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sábado, 15 de febrero de 2025

"Una tarde en Milán" de Víctor Alba (Pueblo, 8 de noviembre de 1980)


Trabajadores en la antigua fábrica Olivetti de Ivrea

UNA TARDE EN MILÁN

SI los rusos invadieran un día Suecia, devolviendo la «visita» que les hiciera en el pasado Gustavo Adolfo, lo primero que harían los agentes de la KGB acompañantes de las tropas invasoras, sería sin duda, detener a los miembros de la Academia Sueca y llevarse a Moscú los archivos de la misma, especialmente los referentes a la concesión anual del Premio Nobel de Literatura.

Pocas cosas ponen tan furiosos a los agentes de la KGB como el tener que ocuparse de lo que no entienden. En eso son como todos los policías del mundo. Y la Academia Sueca les proporciona de cuando en cuando un motivo de exasperación y, con él, mucho trabajo.

La cosa empezó a finales de los años cincuenta, con el Premio Nobel de Literatura a Boris Pasternak, que los jerarcas del Kremlin le prohibieron que aceptara.

***

Luego hubo un momento de satisfacción, con el premio a Mijaíl Shólojov. Pero la KGB no pudo descansar, porque pronto surgieron, clandestinamente, estudios que probaban que Shólojov no era el autor verdadero de los mejores de sus libros, sino que habían sido copiados de manuscritos de. un muerto. Como Sholojov formaba parte del grupo dirigente, la Policía tuvo que consagrarse a impedir la circulación de esa denuncia.

Después vinieron el Premio Nobel a Solzhenitsin y el de la Paz —que no concede la Academia Sueca, pero eso poco les importa a los Policías—, a Sájarov.

Cada vez, la cosa significó trabajo para los agentes de la KGB. Porque, quiérase o no, un premio Nobel en un país con dictadura es siempre político y significa, si el premiado es un perseguido o un ignorado, un bofetón para ella.

***

Hablar de amistad con un personaje súbitamente famoso puede tomarse por fanfarronería o por el deseo de bañarse en la gloria ajena. Por esto, déjenme decir, de buenas a primeras, que no soy amigo de Czesław Miłosz, el último premio Nobel de Literatura. Posiblemente ni recuerde que existo. Fuimos, simplemente, conocidos una tarde en Milán, en un autobús que nos conducía de vuelta a la ciudad.

Asistíamos los dos a una conferencia internacional [del Congreso] sobre la libertad y la cultura [(celebrado entre el 12 y el 17 de septiembre de1955)]. Estaban Silone, Garosci, de Jouvenel, Aron, Nabokov, el músico; Araquistaín, Arciniegas y unas docenas más de escritores que, en aquellos años de Guerra Fría, encontraban difícil llegar al lector, porque siempre había quien, por interés o fanatismo, trataba de bloquear la difusión de sus obras, y a menudo lo lograba.

***

Hubo una visita colectiva a las fábricas Olivetti, no lejos de Milán. Recorrimos los talleres, los campos deportivos, los clubs de cultura y recreo, los comedores, las casas de los obreros. Olivetti, rechoncho, rubio, gesticulante, iba de un grupo a otro. Estaba orgulloso de que su fábrica tuviera un alto nivel de producción y diera a sus obreros un nivel de vida superior al de cualquier otra empresa italiana. En cómodo y hasta lujoso, nos hacía pensar en las ciudades de empresa, las «company towns», del siglo pasado en ciertos países.

En el autocar, de vuelta, me encontré sentado, por azar, al lado de un polaco de cejas como matorrales, ojos muy claros y una sonrisa casi infantil. Era Miłosz. Había escapado de Polonia pocos meses antes, publicado algunos ensayos sobre la situación intelectual en su país, y hablado en la conferencia, poco y sin acrimonia, de la incompatibilidad de poesía y dictadura. Poco después se publicaría un libro, El pensamiento cautivo, que en castellano no encontró editor y que finalmente publicó la Universidad de Puerto Rico.

Hablamos, durante el viaje, sobre todo de la desilusión que tendría Olivetti si supiera lo que pensábamos de su “experimento social”, de lo deprimente que debió ser para los obreros encontrarse su vida tan bien organizada, y de lo deprimente que resultaba para nosotros que los obreros no se sintieran deprimidos por ello.

Polonia era como aquello, me dijo Miłosz, en pobre y en grande, en todo el país. Ahora, si acaso recordara lo conversación, podría agregar que por fin los obreros se dieron cuenta de lo deprimente que era tenerlo todo organizado... pero caro.

(Iberia Press-Ala.)

Víctor ALBA, PUEBLO 8 de noviembre de 1980, p.9

viernes, 14 de febrero de 2025

"Czesław Miłosz denuncia el genocidio de las grandes culturas centroeuropeas" de Juan Pedro Quiñonero (ABC, 23 de mayo de 1986)

 


CZESŁAW MIŁOSZ DENUNCIA EL GENOCIDIO DE LAS GRANDES CULTURAS CENTROEUROPEAS

Arte, religión y lengua, bajo el imperio de la ley marcial

París. Juan Pedro Quiñonero

El último libro de entrevistas con Czesław Miłosz, Milosz par Milosz (Editorial Fayard), nos enfrenta a uno de los grandes problemas históricos de la civilización occidental; el genocidio y los riesgos de desaparición de las culturas centroeuropeas, víctimas de la marea negra totalitaria (desde el nazismo hasta el estalinismo) y las grandes convulsiones políticas y militares del siglo.

Miłosz, poeta y novelista, se hizo célebre en 1953, tras la traducción francesa de su ensayo El pensamiento cautivo, publicado de modo entusiasta por Albert Camus. Cinco años más tarden su primer relato autobiográfico, Otra Europa, convertía al poeta esotérico en un testimonio excepcional.

Desde entonces, toda la obra de Miłosz, retirado en su refugio físico y moral de Berkeley, oscilaría entre el «testimonio» y la «torre de marfil» lírica. Traductor del Antiguo Testamento, poeta difícil que roza la mística y el más puro intelectualismo, Miłosz evoca en sus relatos y en sus textos autobiográficos el drama histórico de la «desaparición» de su patria natal, Lituania, en el marco del infierno ideológico, militar y político de nuestro siglo.

Hasta ahora, los relatos autobiográficos o testimoniales de Miłosz habían tenido una dimensión «introspectiva» evidente. Miłosz no ocultaba nada, y en verdad reconstruía con pasión los orígenes morales, políticos, sociales y militares de la hecatombe que deberá concluir con la «integración» de su patria («manu militari») en el imperio soviético.

Milosz par Milosz va mucho más lejos, quizá por vez primera, interrogado por dos especialistas de su obra. Ewa Czarnecka y Aleksander Fiut, Miłosz analiza, con extremada precisión, los orígenes y evolución de su obra lírica, pero previamente evoca, analiza y aporta un testimonio excepcional: la agitación moral muy viva de las culturas centroeuropeas, a caballo entre los restos del antiguo imperio austro-húngaro, la formación de nuevos Estados (tras la doctrina norteamericana de la autodeterminación de los pueblos) y el genocidio cultural consumado entre el proyecto totalitario nazi y el proyecto totalitario estaliniano.

Milán Kundera ha sido, quizá, el primero en evocar precisamente la dimensión genocida que continúa hoy exterminando minuciosamente los orígenes, antecedentes, restos de las viejas culturas centroeuropeas, que. entre el Congreso de Viena y la caída de Weimar, constituyen uno de los focos más dinámicos de la historia cultural de nuestra civilización.

Miłosz analiza en detalle los grandes procesos que Milán Kundera ha evocado en términos «macrogeográficos». Miłosz se detiene, melancólicamente, en la evocación de la formidable efervescencia Cultural de las viejas culturas centroeuropeas.

En este proceso global se confunden varios procesos «menores»: desaparición histórica de Estados independientes (Lituania), diálogo multilingüístico (alemán-checo-polaco-lituano-yiddish), diálogo intercultural entre tradiciones que oscilan entre el Este y el Oeste, diálogo entre religiones y culturas con distintos orígenes y tradiciones.

Los casos de Kafka y el mismo Miłosz subrayan hasta qué punto esa formidable fermentación cultural se inscribe en el origen turbulento y trágico de nuestra modernidad. Viena, Berlín, Moscú, Varsovia, Vilna (capital de la antigua Lituania) se perciben, tras el relato de Miłosz, como centros de influencia y poder cultural que la marea militar arrasa imponiendo un nuevo orden donde las diferencias, las culturas, las religiones y las lenguas quedan sometidas al imperio de la ley marcial.

A caballo entre el Este y el Oeste, el testimonio de Miłosz nos reconstruye parcialmente una historia que está, todavía, por reconstruir en sus exactas proporciones de tragedia de toda una civilización, la nuestra, Miłosz nos recuerda que nuestra cultura, la civilización europea, no coincide hoy, exactamente, bien al contrario, con las fronteras militares impuestas por las legiones victoriosas tras la segunda guerra mundial. Miłosz nos recuerda precisamente que nuestra identidad moral también está hipotecada a la incierta suerte de las culturas sometidas a un proceso de genocidio sin precedentes, víctimas del «statu quo» impuesto con la brutalidad de un parque de artillería nuclear.

ABC, 23 de mayo de 1986, p. 47.



lunes, 8 de octubre de 2018

Czeslaw Milosz, «Premio Literario Europeo» con su novela «El poder cambia de manos» (Destino, 8 de octubre de 1955)


Czeslaw Milosz, «Premio Literario Europeo» con su novela «El poder cambia de manos»

CUANDO John Jersey (el autor de «Hiroshima») contó, en su novela «La Muralla» la insurrección de Varsovia contra los nazis y la espantosa tragedia del «ghetto» de aquella ciudad, citó un poema de un escritor polaco, un poema cuya lectura enardecía el patriotismo de los sublevados. Esos versos no los habla inventado el novelista, aunque eran desconocidos en Occidente. Los había escrito un hombre que vivía en Varsovia: Czeslaw Milosz.
Milosz, nacido en Lituania en 1911, es sobrino del gran poeta en lengua francesa Oscar V. de L. Milosz, y estudió en Polonia y Francia. De 1925 a 1939, trabajó en la radio polaca y publicó dos libros de poemas. Durante los años de la guerra, que pasó en la Varsovia ocupada, hizo editar clandestinamente tres libros suyos: una colección de poesías, una antología de poetas anti-hitlerianos y la traducción de un libro del escritor francés Jacques Maritain. También publicó algún tiempo después, traducciones de Walt Whitman, T. S. Eliot. Blake y Browning Después de haber sido agregado cultural de la Embajada de Polonia en Washington y primer secretario de la Embajada de su país en París (ambos cargos entre 1946 y 1950), rompió en 1951 con el Gobierno marioneta de Varsovia y se refugió, en Francia. Aunque Milosz no llegó a pertenecer al Partido comunista, era muy estimado por los dirigentes, y su fuga les obligó a denigrar, de la noche a la mañana, al escritor al que habían alabado tanto.
Como Arthur Koestler, Kravchenco, Gouzenko y tantos otros, Milosz es uno de los que han convertido su experiencia en países comunistas en libros de formidable éxito mundial. Ya en Francia, escribió «El pensamiento cautivo» y «El poder camina de manos». Esta última novela, que acaba de ser editada en versión española por «Ediciones Destino», obtuvo el «Premio Literario Europeo de 1953», distinción de elevadísima categoría literaria otorgada por un jurado internacional compuesto por Ignazio Silone, Denis de Rougemont, Gabriel Marcel, Gottfried Benn, Hagmund Hansen, Hans Oprecht y Salvador de Madariaga, que lo presidió.
El gran novelista italiano, Ignazio Silone, ha dicho de «El poder cambia de manos»:
«Las situaciones terribles que describe este libro se refieren a la Varsovia de 1945, cuando los alemanes eran derrotados y cuando estalló la insurrección patriótica polaca y llegaron las tropas soviéticas. “El poder cambia de manos” se compone de rápidos episodios y escenas muy movidas donde la acción bélica alterna con los momentos de reflexión y de angustiosa espera, y con fragmentos de la poesía más pura. En esta novela hay una media docena de personajes principales, muy diferentes por tu posición social y su mentalidad, cuyos destinos se mezclan, se entrecruzan, o se separan por la violencia de los acontecimientos, el miedo y los feroces egoísmos.
El gran tema de esta novela dura y valiente parece ser la lucha por el poder, pero esta es sólo una apariencia. En realidad, es la lucha por conquistar el alma. La lectura de este admirable libro nos hace pasar por todos los grados inexorables de la tragedia, el horror, la angustia, la desesperación, la rebeldía, la tristeza, la piedad... Sobre todo, la piedad, pues su autor, y este es su gran mérito, no desea demostrar nada ni convencer. No es, pues, una novela de propaganda, y lo mismo se dirige al gran público que a los hombres preocupados por comprender a nuestro tiempo.»

Destino, nº 948, 8 de octubre de 1955, p.31. 

viernes, 8 de diciembre de 2017

Entrevista de Josep Massot a Philip Levine (La Vanguardia, 6 de junio de 1991)


Entrevista a Philip Levine, poeta estadounidense
El poeta tiene la misión de decir la verdad entre tantas mentiras
Philip Levine (Detroit, 1928), uno de los poetas más celebrados en Estados Unidos, participó ayer en los encuentros que organiza el Instituto de Estudios Norteamericanos. Josep Massot (Barcelona).
-El desconocimiento de la poesía contemporánea de EE.UU. fue lo primero que lamentó el nuevo poeta laureado. Brodsky...
-¡Olvídese de lo que dijo Brodsky! Él sabe muy poco, si no nada, de poesía norteamericana: él mismo traduce sus poemas al inglés. Es un incompetente. En sus temas parece tonto y en la forma de ejecutarlo, infantil. Siempre vamos al Este a encontrar a un hombre blanco para que sea poeta laureado, pero nunca llegamos suficientemente al Este.
-¿Puede dibujar un panorama de lo que se hace allí?
. -Hay una escuela que deriva de Whitman; otra, de la escuela británica del XVII; otra más mantiene la escuela de Pound. Pero la que sigue teniendo una influencia más intensa es la de W. C. Williams. Claro que unos y otros no se hablan, y esto es saludable. Pero hay otras, que representan el carácter étnico, como la poesía chicana, la “spanglish”, la africana y la feminista. Para los que no hacemos poesía suburbana, hay una influencia creciente de Paz, Vallejo, Milosz, poetas chinos...
-Usted dice que está intentando traspasar al inglés lo que hacía Machado, ¿qué le interesa de él?
-Lo que me interesa de Machado es la pureza de la dicción, la simplicidad del mensaje y una musicalidad que no se encierra en sí misma. Yo no vivo en el mismo mundo que vivía el, pero en muchos de sus poemas vuelve a los lugares de su pasado, casas en que vivió, y las encuentra cambiadas; un cambio es una espina en el corazón. Para un americano de 63 años es imposible volver a las casas que habitó, ya no existen.
-¿Poesía de la memoria?
-Sí, veo al mundo desapareciendo delante de mí. Una de mis funciones es la de rescatar gentes y lugares de la destrucción del tiempo.
-Al contrario, pues, que Whitman, que cantaba el progreso.
-Porque Whitman era hijo del siglo XIX. Vio el tren como un símbolo de progreso y no hubiera podido ni soñar que estos trenes llevarían las tropas a matar indios. Hubiera alabado el avión, pero si hubiera vivido suficiente tiempo, ¿qué hubiera dicho de Guernica, de Hiroshima? Yo he vivido más tiempo y no puedo tener su optimismo.
-¿Niega, pues, el futuro?
-Sugiero la revisión del uso de la tecnología. Puede llevar a la destrucción y, también, tengo 63 años y sin ciencia estaría bajo tierra.
-¿Qué papel desempeña el poeta en EE.UU.?
-Mientras venía en el avión, leía un diálogo entre Gore Vidal y Norman Mailer. Vidal decía que la frase “famoso escritor americano” no tenía sentido. Madonna, Bush, las estrellas del rock, son famosos, ni siquiera Norman Mailer.
-La poesía como género, ¿tiende a desaparecer, porque el cine, la novela han vampirizado sus registros?
-No. Creo que han cambiado la poesía, pero también la han enriquecido. La poesía toma prestadas técnicas del cine, la idea de dos narraciones que van una al lado de otra, la idea de interrupciones repentinas, del montaje. Ahora ya no tendemos a escribir tanta poesía narrativa como hacíamos antes y la poesía es más interna, se ha revisado la calidad de la poesía.
-Tras la beat generation, ¿hay, pues, una vuelta al rigor formal?
-La falta de rigor en los beat es verdad si hablamos de los clowns, de los poetas de segunda fila. Si hablamos de los mejores, como Ginsberg o Gary Snyder, estamos hablando de una poesía muy artística y muy sofisticada. Si hablamos de Ferlinghetti, de incompetencia.
-¿Tiene futuro la poesía?
-Cuando en mi país todos los ciudadanos están inundados por mentiras, por la política, por ministros de todas la iglesias, los diarios, la televisión, alguien ha de rescatar la lengua, devolverle la precisión, decir la verdad, acordarse de que es precisamente el lenguaje lo que nos hace humanos y ser testigos de lo que realmente está pasando.
-Antes se dividía la literatura americana en “rostros pálidos” (James, Pound) y “pieles rojas” (Whitman, Williams). ¿Y ahora?
-Ahora se divide entre “lo cocido y lo crudo”. Ginsberg es el rey de los poetas crudos, todo parece fácil. El rey de los “cocidos”, muy culto, extremadamente formal, difícil de penetrar, era Robert Lowell.
-¿Más que Stevens?
-Stevens sería “muy hecho”. Por la perfección de la superficie.
-¿Y usted?
-¿Yo? “Al dente”.

La Vanguardia, 6 de junio de 1991, p. 50

jueves, 9 de marzo de 2017

"Materialismo del creyente. Hacia la poesía de Czesław Miłosz" por Jordi Doce


Jordi Doce
I

Cuando, en septiembre de 1992, aterricé como Lector de español en la Universidad de Sheffield, uno de mis grandes aprendizajes no fue, paradójicamente –o no sólo–, la poesía y la literatura en habla inglesa. Entre la cornucopia de propuestas y alternativas que albergaba la espléndida biblioteca universitaria, pronto llamó mi atención un pasillo en el que, bajo la rúbrica algo equívoca de «Lenguas eslavas», se alineaban abundantes ediciones inglesas y norteamericanas de la literatura de lo que entonces todavía se llamaba la Europa del Este: Polonia, Hungría, las antiguas Yugoslavia y Checoslovaquia… Venido de un país en el que estas literaturas apenas ocupaban lugar en las librerías o en la conciencia de los lectores cultos, aquella exuberancia me intrigó. Bien es verdad que había llegado hasta aquel pasillo guiado por los ecos que ciertos escritores del este europeo habían dejado en la obra de Ted Hughes, poeta al que por entonces me empeñaba en traducir, pero aun así la sorpresa fue mayúscula. Allí descubrí el teatro del absurdo del que entonces era el gran héroe intelectual de la transición checa, Václav Havel –obras como Largo desolato, La fiesta o El error, sin las cuales resulta difícil entender la trascendencia y el peso políticos de Havel–, pero también, entre otros muchos, la poesía del serbio Vasko Popa, del checo Miroslav Holub o del húngaro János Pilinszky, a quien el propio Hughes había traducido con pasión y no poca sintonía personal a mediados de los años setenta. Todos ellos eran autores conocidos y reconocidos en Inglaterra, como atestiguaban por activa las páginas del influyente The Faber Book of Modern European Verse, de Al Alvarez, todo un síntoma de la importancia que se otorgaba al proyecto estético de los poetas del este europeo (y de lo poco o nada, por lo demás, que la literatura española contaba en el imaginario de la cultura británica, pero eso es otro asunto).

Quizá el mayor descubrimiento que me reservaba aquel pasillo, sin embargo, era el de la poesía polaca contemporánea, constelación opulenta en la que muy pronto empezaron a brillar por justicia algunos nombres propios: Zbigniew Herbert, Wisława Szymborska, Tadeusz Różewicz y, por supuesto, Czesław Miłosz. En realidad, a poco que uno se detuviera en las páginas de créditos o leyera los párrafos de agradecimiento de aquellas ediciones angloamericanas, estaba claro que Miłosz andaba detrás, bien como co-traductor, bien como introductor, compilador o consejero áulico, de casi todas ellas. Recuerdo muy en particular su gran antología, Postwar Polish Poetry (que andaba ya por su tercera edición ampliada), en la que, además de los nombres ya citados, comparecían los de Tymoteusz Karpowicz, el legendario Aleksandar Wat o la elíptica y taciturna Anna Swir (nacida Świrszczyńska), de quien recuerdo, por cierto, un poderoso fragmento de poética que he citado a menudo en otros foros, pues me parece revelador de cierta sensibilidad moderna a la que no fue ajeno el propio Miłosz: «Un escritor tiene dos tareas. La primera, crear su propio estilo. La segunda, destruir su propio estilo. Esta segunda tarea es más difícil y lleva más tiempo».

Es evidente que la visibilidad de la poesía polaca contemporánea en el ámbito angloamericano tiene mucho que ver con la presencia y el magisterio de Miłosz en la Universidad de Berkeley, donde realizó una tarea signada por la generosidad, la anchura de miras y, sobre todo, la necesidad de acercar y difundir en Occidente una escritura que había sabido responder, con honda exigencia moral y estética, al asedio del totalitarismo y la opresión autocrática. Una poesía de mínimos que sin embargo había supuesto un nuevo estadio de evolución de la sensibilidad post-romántica, un ir más allá de la vanguardia que no en vano tomaba en cuenta las vetas más fecundas o aprovechables de su legado. No olvidemos, sin embargo, que Miłosz acabó en Estados Unidos empujado por el ambiente no del todo favorable o propicio que aguardaba, en la Francia de los años cincuenta y sesenta, a los disidentes políticos –intelectuales o no– que habían escapado voluntariamente del totalitarismo post-estalinista. Como ha recordado hace poco César Antonio Molina, siguiendo el relato que ofrece Michel Winock en su estudio El siglo de los intelectuales:

"En la revista Les Temps Modernes […] no se pronunciaba todavía la palabra gulag. La revista publicó un texto firmado por Sartre y Merleau-Ponty, Les jours de notre vie, en enero de 1950, en el cual los autores reconocían que había campos de concentración en la Unión Soviética, pero que, aun así, «la única política sana es la que tiene como objetivo, en la Unión Soviética y fuera de ella, acabar con la explotación y la opresión, y toda política que se define contra Rusia y focaliza sobre ella la crítica es una absolución que se da al mundo capitalista"La verdad premonitoria», El País, 18 de mayo de 2011).

En este contexto, un ensayo como El pensamiento cautivo (publicado originalmente en 1953), visión del gulag desde dentro, crítica feroz del totalitarismo y testimonio lúcido de las infinitas formas en que la (in)conciencia de ciertos pensadores y artistas se engaña a sí misma para no reconocer su entreguismo y su complicidad con el Poder, no podía sino despertar, añade, una «amplia incomprensión por parte de los intelectuales europeos de izquierdas y otros al servicio de los intereses de Moscú». Baste recordar, más cerca en el tiempo, los recelos y malentendidos que rodearon la estancia del novelista Milan Kundera en el París de los años setenta para tener una vaga noción de lo que pudo ser la saison francesa de Miłosz.

En realidad, en todos aquellos países occidentales, y España no fue ni mucho menos una salvedad, donde la cultura editorial seguía, siquiera a distancia o por omisión, los dictados de un izquierdismo contaminado –por inercia o convicción– de querencias y fidelidades pro-soviéticas, la literatura de los disidentes fue arrinconada, ignorada o simplemente no existió. Sólo en el ámbito anglosajón, donde por razones obvias tales dictados tuvieron escasa fuerza y la presencia de exiliados políticos de los países del este fue más intensa, se hizo posible difundir la poesía de Herbert, de Szymborska, de Miłosz mismo. Hasta bien entrado 1993, cuando Herbert ya se había labrado una reputación en las islas británicas –hasta el punto de que un poeta canónico como Seamus Heaney le había dedicado dos influyentes ensayos en su libro The Government of the Tongue (1989)–, no pudimos contar en España con una antología de su obra, Informe desde la ciudad sitiada, a cargo de Xaverio Ballester, que en otro momento habría sido recibida como un genuino acontecimiento literario pero que apenas, según recuerdo, despertó algún tibio interés entre nuestros literati, poetas o no.

No era solo Herbert, sin embargo. También la poesía del propio Miłosz, premio Nobel en 1980, era relativamente ignorada en nuestro país. Ni la selección publicada por Tusquets en 1984 le hacía justicia ni sus poemas parecían haber hecho la menor mella en la conciencia de los lectores. Miłosz era conocido (y consentido) casi únicamente como el autor de El pensamiento cautivo o El valle del Issa. Hubo excepciones, desde luego: Octavio Paz tradujo algunos de sus poemas en Versiones y diversiones (entre los que destaca el poema-carta «A Raja Rao», escrito originalmente en inglés) y dialogó de manera incesante y fecunda, como sabemos, con su pensamiento político; y alguien tan alejado del tono y dicción de esta obra como José-Miguel Ullán incluyó en Ondulaciones, el volumen de su poesía reunida, una versión de «El invierno», una de esas piezas, bastante habituales en Miłosz, en las que dialoga con sus antecesores o maestros primeros. Más recientemente, la presencia de abundantes citas de nuestro autor en la poesía final de Raymond Carver lo ha convertido en un espectro familiar para algunos lectores jóvenes. Pero hablamos, en todos los casos, de excepciones que no dibujan una continuidad, un tejido firme. Se me dirá que Polonia está lejos y que era difícil, hasta hace bien poco, contar con traductores de poesía que supieran polaco, conocieran su tradición literaria y pudieran, como hacen ahora Gerardo Beltrán, Xavier Farré o Abel Murcia, insertar aquella poesía en la corriente de la tradición hispana. Es cierto. Pero no lo es menos que faltaba, hasta ayer mismo, la voluntad de salvar esa grieta: nuestra peculiar historia y la intensidad casi absorbente de nuestras peripecias colectivas –teníamos nuestra propia autocracia opresiva, de signo muy distinto, con la que lidiar– nos impidieron, realmente, mirar a nuestro alrededor y tomar conciencia plena de lo que estaba pasando en el este de Europa, y no digamos ya estudiar el modo en que los artistas del otro lado del Telón de Acero habían forcejeado con su particular cincha política.




II

Para entender la grandeza literaria de quienes, como Herbert, Różewicz o Miłosz, comenzaron su itinerario creativo en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial, entre las ruinas humeantes del Holocausto, con sus guetos, pogromos, campos de concentración y cámaras de gas, me gustaría recordar las palabras que Ted Hughes puso al frente de una antología del poeta serbio Vasko Popa. Unas palabras que no sólo dibujan el contexto histórico en que estos poetas vieron la luz sino también su horizonte moral, el arco de expectativas que validaba el ejercicio de la escritura:

Tenemos al fin, por si hacían falta, pruebas circunstanciales de que el hombre es un animal político, un número dentro de un estado: la evidencia ha sido medida en millones de cadáveres. El intento de estos poetas por registrar que el hombre es, al mismo tiempo y en las mismas circunstancias, un ser humano tremendamente consciente y capaz de esperanza y sufrimiento, ha llevado su poesía a tales precisiones, discriminaciones y humildades, que se ha convertido en algo totalmente nuevo. Parece más cercana a la realidad común, donde tenemos que vivir si queremos sobrevivir, que a esas otras realidades en las que descansamos, o en las que caemos o decaemos cuando tenemos asegurada la supervivencia del cuerpo, y que el arte, en especial el arte contemporáneo, trata siempre de imponernos.

Los poetas del este Europeo fueron testigos y víctimas inmediatas, en mucha mayor medida que los escritores occidentales, de una energía destructiva que parecía inconcebible en la Europa de la razón ilustrada y sentimental, la Europa de Descartes, Mozart, Goethe o Chopin. Pero tras el marasmo de la destrucción nazi cayó la sombra cerrada de la represión estalinista, la tiranía perversa y pervertidora capaz de engañar voluntades y jugar a voluntad con las conciencias y los deseos individuales. El pensamiento, como denunció Miłosz, cayó «cautivo». Los grandes desarrollos y construcciones verbales, las propias herramientas retóricas que tan centrales habían sido en la escritura de preguerra, fueron tomadas y absorbidas por el Poder y se volvieron por tanto sospechosas, se corrompieron, se volvieron inútiles. La estrategia de Herbert, y aún más la de Różewicz, fue practicar una escritura de mínimos, una poesía de pequeños gestos, de palabras escasas y resistentes, elípticas, barnizadas por la queratina de la ironía y la reserva, que se opusiera de manera tácita a las tentaciones del Poder: ni siquiera enfrentarse, simplemente volver la mirada hacia otro sitio, plantar líneas de fuga, sombras de duda, el abono disolvente de la interrogación mordaz, la incertidumbre, el nihilismo. «Poesía de la austeridad», como la definió Michael Hamburger en su clásico estudio The Truth of Poetry [La verdad de la poesía, 1969], citando como ejemplo unos célebres versos de Różewicz que son tanto una poética como un credo moral. «Mi poesía», escribía el poeta polaco,

no traduce nada
no explica nada
no expresa nada
no abraza ninguna totalidad
no cumple ninguna esperanza

no crea nuevas reglas
no toma parte en ninguna diversión
no tiene un lugar definido
que deba llenar

si no es esotérica
si no es original
si no sorprende
supongo que así ha de ser

sometida a sus propias necesidades
y posibilidades
y limitaciones
se invalida a sí misma

no reemplaza a ninguna otra
no puede ser reemplazada
se abre a todo
sin secretos

tiene muchas tareas
para las que siempre se queda corta

El resultado es un verso prosaico, enjuto, que desconfía en un principio de la razón, de lo tenido por sensato y razonable –ese presunto o aparente sentido común con que más veces de lo debido cerramos los ojos ante la injusticia–, aunque luego, con el tiempo, se fuera desplegando, abriendo y ramificando, en un intento por entender los usos y abusos de la Historia, de comprender a la luz del pasado las trampas del presente

Si algo distingue a Miłosz de sus coetáneos, a quienes tradujo y ayudó a difundir en el ámbito de habla inglesa, es su resistencia a practicar esta estrategia de mínimos, que por otra parte no podía durar eternamente y que sirvió, sobre todo, como quiebro inicial, como punto de partida. Su denuncia, su protesta, siempre adoptó formas clásicas, espaciosas, más fluidas y equilibradas, también más introspectivas; más cercanas a Montaigne que a Nietzsche, para entendernos. Frente al peso irrespirable del presente y del pasado inmediato, ese bulldozer de la Historia que arrasó la mitad oriental de Europa durante décadas, Miłosz no optó por el desmarque irónico ni por el repliegue huraño, sino que abrió el objetivo y se esforzó por elevarse hacia alturas olímpicas para desde allí abarcar y asumir aún más Historia, ampliando la perspectiva, equilibrando el peso de la sombra con más luz, buscando en el tiempo a largo plazo consuelo y remedio al corto plazo de un presente irrespirable. Esta apertura del objetivo no dejaba de ser, por cierto, un modo de abrir huecos en el tiempo, reclamar zonas extraviadas o inexploradas del pasado, leer de nuevo su legado cultural y artístico.


Esa mirada abarcadora, casi omnisciente, es también la mirada de la razón. Y es que Miłosz se alinea menos con Heidegger y más con un Isaiah Berlin al entender que los totalitarismos destructivos del siglo veinte no son tanto el sueño monstruoso de la razón cartesiana, por decirlo con Goya, cuanto la perversión exacerbada de pulsiones bajo-románticas; pulsiones que desde sus orígenes en el pietismo alemán (Hamann y luego Herder, principalmente) crean una noción idealizada y trascendente de ciertos conceptos de sesgo colectivo («pueblo», «lengua» «territorio»), a la vez que exacerban el papel de la acción, la voluntad y el sentimiento en la construcción de la identidad individual. Miłosz no desdeña ni mucho menos repudia el romanticismo, pero busca purgarlo de sus aspectos más dogmáticos, de su ansia intransigente de pureza y absolutos, de ese componente irracionalista que convierte a un individuo en un «estado de los demonios que […] hablan muchas lenguas», como escribe en «¿Ars Poetica?» (según mi lectura, los signos de interrogación del título son tanto el reconocimiento de una duda casi metódica como una matización irónica, un intento de hablar seriamente sin parecer que se toma demasiado en serio).

En la esencia de la poesía hay algo indecente:
Brotan de nosotros cosas que no intuíamos tener,
Así que pestañeamos como si de nosotros saltara un tigre
Y estuviera iluminado golpeándose los flancos con la cola. […]

¿Qué persona juiciosa querría ser un estado de los demonios,
Que lo rigen como en su casa, hablan muchas lenguas
Y, por si no bastara, le roban sus labios y sus manos,
Intentando, para comodidad propia, cambiar su destino? […]

La mención al tigre de William Blake (con un guiño lateral a «La pantera» de Rilke) es explícita y establece los parámetros de este ejercicio de relectura y depuración del ideario romántico. Algo que termina de quedar claro al término del texto, cuando su autor reconoce, pese a todo, que toda escritura poética es un ejercicio de entrega al lenguaje y a los daimones, también un acto de necesidad («bajo una presión insoportable»), aunque, añade, «con la esperanza / de que buenos y no malos espíritus nos tengan como instrumento». La sutileza irónica, la infinita matización, esa capacidad excepcional para afirmar y hasta sentenciar sin dejar de abrir la puerta a voces contrarias o reconocer que puede equivocarse, es algo que está en la entraña de esta poesía, como se echa de ver en otro de los poemas, «Celestiales», que dedicó al autor de Milton.

Hay, desde luego, muchos otros Miłosz: un sensualista que canta los placeres del arte y la buena comida, un erotómano que se autoincrepa, burlonamente, cuando ve pasar un cuerpo hermoso, un viajero atento, un aprendiz de eremita que celebra los instantes en que la naturaleza nos ilumina y nos consuela, el polemista que dialoga a través de las tradiciones poéticas con Allen Ginsberg o Robert Lowell, un barroco tardío que se complace en la alianza de eros y thanatos, «el baile de los esqueletos» que late bajo los cuerpos «arropados en sedas abundantes» («A Jan Lebenstein»)… Brilla en todos los poemas un talante inclusivo que no da nada por perdido, que no excluye nada, pues todo es digno de ser tocado por la poesía, y que tampoco abdica –al menos tonalmente– del sublime romántico y la capacidad de la palabra para celebrar, honrar, bendecir. En última instancia, la lectura de Miłosz nos hace comprender, quizá de manera deliberada, que la gestualidad nihilista de un Różewicz no es sino el reverso dolido, huraño, ferozmente desengañado del viejo deseo de absolutos del romanticismo: un ir al otro extremo, una negación no menos apasionada de la pasión con que antes se perseguía la belleza, la iluminación, el ansia de trascendencia. Nuestro autor, en cambio, parece decirnos: está muy bien el gesto, el aspaviento inicial, pero ¿por qué deberíamos renunciar a nuestras búsquedas, nuestros viejos anhelos? No los entreguemos al silencio y la desaparición, no capitulemos, no seamos cómplices, por reacción o por exceso de dramatismo, de los destructores y asesinos. Quizá baste con reformular nuestro deseo y darle una escala más acorde a nuestra naturaleza imperfecta y falible. Quizá baste con vigilar nuestra tendencia a la hybris y corregir la sombra falaz que arrojan los fantasmas tiránicos de nuestra subjetividad. Algo parecido a lo que decía Machado en una de sus mejores coplas: «En mi soledad / he visto cosas muy claras / que no son verdad».

En esta búsqueda de una forma más espaciosa, de un tono y dicción que sepan acoger un grado mayor de objetividad, convencido de que es imposible volver atrás y heredar sin más las lecciones del simbolismo, reside a mi juicio la gran aportación de Miłosz. Pero es una objetividad consciente de que, para serlo, debe convivir con el misterio, cantarlo y alabarlo, escudriñar las superficies que ofrece a nuestro examen, deponer la razón cuando sólo cierta dosis de fe puede ayudarnos en el trance de la existencia. La publicación de Tierra inalcanzable. Antología poética, editada y traducida con riguroso esmero por el escritor Xavier Farré, nos permite leer la obra de Czesław Miłosz en todas sus vertientes y desarrollo, advertir sus líneas de crecimiento, sus distintas estrategias retóricas, y nos ofrece, en poco menos de quinientas páginas, una respuesta plausible a las limitaciones del post-romanticismo que no abdica de sus logros y calidades, de sus ambiciones y hallazgos. Lo dijo con nervio sentencioso en uno de sus «Últimos poemas», fechado el 28 de noviembre de 2002, dos años escasos antes de su muerte:

Materialismo, cómo no.
Con la condición de que sea lo suficientemente dialéctico.
Es decir, que sepa usar hábilmente el corazón y la cabeza,
El alma y el cuerpo, la vida y la muerte,
Que no evite preguntas sobre las cosas definitivas,
Y considere igual de importantes los argumentos de los creyentes y no creyentes.


Revista de Occidente, 362-363, 2001, pp. 171-182.
Nota: Este artículo es una versión ampliada y revisada del texto leído en el acto de presentación de Tierra inalcanzable. Antología poética, de Czesław Miłosz (traducción, selección y prólogo de Xavier Farré; Barcelona, Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, 2011), que tuvo lugar en el Centro Cultural Círculo de Lectores, Madrid, el miércoles 27 de abril.

viernes, 24 de febrero de 2017

Documentos traspapelados. El poeta y el Partido (Comunista): “Reportaje a Neruda”. Pro Arte, Santiago de Chile, 1952. Entrevista-homenaje a Pablo Neruda. Sobre la estética del realismo socialista y la política de la Unión Soviética.


Pablo Neruda en Moscú con motivo del Premio Mundial de la Paz.
Aleksandr Fadaiev saluda a Delia de Neruda
REPORTAJE A NERUDA
ProArte. Edición Nº 160 — Santiago de Chile, viernes, 28 de noviembre de 1952 — pp. 1 y 6.
A mediados del pasado mes, concertamos este reportaje con Pablo Neruda, en su casa de Isla Negra. Se lo habíamos ofrecido a nuestros lectores, y aunque con bastante tardanza, cumplimos hoy el deseo de éstos y el nuestro al darlo, aunque muy por debajo de nuestros propósitos. No contendrá la observación del repórter acerca del poeta y de su ambiente, pues esta edición ha debido reducirse a las realidades materia les del momento.
En el refugio de Isla Negra, entre su escuadra fantasma de pequeños veleros traídos de todas las tiendas marinas del mundo; entre caracoles, viejos libros náuticos, mapas medievales, cajas de música, figurillas de Oriente, y ante la mirada perenne de María Celeste y Medusa, los mascarones de proa que Pablo y Delia Neruda dejan descollantes, durante sus ausencias, allí nos habló el poeta, como desprendido de ese mareo mágico que le rodea, sobre las cosas terrenales, mirando el mar sin verlo, atento sólo a la comunicación de su verdad: el realismo socialista.
Es nuestro propósito aquí, no interrumpir esa comunicación. Perdónesenos pues, la parquedad del diálogo, en lo que a nosotros respecta.
Para quien conozca a Neruda sus residencias —la del mar y la de la ciudad— son el reflejo de su genio. Hemos conocido otras capas de poetas, y; ¡ay! cómo les desmentían, cómo nos mostraban una materialidad mezquina, tan diferente de lo que ellos exteriorizaban.
Su casa de Isla Negra y todo lo que ella contiene es como un maravilloso cofre gigante, dentro del cual se suele dormir. La de Santiago, en la Avenida Lynch, es un cofre más grande y más repleto aun de cosas y de ideas de las cosas. El escritor británico O. S. Fraser, que en su interesante libro —modestamente titulado "News from South America", editado en Londres— dedica un capítulo a su pasada por Chile, lo hace casi exclusivamente para hablar del poeta y de su gente. Fraser dice allí, refiriéndose a la casa santiaguina del poeta: "Es la única casa de poeta en que yo haya estado, que es como un poema, una expresión completa y original de personalidad". Es en este ambiente donde Neruda nos ha llevado. Y no hay contradicción posible. Un hombre que ama así la vida, no puede sino combatir de modo implacable a las ideas y hombres que viven muertos en vida. Por eso es que este mensaje suyo que hoy entregamos Incluye propósitos, de él y nuestros.
Que quienes mezclan mal las cosas, se desprendan por un instante de su intolerancia para escucharlo.

— ¿Cómo se podría sintetizar la idea del realismo socialista en la literatura y el arte.

—Sobrepasando los cánones antiguos, el realismo socialista muestra la transformación del hombre en el periodo de nacimiento de la nueva sociedad. Es decir, no se reduce a retratar al hombre y al paisaje, sino que contribuye a la formación y a la construcción del porvenir. De esta manera, el arte de nuestra época llega a cumplir un rol fundamental, como una materia tan necesaria como el acero o el ladrillo de las nuevas construcciones. El libro y la pintura deben señalar la proximidad y la fecundidad de la época socialista que viene, y deben mostrar los fundamentos humanos sociales y naturales de la esperanza contemporánea. De esta manera, el escritor se convierte en creador de la historia, asumiendo, por primera vez, un papel directo en la construcción de una época.

— ¿En qué medida crees que tal tendencia ha existido o existe en la literatura?

—En general, tenemos una noble tradición en nuestra América, en especial en la novela. Esta novela tuvo la influencia de Tolstoi y de otros protagonistas de una gran época; pero si contamos estrictamente las inclinaciones de nuestro relato americano, hallamos el naturalismo satisfecho o el realismo pesimista. El naturalismo satisfecho es, en general, la visión de los terratenientes proyectada a los ambientes populares del campo americano. Y el realismo pesimista es la incursión de la burguesía de las ciudades para deformar el alma y el contenido de la literatura.

Novelas extraordinarias como "Huasipungo" o "El señor Presidente", son verdaderos agujeros cavados por la desesperación.
En mis conversaciones con los escritores soviéticos, me contaban ellos cómo en medio de la represión, después de la revolución de 1905 Gorki escribía "La Madre", monumento a la fe en el destino humano. No podemos pensar que las terribles condiciones de nuestro pueblo justifiquen las obras atroces. Es más bien la influencia de las capas retrógradas de la actual sociedad, que pide a los artistas un mundo sombrío y sangriento, para mostrar que el hombre no tiene salida ni solución.
Aparte de esto tenemos la influencia de novelistas como Faulkner, llenos de perversidad, o poetas como Eliot, falso místico reaccionario, que dispone de un cielo particular para la nobleza británica. Y no es por casualidad que estos dos escritores reciben el Premio Nobel, coronación y premio que da una sociedad agonizante a sus propios enterradores.

Si lee uno las revistas de nuestra América, del Uruguay o de Panamá, se ve la preocupación cosmopolita, el deseo de no dejar número sin mencionar al ideólogo nazi Heidegger, o al destructivo Sartre. Este es el reflejo del cosmopolitismo y de la desnacionalización de los actuales dirigentes de nuestra sociedad criolla. La capa superintelectual se aleja de nuestros problemas y de la lucha del pueblo con sus episodios conmovedores y su grandeza. Vemos revistas, como "Sur", de Buenos Aires, que consagran números enteros a espías internacionales y colonialistas, como Lawrence de Arabia, a traidores como Drieu La Rochelle, que se envenenó antes de ser ahorcado en los momentos de la liberación de París, y que ahora abre sus páginas a un joven poeta polaco, que ha cambiado su patria —donde tanto se ha sufrido y se ha construido— por los dólares del Departamento de Estado [Ver nota abajo]. La Revista "Sur" nunca se ha preocupado de Julius Fuchik, el héroe inmortal, que antes de ser asesinado por los nazis, escribió en su calabozo, en papeles de cigarrillos, su grandiosa profesión de fe "Memorias escritas bajo la horca", y que son, a la vez, que un gran libro de todas las épocas, un canto a la esperanza y una confirmación de fe en el destino.

—Sin embargo —decimos a Neruda— no es posible esperar un cambio radical de posición, en escritores y artistas que se han nutrido de un sistema como el que tú denuncias. ¿Qué estímulos propone este realismo?
—No podemos pensar en el cambio repentino, a través de una fórmula repetida de la expresión y del contenido de los actuales artistas y escritores —nos responde el poeta—. Este cambio debe desarrollarse por los propios medios personajes y siguiendo el desarrollo más profundo y más sincero. No sacaríamos nada con catalogar la exterioridad pasajera con nombres progresistas, si no tenemos el cambio mismo de la concepción, producido a través de una lucha personal.

No creo que forzosamente esté ligado a una actividad política este desarrollo; pero sí a un cambio de criterio, a un reavalúo de las distintas partes de la sociedad.

Si durante el período de agonía del feudalismo se hubieran condenado los artistas a continuar los trabajos de tapicería galante o de rondeles para las nobles damas, sin ver el despertar de la burguesía en las ciudades, y consecuentemente el progreso humano, habrían perdido estos artistas su derecho a existir, porque no habrían visto el amanecer de una nueva clase dirigente.
En el momento actual del mundo, las fuerzas de avance, de progreso y de creación, se sitúan en el proletariado. El despertar de estos millones de hombres, la resurrección del mundo colonial, los nuevos públicos increíblemente numerosos, tienen que transformar forzosamente todos los órdenes del arte. Ante este fenómeno, es enteramente fútil discutir sobre arte dirigido o arte libre. Se trata de arte vivo o arte muerto.
Hace sólo algunos meses conversaba yo en Ginebra con el director Ansermet. Él me decía las conclusiones de su nuevo libro, que pronto aparecerá. "La música ha muerto" —me decía—. "La hemos sepultado". Yo le respondí que la música no ha muerto en la Unión Soviética, esto creo que puede ser bien claro para todos, como lo fue para Ansermet. La música atravesó por una crisis, también en la Unión Soviética, tendió a hacerse jeroglífica, atonal, disonante, hermética, difícil y antipopular. Esto venia de la influencia cosmopolita de los maestros europeos, que están matando la música. El Partido Comunista de la URSS que naturalmente, al revés de lo que pasarla con el Partido Liberal o Radical de Chile, se preocupa de toda la vida de su pueblo, y también de la ciencia y de las artes, advirtió el peligro, y señaló la gravedad de la situación. En un país eminentemente musical, en que millones de hombres llenan las salas de concierto y que ahora es difícil conseguir entradas sin tomarlas con anticipación, las salas iban quedando semivacías, el pueblo se apartaba de la música.
Los grandes compositores a quienes he tenido el honor de conocer, como Prokofieff, Schostakovich, Khachaturian, entregan ahora la totalidad de su esfuerzo a una música ligada con la tradi­ción rusa y con el porvenir de la tierra soviética. Prokofieff acaba de recibir un nuevo Premio Stalin por su “Cantata de los Bosques”, que es considerada su obra más importante. Y así, el reconocimiento de una deuda hacia su pueblo y hacia el porvenir, en vez de ser, como se ha dicho, una esterilización de la materia artística, es, pre­cisamente, la puerta de la fecundidad.

* *
¿Debe considerarse, en general, que existe un abandono de la línea humanística de los gran­des creadores?

—En la literatura vemos desaparecer ante el público más letrado, nombres que, como los de Tolstoi, Balzac, Hugo, son los nombres titánicos de la creación artística. Estos nombres arrancan de la tradición humanística de siglos, y se unen a los de Dante, Bacon, Cervantes y Shakespeare, Ra­belais y Montaigne, es decir, a una línea directa de adelanto en el conocimiento. La influencia que estos hombres tuvieron sobre una época, en que la burguesía no tenía la continuidad del pensamiento, sirvió a todo el despertar de nuestra lite­ratura americana. Hoy se desea desviar esta línea humanística, y confundir los espíritus con movi­mientos de retraso, como el existencialismo o el abstraccionismo. Estas corrientes, en vez de dar salida a los conflictos humanos, llevan al labe­rinto de la negación o de la inutilidad.
Yo creo en el BIEN, y no creo que el MAL sea el terreno de la fecundidad artística —afirma enfáticamente Neruda—. Yo creo en las ideas des­preciadas por falsas corrientes actuales, que ya terminan su efímera vida, como la verdad y la belleza. Creo que el arte debe contener el bien, la verdad y la belleza. El cultivo del mal, en el sentido byronlano o baudelieriano, es la reacción individual de un artista ante la hostilidad completa de una sociedad. Pero, ¿cómo sentir esta hostilidad en un momento auroral del mundo? Un nuevo mundo está naciendo ante nuestros ojos, la Unión Soviética, transforma la naturaleza con las más vastas concepciones, para alcanzar la pros­peridad y la paz, quinientos millones en la China cambian sus modos de vida retrasados, y se ponen con entusiasmo infinito a cambiar el fondo y la forma de su país. He visto las imprentas más grandes del mundo en antiguos países feudales, como Polonia y Rumania; he visto detenerse el tráfico en las calles de Moscú, por los suscriptores de una nueva edición de las obras completas de Balzac; he visto a los obreros del Báltico pasar sus vacaciones en el Mar Negro en Rumania; en fin, todo nos dice que un concepto más racional, más elevado y más digno de la vida se ha esta­blecido con una firmeza indestructible. Los artis­tas no tienen derecho a cerrar los ojos, y sí, deben abrirlos.
Quisiéramos —interrumpimos— que nos ha­blaras ahora, de lo que has afirmado, como la ne­cesidad de simplificar los medios de expresión, y que se observa cada vez de manera más notable en tu última poesía.
—Mi propia experiencia literaria, me indica, có­mo se transforma el estilo para adaptarlo a un nuevo público. Hace años, tuve que escribir un poema para leerlo ante ciento veinte mil perso­nas fue en el Brasil, cuando Prestes habló por primera vez al pueblo de Sao Paulo. Este poema, me enseñó mucho. Tenía que contener realismo, romanticismo revolucionario y absoluta simplicidad. Y además debía ser entendido por aquel inmenso número de personas, empleados, profe­sionales, artistas, obreros del puerto de Santos, y campesinos negros de las haciendas del café. Cada verso fue recibido con un alto murmullo por la masa, lo que me indicaba cómo llegaba a una inmensa mayoría de los que allí estaban. Estu­dié dentro de mí lo que no había producido: más tarde escribí “Los muertos en la Plaza”, y más tarde, este desarrollo hacia la simplicidad, me permitió abarcar casi todo el “Canto Gene­ral”. Pero creo que mi próximo libro será aún más sencillo.
Conversamos en seguida con Neruda acerca de la situación mundial, en relación con la paz y la guerra, cuyo diálogo terrible él ha debido escu­char en Europa durante estos dos últimos años. Sus referencias son una acusación sostenida contra la política Internacional oficial de nuestros días. Nos dice, entre otras cosas:
—El Senado norteamericano ha votado hace muy poco tiempo crédito para provocar insurrecciones en los países del socialismo, y para enviar misio­nes de espionaje y de sabotaje a estos países. El Comandante en Jefe de la Fuerza Aérea de Chile. General Celedón, que regresó no hace mucho, ha declarado en “El Mercurio”:
"Estados Unidos se prepara en forma intensiva para la guerra".
En estas condiciones, es bien difícil, pero no im­posible, mantener o aumentar la amistad entre los pueblos. El fascismo norteamericano impide que salgan de sus fronteras, hombres universalmente amados, como Paul Robeson, o cierran sus puertas al que más gloria ha dado a los Estados Unidos, al gran comediante Carlos Chaplin. Es difícil para todo el mundo entrar a territorio nor­teamericano. Una inquisición, nueva forma de la Gestapo, se ha introducido en el cine, en los pe­riódicos y en las embajadas norteamericanas, los institutos norteamericanos de cultura en cada país, se dedican a la penetración en los medios inte­lectuales y estudiantiles, exportando sus ideas bélicas y sus conceptos brutales de dominación del mundo, encubriéndolos con falsas facilidades a nuestros jóvenes estudiantes. La embajada norte­americana distribuye en los colegios de Chile, pro­paganda contra la Unión Soviética; esta propa­ganda es exactamente la misma de Goebbels. A ningún joven progresista o que tenga en sus fa­milia algún pariente de ideas liberales, se le dis­pensa becas de las fundaciones norteamericanas
— ¿Observaste esa tensión de que habla cons­tantemente la prensa a través de la llamada corti­na de hierro?
—La cortina de hierro es una intención norteamericana para ocultar o disimular sus prepara­tivos de guerra. Ellos quieren impedirnos todo contacto con países nuevos, que han resuelto a su manera problemas que los afligían por edades. En este sentido, el bloqueo de Chile es casi com­pleto. No podemos comerciar ni con la China, ni vender cobre a Polonia, ni recibir libros de casi ninguna parte, mientras “Visión” y el "Reader & Digest", son violentamente descargados sobre nues­tro público para deformar y envenenar nuestra nacionalidad.
Hace poco, en la revista “Time” se publicó una gruesa calumnia en contra mía. No creo necesario desmentir, porque calumnias de este tipo se han hecho contra muchos chilenos, en esa misma re­vista. Citaré los casos del Presidente Aguirre Cerda y del Presidente señor Ibáñez. A esta revista no le gusta desmentir sus calumnias, que forman la parte principal de su texto. Yo recuerdo que en Moscú, habiéndome hecho una revista literaria una entrevista, hice saber que algunos de los concep­tos emitidos por el periodista, como expresados por mí, no estaban en mis declaraciones. Los colegas del periodista aquel, lo citaron y lo en­juiciaron, haciéndolo renunciar a su puesto, por permitirse alterar mis declaraciones. Eso es un ejemplo de moral periodística que la revista "Time” estaría muy lejos de seguir; por el contrario, allí se premiarla al tergiversador
Lo peor es que esta cortina norteamericana inunda el mundo occidental, y aísla cada vez más a los pueblos. Hay que recordar que la más expresión más alta del arte coreográfico soviético, la bailaría Ulanova, con toda su trouppe, fue expulsada de Italia después de dar “Romeo y Julieta”, como nunca más podrán verlo los italianos, y por órde­nes de la embajada norteamericana. Estos son crímenes contra la cultura, y éste es el camino de Hitler.
La última vez que escuche a Ehrenburg, en Berlín, él nos decía:
"Se acaba de formar un comité presidido por un antiguo embajador norteamericano en Moscú, para la liberación de Rusia. En los Estados Unidos se quiere liberar a los rusos de los rusos. Oficial­mente yo puedo asegurar que en la Unión Sovié­tica no permitiríamos ninguna institución que qui­siera liberar a Norteamérica de los norteamericanos”.
La política de guerra de los propietarios del salitre y del cobre de Chile, política de colonización, ha llegado a ofrecer síntomas de locura. No olvidemos que el señor Forrestal, Ministro de Guerra yankee después de proclamar la instalación de bases aéreas en la luna, para bombardear a la URSS, terminó por tirarse de una ventana.
Yo sostengo que es posible la convivencia entre los sistemas y los regímenes diferentes, en nuestro mundo actual, y que sólo es posible la compe­tencia pacifica de ellos. A este respecto, un mi­llonario yanki decía con franqueza a un amigo:
No temamos a vuestros tanques, sino a vues­tras cacerolas”.
Nosotros no tenemos por qué temer ni a los tanques que aplastaron el nazismo ni a las cace­rolas en que se preparé comida para millones de hombres.
* *
La entrevista con el poeta del Canto General ha seguido un poco el orden desordenado de nues­tras preguntas. De repente se detiene, sonriente, frente al repórter con ademán de reproche, cuando la conversación se prolongaba ya demasiado rato sobre la situación mundial:
—Tú no harás que yo olvide mi gran interés por referirme a nuestra poesía.
—Es que lo de casa queda siempre para el final.
—Mi impresión es que la poesía sigue su curso venturoso en nuestro país. Las publicaciones que llegaban de Chile —a pesar de que no hay ninguna estrictamente literaria—, rara vez las abría sin encontrar un nuevo nombre. Las tendencias de la poesía chilena en los jóvenes poetas, son una franca inspiración hacia la claridad (a la vez, posiblemente, la mayor dificultad también que ven­cer), y una preocupación grande sobre Chile y las cosas del país, hacia lo que llamaríamos con título de almacén: "los frutos del país” Hay tam­bién una creciente tentativa de tomar parta en los problemas del pueblo, y aun cierta precipita­ción en ello. En un país tan extraordinariamente po­lítico como el nuestro, la poesía política es algo natural que no sólo nos viene de los clásicos como Quevedo y Lope, sino de poetas como Pezoa Véliz, Pedro Antonio González y Dublé Urrutia
Lo interesante en esta situación es el desarrollo de cada una de las personalidades poéticas, la maduración de sus cualidades, la misma lucha individual de cada uno de los jóvenes poetas por llegar a expresar el considerable reino que los poetas de este tiempo debemos conquistar, y el lenguaje más directo y más hermoso.
Hay, naturalmente, una cosa establecida: ha terminado el ciclo de la poesía oscurantista, o lo menos estamos en su momento crepuscular. Las tinieblas no tienen nada que ver, ni deben tener nada que ver con nuestra vida. No hay sitio tampoco para la "angustia”, en un mundo en que mayor número de hombres cada vez comparten la lucha, la liberación y la alegría. Las angustias metafísicas son bien pequeñas al lado de la terri­ble condición material de la gente. Sin embargo, si los poetas no pueden, por incapacidad, compar­tir los dolores y las luchas generales de todos los hombres, no tenemos guerra contra ellos. El mismo curso de la vida les irá mostrando el cami­no, si en realidad son poetas, es decir, si son gene­rosos. Habrá siempre el caso de los irreductibles devoradores de papel. Esos se empapelarán por dentro hasta morir sin humildad y sin heroísmo.
— ¿Qué opinión te merecen los artistas chile­nos que encontraste en el extranjero?
—También allí he encontrado ejemplos de la vitalidad juvenil de nuestra patria. Quiero seña­lar especialmente el extraordinario éxito del pin­tor Nemecio Antúnez que acaba de hacer una nueva exposición en Europa, esta vez en Oslo. Es un joven maestro que busca su camino, y que ha adquirido ya los medios de expresión y la orientación de nuestro tiempo. Venturelli ha hecho a China un regalo digno de nuestra patria. La única pintura que adorna el Comité Nacional de la Paz de China en un mural de nuestro gran pintor. Por otra parte, me ha asombrado la obra realista y espléndida da la joven pintora Carmen Cereceda.
— ¿Y Matta?
—Siento a Matta muy inquieto. Las ondas eléc­tricas del tiempo que viene no pueden dejar de llegar a un explorador tan inteligente.
La entrevista ha terminado en Isla Negra, el día 11 de Octubre. Nos es muy fácil recordar la fecha, porque el 11 es la víspera del 12 y el 12 es el llamado Día de la Raza. Pasó la noche con nosotros el arquitecto español Germán Rodríguez-Arias, amigo íntimo de Pablo y, además, el constructor de la encantada casa marina del poeta. Temprano, nos levantamos. Hormiguita y Germán Rodríguez dormían aún. Pablo nos con­dujo a una pequeña elevación del terreno cerca de la casa, donde ese día debía inaugurarse un mástil para la bandera nacional. Pepe, el chofer del station-wagon de Pablo, que acorta las a veces largas esperas en el auto, leyendo el “Canto Ge­neral", como si fuera un breviario, portaba solem­nemente la insignia chilena, mientras Pablo lle­vaba las “provisiones'’ para la ocasión: un cen­tenar de cohetes, petardos y otros detonantes
Se izó la bandera en lo alto del mástil, y enton­ces se celebró el Día del Descubrimiento con una salva interminable de petardos, que despertó a toda la pequeña colonia de Isla Negra.
Pero nuestro amigo Rodríguez-Arias no habla aún despertado. Entonces Neruda le espetó el siguiente discurso, con una voz que el otro pudo haberla escuchado aún dormido:
"El haber nacido en la península ibérica es una gran responsabilidad. ¡Tendrás que pagarlo!”.
Y desencadenó sobre su amigo tal estrépito de petardos, que ésta hubo de saltar al campo para unirse a tan sonoras celebraciones.
Así es Pablo Neruda inflexible contra la mentira compartida, combatiente ardoroso por los derechos humanos, y al mismo tiempo alegre y juguetón como un muchachito, cuando el humor le corre como una comezón por las arrugas de la risa
***
Creemos que tus juicios de este reportaje co­rrerán de boca en boca —le decimos—. Habrá pros y contras, como debe ser cuando como ahora, la comprensión entre hombre y hombre se ve en­trabada por los prejuicios y las intolerancias.
—Sí, así debe ser —nos dice, despidiéndose con la mano sobre nuestro hombro—. Que siga esta conversación a través de "Pro Arte”, con todos los que se interesen por ella. Que me pregunten lo que quieran. Tengo un gran deseo de que hable­mos libremente de estas cosas.

Y aquí dejó Neruda iniciada esta conversación. Nuestras columnas están desde hoy esperando el debate.



[Nota del editor] Pablo Neruda hace aquí referencia al poeta polaco Czeslaw Milosz que, en 1951, pidió asilo en París tras servir como agregado cultural en las embajadas de la “Polonia soviética” de Estados Unidos y de Francia entre 1946 y ese mismo año. Milosz es el autor, entre otros libros, de La mente cautiva y Otra Europa, en donde hace referencia no sólo a su huida “del Este” y al clima totalitario que imperaba en Polonia durante esos años, sino a la relación que Milosz mantenía con Neruda (había traducido al polaco varios poemas del autor chileno) y al gran disgusto con que acogió estas declaraciones. Czeslaw Milosz vivió (él, su mujer y sus dos hijos) hasta una década más tarde, cuando fue contratado como profesor de Literatura Polaca en Berkeley (California) de 1961, de los magros ingresos que supusieron sus colaboraciones periódicas con la prensa polaca del exilio, sus traducciones y los ingresos que obtenía de unos libros que eran sistemáticamente boicoteados por la intelectualidad filo-comunista francesa.