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lunes, 3 de febrero de 2025

"Cuando una nación tiene un cáncer. El octubre de los argelinos en Francia" de José Jiménez Lozano ( El Norte de Castilla, 3 de diciembre de 1961)

 

Cuando una nación tiene un cáncer

El octubre de los argelinos en Francia

I) Los hechos

Octubre. 1961: De veinte a treinta mil argelinos se manifiestan en París el 17 de octubre: cuatro o cinco mil el día 18, y algunos millares más de mujeres y niños, el 20. Gritan que se libere a Ben Bella o «Viva Argelia argelina».

Las cifras oficiales hablan de tres muertos (uno de ellos europeo) el primer día y de dos el segundo. Se efectúan 14.094 detenciones.

II) Las causas

Las causas directas y próximas de las manifestaciones son las medidas tomadas por la Policía el 6 de octubre y que aconsejan a los argelinos que no aparezcan en las calles entre las ocho y media de la tarde, y las cinco y media de la mañana del día siguiente, mientras los cafés a los que ellos suelen acudir deben cerrar sus puertas a las siete de la tarde.

La razón de estas medidas, según la Policía, es doble: 1) Proteger a los agentes de los atentados nocturnos; 2) Proteger a los mismos argelinos honestos de los atentados de los miembros del F.L.N.

En la realidad: es una medida discriminatoria contra los argelinos, que les impide acudir a sus trabajos nocturnos, abrir sus tiendas o divertirse buenamente.

Un testimonio: «Yo empleo a lo largo del año a seis obreros argelinos. Desde hace un mes, todos ellos han sido sucesivamente arrestados y puestos luego en libertad a los tres o cuatro días. Ayer mismo se detuvo a uno de esos obreros míos, que lo ha sido durante cuatro años, mientras en un bar se tomaba un café tranquilamente con su mujer. Su hoja de servicios en el Ejército, pensaba él, que le ponía al abrigo de toda detención. El dueño del bar me dijo luego que había enseñado a Policía sus recibos de jornal, su cartilla militar, su certificado de domicilio. Pero, por lo pronto, se le montó en los coches de la Policía. Le volveré a ver, sin duda como a los otros, dentro de unos días con la cara hinchada y señales de golpes en el cuerpo. Siento una horrible vergüenza».

Las causas últimas y profundas de estos servicios policiales y de las manifestaciones son una sola y vieja causa: el acceso de la guerra de Argelia, que ha comenzado a reventar ahora todo el pus acumulado durante siete años.

III) Más hechos

Descubrimiento de cuerpos de argelinos arrojados al Sena o colgados en el bosque de Vincennes o Meudon, con anterioridad y posterioridad de las manifestaciones.

Una redada en el Metro: Entre la muchedumbre es interrogado un argelino. Mientras que saca su documentación, un agente rompe su bastón sobre la cabeza del infeliz; la sangré corre. La muchedumbre murmura, pero “pasa de largo”.

IV) Las consecuencias

Las consecuencias de las manifestaciones han sido las violencias ejercidas sobre los argelinos. Violencias en caliente y violencias en frío.

Violencias en caliente; que serán, si no justificables, al menos explicables en unos hombres, como los policías, cuyo cuerpo ha perdido varias decenas de sus miembros asesinados por los terroristas del F.L.N. Pero la brutalidad de la represión y su amplitud no son ni siquiera explicables.

Un testigo: En “Démocratie 61” escribe Pierre Berger: «Nuestras ventanas dan sobre la calle de Lille y el bulevar Saint-Germain. Ante nuestras ventanas, un pelotón de C.R.S. y un grupo de agentes, metralleta en mano, barrieron la calle de Lille. En el otro sentido, una cincuentena de musulmanes avanzó hacia el bulevar Saint-Germain. Estos hombres marchaban tranquilamente. Estos hombres manifestaban en voz casi baja las palabras que significaban su razón de haberse lanzado a la calle. De repente, los C.R.S.  dispararon. La carga fue muy breve, las fuerzas del orden pusieron a la pared a los manifestantes Después los golpearon con los puños, a patadas y con la porra. Uno de ellos tiró».

Violencias en frío: Heridos abandonados, falta de alimentos, y de la higiene más elemental entre los que concentraron; frío. 7.000 argelinos concentrados en el Campo de los Deportes no pueden dormir durante varios días. No se llamó en ningún caso a la Cruz Roja. Nazismo, en fin, resucitado.  

V) Las reacciones

En el Parlamento. — Ante todo esto, Claude Petit, diputado de la circunscripción del Loira, ha dicho en la Asamblea: «Estamos viviendo lo que no comprendimos que los alemanes vivieron después de la llegada de Hitler al Poder.» Testimonia otros casos y dirigiéndose al ministro del Interior [Roger Frey] dice: «la bestia horrible del racismo está suelta. Cierre rápidamente la trampa, señor ministro».

La prensa. — “La Croix”, católico: “En la sola ciudad de Saint-Denis se han contado 170 desapariciones desde el 1º. de octubre”. “El número de cadáveres de argelinos sacados del Sena desde el 1º de octubre sobrepasa con mucho las cifras oficiales”. “Un manifestante, llegó a casa con tres golpes en la cabeza. A la mañana siguiente quiso reanudar el trabajo. A mediodía tuvo que volver a casa orinando sangre”.

“Le Populaire” socialista: “Los rostros del odio y del racismo, que muchos no querían ver disfrazados como estaban en su bienestar y su civilización, aparecen bajo la luz brutal de disturbios en la Calle”.

“Le Figaro”, centro derecha: “gran número de víctimas han sido golpeadas después de su detención en el curso de escenas de violencia en frío. Miles de hombres están alojados desde hace días en locales inadaptados para tal objeto. ¿Se han tomado todas las medidas de urgencia indispensables para que sea respetado el mínimo de dignidad humana y de humanidad?

Los Sindicatos. — Protestas y testimonios. Amenaza de huelga si la represión continúa.

Los Intelectuales — Protestas. Se les prohíben reuniones. Los estudiantes, en su gran mayoría, se manifiestan por la solidaridad con los argelinos y recogen ayuda.

El poder.—El señor [Maurice] Papon, en la Alcaldía: “La Policía no puede tener en cuenta los argumentos de los que no reaccionan nunca cuando son asesinados los agentes y se liberan ahora del miedo que pasaron el 17 de octubre”.

El señor [Roger] Frey, en la Asamblea: “No tengo ni el comienzo de una sombra de prueba”.

Sin embargo, se han nombrado siete jueces de instrucción para abrir encuestas y el fiscal general ha recibido numerosas querellas contra la Policía.

La Iglesia.—En vísperas de las manifestaciones, los cardenales condenaron de mañera absoluta el ritma de odio y violencia y todas mis manifestaciones. Al día siguiente de la manifestación tuvo lugar una nueva llamada del cardenal [Maurice] Feltin para que los cristianos se hiciesen los defensores de la dignidad humana.

En el distrito XIII de París, un sermón como un grito de solidaridad con los argelinos y la petición de actuar en su favor, porque “hay momentos en que la oración y la compasión no son suficientes”.

En San Pedro de Neuilly petición a los cristianos para que ayuden a las familias de los argelinos.

La Federación Protestante de Francia: protesta.

Unión de Sociedades Judías y gran rabino de Francia: “Nosotros, las victimas clásicas del racismo, expresamos nuestra solidaridad a las víctimas”.

Los parlamentarios cristianos y musulmanes: protesta airada.

Vergüenza e indignación en todos los ciudadanos franceses y en todos los hombres del mundo.

Cuando una nación tiene un cáncer

Francia está dividida entre los territorios de la O.A.S. y sus partidarios, y los partidarios de la Independencia de Argelia. Los franceses tienen sus por quejas legitimas contra los terroristas del F.L.N., y los argelinos que trabajan en Francia se sienten humillados por los franceses. Violencia de un lado y del otro. Si Francia duda en ceder a Argelia a los argelinos por más tiempo, el tiempo de la comprensión habrá ya pasado. Argelia será independiente a pesar de los franceses y contra éstos, y a causa de la ceguera de éstos será antifrancesa y fatalmente antioccidental.

Argelia es el cáncer de Francia, un cáncer de racismo y de odio. Si no se “saja” mañana mismo, quitas intoxique la paz del mundo entero. Y destruya totalmente el sentido ético de toda una civilización, de toda una época.

JOSE J. LOZANO, "El Caballo de Troya" de El Norte de Castilla, 3 de diciembre de 1961, p. 7.

lunes, 27 de abril de 2020

"Juliette Greco. La flor venenosa de Saint Germain" por Juan Pedro Quiñonero (Diario 16 [Disidencias], 9 de enero de 1983, pp. 26-27 [VIII-IX])



Ella podía codearse con los asesinos de Ben Barka, con Jacques Prevert o el mismísimo Camus. Sus amoríos con un fotógrafo de «Life» o varias generaciones de reporteros de «París Match» colocaron su nombre en las mejores revistas de la época, convirtiéndola en el mito, en «la musa del existencialismo», la «flor venenosa» de Saint-Germain-des-Prés, auténtica aldea cosmopolita del París dé entonces. Juliette Greco acaba de publicar «Jujube», un desmemoriado libro de memorias, en el que la «musa» sólo ofrece las chucherías de una época dorada.

Si mademoiselle Greco hubiese nacido en Tomelloso, sus días de gloria la habrían dirigido primero al viejo Pasapoga, al Chicote de la posguerra, para caer luego en Las Palmeras o el no menos desaparecido El Abra, hasta el descenso final en la calle de la Ballesta y los camioneros. Pero, hija de una burguesa más o menos ilustre, educada entre la rué de Seine y el distrito XVI, sus amores con sucesivas generaciones de fotógrafos de «Paris Match» la convertirían en «la flor venenosa de Saint-Germain-des-Prés», la «musa del existencialismo» …

Y su libro de memorias, «Jujube» (ed. Stock), es un excelente testimonio para rastrear las historias de cama, la evolución de un cierto París noctámbulo, y seguir el curso de las costumbres en los bares y clubs de moda de una aldea cosmopolita: Saint Germain des Pres, poco más que un barrio, menos que una ciudad. Para el consumo de masas, se trata de un barrio célebre pintarrajeado con todas las chucherías de la mitología de la posguerra: el existencialismo, las «caves» de jazz, los americanos en París, Sartre y la Beauvoir, Camus, los restos del surrealismo.

En ese momento, circulan por ese barrio una docena de genios: Antonin Artaud todavía no ha sido definitivamente encerrado en el manicomio. Sartre todavía es un amigo de Camus y Raymond Aron. Prevert está escribiendo la letra de la canción más inolvidable de la historia francesa y quizá europea, «Las hojas muertas», con música de un emigrante célebre, J. Kosma. Bretón todavía continúa pontificando. El general De Gaulle ya suena con la fuerza de disuasión francesa. Camus ha lanzado su ataque frontal contra las dictaduras comunistas. Edith Piaf colecciona jóvenes de talento, como Montand y Charles Aznavour.

Bataille y Lacan se disputan las prendas interiores de una misma mujer que confiere a ambos sus favores. Orson Welles y Darryl Zanuck se emborrachan con champagne en el Harry’s Bar. Hemingway, Tyrone Power prefieren los martinis del Cryllon, Cary Grant viene a París con Vicente Minnelli. Y Juliette Greco canta, mal que bien, en las tres o cuatro «boîtes de nuit», donde todo ese mundo toma una copa a las tantas de la madrugada, en el Tabou, el Montana, La Rose Rouge.

«Cover story»
Sin duda, la joven cantante que tomase el «rápido» Alicante-Madrid para desembarcar con su guitarra y su peineta en Pasapoga o Chicote no corría el riesgo más que de codearse con señoritos franquistas, legionarios y cuatro pelagatos en el Madrid de «La colmena». Mademoiselle Greco tuvo otra suerte: en el Deux Magots, tomando café, podía dar el coñazo a Sartre. Cruzando la acera, en Lipp o en el Flore, se podía codear con los asesinos de Ben Barka o con Jacques Prevert. Y tomando una copa en el Tabou podía ligar, desde el escenario, con los turistas americanos. Cuando uno de esos turistas se llama Cari Perutz y trabaja como fotógrafo en «Life Magazine», acostándose con él un par de semanas es posible aparecer en un gran reportaje mundial como la «musa» del existencialismo. Si. apenas dos años más tarde, el fotógrafo se llama Jean Manzon y es el corresponsal del «Paris Match», en Río de Janeiro, madeimoselle Greco volverá a ganarse una «cover story» en el célebre carnaval y tener un maravilloso recuerdo de aquellos días de Vino y rosas en la legendaria posguerra.

Pero mademoiselle Greco, por aquellos años (ha acabado la guerra y hay que ganarse la vida) también se preocupa por la vida del espíritu: Ingresa como «militante» (???) en las Juventudes Comunistas. Sin embargo, su ardor militante es muy moderado: el joven Jorge Semprún debe visitarla en su hotel para reclamarle sus cotizaciones al partido. Mademoiselle Greco, al mismo tiempo, no se pierde un «cocktail» en la mitológica Nouvelle Revue Française, de Gastón Gallimard. Y robando canapés se codea con gente ilustre: Maurice Merleau-Ponty (que trabaja en su «Humanismo y terror»), Raymond Queneau (que no se inspira en ella para escribir «Zazie dans le metro», evidentemente), Sartre (fervoroso prosoviético), Camus (que prefiere la soledad compartida en la redacción de «Combat»).

«Ganas de vivir»
En realidad, las «ganas de vivir» de mademoiselle Greco tienen un origen familiar: sus abuelas «amaban» la «fiesta de los toros». Su padre abandonó muy tempranamente a su madre, que decidió convertirse en enérgica oficial del Ministerio francés de la Marina. Y una coincidencia reciamente francesa: una de sus abuelas tuvo unos «adorables» criados que eran portugueses, y su madre (y la propia Greco) siempre recordó «con cariño» a una chacha española «sencillamente entrañable».

Huida
El fracaso de la vida matrimonial de sus padres no fue un drama para ella. Sin embargo, la joven Jujube (apelativo irrisorio para todos los libreros donde pedí la biografía de mademoiselle Greco, hasta encontrar su libro) antes de convertirse en Juliette Greco (nombre familiar y nombre de guerra, a un tiempo) siempre fue una niña triste. Y se escapó siempre de todos los colegios de religiosas donde su madre la internaba. Jujube, mademoiselle Greco, huía siempre a caballo, por supuesto. Y de ahí nacería un amor por las huida que bien conocieron, más tarde, la veintena larga de esposos, amantes, compañeros de viaje, amores de un par de noches y simples colegas que soportaron el «temperamento» de mademoiselle Greco.

Tras un viaje a Moscú (cosas de la época), Michel Picoli se descubriría solo y abandonado y con todas las facturas del piso por pagar. Paro mademoiselle Greco era ya una «gran señora» de la canción francesa. El existencialismo a palo seco, con jazz y ginebra de garrafa ha dejado paso a una sofisticación más urbana: champagne, por favor, trajes de seda y marcas de automóviles de prestigio (Maseratti, Jaguar, etcétera). «La náusea» ha dejado paso a la educación sentimental de una novela de éxito, «Buenos días, tristeza», de otra joven impertinente, Françoise Sagan.

Saint-Germain-des-Près ha sido ampliado hasta Saint Tropez, que es a Benidorm lo que Madrid es a París. Las grandes comedias sobre la Costa Azul, maravillosas cuando son fotografiadas por cineasta centroeuropeo afincado en California, evocarán con colores pastel ese mundo literalmente inexistente, pero reconstruido con pasión en los cuentos y novelas de Somerset Maugham. Y el personaje de mademoiselle Greco juega un papel: el Tirone Power de «El filo de la navaja» la visita en el Tabou, media docena de millonarios sudamericanos le llenan los zapatos de joyas. Jujube es ya definitivamente Juliette Greco.

Limites pueblerinos
Sin embargo, niña-adolescente-joven-mujer no ha salido jamás de esa aldea cosmopolita que se llama Saint Germain des Pres. Para mademoiselle Greco, los límites geográficos de su universo «internacional» son francamente pueblerinos. La plaza de La Sorbona y el Luxemburgo son una frontera que limita con lo desconocido y peligrosos arrabales. El restaurante Allard es la frontera con la plaza de Saint Michel: Mejor no llegar nunca. Por el sudeste, Chez Dominique se encuentra ya en una tierra de nadie. sólo frecuentable porque Sartre se deja allí buena parte de sus derechos de autor. Al oeste, las ediciones Gallimard marcan el límite de las tierras colonizadas por los amigos de mademoiselle Greco.

Quedan fuera de esa geografía «bon chic, bon genre» el París proletario y canalla de los bulevares inmortalizados por Yves Montand. Mademoiselle Greco no entiende nada, tampoco, del París eterno propio a la mitología de Marcel Proust y Marguerite Yourcenar. Los personajes del París canalla de Belleville, tan íntimamente ligado a la Piaf y Maurice Chevalier, son para mademoiselle Greco tipos excesiva y brutalmente proletarios. El París suburbano de la gran «banlieu» roja, el París frente-populista de Julien Duvivier o Rene Clair son para ella unos ilustres desconocidos. El París sonámbulo de Celine, el París elegante de Anouilh o Giraudoux, el París galante de Jacques Laurent, el París cosmopolita de Mac Orlan, son para ella ciudades desconocidas. Para mademoiselle Greco, París es una ciudad extraña y lejana que existe en las afueras de su aldea natal, Saint-Germain-des-Prés. Más allá de esa tierra local sólo existe lo desconocido y la barbarie.

Incluso dentro de su aldea más o menos cosmopolita, los límites de mademoiselle Greco son considerables. El suyo es un mundo de cuatro «boîtes de nuit» que tuvieron sus días de gloria durante treinta años, y que hoy son ya, apenas, pasto para las tropas turísticas, negros, emigrantes y provincianos que todavía no se han enterado que todas esas majaderías del existencialismo y las «caves» de jazz fueron un invento de los genios del periodismo de la época, manipulando la opinión a través de «France-Dimanche», el «France Soir», de Pierre Lezareff y «Paris Match».

De ahí la pureza final del testimonio de Juliette Greco: ella se creyó, en serio, aquellas historias que la inmortalizaban, y continúa creyendo que sus «potpurris» en el Tabou deben tener las proporciones de la «Crítica de la razón dialéctica» o el interminable «Flaubert», de Sartre. Y en sus memorias habla tuteando a Merteau-Ponty y esperando que el lector comprenda que el autor de «Humanismo y terror» estaba con ella tomando una copa la noche que decidió romper con Camus.

Para mademoiselle Greco el hecho de haber cantado «Las hojas muertas», mal que bien, tiene unas proporciones semejantes a la obra de Lacan o el mismo Prevert. Cruzarse en una esquina con Antonin Artaud (que, por supuesto, no tenía literalmente nada que hablar con mademoiselle Greco) cobra unas dimensiones históricas. Y acostarse con toda una saga de fotógrafos, periodistas, escritores, directores de cine, millonarios es sólo una cuestión de sensibilidad en la que ella no sabe descubrir las proporciones que tuvieron diez noches de cama en la conquista de una «cover» en el «Life» o en el «Match» de la época.

Soledad
Al fin, las memorias de mademoiselle Greco concluirán melancólicamente. En el origen, hubo una historia de amor descarriado, el de sus padres. En el principio. sólo hubo sucesivos desencuentros amorosos, cuerpos que se encuentran en la oscuridad de oscuros apartamentos copulando sin placer en demasiadas noches de soledad.

Al fin, sólo quedan recuerdos sin gloria, y un interminable rosario de fantasmas, nombres ilustres que tomaron una noche una copa en el Tabou para no volver nunca más, y la soledad interminable de quien contempla cómo su antigua aldea cosmopolita ha sido ocupada por las hordas de turistas, las manadas de emigrantes que buscan, sin encontrar, los memorables recuerdos que ella creyó protagonizar, dejándose fotografiar para las revistas de modas de la época que ya no se interesan ni por ella ni por su personaje, ni siquiera por su historia. Otras «boîtes de nuit» pueblan la fragancia de la noche parisiense, otros personajes engañan a las modistillas provincianas desde las revistas del corazón, otras historias de amor transcurren en otros hoteles. Pero Juliette Greco, ella, prosigue su inacabable peregrinar por su vieja aldea.

El Deux Magots y el Flore han sido tomados por asalto por lo más selecto de la homosexualidad del barrio. En el kiosko de enfrente ha sentado sus reales el viejo anarquista que viaja anualmente a las corridas de San Isidro. Al Tabou sólo van a bailar negros de La Martinica. La vida sigue igual.

Ilustres banalidades
Es difícil hilvanar un texto en el que hay tantos hombres ilustres como banalidades y trivialidades. Es difícil transitar y codearse con tantos monstruos sagrados para coleccionar una cantidad tan considerable de simplezas mentales.

«Jujube» (ed. Stock), de Juliette Greco, es el ejemplo ideal de la «literatura comprometida» y la «literatura testimonio». Desde su infancia a la decadencia popular de las modas «existencialistas» (please, please: un respeto para los viejos maestros), Juliette Greco se siente llamada a un destino singular, y su libro es una evocación detallada de cada una de sus citas fallidas con la eternidad.

Sartre es evocado en una cierta ocasión en que el autor de la «Crítica de la razón dialéctica» le dijo a Greco que pensaba escribir una letra de una canción. Camus aparece en el libro porque un amigo de mademoiselle Greco frecuentaba un café en el que el autor de «El extranjero» tomaba una copa de vez en cuando. Merleau-Ponty fue una vez al Tabou: pero allí estaba mademoiselle Greco para dejar testimonio. Artaud cruzó un día por la rue des Saint-Pères, y Greco lo recuerda en ese preciso instante.

Hubiera sido genial contar las manías alcohólicas, noctámbulas, sexuales o gastronómicas de esa pléyade de genios de muy diverso pelaje. Pero mademoiselle Greco, con los años, ha perdido la memoria para tales detalles nimios: sólo recuerda las chucherías insignificantes que a ella se le ocurrían en aquellos se le ocurrían en aquellos momentos.

Desgraciadamente, sus memorias no dejan constancia de las huellas que hubieran podido dejar en ellas tales devaneos.

Quedan, no obstante, en su obra, las huellas, los rastros, más bien, de un transitar tumultuoso de monstruos y celebridades por una aldea-barrio-cosmopolita de un momento importante para el arte y la cultura occidental. Y, en ese marco, las memorias de mademoiselle Greco ayudarán, un día, a los atribulados navegantes que decidan emprender la búsqueda de esos perdidos tesoros en el océano sin fondo del tiempo que se fue para no volver.

Juan Pedro Quiñonero, Diario 16, 9 de enero de 1983, pp. 26-27.

domingo, 7 de octubre de 2018

"La leyenda de Saint-Germain" por Juan Pedro Quiñonero (Blanco y Negro, 25 de octubre de 1995)


Le Tabou en la década de 1950
REPORTAJE
LA LEYENDA DE SAINT-GERMAIN

En torno a una antigua iglesia y la plaza que la rodea se levantó, hace décadas, el santuario de la intelectualidad francesa, un lugar que filósofos, escritores, músicos, pintores... artistas, en fin, muchos de ellos españoles, poblaron e hicieron mundialmente famoso. Saint-Germain-des-Prés guarda la misma cara de ayer, pero hoy su espíritu es otro. Ahora, prestigiosas firmas internacionales de moda, auténticos templos del lujo, se han instalado en algunos de los enclaves donde hace cincuenta años había viejas librerías, bulliciosos cafés, atiborrados garitos. Muchos de estos lugares casi míticos continúan abiertos en la estela de la leyenda de un barrio convertido en el corazón cultural de París, que así latía hace medio siglo.
Los orígenes de la leyenda de Saint-Germain-des-Prés se remontan hacia el año 1000 o 1100, cuando unos monjes de la iglesia y antigua abadía que da nombre a esa plaza, con movidos por el suplicio de unos mártires cristianos en Córdoba decidieron viajar a pie hasta la cuenca del Guadalquivir para rescatar sus reliquias, transitando, sin saberlo, por la ruta que llevaría a Europa los metros y la noción del amor que estaba naciendo en Al-Andalus y debía sembrar muchos de les cimientos espirituales de nuestra civilización. 
Esa ruta y esa misma plaza tuvieron muchas otras prolongaciones. Una de las arterías principales del Barrio Latino continúa siendo la calle Saint-Jacques, que debe su nombre al Camino de Santiago que ahí comenzaba, a los pies de Notre-Dame, para continuar siguiendo la frontera sudeste de los jardines de Luxemburgo. En el alba de las literaturas románicas, Ramón Llull escribió una de sus obras maestras en otra antigua abadía que estaba en esos mismos jardines. El joven Ignacio de Loyola no pudo desconocer, digámoslo así, la abadía donde floreció la revolución espiritual de Port-Royal, piedra bautismal de la prosa francesa moderna, tan próxima a una de las residencias parisinas del madrileño Jorge Santayana. El navarro Miguel Servet frecuentó la facultad de Medicina tan próxima al futuro círculo revolucionario que Moratín conocería, horrorizado, durante el Terror.
Esa milenaria tradición se prolonga, intacta, hasta nuestros días, de manera olímpica y majestuosa. Don Nicolás Estébanez Calderón le contaba a don Pío historias y aventuras de otro tiempo, que Baroja utilizó, profusamente, para escribir la trilogía de París que comienza con «Los últimos románticos», sentado en el mismo café donde, mucho más tarde, Simone de Beauvoir, sola sentarse a escribir cartas de amor a su novio novelista americano. Y la novela de don Pío comienza en la esquina de una calle donde residió Faulkner, durante una temporada, a dos pasos del restaurante donde solían cenar Ramón Gómez de la Serna y Corpus Barga, temiendo que Baroja apareciese, como un ángel de la Historia, para darles la noche con sus profecías apocalípticas.
Imaginemos. En la misma plaza y los mismos cafés, el Flore y el Deux-Magots, donde, hace siglos, era de buen tono imaginar a Sartre, Albert Camus o Simone de Beauvoir departiendo, amablemente, durante la ocupación alemana. También compro sus periódicos, mucho antes, inventando, con Azorín, nuestro periodismo moderno, Agustí Calvet, Gaziel, futuro director de La Vanguardia, que comenzó por instalarse en un hotel que está a la espalda del establecimiento donde se hospedaron Antonio y Manuel Machado, huyendo de Madrid y Sevilla, en vísperas de su encuentro, capital, con Rubén Darío.   
La editorial Garnier, donde los Machado esperaban encontrar las traducciones que los redimiesen de la pobreza y el olvido, estaba a dos pasos del antiguo Royal Saint-Germain el más legendario de los cafés del barrio, hoy suplantado por el imperio de un célebre modelo italiano, frente a la calle Saint-Benôit, donde residía Marguerite Duras acompañada de sus sucesivos amantes y estaba la célula del Partido Comunista Francés (PCF) que provocó una crisis moral todavía irresuelta, hoy, cuando la biógrafa de una novelista y los herederos de sus amantes y maridos, han desenterrado una lúgubre historia de chivatazos y campos de concentración.
El fantasma de esas discusiones de café, elevadas por Merleau-Ponty, en su ensayo «Humanismo y Terror», a proyecto de comprensión filosófica de los campos de concentración estalinistas, en la plaza de Saint-Germain, sobrevive, amenazante, por los estantes de la misma librería de entonces. La Hune, frente a un quiosco de periódicos que dirige un antiguo anarquista amigo de Xabier Domingo, que hoy esgrime, con orgullo, un escudo del Betis Balompié.
Los ex combatientes de muchas causas revolucionarias y subversivas se quejan, amargamente de que en el antiguo cuchitril donde, hace años, se vendían discos y canciones revolucionarias cubanas se haya instalado hoy una célebre marca de mecheros y objetos de lujo. En la calle de La Huchette, donde se estrenó y estuvo en escena, durante treinta o cuarenta años «La cantante calva», de Ionesco, es difícil sobrevivir al tufo angustioso de bocadillos presuntamente «griegos» o «tunecinos». La vieja librería que tenía la mejor colección de libros de poesía ha sido sustituida por un aparto de moda japonesa, o así. La antigua librería de Antonio Soriano se ha transformado, y Michele Pochard ha hecho fructificar la suya, especializada, siempre, en temas españoles o hispanoamericanos, en la misma calle donde vivió Pascal y don Pío contemplaba, atónito, la triste suerte de la religión positivista de los seguidores y seguidoras de Auguste Compte, por la misma acera que transitaban Jorge Guillen y Pedro Salinas, a la salida de sus cursos en la Sorbona.
Llega la noche. Quienes ya no tienen edad para nacer vida nocturna se lamentan, en vano, que Saint-Germain ya no es lo que era. En verdad, cuando yo llegué a París, hace siglos, también, el Tabou se había convertido ya en un antro infecto, frecuentado por turistas brasileños de muy distinta sensibilidad sexual, y era sencillamente imposible imaginar que allí hubieran podido ser felices Boris Vian, Miles Davies o Juliette Greco, que, mucho me temo, no dicen nada a quienes se han educado con «E.T.» o «La Guerra de las Galaxias».
Evocar la guitarra de Django Reinhardt, en el Montana o a Roger Vadim en Le Rose Rouge quizá sea tan peregrino como lo era, para mí, escuchar a mi abuelo evocar la inmortalidad de las cupletistas de post-guerra. Queda. Sin embargo, una leyenda nunca escrita. Varios de esos antros donde los abuelos de hoy bailaban, entonces, el be-bop, estaban a dos pasos del hotel donde don Antonio descubrió la enfermedad de Leonor, otro lejano 14 de julio, cuando la gente del barrio se divertía en un baile con acordeón y el poeta que estaba escribiendo las «Soledades» se estrellaba contra el muro de la incomprensión de la burocracia hospitalaria, que sigue estando donde estaba, sin que nadie haya puesto una placa en aquel hotel, a la vuelta de la esquina de una de las residencias de Apollinaire.
Se han escrito millares de olvidables páginas evocando el fugitivo paso de Sartre por un café que también frecuentó, durante unos años, Néstor Almendros, cuando presentó su primera película sobre la situación de los homosexuales en Cuba y ya se había convertido en uno de los más grandes fotógrafos de cine de todos los tiempos. Pero es necesario insistir sin remedio en que César González Ruano se pasó muchos años yendo y viniendo entre esa plaza, la iglesia de Saint-Sulpice, donde fue bautizado Baudelaire, y la calle Campagne-Premiére, ya en Montparnasse, en el hotel donde una placa recuerda a Man Ray y los dadaístas, olvidando que allí se escribió, en parte, la mejor biografía, en castellano al menos, de uno de los patriarcas fundadores de la poesía moderna.
No sé si es un azar que los Machado vivieran en el mismo hotel que también frecuentó Verlaine. Pero viviendo, yo mismo, en el mismo barrio, es difícil no sentirme perseguido por esa prole de fantasmas. Las primeras figuras de Belén que conocieron mis hijos las compró en una tienduca que está a unos metros del teatro del Vieux Colombier, donde Valery Larbaud consagró a Ramón como una figura universal sólo comprable a Joyce y Proust. Siguiendo por la misma calle se llega hasta la esquina del hotel Lutecia, frente a la antigua y diminuta habitación donde Mercé Rodoreda escribió buena parte de su obra: desde esa azotea se ve, siempre, el último despacho de Raymond Aron, cruzando el bulevar que cada día toman mis hijos, Juan Florencio y Pedro, para llegar a su colegio, Stanislas, que fue frecuentado, en un tiempo, por S.M. el joven Alfonso XIII.
La vida sigue. Saint-Germain-des-Prés, la iglesia y el barrio están tan vivos como siempre. Un modista italiano ha hecho la donación de muchos millones de pesetas para restaurar las vidrieras de la iglesia. El jefe de sala de Lipp continúa evitando que los pudientes americanos y japoneses paguen a bajo precio una mesa reservada para las celebridades locales, pero es impensable que un resistente marroquí o iraní dé cita en ese restaurante a ningún amigo, ni parece sensato imaginar que allí se reúnan los turbios personajes que pudieran ordenar la detención de Ben Barka, Carlos, que puso una bomba en el Drugstore, ya desaparecido, que sustituyó a otro legendario café, está en la misma cárcel, La Sante, donde ya estuvo Durruti, y las turistas japonesas se preguntan si en el lugar donde ellas se compran ropa gallega pudo un día conspirarse para planear la revolución planetaria mundial.
Muchos de los artistas franceses que han pintado Saint-Germain han imaginado toscos chafarrinones de color. Hay que recurrir a los españoles de la Escuela de París, Viñes, Peinado, Manuel Ángeles Ortiz, etcétera, que vivieron en el barrio, para poder aspirar el perfume que ilustran, de otro modo, las imágenes de Doisneau o Cartier-Bresson.
Y ese perfume habla de algo inmaterial, volátil y puramente estético. El legendario beso de la fotografía de Doisneau no se tomó en Saint-Germain, sino frente a la alcaldía de París, y hubo muchas parejas que se creyeron con derecho a exigir derechos de pose o autoría. Por las librerías de viejo, que son muchísimas en el barrio, todavía circulan ejemplares de la primera edición de la primera antología de Ramón traducida por Mathilde Pomes. La Casa de Cataluña, las librerías de Antonio Soriano y Michelle Pochard, las tiendas de moda gallega, una gran empresa familiar de perfumes catalanes, varias tiendas de tejidos de decoración valencianas, un vendedor de periódicos, el café donde se fundaron varías comunas estudiantiles posteriores a mayo del 68, hablan de una tradición que se remonta a Ramón Llull y los monjes de la abadía de Saint-Germain que viajaban a Córdoba, a pie, en busca de milagrosas reliquias, hace unos mil años.
Viejas historias. Don Pío iba a los cafés de la plaza de Saint-Germain para escuchar de un viejo ministro en el exilio las viejas historias de la Comuna de París y sus desharrapados personajes, anarquistas de otra época, bakuninistas en acción, hijos de princesas legitimistas, prófugos de un Madrid de opereta y café con leche, poetas que sólo pagan con calderilla, desventurados que iban a morir en lo alto de una barricada. Muchos de esos personajes perduran, de alguna manera, por la leyenda de algunas canciones interpretadas a la guitarra por Django Reinhardt, que era gitano y apátrida, y nunca supo solfeo, pero escribió e interpretó muchas de las melodías que se confunden con la leyenda de este barrio, que tiene muchas otras leyendas y muchos otros personajes. En la lejanía del tiempo y la memoria, nada me cuesta confundir, para siempre, esas historias que vienen de muy lejos con la historia y la canción de las hojas muertas que. cada otoño, vuelven a caer, como en el poema de Verlaine que descubrieron los Machado por estas calles y todos los adolescentes leímos un día, creyendo que nunca alcanzaríamos el paraíso que confundíamos con los jardines de Luxemburgo y hoy es nuestra única patria, en el más dorado de los exilios.
Juan Pedro QUIÑONERO. Blanco y Negro, 25 de octubre 1995, pp. 64-71.

sábado, 22 de septiembre de 2018

"Dostoievski y Sartre" por Czeslaw Milosz (Cuadernos Hispanoamericanos, abril de 1984)



Sartre, con Ilyá Ehrenburg. París, 1955.
Dostoievski y Sartre
Probablemente jamás escribiré un libro sobre Dostoievski. No obstante, eso no me impide contar cómo sería ese libro. No entraría a rivalizar con una multitud de profundas monografías y agudos análisis sobre determinadas obras; en cambio, ofrecería ciertos conocimientos sobre Dostoievski que aclararían al lector aspectos sobre su figura y su lugar dentro de la literatura mundial, que son un tanto diferentes a lo generalmente aceptado. Es posible que esa interpretación divergente sea justamente la causa por la cual la escritura de ese libro se me antoja una tarea peligrosa e ingrata.
Estudiando a Dostoievski y enseñándolo a estudiantes norteamericanos, no pudo pasarme inadvertido que este escritor va transformándose, condicionado por el relator. Probablemente este hecho no fue observado debido a las diversas nacionalidades de los «dostoievscólogos», ya que pretenden una objetividad científica a pesar de que su cosmovisión y sus simpatías o antipatías influyan sobre los métodos de sus investigaciones y razonamientos. La crónica de la acogida recibida por Dostoievski en el curso de los cien años transcurridos desde su muerte podría servir como ejemplo de las sucesivas modas intelectuales y de las influencias de filósofos diversos sobre el pensamiento de los estudiosos.
Dejando de lado momentáneamente a los autores rusos, se podrían, grosso modo, distinguir varias fases de la recepción de Dostoievski en Occidente, comenzando por Crimen y Castigo, leído en traducciones realizadas a fines del siglo XIX y altamente estimada por Nietzsche. Sin embargo, la así llamada «alma eslava», de la que Dostoievski debería ser un fiel exponente, fue generalmente tratada con cierta ironía, y la crítica francesa bromeaba acerca de la santa prostitución de Sonia Marmieladow como si la hubiesen arrancado literalmente viva de una novela sentimental.
La marcha triunfal de la novelística de Dostoievski a través de Occidente durante las primeras décadas del siglo XX tiene una relación directa con el descubrimiento de una nueva dimensión del ser humano: el subconsciente y las fuerzas dionisíacas en las que se unifican eros y tanathos. No obstante, la resistencia opuesta a la creciente influencia del escritor ruso por escritores como Middleton Murray o D. H. Lawrence, se merece una reflexión. D. H. Lawrence decía que «una penetración sorprendente se combina en él con una perversión repulsiva. No existe nada puro. Su amor salvaje a Jesús se va mezclando con un odio ponzoñoso. Su repugnancia moral frente al demonio se amalgama con una secreta adoración.»
Estas voces objetoras cedieron prontamente su lugar a una admiración general, y la fama de Dostoievski crece paralelamente a la de Sigmund Freud. Lo cierto es que Freud, por razones evidentes, consideraba Los hermanos Karamazov, la novela sobre el parricidio, como la novela más grande que jamás haya sido escrita, equivocándose en su juicio sobre la epilepsia de Dostoievski: se apoyaba en detalles biográficos erróneos, tal como fue demostrado por Joseph Frank. El «freudianismo» influyó durante décadas los estudios hechos sobre Dostoievski, en un período que podría llamarse psicologista. Relativamente efímera, y difícil de separar, fue la fase en que los estudiosos enfocaron sus análisis bajo la luz de la filosofía existencialista, para atiborrarse a continuación con rastreos del pensamiento del autor que se expresaba por boca de sus personajes y dirigir toda su atención a la estructura artística de las extraordinarias novelas de Dostoievski; tan extraordinarias que cabría preguntarse si ellas no supusieron el fin de la novelística, en general. Este pensamiento no me parece infundado.
Mis alumnos se mostraron muy sagaces cuando me ocupé de la psicología de los personajes o cuando traté de demostrar cuántas de las intenciones del autor fueron reveladas por el análisis estructural. También aprendieron —como suele suceder con gente joven—, con alegría, la divergencia entre la creación y la no muy atractiva cocina que es la personalidad de un genio. Sin embargo, se encontraban en apuros cuando se enfrentaban a ciertos hechos. Por ejemplo, les resultaba difícil entender la afección de Dostoievski por el poder autocrático. Y no sólo entonces, cuando al regreso de Siberia se convierte de revolucionario en conservador. Condenado a muerte junto a un grupo de veintiún compañeros, puesto delante del pelotón de ejecución y conmutada la pena, perdonado en el último instante (una comedia urdida por el Zar), aún está en el destierro siberiano cuando escribe tres odas: una sobre la guerra de Crimea, con amenazas proferidas contra Francia e Inglaterra; la segunda, en ocasión de la muerte de Nicolás I, en la cual compara al zar-gendarme con el Sol y dice que no es digno de pronunciar su nombre («con la boca obediente, nombrarlo no me atrevo»); y la tercera, escrita para la coronación de Alejandro II.
Los versos son muy malos y no correspondería excluir totalmente una razón lateral para haberlos escrito: el deseo de mejorar su suerte, lo cual está de acuerdo con lo que sabemos acerca de los puntos de vista del autor.
Este detalle biográfico, al igual que otros semejantes, corresponden a una esfera donde los caminos de la grandeza de Dostoievski dejan de ser mis caminos, es decir, que nuestra atención se dirige hacia otros aspectos. Para mí, Dostoievski es más interesante como el ser humano que en su vida tuvo un único y muy serio romance: Rusia; y que eligió a Rusia como la verdadera heroína de sus obras. Podría parecer que la psicología de sus personajes y sus descubrimientos en la esfera de la estructura novelesca lo convierten en un escritor verdaderamente internacional; en cambio, su adoración al trono y a los altares, su odio chovinista hacia católicos y judíos, sus burlas a franceses y polacos, lo encierran dentro del cerco de un país único. A mi parecer no es así; por el contrario, cuanto más ruso es Dostoievski y tanto más sucumbe, por amor a Rusia, a fobias y obsesiones, tanto mayor es su papel de testigo de toda la historia intelectual de los últimos dos siglos. El mismo dijo: «Todo depende de los próximos cien años.» Y no es posible negar su regalo profético.
Una de las lecturas fundamentales de la familia Dostoievski era la Historia de Rusia, de Karazmin, y el futuro escritor la conocía desde su infancia. Esta obra mostraba el espectáculo inagotable de la inmensidad rusa, el ilimitado poder de sus monarcas. Cuando Dostoievski fue confinado en la fortaleza de Petropavlovsk, escribió declaraciones en las que expuso sus puntos de vista sobre la monarquía, que sonaban tan sinceros que el solo objetivo de salvar su vida no pudo haberlas dictado. Según su criterio, la Revolución Francesa era indispensable; en cambio, en Rusia, nadie que estuviese en su sano juicio, podía pensar en una forma de gobierno republicana, recordando los vergonzosos hechos de Nóvgorod. Según la opinión de Dostoievski, Moscú quedó bajo el yugo tártaro debido al debilitamiento del poder del príncipe, salvándose gracias a su fortalecimiento, que fue proporcionado por el gran conductor que fue Pedro el Grande.
¿Cómo es posible que un socialista, marcado por Fourier, haya podido escribir de tal modo? Se lo podría adjudicar a la típica dualidad dostoievskiana; probablemente estaremos más cerca de la verdad afirmando que estas dos tendencias, socialismo y autocratismo, siempre coexistieron en Dostoievski: sólo su énfasis fue variando. Su colega del Círculo Petrashevski, Nicolás Danielevski, pasó por una evolución similar, pero como glorificador del zarismo y del paneslavismo en su obra Rusia y Europa, no renunció a los sueños socialistas de su juventud: simplemente los insertó en su doctrina totalitaria.
Dostoievski pensaba como un hombre de Estado. Durante charlas transcurridas en la prisión de Omsk, consideró la conquista de Constantinopla como un deber preponderante para Rusia. La obra de su madurez, comenzando por su viaje inicial a Occidente, en 1962, se podría diferenciar señalando que antes fue un artista, mientras que ahora el artista y el hombre de Estado actúan conjuntamente. Sus libros describían
la situación espiritual de la intelligentzia rusa y se convierte en el cronista de sus transformaciones espirituales de década en década, incluso de año en año. Lo cual propone un interrogante esencial: ¿Qué significan esos cambios para el futuro de Rusia, en qué constituyen una amenaza? No constituye una exageración si afirmamos que hay en esos libros algo de rastreo, conducido por un acusador público de excepcional inteligencia que sabe lo que tiene que buscar, porque es al mismo tiempo el acusador y el acusado.
La intelligentzia rusa discute en las novelas de Dostoievski sobre los problemas básicos de la existencia humana, problemas que al menos no son extraños a los personajes de la novela occidental en su versión del siglo XVIII e incluso en sus versiones románticas, como, por ejemplo, en George Sand. En ninguna otra circunstancia, sin embargo, los contrincantes han expuesto la cuestión en forma tan áspera y llegaron a conclusiones tan extremas. Ellos vuelven a vivir de un modo dramático lo que Nietzsche, un contemporáneo del joven personaje de Crimen y Castigo, Raskolnikov, llamó «la muerte de Dios». Además, el ateísmo no es en modo alguno un asunto privado e individual; es del mayor interés por parte de la autoridad, puesto que el ateo acaba, por regla general, en revolucionario. Esto lo confirma el camino seguido por el precursor de aquella generación de la intelligentzia rusa, Vissarion Bilinski. En Crimen y Castigo, el crimen de Raskolnikov es, de hecho, una especie de sustitución, en realidad, él sueña con una gran acción revolucionaria, cuya justificación proveería la historia. En sus opiniones y aspiraciones se siente totalmente aislado: de un lado está la autoridad, representada por el oficial de policía, Porfirio; del otro lado, está el pueblo ruso. Cuando se hallaba deportado en Siberia, sus compañeros de prisión, simples campesinos, quieren matarlo porque es ateo. Teniendo en cuenta esto, Crimen y Castigo contiene una fórmula importante para toda visión de la obra de Dostoievski: la defensa e independencia de Rusia reside en sus autoridades, al igual que según creía Dostoievski en la sincera religiosidad del pueblo ruso. En cambio, la inteligencia la amenaza. De qué amenaza se trata, queda demostrado en su novela Siesy (Los poseídos). Dentro del sorprendente y penetrante análisis de esta novela, quizá llega a las mayores profundidades la exclamación de un viejo soldado, después de oír una conversación donde se asevera la no existencia de Dios: «¿Si no hay Dios, qué clase de capitán soy yo?» Este hombre establecía una relación entre la religión y los orígenes del poder. No hay que olvidar que la intelligentzia rusa se alimentaba con la filosofía de Voltaire y las reflexiones sobre la Revolución Francesa. La decapitación de Luis XVI puede parecer hoy día como uno de los sucesos sensacionales que tanto abundan en la Historia, ni más ni menos importante que los demás. En realidad, ese fue el final de un orden basado en la convicción de que el rey gobierna porque es el portador del Sacramento divino y sus inferiores mandan con su autorización. A partir de allí correspondía buscar otras fuentes de autoridad, aunque fuesen las de una conspiración dirigida por un solo hombre, Piotr Wierjovianski, como sucede en Los poseídos. La novela Los hermanos Karamazov, que según la intención del autor debió haber sido la coronación de su obra, tiene como tema básico la rebelión de los hijos en oposición a¡ padre. Esto hace aflorar una pregunta: si el hecho de que el padre es amoral anula automáticamente su autoridad. Iván Karamazov contra el padre, y a la vez contra Dios-Padre. Los hermanos Karamazov es, esencialmente, un tratado sobre la abolición a través de la intelligentzia rusa de la autoridad Dios-Padre, Zar-Padre y padre de familia.
Cuando los intelectuales occidentales escriben acerca de Dostoievski, siempre se asombran de que en hombre que penetra tan profundamente en la psicología de sus personajes pudiera tener ideas tan reaccionarias. Tratan de apartar esas opiniones de sus puntos de vista, a lo cual ayuda la «polifonía» de sus novelas. No se dan cuenta de la diferencia que los separa del escritor ruso. Ni uno solo, en sus novelas o ensayos, toma como centro de sus intereses la aflicción ante los intereses del Estado. Por el contrario, están sentimentalmente del lado de esos personajes que, ante un poder establecido, quieren rebelarse. En cambio, para Dostoievski, Rusia como Estado no suponía solamente un territorio habitado por rusos. De Rusia depende el porvenir del mundo: de si quedará contagiada por el ateísmo y el socialismo provenientes de Occidente —tal como ya ha sido contagiada su intelligentzia— o será salvada por el zarismo y el piadoso pueblo ruso, que cumplirán su vocación de rescatar a toda la humanidad. Aliosha Karamazov, en los volúmenes subsiguientes de la inconclusa novela, iba a representar a un nuevo tipo de activista trabajando en armonía con la fe popular.
Dostoievski se equivocó en su «eslavofilia» idealizada del pueblo ruso. En realidad no halló ninguna otra esperanza y el dilema se presenta claro: si la «Santa Rusia» no era capaz de resistir, la intelligentzia hará de ella lo mismo que los personajes de Los poseídos hicieron a escala de una ciudad de provincias. En la larga historia de las recensiones críticas sobre Dostoievski realizadas en diversos países, el lugar preferente, en cuanto a la comprensión de sus intenciones, debe corresponder a un grupo de filósofos rusos cuya actividad tuvo influencia a principios de siglo, especialmente sus pronunciamientos publicados en un volumen de ensayos, en Viekhi (1908) e Iz glubiny (De Profundís, 1918). Según ellos, las profecías negativas de Dostoievski comenzaron a cumplirse. Puede decirse que esto no debe extrañar, ya que ellos se oponían a la Revolución. Pero la opinión acerca del cumplimiento de las profecías de Dostoievski también estaba extendida entre los revolucionarios, tanto en 1905 como en 1917. Uno de los admiradores de Los poseídos fue el primer comisario de Instrucción Pública después de la Revolución de Octubre, Lunacharski.
«Resulta difícil no ver en Dostoievski al profetizador de la Revolución Rusa —escribió en 1918 Nicolai Berdiaev—. La Revolución Rusa está imbuida de esos principios, que Dostoievski presentía y cuyo análisis fue desarrollado en sus obras con genialidad. Dostoievski tuvo la capacidad de penetrar en lo más profundo de la dialéctica revolucionaria rusa y extraer conclusiones límites. No quedó en la superficie de las estructuras e ideas sociopolíticas: llegó al fondo y extrajo esa verdad, revelando que la Revolución Rusa es un fenómeno metafísico y religioso, más que un hecho social o político. Así es como consiguió, a través de la religión, acercarse a la naturaleza del socialismo ruso.»
Los rusos entendieron las preocupaciones políticas de Dostoievski, ya que, corno él, pensaban en términos «estatales»: es decir, balanceaban el advenimiento de tal o cual idea al tratar sobre la permanencia del Estado, ya fuese contrarrevolucionario o revolucionario. Sus colegas occidentales se ocupaban del individuo, no de Francia, Inglaterra o América. Lo cierto es que durante el siglo XX se extendió entre ellos el convencimiento de que el hombre que se respeta trata al sistema capitalista establecido como algo pasajero, y en silencio espera su fin. El sorprendente parecido entre las posturas de la intelligentzia rusa, descrito por Dostoievski, y la posición de los intelectuales occidentales cien años después, nos lleva a la conclusión de que su preocupación por el futuro de Rusia le permitió describir una visión de enormes dimensiones, tanto en el tiempo como en el espacio.
El término «intelectuales occidentales» es, sin duda, demasiado general, con riesgo de malentendidos. Sin embargo, si tuviéramos que elegir una figura que resalte los rasgos comunes relacionados con ese término, bailaríamos una base más firme para poder utilizarlo. Existe un personaje así: se trata de Jean-Paul Sartre, apodado algunas veces el Voltaire del siglo XX. Aquello que impacta en él, es —como en sus antecesores rusos— la inusual intensidad de sus controversias ideológicas. La revolución intelectual europea, que comenzó en el siglo XVI, se introdujo en Rusia con un considerable retraso, y la intelectualidad rusa tuvo que apropiarse de esas ideas en unas pocas décadas, algo que para los occidentales ilustrados fue paulatino, abarcando varios siglos. De allí la extraordinaria fuerza y violencia de esas ideas, las cuales, por añadidura, no encontraron un aparato social bien desarrollado en sus diversas funciones Por razones que merecen un análisis particular, surgió durante el siglo XX en los países occidentales un vacum peculiar en el que quedó encerrada la intelectualidad, que empezó a descubrir sus propios conceptos ante una especie de supervisión de vulgares comedores de pan. Tal como sucede en Dostoievski, donde Raskolnikov o Iván Karamazov están solos con su solitario razonamiento. No sólo la intensidad acerca a Jean-Paul Sartre a estos personajes: también los une la abstracción de su pensamiento.
¿No resulta extraño que en la Francia librepensadora (en un país que había visto mucho y estaba inclinado a desbaratar ideas, con un simple encogimiento de hombros, desde hacía mucho tiempo) la idea de «la muerte de Dios» se convierta de pronto en un asunto tan crucial como lo fue alguna vez para los jóvenes rusos discutiendo ante una copa de vodka? Sin duda, para el existencialismo francés se pasa a un compromiso activo para transformar el mundo —y he aquí otra analogía con los rusos—, ya que el hombre, una vez que Dios está destronado, se convierte él mismo en Dios y asume su propia responsabilidad, que se manifestará a través de sus acciones.
Un capítulo sobre «Sartre como personaje de Dostoievski», abriría indudablemente perspectivas interesantes. También aquí correspondería introducir razones de parentesco entre algunos aspectos de la filosofía de Sartre y la del propio Dostoievski. Ante todo tengo in mente aquello tan célebre de Sartre: «El infierno son los otros»: es decir, el problema entre el sujeto y los demás, que a su vez también son sujetos; cada ser humano, individualmente, procura alcanzar el poder sobre los demás para convertirlos en objetos, puesto que mirándolos ve en sus ojos el mismo deseo, el de convertirlo a él en objeto: los demás se convierten en su infierno. Esta es exactamente la problemática del orgullo y la humillación en Dostoievski. Cuando Sartre escribió L’être et le néant (en 1943) no pudo conocer el libro sobre la poética de Dostoievski de Bakhtin, donde ese aspecto se expone precisamente de este modo. En cambio, el «psicoanálisis existencial» en el libro de Sartre coincide con las conclusiones de Bakhtin, a pesar de que Sartre no parece consciente de sus coincidencias con el novelista.
Las características específicas de la vida rusa en el siglo XIX pueden dificultar la visión de los problemas de aquella época desde una óptica actual y como si aún siguieran siendo válidos. Sartre, en su búsqueda de la libertad, sigue los pasos de El hombre del subsuelo, un personaje que inicia en Dostoievski una serie de grandes monólogos filosóficos. Por añadidura, la filosofía hegeliana (introducida en Francia en 1930 por el ruso Alexandr Kojève o Kazevnikov) tiene una influencia decisiva sobre Sartre. Igualmente, puede ya rastrearse en el fondo de los discursos de Raskolnikov sobre los grandes hombres a los que la historia absuelve si cometieron crímenes a su servicio. Raskolnikov, revolucionario latente, situado en la topografía de San Petersburgo, presta durante sus paseos una particular atención a la plaza donde tuvo lugar una rebelión frustrada. Por cierto, hubiese hecho mejor entregándose a la acción revolucionaria, en lugar de matar a una vieja usurera. Pero hacia 1860, fecha en la cual transcurre la acción de la novela, resulta demasiado pronto para eso. Hubo que esperar hasta 1870, con la aparición de la figura de Niechaiev Piotr Wierjovianski, de Los poseídos. Igualmente, Iván Karamazov sostiene su fundamental enjuiciamiento acerca de la inmoralidad de Dios en su nombre de los prometidos compromisos del ser humano, lo cual es la médula del pensamiento y razón de la acción sartreana.
¿Qué hay que hacer? Este título de la novela de Chernishevski es característico de la intelligentzia rusa del siglo XIX y también podría ser la máxima de la inagotable actividad de Sartre. Estuvo, eternamente en la búsqueda de una causa a la cual entregar sus fuerzas. Todas esas causas estaban ligadas a la esperanza de un derrocamiento del orden existente y su reemplazo por un orden distinto, a pesar de que en relación a esto último Sartre cambiaba de ideas constantemente. La localización de sus esperanzas, cada vez en un país diferente, y sus sucesivos desencantos, tenían en sí algo cómico y patético; la Unión Soviética, Yugoslavia, Cuba, China... para terminar repartiendo volantes en la calle con jóvenes izquierdistas. En esa su permanente necesidad de nuevas respuestas a la pregunta ¿Qué hacer? Sartre, por lo menos, no estaba solo. Por el contrario, puede servir de ejemplo esa misma inquietud en miles de intelectuales y semiintelectuales.
Resulta difícil no observar en esa «pesca» de causas, engendrada por la actualidad, un fenómeno de vacío interior, que debe ser reemplazado por la sensación de una búsqueda desinteresada de tal o cual noble objetivo. Del mismo modo son arrancados los personajes de Dostoievski del marasmo de la vida cotidiana, la cual, con su entorno poco espabilado, les asegura una tranquilidad de pequeñas aspiraciones y pequeños éxitos. La religión y el almanaque litúrgico no importan para nada a esos seres: la moral tradicional ha sido abandonada, el enriquecimiento como finalidad es para ellos algo horrible e inconsecuente; se puede conseguir dinero mediante el crimen, la usura o jugando a la ruleta, jamás a través del trabajo. La Rusia sencilla y común estaba sujeta a ciertos ritmos dictados por la costumbre; los intelectuales; en cambio, están encerrados en el círculo mágico de sus pensamientos y de sus ensueños acerca del papel excepcional como salvadores en potencia de la humanidad. Su enfermedad es la falta de razones para vivir, y Dostoievski trata de definir este taedium vitae a través, sobre todo, de la creación de personajes fuertes llamados al compromiso, pero incapaces de comprometerse por un exceso de introspección, como Svidrigailov o Stavrogin.
Es probable que para esta enfermedad —que ha adquirido en nuestro siglo un carácter masivo, debido a un mayor acceso a la cultura—, no pueda proporcionarse aún un diagnóstico preciso. Creo que habría que buscar sus causas en el debilitamiento de la percepción existencial o quizá en el concepto de la existencia como absurdo. Las pesadillas que visitan a Stavrogin y Svidrigailov podrían ser introducidas en La nausée, como Sartre tituló su novela, escrita antes de sus numerosos compromisos revolucionarios. En L’Être-en-soi, habla de un mundo inhumano, y esa inhumanidad no despierta en Sartre ni piedad ni extrañeza, como antaño, por ejemplo, sucedía con Goethe; por el contrario, lo presiona con su falta de sentido y lo obliga a refugiarse en la esfera de las acciones humanas. Por tanto, se trata de una cuestión metafísica. Más de un cristiano contemporáneo quedaría sorprendido si se le dijese que el «Voltaire del siglo XX» no fue representativo sólo para los intelectuales alejados de la religión, sino que anuncia las transformaciones acaecidas dentro de la Iglesia. Si la Iglesia se interesa, desde un tiempo a esta parte, en abrazar nobles causas sociales para ponerse a su servicio, tal vez sea debido a que tanto la jerarquía eclesiástica como los fieles han percibido que el lado metafísico del cristianismo se va evaporando, dejando tras de sí, únicamente, un conjunto de reglas acerca de la convivencia entre las gentes.
Para Dostoievski, los intelectuales viven en un submundo o se rebelan abiertamente contra la sociedad. Raskolnikov no se considera culpable de la muerte de la prestamista y de su hermana. La culpable es su propia debilidad, debido a la cual quedó condenado por la sociedad. Después de una primera etapa sentimental en sus escritos, en la cual los héroes eran «pobres gentes», Dostoievski introduce una distinción entre los conciertos y los demás, situados en un escalón inferior a la conciencia. Solamente los primeros le fascinaron, hasta el punto de transferirles sus sentimientos, identificándose casi con Iván Karamazov y con su relato «El gran inquisidor». Debe notarse que tal división, entre los iniciados y los demás, es bastante típica entre todos aquellos que en nuestra época siguen el ejemplo de la intelligentzia rusa. Quizá fue un descuido, por parte de Simone de Beauvoir, la compañera de Sartre, titular su novela acerca de ese medio, Los Mandarines. No será una exageración si decimos que el sentimiento de pertenencia a la élite de los elegidos excita el espíritu, ya que los elegidos son los que penetran los secretos del proceso histórico y conocen el futuro. Pintonees no están ya unidos por la religión, sino por el saber, por una gnosis particular que les permitirá pronunciar juicios deducidos de premisas presumiblemente impenetrables, sin preocuparse por lo tangible pero suficientemente terrenales para un filósofo realista.
¿Qué significa esa particular mutación de los héroes de Dostoievski, cuyos rasgos podemos percibir en sociedades y épocas diferentes? Si la intelligentzia rusa se convirtió en precursora de la intelligentzia europea y americana, ¿a qué regla habrá que atribuirlo? ¿Por qué la importación —pues todo el alimento de la Rusia culta, incluyendo los modelos literarios de Dostoievski, se importaba de Alemania, Francia e Inglaterra—, dio como resultado un espejo semejante? Nos hemos acostumbrado a creer que si las sociedades se parecen entre sí por sus estructuras económicas y políticas, también deben tener medios similares de comunicación en filosofía, literatura y teatro. Este convencimiento parece pertenecer a esa parte de la herencia marxista que se convirtió en una propiedad común. Pero, ¿cabe imaginar una semejanza entre la Rusia zarista —con la división de su pueblo en castas inscritas en registros oficiales, su máxima centralización del poder y su inmenso campesinado analfabeto— y los países desarrollados de Occidente en la segunda mitad del siglo XX? Como ya lo mencioné anteriormente, ¿acaso no hubo en Occidente un equivalente a la intelligentzia tusa, esto es, capas específicas separadas de los vulgares comedores de pan, sufriendo por esa causa y adjudicándose un singular papel prometeico? ¿Acaso debemos aceptar sencillamente la tesis de que las ideas tienen una vida autónoma y son más importantes que las diferencias económicas y los sistemas políticos? Si así fuese, el desmoronamiento de los fundamentos metafísicos del poder y su ética individual —lo que Nietzsche llamó «la muerte de Dios»— fue oscurecida en Occidente por la praxis del crecimiento económico, que ocultó estos problemas. Pero de pronto aparecieron en la superficie, coincidiendo con la crisis del sistema parlamentario.
La actividad de grupos terroristas en los años sesenta y setenta, tales como los Weathermen o el Ejército de Liberación Simbiótico en Estados Unidos, las Brigadas Rojas en Italia, etc., señala —como en Los poseídos— que lo que se cuestiona es la legitimidad del Estado. En Rusia, el grupo Nievchaiev —cuyo proceso proporcionó a Dostoievski el material para su novela— negaba la legitimidad del poder monárquico y de todo el sistema apoyado en su sacralidad. Aquí, en Occidente, llegó el turno de la autoridad fundada en las elecciones. Por supuesto, los revolucionarios saben cuál es la «verdadera» voluntad del pueblo, que se diferencia de esa voluntad aparente e inconsciente, y por eso actúan en nombre de la «verdadera» voluntad.
Resulta fascinante la coincidencia de motivaciones de esos grupos con las que encontramos en Los poseídos, pero también hay diferencias considerables, ante todo desde el punto de vista de la participación de la «mass-media» actual. Sin embargo, esto no fue explorado por ningún novelista, lo cual podría demostrar que la obra dejó de reaccionar ante los sucesos de la vida pública, sumergiéndose en un extremo subjetivismo. Dostoievski escribió Los poseídos en caliente, cuando todavía se desarrollaba el juicio al grupo Niechayev. Existe también otra explicación a esa falta de interés de la literatura por estos acontecimientos, que después de todo tenían gran importancia. Dostoievski pensaba en el futuro de Rusia y en los peligros que le acechaban. Pensaba como un defensor del régimen, para lo cual fue un excelente procurador. La aparición de la novela conmocionó a la intelligentzia progresista, que la consideró como un libelo contra el movimiento revolucionario. Las simpatías de la opinión pública ilustrada se inclinaban hacia los jóvenes rebeldes de diversas tendencias, rodeados por un halo de heroísmo y martirio, y cuyos juicios se convertían en enjuiciamientos al poder. El novelista que hoy día eligiera como temática un análisis malicioso u hostil al pensamiento y el comportamiento de un grupo terrorista se vería expuesto al reproche de ser un partidario del orden existente, lo cual se convierte en un pecado imperdonable entre las personas de cierta línea de pensamiento. Hay que recordar que justificaciones de las actividades terroristas han obtenido las firmas de Jean-Paul Sartre, Herbert Marcase y otros. También ha sucedido con actividades de terror a nivel estatal, como por ejemplo el genocidio perpetrado en Camboya por estudiantes formados en la Sorbona. Puesto que muchos intelectuales simpatizan, abierta o tácitamente, con el terror, sería difícil esperar de ellos un retrato multifacético pero negativo de los terroristas, como lo hizo Dostoievski en Los poseídos. Finalmente, también Dostoievski tuvo que romper en su tiempo con los cánones a los que respondía el compromiso de la intelligentzia. En vano buscaríamos conceptos similares en la pluma de escritores del tipo de Chernishevski. Por tanto, es más apropiado apartarse de las opiniones convencionalmente aceptadas, como la del genio que se introdujo en Dostoievski a pesar de sus puntos de vista reaccionarios. Más bien podría ser verdadera la opinión contraria: fue un gran escritor, ya que poseía el don de la clarividencia, y ese don lo obligaba a ser reaccionario.
Nicolai Berdiaev, a quien ya he citado, percibió en Dostoievski la capacidad de comprender procesos que alcanzaban una mayor profundidad que la política o los procesos sociales. «Dostoievski reveló una gran maestría al develar consecuencias ontológicas a través de ideas falsas», dijo. «Dostoievski previó que la revolución en Rusia sería lúgubre, cruel y oscura, y que no traería consigo un renacimiento de la humanidad. Dostoievski sabía que el papel principal sería interpretado por el criminal Fiedke, pero que la victoria iba a corresponder a Shigalov». Por cierto que hoy día no podemos dejar de preguntarnos si el diagnóstico de Dostoievski, nacido de su temor por el destino de Rusia, no encierra también una profecía que concierne a Occidente. Se puede aceptar fácilmente la premisa —a la cual por otra parte tiende el evolucionismo, tal como se expone en colegios y universidades— de que existen leyes que rigen el desarrollo histórico. La similitud de las posturas entre la intelligentzia rusa del siglo XIX y las intelligentzias occidentales actuales, correspondería, de hecho, a esas leyes, produciendo en Rusia la caída del Zar y aproximándose aquí a la caída de los regímenes basados en elecciones libres. En las declaraciones de los personajes de Dostoievski no había lugar para la democracia: Raskolnikov creía en un gobierno dictatorial encabezado por individuos excepcionales; Shigelev, el teórico del grupo revolucionario en Los poseídos, sostenía lógicamente su defensa de la esclavitud universal; en cambio, el poderoso pensamiento filosófico de Iván Karamazov elige al Gran Inquisidor como guardián de hombres que no se merecen nada mejor, ya que no son más que niños indóciles, que abandonados a su suerte no sabrían gobernarse. La esencia de la «voluntad general» de Rousseau no cabe en los horizontes estrechos de esos soñadores. En el rechazo de la democracia, que se identifica con la mediocridad burguesa, se está de acuerdo con el mismo Dostoievski, que asocia en Los poseídos el suicidio de Stavrogin con el cantón suizo de Uri, y que en Crimen y Castigo enlaza el suicidio de Svidrigailov con América.
El siglo XIX vive en Occidente el triunfo de una nueva idea, el pueblo como fuente de poder. Después de la decapitación de Luis XVI, desaparece el origen del poder como mandato divino. La antimonarquía se convierte en parte de la retórica libertaria. En Estados Unidos, que surgió de la rebelión contra la autoridad del rey de Inglaterra, Walt Whitman, un contemporáneo de Dostoievski, escribe una poesía que nunca había existido: la poesía de un ciudadano, igual entre iguales. Resulta sorprendente la rapidez con que una corriente crece con fuerza y luego desaparece, dejando lugar en el siglo siguiente a sangrientas burlas sobre las elecciones libres, las legislaturas y el aparato judicial independiente. Tomando a Jean-Paul Sartre como modelo, podemos trazar la transición hacia una nueva forma de retórica, la retórica revolucionaria. Una retórica que se caracteriza por obviar totalmente la cuestión de las fuentes de poder, lo cual lleva en la práctica a la dictadura ejercida por unos contados «sabios» actuando supuestamente en nombre del pueblo, mientras el hombre de a pie queda sin la protección que le proporcionaba una judicatura independiente.
De esta manera, la democracia es abandonada por sus intelectuales más representativos, como otrora fue abandonado el zarismo por la intelligentzia rusa. Tomando de aquí conclusiones para el futuro, sería fácil sucumbir ante analogías aparentes. La intelligentzia rusa estaba aislada en medio de una masa de campesinos iletrados, que la llevaba a la desesperación como una fuerza de inercia encarnada. Cierto hecho, ocurrido en su medio cuando Dostoievski era joven, adquiere aquí un significado más que anecdótico. Pietrashevski, fundador de un círculo político que contaba a Dostoievski entre sus miembros (motivo por el cual éste acabó en Siberia), fundó poco antes de ese acontecimiento un falansterio para sus campesinos según el modelo de Fourier. Los campesinos quemaron prontamente los edificios del falansterio.
El aislamiento de un intelectual del siglo XX tiene un carácter distinto. La revista de Sartre, Les Temps Modernes, halló un público que era capaz de leerla, pero no quiso hacerlo, prefiriendo revistas ilustradas, cómics y televisión. La tendencia general al consumo, los progresos de la medicina y la «sociedad permisiva» se convirtieron en factores nuevos. Crearon una especie de conciencia social blanda, contra la cual se dirigen las plumas de los intelectuales y las bombas de los terroristas. Precisamente, esa conciencia parecería ser algo permanente, algo de lo cual no existe retorno.
Independientemente de todas las analogías, las diferencias entre la Rusia de Dostoievski y el Occidente actual, son muy serias. Tanto más si se trata de sucesos de un pasado histórico que transcurrió en un espacio definido. Sabemos que el pasado está siempre presente detrás de la escena, atravesando la vida diaria. En Rusia, la función de la palabra escrita y de la transmisión oral fue siempre diferente a la de los países occidentales. La complejidad de los organismos sociales capaz de absorber los diversos venenos, existía en el Occidente pero no en Rusia; en Occidente siguen existiendo, pero con características cada vez menos ideológicas.
El renacimiento, en el siglo XX, de los «problemas malditos» por los cuales bregaron los héroes de las novelas de una Rusia atrasada, parece burlarse de todo lo que sabemos sobre las «leyes históricas». Probablemente, buscando señales del futuro en una aparición inesperada, se multiplicarían paradojas por paradojas. Sin embargo, no podría hallarse en ninguna parte más fiable descripción de las tensiones y conflictos fundamentales del siglo XX que en «La leyenda del Gran Inquisidor», de Dostoievski. Los admiradores rusos del escritor consideraban que ese texto tiene la fuerza del Evangelio y de la Revelación de San Juan, y predecían que jamás perdería actualidad, ya que llegaba al fondo de la condición humana. No obstante, sus apocalípticos rasgos pudieron chocar únicamente cuando el texto fue escrito, en una época no apocalíptica, que, por el contrario, estaba llena de fe en el Progreso. Aquello que pudo parecer a sus primeros lectores una fantasía terrorífica y poco clara, es para nosotros una expresión de hechos tangibles. El Gran Inquisidor aparece en el relato como alguien que no desconoce que el hombre no sabe ser libre, que es un adorador de dioses y que cuando carece de dioses se inclina ante ídolos, y capaz de cometer las mayores atrocidades en su nombre. El hombre ansia la autoridad y reme la libre elección. «Él es débil y abyecto -—dice el Inquisidor . ¿Qué importa que ande por todas partes rebelándose contra nuestra autoridad y esté tan orgulloso de su rebelión? Es el orgullo de unos niños que se rebelaron en el colegio y echaron a su maestra. Pero le llegará a los niños el momento de la embriaguez y esto les costará caro. Derribarán los templos y cubrirán la tierra con sangre. Pero, finalmente comprenderán, criaturas estúpidas, que aunque sean rebeldes, son rebeldes sin fuerza y no serán capaces de sostenerse en su rebelión.»
Este enunciado está tan lleno de contenidos que resulta casi imposible desenredarlos a todos. El Dostoievski que fue partidario del poder autocrático del zar y enemigo de los revolucionarios, pasa imperceptiblemente a ser un Dostoievski que le reprocha a Cristo no haber traído el Reino de Dios a la tierra. Tal vez la conclusión más importante de la leyenda sea que los seres humanos son demasiado míseros para poder alzarse contra las leyes de la naturaleza, ya que la naturaleza está bajo el control del «Gran espíritu de la no existencia», es decir; del diablo; y que los que quieren dominar a los hombres deberán tomar la misma decisión que el Gran Inquisidor: colaborar con él.

CZESLAW MlLOSZ
University of California
Dep. of Slavic Languages
Berkeley, Cali. 94720 (USA)

(Traducción del polaco: ROMA MAHIEU)

Cuadernos Hispanoamericanos, 406, Abril 1984, pp. 5-16