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lunes, 13 de marzo de 2023

"Treinta años de futuro" de Andrés Ibáñez (ABC Cultural, 12 de marzo de 2022, pp. 58-60)

 

Marina Núñez. “Simbiosis (Drosera, 1)”, 2022. Imagen digital en tinta sublimada sobre aluminio. 40x40 cm.

TREINTA AÑOS DE FUTURO

Cuando volvemos la vista a los años 90 comprobamos que prácticamente todos los temas que nos preocupan o intrigan en 2022 estaban ya entonces desarrollados. Son como el dinosaurio de Monterroso: nos despertamos una y otra vez, y el dinosaurio sigue allí, pidiendo realidad, rogando que creamos en él asegurándonos que pronto, muy pronto, nos demostrará que existe de verdad. El estudio de la conciencia, la equiparación del cerebro con un ordenador, la inteligencia artificial, la realidad virtual, la idea del posthumanismo, el mejoramiento humano a través de la tecnología la posibilidad de descargar la conciencia en un ordenador, la preocupación por el calentamiento global, los juegos de ordenador, la idea del “ciberespario” (creada por el novelista William Gibson cuando usaba una máquina de escribir y jamás había tocado un ordenador), la eclosión del “cyberpunk”, los manga y los “anime”, la teoría de género, los estudios poscoloniales, el movimiento gay y el “orgullo gay”, los “estudios animales”, los derechos de estos (junto con algunos temas que luego han perdido fuelle, como los fractales, la teoría del caos o la autopoiesis), son los grandes temas de los 90.

Interface” neuronal

Seguramente a muchos jóvenes de la generación Z les asombrará saber que en los 90 sus padres ya leían mangas y veían “animes” sin parar (Akira, Venus Wars, Beautiful Dreamer, Neón Génesis Evangelion o Susurros del corazón, primera película de Estudios Ghibli), o que veían películas sobre realidades virtuales, sueños implantados o inteligencias artificiales que buscan liberarse de las ataduras físicas como Nivel 13, Strange Days o Ghost in the Shell.

La idea de que la Historia avanza cada vez más deprisa no es del todo cierta. Lo que avanza deprisa es la tecnología, máquinas-juguetes que se superponen a otras máquinas sin dejar huella ni recuerdo de las anteriores. En el territorio de las ideas, da la impresión de que en los últimos 30 años hemos avanzado bastante poco.

Resulta extraordinario leer en La Galaxia Gutenberg (1964) de Marshall McLuhan el anuncio de que nos encontramos en la «fase final de la extensión del hombre, aquella en que, a través de la simulación tecnológica, el proceso creativo de la conciencia será extendido colectivamente». Por no hablar de las famosas conferencias Macy, celebradas entre 1943 y 1954, en la que cerebros como Norbert Wiener o Von Neumann se reunían anualmente para buscar una teoría de comunicación y control aplicable por igual a animales, máquinas y seres humanos, para lo cual veían necesario, entre otras cosas, encontrar una teoría del funcionamiento neuronal que mostrara que las neuronas operan como sistemas de procesamiento de información. Setenta años han pasado, y Elon Musk todavía no ha logrado encontrar tal teoría a fin de sustentar sus locos proyectos de “interfaces” informáticas neuronales.

Reviso los libros que yo leía en los 90, rescatándolos aquí y allá de las baldas de mi biblioteca. En 1991, publicó Daniel Dennett La conciencia explicada, el texto en el que pretendía haber resuelto de una vez y para siempre el «gran enigma» de la conciencia. La explicación es la siguiente: la conciencia es el cerebro, y el cerebro funciona como un ordenador. El libro era una respuesta a La nueva mente del emperador, de dos años antes, en el que Roger Penrose postulaba que la conciencia funciona de forma no computacional. El mundo intelectual se dividió entonces en dos bandos: los que seguían al físico matemático Penrose y los que seguían al filósofo Dennett aunque por lo general se consideró que era Dennett el que tenía razón. Era la idea que necesitaba el posthumanismo. Todavía hoy en día la necesita.

En 1994 apareció La física de la inmortalidad, donde el físico Frank J. Tipler desarrollaba una teoría totalmente «científica» (la mitad del libro son fórmulas) que «demuestra» que en el futuro podremos descargar la conciencia humana en un ordenador para vivir eternamente, tal y como nos prometía la religión, en maravillosas realidades virtuales. «Al final -escribe Tipler- las máquinas inteligentes llegarán a serlo más que los miembros de la especie Homo Sapiens y, por tanto, dominarán la civilización: ¿acaso importa?». Y se deleita citando el libro del cibernético japonés Masahiro Mori, El buda en el robot (1974), donde se afirma que los robots tienen la misma capacidad potencial de alcanzar la iluminación que los seres humanos. ¿Los robots? Pero, ¿qué robots existían en 1974? Ni siquiera hoy en día, 50 años más tarde, existen robots. ¿De qué robots hablaba Mori en 1974? ¿De qué «simulación tecnológica» hablaba McLuhan en 1964? ¿De qué ordenadores que se comportaban como seres inteligentes hablaba Von Neumann en 1954? ¿En qué pruebas o demostraciones científicas se basaba Dennet para afirmar que el cerebro funciona como un ordenador o Tipler para demostrar que la conciencia puede transferirse a un ordenador? En realidad, solo hablaban de sueños y de fantasías. Y los sueños y las fantasías están muy bien siempre y cuando no intenten hacernos creer que son “ciencia” y que, por tanto, debemos aceptarlos sin rechistar.

En los años 90 el ideal y el programa del posthumanismo estaba ya plenamente desarrollado. En Niños de la mente: el futuro de la inteligencia humana y robótica (1988), Hans Moravec afirmaba otra vez el gran “kōan” del posthumanismo: «La identidad humana es esencialmente un patrón de información más que una actividad corpórea. Dicha proposición puede demostrarse descargando la conciencia humana en un ordenador». En 1999 apareció Cómo nos hicimos posthumanos, de N. Katherine Hayles, un libro extraordinariamente influyente que defendía que en el futuro viviríamos en cuerpos virtuales, liberados de la carne que ahora nos esclaviza y atenaza.

Ciberataques

Internet se veía entonces como una herramienta democratizadora, casi contracultural. En 2003, Horacio Moreno escribía en Cyberpunk: más allá de Matrix que «el arribo de las computadoras personales y de los módems conjuntamente con el enorme desarrollo de las redes telefónicas, trajo aparejado el fin de la hegemonía del Gobierno y de las corporaciones respecto de determinadas libertades de millones de individuos». Este optimismo parece hoy totalmente injustificado: son los gobiernos y las grandes corporaciones precisamente los que dominan un internet que, lejos de haberse convertido en garantía de las libertades, vemos ahora con claridad como un instrumento de control y manipulación a gran escala. Internet es en realidad la peor pesadilla de la democracia, la manipulación de Cambridge Analytica, la «psicopolítica» de Byung-Chul Han, el «capitalismo de vigilancia» de Shoshana Zuboff. En 2007, Rusia ensayó un ciberataque masivo contra Estonia, y logró boicotear totalmente las instituciones estatales y los negocios del pequeño país báltico. Como consecuencia, Tallin es hoy la capital mundial de la ciberseguridad, un tema que obsesiona tanto a los estonios que está presente hasta en los programas escolares.

La lucha por el futuro humano de Jeremy Naydler es uno de los mejores manifiestos que conozco contra la locura posthumanista de Elon Musk y tantos otros empresarios, teóricos e ingenieros sociales «visionarios» cuyas visiones tienen el mismo valor que aquellos «robots» que iban a alcanzar la iluminación y convertirse en budas. El proyecto de llenar el planeta de billones de sensores para crear una «realidad mixta» o un «internet de las cosas» que percibiríamos a través de gafas o lentes de contacto especiales conectadas a nuestro cerebro, cuyo marketing y diseño (“Neuralink” “Hololens”, “Innovega”, “eMacula”) ya se está preparando, es uno de tantos ejemplos terroríficos, cuyo único resultado sería volver locos a sus usuarios o impulsarles al suicidio. Ray Kurzweil afirma en La singularidad está cerca (siempre está cerca, a punto de llegar, a punto de demostrarse de una vez) que «en la post-Singularidad no habrá distinción entre ser humano y máquina, ni entre realidad física y virtual». El hecho es que Kurzweil identifica la «inteligencia», es decir, lo que nos hace humanos, con la capacidad de resolver problemas computacionales. Solo gracias a esta simplificación delirante es posible proponer un futuro tan estremecedor con una sonrisa en los labios.

Mente y alma

La realidad, pero no la virtual, que «está cerca», ni la imaginaría, la realidad de las cosas como realmente son, es que somos seres vivos y estamos dentro del orden de la Naturaleza, que necesitamos la Naturaleza y también el contacto social y la presencia humana. La realidad es que somos seres autoconscientes y que poseemos, como decía Vassily Grossman, una llama que arde en nuestro interior, una mente, un alma, ¡llámese como se quiera!, que es, en efecto, un misterio. La realidad es que esa llama que arde en nosotros es libre, y es además la única cosa libre que existe. La realidad es que una máquina jamás podrá ser consciente ni inteligente por la sencilla razón de que no está viva. La realidad es que, como afirma el filósofo y neurocientífico Alva Noë en Fuera de la cabeza. Por qué no somos el cerebro, «la conciencia no ocurre en el cerebro» y «sería absurdo buscar los correlatos neuronales de la conciencia: no existen dichas estructuras. La idea de que somos nuestro cerebro no es algo que los científicos hayan aprendido, sino que es un prejuicio que se han llevado al lugar de trabajo desde casa».

Nuevo humanismo

El posthumanismo es una ideología terrorífica y peligrosa. Se basa en premisas falsas que jamás podrán demostrarse, pero que antes de que sean finalmente abandonadas y dejadas atrás harán -están haciendo ya- un daño incalculable a nuestra salud mental y física. Como tantas fantasías políticas, se presenta a sí mismo como una utopía bondadosa y feliz en la que el ser humano ya no será humano y, como afirma Yuval Noah Harari, la democracia ya no será necesaria. Resulta increíble que las personas «progresistas» que se ven como herederas del «proyecto ilustrado» apoyen una y otra vez esta ideología antihumana que defiende, claramente y con todas las letras, la dictadura y el sometimiento de los seres humanos a lo inanimado. Me gustaría, desde estas páginas, hacer un llamamiento para luchar por un nuevo humanismo. Es verdad que el antiguo humanismo, que ponía al ser humano en el centro de todo con exclusión de todo lo demás, no parece viable. Necesitamos uno nuevo que comprenda a los seres humanos como parte del ecosistema un humanismo ecologista. Los seres humanos utilizamos la tecnología desde que éramos neandertales: es nuestra segunda naturaleza, como también lo es el lenguaje. La imprenta de Juan de la Cuesta, el órgano de J. S. Bach, la cámara de Tarkovsky, también eran máquinas. Nuestro final no puede ser dejar de ser humanos, sino a ser humanos de verdad.

ABC Cultural, 12 de marzo de 2022, pp. 58-60.

viernes, 17 de diciembre de 2021

"Paisaje para después de la posmodernidad" de Andrés Ibáñez

 


Si queremos pintar un paisaje para después de la posmodernidad, la palabra clave debe ser ecología. También simbiosis.

La ecología es el estudio de los ecosistemas, pero una verdadera ecología debería integrar también las ciudades, las máquinas, la cultura, el pensamiento y las creaciones de la imaginación, porque todo es parte del ecosistema. Todo es real. Todo está vivo. Todo interactúa.

A lo largo del siglo XX se produjo un fenómeno curioso: la ciencia, por un lado, y las ciencias humanas, por otro, llegaron a la conclusión de que el pensamiento lineal y mecanicista que heredamos del siglo XVII y XVIII resultaba insatisfactorio, y que la realidad había que explicarla en términos de procesos y sistemas. Lo fascinante es que la biología y la lingüística han llegado a las mismas conclusiones sin saber la una lo que hacía la otra.

A principios de siglo, la publicación del Curso de lingüística general de Ferdinand de Saussure en 1916 creó una nueva forma de ver los fenómenos humanos que se llamó estructuralismo. Saussure estudia el lenguaje como un sistema, un sistema de signos, cuyos elementos adquieren su valor no de sus propiedades intrínsecas, sino de sus relaciones con otros elementos. Ese año, 1916, señala, por tanto, el final del pensamiento lineal y mecanicista. En los años treinta, los lingüistas de la escuela de Praga aplicaron el estructuralismo de Saussure y su distinción entre «lengua» y «habla» al sistema de los sonidos de una lengua, y se creó la distinción entre fonología (el estudio del sistema) y fonética (la realidad física de los sonidos de una lengua). Las relaciones entre los elementos del sistema fonológico son, como lo serían luego los de los sistemas cibernéticos, binarias: un elemento se define por sus respuestas sí/no a una serie de parámetros. Más tarde, el estructuralismo se extendería con desigual fortuna a la antropología, al estudio de la cultura, al análisis literario, a la psicología, etcétera.

Estudiar los fenómenos humanos como estructuras o sistemas ha tenido un curioso efecto deshumanizador. Porque los elementos de un sistema no son otra cosa que haces de relaciones. El sistema no es una suma de elementos, sino una suma de relaciones entre elementos. Los elementos de un sistema no son, en realidad, nada. El estructuralismo y sus sucesivas encarnaciones, postestructuralismo, deconstrucción, etcétera, describieron así un mundo sin presencia, un mundo que no era más que una serie de redes y sistemas que interactúan entre sí. Este es el mundo posmoderno. Un mundo sin presencia, sin yo, sin sujeto. Un mundo compuesto por sistemas que no son en última instancia otra cosa que construcciones: construcciones sociales, construcciones arbitrarias.

El estudio de sistemas se llamó en lingüística «estructuralismo». En la ciencia se llama, más adecuadamente, «teoría de sistemas», y podemos remontar su origen a los tres tomos de la Tektología de Alexander Bogdanov, aparecidos entre 1912 y 1917, las mismas fechas que la publicación del Curso de lingüística general de Saussure. La «tektología» trata de la organización de «complejos», lo que más tarde serían llamados «sistemas», que Bogdanov estudia y agrupa según sean más o menos caóticos u ordenados. La Teoría general de sistemas, del biólogo Bertalanffy, se publicó en otra fecha mítica para el estructuralismo: 1968. Bertalanffy comenzó sus investigaciones en los años veinte, y fue un precursor de la cibernética, cuyo desarrollo comienza en los años cuarenta con las famosas conferencias Macy de Nueva York. De la cibernética provienen los conceptos de «retroalimentación» y «bucle de retroalimentación», que hacen referencia a sistemas que se regulan a sí mismos.

Otros conceptos importantes aportados por la teoría científica de sistemas son: el de «red» y «patrón», el de «autoorganización» de Walter Pitts y Warren McCulloch; las «estructuras disipativas» de Ilya Prigogine, que postula que los sistemas se ordenan cuando están al borde del caos, y el concepto de «autopoiesis» de Humberto Maturana y Francisco Várela, cuya diferenciación entre «organización» (redes de relaciones abstractas entre elementos) y «estructura» (la materialización concreta de esas relaciones) es idéntica a la que hace el estructuralismo entre «lengua» y «habla» o entre «fonología» y «fonética». «Autopoiesis» es la capacidad que tienen los sistemas vivos de crearse a sí mismos o de crear réplicas de sí mismos.

Todas estas ideas preparan la aparición de la hipótesis Gaia de James Lovelock y Lynn Margulis, que postula que la biosfera es un organismo autorregulador y autopoiésico o, dicho de otra forma, más inexacta aunque mucho más espectacular, que la Tierra es un ser vivo.

En realidad, las ciencias puras y las humanidades estuvieron durante todo el siglo XX estudiando las mismas cosas sin saberlo y sin comunicarse entre sí. Las dos elaboraron su propia visión sistémica del mundo. Así, no es una casualidad que a la hora de analizar las creaciones de la cultura posmoderna, los términos y conceptos elaborados por la ciencia nos resulten a veces tan útiles, o incluso más, que los de las ciencias humanas.

Por poner un ejemplo, creo que los conceptos de «red» y «patrón», que provienen de la ciencia, son los que mejor explican la novelística del escritor posmoderno por antonomasia, Thomas Pynchon. Porque en las novelas de Pynchon los verdaderos personajes, las verdaderas unidades narrativas, los verdaderos constituyentes del texto, tanto sincrónica como diacrónicamente, no son ni los actantes, ni sus acciones, ni tampoco ningún tipo de «motivación» psicológica, sino las «redes» y los «patrones» que recorren el texto en todas direcciones, de una forma no lineal, no psicológica y definitivamente autorreferencial.

Por poner otro ejemplo, ¿cómo no poner en relación la famosa «autorreferencialidad» de la literatura posmoderna, su carácter «metaliterario», con las nociones de «autorreferencialidad», «retroalimentación» o «autopoiesis» venidas de la ciencia? Libros como El gabinete del coleccionista o La desaparición, de Georges Perec, o Si una noche de invierno un viajero, de Italo Calvino, el ejemplo supremo del libro que «se hace consciente de sí mismo», no son otra cosa que sistemas autorreferenciales y autopoiéticos en los que operan numerosos y complejos bucles de retroalimentación.

Sin embargo, existe una diferencia radical entre el tipo de pensamiento sistémico desarrollado por la ciencia y el desarrollado por las humanidades. El pensamiento sistémico de la ciencia ha llegado hasta un nivel global y ecológico, mientras que el pensamiento sistémico de las ciencias humanas se ha quedado atrapado en un mar de falsa erudición, fárrago incomprensible y nihilismo ingenioso. El discurso literario se ha convertido en post-literario y posthumanista y ha elaborado una poética de la muerte y de la ausencia. La ciencia, más ingenua, más literal, se ha tropezado con el ser vivo más grande y abarcador que existe: la biosfera, Gaia, nuestro planeta. El discurso post-humanista describe la ausencia del sujeto, los infinitos condicionamientos que intervienen en cada uno de nuestros actos. La ciencia, más ingenua, se adentra con valentía en el estudio de la conciencia.

Pensemos, entonces, en la posibilidad de una literatura que se mueva también en esas dos direcciones: en la dirección del mundo externo, la ecología, el pensamiento holístico, la simbiosis, y también en la dirección del mundo interior: el estudio y la cartografía de la conciencia.

Al principio decía que la palabra clave era «ecología» y también «simbiosis». En realidad, las dos significan lo mismo, pero yo prefiero usar la palabra simbiosis porque tiene menos connotaciones. Simbiosis de sistemas vivos y de máquinas; simbiosis de descripciones de la realidad; simbiosis de naturaleza y de técnica; de objetividad e imaginación.

¿Es posible esta literatura simbiótica? ¿Es posible una literatura integrada en una simbiosis de máquinas, flores, ciudades, templos? ¿Es posible conciliar las palabras del poema con las del manual científico, la del pájaro y la del ángel?

Es posible, pero sólo a través de la imaginación.

Y aquí comienza la verdadera tarea: comprender qué es la imaginación, cómo funciona, para qué sirve. He aquí algunos apuntes.

La literatura es un arte de la imaginación y no de las palabras. La imaginación es una potencia de nuestra psique distinta del intelecto y también un lenguaje distinto del lenguaje articulado. Es un lenguaje específico, tan específico como el de las palabras o como el de la ciencia. La literatura utiliza las palabras como soporte, pero su verdadero idioma es la imaginación. (En realidad, ningún lenguaje puede manifestarse en estado puro: todos los lenguajes aparecen como combinaciones de lenguajes: hasta el de la música, que parece el más «puro».)

El lenguaje de la imaginación se parece al de la ciencia en su capacidad sintética. El lenguaje verbal procede por distinciones y conceptos. El de la ciencia, lenguaje sintético, trabaja con cantidades. El de la imaginación, también lenguaje sintético, utiliza semejanzas e imágenes. La teoría de Darwin no es más verdadera que la historia de Adán y Eva. Ni más verdadera, ni menos: pertenece a otro lenguaje. La teoría de Darwin, si es que es cierta, explica unos hechos que tienen que ver con la evolución biológica, mientras que la historia de Adán y Eva es una explicación mítica del origen de la conciencia y del funcionamiento del cerebro y un mapa energético del ser humano. Los propios científicos tienen que recurrir al lenguaje de la imaginación cuando quieren explicarse: ¿qué es la noción de «agujero negro» más que una imagen de la imaginación, la creación de un nuevo mito que ayuda a explicar, de forma sintética, lo que de otra manera no sería más que un inextricable amasijo de fórmulas y ecuaciones?

Sabemos mucho de la ciencia y sabemos mucho del lenguaje, de la lógica, de la filosofía, porque sabemos mucho del lado izquierdo del cerebro. Del lenguaje de la imaginación sabemos poco. El carácter sospechoso que en nuestra civilización tienen la magia o la espiritualidad han dejado reducida a la imaginación a una especie de función decorativa. Vivimos en una imaginación degradada y de segunda clase.

Creo que nuestra tarea consiste en integrar las diversas facetas de lo humano en una visión polimórfica de la realidad, parecida a la de los ojos multifacéticos de las libélulas. Los animales depredadores tienen los ojos situados enfrente para ver la presa. Las vacas, los antílopes, los peces y los otros animales que son comidos, tienen los ojos a los lados, para ver de dónde puede venir el cazador. Los cazadores ven sólo lo que tienen delante, y los cazados ven todo menos lo que tienen delante. Ha llegado el momento de que dejemos de mirar el mundo como depredadores, de que dejemos de observar con apasionada intensidad un solo punto preguntándonos si podemos o no comérnoslo. Algunos pensarán que esta propuesta es muy estúpida. En efecto, sería verdaderamente estúpido ser un leopardo y desear convertirse en una vaca. Lo que yo propongo es que nos convirtamos en libélulas, cuyos ojos múltiples les permiten ver al mismo tiempo distintas versiones de la realidad.

Propongo, para terminar, una breve lista de obras de arte simbiótico. En casi todas ellas aparecen combinados los cuatro elementos, el natural, cultural, psicológico y mecánico o, por decirlo de otra forma, la naturaleza, la cultura, la mente y las máquinas; o, por decirlo de otra forma, la realidad física, las creaciones culturales, la realidad interior y las creaciones mecánicas: la flor, el libro, el ángel y el ordenador.

Un importante precedente cinematográfico: 2001 de Kubrick-Clarke, donde la evolución de las especies se relaciona con la presencia en nuestro planeta de máquinas extraterrestres, y donde el tema de la máquina autoconsciente (el ordenador Hal 2000, que se vuelve loco) se combina con el del viaje por el interior de la conciencia, y las máquinas, la ciencia, y la exploración interior postulan un casi inconcebible estado superior de la evolución.

Teatro: The day before, de Robert Wilson, por ejemplo en la última escena, donde la máquina humana (máquina de los recuerdos, cine) se combina con la naturaleza (imágenes del mar), el ángel, que es quizá un ángel andrógino (además del texto sobre la reunión de opuestos, Shiva y Shakti), el arte (el viejo actor de Chéjov, los zapatos de Magritte), la historia (la bomba atómica), etcétera.

Manga: Ghost in the Shell, donde el sistema de información se hace autoconsciente y el cyborg, el ser que es en parte humano y en parte máquina, descubre al ángel en el interior de su conciencia a través de un éxtasis de conciencia ampliada.

Artes visuales: el «Jardín de televisiones», por citar sólo una obra de Nam June Paik, artista y compositor coreano, donde la naturaleza y la máquina se unen en un jardín que es ya lo que Lezama llamaba «sobrenaturaleza», lo que Lyotard llama la «segunda corteza».

Literatura «infantil»: la trilogía Materia oscura, de Philip Pullman, donde se combinan los animales inteligentes (el país de los osos polares), con el clan de las brujas del norte, la máquina inteligente (la «brújula dorada»), los ángeles, la física cuántica, la antropología, la teoría de los universos paralelos, el gnosticismo, etcétera.

Literatura: Masón & Dixon, de Thomas Pynchon, donde la máquina se hace humana (el pato robot, el perro automático, los relojes que hablan, una máquina que es un país en el proceso de hacerse autoconsciente), y donde la ciencia de los topógrafos se une con la magia de los indios americanos y las voces de los habitantes del interior de la tierra (la voz de Gaia).

Ciencia-ficción: Vurt, donde Jeff Noon crea un mundo compuesto a partes iguales por la opresiva tecnología propia del ciberpunk, los sueños (el universo onírico de Vurt, que crea una realidad paralela), y donde hay seres humanos que son mitad animales (los perros hombres), mitad espíritus (las sombras), mitad muertos (los zombies), mitad máquinas (los robots), además de seres humanos «puros», los más raros.

A esta lista apresurada y provisional me gustaría añadir también El mundo en la Era de Varick, de Andrés Ibáñez, una novela muy mal comprendida y donde se combinan la reflexión sobre el lenguaje (las «indeterminaciones»), la teoría de los universos alternativos (el «planeta análogo»), la búsqueda espiritual (la historia del monasterio perdido), la ecología (el propio Varick como metáfora de la voz de Gaia), la era de la comunicación (el Centro Internacional de Transmisiones que canaliza los mensajes de Varick), la imaginación como «realidad segunda», etcétera.

 Andrés Ibáñez, "Paisaje para después de la posmodernidad" (Eduardo Becerra, coord.), Desafíos de la ficción, Alicante, Universidad de Alicante, 2002), pp. 35-44.

sábado, 30 de noviembre de 2019

"Por una literatura simbiótica" de Andrés Ibáñez" (Letra Internacional nº 74, 21 de marzo de 2002)


Por una literatura simbiótica

Andrés Ibáñez

Creo que ya es el momento de que nos replanteemos la literatura posmodema como algo más que un conjunto de novelas que «hablan de sí mismas» y que citan y parodian libremente las obras del pasado (dejando aparte a los que creen que la literatura posmoderna consiste en escribir novelitas intrascendentes llenas de sexo y drogas). Creo que ya es el momento de aceptar la literatura posmodema como la expresión literaria de nuestra época e ir un poco más allá de la absurda y anacrónica discusión moderna que llena casi todo nuestro discurso literario o metaliterario. Me estoy refiriendo, claro está, a los que no se dan cuenta o no quieren darse cuenta de que la modernidad literaria ha muerto, a los que siguen empeñados en centrar la discusión literaria sobre una noción de estilo como suma de tropos (metáforas, comparaciones, piruetas sintácticas. adjetivaciones asombrosas, virtuosismos abstractos) o de «técnicas vanguardistas», a los que exaltan la dificultad como virtud, a los que creen en la literatura como resistencia y como arma ideológica, a los que defienden una separación entre un arte «puro» y otro «comercial», a los que defienden la «pureza» «utópica» de la obra de arte de «vanguardia», a los que se horrorizan ante las obras de arte que producen placer. a los que siguen considerando el juego, el placer o la belleza como «concesiones» al lector/espectador.

Lo más curioso es que este discurso vanguardista corresponde hoy en día, en España, al mundo académico —esa «segunda corteza» de separatas, cursos de doctorado, simposios y «publicaciones especializadas». El mundo académico usa la palabra «posmodemo» como sinónimo de falso, vacío, light; interpreta la posmodemidad como el momento en el que el autor se vende a las exigencias del mercado; y, lo más asombroso de todo, acusa a la posmodemidad de ser reaccionaria. Al mundo académico le gustaría que los autores del presente se mantuvieran dentro de los cánones establecidos por la modernidad, y que limitaran su campo de innovación al corpus de los recursos del estilo o, en general, a todas esas marcas y «técnicas» puramente externas que son fácilmente susceptibles de análisis formalistas y que tan bellamente permiten fijar y clasificar el «hecho literario». Pero, ¿no resulta absurdo y contradictorio acusar a una forma artística de ser reaccionaria por negarse a seguir unas directrices estéticas impuestas en un pasado distante? ¿No resulta un sinsentido pedir a los escritores jóvenes, nacidos con los Beatles y la guerra de Vietnam, con la muerte de Franco y los porros, que reaccionen contra las damas de la belle apoque que enfurecían a Bretón? ¿No tiene algo de cómico el espectáculo de unos profesores universitarios y unos críticos literarios que, desde el pulpito del aula, la publicación especializada o el suple mentó cultural, exigen a los autores que sean más revolucionarios, más violentos y más maleducados?

En realidad, la pasión por el vanguardismo y el modernismo del muñe académico es su propia forma de conservadurismo cultural. A principios de siglo, el mundo académico era moralista y sentimental: hoy en día es vanguardista y formalista. Contra aquel moralismo reaccionó la modernidad; contra el presente vanguardismo anacrónico choca y chisporrotea la posmodernidad.

La literatura posmoderna no es una imposición del mercado, ni es light, ni es una muestra de la decadencia de Occidente. La literatura posmoderna no es ni siquiera un estilo o una corriente literaria: es la expresión literaria de una época de la historia cultural. la época posmoderna, dentro de la cual caben autores de estilos y tendencias tan diversos como los de Tolkien o Nabokov, Miguel Espinosa o David Foster Wallace. La época posmoderna comienza aproximadamente después de la Segunda Guerra Mundial, en gran medida como consecuencia de la gran herida que esa guerra infligió a Occidente. Comienza con un movimiento general de rechazo al formalismo excesivo del modernismo, con los primeros relatos de Borges, con El señor de los anillos, con las primeras novelas inglesas de Nabokov. con la aparición de un nuevo estilo en la arquitectura, con los intentos de ciertos intelectuales de buscar una forma de escribir después de Auschwitz, con la evidencia cada vez más difícil de soslayar de la naturaleza dictatorial e imperialista del régimen soviético, con el desarrollo de la lingüística estructuralista. con las primeras investigaciones en el campo de la inteligencia artificial. Los primeros análisis de la posmodernidad no aparecerán hasta los años sesenta. En los 80 se convertirá en la tendencia cultural dominante. Desde luego, no toda la literatura aparecida en la segunda mitad del siglo XX es literatura posmoderna, del mismo modo que no toda la literatura escrita en la época romántica es literatura romántica. El Quijote, obra renacentista, se escribió y publicó dentro del periodo barroco; las novelas de caballerías, género típicamente medieval, aparecieron durante el Renacimiento. No olvidemos que Rilke fue contemporáneo de Tolstoi y de Stravinsky, que Artur Rubinstein tenía doce años cuando murió Johannes Brahms, que Wallace Stevens tenía ocho años cuando murió Emily Dickinson. En cualquier época de la historia coexisten tendencias artísticas diversas, cultivadores de tendencias anteriores (es el papel que le corresponde hoy en día, por ejemplo, a un modernista de salud y energía tan envidiables como Lobo Antunes) y escuelas locales o regionales, junto con un mainstream de tipo tradicional al que no le afectan demasiado las evoluciones estéticas.

Entendámonos: la literatura posmoderna es Borges. Porque si bien la modernidad literaria tiene muchas cabezas visibles (Joyce, Faulkner, Kafka, Eliot, etcétera), lo cierto es que la posmodernidad literaria tiene una sola. Podemos buscar antecedentes a la «actitud posmoderna», y los hallaremos en abundancia (Cervantes, Diderot, Roussel, Gertrude Stein, el «historicismo» y la técnica del pastiche de Joyce), y podemos ya hacer una nómina más o menos «clásica» de autores posmodernos (Nabokov, Cortázar, García Márquez, Calvino, Perec, Pynchon, Barth), pero no cabe duda de que el centro y el origen de prácticamente todos los temas y todas las técnicas de la literatura posmoderna están en la obra narrativa, poética y ensayística de Jorge Luis Borges que se convierte así en la figura clave de la literatura occidental de la segunda mitad del siglo XX.

La literatura posmodema es autorreferencial. Este es su aspecto más notorio y, quizá, más definitorio. Pero la auto-referencialidad o auto-reflexividad de la literatura posmodema no es un fenómeno aislado, y ni siquiera es solamente un fenómeno estético (cuando hablamos de auto-reflexividad nos referimos tanto a sistemas que se generan a sí mismos como a sistemas capaces de reflexionar sobre ellos mismos y también a sistemas cuyo mecanismo generador es una parte del propio sistema). La ciencia, la técnica, los estudios culturales, toda la suma de la indagación y la reflexión contemporáneas son también autorreflexivas: no sólo la filosofía, las ciencias sociales o la teoría de la literatura, sino también la informática, la física o la biología.

Los estudios sobre inteligencia artificial, originados en los años 50 en las conferencias Macy de Nueva York, son quizá el ejemplo más conspicuo de este interés de la ciencia moderna por los sistemas auto-reflexivos (una máquina capaz de pensar), pero también las ciencias de la complejidad, la teoría de fractales, la noción de autopoiesis («autocreación») de Varela y Maturana o La hipótesis Gaia de James Lovelock y Lynn Margulis, nos hablan de sistemas que reflexionan sobre sí mismos o que se generan a partir de mecanismos propios del propio sistema. La literatura posmoderna es autorreflexiva porque la física, la informática, la biología, las matemáticas, la ecología y la sociología modernas son también autorreflexivas. Maturana y Varela acuñaron el término autopoiesis a principios de los años 70 para intentar dar cuenta de la forma en que se comportan los organismos vivos. Niklas Luhmann pudo, a continuación, adueñarse del término para hablar de «La autopoiesis de los sistemas sociales» (artículo aparecido en un volumen que se titula, muy significativamente. Ensayos sobre autorreferencia). En su libro La trama de la vida, Fritjof Capra incluye todas estas tendencias dentro de un parámetro todavía más amplio: la noción de «auto-organización». que incluye también teorías o hipótesis como las estructuras disipativas de Prigogine, en las que el orden se crea en el límite del caos, o la idea de un «universo auto-organizador» del físico austríaco Erich Jantsch. Me parece inevitable relacionar esta tendencia al análisis de sistemas, redes y estructuras que se explican a partir de sí mismos con las tendencias dominantes en la lingüística, la semiótica y, en general, los estudios culturales de los últimos decenios. ¿Por qué no considerar que el famoso carácter «meta-literario» e «intertextual» de las obras posmodernas no es otra cosa que un caso más de auto-organización o, por decirlo de otra manera, un fenómeno de autopoiesis de un sistema poético o literario?

En general, los análisis que se centran en el carácter «metaliterario» e «intertextual» de las obras posmodernas, e insisten en el carácter de pastiche o de collage de muchas de estas obras son insuficientes y tienden a desvirtuar el sentido de ese carácter meta-literario o a reducirlo a un juego vacío y gratuito. El hecho de que la obra de Borges, paradigma supremo de metaliteratura e intertextualidad, tenga un carácter tan intensamente poético y tan decididamente metafísico no es en modo alguno una casualidad. La literatura posmoderna pretende hacer una crítica general de los sistemas y los códigos culturales en que vivimos y hemos vivido hasta ahora porque su ambición final no es otra que hacer una crítica a la realidad. El carácter auto-referencial de la obra de arte posmoderna es, como me gustaría mostrar en este artículo, un fenómeno mucho más complejo que una simple cuestión de cita o parodia.

La tarea principal de la literatura posmoderna, su gran programa secreto y la columna vertebral que organiza su vasto entramado neuronal es, pues, una Crítica General de Sistemas y Códigos. Dicha Crítica (en adelante CGSC), quiere deconstruir la construcción. revelar que lo que creíamos la realidad era en realidad un código, que lo que habíamos tomado por naturaleza o cualquier otra forma de lo inevitable (el yo, la historia, la razón, etcétera) era en realidad un sistema cultural. Esa es la explicación del tan manido carácter «metaliterario» de la ficción posmoderna, que se manifiesta en las formas más diversas: parodia de géneros preexistentes (la novela dieciochesca inglesa en El plantador de tabaco de John Barth), «reescritura» de obras de arte del pasado (Don Quixote de Kathy Acker), libros que tratan de otros libros (Pálido fuego de Nabokov. «Pierre Menard, autor del Quijote», por poner un solo ejemplo de Borges, o el ejemplo máximo de esta tendencia, Si una noche de invierno un viajero, de Calvino), libros que pretenden integrar al lector dentro de la trama (La historia interminable de Michael Ende), libros que «se hacen» al mismo tiempo que se cuentan (Fragmentos de Apocalipsis de Torrente Ballester), libros que fingen no ser obras literarias (El diccionario de los Jázaros de Milorad Pavic)...

Una de las ideas fundamentales de la CGSC es que si la realidad es una construcción, es decir, una ordenación arbitraria de elementos, entonces es posible postular construcciones alternativas, transformar el sistema a nuestro antojo. La literatura posmoderna practica por ello el llamado «historicismo», es decir, el libre uso de los materiales del pasado. Así, por poner un ejemplo, podemos ver que el estilo de Nabokov es una gran summa en la que entran la poesía romántica inglesa y rusa, la literatura victoriana, la gran novela decimonónica, Flaubert y Tolstoi, la poesía simbolista, el decadentismo, los «pasajes morados» de Wilde. Proust, el modernismo, Joyce, la ciencia ficción, los cuentos de hadas, el estilo de la erudición anglosajona, la novela «romántica», la literatura científica, etcétera.

El carácter lúdico de la literatura posmoderna es también una consecuencia de la CGSC. Si lo que habíamos tomado como la realidad no es otra cosa que una construcción, entonces la realidad no es otra cosa que una especie de juego. Como ejemplo, ver las instrucciones de lectura de Rayuela de Cortázar o, simplemente, las obras completas de Nabokov, Borges, Perec y Calvino.

Uno de los grandes temas de la CGSC es, inevitablemente, la falsificación. (Tesis: todos los sistemas son falsos porque son construcciones, no «la realidad».) Las falsificaciones proliferan por doquier en la literatura de la posmodernidad: de libros (Pálido fuego de Nabokov), de sellos de correo (La subasta del lote 49 de Pynchon), de cuadros (Los reconocimientos de Gaddis; El gabinete del coleccionista de Perec). de hechos históricos (Fabulosas narraciones por historias de Antonio Orejudo). Paralela a la idea de la falsificación es la del palimpsesto, es decir, la obra literaria que se va haciendo por incorporación de voces y colaboraciones sucesivas y que al final ya no tiene versión original ni autor definido. Ver a este respecto la fascinación de Borges por la obra de Homero, que no es un hombre sino «una vasta literatura» («El inmortal») o por Las mil y una noches, dos obsesiones que han pasado intactas, por poner un solo ejemplo, a John Barth. autor de diversas continuaciones y versiones de Homero («La telemaquiada») así como de Las noches (Quimera. El último viaje de Somebody el marino).

Otro de los grandes temas de la CGSC es, también inevitablemente, el de la conjura o la gran conspiración, que ya en Borges adquiere fácilmente una magnitud metafísica y casi cósmica. En «Tlon, Uqbar. Orbius Tertius», quizá la obra maestra de Borges, los misteriosos conjurados pretenden primero escribir una enciclopedia de un planeta que no existe, y luego imponer ese orbe ficticio a la realidad. En «La lotería en Babilonia», todos los actos de la vida son decididos por un juego de azar secreto e implacable. En «La secta del fénix», de Borges, los ritos de la secta se han extendido de tal modo que a estas alturas los realizamos todos a diario sin saberlo; en «El congreso» esa conjura es la propia realidad, y en «Los conjurados», el último libro de Borges, la creación de un país, Suiza, del mismo modo que en Masón & Dixon, de Pynchon, la conjura resulta finalmente no ser otra cosa que la creación de un continente, América.

Si todos los sistemas son construcciones culturales y, por tanto, falsificaciones y conspiraciones, entonces también la historia debe ser una falsificación y ha de verse sujeta a la CGSC. Por eso la literatura posmoderna reinterpreta o reinventa la historia, crea historias alternativas, falsifica o reexplica la historia. En Gilles, el chico cabra, John Barth cuenta la historia del siglo XX por medio de una fábula fantástica que se desarrolla en un mundo dominado por gigantescos campus universitarios. En Hijos de la medianoche, Salman Rushdie cuenta la de la India desde su independencia, historia secretamente controlada por una conjura de niños psíquicos. Cien años de soledad de García Márquez. Ragtime de Doctorow y Poderes terrenales de Anthony Burgess son versiones personales y enciclopédicas de la historia del siglo XX, locales en los dos primeros casos, con decidida vocación global en el tercero. En Escuela de mandarines, Miguel Espinosa nos proporciona una extraordinaria visión fantástica del franquismo; en Fabulosas narraciones por historias (es decir: «una narración falsa en lugar de historia»), Antonio Orejudo propone una historia falsa de la mítica Residencia de Estudiantes...

Hay un episodio de la historia que inquieta y obsesiona especialmente a la literatura posmodema: Hitler y la Segunda Guerra Mundial. No se trata tanto de «denunciar los horrores» o de recrear los hechos históricos, sino, como era de esperar, de intentar comprender el sistema, someterlo a la CGSC, intentar comprender la herida que ese sistema supremamente paranoico ha creado en la red global de sistemas. También aquí podemos citar en primer lugar a Borges y su «Deutches réquiem», relato en el que un verdugo del Holocausto explica que el verdadero propósito de la gran conjura nazi no era ganar la guerra, sino hacer que cambie el curso de la historia y llegue «la hora de la espada». Más ejemplos: Matadero 5 de Kurt Vonnegut, El arco iris de la gravedad de Pynchon, White Noise de Don DeLillo, El túnel de William Gass...

La CGSC trata con enorme liberalidad, como era de esperar, las diferencias establecidas entre géneros «altos» y «bajos» arte «culto» y «popular», literatura «seria» y de «entretenimiento», ejemplos clásicos de códigos establecidos por la tradición y que resulta, por tanto, delicioso saquear y subvertir. Ya Borges se había interesado por la novela policíaca y había hecho diversas incursiones en el género («La muerte y la brújula»), del mismo modo que Nabokov se sintió durante una época de su vida intensamente atraído por la ciencia ficción (Acia), pero la deconstrucción cultural posmoderna se ha alimentado también de géneros como la literatura fantástica (Borges, por supuesto, pero también Calvino, García Márquez y un largo etcétera), la literatura infantil (La historia interminable de Michael Ende, El señor de los anillos de Tolkien, Haroum y el mar de las historias de Salman Rushdie, Caperucita en Manhattan de Carmen Martín Gaite), los seriales radiofónicos (La tía Julia y el escribidor, la curiosa novela posmoderna de Vargas Llosa), la novela rosa (Boquitas pintadas de Manuel Puig), la publicidad (La vuelta al día en ochenta mundos y Último round de Cortázar, Mumho Jumbo de Ishmael Reed), la cultura de la televisión (La niña del pelo raro de David Foster Wallace), etcétera. De todos los idilios establecidos entre literatura culta y popular, sin duda el más intenso y fructífero ha sido la bella, florida y ya larga historia de amor de la literatura posmoderna con la ciencia ficción, un género que proporciona a nuestros queridos posmodernos herramientas ideales para las tareas de deconstrucción y reinterpretación de la realidad y la historia que son centrales para su CGSC, con obras tan variadas como Ada, de Nabokov, V. de Pynchon, Ratner’s Star de Don DeLillo, El jardín de los siete crepúsculos de Miquel de Palol, las cinco partes de Canopus en Argos, de Doris Lessing, Ciudades de la peste roja de William Burroughs, La república de los sabios de Arno Schmidt, La sombra del torturador de Gene Wolfe, Neuromancer de William Gibson, Vurt de Jeff Noon...

Digamos, para terminar este recorrido apresurado y forzosamente esquemático, que la literatura posmoderna no es una literatura de personas ni de problemas personales, ni es, en general, una literatura psicológica ni sentimental, ya que para la posmodernidad las propias nociones de «persona», «psique» o «sujeto» no son sino sistemas o códigos culturales que han de ser sometidos al escrutinio atomizador de su CGSC. La literatura posmoderna no es en modo alguno una literatura humanista, si entendemos el humanismo como un sistema que pone al hombre en el centro o que se preocupa exclusivamente por los problemas psicológicos, éticos o morales, pero tampoco es una literatura antihumanista. La literatura posmoderna se ocupa de los problemas humanos, pero los ve siempre dentro de (o formando parte de) sistemas más grandes y abarcadores porque lo que más le interesa a la literatura posmoderna no es el hombre en particular, sino la realidad en general.

Esta es la razón de la fascinación que siente la literatura posmoderna por la creación de mundos alternativos (Borges, Tolkien, Márquez, Sánchez Ferlosio), y también, por cierto, lo que explica el nuevo papel que adquiere el espacio en mucha de la ficción posmoderna. La literatura posmoderna es intensamente espacial: véanse, como muestra de referencia, los innumerables juegos espaciales de Borges, el laberinto de «La casa de Asterión», el palacio infinito de «Parábola del palacio», la arquitectura obsesiva e imposible de «La biblioteca de Babel», el laberinto espacio-temporal de «El jardín de senderos que se bifurcan», la monstruosa ciudad de los inmortales en «El inmortal»... La obsesión posmoderna por el espacio, o incluso la posibilidad de una literatura puramente espacial, aparecen en obras tan diversas como Las ciudades invisibles de Calvino, The Music of Chance de Paul Auster o La vida instrucciones de uso de Perec, sin olvidar el delicioso opúsculo de este último, Especies de espacios, o el ensayo «The Neglect ot The Fifth Queen» de William Gass. Pero el ejemplo más asombroso que conozco de ficción espacial es El testimonio de Yarfoz, la gran novela posmoderna de Rafael Sánchez Ferlosio, que no es más que una sucesión de juegos espaciales desarrollados con exquisito detalle y elegante prolijidad verbal: la desecación del «bardal», el descenso por unas escalinatas talladas en un acantilado de roca, la visita a una cárcel cuyas celdas no tienen paredes, la descripción de una escalinata en cuyo centro crece un gran árbol... A la literatura posmoderna le interesa más el espacio que el tiempo porque el tiempo es un fenómeno psicológico, un atributo del hombre, mientras que el espacio es un atributo del mundo. El tiempo es sucesivo, narrativo; el espacio es simultáneo. Comprender el tiempo es vivir apasionadamente un punto de vista; comprender el espacio es estallar, abarcar cien, mil puntos de vista al mismo tiempo.

La literatura posmoderna es la respuesta a un mundo que se ha vuelto demasiado complicado y se transforma demasiado deprisa, un mundo que ya no puede representarse con una sola voz o desde una única perspectiva. Esa es también una de las razones de que en la literatura posmoderna el lenguaje sea, por lo general, mucho más transparente que el de la jeroglífica modernidad, con sus monólogos desquiciantes, su hermetismo verbal, su olímpico desdén por los límites de la percepción humana. Digámoslo con una paradoja: es necesario un lenguaje más sencillo para expresar un mundo más complicado.

El mundo de la posmodernidad es tan complicado porque rebasa los límites de la individualidad, de lo humano, de lo animado. «Conozco máquinas que son más complicadas que las personas», dice un personaje de V. La posmodernidad se aproxima así a su propia definición de lo sublime, porque nos pone sin cesar en contacto con lo que está más allá de lo expresable y de lo humanamente concebible. N. Katherine Hayles, en su fascinante libro How We Became Posthuman nos advierte de los peligros que entraña el deseo de una posible condición «posthumana», una inmortalidad virtual, una vida sin cuerpo. Es el éxtasis místico que se alcanza al final del manga Ghost in the Shell cuando el cyborg, criatura mitad orgánica mitad artificial, descubre al ángel en el interior de su «conciencia» para disolverse, después de una traumática y dolorosa pasión física, en la inmensidad neuronal de la red de la información. Es el dudoso éxtasis parcial, quizá meramente tentativo, que alcanza el protagonista de La invención de Morel, de Bioy Casares, fábula temprana (el libro fue publicado en 1940) sobre un generador de realidad virtual, la máquina que da título al libro, e historia de amor entre un hombre biológico y una mujer virtual. Es el éxtasis místico que se alcanza al final de 2001, una odisea del espacio de Kubrick-Clarke, que no es sino una historia de la evolución del hombre que combina a Darwin y a Nietzsche con la presencia en nuestro planeta de máquinas extraterrestres. Es el éxtasis místico del Stalker de Tarkovski. el viaje del científico, el escritor y el «tonto sagrado» a través del paisaje autoconsciente y autorreplicable de la zona, o el de Solaris, que trata de un gigantesco océano inteligente que flota en mitad del cosmos y que tiene la capacidad de crear realidades virtuales de nuestros deseos o terrores. Es el éxtasis del manga Akira, la historia de un ser inconcebible que se aproxima hacia nosotros en medio de fantásticas alucinaciones visuales y que genera cultos frenéticos y multicolores. Es el éxtasis final de The Day Before, el fascinante montaje de Robert Wilson inspirado en la novela de Umberto Eco La isla del día de antes, donde están todos los símbolos del arte y la política del siglo XX junto con la máquina viviente, la naturaleza hecha sobrenaturaleza y el ángel hermafrodita. Son los éxtasis de la prosa de V., donde el dentro y el fuera, la forma y la función, la fundación y la destrucción se intercambian en una lengua inolvidable que está más allá de la psicología, la historia, la ética y el sentido. O los éxtasis de Neuromante de William Gibson, éxtasis de conocimiento, éxtasis de disolución en las aventuras inconcebibles del «ciberespacio» — que es nombrado aquí por primera vez. Es el éxtasis de «Funes el memorioso» de Borges, la historia de un hombre que se convierte en un gigantesco acumulador de información por su incapacidad de olvidar nada (fuente directa, por cierto, del Johnny Mnemonic de Gibson), o el del narrador de «El Aleph», que descubre un lugar (un punto, si hemos de creerle) desde el cual es posible contemplar todas las cosas del universo, todos los momentos antiguos y futuros, un éxtasis de información, un éxtasis de información virtual. Son los éxtasis de un mundo de máquinas vivientes, de naturaleza inteligente, de sistemas autoconscientes, de fabulosas extensiones de lo humano hacia regiones desconocidas, fúlgidas o terribles.

Tres ejemplos de autopoiesis literaria: Roussel, Perec, Pynchon

Hay un tipo de conjura mucho más sutil que lo que hemos comentado más arriba y que es, por cierto, el juego autorreferencial más perverso y subversivo que ha intentado nunca la literatura posmoderna. Consiste en considerar no sólo la realidad como una confabulación, sino al propio lenguaje como una conjura. Aquí es donde encontramos las grandes obras maestras de la posmodernidad, y también sus procedimientos estéticos más virtuosos y secretos. V. o El secuestro no son obras maestras sólo por el ingenio y la elegancia con que desarrollan el tema gnóstico-posmoderno de la realidad como conjura, sino porque, en un verdadero alarde de auto-reflexividad, han sabido incorporar la propia conjura a su poiesis, a sus mecanismos autogenerativos, a su sustancia verbal.

El juego comienza, quizá, en Cervantes, pero no hace falta que nos vayamos tan lejos. Para nosotros, el juego comienza ahora con Raymond Roussel (1877-1933), cuya obra es un claro precedente de la actitud posmoderna, y especialmente con su opúsculo Cómo escribí algunos libros míos.

El hecho es que Roussel escribió obras maestras tan turbadoras como Impresiones de África o Locus solus utilizando un «procedimiento» que inventó cuando era muy joven y que aplicó luego a toda su ficción. «Se trata de un procedimiento muy peculiar», explica, «y en mi opinión tengo el deber de revelarlo, ya que me parece que tal vez los escritores del futuro podrían usarlo con provecho».

El «procedimiento» de Roussel parece, en un principio, muy sencillo. Consiste en coger dos palabras muy parecidas, por ejemplo billard (billar) y pillard (saqueador): a continuación se toman palabras idénticas pero utilizadas en diferentes sentidos y se obtienen de este modo frases casi idénticas. En el caso de billard y pillará. las frases resultantes son las siguientes: «Les lettres du blanc sur les bandes du vieux billard» y «Les lettres du blanc sur les bandes du vieux pillard». En la primera frase, lettres tiene la acepción de «letras», blanc la de «tiza» y bandes la de orlas. En la segunda, lettres significa «cartas», blanc «hombre de raza blanca» y bandes «hordas guerreras.» «Una vez encontradas las dos frases, mi propósito era escribir un cuento que pudiera comenzar con la primera y terminar con la segunda.

La necesidad de resolver este problema me procuraba todo el material que yo empleaba.» Está claro que este «procedimiento», que es completamente indetectable para el lector, se complica de forma considerable en las obras más extensas.

En mi modesta opinión, el «procedimiento» de Roussel deconstruye toda la literatura y toda la historia de la literatura. Preguntas como ¿por qué actúa así el personaje?, ¿qué pretende decir el autor?, ¿qué relación hay entre esta narración y la realidad contemporánea?, ¿cuáles son las fuentes de inspiración del autor?, ¿qué visión del mundo, de la historia o del hombre quiere transmitir el autor?, etcétera, resultan de pronto pretenciosas y absurdas al aplicarlas a las obras de Roussel, ya que lo único que hace es poner en marcha su sistema. Ya que su libro no es otra cosa que una construcción. Ya que la realidad no es otra cosa que una construcción. Apliquemos a Impresiones de África o a Locus solus cualquiera de los instrumentos críticos o interpretativos de que disponíamos hasta ahora: de pronto resultan inservibles, parecen no remitir a nada en absoluto. ¿En qué se inspira Roussel? En su sistema. ¿Por qué aparece en cierto momento una escena cómica? Por el sistema. ¿Por qué muere este personaje en circunstancias tan trágicas? Por el sistema. ¿Por qué hay en Locus solus un globo automático que construye dibujos sobre el suelo moviendo aquí y allá dientes humanos coloreados? Por el sistema (en este caso las dos frases son «Demoiselle —señorita— á prétendant —pretendiente—», y «demoiselle —globo— a rêitre en dents —soldado hecho con dientes—»). ¿Qué significa el globo? ¿Es un símbolo? ¿Por qué dientes humanos? ¿Es una referencia a la guerra? La respuesta es y será siempre la misma: todo sucede por necesidades del sistema. Todo: la trama, los diálogos de los personajes, los acontecimientos, las metáforas, las digresiones. El sistema de Roussel convierte al texto en un organismo autopoiético, en algo así como una máquina viviente.

Georges Perec es, junto con Italo Calvino. el más aventajado seguidor de Roussel. Sólo un lector que ignorara por completo cuál es el «truco» de El secuestro de Perec podría verdaderamente leer el libro y aprehender el sabor de su fabulosa extrañeza. Aclaro que voy a comentar la obra según su traducción española que, debido a las características especiales de este libro, tendrá llamativas diferencias con el original francés.

Leamos la primera frase de la versión española: «Tres obispos, un religioso judío, un coronel del Opus y un trío de mediocres politicuchos, siguiendo los deseos de un trust inglés, difundieron por televisión, y luego en letreros, el inminente riesgo de morir por desnutrición». Todo esto es muy extraño, y la forma de decirlo es muy extraña también. ¿A qué se debe todo esto? Las conversaciones entre los personajes resultan también extravagantes. Esto es lo que le dice un personaje a otro: «Eres un repelente niño Vicente, pero no me produces disgusto, feto feo. Juguemos limpio, que tu deseo de conocimiento endulce tu muerte; éste es mi veredicto». ¿Por qué hablan así los personajes? ¿Cuál es la intención del autor? ¿Qué es lo que pretende satirizar, reflejar o denunciar? ¿Por qué el protagonista se llama «Tonio» y no «Antonio»? ¿Es una cita de Thomas Mann? ¿Por qué se dice que le duelen «los incisivos» en vez de las muelas, como sería más lógico? ¿Por qué se dice que estuvo en el hospital «ocho soles» en vez de ocho días? ¿Es una metáfora? ¿Pretende Perec dar a su historia el tono de una épica primitiva? ¿Es una broma? Y si es una broma, ¿cuál es la broma?

Si vamos a la historia, tampoco tendremos más claves. El libro trata de un hombre llamado Tonio Vocel que sufre de insomnio, de dolor de incisivos, de no se sabe muy bien qué. Tonio va al hospital, donde le extraen un diente, pero no logra ponerse mejor.

Tonio está inquieto, no sabe lo que le pasa. «Se cometió un secuestro. Se cometió un olvido, un negro, un hueco, que ninguno ve, que ninguno percibe, que ninguno puede, que ninguno quiere ver. Se esfumó. Eso se esfumó.» Tonio Vocel toma su bloc y escribe: «Hubo un secuestro. Pero ¿de quién?, ¿de qué?». Poco después, desaparece sin dejar rastro. Su amigo íntimo, Emory Consonte va al apartamento de Tonio y se pone a revolver en sus papeles en busca de pistas. Encuentra numerosas fichas escritas por Tonio. en una de las cuales leemos: «¿El orden de nuestro universo puede depender de un solo elemento?». El hecho es que Tonio ha desaparecido. Ha sido, quizá, secuestrado, pero ¿secuestrado por quién?, ¿por qué? Habría muchas más cosas que comentar: las extrañezas del estilo, por ejemplo, el hecho de que el autor no utilice jamás el pretérito imperfecto, el hecho de que no aparezcan casi personajes femeninos y que cuando aparece alguno se le nombre por medios ridículamente indirectos...

¿Cuál es el secreto de El secuestro? ¿Qué es eso tan terrible que ha desaparecido, cuál es ese hueco, ese vacío que ninguno puede ni quiere ver? Es algo indefinible pero que afecta a toda la realidad: puede ser «un solo elemento», pero su ausencia pervierte todo el universo. Bien. Lo que ha desaparecido, lo que ha sido secuestrado es, como bien saben ya casi todos los lectores, la letra «a». El secuestro es una novela escrita sin la letra «a». En el original francés, La disparition, la letra que falta es la letra «e», morfema femenino que había de convertirse en español en la letra «a». Por eso apenas aparecen personajes femeninos en el libro, por eso el estilo es tan extraño, por eso no se usa jamás el imperfecto («-aba», «-ía»), por eso a Tonio le extraen un diente y no una muel-a, por eso el coronel muere antes de poder pronunciar la palabra «Coca-Cola», que tiene dos «aes». Por eso falta el volumen número uno de la enciclopedia, que es el volumen de la «a» y por eso hay tantas series de 27 cosas en las que falta el primer elemento: 27 letras del alfabeto sin la primera, la «a». Esa es la respuesta al enigma de la esfinge, en el cuento escrito por Tonio: un triángulo isósceles con dos patas es, desde luego, la letra A mayúscula. Tonio Vocel responde a «el Esfinge» «soy yo», porque él es el que será secuestrado, él es la vocal «a» (es la vocal que falta de su nombre. Antonio, y de su apellido. Vocel-vocal).

Como vemos, El secuestro es un caso extremo de autorreflexividad. El pequeño «sistema» diseñado por Perec es mucho más simple que los de Raymond Roussel, pero también mucho más radical. Tal como sucedía en el caso de Roussel. el sistema de Perec deconstruye cualquier idea preconcebida que pudiéramos tener sobre el arte literario, y parece querer reinventar, de la nada, el acto, el hecho mismo de ponerse a escribir una novela. El secuestro no sólo es una novela que trata de sí misma (una novela sin la letra «a» que trata de la desaparición de la letra «a») y, desde luego, no sólo es autorreflexiva en este sentido. La grandeza de Perec está en haber elevado el juego a una fábula metafísica en la que la sombra de Borges aparece explícitamente convocada. El secuestro trata de un sistema (el del texto, el del propio Tonio. el del mundo) que se hace consciente de sí mismo y se explora a sí mismo, y también de una serie de personas que presienten, como ya lo hicieron los gnósticos, que la realidad en la que viven no es sino una construcción, pero además una construcción imperfecta, es decir, una construcción de la que sería posible «salir».

Los «sistemas» inventados por Pynchon se diferencian de los usados por Perec, Roussel o Calvino en la misma medida en que el posmodemismo europeo se diferencia del norteamericano. En otro lugar intentábamos definir los «sistemas» utilizados por Pynchon para generar sus mundos autorreferenciales como patterns (patrón, estructura regular, dibujo que se repite una y otra vez). También podríamos llamarlos «fractales» o «series», en el sentido que este término tiene para la música dodecafónica o, mejor aún, para la música del serialismo integral.

La subasta del lote 49 (1966) es la más breve de las novelas de Pynchon. Como sucede siempre en Pynchon, está construida con series y no con personajes. Los personajes de La subasta son meros nombres, nombres absurdos e imposibles. El nombre de la protagonista, Edipa, no sólo es un nombre sin sentido para una mujer, sino que parece indicar una total anulación del contenido psicológico del personaje o de sus posibles conexiones míticas o simbólicas. La subasta no es la historia de lo que les sucede a sus personajes, sino la historia de lo que les sucede a ciertos patterns, a ciertos diseños que permean y conforman todo el universo de la novela. En las novelas más extensas como V. o El arco iris hay muchos patterns que se entrecruzan y se combinan entre sí. En el caso de La subasta sólo hay dos, uno principal y otro secundario que no estudiaremos aquí, y que tiene que ver con huesos humanos sumergidos en un lago, rescatados del fondo, carbonizados y convertidos en tinta negra (huesos humanos hechos tinta, es decir, literatura, del mismo modo que Roussel construía obras de arte con dientes humanos: sistemas cyborg, parcialmente orgánicos, parcialmente artificiales).

¿Qué es un pattern para Pynchon? Lo mismo que una serie musical para Schönberg, Boulez o Stockhausen: una ordenación precisa de los elementos del material (de los tonos de la escala en la música dodecafónica. de todos los parámetros de la música —alturas, valores, intensidades, formas de ataque, etcétera— en el serialismo) que (a) es completamente arbitraria, (b) es el principio estructurador de la obra y (c) reaparece una y otra vez por medio de inversiones, saltos, desdoblamientos, etcétera. Como digo, es la serie, el pattern, y no la psicología o los actos de los personajes lo que determina todo lo que sucede en la obra. En las novelas de Pynchon la psicología y los actos de los personajes están, de hecho, claramente supeditados al desarrollo autónomo de patterns y series que se comportan como los verdaderos seres «vivos» de un mundo que casi es ya posthumano.

El pattern principal de La subasta podríamos definirlo con la palabra «red». Como siempre sucede en Pynchon, pasa por múltiples transformaciones. En el primer capítulo aparece en un cuadro que se titula Bordando el manto terrestre y que representa a unas niñas encerradas en una torre «bordando una especie de tapiz que se salía por las troneras y caía al vacío, tratando inútilmente de llenarlo: pues los demás edificios y criaturas, olas, barcos y bosques de la Tierra estaban dentro del tapiz y el tapiz, era el mundo». El tapiz es, pues, la primera imagen de la red virtual autorreflexiva (un tapiz que representa el mundo y un mundo que es un tapiz) que constituye el principio estructurador de la novela. Inmediatamente aparece la segunda imagen: al contemplar la ciudad de San Narciso (Narciso: mirarse a sí mismo) desde las alturas, Edipa tiene casi un éxtasis religioso: es el éxtasis posmoderno que encontrábamos en «El Aleph» y volveremos a encontrar más tarde en Neuromante de William Gibson: «Contempló una vasta alfombra de edificaciones que habían crecido juntas (...) y recordó la ocasión en que, al abrir un transistor para cambiarle las pilas, había visto por primera vez en su vida lo que era un circuito impreso. El ordenado laberinto de edificios y calles, contemplado desde una perspectiva elevada, se extendía ante ella con la misma claridad impensada y pasmosa que la placa del circuito». La red es ahora la red de un circuito impreso y también la red de la ciudad cuadriculada contemplada desde las alturas, la red animada de la ciudad (donde al fin y al cabo viven personas) asimilada a la red puramente inanimada del circuito impreso. No es extraño que Edipa, al contemplar esta visión en la que se superponen un reticulado urbano y el circuito de un transistor, crea estar viviendo una especie de revelación mística: «Ella y el Chevy parecían estacionados en el núcleo de un momento singular, religioso». Más tarde, recordando este momento, Edipa «volvía a presentir la inmediación, una hierofanía en potencia».

En La subasta, el pattern de la red es sobre todo, y precisamente, la red de información, encarnada en la metáfora. extrañamente anticuada (¿o es el camp posmoderno?) del servicio de correos. La extraña conjura con la que se encuentra Edipa Maas es el servicio RESTOS, nombre de una red secreta de correo creada en el siglo XVII como alternativa subversiva a la red «oficial» controlada por la familia Thurn und Taxis. La red Tristero luchaba contra las diligencias «oficiales» de la Wells & Fargo en el Oeste americano v emitía sellos falsos (he aquí el tema de la falsificación unido al tema de la conjura) que eran similares a los emitidos por el servicio postal pero tenían ciertas marcas que los distinguían: una pluma negra, un indio apache, una trompa de correo con sordina. El primer encuentro de Edipa con la red Tristero, cuyos tentáculos se extienden por todas y cada una de las páginas de la novela y afectan de una u otra manera a todos los personajes que intervienen en ella, el primer encuentro, digo, tiene lugar en un bar donde Edipa conoce a un joven llamado Mike Falopio (es otra extensión del pattern de la red: red de correo-símbolo de la trompa con sordina-trompa de Falopio) con el que toma copas y escucha la música de Stockhausen que suena en los altavoces del bar. Hemos de señalar que Stockhausen es uno de los compositores más importantes de la tendencia musical conocida como «serialismo integral».

El pattern de la red tiene muchas otras transformaciones: la empresa Yoyodine, por ejemplo, tiene una red de correo interno. «Para que no disminuya el servicio por debajo de lo razonable», explica Falopio, «cada miembro ha de remitir por lo menos una carta a la semana mediante el servicio de Yoyodine», con lo que la red se muestra monstruosa y ridículamente autorreflexiva. No es una red que sirva a los usuarios para distribuir la información: no es una red puesta al servicio de los usuarios. Más bien son los usuarios los que han de servir a la red, escribiendo mensajes que no necesitan ni desean, para mantenerla funcionando. Los usuarios se convierten así en autómatas o máquinas y la red, que se alimenta de sus contribuciones supuestamente «animadas» o «inteligentes,» en el verdadero ser vivo. Las bases del cyberpunk quedan ya sentadas aquí.

Las implicaciones son obvias: que también eso que llamamos «la realidad» es una construcción, que no hay verdadera diferencia entre los sistemas vivos y los artificiales. Lo cual puede llevarnos, por cierto, o bien a una visión apocalíptica, o bien a una visión «holística» o integrada. Me atrevería a proponer el término simbiosis para definir esa segunda posibilidad —una simbiosis con la naturaleza y con las máquinas, con la ciencia y el espíritu, con el árbol y el libro, con el circuito y el monje. De las dos. la literatura posmoderna ha preferido casi siempre la visión apocalíptica. Quizá sea éste el momento de comenzar a plantearse la posibilidad de una literatura (y de una cultura) simbiótica.

Una literatura simbiótica

Y es posible que esta segunda posibilidad, la de una cultura simbiótica, la de una literatura simbiótica, esté ya floreciendo a nuestro alrededor, sus pequeñas corolas semiescondidas por un agresivo sotobosque de plantas a las que nos hemos acostumbrado pero que pertenecen en realidad al pasado. Veo una literatura simbiótica surgiendo de eso que más arriba llamaba «el éxtasis posmoderno», un arte simbiótico cuyos antecedentes serían 2001 de Kubrick-Clarke, Stalker o Solaris de Tarkovski, o el lado más místico de Borges. Veo un arte simbiótico surgir a nuestro alrededor, un arte en el que el discurso de nuestra cultura racional-científica se unirá al redescubrimiento del «lenguaje del alma» (Jung, Hillman), y en que el amor por la naturaleza buscará una síntesis con las creaciones de nuestra sobrenaturaleza, la cultura humana. Una simbiosis de las máquinas, el hombre, la naturaleza y la imaginación, que ya se adivina en la última novela de Pynchon, Masón & Dixon, con su mezcla de ciencia, historia, magia, máquinas inteligentes, voces de la tierra que nos hablan, o en Easy Travel to Other Planets de Ted Mooney, o en el manga Ghost in the Shell, o en la trilogía para «jóvenes» Materia oscura de Philip Pullman, o en The Day Before, el fascinante montaje de Robert Wilson...

No creo que la novedad esté en las «técnicas» o en el «estilo», sino más bien en la visión del mundo, en los temas, en el tipo de historias y, sin duda, también en el tono de las historias que han de contarse en nuestra era simbiótica. El modernismo, el vanguardismo, el formalismo, casi han logrado convencernos de que todas las revoluciones artísticas son revoluciones de la «forma» externa. Pero un nuevo tipo de historias basado en una nueva forma de ver el mundo también es una revolución artística, y también es una revolución de la forma, porque en el arte (y también en la realidad) la forma es todo y no puede separarse del sentido o de la función.

No sé si será posible una cultura simbiótica que reúna, como la imagen de Shiva, las cuatro manos de la realidad (técnica, cultura, naturaleza, imaginación) en una totalidad integrada: lo cierto es que el arte simbiótico parece surgir como una infloración espontánea del gran árbol de la posmodernidad y que las artes, en todos los géneros y en todos los planos, parecen estar planteando ya la posibilidad de esa nueva simbiosis.

Andrés Ibáñez, Letra Internacional nº 74, 21 de marzo de 2002, pp. 23-31.