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domingo, 19 de enero de 2025

"Sobre el artista románico" de José Jiménez Lozano ("De Madrid al Camino. Boletín Informativo de la Asociación de Amigos de los Caminos de Santiago de Madrid", Número Especial Junio de 2008)

 


SOBRE EL ARTISTA ROMÁNICO

Muchas cosas ha habido siempre en el camino y luego en la llegada de un peregrino a Santiago: maravillas artísticas, tierras y gentes diversas, aventuras tristes y gozosas, paisajes admirables, historias como las que nos ha contado Chaucer de las peregrinaciones a Santo Tomas de Canterbury y aun mucho más universales e inquietantes de farsantes como la de Juan de Esperaindeo, que es una de tantas encarnaciones del Judío Errante, aquí transmutado en peregrino a Santiago para expiar su culpa y rezar también por quien le socorriera, o le encomendase una ofrenda al Apóstol Santiago en su nombre.

 Año tras año, hasta que cae en manos inquisitoriales, Antonio Ruiz o Rodríguez, vecino de Medina del Campo y luego de Ávila, y a quien probablemente entrenó en su papel un peregrino francés a Compostela, de nombre Pierre, embauca a las buenas gentes, que le encuentran cada vez más joven y a las que contesta que eso le sucede porque acababa de bañarse en el Jordán. «Soy Juan de Espera en Dios», les dice a los señores inquisidores que le detienen en setiembre de 1546, y es realmente joven pues tiene entonces como veinte años, aunque él dice venir de los tiempos mismos de la crucifixión de Cristo, abusando así la buena fe de las gentes en la leyenda del Judío errante.

Y, si hago mención de esta figura de farsante, es por la genialidad que supone el percatarse de que la esencia o sustancia del peregrinaje a Compostela y de la laceración y frustración de los que no pueden ir pero quisieran, era una esperanza en Dios para una juventud que no pasa, y, por eso con ella fabrica su nombre mismo. De manera que tal historia me ha parecido interesante que figure aquí, a la cabeza de una reflexión sobre esta odisea cristiana de vuelta a casa, que son las peregrinaciones compostelanas, alimentadas desde luego en esa su esperanza en el libro de piedra o de pintura del románico de manera privilegiada, y de tal manera que hasta los modos del creer cristiano en el tiempo llegan a estar conformados por ese artista románico, cuya singularidad es realmente paradigmática hasta en el ámbito de la más absoluta libertad. Y éste es el asunto en el que quisiera poner los ojos en su compañía de ustedes esta noche.

El artista en su obra

Hay una carta de Thomas S. Eliot al poeta griego Giorgios Seferis, en la que se dice que cada vez nos resulta más difícil hacer poesía, porque cada vez somos más conscientes de que la estamos haciendo. Es decir, que la conciencia del poeta o del narrador, y lo mismo ocurre con la del arquitecto, el pintor o el escultor, se ha convertido en una autoconciencia demiúrgica, de creadores de otros mundos que el mundo. Pero el artista de otro tiempo no tuvo nunca, ni por asomo, esta conciencia demiúrgica, ni tampoco la otra inevitable conciencia sacerdotal, o de pertenencia a la casta sagrada de lo que en nuestro tiempo se llama la cultura. El artista lo era, y la cultura estaba allí, sin conciencia alguna de serlo y de estarlo, como el pez en el agua, y la rosa florece porque florece, según el verso de Angelus Silesius. El pintor o el escultor tenían una conciencia de oficio, de menestrales; al igual que el escritor tenía conciencia de cronista o de componedor de fábulas o versos. Nada más.

 El asunto cambió luego bastante, ciertamente, en el Renacimiento con su culto a las letras y las artes antiguas, e hizo príncipes de quienes las practicaban, invistiéndoles con el nombre de artistas, pero el asunto sólo hasta muy tarde cuajó del todo, y nos encontramos, por ejemplo, a Diego de Velázquez viviendo en el Palacio Real, en el pabellón de los barberos y otros menestrales, y, aunque, le vemos en su cuadro de Las Meninas, con la señera en el pecho del hábito de Santiago, un criado de Corte continuó siendo.

Y ello era honra, porque el pintar bastaba. Así que al aproximarnos ahora a un tiempo de la historia de Occidente, tan otra respecto a nosotros, exige no solamente desposeernos de nuestras categorías mentales, y mirar por aquellos ojos de fuera y de dentro de las gentes de aquellos siglos, sino desposeernos también del lastre acumulado en interpretaciones de ellos teñidas de nuestra subjetividad o del espíritu del ahora o Zeitgeist, que obliga a hermenéuticas tan improbables o bovarísticas, como que la imaginería románica anticlerical o de explícitas alusiones sexuales sería la obra del pueblo, que se supone la haría al amparo de la noche, y luego se presentaría a cobrar por la mañana; o como las otras afirmaciones del formalismo artístico ruso de que a partir del Renacimiento ya no se pintarían ascensiones de Cristo o de la Virgen al Cielo, porque ya nadie había visto ni creía en esas cosas. Y excúsenme que cite algo así tan pintoresco y de tono menor, porque otras citas más brillantes y pretenciosas no nos permitirían sin más pasar sobre ellas, como aquí hacemos, con una simple y benevolente sonrisa.

 Como resulta una evidencia, el tiempo del románico es un tiempo teológico, es decir, un tiempo en el que la naturaleza, el hombre, y la historia, son vistos con ojos teológicos, y teológica es la simbolización de toda la realidad; esto es, la cultura entera. Lo que quiere decir que, por lo tanto, también la arquitectura, la pintura y la escultura. La institución eclesiástica, es, por lo demás, la que de modo más entitativo echa mano de la expresión artística, por la sencilla razón de que sus miembros poseen un nivel cultural mayor y más refinado, y es ella la que acude a las gentes del oficio para que construyan, pinten o esculpan, según las normas de arte o de menestralía, y la expresión artística de cada cual, toda una serie de paradigmas teológicos, que por lo demás son los mismos que los de la cultura y la fe religiosa mismas de esas gentes del oficio. Y subrayemos ya la importancia de este asunto de teología y hombre de oficio, y de Iglesia patrono y hombre de oficio que trabaja para ella, porque aquí hay toda una cuestión central acerca de si, en realidad, ha habido arte religioso en Occidente.

 El hecho sólidamente establecido, y que sigue ahí, ante nuestros ojos, es que el románico es la expresión de una cultura teológica, y que la expresión del tiempo, desde el lenguaje a la expresión artística, es simbólica para cualquier realidad; lo que, para nosotros, que hemos perdido incluso la dimensión simbólica del lenguaje, puede resultar problemático para entender las cosas. Honorius Augustodunensis escribía, por ejemplo: Las iglesias se orientan al Este por donde el sol nace, porque en él es venerado el Sol de Justicia, y en el Este está dispuesto el Paraíso, nuestra casa...Las transparentes ventanas que alejan la tempestad y dejan penetrar la luz son los doctores que resisten la tormenta de las herejías y desparraman la luz de las enseñanzas de la Iglesia. El cristal de las ventanas a través del cual pasan los rayos de luz es el pensamiento de los doctores, que ven misteriosamente las cosas divinas como a través de un cristal...Las columnas que sostienen la casa son los obispos sobre los que se apoya la estructura de la Iglesia, merced a la rectitud de su vida. Las vigas que mantienen unida la construcción son los príncipes de este mundo que proporcionan a la Iglesia su protección. Las tejas de la cubierta, al impedir el paso de la humedad a la casa, son soldados que protegen la Iglesia de paganos y enemigos...Las pinturas son como el ejemplo de los justos...(y)se realizan por tres razones: en primer lugar para que sean leídas por los laicos, en segundo lugar para que el edificio se adorne con dicha decoración, y en tercer lugar como un recuerdo de nuestros predecesores en la vida... El pavimento que los pies hollan es el pueblo, gracias a cuyo trabajo la Iglesia se mantiene. Las criptas construidas bajo el suelo son los que cultivan la vida interior...La puerta es un obstáculo para los enemigos, y que se muestra abierta a la entrada de los amigos de Cristo...El cementerio es el seno de la Iglesia, ya que, así como Cristo dio la vida a los muertos de este mundo en el útero del bautismo, así, después de la muerte, les devuelve la vida eterna. Y el claustro sería, en fin, según esta topografía simbólica, figura del Edén, y su pozo símbolo de vida en razón del agua que hay en él, y la comunicación que establece entre las zonas inferiores de la tierra con el aire y el cielo, y de la tiniebla con la luz. La bóveda, de circunferencia perfecta, es un trasunto de la celeste bóveda, cualquier noche estrellada, que da vueltas en torno a la Estrella Polar, o quicio del Universo, que es figura de Cristo; y el claustro, símbolo de la Jerusalén celeste.

El arte que habla a su manera

 La escritura de Honorius Augustodunensis es, ciertamente, algo tardía; y fuerza sin duda la simbólica según la retórica del tiempo, pero se atiene a la idea y al sentimiento centrales de una topografía teológica que estaba en la base de la construcción, y que, por lo tanto, habitaba y presidía, o de la que brotaba, la decisión artística. Pero, en arte, las formas lo son todo, y son ellas las que dan el sentido, de manera que es la obra artística la que dice integra en ella artísticamente toda aquella topografía simbólica, y la teología que hay detrás, pero al modo artístico, que ya resulta mucho más polisémico que el especulativo. La luz, las sombras, los volúmenes, las dimensiones, la elección de la piedra, y su rugosidad o lisura, los adornos o su ausencia, la pintura o la desnudez de ella, son los que compondrán al fin una estancia de oración y de alegría; y de manifestación de la fe de los que allí acuden. Y me interesa subrayar a este respecto, y en referencia a la cuestión de si hay arte religioso en Occidente como les decía, esta precisión de Honorius Augustodunensis acerca de que las pinturas están hechas para que sean leídas por los fieles, adornen o decoren el edificio, y guarden memoria de los que vivieron.

Es decir, en primer lugar se espera que las pinturas sean leídas. Habitualmente suele subrayarse la función catequética de la pintura y escultura para un pueblo en su mayor parte iletrado, y sin duda es así, pero quizás debiéramos matizar que más bien que una instrucción era una manifestación de lo que ya se sabía por la predicación y la celebración de las fiestas litúrgicas, e incluso las piezas teatrales, porque obviamente poco podían entender de lo que veían —a veces algo ciertamente muy complejo—, si así no fuese. Realmente se hubieran encontrado en el caso en el que, ahora mismo, algunos redactores de fichas artísticas describen lo que ven: Joven con alas inclinado ante una joven, en la imposibilidad absoluta de explicarse tal cosa. Si aquellas gentes entendían lo que veían en tímpanos, capiteles, canecillos o metopas, hay que concluir que podrían ser analfabetos, pero no de una bastante sofisticada cultura teológica, llena, por lo demás de conceptos abstractos y expresiones alegóricas o simbólicas, o en otro caso la función catequética o docente no hubiera tenido sentido ninguno, como podría atestiguarnos cualquier profesor de enseñanzas medias, y no tan medias, incluso si no se dirige a analfabetos.

 En una página de Los ojos del icono, me pregunté por la perpleja situación de un arqueólogo de algunos miles de años después de la desaparición del cristianismo histórico como cultura relevante, ante el hallazgo en unas viejas ruinas de un Pantocrátor, y en otras de una tabla o imagen gótica del Crucificado. El icono del Pantocrátor le mostraría a alguien que es poderoso y sabio, ya que se sienta como en un trono y tiene por escabel al horizonte cósmico, y un libro en las manos, pero por esto mismo no es un dios mitológico, ya que el libro le une a la historia de los hombres. Pero lo que no le resultaría tan fácil sería concluir, sin más mediaciones, que uno y otro icono, son un mismo ser divino-humano, omnipotente y humillado, Señor del cosmos y de la historia, y sufriente siervo y víctima de los poderes de esa historia. ¿Y cómo no se desconcertaría, luego, ante el hecho de que un Pantocrátor estuviese siempre tallado en piedra o pintado en un muro con colores planos y agresivos, mientras el icono del sufriente, pintado o fabricado en madera mayoritariamente, ofreciera líneas totalmente humanizadas y colores cálidos, expresando el dolor, si tal arqueólogo llegara a adivinar que se trataba de la misma persona divino-humana?

Piedra y madera como cauce de expresión teológica

 Pero esta dicotomía de materiales la decidió el artista románico, realizando a la vez una elección técnica en función de la expresión que a la materia pedía, y la piedra y el muro con su poder fundante fueron elegidos para la expresión de la teología del Pantocrátor y toda la teología románica de la gloria, en general, exactamente como en la humilde disponibilidad de la madera se expresa la teología del sufriente. Para decirlo como Plotino, podemos afirmar que el artista adaptó su ojo a lo que tenía que esculpir o pintar, que tal decía el filósofo que era el acto de la comprensión, y eligió la materia y el modo de mostrar, como únicas posibilidades de hacerlo. De manera que toda esa estética del material y de las formas, decisión del artista era, y aparece colgada como de unos hilos invisibles al igual que el autómata jugador de ajedrez del que habla Walter Benjamin, un autómata construido de tal manera, que resultaba capaz de replicar a cada jugada de un ajedrecista con otra jugada contraria que le aseguraba ganar la partida. Un muñeco trajeado a la turca, en la boca una pipa de narguile, se sentaba a un tablero colocado sobre una gran mesa. Un sistema de espejos despertaba la ilusión de que esta mesa era transparente por todos sus lados. En realidad, se sentaba dentro un enano jorobado que era un maestro en el juego del ajedrez, y que guiaba mediante hilos la mano del muñeco. Este enano, aclara Benjamin, era la teología que, como es sabido, es hoy pequeña y fea, y no debe dejarse ver en modo alguno. Pero en los tiempos románicos era una hermosa princesa, y los artistas la desposaban; no era que estuvieran a su servicio. Expresaban la teología artísticamente, y, por lo tanto, lo que ella quería expresar, pero la técnica y la estética de esa expresión, la forma, en suma, que salía de la inteligencia, la sensibilidad y la habilidad de las manos era la que decidía lo que artísticamente no podía ser dicho de otro modo, la que decía verdaderamente.

 Y sabemos, muy bien que, cuando los destinatarios de ese arte teológico, no tenían ninguna información de este tipo, y se estaba en su plena evangelización, y no era suficiente la ruptura con el canon griego, hieratizándolo y rigidizándolo, para darles a entender, a esos destinatarios, que lo que veían allí no era el puro trasunto figurado del mundo, sino digamos el transmundo, se echó mano resueltamente de figuras monstruosas para Cristo y la Virgen María, como, por poner un ejemplo, ocurre de modo bastante sistemático, por lo que podemos deducir de su insistente presencia, y de los textos, en el románico de los países nórdicos, de una muy tardía evangelización. Y el artista es también el que decide como han de hacerse las cosas.

 Pero sabemos, igualmente, que aquellas gentes románicas, como de su madre nos cuenta el poeta François Villón, iban la iglesia, además de al culto, a ver

Un paraíso pintado, en el que hay arpas y laúdes,

y un infierno, en el que hierven los condenados.

El uno me da miedo, el otro alegría y júbilo.

 

 Esto es, a ver belleza y a escuchar historias, porque era éste un tiempo en el que, como vemos, las gentes se apasionaban por historias realmente totales y decisivas, en las que toda la carne se ponía en el asador, y para siempre, mientras disfrutaban con la belleza o se horrorizaban de la fealdad. Se alegraban y se inquietaban ante lo que veían en tímpanos, capiteles, canecillos o pinturas al fresco, que todos ellos, pero especialmente estas últimas, adornaban la iglesia, también como mera y viva decoración, que siempre alegra el corazón del hombre, y de la que sabemos que el hombre antiguo no quería separarse ni aún en la tumba. O sobre todo en ella.

 Estamos muy lejos de la tensión que aparecerá en el Renacimiento, inevitablemente, entre Iglesia patrón y artista-realizador. Y no, desde luego, en razón de ese constructo abstracto que habla de Edad Media como tiempo teocéntrico y Renacimiento como tiempo antropocéntrico, sino por la irrupción de la Reforma Protestante en el plano de lo teológico, y la irrupción en el plano cultural de una mayor autoconciencia o elefantiasis del yo del artista Nada de esto ocurre en los tiempos románicos.

 En ellos, el artista, con su conciencia de oficio, vive y produce su obra como pez en el agua, y entre vida, obra y teología que es la cultura que se respira, no hay cesura de ninguna clase. Lo que no quiere, decir sin embargo, que no haya diferencia entre el plano de lo religioso y el de la vida y el arte; el artista es un hombre civil y del mundo, y el arte que produce es teológico y para mostrar teología, pero no es tan obvio que sea, por eso mismo, un arte religioso. Y no lo es. Es un asunto importante, como decía. En Occidente no hay iconos sagrados.

 Entre la imagen y la palabra

 Cuando hablamos de iconos, no hablamos exactamente de arte, sino de cosas divinas o sagradas, según una teología al borde del monofisismo por lo menos, asunción de lo carnal por lo divino y su transformación en divina condición. El icono representa lo divino, y participa de algún modo de ese resplandor divinal, tiene una dimensión sagrada y sacramental, y lo divino asumiría y transformaría, también de alguna manera, la realidad material de la finísima película de pintura que está sobre la tabla, y, al ser tocado y besado, produciría algo así como una descarga de energía de santidad. Y, para matizar todo esto, en la propia Iglesia Oriental llega a hacerse necesario enfatizar con toda claridad que el icono no es una materialidad sagrada, o un locus sagrado en el que resida lo divinal, manteniéndose, por esto mismo, la no utilización de imágenes de bulto —estatuas o bajorrelieves— que implican un cierto espesor de la materia, y subrayando que la delgadísima lámina de pintura, el mínimum de materia, es una señal o signo. Todo icono, escribe Paul Evdokimov, está en función del icono del Salvador —llamado akeropoieta, o no hecho de mano o por mano de hombres— o de la Santa Faz, que unos ángeles tienen en un velo y lo revelan a los hombres. No es exactamente el retrato de Jesús, es el icono de su presencia. Y, así las cosas, todo lo que sea adorno psíquico, gesto dramático, afectación o agitación, queda radicalmente suprimido; y, asimismo, el aspecto anecdótico está reducido a lo estrictamente necesario de una llamada, pues es su significación metahistórica la que está representada. Todo lo cual supone, obviamente, una marginalidad total, e incluso una transgresión, de las normas de la representación pictórica, de su estética y su técnica, porque este pintar es un asunto teológico y religioso en sí mismo. Y Jean Hani señala tres procedimientos técnicos obligados: todo lo que se pinta en el primer plano debe manera paralela a la tabla, con lo que queda suprimida toda la profundidad; la perspectiva debe estar invertida y el punto de fuga no está en el fondo del cuadro, sino en quien mira, y las figuras se agrandan a medida que se alejan de esta mirada, las escenas están delante de los edificios en los que suceden; y se da también una perspectiva radial en la que las figuras o escenas se despliegan en todos los sentidos respecto a una escena central, sin tener que ver nada con el espacio y el tiempo en que transcurren. La fuente de la luz del cuadro es totalmente suprimida, y todo el icono debe estar traspasado por la luz divina difundida por el pan de oro del fondo, y los finos rayos de inocopia que el pintor pone en las ropas y en los rostros de los personajes, y el icono se vuelve transparente

 Las distintas partes del rostro deben conformarse de cierto modo según un simbólica: las orejas deben estar ahuecadas para mostrar que están a la escucha de Dios; los ojos en forma de almendra y no cerrados en las comisuras se agrandan, y significan que mirada exterior y mirada interior coinciden; los labios son finos rehuyendo toda sensualidad; el cuello fuerte alude al poder, y la nariz se alarga como símbolo de la vida que en ella fue insuflada a Adán; y los rostros oscuros, en fin, con los destellos de la inocopia triunfan de todo naturalismo. Y digamos también que la confección de la pintura en todo su proceso implica toda una ascesis de ayuno y purificaciones en quien pinta, que de ordinario es un monje. Es decir, pintar es una práctica religiosa.

 Esta clase de arte cristiano fue normado ya en el Concilio de Nicea de 787, y confirmado en el Concilio de Constantinopla de 879, y estas decisiones fueron firmadas por el Legado Papal, Pablo, obispo de Ancona. El texto dice que la composición de las imágenes religiosas no queda a la iniciativa de los artistas, sino que resulta de los principios establecidos por la Iglesia católica y la tradición religiosa; de manera que el arte, la técnica de ejecución pertenece al pintor, pero el orden y la disposición pertenece a los Padres.

 Pero todo esto no tiene nada que ver con el arte occidental cristiano. El Papa Gregorio I (+604) escribe algo que sitúa muy pronto todos estos asuntos en esa diferencia, al afirmar que la acción y la presencia divinas no están en las pinturas, sino en la Palabra de Dios y en los sacramentos, y que las pinturas no son sacramentos ni epifanías divinas, sino obra de mano de hombres. Y los Concilios occidentales de Frankfurt, en 794, y de París, en 852, dicen incluso con cierta sans façon que esas imágenes no tienen ninguna relación de pertenencia con sus prototipos, y que, ciertamente, Cristo no nos salvó por la pintura. Todo lo cual quiere decir, para expresarlo con cierta plasticidad, que en Occidente, no hay arte religioso, sino arte de contenidos o temas teológicos, pero de ejecución naturalista, que no es lo mismo.

 De un modo que podríamos llamar curioso, pero que en realidad es trágico, la mente moderna que aparece sumida en la retórica de la laicidad, se siente perpleja y desconcertada, pongamos por caso, ante la pintura de una escena de caza o de una simple encantadora liebrecilla, y no digamos nada una escena amorosa, en una pintura antigua en lugar sagrado o dentro de una pintura de tema religioso, y sentencia enseguida que se trataría de asuntos laicos, y, por supuesto, de mucha modernidad. Y sonreímos, pero ya no podemos sonreír tan despreocupadamente cuando por ejemplo don José Ortega y Gasset hablando de Velázquez, por ejemplo, afirma que dio todo un vuelco a la pintura, abandonando los temas mitológicos, y religiosos, y obligándose a pintar escenas cotidianas, porque el arte era ensueño, delirio, fábula convención, ornamento de gracias formales, dice. ¿El románico, pongamos por caso, es todo, o siquiera algo de eso?, le preguntaríamos, pero lo que nos afirma es que Velázquez se pregunta si no será posible con este mundo, con esta vida tal cual es hacer arte; y que cuando pinta su cuadro Cristo de visita en casa de María y Marta, lo que allí vemos es una cocina, y en ella una vieja y una moza se afanan en la preparación de un yantar. En el aposento, no aparecen ni Cristo, ni María ni Marta, insisto, pero allí en lo alto del muro, hay colgado un cuadro y es en ese cuadro interior donde la figura de Jesús y de las dos santas mujeres logra una irreal presencia. De esta forma se declara Velázquez irresponsable de pintar, lo que, a su juicio, no se puede pintar. La ingeniosidad de la solución nos manifiesta hasta qué punto está resuelto desde mozo a no aceptar la tradición artística para la cual la pintura es el arte de representar inverosimilitudes. Y también podríamos preguntar: ¿El románico, por ejemplo?

 ¿Es el Pantocrátor otra cosa, o el pintor o escultor nos muestran ahí, otra cosa que un ser tan poderoso que tiene el mundo por escabel de sus pies, sólo una hermosísima forma de enfatizar ese poder?

 El artista que espera en Dios

 Y traigo a colación todo esto, porque parece pura ceguera o voluntad de no ver que, desde luego, el arte hasta nuestro tiempo es imitación de lo real, y está hecho con este mundo y con esta vida, y de tal manera, que produce verdaderamente una presencia real, como diría George Steiner, que precisamente es lo que prueba que es arte, y que pintor y escultor no hacen sino hablarnos de la realidad y contarnos historias humanas, como son las bíblicas, digamos de pasada, o antropomorfizando incluso la mitología o hasta conceptos abstractos teológicos como la Inmaculada Concepción de la Virgen María, que es el colmo barroco, ciertamente. Y el románico, que es un arte teológico, nos cuenta igualmente historias humanas, o nos muestra los hermosísimos escorzos de la vida de la naturaleza; y, cuando nos pinta inverosimilitudes, como pongamos por caso ojos en las alas de los ángeles, o jóvenes con alas para significar, según los asirios y luego los escritores bíblicos lo rápidos mensajeros que son, lo hacen porque el inmenso poeta que escribe el Apocalipsis así lo cuenta, no porque fuera surrealismo avant la lettre como he oído yo mismo en alguna tribuna cultural. Cosa laica la poesía, que se sepa; pero ¿es que tiene algún sentido preguntar estas cosas ante el arte o la poesía? Porque no parece que haya un arte de poética religiosa o leyes mosaicas de la novela, como hay, según hemos visto, una estética religiosa que es una contra-estética. Y el arte románico sin duda que se separa del canon griego, porque trata de subrayar que lo que dice, digamos que es transmundano o no pertenece a la inmanencia, pero lo hace de un modo naturalista, y es también Gregorio I el que a este respecto subraya que el hombre no tiene que ser liberado de su naturaleza, sino del pecado.

 El artista románico pinta y esculpe por su cuenta, según habilidad y arte, y nadie le dice cómo debe hacer, sino solamente qué ha de pintar o esculpir. Lo que liga al artista con la Iglesia es una mera relación económica de quien cobra lo que ha pintado o esculpido con quien paga lo que ha encargado. El artista no tiene conciencia demiúrgico alguna, como dije, ama a los hombres y al mundo tales como son, o desespera de ellos tales y como son, pero no los olvidará ni los destruirá. Éste es asunto del hombre moderno, y por lo tanto del artista, el ánimo de hacer un mundo otro, o el de reducir este mundo y su hermosura a geometrías y conjunto de manchas de colores, a expresiones mínimas, o expresar una visión de desespero y destrucción mediante el recurso a los desechos. Y, al decir esto no emito ningún juicio de valor sobre tales asuntos, porque está muy claro que nos movemos en otro concepto del arte y del artista, en el que, sin ir más allá, éste es fuente de aquél.

 Johannes Bühler hacía notar, hace ya muchos años, que la arquitectura románica se reduce a un conjunto de muros que se alzan de un modo que impone por sus enormes masas, pero también por lo severo y sereno de sus formas, y que sus interiores son de lo más diverso, desde el cielo raso con que se cubren las iglesias alemanas, lleno de colores brillantes, a las bóvedas en forma de cuna o artesa de las iglesias francesas; y respecto a las pinturas escribe algo importante: Las obras plásticas y las gigantescas pinturas murales, para las que brindan sitio abundante los enormes lienzos de pared, no poseen aún una vida propia gobernada por las leyes de su arte; las primeras no tienen apenas otra función que la de servir de ornamento, y las segundas, por muy monumental que sea la impresión que hoy causan en nosotros las pocas que se han conservado, no se proponen tampoco más finalidad que la de decorar y servir de ilustración a la historia sagrada. Por tanto, los artistas de esa época, al igual que sus sabios, se limitan a ilustrar lo transmitido por la tradición. A esto hay que añadir que la pintura se presta para comunicar los contenidos de las cosas al igual que los libros; por eso, y porque estaba en condiciones de prestar excelentes servicios a la arquitectura interior románica, vemos que, hasta fines del siglo XII aproximadamente, la pintura afirma exteriormente su predominio sobre las demás artes plásticas.

 Podríamos decir, finalmente, que luego fueron sofisticándose las cosas, pero este arte románico, que es un arte teológico por su mensaje, no es un arte religioso o sacral ni in faciendo, ni luego contemplado o formando parte del todo oracional, sino pintura de hombre para la mostración de la fe, la alegría y la memoria de los muertos de que hablaba Honorius Augustodunensis, y sus explicaciones simbólicas son reglas de lectura teológica y a las veces retórica, pero no de construcción artística religiosa, al contrario de como vimos que sucede con el icono. Estamos en Occidente, y lo realmente extraño es que a nuestro mundo ese arte románico, obra de mano de hombre, esto es, algo naturalmente laico le parezca religioso, y, como dijeron los señores surrealistas, putrefacto y que habría que destruir, como esos mismos señores surrealistas y otros caballeros enterradores de la historia de los padres invitaron a hacer, por cierto.

 Pero siempre habrá ojos que busquen hermosura, y corazones «esperaindeo», y que encontrarán en el románico la alabanza de la vida y de la juventud, que no pasa, expresadas en él con una seguridad y una fuerza muy especiales. La peregrinación siempre es a las fuentes, o una odisea de la vuelta a casa. También en el más serio de los aspectos de una conciencia europea ahora mismo, que parece ya cansada o exhausta. El artista románico ayudó a levantarla, y aún puede ser atendido y escuchado, y no en el menor lugar en el camino de Compostela y su llegada allí, una de las grandes piedras angulares sobre las que Europa se hizo.

José Jiménez Lozano, De Madrid al Camino. Boletín Informativo de la Asociación de Amigos de los Caminos de Santiago de Madrid, Número Especial Junio de 2008, pp. 31-34.

Actas del Seminario José Antonio Cimadevila Covelo de estudios jacobeos «Asociación XX aniversario» Madrid, 27 de noviembre de 2007

miércoles, 5 de abril de 2017

Entrevista de Amador Vega a Charles Lohr, director del Raimundus Lulius Institut [La Vanguardia, Cultura, 24/2/1987]


Ramón Llull, en la historia de la cultura europea
Esta semana se cumplen treinta años de la fundación del Raimundus Lulius Institut en la ciudad de Friburgo. Actualmente se realiza allí un congreso lulista. También de lulismo -edición de obras, investigaciones personales, preferencias- habla aquí el profesor Charles Lohr, director del citado centro
¿CUAL es el principal trabajo de este instituto?
-La edición de todas las obras que Ramón Llull escribió en latín. Desde su fundación, en 1957, hemos editado 14 volúmenes, de los cuales 9 han aparecido en los últimos nueve años.
-Además de la edición, ¿qué se quiere difundir?
-Confiamos en que sea conocida la importancia científica de este gran mallorquín.
-¿Quiere decir que, por ejemplo, en España, y en Cataluña en particular, tan sólo se ha tenido en consideración en la versión literaria de la obra de Llull?
-Sí, es cierto, y no sólo en España. Desgraciadamente, en todo el mundo es poco conocida la gran importancia que, para la historia de la cultura europea, representó el lulismo. El significado de su inmensa obra es patente en el Renacimiento; por ejemplo, Agrippa de Nettesheim, Paracelso, Giordano Bruno, Athanasius Kircher y Leibniz entre los más representativos. Intentamos que el nombre de Ramón Llull ocupe el lugar que merece en la historia del pensamiento; es más, diría que el Renacimiento no puede ser entendido sin él.
-¿En qué sentido es relevante Llull en el tránsito de la Edad Media al Renacimiento?
-Llull fue un filósofo laico y burgués, en contra de la teología del siglo XIII, que ha de entenderse como una ciencia clerical.
-¿Llull es un heterodoxo?
-Aquellos que dicen esto no han leído a Llull.
-¿Por qué se interesó usted por Ramón Llull?
- Yo llegue a Friburgo en 1961 para hacer mi tesis doctoral. En aquel entonces sabía muy pocas cosas acerca de Llull; había oído el nombre, pero nada más.
-¿Dónde leyó, por primera vez, el nombre de Llull?
-En Nueva York, donde nací; después, en Washington, en donde estudié; más tarde llegue a Friburgo. Mi director de tesis fue Friedrich Stegmüller, uno de los más grandes hispanistas que ha habido en Alemania. Stegmüller fue doctor honoris causa por las universidades de Salamanca y Coimbra. También fue premiado por el Institut d'Estudis Catalans. Él me propuso trabajar en torno a Llull.
-¿Que le hizo trabajar con Stegmüller?
-Stegmüller se había dedicado a la historia de la teología y filosofía medievales. Hizo el inventario de lodos los comentarios de la Biblia en la Edad Media. Esto es lo que, precisamente, yo había hecho con Aristóteles. Usted entenderá lo que suponía para mí estar cerca de un hombre así. Simplemente pensé: “con él puedo aprender algo”. Fue entonces cuando me dijo: “tómese unas vacaciones de Aristóteles y, si quiere doctorarse, hágalo sobre Llull”.
Investigaciones
-¿Cuál fue su primer trabajo?
- La influencia de la lógica árabe, la lógica del gran teólogo musulmán Algazel, en la obra de Llull.
-Volvamos sobre la edición de las obras. El trabajo del instituto se centra en la producción latina...
-Llull escribió en latín, catalán y árabe. La edición de los escritos en catalán se reanudará muy pronto, a cargo del Patronal Ramón Llull, en coordinación con el Instituí d’Estudis Baléárics. En el año 1906 fue iniciada en Palma de Mallorca por Obrador y Bennasar y, hasta 1950, aparecieron 21 volúmenes. Los escritos latinos son editados aquí e impresos en la editorial Brepols, de Bélgica, en la colección del Corpus Christianorum. Esperamos trabajar paralelamente con la edición de las obras en catalán. Para ello, aprovechando la celebración del treinta aniversario del instituto, llegan especialistas de diferentes países, así como también de Cataluña, Mallorca y Valencia. Querría destacar las estrechas relaciones que unen a los gobiernos de Cataluña y de Badén-Württenberg, que ahora se verán reforzadas. Por lo que hace a las obras escritas en lengua árabe, desgraciadamente, están todas perdidas. Hemos buscado en Túnez, en Argelia -en donde Llull desarrolló diversas misiones-, y yo, personalmente, busqué manuscritos en Marraquesh. Es interesante destacar que, aproximadamente treinta años después de la muerte de Llull, en 1350, el sultán de Fez, digamos un antepasado de Hassan II, quedó fuertemente impresionado por la calidad caligráfica de un manuscrito árabe de Llull. Ciertas fuentes atestiguan que el sultán dijo: “debía estar escrito por manos de ángeles”.
-¿Qué otros trabajos, aparte de la edición de la producción latina, desarrolla este centro bajo su dirección?
-En sus orígenes fue fundado exclusivamente para este proyecto editorial, pero al tener una fuerte relación con la filosofía, la teología y las ciencias naturales de la Edad Media y el Renacimiento, en 1964, los objetivos fueron ampliados y en la actualidad se denomina Raimundus Lulius Institut, para la investigación de las fuentes filosóficas y teológicas del Medioevo y el Renacimiento.
-¿Qué papel desempeña este instituto en el contexto de la Universidad de Friburgo?
-Esta Universidad tiene una larga tradición en los estudios de historia de la Corona de Aragón. El profesor Heinrich Finke editó, en el año 1908, la “Acta Aragonensia" y, en su larga labor docente, dirigió más de cuarenta tesis sobre temas relacionados con Cataluña. También habría que resaltar la profunda huella que dejó la amistad personal entre el profesor Stegmüller y el doctor Vives de Barcelona.
Interés
-¿Por qué se halla este instituto en la República Federal de Alemania y no en Palma de Mallorca o en Barcelona?
- La tradición de esta Universidad en los estudios de historia medieval mediterránea y de hispanística en general, es una razón. Además, son muchos los turistas alemanes que en verano escogen Cataluña o Palma de Mallorca. Sin embargo, su contacto con la cultura catalana es ínfimo. Creo que hay una gran necesidad entre los alemanes de aprender algo de dicha cultura, y no simplemente tenderse en la playa a tomar el sol. La última semana, por ejemplo, estuve en una conferencia sobre Palma de Mallorca, aquí en la Universidad. Nunca he visto tanta gente reunida en una sala de conferencias. Más de 500 asistentes no pudieron entrar. Esto significa que los alemanes no tienen un interés limitado a las discotecas o la playa. También la cultura de los lugares que visitan podría formar parte de sus proyectos.
-¿Qué otros investigadores o instituciones colaboran en las tarcas del instituto fuera de Friburgo?
-Mantenemos un estrecho contacto con el Warburg Institute de la Universidad de Londres, en donde Francés Yates, la gran historiadora de la cultura del Renacimiento, estuvo ocupada en investigaciones lulianas; Jocelyn Hillgarth del Instituto Pontificio para estudios medievales en Toronto; en Francia, donde Llull dejó algunos discípulos, Marie-Thérése d’Alvemy, de la Biblioteca Nacional, investiga las fuentes árabes medievales. A causa de la gran repercusión de los escritos lulianos en la alquimia, la astrología, etcétera, del Renacimiento italiano, trabajamos conjuntamente con Claudio Leonaidi de la Universidad de Florencia y Eugenio Garin del Instituto Nacional del Renacimiento de esta misma ciudad. El profesor Ruedi Imbach ha desarrollado la historia del lulismo en Alemania, desde la Universidad de Fribourg de Suiza.
-¿Qué escribió Llull para ocupar un lugar tan relevante y al mismo tiempo controvertido?
- La obra de Ramón Llull es inmensa: escribió sobre filosofía, teología, pedagogía, mística, astrología...
-¿Cuántas obras?
-Alrededor de 250. Me gustaría decir que Llull es conocido en Cataluña como fundador de la lengua literaria nacional, pero no es conocido como científico y ésta es la gran aportación de Francés Yates. El siglo XIV es considerado como la decadencia de la filosofía medieval, pero desde que editamos la obra de Llull hemos observado interesantes relaciones entre la filosofía luliana y el pensamiento del siglo XIV en París, especialmente Duns Scoto y la tradición franciscana. Nicolás de Cusa, gran pensador alemán, leyó a Llull en París, pero ya lo había descubierto, realmente, siendo estudiante en Padua y Venecia. Es interesante ver cómo en el comienzo del Renacimiento, en el tiempo de Petrarca, algunas obras de Llull son traducidas al italiano y, al mismo tiempo. Brunetto Latini, Dante y otros autores, importantes autores, son traducidos al catalán.
Influencias
-¿Qué hay de las influencias lulianas en España?
-A fines del siglo XV es fundada en Barcelona una escuela lulista. Conforme al testamento de Llull, los manuscritos de sus obras fueron depositados en París, Génova y Palma de Mallorca, con la intención de que su obra fuera difundida y no corriera el riesgo de desaparecer de una sola vez. Los manuscritos de París fueron investigados, en su día, por Hillgarth y los de Italia por el padre Miquel Batllori. Pero la importancia científica de Llull en España no ha sido, en mi opinión, suficientemente estudiada.
-Sin embargo, recién llegado al instituto, el primer libro que usted me aconsejó fue el escrito por los hermanos Carreras i Artau...
-El libro de Carreras i Artau no es sólo la mejor historia del lulismo, sino también una referencia imprescindible en la historia de la filosofía española de los siglos XII y XIV.
-¿En qué se ocupa usted actualmente?
-Aparte de Llull, siempre he trabajado en la tradición aristotélica medieval. Entre los siglos XIII-XIV Aristóteles fue muy importante. Pero se dice que en el Renacimiento ya no se interesaron más por él, que el siglo XVI fue una liberación con respecto a Aristóteles. Para mí esto no es cierto. Yo he demostrado, estadísticamente, que se escribieron en latín más comentarios en el siglo XVI sobre Aristóteles que en lodos los siglos anteriores.
-¿Qué lugar ocupa Santo Tomás de Aquino en esa tradición?
-Naturalmente, Santo Tomás es importante, pero los historiadores que se han ocupado de él no han visto que la historia de la filosofía después del siglo XIV no es la de una decadencia, sino el inicio de una nueva época.
-¿Qué opina sobre el llamado escolasticismo popular de Llull?
-No estoy de acuerdo. Llull no fue escolástico. Teología o filosofía escolástica tienen un específico significado para mí. La filosofía y la teología escolásticas fueron concebidas como ciencias clericales que tomaban los artículos de la fe como principios básicos. Las relaciones entre fe y ciencia fueron concebidas por Llull desde una perspectiva más moderna.
- ¿Cuál es su personal aportación al lulismo?
- La edición del volumen XI de la producción latina, es decir, los libros que Llull escribió en Montpellier antes del penúltimo viaje a París. Se había preparado para disputar con los escolásticos, pero se encontró, además, con los averroístas, quienes pensaban que la verdad teológica y la filosófica pueden estar en oposición. Llull estuvo en medio de esta disputa. Por otro lado, me he interesado en las fuentes islámicas del pensamiento luliano y en esta línea descubrí una posible referencia; la lógica del sufí murciano Ibn Sabin, el cual sostuvo correspondencia con Federico II de Sicilia. Llull fue un autodidacta y esto tiene muchos inconvenientes, pero también muchas ventajas. Fue muy original, increíblemente original. Al mismo tiempo hay que tener en cuenta que fue el único que, entre los autores de los siglos XIII-XIV, pudo leer a Avicena, Averroes, Algazel directamente, mientras que los escolásticos sólo conocían traducciones latinas. Por esta razón, entre otras, la investigación de las fuentes lulianas se hace tan compleja.
-¿Dónde hay que buscar el contexto histórico de Ramón Llull?
-La historia de la filosofía y teología medieval ha sido escrita hasta hoy por teólogos católicos y sacerdotes, que centraron su atención en París y Oxford. Pero si tenemos presente las ciencias naturales y la medicina de la Edad Media, podemos decir que no sólo aquellas universidades, sino también en Cataluña, Montpellier, por ejemplo; hubo centros importantes en la evolución intelectual de Occidente. A raíz de los contactos, en esta zona, entre judíos, árabes y cristianos catalanes, se establecieron misiones en Bugía y Túnez. En Cataluña convivieron las tres grandes religiones, y la obra de Llull es un claro testimonio de ello. Es desde esta perspectiva, en mi opinión, que deben ser entendidas la filosofía y la ciencia en la Edad Media.
-Finalmente, ¿qué obra de Llull le gusta más?
-Oh, es muy difícil. No sé, quizás el “Libre d’amic e amat". Sí. Es muy bonito. Llull no fue solamente místico, sino también poeta.
AMADOR VEGA I ESQUERRA
La Vanguardia, Cultura, 24 de febrero de 1987, p. 39

domingo, 2 de abril de 2017

"El claustro de Sant Cugat" de Maria Lluïsa Borrás (y una nota sobre Marius Schneider)


El claustro de Sant Cugat
PROMETIAMOS en un artículo anterior dedicado al monasterio de San Cugat ocuparnos más detenidamente de su claustro, que fue declarado monumento nacional el 26 de marzo de 1925, y más concretamente de los capiteles esculpidos que sostienen las dobles arcadas, porque los consideramos documento de suma importancia para el arte catalán de los siglos XII y XIII.
Las iglesias de la alta Edad Media, es decir la expresión del arte románico del siglo XI, no poseen apenas adorno escultórico, sino que su ornato consistía en pinturas o mosaicos, y en los objetos que atesoraban en su interior: imágenes, revestimientos de altar, objetos litúrgicos. Al parecer la escultura como parte integrante de la arquitectura era desconocida en el oscuro lapso de tiempo transcurrido entre el reinado del opulento Justiniano y la querella de las investiduras. Se fija en el año 1060 la fecha en que empieza a surgir, simultáneamente en diversas regiones y sin explicación suficiente, un atisbo de escultura. Los capiteles acusan en un principio formas abstractas y de tosco relieve, luego, paulatinamente, ostentan una decoración rica, de motives antropomórficos. La ruta de Santiago, desde Moissac, Toulouse, Conques hasta Santiago de Compostela, resume un auténtico renacimiento de la escultura. Está escultura monumental de magníficos portales que admiran a cuantos pasan por delante de la iglesia, tiene en Cataluña y Rosellón una versión algo diferente. No es el reclamo estrepitoso de una fachada sino una recóndita expresión, recatada al interior de los claustros, reducida al pequeño espacio de un capitel; una escultura pequeña y forzada pero de un vigor y una expresividad geniales. Uno de los más preclaros ejemplos es el claustro de Sant Cugat del Vallés.
En 1013 el conde de Barcelona, Raimond Borrell, suministró al entonces abad de Sant Cugat, Guitart, la suma necesaria para comenzar las obras del claustro. Según cuenta Santiago Alcolea en su "Le monastére de Sant Cugat" (París, 1959), existen documentos que parecen acreditar a un cierto Fedancius, escultor y arquitecto, como director de las obras del claustro; no se trataba del claustro actual, sino de un primero, más sencillo, de arcadas simples. También este autor cita la dádiva de Saurina de Claramunt, “para que una lámpara iluminara de noche el claustro”, como prueba de que en 1217, fecha de la dádiva, el actual claustro de Sant Cugat debía estar concluido. Ello parece confirmado por la inscripción —extraña muestra de personalismo en la época del anonimato artístico— que figura en el ángulo noroeste del claustro: HEC EST ARNALLI SCULPTORIS FORMA CATELLI QUI CLAUSTRUM TALE CONSTRVXIT PERPETUALE. Este nombre de Arnau Cadell —que también ha sido interpretado como Gatell— consta además en los archivos del monasterio. La inscripción grabada en la piedra se halla debajo de un capitel corintio que describe, precisamente, un escultor que esculpe un capitel, mientras le contempla un monje. Al parecer fue ese Cadell quien, a mediados del siglo XII, comenzó, además, el claustro de Sant Pere de Galligans, el vecino de la catedral de Gerona —lo que si es cierto, es que los tres claustros revelan indiscutibles afinidades— y a su labor infatigable se ha atribuido también los portales de Santa María de Besalú y de la catedral de Manresa.
En opinión de Puig y Cadafalch, abonada por la de Gudiol, el claustro de Sant Cugat debió de construirse, sin grandes interrupciones, a finales del siglo XII, y posiblemente fue el legado de mil escudos de Guillem de Claramunt, el que dio impulso a las obras en 1190: legado destinado a las obras del claustro y también a los gastos que pudiera ocasionar el transporte de su cadáver, a lomos de una mula, hasta el monasterio, donde habla de hallar eterno descanso

El estilo de los capiteles del claustro de Sant Cugat, revelan ya un arte elaborado, en vías de decadencia. Junyent les clasifica en cuatro series: corintios, ornamentales, figurativos e historiados. Una división más científica pero menos imaginativa que la de Peray, quien en 1908 les dividía en: ornamentales derivados de la forma corintia romana, bíblicos, referentes a la orden o al monasterio, que tratan de la industria, y aquellos que tratan de la agricultura. Naturalmente, los que despiertan un más fácil interés son los figurativos y los historiados que se inspiran, como era tradición en la época, en las miniaturas que ilustraban los códices que guardaban celosos todos los monasterios.
La primera galería del claustro que se construyó fue la que se halla al fondo, según se accede, orientada al este, y que tiene la inscripción del escultor Cadell de que hablábamos. De entre todos los capiteles, cautivan la vista inmediatamente uno central que describe una divertida escena de músicos y bailarinas y otros tres dedicados a episodios de la vida de Jesús: el lavatorio, la natividad en tres episodios (Anunciación, Jesús en el pesebre entre el asno y el buey, Adoración de los magos) y la presentación de Jesús en el templo en que la Virgen sostiene el Niño sobre el altar mientras José ofrece cuatro palomos en los pliegues de su manto.
A continuación se levantó la galería norte, opuesta al lado de la iglesia, en la que destacan dos capiteles, que describen la vida monástica: uno con el abad seguido de siete monjes —con los capuchones puestos o colgando de modo que dejan ver la tonsura— que se aproximan a la iglesia: otro representa un monje en pie que se dirige a otros dos, sentados, que le escuchan meditabundos.
La galería oeste, primera que se halla al entrar, ofrece una pintoresca versión de la parábola del pobre Lázaro; primero lamido por los perros cuando mendiga a la puerta del rico Epulón; luego la muerte de éste, llorado por su mujer y gozosamente recibido por el diablo, y, por fin, el pobre Lázaro glorificado es transportado por los ángeles al cielo. Otro de los capiteles describe otra parábola: la del buen pastor.
La galería sur, contigua a la iglesia, fue la última y la escultura de sus capiteles acusa una mayor libertad estilística y una más divertida tendencia a lo anecdótico. La historia de Adán y Eva, por ejemplo, culmina en una vulgar escena casera en la que Eva hila su huso mientras Adán recoge leña. La de Noé y su arca flotando sobre las olas, la de Abraham. Se reproducen en otros capiteles la degollación de los Inocentes, la huida a Egipto, la multiplicación de los panes, la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, y otro aún culmina con la gloriosa resurrección.
Marius Schneider
Pero, además de estos capiteles, en que la anécdota divierte por motivos quizás extraartisticos, hay muchos otros. Son en total ciento cuarenta y' cuatro, y en su mayoría pueden catalogarse de ornamentales, con motivos florales y animalísticos. Animales domésticos, animales salvajes, animales fantásticos, animales de la mitología oriental. Precisamente fue esta representación animal la que inspiró al erudito alemán Marius Schneider la comparación o paralelo con las interpretaciones musicales de Oriente, que dan a cada animal un valor de notación musical. Especialmente en la India, donde, siempre según Schneider, existen textos del siglo XIV que así lo prueban. No supone, claro está, que estos textos posteriores a la construcción del claustro de Sant Cugat influyeran en los ritmos de distribución de los distintos animales en determinados capiteles, sino que afirma la existencia de tradición común, sigilosa y perfectamente secreta, que dictaba imperiosa la temática animalística medieval de la que nuestros claustro —con sus águilas, bueyes, centauros, animales fabulosos, gallos, leones, ovejas, pájaro canoro y pavo real— no pudo evadirse. La teoría es sugestiva y absolutamente demencial. Abona en su cordura el hecho de que el erudito alemán publicara sobre este tema un voluminoso estudio de cuatrocientas setenta y dos páginas y que el volumen en cuestión viera luz gracias a nuestro Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
Para Schneider el arte de lo sonidos es el más puro y excelso, el primero que rigió los destinos del hombre en las civilizaciones pretotémicas, cuando hombre y animal anudaron mediante grito y rugido, un indisoluble lazo. Respecto al claustro de Sant Cugat, el erudito alemán demuestra que los capiteles no fueron esculpidos al azar, sino que la distribución de animales obedeció ciegamente a una secreta ley de ritmos y equivalencias que tiene su clave en una notación musical. Descubierta ésta por Schneider, nos sorprende y nos asombra que lo que proclaman a todos los vientos los capiteles de Sant Cugat es ni más ni menos que una melodía.
Tras complicadísimos cálculos y estudios de equivalencias, llega Schneider a la conclusión de que los capiteles del claustro entonan un himno. Un rigoroso himno que todos nosotros, ignorantes, no habíamos sabido oír. Aquí lo transcribimos, directamente reproducido del fabuloso libro de Schneider, con el fin de divulgar esta —hoy por hoy— extraña teoría.


Destino. Año XXXII, No. 1661 (2 agosto 1969) pp. 36-37

jueves, 30 de marzo de 2017

"La mística femenina, una tradición olvidada" de Víctoria Cirlot


Hildegard de Bingen Protestificatio de Scivias, Fol. 1, Facsímil de Eibingen del códice de Ruperstberg.
(W: Wiesbaden, Hess. Landesbibliothek, Hs. i), segunda mitad del siglo XII.
Es un error pensar que las mujeres no han contribuido a la construcción de la cultura europea antes del feminismo, que no suele situarse antes del siglo XV, antes de Christine de Pizan y su Ciudad de las damas (1405). Sin conciencia de marginación social, sin oposición al pensamiento masculino, ya en el siglo XII y, en especial, en el siglo XIII, algunas mujeres ofrecieron un testimonio que constituye toda una postura ante la vida, un modo de sentimiento y pensamiento, que alcanza aún nuestro mundo de principios del siglo XXI, y que es, sin embargo, una tradición olvidada. Pienso en las mujeres místicas que, en contra de los prejuicios que prevalecen aún hoy sobre la idea de la mística como una evasión de la realidad, fueron ejemplo vivo de una radical penetración en lo real. Hace pocos días pude oír al profesor Shizuteru Ueda, filósofo japonés de la llamada Escuela de Kioto, practicante y estudioso del zen, hablar de la mística europea como un pensamiento contracultural, tremendamente devastador de los sistemas impuestos. Pensaba el profesor Ueda en el maestro Eckhart, a quien ha dedicado numerosos trabajos y comparado con el zen. La potencia del pensamiento del maestro Eckhart ha resultado indeleble con el paso de los siglos y sólo encuentra ecos anticipados justamente en las voces de las mujeres que lo precedieron: Margarita Porete, Angela de Foligno, Matilde de Magdeburgo, las místicas de la nada y del descenso. No es posible, creo, hablar de la construcción de la cultura europea y olvidar a las místicas. Su importancia radica tanto en la forma que emplearon para decir lo que quisieron decir, como en lo que dijeron. Tanto en la forma como en el contenido se observa un vuelco en el posicionamiento ante la escritura que la convirtió en escritura de la vida, abriendo una brecha que es una vía de la realización espiritual. Me referiré a tres elementos que argumentan el papel de la mística femenina en la fundación de la cultura europea injustamente silenciada: en primer lugar, al valor de la experiencia; en segundo lugar, al empleo de la lengua materna; en tercer lugar, a la nada y al descenso como la nueva orientación en el camino de unión.
1
Ego vidi et audivi: con extraordinaria fuerza suena la primera persona que afirma haber visto y oído. La obra profética de Hildegard von Bingen (1098-1179) sale de haber visto y de haber oído:
Y he aquí que, a los cuarenta y tres años de mi vida en esta tierra, mientras contemplaba, el alma trémula y de temor embargada, una visión celestial, vi un gran esplendor del que surgió una voz venida del cielo diciéndome:... (Scivias, Protestifcatio)
Comencemos por la primera persona. Ciertamente Hildegard von Bingen no es la única en el siglo XII en utilizarla. Si desde san Agustín hasta la época feudal es profundamente rara, en cambio, a principios del nuevo siglo se detecta una oleada en la que se manifiesta un cierto modo de subjetividad: aparecen las autobiografías como la de Guibert de Nogent o Pedro Abelardo, aparecen las canciones de amor de los trovadores del sur de Francia. El roman courtois se interesa más por el individuo que por la colectividad. ¿Cuál es la realidad de esas primeras personas? Se ha insistido en su carácter retórico y hueco. Pero es innegable que manifiesta algo y que su uso hay que contextualizarlo en el género en el que aparece. Cuando Hildegard von Bingen afirma en primera persona haber visto y oído no podemos confundirla con los juegos formales de los trovadores, porque si en ellos se valora su capacidad lingüística, en ella sólo se valora la verdad del testimonio de su experiencia. ¿Y cómo es eso? La valoración de la experiencia, la experiencia que exige a un sujeto que experimente, es algo nuevo en la cultura europea. El principio de la valoración de la experiencia se puede situar en los sermones que comentaron el Cantar de los Cantares (1135-1151) de Bernardo de Clairvaux:
Se trata de un cantar que sólo puede enseñarlo la unción y sólo puede aprenderlo la experiencia (experientia). El que goce de esta experiencia, lo identificará en seguida. El que no la tenga, que arda en deseos de poseerla, y no tanto para conocerla como para experimentarla (experiendi) (Sermones sobre el Cantar de los Cantares, 1, vi, 11).
Como se ha dicho, los comentarios de Bernardo implican una nueva recepción del Cantar, muy comentado desde Orígenes pero sin impacto justamente por haber sido tratados sólo textualmente y no como una vivencia a experimentar. Bernardo invita a su auditorio a entrar en la alcoba. Él mismo afirma conocerla a través de su experiencia:
Entremos ya en la alcoba. ¿Cuál es?... (Sermones, 23, iv, 9). Desde mi experiencia —porque desconozco la de otros—, es la alcoba en la que alguna vez me han introducido. Pero, ¡ay dolor! Raras veces y por poco tiempo (Sermones, 23, vi, 15).
Con el comentario de san Bernardo, el lenguaje del Cantar pasó a ser el modelo para expresar la aventura del alma. El efecto fue inmediato y, en especial, en los ambientes femeninos, en los monasterios de mujeres, según muestran obras como el Sankt Trudpertslied de mediados del siglo XII en que ya se ha aplicado el lenguaje del Cantar para hablar de la relación con Dios. La consideración de la experiencia como forma de conocimiento constituye algo realmente moderno en la cultura medieval habituada a conceder mayor autoridad al libro que al sujeto. Y antes que el mundo, su geografía o naturaleza, fue Dios el objeto de la experiencia y fueron sobre todo las mujeres los sujetos de dicha experiencia.
El interés que suscita una figura como Hildegard von Bingen no se debe sólo a su impresionante facultad visionaria o capacidad creadora, sino a la fundamentación de su existencia en su propio sujeto y a la búsqueda de la verdad en su experiencia. En la biografía que escribió Teoderich von Echternach poco después de su muerte se recogieron fragmentos autobiográficos en los que ella expone «lo que le sucedió». La Vida de Hildegard sirvió de ejemplo para los relatos hagiográficos posteriores en los que los confesores se alejaron de los moldes establecidos y de los tópicos literarios para obtener justamente un relato vivo y veraz. Como apuntó agudamente Giovanni Pozzi si tuvieron lugar los testimonios femeninos fue porque la cultura masculina se interesó por ellos en medio de una grave crisis de creencias. Pero aunque fueran los hombres quienes preguntaron, lo cierto es que fueron las mujeres quienes respondieron. Y en sus respuestas se perfiló un nuevo diseño en el que predominaba el color del sentimiento.
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El relato autobiográfico basado en la experiencia necesitaba de una lengua nueva que, a diferencia del latín, no estuviera saturada de tradición ni fosilizada por la repetición. Si Hildegard von Bingen escribió en latín, en el siglo XIII Hadewijch de Amberes (c. 1235-1244) y Beatriz de Nazaret (c. 1200-1268) lo hicieron en neerlandés, Matilde de Magdeburgo (1207-1282) en alemán y Margarita Porete (1250/60- 1310) en francés. Desde principios del siglo XII comenzaron a imponerse las lenguas vulgares, pero sólo en las literaturas laicas, esto es, en los cantares de gesta, en la poesía lírica, en los romans. El latín continuaba siendo la lengua de la Iglesia, reservada para el discurso teológico, para el saber escolástico. El uso de la lengua vulgar para hablar de Dios resultó no sólo una novedad, sino en ocasiones un escándalo, como puede comprobarse por la rápida traducción al latín de algunas obras. Así se tradujeron al latín obras como La luz fluyente de la divinidad de Matilde de Magdeburgo y El espejo de las almas simples de Margarita Porete. Si el lenguaje erótico del Cantar podía aceptarse en latín, en cambio parecía inadmisible en lengua vulgar, como algo demasiado próximo, demasiado cercano al mundo de la vida y a la cotidianidad. Además, en la cultura medieval, profundamente ordenada y necesitada del orden, se habían establecido claras correspondencias entre lengua y géneros. Así por ejemplo, la lengua adecuada para la canción de amor era el provenzal y no sin esfuerzos pudo utilizarse el francés, el sículotoscano o el gallegoportugués, y mucho más tardó en ser posible una lírica castellana o catalana. Todavía Dante tuvo que reflexionar acerca de la adecuación entre lengua y contenidos, y de la oportunidad de emplear la lengua vulgar. En el caso de la mística se trató de la imposibilidad de escribir el libro de la vida en una lengua que no fuera la de la vida misma. Más allá de los géneros, pues en muchas ocasiones se trata de auténticos híbridos —mezcla de poesía y prosa, de revelación y profecía—, las lenguas vulgares ofrecieron la posibilidad de expresar un mundo de sentimientos en el que el cuerpo se encontraba absolutamente involucrado, inseparable de un pensamiento que constantemente se hacía carne. Las emociones abrieron un campo de conocimiento nuevo. Amor, dolor, insipidez dibujaron un recorrido de abismamiento hacia un fondo que por vez primera brotó en la conciencia de la cultura europea. Posiblemente nadie lo habría de expresar mejor que el maestro Eckhart, sobre todo en sus sermones en lengua alemana, pero muy cerca de él hay que situar a sus antecesoras y coetáneas. Y en concreto, la unión estrecha entre experiencia, autobiografía, sentimiento y lengua vulgar fue un fenómeno propio de la mística femenina. Si en la mística hebraica no hay expresión autobiográfica ni fundación en el sentimiento es, como recordó Gershom Scholem, porque no hay mujeres.
3
El cielo está arriba y la tierra, abajo. La superioridad del arriba sobre el abajo parece una verdad indiscutible para la vida del espíritu. El ascenso indica el movimiento necesario y el vuelo, el deseo irreprimible. En la mística de tradición platónica el alma asciende a Dios. Cierto hermetismo sostiene que lo que hay abajo es como lo que está arriba, aunque la cuestión consiste en saber exactamente qué se entiende por ese como, es decir, si es una relación de analogía que indica efectivamente semejanza, o, por el contrario, inversión. Pero la afirmación de que el descenso es superior a cualquier ascenso constituye un atentado contra el saber tradicional. Oigamos los versos de Matilde:
Ay, mi buen Señor, no me eleves tanto. Prefiero descender a la parte más baja y allí quiero quedarme gozosa para honrarte (La luz fluyente de la divinidad, IV, XII, 35-37).
Oh, Señor, en la profundidad de la pura humildad
No puedo escaparme de ti
Pero en el orgullo podría olvidarme de ti.
Cuanto más profundo me hundo (mere ie ichtieffer sinke),
Más dulcemente bebo.
(La luz fluyente de la divinidad, IV, XII, 105-107)

Por mucho que el cristianismo justifique el camino de descenso, como ahora veremos, su expresión —hablar de la dulzura infinita y del placer obtenido por ese descenso, como hizo Matilde de Magdeburgo— no deja de ser una tremenda provocación que no pretende serlo, sino sólo una comprobación que no puede entenderse más que dentro de un inmenso espacio de libertad. El lenguaje paradójico de la mística atraviesa deshaciéndolos todos los velos de las ilusiones para llegar hasta un núcleo, un corazón de verdad. La vía descendente, con su negación del ascenso, se sitúa en la paradoja y en ésta se reafirma para rechazar el terreno de lo conocido. Con todo, distintas realidades se suman para dotar de una fuerza inusitada al camino de descenso. En efecto, como ha reiterado el profesor Alois Maria Haas, característica del cristianismo es esta vía de descenso que encontramos en la mística femenina, pues en ella se da la exigencia de imitar el mismo camino de descenso de Dios en su encarnación. Si Dios descendió al hacerse hombre, y con ello se humilló, el alma humana debe realizar esa misma trayectoria, pues en la humillación puede semejarse a Dios. Cuanto más se humilla, más nada se hace, y cuanto más nada, cuanto más despojada esté de lo que ella es, mayor cabida puede dar a la alteridad que es Dios. Se dibuja así el paisaje del desierto como el paisaje del alma:

Debes amar la nada (niht),
Debes huir al yo (iht),
Debes estar solo
Y no acudir junto a nadie.
No debes ocuparte de mucho
Sino que debes liberarte de todas las cosas.
Debes soltar a los presos
Y vencer a los libres.
Debes deleitar a los enfermos
Y tú mismo no tener nada.
Debes beber el agua del dolor
Y encender las brasas del amor con la madera de las virtudes:
De este modo vivirás en el verdadero desierto.
(La luz fluyente de la divinidad, I, XXXV, 1-15)

El alma no puede ascender, sino sólo esperar en su templo vacío a que Dios descienda hasta ella. «A la espera de Dios», en expresión de Simone Weil, que negó la búsqueda como posibilidad de encuentro con Dios. En esta mística del descenso, el ser mujer también tiene su fundamento, pues la mujer, en su fragilidad, se asemeja a la humanidad de Cristo. A la arrogancia del discurso teológico impartido en las Universidades se opuso en el siglo XIII el testimonio femenino de amor y conocimiento de Dios. Por ello, entre otros muchos motivos, los místicos como Eckhart y Heinrich Seuse quisieron «hacerse mujeres», cada uno a su manera, lo que no significaba más que seguir un camino inverso, negativo, cuyo fin último es la nada. Jeffrey Hamburger ha mostrado las miniaturas en que Heinrich Seuse aparece ataviado de un modo claramente femenino. En su sermón sobre La virginidad del alma, el maestro Eckhart consideró la feminidad del alma como la posibilidad de ser fecunda y según su costumbre de un pensamiento «a la inversa», determinó la superioridad de ser mujer a la de ser virgen:
Si el hombre fuera siempre virgen, no daría ningún fruto. Para hacerse fecundo, es necesario que sea mujer. «Mujer» es la palabra más noble que puede atribuirse al alma y es mucho más noble que «virgen». Es bueno que el hombre conciba a Dios en sí mismo, y en esa concepción él es puro y sin mancha. Es mejor, sin embargo, que Dios fructifique en él, pues la fecundidad del don no es más que la gratitud del don, y así el espíritu se hace mujer en la gratitud que renace y en el cual el hombre engendra, de nuevo, a Jesús en el corazón paterno de Dios (36-45).
Si Matilde de Magdeburgo escribió en un alemán maravilloso y extraño a juicio de Heinrich von Nordlingen (1345), Angela de Foligno (c. 1248-1309) era analfabeta y su testimonio fue vertido al latín por su confesor. Sin embargo, a pesar de la traducción y de la sencillez de su lenguaje, su testimonio aún hoy resulta estremecedor por la autenticidad que de él emana. Su peregrinación por los diversos estados del alma realizó la fábula mística en la que el héroe, en lugar de salir vencedor, es vencido. Todo su ser se involucra en la experiencia de Dios: desde su cuerpo desnudo ante la cruz y su grito en la iglesia de Asís, hasta un estado de insipidez e indiferencia como resultado de la experimentación progresiva de los contrarios:
Y aunque tristeza y alegría provenientes de fuera puedan penetrarme un poco, hay en mi alma una cámara donde no entra ni alegría, ni tristeza, ni deleite, ni virtud, ni satisfacción por nada que tenga un nombre. Ahí está todo bien, de tal modo que no es otro bien, pues es de tal modo todo bien que no hay otro bien. Y en ese manifestarse de Dios (aunque diga blasfemia porque no lo puedo decir de otro modo), en ese manifestarse de Dios está toda la verdad, en ese manifestarse de Dios poseo toda la verdad: la que está en el cielo y en el inferno... (Memorial, IX, 398-406).
La experiencia de Dios como nada emerge de un modo fulgurante para situarla como directa antecedente del nihilismo eckhartiano:
[...] cuando se ve a Dios, no trae eso risa en la boca, ni devoción ni fervor ni amor ferviente, pues ni el cuerpo ni el alma se mueven tal como acostumbran moverse, pero no ve nada y lo ve todo, y el cuerpo duerme y la lengua está cortada (Memorial, IX, 51-54).
Insospechadamente estas mujeres de los siglos XII y XIII pudieron hablar y escribir más allá de la literatura. Su conocimiento, más que en un pensar, se fundó en un sentimiento en el que se asentó la certeza del yo. Sus propias vidas fueron el objeto de su escritura. La riqueza de su legado, en muchos aspectos presente en la cultura europea, todavía está por descubrir.


Textos citados
Angela de Foligno, Libro de la vida, edición de Teodoro H. Martín, Sígueme, Salamanca 1991.
Bernardo, san, Obras completas de, V. Sermones sobre el Cantar de los Cantares, edición de los monjes cistercienses, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1987.
Hildegarda de Bingen, Scivias: Conoce los caminos, traducción de Antonio Castro Zafra y Mónica Castro, Trotta, Madrid 1999.
Maestro Eckhart, El fruto de la nada, edición y traducción de Amador Vega Esquerra, Siruela, Madrid 1998.
Mechthild von Magdeburg, Das fliessende Licht der Gottheit, vols. I y II, edición de Hans Neumann, Artemis, Munich-Zurich 1990.
Weil, Simone, A la espera de Dios, Trotta, Madrid 1993.

Estudios
Cirlot, Victoria, y Garí, Blanca, La mirada interior. Escritoras místicas y visionarias en la Edad Media, Martínez Roca, Barcelona 1999.
Haas, Alois Maria, Visión en azul. Estudios de mística europea, Siruela, Madrid 1999.
Hamburger, Jeffrey K., Te Visual and the Visionary. Art and Female Spirituality in Late Medieval Germany, Zone Books, Nueva York 1998.
Pozzi, Giovanni (ed.), Angela da Foligno. El libro dell’esperienza, Adelphi, Milán 1992.
Scholem, Gershom, Grandes tendencias de la mística judía, Siruela, Madrid 1996. Ueda, Shizuteru, Zen y filosofía, Herder, Barcelona 2004.

Residencia de Investigadores CSIC-Generalitat de Catalunya, Barcelona, 2006, pp. 85-96.