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jueves, 9 de noviembre de 2017

Noticia de Simone Weil a su paso por la Guerra de España (El Diluvio, 12/08/1936)



Boletín de la Confederación Nacional del Trabajo y Federación Anarquista Ibérica
Documentación extraviada

La compañera Simone Weil, enviada especial del semanario “Le Libertaire”, ha extraviado la documentación extendida por aquel rotativo que la autorizaba para transitar por España en misión informativa.
Se ruega a quien haya encontrarlo dicha documentación la devuelva a la Casa de la C.N.T. - F.A.I. (Oficina de Información y Propaganda), Vía Layetana, 32 y 34, principal. ”

El Diluvio. Diario republicano
Barcelona, 12 de agosto de 1936. p. 4.


viernes, 26 de mayo de 2017

Entrevista de Daniel Capó Laisfeldt a José Jiménez Lozano (Nueva Revista, Mayo 2016)


El escritor José Jiménez Lozano, en la ermita de la Lugareja de Arévalo (Ávila)
J. Jiménez Lozano: “Nadie está obligado a sumarse a una crisis espiritual

por Daniel Capó Laisfeldt

Larga conversación con el premio Cervantes a raíz de la publicación de sus nuevos diarios, Impresiones provinciales (Confluencias).

José Jiménez Lozano (Langa, 1930) es uno de los escritores españoles más relevantes del último medio siglo. Distinguido con el Premio Cervantes en el año 2002, la obra de Jiménez Lozano toma cuerpo y anuncia su verdad precisamente en esa intersección en la que se concretan las pequeñas verdades de los anhelos, las miserias, los gozos y las alegrías del hombre. A raíz de la publicación de sus nuevos diarios, Impresiones provinciales (Confluencias), conversamos con José Jiménez Lozano sobre su obra y los grandes temas que alumbran su literatura.

-Su trayectoria como dietarista es larga, ya desde los lejanos Los Tres Cuadernos Rojos, un libro que resultó seminal para la dietarística española. ¿Qué le incitó entonces a llevar y publicar un diario y qué cree que aporta este género, en apariencia menor, a la literatura de un país?

No tengo ni idea de por qué se me ocurrió publicar lo que, en realidad no es un diario, ni un dietario, sino pequeños apuntes o notas sobre la naturaleza, algo que me cuentan o que leo o veo, pero no pensé nunca en aportar nada a la literatura. Por lo pronto, no sé si son literatura exactamente. Me es más que suficiente con que, a quien lea esas páginas, le interesen o le susciten una cavilación o una melancolía.

-En Los Tres cuadernos rojos aparecen muchos de los temas que conforman la particular mirada de José Jiménez Lozano. Una de estas ideas cruciales es el sentido casi artesanal del valor de la literatura. Usted ha afirmado que “el escritor es alguien que no tiene apenas nada propio, pues todo se le regala y se le da”. Y también que la misión del escritor consiste en entregar de nuevo aquello que ha recibido, de modo que formaría parte de una cadena.  Si le entiendo bien, usted se refiere al valor de una tradición que nos sustenta y de la cual nos alimentamos. ¿Hoy en día, en cambio, asistimos a un eclipse de la tradición y me atrevería a decir que también del sentido artesanal de la vida?

Efectivamente, he dicho que al escritor se le concede todo, porque no es de la nada de dónde saca sus historias o sus poemas, sino que, como decía Henry James, tiene el don “de imaginar lo desconocido por lo conocido, de averiguar la implicación de las cosas, de juzgar el todo por una parte, la cualidad de sentir la vida en general tan intensamente que va bien encaminado para conocer cualquier rincón especial de ella”. Así parece que funciona un escritor. Y también creo que de algún modo nuestra escritura es un eslabón de una gran cadena, desde hace unos cuatro mil años. 

Ciertamente ha habido una siembra de liquidación del pasado, de nuestros pensares y sentires, como si este pasado fuera el equivalente de los anuncios de un periódico de hace dos meses. De tal manera que lo que usted llama el “sentido artesanal de la vida” suena al estilo normal del vivir, heredado de siglos y no diseñado por ideólogos sociales. Y esto, a comenzar por la utilización de la neolengua, y cualquier otro ataque a esos seis pies de territorio o de yo de cada quien y cada cual sobre el que no debe mandar “ni canciller ni nadie”, como decía Monsieur l´abbé de Saint-Cyran. Y hasta los señores de la Revolución Francesa advirtieron muy convenientemente contra la intromisión de la política en la vida diaria, porque fue entonces cuando se comenzó a hablar de política y a polemizar sobre ella, en el comedor. 

Por lo demás, un eclipse, una crisis histórica si es que estamos en una de tantas crisis a las que hemos estado convocados en los últimos cincuenta años- podrá estar ahí, pero nadie está obligado a sumarse a una crisis espiritual, sino que, como decía Eric Voegelin, en aquel su libro sobre El asesinato de Dios y otros escritos políticos, por el contrario, cada uno está obligado a abandonar estas perturbaciones, y por lo tanto no es obligatorio el adamismo actual.

El mundo siempre ha estado dando diez mil vueltas y dará otras diez mil, y muchas más, lleno como está de demasiados filósofos demiurgos como ahora, con miles de ideas adámicas a estrenar. Pero también estamos en este mundo quienes nos encontramos bien viviendo nuestra pequeña vida y no en un mundo diseñado y rediseñado desde años, o en “la Casa del señor Hegel” que decía Martin Buber, pero yo no querría mezclar al señor Hegel en este asunto.

-La otra idea clave que recorre su obra es la mirada que se dirige hacia la desgracia como fuente de sentido. Usted ha escrito, por ejemplo, que “la verdad sólo ha hecho su aparición como desgracia e irrisión”. En sus Confesiones, la escritora rusa Marina Tsvietaiéva anota algo muy parecido: “el don” escribe “de reconocer el sufrimiento de las cosas”. Quizás exista una tradición de la piedad en la escritura que actúa como una memoria del bien. Del bien, diríamos, que subsiste a pesar de todas las evidencias del mal en la Historia.

Ciertamente, como decía Simone Weil, los seres de desgracia están más cerca de Platón de lo que jamás pudo estarlo Aristóteles, y la medida de grandeza literaria era, para ella, las muy contadas obras literarias capaces de demostrar la desgracia humana. Y, por lo demás, es una evidencia que la verdad aparece en el mundo como una realidad de debilidad y desgracia, y en cualquier confrontación lleva las de perder, aunque ahora “una vez más el mundo al revés” se comienza por negar que exista la verdad, y si alguien enuncia una mera y humilde constatación de lo que de este modo estaría probado como verdad, resulta que ello es una intolerable autoridad. Todo recuerda un poco aquellas predicaciones del barroco que advertían que el hombre era menos que nada, porque, si fuera nada, sería algo.

Y, en cuanto a la piedad con la desgracia humana, puede recordarse que ya dijo Bajtin a sus jueces que él tenía que reprochar su régimen político sobre todo un hecho: que no tenía sentido de la desgracia ni de la piedad, que en último término cuenta como una categoría del mero conocer la realidad. Y, en este sentido de la desgracia y de la piedad se incluye también la presencia de la alegría y la ironía “a pesar de las evidencias del mal en la Historia”, como usted dice. Para destruir a éste, en lo posible. Y, desde luego, en homenaje de las víctimas. Una ironía puede devolverlas el honor, y hasta presentizarlas, como cuando se decía que en los dominios de España no se ponía el sol, y se añadía, tras un silencio como oracional: “Ni el hambre”.

-En sus memorias, John Lukacs nos habla de la mirada burguesa que, en cierto modo fue la mirada del cristianismo entendida como una mirada sujeta a la luz de la intimidad. Esa doble idea apunta en la dirección de la importancia de la mirada velada y frágil para entender la sustancia de lo humano y que se enfrenta a la mirada “sin lágrimas”, que diría Chalier. ¿Cabe imaginar un mundo sin esa luz de la intimidad? ¿Un mundo sólo alumbrado por los focos de neón?

No, no es fácil imaginar un mundo sin intimidad y sin conversación y, aunque los grandes totalitarismos dieron grandes pasos enormes en la liquidación de esa intimidad o recogimiento en ?la sustancia de lo que es humano?, no pudieron abolirlo, precisamente por esto: los momentos de revivencias, sueños y pesares o esperanzas, la conversación, la confidencia y el momento de “in angulo cum libro” o el rinconcillo de leer y restañarse de los esquinazos del vivir, son la sustancia misma del vivir.

Esto era lo que se trataba con la supresión de los cafés en Viena o Praga, donde eran media vida social, exactamente como con las censuras de ciertos libros y la politización de la escritura. Y, por ejemplo, cuando alguien quiso interceder por Romano Guardini para que no se le quitara la cátedra, argumentando que no hablaba nunca de política, la autoridad competente contestó: “Precisamente por eso

Esa autoridad, del régimen nazi en este caso, sabía muy bien que la cultura de un pueblo debía confundirse con la del Estado y toda la existencia humana debía ser regida o interpretada por la política, fuera de ésta sólo la nada.

-En su último diario, Impresiones provinciales, usted escribe “La gente de mi edad ha asistido como en primera fila a toda este deflecamiento o reniego cultural de Europa, y a la politización de la burbuja posmoderna, y a todas sus prohibiciones culturales y existenciales y hasta de lenguaje dentro de ella. Y a las liquidaciones de los herejes sambenitados de distintas maneras”. Me gustaría preguntarle por este reniego cultural. ¿Qué le ha sucedido a Europa para caer en este proceso de auto-odio? ¿Se trata de una consecuencia del triunfo de las filosofías de la sospecha y de la corrección política o hay algo más?

Seguramente de trata en gran el triunfo de esas filosofías en las clases dirigentes europeas que luego se ha extendido y democratizado como la última conquista de la recién descubierta verdad de la que a la vez se dice que no existe. Y esta verdad-no verdad destruye toda la herencia intelectual, estética y moral europea, que comienza a renegarse y a odiarse. Y un reniego y odio y autodesprecio tales de la vieja Europa se han convertido hasta en cédula acreditativa de pertenecer a la “intelligentsia”, y desde luego de ser modernos, y esto es todo un halago para muchos.

Y luego también está ahí esa especie de cansancio del vivir que se da en sociedades con experiencia del vivir fácil, desahogado y tedioso que busca aventura, como lo dicen  las palabras de aquel pequeño rey godo, Teodorico, refiriéndose a los romanos  decadentes: “Los romanos idiotas quieren ser bárbaros, pero los barbaros inteligentes quieren ser romanos”. Dulces suicidios, doradas eutanasias, eróticos delirios de un banquete de Trimalción, o de cualquier otro poderoso, al final de los cuales se sacaba un esqueletito humano para poner una cierta pimienta en el aburrimiento digestivo.

-El eclipse de Europa va de la mano de la crisis del cristianismo como elemento vertebrador de la cultura y de la sociedad. Usted vivió en primera persona y con cierto optimismo el aggiornamento del Vaticano II. ¿Qué lectura hace de la evolución del catolicismo en este último medio siglo y su obsesión, a favor o en contra, con el zeitgeist de la época?

El cristianismo, aparte de una fe, es un cultura que hizo Europa: el mundo de los evangelios, más los judíos, más los griegos, más los romanos, más todo lo que ha producido este “totum” y su devenir. Sólo hace falta recordar el modo de ser protestante o papista. Vidas y expresiones artísticas y hasta de cocina tan distintas. Y el hombre racionalista, cristiano o no, pero igualmente europeo. No se puede arrojar todo esto por la ventana sin que se cometa una necedad o una locura, y sin terribles consecuencias de todo tipo.

Es en el siglo XVIII cuando las minorías sociales rectoras se desprenden con alegría del cristianismo, porque han pensado que el cristianismo, y todas las religiones, son unos fantasmas culpables de toda violencia e irracionalidad. Ellos encendieron una palmatoria, como dice Jacques Lacan, y los fantasmas se disiparon, y así este racionalismo, iluminista pero no cognitivo, acabó por triunfar ampliamente.

Más adelante, vino la cuestión de la ciencia y de la historia como catapultas contra el cristianismo, o la exégesis bíblica Y, como dice el profesor Pierre Chaunu, hasta la Biblia ha quedado muda, y puede hablarse de que de la inerrancia bíblica se ha pasado a una inerrancia de la Ciencia, que es “una inerrancia de geometría variable de verdades sucesivas”. Y el caso es que los señores cristianos parece que han quedado muy satisfechos y contentos.

Pongamos luego, como alegórico el recuerdo del Viernes Santo de 1913, en que un tío abuelo por cierto de Jean Paul Sartre, abandonó Europa para irse a África. Se llamaba Albert Schweitzer y era médico, teólogo, pastor y gran intérprete de Bach, que dijo de sí mismo que “familiarizado con el miedo, el odio y la falta de fe disfrazada de religiosidad que impregnan el continente” europeo, decidía irse a vivir en África “un cristianismo sin palabras”.

Luego todo transcurrió, en la relación entre Iglesia y mundo, en mejor o peor vecindad, o un dejar de lado las cosas, durante bastante tiempo; incluso si, desde luego, estuvo ahí el problema del modernismo cerrado en falso, y por fin llegaron, con el Vaticano II, los aires de un gran optimismo. Pero entonces comenzó una especie de apresurado “ralliement” o aproximación al espíritu de los tiempos, y toda una serie de interminables repliegues: “como un ejército en retirada”, según me dijo varias veces en los años ochenta un prelado español muy amigo, hoy ya difunto.

Durante el Concilio mismo, recuerdo las ironías de una  escritora italiana, que aseguraba que no veía la razón de las Curias de Juan XXIII y Pablo VI en buscar algún tipo de entendimiento con una modernidad ya herida de muerte y con un marxismo real al que le quedaban poco más de veinte años. Y ahora podemos comprobar la exactitud de aquel diagnóstico, y entender los sarcasmos de otro escritor, Evelyn Waugh, en su guerra en defensa del esplendor y la belleza de la antigua liturgia, frente al arzobispo de Westminster, el cardenal Heenan, y frente a Roma. Aunque pronto comprobó que había perdido: “El Concilio Vaticano ha podido conmigo. Todavía no me he rociado de gasolina y no me he prendido fuego, pero tengo que aferrarme tenazmente a la fe sin ninguna alegría”, dijo. Aunque, ciertamente, ya no vivió mucho más para ver otras tristezas, como el también eximio escritor Julien Green nos confesó.
-Ernst Jünger, al final de su vida, escribió un libro titulado La Tijera, donde reflexiona sobre los efectos empobrecedores de la poda sobre el lenguaje y la cultura. En una de las notas de su diario que se encuentran al principio de Impresiones provinciales podemos leer un párrafo que va en línea con el ensayo de Jünger. Así, usted señala que “la persona humana ha sido rebajada y minimizada a una sola dimensión: la de su condición ciudadana. [?]. Significa que el hombre no tiene sino una naturaleza política, y por eso cuenta. No como persona ni como hombre. Hombre y persona quedan confiscados y socializados por la política”. Yo le preguntaría, ¿en qué se distingue la persona del ciudadano? Y también, ¿al politizar en exceso la vida no nos estaremos adentrando en un mundo definido por las categorías schmittianas, que solo distingue entre los amigos y los enemigos?

Si se afirma que la naturaleza del hombre es esencialmente política, estamos en pleno totalitarismo, como hemos comentado más arriba, pero la llamada democracia burguesa considera que ser ciudadanos es la condición social del hombre, más racionalmente reconocida, pero que el hombre primero es hombre y luego ciudadano. Aunque ahora parece que volviéramos a aquella identificación entre hombre y ciudadano y, por lo tanto, ya estuviéramos en una vía más de liquidación de lo humano e imperio de la política.

Respecto al idioma del totalitarismo o que lleva a él, hay que decir que es el llamado “lenguaje de madera” y también el lenguaje “políticamente correcto” que nos permite denominar a la pena de muerte “defensa suprema de la vida” y “reordenación urbana” a expulsar a los menos adinerados de su tradicional hábitat, et. Ya Tucídides, cuando la guerra de Corcira, en el Peloponeso, hizo notar que debían llamarse asesinatos a los que habían sido asesinatos.

-Una última cuestión, de raíz casi sapiencial. Al final de su vida le preguntaron al director de orquesta Sergiu Celibidache si había esperanza. Él contestó: “¡Por supuesto! El jardín de Dios es inmenso y siempre fértil. Siempre habrá música”. Para José Jiménez Lozano, ¿cuál es la clave de la esperanza?

En principio podría decirse que la esperanza es un mal, un recurso, la sierpe escapada de la caja de Pandora y, por tanto, que toda esperanza humana es un sueño como mucho, y que la esperanza es solamente teológica. Pero, si parece una evidencia la pequeña bondad humana de la que hablaba Vassili Grossman, y se nos testimonia en los peores momentos, también hay entre los hombres una esperanza, la indestructible esperanza del almendro que se obstina milenio tras milenio en ofrendar su flor aunque será casi siempre amortecida por el hielo. Es una esperanza contra toda esperanza como la de Abram, y es lo que nos constituye como hombres más que ninguna otra cosa. Y esto debe resultar inexplicable para quienes, siglo tras siglo, juegan con la esperanza humana y se ríen de ella, como de la confianza de quienes entraban en la cámara de gas antes de que se supiese que no eran una ducha. Debió de resultar algo de mucha risa y jolgorio ver cómo los convocados a la ducha confiaban.

Hobbes pensaba que sabemos que somos iguales porque nos podemos matar, pero no es menos cierto que una prueba de esa igualdad radical del género humano es que tenemos esperanza y podemos matar la esperanza de los demás y reírnos de ella. Pero también comprobar que es indestructible, incluso machacada o reducida al absurdo. Es la esperanza contra toda esperanza de Abram, que hizo reír a Sara. Y Péguy decía que la esperanza era como una niña, pero sólo ella, absolutamente sólo ella, puede empujar la Historia, y esta realidad es un hecho bruto y material, que Ernst Bloch se encargó de hacer notar a los señores liberales y a sus propios compañeros marxistas.


Mayo 2016 - Nueva Revista número 157.

miércoles, 26 de noviembre de 2008

El escritor y sus "complices".

Quien siga este blog ya sabrá el gran interés que tengo por el escritor de Langa. Esta entrevista la he sacado del libro "Una estancia holandesa" en el que el premio Cervantes del 2002 es entrevistado por la abogada Gurutze Galparsoro. En este caso se trata de la "familia", de los "complices" , de aquellos en los que el escritor "se ha reconocido" a lo largo de su vida.
...

¿Hablamos entonces de sus «cómplices»?
Realmente son muchos esos cómplices, esa familia. Mu­chos y muy diversos. Todos ellos han entrado en mi vida o forzándola per fenestras o por alguna puerta trasera, y me he encontrado tan a gusto de ser así violentado. O me han seducido. Podría decir también que «nos hemos reconoci­do», y luego establecido esa complicidad en lo más profun­do. He visto el mundo por sus ojos, o me parecía que ellos lo veían por los míos. Y esto sigue sucediendo así, y suce­derá por siempre, sin duda.

Simone Weil
Bien, comencemos por Simone Weil. Tuve la fortuna de descubrirla siendo yo todavía estudiante. Recuerdo todo un día de fiesta y una noche, en un tiempo en que no había fotocopiadoras, copiando páginas de La gravedad y la gracia, que tenía que devolver al día siguiente, y luego el rastreo para encontrar sus otras obras, leídas a golpe de diccionario. Era la fascinación de encon­trarse como con una especie de transmundo, el mundo ver­dadero. Y también el shock de hallarse ante «alguien», y de una importancia espiritual decisiva y con una vida como engullida por los demás. Se sentía como vértigo, pero atracción irresistible hacia él.
Lo que me dio ante todo Simone Weil creo que fue el sentido de la radicalidad y de que lo valioso de la vida hu­mana se jugaba en esa dimensión. Ella rechazó vivir, per­dió su vida realmente, pero en el fondo había una alegría trastornadora.
Pero me enseñó muchas cosas más, y desde luego a mi­rar a los seres de desgracia y a «los idiotas» como los seres más importantes, «presencias divinas» diríamos, y desde luego las más misteriosas y altas formas de ser hombres. Me dio ojos para percatarme de que existía la desgracia. Y en un plano religioso o teológico me descubrió el silencio. En un plano político me liberó de todas las mentiras, en un plano literario de todo lo que no fueran palabras esenciales, imprescindibles.
Yo leí a Simone Weil antes que a san Juan de la Cruz, aunque la parezca extraño; y, cuando llegué a éste, incluso con toda su radicalidad, me pareció que se quedaba del lado de acá. Simone Weil aceptaba, por ejemplo, lo que Juan de la Cruz no podía imaginar: la muerte de Dios que no afectaba para nada a su amor. La propia experiencia del ateísmo es en ella una experiencia mística de amor.
¿Tendría que añadir que otra fascinación de esta mujer es su inteligencia? Es, en ella, como la hoja de un cuchillo.

«Inteligencia como la hoja de un cuchillo» con la que, además de en esas cuestiones que dice usted, penetró también en el corazón del marxismo desmontando sus previsio­nes, amén de descubrir un fenómeno nuevo, común al totalitarismo nazi y al soviético, «la opresión en nombre de la función», que se ha colado también en nuestras democracias. Cierto que no fue la única en analizar y detectar estas cues­tiones, pero cierto también que la intelligentsia del momento, y la que siguió, ni lo olió y se embarcó en las aventuras que ya sabemos y que sobrecogedoramente desgrana Stephen Koch. ¿Qué les sucedió? ¿No eran inteligentes o con sólo la inteligencia no basta?
No es cierto que la intelligentsia europea no supiese lo que pasaba, allá abajo, en la URSS: que el estalinismo era una gran máquina de asesinar. La pobre, maravillosa Na­dejda Mandelstam, internada en un campo de concentra­ción, nos cuenta la visita de esos grandes nombres de la intelligentsia europea, envueltos en sus buenos abrigos de visón, mientras ella estaba allí apenas con una camisilla. Pero ¡ah! en esos campos estaban los enemigos del pueblo, quienes no querían que avanzara la historia.
No se sabe lo que no se quiere saber, pero como no puede menos de saberse, se justifica; y ahora mismo, cuan­do ya no puede negarse una realidad tan horrible como la del estalinismo, esa misma intelligentsia ya nos advierte que no tenemos ningún derecho a equiparar la barbarie nazi a esos errores o inevitables determinaciones estalinistas, por­que en el estalinismo, encarnación histórica del comunis­mo, había valores morales; lo que sin duda no sólo debe de resultar de mucho consuelo para las víctimas, sino que, por lo visto, cambia de signo a la brutalidad. Es decir, más o menos lo que han dicho siempre los defensores de la Inqui­sición, que por supuesto velaba por los valores morales y la salvación eterna, y de paso suponía el dominio y beneficio de unos señores, claro está.
En esta situación, sin el mínimo sentido del horror por tanta sangre y tanta muerte, y con ese «carisma» de defen­sores de la nueva historia y sus valores morales, todo podría volver a repetirse; como en el caso también del nazismo que igualmente tiene sus justificadores, e igualmente historizan­tes y científicos. Para unos y otros, las víctimas no cuentan. Los mataderos son holocaustos para un mundo nuevo.
El progresismo de la intelligentsia, que siempre es pro­gresista, como todos los ricos en general, no tiene sentido de la tragedia: todo se explica, se justifica y se salda en las conquistas alcanzadas, o por alcanzar.
Los nazis son más elementales: todo por el hombre su­perior, de raza pura. Es una cuestión de granja, y la intelli­gentsia ve que ahí no hay valores morales como los suyos.
En estas lindezas estamos.

Flannery O'Connor.
De Flannery O'Connor lo que me subyugó en cuanto la conocí fue su inteligencia «perversa», cáustica, su admirable modo de contar y ese amor que ofrece a sus personajes más risibles; pero también su tranquila conciencia de escritora y SU humor en medio mismo de sus historias negras y de su propia vida, sabiendo como se sabía condenada a morir jo­ven y sintiéndose morir poco a poco. Esas sus historias es­tán escritas desde un yo y a una luz radicales: sub specie aeternitatis, y quizás de ahí ese amor por los seres humanos y el mundo entero. Es una escritora enfrentada en cada una de sus páginas al Gran Crítico: la Muerte. ¿Cómo bajar la guardia en esas condiciones, siquiera en un adjetivo?
Me fascinó su amor a la vida, incluso en sus manifesta­ciones más mediocres y repetitivas de lo cotidiano.

Kierkegaard y Pascal.
Con Kierkegaard también me encontré muy pronto, y también a golpe de diccionario con frecuencia. Me fascinó, pero pronto me di cuenta de que era para apuñalarme o algo así. Creo que es Lacan el que dice que es un inquisidor de almas como Freud, y se quedó muy corto; en realidad pone todo patas arriba.
He pasado tanto tiempo con él que me parece que he vivido en Jutlandia, y desde luego que he sentido como él su ruptura con Regina. Mis reacciones ante hechos políti­cos o religiosos, pero también ante un paisaje o una histo­ria amorosa, creo que han sido muchas veces espontánea e insconscientemente kierkegaardianas.
Creo que aprendí de él, entre tantísimas otras cosas, la desconfianza hacia todo sistema y sistematización de lo que es realidad y vida, y una cierta mirada de la naturaleza: su ausencia y sus silencios sobre todo.
Y Pascal es naturalmente de mis amigos de Port-Royal, aunque no puedo evocarle apenas sin acordarme también de Spinoza, el primero y más cercano de todos, de Descar­tes, o de Montaigne. No se termina nunca de nombrarles y, desde luego, cuando uno escribe algo, les pregunta su pare­cer, les pide su aprobación silenciosa al menos. Sus ojos están siempre ahí.

De Cervantes a Giovanni Verga.
De Cervantes leí muy pronto las Novelas ejemplares, y el resto de su obra sólo fragmentariamente: es decir como es­cenas, ya fueran del Quijote o del Persiles; la lectura entera de esos libros vendría después, pero en esa mi adolescencia esos pasajes cervantinos y sus personajes me parecía que estaban ante mis ojos y que tal casa era la casa del Caballe­ro del Verde Gabán, por ejemplo.
Más tarde fue el encuentro con su lenguaje, tan claro y simple, y con su melancolía y el sentido de la ironía, o el fascinante modo de contar como por contar una aventura tras otra, y tan estupendas como en el Persiles. Te hacía soñarlas por tu cuenta.
Con Giovanni Verga, como con el Pirandello cuentista o con Chejov, me encontré mucho más adelante. Nunca volví a dejarlos de la mano, como a Hawthorne, y a Melville que cada día me parece un escritor más enorme.

¿Alguno más?
Sí, muchos más. Están las Bronté, sobre todo Emily, y naturalmente Shakespeare y Dostoievski: éstos de manera muy singular y radical, y desde muy pronto y cada vez más y más profundamente. ¿Y cómo olvidarme de Tolstoi o Bal­zac? Y entre los españoles he leído mucho a Azorín y a Galdós, y he repetido. No así con otros grandes hombres. Y no porque no son «de la familia», sino porque no han lo grado interesarme; los demasiado «literarios», los construc­tores de estilo, lirismo y consonancias, los fabricantes de lenguajes no me interesan.

Sigo atacada de curiosidad: ¿por qué Azorín?
Azorín también es una lectura muy temprana mía, y para mí ha significado tres cosas: una puerta hacia los clá­sicos en primer lugar. Azorín hace algo así como presentár­selos al lector, y uno amiga inmediatamente con ellos y entra en su mundo. En segundo lugar, Azorín tiene ojos y oídos magníficos, mira los paisajes y las cosas, los gestos más pequeños, y además escribe muy clara y sencillamen­te; y conoce admirablemente España. ¿Le parece poco?

Tiene cómplices a lo largo y ancho de la geografia univer­sal, pero tiene usted un fuerte toque afrancesado, ¿de dónde le viene el gusto por la cultura francesas?
La culpa la tiene sin duda el XVII francés, que realmente me apasiona, pero también hay otros apasionamientos qui­zás menos visibles, pero no menores. Por razones del idio­ma, además, el contacto con la cultura francesa ha sido mayor desde el principio.

¿Y sus poetas «cómplices»?
Le diré, sin dudar un momento, aunque tenga que ofre­cer enseguida un acto de desagravio a quienes son también «mis cómplices», pero no pertenecen a estos dos grupos: los griegos y los ingleses.
Esta gente, diga lo que digan el señor Mallarmé y todos los lingüistas modernos juntos, nombra el agua y es agua, nombra al viento y es viento. Las palabras en ellos están siempre sin estrenar al igual que el mundo de que nos ha­blan, y son capaces de mostramos la belleza y de conta­giamos su admiración y pasmo ante ella. Y por supuesto que esto sucede siempre con todo poeta verdadero. Si los nombro a ellos y en bloque, es porque son la cabeza de una lista nada pequeña por lo demás.

miércoles, 12 de marzo de 2008

Tres artículos sobre la Guerra de España de Simone Weil (y III)

"Desde mi niñez he simpatizado con las agrupaciones políticas que estaban a favor de los humillados y de los oprimidos por las jerarquías sociales; hasta que comprendí que esos grupos políticos no merecen ninguna simpatía. La CNT española fue el último de esos grupos en el cual yo tuve confianza. Había viajado a España antes de la Guerra civil y conocía el país, no muy bien, pero lo suficiente para amar a este pueblo tan difícil de resistir. En el movimiento anarquista había visto el expresión natural de su grandeza y de sus errores, de sus legítimas necesidades y de sus deseos legítimos. La CNT y la FAI eran una mezcla sorprendente. Todos eran bienvenidos y tenían acceso allí, y como consecuencia coexistían estrechamente oposiciones incompatibles: por un lado el cinismo, la corrupción, el fanatismo y la crueldad, por otro la fraternidad, el amor a la humanidad y el anhelo de dignidad que caracteriza a los hombres sencillos. Lo que animaba a los primeros era el gusto del desorden y la violencia, pero los segundos se proponían realizar un ideal: ellos determinaban, me parece, la dirección que seguía la CNT.

En julio de 1936 yo estaba en París. No me gusta la guerra, pero en la guerra siempre me pareció que lo más horrible era la situación de los que permanecían en la retaguardia. Cuando comprendí que, contra mi propia voluntad, no podía dejar de participar moralmente en la guerra, es decir anhelaba día a día y a toda hora la victoria del uno y derrota del otro, tuve que reconocer que para mí París era la retaguardia. Tomé el tren a Barcelona, para enrolarme como voluntaria. Fue a principios de 1936.

Un accidente me obligó a interrumpir mi estancia en España. Permanecí algunos días en Barcelona; después estuve en el campo, en Aragón, a orillas del Ebro, a quince kilómetros de Zaragoza, en el mismo sitio donde cruzaron el río recientemente las tropas del general Yagüe; luego en el palacio de Sitges, que ahora sirve de hospital; después de nuevo en Barcelona; unos dos meses en total. Tuve que irme de España contra mi voluntad; me proponía regresar. Ahora he renunciado voluntariamente a retornar. No sentía ninguna necesidad interior de participar en un guerra que ya no era, como había pensado al principio, un enfrentamiento de campesinos hambrientos contra los terratenientes y sus cómplices, los curas, sino una confrontación entre las potencias europeas: Rusia, Alemania e Italia."

Tres artículos sobre la Guerra de España de Simone Weil (II)

"Sé que voy a causar disgusto y extrañeza a muchos buenos compañeros. Sé que voy a provocar un escándalo. Pero cuando uno invoca la libertad debe tener el valor de decir lo que se piensa, aunque ello no cause alegria a nadie.

Seguimos día a día, con aliento contenido, el combate que se desarrolla al otro lado de los Pirineos. Tratamos de ayudar a los nuestros. Pero esto no nos absuelve de tener que sacar concluisiones de una experiencia que ha costado la vida a tantos obreros y campesinos.

Ya se ha hecho una experiencia de este tipo en Europa: la rusa. También ella ha costado muchas vidas. Lenin había reivindicado ante el mundo un Estado en el que no habría ejercito, policía ni burocracia separadas de la población. Cuando él y los suyos llegaron al poder, construyeron, en el transcurso de una larga y dolorosa guerra civil, la burocracia militar y polocial más opresiva que haya sufrido hasta la fecha un pueblo desgraciado.

Lenin era el jefe de un partido político, es decir de un aparato destinado a la conquista y ejercicio del poder. Muchos dudaron entonces de su sinceridad y de la de sus compañeros; de todos modos podía suponerse que existían contradicciones entre los objetivos que proclamó Lenin y la estructura de su partido. En cambio, es imposible dudar de la sinceridad de nuestros compañeros anarquistas de Cataluña. Y sin embargo, ¿qué ocurre ante nuestros ojos en España? Vemos que se desarrollan formas de coerción y ocurren casos de inhumanidad directamente opuestos al ideal humano y libertario de los anarquistas. Las necesidades y el ambiente de la Guerra Civil se sobreponen a las apiraciones para cuya realización se ha iniciado la Guerra Civil.

Odiamos en nuestra propia sociedad la coacción militar, la policía, la coerción en el trabajo y las mentiras que difunden la prensa y la radio. Odiamos las diferencias de clase, la arbitrariedad y la crueldad.

Sin embargo en España reina la coacción militar. Se ha decretado la movilización y el servicio militar, a pesar de que no se ha interrumpido la afluencia de voluntarios. El Consejo de Defensa de la Generalitat, el cual nuestros compañeros de la FAI ejercen funciones directivas, ha dispuesto que se aplique el antiguo código militar de las milicias.

También en las fábricas reina el régimen de coerción. El gobierno catalán, en el cual nuestros compañeros controlan los ministerios económicamente decisivos, acaba de disponer que los obreros efectúen tantas horas extras como el gobierno estime necesario. Otro decreto prevé que los obreros que no cumplan con las normas serán considerados como facciosos y tratados como tales. Esto significa lisa y llanamente la aplicación de la pena de muerte en la producción industrial.

La policía tradicional, tal como existía antes del 19 de julio ha perdido caso todo su poder. En cambio, en los tres primeros meses de Guerra Civil, los comités de investigación, los responsales políticos y también, con demasiada frecuencia, individuos irresponsables, han efectuado fusilamientos sin la más mínima apariencia de juicio legal ni posibilidad de control sindical o de otro tipo. Desde hace pocos días se ha instituido tribunales populares destinados a juzgar a los facciosos, reales o supuestos. Todavia es muy temprano para saber qué efecto tendrán esas reformas.

También la mentira ha resucitado después del 19 de julio...."

Tres artículos sobre la Guerra de España de Simone Weil (I)

"¿Qué pasa en España? Todos los que vienen de allá tienen algo que decir, alguna historia que divulgar o algún juicio que pronunciar. Se ha puesto de moda ir allá a echar un vistazo, hacerle una visita a la Guerra Civil y a la Revolución y regresar con um puñado de artículos periodísticos. No hay diario ni revista que no publique reportajes sobre los acontecimientos en España. El resultado no podía ser otro que la superficialidad. En primer lugar, una transformación social sólo puede apreciarse correctamente en función de la repercusión que tiene en la vida diaria de cada individuo. Pero no es facil penetrar en la vida cotidiana "del pueblo". Además, ésta cambia diariamente. Obligación y espontaneidad, ideal y necesidad se mezclan de tal modo que se produce una inmensa confusión, no sólo en las condiciones objetivas, sino también en la conciencia de quienes están implicados en los acontecimientos, ya sea como actores o como espectadores. Allí reside incluso el verdadero caracter y quizá también el gran mal de la Guerra Civil. Ésta es la primera conclusión que se saca después de un rápido examen de lo que ha ocurrido en España. Lo que sabemos sobre la Revolución Rusa confirma con cuantía esta conclusión. Es falso que la revolución produzca automáticamente una conciencia más elevada, más clara y más intensa. En realidad ocurre todo lo contrario, al menos cuando la revolución asume la forma de guerra civil. En la tormenta de la guerra civil se perde la relación entre principios y la realidad; desaparecen los criterios según los cuales pueden juzgarse acciones e instituciones; la transformación de la sociedad queda librada al azar. ¿Cómo es posible dar un informe coherente después de una corta residencia y observaciones fragmentarias? En el mejor de los casos sólo podrán transmitirse algunas impresiones y sacar pocas conclusiones."