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domingo, 19 de noviembre de 2017

"¡Noroc! In memoriam de Ioan P. Couliano" de Valentí Gómez i Oliver (La Vanguardia, 22 de julio de 1991)


¡Noroc! In memoriam de Ioan P. Couliano

ME LLEGÓ LA NOTICIA DE SU TRÁGICA muerte -acaecida en Chicago en el mes de mayo de este bélico año de 1991- a través de un Hermes “romano” (el profesor Elémire Zolla), que sentía por él, al igual que quien redacta estas breves líneas de recordatorio, una sincera admiración.
Ioan P. Couliano había nacido en 1950 en Rumania. Estudió en Italia y luego se fue a los EE.UU. para especializarse con Mircea Eliade. Un paréntesis como profesor en la Universidad de Groningen (Holanda), y luego definitivamente a Chicago donde enseñaba en su prestigiosa universidad.
Estudioso de las creencias religiosas, se había convertido ya en vida del preclaro Mircea Eliade -rumano como él- en su aventajado discípulo y, de alguna manera, en el continuador de su obra. Buena prueba de ello nos la proporciona el magnífico “Dictionnaire des Religions” (Plon, 1990), firmado por ambos, si bien Eliade había fallecido en 1986.
Sus intereses intelectuales eran muy amplios. Había estudiado la gnosis en “I miti dei dualismi occidentali” (Jaca Book, Milán, 1989), analizando a fondo las ideas dualistas que se han manifestado a lo largo de los siglos en Occidente, llegando a la conclusión de que las creencias humanas son el resultado de una serie de variaciones entre pocos principios fundamentales. Examinar los mitos significa, para Couliano, narrar el juego de la verdad. “La condena de la raza humana -escribe al final de ‘I miti’- es que todos los mitos son igualmente verdaderos. Es únicamente el poder el que convierte a unos en más verdaderos que otros...
Resultan fundamentales sus artículos, creo que 14, en “The Encyclopedia of Religión” (McMillan, 1987, bajo la dirección de Mircea Eliade), en los que junto a una docta y rigurosa erudición despliega un escepticismo sapiente y nada desmesurado.
Couliano dirigía una revista (¿qué ocurrirá con ella?), escribía novelas, “La collezione di smeraldi” (Milán, 1989) y “Hesperus” (en prensa en Italia), una gran metáfora sobre el destino de Occidente. Y me contaba sus hermosos proyectos sobre obras ambientadas en pleno renacimiento italiano...
Con Couliano -hablé por teléfono diez días antes de su muerte para comentarle que su artículo para el número 19 de la revista “ArcVoltaic” nos había gustado mucho- teníamos pendientes una cena en una de esas raras trattorias romanas caseras, todavía iluminadas por el espíritu de Baco.
Después de haber leído su último libro, “I Viaggi dell’anima” (Mondadori, 1991), no estoy muy seguro de que, en una de esas noches otoñales didimias, no podamos compartir un espléndido plato de “penne all´arrabbiata”.
VALENTÍ GÓMEZ I OLIVER
 Poeta y profesor en la Universidad de Roma
La Vanguardia, 22 de julio de 1991, p. 24

domingo, 14 de mayo de 2017

Elémire Zolla: "Melville y el abandono del zodíaco" (y III) (Papeles de Son Armadans, julio-agosto 1962)


VI
Ismael ha sido borrado, su persona ha desaparecido, basta su mirada, atenta a lo que sucede a su alrededor, capaz de no interponer un vapor inoportuno entre sí y la realidad social en la que ha caído el microcosmos-Pequod. Ismael cede su puesto a las cosas mismas: el secreto para enriquecer vertiginosamente. Se le aparece, por lo tanto, todo lo real en un cascarón de nuez: la nave (no la ciudad o el jardín), la sociedad que se exprime sobre todo en la sociedad por acciones, es decir, en la combinación de la avaricia y del fraude, donde en nombre de una multitud de miserables ahorradores, un grupo de ordenados expertos del cálculo minucioso y oprimente rige la comunidad reducida a compañía de acciones. Pero quien encarna el espíritu de la sociedad accionaria es Ahab, el que magnetiza a la masa de los desarraigados, el que remueve el crisol de tradiciones astilladas y de felicidades hechas pedazos. En vano el hombre todavía humano, Starbuck, que siente aun reverencia y miedo hacia el candor de la naturaleza, contraría la dominación de la locura. El capitán Ahab, al final de la asamblea puede proclamar de verdad: «No soy yo el que os manda, sois vosotros quienes lo queréis.» El lío de las responsabilidades inextricables de la nueva sociedad industrial es creado, es un mecanismo semejante a las máquinas de las que se sirve: « ¡Mi rueda dentada se adapta a todas sus varias ruedas..., yo me precipito infaliblemente! Ahab ha sido segado por la hoz de Mobv Dick: la naturaleza en él está herida, enajenada, y para aplacar el dolor de la mutilación, para hacer cesar la rabia inconsciente cuando no obvia, el actúa: (XLI): Su intelecto natural, que había sido un agente viviente, se convirtió en un instrumento viviente
La relación entre el poder económico y el delirio ideológico se aclara así: «Es bastante probable que lejos de perder fe por causa de los síntomas tan oscuros en su actitud hacia otro viaje de caza, la gente calculadora de aquella isla prudente estuviese, por el contrario, inclinada a la idea que precisamente por esas razones él era aún más indicado y adapto para una empresa tan llena de furor y ferocidad. »
*
* *
Antiguamente la naturaleza era reverenciada, hoy se la ataca sin contención habiendo desaparecido en ella toda traza de divinidad, esto es, de incognoscibilidad. Como el hombre toma actitudes de domador de circo con sus instintos y los tiene a raya con el látigo de la voluntad, del misino modo se hace domador de la naturaleza la cual, por lo tanto, se convierte en eje de ruedas, juego de elementos a explotar y nada más. ¿Cuál es el color de la ballena, de la naturaleza? El blanco. ¿Cuáles son las asociaciones del color blanco, del candor? Melville las enumera con minuciosidad, las encarnaciones ya tremendas, ya benignas del «mutismo y de la universalidad», de la extensión sin fin, del «místico cosmético, el gran principio de la luz.»
El capítulo sobre el candor es al mismo tiempo un encantamiento y una letanía: una operación cumplida de conocimiento por símbolos[1].
El conocimiento per figuras se acerca bastante más que las definiciones lógicas para explicar un universo apasionado, un cosmos viviente, es «una reveladora pantomima de acción», superior a «un doméstico capítulo de palabras ».
¿Cuál es el método seguido por Ahab para dominar la naturaleza? Él tiene que quitarle su cualidad esencial, la imprevisibilidad. Por eso construye una compleja carta de las migraciones de los cetáceos, como una red estadística e inductiva que debería delimitar, hacer previsible la naturaleza mediante «conjeturas racionales, casi certezas». El arma del hombre de ciencia y técnico moderno es el concepto de probabilidad y de promedio estadístico.
Mas para dominar la naturaleza, observaba Hegel, el hombre tiene que darse en alimento a sí mismo. De este modo Ahab siente en el sueño abrirse abismos de angustia. ¿Su causa?, la racionalidad misma que se convierte en su contrario, en terror sin fondo. «El principio o espíritu eterno viviente en él» era en la vigilia, «empleado por la razón discriminante como vehículo suyo o agente externo, en el sueño cobraba su revancha convirtiéndose en un buitre que es la criatura misma que él ha creado».
«Para alcanzar su objetivo. Ahab tenía que utilizar instrumentos» y por lo tanto explotar los mecanismos de la avidez y del miedo de la tripulación. La ballena blanca es la naturaleza que hay que convertir en mercancía, haciendo de ella valor de cambio: mutarla. Es decir: se finge que en ella no existe más que fuerza mecánica y se nos aparta de la pacífica convivencia con ella, mezclada de temblor reverencial. De este modo se pretende ignorar el aspecto idílico que tiene: «del mismo modo que este espantoso océano circunda la tierra verdeante, del mismo modo, en el alma del hombre hay una Tahití insular, llena de paz y de alegría, pero circundada de todos los horrores de la vida desconocida a medias. Es la misma alegoría que se lee en el diario de Hawthome: «El corazón humano representado alegóricamente como una caverna: en la entrada hay luz, y a su alrededor crecen flores. Se entra dentro y de repente poco después nos encontramos circundados de terrible oscuridad y de monstruos de varios tipos: parece el infierno. Nos quedamos helados, y se vaga durante mucho tiempo sin esperanza. Al final se hace una luz. Se avanza hacia ella, para encontrarse en una región que parece reproducir de algún modo las llores y la belleza solar de la entrada -pero todos perfectos- ... la oscuridad y el terror pueden yacer en lo profundo, pero más profunda es esta eterna belleza.»
Ahab ha renunciado a entrever más allá del horror mecánico el fulgor, o por lo menos el vislumbre de la paz órfica, de la Tahití o región de las cosas que resplandecen, perfectas en el mundo externo y más perfectas en el fondo del alma, ha convertido todo el universo en fuerza, renunciando a la luz natural, y la fuerza es pura imaginación, excluye el momento contemplativo, que está fuera de la fuerza.
El proceso trabajador dividido en especialidades es la explotación del objeto natural desnudado de todos sus atributos simbólicos, privado de su aura, ya no contemplado, sino sólo modificado: una ballena explotada es un ejemplo capital. No es por casualidad por lo que muchos capítulos de Moby Dick están dedicados a tal descripción, pero llenos de reverencia, pues: « ¡Oh Naturaleza y tú, alma humana! ¡Cómo se distienden vuestras analogías más allá de lo decible! No se mueve o vive en la materia el más mínimo átomo que no tenga su sutil correspondencia en el espíritu.» El trabajo, para Melville, es liturgia, desciframiento de símbolos en las operaciones materiales. ¿No es la fragante cabeza de espermacetis análoga al reino de las ideas platónicas? ¿No es ahogarse en ella tan arriesgado como sumirse en la contemplación? La parte más preciosa de la ballena es el esperma perfumado, la esencia libre del universo: el agua de vida, que pone en estado de éxtasis benigno y de gracia.
Mas tales operaciones le parecen inesenciales a Ahab, nada merece su empeño como no sea la operación máxima, el matar. Él es semejante al rey Ahab del Libro de los Reyes, que a despecho de los prodigios de Elías sobre el monte Carmelo (Elías hace que surja el agua y se encienda el fuego) está ligado al culto de Baal.
*
* *
¿Cuál es el drama secreto de Ahab? Lo dice él mismo en un monólogo (Crepúsculo), que ninguno de la tripulación le impida el paso, que todos se adapten como ruedas de un mecanismo: el drama del dictador. Pero Ahab es al mismo tiempo el dictador y el hombre moderno por excelencia, separado de la naturaleza; y de ello tiene consciencia, salvo que, como Baudelaire, exalta su desgracia como signo de elección: «Oh, había un tiempo en que, así como la aurora me incitaba noblemente, del misino modo el crepúsculo me traía alivio. Ahora ya no. Esta hermosa luz no alumbra más en mí: toda belleza me es angustia desde, que no puedo gozarla. Dotado de la percepción superior me falta la baja potencia del gozar: estoy condenado así del modo más sutil y perverso»;...
Como había escrito Goethe: « El cambio del día en noche, las estaciones, las llores y los frutos y todo lo demás que viene a nuestro encuentro de cuando en cuando para que podamos y debamos gozar de ello, estas son las verdaderas fuerzas dirigidas a la vida terrena. Cuanto más abiertos estamos a tales goces tanto más somos felices: si por el contrario esta variedad de apariciones nos baila ante los ojos in que tomemos parte en ella, si no somos receptivos ante tales sacras ofrendas, entonces se insinúa el gran mal, la enfermedad más severa: se considera la vida un peso repugnante.»
Ahab llama a lo que le falta «baja potencia de gozar» y quiere cortarse de la vida viviente: tenderse en un esfuerzo abstracto, desligado de todo contacto con la tierra y con el ciclo, ambos profanados. En una época se entendía la «percepción superior» precisamente como el profundizar de la relación con la naturaleza (hoy suena falso Lawrence Durrell cuando atribuye a un personaje la sensación del antiguo hombre cabalístico: « Recorriendo las calles de la capital estiva en el sol primaveral ante un mar límpido de nubes y alborotado —medio despierto y medio adormecido— me sentí como el Adán de las leyendas medievales: el cuerpo, compuesto de cosmos, de un hombre cuya carne era tierra, cuyos huesos piedras, cuya sangre agua, cuya cabellera hierba, cuyos ojos luz solar, cuyo aliento viento: y cuyos pensamientos nubes. Sin peso, como después de una enfermedad», en el comienzo del capítulo IV de Clea).
Hoy no se percibe más el cuerpo de uno en relación con el universo. A lo sumo hay que extraerlo todo del cuerpo de uno, extraer las razones de vivir en él, como los desgraciados hombres de la tripulación del Moby Dick que tratan de hacer la fiesta sobre cubierta.
Ellos no se dan cuenta de una maldición como ésta y fingen gestos que sólo tendrían sentido en una relación de comunión dialéctica con la naturaleza. En cambio, para Ahab la naturaleza es sólo el obstáculo contrapuesto al yo, una máscara de cartón que traspasar. Él no siente la naturaleza más que en el choque, en la oposición de su fuerza a la fuerza de la naturaleza (que no es propiamente una fuerza, ya que no tiene una conciencia que por contraste la haga aparecer como fuerza). Starbuck vive a medias entre el mundo de la comunión, del respeto y de la reverencia por la naturaleza y el nuevo mundo mecánico de Ahah, está dividido entre odio y obediencia hacia su jefe. Pero precisamente por su calidad intermediaria le es consentida la piedad, la desaparición partícipe de la desventura que Ahah vive enteramente y lleva a sus últimas consecuencias.

VII
El capítulo CXVIII se intitula El Cuádrante.
Se acerca la estación del Ecuador, Ahab está midiendo la latitud mientras el sol se recrudece: «la desnudez inalterada de los rayos es parecida a los esplendores insoportables del trono de Dios», dice una frase que parece sacada del Zohar. Ahab está con «su instrumento de astrólogo en el ojo» mientras el Parsi de la tripulación fija el sol «subyugado, con una terrestre apatía».
Pero de repente Ahab cae en una meditación:
«¡Oh signo del mar! ¡Alto y potente Piloto! Tú me dices en verdad dónde estoy: ¿mas puedes tú darme el menor indicio de dónde estaré? ¿Dónde está Moby Dick?». Luego, mirando el cuadrante y moviendo uno tras otro sus numerosos instrumentos cabalísticos, vuelve a pensar y murmura: «¡juguete tonto!, juguete pueril de soberbios almirantes, de comodoros y capitanes, el mundo se jacta de ti, de tu sagacidad y de tu poder; pero, ¿qué puedes tú hacer después de todo, sino decir el pobre, el mísero punto, y no una jota de más, donde a ti mismo y a la mano que te rige os es dado estar en este vasto planeta? — maldito, oh juguete vano, y malditas sean todas las cosas que alzan los ojos del hombre a ese cielo cuya viveza no hace más que quemarlos... Nivelados por naturaleza al horizonte de esta tierra están las miradas del hombre, no erguidas sobre su coronilla, como hubiera sucedido de haber Dios querido que el mirara hacia el Firmamento. Maldito cuadrante... no guiaré nunca más mi camino por ti: la brújula plana del barco y el cómputo plano del soleómetro, serán los que me conduzcan, y me mostrarán mi posición sobre el mar. » A la vista del capitán que renuncia al cuadrante y lo pisotea, pasa sobre la cara del adorador del fuego celeste, del Parsi, un guiño y una resignada desesperación, mientras Stubb murmura: «He oído a Ahab hablando entre dientes, —alguien me echa estas cartas en mis manos de viejo y jura que yo debo jugarlas y nadie más. — ¡Qué me lleve el diablo, Ahab, vive en el juego y muere alegre!».
Ahab es un adorador del fuego que no quiere ya dirigirse según el curso zodiacal del sol determinado por el cuadrante o gnomon. Él adora el fuego infernal y no el celeste.
Los héroes solares de las mitologías representan la superación de la naturaleza palustre, matriarcal, que le parece «fangosa» al hombre civil. Apolo, Hércules, Mitra son héroes solares cumplidos, mientras Dionisio es una conciliación del agua con el fuego, de la vida animal y natural y estática con el conocimiento. El pasaje del matriarcado a la solidaridad olímpica está representado por héroes claudicantes como Edipo. El contacto con el fuego es ambivalente, puede ser contacto con una furia suicida o con una pureza contemplativa, y los personajes cojos, señalados por el fuego, representan el carácter siniestro del contacto. Melville en una fea poesía pone en relación la antigua adoración del fuego con la ciencia moderna, su descendiente:

AL NUEVO BEATO DEL FUEGO

Persa, te alzas en llamas
de climas sacrifícales
donde los aduladores impetran
y el hombre postrado inclina la frente,
se une a los ritos que abrieron las huellas
a todos los cultos de entonces en adelante.
Poder por excelencia,
tiene razón fu rayo dominador.
expulsado de los llanuras de Asia
donde estallaron las jabalinas
de hordas que se difundían
guiadas por el pastor Caín.
Entre terrores aniquilantes
vinieron conquistadores desde el Indo,
multiplicándose la estirpe de lira lima,
y llegaron con el curro falcado
transmitiendo su púrpura a occidente.
Químico, tú nutres y crías
en climas de oriente toda hierba embrujada
que da ímpetu al sueño
transmitido por mitos y creencias
huríes e infiernos: delirantes letanías
hasta el extremo Calvino.
Aunque tu luz
en el alba del tiempo desperdigase
la estirpe turbada del caos,
¿nunca tus lanzas laminadas
huirán Anarquías peores, fraudes y temores
transmitidos por la mala hierba del hombre?
Mas la ciencia todavía creara
una emanación más vasta
y un poder más allá de vuestro juego
apagando las sombras que no sabes meter en fuga,
e, iluminando todo secreto.
dilucidará tu rayo.


El persa a quien se dirige la poesía es quizás el Fedallah del Moby Dick, que se está, burlón y turbado, ante Ahab, representante de la emanación más vasta del fuego, la ciencia. Que la conclusión es irónica lo demuestra la cancioncilla que termina el canto The Convent Roof en Clarel:

Flamen, Flamen, descarta el manto
y la gloriosa mitra:
la duda profana el día.
Mira, entre olorosos vapores,
como la pira fúnebre del rey de las especies,
muere, el fuego zoroastiano
sobre vuestras aras en ruinas:
el poder, el poder de los Magos está extinguido
y Mitra abdica el sol.
Lo que condena a Ahab es su adoración puramente demoníaca del fuego, su repudio del sol, su renuncia a guiar su curso sobre la posición del sol en el zodíaco.
Las doce categorías-símbolos del zodíaco son abandonadas por Ahab, y se verifica la maldición que Shakespeare presagiaba para el hombre que hubiese abandonado el eje que no vacila, el firmamento, en la famosa alocución de Ulises en el Troilus and Cressida; el poder, lobo universal, lo devorará todo y luego se devorará a sí mismo, pues no reconocerá nada que tenga valor eterno, ni siquiera las órbitas de los astros y las fábulas que están relacionadas con los doce signos, y celebradas, en los años litúrgicos, en la labor agraria. Sobre ese orden no dirigirá su curso.

VIII
En Moby Dick está representado el hombre nuevo, que no es como Ahab, demoníaco, el hombre que el medio ha transformado en fin: el carpintero que le vuelve a hacer la pierna de madera a Ahab: hombre de una estolidez sin alma, preparado en todo, indiferente a todo, para quien los dientes son pedazos de marfil, las cabezas poleas de jaula, los individuos árganos, el mismo una rueda que emite un zumbido cuando habla, su cuerpo mismo una garita.
En Mardi se describía, apariencia sensible que es símbolo de la distorsión donde se divide el medio de la finalidad, la fábrica inglesa del siglo diecinueve. Los peregrinos que buscan la felicidad en la tierra (es decir, Yillah, la mujer «angelicada») llegan a Dominora, Inglaterra:
«Enderezando nuestros pasos hacia el vallecito, rugiente entre las rocas divisamos un torrente que bajaba de los montes. Pero antes de que aquellas aguas llegaran al mar, pagaban un tributo de vasallos. Dobladas por conductos y fosos, empujaban gruesas ruedas, dando vida a diez mil colmillos y dedos, cuya presa no había fuerza que la resistiese, y cuyo toque era, sin embargo, blando como aterciopelada pata de gatito. Con brutal potencia transportaban ingentes pesos, semejantes a trompas que abaten hipopótamos, y sin embargo sienten los batidos de alas de una polilla. De cada vertiente de los alrededores aventando hacia afuera en cada vuelta maravillosos partos, incesantes como los ciclos que giran en el cielo. Alto murmuraba el telar, volteaba como fulgor la lanzadera, rugía roja la tétrica fragua, resonaban yunque y muzo, pero no se veía un mortal.
«¡Ah de la casa, mago, sal del antro!»
Mas sordos fueron los husos, como los mudos que sordamente sirven al sultán.
«¡Ya que hemos nacido, queremos vivir!» leímos sobre una bandera purpúrea que velaban las nubes purpúreas, a la vanguardia de una muchedumbre con birretes rojos, que corrió ante nosotros, salidos del vallecito. Seguían otras: negras o manchadas de sangre: «Mardi pertenece al hombre. »
«Abajo los propietarios de tierras. »
«Ya llegó nuestro turno. »
«¡Vivan los derechos! Mueran las vejaciones. » « ¡Pan, pan! ».
«Aprovechad la marea untes que se retire.»
Son páginas escritas en el año 1848. La muchedumbre va guiada por tres máscaras, que la llevan hacia los palacios, pero están atentas a desperdigarla entre fosos y selvas, de modo que pueda ser atacada y rota por los guardias del rey.
El instrumento se alza como un gigante; se evoca a su creador pero en su lugar aparece la muchedumbre de los hombres enloquecidos por sus efectos. ¿Quién es el mago? La respuesta nos la da Melville en el cuento The Bell-Tower, donde narra del gran artífice leonardesco Bannadonna, que crea un artefacto perfecto destinado a caérsele encima. Es un cuento que tiene elementos figurativos como sólo el surrealismo volverá a traer en sus paisajes de pedazos de cosas acampados en los desiertos (y no es casualidad que fuera Marx Ernst quien ilustró Mardi). ¿Cuál es el pecado de Bannadonna? El mismo que el del doctor Rappaccini de Hawthorne, el haber reducido la ciencia a crueldad experimental. ¿Cómo creo Bannadonna su artefacto mecánico, su Golem?
¿Atento a «resolver la naturaleza, a insinuarse furtivo en ella, a intrigar más allá de ella, a procurar que algún otro la redujese a su mano?» No. «Esto no había sido su finalidad; sí en cambio, sin pedir favores a otros elementos o seres, rivalizar con ella él solo, superarla; dominarla. Se doblaba por conquistar. Para él el sentido común era teúrgia, la maquinaria, milagro: Prometeo, el nombre heroico del maquinista, y el hombre el verdadero Dios». El mago es el hombre de ciencia moderno, que no se preocupa de solve nature or steal into her, según la sutil idea de los visionarios metafísicos por quienes entre las fuerzas mecánicas más sutiles y la más ruda vitalidad animal se puede descubrir un germen de parecido: y tampoco de intrigue beyond her, o sea, operar como los alquimistas según las afinidades entre el mundo interior del hombre y el exterior, y tanto menos a procure someone to bind her, es decir, a solicitar la intervención de Dios como sanguine theosophists. El verdadero mago es el filósofo del sentido común burgués, John Locke. Para él el hombre es una tabula rasa que recibirá con mortuoria pureza, con pasividad de momia, la impronta de las sensaciones. ¿Cuál es el modelo de una tal representación del hombre? Melville lo indica en Tartarus of Maids: el papel que sale de una fábrica en un desolado vallecillo inglés es la papilla mezclada por muchachas tísicas, y sale blanca, lista para cualquier uso, de su sufrimiento, como esperma por matrices. Porque Melville cree en la sutil correspondencia entre procesos físicos humanos y mecanismos, y discierne en Locke la degradación del hombre a la brutalidad maquinal. Hace eco a las profecías de William Blake. En Blake tienen origen las imágenes mismas de Melville:

Vuelvo los ojos a las escuelas y universidades de Europa v allí veo el telar de Locke, cuya trama lúgubre se intensifica en el bramido de las ruedas de agua de Newton; negro el paño
abarca, descendiendo en corazas fúnebres, todas las naciones: obra cruel
de muchas ruedas diviso, rueda sin rueda, 
con ganchos tiránicos
que se mueven violentas las unas contra las otras, no como las del Edén
que, rueda dentro de rueda, en libertad, giran en armonía y paz.

La criatura mitológica de Blake, Los, tiene el valor de mirar bien, con perfecta atención, la fragua, y finalmente le descubre la esencia:

Cuando Los abrió los hornos
vio que todas las cosas desgraciadas eran sus mismos afectos
y sus deleites; entonces cayó enfermo y su alma en él expiró.

La maquinaria no es ya el símbolo rodante de la eterna paz, sino una rueda que difunde a otras ruedas su movimiento, es rueda y línea infinita al mismo tiempo: símbolo de muerte viviente. Esto vieron Blake y Melville.
La naturaleza se convierte en el medio de la afirmación del hombre, el hombre se reduce por medio de los fines oscuros de la naturaleza. ¿Cómo librarse?
La cuestión era incluso biográfica en Melville, es decir, se trataba de su propia vida: ¿Qué sentido tenía haber padecido, después de los reveses de la fortuna debidos a las crisis de la primera industrialización de América, la más oscura miseria, el haber tenido que embarcarse en naves horrendas infestadas de tripulaciones desarraigadas y brutales: el haber luego divisado la fulgida belleza de las islas del Sur, oasis de gracia y de alegría en el mundo dominado por el espíritu comercial (oasis que Engels en El Origen de la familia señalará como meta y retorno de la humanidad después de la fase comunista) para luego volver una vez más al oprobio de la vida sobre los balleneros, el haber tenido que afrontar todavía la soledad y la miseria en la patria? Eran pruebas que le habían madurado. Pero entonces, ¿qué enseñanzas se encontraban encerradas en esos símbolos? Los trascendentalistas podían enseñar a alejarse de la oscura realidad nueva sumergiéndose en la naturaleza pánica, distinguiendo símbolos de la armonía universal en cada particular, aun en los más triviales (en el humo del cigarro el ritmo de expansión y retracción: de emanación y retorno al centro). Melville rechaza con desdén la facilidad de esta receta. ¿Cómo se puede borrar el dolor con la contemplación?
Aferrar los símbolos necesarios era su misión, pero no consolarse o consolar. Tenía que comprender, no buscar restauro. ¿Qué significa una nave que navega hacia las ballenas? ¿Qué significo la industria de la explotación de la ballena en manos de los emprendedores cuáqueros de Nantucket? ¿Qué significa ser muerto en el trabajo? ¿Qué es lo que impulsa a los hombres a esa empresa?
No le bastaban el conocimiento discursivo, las fórmulas filosóficas, y se burló de los filósofos en Mardi. Ni le bastaba la solución política de los males, el credo democrático, igualmente despreciado.
¿Qué sentido tenía el tiempo si no existía un punto arquimédico fuera de él? ¿Y cuál podía ser ese punto sino la eternidad?
Por consiguiente todo lo que existe en la tierra debe ser figuración de la eternidad y de la tentativa de alcanzarla. Todo tiene un sentido, sólo si puesto en relación con la iluminación.
*
* *
¿Cuál es el horizonte en el que se mueve el hombre?
El horizonte que ciñe el mar: «ondulado como la vasta serpiente de mil pliegues que envuelve al globo» es, pues, la serpiente que se muerde la cola, el uroboros, el cumplimiento: Dios que es circunferencia, cuyo centro está en cada lugar. La esfera es semejante a la conciencia en cuyo ámbito se mueve el hombre, y Melville, en Mardi se declara «aplicado a la esencia de las cosas, al misterio que está más allá, a los amagos de llanto que demasiada risa provocan, a lo que está bajo la apariencia, a la perla preciosa que se halla dentro de la tosca ostra... Hay un mundo de maravillas dentro de la esfera de la conciencia espontánea..., un misterio en lo obvio y sin embargo algo obvio en el misterio».
«En un retiro impenetrable duerme el universo, redondo, ceñido por el zodíaco, cercado por el horizonte, envuelto por el mar, fajado de escolleras, enclavado entre montañas, anidado entre pérgolas, recinto de realezas, cerrado prietamente en sus propios brazos, abrazado n sí mismo..., pulpa entre cáscara y cáscara, centella la más secreta del rubí, semilla entre nidos de jugo en la naranja de dorada cáscara, rojo hueso real del femíneo melocotón; inspirada esfera de las esferas.»
Melville renuncia al pensamiento discursivo de su tiempo y a la narración realista (o mejor, diría Borges, nominalista) y se abandona a la asociación sobre los símbolos.
El símbolo es el zodíaco, el horizonte.
La primera contemplación del zodíaco está en Mardi:
«Así como el sol por divino indujo gira por la elíptica, enhebrando Cáncer, León, Piscis y Acuario, así yo, por místico impulso, me veo lanzado a este progreso veloz entre los atolones, cintura de blancas escolleras alrededor de Mardi.
¡Lector, escucha! He viajado sin mapa; con el compás y la sonda no habríamos encontrado estas islas de Mardi. Quien se echa con valor tira todas las gumeras [sic], y alejándose de la brisa común que vale para todos, hincha las velas con su aliento
La búsqueda de la verdad como descubrimiento requiere que se esté solos ante el mundo; la iluminación no es colectiva por naturaleza. Hay que abandonar todo concepto conocido, hay que ignorar toda conciencia muerta para encontrar lo que vive y da vida. Hay que morir para renacer: hay que ser divinidad solar. Esto es, que se viva como el sol a través del zodíaco.
Ésta es la raíz de la sabiduría según el Epinomis de Platón.
Ahab clava al palo mayor un doblón ecuatoriano, del Ecuador o cintura de la tierra, con un zodíaco que ciñe tres montes.
Cada miembro de la tripulación lo interpretará como pueda. El sol es como el cristal del mago que refleja al contemplante, y su periplo en el año a través de los signos significa que el hombre no debe vivir en paz sino en el sufrimiento, pues ha nacido en el dolor. Stubb, que es el hombre reducido a jugador, que acepta la vida como partida, leerá en el zodíaco lo que le sucede al hombre engendrado en la lujuria del aries, impulsado hacia adelante por la cornada del toro, desgarrado entre los gemelos virtud y vicio, pero atacado por la espalda mientras se debate entre los dos por el cangrejo o cáncer, que arrastra hacia atrás en donde el león asesta un golpe de garra y da un mordisco; la virgen restaura con el primer amor, pero con la balanza, la felicidad que ella ha prometido se muestra ausente, y entonces el Escorpión hiere, y el arquero asaetea y el acuario inunda hasta que se encuentra paz mortal entre los peces.
Pero no es ciertamente este, jocoso o macabro, el zodíaco que irradia de los tatuajes del puro salvaje Quiqueg. Mas Quiqueg no sabría ya interpretar los signos que lleva tatuados sobre el cuerpo.
Ninguno en la nave, es decir, en la sociedad, sabe qué es el destino del hombre: el zodíaco se ha vaciado de sentido.
La pérdida del zodíaco es la pérdida que grava sobre el hombre por culpa de Bannadonna, de Newton y de Locke.
La blasfemia de Stubb que se burla del destino del hombre marcado en los cielos con bravata de jugador es mucho más tremenda que la blasfemia de Ahab que bautiza su arpón in nomine diaboli.

ELÉMIRE ZOLLA [Traducción: Enrique de Rivas]
Papeles de Son Armadans, Año VII, Tomo XXVI. Núm. LXXVII,
Madrid-Palma de Mallorca. Agosto, MCMLXII, pp. 132-153.

Ilustraciones de Rockwell Kent

***

[1] La fuente se halla quizás en los escritos mistéricos antiguos. (Plutarco sugirió el título mismo de la divagación sobre el tiempo y la duración en Pierre, intitulada Ei, ei, ei, que es la respuesta del iniciado al «conócete o ti mismo» o sea «tú eres» dirigido al dios). Así lo declara J. J. Bachofen: «El blanco es inimitable, mientras que del negro se puede decir como de la púrpura: ¡Oh vestiduras engañosas, oh colores engañosos! ». La iniciación enseña qué es lo que es vestidura y no máscara, (Versuch über die Grübesymbolik der Alten, Basilen, 1859). La fuente más cercana pero menos significativa es la Narrative of Gordon Pym, donde Poe describe los horrores del blanco.

sábado, 13 de mayo de 2017

Elémire Zolla: "Melville y el abandono del zodíaco" (II) (Papeles de Son Armadans, julio-agosto 1962)

El segundo capítulo de Moby Dick transporta del «noviembre del alma» al diciembre que señala la partida de tierra, del mes de los muertos al mes del nacimiento. Aquí no domina la imagen del agua sino la del viento que es tanto la «prueba del aire» tras la prueba del agua, como una imagen de crítica social, como lo será en la poesía de Bertoldt Brecht: « ¡De estas ciudades quedará sólo el que las atraviesa ahora, el viento!».
La ciudad de mar adonde llega Ismael es ventosa y negra como lo será el Londres descrito en Israel Potter, ciudad de Dite, pulular de llamecillas agitadas en la oscuridad. Sopla un viento gélido, en la ciudad donde Lázaro tiembla de frío y preferiría llamas del infierno antes que sentir amoratársele las manos en el viento gélido, donde ni siquiera el rico Epulón goza, ya que vive como un zar en un palacio de hielo, de lágrimas congeladas «y siendo presidente de una sociedad de templanza, bebe tan sólo las tibias lágrimas de los huérfanos».
Tumba -viento gélido- ciudad burguesa dividida entre un Lázaro rígido y un Epulón insensibilizado. Si en Manhattan quedaba expuesto el tema del tedio burgués, aquí destaca el tema del sufrimiento gélido de la sociedad burguesa. (En Redburn ya había sido representada la Liverpool de los slums, con una familia aterida en un antro, a la cual no era posible llevar ningún alivio que no fuese cruel prolongación de sufrimiento).
La prueba del aire se llama Euroclidon, es decir, viento de tempestad, de agitación. El llamado a las ambiguas aguas de vida ha traído el viento de la confusión y de la muerte viviente. El thumós, el alma vegetativa cuando expira arrancándose del cuerpo, a la muerte, deja el alma como psykè fría y sombría (negrura y vapor o humo era todo lo mismo para los griegos arcaicos: skia avepós; sombra ventosa vaporosa se decía en eólico). El viento es fecundante, paterno, por eso después de la invocación de las aguas maternas llega la invocación del padre gélido[1]. Longfellow, en el poema sacado de mitos de los indios de América, Hiawatha, narra cómo el héroe Hiawatha tuvo que luchar precisamente contra el padre Mudjekeewis, el viento de Occidente:

Backtreated Mudjekeewis
Rushing westward o’er the mountains,
Stumbling westward down the mountainst
Three whole days retreated fighting
Still pursued by Hiawatha
To the doorways of the West-Wind
To the portals of the Sunset
To the earth´s remotest border
Where into the empty spaces
Sinks the sun, as a flamingo
Drops into her nest at nightfall!
Ismael busca la hospitalidad de la «posada del respiradero» y al entrar divisa un cuadro indescifrable, pintado quizás por algún pintor del tiempo de la persecución de las brujas que se hubiese propuesto delinear el caos. Masa negra espumosa, levadura y fango: quizás «the breaking up of the icebound stream of Time».
De nuevo aquí un objeto, el cuadro abstracto. Hay que interpretarlo abandonándose a las asociaciones: caos primigenio, bazofia, masa negruzca. No basta, se debe «hacer un involuntario juramento dentro de sí para descubrir el significado». Siguen otras asociaciones: el mar revuelto por el huracán, la lucha de los cuatro elementos. Y de aquí la iluminación: el río del tiempo congelado que se rompe. Imagen de emancipación: «Una vez que se descubre esto, el resto está claro»: es el padre leviatán mismo que choca contra un barco. Liberación y destrucción, se corre el riesgo de morir, en el momento de la revelación. De hecho, ¿quién, leyendo las palabras, pongamos, de Pierre de Caussade, no se alarma? ¿Fiarse al espíritu que «sopla donde quiere» y no sabes dónde va ni de dónde viene? ¿Sin leyes, sin certidumbre? ¿Y si Dios traiciona, si se nos encuentra en el mal? ¿Si el padre en nosotros no está conciliado con nosotros?
El agua de vida se suelta de la presa del hielo y aparecen las imágenes de instrumentos, se ha visto, signo de pasaje a una fase ulterior: la taberna del respiradero tiene una colección de arpones, de mazas y de lanzas.
Para dormir en la posada, Ismael tendrá que acomodarse al lado de un compañero de lecho. Tras el viento glacial encontrará reposo y tibieza pero con una condición que le repugna, ya que detesta no poder dormir en su piel.
Ismael tendrá que dormir con el salvaje Quiqueg, que adora un idolillo grotesco en forma de feto. Tendrá que soportar su abrazo casi marital.
Recuerda que de niño le metían en la cama por castigo (soledad impuesta por la madre) y que una vez tuvo que esperar bastante para resurgir y le pareció que una mano se posaba sobre la manta, infundiéndole terror. Así le ceñiría el brazo de Quiqueg: la mano sobrenatural de la infancia, el brazo innatural de la prueba iniciadora se funden.
Tras los instrumentos aparece el hermafrodita, signo de la tercera fase. Ismael y Quiqueg forman una pareja innatural; son elementos diversos, el negro y el blanco, el salvaje y el civil, el inconsciente y el consciente. Es superfluo decir lo obvia que es la indicación a la innaturalidad de la situación (Ismael recuerda las azotainas de la infancia, Quiqueg lleva un arpón). Por otro lado, sería superfluo insistir sobre una interpretación de este tipo. Se sabe, como fue dicho en White Jacket:
«Los pecados por las que fueron destruidas las ciudades de la llanura, se perpetúan en algunas de estas Gomorras ceñidas de madera de los abismos. Más de una vez bajo el palo mayor de Neversink, se expusieron quejas que el oficial de a bordo alejaba de sí con horror, negándose a oírlas, ordenando al suplicante quitarse de en medio. Hay males sobre los barcos de guerra que, como el sofocado drama doméstico de Horace Walpole, no admiten la representación o la lectura, y casi no toleran que se piense en ellos. Que el hombre de tierra que no haya leído la Mysterious Mother de Walpole ni el Edipo tirano,[2] de Sófocles, ni la historia romana del conde Cenci ni el drama de Shelley, se cuide de conocer los horrores todavía más tremendos, que evite para siempre correr el velo».
El connubio contra natura, incestuoso u homosexual, es el acto que hace retroceder al estado de naturaleza, al pantano primigenio, al limo natal que los antiguos tenían constantemente presente como presencia no eliminable, como amenaza que exorcizar, comprendiendo lo que tenía de eterno y la función de símbolo de verdades superiores y solares. El incesto o la homosexualidad es el acto prohibido por el fas o por el jus civile, no por el jus naturale, no proscrito aún en las sociedades de espigadores promiscuos que tienen por divinidad al perro, ni ilícito en el estrato más profundo de la psyque. Así proclamaba Ovidio (Met. 10, 321) por boca de su Mirra:

Di, precor, et Bietas, sacrataque jura parentum;
Hoc prohibí te nefas: scelerique resistite tanto;
Si tamen hoc scelus est. Sed tamen damnare negatur
Hanc Venerem Pietas: coëuntque animalia nullo
Caetera delecta, nec habetur turpe iuvencae
Ferre patrem tergo: fit equo sua filia coniunx;
Quasque creavit, init prendes caper: ipsaeque cuius
Semine concepta est, ex illo concipit ales.
Felices quibus ista licent i humana malignas
Cura dedit leges: et quod Natura remittit
Invida iura negant.
La sabiduría antigua de los misterios, exorcizaba la aparición de estas visiones que van contra la naturaleza civil, con una actitud sin pánico y sin hipocresía. En un grado inferior, este exorcismo operaba de esta manera: el acto abominable es símbolo de vida separada de leyes, de vida creativa espontánea, de vida viviente dotada de toda la fuerza de la naturaleza animal; por eso se osa cometerlo, para prepararse a cosas inmensas y excelsas y arriesgadas. Del mismo modo que los magos de ciertas tribus se dan fuerza y poder interior gracias a actos contra natura, quien se prepara en general a empresas extraordinarias yace con la hermana o la madre[3]. En un grado superior, en sociedades no ya de cazadores sino de agricultores civiles, se forma una sabiduría religiosa que interpreta de modo al revés, per speculum in acnigmate las visiones de actos abominables, y medita la relación entre el hombre y el animal que es parecida a la del hombre y Dios, y considera que los acoplamientos monstruosos son semejantes a aquellos de que se vale Dios para visitar al hombre y lo convierte, invirtiendo los movimientos naturales del corazón. Lo sobrenatural es innatural (aún si no vale lo inverso): «todas las uniones con las cuales Zeus procrea los muchachos intermediarios son ilegítimas. Papel del adulterio en la mezcla medieval de amor y de mística. Idea que la unión de hombre y Dios es algo esencialmente ilegítima, contra naturaleza, sobrenatural. Algo de furtivo y de secreto»[4].
Ponerse más allá del yugo social, y de las leyes, es, simbólicamente, por representación ex contrario, el matrimonio del hermano y de la hermana entre los alquimistas[5], las nuptiae chirnicae solis et lunae. La conversión a la vida fluida del abandono quiere que se nos libere de todos los vínculos mecánicos (del resentimiento, de la avidez, de la costumbre misma de decir ‘yo’ o ‘nosotros’ como dice la oración contenida en el canto Man and Bird de Clarel: «I, self, am the enemy of All. From me deliver me, O Lord!: Yo soy el enemigo del Todo. Libérame de mí, oh Señor), y se llega a ello dando la vuelta a la naturaleza civil del hombre con un acto que es tan contrario a ella como la vuelta a la promiscuidad del jus naturale, (común a los hombres y a los animales, afirma el Digesto). El lenguaje, además, muestra la misma tendencia designando los opuestos con la misma palabra, por lo que altus indica la cima como el fondo, la altura y lo profundidad.
Para Melville la relación entre innatural y sobrenatural es estrechísima, pues acercándose a la idea sobrenatural (en White Jacket escribió que «quería sumergirse en el alma humana aun con el riesgo de levantar el fango del fondo»), abandonándose al destino, se puede caer en el horror, y Pierre será precisamente una ilustración per figuras de este terror del abandono. En verdad, como dirá en Clarel:

El mundo no puede salvar al mundo
y Cristo renuncia. Su fe,
rompiendo con toda vía mundana,
mira derecho al cielo.
Pero mirando al cielo se puede caer, como Pierre, en lo demoníaco, si no nos hemos purificado antes en el subconsciente. Sea como sea, el único camino a lo divino es el del repudio de toda ligazón social (así, San Juan de la Cruz dice del camino dirigido al Carmelo «ya por aquí ni hay camino que por el justo no hay ley»).
Para Ismael, el pasaje a la vida viviente, a la liberación, es facilitado por una capacidad de enfrentarse con su inconsciente, aunque sea entre los mil terrores que esto conlleva. Él debe conciliarse con lo que se esconde en él, con su infancia: con la mano espectral que se imaginó sentir posada sobre la suya un día de la infancia, a profundidades aterradoras de su memoria.
Él tendrá que conciliarse con lo que le turba, lo aterra, le disgusta y que, por lo tanto, muestra ser parte de él, y de él expulsada y azuzada. Tendrá que evitar, delante de ella, darse cualquier sentimiento de este tipo.
Ismael observa: «los salvajes son seres extraños, no se sabe cómo tomarlos. Al principio son turbadores, su tranquilo recogimiento de simplicidad parece una sabiduría socrática..., quizás por ser verdaderos filósofos, los mortales no debiéramos ser conscientes de tanto vivir y de tanto afán». Quiqueg es en verdad lo opuesto de Ismael, entristecido por el aburrimiento, por el resentimiento, helado en sí mismo, consciente de sus afanes. Quiqueg representa la sabiduría que es proclamada por todas las religiosidades, el abandono que I King define así: «Saber guardar serenidad en el corazón y, sin embargo, estar preocupados en el pensamiento: de este modo se está en medida de determinar salud y desgracia en la tierra y de cumplir toda cosa difícil en la tierra». A tal sabiduría apunta Ismael contemplando a Quiqueg:
«Me hallaba sentado en aquella habitación solitaria: el débil fuego bajo, en ese punto tibio en que, después de haber templado el aire con una intensidad, sólo sigue ardiendo para ser contemplado; las sombras y los espectros de la noche se agrupaban alrededor de los cristales, mirándonos y nosotros dos solitarios; afuera retumbaba la tempestad en ímpetus solemnes; comencé a ser sensible a sentimientos extraños. Sentí en mí una licuefacción. Mi corazón astillado y mi mano enloquecida ya no estaban en guardia contra el mundo de lobos. Este salvaje de virtud lenitiva lo había redimido».

Así se consuman las «bodas de los corazones». El secreto redentor es la capacidad de acoger el mundo sin las «hipocresías civiles» que nacen del estar en guardia contra el «mundo de los lobos», de modo que a fuerza de estar en guardia contra ellos se padecen y recalcan los rasgos, se tiene el corazón astillado por ellos. Vencer el miedo no significa sólo afrontar lo ignoto, abandonar la ciudad, sino desmantelar las defensas interiores, las corazas que han sido endosadas en defensa del mundo, deshacerse de la parálisis y de los gestos de alarma. Entonces se derrumban los miedos a lo nuevo y a lo extraño y a lo extranjero, se vuelve a ver precisamente en lo que ha repugnado lo que atrae. Se es libre de «acordarse con los imanes», se ha adquirido la virtud del abandono: las aguas del tiempo han sido liberadas, el hielo ha sido vencido por el luego (como el agua que no es agua, es el fuego que subsiste «sólo para ser contemplado»: al bautizo del Bautista sigue el de fuego del Cristo).
La primera etapa de la iniciación de Ismael está cumplida, él se ha liberado del aburrimiento, del miedo, del resentimiento y del respeto social, ha vencido las anquilosidades y las coacciones, ha metido en un ciclo místico hasta los mitos de Quiqueg (el ídolo, las costumbres de las islas del Sur).
¿Cómo derretir el hielo de la civilización occidental? Las nupcias con su opuesto, la civilización de las islas del Sur, mostraban los males de la civilización contrapuestas a sus llamadas ventajas: «las quemaduras del corazón, las envidias, las rivalidades sociales, las disensiones familiares, las mil injurias, las incomodidades que se nos inflige», como se decía en Taypee.
ELÉMIRE ZOLLA [Traducción: Enrique de Rivas]
Papeles de Son Armadans, Año VII, Tomo XXVI. Núm. LXXVI,
Madrid-Palma de Mallorca. Julio, MCMLXII pp. 35-45.

IV
Para preparar a Ismael y al lector a este deshielo del río del tiempo había habido un intermedio: la prédica del padre Mapple en la capilla de los balleneros, el sermón sobre el libro de Jonás.[6] Al principio el pastor había dado una explicación devocional común: Jonás no se había desobedecido a sí mismo para obedecer a Dios. Luego había descubierto el significado contenido en el mito: negarse a predicar en Nínive y buscar el embarcarse en Tarsis significa no haber comprendido la virtud del abandono y del rechazo de toda consolación: « ¡Ay del que trata de derramar aceite sobre el agua cuando Dios le fermenta en borrasca! ¡Ay del que en este mundo no corteja al deshonor!» En el poema Clavel el canto de Sodoma volverá a postular esta idea del mal: Sodoma es tragada en la tierra hoy mefítica porque en ella vivieron pecadores, pero la culpa de ellos «no fue toda carnal». Dice la alocución al pecador:

Conociste el mundo y sin embargo lo barnizaste
Comerciaste sobre las orillas del delito
y no desembarcaste.

El pecado cumple el pecado mus huye el pensamiento
que barre el abismo formado por el pecado.

Profundizar en el vértigo del terror, ser tragado con riesgo de la vida y del alma en el vientre de la ballena, significa comprender que sólo de esa nada puede nacer la vida viviente (para la Cábala el nombre secreto de Dios es agín, «nada»):
«Dilecto -altísimo y remoto e interior- quien contra los dioses y comodoros soberbios de la tierra opone la propia identidad inexorable (self)... Dilecto hasta el arbolito que no reconoce ni ley ni patrón sino Dios, y es patriota sólo del ciclo.»
Mansedumbre y temblor en el corazón es lo que se necesita para afrontar el riesgo de vivir según la inspiración, es decir, disponiéndose a respetar los signos de Dios que ofrezca el destino, a ser saciados por las aguas de la vida. Es ésta la enseñanza que Ismael recibe en tierra, de modo que cuando se embarca para la travesía le será fácil comprender (c. XXIII) que «en el puerto hay seguridad, comodidad, hogar, cena, mantas calientes, amigos, todo lo que ama nuestro estado mortal. Pero en aquel viento de borrasca, el puerto, la tierra, constituyen el peligro más cruel para la nave..., que se precipita perdidamente en el peligro por amor de la salvación: su amigo único es su enemigo más encarnizado..., verdad intolerable..., que todo pensar serio y profundo es sólo el intrépido esfuerzo del alma para mantener la libre independencia de su mar, mientras los vientos salvajes de 1a tierra y del cielo conspiran para arrojarla sobre la costa servil y traidora. Pero como en la ausencia de la tierra no hay más que la suprema verdad sin orillas, infinita como Dios, vale más perecer en aquel abismo aullante que ser abatido vergonzosamente a sotaviento, aunque en ellos hubiere salvación».
Los nuevos contenidos que adoran del inconsciente son arriesgados, son vivos por ambiguos. Pero precisamente porque se nos defiende de ellos, tienen un carácter tremendo y aterrador. Precisamente porque no se nos ha purificado del miedo y de su compañera la astucia, del pánico que dicta el gesto de ofensa y de defensa como de la obediencia a las normas de la comunidad, precisamente por eso el contacto con las aguas de la vida es fuente de horror y de turbación.
Sigue a las dos revelaciones, la verbal y discursiva del padre Mapple y la real y tangible de Quiqueg, un interludio jocoso, que podría parecer insensato. Los compañeros dioscuros están en una posada donde no se come más que pescado, donde todo es fishy lo que significa, propio del pez, resbaladizo, viscoso; donde se comen almejas, clams que hacen que todo sea clammy, pegajoso, húmedo. Tales juegos de palabras repetidas significan que la convivencia con el noble salvaje, las experiencias que tocan en virtud del abandono la propia naturaleza, son tales que hacen temblar, horrorizan la sensibilidad neurótica. Antiguamente, en los ritos de los misterios tenían gran papel las serpientes sagradas, que se tenían que retorcer alrededor del neófito: animales lúbricos, pieles viscosas y húmedas que se soportan sólo cuando interiormente uno se ha soltado de los escalofríos defensivos, del pánico miedoso. Cuando no serpientes, sangre y gritos.
La escuela de la espontaneidad, de la imprevisibilidad, de la naturaleza, puede producir un hombre capaz de pensar «untraditionally and independently», «recibiendo todas las impresiones dulces y salvajes, frescas del seno virginal, voluntarioso y que tiene confianza en la naturaleza», «aprendiendo un lenguaje atrevido, nervioso y alto». Ismael puede esperar tanto pues ha padecido las diversas pruebas: «In sacris uberi omnibus tres sunt istae purgationes: nam aut taeda purgantur aut sulpbure aut aquabluuntur, aut acre ventilantur..., omnis autem purgado aut per aquam fit aut per ignem aut per aerem!» (Servio su Eneide 6, 741 y Geórg. 2, 389).


V
El barco Pequod sobre el que se embarcan los dos amigos es símbolo de la sociedad, la sociedad está representada por el barco cuando con ello se quiere indicar el carácter inestable, desequilibrado, si no, son la ciudad o el jardín los que constituyen la imagen. Ahora el Pequod es una sociedad accionaria; los que tienen el poder son pocos (en este caso: Bildad y Peleg), y su mente utilitaria ama revestir con hipócritas razones la explotación despiadada. Son mandatarios de una muchedumbre de pequeños ahorradores y ante ellos responden de su administración cruel, fría, fruto de la avaricia llevada hasta la impersonalidad.
Pero quien dirige la sociedad no responde al mecanismo de la avaricia. El emprendedor y técnico representa algo distinto del capitalista. El que capitanea el Pequod, la sociedad accionista y utilitaria, es Ahab.
Él zarpa el día de Navidad, cuando las linfas empiezan a remontar los tallos de las plantas: se le compara con Perseo, el héroe solar por excelencia, y navega hacia los mares calientes, decidido a circunnavegar el globo, como el sol. Es el sol, o el héroe solar de la nueva sociedad. ¿Qué es lo que le roe o le empuja hacia adelante? No la ganancia, no la aventura, por sí misma, menos todavía un impulso místico. Es la búsqueda de la ballena blanca. ¿Pero qué significa? Es la ballena la materia que la ballenería transforma en mercancía, pero Ahab ha transformado la producción en un fin en sí, Ahab quiere la producción por la producción.
Sus oficiales de secunda son ejemplos del modo común de enfrentarse a la realidad de la producción industrial: Starbuck, el más noble, no participa sino en parte en la ética loca de la producción como fin en sí, siente todo lo que hay de irreverente, de torvo en la tensión voluntaria, sin embargo se adapta al dominio despiadado del espíritu de producción. Es todavía un hombre, cogido en el engranaje: «hombre firme, sólido, cuya vida era una pantomima de acción y no un doméstico capítulo de palabras». Stubb, por el contrario, es más abierto at magnetismo de la locura de Ahab, es un perfecto jugador, que apunta también su vida sobro la empresa, acepta el horror con espíritu jocoso. Flask, el tercer oficial, que «a veces tarareaba bailables al lado del monstruo más exasperado», es el buen técnico.
Ahab es la producción fin en sí misma, hecha dios. El «se fatiga inconscientemente» de continuo, aun cuando parece reposarse a fumar la pipa. No tiene necesidad de las instituciones acostumbradas del respeto, de la fidelidad, de las maneras consagradas (de los residuos feudales, familiares, no tiene de hecho verdadera necesidad de la sociedad burguesa) pero «no descuida las formas y los usos esenciales»..., y «detrás de estas formas se enmascaraba, usándolas para fines distintos y más privados de los que ellas debían legítimamente servir». Ahab engaña con un mínimo de respeto las formas de vida consagradas, como el Estado burgués.
Ahab aprieta en su poder a lo sociedad, sobre todo gracias a los discursos exaltados y a la distribución de licor. El artificio del respeto jerárquico heredado de otras formas sociales es indispensable («por eso los verdaderos príncipes del imperio de Dios se abstienen de tomar parte en las elecciones, dejando los honores más altos a los hombres que se hacen famosos más por su inferioridad infinita con respecto al puñado de hombres escogido por el Divino Inerte, que por su dudosa superioridad sobre el nivel muerto de la masa»).
Ahab, reducido a un murmullo de mecanismos vitales al servicio de su obsesión, está también, sin embargo, profundamente herido. La producción fin en sí misma esta simbolizada por su ingle ofendida, que no le impide procrear, por su herido de fuego que le surca el rostro.
Héroes claudicantes son en la mitología los maestros del fuego, Odino, Edipo. En general, en la mitología clásica son los héroes que pertenecen al draconteum genus los que persiguen una sabiduría solar, pero están atados todavía a la tierra palúdica (y por lo tanto son incapaces de caminar con desenvoltura). Ahab está atado al fuego, pero no al fuego como objeto de contemplación pura sino al fuego que quema, al fuego que incendia. El fuego que no da luz sino que arde y consume, es no ya Febo, sino Fetonte, y está relacionado con una idea del sacrificio cruento y bárbaro más que con la idea de la iluminación humana y solar.
Ahab es sublime porque tiene plena conciencia de su condición, es la sociedad que por aventura se confiesa sus principios:
«¡Soy la locura enloquecida! ¡Esa fiera locura que no está en calma más que para comprenderse a sí misma!»
Lo que Ahab trata de vencer es toda traza de candor, por eso es la inocencia misma la que es simbolizada por la Ballena blanca, la naturaleza en toda su vastedad buena y malvada. Objeto de reverencia y de terror es Dios, la natura naturans que la civilización industrial se propone doblar, esclavizar, destruir, para que todo sea autoconsciencia perfecta. La tripulación ideal del emprendedor-técnico perfecto es la del Pequod, una turba de desarraigados de todas las proveniencias, amalgamados en la histeria (en el «magnetismo») que promana de Ahab, todavía atados formalmente a los usos sociales, a las reverencias jerárquicas, que ya en realidad, no son más que ficciones. Única realidad a bordo del Pequod, como de la sociedad moderna, es el dominio insensato sobre la naturaleza, que convierte ni hombre mismo en mecanismo.
Semejante sociedad es magnetizada por Ahab mediante discursos enfáticos que encubren la verdadera meta: el suicidio colectivo.
Las preguntas a la muchedumbre que serán más tarde una de las normas retóricas de los dictadores de la era industrial, son ya arma de Ahab. Ahab inflama hacia un fin abstracto y mortuorio la masa de los desarraigados. En las páginas de Moby Dick se encuentra la respuesta a la pregunta que ha angustiado al siglo xx: ¿a qué se debe que se conviertan en movimientos de masa ideologías que no dan ninguna ventaja a la masa?
Ahab utiliza el mismo menjurje mágico de los dictadores: respeto hacia un mínimo de costumbres atávicas, invitación al desprecio y exaltación fría mediante discursos histéricos. El dilema entre el odio y la piedad, y el obsequio que ferozmente se agita en el corazón de Starbuck es el mismo que ha lacerado el corazón de los buenos burgueses europeos en las dictaduras. La obediencia de jugador o de mecánico de Stubh y Flask es la misma que ha hecho andar los ejércitos totalitarios. La relación de los capitanes de industria Peleg y Bildad con Ahab (quien parece conducir una travesía por cuenta de ellos pero en realidad actúa fuera de su cálculo económico) volverá a surgir entre loa industriales y los dictadores.
La tripulación, sin embargo, busca la fiesta que disminuya el oprobio cotidiano del trabajo alternado con estallidos de histeria durante las reuniones sobre cubierta. Mas ¿cómo pueden conocer las masas al abandono festivo? Melville compone la escena estupenda de la noche de juerga sobre el rastillo de proa.
La melancolía sería la condición natural. De hecho, los cautos de apertura son tristes y desconsolados. Un cuáquero sugiere que no sean sentimentales, «tómense un tónico» y es una de las actitudes de la civilización moderna hacia la negrura que ella infunde: «Ante todo, cuidad la salud. »
Un marinero francés exhorta al grumete negro idiota, Pip, a que toque su pandereta para que todos puedan bailar. Es el principio de la diversión de la era industrial, macabra ficción de alegría. «You've got to have fun whether you like it or not.» El idiota se niega, pero el marinero francés se encoleriza y a fuerza de exhortaciones la tripulación se pone a bailar. En vano resuenan ecos de nostalgia por las verdaderas fiestas que requieren un suelo sólido, la tierra firme bajo los pies. ¡Hay que darse ánimo, que estallen las sonajas, que se arme barullo, que se nos ensordezca en la ficción de la fiesta! Es la finalidad del jazz. ¿Cómo hacer fiesta fuera de un disfraz festivo? Hay que hacerse el templo de sí mismo, «¡que suene la panza si no suena la pandereta!» exhorta uno, «¡transfórmate en una pagoda!» exhorta otro. Hay que sacar de sí mismo lo que debiera dar la sociedad: el movimiento colectivo es forzado y cada uno debe entonarse. La pandereta y las sonajas, instrumentos colgados en la antigüedad del árbol de Attis, que siempre retornan en los ritos de fecundidad y en los carnavales, tienen aquí un sonido siniestro, desolado. Sólo pocos pueden darse cuenta de las cualidades macabras de la escena: un marinero del Nantuekel observa: «peor que lanzarse hacia las ballenas en una bonanza»; un hindú dice: «El hombre blanco lo llama diversión, prefiero ahorrarme el sudor.»
Se evocan en el aquelarre sueños de mujeres que desflorar y un marinero siciliano se dirige a un tahitiano: «Oye, muchacho, elasticidad de músculos, fluctuante ondular, pudores y palpitaciones. ¡Labios, corazón, anca! Desflorarlo todo, continuo tocar y abandonar.» ¡Observa, no pruebes, si no viene la saciedad! ¿Qué me dices, oh pagano? Es el principio de la industria de la diversión para voyeurs; el pagano responde evocando las danzas religiosamente ordenadas de sus mujeres desnudas: «Holy nakedness of our dancing girls», inocencia y solemnidad irrevocablemente perdidas, celebración ritual perdida por quien se ve reducido a la licenciosidad desesperada.
La tempestad devuelve al trabajo a los marineros; para enfrentarse con ella el único fuego disponible es el alcohol distribuido por Ahab.
El bautismo de fuego que sigue al bautismo del agua es el grog, ignis ex oquis, a la medida de la tripulación.
La técnica de mundo de Ahab es, como se ha dicho, la del dictador de la era totalitaria.
Ante todo, las preguntas a la multitud, que desconciertan, meten en ansia y tranquilizan al mismo tiempo gracias a su estupidez, a lo obvio de las respuestas («los hombres se miraban con curiosidad, corno si se asombraran de que se les pudiera excitar de esa manera a preguntas en apariencia tan ociosas»). Luego Ahab tomará poses plásticas a las que no se podría atribuir otro significado que el de una convulsión domada a duras penas.
Starbuck osa preguntar ¿qué provecho se sacara de la travesía contra Moby Dick, de la producción exasperada? Y Ahab dice: «tú necesitas una palabra un poco más profunda.» Para la masa basta la excitación magnética, la dosis justa de furia artificiosa, de drogas toleradas (el grog) y de respeto para las costumbres generales: a Starbuck conviene revelarle la ideología de la irracionalidad, o mejor dicho, de la racionalidad atávica. «Todos los objetos no son más que máscaras de cartón, pero en todo suceso, en el acto vivo en la acción indudable, algo desconocido pero siempre razonable muestra sus formas detrás de la fea máscara »Y «la ballena es un muro..., me basta. Me ocupa, me da muchísimo que hacer.» Pero si la ideología totalitaria de la acción que no tolera la duda no bastase, queda el argumento principal: «Los leopardos paganos, cosas que no calculan y no veneran, que viven; y no buscan y no dan razones para la tórrida vida que sienten! La tripulación, la tripulación: ¿no están todos con Ahab?... Tu única planta azotada por el viento, no puede resistir en pie al huracán colectivo.»

ELÉMIRE ZOLLA [Traducción: Enrique de Rivas]
Papeles de Son Armadans, Año VII, Tomo XXVI. Núm. LXXVII,
Madrid-Palma de Mallorca. Agosto, MCMLXII pp. 120-132.

Ilustraciones de Rockwell Kent

[1] «El soñador cae en lo profundo y el camino le lleva al agua misteriosa. Aquí tiene lugar el milagro de Bethesda. Es necesaria la caída en el agua pura que suceda el milagro de la animación del agua. Sin embargo, el soplo del espíritu sobre el agua es siniestro, indica la presencia de un numen no creado ni por la espera del hombre ni por su actividad voluntaria». Jung, op. cit. p. 22.
[2] Referido al verso « Muchos se han visto en sueños abrazados a la madre».
[3] Cfr. P. Cazeneuve, Les rites et la condition humane, París, 1958.
[4] Simone Weil, Cahiers, I, p. 256, Plon. 1954.
[5] Cfr. Jung, Psicología e alchimia; Mircea Eliade, Alchimistes el forgerons. Plon, 1957.
[6] Varias veces hace Melville alusión al Rabbinical tore. Es probable que la fuente del sermón sobre Jonás está en el libro del Zohar (II, 1999 a, 19 b): «Jonás se embarca; es el alma que zarpa para atravesar el océano de la vida. La barca es amenazada por las marejadas. Cuando el hombre peca, se asemeja a Jonás que creía poder huir a su dueño. Entonces Dios suscita una gran borrasca..., el hombre cae en postración y se enferma. No obstante las pruebas, el hombre no piensa en convertirse, entonces se acerca el piloto... El piloto es el espíritu del bien que guía la barca... Cuando el hombre es juzgado en el mundo superior, mucho» acusadores se presentan e incluso algunos defensores. Si el hombre es condenado, se tira el alma al mar, es decir, se separa del cuerpo. Entonces la barca vuelve u encontrar la calma del sepulcro... El pez que se traga a Jonás es imagen de la tumba, sus entrañas imágenes del infierno».