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miércoles, 8 de abril de 2020

"El nuevo Rastro, ágora madrileña" por Eduardo Haro Ibars (Triunfo 773, 19 de noviembre de 1977)



RAMÓN Gómez de la Serna, creador e inspirador de la vanguardia española de principios de siglo, tuvo, entre otros muchos méritos, el de descubrir el mundo del Rastro. Para él, que fue surrealista mucho antes de que el surrealismo se descubriese, el Rastro era un lugar mágico, donde lo insólito podía ocurrir y ocurría cada domingo y día feriado. El Rastro de sus tiempos, mezcla de feria popular, de mercado de baratillo y de manifestación genuina de lo incongruente, era un lugar donde se citaban los compradores de objetos más insólitos, seguros de encontrarlos a precio muy asequible; lo mismo se llevaban un Velázquez que una dentadura postiza, un maniquí de modista de rotundas caderas y descabezado que una igualmente rotunda y desmembrada escultura griega, y casi por el mismo precio. Ramón descubrió en el Rastro la estética misma de los años diez y veinte: el futurismo de los objetos mecánicos y el absurdo de los maniquíes y los guantes de goma que encantaban a Giorgio de Chirico; y, al mismo tiempo, algo que era para los hombres de principios de siglo tan importante como la estética: la aventura. La aventura. personificada en los habituales del Rastro, comerciantes, anticuarios y limpiabotas, gitanos y cigarreras, habitantes de La Arganzuela y de la Ribera de Curtidores que tenían para los intelectuales burgueses de aquel entonces todo el turbio encanto de la “gente de mal vivir”; de la gente, en suma, del pueblo. Magia, misterio y autenticidad popular eran las claves que servían a Ramón y a sus coetáneos para descifrar la elusiva realidad de ese punto de compraventa y cambalache que era el Rastro madrileño.

La época franquista, que desvirtuó tantas cosas, cambió también en cierto modo la imagen del Rastro: la picaresca continuaba, aunque estrechamente vigilada por la Policía; y seguían el comercio y la compraventa. Sin embargo, el Rastro se fue convirtiendo bajo Franco en un invento turístico a la par que snob: proliferaron las tiendas de antigüedades y falsificaciones —que, progresivamente, fueron teniendo más de lo segundo que de lo primero— y subían los precios de todo; quedaban, desde luego, rincones y puestos auténticamente populares, donde lo insólito seguía teniendo cabida. Hubo un tiempo, entre los cincuenta y los sesenta, en que los puestos del Rastro eran lugares de gangas, donde se conseguían alfombras baratas, casullas a 200 pesetas, y trajes de teatro baratísimos; los chicos modernos de la época encontraron allí atavíos extravagantes para competir con sus modelos hippies, gafas de sol de hace cincuenta años, collares insólitos... Todo ello, rodeado cada vez más por una barahúnda turística, que se lanzaba a conseguir inconseguibles espadas cidianas, bargueños castellanos a precios de saldo y otras chucherías cada vez más difíciles de encontrar. La fisonomía y el espíritu del Rastro iban cambiando: habla perdido al mercado su identidad primitiva y se esforzaba en encontrar otra más a tono con el tiempo.

Hoy día, el Rastro madrileño ha encontrado ya su nueva identidad; y esto gracias a los nuevos grupos marginados, a la nueva clase picaresca que, desde los sesenta, puebla Madrid: artesanos más o menos hippies empezaron a poner puestos para vender sus artesanías —collares de cuentas, pulseras y cinturones de cuero, cajitas de madera pintadas y decoradas— con las que intentaban sobrevivir sin dejarse tragar por el sistema industrial imperante. Tras ellos vinieron los dibujantes subterráneos madrileños, que en el 75 pusieron allí su puesto, donde vendían tebeos propios y de importación —es decir, creados en otras regiones y provincias españolas—; de este puesto precisamente, y de los contactos que en él se hicieron, nació Cascorro Factory, ese invento que ha tomado el nombre de la plaza que forma la cabecera del Rastro, y ha aglutinado y dado una personalidad común al dibujo que se realiza hoy en Madrid en el terreno del cómic. Y, con todo esto, una fauna nueva y joven empezó a frecuentar el Rastro redivivo tras la muerte de Franco: miembros de conjuntos rockeros, dibujantes, periodistas y escritores, que ya no van allí sencillamente para comprar o vender —aunque esto también puede suceder: el Rastro no ha perdido tampoco sus características de centro comercial—, sino más que nada a reunirse, intercambiar ideas y proyectos, estar al tanto de lo que ocurre en la vida madrileña; comunicar, en fin... Todo un movimiento marginal de cultura empezó a tomar cuerpo en Madrid, a consolidarse, a partir de. más o menos, el año 75; y uno de sus puntos culminantes —el otro puede situarse en la zona de Chueca, desde la calle de la Libertad y adyacentes hasta Alonso Martínez— se encuentra, precisamente, en el Rastro.

Paralelamente a los grupos culturales y snobs —en el buen sentido de la palabra: aquellos que quieren estar siempre en el lugar donde ocurren las cosas, en el vértice del huracán— empezaron a aparecer y manifestarse en el Rastro grupos políticos de todas las tendencias, desde Falange hedillista a CNT, que han acabado instalando sus puestos permanentes y a vender sus mercancías abigarradas en la plaza de Cascorro.

Geográficamente, podemos distinguir tres zonas muy determinadas en el Rastro: a la cabeza y en Cascorro y un poco más abajo, se encuentra el lugar de reunión de los distintos grupos políticos: entre una cacofonía de megáfonos y un tremolar de banderas y pendones de todos los colores, los distintos partidos políticos, centrales sindicales y agrupaciones ciudadanas de toda índole, venden su mercancía ideológica, sus revistas y sus escarapelas, sin interferirse para nada unos con otros, en una suerte de tregua semanal. Un poco a la derecha, en dirección a La Latina, se encuentra el bar La Bobia, antiguo café que hoy se ha vuelto centro de todos aquellos que no van al Rastro con fines comerciales. sino más bien a exhibirse y a contemplar a quienes se exhiben, a encontrarse con sus amigos y a criticar a sus enemigos: punto de reunión de los nuevos snobs, de los que hacen y siguen las modas más virulentas. Punto también de encuentro de ideas y opiniones, lugar fructífero de intercambio de pareceres. Bajando por las calles de Carlos Arniches, ribera de Curtidores, etcétera, se encuentran los puestos típicos de ropa vieja, de ocasiones; las tiendas de efectos militares, donde los soldados van a comprar las plazas que les faltan a sus uniformes, y las tiendas de “antigüedades”; esto es lo aún queda del Rastro clásico, del Rastro de Ramón, bastante empobrecido, por cierto. Y, ya abajo, en “las Américas”, en el Campillo del Nuevo Mundo, se ha establecido un amplio mercado de compraventa de discos y de libros usados, donde todavía pueden encontrarse gangas sorprendentes, y donde se establece un mercado libre entre coleccionistas y aficionados a la música de rock. Y este es, en suma, el Rastro de hoy: sin perder su carácter popular de mercado —antes bien, ha ganado, introduciendo mercancías nuevas—, se ha convertido en una suerte de ágora madrileña: lugar de intercambio de opiniones, de juego libro de ideas, donde la manifestación espontánea de la opinión de los ciudadanos de Madrid surge en cualquier momento; ejemplo vivo de lo que puede ser la política —en el sentido estrictamente etimológico de la palabra— en la calle.

Precisamente este nuevo aspecto del Rastro, esta especie de feria de la libertad que en él se celebra, es el que molesta al eterno sector de la bestialidad, a los llamados “grupos incontrolados”, que temen más que nada a la espontaneidad. Desde hace tres o cuatro domingos, los llamados guerrilleros de Cristo Rey, o grupos de la misma calaña, se presentan en el Rastro y atacan: golpean con saña, asaltando no sólo los tenderetes de los partidos políticos, sino todo aquel objeto móvil y de aspecto humano que se encuentre cerca de ellos. Ha sido inútil todo: la Policía actúa a destiempo, quizá frenada en su labor por la dificultad del tráfico en esas calles —tráfico que no le impidió, hace un par de meses, cargar contra los puestos del FRAP y de otros grupos que enarbolaban banderas republicanas—, y las denuncias que se presentan no tienen verdadero efecto. Domingo tras domingo, los grupos incontrolados vuelven a atacar con porras, palos y cualquier arma contundente que encuentren. Los comerciantes del Rastro, los que tienen puestos fijos y viven de esto, así como los propietarios de tiendas, han llegado a protestar, a declararse en huelga: huelga curiosa, en la que solicitan no la cesación de los desmanes, sino que se vayan los representantes de los partidos políticos, para seguir ellos haciendo sus negocios en paz. Consiguen así, precisamente, dar la razón a las fuerzas de la bestialidad y actúan —aunque de manera menos brutal y más civilizada— en su mismo sentido: unos y otros pretenden lo mismo: hacer que el Rastro pierda su recién adquirido carácter de plaza pública, de centro de debate y de reunión del pueblo; desvirtuar, en fin. el carácter de verdadera fiesta popular que está adquiriendo el Rastro poco a poco.

Los acontecimientos últimos del Rastro son graves, porque son parte de una lucha más amplia y general: la lucha entre la espontaneidad creativa, discursiva y discutidora, y entre las fuerzas de la barbarie, que pretende acallar a golpes cualquier fuerza que no sea la suya. ¿Soluciones? No puede hablarse, aquí y ahora, de soluciones. Desde luego, las cosas no se arreglan eliminando los puestos de los partidos políticos, igual que no se arregla la situación de un país prohibiendo y reprimiendo a los que disienten del estado de cosas. Estrangular, como se pretende, el Rastro madrileño en su triple faceta de lugar de encuentro político, cultural y comercial seria, en cierto modo, un paso para estrangular la libertad.

EDUARDO HARO IBARS, Triunfo 773, 19 de noviembre de 1977, pp. 42-43.

viernes, 20 de enero de 2017

Documentos traspapelados. Los proyectos inacabados. Entrevista de Santos Amestoy a Dionisio Ridruejo en “Pueblo” (15/12/1976)



Apenas unas memorias

EN el mes de abril de 1975, Ridruejo acababa de publicar la segunda parte de su «Guía de Castilla la Vieja». Poco después de aquel acontecimiento editorial habría de rendírsele un homenaje que tenía algo de salida a la luz de su partido —una de sus creaciones— la U.S.D.E., y mucho de reivindicar la libertad de reunión y la de expresión. E1 acto, ya en los umbrales de la paleodemocracia, perfilaba, todavía rudimentariamente, un tipo de acontecimientos sociales que hoy son casi hábito cotidiano. Dado mi trabajo de informador cultural en este periódico, asistí y consigné la presentación de la guía, como, hace pocas semanas, la del volumen editado por Planeta, en su colección Espejo de España, con el título de «Casi unas memorias». En esta última ocasión Torrente Ballester, Tierno y Laín Entralgo glosaron, respectivamente, los aspectos literarios, políticos y humano del autor.
En los días que mediaron entre la presentación de la «Guía de Castilla la Vieja» y aquel homenaje, mitad personal y mitad político, recibí, del director que por entonces regía este periódico, el encargo de hacer una entrevista a Dionisio Ridruejo. Se trataba de una entrevista de circunstancias que habrá de aparecer, si no recuerdo mal el mismo día del segundo de aquellos dos actos. Debíamos hablar, no obstante, de literatura y sólo de literatura y, si sólo de la Guía, mejor. Se trataba, como se ve y como se dice en las películas americanas, de mera rutina, más o menos hilvanada al hilo de la actualidad. Así que acudí a casa de Dionisio Ridruejo una tarde de abril que comenzaba a ser caluroso. El escritor me recibió en su estudio, metido en una bata azul; acababa de reponerse de uno de los múltiples trastornos a los que le tenía sometido su salud sempiternamente precaria. Moriría aquel verano, el 29 de junio. Cinco meses antes que Franco.
Pese a que la entrevista iba a ser de reducida magnitud, no utilicé el bloc de notas sino el magnetófono. Sabía que la palabra de Ridruejo (Torrente lo recordó hace muy poco) era de una rica precisión castellana; temía traicionarle el verbo. Y no me habría de arrepentir. Hoy conservo una grabación que dura más de hora y media en la que se contienen los objetivos últimamente formulados sobre su trabajo literario, junto con un montón de cosas más. Toda una charla entre Ridruejo y yo, o, más bien, unas copiosas y generosas explicaciones que el escritor-político me regalaba, pese a estar perfectamente enterado de los límites y finalidad de mi misión. Toda aquello quedó nítidamente registrado.
Hablamos de política y de literatura... y, sobre todo, de sus proyectos. Al final de la cinta se puede oír todo un ideario, cuya hábil exposición no me resisto a transcribir ahora. Respondía de esta manera a una pregunta mía: "He llegado a conclusiones reflexivas y. por lo tanto, nada fanáticas, nada dogmáticas y también muy creídas. A una convicción muy radical: la idea de la equivocación en la perspectiva en la que viví, en la que vivimos tantos y por la que nos parecía una evidencia que el gran valor del mundo era la unidad. He caído casi en una concepción contraria de la existencia y de la historia: que el gran riesgo del mundo es la tentativa de violar la realidad para lograr la unidad. Pero donde yo pensaba la idea del hombre de España, la unidad de los hombres de España, pienso ahora la unidad viviente, dialéctica, de los hombres de España en sus contracciones, pudiendo ponerlas a prueba libremente en un concurso, en un gran debate. De modo que, para mí, hoy la unidad consiste en un gran debate de variedades. Me he convertido, pues, en un pluralista. ¿En el orden de las tierras? Prácticamente, me he convertido también en un federal; no en un federal decimonónico, por supuesto. Pero creo que no tendremos un Estado vivo mientras no quieran responsabilizarse en él como tales, los diferentes países o nacionalidades que lo constituyen, mientras tengan el pretexto de estar oprimidos para no interesarse por él. Y si lo queremos así, habrá que contratarlo en su variedad, partiendo de su variedad de modalidades, de su conjunto de pueblos. Por lo que se refiere a la diversidad de las clases, es evidente que creo en su lucha como una constante histórica que no tiene, seguramente, el aspecto que le prestó el análisis de Marx y que, con toda seguridad, no conocerá jamás un desenlace, porque los vicios humanos tenderán siempre a reclasificar sobre las sociedades y el proceso de liberación del hombre. Prácticamente, el cuento de nunca acabar, un proceso infinito. En definitiva, ¿en qué me he convertido? Pues, la verdad, en un liberal solidario y dinámico. ¿Pero cuál es la posición de un liberal así, que esté dispuesto a creer en el valor de la crítica y a no dar por terminado ni concluso nada y, sobre todo, nada que se refiera al mundo? Lamento mucho no tener originalidad en la materia: el que suscriba una ecuación eficaz entre la democracia formal y el socialismo económico, entendido éste en forma liberal, es decir, como potencia de la vida humana y no como elemento simplificador para que no haya conflictos. Porque, en el fondo, el socialismo se está empezando a convertir en un dogma de derechas. Y hay que hacer de izquierdas al socialismo, en el sentido dinámico. Para mí ese dinamismo se cifra en una palabra, liberal."
PROYECTO PARA UNAS MEMORIAS
ENTRE las explicaciones y confesiones de Ridruejo, que conservo en aquella cinta —a la que su muerte ha dado un lamentable sentido de utilidad—, están las de los planes de sus memorias. Corno en seguida se va a desprender, el volumen de Planeta nada tiene que ver con las memorias que Ridruejo quería llegar a publicar. Antes que nada, vaya mi convicción de que iba a ser algo más que un tributo al correspondiente género literario. Serian —de haber sido— su verdadera, acabada y definitiva obra. Es muy fácil suponerlo. La vida de Ridruejo consiste en un encabalgamiento entre vida y política o, más precisamente, entre literatura y vida. Ambas repiten, como un estribillo en pie quebrado, sucesivas frustraciones. Su aliento de escritor —en el que la ética y la estética, en el más noble sentido de ambas acepciones, eran fundamento— le hacían, como él mismo confesaba, incapaz para el profesionalismo político. Su intervención en la vida pública, por contra, le privaba de dar cima a sus proyectos literarios. El género «memorias» había de ser la síntesis.
He aquí, a continuación transcrito, el proyecto de su obra, que nunca ya será definitiva. Pero, primero, reseño que en la cinta está grabada una condicional —entonces no lo supe, ni podía saberlo— premonitoria: «Sí no me muero antes, cosa perfectamente posible y hasta probable.» Oírlo ahora proporciona un indeseable estremecimiento. (El magnetófono registra, a veces, cierta fatiga, un jadeo cuyo significado, ahora, está ya patéticamente claro.)
Luego, tras decirme que los artículos que todavía estaba publicando en «Destino» obedecían, naturalmente, a la ley literaria del artículo, señala que forman parte de un plan muy complejo y que participan de dos series de memorias. Un grupo de ellas montadas sobre vivencias personales bajo el título «Sombras y bultos». "Eran evocaciones de personas —decía— que han tenido importancia en mi vida. A veces, importancia simplemente imaginativa". Las aparecidas hasta la fecha en «Destino» se referían a personas de dimensión pública. La otra serie habría de "llamarse «Evocaciones y lecturas» («o algo que se le pareciese»). 
A continuación, vendría un libro de memorias civiles, como él las llamaba, que pensaba editar este año, y que, a buen seguro, han debido nutrir el grueso del volumen de Planeta. Iban a comprender: «Desde los presagios de la guerra civil», hasta los primeros años cuarenta. El plan era completar los artículos de «Destino» con todo aquello que, por entonces, no le parecía susceptible de alcanzar la libertad de ser publicado en revista (y si en un libro), más sus experiencias durante los confinamientos que sufriera en Ronda y en Barcelona, a raíz de su famosa carta a Franco. Aunque me dice: «Nunca sé si incorporaré esta coda de mí experiencia pública.» Y añade: «En todo caso, este libro formará parte de un sistema de libros.» Pensaba, también, escribir un volumen de la infancia e intercalar en las «memorias civiles» otro sobre la campaña de Rusia. («Es un libro del cual tengo, si no me equivoco, doce cuadernos llevados allí directamente, que he de revisar, enriquecer y purgar por razones literarias, y que es muy curioso porque en él apenas se habla de la guerra, es el diario de un soldado. Yo es bien sabido que los soldados hacen la guerra, pero no le ven»)
A continuación, otro libro más sobre su vida en Italia... («Y es posible que de ahí, inevitablemente, vuelva a tomar el hilo para hacer el segundo volumen de las memorias civiles, y que comprenda el lapso de mi participación en la vida interior. Arrancarían del año cincuenta y uno y serían, ya, la contemplación de los acontecimientos públicos de un actor externo y, en algunos casos, beligerante.»)
No voy a tratar aquí de cotejar las «casi memorias» publicadas con la declaración de estos proyectos que nunca serán realidad, sino de brindar al lector un material informativo para que sea él quien compare y quien lamente. Sí, no obstante, subrayaré que, pese a todo, la publicación de los papeles dispersos de Dionisio Ridruejo es un beneficio impagable que habremos de agradecer a su recopilador para Planeta, César Armando Gómez. Y advertir que con este volumen no aparecen a la luz todos los inéditos de Ridruejo, como la prueba la referencia que hiciera de sus doce cuadernos de Rusia, El «casi», en fin, que se antepone en el título a «unas memorias» deberá, el lector, sustituirlo por un «apenas».
LA OBRA POÉTICA
OTRA de las sorprendentes declaraciones en que la muerte convirtió aquella grabación magnetofónica fueron las relativas a su obra poética A mi pregunta acerca de si continuaba escribiendo poesía, me .contesta: «Nunca he dejado de escribir poesía; poesía lírica, quiero decir, poesía lírica, poesía en verso. Siempre que encuentro una situación de pasaje por la tranquilidad escribo poesía. La he escrito en América, cuando he estado haciendo cursos en sus Universidades, donde la vida, como se sabe, es muy apacible, el tiempo muy sobrante y hay una cantidad de soledad muy estimable. Para unos, puede ser ésta un paso. Para los que nos falta, una especie de mina...» Me anuncia, entonces, su próxima entrega, que ya ha visto la luz en la revista «Litoral». («En breve»), y, a continuación, añade: «Están en curso, al menos, tres libros de poesía probables. Uno de recapacitación intimista, biográfica; otro de reflexión un poco más épica y generalizadora, de contemplación del mundo y de los grandes temas, y un libro de construcción de objetos poéticos puros, partiendo casi siempre de la visualidad. Esos tres libros están en mis carpetas, iniciados, y cuando es posible vuelvo a ellos.»
El proyecto de libros poéticos, que, a posta, he querido traer en último lugar, sirve también de paradigma de la obra de Ridruejo, escritor que, diríamos hoy, se movió entre el naturismo y el objetivismo; que perpetúa la tradición de escribir de España, pero sin los sublimismos noventayochistas de sus posteriores utilizaciones políticas y estéticamente nefastas, Y que, en efecto, discurrió siempre, reiterativa e intermitentemente, por territorios que van de lo íntimo a lo general, quedándose, muchas veces, en la palabra pura y objetiva que nombra las cosas.
Santos Amestoy, Pueblo, 15 de diciembre de 1976. p.29. 

miércoles, 14 de mayo de 2008

Muros o estacas

Es esta una extraña historia.

Fue hace ya unos cuantos años, cuando en casa de un amigo "del Este", escuché una canción compuesta por uno de los más importantes cantautores polacos: Jacek Kaczmarski (ver foto). El caso es que, nada más empezar a sonar la melodía, me di cuenta que tal canción me resultaba muy familiar. Le pregunte a mi amigo que canción era esa. "Es Mury (muros en polaco) -me contestó- uno de las himnos de la oposición a la dictadura comunista en Polonia". Pero a mí, nada, que seguía resultandome extrañamente conocida. De repente, la "iluminación": "¡Dios mio, si es L´Estaca en polaco!" Y efectivamente, e aquí que Lluis Llach había sido adaptado por un cantautor "del otro lado del Muro" para criticar -esta vez- una dictadura de signo contrario a la que atacaba el cantante de Gerona.
Y bueno, aquí tenéis las canciones:

Primero escuchemos a Lluis Llach en el ya clásico concierto del Palau de Esports de Barcelona del 15 de enero de 1976, poco después de la muerte de Franco. (La letra original en catalán y traducción en castellano y en francés, la podéis encontrar aquí.)
... y por último a Jacek Kaczmarski en el 26 Festival de la Canción de mayo de 1990, en Cracovia, pocos meses después de la Caída del Muro. (La letra en polaco, traducción en castellano y la historia de la "canción polaca" podéis encontrarla aquí.)

PD: También existe una versión -ampulosísisma y pesada- de Jean Michel Jarre de Mury con motivo del 20 aniversario de Solidaridad.

sábado, 3 de mayo de 2008

Entrevista a Solzhenitsyn en Televisión Española el 20 de marzo de 1976.

Creo que fue hace unos años, cuando un amigo historiador me comentó algo sobre una entrevista que el periodista Jose María Iñigo realizó al escritor ruso en 1976 en su programa Directísimo, y la dura reacción a ella que tuvo gran parte de la intelligenzia española (creo que me habló, en especial, de Juan Benet y Cela) a sus palabras, hasta el punto de algunos de sus miembros lamentaran públicamente la salída del autor ruso del Gulag. La verdad es que esta fue una historia que cuando la oí me impresionó, pero que ya hacía tiempo había olvidado. Sin embargo -casualidades de la vida- buscando hace unos días en una librería de viejo de Madrid, encontré, un libro (Alerta a Occidente, Ediciones Acerbo, Barcelona, 1978) en el que está incluido gran parte de la mencionada entrevista. Es una transcripción de una grabación magnetofónica hecha por Vladimir Lamsdorff, uno de los traductores de Solzhenitsyn en España. Leyéndola he juzgado que tiene cierto interés para quienes estén interesados en el autor ruso y su relación con España, así que no me ha parecido una mala idea incluirla como entrada.

... vuestros círculos progresistas se complacen en llamar al régimen existente «dictadura». Yo, en cambio, llevo diez días viajando por España, desplazándome de riguroso incógnito. Observo cómo vive la gente, lo miro con mis propios ojos asombrados y pregunto: ¿saben ustedes lo que quiere decir esta palabra, conocen ustedes lo que se esconde tras este término?

Voy a proponerles algunos ejemplos.

Un español cualquiera no está vinculado a un lugar determinado, a una ciudad o a un pueblo donde tiene forzosamente que residir. Puede desplazarse de un lugar a otro según le plazca. Nuestro ciudadano soviético, en cambio, no lo puede hacer: estamos encadenados a nuestro lugar de residencia por la famosa propiska, el visado de la policía. Las autoridades locales deciden si puedo cambiar de residencia o no. Estoy totalmente en sus manos, pueden hacer conmigo lo que quieran.

Luego me entero de que los españoles pueden salir libremente de su país. En la Unión Soviética esto no existe. Desde hace poco, bajo la presión de la opinión pública mundial, y especialmente de los Estados Unidos, se está dejando salir a una pequeña parte de los judíos. Pero la otra parte y todos los demás pueblos que habitan la URSS están privados de este derecho. Nos encontramos en nuestro propio país como en una cárcel.

Paseo por Madrid, o por otras ciudades españolas, de las cuales he visitado doce, y veo que en los quioscos se venden los principales periódicos europeos. En cambio, si en mi país apareciera un periódico extranjero a la venta, se alargarían diez manos para agarrarlo.

Veo, otro ejemplo, que aquí funcionan libremente las fotocopiadoras, cualquiera por cinco pesetas puede sacar libremente una fotocopia. En nuestro país tal cosa no sólo está prohibida, sino que es delito: toda persona que utilice una copiadora para fines particulares y no para el Estado, para la Administración, será condenado por actividades contrarrevolucionarias.

En su país, puede que con algunas limitaciones, están autorizadas y tienen lugar algunas huelgas. En nuestro país, en sesenta años jamás fue autorizada una sola huelga. En los primeros años del régimen, los huelguistas cayeron bajo ráfagas de ametralladora, o fueron encarcelados como contrarrevolucionarios, aunque sólo exigían mejoras de carácter económico. Hoy día, ya a nadie se le ocurre, a nadie se le pasa por la cabeza, la idea de organizar una huelga. Más todavía: publiqué un día en la revista Novi Mir una narración, Por el bien de la causa. En ella, un personaje, un estudiante, pronunciaba la frase «Vamos a hacer huelga». Pues bien, antes de que la narración pasara la censura, ya la propia mesa de redacción de la revista eliminó la palabra «huelga». La palabra «huelga» está prohibida en mi país.

No, vuestros progresistas pueden usar la palabra que quieran, pero «dictadura» no. ¡Si nosotros tuviéramos las libertades que tienen ustedes, nos quedaríamos boquiabiertos, exclamaríamos que es algo nunca visto!

Desde hace sesenta años, no tenemos ninguna libertad.

Hace poco en vuestro país se proclamó una amnistía. Algunos dicen que fue una amnistía limitada. Pero sin embargo a los terroristas, que con las armas en la mano luchaban contra el orden establecido, se les rebajó parte de la condena.

A nosotros, en cambio, en sesenta años sólo se nos concedió una amnistía, ¡y ésta sí que fue limitada! Nosotros íbamos a la cárcel para morir allí. Muy pocos regresaron para contarlo.

Claro, esta experiencia comunista, la hemos padecido en carne propia, y después de estas monstruosas pérdidas, tenemos ya una vacuna contra el comunismo, una vacuna como no la tiene nadie en Europa: actualmente en nuestro país, si alguien en una reunión, en una conversación entre amigos, plantea seriamente el problema del comunismo, nadie querrá escucharlo, lo tornarán por tonto. Espiritualmente nos hemos librado del comunismo, pero antes hemos recorrido la vía del martirio, hemos vivido tiempos terribles.

Rusia ha realizado un salto histórico. Rusia, por su experiencia social, se ha colocado muy por delante del mundo entero. No quiero decir con esto que sea un país adelantado: al revés, es un país de esclavos. Pero la experiencia que hemos vivido, las vicisitudes que hemos atravesado, nos colocan en la extraña situación de poder contemplar todo lo que pasa actualmente en Occidente en nuestro propio pasado, y prever el futuro de Occidente en nuestra presente situación actual. Todo cuanto ocurre aquí ya ha ocurrido en Rusia hace tiempo, hace muchos años. Es una perspectiva realmente de ciencia-ficción: estamos viviendo los hechos que están ocurriendo en Occidente hoy, y sin embargo, recordamos que esto mismo ya nos pasó hace muchísimo tiempo a nosotros. En los años sesenta del siglo pasado el Emperador Alejandro II comenzó a llevar a cabo un vasto programa de reformas. Quería reorganizar paulatinamente a Rusia para implantar la libertad y el desarrollo. Pero un puñado de revolucionarios lanzó en 1861 una proclama en la que decían que querían reformas más radicales y más rápidas, que no podían ni querían esperar.

Temiendo que el bienestar general pudiera provenir del rey, y no de ellos, proclamaron el terror.

En 1861 Alejandro II abolió la servidumbre de los campesinos; en 1864 reorganizó completamente la administración de justicia, llevando a cabo la gran reforma judicial. Pues bien, los revolucionarios intensificaron sus actos terroristas. Hubo siete atentados contra el zar, le daban caza como a una fiera. Y al final, en el año 1881, lo mataron.

Y después de esto, empezaron a matar primeros ministros, ministros del Interior, gobernadores civiles, gobernantes en general. Así empezó una guerra entre los revolucionarios y los círculos dirigentes del gobierno. Toda la opinión liberal no se oponía a los revolucionarios, antes por el contrario, los alentaba: cualquier asesinato de un estadista, de un ministro, la entusiasmaba, suscitaba su aplauso. A los revolucionarios les ayudaban a esconderse, a escapar, los celebraban como si no fuesen culpables de nada en absoluto.

Repito, esto ocurría en nuestro país en el siglo XIX, hace cien años, y esto es lo que está ocurriendo en toda Europa, en el mundo entero, hoy. Hemos sido testigos el otoño pasado de cómo la opinión occidental se indignaba mucho más por cinco terroristas españoles que por el aniquilamiento de sesenta millones de víctimas soviéticas. Vemos hoy cómo la opinión progresista exige reformas inmediatas, a toda costa, saluda los actos terroristas y se alegra de ellos.

Esto lo tuvimos nosotros hace cien años, y desde vuestro futuro puedo contar cómo acabó la cosa: ambos bandos se endurecieron en sus posturas, los terroristas y los círculos dirigentes cada vez se fueron odiando más, los círculos liberales comenzaron a odiar al gobierno, el cual no podía hacer nada contra ello; las reformas se detuvieron, pues aún lo que el gobierno podía conceder, ya no lo concedía, el odio anidaba en todas las almas, todos querían todo a la vez. Y así tuvimos las revoluciones de 1905 y 1907, y después la de 1917. El resultado fue la aniquilación de ambos bandos: fueron aniquilados todos los círculos dirigentes de Rusia, la nobleza, el empresariado, la intelectualidad liberal. Lo que sobrevivió de la intelectualidad se fue al extranjero, y en el país comenzó lo que describo en el libro Archipiélago Gulag, que costó al país sesenta y seis millones de muertos.

Yo lo cuento ahora aquí, pero no sé yo mismo sí en general es posible transmitir la experiencia de hombre a hombre, de país a país. Hace poco todavía pensaba que sí, y así lo dije en mi discurso de Premio Nobel: creía que a través de la literatura de creación sí era posible transmitir experiencia a otras personas. Pero ahora ya lo dudo, y pienso que cada país, cada sociedad, cada hombre, debe repetir todos los errores cometidos por otro país, otra sociedad, otro hombre, y sólo aprenderá cuándo ya sea tarde. Observo ahora vuestra juventud, la he estado observando en toda España, y tengo la impresión de que en mi cabeza, en mis oídos, en mis ojos, se ha mantenido más la imagen de vuestra guerra civil que en esta juventud.

Hoy, naturalmente, la idea de vuestros círculos progresistas es obtener cuanta más libertad, colocar cuanto antes a vuestra sociedad al nivel de los demás países occidentales europeos. Pero yo quisiera recordarles que en el mundo de hoy, en nuestro planeta, los países democráticos ocupan una islita, una parte muy reducida. La mayor parte del mundo se encuentra bajo el totalitarismo y la tiranía: toda la Europa oriental, la URSS, toda Asia (ahora ya también la India), ya está cayendo bajo el totalitarismo; África, que hace tan poco alcanzó la libertad y que ahora se afana, se apresura, un país tras otro, a entregarse también a la tiranía. Y por esto, aquellos de ustedes que desean cuanto antes una España democrática, ¿tienen la suficiente clarividencia como para prever no sólo el mañana, sino también el pasado mañana? Supongamos que mañana España se vuelva un país tan democrático como el resto de Europa. Pero pasado mañana, ¿conservará las suficientes fuerzas como para defenderse del totalitarismo que amenaza a todo Occidente? El que tenga perspicacia, el que además de la libertad, ame también a España, debe pensar en el pasado mañana. Y vemos que el mundo occidental está debilitado, ha perdido su voluntad de resistencia, cada año entrega sin combate más países al totalitarismo...

No hay voluntad de resistencia, no hay responsabilidad en el uso de la libertad. La civilización occidental contemporánea puede definirse no sólo como sociedad democrática, sino también como sociedad de consumo, es decir, como una sociedad en la cual el sentido principal de la vida está en recibir más, en enriquecerse más, y en pensar lo menos posible en defender lo obtenido. Desde luego, ni la estructura social ni el disfrute de bienes materiales son la clave principal de la vida humana, pero el Oriente totalitario contemporáneo y el actual Occidente democrático, al parecer sistemas opuestos, sin embargo están en realidad emparentados, reposan sobre una base común, que es el materialismo.

Esta base común viene durando ya trescientos años. El mundo occidental está en crisis, que no consigue superar, pero no es una crisis del siglo XX. La humanidad lleva ya una larga crisis, desde que la gente se apartó de la religión, se apartó de la fe en Dios, dejó de reconocer ningún poder superior a sí misma, adquirió una filosofía pragmática, esto es, hacer sólo lo que resulte útil, beneficioso, guiarse sólo por intereses materiales y no por consideraciones de moralidad superior. Este espíritu se ha ido desarrollando paulatinamente y ha desembocado en una crisis que, insisto, no es política, sino moral. Se manifiesta no en la oposición entre comunismo y capitalismo, sino en algo mucho más profundo: es precisamente esta crisis la que ha traído el comunismo, y en Occidente, la sociedad consumista y pragmática. Es la crisis del materialismo, que ha desechado el concepto de algo superior a nosotros.

Pero está claro que cada país ha de aportar algo de su parte para superar esta crisis. Y tal. vez España, con su gran originalidad nacional que ha marcado toda su historia, pueda aportar algo peculiar que permita vencer esta espantosa crisis de la humanidad, que abarca a todos los países de un modo u otro, y a todos nos amenaza con el aniquilamiento.

J. M. Iñigo: El señor Solzhenitsyn actualmente reside en Suiza, país en que suelen refugiarse los grandes millonarios del capitalismo. ¿No piensa el señor Solzhesnitsyn que esto puede ser mal interpretado por sus lectores?

¿Sabe? Precisamente acabo de decir que Occidente es una sociedad de consumo. Nuestra juventud, en cambio, ha transcurrido en la miseria. Una vez, de estudiante, tuve el descuido de sentarme en una silla en que había una mancha de tinta (entonces se usaba tintero y pluma). Me hice una mancha grandísima en el pantalón. Pues bien, estuve llevando cinco años ese mismo pantalón, porque no tenía con qué comprarme otro. Así vivíamos. Hasta lo llevamos grabado: todas las personas soviéticas que salimos al extranjero, incluso a un país no especialmente rico, incluso a los países que aquí se consideran pobres, tenemos una sensación como de ahogo, nos resulta penoso ver cómo se desperdicia la comida, cómo no se acaban los platos, cómo se echan las migas al suelo. Así percibimos los soviéticos esta sociedad.

Pues bien, a su pregunta sobre Suiza sólo le puedo contestar que en los prósperos países occidentales vivimos como prisioneros. Si mañana tuviéramos la posibilidad de regresar a la miseria de nuestro país, a pasar hambre, regresaríamos todos.

La prensa socialista, y sobre todo la comunista, gusta mucho de invocar el hecho de que Solzhenitsyn ha salido a Occidente y se ha hecho millonario, (cuando yo pasaba hambre allí, nadie prestaba particular atención a que yo pasara hambre. Cuando allí pasaban hambre todos, y la siguen pasando, sólo se miente que allí no falta de nada). Ciertamente, cobro derechos elevados. Pero la mayor parte de estos ingresos ha pasado constituir un fondo social ruso de ayuda a los perseguidos y sus familias, y por distintos caminos dirigimos esta ayuda a la Unión Soviética. Ayudamos a los detenidos, a sus familias, a los que van a visitarlos, a los que les envían paquetes de víveres, a los recién liberados que carecen de medios de existencia, a los despedidos por razón de sus convicciones que se quedan sin ingresos (para una mente occidental esto es difícil de concebir: aquí a uno lo pueden meter en la cárcel, pero no lo pueden echar de su trabajo por sus convicciones. Si es que lo despiden, se busca trabajo en otro sitio. Pero nosotros tenemos un solo patrono, el Estado, y si el Estado-patrono decide no darle trabajo a uno, no se lo dará nadie más. Uno no está en la cárcel, pero su familia se queda sin medios de vida).

En cuanto a mi residencia concretamente en Zurich, se debe a que estaba entonces escribiendo el libro Lenin en Zurich, recientemente aparecido, y sólo allí podía encontrar el material de archivo que necesitaba.

domingo, 2 de diciembre de 2007

Otra foto fija: 24 de febrero de 1981

Con materiales que me ha enviado Zápiro y alguna "cosilla" más que he encontrado "por ahí" aquí os envio -oh lectores- dos nuevos testimonios de lo que fueron esos días, en este caso centrados en Barcelona y en "el día" después.

"La noche del 24 de febrero de 1981 yo tenía veintitrés años, llovía y hacía mucho frío en Barcelona, y era uno de los dos mil que habíamos considerado necesario participar en la movilización ciudadana contra el intento de golpe de Estado. Esa noche se me cayó la cara de vergüenza y es probable que la cara siga en el suelo desde entonces. Había soportado muy escocido el hecho de pasar las primeras horas del golpe de Estado en la habitación de que disponía en casa de mis padres, escuchando la radio como un bobo y tomando notas de alta semiótica: bajé a las Ramblas y sólo vi al cantante Raimon que iba preguntando con la mirada, como yo, sólo que él debía de tener las respuestas, por adulto y por poeta. Éramos una generación sin épica, una generación de héroes prestados, ropavejeros, de segunda mano (tiene ventajas: hay muy poco arrepentimiento en los que trato: el arrepentimiento se basa en la acción), que ni de desencanto podíamos presumir: más que una generación éramos un pasillo ... Pero la noche del 24 de febrero el escozor se transmutó en desaliento: el golpe de Estado fue para Cataluña lo mismo que para el Departamento de Estado norteamericano: un asunto interno.

Arcadi Espada 'Contra Catalunya. Una crónica'

“Nunca lo sentí tanto y tan claramente como una noche que me llevó a las orillas del llanto político... Fue la del 24 de febrero de 1981, al día siguiente del golpe de estado del 23-F... hacía frío. Era de noche. Por el Arco de Triunfo abajo, camino del Parlamento de Cataluña, desfilaban los demócratas catalanes en oposición al golpe y en defensa de la democracia. Pero apenas desfilaba nadie. Cuatro gatos, si se comparaba con Madrid: los mismos que nos manifestábamos contra Franco. Nada del millón que recibió a Tarradellas. No había más gente que la de Comisiones Obreras y UGT, del PCE-PSUC y del PSC-PSOE. El resto brillaba por su ausencia, “Tranquil, Jordi, tranquil” era la frase del día. Y “tranquilos por si acaso”, la consigna de la noche. No sólo éramos pocos los manifestantes ateridos bajo una llovizna inclemente, sino que, llegados al Parlamento, desde dentro no abrieron las puertas. Como pasó con Joan Corominas cuarenta años antes, la democracia en España era un problema... exterior... y ahí estábamos los tontos útiles de siempre, los emigrantes, los sindicalistas, los antifranquistas, los antifascistas, los forasteros que nunca habían acabado de entender cual era su sitio. Y sin una bandera. Ni una bandera española... Antes de aquella noche había decidido irme de Barcelona por razones morales y políticas. Después de aquella noche me alegré de haber tomado esa decisión por razones de higiene ciudadana, de pulcritud ética... cuando se encuentra a alguien o a algo para echarle la culpa de todo, es fácil no tener la culpa de nada ni correr el menor peligro porque, al fin y al cabo, lo malo es siempre ajeno, siempre viene de afuera. Eso es el nacionalismo. De ahí su éxito.”

Federico Jiménez Losantos, "La ciudad que fué. Barlelona, años 70."

viernes, 30 de noviembre de 2007

Foto fija de España: 23 de febrero de 1981

Otro de los “grandes desconocidos” por la historiografía oficial es Víctor Alba (seudónimo de Pere Pagès i Elies). Periodista y militante histórico del POUM, exiliado entre 1943 y 1975 , polígrafo y autor de más de cien libros -la mayoría editados fuera de España. Muerto en 2003 . He elegido a Victor Alba, en primer lugar porque creo, que es uno de aquellos autores, pertenecientes al exilio republicano, más interesantes y más necesarios de reintegran -de una vez por todas- a una cultura como la nuestra, la española, tan tendente al sectarismo y al ninguneo. En segundo lugar, porque creo que su autobiografía, “Sísifo y su tiempo. Memorias de un cabreado”, es un libro que -además de muy ameno y muy bien escrito- es fundamental para entender la evolución de España a lo largo de todo el siglo XX. Una buena muestra, es el párrafo que os presento.

Sobre estos temas, ya he tratado aquí, aquí y aquí.

“Hubo un momento en que S, como otros de su generación, creyó que podría ser útil: el 23 de febrero de 1981, cuando Tejero ocupó el Congreso y los diputados se agacharon.... S estaba en Ginebra, dando un curso para la KSU que tenía allí un grupo de estudiantes. Vio por la televisión francesa las imágenes de Tejero y tomó el Talgo de las nueve de la noche: En las estaciones de Perpiñan y Cerbère vio algunas caras conocidas que se ponían a salvo, y llegó a Barcelona cuando Tejero todavía estaba en el Congreso, chanchulleando con Armada. Durante largas horas de viaje S había imaginado a la gente concentrada. En Barcelona fue a ver algunos amigos. Nadie se había movido. En algunos pueblos de los alrededores de Barcelona, los únicos que se presentaron en los ayuntamientos fueron viejos, que no encontraron ni tan sólo a los alcaldes. En Ribes, el alcalde tuvo que echar un escándalo a algunos de los más radicales, que hablaban de hacer las maletas. S comprendía que desde Madrid y la Generalitat se diera la consigna de no salir ala calle, para evitar que los militares se imaginaran otro 19 de julio. Pero no entendía que los sindicatos no dieran la consigna de que, si los sublevados vencían, estallara una huelga general... Nunca en mi vida, dice S, sentí la mezcla de rabia, desprecio, impotencia e indignación, asco y desilusión que sentía aquellas 48 horas pasadas en Barcelona. Tejero acaso dio dos vueltas de llave al sepulcro del Cid, pero Franco consiguió una victoria póstuma al haber convertido a un pueblo en cuarenta millones de mansos que sólo pensaban en el piso comprado a plazos y en el vídeo o la moto que querían comprarse. Jamás me he sentido tan desgraciado como en aquellos dos días de febrero en Barcelona. Ni siquiera los dos últimos días de marzo de 1939. En el siglo pasado habrían hablado de “lubridio”, en 1935, de vergüenza, ahora hablan de sensatez.”


Víctor Alba. Sísifo y su tiempo. Memorias de un cabreado (1916-1996)

domingo, 23 de septiembre de 2007

Los papeles de Don Adolfo Suarez

"Y yo no opino, como muchos, que el pueblo español estaba pidiendo a gritos libertad. En absoluto. El ansia de libertad lo sentían sólo aquellas personas para las que su ausencia era como la falta de aire para respirar. Pero el pueblo español, en general, ya tenía unas cotas de libertad que consideraba más o menos aceptables... Se pusieron detrás de mí y se volcaron en el referéndum del 76, porque yo los alejaba del peligro de una confrontación a la muerte de Franco. No me apoyaban por ilusiones y anhelos de libertades, sino por miedo a esa confrontación; porque yo los apartaba de los cuernos de ese toro..."


(Entrevista inedita publicada hoy en ABC realizada por Josefina Martínez del Álamo en julio de 1980)

domingo, 20 de mayo de 2007

Un libro: “Los 70 a destajo. Ajoblanco y libertad” de José Ribas.


Estoy leyendo la jugosísima reconstrucción (no se me ocurre otra palabra más acertada, ya que no son ni unas memorias, ni una confesión, ni un diario...) de la revista Ajoblanco durante su época más “heroica” e influyente: la transición; y el retrato de toda una generación de la izquierda libertaria. Muy recomendable se esté o no de acuerdo con los presupuestos de los que parte el autor. De lo que llevo leído hasta el momento me quedo con un párrafo:

“Muchas veces lo he pensado: pertenezco a una generación con mitos -Jim Morrison, John Lennon, Andy Warhol, Che Guevara- pero sin maestros. En España, las circunstancias nos forzaron a ser autodidactas; nos formamos gracias al cúmulo de curiosidades sentidas y experimentadas hasta el fondo de nuestras almas. Algunos pagaron el atrevimiento con la muerte” (Pg 57)

.........


-¿Y ahora?
-Desde luego no eso de “maestros”....
-¿Y los mitos?
-Nada. El único mito valido era el de la esperanza utópica.

“La crisis de ideas causada por la erosión y el desdoro de las doctrinas que intentaban sustituir la tradicional metafísica de las convicciones religiosas por teorías políticas de carácter escatológico” ha supuesto la victoria de una ironía desnuda de cualquier mito humanista, de cualquier un mito que se oponga -por ejemplo- a la barbarie. La ironía de nuestros modernos y posmodernos es usada por unos... “para azotar la sociedad de consumo, otros aún luchan contra la religión o contra la burguesía. A veces la ironía expresa algo más: la desorientación en medio de una realidad plural. A menudo simplemente encubre la pobreza de pensamiento. Porque si no sabe que hacer, lo mejor es volverse irónico. Después ya veremos”

Zagajewski En defensa del fervor” (Pg15)

domingo, 6 de mayo de 2007

Geometrías de la Transición

Arcadi Espada en su blog:


"Es llamativo, convendrás, cómo en España se han acabado adoptando las maneras hegemónicas del discurso nacionalista catalán o vasco, que durante treinta años ha ocultado su miseria intelectual y sus responsabilidades morales con un discurso donde el enemigo (y su presencia más o menos fantasmal) ha diseñado toda la lógica del discurso."


Quizá habría que puntualizar dos cosas:



  1. Quizá no sean treinta sino cuarenta años; los orígenes hay que buscarlos en el tardofranquismo-antifranquismo que sobrevive todavía en la generación que está en el poder.

  2. La hegemonía se ha desarrollado pariendo de una hiperlegitimación de unos nacionalistas de los que a su vez depende la legitimidad de unas izquierdas que a su vez dan -o quitan- legitimidad a las derechas (eso que se llama ahora centro).