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sábado, 27 de octubre de 2018

Salvador Dalí: "El surrealismo soy yo" (ABC, 12 de mayo de 1984)


EL SURREALISMO SOY YO
A los seis años de edad quería ser cocinero. A los siete, anhelaba ser Napoleón, y desde entonces mis ambiciones se han acrecentado.
No soy un hombre violento. No soy dócil, hace muchos años rompí las ventanas de una galería porque habían interferido mi trabajo. Pero nada he hecho últimamente. La Prensa siempre habla de estas cosas.
Mi hermano murió antes de nacer yo, de manera que cuando esto sucedió, mis padres me dieron el nombre del hermano fallecido: Salvador. Toda mi niñez la viví en el terror de pensar que yo era mi hermano y que estaba muerto en realidad. Comencé a hacer cosas extravagantes para atraer la atención hacia mí, para demostrar que era yo mismo. Para corroborar que no era mi hermano muerto.
Creo que mi personalidad es más importante que mi talento. Mis excentricidades son actos concentrados y deliberados. No son bromas, sino lo que más cuenta en mi vida. Es posible que el mundo necesite otros veinte años para comprenderlo.
Esto que llaman excentricidades es algo más vital para mí que mi propio arte. En los años de mi adolescencia seguía viviendo con la personalidad de mi hermano muerto. Todos estos años he hecho locuras para exterminar la imagen de ese hermano y determinar mi propia personalidad. Por eso empecé a acariciar la idea de convertirme en un genio, y llegué a serlo sin dejar de ser un exhibicionista consumado. Todo esto representa la naturaleza trágica y constante de mi personalidad real.
La extravagante publicidad que he recibido de la Prensa me ha ayudado como artista. Cuando era joven, para ganar seguridad representaba el papel de genio. Cultivé una leyenda. Luego la Prensa la aceptó y después de un tiempo empecé a convencerme de que verdaderamente era un genio. Ahora estoy totalmente convencido. Mis relaciones con la Prensa han convertido la leyenda en realidad.
Era y sigo siendo imprescindible. Soy un hombre de extremos.
A menudo me preguntan si al decir a la gente que soy un genio no la intimido, si no dificulta nuestros contactos. Posiblemente así sea con algunas personas, pero con otras los simplifica. El contacto es más inmediato y violento. Pero hay muchos obstáculos. Las personas muy tímidas viven enfrentándose casi a los mismos extremos. También me preguntan en qué soy genio. Mi pintura es parte de ello. Pero más que nada, lo es mi intuición creativa. Soy muy perceptivo. Por ejemplo, una vez pinté la estructura molecular del ácido desoxirribonucleico y luego cuatro científicos obtuvieron el premio Nobel por descubrirlo.
Creo que tengo cosas en común no con los nuevos pintores, sino con los antiguos: Rafael, Vermeer, Velázquez. No me siento cerca de los que tienen mí misma profesión ni con los actores. Me siento más unido a los místicos, a los filósofos y a los teólogos.
Cuando Velázquez llegó a Italia y le preguntaron qué pensaba de Rafael, contestó: «No me agrada en absoluto.» Pero si estudiamos muy de cerca sus dos pinturas más famosas, «Las Meninas» y «La rendición de Breda». encontramos que repite el tema y la estructura general de «El matrimonio de las Vírgenes», de Rafael.
Actualmente, cuando nadie está de acuerdo con nada, especialmente con el caos estético reinante, todo coincide en un fenómeno singular: Velázquez. Todos consideran a Velázquez como el más vivo y moderno de los pintores.
Soy profundamente religioso y los valores más importantes de la vida son litúrgicos.
Creo en la violencia y me encantan todos los tipos de guerra, incluyendo una atómica que todo lo destruiría. Si se produjera, todos nos convertiríamos en ángeles y, de acuerdo con la teoría antigua, lo único que quedaría en la Tierra serían peces pequeños que se desarrollarían hasta convertirse en una raza humana distinta y superior.
El invento más importante del siglo es una máquina del pensamiento que yo mismo he inventado, una forma de cibernética, pero con el ojo humano.
Las ideas más importantes las he concebido en Nueva York. En California no se me ocurre nada. Europa ofrece condiciones sublimes para realizar estas ideas; pero en Nueva York se me ocurren ideas cada quince minutos. Nueva York está lleno de locos. No se trata de tipos paranoicos de primera clase, como yo; son tan sólo de segunda. Con todo, son gentes locas e interesantes que hacen que el lugar sea interesante para vivir.
En Nueva York sólo duermo. En España sólo trabajo. Allí desayuno a las nueve treinta. Luego fiesta hasta las diecisiete treinta. A esta hora empiezan los cocteles y las «cogitaciones». Esto me agrada enormemente. En Nueva York todo el mundo corre, mas no Dalí. Dalí duerme, duerme, duerme.
En la Costa Brava, en el pueblo de Port Lligat. duermo en una gigantesca cama matrimonial que tiene un gran dosel; en la cabecera pinté una escena de botes, en donde aparece mi esposa. Gala, sentada, ofreciéndome una corona. La Cosía Brava es hermosa y muchas personalidades notables han vivido ahí. El director de orquesta Artie Shaw estuvo en Aigua Blava; Robert Ruark vivió en Palamós, que está tachonado de percebes. También estuvieron Madeleine Carroll y su marido, Andrew Heiskell, presidente de la Junta de Vida.
Yo vivo y trabajo en mi casa blanca de cajones. que está a las orillas del mar y desde donde se domina el Mediterráneo. No hay árboles. No soporto lo verde. Mi paisaje carece de árboles. Tiene el aspecto de un esqueleto de asno en putrefacción. Es posible que con el tiempo ponga algunos olivos. Mi corinas en mi patio.
Nueva York no es verde. Inglaterra tiene muchos pastos, todo se toma verde repentinamente. Y observen te Gran Bretaña, su mundo se ha derrumbado.
Velázquez no pintó jamás con verdes. Rojo y azul, blanco y amarillo.
Pero desde mi patio el panorama no tiene color. Es gris y amarillo. Es monocromático. Sin árboles. En Nueva York tampoco los hay.
Soy un tipo paradójico, exhibicionista, excéntrico y concéntrico a te vez, exactamente un exhibicionista daliniano.
El surrealismo... soy yo. Soy el único surrealista perfecto y trabajo dentro de la gran tradición española. Los místicos españoles siempre fueron surrealistas; los franceses, ateos.
En los primeros años de la década del cuarenta me expulsaron del grupo «oficial» de surrealistas por ser excesivamente surrealista. Una de mis pinturas mostraba a Lenin con las posaderas de tres metros de largo sostenidas por una muleta. Esperaba que eso sacudiera e impresionara a mis colegas, pero ellos fingieron aburrimiento.
Después me obsesioné, al punto de delirio, con la personalidad de Hitler, a quien siempre intuí como mujer. Mi visión nada tenía que ver con la política; sin embargo, pronto me vi defendiendo mi posición ante una reunión de surrealistas franceses.
La reunión fue memorable. Pasé la mayor parte de la sesión puesto de hinojos, no suplicando contra mi expulsión, sino exhortándolos a comprender que mi obsesión por Hitler era puramente paranoica y apocalíptica.
Pero los surrealistas no me comprendieron. Y permitieron que siguiera existiendo alguien como yo, que pretendía ser un verdadero loco, viviente y organizado.
Mi obsesión persistió hasta la muerte del Führer. Oí la noticia cuando me estaba tomando la temperatura. Durante exactamente diecisiete minutos permanecí tendido, pensando, con el termómetro en la boca. Cuando me levanté mi temperatura estaba perfectamente bien. Tanto Hitler como el surrealismo se convirtieron en etapas muertas.
Entonces tuve la certeza de que yo era el salvador del arte moderno, el único capaz de sublimar, integrar y racionalizar todas las experiencias revolucionarias de los tiempos modernos, dentro de la gran tradición clásica del realismo y el misticismo, que es la misión suprema y gloriosa de España.
Salvador Dalí, ABC, 12 de mayo de 1984, pp.50-51.

martes, 16 de octubre de 2018

"¿Existe Cristóbal Serra?" de Josep Albertí (El Viejo Topo, diciembre de 1976)


¿Existe Cristóbal Serra?
André Bretón renunció a defenderse “por haber actuado en esta selección (su “Antología del humor negro”) con una considerable dosis de parcialidad, ya que semejante posición nos parece la única adecuada ante un tema como este”. Tal afirmación no justifica, sin embargo, la ausencia de la siempre admirada antología de nombres como Quevedo o Cervantes, por señalar ejemplos notorios de lo que para Bretón hubieran podido ser “vidas ejemplares”, como Swift o Fourier. Ante parecida reflexión Cristóbal Serra decidióse hará unos dos años a elaborar una nueva selección que se centrase exclusivamente en el humor negro español. En su derecho está el autor de Péndulo, de casta surrealista y aún heterodoxa, me atrevería a calificarlo. Pero antes de seguir adelante me gustaría esclarecer un pequeño misterio. ¿Quién es Cristóbal Serra? Para cierto sector de lectores —aquellos cuya ansia se halla en el punto de la diana donde coinciden los raros autores, casi secretos, en absoluto voceadores— Serra puede ser, ya un conocido. Tusquets le ha publicado tres libros: “Viaje a Cotiledonia, “Péndulo" y el que nos ocupa[1].
Carlos Barral, mucho antes, le dio a conocer como traductor de Melville y de Blake. A pesar de todo sólo  muy recientemente ha logrado Serra su verdadero auditorio. Injustamente olvidado, todos sus libros mencionados habían sido publicado en su ciudad natal, Palma de Mallorca. Y un volumen que es, hoy, una  joya bibliografía: la traducción del Tao Te King aparecida en 1959. ¡Lao Tse! Sobre todo esto, un amigo recientemente me comentaba que el fenómeno, no por curioso es menos explicable. Cristóbal Serra pertenece al área cultural catalana. Su lengua y cultura son catalanas —recordemos su gran amor por Llull pero también por Foix—. Escribir en  español, me decía mi compañero en esta situación, es la reducción del provincianismo; que por otra parte, ha sufrido tantos, escritores de realidad cultural catalana, Joan Alcover en su etapa de escritura española por ejemplo Mi interlocutor irónico, sugirió que muy posiblemente espectadores de la cultura española, desde Madrid, hubieran pensado que Cristóbal Serra era una invención de Octavio Paz en su glosa de “Puertos al campo”. No obstante ahí está el hecho: sí, Cristóbal Serra existe y su difusión es ya un acontecimiento palpable. Un muy interesante escritor nacido en Palma en 1922.
Su Antología del humor negro español nos da fe de ello una vez más. Si por una parte este libro nos recuerda más que descubre los aspectos oscuros del Lazarillo, del Quijote, de Quevedo o Gracián, creo que es a partir de Torres de Villarroel que nos ofrece lecturas nuevas por los olvidados —total o parcialmente— que tenemos a muchos autores dignos de auténtico recuerdo. Por el siguiente orden, van a sorprendernos: Cadalso y su dialogo de Tedialo y un sepulturero, Espronceda enmarcado en el canto tercero del Diablo Mundo, Larra, Unamuno y Valle-Inclán, pero sobre todo Gutiérrez Solana con su espeluznante Las solitarias de Ávila, el maldito Silverio Lanza, el Machado de Juan de Mairena, azote de superrealismos, Gómez de la Serna, los textos magistralmente escogidos —tanto que hacen de él un desconocido frente a versiones oficialescas, de una u otra barricada ideológica— de Juan Ramón Jiménez, véanse sus invectivas contra Neruda o Xenius, para acabar ademas de Bergamín, con otro despreciado: Antonio Espina, gobernador precisamente, de Mallorca el 18.07.1936, que intentó suicidarse al ser encarcelado por los militares sublevados; fue, sin embargo, canjeado más tarde y murió hace escasos años. Serra, por cierto, escribió entonces en la prensa palmesana una sutil necrología. Es posible suponer que el presente libro incitara a los editores a ventilar textos como los citados en mayor amplitud. Servicio importante, por supuesto. Los breves prefacios de Serra, al modo de Bretón en su obra homónima, son piezas de finura manifiesta que al tiempo sitúa los humores, reivindica esa escritura tan menospreciada por la crítica trascendentalista. Prueban, en fin “la dosis de horror” que Baudelaire ataba como atributo de los españoles.
Josep Albertí, El Viejo Topo, nº3, diciembre de 1976, pp. 49-50



[1] Antología del humor negro español. Del Lazarillo a Bergamín. Cuadernos marginales, Tusquets editor, Barcelona, 1976, 367 pp.

jueves, 4 de octubre de 2018

Henri Michaux: "Bajo el faro del miedo", "Hacia la serenidad", "Mi porvenir", "La vida de una araña real" (Sur, invierno de 1931)


BAJO EL FARO DEL MIEDO
Todavía, no es más que un halo impreciso, nadie lo ve, pero yo sé que de ahí brotará el incendio, que va a surgir un incendio inmenso. Y yo, que lo veo con lucidez, deberé escapar como pueda, continuar viviendo como antes. (¿Cómo sigue usted? Vamos tirando ¿y usted?) estragado por el fuego concienzudo y devorador.
Ante mi está un tigre inmóvil. No tiene prisa. Le sobra tiempo. Tiene aquí tarea. Es inexorable.
Cuando un pez de las profundidades abisales, que se ha vuelto loco, nada ansiosamente a seiscientos metros de fondo buscando los pescados de su familia, choca con ellos, les despierta, les interpela uno tras otro:
—Oye, tú ¿no escuchas el agua que corre?
—Y aquí ¿no se oye nada?
—¿No oís alguna cosa que hace: "tse”; no, algo más suave: tschii, tschiif
—Tened cuidado, no moveros, va a oírse otra vez.
¡Oh, Miedo, dueño atroz!
El lobo siente miedo del sonido de un violín. El elefante tiene miedo del tambor, de los cerdos, de los petardos. Y el conejillo de indias tiembla mientras duerme.

HACIA LA SERENIDAD
a)         el Reino de Ceniza.
Por encima de los júbilos como por encima de los terrores, por encima de los deseos y de las efusiones hay una extensión inmensa de ceniza.
En ese país de ceniza podéis ver el dilatado cortejo de los amantes que buscan a las mujeres y el cuantioso cortejo de las mujeres que buscan a los amantes. En todos ellos se lee una presciencia tal de los goces únicos que demuestra cómo tienen razón, que la cosa es evidente y que es preciso vivir entre ellos.
Pero aquel que se halla en el reino de ceniza ningún camino encuentra ya. Mira, escucha. Ningún otro camino encuentra más que el del eterno pesar.
b)         la llanura de la leve sonrisa.
Sobre ese reino alto, pero miserable, se extiende el reino elegido, el reino de suave pelaje.
Si en él apareciese alguna cumbre, alguna punta, no durarla mucho. Pues apenas brotadas desaparecen, cambiándose en cortos pliegues, los dobleces en un estremecimiento y todo retoma a ser llano.
“Cuando la ola arrolladora encuentra a sus amiguitas, las olas que devuelven, se teje entre ellas un gran zumbido, primero un zumbido, luego poco a poco se hace el silencio y no vuelve a encontrarse ninguna”.
¡Oh, país de losas tibias!
¡Oh, llanura de la leve sonrisa!
MI PORVENIR

Alcanzaré para terminar un país de sonrisas.
Ya una brisa hecha de caricias me lleva hacia él
Se me invita, está ahí, me esperan, se sabe que llego.

Porvenir, puesto que debes, puesto que vas a invadirme,
Lleguemos a tiempo, escucha, más de prisa, acércate, atráeme.
Porvenir, puesto que debes, puesto que vienes...

LA VIDA DE LA ARAÑA REAL
La araña real destruye a su vecindario digiriéndole. Y ¿qué digestión se preocupa de la historia y de las relaciones personales del digerido? ¿Qué digestión se cuida de guardar todo eso en anaqueles?
La digestión toma del digerido virtudes que este mismo ignoraba, virtudes tan esenciales que, poco después, aquel sólo es podredumbre, cuerdas de podredumbre que es preciso entonces ocultar rápidamente bajo tierra.
A menudo la araña se acerca como amiga. Toda ella es suavidad, ternura, deseo comunicativo, pero su ardor es tan implacable, su enorme boca desea auscultar tan ávidamente los pechos del prójimo (y también su lengua es siempre inquieta y ávida), que se hace preciso terminar dejando que se lo trague.
¡Cuántos extranjeros fueron ya engullidos!
En el acto, la araña se desespera. Sus brazos no encuentran ya nada que estrechar. Entonces se dirige hacia una nueva víctima y, cuanto más se revuelve ésta, más se obstina la araña en conocerla.
Poco a poco le introduce en ella y le compara con lo que tiene de más querido e importante, y no hay duda que de esa confrontación saldrá una luz única.
Empero, el confrontado se hunde en una naturaleza infinitamente inestable y la unión se corona ciegamente. 
HENRI MICHAUX
Sur, (3) invierno 1931, pp. 94-97. Versión de Guillermo de Torre.

sábado, 15 de septiembre de 2018

"El surrealismo en España, Un movimiento que nunca existió" de Eduardo Haro Ibars (Tiempo de Historia, 1 de octubre de 1981)


EL SURREALISMO EN ESPAÑA
Un movimiento que nunca existió
Eduardo Haro Ibars
FRANCISCO Aranda parece ser un surrealista ortodoxo; el menos eso muestran sus otros libros publicados —un estudio muy interesante sobre Buñuel, antologías y estudios sobre poemas de Buñuel y de Larrea, poemas y prosas suyas, dentro de la corriente surrealista... Su libro, editado por “Lumen”, es un intento de aglutinar en torno al vocablo “surrealismo” a varias personalidades del mundo de las artes, de la poesía, del teatro —en fin, de la cultura— españoles, de dar una coherencia y unidad al mosaico de tendencias, influencias e individualidades que forman el panorama de la cultura artística española, aproximadamente desde la generación así llamadadel 27 hasta hoy mismo. “El Surrealismo Español” es un intento interesante, un buceo en nuestra historia artística y cultural, cuyo planteamiento inicial puede estar equivocado, pero que no por ello sirve menos para aportar datos, para conocer las claves que configuran la esencia incuestionable de nuestra cultura.
¿Qué demonios es el surrealismo?
El surrealismo es, literalmente, eso: un demonio, y obra de demonios. Nace oficialmente en 1924 —“de una costilla de Dada”, diría, creo, Ribemont-Dessaignes— y hereda y canaliza todas las tendencias de las vanguardias de su tiempo, formales y de fondo, a las que añade el espíritu —no muerto todavía y, desde luego, no nacido, como nos quieren hacer creer los manuales de literatura, de Víctor Hugo en Francia, y de Novalis en Alemania—, el hálito eterno del romanticismo. Como este, ensalza las potencias del sueño y de la imaginación desbordante, la búsqueda de la verdad en lo irracional, la liberación del hombre por la magia, la omnipotencia —y esto precisamente será aportación del español Dalí— del deseo: hace el elogio de la locura, y declara —anticipándose en esto a los movimientos antipsiquiátricos actuales— al loco como un rebelde total contra el orden establecido, llegando incluso a pedir para él el estatuto de prisionero de guerra.
A este impulso romántico se suma el escandaloso espíritu de las vanguardias de su tiempo: Dada y el futurismo habían dado en el clavo al postular que, para cargarse a una sociedad burguesa y a un pensamiento burgués, había que empezar por el lenguaje: romper su concatenación, en apariencia lógica, destrozar incluso el orden sintáctico de las frases, pulverizar el sistema de coordinadas habituales que hacen de un texto —de este mismo, por ejemplo— algo legible, asimilable y catalogable dentro del apartado “arte” o “cultura”.
El surrealismo francés —a mi entender, el único movimiento surrealista organizado como tal, e impulsor de los surrealistas del mundo, fue el francés—, fundado por André Breton, Soupault —a quien nuestro autor Francisco Aranda supone suicidado hacia 1934, cuando la verdad es que, según la última edición del Larousse, no ha muerto todavía; quizá lo confunda con Jacques Rigaut—, Aragon, Eluard y otros, no pretendía ser un movimiento específicamente “artístico” o “literario”; más bien rechazaba estos remoquetes: se pretendía un movimiento revolucionario, destinado a transformar el mundo por completo. De ahí las relaciones continuas del movimiento surrealista con diversos grupos políticos, desde el PCF hasta los grupos anarquistas, pasando por el trotskismo —Breton y Trotsky fueron grandes amigos, y llegaron incluso a redactar textos juntos—, y la influencia que sus teorías han tenido en grupos políticos contemporáneos, como la Internacional Situacionista, la Internacional Nexialista o los yippies americanos.
Hay que entender el surrealismo como fruto de una situación específica muy concreta: nacido después de una guerra devastadora, en plena crisis de todos los valores en que se fundaba la cultura occidental, y producto de la transmutación de todos los valores que habían llevado a cabo tres pensadores de excepción: Nietzsche, Freud y Marx; pues, aunque Breton, que se pretendió en un momento discípulo de Marx, justifique muchas de sus teorías surrealistas por medio de Hegel, la influencia tácita de Nietzsche queda muy clara, desde la teoría de la muerte de Dios en adelante, y convendría que algún estudioso se pusiera manos a la obra y elucidase con más claridad tales relaciones. Y hay que entenderlo también como un “estado de ánimo” no superado aún, vigente en muchos todavía, puesto que el espíritu de rebelión contra la “vida invivible”, que ya denunciaba Bretón, no ha muerto; y la vida sigue siendo invivible.
Y así, como estado de ánimo, podemos pensar que ha habido y hay españoles surrealistas; pero nunca un movimiento surrealista, salvo el esporádico intento de Canarias, pronto abortado por la masacre franquista, y algunos grupos de postguerra, que ni siquiera se llamaron surrealistas.
Las vanguardias españolas de principios de siglo: movimientos olvidados
Es difícil entender la poesía de la generación del 27, donde Aranda incluye a tantos de sus “surrealistas”, sin partir antes de las tendencias europeístas que conformaron los diversos grupos en torno a los que se fundó la vanguardia española de principios de siglo, hasta los años 20. Vanguardias efímeras, portadoras de poca teoría y pocos frutos; pero ricas piruetas, carambolas literarias y pictóricas, añadidas a un deseo de ruptura con el pasado, de superación del simbolismo rubeniano, tan lleno de lapislázulis, cisnes y princesas.
Como es habitual, más que a movimientos, tendremos que referirnos a individualidades, a personas, fundadores de grupos y difusores de nuevos decires literarios, de los que ellos son, a veces, los únicos representantes. Tenemos, por ejemplo, el caso de Rafael Cansinos-Assens, maestro para muchos, que funda el ultraísmo, y redacta, junto con Guillermo de Torre, el “Manifiesto Ultra”, a finales de 1918. Este poeta, novelista, ensayista y traductor, se dio pronto cuenta de que la poesía modernista ya no tenía sentido, que convenía infundir un aire verdaderamente nuevo a la poesía, y hacer irrumpir en ella elementos cotidianos y hasta conversacionales. Gracias a él, y a Guillermo de Torre, curioso teorizante y crítico de las vanguardias, palabras como “tranvía”, “autogiro” y “aeroplano” entraron en el lenguaje poético; la imagen sustituyó a la metáfora —artificio poético que heredaría luego el surrealismo— y el poema se concretó en versos, más que en estrofas —como hace notar muy bien Aranda en su libro—, que tenían mucho que ver con la greguería inventada por Ramón Gómez de la Serna. Muchos poetas ultraístas utilizaron también como elementos poéticos el caligrama y otras formas más gráficas que literarias, siguiendo el ejemplo de Apollinaire.
Se ha llamado a Ramón Gómez de la Serna “el Apollinaire español”, y a mí me parece una definición poco acertada, una comparación artificiosa. De entrada, le falta el talento poético de Apollinaire, su —digamos—profundidad. Pero tuvo un don de asimilación y de inventiva mucho mayores: fue el primero en nuestro país que descubrió y difundió el futurismo, publicando textos de Marinetti en su revista “Prometeo”, e incluso redactando un texto totalmente ortodoxo, dentro de esa corriente, amparado en el seudónimo de “Tristán”. En 1909, editó —también en las páginas de “Prometeo”— la traducción que hiciera Ricardo Baeza de “Los Cantos de Maldoror”.
Ramón, presurrealista, principe frívolo de las letras vanguardistas, tiene más que ver con la postura de “dilettante” de un Cocteau, de quien era buen amigo, que con Apollinaire. Su libro “Ismos”, que recoge todos los movimientos de la vanguardia europea, es más bien —salvo el excelente estudio “La verdadera historia de Picasso y el Cubismo”— un juego de periodista/ humorista que un estudio severo y sereno de las distintas tendencias de la literatura y el arte de su época.
Al mismo tiempo, bajo el doble padrinazgo de Francis Picabia y del sombrerero Joan Prats, Dada triunfaba en Barcelona, al mismo tiempo que lo hacía en Zúrich: la galería Dalmau organizaba exposiciones del ruso Charchoune y del propio Picabia, y el primer número de la revista “391” se editaba allí, con texto de Max Jacob y de Pierre Reverdy, entre otros. En Zúrich, Tzara proclamaba, como uno de los “presidentes Dada”, a Rafael Cansinos-Assens.
La vanguardia española de principios de siglo fue, digo, frívola: aqui no se vivía una guerra devastadora, y la neutralidad permitía hacer grandes negocios, afianzaba a la burguesía y la hacía reponerse del golpe brutal que para ella había supuesto la pérdida de las colonias. No era, pues, caso de tirar por tierra unos valores que estaban cada vez más sanos y florecientes. Pero algunos espíritus curiosos investigaban con las formas y los valores estéticos que configuraban el movimiento contra-estético de la vanguardia europea.
La “generación del 27” y la del 36
Los poetas del 27, los de la “Residencia de Estudiantes”, tan famosa, tan laica y liberal, son el filón donde Aranda encuentra la mayor parte de su surrealismo español de preguerra. Y, desde luego, no puede negarse la influencia que en la mayor parte de ellos tuvo el surrealismo francés. De hecho, en 1925, la “Revista de Occidente” publicó una traducción del “Manifiesto del Surrealismo” y, desde esa revista y desde otras, se estaba al corriente de todo lo que sucedía en París. Los poetas y pintores de aquí —Lorca, Dalí, Buñuel, Hinojosa...— gastaban bromas surrealistas, y en sus poemas se advertía el espíritu del tiempo —también herencia de las vanguardias autóctonas—, donde campaban en libertad la rebeldía y el sueño.
No puede, sin embargo, hablarse de un espíritu surrealista en sus empresas, como no puede hablarse de un grupo homogéneo, con un ideario y un comportamiento comunes. Ni siquiera estaban de acuerdo unos y otros con el amor a Góngora, que era lo que más parecía unirles, y que hoy en día ha sido sustituido —para los prosistas y poetas más jóvenes— por el amor a otro barroco más o menos maldito: Quevedo. Los poetas de entonces, y los pintores, tenían la ideología política más diversa, desde el fascismo clarísimo de Giménez Caballero hasta el comunismo de Alberti o Buñuel, pasando por el liberalismo, propio de la Institución Libre de Enseñanza, que caracterizaba a García Lorca.
La imaginería surrealista, e incluso su espíritu rebelde y contrario a cualquier institución, está, sin embargo, presente en casi todos los poetas antologados por Gerardo Diego en su volumen fundamental: Larrea, Aleixandre, Cernuda, Lorca, Domenchina, Hinojosa, etc., participan todos de la vena onírica y brutal del surrealismo, y su poesía es —estéticamente— mucho más importante que la de sus colegas franceses, precisamente por ser menos cerrada, menos demostrativa. En los poemas de los surrealistas franceses, sobre todo en los de Breton, parece que se pretende demostrar la verdad de una teoría, que ha surgido antes que la práctica poética; los de aquí, precisamente por no disponer de ningún aparato teórico previo a la creación, y por ser más abiertos a diversas corrientes de influencias, son mucho más creativos que didácticos.
Casi todos los poetas de aquella época, citados por Francisco Aranda, se declaran como no surrealista. Veamos los ejemplos que él mismo ha escogido: “El surrealismo español viene de Goya... Nunca me he considerado un surrealista consciente”, dice Alberti. Y Aleixandre: “He escrito que no soy ni fui un poeta estrictamente superrealista, porque no creí nunca en la base dogmática y la consiguiente abolición de la conciencia artística”. Muñoz Rojas, que está considerado como un ejemplo del surrealismo español, confiesa: "Vicente (Aleixandre) me dijo que había que leer los Cantos de Maldoror, suscribirse a La Révolution Surréaliste y oír reverente a Breton y cofrades sin que, la verdad, acabaran de calarle a uno como le calaron otras cosas.”
El surrealismo, en España, no podía constituirse en grupo teórico porque no estaba aquí el horno para esos bollos. Vuelvo a referirme, como he hecho anteriormente, a la no beligerancia de España en la guerra europea: y añadiré más detalles: las dictaduras, no tan blandas como se cuenta, de Primo de Rivera y Berenguer, la guerra de Marruecos, la Monarquía vacilante..., detalles todos que conducían a poetas y artistas por derroteros teóricos y de acción muy diferentes de los de sus coetáneos europeos. No: el surrealismo, nacido de una total crisis de valores —incluso de la crisis personal y moral de sus fundadores—, de un desengaño profundo ante las formas tradicionales no sólo de la escritura, sino de la mismísima vida, y de una investigación científica no menos profunda sobre el psiquismo humano, por parte de Breton y Aragon, que habían cursado estudios de medicina —no olvidemos las palabras de López Torres, citadas también por Aranda: “El surrealismo no tiene miedo en alejarse del arte, porque entonces cae dentro del campo de la experimentación, de la ciencia, y de esta manera es como va a servir más y mejor al materialismo científico, como documental para la estructuración de una nueva cultura”—, arrancando, primero, de las investigaciones de Freud; unido más tarde a un análisis marxista de la realidad y del hombre; ese surrealismo científico, situado más allá del estrecho campo del arte y de la literatura, que se pretendía revolucionario en todos los aspectos, no tenía cabida en el pensamiento artístico español, donde la polémica era todavía en torno al valor de la “poesía pura” y la orteguiana “deshumanización del arte”, conceptos ya superados por entonces en el resto de Europa.
Españoles en Paris: Picasso, Larrea, Dalí, Buñuel
No salí de España atraído por el surrealismo, sino por otras razones, de orden poético, sí, pero peculiar y muy maduramente mías. Claro que aproveché del surrealismo aquellos elementos que a mi personalidad resultaban útiles.” (Juan Larrea.)
He aquí cuatro individualidades geniales, cada una a su forma, a las que se puede, o no, calificar de surrealistas. Empecemos por Juan Larrea, el poeta y ensayista que empezó en la difícil vanguardia primeval hispana, y acabó fundido en místico, siguiendo una tradición hispana también bastante surrealista. Larrea empezó su obra poética vinculado al creacionismo de Gerardo Diego y Vicente Huidobro, movimiento literario que se me ha quedado en la cinta de la máquina al hablar de las vanguardias de principios de siglo, y que, sin embargo, es el que más relación tiene —en la forma, ya que no en el fondo— con el surrealismo. Fundó en Paris la revista “Favorables Paris Poemas”, y no estuvo demasiado vinculado con el grupo de Breton, aunque le unían relaciones de amistad con casi todos sus miembros. Aunque Buñuel afirma —citado, una vez más, por Francisco Aranda— que “existe un surrealismo español porque existe Juan Larrea”, yo sigo pensando que el surrealismo no es tan sólo una actitud estética y vital, sino una ideología, de la que el autor de “Del Surrealismo a Machu-Pichu” no es, en absoluto, participe. Larrea está en una línea poética que podría entroncar con San Juan de la Cruz y los místicos franciscanos —nada más surrealista, en la forma, que la teoría mística del “conocimiento cuadrado”; nada, sin embargo, más alejado de la teoría surrealista—; y lo que más le podría unir al grupo de Bretón seria su feroz moralismo, su necesidad de mantenerse en una postura ética, más que estética, rigurosa.
Tampoco puede ser considerado como surrealista Pablo Ruiz Picasso, aunque Breton le incluyera en el grupo. Picasso fue un talento muy especial, que lo inventó todo, que lo encontró todo sin buscarlo, y que pasó por el surrealismo como un meteoro. De surrealistas pueden calificarse sus poemas, su obra de teatro “El Deseo atrapado por la cola” y algunos de sus cuadros y dibujos. Pero, como ya digo, este personaje universal no puede ser encasillado en ningún grupo. en ninguna tendencia; ni siquiera en el cubismo, que inventó también, como jugando. Sin embargo, y también un poco a modo de juego, aportó a la plástica surrealista varios de sus elementos principales, aunque él mismo los emplease de una manera totalmente personal: el collage, que Max Ernst elevaría a conceptos visuales y literarios excelsos, sirvió a Picasso fundamentalmente —y esto lo señala también Aranda— para acentuar la bidimensionalidad del lienzo; la yuxtaposición de elementos dispares, e incluso contradictorios. que forman parte incluso del lenguaje de los sueños; la distorsión, no ya onírica, sino de campo, del espacio e incluso del tiempo en sus lienzos; y, sobre todo, la total libertad del pintor frente al cuadro, la concepción de la creación como un acto mágico —basándose en ello en el arte negro y oceánico, arte que no es tal, sino técnica mágico-ritual—: éstas fueron las principales aportaciones con las que Picasso enriqueció el lenguaje surrealista. Pero ellos utilizaron estos elementos de un modo muy distinto al de su inventor.
Si fue —y, a mi entender, lo sigue siendo— surrealista el pintor Joan Miró, el que “pinta como un jardinero”. Desde los títulos enormemente poéticos de sus cuadros —donde siempre cita estrellas, lunas y pájaros— hasta su concepción —que aúna el automatismo con el trabajo prolongado—, hasta el sentido lúdico, el no tomarse muy en serio su trabajo creativo; en todo ello es surrealista Miró, y en muchas cosas más: en forma de vida, en ideología política, impregnada de un cierto comunismo libertario, y en la fusión constante que hace, en su obra, de sueño y realidad.
Más surrealista aun, Buñuel. Él llevó el surrealismo al cine, o el cine al surrealismo, según se mire. Ya se habían hecho intentos en ese sentido —entre otros, el famoso “Entr'acte”, de René Clair que, aunque realizado en pleno reino de Dada, era surrealista en si—, y ya los miembros del grupo de Bretón miraban la imagen en movimiento como algo que les pertenecía por derecho: los hallazgos de Meliés, por ejemplo, dentro del campo de lo mágico maravilloso, o el humor disparatado de un Buster Keaton, eran las formas que, en el cine, adoptaba la “ola de sueños” de que hablase Louis Aragon. Pero Buñuel hizo más: en “El Perro Andaluz” y “La Edad de Oro” llevó a la pantalla el decálogo surrealista. Buñuel si es un verdadero surrealista hispano, y Francisco Aranda nos da algunas de las claves de estas películas, en apariencia herméticas. relacionándolas con el tipo de bromas, a veces sangrientas, que se gastaban en la Residencia de Estudiantes. Si bien me mantengo en mi tesis de que no se puede hablar de un surrealismo español organizado, sí diré que, a través de Buñuel —y de Dalí, también de Dalí—, entraron en el movimiento francés todo aquello que de renovador, sanguinolento y brutal, todo el espíritu de rebeldía de los jóvenes españoles. Gracias a él —que, a mi entender, ha seguido siendo surrealista durante toda su vida y su obra— se enriqueció el movimiento francés con aportaciones que no podían haber nacido más que en España.
Más surrealista aun que las dos anteriores puede considerarse la película “Tierra sin Pan”, feroz denuncia de la miseria y el sufrimiento de los hurdanos: ahí, la realidad misma se hace surreal, y la denuncia contra la “vida invivible” se apoya en hechos concretos, en la vida cotidiana de una región maldita y olvidada.
Surrealista teórico y práctico fue, sin lugar a dudas, Salvador Dalí. A pesar de sus juegos y veleidades politicas con el franquismo, de su traición a los principios revolucionarios que animan y dan vida a la empresa surrealista, Dalí monta el aparato teórico de la “paranoia critica”, método de análisis de la realidad inspirado en las teorías de Freud, que viene a enriquecer las técnicas, ya envejecidas, del automatismo, del espiritismo y de los sueños que formaban el anterior bagaje teórico del movimiento. Sea cual sea la posterior posición de Dalí, no puede negarse que rejuveneció el pensamiento surrealista, y que le dotó de un armazón científico/plástico del que carecía. Como surrealista, fue saludado por Breton; y como surrealista —no como retratista de la infame “corte” de Franco— es como pasará a la historia.
El grupo canario
La Gaceta de Arte”, publicada en Tenerife por Eduardo Westerdahl, si puede considerarse como una publicación surrealista, entorno a la cual se aglutinó todo un grupo, dependiente directamente del de París. Poetas y pintores, entre los que hay que destacar a Oscar Domínguez, estaban por completo influidos por el movimiento francés. Bretón fue completamente sensible al espíritu surrealista que animaba la isla, y los manifiestos y declaraciones de adhesión al grupo de Bretón eran continuos. Tanto es así, que en mayo del 35 se celebró en la isla la exposición mundial del surrealismo, con la presencia de Bretón y Benjamín Peret, uno de los pocos fundadores del surrealismo que pertenecieron fieles a él hasta el final de su vida. La película “La Edad de Oro” fue prestada por Buñuel, para sufragar los gastos de la exposición, pero no pudo ser exhibida en público. No olvidemos que, por aquel entonces, las Islas Canarias tenían como capitán general a un militar llamado Francisco Franco Bahamonde, que poco después iba a proclamarse caudillo de España, y que —años más tarde— declaró públicamente que habría que quemar “Viridiana”, también de Buñuel. Es posible que el grupo de Canarias, junto con el grupo de Zaragoza —aglutinado en tomo a la familia Buñuel y a ese descubridor de tantas cosas que fue Tomás Seral— fueran los dos núcleos surrealistas más importantes del país. Desgraciadamente, su duración fue muy poca: el mismo general Franco se encargaría de terminar con todo aquello que oliese a vanguardia.
Guerra y postguerra
El periodo de la guerra en España no se prestaba mucho a la práctica del surrealismo. Poetas, pintores, cineastas... artistas en general se entregaron de lleno —y desde los dos bandos— a la causa bélica. Se empezó a cultivar, entre los republicanos, una cultura de combate, donde privaban las formas más elementales del arte: el romance, los carteles y las películas de propaganda, sobre todo las de la CNT, que poseen ciertas imágenes que podrían calificarse de surrealistas —fusilamiento del Cristo del Cerro de los Angeles, entre otras cosas— si no estuvieran dentro de un contexto real. Y, del lado de los insurrectos, todo eran loores a Franco y al Imperio, dibujos de Sáenz de Tejada y demás fantochadas propagandístico/imperiales.
La postguerra vio el nacimiento del postismo, surrealismo que no se atrevía a decir su nombre —el surrealismo era cosa de comunistas—, pero que todo se lo debía; y más tarde, en un cierto exilio. Arrabal fundó el movimiento pánico, junto con Jodorowsky y Topor, que debe más a la influencia del teatro del absurdo y a la charlotada intrascendente que al espíritu revolucionario del grupo de Breton.
Hoy mismo, no sé bien lo que pasa con el surrealismo en España: cierto es que hay poetas de valía, como Leopoldo María Panero, y pintores de inmensa fuerza, como José Hernández, que podrían considerarse herederos de las ideas y de la estética del grupo de Breton. Pero el surrealismo, hoy, y en todas partes, está en otro sitio. Está en la calle, en la revuelta juvenil, en los novísimos grupos de pop-rock, que son quienes están haciendo hoy día la verdadera vanguardia. Lo demás, los grupúsculos surrealistas que nacen en ciudades como Gijón, Alicante o el mismo Madrid, pueden considerarse como pura anécdota.
El libro de Aranda
El libro de Aranda es algo confuso, entre otras cosas, por lo partidista. Ha querido inventarse un surrealismo español que, por desgracia o por suerte, no ha existido nunca. Y, para ello, a veces, tiene que falsear la verdad. Es, sin embargo, una obra muy importante, muy interesante. porque el surrealismo —no como movimiento, sino como estado de ánimo— está presente, o debería estarlo, entre nosotros. Le falta también una bibliografía rigurosa —se cita el libro de Vittorio Bodini sobre el surrealismo español, y también el excelente ensayo que a este tema dedica Pablo Corbalán, pero sin darles la importancia que se merecen— y se queda con algunos nombres en el tintero: le falta, por ejemplo, hablar de la excelente revista “Trece de Nieve”, que dedicó un ejemplar entero a la poesía de Eduardo Chícharo, hijo, fundador del postismo. Y no cita a un poeta de verdadero espíritu surrealista, como es Rafael Porlán, nunca antologizado hasta ahora. Sin embargo, conviene leerlo; es una prueba de que el surrealismo está vivo, y que no ha habido fenómeno espiritual durante lo que va de siglo que no se haya inspirado en él, sin conseguir superarlo.
E. H. I.
Tiempo de Historia, nº 83 Año: VII, 01-10-1981 pp.114-127

viernes, 19 de mayo de 2017

Anecdotario y teoría del "postismo" de Félix Casanova de Ayala (Papeles de Son Armadans, Noviembre de 1964)


Anecdotario y teoría del «postismo».
Félix Casanova de Ayala
El «postismo» nace en Madrid, exactamente en el café Castilla, hacia comienzos de 1945. Las triangulares tarjetas de visita (cada lado un nombre de fundador) repartidas por éstos en dicho café, con ceremonial entre histérico e histórico, dejaron constancia de los tres nombres: Chicharro hijo («Chebé»), Carlos Edmundo de Ory y Silvano Sernesi.
Mi primer conocimiento de ellos fue el siguiente: formaba yo entonces en la peña «Los Noveles» (verdadera precursora de lo que años más tarde dio en llamarse «Versos con café»), cuya sede radicaba en la docta taberna de Antonio Sánchez, preñada de óleos de Zuloaga y del propio tabernero, extorero e íntimo del genial pintor. Se recitaba ya anochecido un romance de Ochaíta cuando, de síncope y porrazo, aparecieron por aquella puerta (ya que no había ventanas) un par de seres inidentificables en principio. Las chaquetas del revés, los calcetines en los bolsillos, a guisa de pañuelo, o calzando sus manos como guantes y una calavera o algo parecido bajo el brazo. Se subieron sobre una de las mesas y comenzaron a emitir un extraño recitado de guturaciones y gorgoritos entre, rítmicas convulsiones de todo su cuerpo. Yo me quedé sincopado frente a mi vaso de tinto, mientras otros miembros menos pacientes de la honorable reunión expulsaban al invasor. Luego me enteré de quiénes eran: Carlos Edmundo y «Chebé», los «postistas». Al italiano Sernesi nunca llegué a conocerlo y aun dudo de si estuvo realmente en Madrid. Al día siguiente nos enteramos de que acabaron la noche en una Comisaría.
Corrieron los meses y me desglosé de la peña ochaitiana, aproximándome un poco tímidamente al Café Gijón, donde bullía la «Juventud creadora» y su «Garcilaso». Yo era un neobarroco surrealizado y aquella serenidad de los poetas me desazonaba. Mi inquietud, ya que no de fondo, me extrovertía por las ramas del poema, el léxico y la forma, y así, entre Góngora y Eluard, Alberti y Aragon, iban surgiendo insolidarios mis sonetos. Y hete aquí nuevo tropiezo con Ory una noche de 1947 en dicho Café Gijón. Su irrupción, como siempre entre sísmica y simiesca, fue rubricada por el inevitable calcetín-pañuelo que el interfecto se descalzaba con naturalidad y colocaba cual servilleta encima del velador. Inició entonces una discusión sobre el poeta soviético Serjovich (o algo por el estilo; no recuerdo bien el nombre), con ejemplos en ruso y castellano. Resultó que alguien de la tertulia —cosa rara, ya que el soviético era desconocido en España— había leído cosas de él y lo rebatía. Al aclarar Ory que se trataba de una invención suya, así como el idioma ruso empleado, cundió una ira sorda y tuvo que abandonar el local sin tiempo a cubrirse el pie desnudo. En esta operación lo hallé en la Castellana, instantes después.
Los poemas del ruso me han gustado —le dije—; pero si no existe ruso, ¿de quién eran los poemas?
Postísmo, hijo mío— me respondió, con la misma entonación con que a veces llueve.
Su frente parecía una pompa de «Distergén», casi irisada de puro pálida; emanaba respeto y genio.
Días después recibí en casa lo que en un principio creí un tarjetón de bodas, con invitación al «lunch» «Nupcias postistas» en el estudio pictórico de Chebé. Ni que decir tiene que por allí caí con el atuendo apropiado a tal ceremonial. La fiesta comenzó con unos emparedados de queso manchego y vasos de sangría, preparados por Nanda Papiri, la inefable Mme. Chebé. De pronto, Carlos Edmundo, envuelto en cortinajes, comenzó a danzar epilépticamente su romance de Los dos hoplitas, que una voz —tal vez la suya propia— recitaba en «off»:
En la casa de hermanubis
—¡pupay qué cómplice el viento!—
un adúltero dios ópico
cortó a la estela su velo
de luz...
Un espontáneo, en trance, arrancó otra cortina y acompañó al electrizado bailarín, mientras el ritmo verbal proseguía:
La esponja sin crin ni ojos
junto a los dos peces épicos
dejó clavada en la arena
su cola y dejó su estómago.
El pie alucinante se trasmitía a todos; las piernas brincaban al compás del verso:
Ambos de pie se escondían
con los dedos sin más pábulo que
una luz candeal inmensa
caída y libre por los suelos
Y ellos se decían... Nada
se decían los dos ellos...
Pero ¿quién se casa? — pregunté tímidamente a Chebé, que en estos momentos escanciaba mi vaso.
¡El emperador Claudio Coello con su caballo, vive Dios! ¿Traes algo postista, una definición cuando menos? Estas   «nupcias» son para eso, para acabar de inventar el postismo. Ya está casi inventado; pero fallan definiciones. ¡Búscanos una!
Y se alejó con sus dos caras, tintineando su bello Romance de la pájara pinta:
estabita la pájara estado
donde estuvo estandito no está,
ni recoge ni coge ni deja
al azor lo cogió un gavilán.
¡Ay mamá!
Acababa el romance Los dos hoplitas y los bailarines yacían extenuados en el parquet, mientras un coro-general repetía la última estrofa:
-¡Eh! ¡Si tu madre me viera
dormido dormir despierto
mojando esencia alocada
en tus entrañas eróticas!
A continuación, Jesús Juan Garcés, garcilasista recién incorporado al postismo, se encaramó a un alto escabel de pintor mural y empezó a repentizar por el procedimiento del «enderezamiento botellista», sus Poemas primitivos para ángeles. Los neologismos y palabras inventadas rutilaban como centellas en aquel paraninfo:
(Oración al ángel Icisus)

Auiu
Auiu
Celi Celi auiu
Icisus Icisus
luci luci auiu
ave ave auiu.

(Invocación al ángel de la castidad)

Mira lará
lará lará
Divino triblileble
Arcángeltriliperble
joven explendeteble.
A ti latrilerato
brondruli del recato
la truli despósalo.
Lará lará lará
ibi ibi galán.

(Ángel dormido)

Uuuuuuuuuu
Uuuuuuuuuuuuuuuuuuu
lao deo leo...
nnnuuuuuuuuuuuuu...
                                   Zelel...
   zelel...
                           zelel...
nana... nana... nana...
                                   Zelel...
                                                   egel...
                     egel...
nnnuuuuuuuuuuuuuuuuuu
Chssssss....


*
**
El primer manifiesto «postista» decía así: «El Postismo es el resultado de un movimiento profundo y semiconfuso de resortes del subconsciente tocados por nosotros en sincronía directa o indirecta (memoria) con elementos sensoriales del mundo exterior; por cuya función o ejercicio, la imaginación, exultada automáticamente, pero siempre con alegría, queda captado para proporcionar la sensación de la Belleza o la Belleza misma, contenida en formas rígidamente controladas y de índole tal que ninguna ríase de prejuicios o miramientos cívicos, históricos o académicos puedan cohibir el impulso imaginativo».
A. esta primera definición hoy que añadir la promulgada por Ory algún tiempo después (1946), menos explicativa, pero más gráfica, que parece condensar una faceta, acuso la más acusada, de dicho movimiento. Hela aquí: «El Postismo es la locura inventada».
Esto por lo que respecta a su trasfondo, a su mecanismo eyector del magma subconsciente u onírico, vivencial o simplemente «inventado». En lo relativo a la realización del poema (cuadro, etc., ya que el postismo era ambiciosamente abarcador de toda manifestación del espíritu) la principal característica expresiva era de tipo rítmico, coruscante, musical. Metros rígidos y rimas apuradas, con frecuentes perturbaciones anárquicas a modo de truco sorpresivo; regreso a formas clásicas, principalmente el romance y al soneto. Véase un ejemplo de uno de éstos, debido a Ory:
SONETO PARANOICO
Solo en ni mundo con mi media oreja
y una cortada flor en el semblante
bajo a la mina honda del diamante
que no tiene raíz ni tiene reja.
Mas como soy del odio tenue abeja
manada de algún duende nigromante
peinaré de mi espalda el monte amante
y con heces de concha de la almeja.
Mi paranoia de Iolao y Averno,
¡hola, pato de oro, hola, mares
donde la mar merece su medusa!...

Y creo que de cebra tengo un cuerno
y de llama una pata panacea
que se gasta en mi alma y que se usa.
No obstante, fue el romance el cauce más y mejor frecuentado por los postistas. He aquí un raro y curioso ejemplo, no rimado, del malogrado y genial «Chebé» (Eduardo Chicharro Briones):
Eduardo Chicharro
DE LO MÁS A LO MENOS

La mesón agua dormirse
a partido mal menor
perdigue búcaro amante, y...:
de lo más lo menos rico
de lo rico el entrepárpado
y del pájaro lo azul:
el tul de las doce flores,
que son de tul y miradas,
y de las pisadas blancas
lo más perdido y oliente;
de lo dolido, el costado;
de lo dorado, su acento;
del acento, la constancia;
de la constancia, el reflejo:
del reflejo, lo entredicho;
de lo entredicho, el espectro;
del espectro, la pregunta;
de la pregunta, la última;
de. lo último, lo vago;
de lo vago, lo amargo;
de. lo amargo, lo vago;
de lo vago, lo último;
de lo último, la pregunta;
de la pregunta, el espectro;
del espectro, lo entredicho;
de lo entredicho, el reflejo;
del reflejo, la constancia;
de la constancia, el acento;
del acento, lo dorado;
de lo dorada, el costado
doliente y perdido de blancas pisadas
de tul y miradas de las doce flautas,
del azul del búcaro
del rico entrepárpado,
de lo más lo menos
persigue al amante, y...:
a partido mal menor
la mesón agua dormirse.
Esta dimensión formal —musical—, encauzadora del fenómeno surreal y automático, ya en franca decadencia, fue la que dio su único rasgo original al Postismo, que no dejaba de ser -a ojos vistas- una prolongación mixtificada del propio surrealismo. El factor «juego», el disparate y exhibicionismo circense, sobreañadidos con penosa frecuencia a todas sus manifestaciones artísticas v sociales, acabaron por asfixiarlo en su propia cuna, tal un Hércules-niño que no hubiese podido con la serpiente. Su denominación — «post»: «después» de los «ismos»- era lo bastante pretenciosa para que se le exigiere algo más de lo que realmente podía dar: una reversión total de nuestra amanerada y absentista lírica de postguerra. Por aquel entonces (1945-47) sonaban ya las voces crespas del Norte —Celaya, Otero, Crémer, Nora— y una poesía desgarrada y vital, tremendamente humana, hecha de carbonilla y sudor, sin retruécanos ni carillones ni calcetines en los bolsillos, daba el golpe de gracia al «garcilasismo» oficioso de Madrid, contra el que el Postismo se había alzado. Los «postistas» —ésa es la verdad— eran otros artífices redomados y les llegó su hora casi al tiempo que a los inefables contertulios del Café Gijón. ¡La avalancha no respetó a nadie! No obstante, al Postismo le cupo el honor —aún no justipreciado— de haber lanzado el «kikirikí» de alerta y rebeldía contra aquel ablandamiento narcisista de nuestra poesía postbélica. Su impacto, en los momentos iniciales, fue terrible y ancestral y poco faltó para que toda la edulcorada rima neoclasicista pasara por su estrecho aro funambulesco. Yo fui testigo de ello y copartícipe también, en el Madrid literario recién despertado de la guerra civil. Todos esperábamos un cambio de clima, una inminencia: pero éstos llegaron del Norte. ¡El Postismo había periclitado, sin acabarse de perfilar!
Aunque la producción «postista» no ha sido recogida en libro hasta la fecha por ninguno de sus fundadores o mitologistas, nos consta que existe una importante y trascendente cosecha que, por causas incomprendidas para quien suscribe, no ha sido dada ni la luz pública sino parcial y muy someramente en alguna que otra revista literaria de aquel momento, al par que sus «manifiestos», (El Español, La Estafeta Literaria, Mensaje) o en sus efímeros conatos de órgano propio (Postismo, La cerbatana), de los que sólo tenemos noticia de un primer número. El romancero postista Lacoonte y la luna, de Ory, cuyo anuncio tanto interés despertó, todavía lo estamos esperando. Por otro lado — el de la infalible Parca— se nos acaba de ir con incrédulo asombro y dolor el genial e incomprendido «Chebé», Chicharro hijo, pintor y poeta que un día atraerá sobre sí —estamos ciertos— las miradas estudiosas y la atención de todos. Sabemos que deja inédita una sugestiva labor postista de indudable signo de transición. Junto a Ory lo considero uno de los poetas más raros, puros e inadaptados de la moderna lírica española. Tal vez, de haber sido hombres menos versados y cabales, sus progenitores —su probidad les llevó a inhibirse, al no encontrar una originalidad rotunda al hallazgo—, casi podríamos jurar que el Postismo hubiese llenado plenamente su ambiciosa esfera; y ese conflicto de «culpabilidad» que aún ruboriza a algunos de los que en él militaron —o se contaminaron— pasaría a ser, por antítesis, timbre de legítimo orgullo.
Posteriormente, en 1952, la revista Verbo de Alicante, en su número extra dedicado al surrealismo español, encuadraba en uno de sus capítulos este movimiento, con certeras notas crítico-informativas de Albi y Joan Fuster y una pequeña antología poética del mismo. Fuera de esto, sobre dicho «ismo», no conozco nada más que aquellas desdichadas y crueles líneas concedidas por Federico Carlos Sáinz de Robles en su Ensayo de un Diccionario de la Literatura (Tomo I, pág. 1.009).
El Postismo fue algo más serio y necesario que esa pirueta de «irresponsables» con que se ha querido enterrar su infantil cadáver. Y. pese a vergonzantes, ingratos y detractores, sus giros y «sidiodicastros», sus «enderezamientos», su alegría disparatada y ancestral, perdurarán graciosamente en nuestra memoria como el primitivo canto de los ángeles:

Angel landranclero
lararírarero
piedrilucílastro
aurilucilero...

Carlos Edmundo de Ory

Papeles de Son Armadans (La doctrina escondida),
Madrid-Palma de Mallorca, Noviembre, MCMLXIV, Año IX
Tomo XXXV. Núm. CIV pp. XVIII-XXX.