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lunes, 17 de febrero de 2025

"La religión de la informática" de José Jiménez Lozano (Destino nº 2047, 23 dic. 1976)


LA RELIGIÓN DE LA INFORMÁTICA

Desde luego, el gran problema ético de nuestro mundo, y con el que por cierto ha muerto Malraux en la boca, sigue siendo el de la libertad, el de la posibilidad de ser hombres. Quizá como nunca las mediocres, pequeñas y rígidas ortodoxias de infinitas ideologías absolutas siguen cercándonos o nos tienen ya en sus fauces. Parece que este hombre de la civilización tecnológica de este final de centuria necesita más que otro cualquiera creer en algo de modo fanático y absoluto para sentirse seguro, hacer luego «apostolado», y al final, si es preciso, pedir también inquisitoriales cuentas a los demás sobre su incredulidad o su diferencia de credo. Seguramente no debemos engañamos bajo denominaciones políticas o incluso científicas, lo que estamos viendo en nuestro derredor y sintiendo en nuestra carne es una guerra religiosa y todas esas ortodoxias buscan nuestra alma. Hasta los ordenadores la buscan, si es que no la tienen ya entre sus garras.

El problema ético que suscitan la cuestión de los «tests» o esta otra cuestión de los ordenadores no tiene, desde luego, el sensacionalismo ni la teatralidad de otras cuestiones como la violencia o la dictadura o la explotación económica y la servidumbre descaradas, pero llevan todo esto en su entraña o lo están actuando ya. Por lo pronto, un ordenador, excepto para quienes determinan su utilización y preparan sus programas, es sólo «un dictador mecánico» que hace de ellos puros ejecutantes sin posibilidad alguna de apreciación personal. Este «dictador», tan costoso además, exige una atención de 24 horas cada día y servidores de algún elevado coeficiente intelectual con lo que como han escrito los responsables del «Movimiento de dirigentes, ingenieros y cuadros cristianos» de Francia «las tensiones corren el riesgo de crecer entre los miembros de la sociedad y la élite está destinada a un desarrollo intelectual sin precedentes. Y esas tensiones serán tanto más fuertes cuanto que las necesidades de cumplimiento como hombres de los ejecutantes y el control de poder ejercido por la élite no recibirá ninguna satisfacción automática».

Añádase a esto, por ejemplo, que quienes pueden disponer de un ordenador se irán distanciando abismalmente de quienes no pueden y que una cosa así ocurre también en el plano internacional y de manera muy concreta y alarmante en la elaboración del armamento moderno. Pero, sobre todo, hay que pensar en que el ordenador racionaliza todo -incluso los dramas humanos - y que la historia de cada hombre queda inscrita en unas pocas cifras-clave constituyendo de este modo un fichero sin precedentes a disposición de un Hitler un Stalin a niveles mundiales y hasta cósmicos que hasta ayer mismo podrían parecer sueños de ciencia-ficción, pero que hoy presentimos demasiado como para bromear con ello. ¿Acaso la IBM, pongamos por caso, que tantos ordenadores ha programado para el mundo entero no dispone de un cúmulo de informaciones con las que nadie podría sonar siquiera en controlar? ¿Acaso no la convierte en una multinacional muy «sui generis», en un poder «sabelotodo»? Si no es así, tenemos que alegramos de ello; pero mañana puede ser así. ¿Acaso el ordenador no es un mito vivo más poderoso para mover montañas que la fe de las religiones? «Embarcados en una aventura científica que nadie domina perfectamente -dice un grupo de muy lucidos especialistas en Informática-, pero que ofrece a todos posibilidades y riesgos no podemos tomar decisiones sin consecuencias para la vida de otros ni esquivarlas consecuencias de las decisiones de otros.»

¿Y en el orden específicamente religioso? Monsieur Pascal, que con su «máquina matemática» creó el primer ordenador, tiene que haberse removido en su tumba: los ordenadores no solamente niegan lo invisible, sino que pasan insensibles sobre las esperanzas y los dolores humanos y nunca jamás se inclinarán hacia los pobres y los pequeños, salvo para emitir el mismo terrible juicio diametralmente opuesto al evangélico: no sirven, deben ser eliminados, son la escoria, arrójeseles a las tinieblas exteriores de este mundo de sanos, ricos y listos.

Lo único que cabe esperar es que los hombres se rebelen también contra el «dictador mecánico», y quieran ser ellos mismos, destinando al ordenador a servir instrumentalmente como una máquina cualquiera. Pero ésta es sólo una esperanza no tan fácil de sostener en el «homo mechanicus» de hoy solicitado por todas las ortodoxias y con miedo a la libertad.

JOSÉ JIMÉNEZ LOZANO, Destino: Año XXXVIII, No. 2047 (23 dic. 1976), p.27.

lunes, 13 de marzo de 2023

"Treinta años de futuro" de Andrés Ibáñez (ABC Cultural, 12 de marzo de 2022, pp. 58-60)

 

Marina Núñez. “Simbiosis (Drosera, 1)”, 2022. Imagen digital en tinta sublimada sobre aluminio. 40x40 cm.

TREINTA AÑOS DE FUTURO

Cuando volvemos la vista a los años 90 comprobamos que prácticamente todos los temas que nos preocupan o intrigan en 2022 estaban ya entonces desarrollados. Son como el dinosaurio de Monterroso: nos despertamos una y otra vez, y el dinosaurio sigue allí, pidiendo realidad, rogando que creamos en él asegurándonos que pronto, muy pronto, nos demostrará que existe de verdad. El estudio de la conciencia, la equiparación del cerebro con un ordenador, la inteligencia artificial, la realidad virtual, la idea del posthumanismo, el mejoramiento humano a través de la tecnología la posibilidad de descargar la conciencia en un ordenador, la preocupación por el calentamiento global, los juegos de ordenador, la idea del “ciberespario” (creada por el novelista William Gibson cuando usaba una máquina de escribir y jamás había tocado un ordenador), la eclosión del “cyberpunk”, los manga y los “anime”, la teoría de género, los estudios poscoloniales, el movimiento gay y el “orgullo gay”, los “estudios animales”, los derechos de estos (junto con algunos temas que luego han perdido fuelle, como los fractales, la teoría del caos o la autopoiesis), son los grandes temas de los 90.

Interface” neuronal

Seguramente a muchos jóvenes de la generación Z les asombrará saber que en los 90 sus padres ya leían mangas y veían “animes” sin parar (Akira, Venus Wars, Beautiful Dreamer, Neón Génesis Evangelion o Susurros del corazón, primera película de Estudios Ghibli), o que veían películas sobre realidades virtuales, sueños implantados o inteligencias artificiales que buscan liberarse de las ataduras físicas como Nivel 13, Strange Days o Ghost in the Shell.

La idea de que la Historia avanza cada vez más deprisa no es del todo cierta. Lo que avanza deprisa es la tecnología, máquinas-juguetes que se superponen a otras máquinas sin dejar huella ni recuerdo de las anteriores. En el territorio de las ideas, da la impresión de que en los últimos 30 años hemos avanzado bastante poco.

Resulta extraordinario leer en La Galaxia Gutenberg (1964) de Marshall McLuhan el anuncio de que nos encontramos en la «fase final de la extensión del hombre, aquella en que, a través de la simulación tecnológica, el proceso creativo de la conciencia será extendido colectivamente». Por no hablar de las famosas conferencias Macy, celebradas entre 1943 y 1954, en la que cerebros como Norbert Wiener o Von Neumann se reunían anualmente para buscar una teoría de comunicación y control aplicable por igual a animales, máquinas y seres humanos, para lo cual veían necesario, entre otras cosas, encontrar una teoría del funcionamiento neuronal que mostrara que las neuronas operan como sistemas de procesamiento de información. Setenta años han pasado, y Elon Musk todavía no ha logrado encontrar tal teoría a fin de sustentar sus locos proyectos de “interfaces” informáticas neuronales.

Reviso los libros que yo leía en los 90, rescatándolos aquí y allá de las baldas de mi biblioteca. En 1991, publicó Daniel Dennett La conciencia explicada, el texto en el que pretendía haber resuelto de una vez y para siempre el «gran enigma» de la conciencia. La explicación es la siguiente: la conciencia es el cerebro, y el cerebro funciona como un ordenador. El libro era una respuesta a La nueva mente del emperador, de dos años antes, en el que Roger Penrose postulaba que la conciencia funciona de forma no computacional. El mundo intelectual se dividió entonces en dos bandos: los que seguían al físico matemático Penrose y los que seguían al filósofo Dennett aunque por lo general se consideró que era Dennett el que tenía razón. Era la idea que necesitaba el posthumanismo. Todavía hoy en día la necesita.

En 1994 apareció La física de la inmortalidad, donde el físico Frank J. Tipler desarrollaba una teoría totalmente «científica» (la mitad del libro son fórmulas) que «demuestra» que en el futuro podremos descargar la conciencia humana en un ordenador para vivir eternamente, tal y como nos prometía la religión, en maravillosas realidades virtuales. «Al final -escribe Tipler- las máquinas inteligentes llegarán a serlo más que los miembros de la especie Homo Sapiens y, por tanto, dominarán la civilización: ¿acaso importa?». Y se deleita citando el libro del cibernético japonés Masahiro Mori, El buda en el robot (1974), donde se afirma que los robots tienen la misma capacidad potencial de alcanzar la iluminación que los seres humanos. ¿Los robots? Pero, ¿qué robots existían en 1974? Ni siquiera hoy en día, 50 años más tarde, existen robots. ¿De qué robots hablaba Mori en 1974? ¿De qué «simulación tecnológica» hablaba McLuhan en 1964? ¿De qué ordenadores que se comportaban como seres inteligentes hablaba Von Neumann en 1954? ¿En qué pruebas o demostraciones científicas se basaba Dennet para afirmar que el cerebro funciona como un ordenador o Tipler para demostrar que la conciencia puede transferirse a un ordenador? En realidad, solo hablaban de sueños y de fantasías. Y los sueños y las fantasías están muy bien siempre y cuando no intenten hacernos creer que son “ciencia” y que, por tanto, debemos aceptarlos sin rechistar.

En los años 90 el ideal y el programa del posthumanismo estaba ya plenamente desarrollado. En Niños de la mente: el futuro de la inteligencia humana y robótica (1988), Hans Moravec afirmaba otra vez el gran “kōan” del posthumanismo: «La identidad humana es esencialmente un patrón de información más que una actividad corpórea. Dicha proposición puede demostrarse descargando la conciencia humana en un ordenador». En 1999 apareció Cómo nos hicimos posthumanos, de N. Katherine Hayles, un libro extraordinariamente influyente que defendía que en el futuro viviríamos en cuerpos virtuales, liberados de la carne que ahora nos esclaviza y atenaza.

Ciberataques

Internet se veía entonces como una herramienta democratizadora, casi contracultural. En 2003, Horacio Moreno escribía en Cyberpunk: más allá de Matrix que «el arribo de las computadoras personales y de los módems conjuntamente con el enorme desarrollo de las redes telefónicas, trajo aparejado el fin de la hegemonía del Gobierno y de las corporaciones respecto de determinadas libertades de millones de individuos». Este optimismo parece hoy totalmente injustificado: son los gobiernos y las grandes corporaciones precisamente los que dominan un internet que, lejos de haberse convertido en garantía de las libertades, vemos ahora con claridad como un instrumento de control y manipulación a gran escala. Internet es en realidad la peor pesadilla de la democracia, la manipulación de Cambridge Analytica, la «psicopolítica» de Byung-Chul Han, el «capitalismo de vigilancia» de Shoshana Zuboff. En 2007, Rusia ensayó un ciberataque masivo contra Estonia, y logró boicotear totalmente las instituciones estatales y los negocios del pequeño país báltico. Como consecuencia, Tallin es hoy la capital mundial de la ciberseguridad, un tema que obsesiona tanto a los estonios que está presente hasta en los programas escolares.

La lucha por el futuro humano de Jeremy Naydler es uno de los mejores manifiestos que conozco contra la locura posthumanista de Elon Musk y tantos otros empresarios, teóricos e ingenieros sociales «visionarios» cuyas visiones tienen el mismo valor que aquellos «robots» que iban a alcanzar la iluminación y convertirse en budas. El proyecto de llenar el planeta de billones de sensores para crear una «realidad mixta» o un «internet de las cosas» que percibiríamos a través de gafas o lentes de contacto especiales conectadas a nuestro cerebro, cuyo marketing y diseño (“Neuralink” “Hololens”, “Innovega”, “eMacula”) ya se está preparando, es uno de tantos ejemplos terroríficos, cuyo único resultado sería volver locos a sus usuarios o impulsarles al suicidio. Ray Kurzweil afirma en La singularidad está cerca (siempre está cerca, a punto de llegar, a punto de demostrarse de una vez) que «en la post-Singularidad no habrá distinción entre ser humano y máquina, ni entre realidad física y virtual». El hecho es que Kurzweil identifica la «inteligencia», es decir, lo que nos hace humanos, con la capacidad de resolver problemas computacionales. Solo gracias a esta simplificación delirante es posible proponer un futuro tan estremecedor con una sonrisa en los labios.

Mente y alma

La realidad, pero no la virtual, que «está cerca», ni la imaginaría, la realidad de las cosas como realmente son, es que somos seres vivos y estamos dentro del orden de la Naturaleza, que necesitamos la Naturaleza y también el contacto social y la presencia humana. La realidad es que somos seres autoconscientes y que poseemos, como decía Vassily Grossman, una llama que arde en nuestro interior, una mente, un alma, ¡llámese como se quiera!, que es, en efecto, un misterio. La realidad es que esa llama que arde en nosotros es libre, y es además la única cosa libre que existe. La realidad es que una máquina jamás podrá ser consciente ni inteligente por la sencilla razón de que no está viva. La realidad es que, como afirma el filósofo y neurocientífico Alva Noë en Fuera de la cabeza. Por qué no somos el cerebro, «la conciencia no ocurre en el cerebro» y «sería absurdo buscar los correlatos neuronales de la conciencia: no existen dichas estructuras. La idea de que somos nuestro cerebro no es algo que los científicos hayan aprendido, sino que es un prejuicio que se han llevado al lugar de trabajo desde casa».

Nuevo humanismo

El posthumanismo es una ideología terrorífica y peligrosa. Se basa en premisas falsas que jamás podrán demostrarse, pero que antes de que sean finalmente abandonadas y dejadas atrás harán -están haciendo ya- un daño incalculable a nuestra salud mental y física. Como tantas fantasías políticas, se presenta a sí mismo como una utopía bondadosa y feliz en la que el ser humano ya no será humano y, como afirma Yuval Noah Harari, la democracia ya no será necesaria. Resulta increíble que las personas «progresistas» que se ven como herederas del «proyecto ilustrado» apoyen una y otra vez esta ideología antihumana que defiende, claramente y con todas las letras, la dictadura y el sometimiento de los seres humanos a lo inanimado. Me gustaría, desde estas páginas, hacer un llamamiento para luchar por un nuevo humanismo. Es verdad que el antiguo humanismo, que ponía al ser humano en el centro de todo con exclusión de todo lo demás, no parece viable. Necesitamos uno nuevo que comprenda a los seres humanos como parte del ecosistema un humanismo ecologista. Los seres humanos utilizamos la tecnología desde que éramos neandertales: es nuestra segunda naturaleza, como también lo es el lenguaje. La imprenta de Juan de la Cuesta, el órgano de J. S. Bach, la cámara de Tarkovsky, también eran máquinas. Nuestro final no puede ser dejar de ser humanos, sino a ser humanos de verdad.

ABC Cultural, 12 de marzo de 2022, pp. 58-60.

lunes, 6 de marzo de 2023

Nathan Gardels y Marilyn Berlin Snell entrevistan a Iván Illich (ABC, 9 de julio de 1989)


Ivan Illich: «La vida moderna implica la muerte de la naturaleza»

Por su innovadora crítica de la sociedad industrial, que comenzó hace ya más de una década en sus libros Energy and Equity, Medical Nemesis y Toward a History of Needs, el filósofo Ivan Ilich está considerado uno de los pensadores que fundaron el movimiento ecológico. Par él la vida moderna implica la muerte de la naturaleza, y los actuales procesos de desintegración de la capa de ozono y de calentamiento de atmósfera son consecuencia de un crecimiento industrial que no puede entenderse corno progreso. A menudo se le llama «profeta de una era de límites». La entrevista se realizó en su casa, en las faldas de la Sierra Madre mexicana.

Por su radical crítica de la sociedad industria hace quince o veinte años se le considera uno de los pensadores que fundaron el movimiento del medio ambiente. Ahora, muchos de sus conceptos han pasado al vocabulario de las instituciones establecidas del industrialismo y el desarrollo. El Banco Mundial habla ahora de «desarrollo sostenible» e incorpora consideraciones ecológicas cuando patrocina proyectos de desarrollo económico. George Bush, Margaret Thatcher y Mijaíl Gorbachov se preocupan públicamente de la capa de ozono y prometen una «agenda con protección al medio ambiente». ¿Qué es lo que ha cambiado?

—Lo que ha cambiado es que nuestro sentido común ha comenzado a buscar un lenguaje para hablar de la sombra que arroja nuestro futuro.

La tesis central de buena parte de mis primeras obras era que la mayoría de las desgracias causadas por el hombre —desde el cáncer y la ignorancia de los pobres hasta el hacinamiento urbano, la escasez de viviendas y la contaminación del aire— son subproductos de las instituciones de la sociedad industrial, que en principio estaba destinada a proteger del medio ambiente al hombre común, mejorar su situación y aumentar su libertad. Al traspasar los límites que la naturaleza y la historia imponen al hombre, la sociedad industrial engendró enfermedad y sufrimiento... ¡en nombre de la eliminación de la enfermedad y el sufrimiento!

En esta crítica inicial, recordaba yo la advertencia de Homero sobre el juicio condenatorio de Némesis. Arrastrado por la pleonexia o codicia radical, Prometeo traspasó los límites de la condición humana. Lleno de hubris, o presunción desmesurada, arrebató fuego del cielo y, como consecuencia, atrajo sobre sí la condenación. Fue encadenado a una roca, un águila se cebaba en su hígado y despiadados dioses curadores le mantenían vivo sanándole el hígado todas las noches. El encuentro de Prometeo con Némesis es una memoria inmortal de lo inescapable que es el desquite cósmico.

Era común a todas las éticas preindustriales la idea de que la gama de actividades humanas estaba estrechamente circunscrita. La tecnología era un mesurado tributo a la necesidad, o el instrumento que había de facilitar cualquier acción que eligiera la humanidad. En tiempos más recientes, merced a nuestro desordenado intento de transformar la condición humana con la industrialización, nuestra cultura entera ha caído presa del rencor de los dioses. Ahora, el hombre común se ha hecho Prometeo, y Némesis se ha convertido en endémica; es el reflujo del progreso. Somos rehenes de una forma de vida que provoca la condenación.

El hombre no puede vivir sin sus coches que eructan CO2, ni los rociantes desodorantes de fluorocarbono que destruyen la biosfera. No puede pasarse sin su terapia radiactiva, sus plaguicidas o sus bolsas de plástico no biodegradable en el supermercado. Si ha de sobrevivir la especie, decía yo en mis primeras obras, sólo podrá hacerlo cuando aprenda a habérselas con Némesis. La destrucción de la capa de ozono, el calentamiento de la atmósfera terrestre, la irreversible y progresiva desaparición de variedades genéticas... todas estas cosas traen a la conciencia fas consecuencias de nuestras transgresiones prometeicas.

Ya no nos es tolerable pensar las bombas nucleares como armas; las conoce ahora como instrumentos de autoaniquilación. La capa de ozono en proceso de desintegración y la atmósfera que se caldea están haciendo que sea intolerable pensar en el crecimiento industrial como progreso; ahora se nos aparece como una agresión contra la condición humana. Quizá por primera vez podemos imaginarnos que, como dijo en cierta ocasión Samuel Beckett, «esta Tierra podría estar deshabitada».

—¿Cómo el «desarrollo» ha transformado nuestra relación con la naturaleza?

—El «desarrollo» es uno de esos términos modernos que expresan rebelión contra la «necesidad» que gobernaba todas las sociedades hasta el siglo XVIII. La noción de «desarrollo» promete una liberación del reino de la necesidad mediante la transformación de «lo común» en «recursos» que se utilizan para satisfacer las incontables «aspiraciones» del posesivo individuo. El «desarrollo» combina la fe en que la tecnología nos ha de liberar de todas las coerciones que han puesto límites a todas las civilizaciones del pasado con la certeza básica del siglo XX: la evolución. Interpretada por políticos optimistas, «evolución» se convierte en «progreso». Paralelo a la construcción de la idea del progreso industrial, se puso de moda otro concepto, que implicaba la aceptación del desarrollo por las «masas»: la participación. Puesto que el desarrollo reduce la coerción de la necesidad, la gente debe, por su propio bien, transformar sus deseos vagos, y a veces inconscientes, en «necesidades», que deben, entonces, ser satisfechas. La aparición universal de «necesidades» durante los últimos treinta años refleja así una redefinición de la condición humana y de lo que quiere decir «lo Bueno». Por ejemplo, en la ciudad de México de hoy la población siempre creciente necesita suministros de alimentos, porque cada vez menos personas, en números absolutos, pueden cultivar sus propios alimentos. Cada vez más personas de México necesitan transportes públicos o automóviles norteamericanos reciclados porque no les queda más remedio que desplazarse para trabajar en la economía de mercado. Se necesita suministrar más viviendas, con agua y electricidad, pidiendo prestado a los bancos estadounidenses, porque hay menos espacio adecuado para cabañas construidas por uno mismo, y porque la gente ha perdido la habilidad necesaria para echar un tejado.  

—De modo que en la base de la destrucción del medio ambiente y en el derroche de unos recursos finitos está un movimiento hacia el crecimiento económico estimulado por la transformación de la condición humana gobernada por la necesidad de un reino de «necesidades». Si así es, entonces el camino «después del desarrollo», según su punto de vista, ¿implicaría un regreso a la economía de subsistencia y a la restauración de lo común?

—Sí, exactamente. Mantenimiento sin desarrollo, o subsistencia, es sencillamente vivir dentro de los límites de las necesidades genuinamente básicas. Habitación, alimento, educación, comunidad e intimidad personal pueden todos ellos poseerse dentro de este esquema.

—La renuncia al crecimiento económico es difícil que pueda, en este momento, ganar mucho apoyo político. ¿Por qué no seguir el camino de la modernización ecológica? Si la energía es finita, ¿por qué no una tecnología de ahorro de recursos? Si los automóviles movidos por petróleo contaminan, ¿por qué no pasar al metanol? Si los kilómetros por pasajero son demasiados para desolarse a la oficina, ¿por qué no quedarse en casa y trabajar en el computador?

—La Revolución de la Información ha inyectado nueva vida en lo que de otra forma había sido agotamiento de la lógica de la industrialización. Estimula la esperanza en que, mediante sus instrumentos, el hombre pueda evadir los límites de su condición humana. Para hacer frente al futuro con libertad, se deben abandonar el optimismo y el pesimismo y depositar toda la esperanza en los seres humanos, no confiar en los instrumentos.

Yo, por ejemplo, veo señales de esperanza en la forma de vida de los campesinos que se mantienen en nivel de subsistencia o en la red de activistas que salvan árboles o que los plantan. Pero admito que soy aún incapaz de imaginar cómo, a menos que ocurra una catástrofe devastadora, puedan estos actos esperanzadores llegar a constituir una «política». Seguramente, cuando la venganza del cosmos se cristalice en la ruina de una antigua metrópoli cómo México —donde los fetos de los no nacidos se emponzoñan de plomo a través del aire que sus madres respiran—, sus ruinas quedarán, igual que Prometeo, como un testimonio de la maldición de Némesis. Entonces, quizá, la «política» abandone el desarrollismo y se implanten nuevas formas de organizar la vida. La ciudad de México está más allá de la catástrofe. Es una metáfora de todo lo que se ha torcido con el desarrollo. Esa antigua ciudad, fundada sobre un lago en el aire puro de un elevado valle de montaña, no tendrá aire ni agua limpios en el año 2000. Lo que me maravilla es que la ciudad sobreviva. ¿Por qué no se mueren allí de sed las personas? De la enorme cantidad de agua que se bombea sobre las montañas desde el campo, el 50 por 100 va a parar a menos del 3 por 100 de los hogares, 50 por 100 de los hogares obtienen menos del 3 por 100 del agua. Eso significa que ese 50 por 100 consigue sólo el agua suficiente para beber, cocinar y lavar, ¡y echar la bomba sólo una vez cada diecisiete deposiciones! El hecho es que la disolución de las heces en agua es totalmente imposible en México. Sin embargo, los cinco millones y medio de personas que no tienen lugar estable para defecar, se las arreglan de alguna forma para mantener bajo control incluso este aspecto de su vida. Así que México es también un símbolo de la estabilidad del equilibrio de las vecindades más allá die, la catástrofe. En un mundo como éste, veo surgir formas aterradoras pero eficaces de autogobierno que mantiene el Gobierno y las instituciones de desarrollo al margen de los asuntos diarios de  las personas.

— ¿De forma que de las ruinas del desarrollo surgen nuevas formas de vida?

—Algunos novelistas, como Doris Lessing en The Fifth Child, crean la sensación del mundo que emerge, de qué clase de relaciones son posibles entre las ruinas. Las obras de Lessing transmiten la imagen de los seres aterradores que tienen capacidad de supervivencia.

Es fascinante descubrir esta experiencia que comparte los ajenos en un México post-terremoto, preapocalipsis ecológico. Hay en ello algo que transciende a banda callejera, a trapero, a habitantes de basurero. Nuestra dificultad está en encontrar el lenguaje apto para hablar de esta alternativa porque, frente a la sabiduría oficial, las personas con necesidades básicas no satisfechas están sobreviviendo bajo nuevas formas de convivencia.

Quizá podamos pensar en ellas como la mayoría tecnofágica de la. última parte del siglo XX. Gentes que se alimentan de los desperdicios del desarrollo. Esta población comprende la mitad de los jóvenes del corazón de Chicago que han abandonado la escuela, así como dos tercios de los habitantes de ciudad de México cuyos excrementos no son tratados. Desde los desposeídos de Nueva York hasta los habitantes de la «ciudad de los muertos» de El Cairo, estos supervivientes son los arquitectos de nuestro «futuro» postmoderno.

—Ha esbozado usted un camino más allá del desarrollismo y fuera del debate dominante que ha planteado la Comisión de Brundtland. ¿Cuál es el próximo movimiento dentro de ese discurso?

—Para mí está claro que una ecología global, con énfasis en lo administrativo, se sigue lógicamente de la ética utilitaria de gestión que vertebra a la Comisión de Brundtland. Originalmente, el utilitarismo se concibió como un intento de proporcionar máximo de bien al mayor número de personas. Luego, en algún momento de los años setenta, llegó a significar el menor mal posible para el mayor número de personas. Esta metáfora médica ilustra sobre el próximo paso tras la Comisión Brundtland: no el mayor bien, ni el menor mal, sino la mayor gestión del mal para la especie.

—Es decir, enganchar la tierra a un pulmón artificial y administrarle drogas...

—Eso es. Después de la Comisión Brundtland, preveo la gestión de la supresión de lo común, no la restauración del medio ambiente común para poner límites culturalmente circunscritos y políticamente aprobados al crecimiento. En esta ectopia, veremos la gestión, con apoyo tecnológico, del hombre, desde el semen al gusano, incluidas las tasas de reproducción

—¿Aprobaría, pues, la emergencia de una visión ecológica del mundo que enfocara atención del hombre sobre la restauración del equilibrio natural? ¿Sería ése el nuevo ethos universal que daría unidad a este fragmentado planeta?

—Debe usted entender que el concepto de ecología está profundamente relacionado con el concepto de vida. La «vida» moderna implica la muerte de la Naturaleza. En un hilo continuo que se remonta hasta Anaxágoras (500-428 a. de C.) y sigue a través del siglo XVI, en Occidente era tema constante un concepto de la naturaleza orgánico y total. Dios era el modelo que daba forma al cosmos. Pero con la Revolución Científica llegó a dominar en el pensamiento un modelo mecanicista. Con objeto de la voluntad humana, la Naturaleza se transforma en materia muerta. Esta muerte de la Naturaleza, diría yo, fue el efecto de más largo alcance de aquel cambio radical en la visión humana del universo.

Pues bien, este carácter artificial de la «vida» se presenta con especial dramatismo en el discurso ecológico. El modelo que relaciona los seres vivientes y su hábitat —Dios—se ha disuelto en el concepto cibernético de un «ecosistema» que, a través de múltiples mecanismo de realimentación, puede regularse científicamente si la alimentación de datos la escogen adecuadamente hombres inteligentes. El hombre, agente de desequilibrio, proyecta sobre sí mismo la gran tarea de restaurar el equilibrio de la Naturaleza. El hombre ecológico protege la «vida» y defiende los recursos del agotamiento.

El tema autorregulado de la «vida» se convierte así en el modelo para oponerse a la destrucción industrial. Es una idea muy seductora y lo simplifica todo. En su intento de enfrentarse con Némesis, ¡el hombre amplía su presunción y pretende dirigir el cosmos! En el nombre de la Naturaleza, la ecología idoliza al hombre prometeico.

GARDELS y BERLIN, ABC, 9 de julio de 1989, pp. 82-83


Título original: THE SHADOW OUR FUTURE THROWS, ILLICH, IVAN, New Perspectives Quarterly, 1999, Vol. 16, Issue 2

martes, 28 de febrero de 2017

"Nietzsche y las nuevas utopías" de José Rafael Hernández Arias (II)




Ver: "Nietzsche y las nuevas utopías de José Rafael Hernández Arias (I)
El mito de Prometeo se prolongará durante toda la histo­ria experimentando distintas metamorfosis. Si quisiéramos citar alguna de ellas especialmente característica, no podría­mos eludir la mención de la novela de Mary W. Shelley Fran­kenstein o el moderno Prometeo, inspirada en el ensayo de Fran­cis Bacon Prometheus sive de statu hominis. El protagonista, Viktor Frankenstein, logra crear un ser vivo «capaz de sentir y dotado de razón». Aunque el texto es enigmático y da pie a numerosas interpretaciones, retrata con gran maestría el espíri­tu científico del siglo XIX, describiendo una sátira de la socie­dad y del racionalismo puritanos, de las tentativas ya no de mejorar el mundo, sino de «perfeccionarlo», de intentar apli­car una forma de racionalidad que raya en la demencia, puesto que sus análisis científicos no se ven compensados por consi­deraciones que prevean sus posibles consecuencias destructi­vas. En este sentido el Frankenstein de Shelley constituye una figura prototípica para las corrientes biotecnológicas actuales, en las cuales se produce una clara mecanización del ser huma­no y al mismo tiempo una antropomorfización de la máquina, y en las que se pretende, como en la novela Frankenstein, la manipulación entre lúdica (con la legitimidad de la curiosi­dad) y científica de la naturaleza humana. Otra obra que toca un tema similar es la Eva futura de Villiers de L'Îsle Adam, donde se borran las fronteras entre naturalidad y artificialidad, propagando el sentimiento difuso de que la humanidad tam­bién es un producto de la técnica. En la historia cinematográfica se puede seguir claramente esta tendencia, pero también cómo las visiones futuristas y ciencias como la cibernética y la biotecnología se van influyendo mutuamente. Desde la pelí­cula de Fritz Lang Metrópolis y la creación artificial de una mujer con el significativo nombre de María con el fin de inter­venir en la realidad social -que encuentra ahora, por cierto, numerosas imitadoras en el mundo virtual, como Lara Croft, ese icono del nuevo mundo de los hipersimulacros-, hasta las últimas décadas con películas como Blade Runner, Terminator, RoboCop, Alien, Matrix o AI, asistimos a fantasías positivas o negativas sobre la invasión tecnológica del mundo y la conmo­ción de la identidad humana por la aparición de androides, ciborgs o replicantes que aspiran o a convivir con plenos dere­chos entre los humanos o a someterlos, despertando dudas acerca de la humanidad específica de la conciencia y del alma. En cierta medida, en algunos de estos mensajes se desliza la idea de que el hombre en realidad no es más que una creación artificial producto del enojo de un Titán, una máquina a la que le ha llegado la hora de pasar el testigo a otro producto de nueva generación más perfecto y completo. Para algunos teóri­cos de la hipermodernidad hemos llegado, en fin, al periodo de una «apocatástasis histórica», pues gracias a la biotecnología se puede recrear la pluralidad pagana de la Antigüedad o forjar un nuevo mito de la creación que dé a luz un nuevo mundo.
Pero los ideales transhumanistas no sólo se basan en deseos filantrópicos o en el amor a la humanidad y a la vida, en ellos anida un fuerte componente hedonista de obtener un placer más intenso, de llegar a las fronteras del placer. No es de extrañar que Ray Kurzweil en sus pronósticos para este siglo anuncie que el hombre gracias a los programas de orde­nadores y a la realidad virtual gozará de un mejor sexo. Bajo el epígrafe titulado «The sensual machine» se encuentra el siguiente pronóstico: «El sexo virtual proporcionará sensaciones que son más intensas y placenteras que el sexo convencio­nal, así como experiencias físicas que no existen en la actuali­dad. Por tanto, el sexo virtual es lo último en sexo seguro, ya que no hay riesgo de embarazo o transmisión de enferme­dad»[1]. Como algo deseable y enriquecedor de la existencia humana, Kurzweil también pronostica la creación de robots sexuales («sexbots») que terminarán por equipararse y superar a los seres humanos. Estas ideas, que podríamos englobar en la expresión «mecanización de la sexualidad», tampoco son tan modernas como parecen, comenzaron a tomar forma en Sade y adquirieron un gran auge en la época de la «emancipa­ción» de los años sesenta y setenta, entre aquellos grupos que paradójicamente propugnaban un retorno a la vida natural y al amor libre. Se podría decir que su respuesta al mundo industrial, determinado por la máquina, no podía ser otra que el deseo de convertirse ellos mismos en máquinas. ¿Quién no recuerda letras de canciones como la de los Rolling Stones: «I can't get no satisfaction», o la de James Brown: «I wanna get into it, man, you know, like..., like a sex machine»? Como ha mostrado Josef Spiegel[2], estos movimientos que aspira­ban a romper los vínculos tradicionales de autoridad, se sometieron a la técnica con una radicalidad sin compromisos, ya fuese en el arte, con un Andy Warhol transmitiendo el mensaje «quiero ser una máquina», o en la música con la elec­trificación de los instrumentos. Pero aún se produciría un sal­to cualitativo en este ámbito. En la creación de música pop, los ordenadores y otros elementos técnicos se han convertido en elementos esenciales, hasta tal punto que la autoría queda ya a la sombra de la máquina, produciéndose una música pseudoanónima, manipulándose la voz de los cantantes y los efectos sonoros. Grupos de los años ochenta como Industrials, Miami Sound Machine o C &C Music Factory portan en sus nombres el espíritu del tiempo. Mientras tanto, ya hay programas que componen música y se realizan grandes esfuerzos para suplantar al factor humano en la producción musical y cinematográfica. Se aspira a la fusión del artista con la máqui­na y a la supresión de la identidad, al anonimato de la obra. Los mismos experimentos se emprenden en el ámbito de la poesía y de la novela con la producción artificial de obras que sustituya a la autoría humana: el autómata como artista o escritor. Como medio para obtener placer intelectual hay transhumanistas que no dudan en recurrir a las denominadas «drogas inteligentes», mientras tanto aquellos que esperan a las «sexbots» del futuro, se pueden consolar tomando «éxtasis», una de las drogas de moda que circula con profusión entre los participantes del «tecnoespectáculo» de los Love Parades, don­de los danzantes imitan a los robots con sus movimientos sin­ copados y repetitivos, sometiendo plenamente el cuerpo y la mente a la máquina. En su último estadio, como ha destacado Ute Bertrand[3], con las nuevas técnicas biológicas y de información, se transforma el ideal del ser humano como máquina en la imagen del hombre como «máquina transclásica», como modelo de información programable. En la actualidad, estas tendencias se reflejan, por una parte, n la denominada «cul­tura pop», con la proliferación en cómics y videoclips de hombres y mujeres máquina. Recordemos el videoclip de la cantante islandesa Bjork, en el que aparecen dos autómatas femeninos en contacto amoroso, así como en el nacimiento del nuevo «género» del «tecnoporno»: por otra parte, se refleja en los intereses de la ciencia por crear robots o ciborgs dota­dos de capacidades sobrehumanas o de «copiar» mecánica­mente especies naturales. No puede ser más patético ni infan­til el intento de construir «perros robot» u otros prototipos de «living artefacts» que imiten lo comportamientos de algunos animales, siendo lo peor de todo que esos proyectos, que engullen cantidades astronómicas de dinero, no se realizan en el ámbito de la juguetería, sino que se consideran esfuerzos científicos por demostrar esa teoría milenaria, radicalmente falsa, que considera a los animales y las plantas como meras máquinas o productos artificiales.
Pero lo que comenzó con el experimento del médico Gal­vani consistente en estimular con electricidad las patas de una rana encuentra en la actualidad un desarrollo más complejo y prometedor. Recordemos que en la novela de Mary Shelley Frankestein, la criatura cobraba vida gracias a la electricidad. En el Instituto de Tecnología de Massachussets se experimenta con la posibilidad de mover robots de forma natural mediante músculos estimulados electrónicamente con ayuda de micro­ procesadores. El objetivo de estos experimentos es el desarrollo de máquinas híbridas que se caractericen por su movilidad, velocidad y fuerza. En la revista New Scientist [4] se indican posibles aplicaciones de este proyecto. Una de ellas, llamémos­la filantrópica, consiste en dotar a las prótesis artificiales de músculos ganados de células madre, la otra, englobada en el proyecto de la DARP (Defense Advanced Research Projects Agency), vinculada al Pentágono, se propone posiblemente el desarrollo de exoesqueletos para soldados, así corno prótesis que les permitan cargar más armas o aumentar su capacidad de combate. El coronel del ejército estadounidense Frederick Timmerman, director del «Centre for Army Leadership», comentaba: «En un sentido fisiológico, si es necesario, los sol­dados pueden parecer tres millas de altos y veinte millas de anchos. Desde luego, en un verdadero sentido físico, nada habrá cambiado. Más bien, al cambiar la forma en que se apli­ca la tecnología, y contemplando el problema desde una pers­pectiva biológica, concentrándonos en la transformación y extensión de las capacidades fisiológicas del soldado, ¿no podremos alcanzar la solución del superhombre ?»[5]. En esto, como siempre, la realidad supera a la fantasía. Pero en definiti­va se observa cómo se produce una automatización del hom­bre y una naturalización de la máquina, cómo de aparecen las  fronteras entre la técnica y la naturaleza, el espíritu y la mate­ria, la persona y la cosa, lo orgánico y lo fabricado, y cómo aumenta el abismo existente entre saber y conciencia, fomen­tando convergencias peligrosas que erosionan no sólo la iden­tidad humana, sino la dignidad del ser humano como ser res­ponsable de sí mismo, ante sus congéneres y de las criaturas y cosas que se encuentran en su radio de acción.
Es evidente que muy pocas de estas tendencias fueron previstas por Nietzsche, pero la vulgarización de su filosofía ha servido de sustrato a las más descabelladas fantasías. En el ámbito de la ciencia, no todos los científicos se muestran parti­darios de estos desarrollos, aunque sí podemos afirmar que existe un poderoso grupo que fomenta el avance en esa direc­ción. Tampoco se puede menospreciar su tosquedad y pueri­lidad en la argumentación filosófica; como muy bien ha destacado Marc Jongen [6], en ellos se articula la vanguardia de una humanidad que está dispuesta a elevarse de «sujeto» a «proyecto», a hacer de la naturaleza humana un objeto experi­mentable. En realidad nos encontramos en los inicios de un gran enfrentamiento que divide a dos bandos, uno biológico­ científico y neodarwinista y otro que engloba varias corrientes convergentes de tradición cristiana, humanista e ilustrada (sobre todo de la escuela kantiana). Este debate no tiene una correspondencia clara en el discurso político, en este caso queda patente la «antigüedad» o carencia de contenido de los partidos tradicionales englobados en conceptos como con­servador, liberal o socialdemócrata. Más bien el mencionado enfrentamiento abrirá fosos en el seno de tendencias políticas hasta ahora homogéneas o hermanará posiciones consideradas irreconciliables como las cristiano-demócratas y las ecologis­tas. Tampoco hay que olvidar que este enfrentamiento más tarde o más temprano exigirá una decisión en un mundo que suele refugiarse en neutralidades ficticias. Ernst Jünger vatici­nó que éste sería el siglo de los Titanes, y nos tememos que el hombre se va a enfrentar a utopías titánicas equiparables a las fomentadas en el siglo XX por las utopías clásicas. Que el nom­bre de Nietzsche aparezca asociado a ellas resulta una burda tergiversación, pero no porque se retuerzan sus aforismos hasta destilar de ellos la solución deseada, lo que también ocurre con demasiada frecuencia, sino porque con Nietzsche no se puede demostrar nada: sus escritos no aportan soluciones, sino interrogaciones, quizá más importantes para el hombre que cual­quier promesa de redención. Aquí no pretendemos, ni mucho menos, someter la obra de Nietzsche a una crítica de urgencia, su obra adquiere valor como tal obra, como diagnóstico de una época y como caso psicológico, situada en un contexto preciso y en un puesto relevante de la historia de la filosofía. En el dis­curso de los nuevos predicadores de la vida eterna y del paraíso en la tierra, de los intelectuales de la «hipermodernidad», de la «desregulación» de la moral» y de la muerte del «hombre abs­tracto»; sin embargo, su nombre ocupa el mismo lugar que el de la divinidad en el de los falsos profetas. Por fin se ha con­ seguido que la mención de Nietzsche se haga susceptible de sospechas, despertando la impresión de que quien cita a Nietzsche pretende engañar y seducir, pues Nietzsche es el gran seductor, y sus argumentaciones se adaptan a cualquier molde y a cualquier finalidad. Como no compartimos del todo esta opinión, abogamos por un regreso de Nietzsche a sus cauces filosóficos, y ofrecemos resistencia a las nuevas utopías, poniendo nuestras esperanzas en un renacimiento de la filoso­fía como recuerdo de la esencia del ser humano y como la dis­ciplina ideal para ejercitar una fantasía moral que se enfrente a lo «impensable», que defienda la «conditio humana» en todas sus dimensiones.
José Rafael Hernández Arias. Nietzsche y las nuevas utopías. Valdemar. Madrid. 2002. pp 183-190.


[1] The Age of spiritual Machines, New York, 1999, p. 147.
[2] Mit Maschinen anstelle Von Menschen. Liebe und Sex in der Pop-Musik, Die Geschopfe des Prometheus, ibídem, pp. 107-1 13.
[3] Ute Berrrand (ed.), lnformationmuster Mensch. Zur Verschmelzung von Informations und Biotechnologie, Bonn, Dortmund, 1992.
[4] N° 2279, p. 22.
[5] En: Postmodern War: the New Politics of Conflicts, London, 1997, p. 210.
[6] Der Mensch ist sein eigenes Experiment, en: Die Zeit, N° 33, 2001, p. 31.En el artículo de Jongen, un pequeño manifiesto que exige la claudicación de la ética humanista ante la nueva teología política cibernética («Dios es un cibernético»), no puede faltar la continua referencia a Nietzsche. Para Jongen es precisamente ahora cuando la doctrina nietzscheana del «superhombre» puede desarrollar todo su potencial profético: la «virtualización» del ser humano.

lunes, 2 de enero de 2017

"Nietzsche y las nuevas utopías" de José Rafael Hernández Arias (I)



El primer libro que leí de José Rafael Hernández Arias fue este Nietzsche y las nuevas utopías que editó en 2002 Valdemar. Este texto ha pasado prácticamente desapercibido aún cuando representa una de las críticas más inteligentes -realizada , posiblemente, por uno de los grandes traductores de Nietzsche al castellano- a la influencia del filósofo alemán. Esta crítica, además,  posee  el valor de realizarse en uno de los países -España- donde  la recepción del autor de Así hablo Zaratustra ha encontrado una aprobación y beneplácito más amplio y acrítico -una fascinación muchas veces rayana en la adoración- en la institución académica. Fue a partir de los años setenta y ochenta (V. el libro de Francisco Vázquez García Hijos de Dionisos), cuando este "neonietzscheanismo" español se presentaría en sociedad a partir del libro colectivo A favor de Nietzsche (1972). Este "movimiento filosófico" retomaría  no tanto a la tradición que arrancaría, en 1893, con la traducción al catalán de Joan Maragall de fragmentos del Zaratustra y con su adopción por los autores de la generación del 98 -como Maeztu, Baroja, Valle-Inclán y Azorín-, como aceptaría la moda cultura parisina del momento, de los Deleuze, Foucault, Bataille o Klossowski, que centraba su atención -como señala Nicolás Gonzalez Valera- en textos como el fragmento póstumo Sobre verdad y mentira en sentido extramoral, la "Segunda Intempestiva", aforismos de Más allá del bien y del mal o de El crepúsculo de los ídolos. Esto es, realizaba una lectura del pensador alemán  al margen de los elementos histórico-sociales que podrían encontrarse en libros como el Zaratustra, El Anticristo o en el escrito de juventud El estado griego.

En este libro José Rafael Hernández Arias toma en consideración algunos de estos aspectos político-sociales del filósofo alemán y los vincula al desarrollo actual de unas nuevas utopías tecno-eugenésicas que, en el presente, buscarían el alumbramiento de una suerte de superhombre basado en criterios biológicos y cibernéticos. Para el autor, una de las características fundamentales de nuestra época sería el sometimiento de la moral a criterios económicos y biológicos (eutanasia, reproducción asistida, ingeniería genética, transhumanismo...) a partir, justamente, de estos elementos de la filosofía de Nietzsche .

La sección que se presenta aquí pertenece al primer capítulo, en él Hernández Arias centra su atención en las razones por las que se mantendría la fascinación que ejerce Nietzsche sobre la mentalidad moderna.

Ni que decir tiene que desde este modesto blog no sólo se recomienda la lectura de este libro sino que se implora a la editorial su reedición.

NIETZSCHE, ¿UN FILÓSOFO PARA EL SIGLO XXI?

«A World ends when its metaphor has died[1]»

Archibald Macleish

¿Qué relación guarda Nietzsche con el desarrollo de la tecnología genética, con la cirugía estética, con la realidad vir­tual, con las nuevas utopías cibernéticas, con la industria cine­matográfica de Hollywood, con el fenómeno de la mundiali­zación, con la creciente ingobernabilidad del mundo? Éstos, nos guste o no, son rasgos y fenómenos de la época en que vivi­mos, y Nietzsche, por el momento, está presente en ella como el filósofo más popular y, quizá, el más influyente. Pero ¿qué condiciones pueden permitir que su pensamiento se catapulté al nuevo milenio en que vivimos? Reina cierta coincidencia entre los filósofos al explicar la actualidad de Nietzsche, se ha hablado de una obra incompleta, de que Nietzsche, abatido por el rayo de la demencia, no pudo «pensar hasta el final», aún más, que, debido a las manipulaciones de una obra disgre­gada, desvertebrada e inorgánica, era necesario «salvar» su pen­samiento. Esta interpretación, a la que se han sumado filósofos de peso como Heidegger o Derrida, cuenta con muchos defen­sores, pero encierra un peligro fundamental. Una y otra vez se construye sobre los cimientos nietzscheanos y se otorga a toda la obra una legitimación filosófica ficticia, ya que los resulta­ dos son los del intérprete y no los de Nietzsche. No resulta extraño que nos veamos obligados a tratar con una hidra de mil cabezas: un Nietzsche spengleriano, heideggeriano, fou­caultiano, jüngeriano, etc. Por añadidura, se emprende una defensa subjetiva del filósofo alemán al que sólo se tiene acceso a través de esa interpretación personal, al igual que sólo se tie­ne acceso al significado originario de un cuadro abstracto a través de la información que nos transmite el pintor, por ejem­plo con un título orientador. Esto desemboca en lo que podríamos denominar una posesión del filósofo por parte del intérprete y una confusión entre ambos. Así, existe un tipo de lector que se siente único intérprete válido de su obra, que mira con desprecio a su alrededor, sacude despectivo la cabeza, y sugiere que nadie entiende a Nietzsche salvo él. Cualquier aforismo, por disparatado que parezca, encuentra aposento en su sistema, y su argumentación siempre es la misma: «Con Nietzsche hay que tener cuidado. No todo lo que dice se puede tomar al pie de la letra, hay varios planos de comprensión».

Esta relación gnóstica entre autor e intérprete resulta inque­brantable, pues la obra de este último surge como un apéndice de la masa contradictoria de los escritos nietzscheanos, de lo que se ha hecho una selección muy personal. Así pues, este carácter abierto de sus textos fomenta una integración que le procura actualidad. Cada pasaje de Nietzsche se completa con la visión del intérprete, se funde con él, y gana mediante esta identificación un pasaje hacia el futuro. Aquí podríamos hablar de la «subjetivización» del filósofo; esto es, en realidad pasa a formar parte no sólo del acervo intelectual del lector, sino de su personalidad. Su lectura peculiar de Nietzsche satis­face su necesidad de originalidad y de distinguirse del resto de los mortales. Si a esto añadimos que el filósofo alemán, con su desprecio por las masas y su filosofar en primera persona, alienta fantasías de superioridad o singularidad, el cuadro que­da completo.
Anónimo. Nietzsche con una
corona de espinas (1900) Goethe Schiller
archive, Weimar



A este tipo de lector se añade otro cuya parcialidad tam­bién resulta manifiesta. En este caso se selecciona una de las múltiples máscaras nietzscheanas y se extiende un tupido velo sobre el resto de la obra. Gracias a este método ha surgido el Nietzsche psicólogo, humanista, satírico, ilustrado, racista, crítico del poder, antiburgués o anarquista. Cada una de estas facetas se convierte en una perspectiva o en una clave interpre­tativa. Podemos mencionar el siguiente ejemplo para ilustrar cómo funciona esta aproximación. Nietzsche, al final de su vida consciente, se quejó de la necesidad de lectores irónicos para su obra. Esta manifestación del filósofo se ha interpretado de una manera peculiar. Así, hay lectores que ejercen esa ironía respecto de aquellos pasajes de la obra de Nietzsche que desean camuflar, no les gustan o no se adaptan a sus ideas. Si criticaba a los judíos en un aforismo, el lector saca la conclusión de que esa crítica debe entenderse como un guiño irónico o no debe tomarse en serio; si Nietzsche se mostraba favorable al exterminio de las personas débiles o enfermas, se debe entender como una exageración inocua en un plano abstracto, causada por un acaloramiento ocasional de esa «cabeza de pólvora», como una fantasía lúdica o como una exaltación poética de la eutanasia como derecho inalienable del individuo. En definitiva, esta­mos ante una castración o desactivación de aquellas aristas que afectan a la sensibilidad del lector.

Para hacer hincapié en esa visión hipersubjetiva de la filosofía nietzscheana, mencionaremos la evolución del concepto de nihilismo en Heidegger y las piruetas mentales a las que sometió. Con la toma del poder nacionalsocialista, el filósofo de Friburgo comenzó su aproximación al nuevo movimiento político con una interpretación del concepto de nihilismo en Nietzsche, el cual no se debía entender como un final del desa­rrollo histórico de Occidente, sino como la transición hacia un nuevo inicio. Heidegger distinguió, al igual que Nietzsche, dos tipos de nihilismo, uno pasivo o negativo y otro activo o positivo. Por supuesto que cuando Nietzsche se calificaba de nihilista, según Heidegger, se refería a ese nihilismo activo, que no era sinónimo de ocaso, destrucción y decadencia, sino de esperanza y de futuro. Con los primeros éxitos militares del nacionalsocialismo, Heidegger aplicó esta teoría e identificó el nuevo poder político con el nihilismo activo, esto es, el nacionalsocialismo encarnaba ese tipo de nihilismo «creativo», ya que «nihilismo y nihilismo no son lo mismo» o «existe un concepto nihilista del nihilismo». En su obra dedicada a Nietzsche y al nihilismo europeo, Heidegger, después de la derrota de Francia, escribió: «La nación que generó a Descartes ha sido derrotada por una nación que, gracias a la perfección de su nihilismo, ha avanzado mucho en la organización de la «economía maquinal». Ha surgido un nuevo tipo humano victorioso (...) que va más allá del hombre que hemos conoci­do hasta ahora, pues la incondicional «economía maquinal» sólo es propia del superhombre, y al revés: éste necesita de aquélla para la implantación incondicional de su dominio sobre la tierras[2]». Conforme el nacionalsocialismo fue ense­ñando su verdadero rostro y se fueron acumulando las derro­tas, la interpretación de Nietzsche fue experimentando asimis­mo una transformación. De repente se descubre que la ideología imperante supone una radicalización extrema de la metafísica como voluntad de poder. El soldado del frente ya no es el superhombre, sino el instrumento de un nihilismo negativo, como en realidad había sido el de Nietzsche. En con­creto, el filósofo del martillo y el nacionalsocialismo, con su «imperialismo romano», no eran más que productos de la modernidad. Después de la derrota, Heidegger asociará a Nietzsche con Marx, y denostará la voluntad de poder como un elemento destructivo en el mundo técnico. En este camino del pensar se observa cómo el acercamiento a la filosofía de Nietzsche es más emocional que racional, creando un discurso ocasional y fugitivo. Quizá se refería a esta perplejidad exegéti­ca la enigmática frase de Heidegger repetida en sus últimos años de vida, «Nietzsche ha acabado conmigo»[3], con la que posiblemente expresaba su naufragio en los esfuerzos por penetrar en el pensamiento de Nietzsche o en aplicar sus prin­cipios a la realidad.

Otro de los rasgos que ha procurado una larga vida al nietzscheanismo es su aura de peligro, un aura que el mismo Nietzsche fomentó con mecanismos retóricos y que se amolda perfectamente a una mentalidad que busca nuevas experiencias en los límites de la perceptibilidad. Cierto es, sin duda, que Nietzsche no temió ningún «tema» y no reconoció ningún tabú. Pero esta peligrosidad, aducida sobre todo después de la II Guerra Mundial con el fin de preservar a la juventud de un trato desacomplejado y demasiado libre con el filósofo, causó el efecto contrario. La juventud se acercó a Nietzsche atraída por el morbo de coquetear con ideas «arriesgadas», de establecer contacto con un «filósofo peligroso», atraída, en definitiva, por el aura de la subversión y de la transgresión. Su fuerza de atrac­ción era la misma que la ejercida por el abismo en el joven que hace «puenting». En su obra vieron reflejado el ideal de una vida plena por ser una vida intensa, no en un aspecto intelec­tual, sino sobre todo en un aspecto físico. Al ser preguntado el escritor francés Houellebecq sobre la actualidad de Nietzsche, respondió que sin duda se debía a la mentalidad del burgués medio en los suburbanos atestados, fascinado por el placer de la aventura, el ídolo del siglo xx. «Su obra», decía Houellebecq, «es el antídoto contra el sentimiento de asfixia en el Metro». Asimismo, sectores de las nuevas generaciones, más atraídos por la experimentación de estados placenteros, o de estados tenidos por tales, que por el conocimiento, no quieren afrontar el destino del hombre moderno como sugería Max Weber, esto es, con «hombría», sino que prefieren disfrutarlo u olvidarse de él aferrándose al diagnóstico nietzscheano: «el nihilismo es un sentimiento de felicidad».

Por añadidura, Nietzsche, debido a distintas circunstan­cias, es autor de una obra que podríamos catalogar como de «fácil lectura». Esto no supone ningún reproche estilístico o intelectual, pero tampoco un panegírico, más bien requiere una explicación algo más detallada. Con este juicio tampoco queremos hacer referencia a las primeras críticas académicas de los libros de Nietzsche que calificaban su argumentación de infantil. Me refiero a que es una obra que aparentemente no somete al lector a un esfuerzo comprensivo. Por esta razón, sus aforismos se han convenido tan fácilmente en eslóganes. No nos vemos enfrentados, como con Santo Tomás, Kant, Hegel o Heidegger a un esfuerzo inaudito de sistematización que requiere por parte del lector una gran paciencia y capacidad intelectual, por no hablar de las dificultades semánticas estilísticas que suponen un esfuerzo añadido. Nietzsche, en cambio, con su método aforístico y su fascinante y ampuloso estilo, ofrece la posibilidad de la lectura impresionista y meramente estética, y este tipo de lectura, según las estadísticas, es el preferido en nuestra sociedad actual, tan impaciente y tan preocupada por no «perder el tiempo». Para las nuevas genera­ciones, el lenguaje de Cervantes o de Goethe, o, sin ir más lejos, pongamos por caso, el lenguaje teológico cristiano, ya sea en tratados o en textos divulgativos, incluso en el género novelesco o detectivesco de un Padre Brown, se tornan incom­prensibles, pero el lenguaje de Nietzsche, en las fronteras de la demencia y tan intempestivo, sigue encontrando acogida, En el artículo «Zu Friedrich Nietzsche's Tod», de F. Avenarius, publicado en la revista Der Kunstwart en el año 1900, ya se destacaba este aspecto de su obra como un elemento esencial de su capacidad de supervivencia: «El lenguaje de Nietzsche, que sólo se ve animado por el objeto, pero ahíto de "yo, sin duda un instrumento inapropiado para la ciencia lógica (…) pero nunca se había hablado de las cosas del conocimiento de una forma más bella … Sí, Nietzsche era ante todo un poeta»[4]. En una carta de Hermann Hesse, quien también compartía este apelativo de Nietzsche como filósofo-poeta, se incluía una curiosa valoración relativa a la juventud que no ha perdido vigencia: «Dicho con sinceridad, tengo la sensación de que vosotros, los jóvenes, os lo ponéis muy fácil. Habláis de Buda y amáis sus pensamientos, que no son de ninguna manera suyos, y no veis en él por lo que ha vivido y se ha esforzado. Os hartan rápidamente de todo, consumís con intensidad y a toda prisa las religiones y las cosmovisiones, Buda o Nietzsche os parecen adecuados para, después de una lectura superficial, otorgarles una censuras»[5]. Pero además, el estilo de Nietzsche, la «eterni­dad de su estilo», que nunca aburre, adapta a un nuevo «esti­lo» de lectura. En una nación de tradición lectora tan impor­tante como Alemania, la Stiftung Lesen, una fundación que fomenta la lectura y realiza análisis estadísticos sobre distintos elementos sociológicos y culturales relativos a esta actividad, ha constatado que no sólo desciende el número de lectores de libros, sino que entre los lectores se observa una clara tenden­cia a la lectura superficial, a prescindir de los pasajes que requieren un esfuerzo de concentración y de comprensión. Se olvida que los libros que no nos ofrecen resistencia tampoco nos proporcionan una ganancia. En las facultades de Filosofía de todo el mundo se produce un fenómeno paralelo. Cada vez se estudian menos los filósofos sistemáticos que requieren una larga ocupación y una intensa especialización, prefiriéndose los filósofos «creativos», «aforísticos», de obras «desvertebra­das», que no pretenden alcanzar una rigurosidad lógica, sino estimular la imaginación. Por desgracia, ese aspecto coincide con una fuerte relajación en el estudio filosófico, pues las facultades de Filosofía se han convertido en el refugio de estu­diantes fracasados en otras disciplinas (por regla general de la denominadas Ciencias de la Naturaleza), que al menos quieren asegurarse la posesión de un título académico. Por temor a las reducciones de plantillas de profesores a causa de la falta de alumnado, en la mayoría de estas facultades se exige una escasa capacidad de trabajo, sobre todo si la comparamos con la exigida, por ejemplo, en las escuelas de ingeniería. En parte se debe a esta circunstancia la pérdida de prestigio de la filosofía en los debates actuales y el completo menosprecio de que es objeto en el gremio «científico». Por añadidura, en muchos países donde la universidad se encuentra en manos privadas, desaparecen continuamente las cátedras de filosofía y de estu­dios humanísticos en general, para ser sustituidas por otras con virtudes más «prácticas». Según la nueva política universitaria que gana terreno en las denominadas «naciones culturales», la investigación universitaria tiene que someterse a los intereses mercantiles. Así pues, el dinero debe fluir en las ciencias de la vida y no de la muerte. Esto incide en que la preocupación más urgente para muchos filósofos sea la de analizar su propio futuro en la filosofía y no las nuevas tendencias que dan rostro al planeta. Aún así, la filosofía se sigue «vendiendo», en el mer­cado editorial encuentra todavía un público, aunque sea adop­tando formas ensayísticas, superficiales, infantiles o, incluso, esperpénticas. Entre los primeros puestos de venta siempre se encuentran títulos como Séneca para estresados o Maquiavelo para mujeres. No hace falta decir que en este ámbito Nietzsche resulta imbatible.
Fidus (Hugo Hoeppener). Ceremonia matrimonial
combinada con una cita de Zaratustra. (1906).
Jugend 11 p. 369


A estos razonamientos habría que añadir la predilección de que goza el género aforístico en los lectores actuales; esta predilección, advertida obviamente por las editoriales, llega al extremo de someter la obra de pensadores metódicos al troquel o a la guillotina de la moda intelectual. Así, se desguazan los textos de pensadores señeros y se fabrican supuestos aforismos como si fueran la quintaesencia de sus teorías. Ya Marshall McLuhan, en su célebre libro La galaxia Gutenberg, asociaba la proliferación del género aforístico con las culturas orales; en realidad, la predilección por el aforismo es uno de los síntomas que anuncian el declive del libro impreso y el renacimiento de una cultura oral que, como en los países latinos, nunca ha llegado a desaparecer, más bien ha frenado la penetración y fuer­za del libro. El aforismo se interpreta como una llamada a la acción, exige agudeza y siempre deja nuevas vías a la imagina­ción, posee el aura de lo «inacabado», esto, junto con su concisión, hacen de él un género cibernético por excelencia, su nuevo hábitat natural será la pantalla de ordenador. Su fusión con el eslogan publicitario marcará esencialmente la cultura «hipermoderna»[6].

Se puede decir también que la obra de Nietzsche es eminentemente futurista, no requiere (otra vez, aparentemente) un dominio de la historia de la filosofía, pues Nietzsche, como ha destacado Sloterdijk, es un «anunciador», un evangelista que pretende acompañar al hombre a una dimensión en que ya no tiene sentido mirar hacia atrás. Como veremos más adelan­te, esto supone una quiebra de la memoria colectiva y cultural, que se plasma en el desprecio por la Historia o en su descuido, pero también supone una promesa, la promesa de escapar de un mundo viejo y corrompido hacia, como lo expresó Pascal, el «horizonte de lo infinito». En Nietzsche este deseo de futuro se plasma con una intensidad fascinante en la metáfora náuti­ca: «¡Hemos abandonado la tierra y nos hemos embarcado! ¡Hemos dejado atrás los puentes, aún más, hemos roto con la tierra!»[7].

Otro motivo que podemos aducir para explicar la actuali­dad de Nietzsche es que el filósofo alemán basó su obra en un tipo de lenguaje y en una ética que domina nuestra época. Me refiero a la ética (si puede denominarse como tal) y al lenguaje biológicos. Si en la Europa de la Edad Media la Teología era la reina de las ciencias, hoy lo son la Biología y la Economía, ellas imponen las legitimaciones y son el motor de eso que se suele llamar «progreso». En realidad, lo social ya no interesa se ha producido una desvalorización de lo socio-filosófico en favor del binomio biología-economía, dominado por un mercado que fomenta fantasías colectivas como la creación de un super­hombre, la supresión del sufrimiento o la inmortalidad, con el objetivo de alimentar expectativas, aumentar la demanda, atraer al capital y obtener más beneficios. En nuestra época, tal y como quería Nietzsche, se ha comenzado a someter la moral a los criterios biológicos. En el debate actual en el ámbito de la ética no cesa de ganar adeptos la teoría de una ética surgida de la evolución o implícita en el genoma (el «gen egoísta»), de una ética cuya fuente se encuentra en la naturaleza y no en la razón humana o en otras «entelequias». Nos enfrentamos a problemas como los siguientes: si en el futuro resultará «inmo­ral» permitir el nacimiento de niños con taras físicas o psíqui­cas y de si estos niños, cuando crezcan, podrán denunciar, por sí mismos o mediante mentores, a sus progenitores por el hecho de no haber impedido su nacimiento...




José Rafael Hernández Arias. Nietzsche y las nuevas utopías. Valdemar Madrid, 2002. pp. 11-21

Ver: "Nietzsche y las nuevas utopías" de José Rafael Hernández Arias (II)



[1] «Un mundo termina cuando muere su metáfora».
[2] En GA, vol. 48, (1940), p. 205.
[3] «Nietzsche har mich kapurrgernacht». Vid. Hans-Georg Gadamer, Die Lektion des Jahrhunderts, Heidelberg, 2000, p. 144.
[4] Aquí podríamos trazar un paralelismo con Kafka y su lenguaje que sólo aparentemente se puede catalogar como antitético al de Nietzsche. Es muy probable que Kafka conociese este artículo de Avenarius, pues estuvo suscrito a la revista Der Kunstwart durante el periodo en que se publicó. Kafka conoció la obra de Nietzsche y se interesó con roda seguridad por su lenguaje y estilo, al igual que por los de Schopenhauer, al que consideraba digno de leer aunque sólo fuese por su estilo. Janouch nos cuenta en su libro Conversaciones con Kafka (Gespräche mit Kafka, Frankfurt/M, 1961, p. 55) que el escritor dijo: «Schopenhauer es un artista del lenguaje. De él surge su pensamiento. Se le debe leer sólo por su lenguaje».
[5] Hermann Hesse, Ausgewdhlte Briefe, Frankfurt/M, 1971. p 31,
[6] Con esto no se quiere decir ni mucho menos que el estilo defina lo que es filosofía y lo que no. En la filosofía hay cabida para el aforismo y la metáfora siempre que rengan una función sustantiva y se integren en un pensamiento que aspira a una rigurosidad discursiva e imaginaria.
[7] La gaya ciencia III, 124.