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miércoles, 29 de agosto de 2018

Entrevista a Carlos Edmundo de Ory (El País, 31 de octubre de 2003)



ENTREVISTA A CARLOS EDMUNDO DE ORY

"A mí me dictan las sirenas"

MIGUEL MORA, Periodista

"Yo no soy un poeta maldito. Soy un poeta", dice Carlos Edmundo de Ory, gaditano de 80 años y autor de una obra inclasificable que supera cualquier etiqueta. Poco amigo del barullo ("soy quietista, me gusta estar quieto", comenta), ha pasado más de media vida en Francia, y ahora ha regresado unos días para presentar una antología de su obra, Música de lobo, y comentar de paso que abomina del infantilismo y de los horrores de este mundo.

El poeta más flamenco y auténtico y quizá uno de los más geniales de España se llama Carlos Edmundo de Ory y nació en Cádiz (¿dónde iba a ser?) hace 80 años. Casi nadie lo conoce, tal vez porque es todavía un "niño de cuatro años"; porque ha vivido más de media vida en Francia, o porque un espeso manto de silencio ha cubierto siempre su arte, tan hondo que habla cara a cara con los muertos, tan ajeno que le cae desde el fondo del mar. "A mí me dictan las sirenas", dice este poeta que es muchos poetas a la vez (el erótico, el loco, el clásico, el metafísico, el sagrado, el automático, el político, el lobo, el mago) y que siempre anda a lo suyo, "con la mente vacía", esperando que caigan esos aerolitos (aforismos) y esos poemas suyos, muchas veces asimétricos pero siempre veraces, que no se parecen a nada, ni siquiera a ellos mismos.

Ahora, este personaje único al que dan ganas de adoptar como abuelo ha venido a Madrid, a casa de un sobrino, con su mujer, Laura Lachéroy, "una antisecretaria" que podría ser su hija. Allí esperaba el miércoles, bajo un gorro de Samarkanda y ante un gin tonic, la presentación ayer de Música de lobo, antología de la quincena de libros que ha escrito desde 1941 hasta ahora y que publica Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg en una espléndida edición de Jaume Pont.

Pregunta. Viene usted tan poco por aquí que se diría que es un exiliado. El último exiliado.

Respuesta. Bueno, los demás se han muerto, pero el ego no me gusta.

P. Así que está exiliado.

R. No, ni política ni poéticamente. Vivo fuera porque siempre viajé, me dieron becas de joven para ir a París, viví allí, me enteré de que Henry Miller dimitió por carta de su cargo en Correos y yo hice lo mismo en mi puesto de la Biblioteca Móvil. Ya no fui más. Viajé a Lima... Y luego me quedé quieto. Yo soy quietista, me gusta estar quieto.

P. ¿Y qué piensa de España?

R. Ahora abro el periódico y sólo veo Aznar, Zapatero y el Papa. Sólo me interesan Irak, Israel, los horrores. Pero tampoco veo que los poetas se ocupen mucho de eso. Sólo se escribe para triunfar. Y la España de Franco no me interesaba nada, censuraban los libros. En 1944, Camilo José Cela me censuró la novela Diario de un loco, que luego se tituló Mephiboseth en Onou. La llenó de tachones. Todavía tengo el original, algún día lo expondré.

P. ¿Tenía cosas de sexo?

R. Y de religión. Soy un escritor libre. Hice bien en irme. La leyenda de poeta maldito me hartó. Yo no soy un poeta maldito. Soy un poeta.

P. ¿Y cómo ve el país ahora?

R. Veo el mundo de la creación entregado a los premios, y eso no va conmigo, no lo entiendo. Yo no vivo de la literatura ni soy corporativista. Nunca hice vida literaria, aunque fui amigo de Chicharro hijo, un hombre maravilloso, no voy a encontrar otro igual. Y de Cirlot, y de Miguel Labordeta... A mí me benefició la conspiración de silencio, me quedé libre y solo, me alejé de la vida literaria y nunca moví un dedo para publicar nada mío. Por eso no me gustan las interviús, porque aumentan la fama.

P. Leyendo el libro se ve que es usted varios poetas a la vez.

R. Igual que un músico a veces pulsa el violín o la flauta, yo a veces toco el tambor y otras veces la flauta.

P. Música de lobo...

R. El poeta es eso, un lobo que aúlla con la cabeza alta el horror del mundo, mirando a la luna. Eso es maravilloso. Me fascina la naturaleza, pero ya no veo tigres, ni arañas, ni lobos en la poesía. Ya no hay naturaleza en la poesía.

P. ¿Sigue escribiendo?

R. No, nada, algunos aerolitos, frases pequeñas. El poeta sin ser poeta no es nada. Pero dibujo un poco.

P. ¿Recuerda algún aerolito?

R. (Coge el libro). Me gustan algunos. "La imaginación, esa esponja del infinito". "Si te gusta ser llamado poeta desde joven, cuida de vivir poco. Toda una vida con un pequeño mote es ridículo". "Oigo sirenas en la noche, luego existo". "Estoy construido de sabor de sueño". "La poesía es un vómito de piedras preciosas". "Un poeta no puede contestar nunca a nada. Él es la esfinge, él hace preguntas". "Sólo me comprenderá quien sea más loco que yo". "Que me entierren vestido de payaso". "La palabra poeta es una falta de ortografía de Dios".

P. Dice su paisano Rancapino que el flamenco se canta con faltas de ortografía. ¿El cantaor es otro lobo que aúlla horrores?

R. Claro. Estoy completamente identificado con el flamenco. Y con el jazz. La música es mi vida.

P. Decía Claudio Rodríguez...

R. ¡Ahí hay naturaleza! ¡Claudio era buenísimo!

P. ¿Qué más poetas le gustan?

R. ¿Españoles? Arcadio Pardo, que vive en Francia, tiene casi mi edad y es buenísimo, aunque nadie lo conoce; Gamoneda, Sánchez Robayna, Ángel Crespo, Claudio Rodríguez...

P. Decía que el poeta es médium de una música que no es suya.

R. Nadie merece la poesía, no es un mérito, es una voz que viene. Por eso publicar da lo mismo, aunque escribes para encontrar seres humanos.

P. ¿Sabe algún poema de memoria?

R. Cuatro versos de Alfonsina Storni: "Muchedumbre de color, / millones de circuncisos, / casas de 50 pisos, / y dolor, dolor, dolor". Eso es la poesía y el mundo: la gente que sufre. Y los poetas, ¿dónde están? No hay. Los poetas de ahora son creadores de poesía, y lo que llaman poesía es literatura. Pero la poesía no es literatura, es algo numinoso, que viene del numen, de un poder mágico. Es la verdad que pone la carne de gallina, es un golpe... Mi poesía no es mía, sólo estoy preparado para ella porque no gasto energía en otra cosa.

P. Siendo de Cádiz eso no tiene mérito. Lo digo porque el cantaor Ignacio Ezpeleta, cuando le presentaron a Lorca y éste le preguntó en qué trabajaba, dijo: "Soy de Cádiz". ¿Usted es vago?

R. A mí hace poco me hicieron hijo adoptivo de Cádiz. Un político empezó que si Cádiz por aquí, que si Cádiz por allá, y yo le dije: "Pero si Cádiz es mío". Vago no soy, pero la palabra ocio es muy importante para mí. No hay poesía sin silencio, la poesía viene del silencio y va al silencio, es una isla. A mí me dictan las sirenas, pero ser poeta es muy duro. Para hacer estas cosas que yo hago tengo que tener la mente vacía. Para escuchar la resonancia cósmica sólo puedes estar con amigos. Ni banderas, ni público, ni sermones, ni luna, ni países, ni cine para entretener, ni palabras cadavéricas...
Aunque es verdad que el poeta vive en olor de poesía y eso no le impide comer churros o pescaíto frito.

P. A veces su poesía parece imperfecta, inacabada...

R. ¡Es perfecta desde el punto de vista de la poesía! Pero no es poéticamente correcta, es libre. Un poeta que corrige no hace poesía perfecta. ¡Si fuera imperfecta, no la escribiría!

P. A veces no es... redonda.

R. Es una voz de otro mundo, un fulgor. Neruda, a veces, es redondo. César Vallejo es perfecto. San Juan, mi preferido, y Dante son perfectos también. Pero la palabra no es ésa, la palabra de la poesía es... auténtica. Los que se llaman poetas son profesionales. Pero el poeta de verdad no es profesional, no corrige, vive sólo para ser un instrumento. Yo vivo iluminado, aunque esas cosas no debería decirlas. Hasta muerto estoy vivo, y cuando esté en el cementerio seguiré escribiendo.
César Vallejo es perfecto. San Juan, mi preferido, y Dante son perfectos también. Pero la palabra no es ésa, la palabra de la poesía es... auténtica. Los que se llaman poetas son profesionales. Pero el poeta de verdad no es profesional, no corrige, vive sólo para ser un instrumento. Yo vivo iluminado, aunque esas cosas no debería decirlas. Hasta muerto estoy vivo, y cuando esté en el cementerio seguiré escribiendo.

El País, Viernes, 31 de octubre de 2003

martes, 28 de agosto de 2018

Luis de Armiñan entrevista a Camilo José Cela sobre la venta del patrimonio español (ABC, 14 de noviembre de 1963)


ESPAÑA HACE ALMONEDA DE SU HERENCIA
CAMILO JOSÉ CELA HABLA SOBRE LAS PIEDRAS QUE SE LLEVAN
EL ESTADO VENDIO UN MONASTERIO EN TRES MIL PESETAS
UN ALCALDE, BUDA Y NUESTRO SEÑOR
Por LUIS DE ARMIÑÁN
Años viejos, ¿recuerdas? íbamos por donde podíamos, y ya hablábamos de piedras. Un gracioso de Málaga un día quiso hacemos reír preguntándonos algo sobre el barroco porque, según él, todo era barroco desde hacía tres meses.
Otro hombre muy serio, allá por las Asturias, púsose a señalar puntos en los que el románico estaba.
Y luego tú, en una carta que publicas en un sobretiro de los "Papeles de Son Armadans”, recuerdas aquello de “É preciso pasar sobre las ruinas —Como quem vai pisando un cháo de flores”.
Ya cada uno por su lado, tú por el tuyo y yo por el mío, pero sobre piedras, llegamos a juntamos para charlar de las que se llevaron de España. Hay una capillita en Nueva York, ¿recuerdas?, que tiembla de espanto cuando empina su espadaña y ve el tremendo y horrible mamotreto de las Naciones Unidas. Es como una viejecita limpia y bella que mirara desde su brevedad a ese negro que da puñetazos y deshace campeones. Un horror, Camilo José Cela.
Pero hay algo más. Ahora eres tú el que sabe de las piedras que se fueron, ¡Mira, mira lo que dices aquí! Dices: "No me moteje usted—escribes a Philip Polack—de chinche, sino con mayor clemencia tan sólo de partidario de eso que si no fuera tan solemne pudiéramos llamar la verdad histórica, la con tanta frecuencia amarga—estúpida e inútilmente amarga—verdad histórica de la España contemporánea, país que, como ciertas familias que no saben ser pobres, hace almoneda de la herencia, tabla rasa del recuerdo y caldo de todos sus pudores.
—¿Por qué has escrito esto?
—Porque el monasterio de Santa María de Ovila, al lado de Trillo, fue rendido por el Estado a un señor por tres mil pesetas.
—Hace años.
—No muchos: en 1930. Y aquel señor lo revendió a Mr. William Randolph Hearst. Le vendió las piedras, no las piedras y el suelo. Y el americano las puso un número, las encerró en cajones y las trasladó al Castillo de San Simeón, en California.
—Pude ver aquel espanto, ya imposible de reconstruir.
—Lee ese libro titulado ''Citizen Hearst”, y verás cómo dice que las piedras fueron llevadas a Madrid a lomo de mula, en carromatos y ferrocarril de vía estrecha y doce barcos las trasladaron a San Francisco.
—Y allí están.
—Cuando el hombre del dinero se cansó de gastar sus dólares ofreció las piedras a un estudio de cine, y luego, ante la falta de compradores, las regaló al museo de San Francisco. Después los gamberros quemaron las tablas de los embalajes y borraron los números, y ahora parece que un alcalde, cansado de estorbos, se las ofrece a una Congregación budista. Con muchas y para él buenas razones.
—¿Publicadas?
—¡Claro! Publicadas el veintidós de febrero de este año. A la vuelta de ellas se dice: “Una Comunidad budista de Middleber, en la región de Mother Lode, quiere restaurarlo allí...” Lo que saben pocos y deben saberlo todos es que ese alcalde, que se llama George Christopher, posiblemente sólo por el dinero que valen los portes devolvería el monasterio convertido en puzle.
—Juzga como sé que has juzgado en tu carta a Mr. Polack.
—Yo le dije que a los españoles, primero los fusiles de Napoleón, después los desmanes vernáculos, más tarde los dólares americanos y siempre nuestra irresponsabilidad y nuestra estulticia, nos están dejando en porreta y en los vivos cueros. Eso dije y digo.
—Otras piedras se fueron.
—El ábside románico de la ermita de San Fermín de Fuentidueña, de la provincia de Segovia, salió por Bilbao el 13 de febrero de 1958, en el navío “Monte Navajo", para los Estados Unidos. De ese me hablabas, porque se reconstruyó en el Museo Metropolitano de Arte, de Nueva York, en 1960. En el ‘'Boletín" del Museo hay bastante para que se nos suba el pavo a los españoles.
Hace una pausa, busca y rebusca entre revistas y libros. Acude al teléfono, que llama. Y pide a Mallorca, a quien allí está, le ayuda y aguarda, lo que no encuentra en esta su casa de Madrid. Y añade:
—Pero ni el monasterio que puede ser templo budista ni el ábside de Fuentidueña convertido en mojama histórica han tenido el triste fin del también segoviano monasterio de Sacramento. Las 35.785 piedras románicas las compró también el caprichudo señor Hearst por medio millón de dólares. Cuando se quedó sin blanca guardó las piedras, pero los herederos no tenían ni la cabeza tan dura ni el corazón tan blando, y se los cedieron a Raymond Moss y a William Edgemon. quienes los tienen en Miami para que las vean los curiosos a tanto la visita explicada y con un comercio de 'recuerdos” y objetos religiosos. Allí tienes el folleto... “Fabulous! Amazing! Magnificent!”, anuncia. Idioma que no entendieron ni Alfonso VII ni el abate Bertrand.
—También se fueron cuadros...
—No entremos en ellos, que no acabaríamos ni dándonos Torcuato todas las páginas de ABC. Yo me honro en pertenecer a la Híspanic Society de Nueva York. Entre otras varias piezas recuerdo los sepulcros de Don Suero de Quiñones y de su esposa, doña Elvira de Zúñiga; estaban en el monasterio de San Esteban de Nogales, en León. Los sepulcros de Don Gutierre de la Cueva y de doña Mencía Enríquez, quienes creyeron eterno su reposo en San Francisco de Cuellar, de Segovia; algunas esculturas de San Pedro de Ocaña, iglesia toledana. En el museo de San Luis te enseñan el salón mudéjar de Santa Isabel de los Reyes, de Toledo, la portada de San Miguel de Uncastillo, de Zaragoza, está en Boston; los sepulcros de los condes de Urgel, en el Metropolitano de Nueva York...
—No sigas. A veces siente uno un nudo en el gañote al ver piedras desmoronadas en las tierras de España, sin que nadie procure sostenerlas. Llegar a la venta del patrimonio no es peor...
—Pero es más bello imaginar a la amada viva, aunque sea moribunda, que no embalsamada y con colorete en las mejillas.
Y es entonces cuando Cela habla de cómo sería mejor que el lamento aplicarse con amor a salvar lo que nos queda.
L. de A., ABC, 14 de noviembre de 1963, pp. 29 y 32-33


viernes, 24 de noviembre de 2017

"Un análisis" de Josep Pla (Los papeles de Son Armadans, 1956) [Traducción de Camilo José Cela]



Un análisis
Hará unos quince años que perdí de vista a mi amigo Romaní, quiero decir al escritor Romaní, que tuvo en Barcelona, en un momento determinado, un cierto renombre, renombre que hoy se ha desvanecido completamente. Pero he aquí que me enteré no hace mucho de que era cónsul y residía, retirado del mundo, en una población de las repúblicas americanas. Le escribí recordando nuestra antigua amistad y las horas que pasamos en París, soñando, charlando, corresponsaleando y haciendo otras tareas abstractas. Le pedí también que me hablase de su señora, la divina Olga Johansen de mi juventud, cuyo amor por Romaní tuve el gusto de presenciar en aquella época ya lejana. La respuesta de Romaní fue larga y sobrecogedora. Hela aquí:
He recibido, caro y olvidado amigo, su carta amable. Le agradezco su buen recuerdo y la invitación que me hace de hablarle de las cosas de mi vida. He sentido diversas veces la tentación de poner en un papel, para tener de ello una idea clara, los elementos de mi terrible drama. Lo he probado, sin conseguirlo nunca, una y cien veces. No se si esta última intentona ha sido más afortunada. No es probable. Sepa por anticipado que mi relación matrimonial con Olga Johansen duró tres meses escasos, que hace catorce años que no nos hemos visto y que no sé por dónde anda.
En el momento de conocer a Olga, yo tenía treinta años. Todo aquel montón de sentimientos y de prevenciones, de vanidades y de miedos, de mentiras y de verdades que constituyen lo que se llama el carácter, había cristalizado en mí de una manera completa. Era un hombre formado, inconfundible, dibujado. En el proceso de esta formación, habían influido mis años anteriores y se puede decir que todo había conspirado, durante este tiempo, para llegar a hacer de mí un hombre sin receptividad para lo vida en común, sin sentidos cordiales.
Hasta los dieciséis o diecisiete años, primero de una manera constante, después de una manera esporádica, viví en casa la ruidosa, aunque debilísima, vida familiar de nuestro país.
Mi padre era comerciante. Era un hombre totalmente obsesionado por el juego del dinero. La única cosa que le distraía de una manera absoluta —¡la única!— era el comprar y el vender, el especular. El mismo afirmaba que no había en el mundo ninguna otra cosa capaz de hacerle perder un instante. Actuando en un momento —los años de la primera guerra mundial— de mucha inseguridad y agitación, se encontró afectado por altibajos considerables. Cuando las cosas le iban viento en popa, se volvía elocuente, dicharachero, fachendoso como gallo en tresnal, intolerablemente simpático. Entonces, en casa, el dinero corría como el agua y se gastaba sin ton ni son, de una manera indignante.
Cuando, por razones que no comprendí nunca con claridad, se producían las dificultades, se volvía sarcástico, violento, inseguro y complicado hasta un grado indescriptible. Nuestra vida, entonces, cambiaba.
No vi en ningún momento que mi padre hablase seriamente de nada con mi madre. Eran complicados diálogos alusivos y llenos de una fría reticencia, inacabables aplazamientos, equívocos constantes, manifestaciones de una situación rota e irreparable, pero estabilizada.
No le sorprenderá, creo, si le digo que llegué a tener un respeto muy relativo a mi padre. En realidad, llegué a sospechar si sería uno de los hombres más tontos, ligeros y absurdos de este mundo. El drama de la adolescencia es aquel punto de gravedad en que se muestra insobornable, aquel punto de gravedad que parece la consciencia de la virilidad plena. La pasividad de mi madre llegó a exacerbarme. La encontraba incomprensible. ¡La hice llorar tantas veces! La hice llorar por puro goce, por el gusto, casi diría dialéctico, de hacerla llorar, por pura ignorancia de una situación que yo no podía comprender y que de hecho era infinitamente complicada. Creía tener razón. Era un puro animal. Cuando he pensado, más tarde, en estas crueldades inútiles, he encontrado en ellas la raíz de mi escepticismo. Con mis indignantes simplezas, hice, padecer demasiado a mi madre para que después me haya podido considerar obligado a prescindir del punto de vista de los demás.
Nuestra vida familiar fue, pues, completamente insolidaria y, como eso es muy frecuente en nuestro país, a veces he pensado si nuestro pueblo, que es, en la calle, un pueblo como otro, no será, de puertas adentro, una tribu primaria.
A los diez años salí de caso para estudiar el bachillerato. Si me hiciese usted decir por qué me puse a estudiar el bachillerato, me vería muy embarazado. No hay más remedio que admitir que yo era uno de los señalados por la Divina Providencia para seguir estos estudios singulares. Conocí la vida de internado en un colegio religioso. Formábamos parte, como casi todo el país, de la religión oficial, y esto implica unos ciertos compromisos sociales que se han de cumplir indefectiblemente. Sobre los otros, hay más tolerancia. Pero eso es lo de menos. Los chiquillos son pesados y no hay más remedio, llegado un cierto momento, que alejarlos un poco para vivir con tranquilidad. Cuando estuvimos todos en el colegio, mi padre pudo dedicarse, sin perder un instante, a su pasión fascinadora de hombre elemental. Entró en una actividad frenética y parece que tuvo entonces una excelente, una positiva temporada. Ganó mucho dinero y ello le permitió hacernos viajar, con nuestra madre y una sirvienta, durante las vacaciones. Debió ser entonces la época de su vida más agradable.
Entré entonces en la pura soledad. En el internado aprendí, a la sazón, las cosas que luego dieron a mi carácter el toque definitivo. Aprendí a ir solo, a hacerme la cama y a no fiarme de los demás. Cada vez que intervine en las cosas ajenas o me ofrecí a los extraños, salí perjudicado. Todos iban a lo suyo y tomaban el atajo con una claridad y una frialdad imponentes.
Las veces que estuve enfermo, hice todos los esfuerzos posibles para que no avisasen a nadie. Temía que vinieran a hacerme un cumplimiento y que una sonrisita de encargo habría disimulado apenas la incomodidad del desplazamiento y de la visita. Si hubiese venido mi madre —que ciertamente hubiese venido— le habría dado el deplorable disgusto de ponerme a discutir tan pronto como la fiebre hubiera cedido. Mi pretenciosa animalidad no es para ser descrita. Pero la soledad me hizo, a los dieciséis años, creer con una extrema lucidez qué estar enfermo es una equivocación y que el dolor físico es una infamia.
Entretanto, las cosas me llevaron, naturalmente, a encontrar gusto en la vida contemplativa y flotante y a mirar el paisaje. Se produjo en esto la crisis de la adolescencia, que fue fuerte, pero corta y rápida. Recuerdo que estando en el internado, en el curso de una excursión a la montaña, nos escapamos tres amigos e hicimos, corriendo, tres horas de camino al objeto de llegar antes que los otros y poder pasar nuestra vista maravillada por las paredes sudadas de una casa de prostitución inconfesable. Las consecuencias no se hicieron esperar y, a los quince años, me expulsaron del colegio por diversas razones, por razones de impiedad y. otras más complicadas. En todo caso, he de decir que aquellas tres horas de camino han sido el esfuerzo deportivo más fuerte que he hecho en mi vida.
Empecé la carrera en Barcelona, entre un desorden y un barullo infernales. Elegí una determinada, en lugar de otra, porque me pareció que me dejaría más tiempo para hacer lo que me diese la gana. Como para llegar a tener un poco de sensibilidad, hay que haber ganduleado mucho, puedo decir que acerté. Llegué a ser una especie de Nelson de la pereza. La amplísima libertad de mi vida de entonces, se me subió tanto a la cabeza que me impidió aprovecharla. No encontré ningún obstáculo y ni por azar pasó ante mí, aquellos días, un hombre dispuesto a interesarme en una cosa concreta, dándome una explicación clara de ella. Me deshice y me dispersé —sin zarandearme ninguna crisis dramática—, como si hubiese pasado por un naufragio. Me salieron las durezas del no saber qué hacer. Me convertí en una especie de inútil normalizado.
Leí no recuerdo dónde —en Stendhal quizá— que la vanidad era un poderoso reconstituyente, una especie de corsé de valor universal para las personas medio encorvadas. Lo probé, pero el ridículo me comió de pies a cabeza y tal vez nadie podrá nunca reírse tanto de mí como yo lo hice aquella temporada. Entretanto, vi tantas mujeres, oí tanto rumor de dinero, pasó ante mí tanta mediocridad espesa, que llegué a sospechar que el mundo no tenía ni la más leve importancia. A veces oía a alguien que hablaba, con los bolsillos llenos de libros y de papeles, de la posesión del mundo. Me echaba a reír en su cara. Otros me contaban —riendo o llorando— sus maravillosas entradas de caballo siciliano o sus fugas vergonzantes. Todos me parecían iguales, todos ponían la misma cara. Pasaba de largo, con la americana abrochada. Ni el vicio me hacía dar un paso, ni tampoco la virtud, tan alabada. Este estado de espíritu me hubiese podido llevar a un franciscanismo de primera mano y, para concretar, a un seminario. Me faltaron diversas cosas: imaginación, fe en la cultura y en los sistemas, y quizá tampoco hubiese tenido suficiente salud para llevar una vida ordenada. Vivía como un santo y si, a veces, alargaba más el pie que la manta, era porque portarme demasiado bien me asustaba, ya que me gustaba demasiado. Llegar a casa anonadado, indignado, avergonzado, después de una noche de juerga, era para mi espíritu un ejercicio absolutamente necesario. Sin esto me hubiese parecido que vivía fuera del mundo y que las cosas de los hombres no me interesaban.
Me lo hubiese parecido —hay que decirlo— y no me lo hubiese parecido. Digo esto porque había en mí una fuerza, que era mi egoísmo, que me tenía atado a la realidad con una cadena invisible y clandestina. Si le pudiese hablar de ello, de mi egoísmo, con un poco de claridad, vería que soy un hombre perfectamente desagradable. La impresión demasiado justa que tenía del mundo exterior me inclinaba constantemente hacia el pesimismo, esto es, hacia una positiva incapacidad para la cooperación y el trato social. Encontraba, si quiere, que todo era muy agradable, pero lo que me divertía, de hecho, era no mezclarme en ello. Mi excepcional capacidad para no hacer nada, para pasar horas y horas fumando cigarros y sentado como un desesperado —esta frase tuvo en su tiempo un cierto éxito y aun hoy es justa—, servía mis instintos. Los hombres trabajan porque encuentran en ello un placer que no les da la inacción y la pereza. Este placer yo no lo he sentido nunca y esto me ha hecho ser un desgraciado. Bien; no me mezclaba en nada, pero tampoco toleraba que los demás interviniesen en mi vida. La sola posibilidad de pensar que alguien se acercaba con estas intenciones, me daba fiebre. Las ventajas innumerables que proporciona el trato con los hombres, quedaban ahogadas, en mi imaginación, por las incomodidades y los contratiempos que en la vida social se presentan a cada paso. Probablemente, mi rudimentaria instrucción y mi cultura superficialísima permitieron la concentración de todas mis posibilidades mentales en una sola dirección. El médico que tuviese un oído diez veces más fino que el de los otros, tendría la tendencia a reducir los dolores de los hombres a una enfermedad del corazón. He tenido una verdadera capacidad para ver los detalles ridículos —hasta los más microscópicos—, para darme cuenta de los tics extraños, de las situaciones absurdas, de los contrastes naturales y de los papeles desairados, hasta el extremo de poder decir que todas las situaciones desagradables y grotescas en que me he encontrado, me las ha creado esta mi arrolladora y casi inconsciente receptividad.
Todo eso sin hablar, naturalmente, de las sensaciones de incomodidad que me producía la vida social.
Yo, que tengo la piel tan dura para ciertas cosas, no puedo tolerar el más pequeño roce con la gente. He vivido casi siempre en medio de un espantoso desorden moral e intelectual pero, a veces, el retraso de un tren me ha indignado. ¡Ingenuidad! Soportaba las incomodidades que me creaba yo mismo. Las que no toleraba eran las que me causaban los otros, sobre todo las que yo veía que me habían creado sin pensarlo. Después de todo esto, considero inútil recalcarle que no he sentido nunca en la vida lo que se llama la ambición, el orgullo, el placer de mandar, ni lo que los poetas pobres, gordos y sucios, llaman las ganas de volar. Si le dijese que, en un momento determinado, he deseado una cosa hasta el punto de quererla poseer y dominar, le diría una mentira. Nada me ha hecho suficiente ilusión para deslumbrarme y hacerme olvidar sus esquinas inconfortables.
Me ha de perdonar el aire extremadamente confidencial que va tomando esta carta. Pero, ya que nos hemos metido en ello, conviene que sepa que, allí donde he llevado estas ideas mías hasta un extremo más agudo, ha sido en los asuntos de amor. Puede decirse que he estado casi siempre a disposición de las damas, pero no les he pedido nunca nada que no me pudiesen dar. Dirá tal vez que he sido generoso. No lo sé. Lo que es cierto es que la cosa que he pagado más cara es el derecho a no sufrir incomodidades. He sido generoso con el único intento de que me dejasen tranquilo. Puedo decir, pues, que si mi individualismo ofensivo ha sido, de hecho, una cosa inexistente, mi instinto de conservación ha sido un sentimiento selvático, tosco y primario. No he pedido nada ni he dominado a nadie, pero me he defendido con todas las armas nobles e innobles cuando han tratado de dominarme y de hacerme ir un poco hacia adelante. Ciertamente, he deseado bien poca cosa: sólo ir tirando. Las leyes de los Estados cada vez nos rodean más de cerca, y quizá un día tengamos que instruir un expediente si queremos dejarnos el bigote. Dentro de las argollas de la ley, me ha gustado tener la máxima libertad y, si con trampa o sin ello, he podido ensancharlas, no me he detenido a reflexionar. Las leyes no escritas me han parecido siempre muy vagas y, si no he trabajado para desacreditarlas, tampoco me han emocionado nunca. Para comprender la ferocidad de mis instintos de conservación, no tiene que hacer más que recordar la cara que ponen nuestros millonarios cuando les piden cinco pesetas. Se vuelven verdes como lagartos y sudan el color de salamandra mejor que hay. Traslade este color a un campo más filosófico y general —a una posición ante la vida— y tendrá una idea de mi caso. Sería probablemente curioso averiguar de dónde procede esta mi ferocidad aplicada a la pasividad. Lo he probado y he descubierto tantas taras individuales y nacionales, que la abundancia misma de fuentes me ha impedido llegar a un resultado.
Al día siguiente de terminar la carrera, entré en el periodismo activo, y esta profesión infame es lo que me acabó de hundir. He descuidado decirle, en efecto, que he tenido siempre una cierta intuición natural y una relativa facilidad para comprender lo que quiere la gente, antes, como quien dice, que les salgan las palabras de la boca. Las disposiciones de la intuición no son más que aparentes; la facilidad es lo que pierde a los hombres y es el origen de todas sus inmoralidades. La intuición no respeta nada, ni los intereses, ni las posibilidades de quien dispone de ella, pero es una cosa que embriaga y que hace rodar la cabeza. No hay nada mejor para ir tirando y espigando. El periodismo, con su vacua y necesaria palabrería, llega a industrializar la intuición, cataloga el mundo de una manera esquemática y proporciona en todo momento la palabra justa para dar la impresión de que se está en el punto de arriba. A la larga, la facilidad ablanda tanto, que cuesta andar con las propias piernas y no negar que todo es una locura. Este oficio, tan necesario para dar a todo el mundo una sensación de libertad, es una máquina brutal para aplastar hombres, un ejemplo clarísimo de la crueldad de las leyes naturales. Caí allí como el pez en el agua y me zambullí. Mi temperamento retraído me hizo apreciar, sobre todo, aquel aire que tiene el periodista de lavarse las manos: su naturalidad. Las redacciones son, además, una concentración de vida y de realidad, y sobre la mesa pasa cada noche la deyección general. Esto me repugnaba al principio. Después me encallecí. Al cabo de un año vi que todo lo que pasaba en el mundo tenía la importancia que pueda darle una columna de estilo claro, sencillo y ameno. El ciclo se bahía cerrado; la realidad dejó de ser para mí un motivo de atracción y de cordialidad. Todo era igual y el oficio no había hecho más que afinarme mi instintiva socarronería antisocial.
Positivamente había ganado. Habían pasado unos cuantos años. Había aprendido a disimular, a nadar bajo el agua, a no comprometerme, a jugar de cualquier manera, limpio y sucio, con un aire elegante. Sin necesidad de hacer ninguna concesión desagradable, mi temperamento perdió su monotonía solitaria, porque la habilidad me permitió distraerme con mis relaciones, sin padecer tiranía ni incomodidad. Vi que no se puede ser un perfecto egoísta sin ser infinitamente discreto y bien educado. Me da vergüenza confesarlo: llegué, en el terreno de la farsa, a hacer filigranas de matización imperceptible y suave. Me sumergí tanto en el juego, que me llegó a parecer un estado más natural y profundo que la misma realidad. En parte tenía razón. Es innumerable la cantidad de elementos extravagantes e indecentes que hay en las cosas más serias. Sin embargo, el error consiste en creer que todo es indecente. Lo que puedo decir, en todo caso, es que aquella frase del primer capítulo del Tristan Shandy: «Ruega a Dios, hijo mío... ¿te has acordado de dar cuerda al reloj? », me ha sugerido con frecuencia muchas más cosas que un canto sublime de la Divina Comedia. En literatura sólo me ha gustado el trabajo de clasificación de los contrastes y me han parecido siempre absurdos los personajes con menos de dos caras. He considerado que la literatura idealista podría a duras penas tener un interés para los capitanes de caballería, para los artistas y para los directores de bancos. Es absurdo. Ya lo sé. Absurdo y repugnante. Pero he tenido una tan desgraciada opinión de mí mismo, que me he resistido a creer que la angelicalidad de los hombres no es una cosa simultánea con su incomparable bestialidad. ¿Me he engañado? Quién sabe. En todo caso no hallo ninguna razón para poder afirmar que soy diferente de los demás.
Asistí al agrio proceso de ver cómo el mundo se me deformaba y cómo se me derretían, ante los ojos, las cosas más grandes. Considero que una sucesión de sensaciones y de ideas semejante se produce en todas las personas que han tenido de sí mismas, un momento u otro, una idea clara. Lo que pasa es que este proceso sólo en poquísimas personas es constante. Puestos ante sí mismos, los hombres se espantan; se tapan, primero, la cara con las manos, y después, vueltos de espalda, procuran olvidar. No hay nada más pueril y destructor que la verdad. Ciertas personas desgraciadas parecen, en cambio, haber nacido para la ingenuidad. Cuando se está harto de lugares comunes, se encuentra un gusto ácido, y un temblor caliente se remueve bajo las manos ante la deformación vital. Queda uno embriagado por las postulaciones simultáneas y contradictorias de la vida. Se siente la emoción indescriptible de la insatisfacción continuada. Embalándose por este camino, al principio, todo son flores y violetas, se hace a cada momento un descubrimiento interesante y sugestiona sentir que se marcha sobre seguro. Pero el camino no lleva n ningún sitio más que a la indiferencia, diríamos mineral, que produce la inmensidad. Y al fin, si no se descubre un alma de redentor, se encoge uno bajo la cáscara y siente el asco de la misma bestia y el de todo lo que se mueve alrededor. Y es entonces cuando, si se tiene uso de razón, su formula el programa mínimo de la vida, que tiene la ventaja de poder servir para llenar la piedra de la tumba: «No deseó, para no padecer; no amó, para morir».
Cuando marche a París, estas cosas me preocupaban indeciblemente. Tenía entonces ideas más claras que ahora, porque eran más incompletas. ¿Por qué me fui? Revolviendo un periódico que hacía entonces, encuentro una nota llena de puerilidad, escrita unos meses después de haber llegado a Francia, que demuestra bien pocas cosas, ciertamente, pero que tiene la ventaja de dar una explicación vagamente filosófica de mi funesta manera de ser. ¿Qué es —me preguntaba entonces—, qué es lo que permite a un hombre decir que está contento en una época determinado? Todas las épocas deben ser iguales, y el hombre de hoy, a pesar de los automóviles, los motores, la electricidad y la telegrafía sin hilos y otros inventos aplastantes es, poco más o menos, el mismo hombre de hace mil años. Hay siempre, en el mundo, lo misma cantidad de placer y de dolor, de estupidez y de inteligencia, de crueldad y de dulzura. Si uno tiene la suerte de caer en la tierra, en su lugar justo, pasa una vida regalada, aunque a dos pasos la gente se coma entre sí. Otras personas, en cambio, están destinados fatalmente a vivir de cualquier manera —aunque vayan tirando entre plumas, murmullos delicados y volanderas melodías—, debido al hecho de que no encuentran su sitio. Mi caso entra, quizá, en este segundo cajón.
Hay una parte de mis amigos que me supone una psicología complicada y desagradable. Es cierto, y esto es porque soy un hombre desplazado. Hubiese podido tener una salud sólida; hubiese podido ser un campesino, en toda lo extensión de la palabra. El nombre que llevo, hace siglos que está arraigado sobre un trozo de tierra soleada y roja del Valles. El ascendiente rural de mis antepasados informa todos mis actos, mi vida, mis pensamientos. Me parece tener del campesino el gusto por las cosas directas y por las cosas un poco vagas, la reserva, la socarronería, el sentido común y la necesidad de echar, a veces, una cana al aire. Veo el turbio agitarse de los hombres y de las mujeres, desde un punto de vista grotesco, y recalco su pequeñez enfebrecida porque llevo en la sangre la admiración ancestral de los fenómenos naturales, del sol y de las lunas, de las cosechas y de las estrellas, del beber y del comer. No puedo sufrir los seres primarios, los chiquillos, las mujeres, los artistas ni los personajes mágicos: los sacerdotes, los príncipes, los grandes hombres. Me repugnan los declamadores, sobre todo aquellos que exaltan hasta una aparente adoración la plataforma de material humano, suave y conformado, sobre la cual ejercen el parasitismo más ávido.
Las circunstancias de la vida han hecho que me tenga que desplazar y mezclar con el remolino de la existencia solidaria. Lo he hecho de mala gana, me he adaptado poco y nadie me ha ensenado nada —a pesar de la espesa vanidad humana— que no hubiesen hecho infinitamente mejor los muertos. De aquí proviene el aire que tengo de hombre que se ha vuelto agrio y se encuentra desenfocado y perdido en todo lugar. Trato, en el mundo en que vivo, de hacer lo que hace todo el mundo, pero debo hacerlo muy mal, porque la gente me encuentra los pelos y señales y dice que hago trampa.
Una vez que me hube dado cuenta de este desplazamiento, me organicé la vida de manera que me resultase relativamente pasable. Me cree una serie de defensas para evitar que me tiranizase el idola tribus de que hablaba Lord Bacon. Vi que la sociedad de mi país era terriblemente áspera y que los hombres se pasaban la vida atormentando a los demás. Decidí marchar por una temporada y hace muchos años que vivo entre gente incierta y fría. Dentro de esta gran soledad, he llegado a pasar ratos tolerables, hasta el extremo de que puedo decir que si la época me gusta poco, a veces me encanta.
Aquí termina la nota, y cuanto más pienso en ello más veo que estas últimas palabras conservan la sonoridad exacta de mi estado de espíritu de entonces. No hay duda: era feliz. La ciudad —París— me encantaba porque era bastante grande para darme una inefable sensación de soledad. La monotonía de aquella vida me adormecía. Veía pasar ante mí la mascarada del mundo y nada añoraba: estaba demasiado cerca de las cosas para desear algo. No esperaba nunca a nadie, ni nadie me esperaba. Ningún hombre me conocía, ni ninguna mujer, y nadie consideraba con suficiente caridad —diga, diga, ¿quiere usted callarse...?— mis encantos. Sentía la libertad con una fuerza y una felinidad animal. La primavera acababa de empezar, había una luz tierna y llovía dulcemente, interminablemente. El tiempo me gustaba tanto, que a veces no me levantaba. La monotonía de la lluvia me amortecía lentamente, mi cuerpo perdía su pueril relieve de ofensividad, la imaginación no me convidaba ni me exigía nada. El equinoccio de primavera, aún frío pero va tocado por la tibieza de la savia, parecía acercarme o la esencia de la vida, y el tiempo pasaba, en mi habitación de hotel de la calle solitaria —los tilos a punto de florecer, la luz mortecina y líquida en los cristales de las ventanas—, con una suavidad tibia y desdibujada.
Fue en estas circunstancias cuando conocí a Olga Johansen. Yo tenía treinta años y me hallaba en el momento más formado de mi carácter. Mi egoísmo era una fuerza completamente cristalizada. Olga era una mujer espléndida y más joven que yo: tenía veinticinco años y era alta, rubia, llena y de una dureza sedosa y matizada. Más que su carne dorada, lo que convertía a aquella mujer en una pura delicia era la sensación de limpieza moral y material que daba. Era tan hermosa, que vivía rodeada de una colección de personas desgraciadas que la adoraban. No hay nada mejor que poder ejercer la vanidad delante de las personas que nos gustan. Olga tenía a su alrededor una banda de ángeles mal encarados que la miraban con ojos de ternera degollada.
Una vez que nos hubieron presentado, me sorprendió extrañamente el aire de lujo suave y de placer ordenado que aquella mujer irradiaba. Así y todo, en nuestras primeras conversaciones jugué, charlando, con las cosas más santas y sagradas. Al principio me pareció, viéndola constantemente entre gente distinta, que era una mujer de sentimientos ligeros, incapacitada para detenerse un momento sobre un placer o un dolor real y verdadero. Más adelante me di cuenta de que, si bien le gustaba evidentemente hacer colección de desgracias ajenas y catalogar sensaciones, podía concentrarse dulcemente sobre una cosa, aparte de que el hecho de escuchar desgracias es ya un síntoma de temperamento balsámico. Era quizás la mujer exacta del epigrama de Marcial: «No la quiero demasiado fácil ni tampoco demasiado difícil. Me place la que equidista de ambos extremos». Era esto, exactamente, Olga: un bálsamo.
No quiero entretenerle recreando con dificultad mis estados de espíritu de entonces, pues ha sido usted un testigo benévolo de ellos. Pensaba en aquella época que lo que se llama el amor, no es más que una idealización poco lograda de una de las obligaciones más implacables y oscuras de la especie humana. Creía que sólo una cosa puede justificar y explicar el matrimonio: el confort y el bienestar puramente físico que el estado matrimonial da a veces. Desde el punto de vista espiritual —esto es: por lo que hace referencia a la posibilidad de huir de uno mismo—, no creía que pudiese resolver absolutamente nada. Como máximo, la yacija matrimonial, llevando consigo una continuada confesión liberadora, puede atontar y cloroformizar el dolor del pensamiento y cicatrizar, en ciertas personas, el fracaso de la vida. Veía a Olga como el summum del confort en este mundo. Por esto, su suavidad inefable me penetró fácilmente, insensiblemente, y me pareció que acaso no haría ningún mal negocio tratando de casarme con ella. Comenzamos una correspondencia copiosa, llena de puerilidades. Olga colocó, por su parte, todas aquellas cosas que puede decirse que forman el romanticismo decoroso. Yo coloqué todos los lugares comunes del cinismo brillante. Sus cartas eran de una sensiblería que hacía sonrojar. Las mías eran de una pedantería insoportable. Generalmente, los billetes de Olga eran aburridos. Los míos eran, generalmente, confusionarios y si, por azar, una rendija permitía aclarar la confusión, dentro se veía indefectiblemente una patochada.
Ella decía:
— Usted es mucho mejor persona de lo que se piensa.
Yo respondía:
—Usted es mucho peor de lo que dice.
Discutimos estas cosas con entusiasmo quizá durante medio año. Por fin, insinuamos casi simultáneamente que lo más probable era que estuviésemos perdiendo el tiempo. Entretanto, las posibilidades matrimoniales habían madurado. Olga no pedía nunca nada, y esto me daba una sensación clara de mi pequeñez. No crea usted que es la sensación me desagradase. Sería arriesgado decir, por otra parte, que había cambiado de carácter. Al contrario. Entre la libertad y el estar dominado por algo que nos parece necesario, no hay diferencia. A su lado me sentía un ser débil, anárquico e insignificante, y caminaba como si me llevasen del brazo. Olga, por su parte, lo daba todo sin regatear. Protestaba cuando le decía que hacía las cosas por caridad y mando le echaba en cara su aire balsámico. Me contestaba que era una mujer como otra y que lo hacía por amor... Yo reía y a veces me espantaba. No podría decir si he sido nunca absolutamente sincero. Pero si alguna vez me he aproximado o ello, fue ciertamente cuando traté de demostrarle las enojosas consecuencias que para ella podría representar que el matrimonio la desilusionase por un lado o por otro. Recuerdo que se echó a llorar, hablando de estas cosas, enervada. Insistí. Para acabar de una vez me dijo que si lo que yo preveía llegaba, nos separaríamos sin armar ruido y sin escándalo. A veces, el destino de los hombres es tan naturalmente absurdo que se llega al dolor sin dejar de ser mal educado. Lo cierto es que decidimos casarnos y nos casamos, probablemente entusiasmados.
Diversos extremos se aclararon en seguida. Bajo la sensiblería palpitante y con frecuencia ridícula de Olga, había diversas cosas respetables. Detrás de mí cinismo retorcido, había una vaciedad que espantaba. Olga conocía profundamente mi carácter, pero suponía que a fuerza de cordialidad me podría convertir en una persona cabal. Yo había ido al matrimonio sin perder el entendimiento y no soñaba que fuese nada del otro mundo: esperaba hallar en él, sobre todo, el lujo suave, el placer ordenado que Olga creaba. Y fue así: Olga demostró, en las más pequeñas cosas, una capacidad de abnegación extraordinaria. Yo viví dos meses de una manera deliciosa, inolvidable.
Pero, entonces, Olga se puso enferma y los médicos diagnosticaron un tifus de mucha gravedad. Bien; ahora es el momento de hablar claro y de decir toda la verdad. Ante el miserable estado de Olga Johansen, mi carácter reaccionó de una manera fatal. La vi tal como era, como un monstruo. La enfermedad me sublevó. No pude perder la lucidez. El corazón, enjuto, estéril, muerto, no produjo ni el menor latido cordial, todo junto —la enfermedad y mi horrible reacción— me dio un asco indescriptible y, agitado por la repugnancia de mi dolor, la abandone. Me espanta decirle que lo decidí con una relativa naturalidad. Es verdad y lo escribo con todas las letras, para que tenga de mí una idea aproximada.
Después..., sí, claro, me disgustó enormemente, pero volver atrás era imposible. Demasiado tarde. Hace catorce años que no nos hemos visto y no sé por dónde anda. Y yo soy una persona vaga, aplastada de horror y de perversidad, que daría la vida por una brizna de ternura, de cordialidad y de calma.
JOSÉ PLA
Mas Pla. Llofriu (Gerona).
(Traducción de C. J. C., autorizado por el autor).
Los papeles de Son Armadans, Madrid-Palma de Mallorca, Noviembre 1956, Año I, Tomo III. Nº. VIII, pp.193-213.

domingo, 19 de marzo de 2017

Entrevista-artículo de Josep Pla a Camilo José Cela (Destino 29/12/1956), réplica de C. J. C (Destino, 12/01/1957) y artículo de Adolfo Sotero Vázquez (La Vanguardia, 16/08/2003) referido a los pormenores de este encuentro.


Carta de Mallorca
Visita a Camilo José Cela en Mallorca
por José Pla
EN un prólogo escrito para una novela de Lorenzo Villalonga, Camilo J. Cela se ha retratado a sí mismo con estas palabras:
«El otro novelista... también es alto, aunque ya empezó, quizá prematuramente, a criar barriga. El otro novelista... gasta barba y es atlántico y turbulento, desaliñado, galante y corazonal, y vive como un futbolista retirado, en los afueras de la ciudad, en una calle bullidora y solana poblada de turistas de licenciosa conciencia y de gatos enteros, maulladores y noctámbulos. Probablemente es wikingo.»
Sí, probablemente. Lo que es absolutamente seguro es que Camilo José Cela vive en Palma de Mallorca. Primero habitó Son Armadans y ahora el Terreno, en un piso excelente, con una vista muy agradable sobre la bahía de Palma.
La criada me hizo entrar en el «living» de la casa. Eran las dos de la tarde, y por las vidrieras de la amplia habitación entraba el sol a raudales. Mallorca tiene esto de bueno, cuando hace buen sol la vida es muy agradable. En las paredes hay estanterías con muy buenos libros, admirablemente colocados. Encima, bastantes cuadros de pintura moderna, negros y feos, sobre los que destaca un Joan Miró con unos microbios ampliados sobre un fondo de salmón crudo y rosado. Es lo más escandinavo — wikingo— de la casa. En un rincón hay una chimenea a punto de encendida. En el rincón opuesto hay una camilla de muy buenas faldas en la que notoriamente el novelista vive y trabaja.
Cela se puso una «robe de chambre» de excelente calidad sobre un pijama y aparece en el «living» con la barba y los cabellos aborrascados.
Cuando aparece los tres canarios que ocupan las tres jaulitas doradas, finísimas, de la habitación se ponen a emitir gorjeos arrulladores y delicados.
Cela llegó hace pocas horas de la Península, y dado que un periódico de Palma, por exceso de celo informativo, comunicó a sus lectores que venía con gripe, recibió muchos visitas y tiene un aspecto algo fatigado. Presenta una palidez marmórea que el pelo acentúa todavía.
Si le parece encenderemos fuego — me dice.
Se acerca a la chimenea y trata de meterle mano, pero la leña me parece un poco verde, humea y no arde. Se lo digo.
No se preocupe — me ataja —- Yo sé encender fuego. Es cosa de familia. Mi padre, de joven, fue detenido por incendiario.
Cuando llega a la camilla, después de estos trabajos, tiene la barba y los largos cabellos, que empiezan a grisear, todavía más aborrascados. Le miro un roto, a contraluz. De perfil parece un facineroso peligroso y terrible. De frente, con el perfil un poco cóncavo, tiene en la cara una impresionante expresión de timidez y de ternura, y a veces, al chupar el cigarrillo, se asoma a sus facciones una mueca de asco genérico—de asco de la realidad—. De frente parece un poeta tierno y suave; de perfil, un hombre rudo y de armas tomar.
—Tiene usted muy buena barba, señor Cela — le digo—. Presenta usted una excelente barba.
Sí, señor.
— Es axiomático.
— ¿Por qué no se deja usted la barba, señor Pla? Yo creo que todo el mundo debería dejarse la barba.
—Pues porque si todo el mundo se dejara la barba, usted se la cortaría en el acto. ¿No cree usted que se la cortaría en el acto?
—Pues también podría ser, realmente, y todo bien considerado.
Hablamos. Yo no conocía personalmente a Camilo José Cela y he venido a saludarle. En los inicios de la conversación nos tanteamos mutuamente para tratar de colocarnos. Pero observo rápidamente una cosa. Cela habla muy bien, de una manera muy pausada y hasta diría académica, con los giros de la más correcta de las gramáticas —habla de una manera absolutamente contraria a como escribe. Escribiendo copia literalmente lo que se habla en las calles, casas y cafés de poco pelo de Madrid, como él ha dicho y aun escrito algunas veces. En cambio, habla de una manera perfecta y estilizada. Claro está que a veces se cansa de hablar bien y entonces sale con un exabrupto (sin duda para resguardar su timidez) delirante.
En sus obras Cela es un ser absolutamente antiliterario —en el sentido de separarse por sistema de lo que se llama la estética y las bellezas del lenguaje en los manuales—. Copia literalmente la realidad del madrileño tal como se habla. No escoge. Cuando escribe da la impresión de que no vive literariamente, de que no piensa literariamente, de que no escribe literariamente. Además, todo parece indicar que la posición estética o literaria le produce una especie de engorro y de molestia abrumadora. En cambio, habla muy bien, con todas las más aliñadas reglas del arte.
—Me han dicho en Palma, señor Cela, que quiere usted ser académico de la lengua castellana.
— ¿Cómo en Palma? ¿Es que no lee usted los periódicos?
—Muy poco.
—Sí, señor. Quiero ser académico. ¿Le extraña?
—Mucho. Lo encuentro inexplicable.
— ¿Y por qué inexplicable?
—Pues porque para mí es inexplicable que, después de los esfuerzos que ha hecho usted para tener un público y de haberlo logrado, se dedique usted a desorientarlo y a perderlo. No olvide usted que su público, si tiene una característica general es su falta de academicidad. Si entra usted en la Academia, aunque sea en el sillón de Baroja, su público quedará sorprendido y, por más genialidades que el público le suponga, se desinteresará. La Academia no da público, ni hace aumentar el público más que a los que ya nacieron académicos, a los que mamaron la docta casa, si me permite la palabra.
—Pues verá usted. Yo pretendo ser académico para, cuando lo sea, no pensar más en ello, para dejarlo.
—Es una posición realmente antiacadémica.
—Sí, es posible.
—Ya comprendo. Lo mejor es irse cargando, para luego irse descargando sucesivamente.
—Lo importante es ser un ex en todo. Un ex premiado, un ex académico, un ex diputado provincial. Cuando uno ha logrado ser un ex en todo, entonces se tiene una sensación de ligereza y empiezo uno a volar.
Después de una ligera pausa, Celo me invita a almorzar en su casa. Me presenta a su señora y a su hijo, que me parece muy aventajado.
—Este niño —me dice, con la satisfacción marcada en lo cara— es poderoso en las asignaturas y poderoso en la calle. Saca matrículas de honor y gasta mucha suela de zapato. Es una mezcla poco corriente. Por lo demás, mi señora es vascongada, y ya sabe usted que las señoras vascongadas saben improvisar una comida con extremada facilidad.
Aparecen unas langostas. Luego unos becadas sabrosas. Finalmente un camembert acabado de llegar de la dulce Francia. Y luego café y por si todo esto fuera poco, aparece una botella de aguardiente gallego que resulta sensacional.
Cela me pregunta si me gusta el aguardiente y yo le digo que en el terreno de los aguardientes bebo el calvados, el eau de vie de marc, la grappa italiana y el aguavil escandinavo.
— Señora —digo luego— me ha dado usted una comida considerable y de elevada calidad.
—Nada —dice el escritor—. Es la comida que en el siglo XIII hacían mis antepasados con el arzobispo Gelmírez, que usted habrá oído nombrar.
Se encoge de hombros y enciende un cigarrillo acentuando el desparpajo.
Mientras tanto, antes del almuerzo. Cela se vistió y apareció con un vestido obscuro listado de ligeras rayas blancas. Un vestido de contribuyente de la más notoria ejemplaridad. También se alisó el cabello —apareciendo así en parte, el Cela de años atrás, y dio un ligero retoque a la impresionante barba. No mucho retoque. La barba del escritor es notoriamente una barba poco acicalada y maurista.
Después de almorzar Cela se anima. Fuma cigarrillos ininterrumpidamente. Se levanta y se pasea por la soleada estancia. Y sin embargo da una impresión de cansancio, como si estuviera deprimido. Sus ojos son profundos, aterciopelados, casí morados. Sus carnes son ligeramente pálidas, un poco macilentas.
— ¿Se le da bien Mallorca para trabajar señor Cela.
—Muy bien. Aquí se está muy bien. Pero yo trabajo de una manera un poco rara. A veces paso semanas y semanas sin hacer nada aparte claro está de lo normal que, para el caso, es la dirección de mi milagrosa revista «Papeles de Son Armadans». ¿Se ha fijado usted que de mi revista han salido ya ocho números, con una puntualidad indiscutible? ¿No lo encuentra usted prodigioso, inaudito? Las revistas literarias suelen tener una fugacidad terrible. La fugacidad es una de sus características, Y sin embargo, ya ve usted.
—Ya, ya…
—Luego, de pronto, me pongo a trabajar en esta mesa, en esta misma mesa. Ahora, me encuentro en un momento de inacción que dura desde mi viaje al Pirineo de Lérida. Pero un día me pondré a trabajar y entonces trabajaré sin parar, horas y horas seguidas, interrumpiendo sólo mi trabajo para tomar un bocado o para dormir unas horas, las indispensables.
— ¿Le gusta a usted escribir?
—No tiene usted idea. Me gusta enormemente. En el fondo, es la única cosa que me divierte. Vivo en realidad para escribir.
— ¿Escribe usted con facilidad?
—Escribo premiosamente, con gran dificultad. Véalo usted.
Se acerca a una estantería y saca el manuscrito de «Judíos, moros y cristianos», primorosamente encuadernado. El manuscrito es realmente un galimatías y en él se ve el esfuerzo que ha hecho el escritor para la captación del objetivo.
En sus paseos por la habitación Cela se para a veces delante de las tres jaulas de canarios superpuestas, les dice unas cosas a los pájaros, los cuales le contestan piando agudamente. El canario de arriba, tiene unos pomposos apellidos castellanos. El de en medio, es de linaje mallorquín y se llama, de primer apellido Zaforteza. El tercero es un canario callejero, pelado y errabundo que se llame Juan Expósito y Expósito. Son canarios de muy buen canto, que alternan el arrumaco tibio y el trino gorjeante y de oreja alta.
—Si tiene usted varios canarios en una habitación, para que canten, es indispensable que no se vean. El origen del canto es la ausencia— aunque sea ficticia. Por esto hay que superponerlos... Le advierto, en todo caso, que tengo más pájaros en la galería. ¿Quiere usted verlos?
El escritor, que de perfil parece un facineroso retirado a las dulzuras de Mallorca (más que un futbolista) y de frente un poeta apocado, tímido y cívico, contempla sus pajaritos con los ojos cubiertos de ternura y de sentimiento casero. Se produce en la mente como una música de fondo: la de una máquina de coser Singer.
—Pues si yo hubiera sabido que le gustaban los pájaros de jaula y concretamente los canarios —le digo— le hubiera traído a usted un canario de Malta, que tienen fama de ser los más primorosos y cantarines del Mediterráneo.
—Pues no lo sabía — dice Cela.
El escritor me habla de su proyecto para la Navidad del año próximo, del almanaque o calendario de «Papeles de Son Armadans» que será un libro grande, imponente, en él estará todo o casi todo, incluso el nombre del libro que hay que leer cada día para ir tirando.
—Tengo ya mucha documentación. No crea usted que en los calendarios populares gallegos y hasta en el Zaragozano falte documentación y que no sea buena. Usted debería mandarme algo para el sus mentado calendario.
—Sí, señor. Le mandaré el «calendario del Payés», y en él encontrará usted la fecha exacta de la creación del mundo, la rueda perpetua de los años con la indicación de lo que han sido y de lo que serán —fértiles, medianos y estériles— y un sinfín de noticias y pronósticos meteorológicos, agrarios y ganaderos. Es un calendario de mucha miga
—Pues en eso estamos. En la miga. ¡Adelante!
A medido que voy hablando con el novelista, voy percibiendo lo extremadamente sensible que es a los halagos y a las reticencias, a los elogios y a las críticas. En un momento determinado me habla de un juicio emitido por Hemingway sobre su obra, de carácter despectivo, aparecido en la prensa de Zaragoza —no sé en qué periódico, porque yo no tengo idea alguna de la prensa de Zaragoza— juicio totalmente falso, porque si hay alguna cosa sobre la que se puede tener confianza es en la amistad de Hemingway y Cela. Pero lo curioso es la reacción del escritor, que ante estas cosas ridículas se descompone, cambia de color. Emite una voz que no es la suya. En el estado natural, Cela emite una voz de bajo abaritonado de matices magníficos.
Cuando uno contempla a este hombre con frialdad, teniendo un poco de experiencia de la vida, se perciben sus cambios, sus exaltaciones y sus depresiones, sus alzas y sus bajas, sus formidables crisis nerviosas. Hay una diferencia del color y de la calidad de la piel, morbidez y de tensión de la piel, de diferencias de voz que plantean el problema de saber si realmente tiene alguna ventaja ser lo que se llama una vedette —y uso la palabra en el sentido que puede aplicarse a un hombre que ha trabajado como Cela.
—Aquí tengo uno botella de jerez dedicada por Hemingway —me dice—. Léala usted.
Es una dedicatoria simpática, escrita en un castellano fantástico, como es natural. Es una dedicatoria auténtica.
—Pues ahora voy a pedirle o usted que me dedique esta botella de wisky [sic] que estamos apurando. Y así podrá tener una idea de lo que se escribe en la prensa.
Esto de dedicar botellas de espíritu de vino a los amigos es una cosa para mí tan nueva, que quedo sorprendido. Pero parece que esto se hace en el Madrid más o menos americano de nuestros días. Digo americano para abreviar. Me parece que Cela tiene relativas simpatías por lo que pudiéramos llamar, en términos generales, América.
El fuego de la chimenea arde con un ardor creciente. El novelista lo ha ido alimentando con buena leña. Los canarios arrumacan el aire de lo habitación. El sol de la tarde de Mallorca —de las primeras horas de la tarde— llena la bahía de una luminosidad radiante. Más allá de la ventana, después de unos tejados que empiezan a ocultarse, se ve un pequeño petrolero fondeado en rada en redorso de la nueva escollera de Porto Pi. La bahía de Palma puede contemplarse en toda su magnificencia.
—Aquí se vive bien, amigo Cela—-que yo lo digo.
—Pues no se vive mal, realmente. Sin embargo diré que lo de menos es la vida y que lo que se va haciendo es también importante. ¿No le parece?
Esta reiteración del escritor a llevarlo todo a la literatura, su vidriosa, morbosa sensibilidad por las miserias y pequeñeces de la profesión y de su clima, me hacen sospechar que lo que decía hace un momento sobre su contextura antiliteraria es una observación superficial, desprovista de fundamento.
—Lo que se va haciendo es importante en tanto en cuanto es objetivo —digo para aclarar las cosas—; lo importante de Baroja es su afán permanente de objetividad. La realidad es de una riqueza inagotable. Es superior a toda imaginación posible. La realidad es caudalosa, la imaginación es estéril. El estilo es poco cosa, es una preocupación de segundo orden. ¿Usted cree en el estilo como algo primordial?
—Creo que sí, a condición de saberlo ocultar cuidadosamente.
—Así, pues, usted copia el lenguaje que se habla en Madrid y lo estiliza.
—Algo hay de esto.
—Vamos a un ejemplo: cuando usted escribe las palabras «Canuto, mértola, Rosiono» es evidente que ha tenido usted una preocupación de estilo.
—No tiene duda.
—Así, pues, su fórmula literaria podría ser esto: un barroco astuto pero cierto.
— ¿Utiliza usted la palabra astuto en sentido despectivo?
—No señor, al contrario. Ser astuto es muy difícil.
—De acuerdo.
Todo queda ahora un poco más aclarado. Camilo J. Cela, es mucho más literario de lo que parece a primera vista. Así la elaboración de su obra le ha costado, fatalmente, muchos sinsabores. Por esto le duelen tanto las miserias de la profesión.
—Para terminar este asunto permítame que le digo ¡cuidado con el barroco, señor Cela! Es un callejón sin salida.
—Sin embargo es el único estilo que gusta a la gente.
—Cada día menos.
— Estamos de acuerdo. Todo es cuestión de dosis.
— Estamos hasta cierto punto de acuerdo. Usted, literariamente está en la línea de don Ramón del Valle-Inclán. Yo me quedo con Baroja.
Luego hablemos de diversas cosas y observo que está un poco disgustado con esto que le cuelgan del tremendismo. Y tiene razón.
A un escritor que tiene tanta preocupación por el estilo, por un estilo viril y siempre gracioso, por el estilo que siempre es el mejor (el del pueblo) le ha de molestar fatalmente que le cuelguen esta cosa bárbara y destartalada del tremendismo.
—Esto del tremendismo aplicado a usted, sin embargo, es natural —me atrevo o decirle—, tiene usted que pagar su horror por la cursilería.
—Es usted muy amable.

Estoy viendo que lo cosa empieza o ser larga y que se va haciendo tarde. Pero Cela es muy generoso y amable y me propone ir a dar una vuelta por el barrio. Se retira un momento y aparece con una boina y un abrigo grueso, amplio y confortable, con unos piques claros. Con la boina, la barba, el abrigo y la palidez de la cara, parece un mago dispuesto a dar un paseo por callejas solitarias.
Pero dejamos las callejas solitarias y entramos en un bar de buen aspecto, con un fuego de chimenea muy agradable. Hablamos durante largo rato. Luego me invita a acompañarle a la sede de la Cruz Roja, donde un amigo suyo, uno de los médicos de Palma más distinguidos producirá una comunicación sobre un caso muy notable de oclusión intestinal. Vamos a la Cruz Roja donde en un ambiente de elevado espíritu científico escuchamos la comunicación sobre el referido caso, que fue muy interesante.
Me parece comprender que Cela tiene muchos amigos en Mallorca —y algunos (como es natural) que no lo son tanto—. Ha sido un éxito de curiosidad. Es el hombre del cual se habla. Mallorca es un país muy receptivo y siempre dispuesto al homenaje. Si no hubiera sido por el tremendismo, la curiosidad hubiera sido general. Pero todo esto es compatible con el guardar las distancias.
Destino nº 1012, 29 de diciembre de 1956, pp-11-13




LOS NOMBRES DE TRES CANARIOS Y OTROS DATOS PARA LA HISTORIA

Carta abierta a José Pla
por CAMILO JOSÉ CELA
MI querido señor Pla:
Ustedes, los mediterráneos, suelen ser excesivos. Eso quizá sea una virtud en lugar de un defecto. Ya es sabido que más vale tener que desear. Su artículo de DESTINO, sobreemocionadamente agradecido por mí, también es excesivo. A mí me parece que no doy para tanto, y que tampoco es tan importante esto de escribir libros o andar de barba. Lo verdaderamente importante en nuestro país, señor Pla, es ser futbolista, notario o torero, por este orden. Pero, en fin, allá usted. En su escrito — que, no hay más que leerlo, es un escrito «a favor» — usted me dice cosas muy agradables: que tengo perfil de facineroso; que voy vestido como un contribuyente de la más alta notoriedad, que hablo bien; que escribo bien; que en mi casa se come bien; que tengo una vidriosa y morbosa sensibilidad; que trabajo mucho, etc. Excesivo, todo excesivo.
A mí me gustaría, al objeto de facilitar su difícil labor a los historiadores del futuro, puntualizarle — desde mi punto de visto — algunos de sus puntos de vista, bien entendido, claro es, que inducido por el resorte de seguir hablando con usted, cosa que reputo muy saludable para mí y que en Mallorca, con esto del aguardiente del Ribera, casi no pudimos hacer.
Voy a tratar los temas uno tras otro para que la conversación resulte más ordenada.
Cuando usted llegó a mi casa —cuyo ofrecimiento le reitero—yo me pegué un susto de pronóstico y me eché de la cama con lo que más a mano tenía, que era un viejo capote militar que me regaló el poeta inglés Roy Campbell, una noche que, caminando los dos la tierra segoviana, me entró una tiritona de mono. Es excesivo llamarle «robe de chambre de excelente calidad». La gente pudiera creerse que gasto botines de boxeador, lujo para el que no alcanzan mis posibles.
Mis canarios, que, como usted dice, son tres, no ocupan tres «jaulitas doradas, finísimas», sino tres jaulas de alambre de seis duros cada una. El canario madrileño, que es el más viejo de todos y que en la Sierra de Guadarrama libré por tablas de una tormenta que lo dejó moribundo, es, en efecto, de buena familia y se llama Isidro Gato y de Vargas. El mallorquín, de ilustre prosapia, lleva también muy sonoros e ilustres nombres, y el tercero en discordia, que vino por la puerta o, mejor, por la ventana y sin avisar, se llama Jacinto — no Juan — Expósito. Expósito, apellido que, como usted bien conoce, se suele emplear por la caridad española para distinguir a quienes, como mi canario, ignoran su origen
Mis pretensiones a la Academia —que usted no comparte— le llevan a no citar una respuesta mía con la puntualidad que, dado lo vidrioso del tema, hubiera ambicionado Lo que creo que quise decirle es que, si deseo la Academia, es para no pensar más en «ello», no en «ella»: en el deseo—que, uno vez cumplido, ya dejará de serlo—, no en la Academia.
También quisiera que quedase claro que en mi casa, desgraciadamente, no se comen langostas y becadas a diario. Usted tuvo suerte, cosa de la que me alegro; eso es todo. En mi familia y en la de mi mujer hace yo tiempo que no muere alguna tía con últimas voluntades obsequiosas, y el horno, a pesar de lo que puedan decirle los mal intencionados, no está para bollos.
De mis antepasados del siglo XIII no creo haberle hablado. Mi familia, aunque antigua, no lo es tanto y, más allá del siglo XV, nosotros no teníamos ni antepasados De otra porte, Gelmírez, que era del mismo pueblo que yo, no es del siglo XIII, sino del XII. Esto tiene poca importancia.
Mi ropero, al que usted tan gentilmente alude, aunque cuidadito, es modesto. Trajes nuevos, lo que se dice nuevos, no tengo ninguno, y los viejos o semiviejos pueden contarse con los dedos de la mano. También tengo una chaqueta de pana, que es la que uso para los vagabundajes; una cazadora de ante, que es lo que empleo para tomar copitas a eso de la caída de la tarde, y una americana de sport que me está estrecha y que no suelo ponerme.
Sobre mi perfil de facineroso no opino, porque, ¡qué le vamos a hacer!, no tengo otro.
Ignoraba la moda, que usted apunta, de dedicar botellas, que «se hace en el Madrid más o menos americano de nuestros días». Yo, la verdad sea dicha, no colecciono ni botellas dedicadas ni ninguna otra cosa. Con Hemingway me bebí una botella de jerez, y con usted una de «wisky», y, porque los quiero y los admiro a ustedes dos, preferí guardarlas —aunque vacías— como recuerdo. Uno es, a veces, algo sentimental.
Y, por último, en cuanto o mi fórmula o estética literaria, ¿usted cree, realmente, que, aunque astuto, soy barroco? No sé, no sé... Si me pone en lo disyuntiva de Valle Inclán-Baroja, yo también me quedo, sin reservas, con «nuestro viejo oso vascongado»;
Y esto es todo, señor Pla. Su artículo es, probablemente, el artículo más importante que sobre mí se haya escrito jamás. Comprenda —aunque no fuera más que por eso— mi interés en aclararle estas pequeñas cositas.
Confío en coincidir con usted en alguna ocasión; esta temporada —una temporada ya larga de tres o cuatro años— voy bastante por Barcelona, ciudad donde tan buenos amigos comunes tenemos usted y yo.
Y le anuncio mi visita a su casa de Llofriu, en correspondencia a la que usted tan amablemente me hizo. No puedo, todavía, decirle para cuando, pero créame que no será muy tarde.
Soy suyo affmo. lector y amigo.
Destino, nº 1014, 12 de enero de 1957, p. 13.

El encuentro con Josep Pla
El 24 de septiembre de 1956 ve la luz en Palma “Bearn o la sala de muñecas", de Lorenzo Villalonga. Iba precedida de un “Prólogo parabólico" firmado por Cela, en que el novelista gallego se retrata: “El otro novelista, el menos viejo [pasean Villalonga y Cela a la sombra del pinar de Bellver] también es alto aunque ya empezó prematuramente a criar barriga. El otro novelista, no el menos joven, gasta barba y es atlántico y turbulento, desaliñado, galante y corazonal, y vive como un futbolista retirado en las afueras de la ciudad, en una calle bullidora y solana poblada de turistas de licenciosa conciencia y de gatos enteros, maulladores y noctámbulos. Posiblemente es vikingo". Semanas después, Josep Pla aprovecha este autorretrato para abrir una larga entrevista con Cela en la casa del Terreno, donde en abril había nacido “Papeles de Son Armadans”. La entrevista se publicó el 29 de diciembre en “Destino”: faltaban escasamente dos meses para que Cela fuese elegido académico de la RAE: dos meses antes, el 30 de octubre, había fallecido Baroja. Néstor Luján le había escrito a Cela (31/X/1956): “Siguiendo la costumbre de los viejos reyes normandos, creo que podemos decir: Le roi Pío Baroja est mort! Vive le roi Cela!"
Pla se había ocupado de “Camilo José Cela, escritor” en su sección “Calendario sin fechas” el 6 de agosto del 55. El artículo parte de la excusa de la publicación en la colección “Áncora y Delfín” de varios libros de Cela: “Pascual Duarte”, “Viaje a la Alcarria”, “Pabellón de reposo” y “Mrs. Caldwell habla con su hijo”. Acababa de aparecer en la misma colección “El gallego y su cuadrilla” y en la editorial Noguer vio la luz en 1952 “Del Miño al Bidasoa”. Pía parece haber leído estos libros más “La colmena”, de la que dice que “no se adapta a los modelos clásicos del género”, al igual que indica: “No conozco su libro sobre Venezuela", refiriéndose a “La catira" (Barcelona, Noguer, 1955).
Cela era sobradamente conocido por el público barcelonés, ya que desde el otoño de 1949 al del 52 había colaborado en “La Vanguardia”. Una carta del verano del 49 dirigida a Luis Galinsoga es muy gráfica: “Puede usted creerme, amigo Galinsoga, que esta colaboración que hoy inicio en el periódico de su exacta y certera dirección, la considero como mi mayor y más preciado triunfo profesional". También durante el 52 había ofrecido en sucesivas entregas desde “Destino" los primeros compases de su libro de memorias “La rosa”. De otro lado, con anterioridad al artículo de Pla, Antonio Vilanova en su deslumbrante sección de “Destino”, “La letra y el espíritu”, había reseñado con insólita penetración estas obras entre el 51 y el 55, reseñas que son la base de la franca amistad del profesor y crítico barcelonés con el novelista gallego. Igualmente es anterior al artículo de “Calendario sin fechas”, que se puede leer traducido y desprovisto del primer párrafo en “El passat imperfecte”, la magnífica entrevista que Néstor Luján le hizo en “El Noticiero Universal” del 1 de junio del 54, en la que Cela afirmaba la importancia capital de las novelas de Baroja, pero sostenía que el escritor del 98 que más le había influido era Valle-Inclán.
La tradición del 98
El artículo de Pla precisamente remite el arte de Cela a la tradición del 98, la de Baroja y Valle, añadiendo con clarividencia el magisterio orteguiano. Señala la calidad de su prosa y deja en el aire unas frases que tendrán respuesta más de un año después: “No conozco personalmente a Cela. Ignoro cómo es, lo que hace, lo que dice, cómo se mueve y lo que piensa”. En el intervalo entre el verano del 55 y diciembre del 56, las relaciones de Cela con Barcelona continuaron muy vivas: “Judíos, moros y cristianos" ve la luz en Destino, “El molino de viento y otras historias cortas" en Noguer. Invita, desde el comienzo, a participar en la empresa de “Papeles de Son Armadans” a Riba, Es-priu, Vilanova y Luján. Y por si fuera poco, junto con Josep María Espinás y Felipe Luján -padre de Néstor y suegro de Espinás- viaja a pie por el Pirineo leridano en el verano del 56.
La entrevista de Pla a Cela debió ir rodeada de otros encuentros, pues en una carta a Luján del 4 de diciembre Cela escribe: “Estuve con Pla en Inca y en Palma, comiendo y bebiendo. Después le perdí la pista. Es un sujeto sensacional". Durante sus encuentros Cela le regaló una pluma de oro al ampurdanés, pluma que al llegar a Barcelona depositó en manos de Luján, generando un curioso intercambio epistolar (Luján-CJC) que se entremezcla con la grave crisis en la dirección de “Destino”. Cuando la entrevista acababa de aparecer, Cela le escribe a Luján: “Leí el artículo de Pía al que contesto -muy amablemente como comprenderás- en una ‘Carta abierta' que hice llegar a Vergés. El artículo en el fondo no me gustó, cosa que te digo a ti y a nadie más. Honradamente creo que, poco o mucho, soy algo diferente de una vedette barroca. La pluma, naturalmente, házsela llegar a Pla, con mi ruego de que sirva aceptarla” (31/XII/56). Tampoco le había gustado por entero el reportaje-entrevista a otro gran amigo barcelonés de Cela, Antonio Vilanova, quien le había escrito el 30 de diciembre: “En el último número de 'Destino' he leído la extensa entrevista contigo de José Pla. Ya quisiéramos todos que en cada número del semanario apareciese una interviú tan bien hecha y de una calidad semejante. Ahora bien, esto aparte tengo la sensación de que Pla no ha captado hasta el fondo tu carácter, tu manera de ser, tus ideas y casi me atrevería a decir que no se ha fijado en tu letra. Pla se ha inventado un posible Cela, que no está en absoluto desacuerdo con el verdadero, pero que sólo refleja una faceta del mismo, una faceta aparente y externa de lo que tú eres. No me extraña porque Pla es hombre a quien a veces puede la inteligencia y el exceso de sagacidad al juzgar a las personas, sobre todo a las que son muy diferentes de lo que él quisiera o imaginaba. De todos modos, celebro infinito que hayas tenido ocasión de conocerle y que hayas podido hablar extensamente con él. El tipo merece la pena, y es, como tú, fuera de serie”.
La entrevista mereció la réplica de Cela, publicada en “Destino” (12/1/57). Cela aclara aspectos sobre su nivel de vida, antepasados, pretensiones de ingreso en la RAE y gustos literarios, reconociendo que “su artículo es, probablemente, el más importante que sobre mí se haya escrito jamás”. Y le anuncia su visita a Llofriu, que no fue sin polémica, porque como escribe a Luján (9/II/57): “No conviene echarnos a pelear, siquiera como es lógico, con armas permitidas y versallesco ademán.”
Adolfo Sotelo Vázquez
La Vanguardia, 16 de agosto de 2003, p. 30