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sábado, 26 de noviembre de 2022

Entrevista de Enrique Laborde a Eugene Ionesco (ABC Dominical, 28 de mayo de 1978, pp. 12-14.)

 


ENTREVISTA EN PARIS CON EUGÈNE IONESCO

EL MAYO FRANCES FUE UNA FIESTA EN LA QUE TODOS QUERIAN DIVERTIRSE

Siempre son los burgueses quienes provocan las revueltas o las revoluciones

Por Enrique LABORDE

—LA juventud actual no tiene sentido de la amistad, ni sentido del humor es triste, y la tristeza es peligrosa.

Eugene Ionesco, que cada vez se parece más a un personaje de Eugène Ionesco, con su aire de «clown» triste, nostálgico de un circo imposible, malabarista de cosas heterogéneas, sonámbulo en el laberinto del absurdo, autor, actor y espectador de la tragicomedia de nuestro tiempo, habla pausadamente y hasta se le escuchan los puntos y las comas y se le adivinan los paréntesis y se le puede seguir la trayectoria a los suspensivos.

—Maestro, como le había dicho, yo querría que hablásemos de Mayo de 1968.

—Por favor, no me llame maestro.

—De acuerdo, maestro

Rodica, la esposa del escritor —menuda, vivaracha, la mirada muy expresiva, atenta a todo, pendiente de todo—, nos sirve unas copas. «Zed», el perro del escritor, un «cocker» curioso y cariñoso, se instaló junto a mí y allí estuvo durante toda la conversación («Es la novedad, ¿sabe usted? «Zed» quiere participar en todo y cuando abro el correo tiene que examinar el contenido de cada carta, como si alguna fuese para él. Si le molesta, dígaselo»). La habitación estaba iluminada por esa luz, naranja y oro, un tanto mágica, del crepúsculo y a través de los visillos se apreciaban las formas, deliciosamente destartaladas, de los últimos estudios que aún quedan en ese Montparnasse entregado a la piqueta de las inmobiliarias.

—¿Qué fue Mayo de 1968, que ahora, a los diez años, ha vuelto la actualidad con unos excesos conmemorativos inexplicables o quizá explicables?

—En mi opinión, Mayo de 1968, como todo movimiento subversivo, estuvo suscitado y fomentado por Moscú, como siempre. Es cierto que tuvo muchos adeptos, pero todos los que participaron en esa revuelta, al margen de algunos agentes titulares, de algunos profesionales de la subversión, no se lanzaron a la calle por los mismos motivos o causas. Las razones eran diversas y contradictorias, pero prácticamente tenían un denominador común: el gusto del alboroto, de la perturbación. Yo hablo de Francia.

—Pero ¿no fue, ante todo y sobre todo, una explosión de protesta, un amago de revolución o, más bien, de rebelión contra una forma de sociedad?

—No: en mi opinión fue, más bien, una fiesta en la que todos querían divertirse a su modo. En realidad, quienes participaron tenían necesidad de celebrar una forma de carnaval y yo creo que debía llevarse a cabo un carnaval todos los años para que las masas se desahoguen, como en Río de Janeiro, en Colonia... Sin embargo, donde el movimiento de rebelión estaba perfectamente justificado era en Checoslovaquia. Naturalmente, se dijeron muchas cosas y hasta se habló de crisis de civilización. Pero yo creo que nuestra civilización no es ni buena ni mala y que puede uno adaptarse perfectamente a ella, tal cual es. Los valores que proponía y que propone nuestra civilización son apreciables, pero no eran esos valores los que estaban en juego, sino unas gentes que creían poco o nada en esos valores

—Sin embargo, en París, la revuelta adquirió unas proporciones inquietantes.

—En París fue simplemente un alboroto, un abucheo, un griterío y un delirio verbal Pero en ningún momento se manifestó la voluntad de la conquista del poder

—Lo que sorprende, al considerar la revuelta de mayo, es que no tuvo una respuesta popular. En el fondo fue la rebelión de una minoría cuya condición social estaba muy lejos de las tituladas «masas laboriosas». Yo recuerdo la observación irónica de Georges Pompidou al inaugurar el Salón del Automóvil en octubre de 1968. El entonces primer ministro se detuvo ante un coche deportivo de gran categoría, y exclamó: «¡He aquí el modelo de las barricadas!».

—Naturalmente, como que son siempre los burgueses quienes provocan las revueltas o las revoluciones. En 1789 fue así y esto no ha cambiado desde entonces. Yo no creo en el dogma de la lucha de clases, sino más bien en una suerte de detestación, de descontento y de rivalidad en el interior de una misma clase, los pequeños burgueses contra los grandes burgueses por ejemplo. Es incuestionable que en la revuelta de mayo participaron algunos miembros de la gran burguesía, quizá para no quedarse atrás. Yo no he creído nunca en la autenticidad de Mayo del 68, en Francia, y en ningún momento me inquietó. Yo creo que aquello formó parte de nuestro espíritu de destrucción, nuestro placer del escándalo por el escándalo y de nuestro gusto por todo lo que representa ruido y furor

—¿Y Cohn-Bendit, Sauvageot y Geismar, a quienes se les llamó «los tres moscu-teros»?

—Cohn-Bendit fue uno de los principales agitadores y pertenecía al movimiento anarquista o algo similar, que estaba bien organizado. Cohn-Bendit sabía perfectamente lo que hacía y lo que quería, pero los otros se dejaron llevar por los acontecimientos Siempre existen razones para el descontento, y en Mayo del 68 se explotó una forma de descontento, que a fin de cuentas era de tono menor. Por ello, ni fue una revolución ni una revuelta de masas.

—Pero ¿no cree usted que el «mayo francés» provocó una forma de contagio en todo el mundo? ¿No fue un detonador...?

—Mire, los norteamericanos, que en cierto modo fueron responsables de ese mayo.... los estudiantes norteamericanos, yo acabo de estar allí, están hoy perfectamente tranquilos, despolitizados, porque no tienen ninguna guerra, ¿me comprende?, y no se sublevan por cuestiones que son verdaderamente graves y trágicas, como, por ejemplo, el genocidio de Camboya o las persecuciones y las represiones en tantos otros países...

—Supongo que vio usted en televisión el programa dedicado a Mayo del 68, con las imágenes de las revueltas en numerosos países...

—Indudablemente existió una forma de contagio, pero no hay un sólido elemento de inicio para establecer una concatenación, una relación entre lo que ocurrió en París y sus causas y lo que ocurrió en otras capitales del mundo. En Praga, por ejemplo, las razones de la revuelta eran buenas, lógicas. En Praga se luchó por la libertad y ese combate estaba perfectamente justificado, algo que no ocurría en los países occidentales.

—Volvamos a París. Yo recuerdo la expresión del general De Gaulle, en plena revuelta: «La reforme, oui; la chienlit, non»...[1].

—Y tenía toda la razón, En París, insisto, todo fue una orgia del desorden por el desorden y nada más.

—Sin embargo, Cohn-Bendit, Sauvageot y Geismar querían aparecer como Danton, Marat y Robespierre...

—Cómico y trágico a un mismo tiempo. Esos tres jóvenes no eran más que unos aprendices de revolucionario. Naturalmente, a los diez años de aquella revuelta, se habla de ellos, pero reducidos a su verdadera dimensión. Yo también vi el documento que difundió la televisión, en el que se le concedió muy poco espacio a la rebelión de Praga y se hablaba púdicamente de los ejércitos del Pacto de Varsovia, que habían invadido el país; pero no se dijo en ningún momento, de modo claro y determinante, que eran las fuerzas soviéticas...

—En ese reportaje, que le dedicó una mínima atención al Mayo de París, hasta el extremo de limitarlo a imágenes fijas, sin el menor movimiento, como si no existiesen documentos cinematográficos en archivo, mientras que Méjico, Madrid, Tokio y otras capitales del mundo merecieron espléndidas imágenes y comentarios de circunstancias: faltó la conclusión, el resumen, que podía haberse titulado «diez años después».

—Tiene usted toda la razón. Pero es así y hay que conformarse con esa lamentable realidad.

—Yo creo que todo podía haber terminado con una imagen expresiva, aquella que el general De Gaulle metió en una de sus reflexiones que Malraux recoge en un libro de memorias: «Al final, todo terminará en un par de pantuflas».

—Así es, y una vez más De Gaulle estuvo acertado en el vaticinio.

—¿Qué queda de Mayo del 68?

—Prácticamente, nada. A lo sumo, una leyenda a la que se le quiere conceder una significación profunda. Todos los años lo candidatos al título de bachiller organizan su alboroto, su monote,  apedrean escaparates de Saint-Michel, quieren repetir aquello; pero todo se queda en una serie de carreras delante de los guardias, como entonces...

—Para mí, Mayo de 1968 fue una revolución de vocabulario, de palabrería, un delirio retórico...

—Simplemente, un alboroto sin imaginación y sin objetivo.

—Y, sobre todo, sin humor. La revuelta de Mayo del 68 sólo tuvo algunos atisbos de humor, pero a la juventud actual le falta esa tercera dimensión de la inteligencia que es el humor.

—Tiene usted toda la razón. La juventud actual no tiene sentido del humor, ni sentido de la amistad. Pero hay algo más inquietante que ha venido mucho después de Mayo: el terrorismo, que no ha hecho más que empezar.

—¿Dónde está la fuente de ese terrorismo?

—Como siempre, en Moscú. La Unión Soviética prepara minuciosamente la conquista del mundo. Una vez caída Francia, toda Europa caerá, África está ya ampliamente invadida, las revueltas llamadas «espontáneas» no tardarán en producirse aquí y allá, y al final los Estados Unidos quedarán aislados, unos Estados Unidos que viven en la indiferencia y en la ceguera...

—¿Qué se puede hacer?

—Yo creo que la civilización actual no tiene por qué cambiar sus valores, sino purificarlos y restablecerlos. Es cierto que la burguesía ha cometido errores criminales, pero no son nada comparables con los que se preparan.

—Puede que a quienes lean este diálogo les sorprenda la pregunta que quiero hacerle y que para usted no será más que una cuestión perfectamente lógica: ¿No cree usted que el humor es una fórmula de salvación?

—Indudablemente. Allí donde no hay humor se engendran la crueldad y el odio. En un libro de David Rousset sobre la represión en el mundo se destaca de modo muy especial que individuos como Hitler y Stalin no tenían el más elemental sentido del humor y por ello eran crueles, despiadados, inhumanos.

—Yo pienso en lo importante, en lo trascendente que habría sido o que sería un «mayo humorístico», una gran revolución humorística...

—Desgraciadamente es inconcebible. Actualmente se representa en París una comedia de un español, Arrabal, que se titula «Punk et punk et cólegram», una obra humorística en la que se muestra el absurdo total de la época, con los trapicheos de los políticos, las historias de espionaje, con unos espías pederastas, etc., y esto, junto a otras manifestaciones literarias, artísticas, revela que hay algo así como un retorno al humor. Hace años hicimos un teatro humorístico cuya intención no era otra que el arrebatarle su excesivo significado a ciertas palabras, desarticular las frases hechas, los tópicos... Era un teatro saludable, pero no prosperó porque los críticos serios y graves, dogmáticos, marxistas sin humor, tristes por excelencia, interpretaron a su modo y conveniencia nuestro teatro, y pese a nosotros y a nuestro pesar hicieron un teatro que se pretendía comprometido, con un mensaje dentro, como esas botellas que tiran al mar los náufragos. En fin, fueron ellos quienes escribieron nuestras obras...

—Yo creo, como dijo un gran humorista español, Ramón Gómez de la Serna, que conviene establecer la diferencia entre la seriedad y el seriecismo, que es la seriedad sobrante, una seriedad ridícula. Todo lo que no tenga humorismo, decía, se convierte en un cuento de miedo que no mete miedo a nadie.

—Ese fenómeno que el humorista español llamaba seriecismo, yo creo que lo han estudiado los escritores rusos llamados «disidentes», como si fuese disidente un hombre que expresa su oposición a algo en lo que nunca creyó y a lo que jamás perteneció. Esos escritores, como Bukovski, Sinovief, Amalrik, Solyenitsyn, Siniavski, Daniel, etcétera, se dieron cuenta de todo eso y lo denunciaron... Evidentemente, en 1968 no faltaron los discípulos de Marx, Althusser o de ese marxista tardío que es Sartre, pero cada vez hay menos, y aunque le parezca contradictorio, paradójico, los países donde el marxismo ha desaparecido son Rusia, Polonia, Hungría, Rumania, Checoslovaquia... Es decir, si vivimos todavía unos diez años, tendremos que refugiarnos en esos países para tener la libertad de imaginación, la libertad de reír, porque el Occidente estará completamente contaminado.

—Pero si el marxismo ha desaparecido en esos modelos del marxismo, ¿qué es lo que hay?

—Unas organizaciones burocráticas muy poderosas, sin ningún intelectual marxista, sino con una enorme presencia de arribistas, de oportunistas, que se inscribirán en el partido para hacer carrera. Hippolyte Taine escribió que la clase aristocrática del siglo dieciocho era una clase que se sentía culpable, que tenía mala conciencia de sí misma y que dimitió. Pero en Rusia no ocurre lo mismo, porque no creen en sus valores, sino que tienen un cinismo brutal y pleno de agresividad que les permite proseguir su acción sin necesidad de ideología alguna. Precisamente, lo que resultaba simpático, un poco simpático, en Mayo de 1968, en Francia, es que no había ideología de ninguna clase, porque las ideologías no son, a fin de cuentas, más que las coartadas de las acciones más vehementes, más crueles y más pasionales. Las ideologías sólo sirven para ocultar los impulsos irracionales que excitan a los hombres a destruirse entre ellos.

—A propósito de ideologías, ¿qué piensa usted de esa entelequia llamada eurocomunismo?

—Yo no creo una sola palabra. En 1948 hubo un eurocomunismo en Praga. En aquel entonces, los comunistas checoslovacos renunciaron a la dictadura del proletariado y repetían que a partir de esa revisión el comunismo tendría los colores de la nación checoslovaca. Cualquiera que ha leído un poco la Historia se puede dar cuenta que, una vez más, se juega haciendo trampas. El eurocomunismo es un engaño, y un engaño de lo más burdo.

Terminado el diálogo sobre Mayo de 1968 y sobre tantas otras cosas, la conversación discurrió por los caminos del más puro humorismo. Se habló de Miguel Mihura, de Tono, de Ramón Gómez de la Serna, de las falsificaciones del humor en nuestro tiempo, del insoportable seriecismo de los hombres políticos, del humorismo involuntario, etcétera, y la unanimidad fue absoluta. Así da gusto. Eugéne Ionesco me enseñó los retratos que hizo Miró de él y de su esposa, Rodica, así como un delicioso Chagall y un prodigioso Max Ernst, homenaje en el estreno de «El rinoceronte». Y de nuevo se volvió al tema de la unanimidad: el humor.

—El humorista es un hombre alegre al que ponen triste los demás.

—¿De quién es esa definición?

—De Ramón Gómez de la Serna.

—Es admirable porque, además, es cierta,

Rodica, Eugène y «Zed» me acompañan hasta la puerta:

—Buenas tardes, maestro.

—Por favor, no me llame maestro.

—De acuerdo, maestro. Hasta siempre.

Enrique LABORDE, ABC Dominical, 28 de mayo de 1978, pp. 12-14.



[1] Es inútil que busquen en el diccionario una definición exacta de «chienlit». cuya etimología (de «chien» y «lit») es de por si expresiva. No obstante, podemos traducir «chienlit» por nuestro castizo «cachondeo» en su sentido más amplio, es decir, como equivalente a desbarajuste o alboroto. Insensatos.—E. L.

lunes, 25 de diciembre de 2017

Stefano Maria Paci entrevista a Eugene Ionesco (ABC Literario, 24 de diciembre de 1989)

¿Yo absurdo?, ¡Qué absurdo!

El dramaturgo Eugene Ionesco, uno de los más insignes creadores de nuestro tiempo, expresaba el viernes su alegría por el derrocamiento de Ceaucescu y pedía el retorno de la Monarquía constitucional a Rumania. «La hora del comunismo -afirmaba desde su exilio parisino- ha sonado en todas partes. Es el fin del comunismo». Ionesco, quien ha indagado a lo largo de su trayectoria el vacío existencial del hombre y su búsqueda de Dios, nunca cayó en la tentación de olvidar que la espiritualidad es una fuerza esencial en los destinos del hombre. Esa fuerza que el materialismo se jactaba de haber barrido del horizonte de la Historia, hoy, sin embargo, ha contribuido al derrumbamiento del imperio de Stalin. «ABC Literario» ofrece esta entrevista con el escritor rumano por cortesía de la revista mexicana «Vuelta», en la que el autor de «La cantante calva» confirma su incesante búsqueda del Absoluto desde la soledad radical del mundo contemporáneo.
***
Stefano María Paci: Y bien, señor Ionesco, usted ha sido el fundador del teatro del absurdo, frecuentemente identificado por los críticos con el teatro del sinsentido, de la vida privada de significado. Luego escribió una obra sobre Maximiliano Kolbe, puesta en escena por Zanussi, en la que se habla de conversión. ¿Qué sucede?
-Esta búsqueda de la espiritualidad, de lo absoluto, se inicia hace mucho tiempo, desde mi juventud. Porque el mío no es un teatro del sinsentido: el teatro del absurdo es una invención del crítico inglés Martin Esslin, que ha utilizado esta categoría para un tipo de teatro que se hacía a fines de los cincuenta. Esslin llega influido por autores como Camus, Merleau-Ponty, Sartre, que en aquellos años hablaban mucho del absurdo; sin embargo, ninguno o casi ninguno ha leído con atención lo que yo he escrito. Yo no soy un escritor de lo absurdo: para escribir textos del absurdo debería saber lo que no sé. Al contrario, busco, de modo tal vez muy aventurado, un significado, un sentido.
Rechazo categóricamente la etiqueta del «teatro del absurdo»: mi teatro siempre ha querido decir algo. Es la gente que no lo ha leído, o que no ha entendido nada de lo que ha visto, la que se acoge a esta fórmula. El libro de Esslin se ha difundido por todo el mundo y ahora todos se acercan y repiten esta definición suya. Y es así como entré a la historia literaria con una falsa etiqueta, a través de un crítico vicioso. Y ahora el término se ha difundido tanto y se ha utilizado tanto, hasta en las enciclopedias, que me resulta molesto.
Es un error fundamental. Los errores y la incomprensión nacen siempre del deseo de simplificar.
-El suyo, como el de Beckett, por ejemplo, en «Esperando a Godot», me parece más cabalmente un teatro de ausencia, la ausencia de Dios, y de la desesperada búsqueda de su revelación, y del significado que ésta daría a nuestro mundo y nuestra existencia.
Ausencia y búsqueda
-Sí, ciertamente. No se ha comprendido que el tema de nuestro teatro es justamente éste: la ausencia de Dios y su búsqueda. La obra de Beckett es un SOS lanzado a Dios, un grito permanente. Cuando por primera vez se puso en escena «Esperando a Godot», los actores no querían aceptar que el protagonista estuviera esperando a Dios y a su revelación. El director de Beckett, Roger Blin, hizo todo para embrollar los papeles y engañar a los espectadores. En aquel momento histórico no se podía hablar de Dios o de religión: era vergonzoso. Con todo, se trataba de eso y de nada más. El teatro de Beckett -como, espero, el mío- es un teatro metafísico por excelencia, no un teatro político y social, como se ha dicho. Expresa las penurias de la condición existencial del hombre separado de la Trascendencia. Y es ahí donde nace la expectativa y la esperanza de que, algún día, Él se manifieste.
Ambos somos víctimas de un terrible equívoco. Cuando mi texto «Las sillas» se estuvo representando en Polonia, los dos protagonistas fueron convertidos en pobres obreros desdichados. Yo no lo hice así; se trata de dos personas que habían extraviado el camino humano hacia Dios y que lo estaban buscando. Y, de tanto en tanto, se les presentaba en la memoria el recuerdo de un paraíso perdido. Sin embargo, nadie ha puesto atención a este aspecto. Y cuando en la escena aparece el Emperador, en realidad se trata de Dios, un Dios a la bizantina. Algunos idiotas escribieron que se trataba de una nostalgia napoleónica, y se han escrito muchas otras estupideces. En realidad. «Las sillas» pone en escena la desesperada búsqueda de un sentido; es una obra sobre el vacío ontológico. Como usted ha dicho, el mío es un teatro de la ausencia; y así quisiera que fuera recordado: la gente está y no está allí, la realidad es verdadera o irreal, y yo me pierdo en esta búsqueda.
Teatro político
-Junto al suyo, en los cincuenta y sesenta, se afirmó otra clase de teatro, considerado «político», que tenía en Brecht a su profeta. Un teatro con el que usted no quiere compartir nada. ¿Por qué?
-El teatro «político» fue mi gran enemigo, y los daños que hizo los padecemos aún. Es un teatro ametafísico, sin profundidad. Cuando la política se separa de la metafísica, no expresa los problemas fundamentales del hombre. Erradicada de las cuestiones últimas, es un «divertissement» que sirve como distracción; constituye una actividad secundaria. La vida tiene una dramaticidad propia; mi teatro no quiere dejar fuera a la angustia. Quiere hacérnosla familiar para poder superarla. Busca permanecer ante la pregunta sobre el sentido sin dejarse desviar. La pregunta es ya, de algún modo, una respuesta.
Comoquiera, el teatro político varias veces intentó reclutarme. En vanos de mis «debuts» tuve discusiones con un conocido crítico, Kenneth Tynan, que me decía: «Usted podría ser, si lo deseara, si lo quisiera, el más grande autor contemporáneo.» «Con lo que escribe -afirmó- podría, a lo más, llegar a ser otro Strindberg (eso no está mal, pensé), pero sea brechtiano y será el mejor del mundo.» «No es verdad; sería el segundo, porque ahí está Brecht», repliqué.
Se nos decía: «¡comprométanse!» Pero comprométanse quería decir inscribirse al Partido Comunista, el gran Moloch de los intelectuales.
-En aquellos años, el ejemplo de intelectual comprometido, escritor de teatro, como usted, era Jean-Paul Sartre. ¿Tendría usted algo que reprocharle?
-¿Algo? Sartre ha sido el ejemplo más aclamado del tipo de intelectual que detesto. «Sartre, la conciencia del mundo», decía la publicidad de uno de sus libros. En realidad ha representado la inconciencia del mundo. Era uno de los que no habían entendido nada, que marchaba detrás de todos los eslóganes para «estar en el sentido de la Historia». En el sesenta y ocho agitaba a los jóvenes y luego corría detrás de ellos. No hizo otra cosa en toda su vida. Era la repercusión de toda la estupidez, los eslóganes, las desinformaciones posibles.
Era el más célebre intelectual marxista, pero cuando los nuevos filósofos desmitificaron el marxismo, para no perder el tren de la Historia, dijo: «Pero si hace ya dos años que no soy marxista.» Él, que poco antes sostuvo que «el marxismo es la filosofía perfecta a la cual nada le falta».
Recuerdo del 68
-Usted fue uno de los pocos intelectuales que ofrecieron una posición crítica ante los desenvolvimientos de los sucesos del sesenta y ocho, lo cual le fue ásperamente reprochado por la intelectualidad que entonces cabalgaba en aquella embriaguez ideológica. ¿Qué juicio haría hoy de aquellos sucesos?
-El sesenta y ocho ha sido una estupidez, y aquellos que hicieron la «llamada» revolución del sesenta y ocho se han convertido en notables, en burgueses. Yo lo sabía, lo sentía. Era una revolución de bajo perfil, una especie de carnaval. Retardó nuestro proceso cultural, con su repulsión por la cultura difícil.
-Sin embargo, los jóvenes del sesenta y ocho vieron en usted, con su teatro de vanguardia y de ruptura con la tradición, un modelo...
-Se equivocaban; estaba en contra. Un día, mientras estaba con mi editor, Gallimard, en la calle de la Universidad, un cortejo de estudiantes desfiló bajo la ventana: los insulté. «Llegarán a ser burgueses», les gritó. Me arrojaron piedras. Es cierto que muchos que no comprendían mi teatro, o que lo comprendían mal, sostenían que yo era una especie de anarquista, cuando, al contrario y a pesar de mis momentos de olvido, estaba en la búsqueda de la fe y una espiritualidad. De cualquier modo, durante el sesenta y ocho, todo parecía de valor; refutar el aburguesamiento o. lo que es igual, la muerte espiritual. Sin embargo, fue como dar una patada al agua: aquellos jóvenes lograron agitarla, y luego ellos mismos se convirtieron en burgueses. En el fondo fue una revolución hecha por burgueses que deseaban permanecer en la burguesía, porque eran unos mediocres.
Una nueva ideología
-Un hecho poco notado es que usted, en los años cuarenta, cuando regresó de Rumania a París, tuvo la oportunidad de entrar en relación y estrecha amistad con el movimiento «Esprit», con Mounier, y después con Maritain, Berdíaev, Gabriel Marcel... ¿Qué han representado para usted?
-Una especie de familia espiritual. Yo venía de Rumania, donde se estaba llevando a cabo una monstruosidad inaceptable, el fascismo rumano de los Guardias de Hierro. En mi país estaba solo, con tres o cuatro amigos. Pero, aunque sea en pequeñas dosis, ellos comenzaron a aceptar la ideología fascista. «Cierto que a pesar de los hebreos...» empezaban a decir. Mas cuando se acepta, aunque sea una pequeña parte de la ideología, ésta se aferra a nosotros, nos engulle. En aquella soledad no supe cómo defenderme. Me decía: «¿Cómo es posible que yo tenga razón, en contra de todos?» Era la época en que se inventaba toda una nueva sociología, una nueva biología, nuevas teorías sobre las razas. El mundo parecía subyugado por la nueva ideología, totalmente anticristiana. Y era muy difícil resistir las argumentaciones difundidas y compartidas por los profesores, los periodistas, los escritores, los estudiantes. ¿Y cómo responder? No tenía argumentos, sólo una pequeña, frágil y muy débil rebeldía; una especie de resistencia moral. El grupo que se reunía en torno a la revista «Esprit», como Mounier, Berdiaev (a quien, sin embargo, no conocí personalmente), Marcel, fueron quienes me «socorrieron».
Mi último libro, «La búsqueda intermitente» -continúa lonesco-, es el recuento de lo que he buscado en el curso de la vida. He estado dividido entre el deseo de la gloria literaria, esa inmortalidad falsa y provisional, y la búsqueda del absoluto. Y toda mi vida ha transcurrido entre estos dos polos. Porque la estupidez literaria y todas estas historias de política, adulterio y demás asuntos que ocupan tanto tiempo de la vida humana, igualmente ocupan el espíritu de los escritores. Son lo que llamamos preocupaciones, son los «divertissements». Al igual que la guerra es un «divertissement», no obstante la crueldad que muestra. Sirven para olvidar las cuestiones fundamentales.
Yo me he visto en el estupor de la existencia: pascaliano por naturaleza, y por haber leído a Pascal, estaba aterrorizado por la infinitud de los espacios: ¿por qué existe algo, en vez de nada?, me preguntaba con Leibniz. Estoy estupefacto ante la inmensidad infinita del cosmos, que quiero comprender, pero me supera la angustia; quiero penetrar en la creación de Dios con su misma inteligencia, quiero concebir lo inconcebible... Y, tras la pregunta por la existencia, viene otra, fundamental: ¿por qué existe el mal? He escrito para preguntarme a mi vez sobre estas preguntas, sobre estos místenos.
El problema del mal me hizo dudar, hace tiempo, de la existencia de Dios. Estudié libros sobre la gnosis y fui tentado. Sufrí mucho espiritualmente. Los gnósticos sostenían que el mundo no había sido creado por Dios sino por los ángeles rebeldes que le habían robado algún secreto de fabricación. Ésta sería la razón por la que el mundo es imperfecto. El mal fue el tema de mi texto «Asesino sin móvil».
Desde hace tiempo, no mucho, a decir verdad, me resigno a no ponerme en el mismo plano de la existencia divina. Me he dicho que era imposible que pudiera comprender, y que no debía dudar. Sin embargo, dudo igual, a pesar de mis esfuerzos.
El santo Kolbe
-¿En qué punto de su búsqueda se inscribe su obra sobre Maxilimiano Kolbe?
-Un ilustre colega mío de la Académie Française, el padre Carré, me propuso escribir un texto sobre Kolbe, hace ocho o nueve años. De Kolbe me han fascinado el amor, el sacrificio, su inmensa caridad que justamente ha merecido los honores de la Iglesia, que lo ha reconocido como santo. Fue el músico Dominique Probst, aunque él también influido por el padre Carré, quien quiso hacer una ópera. Así que nos pusimos de acuerdo, yo escribí el libreto y él la música. Escribimos un solo acto, porque queríamos hacer una ópera breve, que durase treinta minutos. Terminaba con el ingreso de Kolbe al pabellón de los condenados. Nuestro trabado fue aceptado por el director de la Opera de París, con el que firmamos un contrato. Sin embargo, cuando dejó la dirección, nadie quiso ponerla en escena.
El filósofo Adorno ha dicho que después de Auschwitz el hombre no puede ser el mismo, y la filosofía debe necesariamente cambiar. Kolbe es la respuesta: no hay más que la fe, la caridad y la súplica que pueden sostenernos en nuestra propia existencia.
Para mí es la fe la virtud teologal suprema. Una vez me confesé con un monje del Monte Athos. «¿Has cometido incesto, has matado, has robado?», me preguntó. «Si has hecho algunas de estas cosas, no te preocupes. Todo es perdonable. Sólo un pecado no es perdonable: no creer, no tener fe.» «Padre -le respondí-es ahí donde se necesita sanar.» Las obras que los cristianos edifiquen, incluida la caridad, son vanas sin la fe.
-Usted fue bautizado ortodoxo, pero ha recibido una educación católica. ¿Existe algún peligro de que se confundan las Iglesias en el mundo actual?
-Si. La Iglesia tiene tanto miedo de quedar fuera de la Historia que parece querer disolverse en ella. Ha entrado de tal forma en la Historia que se confunde con ella. De estar inmersa en la Historia, acaba sumergida por la Historia. La Iglesia debe estar por encima de la Historia para poder influir en ella. Y ha sucedido lo contrario, especialmente en los países del Este, donde la Iglesia ortodoxa está completamente al remolque de los poderes del Estado. Rogar por los hombres está bien, rogar por las naciones es excesivo. Aunque también la Iglesia católica de Francia ha hecho cosas difíciles de olvidar.
Pensador solitario
-Una de sus obras más conocidas, «Rinocerontes», es la historia de un contagio ideológico en el que todos los hombres de la ciudad se transforman en rinocerontes, es decir, en hombres que reciben las ideas hechas. Todos, excepto uno que ofrece una valiente resistencia. ¿Hay un lugar, en la inteligencia o en el corazón del hombre, al cual acogerse para oponer resistencia a los rinocerontes que nos circundan?
-Sí, son las verdades fundamentales y permanentes que existen en el hombre y que no pueden ser extirpadas, sino, en todo caso, encubiertas. En ciertos hombres, estas exigencias originarias aparecen de modo evidente: son aquellos que tienen el valor de pensar por sí mismos.
En «Rinocerontes» evoqué la experiencia de los Guardias de Hierro en Rumania. Escogí esos animales porque tienen la piel tan gruesa que no es posible hendirla y es imposible cualquier diálogo.
Yo daría un consejo a los hombres: el de pensar por sí mismos y. sobre todo, elegir las minorías, no la turba. Yo fui considerado, primero, un intelectual de izquierda y, después, de derecha. Y. en cambio, siempre he sido un pensador solitario. Pensar a solas hace sufrir; aísla, pero vale la pena. Produce hombres.

ABC Literario, 24 de diciembre de 1989, pp. VIII-X