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viernes, 7 de septiembre de 2018

"Las juventudes y el fascismo en el periodo entre guerras" de José Luis L. Aranguren (La Vanguardia Española, 28 de octubre de 1972)


A medio siglo de la Marcha sobre Roma
Las juventudes y el fascismo en el período entre guerras
El cincuentenario de la Marcha sobre Roma, visto ya con más que suficiente perspectiva histórica, se ha convertido en —y reducido a— una fecha simbólica: el advenimiento al Poder, por primera vez, del fascismo. Pero ¿detentó el fascismo plenamente el Poder? No. Mantuvo al Rey, buscó —así, con el Vaticano— soluciones conciliatorias, no desencadenó —lejos de ello— la Segunda Guerra Mundial, entró tarde y a traición en ella, y su papel bélico fue bastante deslucido. En suma, el fascismo italiano que, comparado con el alemán, se quedó en una especie de Dictadura del General Primo de Rivera con retórica moderna, lo que verdaderamente aportó fue nada más, pero también nada menos, que la «retórica» fascista. Si Ludwig Marcuse ha podido llamar al wagnerismo culturalista, a partir de «El Anillo de los Nibelungos», el gran «show», por no decir la gran mascarada, con mayor razón puede afirmarse que el fascismo mussoliniano, mera ópera italiana, no pasó de ensayo general del verdadero y totalitario fascismo, y cuando se implantó éste, comparsa o partiquino suyo, inclusive los intelectuales del fascismo, D'Annunzio, los futuristas, padecieron una sobrecarga retórica excesiva o fueron, como el filósofo del sistema Giovanni Gentile, meros epígonos de un Hegel italianizado y pasado por Benedetto Croce.
Hubo sin embargo en Mussolini, ex socialista y discípulo de Sorel, la intuición de la necesidad de apelar a la juventud. A partir de él, la política de Occidente cuenta con la juventud, exalta a la juventud. El himno «Giovinezza» diría yo que, con todas sus connotaciones y supuestos, ha sido la máxima aportación cultural del fascismo Italiano (lo que, evidentemente, no es mucho decir). El mito de la resurrección de Roma que habría encarnado, como su César, Benito Mussolini, ni siquiera él mismo lo tomó bastante en serio como para asumirlo hasta sus últimas consecuencias. Así pues, repitámoslo, el fascismo italiano importa como ensayo del alemán, por su exaltación épico-lírica de la juventud y, aspecto más práctico y movilizador, por su constitución, también por la primera vez, de «milicias» juveniles y aún infantiles (juego premilitar a la guerra).
Mas también en este punto, el de la valoración cultural de la juventud, hay que volver los ojos a Alemania, pues Italia carecía de tradición en este aspecto. Hemos hecho alusión, antes, al wagnerismo. Ahora bien, el wagnerismo se erigió pronto en la representación simbólica de la supremacía aria y del antisemitismo (una de las razones de la ruptura de Nietzsche con Wagner). El wagnerismo cuenta como uno de los grandes movimientos precursores del nacionalismo, Houston Stewart Chamberlain, yerno de Wagner, entusiasta de su música y racista extremado, hasta el punto de nacionalizarse alemán, es decir, para él, «ario». Escribió un libro «Las bases del siglo XIX», enormemente leído como la doctrina del germanismo. Ahora bien, preparando una ponencia sobre «Ecología y Comunicación en el pensamiento de Ortega y Gasset» para el Congreso sobre Comunicación que, cuando aparezca este artículo se habrá celebrado ya en Barcelona, hube de releer un libro del biólogo von Uexküll, tan apreciado por Ortega, que lo hizo traducir, y me encontré con la sorpresa de que su edición estaba dedicada «respetuosamente» a este Chamberlain. Nietzsche —un Nietzsche, cómo se ha sabido después, convenientemente «arreglado» por su hermana y sus colaboradores, para que sirviera al mito ario y antisemita y, finalmente, le fuera presentado como tal al propio Hitler— se convirtió por estos mismos años, tránsito del siglo XIX al siglo XX, en el autor más influyente sobre la juventud; juventud que por entonces comenzó a cobrar conciencia de su importancia sociocultural, en contraste con la más que adulta Alemania guillermina y bismarckiana. La primera asociación cultural juvenil, el «Wandervögel» fue fundada durante el curso 1896-7 por un estudiante de enseñanza media llamado Karl Fischer. El «Jugendbewegung» o «Movimiento de la juventud» —que, por supuesto, no tenía nada de pre-nazi, pero fue aprovechado por los nazis más cultivados como un antecedente— alcanzó su punto culminante en la concentración de los altos de Meissner, cerca de Kassel, en 1913. El gran poeta Stephan George (1868-1933) y su Círculo, fue otro antecedente que, formando parte, en realidad, del Movimiento juvenil, fue utilizado también por el ala relativamente culta del hitlerismo. George fundó en 1892 las «Blaetter fuer die Kunst», de larga vida, publicadas por Georg Bondi, de Berlín, muy bellas ediciones con la cruz esvástica en la cubierta (yo poseo algunos de aquellos volúmenes). Stephan George exaltó el mito del Cuerpo hasta su divinización, y la figura cultual de Maximin, el bello efebo hecho dios. Su catolicismo por no paganizado dejó de influir, y enormemente, en Scheler y su grupo, en Guardini y el movimiento benedictino de Maria Laach; y su reiterado hablar de los Héroes poéticos y del «Neue Reich» facilitó su propagandística aproximación ulterior al III Reich de Hitler. Dos miembros del Círculo de Stephan George, Ernst Bertram y Hans Naumann, se unieron al movimiento nazi y en plena guerra, en 1941, fueron lujosamente reeditadas las obras de George.
Al movimiento juvenil perteneció también la nueva pedagogía de Gustav Wyneken, con sus lemas, tan enormemente actuales, de la «libre comunidad escolar» y la «cultura de la juventud». Y, en fin, autores muy leídos por los jóvenes de entonces fueron Langbehn, Lagarde y Paul Alverdes, autor éste de «Das Innere Reich».
Repito que sería muy injusto considerar a todos estos escritores —a los tres últimos, así como a H. S. Chamberlain, si— y a aquellos movimientos juveniles como prefascistas. Pero lo menos malo del fascismo alemán, o de sus colaboradores, no se entendería sin ellos, como no se entiende a José Antonio Primo de Rivera sin Ortega y Unamuno. De todo lo que oficialmente se ha hecho en España en el plano cultural desde el poder, lo de mayor calidad ha sido sin duda la revista falangista «Escorial» y, para continuar con el paralelismo poético de los nazis, la celebración falangista de la poesía de Unamuno y, aún más la de Antonio Machado. Como ha escrito acertadamente M. J. Langeveld, el hitlerismo explotó el movimiento juvenil frente a los adultos y, como es natural, terminó sofocándolo completamente.
El fascismo ha sido el único movimiento de derechas que no se presentó como tal, sino como superador de la antítesis derecha-izquierda. Y el primer movimiento de derechas que contó con la juventud y la movilizó, porque se dio cuenta de que la necesitaba, de que era menester presentarse como un sistema joven. Y esto ha sido una característica de todos los movimientos fascistas, desde el italiano, con su pintoresco estilo, hasta el español en la fase falangista del Régimen. Pero fue en Alemania donde alcanzó su culminación, que existía una tradición inmediata, viva de la que era menester hablar aquí, aunque haya sido anterior al período entre guerras, porque es la que hace a éste inteligible.
El período de entre guerras se caracterizó en Alemania por el hundimiento económico y la debilidad política. La política de represalias de los aliados vencedores fue de una torpeza extrema que, ofendiendo los sentimientos nacionales, arrancando pedazos de Alemania, ocupando permanentemente el país renano y, lo que aún fue peor, sumiendo a la nación en la ruina económica, prolongada luego con la repercusión del hundimiento financiero americano de 1929, condujo al país a la desesperación y (por un 37% de los votos, en las últimas elecciones libres, las de 1932) a asirse al clavo ardiendo del nazismo, ante la impotencia del Gobierno de Weimar, sus reiteradas disoluciones del Reichstag y, en suma, la crisis del liberalismo, por la que atravesaron igualmente Italia y España, hasta el establecimiento en ellas del fascismo y la dictadura respectivamente.
Los grandes nombres que entre las dos guerras mundiales «sirvieron» al nazismo, cualquiera que fuese la intención subjetiva de los tres últimos pensadores (el primero había muerto ya) fueron fundamentalmente Max Scheler, Ernst Jünger, Martin Heidegger y Carl Schmitt, cuatro grandes figuras, es menester reconocerlo, de la cultura alemana. (Podrían agregarse otros menos importantes: Spengler, introducido en España por Ortega, Ludwig Klages, Hans Carossa, Gottfried Benn, del cual acaba de publicar Barral Editores la autobiografía de su colaboracionismo.) Los movimientos estrictamente culturales, más aún, poéticos que sirvieron asimismo de prestigiosa cobertura al nazismo, y para la atracción de la juventud, fueron los de exaltación de la poesía de Hölderlin y la poesía de Rilke (y el equívoco en la interpretación de la de George, de la que ya hemos hablado).
Max Scheler, influido, como todo su grupo, por el Circulo de Stephan George, importa aquí principalmente como autor de «El Genio de la Guerra y la Guerra alemana», obra de la que Ortega dio a los lectores españoles referencia tan puntual como justa en su severidad, no exenta, sin embargo, de gran aprecio. La estimación del «genio de la guerra» que contiene, ha sido de consecuencias muy graves para la juventud alemana, y el hecho de que fuera escrita en plena primera guerra mundial no exime de responsabilidad moral a su autor.
El caso de Ernst Jünger, discípulo de Nietzsche y también de George, autor, me parece, mal conocido en España, excelente escritor, como Walter Benjamín (que ahora está poniendo de moda aquí Jesús Aguirre, que era tres años mayor que Jünger, y que vale como su simétrico contraste) de fuerte influencia literaria francesa, es muy peculiar. Joven héroe de la primera guerra mundial, sus primeros libros a ella fueron dedicados. Después nos importan «Der Arbeiter» («El trabajador»), 1932, exaltación prefascista del Obrero y, en «Blätter und Steine», 1934, el trabajo «La movilización total», cuyo título ya es por sí bastante expresivo. El canto al espíritu heroico y «La pura forma de la guerra», la relación entre el «genio de la guerra» y el «genio del progreso», la absorción de la vida pública, los ejemplos paradigmáticos de Hindenburg y del racista Lundendorff, y el de Rathenau como ilustración de la escisión interior de la «inteligencia judía» son algunos de sus temas. Durante la segunda guerra mundial y como diario de guerra —de la «ascesis bélica»—, en realidad bastante «enfriado» ya, de los años 1939-1940, escribió « Gärten und Straßen», editado por Mitter & Sohn, que reeditó las otras obras suyas a que he hecho referencia, y que no publicaba sino libros de guerra. Ernst Jünger fue en plena guerra traducido en la Francia ocupada (Gallimard) y en Italia. No sé que haya sido traducido al castellano. La influencia cultural germánica se ejerció aquí entre los estudiosos. Los escritores fascistas o afines, Sánchez Mazas, Eugenio Montes, Giménez Caballero, el Dionisio Ridruejo de entonces, no sabían alemán. Es extraño que Eugenio d'Ors, tan atento siempre al «espíritu de los tiempos», no hubiese hecho traducir a este escritor, de gran calidad literaria y terso estilo.
Heidegger, como es bien sabido, aceptó el Rectorado de la Universidad de Friburgo y pronunció su famoso discurso de toma de posesión el 27 de mayo de 1933 (Hitler era canciller desde el 30 de enero). El «servicio» político que con esta aceptación prestó a| Régimen y, lo que nos importa especialmente, a los ojos de la juventud —Heidegger y Jünger eran, con mucho, los intelectuales más prestigiosos de la Alemania hitleriana— fue enorme.
Ya antes de la segunda guerra, durante ella, habla Heidegger empezado a ocuparse de Hölderlin, como el poeta por excelencia. Las Obras de Hölderlin (cuya edición fue iniciada por Norbert V. Hellingrath, caído en la primera guerra mundial, y a cuya memoria dedicó Heidegger su trabajo «Hölderlin y la esencia de la poesía»), fueron reeditadas en un ya muy difícil momento de la guerra, 1943, lo que muestra la gran importancia que el nazismo les daba. (Por contraste, Peter Weiss en su reciente obra teatral «Hölderlin», da de éste una interpretación opuesta y revolucionaria). Rilke fue en vísperas de la guerra y durante ella tan abundantemente publicado que, según se dijo —probablemente también este decir formaba parte de la propaganda bélica— cada soldado alemán llevaba en su mochila algún libro de Rilke. Y en la «Anthologie de la Poésie Allemande» (Stock, París 1943), obra de pura propaganda germánica (el judío Heine no aparece en ella), a Hölderlin se le dedican más páginas que a nadie, incluso que a Goethe, y me parece que Rilke va en extensión inmediatamente detrás de ambos. Otra antología poética sumamente significativa, «Italien im Deutschen Gedicht» fue publicada asimismo en 1943.
En cuanto al «decisionista», antiliberal y admirador de Donoso Cortés, Carl Schmitt no hace falta hablar mucho de él, por ser bien conocido en España, país que visitó varias veces. Un editor nada fascista, Francisco Ayala, lo tradujo antes del comienzo de nuestra guerra, y Javier Conde después.
No sólo en el plano cultural se propuso el fascismo alemán atraer a la juventud. También en el erotista, como cultivo de la raza — recuérdense los campos de procreación de hijos del Régimen, creados por Himmler— e incluso, por lo menos al principio, de la homosexualidad (las S.A. de Rohm), «Männerbunde» o ligas puramente masculinas, inspiradas muy lejanamente en hipótesis etnológicas, más espiritualmente en el culto a Maximin de George, y muy de cerca, en la «Filosofía» de Hans Blüher. En España estamos viendo ahora la película de Visconti «Muerte en Venecia», pero mucho han de cambiar las cosas para que lleguemos a ver, del mismo Visconti, la que dedicó a la gran familia industrial durante el III Reich, en una de cuyas secuencias los «héroes» homosexuales de las S.A. son exterminados, en plena orgia, bajo las órdenes de Hitler.
Ahora, en el cincuentenario de la subida del primer fascismo al Poder, sería bueno que los gobernantes aprendieran de él la única lección todavía válida que puede dar: la de que en los tiempos modernos no se puede gobernar «contra» la juventud. El fascismo fingió o quiso ser un régimen juvenil y, por ejemplo, su fomento de la «Gemeinschaft» frente al individualismo encuentra su versión actual en la voluntad juvenil de vida en comunidades o comunas. En realidad lo que hizo fue indoctrinar a la juventud, embriagarla con grandes mitos pero, en cualquier caso, contó con ella y se sirvió, para atraerla, de los nombres más prestigiosos que podía manipular —Hölderlin, Nietzsche, George, Rilke, Heidegger, Jünger, italianos pocos, no los había o no servían— cuyo prestigio, y me refiero ahora a los dos últimos, directamente implicados en el nazismo, ha sobrevivido con mucho a éste.
Los sistemas seniles que han sucedido al fascismo saben que carecen de toda posibilidad de comunicación con la juventud y, por eso, lo único que se proponen es sojuzgarla. Grave error, que no puede conducir sino a la rebeldía total o a la total desmoralización de lo mejor que posee un país, lo único realmente prometedor; su porvenir.
José Luis L. ARANGUREN, La Vanguardia Española, 28 de octubre de 1972, p. 50.

domingo, 19 de julio de 2009

Épater la bourgeoisie?


Baudelaire, Lautreàmont, Verlaine, Heine.... quizá una buena manera de entender el porqué de la formación y legitimación "intelectual" del totalitarismo durante el siglo XX, sea acercándose al “mensaje oculto” que emanaba de buena parte de la literatura del siglo XIX: las almas nobles deben resistirse el materialismo grosero de la burguesía -los filisteos- y -consecuentemente- deben buscar un orden y un hombre nuevo sobre el que reine la "Razón humana".

Este “mensaje oculto” floreció con fuerza en los años veinte y treinta en forma de diferentes partidos y "movimientos" capaces, según se decía, de poner en práctica tales cambios. Ante la crisis económica y política, el mundo se volvió demasiado absurdo como para soportarlo sin buscar alternativas. Y así, una buena parte de los artistas e intelectuales de la época comenzaron a burlarse de la democracia, del “Sistema” que había que enterrar y clamando por la llegada de una nueva humanidad que, se decía, ya se acercaba.

La tragedia que ocurrió después (y sus innumerables "justificaciones") no puede explicarse sin entender la gran necesidad de un orden racional, que gran parte de los intelectuales que vivieron en esta época -el siglo XX- sintieron.

Dios nos libre de tanta irracionalidad.

martes, 9 de septiembre de 2008

Del "antifascismo".

Perdonadme si últimamente he hecho de este blog, una lista de recensiones (o, más bien, de pequeñas anotaciones), pero, no puedo dejar de pasar la aportunidad de comentar libros, que me parecen de gran valor. El último de esta lista, es el gran estudio que ha realizado Norman Davies sobre la Segunda Guerra Mundial. No exagero, al decir que este es un libro que debería figurar en la biblioteca de cualquiera que aspire a hacerse una mínima idea, no sólo sobre qué fue la segunda guerra mundial, sino, en su conjunto, el siglo XX.

Aquí os muestro unos parrafos para abrir boca:

"Entre 1936 y 1939, muchos intelectuales occidentales seguían los acontecimientos a distancia. Les disgustaba el fascismo y con el comunismo se sentían incómodos. Sin embargo, tenían la impresión que la guerra se avecinaba y de que no podrían permanecer al margen indefinidamente. Se quedaron consternados cuando, pese a su abundante retórica, sus gobiernos no impidieron que Mussolini invadiera Abisinia. Les afectó la caída de Checoslovaquia, pero lo que les llenó de pánico fue la evolución de los acontecimientos de España. Fue la guerra civil española la que finalmente les llevó a decidirse. Es difícil saber qué habría ocurrido si Franco hubiera salido derrotado. La opinión pública occidental podría haber despertado y haberse percatado de que los estalinistas habían ususrpado la causa republicana, dedicándose, por ejemplo, a asesinar en masa a sus camaradas de la izquierda en Barcelona. Pero, en la primavera de 1939, Franco venció, y lo hizo con el apoyo de tropas italianas y aviones alemanes. El fascismo triunfaba. A Franco podía echársele la culpa de todo. España estaba incómodamente cerca. Europa occidental debía combatir al fascismo para sobrevivir.

A los seis meses de la victoria de Franco, Hitler invadió Polonia y empezó la guerra. El movimiento antifascista habría recibido un aplauso universal de no ser por una singular sorpresa: Stalin se había unido a Hitler. Durante casi dos años, los antifascistas vivieron en la más completa confusión. En 1940, a raíz de la negativa de Stalin de retirarse de Finlandia, el Reino Unido y Francia estuvieron a un paso de verse en guerra no sólo con el Tercer Reich, sino también con la Unión Soviética. Y entonces el mundo recobró la razón. Hitler invadió la Unión Soviética y declaró la guerra a Estados Unidos. Se había formado «La Gran Coalición». «Los Tres Grandes», es decir, el país más capitalista del mundo, el país más elocuentemente imperialista y demócrata del mundo y el líder del mundo comunista unieron sus fuerzas. El antifascismo volvió a ponerse de moda gracias a la venganza. Resultaba particularmente adecuado desde la perspectiva de los estadounidenses, que necesitaban desesperadamente una cruzada moral contra el Mal, que reaccionaron a las denuncias de imperialismo de los soviéticos, y que acudieron a la pragmática llamada de que todos debían unir sus fuerzas. El séquito de Roosevelt se llenó de compañeros de viaje, incapaces de advertir la verdadera naturaleza del régimen de Stalin. Los agentes soviéticos se infiltraron en los ministerios de Churchill e impidieron que calara un punto de vista más realista. Por su parte, Stalin posó sin despeinarse en su papel de benevolente «tío Joe».

Ése fue el clima político reinante en el seno de la coalición durante toda la guerra. Éste fue el espíritu que imbuyó las primeras historias que se escribieron sobre la guerra y ése es el origen del malentendido que desde entonces ha entorpecido una comprensión cabal de lo que ocurrió."

lunes, 9 de junio de 2008

Eric Voegelin sobre Joaquín de Fiore


JOAQUIN DE FIORE Y EL SIMBOLISMO GNOSTICO

... un segundo complejo de símbolos, que se manifiesta a través de los movimientos de masas gnósticos modernos, fue creado por la especulación histórica de Joaquín de Fiore al final del siglo XII.
La especulación histórica de Joaquín se dirigía contra la filosofía de la Historia de San Agustín, entonces dominante. Según la construcción agustiniana, la fase histórica, después de Nuestro Señor Jesucristo, era la sexta—la última—época de la tierra; era el saeculum senescens, la épica de la senectud de la Humanidad. Al presente no le quedaba ya ningún futuro terrenal. Su sentido se agotaba en la espera del fin de la Historia por los acontecimientos escatológicos. Era un aspecto de la Historia cuyos motivos hay que buscarlos en las experiencias del siglo v, en el que se creó; en la época de San Agustín parecía efectivamente que si no se acababa «el» mundo, sí lo hacía «un» mundo.
Pero la imagen de un mundo envejeciendo y esperando su fin no podía satisfacer a los hombres de la Europa occidental del siglo XII, pues se veía demasiado claramente que su mundo no estaba declinando, sino, muy al contrario, renaciendo. La población crecía, la colonización se extendía, la riqueza aumentaba, se fundaban ciudades, y la vida espiritual se intensificaba, debido especialmente a las grandes Ordenes monásticas a partir de Cluny. Una imagen de envejecimiento tenía que parecer un contrasentido a esta época vitalmente creciente y madurando su civilización.
La especulación de Joaquín bosquejó su cuadro de la Historia siguiendo el esquema trinitarío. La Historia universal era una sucesión de tres grandes épocas—del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo—. La primera época se extendía desde la Creación hasta Nuestro Señor Jesucristo ; la segunda, la del Hijo, había comenzado con Él; pero la época del Hijo no era la última, como en San Agustín, sino que tenía que ir seguida por otra: la del Espíritu Santo. Aunque todavía dentro de la esfera cristiana reconocemos ya los primeros síntomas de la idea de una época poscristiana.
Joaquín se dejó llevar incluso a especulaciones concretas sobre el comienzo de la época del Espíritu Santo, la cual debería empezar en el año 1260. Y la nueva época debía ser introducida, al igual que las anteriores, por una figura conductora. Así como la primera época había comenzado con Abraham y la segunda con Jesucristo, la tercera debía comenzar en 1260 con la aparición de un «dux e Babylone».
Hasta aquí la especulación joaquinista. Podemos reconocer en ella un complejo de cuatro símbolos que han seguido siendo desde entonces característicos de los movimientos políticos de masas en la Edad Moderna.
El primero de estos símbolos es el del Tercer Imperio, o sea la idea de una tercera fase en la Historia universal que sea al mismo tiempo la última del perfeccionamiento. A este símbolo de tres fases pertenece una clase muy amplia de idea gnóstica. Como primera, y ante todas, hay que citar la división humanista de la historia universal en las edades: Antigua, Media y Moderna. Esta división proviene en su concepción original de Biondo. Fijaba la Edad Media en el milenio comprendido entre la invasión de Roma por los godos hasta el año 1410.
Es en el siglo XVIII cuando comienzan las leyes trifásicas que se hicieron célebres por Turgot y Comte: la Historia universal se divide en una primera fase teológica, una segunda metafísica y una tercera de la ciencia positiva. En Hegel encontramos una división de la Historia universal en tres partes, según los grados de libertad: desde la época antigua de los despotismos orientales, en los que no había nada más que un solo hombre libre, pasando por los tiempos de la aristocracia, en los cuales había pocos seres libres, hasta la época moderna, en la que todos son libres. Marx y Engels aplicaron este esquema tripartito a su problemática del proletariado y hablaban de una primera fase de precomunismo, una segunda fase de sociedad de clases y una tercera de la sociedad sin clases, en la que se establece el imperio final comunista de la libertad. Schelling, por su parte, ha distinguido en su especulación histórica las tres grandes fases de la cristiandad: la primera—la Petrina—, seguida de la segunda—la Paulina—, que se cierra con una tercera—la Juanina—de la cristiandad perfeccionada.
Con esto no se han citado nada más que los casos principales para mostrar que la concepción de un tercer estado de perfeccionamiento es efectivamente un símbolo predominante en la conciencia que de su norma tiene la sociedad moderna. Por esto, no debe sorprender mucho, después de una preparación de siglos, el intento de llevar a la práctica, por medio de la acción revolucionaria, el tercer estado final. Su enunciación nos debe recordar además que un tipo de símbolos o sucesos formado a través de siglos no podrá perder en un día su posición dominante en la Historia occidental.
El segundo símbolo desarrollado por Joaquín es el del caudillo, Führer--el dux—, que aparece al principio de una nueva que con su aparición funda ésta. El símbolo fue acogido ansiosamente por los contemporáneos de Joaquín, ávidos de liberación. Su primera víctima fue San Francisco de Asís. Para poder prevenir una mala interpretación de sus acciones, netamente ortodoxas, se vio obligado a tomar medidas especiales al ser considerado por tantos como el caudillo del reino del Espíritu Santo. A pesar de sus cuidados, siguió viva la fe en San Francisco como caudillo del reino del Espíritu Santo, y ha influido enormemente sobre Dante en su concepto de tal figura conductora.
La idea dominó también todo el movimiento sectario del Renacimiento y la Reforma. Sus caudillos eran los paráclitos poseídos del Espíritu de Dios, y sus seguidores eran los homines novi o spirituales. A través del Dante ha vuelto a revivir la figura de un dux del nuevo reino en las épocas nacionalsocialista y fascista. Hay literatura alemana e italiana en la que se celebra a Hitler y Mussolini como los caudillos profetizados por Dante.
Durante el período secularizado de la Edad Moderna no se podían imaginar los caudillos como paráclitos poseídos de Dios. Con el final del siglo XVIII comienza un nuevo símbolo en sustitución de las más antiguas categorías propagadas o utilizadas por las sectas religiosas: el del superhombre. La expresión, creada por Goethe en Fausto, es empleada en el siglo XIX por Marx y Nietzsche para designar al nuevo ser humano en el tercer estado. El proceso de creación del superhombre es afín al movimiento espiritual, en el que los más viejos sectarios religiosos absorben la sustancia de Dios y se convierten en hombres endiosados: godded man. Los sectarios secularizados entienden a Dios como una proyección de la sustancia del alma humana en el espacio ilusorio del otro mundo. Esta ilusión puede ser disuelta psicológicamente y el «Dios» puede volver a ser devuelto al alma humana, de la que proviene.
Al disolver la ilusión, vuelve a incorporarse al hombre la sustancia divina, y éste se convierte en superhombre. La reincorporación de Dios al hombre tiene por resultado —al igual que en los viejos sectarios—la creación de un hombre que se siente a sí mismo más allá de las ligaduras v obligaciones institucionales. Distinguimos como tipos principales del superhombre: el progresista de Condorcet—que tiene incluso la perspectiva de una vida terrenal eterna—, el positivista de Comte, el comunista de Marx y el dionisíaco de Nietzsche
El tercero de los símbolos joaquinistas es el del precursor. Joaquín suponía que el caudillo de cada época tenía un precursor, al igual que Cristo tuvo a San Juan Bautista. También el caudillo del cautiverio babilónico, que debía aparecer en 1260, tiene tal precursor, en este caso Joaquín mismo. Con la creación del símbolo del precursor ha entrado a formar parte de la historia occidental un nuevo tipo: el intelectual, que conoce la fórmula para la liberación de los males del mundo y que sabe profetizar el curso de la Historia universal en el futuro.
En la especulación joaquinista, el intelectual se encontraba todavía muy arraigando en el ambiente de la cristiandad, en la medida en que Joaquín se presentaba a sí mismo como el profeta del futuro «dux e Babylone» enviado por Dios. En el transcurso de la historia occidental se ha ido perdiendo este arraigo cristiano. El anunciador, el precursor del caudillo se ha convertido en un intelectual en el sentido secularizado: un intelectual que cree conocer el sentido de la Historia como inmanente al mundo y cree poder predecir el futuro.
En la práctica política no se puede separar siempre con claridad la figura del intelectual que diseña la imagen futura de la Historia y hace predicciones de la figura del caudillo. En el caso de Comte, por ejemplo, tenemos sin duda la figura de un caudillo; pero al mismo tiempo Comte es también el intelectual que pronostica su propio papel como caudillo de la historia del mundo y que, yendo más allá, se convierte, por la magia de una práctica meditativa, de intelectual en caudillo. Tampoco en el caso del comunismo se pueden separar claramente el caudillo y el intelectual en la persona de un Marx; pero en el aspecto histórico del movimiento están separados por una generación entera Marx y Engels como «precursores» y Lenin y Stalin como «caudillos» de la instauración del Estado comunista.
El cuarto de los símbolos joaquinistas es la comunidad de los individuos espiritualmente autónomos. En el ambiente monástico de su tiempo, se figuraba Joaquín el tercer estado como una comunidad de monjes. Lo esencial de esta figuración para nuestro tema es la idea de una Humanidad espiritualizada que puede existir en comunidad sin la mediación o sostén de instituciones, porque, según la idea joaquinista, la comunidad de monjes debía ser realidad sin el apoyo sacramental de la Iglesia. Reconocemos en esta comunidad de personas autónomas, sin organización institucional, el simbolismo de la comunidad de los movimientos de masas modernos que se imaginan el estado final como una comunidad libre de los hombres, una vez desaparecidos el Estado y otras instituciones. Donde más claro se conoce este simbolismo es en el comunismo; pero también la idea de la democracia vive en gran parte del símbolo de una comunidad de seres autónomos.
Y con ello se cierra la exposición de los símbolos joaquinistas. Reconocemos en ellos uno de los grandes complejos de símbolos que se han mostrado activos en los movimientos políticos de masas modernos, y que lo siguen siendo.

Eric Voegelin. Los movimientos de masas gnosticos como sucedaneos de la religión.

domingo, 11 de mayo de 2008

Una entrevista a Gonzalo Torrente Ballester sobre la generación del 36. (I). La “retaguardia intelectual” de la Falange (1936-1939)

El llamado grupo de Burgos. De izquierda a derecha, Luis Felipe Vivanco, Luis Rosales, Rodrigo Uría, Diniosio Ridruejo, Pedro Laín Entralgo, Gonzalo Torente Ballester y Antonio Tovar (Madrid, 1973. Foto: Muller)


La entrevista que presento a continuación, es parte del libro de César Alonso de los Ríos Yo tenía un camarada, realizada por el autor al escritor gallego en marzo de 1979 para el semanario que por aquél entonces dirigía -La calle. Esta entrevista no fue, hasta la publicación del mencionado libro, dada a conocer.
Mi intención al transcribir esta entrevista está alejadísima del
“ajuste de cuentas”, tan en boga... simplemente creo que es una buena forma de dar a conocer la evolución de una parte de los intelectuales en España desde la guerra civil hasta la actualidad. Ir más allá de esta constatación, buscando derruir una obra valiosa, por medio de una lectura exclusivamente política de ciertos periodos de la vida de un autor, siempre me ha parecido -en general- labor de resentidos y de gentes de poco fiar. Además, en este caso, "la lectura de la cartilla" se realiza en presencia del interesado y con la simpatía expresa del entrevistador. Algo evidente, cuando el propio periodista nos cuenta que la razón por la que no se publicó la entrevista en su época se debió más a defectos de forma -"había quedado un tanto desangelada"- que por voluntad expresa del autor -"a Torrente no le pareció ni bien ni mal". Espero que os parezca interesante.


César Alonso de los Ríos: En casa de Isaac Montero y Esther Benítez nos contaste en la sobremesa cómo habías conocido, en tu condición de intelectual del franquismo, a Goebbels.
Gonzalo Torrente Ballester: Nos enviaron a París a Giménez Caballero y a mí como representantes del Gobierno a unas reuniones en París, en el París ocupado por los alemanes, sobre la nueva Europa o la joven Europa. Quiero creer que la cosa vino de Serrano Súñer y de Dionisio. Las reuniones las presidía Goebbels.
CAR: Difícilmente pueden entender esto tus lectores jóvenes.
GTB: No entienden ya nada.
CAR: Pero reconocerás que no por su culpa. A ti ni siquiera te sitúan en el franquismo. Volviendo a París ¿qué impresión te hizo Goebbels?
GTB: Te acojonaba. Yo no te engaño si te digo que yo no tenía idea de los campos de concentración. Sabía que había una represión muy fuerte, esto sí. Y Goebbels no daba una imagen de político extraño a esa dureza. Por esa razón yo os contaba la anécdota de Giménez Caballero, verdaderamente temerario. En una de las sesiones de trabajo, y cuando estaba hablando Goebbels, se levantó de la gran mesa en torno a la que estábamos sentados los participantes, ¿entre quince y veinte?, se fue hacia la escalera de caracol que había al fondo de la sala y, al cabo de cinco minutos, volvieron a oírse sus botas y pudimos ver cómo descendía por la escalera, silbando una marcha militar, y portando un capote de , guerra. Yo estaba aterrado. Se fue hacia Goebbels, le colocó el ropón sobre los hombros y le dijo algo sobre nuestra guerra. El alemán le dio las gracias y siguió su exposición.
CAR: Vosotros llamabais Goebbels a Ridruejo.
GTB: Fíjate qué parecido. Del día a la noche. Había, eso sí, un parecido físico, y los dos eran los hombres de la propaganda.
CAR: Las gentes jóvenes no te vinculan con Franco. Aún más: creen que fuiste un perseguido del Régimen. Quizá porque han leído que Javier Mariño fue retirado de las librerías y que El viaje del joven Tóbías tuvo algún problema con la censura eclesiástica.
GTB: Por herético. Ten en cuenta que decir herético era tanto como acusarte de comunista. Los del ghetto de Burgos estábamos mal vistos. Por el mero hecho de ser intelectuales ya nos tenían por sospechosos. Además, nosotros mismos hablábamos de Revolución.
CAR: La Revolución de Falange. Los chicos de ahora eso no lo saben. Creen que fuiste de izquierda.
GTB: No se han enterado de nada. Ni leen ni van a las hemerotecas ...
CAR: La culpa es vuestra en buena medida. Tú ahora pasas por estar cerca del socialismo y no has explicado tu evolución.
GTB: Sí lo hicieron Ridruejo y Laín, y todo el mundo sabe que yo estaba con ellos.
CAR: ¿Por qué comenzaste a colaborar en La Tierra?
GTB: Por razones de trabajo. No tenía nada en contra, desde luego. Yo tenía veinte años. Participaba de la crítica a la Monarquía.
CAR: Me han dicho que cuando volviste de París te echaron una mano los hermanos Suevos, que eran falangistas. Luego les dedicaste Siete ensayos y una farsa.
GTB: ¿Quieres decir que con ello les agradecí que me protegieran?
CAR: Te pregunto.
GTB: Quizá fueron ellos u otras personas las que me ayudaron. Yo, en realidad, no estaba definido políticamente, pero podía ser acusado genéricamente de izquierdas. Desde luego, de la cáscara amarga. En aquellos tiempos no podías andarte con bromas. En realidad, nunca pude saber si había llegado a correr peligro. Para hacer desaparecer la ambigüedad te afiliabas a Falange.
CAR: Por oportunismo.
GTB: Aquello se fue decantando de tal modo que tu opción por uno de los lados ya era algo fundado. La República nos había llevado a la exasperación a todos.
CAR: En Salamanca, en febrero de 1937 conociste a Laín, Tovar, Rosales... La retaguardia intelectual.
GTB: Tampoco iba a ir al frente con mi miopía.
CAR: ¿Por qué la afinidad con este grupo?
GTB: Lo he contado, como sabes. Era un grupo, un subgrupo se ha dicho con acierto, muy coherente. Al tratarse de escritores e intelectuales estábamos abiertos a la realidad. Éramos, en el mejor sentido de la palabra, liberales. y en el más odiado en aquel tiempo. En los dos lados de la guerra. Parece contradictorio haber de falangismo liberal, .pero en la realidad no lo era. Estaban los ortodoxos del falangismo. Los que iban adaptando el dogmatismo a la conveniencia.
CAR: Ridruejo era el puro. Más intransigente.
GTB: En cierto sentido, por supuesto. Por lo mismo, en un cierto momento, pudo ver el error que suponía el fascismo y el oportunismo del franquismo. Digo Ridruejo y digo Torrente Ballester.
CAR: De todos los escritores que recalaron en Pamplona y en Burgos tú fuiste el que se dedicó con más intensidad a la literatura y a la crítica. Ningún otro publicó tanto como tú.
GTB: Te olvidas de Foxá o de otros.
CAR: Foxá ya era escritor antes de la guerra.
GTB: Es verdad. Respecto a haberme convertido en un ideólogo no hay que exagerar. Me dediqué sobre todo a hacer crítica literaria. A veces me han echado en cara mis colaboraciones en Jerarquía. Eran ensayos sobre teatro. .
CAR: y sobre la sociedad en la que debería tener sentido el teatro que tu proponías en Razón y Ser de la dramática futura.
GTB: Me refiero a la política directamente. ¿Qué lectura podía tener en ese sentido El viaje del joven Tobías?
CAR: Lo financió la Delegación de Prensa y Propaganda.
GTB: ¿Qué es lo que no se financiaba entonces, en un lado y en otro?
CAR: La verdad es que en estas obras tuyas estaba ausente la guerra, las ideologías. Eran ediciones muy cuidadas.
GTB: Entonces se editaba muy bien. Era una cuestión de prestigio cultural de un bando frente al otro.
CAR: Las ediciones que hacíais eran primorosas. Hoy resulta sorprendente la calidad del papel y de la impresión, sobre todo cuando piensas que eran tiempos de guerra y de escasez.
GTB: Había remesas. Se seguía fabricando pero, sobre todo, había una guerra cultural. Importaba mucho en nuestra guerra el prestigio cultural de cada una de las partes. En el fondo se ventilaba la justificación de las armas. De ahí la importancia de la presentación, del diseño ...
CAR: Y los elementos vanguardistas, formales, estéticos ...
GTB: Por supuesto. En ese sentido todo en guerra era político. Por lo mismo todo lo que hacíamos los escritores producía desconfianza entre los burócratas.
CAR: Los picos de oro a los que criticaba la Pasionaria en el PCE.
GTB: Los que siempre molestan, aunque a veces se dediquen a la pura estética. A mí me criticaban los escenarios de jardines coloniales, palmeras, bergantines, lirios y hamacas .en las que se tendían las dos protagonistas femeninas rodeadas de mozas de color. ¿A cuento de qué ese clima erótico y decadente en plena guerra? :
CAR: Quizá por eso dedicaste la obra «a los camaradas» Rosales y Vivanco, a los que elogiabas.
GTB: Tuvo que defenderme Serrano Súñer y la obra llevó un imprimatur del Obispo de Mondoñedo.
CAR: ¿?
GTB: A los del ghetto nos consideraban comunistas. Nos acusaban de heréticos que en aquellos tiempos era similar a comunistas.
CAR: Creo que exageras. Tus trabajos sobre el nuevo concepto de tragedia suponían un desprecio a la masa típica del fascismo.
GTB: Yo decía que lo mejor que puede sucederle a la masa es que deje de serlo cuanto antes. La masa en el Estado es soldadesca; en el teatro, coro. .
CAR: Como elitista no te cortabas un pelo. Contrapusiste la Generación del 98 a la vuestra, a la del 36.
GTB: Yo decía que los del 98 vinieron atados a una derrota. Nosotros, en cambio, hablábamos de amanecer, de futuro.
CAR: No te entusiasmaba el concepto de nación. Preferías el de geografía o paisaje.
GTB: ¿Ves? No era un nacionalista español.
CAR: La idea geográfica estaba en boga en Alemania... Y ¿cómo era la vida cotidiana en aquel Burgos de la guerra?
CAR: Muy movida. Como diría D'Ors de Madrid después, en aquel Burgos o tú dabas una conferencia a las siete de a tarde o te la daban. Había mucho acto cultural, tertulias, cócteles en embajadas. Un día Foxá presentaba Madrid, de Corte a checa, otro, Pemán su Poema de la Bestia y el Ángel. Yo hice una lectura en el piso de Ridruejo a la que asistieron Garrigues, Vivanco, Rosales, Xavier de Salas, Pilar Primo de Rivera, Ramón Serrano Súñer y Raimundo Fernández Cuesta. Según me dijeron después, todos se aburrieron mucho. La obra nunca se llegó a representar.
CAR: Hiciste un auto sacramental de corte fascista.
GTB: ¿De corte fascista?
CAR: En El casamiento engañoso: el Hombre, con mayúscula, es seducido por el Leviatán capitalista mientras la Ciencia acepta casarse con la hija de éste. El monstruo que nacerá se llama la Máquina que acaba esclavizando al propio Hombre.
GTB: ¿Cómo iba a ser totalitario si me metía con el Leviatán?
CAR: Eras un militante contra el liberalismo político Y económico. Lo identificabas con el capitalismo y a éste con Estados Unidos, ya éstos con el judaísmo internacional.
GTB: Así era.
CAR: Por si fuera poco, tú no tenías la veta cristiana de Laín.
GTB: Yo estaba en el sindicalismo revolucionario.
CAR: Fuiste el primer biógrafo de José Antonio.
GTB: Hice una antología de sus textos y le puse un prólogo biográfico y valorativo.

sábado, 2 de febrero de 2008

Gesta Dei per barbaros

Una de las consecuencias del debilitamiento de la fe cristiana a lo largo del siglo XX, ha sido la colaboración de muchos cristianos con regímenes o partidos totalitarios. Tal colaboración se ha planteado desde la aplicación de un antiguo lema: gesta Dei per barbaros, esto es, que ciertas sentencias del poder -aún equivocadas y crueles- tienen la virtud de purificar la fe y cumplir la voluntad de Dios. Esto es, que un “cristiano” puede entrar en un partido totalitario, suspendiendo en la esfera pública ciertos dogmas de la fe, en la suposición de que Dios va ha utilizar a ese mismo partido para hacer cumplir Su voluntad en la Historia.
El"tonto útil" cumple el papel que dan las civilizaciones victoriosas a aquellas destinadas a desaparecer.