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jueves, 6 de febrero de 2025

"El destino de los intelectuales". Mesa redonda celebrada en el Skidmore Collage, el 11 de abril de 1985 con George Steiner, Leszek Kołakowski y Conor Cruise O'Brien (Vuelta, 123)

 


EL DESTINO DE LOS INTELECTUALES

George Steiner, Leszek Kołakowski, Conor Cruise O'Brien, Robert Boyers

El siguiente texto es la trascripción editada de una mesa redonda celebrada en el Skidmore College de Saratoga Springs, Nueva York, el 11 de abril de 1985.

Boyers: El sociólogo norteamericano Philip Rieff ha escrito, con mucha perspicacia, acerca de la cambiante estructura del carácter del intelectual, o de la imagen cambiante que se tiene del intelectual ideal. Hace veinte años, en The Triumph of the Therapeutic, afirmó que “muchos intelectuales se han pasado del lado del enemigo sin darse cuenta de que aquellos mismos a quienes aún consideraban la élite cultural se habían convertido en realidad en portavoces de lo que Freud llamaba 'la masa instintiva'”. ¿Cuál es a su juicio la clase de ideal del intelectual implícita en el concepto que tiene Rieff de ese personaje? ¿Está usted de acuerdo en que, a medida que éste se ha ido convirtiendo en un tipo social reconocible de nuestro tiempo, ha surgido la idea del intelectual como algo más o menos sagrado?

Steiner: Lo más probable, pienso, es que todo ser humano quiera tratar de vivir, si es posible, en armonía con sus convicciones más profundas. En general, no lo conseguimos del todo; lo intentamos. Pero el intelectual tiene por delante una tarea muy especial. Es un ser increíblemente privilegiado por su capacidad para expresarse. Pertenece —pertenecemos— a la casta más consentida de la historia de los “mandarines”. El intelectual suele ver hoy aplaudidas sus pasiones y obsesiones mucho más allá de lo que la mayoría de nosotros podríamos esperar. De allí que deba intentar vivir lo que profesa. Estar instalado, por ejemplo, en la confortable seguridad de una cátedra bien remunerada y convertirse en portavoz del terrorismo ejercido en alguna remota región del planeta, es algo despreciable. Una absoluta hipocresía. Yo enseño y trato de vivir en forma consecuente con mis enseñanzas, los maestros, los grandes textos, las tradiciones filosóficas, todo lo que hemos heredado. Hacerlo y gozar al mismo tiempo de todos los privilegios de semejante posición —y más, de las alegrías y los éxtasis que tales disciplinas procuran— y dárselas luego de igualitarista o radical o populista vociferando slogans, intentando emular a los más encarnizados filisteos como tantos lo hicieron entre el 68 y el 69, me parece suicida. Por lo tanto, interpretaría lo observado por Rieff como una exhortación: “tengan ustedes el orgullo de ser lo que son”; y estaría sin duda de acuerdo con él.

Boyers: Leszek, ¿le gustaría añadir algo sobre este punto?

Kołakowski: Los intelectuales, por un peculiar fenómeno psicológico, sufren a menudo al verse divididos entre deseos o actitudes incompatibles. Por un lado, se sienten orgullosos de su superioridad y su independencia. Por otro, ese mismo sentimiento les infunde una suerte de incertidumbre respecto de su situación. Todo ser humano necesita ubicarse, saber con qué se identifica. Y ésta es una de las razones por las que es relativamente fácil que los intelectuales se identifiquen, en espíritu, con la causa del pueblo, al tiempo que conservan intactos sus sentimientos de superioridad. En otras palabras, quieren pertenecer a una élite que está exenta de las necesidades comunes y corrientes, pero esto les infunde al mismo tiempo un doloroso sentimiento de soledad y de aislamiento.

La mejor manera de superar tal dilema es precisamente la identificación del intelecto con la causa de los desvalidos. Y el marxismo es el mejor medio de resolver el conflicto ya que reconcilia, por lo menos en parte, aquellos sentimientos contradictorios. Otra característica común de los intelectuales es su constante y desesperado deseo de probar su legitimidad. Después de todo, nadie se pregunta para qué sirven los plomeros, los médicos; pero preguntarse para qué sirven los intelectuales es en cambio natural y comprensible. Y son ellos mismos quienes formulan tal pregunta sin cesar, como si esperaran dar eventualmente con una respuesta que les concediera la legitimidad de la que sienten carecer. Otro problema radica en que quieren ser oídos, y en que la única garantía constitucional de que un intelectual pueda ser oído es que se vuelva parte del establishment totalitario. De allí que tantos intelectuales anhelen convertirse en pensadores o filósofos oficiales dentro de un sistema que puede proporcionarles ciertas comodidades y que garantiza al menos una audiencia a todo leal servidor intelectual, sea cual fuere el resultado final de esa aventura.

Muchos de los aquí presentes conocen sin duda las memorias de Nadezhda Mandelstam, cuya lectura es sumamente ilustrativa para todo intelectual. Nos permiten ver, por ejemplo, que la intelligentsia rusa fue en parte culpable de su propia destrucción. Varias escuelas de literatura compitieron entre sí para ganarse el reconocimiento del despótico gobierno comunista eliminando a sus rivales. Y fue esa rivalidad la que finalmente proporciono a los déspotas el mejor instrumento posible para domar, o domesticar, la cultura rusa hasta destruirla. Detrás de ese fenómeno pueden advertirse los sentimientos contradictorios de que antes hablamos: los deseos, simultáneos de formar parte de la élite y de estar del lado de los desvalidos, de ser independiente y de verse proclamado un heraldo de la razón y un profeta del pueblo. Exigencias incompatibles, pero tal vez características de la clase intelectual.

La actitud antinorteamericana de muchos intelectuales europeos refleja precisamente una de tantas dimensiones de ese fenómeno. Recordemos el odio que inspiraban los Estados Unidos en los pensadores de la Escuela de Frankfurt. Aquí llegados desde las universidades alemanas, se encontraron con un mundo en que los intelectuales y profesores no eran considerados semidioses, sino trabajadores como cualesquiera otros. Se encontraron además con una cultura en que todos podían adquirir a bajo precio un disco de la mejor música, acostumbrados como habían estado hasta entonces a considerar los conciertos un privilegio de la élite. Detestaban la democracia norteamericana —no las diferentes instituciones democráticas sino el espíritu democrático y sus efectos en la vida cotidiana. Y su sentimiento de élite ultrajada se expresó, paradójicamente, en una ideología semimarxista y semirrevolucionaria llena de confusiones y contradicciones.

Boyers: En un libro tan útil como irritante, Political Pilgrims, el sociólogo Paul Hollander estudia la atracción ejercida sobre los intelectuales de Occidente por ciertos regímenes tiránicos como los de Cuba, y la Unión Soviética. Quienes visitaban lugares como Cuba o Vietnam del Norte, nos dice Hollander, sólo veían lo que querían ver, y típicamente percibían allí, por encima de todo, un cálido espíritu de comunidad y un general rechazo de la alienación, el aislamiento social, etcétera. ¿Cree usted, Conor, que los intelectuales sean más sensibles a esa clase de espejismo que el resto de los ciudadanos? Y si así fuese, ¿no podría alegarse que su ilusión no se limitaba a los solos ejemplos que Hollander propone?

O'Brien: Todos los ejemplos de Hollander son de regímenes de izquierda; pero sería erróneo suponer que los intelectuales se han hecho ilusiones únicamente en lo que a ellos respecta. Pensemos en Ezra Pound, en W.B.Yeats o en T.S.Eliot: en diferente grado, pero de modo similar, se sintieron atraídos por regímenes fascistas o derechistas. Pound, como se sabe, estuvo hasta el final con Mussolini. Pienso que los intelectuales son tal vez más propensos que otra gente a engañarse a sí mismos, y los unos a los otros, acerca de los regímenes extremistas: estamos más acostumbrados a habitar construcciones de la mente y tendemos, por lo tanto, a creer en la realización, en este mundo, de nuestras figuraciones —una utopía es, después de todo, una ficción—, mientras que las personas más realistas se muestran más escépticas. Un ejemplo: si en la década de los treinta los miembros de algún sindicato hubieran viajado a la Unión Soviética al mismo tiempo que los Webb, probablemente habrían pensado: “Esto no es tan formidable como se dice. Más bien es atroz”. Cualquier persona sensata, común y corriente, habría advertido esa realidad; pero no los Webb, ofuscados como estaban de tanto pensar en una causa. Pero quisiera añadir un par de observaciones fundándome, en cierta medida, en la tipología elaborada por Christopher Lasch cuando dimos comienzo a estas charlas. Lasch establece una distinción entre el intelectual como voz de la razón y el intelectual como voz de la conciencia, y establece además una tercera categoría difícil de resumir y a la que evitaré referirme por ahora. Lo que quiero es hablar del importante contraste entre voz de la razón y voz de la conciencia.

Y quiero insistir sobre ciertos puntos que la gente suele olvidar, justamente porque son demasiado obvios. Cuando un intelectual afirma que es la voz de la razón o que es la voz de la conciencia, no es necesariamente una de esa voces, ni puede ser en realidad ni la una ni la otra. Y no estoy sugiriendo, créanme, que Christopher Lasch quiera decir que un intelectual puede en verdad ser esas cosas: es demasiado sensato como para sostener algo así. Lo que un intelectual puede —y voy a hacer otra observación muy obvia— es aspirar a ser una de las dos cosas, o ambas, y eso está muy bien.

Cuando se propone ser la voz de la razón (¿y por qué no? —yo aspiro un poquito a serlo), sigue siendo un ser humano falible, lo cual es una limitación a su posibilidad de lograrlo; y cuando se propone ser la voz de la conciencia, debe tener conciencia de que es al mismo tiempo un pecador, lo cual es asimismo una limitación a su posibilidad de lograrlo. Ahora bien, tal vez haya en esta sala algún hijo del Siglo de las Luces (yo mismo soy una especie de hijo adoptivo de ese siglo) y nos pregunte: “¿Pecado? ¿Qué cosa es pecado?” Y no sé muy bien qué cosa es pecado; pero tengo alguna idea de lo que son la codicia, la ambición, la rapacidad, la crueldad, y no estoy nada convencido de que los intelectuales sean más inmunes a estas infecciones que el resto de los mortales. El pecado y la falibilidad son, en suma, limitaciones reales que no podemos ignorar cuando intentamos definir cuál es nuestra tarea y para qué servimos.

Debe recordarse también que las mejores pruebas pueden no resultar satisfactorias para quienes escuchan al intelectual como voz de la razón. Yo tomo la palabra, George toma la palabra, Leszek toma la palabra, cada cual como voz de la razón. Exponemos nuestros argumentos, presentamos nuestras pruebas, pero ustedes pueden responder: “No creo en esa prueba; esto y aquello la contradicen y, lo que es peor, al razonar sobre tal prueba incurre usted en una falacia”. Y nosotros, voces de la razón, debemos responder a nuestra vez. Con todo, el intelectual juega a cartas vistas cuando actúa, o cuando quijotescamente se propone actuar como voz de la razón. En cambio, cuando toma la palabra y anuncia: “Soy la voz de la conciencia”, de querer ustedes comprobar que eso es cierto se verían en aprietos. Yo digo, por ejemplo, que me compadezco profundamente de la situación del Tercer Mundo. Es muy posible que así sea y es muy posible que no sea así: nadie podría averiguar si siento o no lo que digo, o qué haría en caso de que me confiaran el poder. Pol Pot decía sentirse rebosante de compasión por el Tercer Mundo. Esto fue antes de asumir el poder en Camboya y de echar a andar el más sangriento régimen de que tengamos noticia desde la muerte de Hitler. Pol Pot era un intelectual de Occidente y gozaba de gran aceptación, pero no había manera de comprobar su supuesta integridad.

Pienso que en uno u otro caso, frente al intelectual que les habla como voz de la razón o el que lo hace como voz de la conciencia, lo que ustedes deben hacer es ponerlo en tela de juicio. David Ben-Gurión solía responder a quien lo consultara acerca de las intenciones políticas de los Estados Unidos: “Respete, pero sospeche”. Como principio, esta frase me parece excelente. Ilustra la actitud que yo sugeriría asumir frente a los intelectuales en general.

Kołakowski: Lo que usted dice es muy cierto: tanto los regímenes llamados de derecha como los llamados de izquierda resultan muy atractivos para el intelectual. Sin embargo, la atracción por los regímenes despóticos llamados de izquierda ha. sido incomparablemente más intensa y había, tal vez, razones para ello. Personajes como Pound o Heidegger, que en un momento se convirtieron en portavoces de la ideología fascista, se dieron más bien excepcionalmente; abundaban en cambio los que exaltaban el estalinismo cuando el colmo de su horror. Recuerdo haber leído una entrevista con Heidegger publicada en Der Spiegel poco después de su muerte: curiosamente, no negaba en ella sus convicciones anteriores; lo que hacía era explicar su compromiso de los años treinta atribuyéndolo a las circunstancias políticas. De sus ataques a la libertad de cátedra, decía: “Lo que entonces declaré era irreprochable, ya que se trataba de una cuestión de libertad puramente negativa”. ¡Cómo si existiera otra forma de libertad! De hecho, parecía seguir defendiendo su aprobación intelectual de la tiranía. Con todo, no parecía en cambio dispuesto a admitir su pasado apoyo a Hitler.

Pero cuando se trata de regímenes despóticos, ¿hay acaso una gran diferencia entre el compromiso contraído con el de izquierda y el contraído con el de derecha? Sí, hay varias: un historiador alemán, cuyo nombre se me escapa en este momento, decía que la guerra entre la Unión Soviética y Alemania podía ser vista como una disputa entre hegelianos izquierdistas y hegelianos derechistas. Atroz homenaje a la filosofía.

Steiner: Me gustaría formular una pequeña protesta ante esa pincelada de cinismo. Creo que desde hace tiempo, desde la Revolución Bolchevique, se ha desatado un movimiento de esperanza entre los intelectuales, se han abierto numerosas ventanas a la esperanza: varias de ellas se debieron a esa Revolución, otras a la Primavera de Praga y el régimen de Dubček, y otras más a Cuba y al Chile de Allende. A posteriori es muy fácil decir que, en cada ocasión, uno fue rematadamente estúpido y que era previsible que todo acabara en catástrofe, tiranía y corrupción. Confieso que, pesimista como soy y enteramente estoico, yo no abrigué nunca falsas esperanzas; pero no me enorgullezco, me avergüenzo de ello. Lo que ahora me interesa es saber qué pasará con la propia naturaleza del pensamiento, con la epistemología del pensamiento, si no abrimos más ventanas; qué pasará si es cierto que llegamos a tal situación (y yo diría que sí llegamos, y por primera vez desde 1789) que tomarían por insensato a quien abrigara alguna esperanza. Supongan ustedes que un estudiante se presenta a cualquiera de nosotros. como ya ha sucedido, y nos dice ahora: “Han enterrado a gente viva en San Salvador. Ya no puedo soportarlo. Soy un ser humano y debo hacer algo” —como lo hicieron en Inglaterra algunos estudiantes de Cambridge después de escribir alguna nota de despedida: “Me fui a Praga”; y como lo hicieron tal vez sus padres antes de irse a España. Díganme ustedes qué harían si alguien les dijera: “Sé que de unirme yo a la izquierda todo acabará, si ganamos, en brutalidades stalinistas de la peor especie; y que de unirme a la derecha el resultado será un coronel fascista más, o un generalísimo, o cualquier otra cosa por el estilo. No tiene caso hacer nada, ¿verdad?”. ¿Responderían acaso que estamos obligados, para madurar, a aceptar el principio freudiano de la realidad? ¿Qué no hay elección posible porque, gane la izquierda o la derecha, todo acabará sin remedio en atrocidad?... ¿O responderíamos, como estamos preparados para hacerlo dada nuestra profesión, que hay que tomar en cuenta detalles, matices, y establecer comparaciones? ¿Qué hay horrores y horrores? “Era dicha estar vivo en ese amanecer”, dijo Wordsworth de la Revolución Francesa.

O'Brien: Pero poco después se retractó.

Steiner: Y volvió a retractarse, y acabó por escribir sonetos en pro de la pena capital —poesía intragable, por cierto. Estamos hablando, en suma, de un problema muy real: no sé qué puede hacer uno para evitar ciertos errores; pero las erratas de la conciencia, las equivocaciones, son a menudo ennoblecedoras... Yo era tan sólo un estudiante cuando asistí, en París, a una de las famosas veladas de Sartre. Se hablaba de los horrores de los campos soviéticos de trabajos forzados. Sartre, que es para mí uno de los personajes más importantes del siglo, aunque admito que toda duda acerca de él es permisible, dijo: “Quiero hacer una distinción. Supongamos que es cierto todo lo dicho del Gulag”... Por supuesto, él sabía que así era, cualquiera lo sabía desde Borkenau...

Kołakowski: Desde Weisberg...

Steiner: Sí. Y aún desde antes. Sartre dijo: “Supongamos que es cierto. Un ser humano puede tener dos reacciones posibles. Una sería decir: 'Te lo advertí. Qué tonto fuiste en esperar otra cosa, y qué bueno que ahora lo sabemos los dos.' Pero también podría decir: '¡Maldita sea! ¡Otra esperanza humana se hace humo!” Y añadió: “Ontológicamente, hay una gran diferencia entre esas dos reacciones”. Yo sé que se le pueden reprochar a Sartre muchas cosas; pero todavía me acuerdo de esa observación suya, me preocupa, y quiero tratar de analizar la diferencia entre esas dos reacciones.

Y para mi sorpresa, ahora que lo hago, descubro de pronto que estoy entre dos campeones de la derecha. Pero volviendo a la observación de Hollander, ya que fue nuestro punto de partida., quisiera preguntar: ¿qué hacer si ya no debemos cometer el error de tener esperanza?

O'Brien: ¿Puedo hacerle otra pregunta? Usted dijo que habláramos de casos concretos. Nos conocemos hace tiempo, hemos tenido discusiones, pero nos respetamos y nuestra relación ha durado. Como recuerda, yo participe durante la Guerra de Vietnam en una versión bastante moderada del movimiento de protesta: me sentaba en el suelo en diferentes lugares y ocasionalmente recibía un puntapié de algún policía. Ni martirio, ni nada grandioso; pero le entré al asunto de protestar contra la guerra. Y usted, George, no estaba entonces contra la guerra. Ahora en cambio, hemos intercambiado nuestros papeles. ¿No es cierto?

Steiner: Sí.

O'Brien: Yo me he desplazado visiblemente hacia la derecha; George lo ha hecho hacia algo que parecería ser la izquierda. (Risas del público.) Puede que para otros no parezca ser la izquierda, pero para mí sí. ¿Qué piensa, George, de su actitud pasada respecto de la guerra?

Steiner: Todavía pienso que el régimen de Vietnam del Sur, por corrupto que fuera, era preferible a la tiranía y la exterminación ejercidas por el Norte. Nunca pensé en Vietnam como en una ventana a la esperanza. Pero si ahora pasáramos a hablar de la intervención norteamericana en cualquier parte del mundo, si discutiéramos el problema de Centroamérica, Conor, creo que entre nosotros...

O'Brien: Yo pienso que no habría desacuerdo.

Steiner: Yo también. Lo que sucede es que cada caso debe ser examinado aparte. Pero he estado esperando, Leszek, que me ayudara usted a analizar el otro punto: si hay o no diferentes maneras de sentirse decepcionado, de decir que uno hubiera debido imaginar lo que iba a suceder o que había sido un tonto en tener esperanza.

Kołakowski: Sí. Muchos, y por buenas razones, se han sentido atraídos por experiencias históricas que luego resultaron desastrosas o decepcionantes. Sin embargo, hay que hacer una distinción —por ejemplo— entre los intelectuales que se adhirieron a la Revolución bolchevique con entusiasmo, buena fe y grandes esperanzas, para luchar contra algo que con razón podían juzgar reprobable, y los intelectuales tan entrenados en el autoengaño que no ven nada malo en mentir a la gente. Hay diferencia entre la buena y la mala fe; entre el compromiso contraído por ingenuidad o error y el de aquellos que, tras décadas de experiencia suficientes para ver claro, disponen de abundantes documentos y se niegan a leerlos o a darles crédito, para prolongar en cambio (y en muchos casos iniciar) un compromiso con un régimen que a todas luces era un despotismo de la peor especie. Hay una diferencia, para dar otro ejemplo, entre un Mayakovsky y un Aragon. Aragon era un embustero; Mayakovsky actuaba en cambio con buena fe al comprometerse con lo que juzgaba una buena causa —la de los oprimidos, la del pueblo; de allí su doloroso desengaño. En cuanto a la distinción “ontológica” de Sartre, es lo bastante buena para servir de excusa al peor de los compromisos. Sartre no analizaba sus desatinos ni se desdecía.

Steiner: Monsieur Aragon me disgusta también: veo con agrado que en esto coincidimos. Pero insisto: si tuviera que definir al intelectual diría que es alguien que nunca está del todo a gusto con sus propias ideas y conclusiones. Me preocupa que hablemos del hombre que en 1940 y 41 escribió, en Creve-Couer, los grandes poemas que fueron la voz de la Resistencia. Ese hombre es el mismo a quien hoy condenamos. He aquí el problema... Ahora, Leszek, querría pedirle que vuelva a ayudarme: ¿Qué hacer para pensar cuando el futuro gramatical no tiene ya connotaciones mesiánicas? Ayer hablé de nuevo con usted de su libro Chrétiens sans Église, que trata específicamente del problema del milenarismo y de las herejías de la esperanza. ¿Qué hacer cuando el principio de negación se afirma a sí mismo?

Kołakowski: ¿No cree usted que haya algo así como una variedad de la esperanza que está aún a nuestro alcance? Después de todo, todavía vivimos en un mundo lleno de horrores y no es insensato (y hasta podría resultar constructivo) esperar que algo sorprendente suceda y que un día ese mundo pueda ser mejor. Sin esa esperanza no podríamos quizá sobrevivir. Hay sin embargo una esperanza apocalíptica, del mismo género de la predicada por Ernst Bloch, según la cual disponemos de los instrumentos técnicos necesarios para alcanzar la perfección. De buscar su realización en la práctica, esta esperanza desemboca necesariamente en la simulación de la perfección bajo la forma del despotismo. No creo que haya otra posibilidad. Por lo tanto, no debemos condenar a la esperanza en sí; pero creo que hacemos bien en condenar a la esperanza apocalíptica.

O'Brien: Me parece que depositar coronas sobre la tumba del milenarismo es todavía prematuro. Ha durado más de lo imaginable y me temo que tiene cuerda para rato. Si muriera, no lo lloraría; me alegraría que el hombre alimentara esperanzas más humildes, más racionales. Pero está muy arraigado, sobre todo en la historia de esta nación: es obligatorio, básico, en el programa de los Estados Unidos. Es el apuntador invisible que dicta a Reagan su retórica sin que éste se entere; pero cuando asocia a Dios con la Nación sigue en línea recta la tradición de los púlpitos de Nueva Inglaterra como si hablara para el nuevo Pueblo Escogido. Ese furor se generaliza y hasta hay intelectuales dispuestos a convertirse en sus cruzados. Y así será; pero yo preferiría seguir pegado a mi silla, sin inscribirme en la tradición milenarista aunque me interese y advierta su poder.

Steiner: Pero que no haya cosa en que usar la imaginación es una circunstancia muy nueva. Resulta problemático y me deja perplejo que los sueños no tengan ya, como decía Shakespeare, “ni morada precisa, ni nombre”, o que uno pueda sentirse un estúpido cuando repasa, por ejemplo, las ilusiones que se hizo acerca de la Praga de Dubček.

O'Brien: ¿Se hizo usted ilusiones, George?

Steiner: Por supuesto. Estuve allí entonces y era maravilloso. Pero que lo mejor que hoy se nos pueda ofrecer sea esa especie de creencia, irónicamente autodestructiva, en que el mundo va a mejorar, plantea ciertos problemas filosóficos: problemas acerca de cómo enseñar, de cómo “soñar hacia adelante” (según la expresión que usa Ernst Bloch). Y siento que esos problemas surgen de lo que mencionamos al citar el libro de Hollander. Uno de los más agudos que tengan los intelectuales es su divorcio hasta de la mera posibilidad de acción. De allí sus viajes ilusorios, viajes a Icaria.

Kołakowski: Me parece un poco injusto comparar las ilusiones despertadas por la Primavera de Praga con otros casos que usted citó. Lo que allí estaba en marcha no degeneró: simplemente fue aplastado. Y no podemos conjeturar el cariz que hubiera tomado de haber podido desarrollarse en su dirección inicial. Nos dio, por lo pronto, una idea de lo que podríamos llamar un socialismo con rostro humano. “¿Es posible tal cosa como un cocodrilo de rostro humano?”, podríamos preguntarnos usando la expresión soviética. Tal vez. Ya veremos.

Boyers: Me gustaría encaminar nuestra plática en una dirección un poco diferente pero relacionada con su tema. En la novela de Kundera La insoportable ligereza del ser, un personaje dice: “Mi enemigo es el kitsch, no el comunismo”. Juzga usted válida en algún grado esta idea?

O'Brien: Como clasificación es inaceptable. Y ver en una cosa y una sola, el kitsch o el comunismo, a la encarnación del enemigo me parece infantil.

Kołakowski: Yo pienso que la frase de Kundera, aunque no lo diga explícitamente, implica que el comunismo es un ejemplo de kitsch, si es que llamamos kitsch a la mala imitación de algo bueno. Aun así, la frase no me entusiasma. Es como decir: desprecio al comunismo por razones estéticas.

Steiner: ¿Y el capitalismo sería una imitación de qué cosa?

Kołakowski: Buena pregunta. Pero respóndala, por favor.

Steiner: En ese caso volvería rápidamente a los pensadores de la Escuela de Frankfurt en los Estados Unidos. Lo más terrible para ellos no eran aquí las instituciones: era el kitsch; era la vulgarización de la cultura entre las masas. Se preguntaban en qué acabaría lo que con razón o sin ella consideraban la cultura de los grandes medios de comunicación. Tal vez se equivocaban; pero creo que el problema planteado por la frase de Kundera era importante para Horkheimer y Adorno.

Boyers: En La mente cautiva, Czesław Miłosz escribe acerca del Ketman, término con que designa la condición de la vida intelectual en Europa oriental bajo la dominación soviética. “Vivir en tensión constante”, dice Miłosz , “desarrolla talentos latentes en el hombre. El hombre no sospecha siquiera a qué alturas de lucidez y de perspicacia psicológica puede elevarse cuando se ve acorralado y debe ser hábil si no quiere perecer. La supervivencia de los más aptos para las acrobacias mentales crea un tipo humano que era raro hallar anteriormente. Las necesidades que llevan a los hombres al Ketman agudizan su intelecto”. ¿Le convence este pasaje? ¿Cree que ilustra una diferencia entre los intelectuales que han vivido en un lugar como Polonia y la mayoría de los que viven en los Estados Unidos?

O'Brien: Creo que a todos los aquí presentes les gustaría que fuera Leszek Kołakowski quien respondiera a esta pregunta.

Kołakowski: He leído a Miłosz hace ya muchos años y no tengo un recuerdo muy preciso de ese libro suyo, pero puedo referirme brevemente al pasaje citado, en que el autor descubre ciertas virtudes o resultados benéficos de un régimen despótico que obliga a la gente a agudizar su intelecto para burlar ciertas barreras. Yo diría que hay en lo dicho una verdad limitada, que la apreciación no es válida cuando el despotismo va más allá de ciertos límites —por ejemplo, en el caso de la Unión Soviética, donde la cultura heredada sufrió un despiadado exterminio lo mismo por medios físicos que por el ejercicio de un inenarrable terror. En Polonia, aunque han ocurrido atrocidades, el terror no ha alcanzado nunca los extremos estalinistas, y de algún modo ha sido posible valerse de recursos del ingenio para lograr algún buen resultado. Por supuesto, Miłosz no intenta elogiar al régimen comunista polaco por las involuntarias consecuencias afortunadas que pudo haber tenido.

O'Brien: Si hay posibilidades de que el intelecto se agudice en condiciones difíciles, pero que permiten la supervivencia y le dejan además cierto margen no demasiado estrecho, ¿puede decirse que quien ha adquirido mayor agudeza de ese modo es un tipo de ser humano superior al de hombre que no afinó así su intelecto?

Boyen: En La mente cautiva, Miłosz describe una amplia variedad de intelectuales a los que atribuye personalidades diferentes, y demuestra una y otra vez que el deterioro del ánimo es más o menos inevitable para quienes viven muchos años en condiciones difíciles, aunque adquieran ese particular afinamiento del intelecto.

Steiner: Ese punto es el que, probablemente, va a suscitar más desacuerdos. Recuerden lo que dijo Borges cuando lo instaron a irse de Argentina en la época en que más lo acorralaban: “No nos engañemos: la censura y la opresión son madres de la metáfora”. Y lo que respondió Joyce cuando le preguntaron qué pensaba de la censura y la opresión católica: “Exprímanos; somos aceitunas”. En cuanto a Nadine Gordimer cuando le pidieron una y otra vez que saliera de África del Sur, invariablemente se negó a hacerlo, y no sólo por razones de integridad: la propia naturaleza de sus dones literarios era producto de aquella situación. Aquella situación era su materia prima... Añadiría, aunque no sé ruso y lo leo en traducciones, que desde Akhmatova y Svetyeva y Mandelstam hasta Brodsky, la poesía rusa ha sido un torrente de grandes obras comparable al de los clásicos griegos. Y que la producción de Alemania Oriental, que leo en su lengua original, es muy superior a la de Alemania Occidental aunque nos moleste reconocerlo. Y que la literatura latinoamericana, nacida bajo una de las peores opresiones de que tengamos notica, en estados policíacos, me parece sin duda de una fuerza asombrosa. Somos el animal que, acorralado, se vuelve elocuente. Conor trató admirablemente el tema en el contexto de la actual situación de Irlanda. Sabemos que en ocasiones un libro, un poema desarman a cualquiera. Durante las primeras reuniones del Congreso de 1937, le dijeron a Pasternak: “Si habla, lo arrestamos; y si no habla, lo arrestamos también”. Pasó dos días sin abrir la boca. Y al tercero se levantó y dijo un número. Sólo dijo un número, pero bastó para que el público se levantara y recitara en coro su traducción, ya tan clásica en Rusia como un poema de Pushkin, del soneto de Shakespeare que lleva ese número y empieza: “Cuando a sesiones del dulce, silencioso pensamiento convoco la memoria de las cosas pasadas”. No hay peligro que pueda amenazar a la gran literatura. Y que su vitalidad pueda ponerla a salvo nos deja perplejos. Es una necesidad absoluta: nos morimos sin ella. ¿Qué clase de literatura tenemos en cambio en la Gran Bretaña libre? ¡Montañas de trivia, pretenciosa! Si alegan ustedes que los poemas de Pasternak y de Mandelstam no son para tanto, o si me dicen que sólo estoy señalando una característica peculiar, propia de la gran tradición de poesía oral que Europa Oriental comparte con algunos países de Latinoamérica, es posible que estén en lo cierto. Pero díganme si pueden: ¿qué poema importaría a tal grado en los Estados Unidos?

Kołakowski: No sé nada de poesía, pero creo que, para nosotros, no es cuestión de escoger. Nadie nos pregunta: ¿qué prefiere usted: una tiranía en la que pueden tal vez darse grandes poetas, o una benigna democracia hedonista en la que no hay una gran literatura por falta de los conflictos trágicos capaces de hacerla surgir?

Steiner: Borges hubiera podido salir de Argentina, Nadine Gordimer de África del Sur en cualquier momento.

Kołakowski: Sí, algunos pueden hacerlo. Pero no sé de ningún escritor o intelectual que haya escogido vivir bajo un régimen tiránico sólo por amor a la gran literatura.

O'Brien: Aunque Nadine Gordimer me inspira un gran respeto y es una excelente escritora, no puedo aceptar que se compare su situación con la de los que viven, por ejemplo, bajo una tiranía en Europa Oriental. Tampoco es comparable, en mi opinión, el caso de Joyce en la Irlanda católica de su tiempo. En todo caso, lo observado por George me parece muy importante y digno de reflexión. El hecho de que se escriba una literatura excepcional bajo regímenes tiránicos sigue siendo sorprendente. Pero ese clima como de olla de presión, sobre todo en Rusia, no data de la Revolución bolchevique. Viene de mucho antes. Turgueniev escribió: “Estamos en vísperas de una gran Revolución; habrá maravillosos cambios” —varios intelectuales de su tiempo, dijeron cosas por el estilo—; y creo que fue Bloch el que dijo: “Somos los hijos de aquel día, día terrible para Rusia, el día que siguió a esas vísperas”.

Boyers: Pienso que podríamos hablar un poco de Jacobo Timerman. Su primer libro sobre sus horribles experiencias en Argentina tuvo mucho éxito. Pero aquí fue reprobado en revistas como Commentary, donde se alegaba que su ataque al gobierno anticomunista de Argentina constituía de hecho un apoyo a nuestros enemigos en el extranjero. ¿No les molestó esa forma de presentar al autor, que sólo es un ejemplo menor de los esfuerzos que aquí se hicieron para desacreditarlo? ¿Y qué piensan que revela su siguiente libro acerca de su penetración política y de su estatura intelectual?

Kołakowski: No he leído artículos como los que usted mencionó; pero confío en que nos dio una versión exacta de lo ocurrido, y me parece inadmisible.

O'Brien: Yo sólo conozco comentarios de dichos artículos. Pero creo que hay mucha diferencia entre los dos libros de Timerman, que sí leí. El que habla de Argentina me impresionó como testimonio de una experiencia vivida. Hay quienes dicen que se trata de un relato fabricado; pero a mí me pareció real, lo creí, y me conmovió ver cómo una persona, totalmente aplastada por un despotismo, había sobrevivido. En cambio el libro sobre Israel en el Líbano me dejo más bien frío. Timerman adoptó en él las opiniones más socorridas de entonces. Y en el epilogo, escrito tras el episodio de Sabra y Shatila, dijo que la sociedad de Israel estaba a tal punto corrompida por sus maniobras de derecha que probablemente no era ya capaz de una investigación honesta de esa matanza, y era posible esperar su encubrimiento. No fue así: la comisión designada para investigar el caso resultó realmente excepcional. Son muy pocos los países que podrían tolerar una investigación semejante. Pero Timerman tiene derecho a equivocarse, y su error no invalida su primer libro ni debería destruir el respeto al que también tiene derecho.

Steiner: La escena más terrible de su libro es aquella en que nos recuerda cómo fue torturado. Creo que nosotros no sabríamos qué hacer frente a la tortura. Es algo extraterritorial respecto de nuestros imperativos categóricos de esperanza, de racionalidad. Es un intento de instituir, como dijo Baudelaire, “el infierno preparatorio”, o como De Maistre lo predijo, el edificio del infierno en un espacio no-teológico. Quienes han sufrido la tortura han tenido sin duda acceso a otra esfera del conocimiento que ni los más imaginativos podrían concebir. Si hubiera una palabra capaz de volver trascendente la vergüenza, podría decir a tales personas lo que siento.

Boyers: Isaiah Berlin estableció en uno de sus libros la distinción entre los que llamaba puerco espines y los que llamaba zorros. ¿Cree usted, George, que nos dijo así algo acerca de las diferentes clases de intelectuales, o de la diferencia entre intelectuales y académicos?

Steiner: Esa dicotomía ha sido muy discutida, pero tal vez valga la pena volver a ella. Por alguna razón misteriosa, el hombre puede ser presa de algún interés apasionado e irrenunciable por el objeto más extravagante. Es capaz de entregar su vida entera a las vasijas de bronce del período T'ang. Cuando algo así se convierte para alguien en cuestión de vida o muerte, creo que nos hallamos ante un intelectual. Se trata de algo patológico que puede llevar a la injusticia social, o la indiferencia, o la imbecilidad, y aun a la autodestrucción. Esas pasiones no se discuten con nadie ni se busca justificarlas. Uno ha sido elegido. Su vocación es una convocación. En cuanto a la distinción entre intelectual y académico, yo la rechazaría, o la reduciría a sus verdaderas proporciones. Cada día es mayor el número de especialistas en campos muy particulares, y menor el de quienes se ocupan de cuestiones generales. Hay un desplazamiento de la sophia o sabiduría por todo lo propio de la técnica o techné; y en este proceso, el zorro que husmea alegremente su camino sin encerrarse en el ovillo de púas de la especialización monomaniaca, parece cada vez más vulnerable. Pero no estoy preparado para especular sobre lo que esto podría aclararnos respecto a la distinción a la que usted se ha referido.

Boyers: En un escrito sobre Bertrand Russell, Sydney Hook observó que éste era capaz de tomar posiciones muy manidas respecto de los problemas eternos de la filosofía de modo que parecieran novedosas y provocativas. ¿Creen ustedes que esa disposición de Russell a escribir para el gran público haya contribuido de manera positiva a darle la estatua que tiene como intelectual?

Kołakowski: Una vez, en una conferencia, un colega alemán leyó un trabajo suyo ante un público que no estaba compuesto por filósofos ni por gente familiarizada con la filosofía alemana. Cuando terminó le pregunté: “¿Por qué un trabajo tan difícil? Debió de imaginar que nadie iba a entenderlo”. Me respondió: “En Alemania, el filósofo que escribiera en forma inteligible para el gran público haría el ridículo ante sus colegas”... Difícilmente imaginaríamos a Russell en tal compañía. Escribía sin duda muchas cosas en un lenguaje especializado; pero yo lo admiré siempre por su habilidad para comunicar a veces problemas arduos en términos accesibles para un público educado. No creo que su caso presente problemas. Pero valdría la pena extenderse sobre cuestiones con él relacionadas que aquí han surgido...

O'Brien: ...y que tienen mucho que ver con problemas de lenguaje y de nacionalismo. Fichte, en sus Discursos a la nación alemana, expuso una tesis muy interesante sobre la inferioridad lingüística de los grupos germanos no-alemanes respecto de los germanos originarios que se quedaron en Alemania y conservar ron su lengua original. Así, los francos (no menciona a los franceses, que entonces ocupaban a Berlín, pero se refiere a ellos) adoptaron un lenguaje lleno de palabras extranjeras de raíz romance. De allí su muerte intelectual. No entendían ni lo que ellos mismos decían. Los alemanes conservaron en cambio una gran propiedad en el uso del lenguaje. En torno a estos argumentos surgen los conceptos de la profundidad alemana y la superficialidad del Siglo de las Luces francés. Creo que la particular complejidad del lenguaje filosófico en Alemania tiene que ver con aquella reivindicación nacionalista: los alemanes somos extraordinariamente complejos y decimos cosas profundas que los extranjeros, los cuales no cuentan como existentes por estar mentalmente muertos, no pueden sin duda comprender. Bueno, sé que el asunto no se limita a lo que dije, y que George...

Steiner: Si le preguntaran a Russell, en el Elíseo, en qué momento le dio por escribir para el gran público, aquel aristócrata maravillosamente impío les leería, en el tono de una escena Mozart / Salieri, la carta que dirigió a Ottoline Morrell cuando Wittgenstein le criticó sus primeros trabajos. Dice en ella que se siente deshecho, que está seguro de no pertenecer a la categoría de Wittgenstein. Y apropósito de esto, quiero señalar que uno puede tener motivos para convertirse en maestro de la haute vulgarisation. Uno puede darse cuenta de que no va a realizar la obra supremamente difícil y creativa. Pero el caso de Russell es muy intrigante. En cuanto a la supuesta oscuridad del discurso filosófico alemán, creo que la Fenomenología de Hegel es una de las obras maestras de la prosa. Que Nietzsche resulta incomparable por su claridad y su fuerza. Que otros filósofos alemanes de importancia, como Ernst Tugendhat, tienen un estilo diáfano. Y que las Criticas de Kant son ejemplares: muchas páginas de Hume resultan más difíciles de entender que cualquiera de esta obra. Tal vez nos sintamos un poco molestos ante el hecho de que la filosofía y la metafísica alemanas hayan dominado el panorama general. Pero no sé quién, entre los sentados a esta mesa, podría prescindir de lo que Kant y Hegel aportaron a la historia de la razón y la conciencia.

O'Brien: Yo no estoy muy seguro de querer ser incluido en ese grupo.

Steiner: He tratado de hacerle un elogio, Conor. Por una vez, acéptelo.

O'Brien: Cuando trata de elogiarme, George, es cuando más lo temo.

Kołakowski: Creo que estoy de acuerdo con todo lo que dijo George, excepto con su opinión de que Hegel es un maestro de la prosa. Pero tal vez mi alemán no sea lo suficientemente bueno como para apreciar sus méritos literarios. En todo caso, no cabe duda de que prefiero a Lessing.

Steiner: Yo también adoro a Lessing, pero díganme: ¿no les gustaría escribir una Fenomenología?

Kołakowski: No, no me gustaría nada.

O'Brien: Creo, George, que ya ha sido escrita.

Steiner: Como diría Borges, ¡allí es donde comienza el problema de ponerse otra vez a escribir!

 

Traducción de Ulalume González de León, Vuelta 123 / Febrero de 1987, pp. 34-41

 


sábado, 22 de septiembre de 2018

"Dostoievski y Sartre" por Czeslaw Milosz (Cuadernos Hispanoamericanos, abril de 1984)



Sartre, con Ilyá Ehrenburg. París, 1955.
Dostoievski y Sartre
Probablemente jamás escribiré un libro sobre Dostoievski. No obstante, eso no me impide contar cómo sería ese libro. No entraría a rivalizar con una multitud de profundas monografías y agudos análisis sobre determinadas obras; en cambio, ofrecería ciertos conocimientos sobre Dostoievski que aclararían al lector aspectos sobre su figura y su lugar dentro de la literatura mundial, que son un tanto diferentes a lo generalmente aceptado. Es posible que esa interpretación divergente sea justamente la causa por la cual la escritura de ese libro se me antoja una tarea peligrosa e ingrata.
Estudiando a Dostoievski y enseñándolo a estudiantes norteamericanos, no pudo pasarme inadvertido que este escritor va transformándose, condicionado por el relator. Probablemente este hecho no fue observado debido a las diversas nacionalidades de los «dostoievscólogos», ya que pretenden una objetividad científica a pesar de que su cosmovisión y sus simpatías o antipatías influyan sobre los métodos de sus investigaciones y razonamientos. La crónica de la acogida recibida por Dostoievski en el curso de los cien años transcurridos desde su muerte podría servir como ejemplo de las sucesivas modas intelectuales y de las influencias de filósofos diversos sobre el pensamiento de los estudiosos.
Dejando de lado momentáneamente a los autores rusos, se podrían, grosso modo, distinguir varias fases de la recepción de Dostoievski en Occidente, comenzando por Crimen y Castigo, leído en traducciones realizadas a fines del siglo XIX y altamente estimada por Nietzsche. Sin embargo, la así llamada «alma eslava», de la que Dostoievski debería ser un fiel exponente, fue generalmente tratada con cierta ironía, y la crítica francesa bromeaba acerca de la santa prostitución de Sonia Marmieladow como si la hubiesen arrancado literalmente viva de una novela sentimental.
La marcha triunfal de la novelística de Dostoievski a través de Occidente durante las primeras décadas del siglo XX tiene una relación directa con el descubrimiento de una nueva dimensión del ser humano: el subconsciente y las fuerzas dionisíacas en las que se unifican eros y tanathos. No obstante, la resistencia opuesta a la creciente influencia del escritor ruso por escritores como Middleton Murray o D. H. Lawrence, se merece una reflexión. D. H. Lawrence decía que «una penetración sorprendente se combina en él con una perversión repulsiva. No existe nada puro. Su amor salvaje a Jesús se va mezclando con un odio ponzoñoso. Su repugnancia moral frente al demonio se amalgama con una secreta adoración.»
Estas voces objetoras cedieron prontamente su lugar a una admiración general, y la fama de Dostoievski crece paralelamente a la de Sigmund Freud. Lo cierto es que Freud, por razones evidentes, consideraba Los hermanos Karamazov, la novela sobre el parricidio, como la novela más grande que jamás haya sido escrita, equivocándose en su juicio sobre la epilepsia de Dostoievski: se apoyaba en detalles biográficos erróneos, tal como fue demostrado por Joseph Frank. El «freudianismo» influyó durante décadas los estudios hechos sobre Dostoievski, en un período que podría llamarse psicologista. Relativamente efímera, y difícil de separar, fue la fase en que los estudiosos enfocaron sus análisis bajo la luz de la filosofía existencialista, para atiborrarse a continuación con rastreos del pensamiento del autor que se expresaba por boca de sus personajes y dirigir toda su atención a la estructura artística de las extraordinarias novelas de Dostoievski; tan extraordinarias que cabría preguntarse si ellas no supusieron el fin de la novelística, en general. Este pensamiento no me parece infundado.
Mis alumnos se mostraron muy sagaces cuando me ocupé de la psicología de los personajes o cuando traté de demostrar cuántas de las intenciones del autor fueron reveladas por el análisis estructural. También aprendieron —como suele suceder con gente joven—, con alegría, la divergencia entre la creación y la no muy atractiva cocina que es la personalidad de un genio. Sin embargo, se encontraban en apuros cuando se enfrentaban a ciertos hechos. Por ejemplo, les resultaba difícil entender la afección de Dostoievski por el poder autocrático. Y no sólo entonces, cuando al regreso de Siberia se convierte de revolucionario en conservador. Condenado a muerte junto a un grupo de veintiún compañeros, puesto delante del pelotón de ejecución y conmutada la pena, perdonado en el último instante (una comedia urdida por el Zar), aún está en el destierro siberiano cuando escribe tres odas: una sobre la guerra de Crimea, con amenazas proferidas contra Francia e Inglaterra; la segunda, en ocasión de la muerte de Nicolás I, en la cual compara al zar-gendarme con el Sol y dice que no es digno de pronunciar su nombre («con la boca obediente, nombrarlo no me atrevo»); y la tercera, escrita para la coronación de Alejandro II.
Los versos son muy malos y no correspondería excluir totalmente una razón lateral para haberlos escrito: el deseo de mejorar su suerte, lo cual está de acuerdo con lo que sabemos acerca de los puntos de vista del autor.
Este detalle biográfico, al igual que otros semejantes, corresponden a una esfera donde los caminos de la grandeza de Dostoievski dejan de ser mis caminos, es decir, que nuestra atención se dirige hacia otros aspectos. Para mí, Dostoievski es más interesante como el ser humano que en su vida tuvo un único y muy serio romance: Rusia; y que eligió a Rusia como la verdadera heroína de sus obras. Podría parecer que la psicología de sus personajes y sus descubrimientos en la esfera de la estructura novelesca lo convierten en un escritor verdaderamente internacional; en cambio, su adoración al trono y a los altares, su odio chovinista hacia católicos y judíos, sus burlas a franceses y polacos, lo encierran dentro del cerco de un país único. A mi parecer no es así; por el contrario, cuanto más ruso es Dostoievski y tanto más sucumbe, por amor a Rusia, a fobias y obsesiones, tanto mayor es su papel de testigo de toda la historia intelectual de los últimos dos siglos. El mismo dijo: «Todo depende de los próximos cien años.» Y no es posible negar su regalo profético.
Una de las lecturas fundamentales de la familia Dostoievski era la Historia de Rusia, de Karazmin, y el futuro escritor la conocía desde su infancia. Esta obra mostraba el espectáculo inagotable de la inmensidad rusa, el ilimitado poder de sus monarcas. Cuando Dostoievski fue confinado en la fortaleza de Petropavlovsk, escribió declaraciones en las que expuso sus puntos de vista sobre la monarquía, que sonaban tan sinceros que el solo objetivo de salvar su vida no pudo haberlas dictado. Según su criterio, la Revolución Francesa era indispensable; en cambio, en Rusia, nadie que estuviese en su sano juicio, podía pensar en una forma de gobierno republicana, recordando los vergonzosos hechos de Nóvgorod. Según la opinión de Dostoievski, Moscú quedó bajo el yugo tártaro debido al debilitamiento del poder del príncipe, salvándose gracias a su fortalecimiento, que fue proporcionado por el gran conductor que fue Pedro el Grande.
¿Cómo es posible que un socialista, marcado por Fourier, haya podido escribir de tal modo? Se lo podría adjudicar a la típica dualidad dostoievskiana; probablemente estaremos más cerca de la verdad afirmando que estas dos tendencias, socialismo y autocratismo, siempre coexistieron en Dostoievski: sólo su énfasis fue variando. Su colega del Círculo Petrashevski, Nicolás Danielevski, pasó por una evolución similar, pero como glorificador del zarismo y del paneslavismo en su obra Rusia y Europa, no renunció a los sueños socialistas de su juventud: simplemente los insertó en su doctrina totalitaria.
Dostoievski pensaba como un hombre de Estado. Durante charlas transcurridas en la prisión de Omsk, consideró la conquista de Constantinopla como un deber preponderante para Rusia. La obra de su madurez, comenzando por su viaje inicial a Occidente, en 1962, se podría diferenciar señalando que antes fue un artista, mientras que ahora el artista y el hombre de Estado actúan conjuntamente. Sus libros describían
la situación espiritual de la intelligentzia rusa y se convierte en el cronista de sus transformaciones espirituales de década en década, incluso de año en año. Lo cual propone un interrogante esencial: ¿Qué significan esos cambios para el futuro de Rusia, en qué constituyen una amenaza? No constituye una exageración si afirmamos que hay en esos libros algo de rastreo, conducido por un acusador público de excepcional inteligencia que sabe lo que tiene que buscar, porque es al mismo tiempo el acusador y el acusado.
La intelligentzia rusa discute en las novelas de Dostoievski sobre los problemas básicos de la existencia humana, problemas que al menos no son extraños a los personajes de la novela occidental en su versión del siglo XVIII e incluso en sus versiones románticas, como, por ejemplo, en George Sand. En ninguna otra circunstancia, sin embargo, los contrincantes han expuesto la cuestión en forma tan áspera y llegaron a conclusiones tan extremas. Ellos vuelven a vivir de un modo dramático lo que Nietzsche, un contemporáneo del joven personaje de Crimen y Castigo, Raskolnikov, llamó «la muerte de Dios». Además, el ateísmo no es en modo alguno un asunto privado e individual; es del mayor interés por parte de la autoridad, puesto que el ateo acaba, por regla general, en revolucionario. Esto lo confirma el camino seguido por el precursor de aquella generación de la intelligentzia rusa, Vissarion Bilinski. En Crimen y Castigo, el crimen de Raskolnikov es, de hecho, una especie de sustitución, en realidad, él sueña con una gran acción revolucionaria, cuya justificación proveería la historia. En sus opiniones y aspiraciones se siente totalmente aislado: de un lado está la autoridad, representada por el oficial de policía, Porfirio; del otro lado, está el pueblo ruso. Cuando se hallaba deportado en Siberia, sus compañeros de prisión, simples campesinos, quieren matarlo porque es ateo. Teniendo en cuenta esto, Crimen y Castigo contiene una fórmula importante para toda visión de la obra de Dostoievski: la defensa e independencia de Rusia reside en sus autoridades, al igual que según creía Dostoievski en la sincera religiosidad del pueblo ruso. En cambio, la inteligencia la amenaza. De qué amenaza se trata, queda demostrado en su novela Siesy (Los poseídos). Dentro del sorprendente y penetrante análisis de esta novela, quizá llega a las mayores profundidades la exclamación de un viejo soldado, después de oír una conversación donde se asevera la no existencia de Dios: «¿Si no hay Dios, qué clase de capitán soy yo?» Este hombre establecía una relación entre la religión y los orígenes del poder. No hay que olvidar que la intelligentzia rusa se alimentaba con la filosofía de Voltaire y las reflexiones sobre la Revolución Francesa. La decapitación de Luis XVI puede parecer hoy día como uno de los sucesos sensacionales que tanto abundan en la Historia, ni más ni menos importante que los demás. En realidad, ese fue el final de un orden basado en la convicción de que el rey gobierna porque es el portador del Sacramento divino y sus inferiores mandan con su autorización. A partir de allí correspondía buscar otras fuentes de autoridad, aunque fuesen las de una conspiración dirigida por un solo hombre, Piotr Wierjovianski, como sucede en Los poseídos. La novela Los hermanos Karamazov, que según la intención del autor debió haber sido la coronación de su obra, tiene como tema básico la rebelión de los hijos en oposición a¡ padre. Esto hace aflorar una pregunta: si el hecho de que el padre es amoral anula automáticamente su autoridad. Iván Karamazov contra el padre, y a la vez contra Dios-Padre. Los hermanos Karamazov es, esencialmente, un tratado sobre la abolición a través de la intelligentzia rusa de la autoridad Dios-Padre, Zar-Padre y padre de familia.
Cuando los intelectuales occidentales escriben acerca de Dostoievski, siempre se asombran de que en hombre que penetra tan profundamente en la psicología de sus personajes pudiera tener ideas tan reaccionarias. Tratan de apartar esas opiniones de sus puntos de vista, a lo cual ayuda la «polifonía» de sus novelas. No se dan cuenta de la diferencia que los separa del escritor ruso. Ni uno solo, en sus novelas o ensayos, toma como centro de sus intereses la aflicción ante los intereses del Estado. Por el contrario, están sentimentalmente del lado de esos personajes que, ante un poder establecido, quieren rebelarse. En cambio, para Dostoievski, Rusia como Estado no suponía solamente un territorio habitado por rusos. De Rusia depende el porvenir del mundo: de si quedará contagiada por el ateísmo y el socialismo provenientes de Occidente —tal como ya ha sido contagiada su intelligentzia— o será salvada por el zarismo y el piadoso pueblo ruso, que cumplirán su vocación de rescatar a toda la humanidad. Aliosha Karamazov, en los volúmenes subsiguientes de la inconclusa novela, iba a representar a un nuevo tipo de activista trabajando en armonía con la fe popular.
Dostoievski se equivocó en su «eslavofilia» idealizada del pueblo ruso. En realidad no halló ninguna otra esperanza y el dilema se presenta claro: si la «Santa Rusia» no era capaz de resistir, la intelligentzia hará de ella lo mismo que los personajes de Los poseídos hicieron a escala de una ciudad de provincias. En la larga historia de las recensiones críticas sobre Dostoievski realizadas en diversos países, el lugar preferente, en cuanto a la comprensión de sus intenciones, debe corresponder a un grupo de filósofos rusos cuya actividad tuvo influencia a principios de siglo, especialmente sus pronunciamientos publicados en un volumen de ensayos, en Viekhi (1908) e Iz glubiny (De Profundís, 1918). Según ellos, las profecías negativas de Dostoievski comenzaron a cumplirse. Puede decirse que esto no debe extrañar, ya que ellos se oponían a la Revolución. Pero la opinión acerca del cumplimiento de las profecías de Dostoievski también estaba extendida entre los revolucionarios, tanto en 1905 como en 1917. Uno de los admiradores de Los poseídos fue el primer comisario de Instrucción Pública después de la Revolución de Octubre, Lunacharski.
«Resulta difícil no ver en Dostoievski al profetizador de la Revolución Rusa —escribió en 1918 Nicolai Berdiaev—. La Revolución Rusa está imbuida de esos principios, que Dostoievski presentía y cuyo análisis fue desarrollado en sus obras con genialidad. Dostoievski tuvo la capacidad de penetrar en lo más profundo de la dialéctica revolucionaria rusa y extraer conclusiones límites. No quedó en la superficie de las estructuras e ideas sociopolíticas: llegó al fondo y extrajo esa verdad, revelando que la Revolución Rusa es un fenómeno metafísico y religioso, más que un hecho social o político. Así es como consiguió, a través de la religión, acercarse a la naturaleza del socialismo ruso.»
Los rusos entendieron las preocupaciones políticas de Dostoievski, ya que, corno él, pensaban en términos «estatales»: es decir, balanceaban el advenimiento de tal o cual idea al tratar sobre la permanencia del Estado, ya fuese contrarrevolucionario o revolucionario. Sus colegas occidentales se ocupaban del individuo, no de Francia, Inglaterra o América. Lo cierto es que durante el siglo XX se extendió entre ellos el convencimiento de que el hombre que se respeta trata al sistema capitalista establecido como algo pasajero, y en silencio espera su fin. El sorprendente parecido entre las posturas de la intelligentzia rusa, descrito por Dostoievski, y la posición de los intelectuales occidentales cien años después, nos lleva a la conclusión de que su preocupación por el futuro de Rusia le permitió describir una visión de enormes dimensiones, tanto en el tiempo como en el espacio.
El término «intelectuales occidentales» es, sin duda, demasiado general, con riesgo de malentendidos. Sin embargo, si tuviéramos que elegir una figura que resalte los rasgos comunes relacionados con ese término, bailaríamos una base más firme para poder utilizarlo. Existe un personaje así: se trata de Jean-Paul Sartre, apodado algunas veces el Voltaire del siglo XX. Aquello que impacta en él, es —como en sus antecesores rusos— la inusual intensidad de sus controversias ideológicas. La revolución intelectual europea, que comenzó en el siglo XVI, se introdujo en Rusia con un considerable retraso, y la intelectualidad rusa tuvo que apropiarse de esas ideas en unas pocas décadas, algo que para los occidentales ilustrados fue paulatino, abarcando varios siglos. De allí la extraordinaria fuerza y violencia de esas ideas, las cuales, por añadidura, no encontraron un aparato social bien desarrollado en sus diversas funciones Por razones que merecen un análisis particular, surgió durante el siglo XX en los países occidentales un vacum peculiar en el que quedó encerrada la intelectualidad, que empezó a descubrir sus propios conceptos ante una especie de supervisión de vulgares comedores de pan. Tal como sucede en Dostoievski, donde Raskolnikov o Iván Karamazov están solos con su solitario razonamiento. No sólo la intensidad acerca a Jean-Paul Sartre a estos personajes: también los une la abstracción de su pensamiento.
¿No resulta extraño que en la Francia librepensadora (en un país que había visto mucho y estaba inclinado a desbaratar ideas, con un simple encogimiento de hombros, desde hacía mucho tiempo) la idea de «la muerte de Dios» se convierta de pronto en un asunto tan crucial como lo fue alguna vez para los jóvenes rusos discutiendo ante una copa de vodka? Sin duda, para el existencialismo francés se pasa a un compromiso activo para transformar el mundo —y he aquí otra analogía con los rusos—, ya que el hombre, una vez que Dios está destronado, se convierte él mismo en Dios y asume su propia responsabilidad, que se manifestará a través de sus acciones.
Un capítulo sobre «Sartre como personaje de Dostoievski», abriría indudablemente perspectivas interesantes. También aquí correspondería introducir razones de parentesco entre algunos aspectos de la filosofía de Sartre y la del propio Dostoievski. Ante todo tengo in mente aquello tan célebre de Sartre: «El infierno son los otros»: es decir, el problema entre el sujeto y los demás, que a su vez también son sujetos; cada ser humano, individualmente, procura alcanzar el poder sobre los demás para convertirlos en objetos, puesto que mirándolos ve en sus ojos el mismo deseo, el de convertirlo a él en objeto: los demás se convierten en su infierno. Esta es exactamente la problemática del orgullo y la humillación en Dostoievski. Cuando Sartre escribió L’être et le néant (en 1943) no pudo conocer el libro sobre la poética de Dostoievski de Bakhtin, donde ese aspecto se expone precisamente de este modo. En cambio, el «psicoanálisis existencial» en el libro de Sartre coincide con las conclusiones de Bakhtin, a pesar de que Sartre no parece consciente de sus coincidencias con el novelista.
Las características específicas de la vida rusa en el siglo XIX pueden dificultar la visión de los problemas de aquella época desde una óptica actual y como si aún siguieran siendo válidos. Sartre, en su búsqueda de la libertad, sigue los pasos de El hombre del subsuelo, un personaje que inicia en Dostoievski una serie de grandes monólogos filosóficos. Por añadidura, la filosofía hegeliana (introducida en Francia en 1930 por el ruso Alexandr Kojève o Kazevnikov) tiene una influencia decisiva sobre Sartre. Igualmente, puede ya rastrearse en el fondo de los discursos de Raskolnikov sobre los grandes hombres a los que la historia absuelve si cometieron crímenes a su servicio. Raskolnikov, revolucionario latente, situado en la topografía de San Petersburgo, presta durante sus paseos una particular atención a la plaza donde tuvo lugar una rebelión frustrada. Por cierto, hubiese hecho mejor entregándose a la acción revolucionaria, en lugar de matar a una vieja usurera. Pero hacia 1860, fecha en la cual transcurre la acción de la novela, resulta demasiado pronto para eso. Hubo que esperar hasta 1870, con la aparición de la figura de Niechaiev Piotr Wierjovianski, de Los poseídos. Igualmente, Iván Karamazov sostiene su fundamental enjuiciamiento acerca de la inmoralidad de Dios en su nombre de los prometidos compromisos del ser humano, lo cual es la médula del pensamiento y razón de la acción sartreana.
¿Qué hay que hacer? Este título de la novela de Chernishevski es característico de la intelligentzia rusa del siglo XIX y también podría ser la máxima de la inagotable actividad de Sartre. Estuvo, eternamente en la búsqueda de una causa a la cual entregar sus fuerzas. Todas esas causas estaban ligadas a la esperanza de un derrocamiento del orden existente y su reemplazo por un orden distinto, a pesar de que en relación a esto último Sartre cambiaba de ideas constantemente. La localización de sus esperanzas, cada vez en un país diferente, y sus sucesivos desencantos, tenían en sí algo cómico y patético; la Unión Soviética, Yugoslavia, Cuba, China... para terminar repartiendo volantes en la calle con jóvenes izquierdistas. En esa su permanente necesidad de nuevas respuestas a la pregunta ¿Qué hacer? Sartre, por lo menos, no estaba solo. Por el contrario, puede servir de ejemplo esa misma inquietud en miles de intelectuales y semiintelectuales.
Resulta difícil no observar en esa «pesca» de causas, engendrada por la actualidad, un fenómeno de vacío interior, que debe ser reemplazado por la sensación de una búsqueda desinteresada de tal o cual noble objetivo. Del mismo modo son arrancados los personajes de Dostoievski del marasmo de la vida cotidiana, la cual, con su entorno poco espabilado, les asegura una tranquilidad de pequeñas aspiraciones y pequeños éxitos. La religión y el almanaque litúrgico no importan para nada a esos seres: la moral tradicional ha sido abandonada, el enriquecimiento como finalidad es para ellos algo horrible e inconsecuente; se puede conseguir dinero mediante el crimen, la usura o jugando a la ruleta, jamás a través del trabajo. La Rusia sencilla y común estaba sujeta a ciertos ritmos dictados por la costumbre; los intelectuales; en cambio, están encerrados en el círculo mágico de sus pensamientos y de sus ensueños acerca del papel excepcional como salvadores en potencia de la humanidad. Su enfermedad es la falta de razones para vivir, y Dostoievski trata de definir este taedium vitae a través, sobre todo, de la creación de personajes fuertes llamados al compromiso, pero incapaces de comprometerse por un exceso de introspección, como Svidrigailov o Stavrogin.
Es probable que para esta enfermedad —que ha adquirido en nuestro siglo un carácter masivo, debido a un mayor acceso a la cultura—, no pueda proporcionarse aún un diagnóstico preciso. Creo que habría que buscar sus causas en el debilitamiento de la percepción existencial o quizá en el concepto de la existencia como absurdo. Las pesadillas que visitan a Stavrogin y Svidrigailov podrían ser introducidas en La nausée, como Sartre tituló su novela, escrita antes de sus numerosos compromisos revolucionarios. En L’Être-en-soi, habla de un mundo inhumano, y esa inhumanidad no despierta en Sartre ni piedad ni extrañeza, como antaño, por ejemplo, sucedía con Goethe; por el contrario, lo presiona con su falta de sentido y lo obliga a refugiarse en la esfera de las acciones humanas. Por tanto, se trata de una cuestión metafísica. Más de un cristiano contemporáneo quedaría sorprendido si se le dijese que el «Voltaire del siglo XX» no fue representativo sólo para los intelectuales alejados de la religión, sino que anuncia las transformaciones acaecidas dentro de la Iglesia. Si la Iglesia se interesa, desde un tiempo a esta parte, en abrazar nobles causas sociales para ponerse a su servicio, tal vez sea debido a que tanto la jerarquía eclesiástica como los fieles han percibido que el lado metafísico del cristianismo se va evaporando, dejando tras de sí, únicamente, un conjunto de reglas acerca de la convivencia entre las gentes.
Para Dostoievski, los intelectuales viven en un submundo o se rebelan abiertamente contra la sociedad. Raskolnikov no se considera culpable de la muerte de la prestamista y de su hermana. La culpable es su propia debilidad, debido a la cual quedó condenado por la sociedad. Después de una primera etapa sentimental en sus escritos, en la cual los héroes eran «pobres gentes», Dostoievski introduce una distinción entre los conciertos y los demás, situados en un escalón inferior a la conciencia. Solamente los primeros le fascinaron, hasta el punto de transferirles sus sentimientos, identificándose casi con Iván Karamazov y con su relato «El gran inquisidor». Debe notarse que tal división, entre los iniciados y los demás, es bastante típica entre todos aquellos que en nuestra época siguen el ejemplo de la intelligentzia rusa. Quizá fue un descuido, por parte de Simone de Beauvoir, la compañera de Sartre, titular su novela acerca de ese medio, Los Mandarines. No será una exageración si decimos que el sentimiento de pertenencia a la élite de los elegidos excita el espíritu, ya que los elegidos son los que penetran los secretos del proceso histórico y conocen el futuro. Pintonees no están ya unidos por la religión, sino por el saber, por una gnosis particular que les permitirá pronunciar juicios deducidos de premisas presumiblemente impenetrables, sin preocuparse por lo tangible pero suficientemente terrenales para un filósofo realista.
¿Qué significa esa particular mutación de los héroes de Dostoievski, cuyos rasgos podemos percibir en sociedades y épocas diferentes? Si la intelligentzia rusa se convirtió en precursora de la intelligentzia europea y americana, ¿a qué regla habrá que atribuirlo? ¿Por qué la importación —pues todo el alimento de la Rusia culta, incluyendo los modelos literarios de Dostoievski, se importaba de Alemania, Francia e Inglaterra—, dio como resultado un espejo semejante? Nos hemos acostumbrado a creer que si las sociedades se parecen entre sí por sus estructuras económicas y políticas, también deben tener medios similares de comunicación en filosofía, literatura y teatro. Este convencimiento parece pertenecer a esa parte de la herencia marxista que se convirtió en una propiedad común. Pero, ¿cabe imaginar una semejanza entre la Rusia zarista —con la división de su pueblo en castas inscritas en registros oficiales, su máxima centralización del poder y su inmenso campesinado analfabeto— y los países desarrollados de Occidente en la segunda mitad del siglo XX? Como ya lo mencioné anteriormente, ¿acaso no hubo en Occidente un equivalente a la intelligentzia tusa, esto es, capas específicas separadas de los vulgares comedores de pan, sufriendo por esa causa y adjudicándose un singular papel prometeico? ¿Acaso debemos aceptar sencillamente la tesis de que las ideas tienen una vida autónoma y son más importantes que las diferencias económicas y los sistemas políticos? Si así fuese, el desmoronamiento de los fundamentos metafísicos del poder y su ética individual —lo que Nietzsche llamó «la muerte de Dios»— fue oscurecida en Occidente por la praxis del crecimiento económico, que ocultó estos problemas. Pero de pronto aparecieron en la superficie, coincidiendo con la crisis del sistema parlamentario.
La actividad de grupos terroristas en los años sesenta y setenta, tales como los Weathermen o el Ejército de Liberación Simbiótico en Estados Unidos, las Brigadas Rojas en Italia, etc., señala —como en Los poseídos— que lo que se cuestiona es la legitimidad del Estado. En Rusia, el grupo Nievchaiev —cuyo proceso proporcionó a Dostoievski el material para su novela— negaba la legitimidad del poder monárquico y de todo el sistema apoyado en su sacralidad. Aquí, en Occidente, llegó el turno de la autoridad fundada en las elecciones. Por supuesto, los revolucionarios saben cuál es la «verdadera» voluntad del pueblo, que se diferencia de esa voluntad aparente e inconsciente, y por eso actúan en nombre de la «verdadera» voluntad.
Resulta fascinante la coincidencia de motivaciones de esos grupos con las que encontramos en Los poseídos, pero también hay diferencias considerables, ante todo desde el punto de vista de la participación de la «mass-media» actual. Sin embargo, esto no fue explorado por ningún novelista, lo cual podría demostrar que la obra dejó de reaccionar ante los sucesos de la vida pública, sumergiéndose en un extremo subjetivismo. Dostoievski escribió Los poseídos en caliente, cuando todavía se desarrollaba el juicio al grupo Niechayev. Existe también otra explicación a esa falta de interés de la literatura por estos acontecimientos, que después de todo tenían gran importancia. Dostoievski pensaba en el futuro de Rusia y en los peligros que le acechaban. Pensaba como un defensor del régimen, para lo cual fue un excelente procurador. La aparición de la novela conmocionó a la intelligentzia progresista, que la consideró como un libelo contra el movimiento revolucionario. Las simpatías de la opinión pública ilustrada se inclinaban hacia los jóvenes rebeldes de diversas tendencias, rodeados por un halo de heroísmo y martirio, y cuyos juicios se convertían en enjuiciamientos al poder. El novelista que hoy día eligiera como temática un análisis malicioso u hostil al pensamiento y el comportamiento de un grupo terrorista se vería expuesto al reproche de ser un partidario del orden existente, lo cual se convierte en un pecado imperdonable entre las personas de cierta línea de pensamiento. Hay que recordar que justificaciones de las actividades terroristas han obtenido las firmas de Jean-Paul Sartre, Herbert Marcase y otros. También ha sucedido con actividades de terror a nivel estatal, como por ejemplo el genocidio perpetrado en Camboya por estudiantes formados en la Sorbona. Puesto que muchos intelectuales simpatizan, abierta o tácitamente, con el terror, sería difícil esperar de ellos un retrato multifacético pero negativo de los terroristas, como lo hizo Dostoievski en Los poseídos. Finalmente, también Dostoievski tuvo que romper en su tiempo con los cánones a los que respondía el compromiso de la intelligentzia. En vano buscaríamos conceptos similares en la pluma de escritores del tipo de Chernishevski. Por tanto, es más apropiado apartarse de las opiniones convencionalmente aceptadas, como la del genio que se introdujo en Dostoievski a pesar de sus puntos de vista reaccionarios. Más bien podría ser verdadera la opinión contraria: fue un gran escritor, ya que poseía el don de la clarividencia, y ese don lo obligaba a ser reaccionario.
Nicolai Berdiaev, a quien ya he citado, percibió en Dostoievski la capacidad de comprender procesos que alcanzaban una mayor profundidad que la política o los procesos sociales. «Dostoievski reveló una gran maestría al develar consecuencias ontológicas a través de ideas falsas», dijo. «Dostoievski previó que la revolución en Rusia sería lúgubre, cruel y oscura, y que no traería consigo un renacimiento de la humanidad. Dostoievski sabía que el papel principal sería interpretado por el criminal Fiedke, pero que la victoria iba a corresponder a Shigalov». Por cierto que hoy día no podemos dejar de preguntarnos si el diagnóstico de Dostoievski, nacido de su temor por el destino de Rusia, no encierra también una profecía que concierne a Occidente. Se puede aceptar fácilmente la premisa —a la cual por otra parte tiende el evolucionismo, tal como se expone en colegios y universidades— de que existen leyes que rigen el desarrollo histórico. La similitud de las posturas entre la intelligentzia rusa del siglo XIX y las intelligentzias occidentales actuales, correspondería, de hecho, a esas leyes, produciendo en Rusia la caída del Zar y aproximándose aquí a la caída de los regímenes basados en elecciones libres. En las declaraciones de los personajes de Dostoievski no había lugar para la democracia: Raskolnikov creía en un gobierno dictatorial encabezado por individuos excepcionales; Shigelev, el teórico del grupo revolucionario en Los poseídos, sostenía lógicamente su defensa de la esclavitud universal; en cambio, el poderoso pensamiento filosófico de Iván Karamazov elige al Gran Inquisidor como guardián de hombres que no se merecen nada mejor, ya que no son más que niños indóciles, que abandonados a su suerte no sabrían gobernarse. La esencia de la «voluntad general» de Rousseau no cabe en los horizontes estrechos de esos soñadores. En el rechazo de la democracia, que se identifica con la mediocridad burguesa, se está de acuerdo con el mismo Dostoievski, que asocia en Los poseídos el suicidio de Stavrogin con el cantón suizo de Uri, y que en Crimen y Castigo enlaza el suicidio de Svidrigailov con América.
El siglo XIX vive en Occidente el triunfo de una nueva idea, el pueblo como fuente de poder. Después de la decapitación de Luis XVI, desaparece el origen del poder como mandato divino. La antimonarquía se convierte en parte de la retórica libertaria. En Estados Unidos, que surgió de la rebelión contra la autoridad del rey de Inglaterra, Walt Whitman, un contemporáneo de Dostoievski, escribe una poesía que nunca había existido: la poesía de un ciudadano, igual entre iguales. Resulta sorprendente la rapidez con que una corriente crece con fuerza y luego desaparece, dejando lugar en el siglo siguiente a sangrientas burlas sobre las elecciones libres, las legislaturas y el aparato judicial independiente. Tomando a Jean-Paul Sartre como modelo, podemos trazar la transición hacia una nueva forma de retórica, la retórica revolucionaria. Una retórica que se caracteriza por obviar totalmente la cuestión de las fuentes de poder, lo cual lleva en la práctica a la dictadura ejercida por unos contados «sabios» actuando supuestamente en nombre del pueblo, mientras el hombre de a pie queda sin la protección que le proporcionaba una judicatura independiente.
De esta manera, la democracia es abandonada por sus intelectuales más representativos, como otrora fue abandonado el zarismo por la intelligentzia rusa. Tomando de aquí conclusiones para el futuro, sería fácil sucumbir ante analogías aparentes. La intelligentzia rusa estaba aislada en medio de una masa de campesinos iletrados, que la llevaba a la desesperación como una fuerza de inercia encarnada. Cierto hecho, ocurrido en su medio cuando Dostoievski era joven, adquiere aquí un significado más que anecdótico. Pietrashevski, fundador de un círculo político que contaba a Dostoievski entre sus miembros (motivo por el cual éste acabó en Siberia), fundó poco antes de ese acontecimiento un falansterio para sus campesinos según el modelo de Fourier. Los campesinos quemaron prontamente los edificios del falansterio.
El aislamiento de un intelectual del siglo XX tiene un carácter distinto. La revista de Sartre, Les Temps Modernes, halló un público que era capaz de leerla, pero no quiso hacerlo, prefiriendo revistas ilustradas, cómics y televisión. La tendencia general al consumo, los progresos de la medicina y la «sociedad permisiva» se convirtieron en factores nuevos. Crearon una especie de conciencia social blanda, contra la cual se dirigen las plumas de los intelectuales y las bombas de los terroristas. Precisamente, esa conciencia parecería ser algo permanente, algo de lo cual no existe retorno.
Independientemente de todas las analogías, las diferencias entre la Rusia de Dostoievski y el Occidente actual, son muy serias. Tanto más si se trata de sucesos de un pasado histórico que transcurrió en un espacio definido. Sabemos que el pasado está siempre presente detrás de la escena, atravesando la vida diaria. En Rusia, la función de la palabra escrita y de la transmisión oral fue siempre diferente a la de los países occidentales. La complejidad de los organismos sociales capaz de absorber los diversos venenos, existía en el Occidente pero no en Rusia; en Occidente siguen existiendo, pero con características cada vez menos ideológicas.
El renacimiento, en el siglo XX, de los «problemas malditos» por los cuales bregaron los héroes de las novelas de una Rusia atrasada, parece burlarse de todo lo que sabemos sobre las «leyes históricas». Probablemente, buscando señales del futuro en una aparición inesperada, se multiplicarían paradojas por paradojas. Sin embargo, no podría hallarse en ninguna parte más fiable descripción de las tensiones y conflictos fundamentales del siglo XX que en «La leyenda del Gran Inquisidor», de Dostoievski. Los admiradores rusos del escritor consideraban que ese texto tiene la fuerza del Evangelio y de la Revelación de San Juan, y predecían que jamás perdería actualidad, ya que llegaba al fondo de la condición humana. No obstante, sus apocalípticos rasgos pudieron chocar únicamente cuando el texto fue escrito, en una época no apocalíptica, que, por el contrario, estaba llena de fe en el Progreso. Aquello que pudo parecer a sus primeros lectores una fantasía terrorífica y poco clara, es para nosotros una expresión de hechos tangibles. El Gran Inquisidor aparece en el relato como alguien que no desconoce que el hombre no sabe ser libre, que es un adorador de dioses y que cuando carece de dioses se inclina ante ídolos, y capaz de cometer las mayores atrocidades en su nombre. El hombre ansia la autoridad y reme la libre elección. «Él es débil y abyecto -—dice el Inquisidor . ¿Qué importa que ande por todas partes rebelándose contra nuestra autoridad y esté tan orgulloso de su rebelión? Es el orgullo de unos niños que se rebelaron en el colegio y echaron a su maestra. Pero le llegará a los niños el momento de la embriaguez y esto les costará caro. Derribarán los templos y cubrirán la tierra con sangre. Pero, finalmente comprenderán, criaturas estúpidas, que aunque sean rebeldes, son rebeldes sin fuerza y no serán capaces de sostenerse en su rebelión.»
Este enunciado está tan lleno de contenidos que resulta casi imposible desenredarlos a todos. El Dostoievski que fue partidario del poder autocrático del zar y enemigo de los revolucionarios, pasa imperceptiblemente a ser un Dostoievski que le reprocha a Cristo no haber traído el Reino de Dios a la tierra. Tal vez la conclusión más importante de la leyenda sea que los seres humanos son demasiado míseros para poder alzarse contra las leyes de la naturaleza, ya que la naturaleza está bajo el control del «Gran espíritu de la no existencia», es decir; del diablo; y que los que quieren dominar a los hombres deberán tomar la misma decisión que el Gran Inquisidor: colaborar con él.

CZESLAW MlLOSZ
University of California
Dep. of Slavic Languages
Berkeley, Cali. 94720 (USA)

(Traducción del polaco: ROMA MAHIEU)

Cuadernos Hispanoamericanos, 406, Abril 1984, pp. 5-16