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viernes, 2 de noviembre de 2018

Juan Larrea es entrevistado por Fernando Sánchez-Dragó (Pueblo literario, 4 de enero de 1978)


Conversaciones con Juan Larrea

EN este suplemento, Fernando Sánchez Dragó entrevista a Juan Larrea. Es una larga conversación que se desarrolla en torno a diez fechas de la vida del escritor: su obra, sus amigos, su peripecia en la poesía, en el arte, pensamiento y la realidad histórica de su tiempo. Su relación y distancia con los del 27, su amistad con Picasso y Vallejo, América... «Toda mi vida es la tentativa de colocarme fuera de órbita» dice.
Ofrecemos hoy a nuestros lectores, por cortesía del programa de TV, «Encuentros con las letras», este largo anticipo de la entrevista de dos horas de duración, que mantuvieron Juan Larrea y Fernando Sánchez Dragó, y que será emitida en fecha próxima.
***
(Larrea en diez fechas. Nacimiento en Bilbao, a 13 de marzo de 1695. Años de aprendizaje: estudios y tentativas literarias. En 1912 traba amistad con Gerardo Diego, que a partir de ese momento se convierte en su principal valedor. Siete años después publica algunos poemas en Grecia y Cervantes. Ultraísmo. Segunda fecha: 1921. Saca las oposiciones al Cuerpo de Archiveros y se ínstala en Madrid. Ese mismo año conoce el chileno Vicente Huidobro, destinado a convertirse en uno de sus grandes hitos y mitos.)
P.—Cernuda ha subrayado la significación de este encuentro. Dice que gracias a él entró el creacionismo en España. ¿Cómo era Huidobro? ¿Qué representó para usted?
R.—Era una persona a la vez muy natural y muy peculiar. Cuando nos conocimos parecía un individuo totalmente seguro de sí y quizá por eso tenía la costumbre de mirar a los demás de arriba abajo. Lo que le creó muchas dificultades. Aquí, en Madrid, no cayó bien. Nunca se adaptó. Desde el primer momento se puso a polemizar con todo el mundo. Yo, sin embargo, creí siempre en él. Quería poetizar el mundo, salvarlo por el camino de la poesía, lo que venía a coincidir con mis deseos más profundos. Nos hicimos muy amigos.
P. —El creacionismo es un fenómeno algo desdibujado para el lector de hoy. Como el ultraísmo. ¿Qué hubo de lo uno y de lo otro —y cómo fue lo uno y lo otro— en España? 
R.—El creacionismo español se limitó a algunos poemas de Gerardo y míos. Todo lo demás fue ultraísta. El ultraísmo era un movimiento muy amplio. Desde él cabía seguir todas las direcciones de la rosa de los vientos. Pero se quedó en la superficie, en la exterioridad de las cosas, sin calar en ellas. Por eso, a pesar de mi simpatía inicial, acabé separándome del movimiento. Tenía yo entonces, y tengo, una sed de absoluto —motivada quizá por mi educación religiosa— y, eso me obligaba a buscar continuamente el más allá. Incluso en el plano del lenguaje me he pasado mucho tiempo; dias y dias, delante de una página en blanco, buscando una palabra, y otra, y otra, hasta dar con la que me satisfacía. Eso era el creacionismo.
P.—¿Trató usted en aquellos años a quienes luego formarían parte de la generación del veintisiete o se mantuvo al margen de la vida literaria?
R.—Entonces no conocí prácticamente a nadie. Cuando Gerardo Diego me incluyó en su primera antología llegó a correrse la voz de que yo no existía y de que mis versos eran una invención de Gerardo. Fui siempre un marginado voluntario. Estaba, y me consideraba, fuera de órbita.
P.—¿Tiene algo que ver esa voluntad de silencio con lo que para usted era, y quizá es, la poesía?
R.—Desde luego. En la poesía buscaba no sólo mi salvación personal, sino también la salvación del mundo. Eso me obligó a dejar la lírica para cultivar la épica, pero una épica en acción, que no tiene nada que ver con la página en blanco ni con la letra de molde.
P.—Muchos le consideran no sólo miembro de la generación del veintisiete, sino uno de sus más destacados representantes. Otros lo niegan. Se trata de una de las querellas abiertas en la historia de nuestra literatura novecentista. ¿Cuál es su opinión al respecto?
R.—Depende de lo que entendamos por generación del veintisiete. Cronológicamente, sí, claro, no hay duda, de que pertenezco a ella. Espiritualmente, sólo hasta cierto punto. Escribí un poema para el centenario de Góngora a instancias de Gerardo Diego.
Vallejo
P.—Tercera fecha: mil novecientos veintiséis. Pide usted la excedencia, se traslada a París y allí conoce a César Vallejo. Entre los dos se establece una corriente de identificación casi mística. ¿Cómo se produjo el encuentro y el corto circuito?
R.—Vallejo, en realidad, lo conocí dos años antes, en casa de Huidobro. Vallejo, que aquel día habló mucho de las cárceles y de su experiencia en ellas, me cayó muy simpático y me dedicó un libro suyo en términos algo rimbombantes. Luego me dijo que él y otros latinoamericanos solían reunirse en un café de Montparnasse y me pidió que fuera alguna vez a la tertulia. Yo leí el libro y me entraron ganas de ir, cosa que hice un par de días más tarde. Allí volvimos a encontrarnos y se produjo una especie de flechazo poético. 
P—Vallejo ha terminado convirtiéndose en algo así como un ascua que todos quieren arrimar a su sardina. Los unos —los poetas sociales de los años cincuenta— convirtiéndolo en una bandera bolchevique... Los otros —los novísimos de después— subrayando su filiación vanguardista. ¿Dónde está la verdad?
R.—Vallejo era el poeta absoluto. Así lo he llamado alguna vez. Pesaba sobre él un destino tremendo y totalmente poético. Un destino que el propio Vallejo ignoraba. Murió, de hecho, como poeta absoluto. Murió de poesía, aunque él dijera entonces que moría de España. Su última frase —o una de las últimas— fue «me voy a España». Vallejo estaba hondamente preocupado por España. Veía en ella a la madre, algo así como ese arquetipo de subconsciente que Jung ha llamado ánima. O sea: el eterno femenino. Vallejo, al final de su último poema, se refiere a España como a una dimensión cósmica.
P.—Neruda se portó muy mal con Vallejo. Lo acusó de trotskista y lo abandonó cuando más ayuda necesitaba, ¿Fue usted testigo de ello? 
R.—Sí, sí... Yo estaba entonces en París, colaborando en la causa de la República. Vallejo y Neruda tenían diferentes puntos de vista en lo relativo a nuestra guerra. Neruda era una persona mucho más superficial que Vallejo. Por eso no acababan de entenderse. Recuerdo una disensión, allá por el treinta y siete. Neruda recriminaba a Vallejo su postura. Entonces intervine yo y le dije a Pablo que se callara, que él no entendía de esas cosas. Porque hablaban de marxismo y Neruda nunca supo uno palabra sobre el tema. La que sabía un poco era su mujer.
P. —Usted, en un libro muy posterior (Del surrealismo a Machu Pichu, 1967), trazaría una especie de paralelismo antitético entre la corriente poética americana representada por Rubén Darío, Huidobro y Vallejo, frente al tenebrismo inicial, posteriormente transformado en retórica triunfalista, de Neruda, Este, sin embargo, pasa por ser el principal representante de la poesía sudamericana, ¿Podría resumir su posición al respecto?
R.—Rubén Darío es el entusiasmo, la fe, el ir más allá, la luz, el optimismo, O sea: lo contrario de las residencias nerudianas. A Neruda le oí yo decir en cierta ocasión que la poesía no lo interesaba, que quería dedicarse exclusivamente a la política y a su colección de conchas. Eso me impresionó. En la poesía de Neruda abunda el verbalismo sin contenido, inorgánico. Mientras Neruda buscaba el aplauso de la multitud, Rubén trataba de abrir puertas para que se escalpase toda el que pudiera. Luego, de repente, Neruda descubrió América y compuso esa letanía de rezos que se llama «Alturas de Machu Pichu». Pero sigue siendo un poeta cuantitativo, elocuente a veces, qué duda cabe, pero nada más.
Francia, el surrealismo
P. —Volviendo atrás. En París, a partir de 1926, mantuvo usted relaciones con Aragon, Eluard, Peret, Desnos, Tzara y casi todas las grandes figuras del surrealismo francés, exceptuando a Bretón. ¿Era usted, entonces, un surrealista militante o no llegó a profesar? Los críticos tampoco se ponen de acuerdo sobre este punto.
R. —Yo encontré en el surrealismo algo parecido a lo que buscaba en el ultraísmo: la persecución de un más allá. Desde este punto de vista, es evidente que el surrealismo frances me proporcionó elementos para seguir adelante. Incluso llegué a escribir, aunque no a publicar, alguna página enteramente automática, dejando que la imaginación caminara por sí sola, sin influencias del cerebro ni de la mano. Eso es lo que Bretón aconsejaba, ¿no?, aunque él nunca llegase a hacerlo. Pero nunca me asocié al movimiento surrealista ni comulgué con él ni publiqué en sus revistas. Tanto a Vallejo como a mí, el modo surrealista de enfocar las cosas nos parecía superficial. Se quedaban en la cáscara.
P.—En 1928 renuncia usted al castellano como lengua poética y, a partir de entonces, sólo escribe poemas en francés. ¿Por qué tomó esta decisión? 
R.—Por varios motivos. El ejemplo de Huidobro, que también escribía en francés, me sugirió la idea. El francés me permitía expresar determinados matices, o perfumes, que en castellano se me escapaban. Además, y sobre todo, yo quería separarme de la matriz, del ambiente literario español y del lenguaje usual en España. Intentaba, como siempre, desorbitarme. Toda mi vida ha sido eso: la tentativa de colocarme fuera de órbita.
(Divagaciones —o extravagario— sobre La religión del lenguaje español, folleto publicado en 1952; sobre la revista Favorables París Poemas, cofundada con César Vallejo en 1926; sobre la insultante Oda a Juan Tarrea, firmada por Neruda; sobre Prisciliano, el Cid, la ruta jacobea... Sobre lo divino y lo humano.)
América
P.—Cuarta fecha: 1930. Cruza el charco y termina en las altiplanicies del Perú, donde —«inducido por las circunstancias», según se lee en el prólogo a la edición española de Versión celeste— se dedica a la arqueología y llega a reunir una valiosa colección de antigüedades que hoy se encuentra en el Museo de América. ¿Cuáles fueron esas circunstancias? ¿Por qué el poeta, que desde 1932 ya no escribía poemas, se convirtió en arqueólogo?
R.—Me fui a América en busca del sitio más lejano que pudiera encontrar. Seguía así mi camino de total desprendimiento: desprendimiento de España y de lo español, después de Francia y de lo europeo… Buscaba, como los peregrinos jacobeos, el Ultreya, el otro mundo, el más allá. Y acabé en la punta de los Andes, aunque inicialmente había pensado en irme a las antípodas. Pero los Andes añadían la dimensión de la altitud y, además, era la tierra de Vallejo. Así que terminé en la punta del Chapultepec, buscando el Infinito. Incluso pensé que podía encontrar una hebra, un punto de atranque en la mentalidad quichua, y volver al principio, pero era imposible hablar con los indígenas y lo dejé. Entonces murió mi madre y cambió mi situación económica, En fin, lo importante es que me sucedieron bastantes aventuras, hubo imprevistos y, por una serie de circunstancias que sería largo detallar, acabé en el Cuzco. Ahí, como tenía dinero, empecé comprando un objeto y luego otro, y otro, y otro, basta que casi sin darme cuenta me encontré con una importante colección de antigüedades en las manos,
(Más divagaciones y cargas de profundidad. América o el descubrimiento de la trans-realidad que buscaban los surrealistas. Larrea renuncia a escribir poesía, aunque no a practicarla. Regreso a Europa,)
La guerra civil. Picasso
P. —La quinta fecha es de todos los españoles: mil novecientos treinta y seis. Usted ha escrito más de una vez que los sucesos históricos constituyen la expresión teleológica de un inconsciente colectivo que se puede interpretar en clave simbólica, del mismo modo que los sueños. ¿Qué representa, desde este punto de vista, nuestra guerra civil?
R.—Yo sentí la guerra civil como algo irremediable, que se arrastraba entre nosotros desde hacía mucho tiempo. Algo así como una lucha entre el bien y el mal. Pero una lucha apocalíptica, definitiva, al menos para mí. A lo largo de ella, poco a poco, fueron concretándose, tomando perfiles, todas las imágenes y símbolos del Apocalipsis bíblico. Por eso había que tomar partido. Y lo tomé, me puse junto al pueblo en lucha. Doné a ese pueblo toda mi colección de antigüedades. Algún día se descubrirá que el Museo de América, destinatario de la colección, no se fundó en el cuarenta y uno sino cuatro años antes, en plena guerra civil.
P.—París, mil novecientos treinta y siete. Entabla usted una decisiva amistad con Picasso, se encarga de publicar su álbum de aguafuertes Sueño y Mentira de Franco y asiste a todo el proceso de ejecución del Guernica. ¿Cómo fue aquello?
R.—Picasso se había comprometido a pintar un cuadro favorable a la causa republicana. En abril sucedió lo de Guernica. Todo la opinión internacional se levantó como un solo hombre, no ya los políticos, sino los ciudadanos, incluso los obispos... Picasso dibujó los primeros croquis el 2 de mayo. Buscaba el tema. Tanteaba. Hay en esos croquis iniciales un caballo despanzurrado de diferentes formas, una luz, una figura femenina, un toro arrinconado... Y así siguió, barajando de mil formas esos elementos, hasta que don José Gaos, que entonces dirigía la legación española, le facilitó un lienzo. Picasso puso inmediatamente manos a la obra y su compañera, que era fotógrafo, se encargó de fotografiar los sucesivos estadios de la obra. La composición fue evolucionando y, por fin, el último día, estallamos todos en aplausos cuando Picasso quitó unos papelitos de color rojo que llevaba el niño para simular la sangro de una herida, y todo el cuadro se quedó negro y gris. Era algo verdaderamente sobrecogedor. Recuerdo que me dieron ganas de revolearme por el suelo.
P.—En 1947 escribió usted un libro sobre el Guernica, que ahora acaba de publicarse en España. En él dice que Picasso, a medida que iba pintando el cuadro, se olvidaba del episodio histórico del bombardeo para abismarse en una búsqueda de los símbolos eternos del inconsciente nacional. ¿Leyó Picasso el libro? ¿Respaldó esta interpretación?
R.—Desde luego leyó el texto, porque yo me encargué de enviárselo antes de que apareciera. También le escribí unas cartas tremendas, que están en el libro. Pero Picasso nunca contestaba a las cartas, así que directamente no llegué a conocer su opinión. Indirectamente, sí. Mi mujer fue más tarde a Francia, estuvo con Picasso y habló del tema con Françoise, que entonces era su compañera. Y Françoise le dijo que mi texto era lo mejor que se había escrito sobre el Guernica.
El exilio
P. —Sexta fecha, que también es de todos: 1939. El exilio voluntario se convierte en forzoso. Se establece usted en Méjico y allí funda, o cofunda, dos revistas: España Peregrina, órgano de la Junta de Cultura Española, y Cuadernos Americanos. ¿Qué fueron la una y la otra? ¿Adónde apuntaban?
R. —Yo quise que España Peregrina llegara a ser no sólo el órgano de esa junta, sino el de la espiritualidad española. Duró nueve números, más otro, póstumo, que no llegó a salir entonces, aunque ahora, afortunadamente, acaba de publicarse. La revista murió torpedeada desde dentro. Cosas tristes. Mejor no hablar de ellas. Cuadernos Americanos era una especie de prolongación de España Peregrina, pero más amplia, extendida a toda la América que habla castellano. León Felipe fue uno de sus principales animadores. La idea le entusiasmaba. Asistió a todas las reuniones.
(Aparece Rendición de espíritu, obra tan desconocida en España como casi todas las suyas. Se perfila el concepto de la espíritumanidad, estrechamente ligado a lo que más tarde el propio Larrea llamará teleología de la cultura; no somos algo sino para algo... Espíritus encaminados hacia un fin. Larrea responde así a la pregunta rubeniana del adónde vamos y de dónde venimos. Séptima fecha: 1949. Comienza un septenio estadounidense de investigación sobre el Guernica, sobre el apocalipsis, sobre las peregrinaciones a Compostela. Y octava fecha: la Universidad de Córdoba, en Argentina, le ofrece una cátedra. Estarnos en 1959, Larrea acepta, funda el Instituto del Nuevo Mundo y el Aula César Vallejo, y allí sigue),
P.—Llegamos al final. La novena fecha es doble e italiana. El hispanista Vittorio Bodini le incluye entusiásticamente en su antología de poetas surrealistas españoles, fechada en mil novecientos cincuenta y tres. Y en mil novecientos sesenta y nueve, siempre gracias a Bodini, aparece en Turín la primera edición —bilingüe— de Versión celeste, obra que recoge todos sus poemas. Inicialmente, en una carta reproducida en el apéndice de la antología de Bodini, usted se había negado a facilitárselos. Luego, sin embargo, lo hizo. ¿Por qué se decidió, a romper un silencio de cuatro décadas?
R. —Años antes había recibido una petición similar formulada por un grupo de alemanes que querían, publicar un libro mío. Un libro de poemas. Y entonces, no sé por qué, quizá a título póstumo anticipado, les envié lo que me pedían. Lo de los alemanes no llegó a cuajar. Por cierto: quienes me escribieron entonces son los que luego se harían famosos por pertenecer a la banda Baader-Meinhof. Tengo alguna carta de esa chica que se ha ahorcado en la cárcel, Gudrun no sé qué... Curioso, ¿no? Bueno, pues entonces me escribió Bodini y yo pensé que si les había enviado poemas a los alemanes, ¿por qué no a él? Y nació Versión celeste.
P.—Décima y última, o penúltima, fecha: este regreso a España, esta entrevista… ¿Qué va a pasar ahora Larrea? ¿Otra vez el Ultreya americano o piensa volver definitivamente?
R.—En realidad no lo sé. No sé nada. No sé qué va a ser de mí. En América tengo mi vida hecha. Y está la vida de mi nieto. Hay una serie de factores que me atan a Córdoba. Ahí, en la Universidad, tengo un pequeño espacio de ocho metros cuadrados que, en cierto sentido, es mi mundo,
P. —¿Cuál va a ser su próximo más allá? ¿Habrá aún otra fecha?
R. —No lo sé. Ahora sale mi edición crítica de la poesía de Vallejo, en dos volúmenes, que va a publicar Barral. Vallejo es una figura simbólica: representa la conjunción de lo español y lo amerindio. Es un testigo excepcional de la gran aventura americana. He comentado uno a uno sus poemas. Su obra constituye algo así como una intervención del espíritu. Y una manifestación del advenimiento de la espíritumanidad.
P.—Que lo veamos, Larrea.
R.—Vamos a verlo, aunque no queramos.

Pueblo Literario, 4 de enero de 1978

sábado, 6 de octubre de 2018

"En memoria de Juan Larrea, poeta de vanguardia" de Eduardo Haro Ibars (Tiempo de Historia, 1 de octubre de 1980)


En memoria de Juan Larrea, poeta de vanguardia

MURIO Juan Larrea en Córdoba (Argentina), el día 9 de julio de este año, y la mayor parte de sus lectores y admiradores no nos enteramos hasta dos meses después, cuando «El País» le dedicó una página entera. Muerte discreta que correspondió a una vida igualmente discreta y digna, la vida y la muerte de un poeta «raro y olvidado» vibrante y brillante en sus textos, que contribuyó con mucho a despertar el fulgor sorprendente que caracteriza a la mejor poesía de anteguerra en España. Poeta de vanguardia en los primeros años de su carrera; después, místico alucinado, encaramado en las alturas del Machu Pichu, centro del mundo solar; lúcido comentarista —e impulsor, en cierto modo, de su creación— del «Guernica», de Picasso: contrincante ocasional de Pablo Neruda; siempre, adorador de la poesía de César Vallejo, su amigo de París, a quien luego supo explicar con mareante claridad. Todo esto, y más cosas —arqueólogo, buceador de la antigüedad americana precolombina— fue Juan Larrea, poeta bastante olvidado hoy en día, al menos en su patria.
LA vanguardia literaria española de este siglo se caracteriza por la brillante mediocridad de su productor: los poetas y narradores españoles incluidos, de forma tácita o explícita, en movimientos de vanguardia, gastaron su tinta en salvas y procedieron como sus admirados chinos —el orientalismo estaba muy bien visto a principios de siglo; fue la herencia, el lastre modernista— usando la pólvora que otros, en otras latitudes, habían inventado para fines bélicos, para fabricar espléndidos cohetes que estallaban sin dejar más que estelas en el aire.
Este fenómeno, el de poco valor de los movimientos vanguardistas en literatura —y no en pintura, por ejemplo, donde el español crea y construye sin cesar— viene de antiguo. Es posible que los últimos descubrimientos válidos en ese terreno acontecieran en el Siglo de Oro: la introducción del soneto «a la itálica manera» —forma aristocrática del poema—, la novela, inventada por Cervantes, y esa ambigua forma de narrativa, a caballo entre la poesía, el teatro y la novela, que es «La Celestina». Después, toda inventiva parece llegar tarde, perderse. Ya nuestro Romanticismo es raro, tardío y carente de frutos de auténtico valor; nuestro modernismo, visto desde hoy, no pasa de ser cursilería, graciosa, en el mejor de los casos. Y así, los movimientos vanguardistas de principios de siglo, pese a la valía individual de quienes los integran, son juegos de salón, charadas para un día de lluvia. Ultraísmo, creacionismo, etc., son sombras, reflejos sin sustancia de lo que al mismo tiempo está sucediendo en Europa. Les falta la combatividad de Dada, dispuesto a acabar con la literatura y, a través de ella, con los cimientos mismos del pensamiento burgués; la militancia activa del Futurismo, comprometido siempre con la realidad social, que se vuelve fascista en Italia, bolchevique en Rusia, pero que está siempre dispuesto a ser motor de cambio, transformador del mundo. En resumen: las vanguardias españolas nunca dejaron de ser burguesas. Ni siquiera el fascismo literario —el fascismo de, por ejemplo, Giménez Caballero— tuvo aquí el tono vibrante y la fuerza de arrastre que adquirió en Italia.
Ha habido, sin embargo, escritores de verbo poderoso, original y limpio, entre quienes podemos citar al chileno Huidobro y a Gerardo Diego, que inventaron el jueguecito del «creacionismo», como quien se saca una paloma de un sombrero; a Ramón Gómez de la Sema, estudioso de los «ismos» y creador, claro está, del «ramonismo». Frívolo, circense y disparatado pequeño gran escritor, cuya misma fisionomía destinaba a inventar esa cosa tan japonesa que es la greguería. Y, desde luego, el poeta que ahora nos ocupa con su muerte: Juan Larrea.
A Juan Larrea se le ha leído aquí poco y tarde —tuvimos que esperar a 1970 para que apareciera «Versión Celeste», primera edición completa de su poesía—, y es una verdadera pena, porque gustaría mucho a muchos que ni siquiera lo conocen. Y es que la obra de Larrea ha tenido que soportar una interdicción doble: en primer lugar —y esto es elemento trágico común a muchos, casi me atrevería a decir que a todos los intelectuales de valía y de valor personal de su generación—, estuvo, la manera activa, en el bando de quienes perdieron la Guerra Civil; el exilio y la censura franquista, gran castradora, borró a Larrea, del mismo modo que borró a Luis Cernuda. Pero, además —y esto es ya mucho más peculiar y propio—, Larrea fue el único poeta surrealista español de importancia. Con el surrealismo español ocurrió algo parecido a lo que pasó con los demás movimientos europeos de vanguardia: nacido oficialmente en París, en 1924, aunque llevase manifestándose como fantasma prenatal desde el Romanticismo, tuvo su manifiesta influencia en los jóvenes poetas del 27. Pero fue una influencia exotérica, limitada a la forma: imagen sorprendente, metáfora de disparatada audacia, onirismo... Pero no se puede hablar, sin embargo, de un auténtico surrealismo español, si no es entre los pintores —Dalí, Oscar Domínguez— o en el cineasta y escritor Buñuel. La «poesía pura» y las nefastas teorías orteguianas sobre la «deshumanización del arte» secaron el ímpetu surrealista —humanísimo y nada «puro»— en la joven poesía española. Larrea, tan raro, fue otra cosa. Nacido en Bilbao, en 1895, inició su andadura poética en 1918 con Huidobro y Diego, en la ya extraña vía del creacionismo. Pronto se trasladó a París, donde estuvo en contacto con los precursores y primeras voces del surrealismo naciente, Tristán Tzara entre ellos. Y ya en 1926, junto con César Vallejo, fundó la revista «Favorables-París-Poemas». El impacto del surrealismo está presente en toda su obra poética, no sólo de forma cultural, sino vital. Escribió parte de su obra en francés, traducida luego al castellano en «Versión Celeste»; y es que el francés, idioma plástico y maleable, se presta a la alquimia verbal surrealista mucho más que el castellano, que es épico y escueto en su decir, verdadera lengua de periodismo y romancero.
Por sus características personales, no se podría, en rigor, incluir a Larrea dentro de la «generación del 27». Figura, sin embargo, en la antología publicada por Gerardo Diego en 1931, donde se hallan todos los componentes de ese grupo. Y es muy probable que el toque francés, surrealista, de ese poeta bilbaíno, influyese fuertemente en los jóvenes poetas de entonces.
Juan Larrea fue partidario siempre de la causa de la libertad, y trabajó para ella desde su puesto de encargado de relaciones culturales en la Embajada de París, durante la guerra. Desde ese puesto precisamente, y junto a José Bergamín, encargó a Picasso la realización de un mural para la Exposición Internacional de París de 1938: de ahí salió el «Guernica», obra picassiana y goyesca a la vez, que muestra con intenso dramatismo la barbarie bélica. Tras la guerra, en 1939, emigró a México, donde contribuyó a la creación de las revistas «España Peregrina» y luego de los «Cuadernos Americanos», donde se recogían las voces de los españoles en el exilio. Después, se lanzó a cultivar su vena ensayística, extraña y originalísima, llena de misticismo,- de añoranzas de San Juan de la Cruz, de esoterismo y simbolismo incaicos, que no se contradecían en absoluto con el surrealismo inicial que lo informaba, sino que lo completaban, dándole una curiosa dimensión hispánica. En 1956 fijó su residencia la Córdoba argentina, donde ahora ha muerto calladamente, dedicándose a la docencia y a la arqueología. Quizás su voz no sea la más importante ni la más rica en el coro de los poetas de preguerra. Desde luego, es la más original. Quizá su muerte sirva para rescatarla del olvido.

Eduardo Haro Ibars. Tiempo de Historia, 1 de octubre de 1980. pp. 116-117.

viernes, 24 de febrero de 2017

"Larrea y los Baader-Meinhof" por Blanca Riestra


CORRÍA 1966, cuando el autor más secreto de la generación del 27, Juan Larrea, recibió una carta de una tal Gudrun Esslin. El poeta tenía ya setenta y un años y había perdido, mucho tiempo ha, la esperanza de publicar aquel conjunto de poemas, escritos entre París y Madrid en la década de los treinta, que para muchos sigue siendo la única muestra de verdadero surrealismo español.

Y entonces ocurrió el milagro: Esslin irrumpe en la calma del invierno argentino para proponer a Larrea la publicación de Versión Celeste en edición trilingüe. Studio Neu Literatur habla editado ya, en 1964, la obra creacionista de Gerardo Diego le anuncia y tiene asimismo intenciones de llevar a la imprenta otros textos do la lejana vanguardia española de entreguerras. Larrea, halagado, accede. Siguen un breve cruce de cartas y el envío de los manuscritos ordenados: la edición aparecerá el año siguiente.

Y de pronto, nada más. Silencio. Gudrun Esslin y el presunto traductor, Vesper Triangel, desaparecen. Por entonces, Vittorio Bodini entra en escena con otra propuesta en el mismo sentido y Larrea los olvida. En 1966, Versión Celeste verá la luz en Milán de la mano de Einaudi. El eje Bertín-Milán parece funcionar y, en 1969, los poemas de Larrea llegan a España, treinta años después, publicados por Seix Barral, con traducciones de Luis Felipe Vivanco, Gerardo Diego y Carlos Barral.
Pero ¿qué ha sido del Studio Neu Literatur? Nadie lo sabe. El episodio Esslin dormita en la sombra. Hasta que, en 1974, ojeando la revista Ufe, Larrea descubre a una rubia Gudrun Esslin -34 años, de profesión docente- entre la nómina de los terroristas más sangrientos del momento: el Grupo Baader-Meinhof, también conocido como Fracción del Ejército Rojo, que está siendo juzgado en Stuttgart.

En 1975, Esslin, aquella chica rubia, que solía vestir con minifalda y disputaba a Meinhof el amor de Andrea Baader, aparecerá colgada de la ventana de su celda con el cable de un grabador magnetofónico. Andreas Baader. Jean Carl Raspe y Ulrique María Meinhof se hablan suicidado en la cárcel, año y medio antes. («Carne, mi querida dinamita / escucha los instantes que llegan en sus asnos secretos» -escribió Larrea).
Hace más de un mes se inauguró en Berlín, entre grandes polémicas, una exposición, la primera, sobre aquella banda terrorista fatídica, empeñada en combatir «el sistema imperialista alemán» y que dejó tras de sí un reguero de secuestros y de muertes.
ABC Cultural. 12/3 /2005, p. 15

Atentado terrorista de la RAF del 21 de mayo de 1972.

viernes, 13 de enero de 2017

Cristóbal Serra sobre Juan Larrea (II)

LARREA Y LOS TIEMPOS MATERIALISTAS

Cristóbal Serra

En una reciente intervención en la televisión española, fui invitado a emitir mi opinión sobre Larrea, y vine a decir que existía un ibérico desconocimiento de la obra ingente de este genio de la cultura. Me reafirmo aquí en lo que allí dije. Y este desconocimiento responde, a mi juicio, a toda una serie de causas, que resumiría en una: Larrea ha sido un genio en fuga de España, un genio que no admitía la vida dada, que sintió siempre impulsos de sobrepasar los valladares de la Contrarreforma.
Por otra parte, Larrea era un hombre de razones sapientísimas, y bien sabemos que el sabio (y más si es poeta) no es popular en nuestra tierra donde el histrión deja boquiabiertos a muchos de nuestros compatriotas. En España, son los audaces de las letras y quienes saben ganarse el renombre los que alcanzan notoriedad pública. A los recoletos, que viven para sus adentros, en este país no los conoce ni su padre.
Larrea es para mí un escritor muy actual. No hay nada añejo en su obra, abierta al futuro, como ninguna otra de las que hoy cuentan en Esparta. Es el hombre que, con más fuerza, ha roto las amarras de esta civilización utilitaria. Me atrevo a decir que es más quijote que Pound, que de quijote tuvo lo suyo. Larrea es más coherente que el poeta americano, y también menos dislocado, aunque parezca a primera vista que no encaja en molde alguno. El sueña con otra civilización más en armonía con las esencias de la cultura judeo-cristiana. Y unido a eso, ha descubierto la religión de nuestro lenguaje español (Prisciliano, los místicos. el Quijote, Unamuno) que, prendido a América, se revela sobre todo en Vallejo.
El mundo de Larrea está por encima de la razón, pero, poéticamente, por su imaginación, es un vidente. Lo ve todo en la esperanza de un mundo mejor. El espíritu de Larrea naturalmente tiende a lo profético y parte primordialmente del Apocalipsis y del Verbo de España. Maneja sabiamente los símbolos de la herencia judeo-cristiana (en los que se complace) y propugna una Ciudad de Amor que la Iglesia, deudora del judeo-cristianismo, no ha preconizado por ahora, que yo sepa.
Larrea no es un catastrofista al uso. Para él el Apocalipsis no se reduce a sangre y más sangre. El Apocalipsis es el Verbo: lo que la iglesia ha torcido y que hay que enderezar. De ahí su quijotismo.
Larrea, después de todo, espera el triunfo del espíritu judeo-cristiano que resplandece en el Apocalipsis, por el amor, por la espada de la paloma.
Para los aferrados a lo inmediato, que son los más de esta civilización materialista y opaca, esto suena a despropósito. Pero yo diría que es verdad porque es verdad. Y perdóneseme la tautología.
Larrea cree, y ahí radica el escándalo de su postura religiosa, que las religiones todas del Occidente que se ha proclamado cristiano, [han llegado] al grado de podredumbre y descomposición a que han llegado, están tocadas de muerte, porque no sólo mantienen con miras egoístas sus símbolos, sino porque crece cada día más en su seno el fervor por el oro
• • •
Tras saber por dónde discurre el pensamiento de Larrea, veamos el género de vida organizada, más o menos, que ofrecen los tiempos materialistas.
          La gente enloquece por el dinero. El egoísmo está entronizado. El negociante sólo va a sacar tajada y cree que el que no la saca más le valiera quedarse en difunto o irse al infierno.
          La industria ha hecho irrespirable el aire de la gran ciudad. Los desechos de la fábrica han hecho impotable el agua. Los alimentos en su mayoría están adulterados. Las fibras artificiales no dejan respirar como es debido las casas, laberínticas, estimulan la delincuencia infantil. El campesino se ve repudiado por el mercantilismo industrial imperante que ha modelado la vida de nuestros días.
Estos frutos (no es de necios el decirlo) los trae al mundo moderno el burgués y el espíritu reformado. El mundo católico latino recibirá el contagio. Pero, en este orden, la esperanza del Occidente católico estaba separada del mundo real.
Después de las «summas», monumentos funerarios del saber, después de la sempiterna exégesis de los autores antiguos, la inteligencia europea inicia un viaje peligroso, animada por una desbordante soberbia. Las ciencias particulares afirman sus técnicas y sus vocabularios.
Se produce una disociación entre el cerebro y el corazón. Es razonable lo que es percibido individualmente por los sentidos, 1a otra vía de conocimiento, la que no se apoya sólo en los sentidos, queda cegada. Esto ha de marcar la ruina de la civilización occidental. Blake, visionario a todas luces, lo vio claro por los comienzos del dieciocho.
Digámoslo con todas las palabras que sean menester: el protestantismo, esta apariencia de religión, reducida a moralismo, se ha avenido perfectamente con la búsqueda científica y la actividad capitalista.
Este talante protestante ha permitido, entre otros resultados históricos, el prodigioso desarrollo del Imperio inglés y la subsiguiente creación de los Estados Unidos Detrás de estas dos creaciones esta la actividad burguesa, dispuesta a amañar un cristianismo acorde con la evolución científica y las transformaciones sociales.
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Cuando Larrea y León Felipe lanzan sus díctenos contra la vieja Albión, saben por dónde van sus tiros. Inglaterra, desde el XVIII, se constituye en un poder oculto que tiene al dinero como base, y que se sirve de los métodos comerciales y financieros más dúctiles, siempre con miras a la hegemonía mundial. La ausencia de una religión estricta, la falta de una ideología nacional (como no sea un vago liberalismo), la fachada democrática, permiten este desarrollo y lo aseguran con un máximo de eficacia.
Inglaterra no es propiamente la inventora del capitalismo, pero si la primera nación que le ha prestado una coherencia nacional y una voluntad internacional.
O sea, que el internacionalismo materialista de los ingleses, que heredan los norteamericanos, se ha opuesto siempre a toda unión amplia, continental y extracontinental, basada en un plano ideológico.
Vendrá el historiador puntilloso y me dirá que los ingleses bien que estimularon movimientos liberales en todo el continente y que fueron fautores de las fuerzas progresistas continentales. Y yo le preguntaré cómo actuaron con Napoleón, con el nacionalsocialismo Al principio, hasta los estimularon. Después, como no se acomodaban a sus intereses, había que acabar con ellos.
Hillaire Belloc, que no oculta su odio a todo lo reformado, afirma que el calvinismo trajo al mundo el comunismo y la reacción obrera. «Si no fuera por Calvino, no tendríamos hoy el comunismo». asegura con suficiencia de ortodoxo.
La Reforma realmente constituyó un antropocentrismo, en el sentido de que nació de una voluntad de libre examen, es decir, de una rebeldía del intelecto. Por lo tanto, desde sus comienzos, estaba contaminada por los factores mundanos y por la necesidad de aprovechar los recursos terrestres. Pudiera hablarse de un descenso «involutivo» o caída en un círculo de contradicciones. Erigido el calvinismo en doctrina teocrática, había de nutrir su propia contradicción, y derivó de él un teocentrismo invertido, reemplazando a Dios por la humanidad.
Para el calvinismo, el ser pobre era signo de castigo, de exclusión. Ser rico era el prólogo a la salvación. Así, la masa de los hombres de acción, que no salía beneficiada de esta peregrina predestinación, se encontró naturalmente abocada a una sociedad puramente terrestre, falta de dioses, y adoró pronto la humanidad, pero una humanidad terrestre y socializada.
La función de esta teocracia, netamente del periodo de «involución», fue acuñar una moral social utilitaria, que fue celosamente recogida como medio de gobierno por sus sucesores laicos.
Por ese camino, la secularización del calvinismo (que encontró, por otra parte, por ósmosis, una corriente semejante en el fondo del catolicismo de los pasivos que se dejan llevar por la corriente del mundo) condujo a la masa a divinizar el éxito social, y abrió el camino a un pragmatismo, tan bien adaptado como le era dado al reino moderno del dinero. Indiscutiblemente el utilitarismo del XVIII tiene que ver con el anglicanismo: no podía nacer más que en Inglaterra. Lo mismo el liberalismo económico, con su ferocidad implícita en la eliminación de los débiles (léase los excluidos, los no predestinados). A esto agréguese la utopía russoniana, tan propia del reino de la cantidad. El conjunto constituye hoy la doctrina de Occidente. Keyserling ha tocado una vez más en el fondo cuando ha escrito que Calvino era el padre espiritual del pragmatismo.
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El anglosajón mercantilista ha favorecido el individualismo, el despegue de los pueblos de ciertas comunidades históricas, pero ha impedido la constitución del nuevo mundo. Nadie más lejos de la utopía que el anglosajón. Como dice Larrea, los anglosajones, son mentes retardatarias. Y yo añadiría, rectoras de operaciones, a veces del más abyecto maquiavelismo.
Las guerras napoleónicas, alentadas por los comerciantes franceses que querían cerrar la Revolución a su favor, se terminaron con la victoria de la casta internacional de los comerciantes, y especialmente de su vanguardia británica, las guerras del XIX y la guerra del 14 no fueron más que crisis de crecimiento de la expansión capitalista. El capitalismo necesita de la casta guerrera. Esta contradicción constituirá la fatalidad del siglo XX.

LA GUERRA DEL 36
Con la guerra de España del 36 se manifestó el sentido profético de Larrea. Ningún español ha dado a aquella contienda el sentido que él le ha sabido otorgar.
La guerra civil española constituye para él el acontecimiento sensacional que le servirá de piedra de lo que para apreciar los diversos componentes de la realidad colectiva de aquellos años. Aquella guerra es un fenómeno misterioso, como misterioso es todo lo apocalíptico.
Larrea le ha atribuido tal importancia apocalíptica, que ésta ha parecido exagerada a los espíritus superficiales que ignoran la virtud mágica que adoptan ciertos lugares en ciertos momentos.
La guerra española del 36 no tuvo importancia porque fuera el más grande magnicidio de la época. Si se tratara de contraponer cifras, la guerra del 14 ocuparía un lugar más importante y significativo. Si atendiéramos al holocausto de mujeres y niños, la aventura bélica de Etiopia fue, si cabe, más repugnante.
El valor único, imprescindible, de la última contienda civil española, procede del hecho que se presenta con una nitidez simbólica: venció el Materialismo, vencieron las realidades inmediatas.
En «Rendición de Espíritu», Larrea, que entiende todo poéticamente, achaca al destierro del hombre del Paraíso la amputación de la conciencia humana y la clausura en el recinto de las realidades inmediatas. Por ser arrojado de las delicias del Edén a los abrojos del reino del Bien y del Mal, los hombres se vieron circunscritos a: tierra-paraíso; reino del hombre-reino de Dios. Para salir de la servidumbre de las realidades materiales, es preciso trasponer este reino de la evidencia inmediata que se desprende de las cosas para penetrar en la conciencia divina, universal del Paraíso. De aquí que el yo materialista sea oscuro. Este yo no puede comprender nada que no se halle de acuerdo con su constitución individual, estética, sucesiva.
El sueño paradisíaco lleva a rechazar el materialismo en globo, ya que el materialismo parte del hombre, animal económico. El sueño paradisiaco rechaza la tesis materialista, fraguada en el equívoco de la apariencia y de la esencia.
Concluye Larrea que los valores hoy vigentes pertenecen a un plano inferior subalterno. Pero eso sí, la conciencia del nuevo mundo no se encuentra muy distante. Y es en la Biblia, donde, según Larrea, la conciencia de este nuevo mundo queda señalada. Sin la Biblia — declara Larrea en «Rendición de Espíritu»— no es posible percibir la Cuarta Dimensión o Dimensión Divina.
Estas consideraciones le llevan a ver en la guerra civil un debute simbólico. Por eso mismo, escribe: «No se engañaban, pues, quienes pretendían que la guerra civil era una güeña de religión. Era la guerra de la religión católica, apostólica, romana contra su superación natural, la poesía. De aquí que en el bando agresor militasen los poderes eclesiásticos mientras que en el opuesto se encontraran totalitariamente los poetas».
Larrea, llevado de estas premisas poéticas, rechaza asimismo el sueño socialista por materialista, y dice: «Nunca el hombre se apoderara luminosamente del hombre por medio de una torre de Babel. El cielo se apoderara luminosamente del hombre por medio de la escala de Jacob». Y a renglón seguido añade: «la estructura esencial de la ciudad habrá de ser celeste». Construir un edificio material que permita a la mentalidad proletaria tal como es instalarse en las cumbres, más allá de los diluvios de fuego, dueña de la religión y de la poesía cuya trascendencia niega, es la pretensión del socialismo. El fracaso de tales propósitos es obvio para quien no tiene los ojos cerrados. El tema poético, la solución del problema, es de signo contrario. La ciudad baja del cielo, de la conciencia de la Realidad, a instalarse en la tierra.
Como se ve, la guerra civil española forma parte del misterioso orden que Larrea escudriña, siempre en vigilia de valores. Dentro del mundo del gran vasco, los movimientos sociales y revoluciónanos son un accidente, y por lo mismo no le cautivan las «panaderías» cósmicas que canta el materialismo de Neruda.
Larrea trabaja por medio de una intuición apasionada de signo milenarista, y esta seguro, sin petulancia, que sus predicciones se darán, De hecho se dan, para quien sepa leer los signos de los tiempos
En el libro de José Manuel Castañón «Entre dos orillas», hallo esta anécdota que revela que Larrea era un humorista y un corazón tierno. Hablando los dos, le dice: «Y como postre España tiene que caer. El Apocalipsis no es sangre y sangre. Para mí ya lo fue la última guerra mundial. El Apocalipsis es el Verbo: lo que la Iglesia ha torcido y que hay que enderezar».
Larrea ha sitio el único español verdaderamente universal en este siglo, porque ha dado a comprender al mundo, aunque este a decir verdad no le ha hecho demasiado caso, que en la reciente deshegemonización de Europa y en la transfiguración material del mundo, un papel singularísimo ha sido encomendado a España. Y, además, a él se debe el haber dado sentido al asilo de los exiliados. En las ciudades con nombres españoles, los vencidos van a llevar el inmenso peso de su dolor y la fuerza contagiosa de la rebeldía.
Larrea ha dicho que el éxodo hacia d nuevo continente era significativo. Es la tierra nueva que para Dante se asociaba con el Espíritu, la cual, habría de calificarse, al cabo de varios siglos, de «Continente de la Esperanza».

LOS PROFETAS DE LO ACIAGO
Los que rechazan la ilusión racionalista sienten intensamente en su interior que esta Ilusión debe conducir a la Humanidad a la desesperación, al abismo. Casi todos ellos son cristianos nostálgicos del Amor
Es realmente entre 1795 y 1850 que se han manifestado los profetas de la Gran Crisis. Encontramos profecías maléficas a través de los siglos sobre París, inquietantes para los parisienses. La mayoría de las profecías indican que Francia tendrá que rendir cuentas, que pasara por una liquidación mundial de cuentas.
La famosa visionaria alemana Ana Catalina Emmerick profetizo que Lucifer seria desencadenado en fechas precisas, 50 ó 60 años antes del 2.000. «Si no me engaño», añadía al poeta Brentano, que recogió puntualmente día por día sus visiones, desde el otoño de 1818 hasta el febrero de 1824.  
Según la madre Ràfols, la época del azote tenía que empezar en el año de la fuga del rey de España. Y según Palma-Marta Maturelli, el año de la proclamación de la república española (1931).
Con una precisión más atenuada, pero con una clara preocupación por la exactitud, Jeanne Le Royer, religiosa francesa que vivió en el siglo dieciocho, afirmaba que el Juicio (final de la Crisis) llegara en el siglo XX, no vendrá hasta sus acabijos, y que, si no se da en éste, no pasará el XXI sin que advenga.
En fin, Stormberger, profeta bávaro del siglo XVIII, fue uno de los pocos que, al parecer, asoció el Cataclismo con el Progreso técnico. La Gran Limpieza acaecerá -decía- cuando los hombres viajarán en coches no tirados por caballos y cuando viajarán en una dase de pájaros que volaran sobre los bosques, cuando los hombres no se podrán soportar unos a otros, cuando se vestirán de mujeres y las mujeres de hombres, y cuando la fe sea tan pequeña que pueda colocarse debajo de un sombrero.
Stormberger calculaba que esto sucedería dentro de cinco generaciones. Sabemos que una generación, en lenguaje profético, equivale a treinta años.
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Es sabido que este puñado de profecías (algunas de esencia divina) no quitaron el sueño a la mayoría de los europeos. Pero ahí están. Como están las de los astrólogos del Antiguo Egipto, quienes grabaron en la Gran Pirámide las predicciones sobre la longevidad del mundo y se pararon en el año 2000
Sera coincidencia o puro azar, pero tales fechas coinciden con las del lenguaje de Fátima (que el Vaticano bien que tiene en cuenta) y que fija un plazo de vencimiento para esta letra que a corto plazo, según nos conmina, tenemos que pagar. El término del vencimiento está en la segunda mitad del siglo veinte.
Sin ir más lejos, lo que contienen las escamoteadas revelaciones de Fátima son las mismas revelaciones que se encuentran en el Apocalipsis, los mismos violentos ataques contra los falsos pastores. Dice el texto in extenso que reveló un tal Emrich y que comentó una revista alemana de Stuttgard: «En Roma habrá grandes cambios. Lo que está podrido cae y lo que cae no debe ser mantenido, la Iglesia quedara y el mundo se hundirá en el desconcierto.»
Lo de Fátima remite al Apocalipsis, que no oculta que la cólera de Dios se dirige en particular contra «Babilonia la Grande», es decir, contra la Roma apostólica y romana y el resto del mundo.
Larrea, con otras palabras, ha dicho que el Amor volverá con la profecía cumplida, acompañado de Roma muerta. En la «Espada de la Paloma», los muchos párrafos que se dirigen a la iglesia son netamente apocalípticos.
Larrea compagina sus sentir y su pensar con el Apocalipsis, en el que ve (porque así se nos aparece) una espeluznante profecía contra Roma y su iglesia. Este documento extrañísimo no fue admitido por la iglesia griega durante cuatro siglos -sólo en el cuarto se admite. Fue el Concilio de Cartago quien lo incorporó el año 397 a las sacras escrituras. Las objeciones que se levantaron contra este libro airado pueden deberse a que ya entonces vieron claro que anunciaba una caducidad de la iglesia en beneficio de una ciudad espiritual que ha de superar el templo. No ha de extrañar que aquí diga eso tan rotundamente, porque el Apocalipsis tuvo que sortear muchos inconvenientes hasta conseguir la plena canonicidad. Según Larrea, si ocupa el último lugar es por ser la revelación escatológica por antonomasia, correspondiente al fin de los tiempos (adánicos).
Larrea nos alucina con su interpretación que está lejos de ser descabellada. Que no digan por ahí que es ciencia-ficción. Taxativamente, según Larrea, el Apocalipsis anuncia la destrucción de la Bestia Europa de siete cabezas y diez cuernos, en contraste con las siete iglesias de Asia. Por consiguiente, en la actual coyuntura histórica, cuando haya llegado la conciencia humana al borde de la universalidad y del nuevo mundo del Espíritu, el vigor de la sentencia emitida en la remota profecía se dispone a ejecutar su sanción.

Conferencia en el Club Diario de Mallorca, 31 de octubre de 1980.
Los Cuadernos del Norte. Número 4. Octubre-Diciembre 1980. pp. 60-63.


jueves, 5 de enero de 2017

Cristóbal Serra sobre Juan Larrea (I)


Larrea y la visión hebraica del tiempo


Cristóbal Serra

Cristóbal Serra
En distintas ocasiones, Juan Larrea ha dicho que su obra de ensayo era lo que más le interesaba, porque, según él, los libros de poesía eran los caminos que había tenido que pasar, para llegar a las conclusiones (que son sus libros en prosa). Por eso, queda manco Larrea, si sólo se conoce de él su faceta meramente poética.
La obra en, prosa de Larrea no es un “bibelot” de la cultura, como pueda serlo la obra de Ortega o de Valery. No es un producto amable, como pueden ser éstos, y además el autor, a través de su obra, tan sólo persigue transmitir unas experiencias muy suyas, sin ánimo de buscar el renombre literario. Fijémonos que Larrea se negó a publicar durante mucho tiempo. Observemos lo poco que el hombre ibérico le conoce. De hecho, es más ignorado de lo que creemos. Es una dialéctica la suya que no entra en la conciencia popular. Al realista que en el fondo es el español, le suena a leyenda. Y es que realmente parece que estamos leyendo en él leyendas. Quiero con ello significar que para los más Larrea sigue siendo algo así como un iceberg que sólo deja ver una pequeña parte de su contenido total.
Larrea es importante por su singularísima calidad verbal, que nos conduce a un más allá en el reino de la palabra. Poeta de la Cultura, poeta del Verbo, del Advenimiento, su portentosa imaginación no anduvo enemistada con la cultura judeo-cristiana, sino que en ella prendió como en campo alucinado. (El campo alucinado de "la Divina Comedia" también prendió en ella). Así lo estimo y posiblemente compartan los lectores mi opinión. Larrea, subido sobre el escabel de su experiencia bio-poética, da testimonio del Advenimiento del Espíritu; pero no lo hace en los términos literales del cristianismo medieval, sino en los propios de una nueva conciencia del Ser. Para los aferrados al sentido común, Larrea no pasa de ser un desplazado, como tantos otros, como sus antecesores tan queridos y estudiados por él: De Maistre, Berdiaeff, Bloy, De Fiore. Fijémonos que todos ellos se inspiraron en la historia profética de Israel. Observemos que el lenguaje apocalíptico de Daniel y de Juan es el de todos ellos, aunque a su hechura.
Sin embargo, en Larrea hay una singularidad. Desligado del Viejo continente, por sentir en las inmensas Américas inéditas el "foco de una cultura nueva", alumbra la polis poética del mañana, sin desvivirse demasiado por lo inmediato que devora a los hombres como fieras. Ayer noche releía "Corona Incaica" y lo que dice allí de los muros de piedra nadie lo ha dicho en un estilo tan lapidario y poético a la vez. Allí, como en tantos libros, no se cansa de repetir que la Historia sólo puede comprenderse como es debido, mediante el espíritu poético, o sea, mediante el ejercicio adivinatorio de la Imaginación.
Sus conocimientos de las lenguas muertas le han hecho profundizar poéticamente en la cultura esencial de la cual venimos y a la que vamos: La judeo-cristiana.
Su concepción del israelismo llevará a Larrea, en "Singularidad del judeo-cristianismo", a llenarse la boca con la escatología judeo-cristiana y a advertir a las retardatarias mentes anglosajonas donde radica el vicio mental de su archiconocido conservadurismo.
Para Larrea, el Espíritu creador no es propio de la cultura helénica, y menos de la hindú o de la china (a las que con la otra considera estáticas). 'Sólo este espíritu es propio de la cultura judeo-cristiana. Y es más, en lo relativo al futuro de la humanidad, sólo esta cultura se sitúa por derecho propio en el campo "cualitativo".  

Juan Larrea
Su concepción del israelismo difiere de la que pueda haber tenido la Iglesia a lo largo de la historia. Reacia a las concepciones porveniristas, la Iglesia se aleja un tanto de Larrea, que es decididamente "milenarista". Para él, tan embebido del profetismo del Vidente de Patmos, el Milenio es un concepto que, descartando, nos incapacita para entender la historia. Larrea, durante siete años de riguroso aislamiento en Norteamérica, recién acabada nuestra última guerra civil, bucea en el libro del Vidente, y allí encuentra la clave de la civilización, la verdadera realidad histórica que yace oculta bajo las extrañísimas figuras de ese libro tan mal interpretado (desde el siglo II) que se denomina Apocalipsis de San Juan. Larrea ve tantas cosas en él que llega a escribir: "Descartar su cuerpo de figuras como carente de valor en el estudio acerco del sentido de la historia, es un ultraje inferido a la naturaleza humana, dando por sentado que ésta se reduce al homo faber..."

En "Rendición de Espíritu", ve Larrea como el águila del Apocalipsis se advierte vinculada al mito español de Santiago Apóstol. Así dice gráficamente: parece haberse traído por las plumas expresamente ad hoc. Está segurísimo del destino milenarista de España porque:

a) Los mahometanos son arrojados del territorio peninsular y el número 666 = Bestia que materializa la fuerza.

b) Se suceden en España las etapas apocalípticas: vencimiento de la Bestia y descubrimiento de la universalidad cifrada en el Nuevo Mundo.

c) En España se realiza la Unidad. España se desprendió de los dos elementos de la dualidad del mundo de Abraham: moros y judíos

Cuando este conjunto solidario de hechos se realiza, el escudo de los Reyes Católicos ostenta, no menos sintomáticamente, el águila del Apocalipsis, que implica el fin de la multiplicidad babilónica con su confusión lingüística. Una sola lengua nacional reina desde entonces, el Verbo de la Unidad, el castellano.
Todo esto y mucho más se encuentra subrayado en la "Religión del Lenguaje Español".
Para Larrea, años claves son el 1492 y el 1936, momento del estallido de la Guerra Civil. Lorca, en 1936, 444 años después del rescate de la ciudad simbólica de Granada, será turbiamente asesinado. Allí en Granada, en su Granada natal, ciudad del pasado, de gitanos y clerecía. Con la guerra de España del 1936 se manifestó el sentido profético de Larrea. Ningún español supo dar a aquella contienda el sentido que él le ha otorgado.
Aquella guerra es un fenómeno misterioso, como misterioso es todo lo apocalíptico. Larrea le ha atribuido tal importancia apocalíptica, que ésta ha parecido exagerada a los espíritus superficiales. La guerra civil española forma parte del misterioso orden que Larrea escudriña, siempre en vigilia de valores.
Más que ningún otro escritor español del exilio, ha dado a comprender al mundo (aunque éste a decir verdad no le ha hecho demasiado caso) que en la reciente deshegemonización de Europa y en la transfiguración del mundo, un papel singularísimo ha sido encomendado a España.
Téngase en cuenta que para Larrea tan apocalíptico es Hitler, como el Cardenal Gomá o el Cardenal Pacelli, entonces Secretario de Estado (26 de febrero del 1936).
Larrea trabaja, asistido siempre por una intuición apasionada, de signo milenarista, y está seguro, sin petulancia, que sus predicciones se darán. De hecho, se dan, para quién sepa leer los signos de los tiempos.
Sus dos libros capitales, "Rendición de Espíritu" y "La Espada de la Paloma", no se explican sin el Apocalipsis, y menos sin España y la última guerra civil. "La Espada de la Paloma" es de todas sus obras, la que más vínculos tiene con el poema del visionario de Patmos. Al convertírsele su interpretación en hallazgo y en clave, Larrea piensa haber tocado con el dedo en el cielo. Considera que las conclusiones a que ha llegado son el acontecimiento más importante de su vida. Asombrado de los resultados alcanzados, se lo hace saber a Luciana, su hija, que había de morir en trágico accidente. Un poeta de hoy, Felipe Daniel Obarrio, albacea de la obra larreana, ha escrito acerca del enigma de esta hija de Larrea, tronchada en la flor de la vida por un accidente de aviación.
"Una niña abrió entonces en la tierra peruana
Sus ojos encendidos y lIamóse Luciana.

Su nombre estaba escrito en un árbol llameante

Por la mano profética y amorosa del Dante".

En "La Espada de la Paloma", obra escrita a vuela pluma, febricitante, hallamos el examen más a fondo que hasta hoy se ha escrito del milenarismo apocalíptico, en su relación con la Sophia o sabiduría del poeta alemán Novalis, con la que Luciana se sentía afín. En la sección central de este libro explora el texto del Apocalipsis, en un estudio que combina una imaginación libérrima con una erudición verdaderamente asombrosa.

Aquí queda manifiesta la importancia del Milenio como idea motriz de la historia. Sabemos por ese libro que, sin esa idea que trajo el Vidente de Patmos, inscrita por lo demás en toda la corriente judía, falta el dinamismo, que no cabe en la mente hindú.


Para el orientalizante, la India no dejará de ser nunca el laboratorio de la espiritualidad viva. En cambio, para el escritor vasco -viveza sólo la tiene lo judeo-cristiano bien entendido.

El Milenio es, en los textos larreanos, una idea-símbolo originada por un sentimiento de finalidad. Vamos, que este mundo está muy maltrecho, muy averiado y un nuevo comienzo ha de venir. La historia terráquea, pues, tiene un sentido trascendental.

Ante este sublime profetizar, ante esta situación que un día ha de acabarse, se me dirá que huelga la acción del hombre, y que lo mejor es dejar hacer, dejar pasar. Pues no, porque, según el sentir de Lama, la historia va hacia su fin para un nuevo comienzo. Subrayemos eso. No es el acabóse, el finiquito, que fue el coco de pretéritas edades. Vamos hacia el fin del ciclo psicosomático en que aún vivimos, ebrios de razón filosófica, segmentados del Todo. Por eso, Larrea gustaba de repetir el verso de Vallejo:
(Oh, unidad excelsa! oh, lo que es uno por todos!

Amor contra el espacio y contra el tiempo).

Ustedes (los que me leyeren) me dirán que esto no es enteramente nuevo. Naturalmente, nuevo del todo no es, porque, como antes ya dije, existe una visión hebraica del tiempo, y a ésta siempre se remitió Larrea.
Para la visión hebraica, el Tiempo no es un retorno perpetuo de los mismos acontecimientos, sino una flecha que avanza, empujada por un impulso invencible y que, en un determinado momento, se precipitará sobre una diana. El tiempo (para el profetismo hebreo) es, pues, dinámico, dirigido. Y por otra parte va a terminar en un momento dado, cuando se realice, lo que los judíos creyentes llaman el mesianismo. Con la llegada del Mesías la flecha alcanzará su diana y todo deberá pararse.
Con esta visión y la más matizada aún del Apocalipsis (por pertenecer ya al profetismo judeocristiano) sabemos que los hombres se hallan metidos en el tiempo de manera paradójica: crucificados en un punto, arrastrados hacia un futuro "suprareal" e incognoscible. Gracias a esta noticia, no podemos contentarnos con la visión corriente de la historia ya sea ésta común o científica. Hay que ampliar la noción para que la historia deje de ser exclusivamente la ciencia de lo que ha sido.
Hagamos más hincapié sobre las aportaciones de los judíos al mundo, y resumámoslas en una: la afirmación de que el Eterno está presente en la Historia. Los cristianos no añaden mucho más, pero si afirman que Jesús es el centro de toda la historia. Para el cristiano la historia se encamina hacia el hecho de la 2ª Venida y parte de la 1ª Venida de Cristo. El cristiano, lo confiese o no, ve la historia como proceso cruento y catastrófico, en el que existe la libertad para el mal, para las tinieblas. Esta concepción de la historia como tragedia es extraña a la conciencia griega y arranca indudablemente de la concepción hebrea.
De este modo, pensadores judíos y cristianos, por su concepción profética de la historia han dado a conocer que el proceso histórico tiene un sentido. Esta idea ha influido en la mente occidental.
Larrea ha podido escribir que "cuanto en la historia tiene movimiento, intención y esperanza, es milenarista a su manera". Todos los sistemas se sirven del Milenio para jugar su carambola. Cuando, por ejemplo, pretende el socialismo instaurar una sociedad nueva, se inscribe dentro de los límites del Milenio, una de cuyas promesas es la instauración de la Nueva Jerusalem o ciudad universal.

Si leemos el evangelio de Juan (16, 11), sabemos que el Príncipe de este' mundo está condenado. Por lo tanto, la historia no es sólo un proceso que llegará a un último acto en que todo será juzgado, sino que la historia es ya este juicio que se está haciendo. La historia está como en tensión en orden al juicio universal. Es profundo el pensamiento de Hegel: "La historia del mundo es el juicio del mundo". Por eso, podemos preguntarnos si toda parcela de la historia, en la medida en la que tiende a su fin, no es un apocalipsis virtual, y eso es lo que Larrea supo como nadie de nuestra época contestar:

Cumpliendo con su autoprofecía de su poema "Evasión":
Finis Terre la

soledad del abismo

Aún más allá'

Aún tengo que huir de mí mismo

Se aleja de la Europa surrealista, engreída en su papel de protagonista de la historia. Larrea se siente impulsado a salir de aquella geografía terrible, ya preparada para servir de decorado a la tragedia que se avecinaba. Atrás, como en carnavalesco y onírico baile de máscaras, quedaban danzando, dándose las manos, André Breton y Adolfo Hitler, Chamberlain y el fantasma pobre y patético de Chaplin, el mandibular César romano y el Vicario divino que saludaba al César como al hombre enviado por la Providencia (Pio XI, discurso de diciembre de 1926)
Y al alejarse de esta Europa agonizante que se aprestaba a "rendir su espíritu" en el apocalíptico diluvio de fuego cuya inminencia se respiraba, inicia Larrea la ruptura. Descubre lo que Novalis había dicho: "El Amor es el fin del universo, el Amén de lo historia universal". El Advenimiento del Amor, esa energía unificante del universo que Juan identifica con Dios en su epístola, ha sido el Nuevo Mundo que Larrea vino a descubrir, tras su periplo ultraeuropeo por los laberintos de la mente, a partir de su primer viaje a Perú, en 1.930.
Acto seguido llegaría el desencadenamiento de los sucesos cruciales de este siglo, a los que de forma misteriosa se encuentra ligada la experiencia de Juan Larrea:

a) Nacimiento pacífico de la república española.

b) Aniquilamiento tremendo y fatal de la misma, cuya triste empresa gozó de la complicidad del Viejo Mundo.

No es extraño, pues, que el pensamiento de Larrea, su cosmovisión, su teoría de la historia, arranquen del nacimiento y muerte de la República española. Es la sangre de Hispania fecunda, cantada por Rubén, las trágicas jornadas hispánicas, las que le convierten en historiador-poeta. La poesía de Cesar Vallejo en "España, aparto de mí este cáliz" es el otro fruto hermano, de la misma vendimia. De igual cepa es la poesía fulminante de León Felipe, para quién el libro de cabecera era la "Espada de lo paloma".
¡Toda lo sangre de España

por una gota de luz!

Toda la sangre de España... por el

destino del Hombre!

exclamaba la voz enajenada, por la indignación y el dolor, de uno de los poetas españoles que más cerca estaban de Larrea.

Hay una idea central (como dijimos) que debe quedar bien grabada, si queremos abrirnos a la esencia de la Realidad: que la historia no es ningún iterativo retorno eterno, como propuso la antigüedad clásica y creyó el nihilismo desesperado y existencialista de Nietzsche, sino que se mueve desde un origen hacia un fin. Todo en la vida es creación teleológica, creación providencial, impulsada por ley misteriosa, que a la razón escapa. La guardan recóndita los mecanismos de la naturaleza, como esa semilla diminuta que ya contiene el futuro esplendor del árbol.
El cristianismo, a través del cálamo de Pablo, propuso "el hombre nuevo". Hombre nuevo y Mundo nuevo, frutos de la misma heredad judeocristiana, dominaron también en el mundo poético cultural de Larrea.

Digamos, para ser más precisos, que, según el visionario vasco, la Cultura ha venido evolucionando, desde el Asia paternal, mediante los 20 siglos del Mundo del Hijo, o antítesis europea de aquella tesis oriental, en una dramática búsqueda de la síntesis, para llegar al Mundo Nuevo del Espíritu. Según Larrea, este mundo advino a los ojos de Colón en su forma física, con las formas palomarias o aquilinas de América, el continente no sin razón llamado desde entonces "Nuevo Mundo". De Colón se conoce, hacia 1500, esta frase sugestiva:
"... del nuevo cielo y tierra de que decía nuestro Señor en el Apocalipse, después de dicho por boca de Isaías, me hizo della mensajero y amostró el cual parte".
No se me oculta que simplificaciones de este género no suelen convencer de inmediato al hombre lógico, pero, en el orden de Olas valores que trascienden la superficie cotidiana, los acontecimientos históricos adquieren categoría d~ símbolo. Ya lo decía Rubén Darío, verdadero profeta y visionario de este tiempo:
"Es incidencia la historia. Nuestro destino supremo

está más allá del rumbo que marcan fugaces las épocas,

y Palenque y lo Atlántida no son más que momentos soberbios

con que puntúa Dios los versos de su augusto Poema".

Por lo general, los hombres sensatos y "realistas", inmersos en los problemas que a la humanidad atosigan, suelen repetir con aires de suficiencia esta frase acerca del poeta: está en las nubes. Para tales hombres la realidad es un mundo acotado, donde asienta su imperio, por lo general esclavizante, el anecdotario sociopolítico, con su cortejo de ambiciones, pasiones y malicias.
No. El sentido de la verdadera Realidad es otro. Estamos desde siempre (como ya dijimos al principio) viviendo en el misterio que se encamina hacia su revelación.
Pero sólo ahora, tras la experiencia reveladora del drama español, que vino a preceder el ocaso de la hegemonía europea, y abrió de esta suerte la balbuciente universalidad -omega de la aventura histórica- el hombre empieza a estar en condiciones de comenzar a ver la realidad profunda.
Larrea bien que insiste en que nos encontramos en las vísperas del Advenimiento del Ser que somos. En eso coincide con el grito de "Ven" que clamaba Rubén Darío, seguro de que nuestro siglo -eléctrico y ensimismado- vería venir Aquél que fue anunciado por Juan, el de suaves cabellos. Del conjunto de los escritos larreanos se desprende que tanto España, como Hispanoamérica, y tras ellas el resto total de las Culturas, tendrán que volver los ojos a los torrentes de auténtica pasión de la sangre de Hispania fecunda. No con el ánimo de reabrir viejas heridas y enconos, sino para encontrar -por su mediación- por fin la Unidad amorosa que a todos nos atañe, el Ser infinito que somos, cuyo advenimiento ya despunta en el horizonte matinal de la historia.
Desde la atalaya de nuestros días confusos, nos es dado ver la inminencia de la universalidad a nivel material. La tierra (esto no por dicho es menos cierto) se está achicando con el influjo maravilloso de las máquinas y de la tecnología. El cientificismo, hijo legítimo de Occidente, ha cumplido su tarea.
¡Que inventen ellos!, decía Unamuno, como si sospechara que al destino español no le estaba reservada la función "cuantitativa" y sí la otra: la cuantitativa. Si los otros pueblos aportaron sus genios "cuantitativos", sus aptitudes racionales, prácticas, parece que España que tantas culturas acogió y vio pasar -romanismo, israelismo, islamismo, cristianismo- está madura, tras el martirio del pueblo español, para alumbrar lo cualitativo, para dar nacimiento a la nueva cultura universal que venga a humanizar a los mecanismos sociológicos, industriales, políticos, tan huérfanos de espíritu. La situación, si no igual, es semejante a la de las fieras paradisíacas que aguardan que Adán (el hombre-tierra, es otra metáfora de Larrea) las sople con el verbo o palabra universal, que las solidarice con las luminosidades de la bondad, la piedad, la libertad, en fin, el Amor.
Ese dulce Amor que impregna el Paraíso que la intuición profética de Dante situó en América, la tierra antípoda de Judea, intuición de la que se percató Rubén Darío, quien en "La Salutación al Águila" decía:
"Muy bien llegada seas a la tierra pujante y ubérrima,

sobre la cual la Cruz del Sur está, que miró Dante

cuando, silencio Mesías, impulsó en su intuición sus bajeles

que antes que los del sumo Cristóbal supieron nuestro cielo".

Pues, vean ustedes lo que son las cosas. En este mundo de falsos valores, Larrea murió oscuramente. Como ha escrito su albacea, el poeta Obarrio, ningún teletipo se hizo eco de la infausta noticia, que tenía por protagonista a uno de los cerebros más lúcidos, robustos y penetrantes del planeta. Ninguna guardia de corps académica se sintió obligada a rendir los postreros honores al infatigable pensador, que traspuso, con impresionante audacia, las fronteras del conocimiento. Ninguna caravana de hombres y mujeres conmovida por la noticia, se apresuró a dar público testimonio de admiración y respeto por la irrepetible personalidad de quién, a través de su obra, abrió un sentido esperanzado de la vida.
No es extraño este silencio póstumo, ya que el silencio acompañó su vida y su obra. Este hombre grande, que llevó al máximo la tensión del espíritu, vivió prácticamente ignorado. Qué pocos siempre le citaron, qué pocos comentaron o discutieron sus atrevidos puntos de vista...


Taula, quaderns de pensament, 2. Departamento de filosofía, facultad de filosofía y letras, Universidad de Palma de Mallorca, abril 1983. pp. 25-31