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miércoles, 9 de junio de 2021

"Platón, personaje de novela" de Vintilă Horia (Conferencia pronunciada en el Ateneo de Madrid el 28 de enero de 1964)

 


Estos años que vivimos nos han enseñado muchas cosas, algunas peligrosas y absurdas, relacionadas con la mediocre inmersión en lo social; otras, en cambio, verdaderamente nuevas y saludables, impuestas por el auge en el que se encuentra desde hace algún tiempo el interés por el origen y el alcance de las religiones y por su importancia como factores de cultura y civilización. Es debido a este interés como hemos podido llegar al descubrimiento de inmensos espacios históricos y prehistóricos, ignorados hasta hoy, arrinconados por los historiadores del siglo pasado en los archivos de lo incontrolable y, por consiguiente, de lo no existente. Todo el período tildado de mítico y legendario, de exclusivamente religioso, por los positivistas y materialistas y echado fuera de lo científicamente verdadero, o sea, experimentable, aparece hoy, a la luz de los descubrimientos arqueológicos y de la nueva escuela de la historia de las religiones, como nuestro propio pasado, transformando el periodo de la era precristiana en un inmenso espacio de tiempo, del que no somos más que una minúscula península en lenta progresión diría geográfica y, ¿por qué ocultarlo?, en regresión espiritual, la primera no compensando a la segunda.

En efecto, los dos mil quinientos años del período helenístico cristiano son poco en comparación con lo que los precede, cuyos rastros brotan poco a poco de la misma tierra, como una nueva Atlántida emergiendo de las aguas del tiempo. Todo lo que una historia de la filosofía, empapada de racionalismo, nos contaba acerca de los ilustres albores de la inteligencia, colocados en el siglo VI y en los presocráticos y considerados como un fenómeno de generación espontánea, aparece hoy más como una conclusión que como un principio. El llamado milagro griego podía ser considerado como tal en el marco de nuestra civilización, encerrado, como una Gran Bretaña espiritual, en un espléndido aislamiento. En realidad, Grecia no fue más que una continuación y una renovación, en un nivel racional, o sea, mundano, de varias corrientes de ideas, de muchas y antiguas verdades elaboradas en un plan distinto, o sea, puramente espiritual y religioso. No quiero decir con esto que aquel enfoque del mundo sensible a través de lo suprasensible, el tratar de la realidad física a través de la verdadera realidad metafísica, fuera destruido por los filósofos griegos, sino que fueron ellos los que sacaron la sabiduría de los templos, para transformar la teología en filosofía, lo esotérico en exotérico. Es este, en definitiva, el sentido de lo que Heidegger llama nihilismo en el movimiento fundamental de la historia de Occidente, fenómeno marcado por el trágico grito de Nietzsche, en apariencia blasfemo, en realidad nada más que conclusivo, indicativo del fin de todo un proceso que hoy, desgraciadamente, se está volviendo de occidental en universal.

Un espíritu tradicional, en el sentido religioso de la palabra, un espíritu anti-Teilhard de Chardin, podría sacar de aquí conclusiones muy precisas con respecto a lo que los secuaces de René Guenon llamarían el fin de un ciclo; pero no voy a alejarme de mi tema ni asustar a ustedes con pronósticos inquietantes, demasiado fáciles de sacar de todo lo que nos rodea, en España menos quizá que en otros países, pero presente en todas partes según el proceso de universalización de lo que el mismo Heidegger llama «declive esencial de lo suprasensible, o sea, de su Verwesung o descomposición».

Relacionando las dos tesis de mi introducción —o sea, la de la consciencia que tenemos acerca del ensanche de la historia hacia los tiempos más remotos, y la de este pecado originario de tipo filosófico que es la puesta en marcha de la civilización occidental a través de la lenta sustitución de la metafísica por lo que llamaríamos la física, en un sentido general, de lo divino por lo profano—, podemos constatar que la inmensa época que precede a este nacimiento del nihilismo occidental acaba justamente con Platón, el cual encierra en su vida personal, como en su enseñanza, todo lo que le precedió y todo lo que le sucedió, como fin de un principio y como principio del fin. Esto es mucho para un ser humano, incluso demasiado; pero como todo acontece por saltos y no por evolución sistemática y tranquila, alguien tiene que cargar con esto y padecer en su carne lo acontecido y lo imprevisible. Lejos de mí la idea de resumir aquí la filosofía de Platón. Otros lo han hecho, con más vocación para esto, con más o menos objetividad, según los prejuicios de las corrientes filosóficas, científicas e incluso políticas de su tiempo. Lo que voy a contarles, a la luz de lo que acabo de exponer ante ustedes, es el drama esencial que este hombre vivió y que ningún poeta ha transformado hasta ahora en epopeya, ni ningún prosista en novela.

Platón nació en 428 y falleció en 347. Vivió, pues, unos ochenta años, heredando los frescos mitos de la grandeza de los helenos, es decir, del siglo que marcó la victoria sobre los persas, y viviendo en pleno la decadencia de Atenas, la guerra fratricida del Peloponeso, la peste descrita por Tucídides, la destrucción de las murallas de su ciudad al fúnebre ritmo de las flautas, pero también la decadencia de Esparta, la fulgurante ascensión de Tebas, bajo el mando de Epaminondas. Fue contemporáneo de Eurípides, de Jenofonte, de los dos Dionisio, tiranos de Siracusa; maestro de Aristóteles, conciudadano de los grandes rectores Isócrates, Hipérides y Demóstenes, del soberbio Alcibíades, del escultor Praxiteles. Fue, sobre todo, discípulo de Sócrates. Grecia, según la interpretación racionalista y luego romántica de la historia, estaba entonces en el centro del mundo, luchando en contra de los persas en la extremidad oriental de su espacio, con los cartagineses en su mundo occidental, o sea, en lo que habrá de llamarse la Magna Grecia. Fue también discípulo del sofista Critias, pero conoció a Sócrates en su juventud y nos transmitió, ampliándola, transformándola en diálogos escritos, la enseñanza oral del maestro, los sofistas eran entonces lo que los marxistas de la Sorbona son hoy: unos maestros a sueldo que enseñaban a los jóvenes, bajo una falsa luz materialista, el arte de asimilar y aprovechar lo que ellos suponían saber acerca del mundo exterior, según un método controlado por la razón y los sentidos. Algunos de ellos creían hasta en la inmortalidad del alma y en los dioses; otros, no, y estos maestros del vivir práctico, como el famoso Aristipo de Cirenes elevaban el placer experimentado a través de los sentidos al rango de suprema sabiduría, anticipando la enseñanza de los hedonistas. Lo que ellos enseñaban, como decía Platón, eran unas opiniones, pero no la verdad. Estos pequeños espíritus, a los que Platón combatió durante toda su vida, fueron los verdaderos destructores de la ciudad griega.

La muerte de Sócrates, que simboliza para todos los siglos el sacrificio del sabio en nombre de sus ideas, condenado a muerte por la incomprensión de los dirigentes democráticos de su propia ciudad, constituye sin duda el acontecimiento más doloroso en la juventud de Platón, el que le hizo cambiar el rumbo de su vida. Pero el drama mayor de esta existencia ejemplar no fue, según mi opinión, la muerte del viejo maestro, sino otra muerte, la de su Dión, su discípulo favorito, al que Plutarco dedica todo un capítulo en sus Vidas paralelas. Mientras Sócrates inicia a Platón en los misterios de la sabiduría e, indudablemente, en otros misterios que nadie estaba autorizado a comunicar o divulgar por escrito. Platón transforma a Dión de Siracusa en el instrumento realizador de sus principios y de su doctrina política. El trágico fin de Dión acaba no sólo con una vida destinada a las más brillarles hazañas, filosóficas y políticas a la vez, sino que destroza para siempre el gran proyecto de Platón, el sueño de la ciudad ideal, fundado en sus dos famosos libros La República y Las Leyes.

¿Quién fue Dión? ¿Cómo llegó Platón a conocerle? ¿Por qué este trágico fin de un hombre llegado al poder en plena madurez y asesinado en plena gloria? Estas preguntas constituyen por sí mismas de la tragedia de Platón, que no culmina, lo repito, con la muerte de Sócrates, sino con la de Dión. La muerte de los maestros es un fenómeno normal, inscrito en las leyes de la naturaleza; la de los discípulos implica, sin embargo, como en este caso, un porcentaje de responsabilidad que puede transformar el crepúsculo de una existencia humana en un fracaso, a pesar de todas las coartadas y de todas las justificaciones.

El día en que Sócrates bebe la cicuta, Platón tiene veintiocho o veintinueve años. Atenas cambia otra vez de régimen, el partido aristocrático vuelve otra vez al poder, los dos tíos maternos del joven filósofo dirigen los destinos de la ciudad y tratan de consolarle ofreciéndole puestos importantes; pero Platón abandona bruscamente su patria y se dirige hacia Egipto, donde, en Heliópolis sobre todo, es iniciado en otros misterios y estimado como digno de conocerlos. Egipto, constituye, en muchos sentidos, la protohistoria de Grecia, continuando a su vez otras tradiciones más antiguas, cuyas raíces se hunden tanto en el lejano y próximo Oriente, como en un lejano y casi mítico Occidente, en aquella Atlántida que colindaba con el país gaditano y a la que Platón mismo describirá como a una realidad histórica tanto en el Timeo como en el inacabado Critias.

Después de milenios dedicados a vivir la historia de una manera casi irreal, en los que toda la actividad humana estaba sometida a una superactividad religiosa, siendo lo exterior un simple reflejo de lo interior y lo visible de lo invisible, Egipto estaba agotándose lentamente en la época en que Platón viene a visitarlo. Como en todo proceso de descomposición, asistimos aquí también a una separación cada vez más acentuada entre lo divino y lo humano, a un desbordamiento de este sobre aquel, a lo que Heidegger llama «una desvalorización de los antiguos valores supremos», concentrada en la fórmula que Nietzsche habrá de aplicar a Occidente, en la misma fase menguante, en la terrible fórmula del «Dios ha muerto». A pesar de esta decadencia religiosa, llevando detrás de sí el cadáver de la decadencia política, las antiguas verdades vivían aún aisladas del mundo en los templos, donde Platón pudo conocerlas.

Grecia empezaba también su descenso crepuscular, entrada ya en una fase agnóstica, divulgada por el teatro de Eurípides, y el fenómeno se había producido de manera violenta, algunos años atrás, cuando Platón era todavía un adolescente, en plena guerra del Peloponeso. Es preciso insistir sobre este tema, porque sólo así comprenderemos mejor la tonalidad lúgubre, a veces espantosa, que acompaña la vida del autor del Banquete. En efecto, mientras la suerte de la guerra entre Esparta y Atenas no se había aún decidido, Alcibíades había concebido el fabuloso plan de invadir la Sicilia, conquistar Siracusa, aliada de Esparta, y, con las riquezas de este nuevo mundo helenístico, continuar la guerra y arrebatar la victoria final. Los atenienses, a pesar de la peste y de las derrotas, lograron lanzar a la mar la armada más poderosa que los griegos habían jamás construido. Nada parecía poder resistirle. Sólo que, días antes de que la armada saliera rumbo a Sicilia, los Hermes de piedra situados en las encrucijadas, fuera y dentro de Atenas, imágenes del dios del comercio y de la elocuencia, mensajero de los dioses, fueron profanados y mutilados por manos sacrílegas. La población de Atenas quedó horrorizada, los demócratas en el poder acusaron a Alcibíades, pero la investigación ordenada por el Gobierno no dio resultado alguno y la armada se hizo a la mar, bajo el mando del mismo Alcibíades. Esta profanación marca un momento crucial en la historia de Grecia, en la evolución o en la involución de su espiritualidad.

Platón era entonces un adolescente, pero el acontecimiento no dejó, por cierto, de impresionarle, como a todos sus compatriotas. Evidentemente, la expedición a Siracusa acató en un desastre, los navíos de guerra fueron hundidos y los hoplitas atenienses cayeron en los campos de batalla de Sicilia, mientras miles de prisioneros perecieron lentamente en las cárceles de Siracusa, llamadas Latomias, y que todavía se pueden visitar. Todo empieza, pues, por una profanación, la decadencia de los pueblos, como la de los individuos, y esta historia de los Mermes de piedra mutilados por los atenienses no dejó, sin duda, de orientar el pensamiento de Platón hacia lo que se podrá llamar el origen del mal en la historia, al que el filósofo evocará como causa de la descomposición cuando hable del fin de Atlántida.

Con la victoria sobre los atenienses y, años más tarde, bajo el mando de Dionisio I o el Viejo, que logró vencer a los cartagineses y arrinconarlos en el extremo occidental de Sicilia, Siracusa llega a ser la más grande y poderosa ciudad helénica, encabezando un verdadero Imperio, cuyas posesiones o colonias se extendían sobre parte de Italia, hasta el Adriático. No hay tampoco que olvidar que fue Siracusa la que dio el último golpe al poderío marítimo de los etruscos. Antigua colonia de Corinto, ciudad dórica, como Esparta, Siracusa supo atraerse a varios poetas y dramaturgos del viejo mundo y poco a poco influyó políticamente en el destino de su antigua metrópoli, aliándose con los persas, comerciando con todo el mundo, siempre amenazada por su enemigo hereditario, Cartago, con el cual continuó luchando hasta en el momento en que Roma acabó con los dos a la vez. Pero cuando Platón vino a Siracusa, Roma no era más que una pequeña ciudad, casi desconocida, guerreando con los etruscos, en algún sitio sumergido detrás de las tinieblas de la barbarie.

Enriquecido con las enseñanzas recibidas en Egipto, Platón se dirige primero hacia Taranto, ciudad de la Italia meridional dirigida por Architas, discípulo de Pitágoras, luego hacia Siracusa, puesto que la valentía del tirano Dionisio y el poderío de esta ciudad habían puesto a Platón sobre una nueva pista que nunca más abandonará: convertir al tirano a la filosofía y reformar, a través de Siracusa, todo el mundo helénico. Proyecto impresionante y atrevido, digno de una mente empapada de toda la sabiduría de su tiempo, asustada por la gravedad y el visible progreso de la Verwesung o descomposición heideggeriana, convencido de que el avance del mal no podía ser interrumpido o aplazado sino con la intervención de un cambio absoluto tanto en la vida interior de los hombres como en la organización de la sociedad griega en general.

Durante varios meses, un dialogo apasionante se desarrolla entre el filósofo y el político. Platón era ya un nombre conocido y había publicado parte de su obra. Dionisio —escritor en sus horas perdidas— protegía a los literatos y sofistas que invitaba a su corte de Ortigia y los recompensaba generosamente cuando entonaban su elogio, o condenaba a perecer en las Latomías cuando se permitían contradecirle. Los que lograban salvarse llenaban el mundo griego de sus lamentaciones y calumnias, forjando poco a poco el mito del tirano Dionisio, prototipo de la tiranía, que el historiador alemán Karl Friedrich Stroheker deshizo en parte en el libro que le dedicó recientemente. Dionisio fue un gran general, un gran constructor de fortalezas y un hábil político, logrando colocar a Siracusa en una posición directora frente a las demás ciudades griegas. El solo hecho de haber humillado a Cartago y de haberla casi echado de la Sicilia, constituye un mérito que habla por sí mismo a su favor. Sin embargo, este hombre no concebía la filosofía y la literatura más que como unos laureles personales, y si soportaba la presencia de los literatos a su alrededor era bajo forma de «écrivains engagés», de poetas a sueldo, como solemos decir hoy en relación con un fenómeno similar, muy de moda tanto en Oriente como en Occidente, en la nueva Atenas como en la nueva Esparta.

Fiel a la enseñanza de Sócrates, según el cual cada hombre esconde en sí mismo un alma buena y noble, capaz de comprensión y grandeza, a la que una hábil partera espiritual basta para sacar a la luz, Platón creyó poder transformar a Dionisio de tirano en político ideal. Y no lo logró. En su Séptima epístola, la única auténtica de sus cartas, escrita desde Atenas después de la muerte de Dión, Platón cuenta las fases de esta lucha grandiosa e inútil. Después de varios meses de conversaciones filosóficas, las relaciones entre los dos habían de tal manera empeorado, que Platón llegó a temer por su vida. Harto, por fin, de filosofía, el tirano permite a Platón regresar a Atenas, embarcándolo en una nave que salía rumbo a Grecia, pero pagando a su capitán para que, una vez en alta mar, lo hiciera ahogar, temeroso de que, una vez de regreso, Platón hablara mal de su régimen. Por motivos que desconocemos, Platón se salvó y fue desembarcado en la isla de Egina, que en aquel momento se encontraba en guerra con Atenas. Considerado como ciudadano de una ciudad enemiga, Platón fue despojado de todos sus bienes y enviado al mercado, junto con otros atenienses, encadenados como él, para ser vendidos como esclavos. Su noble proyecto acababa, pues, de manera penosa y trágica, y sólo la presencia de cierto Annikeris de Cirenes, que lo reconoció, lo compró y lo libertó seguidamente, pudo salvarle de un fin absurdo, que hubiera privado a la humanidad de tantas obras maestras.

Una vez de regreso en Atenas, los amigos del filósofo reunieron una importante cantidad de dinero y se la entregaron, en compensación de sus desventuras; pero él no la aceptó sino para comprar, cerca de la ciudad, el jardín de Academos, donde fundó lo que pasó a la historia bajo el nombre de Academia platónica, madre de todas las academias.

El primer viaje a Siracusa hubiera sido el último si, en la corte de Dionisio, Platón no hubiera encontrado a un joven genial, cuñado del tirano, que aceptó con entusiasmo la doctrina del autor del Fedón, renunciando a las orgías y a la corrupción que reinaban en aquel ambiente, para vivir según la filosofía tradicional y los principios pitagóricos, de los que, a su vez, Platón era fiel seguidor. El tema del pitagorismo es otro aspecto importante del mundo helénico, porque representa en cierto modo la corriente secreta o casi, opuesta a la ruidosa filosofía oficial y cuyo influjo continúa ejerciéndose hasta los albores de la era cristiana e incluso después, prefigurando, junto con Platón y los metafísicos, al mismo cristianismo, influyendo ocultamente a todos los grandes espíritus de la antigüedad, desde Sócrates hasta Virgilio y Ovidio, formando una secta religiosa, que logró ocupar el poder en varias ciudades y salvar todos aquellos valores heredados de los tiempos más lejanos, para continuarlos en medio de la descomposición que había de hundir a los griegos y luego a los romanos. Los pitagóricos cultivaban unos valores que llegaban intactos, a través de una transmisión oral, en parte secreta y religiosa, en parte pública y moral, desde aquel vasto espacio histórico al que aludía al comienzo, y que sintetizaba en su enseñanza la sabiduría de toda la prehistoria, desde la India hasta la Atlántida. Pero este es otro cantar...

El joven Dión llegó a ocupar un puesto de primer orden en Siracusa después de la muerte de Dionisio el Viejo, en el momento en que su hijo Dionisio II o el Joven hereda la tiranía. Dieciocho años después del primer viaje a Siracusa, Platón es invitado allí por el nuevo príncipe, amigo y pariente de Dión. El deseo de Dionisio era el de perfeccionarse en la filosofía y dar una ley constitucional a su ciudad, con la ayuda de Platón y según sus principios. El viejo sueño de Platón, forjado en Egipto, parece tener otra vez la posibilidad de realizarse. Durante todos estos años pasados en Atenas y dedicados a sus libros y a la Academia, Platón había escrito la mayor parte de su obra, o sea, El Banquete, el Fedón, La Politeia o La República, habiendo puesto en esta última las bases efectivas de su ciudad perfecta, reflejo terrenal de la misma idea de ciudad. En 366, Platón emprende otra vez viaje hacia Siracusa, donde es recibido como un príncipe. Alojado en Palacio, toma contacto con Dión, su discípulo, y emprende la metanoia, la transformación total de Dionisio, el cual tenía que ser forzosamente el realizador y el conductor de la futura, la ciudad platónica, salvadora de los griegos. Según Diógenes Laercio, uno de los primeros biógrafos de Platón, el tirano estaba dispuesto a conceder al maestro un territorio en Sicilia y los medios necesarios para la edificación del modelo de todas las ciudades.

Sin embargo, Platón tenía en Siracusa un enemigo poderoso en la persona del historiador Filistos, antiguo consejero de Dionisio el Viejo, espíritu retrógrado, fiel a su dueño y señor y a las tradiciones que la tiranía había creado y perpetrado en el alma de muchos, según las reglas de los intereses creados y de cierto espíritu de cuerpo y de generación, que hoy llamaríamos estalinismo. Filistos obró con habilidad para comprometer a Platón y para destruir a Dión, el verdadero animador de esta reforma, convenciendo a Dionisio de que Dión era un traidor, de que traficaba con los cartagineses y de que, apoyándose en Platón, ambicionaba el poder y, por consiguiente, la muerte del príncipe. De carácter endeble, Dionisio se dejó convencer por Filistos, atrajo a Dión en una playa desierta y lo hizo embarcar en una nave, exiliándole, primero a Italia, luego a Grecia. Ante Platón se justificó afirmando que Dión era un estorbo entre ellos, que había traicionado a Siracusa, que sólo él podía ayudarle a erigir la ciudad ideal, que estaba dispuesto a seguir al pie de la letra sus enseñanzas. Y la reeducación del tirano continuó, hasta el día en que Platón se dio cuenta de que todo había sido una trampa, de que su apasionada propedéutica no había servido para nada, ya que Dionisio no mejoraba ni como hombre ni como príncipe, y de que el tirano lo había retenido un año entero en Siracusa como simple rehén, con el fin de impedir a Dión de intrigar contra él en el exilio. El día en que se sintió bastante fuerte para no tener en cuenta el peligro que Dión podía representar para él, despidió a Platón, que regresó sin novedad a Atenas.

Aquí Platón vuelve a encontrar a su discípulo siracusano, el cual, debido a su inteligencia y a los medios materiales de los que disponía, se había creado una alta posición en la sociedad ateniense, consiguiendo incluso la ciudadanía, frecuentando la Academia y ayudándola a ampliar sus locales y a enriquecer sus colecciones de manuscritos. Dión correspondía cada vez más al ideal político platónico, y la idea de organizar a los exiliados siracusanos y desembarcar un día en Sicilia para derrocar a Dionisio y conseguir el poder empezaba a tomar forma en su mente. Sin embargo, para Platón la situación se presentaba, al parecer, desde un punto de vista algo distinto, ya que, seis años después de su regreso de Siracusa, acepta otra vez una invitación de Dionisio y sale de Atenas, con el fin esta vez, no sólo de convertir al tirano a la filosofía, sino también de tratar de intervenir a favor de Dión, de manera que el regreso pacífico de éste impidiese el estallido de una guerra civil.

Igual que las otras veces, el tirano dio al principio pruebas evidentes de buena voluntad, cambio de vida y de costumbres, dejando creer a Platón que iba a convertirse en un buen príncipe. Resulta evidente, según la Séptima epístola, según las notas biográficas de Diógenes Laercio y Las vidas paralelas de Plutarco y según la moderna interpretación de Wilamowitz-Moellendorff y Werner Jaeger, que las intenciones de Dionisio eran las mejores, y que este hombre inteligente, abierto hacia todo lo que representara la posibilidad de una transformación interior, poseía un carácter movedizo, sujeto a las variaciones más imprevistas, deseando por un lado atraerse a Platón y seguir su enseñanza, pero arrastrado, al mismo, tiempo, por la tradición política de la tiranía, aplastado por el recuerdo de su padre, esclavo de lo que Croce llamaba la «historización», o sea, la fatal integración de todo lo nuevo, incluso de las revoluciones, en el ritmo permanente de lo que constituye el camino de la historia, el carácter de un pueblo y una dirección de los acontecimientos situada más allá de la voluntad de un político o de un partido. Basta constatar. por ejemplo, los resultados de este proceso de la historización observando la rápida integración de la Rusia comunista en la tradición política de la Rusia zarista. De la misma manera, Dionisio el Joven, a pesar de sus ambiciones, digamos intelectuales, se verá obligado a ser un continuador de Dionisio el Viejo. Platón hizo lo que pudo para dar un sentido y una doctrina al Estado siracusano, pero fracasó ante los dos tiranos.

En poco tiempo, las relaciones entre el príncipe y el filósofo se precipitaron otra vez en la enemistad. Corría el año 361. La última ruptura tuvo como motivo a Dión. En efecto, Dionisio decidió de repente vender los bienes que aquél poseía en Siracusa, sin tener en cuenta sus promesas, lo que indignó a Platón, que intervino inútilmente a su favor. Indispuesto por esta actitud, Dionisio lo echó de Palacio y lo alojó en el cuartel de los mercenarios, los cuales, convencidos de que Platón había querido influir sobre el tirano para que éste disminuyera sus sueldos, decidieron matarle. Es fácil imaginar la situación del ateniense en medio de la soldadesca extranjera, gente bárbara y feroz, que veía en él al enemigo de su bienestar material, ignorando sus escritos y hasta la existencia de la Academia.

Lo que salvó esta vez a Platón fue la intervención directa de Architas de Taranto, que envió un barco a Siracusa, en el que el filósofo pudo regresar a Grecia.

Durante los cinco años que siguen, la Academia, debido al influjo personal de Dión y al rumbo que habían tomado los acontecimientos sicilianos, se transformó en un núcleo político muy activo, planeando y organizando la expedición que iba a culminar con el retorno del exiliado y con la caída de Dionisio. En el fondo, la Academia había sido creada con el fin de forjar, a la faz de la disciplina filosófica, un nuevo tipo de hombre político, capaz de corresponder a la situación impuesta a los griegos por los peligros exteriores y por la descomposición interior. Los principios expuestos en La República tenían que realizarse a través de alguien, y si la experiencia con Dionisio había fracasado tan rotundamente, era lógico pensar que el verdadero discípulo de Platón, cincelado durante años por la mano misma del maestro, presentaba otras posibilidades de éxito.

Perfectamente informado acerca del espíritu que animaba a los siracusanos, deseosos de acabar con Dionisio, Dión organizó un cuerpo expedicionario, concentró una pequeña flota en la isla de, y acompañado y aconsejado por otro discípulo de la Academia, Calipos, emprendió la expedición libertadora, mientras Dionisio se encontraba guerreando fuera de Sicilia. Siracusa no opuso ninguna resistencia v abrió las puertas de par en par para recibir a Dión como u un dios, ofreciéndole el poder supremo. Sólo el castillo de Ortigia, situado en la pequeña isla homónima, ligada a la tierra firme por un puente, quedó en manos de los partidarios del tirano. Este regresó apresuradamente, y una guerra en pequeño estilo continuó por algún tiempo entre la ciudadela fortificada, ocupada por Dionisio, y el resto de la ciudad, ebria de entusiasmo, abusando en seguida de la libertad para convertirse en una democracia deforme y anárquica, expuesta tanto a los ataques de Dionisio como a los de los cartagineses, cuya ambición era de volver a conquistar todo lo que habían perdido durante el reinado de los dos tiranos. Esta situación simbolizaba con bastante claridad la del mundo griego en general, representando Dionisio el mal interior que corroía a la sociedad helénica, y los cartagineses el mal exterior, la próxima caída en las garras de la historia.

Frente a esta situación, obligado a gobernar sin energía, para no exponerse a ser acusado por los suyos de haber echado al tirano con el solo fin de reemplazarlo, el discípulo de Platón se vio en la imposibilidad de dominar la situación. Cuando, asustado por la evolución de los acontecimientos, empezó a gobernar con mano firme, transformándose, a su vez en lo que él mismo no quería ser, haciendo asesinar a los que amenazaban el orden, arrepintiéndose luego, dando prueba así de crueldad y de flaqueza, infiel a la política vulgar como a la ideal, era ya demasiado tarde. Su mismo condiscípulo de la Academia, el que lo había acompañado a Siracusa, el platónico Calipos, lo hizo asesinar en su casa y puso fin de este modo a la democracia en Siracusa, como también al viejo sueño de Platón. En el año 353 la muerte de Dión acaba con lo que se podría llamar el ideal político de la Academia platónica, ya que el discípulo asesinado simbolizaba el instrumento realizador de toda una doctrina, elaborada a lo largo de una vida de estudio y experiencias, centrada no sólo en la preparación interior de los individuos y en la salvación personal de las almas, sino también en la reforma de la ciudad griega. Calípolis deja de ser en el momento en que Dión cae acribillado por un puñal, víctima de otro discípulo de Platón, víctima también de lo que más tarde llamarán una utopía, o sea, un sueño de perfección social destinado siempre a fracasar en el momento mismo en que la letra escrita chocaba con la realidad. El sueño de Calipolis no dejó jamás de atormentar a los hombres. Acaparado por mentes menos profundas que la de Platón, el mito de la ciudad ideal ha constituido varias veces la tortura mayor que la historia ha sabido infligir a los seres humanos. Nuestra época, como tantas otras en el pasado, no se ha salvado de este castigo, y si la humanidad se estremece de miedo ante los caprichos de los tiranos actuales, si millares de hombres siguen pereciendo en las Latomías del mundo, si millones de inocentes no tienen qué comer, si la guerra amenaza con destruir a la humanidad, es porque otras utopías están tratando de cincelarnos en contra de nuestra voluntad, en contra de lo que es natural y justo, ambiciosas de hacer coincidir unos principios con la fuerza inmutable de los instintos o de las tradiciones. Platón, por lo menos, tiene una justificación mayor: la de haber querido evitar todo derramamiento de sangre y de haber preparado con cuidadoso amor al que tenía que realizar el milagro. El discípulo pagó con su vida, el maestro continuó llorando hasta su muerte sobre las ruinas de su ideal. Sin embargo, los dos siguen viviendo, unidos en este mito de la anticaverna, en el que llegó a concretarse el ideal filosófico y político de Platón.

Y este es el símbolo más profundo del arte. Si pensamos que la palabra misma viene del griego areté, o sea, virtud, y que el arte respetó siempre esta ascendencia, que implica no sólo la habilidad de hacer, sino también un sentido ético muy ambicioso, me parece inútil insistir aquí sobre la relación que podemos fácilmente establecer entre el concepto de descomposición, entendido como calda o involución, y el divorcio evidente entre arte y areté, característico de los tiempos modernos, quiero decir, de los tiempos en los que «Dios ha muerto», o ha sido alejado de nosotros por los sacrílegos, descendientes de los que en Atenas profanaron los Mermes de piedra y marcaron el principio de la decadencia ateniense. El problema es tal actual hoy como entonces, ya que Atenas somos nosotros, sus herederos, y la amenaza exterior es tan grande como la interior.

Paul Hazard había situado el principio de la descomposición o de la crisis occidental a fines del siglo XVII, en el momento en que la intelectualidad europea se aleja decididamente de los valores digamos tradicionales o religiosos y acepta como norma artística y como ley de vida cotidiana la depreciación de los valores supremos de los que habla Heidegger. La libertad del individuo coincidió, pues, con la negación de todos aquellos valores que Platón quiso salvar, que fueron reconocidos como tales por el cristianismo, que dieron al concepto de areté un nuevo empuje durante el Renacimiento y que perecieron bajo el alud de falsos atrevimientos llamado progreso. El arte —como también toda literatura en un sentido antiespiritualista o antirreligioso, claro está—, separado de su sentido originario, ha llegado a ser, bajo nuestros ojos, la negación de sí mismo, ya que a lo largo del proceso de la descomposición nos hemos separado poco a poco de todas las raíces e ignoramos por completo lo que cada palabra de nuestros idiomas quiere decir. En el tiempo en que fueron creadas, las palabras tenían un sentido sacramental o religioso y expresaban siempre una relación directa entre lo creado y el creador. Es lógico que un artista que ignore la significación de la palabra arte, en la que vive y de la que vive, sea un falso creador, un mono de Dios, un escultor en las tinieblas y no en la luz. De aquí el carácter demoníaco del arte moderno, que parece una liberación y que es una esclavización, instrumento de lo político, o sea, de las utopías, o sencillamente de la anarquía o del nihilismo, al que Heidegger identifica con la decadencia.

No se trata, evidentemente, de volver atrás y de integrarnos, como pensaba Berdiaev, en una nueva Edad Media, o en la era patrística o siquiera pitagórica, ya que todos estos regresos son tan absurdos y peligrosos a veces como aquellos saltos hacia el porvenir realizados sobre montañas de cadáveres. Se trata de reintegrar en nuestra mentalidad de artistas o de entendedores del arte el sentido verdadero de las cosas, de crear con el fin de mejorar, puesto que, por ejemplo —colocándolo todo en el plan general de lo que acabo de decir—, no hay nada más ridículo que una novela pornográfica escrita y luego leída por seres humanos contemporáneos de la era atómica, ya que el progreso material debe suponer un progreso espiritual por lo menos igual. O, entonces, si este absurdo fenómeno es posible —y lo es—, hay que pensar que la mentalidad poco evolucionada del autor y del lector de libros pornográficos no constituye un contrasentido, sino que, al contrario, coincide con la mentalidad y el nivel intelectual de los creadores del progreso material. Y, en este caso, volvemos sin querer a lo que Platón quería decir cuando hablaba de la separación que se produjo en Atlántida entre los hombres y la fuerza superior que les había enseñado la civilización, que los hombres habían utilizado para progresar en lo material, y que acabó por arrastrarlos hacia el terrible fin que conocemos y que no es una leyenda, sino una realidad, tan humana y tan verdadera, tan trágica y tan aleccionadora como todas las épocas de la vasta historia del género humano.

¿Por qué, en fin, Platón, personaje de novela? Porque la novela —una novela fiel al concepto de areté— puede dar cuenta de la totalidad del fenómeno Platón, en el sentido de que vida y obra, todo lo que la exegesis filosófica o la simple biografía ignoran recíprocamente, sólo la novela es capaz de presentarlo bajo una luz de unidad. Si hay un drama Platón, tan profundo y humano como todos los dramas sobre los que se ha fundamentado nuestro vivir de hoy y de ayer, implicando vida y doctrina, sentido secreto de su lección, dolor y conocimiento, esto nadie más que un novelista lo puede recrear, transformándolo en contemporaneidad y, al mismo tiempo, en obra de arte.

Si he sido algo tenebroso y pesimista en lo que les he dicho aquí, les ruego me perdonen. Al fin y al cabo, creo poco en los optimistas, gente extrovertida, que vive de aperitivos espirituales. Lo importante es saber mirar hacia adentro y tratar de perfeccionar incesantemente lo que somos en realidad, aquella posibilidad de perfección que Sócrates veía en el fondo de cada uno de nosotros.

Todo lo demás son arcos de guirnaldas, brillantes hoy, podridos mañana, bajo los cuales pasan sin parar los vacíos reyes del día, enemigos de los hombres. Es así como hay que entender estos admirables versos de Hölderlin, con los que cierro el paréntesis que es toda conferencia:

Pero allí donde está el peligro

también está lo que salva.

 

Conferencia pronunciada en el Ateneo de Madrid el 28 de enero de 1964.

martes, 26 de noviembre de 2019

Emilio Rey entrevista Vintila Horia (La Estafeta Literaria, 505, 15 de octubre de 1972)



El escritor al día
VINTILA HORIA
Por Emilio REY

Emigrante forzoso. Buscador de los caminos de la libertad. Vintila Horia tiene recién estrenada su nacionalidad española. Es idealista con expresión reposada. Actualmente dirige la revista Futuro Presente y ha concluido su última novela, Los redentores, eslabón final de lo que él denomina «trilogía del exilio».

En una de las plantas del Palacio de Congresos y Exposiciones del Ministerio de Información y Turismo tiene su sede la revista. Varias azafatas taconean repartiendo papelitos para no sé qué historias médicas del corazón, y un ordenanza me larga al piso tercero, que es donde esté, «el señor ese de la futurología que usted busca».

A Horia le he recordado sus clases en la Escuela Oficial de Periodismo -desde 1960 explica Literatura Universal Contemporánea-, la masiva asistencia de alumnos, los apuntes pasando de mano en mano. Y en su rostro he visto la expresión de serena alegría.

NOVELA, CAMBIO IMPORTANTE

—Don Vintila, usted ha publicado diversos trabajos sobre la novelística contemporánea en España, incluso un diario madrileño sostuvo una polémica sobre este tema, titulado «No a Vintila Horia», Ahora, ¿cómo juzga el panorama de nuestra novela?

El despacho de trabajo del director es austero y sencillo. Tan mal aislado de ruidos, que llegan numerosas voces y el ininterrumpido murmullo de congresistas.

—Hace unos dos años, y para el prólogo de una obra de García Viñó, escribí desde París que tres o cuatro escritores jóvenes estaban preparando un renacimiento de la novelística española, y esta profecía literaria vi que se cumplió. En los últimos seis o siete años han sido publicadas novelas muy importantes en España: no sólo son buenos libros, sino que dan un cambio importante en la manera de concebir la novela y de hacer novela en España Este tipo de novela no es realista o naturalista, no se pueden incluir en lo que hasta ahora han sido una copia más o menos fiel de la realidad. Y sabemos lo que se ha abusado de esto...

—¿Rechaza la realidad?

—Insisto en que se ha abusado de ello. Con la ayuda de la ciencia y de la filosofía, creo que la literatura es una técnica de conocer o del conocimiento. Cuando algún literato o crítico literario se ha acercado a la filosofía o a la ciencia, se ha podido dar cuenta del engaño que suponía el realismo en la literatura; de la misma forma que el positivismo o el objetivismo o el materialismo representan un en gaño para la ciencia o la filosofía. Según estos saberes, el ser humano es incapaz de tener un conocimiento de la realidad. porque el ser humano se proyecta en la realidad que le rodea y luego conoce. Se conoce a sí mismo, a la realidad en la que la misma imagen está englosada, de tal modo que el objeto se transforma en sujeto.

—Creo que, para usted, realismo equivaldría a falsificación.

Ahora son las señoras de la limpieza con aspiradoras que a lo mejor convierten a las moquetas en diminutas partículas; por el ruido que hacen parece que están triturando suelos. Vintila Horia ha levantado la voz, y el magnetófono terminará grabando esquemas de música concreta.

«SOY PLATONICO»

—El realismo, tal como lo entendían los escritores del siglo pasado, es imposible, no existe. Es falsificar las cosas. Lo que debemos hacer los escritores es tener una idea de la realidad, una imagen, y luego, con los medios que cada uno posee, reflejarla en el libro. De esta manera, usted sabe que hay miles de técnicas o estilos que representan modos personales. Soy una persona formada de alguna manera como homo religiosus. Convencido de una manera platónica de la existencia de un mundo aquí y de un mundo del más allá. El uno conectado con el otro, o reflejándose en el otro: de tal modo que una realidad puramente materialista, el fin de la vida aquí y ahora, para mí no tiene ningún sentido. En mi tradición cultural soy platónico, y este tipo de literatura, de una concepción idealista platónica, la he encontrado en la España de siempre.

Eligió nuestro país por lo que Goethe denomina «afinidades electivas». Y precisamente en España, en una cafetería muy anquilosada ahora por infarto de puentes elevados y pasos subterráneos de la madrileña plaza de España, Vintila Horia escribió la obra, que obtuvo el premio «Goncourt», Dios ha nacido en el exilio.

CAMINOS PARA LA VERDAD

«El novelista tiene que hundir las raíces de lo que quiere contar en las técnicas del conocer», escribió en uno de sus artículos Vintila Horia, pero ¿cuáles son esas técnicas?

—La novela en si es una técnica de conocer. Es, ciertamente, complejo precisar cuáles son las técnicas de esa técnica. Cada uno tiene sus anzuelos y cada uno aprehende de la realidad lo que puede, según sus propios medios Por eso hay tantos escritores, y nunca concluiremos por tener una sola técnica. Seria catastrófico Hay regímenes que imponen un totalitarismo dogmático a la literatura y a la filosofía ¿Qué ocurre? Que la hunden. Obligan a optar por un solo camino, y ése no es el verdadero, porque no hay uno solo. Puede desembocar en un callejón sin salida, como el materialismo marxista o el estructuralismo.

—¿También el estructuralismo?

—Lo veo como un formalismo. Nos obliga a concebir la realidad como algo axiomático. Todo tiene que ser desarrollado según unos solos principios Eso es falso. Ni siquiera hay un solo estructuralismo.

Vintila Horia. a los once años, escribió su primera novela, Las aventuras del capitán Remy, con clarísimas influencias de Julio Verne. Se lo he recordado, y de nuevo sonríe: «La tendrán mis padres por cualquier cajón.» Desde la etapa infantil se abría para Vintila Horia la necesidad de traspasar la realidad circundante. De buscar las «últimas» razones de la existencia. Por ello, también, su deseo de libertad: «El escritor es hoy el único ser que ha sabido conservar su libertad. hasta allí donde la libertad ha desaparecido por completo

Y al unísono de la conversación de la libertad, la esperanza. La novela como profecía y esperanza se titulaba un ensayo del premio «Goncourt». Este repetido canto a la esperanza, ¿no será el producto de una evasión de la realidad?

Con el mismo tono de voz, repitiendo con frecuencia «podemos decir», Horia no bucea en un repertorio de respuestas. Analiza, juzga con sincera serenidad.

—Lo que nos caracteriza como civilización futura es un afán extraordinario de conseguir la libertad. Existe una masa enorme y casi amorfa dirigida por unas ideas o unos panfletos, y detrás de ella hay una élite casi nuclear que prepara las etapas futuras. Eso ha sucedido en todas las etapas de la historia. Nacimiento del Renacimiento. Salto del Renacimiento al Barroco, preparado por otra élite con carácter espiritualista. Al final del siglo dieciocho, cuando todos estaban con una ideología más o menos materialista, se preparaba el movimiento Romántico, y toda la primera mitad del siglo diecinueve se desarrolló bajo influencia de signo romántico. Al final de ese siglo el mundo intelectual fue positivista o materialista. Casi todos los científicos fueron ateos, y en estos momentos las grandes masas siguen aquel impulso. Sin embargo, hay un grupo muy reducido que se expresa en el surrealismo, en el expresionismo, en el espiritualismo filosófico y en tantas otras corrientes que preparan el terreno para una nueva época.

NOVELA Y FUTURO

—De cara, precisamente, a este futuro, a esta nueva época que usted anuncia, ¿cuál será la misión de la novela?

—Hay que partir de que la novela tiene enorme aceptación. El escritor puede convertir al público a las grandes ideas que practican muchos científicos o escritores, sin separaciones de tipo dogmático, que han provocado una tragedia, desembocando en conflictos o guerras tribales.

—Usted ya ha emprendido esta tarea a través de la revista Futuro Presente.

—Si, queremos dar a conocer al público español lo que sucede en el mundo de la futurología. Nueva ciencia que está de moda en numerosísimos países. Me impresionó en Mi viaje a los centros de la tierra el conocer seres humanos que tienen un enfoque abierto a todas las disciplinas. La futurologia da cuenta de una pasión multidisciplinar. Hay que volver a que la palabra técnico, como en su raíz griega, tenga un sentido de conocer total. Para que la humanidad se salve tendrá que volver a este conocimiento.

—Actualmente, ¿qué obra prepara?

—He dado los últimos retoques y saldrá en breve la novela Viaje a San Marcos. Es como un complemento de Una mujer para el Apocalipsis. Sucede en la Casa de Campo de Madrid, en San Marcos de Venecia y de León. Y es un juego vital alrededor del encuentro del personaje central con San Marcos Evangelista. También he ultimado Los redentores, último tomo de la trilogía del exilio. Su acción se desarrolla mucho en España. Consta de seis personajes que se mueven en numerosos países y forma parte de ese intento mió que desea, de algún modo, romper con el espacio y el tiempo.

Prepara sus obras a partir de una idea y sobre ella traza el esquema del relato. «Tengo muchas ideas, pero gran parte de ellas no llegan a cristalizar. En el semisueño, cuando el espíritu está libre de ataduras, es el momento más propicio para crear. Pero al día siguiente, cuando se quiere controlar la idea, ya ha perdido su embrujo. La labor del inconsciente es enorme.»

La génesis de su último tomo de la trilogía del exilio la comenzó hace catorce años, «pero fue hace un año, estando tomando un café en un bar de la sierra de Madrid, tuve toda la novela delante de mí y preparó el esquema en una hora».

Vintila Horia estrenó nacionalidad española el treinta de agosto del año actual. Y ahora va a estrenar trilogía. La de su exilio. Me acompaña hacia la puerta de su despacho. Vintila Horia continuará escribiendo. En la búsqueda literaria del conocer, con el noble empeño de aportar esperanza.

La Estafeta Literaria, nª502, 15 de octubre de 1972, pp. 14-17.

sábado, 17 de noviembre de 2018

"Ernst Jünger en su contemporaneidad" por Vintilă Horia (Veintiuno, otoño de 1989)


Ernst Jünger en su contemporaneidad
Por Vintilă Horia
Hay que buscar el derecho en los átomos
Contemplada desde la línea Goethe-Jünger, la literatura, como la cultura alemana en general, pueden aparecemos como una sólida conjura angélica. Y entiendo el concepto de “angélico” como algo muy relacionado con lo que Rainer Maria Rilke entendía al cantar a los ángeles, tanto en sus Elegías como en otros poemas, no menos comprometidos en este sentido, como a unos seres más que humanos y menos que divinos, formando algo así como una hueste superior del conocimiento, destinada a proteger a los hombres en momentos de peligro, cuando ángeles y poetas nos indican lo que es preciso hacer en un “dürftiger Zeit"[1]. Me atrevería, incluso, a afirmar que a esta línea, que constituye un frente, es decir algo destinado al enfrentamiento, pertenecen los alemanes más representativos de estos últimos dos siglos, empezando por Goethe, pasando por Hölderlin y Novalis y terminando en lo más luminoso y numinoso de nuestro siglo: Rilke, Heidegger, Heisenberg, Ernst Jünger y quizá algún que otro poeta, pensador o científico más, de los que darán cuenta los tiempos venideros con más sostenimiento que yo. Lo que quiero proclamar aquí es la existencia, por debajo de las líneas oscuras de la historia del espíritu alemán, como de su vida histórica cotidiana, de una entelequia, o actualización de un poder positivo, de una gnosis esencial, cuya presencia liberaría lo mejor de nuestras posibilidades de actuación, en uno de los momentos más dramáticos y quizá más desquiciados de la historia humana. Creo, bajo la firme responsabilidad de esta afirmación, que Europa es esta línea y no otra y que la forma de un futurible europeo valedero no podrá ni influir ni existir siquiera sin que se tenga en cuenta el limes que dicha línea impone. Al tratar de dilucidar hoy la figura humana y literaria de Ernst Jünger, formando parte de la destrucción y la recomposición que definen al hombre actual, dejaré que los representantes y las ideas pertenecientes a la entelequia arriba mencionada aparezcan por si solos en el marco tan restringido y quizá demasiado solemne de mi escrito.
Al margen de la falsa actualidad
La pregunta que me atrevería a formular, antes de esbozar el retrato de Ernst Jünger en su contemporaneidad, sería la siguiente: ¿hasta qué punto el hombre fáustico es también un anarca?[2] Y si los dos conceptos coinciden, formando juntos la silueta del hombre europeo tratando desesperadamente de salirse de un final, de evitar así su propio fin y de abrirse camino hacia otro comienzo, entonces la respuesta sería, inevitablemente, otra pregunta: ¿hasta qué punto el anarca es Ernst Jünger mismo? Pocas veces en la historia de la literatura un creador ha logrado confundirse con su criatura. Y pienso tanto en los protagonistas de las novelas jüngerianas, Lucius de Geer sobre todo, como al Waldgänger, modificadores marginados, defensores de la vida en contra de las comunidades en que viven, por proponer y defender valores olvidados y tradiciones deslavazadas por los crepúsculos, apaciguados por los siglos y vueltos ineficaces y, a menudo, expresando lo contrario de lo que habían sido en sus comienzos. Si se nos ocurriera buscar en la Europa actual escritores tan apegados a la tradición, en un sentido no ético sino axiológico de la palabra, sólo nos encontraríamos a René Guénon, a Mircea Eliade y a algún que otro escritor venido del frío, situado al margen de la falsa actualidad en que se agita nuestro siglo y sus peores aduladores. Si es cierto que vivimos en un mundo peor, con visibles posibilidades de evolucionar aún más hacia el mal, entonces lo mejor de esta época y quien la define por debajo de su caída y por encima de su línea de flotación, es Ernst Jünger. Lo afirmo con toda claridad en un momento preciso en que Europa misma, rica en materias y pobre en espíritus, convertida a una situación de mercado, y además común, se está buscando una justificación, una fisonomía futurible, ya que los mercaderes, como los políticos o los ideólogos o, sencillamente, los escritores y pensadores mercantilistas maltratan su pasado con el fin de asegurarse un presente aurífero o shylokiano; y esto no es definitorio sino en lo inferior[3].
Entonces, si resulta evidente que el hombre europeo ha dejado de ser fáustico, de creer en la individualidad creadora de la mónada, de asumir el riesgo de ser persona y de imponerlo a través del mundo, en esta hora de alegría material, que es un canto fúnebre al espíritu, no nos queda más que el otro cabo de la línea, el recurso a los bosques, donde reina la conservatividad rebelde del anarca. He aquí, desde el cabo inicial de la línea, quiero decir desde Goethe, la explicación poética, enfocando al hombre europeo o fáustico desde sus entrañas más oníricas y al mismo tiempo, más realistas, su cara de dos destinos: el momento en que Europa, a través de Goethe, tomaba conciencia de lo que era y deseaba detener el momento de la luz que la estaba iluminando, y nuestra Europa, donde todos aceleramos los momentos como si lo que más deseáramos fuese una huida fuera de nosotros, en la anulación de lo que había sido nuestro ser.
Si yo pudiera decirle al instante:
Perdura! Eres tan hermoso,
Entonces podrías encadenarme,
Yo acogería mi fin con agrado.
Entonces podría tocar a muertos la campana,
Tú podrías cumplir con tu tarea,
Podría pararse el reloj, caer las agujas,
Y el tiempo abolirse para mí!"
Abolir el tiempo es mística pura y recuerda aquí el tiempo de las catedrales, cuando Europa empezaba a tener conciencia de sí misma, elevándose hacia el Ser, construyendo los monumentos de aquella hazaña, libros para la memoria cuando se producen acontecimientos dignos de permanecer en sus páginas. Mientras que, en tiempos despiadados, cuando el arte mismo deja de edificar monumentos y sólo el libre anarca vagabundea por los bosques, alguien, el vate profetizado por Hölderlin, habla así desde su desesperación:

y mientras el hombre calla en su tormento,
Un dios me dio el poder para decir cuanto sufro.”
El recurso a los bosques
Resulta evidente, para cualquier lector más o menos iniciado, que el vate vuelve a ser la única posibilidad de decir en qué consiste nuestro sufrimiento y, también —y con esto nos acercamos a la esencia jüngeriana— cómo podríamos aliviarlo. El tema del alivio o el de la solución salvadora me parece tan definitorio en cuanto a Jünger hagamos referencia, como la crítica que escritores como él han dedicado a la sociedad contemporánea, excomulgadora de rebeldes. En su ensayo más famoso y quizá más logrado, Der Waldgänger precisamente, muy acertadamente vertido al castellano como La emboscadura y que algo tiene que ver, en la misma línea de contemporaneidad, con los Holzwege de Heidegger, Jünger escribía, ya en 1951, indicando así el camino de la caída que hemos emprendido, con más ahínco aún después de la Segunda Guerra mundial: “(este camino) desciende hacia los bajos fondos de los campos de esclavización y los mataderos donde los primitivos concluyen con la técnica una alianza mortífera; donde ya no somos un destino, sino sólo un número más. Esto es, tener un destino propio, o dejarse manipular como un número: tal es el dilema que cada uno de nosotros, sin duda, tiene que resolver en estos días, pero sólo él ha de poder decidirlo.” Y para ello, como escribe dos páginas más adelante, hace falta algo más que fundar escuelas de yoga. Lo que hace falta no es establecernos en lo imaginario, o, si quieren, en lo utópico, sino pactar con los poetas. Vivimos en la obligación de dirigirnos a los poetas, porque sólo ellos son capaces de preparar los grandes cambios “y la caída de los Titanes. La imaginación, y el poema con ella, es uno de los recursos a los bosques.” En una novela mía, El caballero de la resignación, formando parte de la Trilogía del Exilio —y pido perdón por citarme, pero sólo pretendo poner de relieve con ello mi concomitancia jüngeriana—, sostenía la misma posibilidad, trasladada a otro tiempo, histórico sólo en apariencia. El recurso a los bosques tiene algo que ver con la caída de los Titanes, un gnóstico hubiera dicho “del demiurgo” o del Príncipe de este mundo, al que alude también otro novelista contemporáneo, el inglés Lawrence Durrell en su novela Monsieur[4]. Esto implica, al mismo tiempo, un retiro, una emboscadura, impuesta por la victoria momentánea de los Titanes, y la elección de un camino, al que Heidegger llamó de una manera tan ilustrativa “ein Holzweg”, que no es “un camino que no lleva a ninguna parte”, sino un vericueto hacia el corazón mismo del bosque, una posibilidad de comunicación con una aparente incomunicabilidad. En el fondo, emprender este camino es alejarse de lo que es exterior al bosque y buscar dentro de él un claro, o sea un esclarecimiento, ya que la solución no está en la estepa sin fin, dominada por los Titanes, sino en la espesura secreta y misteriosa, tan íntimamente relacionada con nuestro propio subconsciente y con el lugar donde reinan los poetas. Y con esto nos encontramos de repente en la parte más actual de la línea Goethe-Jünger, allí donde el autor de Los acantilados de mármol vive de cerca su infraconvivencia con Rilke, Heidegger y Heisenberg. Aproximar estos tres nombres al de Jünger podrá parecer importuno y osado, pero de importunidades y osadías andamos escasos en estos momentos y es preciso acudir a ellas tanto para comprender a Jünger como para salir del atolladero en que nos han hundido los Titanes, aliados del Gran Forestal, el protagonista negativo de los Acantilados y de la historia contemporánea.
Para mejor poder acercarnos a lo que ha sido llamado la crisis del mundo moderno que, según Guénon, no es sino un fenómeno relacionado con el alejamiento y el olvido de la tradición, tenemos forzosamente que plantear el problema de la técnica, enfocada como dinamización del alejamiento y del olvido. Nietzsche, bajo este aspecto, es el ancestro de los grandes alemanes citados más arriba. La técnica, en el fondo, no hace sino universalizar de modo existencial lo que esencialmente ecumenizaba antaño, en lo religioso, a los pueblos de la tierra. Y fue Guénon quien explicó con claridad el fenómeno[5]. Siendo el caballero el portador de la esencia, el guardián como lo hubiera definido Heidegger, guardián de la esencia de la obra maestra, de la obra que erigen los poetas como los constructores de las catedrales, entonces podemos fijar una fecha para el comienzo visible y catastrófico de la crisis: la Primera Guerra mundial, cuando, según Jünger, con la muerte del caballo asistimos a la muerte del caballero. El tema es fundamentalmente técnico.
El demonio de la técnica
Pensemos en lo que está sucediendo en el espacio de los Titanes, donde, durante setenta años la decadencia no fue más que una manera oficial, perfectamente ideologizada, de borrar la forma en la que nuestra vida profunda tiene que realizarse. Es así como Jünger define la decadencia en Los acantilados. En tierras normales, para volver a Heidegger, los guardianes de las obras hacen que el Poema, la arquitectura, la escultura, la música puedan ser devueltos a la poesía. En las tierras anormales no sólo la técnica deja de ser creación, sino que el papel de los guardianes consiste en impedir la comunicación entre la poesía y los aspectos visibles de la creación. En estas circunstancias, al desaparecer la poesía, desaparecen las artes y la técnica se vuelve puro instrumento en manos de la tiranía. La creación decae en la imitación, que es el rasgo definidor del mono de Dios. Es cuando el vate se ve obligado a escoger el bosque o a perecer en cuanto creador, a volverse ingeniero del alma. El fenómeno no está única y exclusivamente enraizado en el espacio de los Titanes de la Europa del Este, donde, por falta de vates se está hundiendo todo, sino también en el marco del mundo occidental, donde el boato material no logra camuflar la miseria de un vacío espiritual, tan amargamente destructor como el oriental. La técnica, en los dos sitios privilegiados de la decadencia, ha constituido desde el principio el instrumento devastador, lo que podríamos llamar una misocalía, un odio de lo bello que desenmascara el procedimiento y el sentido de la decadencia. En efecto, en el momento en que tekné deja de ser sinónimo de poiesis, siempre según Heidegger, el Poema en cuanto concentrador de las artes perece o es exiliado, es decir condenado al Waldgang, donde cualquiera, al topar con él, lo puede mutilar o matar sin riesgo alguno. La estepa, en este sentido, en cualquier latitud de la tierra moderna, elimina al vate y labra concienzudamente su propia caída en la decadencia y la muerte. Es así como los seres humanos descubren lo que Jünger llama “un nuevo acceso a la libertad”.
Este acceso es siempre “restitutio”, opuesto a “revolutio”, e implica al mismo tiempo, el retomo de los valores perseguidos por los Titanes y la reconquista de la esencia del lenguaje. Es así como volvemos a conseguir, a través del Poema, la instauración de la verdad[6]. El tema me parece fundamental y bien merece un inciso. Podemos afirmar hoy, en la corta pero reveladora perspectiva de lo que estuvo sucediendo durante estos últimos dos decenios y medio, como preparación de la última caída, que fue el crepúsculo del estructuralismo lo que anunció el ocaso de lo que lo fomentaba y sostenía. Habíamos llegado no sólo a un malentendimiento de la polis, sino también a un desconocimiento de lo que es el lenguaje. No es posible, en efecto, hacer del lenguaje, según De Saussure, por ejemplo, del que hoy nadie habla pero que fue el fundador del sistema estructuralista, no es posible hacer del lenguaje el contenedor de unos significados establecidos desde siempre en lo fenomenológico. Y sabemos hasta qué punto, según Ferdinand Gonseth[7], de Saussure sufrió el impacto de Hilbert, autor de Los fundamentos de la geometría, libro sine qua non en el desarrollo de las nuevas matemáticas, pero también en el de la filología y de la filosofía, hasta en la política y estética que esto conlleva. La posición de Heidegger ante las implicaciones de la perspectiva estructuralista ha sido tajante. El sostenía que existen unos sentidos o significaciones, siguiendo a Derrida, unas “huellas” que determinarían el contenido del lenguaje. En este caso, si todo está prefijado y predeterminado en el sentido determinista habría, como dice Heidegger, que volverse de espaldas a las ciencias, porque su novedad o añadido, con respecto a lo prefijado en sus nuevas informaciones, serían o bien inútiles, o bien falsas. El estructuralismo se encontraría, pues, en la situación de dar siempre con significaciones ya existentes. Lo que elimina la aportación, novedosa y a menudo trastornadora, de la ciencia. Piensen, por ejemplo, en la hipótesis de Copérnico o en la de Newton, para no hablar de los principios formulados por la nueva física antideterminista.
Es así como, partiendo del estructuralismo y su ofensiva en contra de la esencia del lenguaje, llegamos a todo lo que envuelve en el mismo manto el rostro de la crisis actual. Y si nos adherimos a la opinión de Heidegger de que el lenguaje no es sólo medio de comunicación, simple expresión oral y escrita de lo que es preciso comunicar y si entendemos el lenguaje como Poema o sea “sitio de toda proximidad y de todo alejamiento de los dioses", lo que ha sido alejado, en un momento de olvido del ser, tendrá forzosamente que regresar para que el ser tenga su lugar en la tierra. Estar en lo abierto, como decía Rilke, significa estar en el flujo y reflujo de la divinidad allí donde el Ángel cumple diariamente su cometido, y donde cualquier desviación hacia el abandono de la esencia, cualquier destrucción del lenguaje y de la obra de arte, resulta dañino para el hombre, pero también para las parcialidades, lo fragmentario escondido en el concepto de partido que lo propugnan.
Sobre el lenguaje y la ciencia
Es aquí donde el anarca tiene preparada su guarida.
Tanto en Der Waldgänger, como en Eumeswil, Jünger toma posición a favor del lenguaje y en contra de los que, fieles a la ley de la entropía, se empeñan en “destruir el lenguaje correcto". En las sociedades sometidas a un destino crepuscular, las palabras empiezan a parecerse a la calderilla destinada a los mendigos, tanto en las ferias y mercados como en la Universidad. Lo catastrófico para la polis es que siempre en estos casos, la desagregación del lenguaje actúa sobre la pérdida del contacto con la historia misma. Las sociedades que se olvidan de su historia son las que han procedido a la destrucción de su lenguaje o a su mutilación. “La agresión contra el lenguaje nacido de los siglos y de la gramática, escribe Jünger en Eumeswil, contra la escritura y el signo, forma parte de una simplificación que entró en la historia bajo el nombre de revolución cultural. El anarca, desde su guarida de “outsider”, contempla este mundo que lo ha obligado al exilio, con ojos de futuro, sabe que la pestilencia se ha apoderado de la sociedad y que está llegando su momento. Mientras el anarquista es progresista, y busca la salvación apoyándose en el concepto abstracto de colectividad, el anarca busca la libertad en sí mismo, lo que le otorga un poder casi sobrenatural sobre el sentido de la caída y sobre los que creen en un progreso que se adhiere, en el fondo, a un avance cotidiano hacia el fin. El anarquista es entrópico, el anarca es antrópico, implicado en otro tipo de progressi que tiene que ver con el hombre en sí y no con lo que podamos pensar sobre él en una determinada época, lo que nos lleva a Rousseau que, según Jünger, tenía demasiadas hormonas, y a Kant que tenía demasiado pocas.
En el fondo, este reencuentro del hombre consigo mismo no es sino un reencuentro con el poder divino. Es allí donde está la verdadera substancia de la historia y la grandeza de cada hombre en parte. Al lugar donde este encuentro se produce Sócrates llamaba daimon que no es, según Jünger, sino otro nombre del bosque. Nos damos cuenta de que, escogiendo entre los pensamientos que Jünger forja y expone a lo largo de todos sus libros, novelas o ensayos, el mundo que contemplamos, desde estas alturas, no tiene nada que ver con los proyectos de los últimos siglos, formas sociales de unas filosofías, simples doxas u opiniones que nos han llevado en el extremo limes de la destrucción, a una anarquía que embiste no sólo al hombre sino también al cosmos. La naturaleza exterior parece ser la primera víctima de esta posibilidad de extinción que había empezado en el alma de los individuos hace exactamente doscientos años. ¿Qué significa la actitud de Jünger, su programa literario, en el marco mismo de las posibilidades racionales en que nos encontramos desde el punto de vista científico y en un momento, precisamente, en que, de la manera más inesperada, los pensamientos del anarca, o del Waldgänger coinciden con los de los físicos, biólogos y astrónomos contemporáneos?. El escritor, representado por Ernst Jünger, toma el mismo aspecto esencial que el científico representado por ejemplo por Werner Heisenberg, para referirnos al más representativo, pero no al único, de los investigadores de una materia transformada de repente en lo contrario de lo que había sido hasta ahora, del mismo modo en que el anarca es lo contrario del anarquista, siendo todo ismo “una hostilidad a priori" escondiendo un desprecio metafísico de la materia. El nuevo físico ama la materia, de la misma manera subjetiva en que, desde un punto de vista cristiano, expuesto por Gabriel Marcel, conocer no es posible sino amando; el objeto para conocer se vuelve así otro sujeto, y el otro es otro yo. Nos encontramos de repente en plena contemporaneidad Jünger-metafísica cuántica.
Tendríamos que poder medir ya la distancia en el enfrentamiento que separa a Jünger de los novelistas del siglo pasado, los realistas y naturalistas pegados al materialismo dominante en aquella época, con la distancia que corre entre la física cuántica y la del determinismo que la precede. Sabemos, con la ayuda de los epistemólogos, que la separación en el tiempo, entre físicos o biólogos de las varias épocas anteriores es menos tajante que la polémica desemejanza que enfrenta entre sí a los escritores, filósofos y artistas, representando corrientes a menudo irreconciliables. Resulta, pues, difícil hablar de físicos románticos y de biólogos realistas, de astrónomos surrealistas, aunque la situación necesitada, de la que habla Gonseth, y que incluye los rasgos fundamentales y perfectamente definitorios de una época, tiene mucho que ver con todas las técnicas del conocimiento, las científicas como las mal llamadas humanistas[8]. Hasta tal punto la coincidencia en el tiempo puede resultar estilística, como para otorgar a la física elaborada en las Universidades alemanas, alrededor del final del siglo pasado y principios del XX —y me refiero sobre todo a Gotinga—, un dejo netamente expresionista, entendiendo por expresionismo una mutación espiritual que puso fin, quizá para siempre, al reduccionismo materialista del siglo XIX.
La transformación ha comenzado
Una era antideterminista, igual que una marea alta, borraba en las playas del conocimiento las últimas huellas de un abominable hombre de las nieves que perturbó profundamente la andadura, típicamente espiritualista, de la caña pensante mediterránea y atlántica. Estaba terminando el exilio en la emboscadura. La metanoia duró más de ochenta años y hoy nos encontramos en los estertores de una conclusión materialista y determinista y en el comienzo de una época a la que va a dominar aquel dos por ciento de la resistencia en el bosque, de la que habla Jünger en el Waldgang. Es verdad que la transformación sólo resulta visible en el marco todavía restringido de una élite, pero los resultados de aquella magna transformación empiezan a saltar a la vista hasta en el corazón mismo del error. Me refiero a los países donde el determinismo supo construir, como afirmaba el pensador polaco Kołakowski, más cárceles que hospitales. Lo importante para nosotros, es poder afirmar que la renovación ocurrida en la ciencia se produjo también en la literatura y que Ernst Jünger fue uno de sus protagonistas más eficaces, ya en los años veinte y treinta, cuando Heisenberg formula el principio de indeterminación y Pauli el de exclusión, principios realmente asombrosos y que parecen, para un observador bien colocado en el espacio del espíritu, como situados en plena línea Goethe-Jünger, a la que aludíamos al principio. En efecto, si Faust y Lucio de Geer lo que defienden es la persona como unidad última, expresión del espíritu individual, obra maestra en lo humano de la cultura occidental, entonces resulta más que evidente la correlación que podemos establecer entre esto y el individualismo oculto tanto en el principio de incertidumbre como en el de exclusión[9]. Si la palabra átomo significa en griego lo que no se puede dividir, la última y más sintética expresión de la materia, esto en latín significa indiviso e individuo. Me doy cuenta perfectamente de las dificultades que plantea cualquier acercamiento o paralelismo entre lo científico y lo literario y artístico, pero vivimos la época, en la medicina, de lo psicosomático y es preciso tener en cuenta el hecho de que el principio de sincronicidad ha sido formulado por Jung, un psicólogo, y Wolfgang Pauli, un científico[10]. Y de que, también, las revelaciones de la nueva física han sido llevadas hasta increíbles conclusiones psíquicas por Ernst Anrich, en Alemania (en su libro Modeme Physik und Tiefenpsychologie, 1963), conceptos inconcebibles a finales del siglo pasado, y hasta a insospechables formulaciones metafísicas por Jean Charon, en Francia, como enseguida veremos. Las investigaciones de Goethe en los dominios de la óptica, de la botánica y de la mineralogía, como las de Jünger, ponen de relieve el interés complementario del escritor por conseguir una visión holística del universo, donde lo humano, en cuanto microcosmos, no sería sino el reflejo de un macrocosmos al que tendremos acceso sólo multiplicando y no dividiendo, como lo habían hecho los especialistas del siglo XIX. Hasta tal punto que la misma materia ha sido denegada como tal por Jean Charon y otros físicos franceses, llegándose incluso a definirla como Espíritu y tratando de demostrar que la inmortalidad del alma no sería sino algo íntimamente relacionado con la energía inmortal perteneciendo a la partícula llamada electrón, cargada de energía negativa y de memoria y que sería nada más y nada menos que la configuración científica del alma. Una explicación neognóstica interesante, como demostración de algo que los creyentes de tipo tradicional desechan o desprecian, pero que, en el marco del combate final al que asistimos, tiene sus méritos y sus incalculables consecuencias. La muerte misma, bajo este signo, se le antoja a Charon como algo que nos obliga a descubrir e identificar al Espíritu detrás de la misma Materia[11].
El fenómeno, de por sí, resulta inquietante y esperanzador. Porque, lo que se me ocurre deducir, en esta parte final de mi artículo, es preguntarme acerca de la implicación europea y universal del fenómeno, presentado aquí como posibilidad de enfocar, aprehender y comprender lo que nos define como víctimas, o sea como mártires o testigos de algo que está escrito, por así decir y que, de alguna manera, muy incisiva, nos perfila como crepúsculo y como alba. En uno de sus ensayos más cargados de magia, como inspirado por el Ángel rilkeano, (me refiero a Über die Linie) Jünger afirmaba que una de las desgracias que acompaña últimamente a Europa es el hecho de que nuestro continente suele transmitir sus conocimientos, para su castigo, a los demás pueblos de la Tierra. Al cabo de esta imprudente transmisión de poderes Europa se encuentra deshecha y podemos considerar las últimas dos guerras mundiales como combates perdidos para Europa. ¿Cuál va a ser entonces su destino: el de Saturno devorado por sus propios hijos, o el de Cadmus, que se salva de la muerte en el momento en que los hombres armados nacidos de los dientes del dragón acaban exterminándose entre sí? Los elementos positivos, europeos también, que manan de los acontecimientos y permiten una visión de conjunto, serían los siguientes, dentro de un enfoque europeo de las cosas, pero universal también: la inquietud metafísica de las masas, el empuje de las ciencias particulares, cada una por su cuenta, fuera del espacio copernicano y newtoniano, y la aparición de los temas religiosos en la literatura mundial. En este sentido Jünger coincide con los científicos cuando afirma que las ciencias evolucionan hacia esquemas que permiten, sobre todo al astrónomo, al físico y al biólogo, una interpretación teológica del todo.
El amor y la muerte
Sin embargo, detrás de esta epistemología metafísica que engloba, en una misma “Weltanschauung”, episteme y poiésis, nos encontramos con la antigua sintonía, trágica e impulsora a la vez: el amor y la muerte, temas fundamentales tanto en Rilke como en Jünger, pero que inspiran las conclusiones y el mismo ilusionismo de los físicos y de los biólogos. ¿Cuál es la incidencia de los dos conceptos, profundamente occidentales, en su tratamiento poético y social, hasta político me atrevería a decir? Tanto el amor como la muerte no han dejado un sólo momento de preocupar a los Titanes, enemigos de la libertad y del conocimiento, en el espacio de terror que ellos han inventado al final del ciclo determinista al que han venido controlando con los últimos residuos de la ciencia determinista y con la utilización imperfecta pero eficaz de una técnica contraria a la ciencia de la que había brotado y, sin embargo, diabólicamente paralela. Hasta tal punto que la diferencia que hay entre una bomba atómica y una central nuclear no haría sino poner en evidencia el subsuelo oculto y unitario en su esencia, contradictorio en su existencia, de los dos artefactos.
Contemplemos la relación Amor-polis allí donde revolutio ha sido fiel al sentido mismo del concepto, o sea al regreso o retorno de la sociedad, impulsada por la revolución hacia períodos en el pasado desde los que lo actual ha sido empujado hacia el futuro. De este modo, como lo ha hecho Gonzague de Reynold en su libro El mundo ruso, la época comunista resulta tan orientalizante o asiática como la época tártara, en la historia del mismo pueblo[12]. Tendríamos que regresar en el tiempo a la Edad Media europea para conseguir penetrar dentro del núcleo activo del concepto amor y darnos cuenta de la importancia que el bregar del hombre europeo en la senda del conocimiento se ha encontrado siempre relacionado con amar. Amar para poder conocer está en las páginas del libro quizá más importante creado por el genio occidental, ilustrando lo que acaba de decir. Me refiero a la Divina comedia. Conocer para amar y amar para poder conocer, alcanzar el conocimiento último, llegando delante de Dios, la verdad por antonomasia, de mano de la mujer amada, constituye toda una simbología occidental. Esta colaboración ha sido prohibida desde los mismos comienzos de la revolución de los Titanes. Y es así como ha sido presentada en las utopías literarias del siglo XX, tanto en el 1984 de Orwell como en el Nosotros de Zamiatin, o en el Doctor Zhivago de Pasternak, prohibida en la tierra de su propio idioma porque ponía de relieve el conflicto fundamental entre el amor y el quehacer de los Titanes.
Allí donde dos seres se aman lo que hacen es conquistar terrenos a Leviatán, creando un espacio al que éste deja de controlar." Es uno de los pensamientos más profundamente hermenéuticos de la época que nos ha tocado vivir, ya que Leviatán es el Titán por excelencia. “Eros, sigue diciendo Jünger, conseguirá siempre la victoria final sobre las ficciones de los Titanes, ya que es el auténtico mensajero de los dioses.” Entendemos así por qué el amor esté prohibido en el espacio dominado por los Titanes: por qué la literatura permitida en aquel espacio ignora el amor y por qué el conocimiento se retira de las mentes en la medida en que Eros se vuelve enemigo público número uno. En cambio, el sexo, dentro del mismo desierto anímico, como político, coincide cada vez más con el auge de la técnica y, a este nivel, escribe Jünger, "...está tan cerca del titanismo como el vertido gratuito de la sangre.” Creo que nadie lo ha dicho mejor. La “clave Jünger” es la clave mayor, para abrir puertas de entendimiento hacia los escondrijos prometedores y porveniristas ocultos en los claros del bosque, y también para explicar los horrores más inexplicables, expuestos a interpretaciones menores de nuestro tiempo.
En cuanto a la muerte, sigue diciendo Jünger en Über die Linie, “Hoy, como siempre, los que no temen a la muerte son infinitamente superiores a los más grandes exponentes de los poderes temporales." Los que detienen el poder, dentro del reino de Leviatán, lo que más temen es que las masas por ellos sometidas se liberen un día del temor a la muerte. Esto significaría su eliminación certera. De ahí su furia ante cualquier tipo de doctrina trascendente. El peligro supremo para ellos se esconde en eso: que el hombre acabe por perder el miedo. “Hay regiones en la Tierra donde la sola palabra metafísica es perseguida como una herejía”. Rilke había intuido, en lo positivo, la magnitud del tema, en el Toledo del Greco y más tarde en Ronda al escuchar en una iglesia el coro natalicio de unos niños. Algo, o alguien en aquellos lugares, había quitado a los hombres el miedo a la muerte, el más grande logro del espíritu en el recorrido humano por el tiempo.
Es así como los dos conceptos forjados por Jünger y Heidegger, Waldgänge y Holzwege se vuelven soteriológicos para nosotros, del mismo modo en que salta a la vista su concomitancia con el principio de incertidumbre característico de la mónada cuántica y que otorga al individuo, y a lo individual escondido en la partícula, una aureola de indeterminación que transforma en improfetizable tanto al electrón como a la persona. Siguiendo los Eisenwegge, ideal de las sociedades hilozoistas, embriagadas de determinismo en el extremo Oeste como en el extremo Este del hombre europeo, sólo llegamos' a un mundo feliz o al gulag, archipiélagos de la nada.
En Las abejas de cristal existe un personaje, en este sentido muy ilustrativo de lo que acaba de afirmar. Se llama Zapparoni, el fabricante de gadgets que se está apoderando del mundo, el personaje más ecológico, por así decir, creado por Jünger. Las abejas que él fabrica se apoderan en un dos por tres de las flores de todo un jardín, las vacían de néctar, alcanzan así un récord de cosecha, sin embargo las flores, violentadas de este modo robótico e industrial, acabarán por secarse y morir. Es el símbolo de la eficacia técnica a la que hemos llegado utilizando sin discriminación los Eisenwege en lugar de los Holzwege. Creer que la penicilina es más segura que la consagración de una hostia, piensa Richard, el protagonista de la novela, es lo que hacen de estos falsos constructores, en el Este como en el Oeste, unos destructores, cuyos logros y victorias no son más que pérdidas insustituibles para la humanidad.
Nos encontramos en el umbral de una Europa nueva, por primera vez unida, desde el punto de vista parlamentario y económico. Una Europa de mercados, por consiguiente, y de partidos, como la que engendró a los fantasmas materialistas del siglo pasado. Su grandeza va a ser la riqueza, inconcebible sin la práctica de la usura. Pensar que Ernst Jünger no está presente, de manera visible, en sus cimientos, resulta desolador y deprimente. Sin embargo, sabemos que un dos por ciento, dentro de Europa, se encuentra en la emboscadura o en la rebeldía.
Es rebelde, escribe Jünger, cualquiera que se encuentre puesto en contacto con la libertad por la ley de su propia naturaleza." Es un concepto de la libertad opuesto a las elucubraciones actuales sobre las sombras tardías de los derechos humanos. Creo que, del mismo modo en que escritores como Hölderlin o Kafka, Kierkegaard o Baudelaire, Guénon o Musil, Nietzsche o Dostoievski, se han vuelto actuales e incluso imprescindibles en el mismo momento en que tiempos nuevos han rimado con su enseñanza, Ernst Jünger será considerado como fundador de la nueva Europa en un momento, no muy lejano, en que los años decisivos que se acercan llevarán su nombre, en un espacio-tiempo en que el bosque dejará de ser tierra de exilio.
Veintiuno nº3, otoño de 1989, pp. 97-112



[1] En el poema Brot und Wein, en el siguiente contexto, al que me permito traducir:
Así esperando, y qué hacer mientras tanto y qué decir
No lo sé, y para qué poetas en tiempos despiadados,
Pero ellos son, dices, como los santos sacerdotes del Dios del vino
Que de un país a otro se mueven en la noche.”
Afirmando de esta manera la esencia de la poesía, escribe Heidegger en Acercamiento a Hölderlin, el poeta empieza por determinar un tiempo nuevo. “Es el tiempo de los dioses huidos y del dios que va a venir." Tanto los versos de Hölderlin como la interpretación de Heidegger plantean el tema fundamental de un final y de un comienzo, que caracterizan la época que estamos viviendo. La prosa de Jünger trata de explicar lo mismo. Es el fin del exilio del Waldgäneger.
[2] Para el anarca la salvación está en el individuo, para el anarquista en las masas. “Una diferencia más entre el anarquista y el anarca: aquél persigue al monarca como si se tratara de su enemigo mortal, mientras que el anarca mantiene con él relaciones de neutralidad objetiva. El anarquista quiere matar al rey, mientras el anarca sabe que podría matarle... pero tendría que haber para ello unas razones, no generales, sino personales.” Y más adelante: “El anarca puede encontrarse al monarca sin apremio alguno, ya que se considera como el igual de todos, incluso de los reyes.
[3]Es porque hemos colocado la cuestión hacia el ser en conexión con el destino de Europa donde se está decidiendo el destino del planeta." (M. Heidegger, en Introducción a la Metafísica). Un Mercado común nada tiene que ver con “el esfuerzo para hacer hablar el ser”. Una Europa de los mercaderes seria como el nombre propio de un “reino de la cantidad” en el cual, según René Guénon, la cantidad “aparece como un principio de separatividad.” Es la confusión producida por la fatal combinación entre “la colectividad” y “la aritmética de los individuos”, desprovistos de “cualquier determinación cualitativa”. (Véase, en especial modo, El reino de la cantidad de Guénon).
[4] En Monsieur o el Príncipe de las tinieblas (Londres 1974), sus adoradores pertenecen “al vértigo de la nada." Escribe Durrell corroborando contemporaneidades: “La Humanidad es demasiado endeble para enfrentarse con la verdad de las cosas, pero para cualquiera que haga frente con espíritu despejado a la realidad de la naturaleza y del proceso, la respuesta es completamente ineludible: el señor actual es el Mal.
[5] Véase también De la unidad trascendental de las religiones por Frithof Schuon, París 1948.
[6]El lenguaje no puede haber empezado sino a partir de lo prepotente y de lo inquietante, en el mismo dirigirse de los hombres hacia el ser. En esta puesta en camino del lenguaje, en tanto que el ser se vuelve palabra, la poesía fue. El lenguaje es la poesía original, en la que un pueblo dice el ser." Heidegger, en Introducción a la metafísica.
[7] En mi Viaje a los centros de la tierra véase la entrevista con Gonseth.
[8] Gonseth la llama también sistema necesitado en Filosofía neoescolástica y filosofía abierta, París 1954.
[9] Según este principio todo electrón, como otros tipos de partículas, excluye de su estado cuántico, dentro de un átomo, a cualquier otro electrón. “Una diversificación, una heterogeneidad de la energía es de este modo posible... Es así como incumbe a los electrones la realización completa de la estructura atómica, es decir de unas partes que se diferencian las unas de las otras para formar una estructura en el marco de este principio de exclusión cuántica diversificante e individualizador. (Stéphane Lupasco en ¿Qué es una estructura?, París 1967). En su otro libro El hombre y sus tres éticas (París 1986) Lupasco habla del "principio de exclusión individualizante de Pauli”. Considerando la posibilidad de formular una “correspondencia” entre la ciencia y el pensamiento, la literatura y las artes, el impacto de la nueva física sobre la creación en general y unos sistemas políticos basados en el antideterminismo cuántico, extraído de lo que podríamos llamar un realismo cósmico, se vuelve cada vez más factible en cuanto nueva doctrina o nueva ciencia política proyectada hacia el futuro. Lo que está hundiendo en este momento el edificio titánico, en el Este, es precisamente su situación anticósmica, quiero decir su determinismo utópico.
[10] "El concepto general de sincronicidad, en su aceptación específica de coincidencia temporal de dos o más acontecimientos no vinculados por ninguna relación causal y que poseen el mismo contenido significativo" ha sido explicado por Jung en su ensayo La sincronicidad, publicado en 1952.
[11] Me refiero sobre todo a dos de sus libros: El espíritu, este desconocido (París 1977) y Muerte aquí está tu derrota (París 1979). Según Charon "...nuestra experiencia vivida no se acaba con la muerte, sino que, probablemente, esta experiencia debuta, al contrario, mucho antes de que nazcamos y continúa más allá de lo que llamamos nuestra muerte corporal, a una escala de tiempo en armonía con las duraciones con las que opera la Naturaleza, es decir millones o miles de millones de años."
[12] El mundo ruso es el tomo VI del ciclo La formación de Europa, obra maestra, hoy poco citada, del antiguo catedrático de la Universidad Suiza de Friburgo. El citado libro apareció en París en 1950.