabajo posterior?
-Creo que mucha tenían como objetivo común la desmitificación de la historia de Cataluña, y como el material que yo iba descubriendo me llevaba en la misma dirección, creo que hice mías muchas de sus premisas Sin embargo, al mismo tiempo, yo me había sumergido en la sociedad catalana, y era cada vez más consciente de las reivindicaciones de carácter catalanista. Trataba mucho a Soldevila, por ejemplo, que era un nacionalista convencido, y que se portó muy bien conmigo. Pero no dejaba de ser una situación incómoda, porque cuando le hablaba de mi trabajo, aquello no era lo que él quería escuchar. Yo estaba sometido a una cierta tensión, una tensión muy creativa; que fue importante en mi desarrollo como historiador.
-¿Cómo era la Cataluña que conoció usted a finales de los 50?
-Pues una sociedad compleja, fascinante y en cierta medida todavía traumatizada por la guerra civil. Desde el principio, tuve una percepción muy clara de lo que representaba para mucha gente la identidad nacional catalana. Y, por supuesto, comprendí que era imprescindible aprender catalán, para to cual lo mejor era irme a vivir con una familia catalanoparlante. Puse un anuncio en «La Vanguardia», ¡y tuve casi cien ofertas! Aprendí muy rápidamente, y en poco tiempo mi catalán era casi mejor que mi castellano.
-Debió ser muy interesante explorar Cataluña con tanta libertad estando todavía en pleno franquismo. ¿Tuvo algún problema con las autoridades durante aquella época?
-En una ocasión participé en un programa de Radio Barcelona, y me censuraron. Era un programa literario, y me había permitido la frivolidad de escribir algo ¡sobre el placer que producía la lectura del Quijote en traducción inglesa! En fin, una típica broma inglesa que no sentó bien. Poco después cuando escribí mi primer artículo sobre la rebelión de los catalanes para la revista «Estudios de Historia Moderna», Vicens Vives me aconsejó que no lo publicara en castellano porque era demasiado provocador, en vista de lo cual lo publiqué en una revista catalana.
-Ya que estamos hablando sobre Cataluña, ¿no le ha preocupado nunca que sus trabajos pudiesen ser utilizados por ciertos políticos para fines partidistas, es decir, para manipular la Historia? Me viene ahora a la memoria una cena que organizamos en honor de Jordi Pujol en Oxford hace algunos años, en la que usted estuvo presente, y en la que Pujol demostró conocer muy bien su libro «La rebelión de los catalanes» (1963), del cual extraía conclusiones un tanto curiosas.
-Bueno, cuando publicas un libro éste deja de pertenecerte, porque pasa a ser de dominio público. Por otro lado, es inevitable que los políticos hagan la lectura que más les interesa. Es posible que Pujol haya hecho una interpretación partidista, pero también es cierto que cuando publiqué «El Conde-Duque de Olivares» (1990), Felipe González no tardó mucho en encontrar las citas que le venían bien. Por mucho que procuremos ser objetivos, nuestros libros no pueden dejar de tener vida propia.
-Usted publicó «La rebelión de los catalanes», una versión ampliada de su tesis doctoral, en 1963. El primer libro suele ser fundamental en la carrera de un historiador, y no siempre resulta fácil pasar al segundo. ¿Tuvo usted este problema?
-Cuando volví a Cambridge y me hicieron «Research Fellow», quise enseñar un curso general sobre la España de los siglos XVI y XVII, y así es como nació mi siguiente libro, «La España imperial, 1469-1716», publicado también en 1963. Me llena de orgullo saber que es un texto que todavía se usa mucho en las universidades anglosajonas, y quizá también en las españolas, porque no es fácil escribir obras de síntesis.
Generación posimperial
-En su caso, por lo tanto, ha existido siempre una relación muy estrecha entre lo que ha enseñado y lo que ha escrito a lo largo de su vida.
-Sí, eso es algo que me parece fundamental. Mi siguiente libro, «Europa dividida» (1968), también pretendía Henar un vacío que había descubierto al intentar enseñar la historia de Europa de esos siglos. Fue un libro que me llevó mucho tiempo y trabajo, porque era muy complicado de escribir.
-¿Qué le llevó a dedicarse al estudio de un imperio en decadencia? ¿Fue el contraste entre el esplendor perdido y la España del XVII, o los esfuerzos realizados por personas como el Conde-Duque para evitar el declive?
-Seguramente ambas cosas. Recuerde que ye pertenezco a la primera generación de la posguerra, una generación posimperial, y que en los 50 se hablaba mucho del declive económico británico, y de la pérdida de influencia en el mundo. Aunque entonces no fuese plenamente consciente de ello, creo que en mi trabajo estaba buscando las similitudes, los puntos de contacto, entre el declive británico de la segunda mitad del XX y la crisis del XVII en España. Tampoco olvide que aquella fue la era de Attlee, que llegó al gobierno en 1945 con muchos planes bienintencionados para frenar la decadencia del imperio, muchos de los cuales no pudieron llevarse a la práctica, o tuvieron un efecto no deseado. Algo parecido sucedió con el Conde-Duque de Olivares. El debate sobre el declive británico cobró todavía más fuerza en años posteriores, lo cual me hizo ser cada vez más consciente de la existencia de cierto paralelismo entre mi obra y la época que me había tocado vivir. Y cuando finalmente escribí el libro sobre el Conde-Duque, ya en los 80, no pude evitar la sensación de que estaba historiando el thatcherismo; es decir, un experimento fallido de modernización acelerada.
-Cuando usted obtuvo el Premio Príncipe de Asturias un historiador español escribió que «el mejor elogio que se me ocurre de John Elliott es el de que no es un hispanista; es un estudioso, minucioso y ameno de esa España imperial que para bien y para mal fue archieuropea». ¿Qué le parece este comentario?
-Estoy absolutamente de acuerdo. De hecho, no me gusta la etiqueta de «hispanista», porque lo que he pretendido demostrar a lo largo de mi carrera es que España, con sus similitudes y diferencias respecto a otros países, es parte de Europa, y ha hecho una contribución magnífica a la civilización europea. La definición de -hispanista» es excesivamente casticista, por decirlo de alguna manera. La España a cuyo estudio he dedicado toda mi vida era profundamente europea y también, cómo no, muy americana.
-Durante los últimos meses ha surgido en algunos medios un interesante debate sobre la enseñanza de la Historia tanto a nivel secundario como en la Universidad. La ministra de Educación, por ejemplo, se lamentaba hace poco del «calamitoso estado de la enseñanza de la Historia» en España, que en la enseñanza obligatoria «se ha reducido a un somero estudio de la Edad Contemporánea, por no decir lisa y llanamente del mundo actual». ¿Qué opinión le merece este comentario?   
-No conozco lo suficiente el sistema educativo español como para enjuiciar este diagnóstico, pero en todo caso me parece muy grave que no se estudie en absoluto la Historia Moderna. ¿Cómo comprender lo que es y ha sido España -y no sólo España, sino también Europa y América- sin conocer los siglos XV, XVI y XVII? Me parece muy ben que se conozca a fondo la era contemporánea, pero ¿cómo se puede analizar el conflicto centro-periferia, por ejemplo, sin conocer la Monarquía de los Austrias? Precisamente durante esta estancia en España voy a dar varias conferencias sobre el tema de la unidad y la diversidad en la Monarquía de los Austrias, que me parece fundamental.
-¿Existe un debate comparable sobre estas cuestiones en el Reino Unido?
-A lo largo de los 80 y 90 se han debatido mucho estas cuestiones, y no sólo en el Reino Unido. Me preocupa mucho la existencia de una generación de jóvenes europeos que carecen por completo de sensibilidad hacia el pasado, que lo desconocen casi todo sobre sí mismos y sobre los demás. ¿Cómo podemos pretender que estas nuevas generaciones sean más tolerantes que las anteriores, cuando la ignorancia engendra naturalmente la desconfianza e incluso el odio?
El término medio
-En países como España y el Reino Unido existe una dificultad adicional, por el hecho de ser Estados donde coexisten diversas lenguas e identidades nacionales. Seco Serrano, por ejemplo, ha denunciado en ABC la deformación a la que conduce la excesiva «regionalización» de la enseñanza de la Historia, hasta el punto de que en determinadas Comunidades Autónomas resulta imposible «la conceptuación real de España como nación de naciones». ¿Qué opina al respecto?
-Es un asunto muy delicado. Este es un debate que también hemos tenido en el Reino Unido, y que incluso ha llegado a Oxford, ¡donde las cosas siempre tardan un poco en llegar! Cuando usted estudió en Oxford se enseñaba Historia de Inglaterra, que desde hace algunos años denominamos Historia de las Islas Británicas Pero todavía son muy pocos quienes escriben historia británica, y no sólo inglesa, galesa, escocesa o irlandesa La clave está en escribir historia teniendo en cuenta la relación mutua entre los diversos reinos que se unieron para crear un ente mayor. Eso fue lo que quise reflejar hace ya muchos años en «La España imperial»: el diálogo, no siempre fácil, entre el centro y la periferia. Evidentemente, hay que reconocer el papel predominante que jugaron Inglaterra y Castilla, respectivamente, durante dos o tres siglos, e intentar comprender el juego centro-periferia que se produjo a partir de entonces.
-Pero, ¿cómo encontrar el término medio?
-Ésa es la dificultad. Tan peligroso seria que sólo se estudiase la Historia desde el punto de vista de la periferia como que se hiciera sólo desde el centro. Todo lo que no sea reflejar adecuadamente la relación entre un ámbito y otro es deformar el pasado.
-Tengo entendido que ha querido aprovechar su estancia en Madrid para reunirse, en compañía del historiador del arte Jonathan Brown, con el director del Museo del Prado, Femando Checa.
-En efecto. Ambos pertenecemos al comité científico del Museo, y tenemos mucho interés por conocer sus planes para el futuro del mismo.
-Dada su pasión por el Prado, ¿ha seguido usted de cerca la controversia suscitada por el reciente concurso?
-Así es. No soy un experto en la materia, y no he podido ver todavía los diversos proyectos presentados. Sin embargo, opino que sería un error que el Prado del siglo XXI invadiese toda la zona adyacente: no soy partidario de un «macromuseo». En lo que a los Jerónimos se refiere, aunque no conozco bien los detalles, me parece que sería mejor dejarlo estar. En cambio, no me parecería mal trasladar el Museo del Ejército a Toledo, como se ha sugerido, liberando así el Casón del Buen Retiro para otros usos. Sería magnífico reunir allí los cuadros que Felipe IV colgó en el Salón de los Reinos, que forman un conjunto excepcional. Al fin y al cabo, sólo se ha perdido uno de los cuadros que conmemoraban la gloria de la dinasta y los triunfos del reino. En sí mismo, ello constituiría una magnifica lección de Historia de España. El Prado no es sólo un museo excepcional, sino también un instrumento único para la enseñanza de la Historia de España, al que se le podría sacar más provecho. En todo caso, es una pena que haya muchos cuadros que no salen nunca de los sótanos del Museo por falta de espacio.
-Dado lo que comentábamos antes sobre la fascinación que le produjo el retrato del Conde-Duque de Velázquez, es evidente que en usted la sensibilidad histórica y la artística han ido estrechamente unidas.
-Siempre he dado mucha importancia a la dimensión plástica, visual, de la Historia. El mero hecho de descubrir qué aspecto tenían los grandes protagonistas de cada época es un buen punto de partida. De ahí podemos pasar a preguntarnos sobre los artistas que los retrataron, sobre la función del mecenazgo, y lo que todo ello nos puede decir sobre una sociedad concreta. Así es como escribí «Un palacio para el Rey» (1980), con Jonathan Brown, sobre el Buen Retiro. Había leído el famoso trabajo de Hugh Thomas sobre el «Dos de Mayo», y le dije a Jonathan: «¿Por qué no hacemos algo parecido sobre “La Rendición de Breda'?». Pero pronto comprendimos que Felipe IV no había hecho un encargo aislado, sino que tenía en mente un conjunto, que luego iría tomando forma en el Salón de Reinos. Y así nació el libro, como verá ¡le debo mucho al Prado!
-Usted pasó 17 años en Princeton, entre 1973 y 1990, en el Instituto de Estudios Avanzados. ¿Qué recuerdo guarda de su etapa americana?
-Un recuerdo magnífico. Aquello era lo más parecido al Paraíso. ¡No tenía estudiantes! Ello me permitió dedicarme plenamente a la investigación, algo que no pude hacer ni antes ni después. También me permitió llevar allí a muchos profesores visitantes españoles, entre ellos Gonzalo Anes y Felipe Ruiz Martin, y tener conmigo a varios ayudantes, como José Federico de la Peña, con quien luego publiqué los «Memoriales y cartas del Conde-Duque de Olivares» (1980). Estaba tan a gusto que pensé pasar allí el resto de mi vida.
«Terra incógnita»
-¿Se arrepiente de haberse convertido en «Regius Professor» de la Universidad de Oxford en 1990?
-No, no, en absoluto. Acepté el nombramiento, que era un nombramiento Real, porque para mí Oxford era «terra incognita». El papel del «Regius Professor» es complejo, y no está bien definido. En realidad soy simplemente un «primus inter pares», lo cual me permite ejercer cierta influencia, aunque tenga poco poder. ¡A pesar de que la Universidad de Oxford sigue instalada en el Antiguo Régimen no me dejan hacer de Olivares!
-¿Ha podido llevar a la práctica todos sus proyectos durante estos seis años?
-No todos. Lo que más me gustaría es reforzar el estudio de la Historia de España en Oxford, sobre todo de la Edad Moderna. Lo ideal serla dotar una nueva cátedra de Historia y Civilización Española, pero eso cuesta mucho dinero, y necesitaríamos la ayuda del sector privado. Si sus distinguidos lectores andan buscando una buena causa, ¡ya la han encontrado!
Charles POWELL
ABC Cultural, 8 de noviembre de 1996, pp. 16-19

domingo, 5 de noviembre de 2017

Baltasar Porcel entrevista a Juan Perucho (Destino, 13 jul. 1968)



JOAN PERUCHO
ENTRE MAGIAS, EROTISMOS Y GASTRONOMIAS
CAE un chaparrón compacto y desciende, rápida, una capa de agua turbia y rumorosa por la embocadura de la avenida de la República Argentina, al pie del Tibidabo, cuyo monte oscuro apenas se perfila entre el aguacero plomizo y tupido. Avanzo medio cegado y siento mi pelo, la barba, embutidos de agua. Son los últimos días de primavera.
Joan Perucho vive aquí, en un quinto piso, y posee un gato espabilado que sabe abrir las puertas colgándose de las manecillas. De la casa de Joan Perucho se ha escrito a veces que la pueblan seres de profunda tenebrosidad: que en un rincón el aire adquiere espesor tembloroso y deja vislumbrar vagas formas satánicas que ríen en silencio, hasta que el escritor musita vocablo hebraico o su mujer aplasta un ajo. cuyo olor acre impregna la cámara; entonces suena un chasquido lejano y súbito, se oye un gemido ahogado y animal; y la condensación del aire se esfuma dejando un rastro de suave fetidez, mientras en un espejo vecino se ha reflejado por un momento, un momento que nadie sabe si ha sido tan sólo imaginado, la imagen daguerrotipica de un caballero con bombín y casaca que alguien sabe de modo incierto que clavó un puñal de plata en el corazón de una doncella muy rubia y mórbida, hija de un importador de especias que era íntimo amigo de don Bonaventura Carles Aribau.
Claro está que todo esto es mentira y que el gato ligero es el único ser no estrictamente humano que pulula por el piso de Joan Perucho. Aunque él, con envarada gravedad, enseña un pequeño cachivache escultórico que tiene sobre una mesilla: «Es un terafim de Aulestia — dice —, y un día hablará.» A mí el trasto me parece una hucha con cara de burro cansado. Veremos qué ocurrirá. De momento, prefiero escuchar la charla del escritor.
— En mi poesía había ya en germen lo que tenía que ser mi obra actual. Desde el lirismo puro de los primeros libros, el verso, la poesía estricta desaparece y comienzo a introducir en los poemas un lenguaje declaradamente coloquial y personajes que dialogan, desde Ramón Montaner a Jack el Destripador. Además, me di cuenta que el canto del verso en la poesía moderna ya no era posible: se convertía en un mustio convencionalismo. El poeta ya no puede cantar por ejemplo: "Y es duro campo de batalla en lecho", o aquello de Mallarme "La chair est triste, ¡helas! et j´ai lu tous les libres”, o, aun, el verso de Prudencio: "Ad tuba tantarantara dixit” Imposible, ¿no te parece?, imposible. Para mí, al menos. Así, el mundo de las figuras parlantes y de las descripciones coloquiales se me fue agrandando, a la par que se me cerraba la cárcel del verso. Entré en la prosa. Pero sin perder el punto de poesía que tenía en el verso: procuro que cada línea de prosa que escribo tenga una cierta poesía. ¿Que qué me interesa, literalmente? Mira, en tanto que artista la realidad no me gusta absolutamente nada v entonces intento no aburrirme: fabulo. Es lo que acaban de hacer los estudiantes de París: luchar contra el aburrimiento de la civilización industrial. Yo creo que el mundo está hecho a patadas, que las cosas no marchan, que reina la injusticia. ¿Cómo, dices que una cafetera italiana marcha muy bien, que los ferrocarriles corren con perfección, que la medicina social inglesa es fructífera, que hay infinitamente menos injusticias hoy que cien años atrás? Bueno, será en tu opinión. Para mí, insisto, para mí no marcha. Entonces yo invento otro, en el cual soy el gran mago y todo en él me obedece. Allí soy feliz porque la magia sustituye a la realidad. Es mi gran reserva en esta vida. Pero no sólo mía, fíjate bien, porque yo escribo para muchos: la capacidad del hombre para maravillarse es total y absoluta, vigente siempre. Escribir para uno mismo no tiene sentido. Escribo porque sé que hay personas a las que mis papeles les suscitan una determinada gracia En preparación tengo varias novelas, pero me falta tiempo. Un argumento que un día pienso realizar es el de la historia de la concubina de San Agustín. Será una novela con mucha arena calcinada en los desiertos africanos, con un montón de citas de los Padres de la Iglesia y con un personaje femenino. Egeria, que será una hispanorromana de Tarragona y circulará por Cartago y conversará y verá una gran cantidad de cosas muy mágicas, porque allí Simón el Mago realizará inmensos prodigios. Entonces, habré escrito tres novelas sobre tres épocas capitales de Cataluña: esta de la concubina agustiniana, será sobre la Cataluña románica; el «Llibre de cavalleries» sobre la Cataluña medieval; «Les históries medievals», sobre la Cataluña de la Ilustración y de la Renaixença.
Mira vagamente receloso. Joan Perucho, cuando comienza a hablar de un tema. Y suelta las primeras palabras con cautela, como al desgaire, observando de reojo al interlocutor —bueno, a mí—. Para ir caldeándose velozmente y proferir una apasionada exposición de sus ideas, de sus imaginaciones. La cual, a medida que crece, se materializa también en todo su cuerpo: salta en la silla, se remueve, agita los brazos y las piernas, se levanta y da pasos casi gimnásticos, un nerviosismo exaltado le abrillanta los ojos y dispara sus extremidades. A contraluz de una ventana, en la tarde mortecina, la silueta agitada de Joan Perucho semeja una juguetona sombra chinesca. Porque en los redondos carbunclos que tiene Joan Perucho como ojos, luce siempre una chispa recóndita, cierta, de ironía adolescente.
— Pero ahora no puedo dedicarme a la novela. Estoy metido en la actividad periodística, escribiendo varios artículos a la semana. Me interesa enormemente porque me hace el efecto de que estoy en contacto directo y constante con los lectores. Publicar un libro cada dos años no produce la impresión de tener una proyección inmediata y masiva. Con el periodismo tengo muchísimos más lectores: una gigantesca cantidad de personas no compran nunca un libro: en cambio, adquieren diarios y revistas. ¿Si la obra periodística me parece más banal o menos profunda que la publicada únicamente en libro? No. porque si se hace con conciencia profesional, con exigencia, se sostiene y permite con toda naturalidad ser recogida después en libro. Luego, el escribir en la prensa resulta económicamente muy provechoso, lo cual es también importante. En fin, tú mismo te mueves también por caminos parecidos. Es errónea, en este aspecto, la posición del escritor que se cierra en los medios minoritarios de difusión ¿Que mi actitud te parece de un realismo incuestionable, sin fuga mágica alguna? ¡Hombre, claro! Yo te hablaba del mundo mágico como creador, que es el que potencialmente me interesa. No como sistema de vida, que forzosamente y evidentemente tiene que desarrollarse en la sociedad actual y sus determinantes. Y te diré, incluso, que la literatura realista, que como creador, insisto, me tiene sin cui dado, me interesa como lector. Porque en el fondo no tiene importancia que un libro sea realista o no: lo esencial es la magia que posee, la forma de decir las cosas que tiene un escritor. Sólo por el tema, no es necesario acudir a ningún creador. Basta ir al sociólogo, al ensayista. Y si resulta que determinado escritor lo tiene todo, una forma fascinante y un fondo trascendental, sombrerazo por triplicado. Mira: puede hacerse una literatura sobre la vulgaridad, pero jamás de una manera vulgar. ¿Que escritores me interesan a mí? Apunta: Jorge Luis Borges, Chrétien de Troyes, Álvaro Cunqueiro, Villiers de l'Isle Adam, Italo Calvino, el André Pieyre de Mandiargues de «La motocyclette», el Julian Ayesta de «Elena o el mar de verano», el Sánchez Ferlosio de «Alfanhui», H. P. Lovecraft —del cual fui el primero que habló aquí, dicho sea de paso—, Julio Cortázar, el Jordi Sarsanedas de «Mites»...
Del Joan Perucho poeta poco o nada puedo decir. Es un género literario, el de versificar, que no encaja con mi modesto temperamento. Del Perucho prosista, ya me atreverla a explicar algo más. De entrada, que es un fabulador extraordinario y original y un escritor poseedor de un lenguaje rico, expresivo, aterciopelado. Abrir un libro suyo es penetrar en un universo insólito, irónico y sensorial. Realmente al azar, tomo su «Les histories naturáls» y leo en la primera página que se me presenta: «En aquest moment se senti una estranya vibració que semblava sortir d'un arbre molt pròxim, de fullatge esplendorós i espessíssim. Les branques, primer, començaren a oscil·lar i anaren descendint a mesura que la vibració fou mós forta. Novau tingué un surt í saltà precipitadament de la cadira de vimet.
»Es l’hora de l’àpat — digué el nostre cavaller perfectament immutable—. Es tracta d’una curiosa espècie d’arbustació carnívora. No temeu. He fet molts de sacrificis per tal d’aclimatar-la a la nostra terra. Winckelmann, un naturalista alemany, de prestigi provat, m'escriví, ja fa temps que el gabinet de Física de Sa Reial Majestat pagaria, a tocar i tocar, deu unces d’or per tal de posseir-ne un petit esqueix.
»Mentre deia aquestes paraules. Antoni de Montpalau picà de mans, amb molta pulcritud, i vingué Sllveri. ei lacai encarregat de les plantes. Duia una enorme ratera de filferro amb una gran munió de rates de claveguera a dins, que xisclaven enfellonides.
»Sllveri obri la ratera a poca distància de la soca i s’apartà amb prudència. Sortiren les rates vacil·lants, atordides per la vibració, i tot seguit es desplomà ràpid el voraç brancatge. Ni una de sola no se n'escapà. Lentament, l’arbre recuperà la seva posició i, una vegada digerides les rates, s’obriren les fulles i caigueren a terra uns diminuts esquelets color de marfil vell.
»Es féu un silenci. De la galeria del palau veí dels Bonaplata se sentiren uns aires de pavana tocats delicadament al clavicordl per Ramonet, l’hereu del llinatge, que tingué un fill d’estranquis amb Pepeta, la cambrera, aquella que enviaren a Sarrià de masovera, a corre-cuita, i morí de sobre-part
El clima de beatitud era perfecta La carnívora es deixava agombolar dolçement per la brisa i l’engrescament melódic. Tot premía un caire intemporal.»
Yo creo completamente en el universo mágico. Creo en los platillos volantes, que son objetos misteriosos. Creo en el aurea picuda, que era un ave extraña que cantaba de una forma inaudible. Creo en las transposiciones de tiempo, que sin la menor duda han existido Creo en todo esto y si supiera su explicación ya no me interesaría. Yo, no obstante, jamás he visto nada de todo ello ni he presenciado sus fenómenos. Pero imaginarlo excita mi gozo de vivir. Y quién sabe si con el tiempo me será dado coexistir con esas magias prodigiosas... En cambio, estas adivinas de ahora, los herbolarios, las brujas con consultorio y tarifa y anuncios en la prensa, nada de esto despierta mi curiosidad Cataluña es, además, un país con sobrados elementos fantásticos. Nos lo indica el mismo folklore: hay "dones d'aigua" —mujeres del agua—, el Comte Amau, la Patum, Sant Jordi y el dragón... De pequeño, vi en Barcelona casas que los vecinos habían abandonado porque decían que estaban encantadas Lo que ocurre es que el catalán ha tenido que trabajar mucho y que cada dio hay más prisas y ruidos y no está la gente para magias. Pero cuando la vida era más sosegada, se percibían más fenómenos sobrenaturales. Si no, mira Galicia: el paisaje, el clima neblinoso, la existencia apacible, provocan innumerables misterios. ¿Tú opinas que la magia y los misterios son imaginaciones de pueblos pobres y hambrientos? No, no, de ninguna manera. Aunque reconozco, si, que la riqueza va más ligada a las cosas materiales y tiende menos a la fantasía. El pobre, a más carencias, más se inclina a refugiarse en la imaginación. Es un poco como con el mito de James Bond: en general la persona humilde al encontrarse frente a James Bond se ve a sí misma como otro Bond, se autoimagina un tipo guapo, hercúleo, con mozas sensacionales... No sé, pero más que pobreza o riqueza, la imaginación va ligada a la cultura o a su falta. Pero no te precipites ni deduzcas que soy un explotador medieval del proletario: la problemática social es algo al margen de todas estas lucubraciones.
Sorbe la tercera taza de café. Joan Perucho, moja los labios en una copa de coñac y enciende el vigésimo quinto cigarrillo. Aumenta su presión sanguínea y su bailoteo gesticulante sobre la silla. Habla con más ardor. Sonríe con más ironía. Es hombre de estatura media, con frente despejada y cuello breve, cara evidentemente llena y cuerpo que adquiere, con parsimonia, rechonchez. Se le agrísa el cabello. Y viste con discreción.
Acaba de publicar Joan Perucho, la versión castellana del «Llibre de cavalleries» y el libro de relatos «Nicéforas y el grifo», cuya versión catalana. «Aparicions i fantasmes», se imprimirá pronto; al mismo tiempo, prácticamente, que otro mamotreto suyo, ilustrado con profusión: «La sonrisa de Eros».
— Si, entre lo que me interesa de veras está el erotismo. El erotismo es una cosa mental y que únicamente existe cuando hay la sensación de transgredir una norma, sea jurídica o moral. Por ello los más grandes eróticos son los católicos: porque tienen la conciencia del pecado. Todo lo que no es erótico en la relación de los sexos, es pura sexualidad, en definitiva sexualidad animal. Los que desean normalizar la sexualidad son los suecos, y por ello están tan aburridos. Sin un incentivo erótico, la sexualidad cansa. ¿Que si soy una persona erótica? ¡Eh, eh, no, no, no quiero decir nada sobré mí! Tengo cuatro hijos que van a la escuela e imagina lo que pasaría si sus compañeros les dijeran: "Tenéis un padre erótico". En la actualidad, considero que quizá la invención erótica más tremenda que se encuentra es la minifalda, crea en el subconsciente del hombre la impresión de que va con una menor. Es diabólico. Y es probable que cuando la señora Mary Quant inventó la minifalda pensara en los hombres de cuarenta años... En efecto, la gastronomía es otra de mis preocupaciones básicas: porque la gastronomía es un acto espiritual sobre la simple materialidad del comer. La cocina natural me gusta, sin duda. Pero lo que realmente me fascina es la cocina con invención química, la que emparentó con los alquimistas. Es una cocina erudita, sabia, y se diferencia de la cocina popular en que mientras ésta viene determinada por los productos de la geografía y del tiempo, la otra es fruto del hombre que trabaja en un laboratorio con un gran diccionario. Alquimia, como te digo. Sólo hay una cocina popular que sea a la vez milagrosa: la paella valenciana Es una mezcolanza descomunal pero acertada. Es el plato de cocina española más conocido en el mundo. Aunque, a mi entender, el plato más importante de la cocina nacional es la fabada asturiana. De Cataluña, si tuviera que escoger un plato importante y característico, quizá señalaría la xamfaina... En cuanto a vinos son excelentes los del Priorato, pero demasiado fuertes. Son peligrosos, los vinos catalanes: si tienes sed, acabas en el suelo completamente borracho. Los más potables de la Península son los de la Rioja, aunque sean los menos originales: fueron plantados con cepas francesas en tiempos de Carlos III. Pero los grandes vinos españoles son los del Sur, los vinos generosos, desde el jerez a la manzanilla.
Estamos en una sala, dividida en dos dependencias. Hay un severo reloj de pared. Quisiera tener uno. Cuelga un Tapies, que figura un ser —«L’escarnidor de diademas»— con aspecto de nadador submarino o de indio. Y dos Cuixart: el uno, de rayitas complicadas; el otro, una repugnante señora desnuda. Sobre un arca de marinero, lucen puñales y pistolas. Son exhibidos dos linóleums de Picasso, dedicados. Cerca, hay una corneta de soldado. Y un par de Miró: rayas de forma pajaril y soles y lombrices de colores. También, un «cómic» gigantesco: una chica con cara de mema habla en inglés por un micrófono.
Y en las repletas estanterías, libros de hoy y una vasta serte de particularidades: los cuarenta y siete volúmenes. Impresos en el peripuesto siglo de las luces, de la «Encyclopedie ou dictionnaire raisonnés des Sciences, des Arts et des Métlers»; los nueve tomos de la colección completa del «Papitu»; el «Diccionario infernal», de Collin dé Plancy; los «Opúsculos gramático-satíricos», de don Antoni Puigblanch; la «Crónica general de España», de Florián de Ocampo... Un laboratorio alquímico, cuyos materiales refuerzan con tinte dieciochesco las narraciones de Joan Perucho.
— ¿Mi impresión sobre la mujer? ¿Que pregunta más sorprendente! Bueno, te la daré, aunque la conclusión a que he llegado es, tal vez, un poco dura: la mujer existe sólo en función del hombre, que es el único que puede apreciarla. Si una mujer se viste con elegancia o cocina bien, lo hace para agradar al hombre. No para otra mujer. Y si se perfuma o se cubre de joyas, que son atributos mágicos, actos de sacralización, lo hace para el hombre. La mujer vive para el hombre aquí y en todos los países del mundo.
Me voy y todavía diluvia con virulencia. Joan Perucho ha quedado en la penumbra de su casa, maliciosos los ojos excitados, satisfecho y burlón en sus quimeras mágicas, eróticas, gastronómicas, que danzan en su desbordado ilusionismo cerebral. El país se enriquece contando con la singularidad de Joan Perucho. Es notorio. El país, también, se desintegraría en una kermesse sensual y fantástica si esas zonas mentales de Joan Perucho encarnaran en la realidad. Felizmente, de momento este mundo y sus leyes son más o menos para nosotros, los que intentamos Incluirnos, cada vez más, en la sociedad industrial.
Entre otras razones porque es más agradable leer en los libros de Joan Perucho que existen vampiros y hombres lobo, mientras en la cocina funciona una excelente nevera eléctrica y el motor del automóvil marcha con regularidad, que no vivir en un cuchitril o en un caserón con telarañas y bujías vacilantes, mientras un vampiro horrísono, negruzco y canallesco te cerca para destrozarte el cuello a mordiscos y chuparte un par de litros de sangre.

Destino (Los encuentros de Baltasar Porcel.),
Año XXXI, Nº. 1606 (13 jul. 1968), pp. 32-33.