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martes, 21 de enero de 2025

Eliseo Bayo entrevista a José Jiménez Lozano (Destino, Segunda época — Año XXXII — N.º 1639 Barcelona. 1 de marzo de 1969)

 


JOSÉ JIMÉNEZ LOZANO: UN CRISTIANO IMPACIENTE

¿PUEDE alguien ser impaciente en este pueblo de Castilla. Alcazarén, donde a las doce del mediodía el silencio sólo puede ser definido por la tópica expresión? Silencio de cristal roto por la voz estrangulada de los gallos. Dentro de unos minutos la exigua tropa de la chiquillería se adueñará brevemente de las calles encharcadas y, piafando como polluelos recién liberados, corretearán hasta que el vaho, que sale a borbotones de las narices y de la boca, les indique la conveniencia de recluirse en la casa. Los campesinos, en esta época del año aguardan junto al fogón que cese la mala tregua del invierno. La remolacha ha sido ya descoronada. acarreada a la fábrica en la larga caravana de los carros y de los tractores y troceada. Los pinos resinables curan sus heridas bajo el manto de escarcha, enfundados en la grisácea sábana de la niebla. La tierra, endurecida por el hielo y el viento. inicia la lenta putrefacción de las semillas; los tallos del cereal, de un verde dudoso y frágil, resisten, con tanta voluntad como los hombres, las heladas ventoleras.

El otoño ha sido una mala estación para las piñas. La epidemia rara y mal combatida se señoreó de las copas verdinegras de los pinos e hizo inútiles las frecuentes salidas de los hombres y de las mujeres. En septiembre hubo pocas lluvias y apenas aparecieron los hongos níscalos, tan codiciados por los comerciantes catalanes que acuden con sus camiones a estas tierras de Castilla. La sequía agotó, también, los bolsillos de las familias campesinas que encontraban en los hongos una importante ayuda económica para resistir el lento invierno. «A pesar de que se les paga a veinticinco pesetas el kilo de hongos —en el mercado se venden a más de veinte duros—, hay familias que obtienen mil pesetas diarias

Treinta kilómetros antes de llegar a Valladolid, por la carretera general de Madrid, hay que tomar, a la izquierda, una carretera rota y llena de guijarros que conduce a Alcazarén. Las casas, por un proceso de mimetismo absoluto, se confunden con el paisaje, seco y desértico, como una extraña excepción en la llanura de Castilla la Verde. José Jiménez Lozano, el cristiano impaciente, vive su extraño y voluntario exilio en un chalet de una planta, a la entrada del pueblo. Es, probablemente la única casa de construcción reciente, salvo su contigua, destinada a residencia del médico e inhabitada desde siempre.

José Jiménez Lozano, con pinta de liberal decimonónico, con la juventud a cuestas disimulada por un ancho sombrero que encubre la reluciente calva, con los ojos abultados por la miopía y el perpetuo gesto de asombro ante el mundo, ejecuta su paseo diario hasta el río, antes de encerrarse con sus libros y sus papelotes. Llega al castillo de la Mejorada, el antiguo reducto de los monjes jerónimos que pagaron con ominosas persecuciones el tremendo pecado de ser liberales y hasta erasmistas. En él se refugiaron los amigos de fray Luis de León y de Vives y a buen seguro que lograron contagiar a las piedras de su espíritu abierto y omnicomprensivo y que Jiménez Lozano, con su talante de alquimista y de dómine de la vieja escuela, sabe husmear entre las ruinas y que al conjuro de una fórmula que él sólo conoce, se pone en comunicación con los espíritus ilustrados de aquella época.

El cristiano impaciente me mira con sus ojos de pájaro de Minerva, entre picaros y cómplices, y sin pronunciar palabra, abre su archivo de fotografías y me muestra el daguerrotipo de un portalón castellano en el que se lee. grabado enérgicamente en la piedra: «Viva la fe de Dios y muera la libertad». A continuación, y prolongando todavía más el silencio, saca un puñado de cartas y por un momento su rostro queda oculto tras una nube pestilente de tabaco liado que asciende desde la colilla pegada al labio. Jiménez Lozano frunce las cejas y sus pupilas adquieren un brillo enérgico, acerado como la punta de una navaja. Me deja leer los anónimos que recibe con puntualidad escrupulosa, escritos a lo largo de los años por la misma docena de manos, sucesoras. evidentemente, de las que empuñaron el buril para grabar el sacrosanto lema del portalón.

No hace frío en la casa porque dos estufas de butano hacen permanente guardia encendida en los pasillos y en la chimenea del despacho de Jiménez Lozano arden olorosos troncos de pino. Si el visitante se acerca a la campana encalada podrá leer un edicto que el cristiano impaciente clavó con la delectación del coleccionista de raras mariposas. Jiménez Lozano se ha definido, a través de sus escritos, como un entomólogo de las ideas y, para ejecutar limpiamente la faena, se precisan buenas dosis de masoquismo El edicto, colgado de la pared, dice así: «Nos, los Inquisidores Apostólicos contra la herética pravedad y apostasía...». etc. «Saber que a nuestra noticia ha llegado haberse escrito. Impreso y divulgado varios libros, tratados y papeles los cuales mandamos prohibir o expurgar como aquí se expresa y son los siguientes: una obra intitulada 'Lettres chinoises, ou correspondance philosophique, historique et critique entre un chinois voyageur à Paris, et ses correspondans à la Chine'. Y otras lettres françaises y juives. Obras todas atribuidas al marqués de Argens. las cuales prohibimos en cualquier lengua e impresión en que se hallen por contener proposiciones heréticas. Impías, temerarias, escandalosas y que llevan al Tolerantismo y al Deísmo: y declaramos por la experiencia que se tiene en el Santo Oficio de los daños que ha causado la lectura de estos libros, que esta prohibición se extiende aun a aquellos que tienen licencia general de leer libros prohibidos

Y sigue una serie de obras más, incluidos doce tomos llenos de proposiciones «denigrativas de la memoria de muchos príncipes y por contener aventuras y pasajes de la mayor obscenidad e impureza». En el apartado 10 se prohíbe «La historia del famoso predicador Fr. Gerundio de Campazas, alias Zotes, por el licenciado don Francisco Lobón de Salazar » y se prohíben también todos los escritos en favor de la obra. Y viene luego la lista de los libros que se mandan expurgar, por mandato del Santo Oficio de la Inquisición de Navarra. Firma don Francisco Xavier de Badarán.

Era obligatorio exponer el edicto en sitio bien visible de forma que «nadie lo quite, so pena de excomunión mayor».

José Jiménez Lozano nació en 1930. en Langa, junto a Arévalo. Su padre era el secretario del Ayuntamiento, cargo que ha venido desempeñando hasta la fecha, trashumando de pueblo a pueblo. Cuando acaba su jornada en el destartalado y frío Ayuntamiento de Alcazarén acude a casa, donde la nuera ha preparado un sabroso cocido. En honor al visitante, que trae noticias de otras tierras, se quedará después de la comida, renunciando a jugar al dominó en el mohoso casino. El padre es otra vieja estampa liberal. Sus ojos han visto el doler de la Castilla auténtica y de la historia jamás escrita. Ha aprendido de sus paisanos campesinos el difícil y antiguo arte de la prudencia de escuchar y de mantener la mano derecha en el más supino y premeditado desconocimiento de lo que hace la izquierda. Sólo así ha sido posible sobrevivir, al margen de los rostros enmarcados.

José obtuvo la licenciatura de Derecho por la Universidad de Valladolid. Preparó oposiciones a Judicatura, pero las abandonó y se hizo periodista. En el 56 llegó a Alcazarén.

Me pides que te explique mi evolución ideológica. Necesitaría más reposo y más tiempo para poder ofrecerte un hilo coherente. Fui integrista, como muchos. ¿Acaso no se nos había enseñado y calado hasta los tuétanos que esa era la razón de nuestra existencia? Tuve suerte de conocer a muchas gentes. Leí a Bernanos, a Maritain, al joven Mauriac, a Unamuno... Pero mi ascensión empezó, también, a partir de las vivencias de cada día. ¿Sabes dónde señalaría el primer mojón? Un día de ánimas. Era yo un crio todavía y no recuerdo por qué fuimos al cementerio civil de Salamanca a rezar el rosario. Inmediatamente sentí una gran preocupación por los hombres que no eran de nuestro corral. Aquel día dejó un poso en mí. «Los demás también son hombres.» Era una constatación elemental recién descubierta, un grano que empezó a fermentar. A partir de ahí, de los muertos pasé a fijarme en los vivos, y observé el sufrimiento de los humillados. Pero, fíjate. No tengo una idea revolucionaria. Yo me he aislado voluntariamente en este pueblo y todos los conocimientos pasan antes por el cerebro. Tengo que moverme en el plano de las ideas porque los hombres, excepto los de mi pueblo, quedan muy lejos. Yo pretendo transformar el mundo empezando por mí mismo. Si, quizás esto sea reaccionario, pero no puedo evitar actuar de esta manera.

Los lectores que siguen sus crónicas en DESTINO y en otras publicaciones nacionales, se han planteado, invariablemente una pregunta: ¿Quién es este cristiano impaciente que casi alardeando de escribir desde un planeta lejano, desde un pueblo perdido en la meseta castellana, «está en todo» y maneja las ideas como dardos que siempre dan en el blanco? A partir del Concilio las columnas «religiosas» de algunas publicaciones nacionales han cobrado una vida sorprendente. Suenan ya tres o cuatro nombres de ensayistas católicos que han dado verdadera profundidad al pensamiento religioso. Los lectores, despertados al nuevo entretenimiento de las adivinanzas políticas, dan un respingo perplejo a la hora de «encasillar» a ese «cristiano impaciente». ¿Qué y quién está detrás de él? A fuerza de tanta dispersión y de guerrillismo intelectual, los españoles hemos intentado ver fantasmas en todas partes. En nuestro magín no existe un apartado para clavar la ficha de los hombres que actúan en solitario. José Jiménez es un columnista independiente.

No pertenezco a ninguna asociación religiosa. Ni siquiera nadie me lo ha pedido. Para tener fe no hace falta ningún carnet —los ojos de búho acostumbrados a bucear en la penumbra de la historia se cubren de una ligera escama cuando Jiménez Lozano dice en tono sibilino—. Además, no me fío de los progresistas hispánicos. Creo que hay mucho snobismo. ¿Cómo vamos a hablar de secularización si no hemos llegado al siglo XVIII? El catolicismo hispánico necesita toneladas de información. Queremos llegar a los teólogos americanos, sin haber superado el paso intermedio.

Jiménez Lozano intenta explicar el presente, aproximándose al pasado. En Castilla la historia no ha muerto. No ha habido un cataclismo y los manuales más elementales están de acuerdo en señalar que no se ha producido jamás un borrón ni una cuenta nueva. El pensador solitario reúne las piezas más sorprendentes. Intenta «cazar» el pasado obsesivamente. angustiosamente, barruntando que en él está la clave, la resolución del enigma de hoy. Como cualquier otro historiador se ha quemado las pestañas examinando documentos, pergaminos. incunables. Castilla es un archivo en cualquier rincón. Husmea en todas partes; en los arcones de las sacristías, en los desvanes del Ayuntamiento de los pueblos, en los baúles olvidados de las casas particulares. Y siempre encuentra algo, movido por la idea fija de hallar nuestros eslabones perdidos.

¿Por qué somos así? La historia nos condiciona. Tenemos un pasado muy singular que explica nuestras peculiaridades actuales. Hay que tomar conciencia de este hecho. Somos así, porque nos han pasado determinadas cosas. Es fundamental detectar las pervivencias del pasado. El hombre culto es como los churros, todos son iguales. El no culto guarda muchas cosas del pasado. Mira, fíjate. ¿Sabes lo que he descubierto? Durante mucho tiempo he estado leyendo los censos de la población española en determinadas épocas. Se sabía exactamente qué es lo que estaba buscando entre aquellas columnas interminables de números. Un día. tras comparar los censos de tres épocas bien significativas hallé una cosa bien singular. Figúrate, los pueblos que en tiempos de Felipe II dieron mayor porcentaje de «progresistas» siguieron en la misma línea en los periodos más críticos.

Jiménez Lozano se ha empeñado en enseñarme no sé qué retablo guardado en la parroquia de Alcazarén. Antes de llegar a ella pasamos ante una Iglesia mudéjar, a un tiro de piedra de la casa donde fue apresado Luis Candelas. Otra vez los ojos de búho destilan un vaho parecido al vitriolo. «Hace ya años un inspector de enseñanza venia protestando de la ignorancia de estos pueblos. Pasó por esta iglesia mudéjar y dijo: "Buen estilo románico”. Y para que todos nos diéramos cuenta de su profunda erudición redondeó la frase: "¡Hay que ver las cosas que hacían los romanos!"»

La iglesia parroquial es una nevera. Los toscos bancos de madera y las losas del suelo están brillantes por el uso. El pensador solitario no se siente al margen de la fe de los campesinos que acuden con más o menos frecuencia a la iglesia.

Mi fe me cuesta esfuerzos. No creo en hipopótamos. Se ha hablado mucho de la fe castellana; sigue vigente el catolicismo barroco con enorme carga de superstición y de milagrería y con un profundo sentido de casta. Por otra parte, los errores históricos no comprometen la verdad y creo que hay que ir con mucho tiento a la hora de enjuiciarlos. Existe una fe popular que se debe respetar. No hay que escandalizar inútilmente. Además, hay una fe simple que creo que no ha sido aliena-dora. Fíjate, aquí, en este pueblo, he recibido profundas lecciones de teología. Una mujer, por ejemplo, que objetivamente tendría suficientes motivos para no pisar la iglesia, acude a ella y me dice: “Dios es una cosa, los hombres, otra”. Tengo un ensayo terminado sobre el anticlericalismo y me enfrento con graves problemas de conciencia a la hora de decidir publicarlo. Es una píldora demasiado fuerte. Respeto las conciencias sencillas. Fíjate en esos exvotos. Son piñas depositados por los campesinos para lograr una buena cosecha. Rezan para que haya lluvia y para que no se caigan de un árbol o de un andamio.

De regreso a la casa, antes de sentamos a la amplia mesa familiar. Junto a los niños que han salido de la escuela, Jiménez Lozano me muestra la última pieza encontrada, un oficio que se recibió en el pueblo en el siglo pasado. La Real Junta de Purificación de las Universidades pidió informes a los alcaldes de los pueblos para conocer con detalle la opinión de los ciudadanos. «La conducta política y religiosa que desde el atentado cometido en 7 de marzo de 1820 hasta el feliz restablecimiento del Gobierno de SM siguieron cada uno de los individuos sospechosos.» El oficio pide datos muy precisos. «Si durante el ominoso sistema constitucional ha obtenido algún empleo o destino.» «Si manifestó decidida adhesión al sistema.» «Si perteneció a sociedades secretas de masones o comuneros o carbonarios.» «Si enseñó doctrinas y opiniones antimonárquicas o antirreligiosas.» El escrito va firmado por Antonio de la Parra, el 13 de abril de 1825.

Sobre las ruinas del Convento de los Jerónimos vuela una banda de grajos desaforados. La niebla se adhiere a los bronquios y el barro se convierte en cristal turbio en la carretera. Chisporrotean los troncos en la chimenea del voluntario exiliado. El calendario dice que estamos en 1969.

Texto y fotos de Eliseo Bayo Destino, Segunda época — Año XXXII — N.º 1639 Barcelona. 1 de marzo de 1969. pp. 24-25.

miércoles, 18 de diciembre de 2024

Entrevista a Chantal Delsol (El Mundo, 14 diciembre 2024, pp. 2-3.)

 

Gorka Loinaz. Araba Press

LUCES PARA LA CONSTITUCIÓN

Chantal Delsol: “En medio siglo la catedral de Notre-Dame podría ser una mezquita

Filósofa e historiadora, referente del conservadurismo francés, analiza en este entrevista la realidad europea

Pregunta. ¿En Occidente estamos viviendo una revolución moral? El auge de la ideología de género, la corrección política, los discursos postcoloniales, el ataque a la propiedad privada y a la idea de familia, el repliegue de la fe cristiana...

Respuesta. Se puede decir en primer lugar, que llevamos varias décadas viviendo la transición de la modernidad a la posmodernidad: el fin del ideal de progreso y de las grandes utopías ideológicas, y una brusca caída en el mundo real, un mundo donde cada progreso parcial debe ser arrancado con el riesgo de retroceder. Un mundo donde el derecho ya no reemplaza a la fuerza sino que sólo intenta (siempre provisionalmente) limitarla, por mencionar solo estos dos ejemplos. Desde un punto de vista moral, el colapso de la cristiandad a mediados del siglo XX dio paso inicialmente a una especie de nihilismo moral del «todo está permitido»: luego, como siempre ocurre, una nueva moral vino a reemplazar a la religión desaparecida para ocupar su lugar. Hoy nos encontramos en un momento de triunfo de un nuevo moralismo puritano que actúa como una nueva religión.

P. ¿Esta posmodernidad a la que se refiere ha abrazado el epicureísmo, la búsqueda del placer sin dolor ni esfuerzo? Usted habla de una destrucción nihilista de los referentes.

R. El nihilismo nunca dura más que un momento. No es viable, los seres humanos necesitan referentes. Fue el momento post Mayo del 68, muy breve, durante el cual nuestros intelectuales hacían peticiones para defender la pedofilia o el incesto, por ejemplo. La destrucción de los referentes anteriores no da lugar al vacío de principios, sino a una nueva reorganización moral. Las nuevas morales que aparecen hoy son de dos tipos. Una es una nueva versión de la moral evangélica, sin la trascendencia de la compasión. La otra retoma todas las sabidurías mundiales -estoicismo, epicureísmo- de las que se pueden encontrar expresiones tanto en China como en nuestra antigüedad.

P. En este contexto, ¿cómo explica usted el auge y hegemonía del llamado wokismo -la izquierda boba- y de la corrección política como un nuevo autoritarismo?

R. El llamado wokismo es un heredero del marxismo, que se inscribe, como el marxismo, en los paradigmas herederos de la modernidad política (Maquiavelo, Hobbes): el mundo social está fundado en la dominación (hasta Maquiavelo y Hobbes, el mundo social occidental heredado de Aristóteles se basaba en el entendimiento jerárquico). Ahora en el wokismo las referencias de la dominación son la raza, mientras que en el marxismo era la clase social. El wokismo. que es posmoderno, ya no cree en un mañana prometedor (mientras que el marxismo, moderno, sí lo creía). El wokismo suma conquistas y luchas día a día. en lugar de esperar el «Gran Día» de la Revolución Social. Está, como el marxismo, en un estado de guerra permanente.

P. Habla de colapso de la cristiandad, ¿también del cristianismo?

R. La cristiandad se destruyó a sí misma, por su rechazo radical a la modernidad. Fue una lucha de dos siglos, violenta y mortal. La modernidad ha prevalecido, eso es todo. La cristiandad es la civilización erigida y dominada por el cristianismo. Se puede decir que hay cristiandad cuando son los obispos quienes deciden la moral de la sociedad, lo que está permitido y prohibido. La Cristiandad es cuando el cristianismo gobierna las costumbres de toda la sociedad. Pero el cristianismo es una religión que no está en absoluto en vías de desaparición, sino que más bien se está desarrollando en el mundo. Desde el momento en que el cristianismo se convierte en una religión sin poder, debe transformarse psicológica y mentalmente. Debe aprender a no marcar más el tono, a no imponerse, a ser minoritario. Un duro aprendizaje. Es un cambio de situación. Las virtudes y necesidades de lo que era mayoritario no son en absoluto las de lo que es minoritario.

P. ¿La tecnología se ha convertido en una religión secular? Los gurús de Silicon Valley van a entrar por primera vez en la Administración de EE. UU. de la mano de Trump.

R. Yo no diría eso respecto a la tecnología. Quizá el posthumanismo pueda convertirse en una especie de utopía técnica que sirva como ideal, pero eso es solo una parte de la tecnología. No podemos satisfacer todas nuestras aspiraciones a través de la tecnología, porque somos seres espirituales. En el siglo XIX, algunos creyeron que la ciencia haría obsoletas a las religiones. Pero fue un error de comprensión. La ciencia y la tecnología responden al «cómo», no al «por qué». La Inteligencia Artificial no puede dar sentido a la vida. Aquellos que pueden estar tentados a hacer de la tecnología una especie de religión no están exentos de las cuestiones y angustias existenciales.

P. El debate sobre la prevalencia de la igualdad sobre la libertad, o viceversa. vuelve por la guerra cultural entre derecha e izquierda.

R. Aquí radica la diferencia entre la derecha, que prioriza la libertad, y la izquierda, que prioriza la igualdad. En lo que a mí respecta, priorizo la libertad, definida como «la posibilidad de elegir uno mismo aquello de lo que será responsable». Sin embargo, tengo varias reservas. En primer lugar. no podemos elegir todas nuestras responsabilidades: soy responsable de las consecuencias de las tonterías de mis antepasados, de mis padres exigentes o de ese vecino enfermo que llama a mi puerta. Además, sé que la igualdad también es esencial, como expresión de la igualdad en dignidad. Finalmente, sé que cada una de ellas, libertad e igualdad, deben tener sus límites: de lo contrario se convierten en caos o dictadura, en cualquier caso, en una pesadilla. Si prefiero, ante todo la libertad, aunque eso signifique perder en igualdad, es porque considero que la existencia es ante todo una aventura más que un momento. No es viable, los seres humanos necesitan referentes.

P. ¿El ecologismo se puede considerar una religión posmoderna?

R. Sí, en efecto. La desgracia es que el discurso ecológico, científico, que describe una realidad y es necesario para la protección de nuestro futuro, ha caído en un torbellino de arengas sobreexcitadas y apocalípticas. Y el planeta es finalmente objeto de una veneración que no tiene nada que envidiar a los antiguos panteísmos. Hasta hay gente que abraza los árboles. El planeta está tan sacralizado que una parte de la juventud querría sacrificar a la humanidad para «salvarlo». Esta aparición de una forma de panteísmo no es extraordinaria: es la religión más simple y desarrollada en los tiempos antiguos, antes de los monoteísmos y jumo a ellos. Se encuentra panteísmo entre los antiguos antes del judeo-cristianismo y entre los asiáticos en todas las épocas. No existe una sociedad atea. Cuando el monoteísmo se desvanece, es reemplazado por otra religión: se produce una ideología religiosa, o una religión, a partir del problema del momento. En el siglo XIX, el comunismo (religión secular) a partir del problema social; hoy, un panteísmo a partir del problema ecológico.

P. En Francia sectores de la derecha hablan del «gran reemplazo». ¿Está usted de acuerdo con esta tesis? El ataque de Hamas del 7 de octubre ha desencadenado una ola antisemita en las calles de Europa y la institucionalización por parte de la izquierda radical del discurso islamista.

R. La expresión «gran reemplazo» tiene una connotación de extrema derecha: significa que los inmigrantes van a reemplazar literalmente a los habitantes nativos, debido a su número y demografía, y que en consecuencia habría que adoptar políticas de rechazo. Mi punto de vista es diferente. Primero, creo que somos responsables de las políticas (irresponsables) de nuestros antepasados, que colonizaron y luego atrajeron a estas poblaciones por razones económicas. Ahora están aquí, y también vienen porque les hemos enseñado nuestro idioma. Deberíamos haber hecho esfuerzos inmensos para integrarlos; me refiero a esfuerzos humanos y no solo al envío de dinero por helicóptero... Ahora fracasamos en integrarlos porque la ideología de la inclusión prohíbe toda integración. Además, estamos cayendo demográficamente mientras ellos aumentan, por razones culturales y religiosas. Finalmente, mientras estas cuestiones se resuelven cuando la cultura de los inmigrantes es cercana (como sucedió con los italianos en Francia o los ucranianos hoy en Polonia), pero las masas de musulmanes, con mujeres esclavizadas, son casi imposibles de asimilar, incluso si quisiéramos. Y como usted dice, la separación ideológica crece cada vez más entre nuestras sociedades y una parle de estos musulmanes. que sueñan con instaurar un califato. Se ve claramente: se pueden hacer esfuerzos por deportar a los presuntos terroristas, pero es prácticamente imposible encontrar respuestas políticas para todos ellos. No sería sorprendente que, en menos de un siglo, Notre-Dame se transformará en una mezquita, y nuestros bisnietos, cuando estén educados y hablen idiomas, emigren a América, donde continuarán inventando patentes y escribiendo libros (ahora prohibidos aquí) a orillas del Ohio o del Orinoco... Añoraremos, como decía Rimbaud, «la Europa de los viejos parapetos», que es nuestro Vaterland. El Kinderland es América, una cultura occidental que la inmensidad del océano impedirá que se sumerja en el islam. En este lema mi modelo es Agustín de Hipona: ¿qué íbamos a imaginar? ¿Que éramos eternos? Tonterías...

P. Una de las reacciones a la globalización es un repliegue en lo local, el regreso a la identidad más atávica

R. En cualquier caso, defiendo el principio de subsidiariedad. Creo que nada se hace bien sino al nivel donde la gente entiende y está cerca. El nivel local tiene una importancia capital. Y es esencial que las decisiones educativas, comerciales y culturales se tomen a nivel nacional. Hoy todo se hace al revés. En Francia, el Estado hace todo lo posible por quitar a los municipios su escaso presupuesto y sus pobres prerrogativas, que son tan portadoras de solidaridad y energía propia. Y en Europa. Bruselas hace todo lo posible por quitar a los Estados sus propias iniciativas. Esta es la razón de las revueltas que tenemos ante nuestros ojos, y de los regímenes iliberales: cuando los pueblos están acostumbrados desde hace mucho tiempo a la democracia, no se los puede volver impotentes sin enfurecerlos.

P. La victoria de Trump ha sido recibida con preocupación en Europa. ¿Comparte ese sentimiento?

R. En lo que respecta a Trump, estoy a la expectativa. Es capaz de implementar reformas sensatas que nadie se atreve a hacer, porque está lo suficientemente loco como para romper lo que a veces debe romperse. Por otro lado, es peligroso. El episodio del Capitolio no es tranquilizador. Hemos llegado a tal grado de perversión y estupidez con la izquierda woke, que el simple sentido común de la gente de la calle no puede sino prevalecer. Ante la locura ideológica, solo queda una buena ducha fría. Pero las cosas no se resuelven solo así. Sí, la libertad y la democracia se están escindiendo porque nos damos cuenta de que el voto democrático puede significar la voluntad de poner límites a ciertas libertades, tales como la globalización comercial o las libertades sociales. Esta es más bien la respuesta a las democracias posmodernas que habían creído que la libertad consiste en hacer cualquier cosa. Trump sólo prospera sobre el extremismo libertario y la negación de la realidad de sus adversarios. Esto no significa, claro, que no vaya a ser peligroso.

P. Trump es el icono de lo que se ha llamado populismo.

R. Defendí al húngaro Orban hasta el momento en que tomó partido por la Rusia de Putin. No defiendo al partido PiS en Polonia, al que encuentro completamente excesivo. Tampoco defiendo al RN (le Pen) en Francia: económicamente es un partido socialista, totalmente irrazonable y que nos hará avanzar aún más hacia la ruina (¡No puedo entender que ahora haya que trabajar más!). Apenas veo un «populismo» que me convenga, aunque entiendo sus motivaciones. Defiendo una Europa federal pero en el sentido alemán o suizo (los franceses traducen «federal» por «centralizado»). Cada país debería decidir sobre sus diplomas, sus normas, sus compras, sus vacunas, etc. con mui tiples acuerdos bilaterales por todas partes y que Europa solo se ocupe de lo que es efectivamente común: la inmigración en las fronteras, la defensa, la política exterior. Se dirá que no todos tenemos el mismo enemigo: aquellos que tienen como amiga a Rusia o China deberían salir de Europa. Es absurdo que Gran Bretaña haya tenido que salir de Europa para escapar de la normatividad excesiva, cuando tiene el mismo enemigo que nosotros...

F. ¿Cuál es su balance del mandato de Macron? ¿Ve a Le Pen con opciones de alcanzar la presidencia?

R. Macron es un petimetre, un chico con un gran cerebro y ninguna madurez personal, que sabe hablar y aparecer en un escenario de teatro, y eso es todo. Es típico de Francia, que ama tanto la forma y la apariencia, haberse dejado engañar por este personaje. Se irá entre escupitajos. Respecto a Le Pen, matemáticamente, por supuesto que es posible que llegue al Elíseo. Pero cuando vemos cuán bien funciona el «frente republicano». Muchos franceses serían capaces de tirarse a las vías del tren con notorios antisemitas con tal de evitar que llegara el «Diablo».

Iñaki Ellakuria, El Mundo, 14 diciembre 2024, pp. 2-3.

[Se han corregido algunas erratas]

viernes, 13 de diciembre de 2024

"El ángel y la máquina" por Thomas Merton ("Season" nº5, junio de 1967)


Nota del editor: Thomas Merton había sido amigo de William Everson, también conocido como Hermano Antoninus, el poeta dominico que colaboraba en la imprenta fina de la Casa de Estudios Dominicos en Berkeley. El hermano Antoninus visitó Getsemaní, donde dio un recital aquí, y en Louisville en los años sesenta. A través de esta amistad,  Everson le pidió a Merton que escribiera un artículo para el trimestral Season. El artículo apareció en el número 5, en el verano de 1967, tras el cual dejó de publicarse. William Shannon fue el primero en redescubrirlo y la envió a The Merton Seasonal con la esperanza de que pudiera aparecer en estas páginas, junto con un comentario propio sobre la vida contemplativa y la sociedad tecnológica. El mensaje es tan conmovedor hoy como cuando fue escrito por primera vez. [Enlace al texto original]

Los ángeles son nuestros hermanos y compañeros en un mundo de libertad y gracia. Como nosotros, ellos son salvados por Cristo Señor, y Rey de los Ángeles. Con Cristo, su Rey, son enviados con su mandato. Vienen a nosotros como mensajeros invisibles de su divina voluntad. Como misteriosos protectores y amigos en el orden espiritual. Su presencia que nos rodea, inimaginable, tierna, solícita y poderosa, terrible como dulce. Es cada vez más olvidada mientras que el horizonte personal de nuestra visión espiritual se encoge y se cierra sobre nosotros mismos.

La tan anunciada “muerte de Dios”, esa “ausencia” que es una de las características más significativas de nuestro mundo moderno, se debe sin duda en gran parte a nuestra incapacidad para escuchar las voces de los mensajeros celestiales. Hemos olvidado cómo confiar en estos extraños y, debido a nuestra desconfianza, hemos negado su existencia. La desconfianza hacia el Señor comienza, por tanto, con la desconfianza hacia sus mensajeros. Y qué fácil es desconfiar de aquellos invisibles que hablan más con silencios repentinos y significativos que con declaraciones claras y probatorias.

Porque los ángeles no “prueban” nada. Ni siquiera a sí mismos. Se borran por completo en sus mensajes. Sin embargo, es por su poder silencioso, por la claridad omnicomprensiva de sus mensajes por lo que los conocemos. Dios habla a nosotros en y a través de ellos, y al hacerlo también nos habla de su identidad, revelándonos, por medio de ellos, cosas extrañas y personalidades sagradas que dan testimonio de él en su total ocultamiento.

El ángel es un signo de exclamación que enfatiza una palabra divina, y es mediante esa exclamación como se capta la palabra. Pero los hombres empezaron por eliminar el signo de exclamación -demasiado dramático y mítico- y cuando el tono angelical y personal fue despojado de la palabra, la palabra misma perdió su pleno carácter de revelación y dejó de ser personalmente convincente. Entonces el hombre consideró necesario demostrar que la palabra era verdaderamente de Dios, y el razonamiento humano intentó tomar el lugar del tono y timbre de la voz personal que una vez habló con convicción angelical.

Después de todo, ¿no vienen los ángeles a nosotros desde lejos, desde el “allá afuera” para subrayar el hecho inexplicable de que quien los envió desde lejos ya está presente en nosotros? ¿No deben sus signos de exclamación hacernos conscientes simplemente de que lo que Dios nos dice sobre su voluntad es simplemente su propia visión y su propio amor obrando dentro de nosotros?

En última instancia, los ángeles nos están diciendo, por su presencia personal y repentina, que hay alguien más grande que ellos aquí, y que son enviados para informarnos que estamos arraigados en la misma Luz de la cual fueron enviados. Sin embargo, si no hubieran sido enviados, nuestros ojos nunca se abrirían. Nuestros corazones nunca saltarían de su pequeña limitación a la gran libertad de una respuesta perfecta y total. Pero si somos las “únicas personas” en el mundo creado, entonces inmediatamente el mundo de la personalidad, de la libertad, de la gracia, de la alegría se vuelve estrecho. Sus luces se apagan y las contraventanas se cierran. En palabras de Wordsworth. “Las sombras de la prisión comienzan a cerrarse”. La “visibilidad” del mundo espiritual se vuelve opaca y nuestro propio corazón se congela y se cierra a nosotros. Dios permanece tan sólo como una abstracción todopoderosa e infinitamente lejana cuando los ángeles ya no nos hablan de Él. Y cuando Él se vuelve abstracto, “muere”. Pero su “muerte”, lamentablemente, se produce en nosotros. Ya no sabemos quiénes somos, habiéndole perdido a Él.

Nos encontramos con los ángeles, los mensajeros de la ayuda divina, en las fronteras de nuestra propia libertad y de nuestra propio poder. Nos tocan cuando alcanzamos nuestros límites naturales. Por eso nos parecen “terribles” (Ein jeder Engel ist schrecklich, dijo Rilke) no sólo porque son mayores que nosotros. No sólo porque pertenecen a la creencia en el mundo “totalmente Otro”, sino porque no solemos encontrarnos con ellos excepto cuando nosotros mismos nos quedamos sin fuerzas, sin resistencia, o sin entendimiento. O sin nuestra capacidad de esperar y de creer. El ángel aparece cuando nosotros mismos somos reducidos al centro de nuestra necesidad más profunda. Precisamente porque el ángel viene como el consolador y nos dice “no temas” (Lucas 1:13) y “Tú oración ha sido escuchada” (Lucas id. cf., Daniel 7:23), el hombre prefiere cada vez más no verse reducido al extremo en el que necesita la ayuda angélica, una respuesta. En lugar de temer y luego que le digan que no tema más, preferiría evitar el miedo. Nuestra poca fe preferiría vivir sin una ayuda tan poderosa, ya que proviene del mundo invisible que está totalmente más allá de la observación y el control. En otras palabras, preferiríamos apañárnosla sin demandas hacia nuestra fe. Preferiríamos que no nos recordaran nuestra pobreza. Y además, los ángeles parecen complicar las cosas. Al parecer, en el mundo moderno de los viajes espaciales, los ángeles ya no gobiernan el sistema planetario. Entonces, quizás, pensemos que tampoco tengan nada que ver con nosotros. Nos hemos apoderado de sus planetas. ¡somos más ricos que ellos!

La civilización tecnológica es, tal y como es ahora, una civilización sin ángeles. Es una civilización en que hemos substituido al ángel por la máquina. Es decir, que hemos colocado a la máquina en el lugar donde solia estar el ángel: en el límite de nuestras propias fuerzas, en la frontera de nuestra capacidad natural. Pero ahora podemos ver nuestros límites sin miedo y sin necesidad de ayudantes invisibles. La máquina es completamente visible. Y aunque el mundo de las máquinas es en sí mismo una especie de tremendum misterioso (los ordenadores cada vez más y más se vuelven capaces de realizar en un instante operaciones mentales que el hombre nunca podría esperar realizar), ahora las máquinas son “nuestros” ángeles. Nosotros las hicimos, no ellas a sí mismas. Están, creemos, enteramente en nuestro propio poder. Se convierten, entonces, en extensiones de nuestra propia inteligencia, de nuestra propia fuerza. No tenemos que caminar hasta el borde de un vacío infinito para sentir el roce de sus impredecibles alas sobre nosotros a la luz de las estrellas. Forman parte de nuestro propio mundo cerrado y confortable. Se interponen entre nosotros y la naturaleza. Forman una especie de “habitación” en la que estamos aislados del resto de la creación material. Tanto más de los seres espirituales. Ellas crean un nuevo clima para nosotros. Incluso suprimen el día y la noche. Hacen el cielos innecesarios. Crean para nosotros un nuevo “tiempo” y un nuevo “espacio”. De hecho, han construido para nosotros un mundo mental completamente nuevo. También tienen una especie de vida propia. Viven de los espíritus de los hombres que ceden cada vez más y más a la máquina. Las hemos entregado cada vez más de lo humano y lo natural. Así el hombre habita rodeado de ángeles de cromo y acero. Seguro en el mundo de la técnica que lo rodea, el hombre se recrea según su propio placer. O eso cree y espera. Aquí los ángeles invisibles no puede alcanzarlo. ¿O sí pueden? ¿Existen otras inteligencias angelicales que construyan en secreto el brillante y prestigioso reino del poder mecánico que rodea al hombre, y que se lo quiten en secreto de sus manos mientras que él piensa que es su dueño? ¿Quién puede decirlo? No nos paramos a pensar en ello porque nos falta tiempo.

El “tiempo” creado para nosotros por las máquinas, nos “ahorra tiempo”. Es un tiempo de nuevas dimensiones, una nueva medida espiritual en la que, curiosamente, todo queda sin aliento y el pensamiento se encuentra extrañamente distraído y confuso.

(Obsérvese que cuando uno vive en soledad dedicado a Dios, hay un cambio completo en la dimensión temporal de la vida. En primer lugar, la vida solitaria en el bosque es liberada del “tiempo de la máquina” y restaurada al tiempo natural. El amanecer, el mediodía y el atardecer regulan su trabajo y su día, y el invierno significa más horas de oscuridad, meditación y silencio. Con la llegada del invierno, la mente adquiere una nueva tranquilidad, una expectativa de advenimiento de un tono maravilloso y profundo, imperturbable a demasiadas cosas. Al pensamiento activo. Luego viene una dimensión temporal aún mayor: la del tiempo angelical, medida no por la expectativa del sol naciente ni por la planificación del trabajo práctico, sino por una sensación de barbecho, de letargo de vigilia, de pérdida y desorientación de uno, cuyas manos y corazón están vacíos, esperando sólo lo que nunca podrá ser planificado. En el tiempo de la máquina, todo está planificado, determinado. Cada instante tiene su propio afán. En el tiempo natural hay una lenta y armoniosa sucesión de lo cósmico y lo terrestre. Acontecimientos a los que la propia naturaleza del hombre tiene sus antiguas respuestas. En el tiempo angelical no hay planes, porque los planes son imposibles.

¡Ese es el tiempo en el que el hombre es totalmente libre; un tiempo de vacío, ausencia y felicidad! “Inútil” al mismo tiempo que “feriado”; en un estado de fiesta incomprensible, y “preparado” para la aproximación de cualquier “palabra” que puediera venir. En esos momentos no hay diferencia entre horas y minutos, ni minutos y horas.)

Al extender los horizontes del poder físico del hombre, la máquina ha cerrado completamente el horizonte de lo no-deliberado y de la “feriación”. Y, sin embargo, deja al hombre lleno de bullicio y acción en presencia de un vacío moral. Ya no puede comprenderse a sí mismo ni enfrentarse a lo sobrenatural que está más allá de lo concebible. Al prometerle poder ilimitado, las máquinas han permitido que el hombre se entregue tanto a ellas que, cuando de repente se encuentra sin su apoyo, se encuentra mucho más indefenso, mucho más limitado que antes.

Se puede construir un edificio sin ventanas, climatizarlo e iluminarlo artificialmente, pero cuando se corta la energía eléctrica, ya no se puede filtrar ni siquiera la luz del día a través de la niebla de la ciudad o del aire de la calle. Estáis aprisionados en una oscuridad sofocante. Ésa fue la “señal” angelical que golpeó al este de los Estados Unidos en el otoño de 1965 cuando no sólo una sección de una ciudad, no sólo una ciudad, sino cincuenta grandes ciudades y cientos de pueblos quedaron repentinamente privados de energía eléctrica. Los ascensores de los edificios de ochenta plantas se detuvieron, totalmente a oscuras en los huecos donde no había abertura en cientos de metros. Los pasajeros prisioneros tuvieron que ser rescatados a través de agujeros practicados en los pozos con taladros neumáticos. Las delicadas operaciones cardíacas en hospitales a oscuras (algunos de los cuales, curiosamente, no tenían energía auxiliar) debían completarse a la luz de linternas y con todo tipo de medios alternativos para reemplazar a la energía eléctrica. ¡Entonces, de repente, los ángeles tuvieron de nuevo mucho que hacer! ¿Será esto quizás una advertencia angelical y misericordiosa a la poderosa sociedad que ha decidido vivir completamente sin ayuda angelical, ya que, de todos modos, se ha olvidado de la existencia de los ángeles?

¿Debemos esperar desastres aún mayores y más aterradores en los próximos años? Y si vienen esos desastres, ¿podremos interpretarlos? Ciertamente, hubo cientos de personas en el apagón de Nueva York que pensaron que era una “señal”, un recordatorio de algo peor que pronto podría suceder. Muchos respondieron con gran caridad, paciencia y ayuda. Y al darse cuenta de que esto era algo misterioso y extraordinario, sacó a relucir la profunda bondad que había en ellos. Pero junto con esta vaga conciencia vino una profunda sensación de impotencia, de desorientación en una sociedad que se había vuelto radicalmente absurda. (Un alto funcionario de la compañía eléctrica, cuando se le pidió que explicara el apagón, pronunció una frase que era completamente ininteligible, y de pronto todos se dieron cuenta de que detrás del aparente “orden” y armonía del mundo tecnológico había una vasta irreflexión, fuera de ciertos límites restringidos accesibles a una mente propia de un administrador.)

Seguramente los ángeles no envidian a nuestras máquinas, ni están excluidos por completo de un mundo en el que las máquinas complementan nuestros poderes físicos y mentales. Si en realidad el mundo tecnológico carece de ángeles, es por nuestra propia elección, no, después de todo, por la naturaleza misma de la tecnología. Que hizo que se utilizara maquinaria primitiva en la construcción de catedrales que, por su extraordinaria escultura y arquitectura, nos presentaban una cosmología visible y simbólica repleta de ángeles. ¿Serán parte de nuestro mundo moderno de máquinas? Obviamente, tendríamos que ver a los ángeles de manera diferente. Buscaríamos una nueva comprensión de ellos. Interpretaríamos su acción en nuestras vidas, tal vez según las líneas sugeridas por los arquetipos de la psicología profunda junguiana. Los ángeles son ante todo personas, pero su personalidad no debe concebirse en términos de materia individualizada. Menos aún debemos considerarlos como fuerzas suprafísicas que irrumpen en el mundo de la física terrestre. Como asteroides del espacio exterior. Si ahora tenemos barcos espaciales, entonces tal vez ya no sea necesario imaginar a los ángeles como hermanos mayores de las estrellas. Sin embargo, hoy no son menos reales ni menos personales, no están menos interesados ​​en nosotros y no los necesitamos menos. Después de todo, en la Edad Media no queríamos ángeles simplemente como médicos e ingenieros. Todavía quedan límites cuando nos enfrentamos al vacío desde el cual no es imaginable ningún rescate mecánico. Y esas fronteras nunca serán abolidas.

En estas fronteras, como siempre, nos esperan los ángeles. Si la sociedad tecnológica parece excluir a los ángeles, es porque busca hacernos olvidar esas otras fronteras (¡especialmente la muerte!). Y eso tampoco es culpa de la inocente máquina. Es nuestra propia elección. En nuestra locura hemos tratado de convencernos de que nuestra maquinaria es suficiente para todas nuestras necesidades y que no hay nada que la ciencia no pueda hacer por nosotros. Aquí está nuestro trágico error. Es nuestra ansiedad por hacer que nuestro mundo mecánico sea completamente autosuficiente y autónomo, lo que lo hace espiritualmente inhabitable para nosotros. Más que nunca necesitamos a los ángeles, no para reemplazar nuestras máquinas sino para enseñarnos a vivir con ellas. Porque los ángeles vienen a nosotros para enseñarnos a inclinarnos a descansar, a olvidar cuidados inútiles, a relajarnos en silencio, “soltarnos”, abandonarnos no a una diversión consciente sino en una fe olvidadiza en nosotros mismos. Necesitamos que los ángeles nos recuerden que podemos arreglárnoslas sin tantos bienes y satisfacciones superfluas que, en lugar de aligerar nuestra existencia, la abruman. ¡Que vuelvan a nuestro mundo y lo liberen de su enorme aburrimiento, de su fatiga metafísica! El teólogo ruso P. Evdokimov afirma, con notable perspicacia que el demonio actúa sobre el hombre como “una voluntad que le es ajena, que le atrae hacia sí mismo sin proporcionarle ningún encuentro. Sin duda, esto describe la situación real del hombre tecnológico.

No importa cómo imaginemos el mundo espiritual en el que vivimos (incluso si imaginamos que ha dejado de existir por completo). Sigue existiendo. Las fronteras de nuestro ser permanecen, la muerte permanece, el vacío permanece. Y cuando estamos al borde de él, estamos obligados a encontrarnos con ángeles: si no buenos (en un encuentro genuino), al menos malos (en las máscaras de la Nada). Ese es el problema. Y eso nos muestra la necesidad que tenemos de repensar toda nuestra posición antes de que se nos acabe el tiempo.

Una observación más: hay muchos moderados que están dispuestos a aceptar un mundo de “interioridad” y espiritualidad inmanente, pero no un mundo de religión marcado por la fe y la dependencia de un Dios trascendente y personal. En el mundo de la mera interioridad, el pensamiento del ángel puede convertirse en una ilusión y una tentación. Los ángeles mismos nos advierten contra la complacencia en nuestras relaciones espirituales con ellos (Apocalipsis 19:10). Nos recuerdan siempre que es a Dios a quien debemos adorar y servir. Nos enseñan cómo servirle. Buscan atraernos a su liturgia y hacer que todo nuestro mundo, con las máquinas y todo, forme parte de su gran comunidad de alabanza.

Seguramente, si vamos a reconstruir el orden temporal mediante la dedicación de nuestra propia libertad y nuestra Ciencia a la verdad y al amor, necesitamos que nuestros ángeles buenos nos ayuden y nos guíen. ¿Quién sabe? Tal vez nuestra tecnología misma requiera de guardianes angelicales que estén listos para venir si se lo permitimos. No debemos de temer que reaviven obsesiones que murieron con la Edad Media. No nos corresponde a nosotros imaginarlos, explicarlos, escribirlos corporalmente en los detalles de nuestros planos. Nos corresponde a nosotros confiar en ellos, sabiendo que más que nunca son invisibles para nosotros, desconocidos para nosotros, pero muy poderosos, muy propicios y siempre cercanos.

Reedición: Merton Seasonal 22 (primavera 1997)

viernes, 7 de septiembre de 2018

A la muerte de Martin Heidegger (I): "Heidegger y el cadáver de nuestra civilización" de Juan Pedro Quiñonero y "En la muerte de Martin Heidegger" de José Jiménez Lozano (Destino, 10 de junio de 1976)


Heidegger y el cadáver de nuestra civilización
El proyecto de una filosofía que nos propone revocar veinte siglos de cultura.
Nietzsche, en «El origen de la tragedia», inició la demolición de los fundamentos de la civilización cristiana. La obra de Martin Heidegger culmina en una indagación etimológica que refuta los cimientos donde ha reposado, durante veinte siglos, la metafísica platónica, la teoría de las ideas expuesta en el «Fedro», raíz de la moral cristiana e inflexión ética y lingüística que la religión ascendente, desde Orígenes, se apropió en un acto de vampirismo cultural de vastas proporciones.
A partir de la «Carta sobre el humanismo» (1946) a Jean Beaufret y «El retorno al fundamento de la metafísica» (1949), Heidegger inicia el desarrollo de tal impugnación. Sus escritos sobre Hölderlin y el origen de la obra de arte, su rescate de los presocráticos, los dos gigantescos volúmenes de su «Nietzsche». desarrollaran su teoría del nuevo humanismo que. tras la muerte de la metafísica, la imposibilidad verbal de continuar «Sein und Zeit», tiene un objetivo único: proyectar los cimientos de la civilización poscristiana, imaginar los fundamentos de otra civilización, aquella que pudo ser, pero que la metafísica platónica abortó en la ética y la estética cristianas. Tal proceso incluirá, pues, un análisis de las imposturas verbales, las falacias y malentendidos verbales en que reposa nuestra civilización. La etimología nos conduce hasta los orígenes de nuestra cultura, y el discurso desmonta los mecanismos a través de los cuales las palabras, los usos verbales, erigieron los templos vacíos don de adoramos a las divinidades perdidas.
No es un azar que Heidegger nos recuerde la actualidad del politeísmo: su búsqueda de unas raíces para la vida del hombre tras la muerte de Dios lo conduce a Heráclito y los presocráticos. Vacía la casa del hombre que se llamó metafísica, hueca la caja que dio cobijo a la existencia del hombre occidental, Heidegger advierte que hubo otras sendas posibles: pero se perdieron pisoteadas por la tropa de filósofos que siguieron a Platón.
Los títulos con que Heidegger jalona su propio discurso son bien elocuentes: HolzwegeCaminos del bosque», 1935-46), Der Satz vom Grund¿Qué significa pensar?», 1954), Unterwegs zur Sprache En camino hada el lenguaje», 1959). El lenguaje será el fundamento donde la existencia se engarza, crece y se multiplica. La etimología, desenredando, como Penélope, la madeja con que las palabras tejieron el paño de la civilización, nos enseña nuevos usos, variaciones, de tan equívocos utensilios. Y así, haciendo oscilar la traducción de las palabras, Heidegger inicia lo que habrá de ser el humanismo poscristiano.
Su legado oscila, pues, entre dos variantes de una pregunta única: la interrogación de las palabras y la interrogación de lo que él llama «el acontecer de la verdad» Desvelar una arqueología de las palabras y la metáforas desemboca en la metafísica anterior a Platón (que había sustituido la diversidad de los mitos originales por el mito por excelencia de la civilización cristiana: «yo», divinidad única que el antropomorfismo cristiano lleva a sus última consecuencias de todo tipo). El devenir de la verdad, tras la interrogación etimológica, nos advierte de un hecho elemental: la verdad no coincide con el concepto de verdad fraguado por nuestra civilización, que entronizó el crimen, la mentira, como normas de conducta, santificándolas en un nuevo concepto, una nueva divinidad, la «historia» (tejido de palabras y leyendas, que es necesario revocar, refutar.
Es bien evidente que «Dios», a partir la revolución industrial, será una categoría que es sustituida, dócilmente, por «Naturaleza» e «Historia»: vocablos tan generales y omnímodos como la divinidad a quien sustituyen, y de quien toman todos sus atributos. La frialdad asesina con que el genocidio y los campos de concentración se justifican en nombre de la «Historia» es bien evidente que tiene su contrapartida en tribunales de inquisición que se sienten iluminados y representantes de los derechos y poderes de la ley divina. El culto a la personalidad de los tiranuelos contemporáneos posee una iconografía y un talante dogmático paralelo al santoral cristiano, con sus mártires, doctores y policías. Las «leyes» de la historia, como las de Moisés, componen un decálogo de prohibiciones y normas de conducta, y aseguran el funciona miento de nuevos códigos militares con qué alimentar a los ejércitos y el derecho a matar, siempre que la sangre derramada lo sea en nombre de la ley.
Así, el legado de Heidegger, en suma, en su fundamentación de un nuevo humanismo, nos enseña, básicamente, los valores negativos de nuestra cultura: cómo despojarnos de la mentira que somos y huir de la palabras que nos suplantan con su cuerpo vacío; cómo escapar a la cárcel que nos habita, fundando nuestra vida en fraudes verbales y tautologías; cómo vivir, cuando los ejércitos de palabras han transformado nuestra vida en un erial tachado por los restos de batallas perdidas.
Quizá, sin duda, Heidegger no nos enseña a responder tales cuestiones; su mérito ha sido muy otro: mostramos que son esas cuestiones que debemos responder, y no otras; enseñamos el camino que nos permita formular, con exactitud, las preguntas esenciales.
Tal proyecto, evidentemente, implica una gramática y una economía de los signos. Una etimología, una arqueología de la palabra, que nos permita conocer con exactitud el carácter verbal (legendario, mitológico) de las arquitecturas que rigen la vida de los pueblos. Y una economía de lo sagrado que nos permita comprender los mecanismos a través de los cuales el intercambio de las mercaderías espirituales reglamenta el comercio de los cuerpos.
Wittgenstein y Bataille, en la historia de las ideas modernas, aportan materiales decimos para comprender, y materializar, tal proyecto. El «Tractatus» es el primer pronto de gramática-filosófica. «La parte maldita» partiendo del célebre «Estudio sobre el Don» de Marcel Mauss, sienta las bases antropológicas para una economía de lo sagrado (la profunda incultura de las escuelas de economismo clásico todavía no han descubierto a Bataille, poniendo bien en evidencia su ignorancia).
Asistimos, nada más cierto, a la caída de civilización cristiana, prolongada y sustituida por las nuevas sectas religiosas (el economismo y la dictadura de la estrategia política). Heidegger nos enseña que nuestra civilización pudo ser otra, que existen cimientos perdidos (Hölderlin los rastrea en «El Archipiélago», y nosotros en nuestra nostalgia del paraíso perdido: la angustia contemporánea es la del hombre que perdió el rumbo de su existencia, de ahí la actualidad de Stevenson: todos buscan un John Silver que nos conduzca a la isla del tesoro), los rastros inolvidables de otra cultura, que nos hace posible imaginar la verdad, la justicia, el deseo: palabras sagradas para nombrar aquello que anhelamos y nuestra civilización ha perdido en la más vil ignominia. La conquista de nuestra libertad, ahora lo sabemos, pasa pues, por la revocación de las palabras que alimentan con nuestras venas el sin vida de una civilización que sólo se sostiene como un cadáver en un hospital de sangre.
Juan Pedro Quiñonero

En la muerte de Martin Heidegger
La memoria del pensamiento y de la propia biografía del filósofo en esta hora puede ser una llamada a la teología católica de hoy.
Por razones eminentemente políticas o incluso de cambio de decorado en la comedia de la historia y de una cultura sometida ella misma al ritmo del consumismo y de la moda, se ha hecho en los últimos años un silencio pesado en tomo a Heidegger, un silencio «en la feria que se tiene por el foro del espíritu», como ya decía el P. Rahner en el homenaje que a Heidegger tributó como maestro en su ochenta cumpleaños. Pero la muerte es necesaria que libre ahora al hombre de todos los juicios provisionales y nos permita enfrentamos con su pensamiento muy lejos de haber sido explotado en toda su riqueza, de modo muy especial en ese ámbito de lo teológico y de lo religioso, que el propio Heidegger dejó, una y otra vez, en blanco en su pensamiento.
En último término, Heidegger no tenía por qué llenar esos blancos, y la incitación que debe recibir el pensador religioso del pensamiento de Heidegger le viene precisamente de esos silencios y del énfasis puesto por el propio Heidegger, en que en todo y en cada ser se debe rastrear un misterio que nos interroga En este sentido es como ha influido en lo mejor de la teología católica del siglo XX y como se ofrece aún a más profundas reflexiones por parte de esa teología en cuanto ésta vuelva a recuperar la confianza en sí misma.
La teología católica de este momento, en efecto, atraviesa por una especie de vergüenza de sí misma o, mejor diríamos, por la oscurísima noche de sentirse inútil, vacía, reducida a nada. En realidad está atravesando por la experiencia de «el nihilismo a las puertas», que el mismo Heidegger describió como una experiencia ineludible para el mundo del pensamiento y de los valores del mundo de después de Nietzsche. Sí Dios, como fundamento suprasensible y como fin de todo lo real está muerto —escribía a propósito del «Dios ha muerto» nietzscheano—, si el mundo suprasensible de las ideas ha perdido su fuerza obligatoria y sobre todo despertadora y constructiva, ya no queda nada a que el hombre pueda atenerse y por lo cual pueda guiarse. De ahí que en el pasaje leído (el pasaje de «Dios ha muerto») figura la pregunta: ¿No vagamos como si fuera por una nada infinita? La frase «Dios ha muerto» contiene la comprobación de que esa nada se ensancha. Nada significa en este caso ausencia de un mundo suprasensible, obligatorio. El nihilismo, «el más inquietante de todos los huéspedes», está a la puerta.
La teología católica, por otra parte, ha quedado muy resentida y marcada por la utilización que de ella se ha lucho en el plano político para la sustentación de las más crueles dictaduras, exactamente como el nazismo aprovechó el pensamiento heideggeriano para apuntalar el mito nacionalista y racial, y teme que la reflexión en tomo al misterio y a lo inefable la lleve a apoyar nuevas irracionalidades políticas. Ha preferido, en amplias zonas al menos, proporcionar una reflexión para la liberación política y económica de los oprimidos y para la protesta contra toda alienación. Hada hay que reprocharla por ello. La teología, desde luego, no puede andar por ahí con su túnica impoluta mientras miles de hombres son sacrificados en sus vidas o en su humanidad, pero para eso no necesita convertirse en antropología ni en puro discurso político. El discurso teológico tendrá que seguir siendo sobre Dios y sobre la ligazón misteriosa que existe en cada cosa con el ser.
También la teología católica tiene que reprocharse, en mayor medida aún que Heidegger, el no haberse levantado contra la idolatría hitleriana o el haber suministrado categorías teológicas a otras dictaduras, pero ahora tampoco puede hacerse cómplice de otras visiones totales y totalitarias del hombre y de la historia, aunque ostenten un rostro de racionalidad, de eficacia o incluso de renuencia ética: el marxismo o la civilización tecnológica, por ejemplo.
La muerte de Heidegger, la equivocidad del pensamiento de Heidegger y del mismo pensamiento católico con la irracionalidad política —el nazismo— es, sin duda, otra urgencia para plantearse la lucidez ante la fascinación de nuevas equivocidades o la fascinación de la derrota y del nihilismo.
José Jiménez Lozano
Destino, Año XXXVIII, No. 2019 (10 jun. 1976), pp. 30-31

sábado, 1 de septiembre de 2018

"La propuesta gnóstica" por Eugenio Trias (La Vanguardia, 6 de junio de 1997)


La propuesta gnóstica
No es un indeterminado fenómeno de fin de siglo y de milenio lo que nos mueve a muchos a interesarnos por la religión y la espiritualidad: no es, por tanto, una moda coyuntural, algo así como un hecho “externo” que aparece de pronto bajo la forma del “retomo de lo religioso”. Es, más bien, un sentimiento y una percepción que responde a profundas motivaciones personales; o que procede de la propia experiencia.
Entiendo que los sacerdotes de la progresía oficial y oficiosa, que habían decretado ya la muerte de toda religión y de toda espiritualidad en nombre de un concepto algo casposo de razón ilustrada, se sientan profundamente inquietos. Pues el tiempo de su monopolio en relación con las formas que arbitra la inteligencia filosófica para comprender la experiencia ha pasado. Y la prueba de ello la da este curioso “sermón gnóstico” [Presagios del milenio, Anagrama, Barcelona, 1997] que provocativamente presenta Harold Bloom a través de una prosa ágil e irónica con la cual desbroza el trigo de la paja de esa espiritualidad finisecular.
El trigo es, a su modo de ver, la propuesta gnóstica, una forma de acceso al mundo espiritual que tiene por precedentes preclaros el gnosticismo de los primeros siglos del judeocristianismo, el sufismo chiita iraní (tan excelentemente tratado por Henry Corbin) y la cábala judía medieval y renacentista. La paja es, en cambio, toda la variopinta “industria del más allá”, con toda su cohorte de telepredicadores y de formas integristas característicamente norteamericanas (por no hablar de los excesos sectarios o de los integrismos de las grandes religiones del libro).
Se trata de un ensayo escrito con ánimo de divulgación y de provocación en el que se descubre la gran fuerza que todavía hoy puede poseer esa “conciencia gnóstica” como desafío, a la vez, de los sedicentes agnosticismos o ateísmos en curso y de las formas ortodoxas de creencia de los correligionarios de las distintas religiones positivas, con sus iglesias o comunidades de fieles.
Esa conciencia gnóstica es, hoy por hoy, uno de los más atractivos componentes que presenta la espiritualidad en curso. Yo mismo intente mostrarlo, en sus trazos históricos, en mi libro “La edad del espíritu”. Me alegra en este sentido la convergencia que, a este respecto, muestra Bloom en su oportuno ensayo. Uno de los temas pendientes en el próximo futuro es, creo, la articulación de esa conciencia con una nueva vuelta de tuerca sobre las grandes religiones (sobre todo las más próximas a nuestra cultura, como son las religiones del libro). Y la necesidad de conjurar todo ello con una adecuada elaboración de carácter específicamente filosófico.
El libro de Bloom puede servir, en este sentido, de meritoria introducción a la lectura de quienes más y mejor han contribuido a reavivar, con sus estudios eruditos, esa conciencia gnóstica: Henry Corbin, en lo que respecta a la gnosis islámica; Gershom Scholem en relación con cábala, y los estudiosos del antiguo gnosticismo judeocristiano.
A este respecto yo citaría a un autor insigne que, desgraciadamente, se tiene injustamente postergado; me refiero al jesuita Antonio Orbe, el autor de la más preclara y monumental obra sobre el gnosticismo valentiniano.
La gnosis sugiere la existencia de un estrato hondo de nuestro yo que preexiste y rebasa nuestra simple conciencia, y que interviene como doble angélico, o como “daimon”. Y que constituye el núcleo autentico de nuestra propia identidad. Trasciende las condiciones de tiempo y lugar de nuestra estancia en este mundo y constituye, quizás, el “doble” benefactor que nos acompaña de forma discreta y silenciosa.
El “conocimiento” de ese “doble” tiene el carácter de una comprensión liberadora que trae salud y vigor (o que es “salvadora”).
Las distintas formas de gnosis han intentado determinar, del modo más preciso y variado, las experiencias en que ese conocimiento se produce. Bloom abunda, con ironía y verdadero convencimiento, en el recuento de esas experiencias, abriendo así el ámbito de una posible sublimación de ciertas formas de experiencia que a veces suelen aparecer de forma demasiado tosca y banal, o a través de formulaciones inapropiadas (como son las actitudes milenarias o apocalípticas tan propias de este fin de milenio).
Reseña de “Presagios del milenio” de Harold Bloom. EUGENIO TRÍAS, La Vanguardia, 6 de junio de 1997, p. 47.

jueves, 30 de agosto de 2018

Última entrevista a Julián Marías (ABC, 18 de diciembre de 2005)


Última entrevista 
Julián Marías
Académico y filósofo
«Quien crea que cuando alguien muere se acaba, no ha querido a nadie de verdad»
El 12 de enero de 2003 apareció en Los Domingos de ABC una entrevista con el filósofo Julián Marías, fallecido esta semana en Madrid. Sus palabras siguen tan vigentes como la serenidad de sus enfoques
Por César Alonso de los Ríos y Agapito Maestre. 
Es difícil imaginar un contraste mayor que el que hay entre el desorden del estudio del filósofo y la claridad del pensamiento de éste. Uno avanza entre mesas, con inmensas gibas de papel, hasta el sillón en el que se hunde el escritor ya con la vista muy deficiente, pero con una mente de la que sigue manando un discurso coherente, lúcido, con frecuencia irónico.
Hemos venido a charlar con el maestro y. sobre todo, a rendirle homenaje. La vida le ha deparado pocas gratificaciones. No se le ha perdonado nunca haber dicho siempre lo que ha pensado: «El mérito mayor de los tres tomos de mis memorias es no mentir nunca». La Universidad, tan acogedora para algunos, prevaricadora casi en algún caso, le fue hostil siempre a Marías, desde el 39. No se le permitió doctorarse hasta 1951. Demócrata de toda la vida, no ha gozado nunca de la simpatía de los progresistas. «He sido siempre un perseguido». Desde luego su obra ha sido minusvalorada. Reducido a exégeta de Ortega es el más autorizado de sus intérpretes pero, además o sobre todo, es autor de títulos inexcusables para la inteligibilidad de España y de una obra cumbre en la filosofía española: «Antropología metafísica».
—Queremos empezar por un hecho que llama la atención: cómo explicar que, habiéndose mantenido siempre al margen del oficialismo franquista, no haya sido reconocido por los progresistas.
—Eso tiene una explicación muy racional. Nunca a lo largo de mi vida he abdicado de decir la verdad. toda la verdad. Porque para mí decir la mitad es mentir.
—Usted ha sido crítico con la República y con las posiciones de Ortega ante la República.
—Ortega no previo lo que iba a pasar y habría debido hacerlo. Había que haber sido consciente de en qué manos se ponía el pandero. Es evidente que la situación era mala en el año 30 y que había muchos motivos para el descontento pero, a la vista de lo que sucedió, habría sido mejor que la Monarquía hubiera seguido con sus defectos porque de la República salió la guerra civil.
—Intelectualmente, usted es un hijo del clima de la República.
—La Facultad en la que estudié estaba al más alto nivel europeo. Teníamos a Ortega, a García Morente. a Sánchez Albornoz, a Menéndez Pidal... Ninguno de los intelectuales estaba por la guerra. Tan sólo algunos de tercera fila (...).
—Ha dicho que se debería haber tenido en cuenta quién Iba a tener el poder en la República. ¿A qué se refería?
—En la guerra civil la República quedó en manos de la Unión Soviética. De la guerra yo salvo únicamente a Besteiro, que nunca tuvo poder. Lo tuvo, si, al final para conseguir que la guerra pudiera terminar un poco más civilizadamente. En la cárcel conocí a un militante del partido socialista, ex oficial del Ejército, que se pasaba el día culpando a Besteiro de que él estuviera en la cárcel. Un día me cansé y le dije: «Tiene razón, si no hubiera sido por él usted estaría criando geranios».
—Usted se ha enfrentado a las versiones tópicas de la guerra y el exilio.
—Al hablar del exilio no se distingue entre el del 36 y el del 39. El primero se produce con la llegada de la guerra y por temor a la pérdida de libertades. El segundo tiene que ver con el desenlace de la guerra. (...)
—Fue a la cárcel por una denuncia. En la última novela de su hijo Javier se habla de ese episodio, pero usted se ha negado siempre a desvelar la personalidad del denunciante.
—¿Para qué? Lo curioso del caso es que era un amigo, un compañero del bachillerato, al que yo estimaba y con el que jamás había tenido una discusión. Ni siquiera pudo haber una rivalidad profesional ya que él se había dedicado a la Historia... Se inventó todo lo que quiso en contra mía.
—Usted no se exilió.
—A mí me había impresionado, de joven, una frase de Danton en la en la que se dice que «a la patria no se la puede llevar uno en la suela de los zapatos». Al salir de la cárcel mi preocupación era sobrevivir. de qué vivir. No podía dedicarme a la enseñanza, así que me dediqué a traducir y a escribir libros.
—Su «Historia de la Filosofía» era una cátedra ambulante.
—Que nadie recomendaba a los alumnos. Se publicó en enero de 1941 y enseguida hubo que hacer una segunda edición y una tercera. Gracias a ese libro pude casarme. Por ahora van 41 ediciones.
—Entra en contacto con Laín y comienza a escribir en «Escorial», la revista de los intelectuales falangistas.
—Laín quiso conocerme. Era el subdirector de la revista y en ese momento era consejero nacional de Falange. Nos hablamos con sinceridad y nos entendimos. Naturalmente me dijo que escribiera sobre temas culturales. Nuestra amistad duró treinta años.
—Se le cierra la Universidad hasta el punto de que no pudo hacer el doctorado hasta 1951.
—Fui realmente un perseguido. No pude escribir en los periódicos durante doce años, hasta que Luis Calvo, director de ABC. me pidió una colaboración.
—Por eso resulta muy notable que usted defendiera la tesis de la continuidad cultural por encima de la guerra y de la censura. En uno de los ensayos que usted recoge en «Los españoles» reivindica el alto nivel de la cultura española entre el 39 y el 59. ¿No cree que esa ha sido una de las cosas que no se le iban a perdonar?
—Vuelvo a lo mismo. Yo digo lo que pienso, y lo que defiendo en «La vegetación del páramo» es esa brillantez de la cultura que se pone de manifiesto en la lista de libros —libros impresionantes—entre 1941 y la muerte de Ortega.
—Otra de las razones de la minusvaloración de su personalidad como filósofo se ha debido, quizá, a haberle reducido al papel de exégeta de Ortega (...).
—Yo he escrito dos tomazos sobre la obra de Ortega, de quinientas páginas cada uno. que me complacen mucho. Ahí están, pero mi obra es mucho más que eso. (...)
—Tampoco Ortega ha tenido el reconocimiento debido. ¿Qué fue para usted?
—Mi gran maestro, mi amigo, mi mejor amigo, una persona admirable. Al poco de morir, alguien me preguntó que cómo era. Le contesté: «Como el sol, luminoso y cálido». No pude decir nada mejor.
—Una preocupación constante en su obra ha sido la idea de España: «Los españoles», «España inteligible»...
—Libro que cumple lo que promete en el título.
—Usted publicó una serle de artículos en «La Vanguardia»...
—Quince.
—En los que se acercaba con respeto al hecho catalán...
—Y con amor.
—Y tuvo una respuesta mala de Maurici Serrahima....
—Poco acertada, diría yo.
— ¿En qué se equivocaba el juicio de Serrahima?
—En que para mí Cataluña es España. una parte de ella, una pieza inseparable del todo y no se puede entender a Cataluña al margen de España. Había en Serrahima una voluntad de apartismo. En todo caso, nada comparable con la situación actual. Mucho peor.
—A Serrahima le dolía que usted hablara sobre Cataluña.
—En una ocasión di una conferencia sobre el poeta Maragall. Uno de los asistentes dijo, en el coloquio. que yo no estaba capacitado para entender a Maragall porque yo no soy catalán. Le respondí que nunca había llegado a pensar que se tratara de algo tan misterioso como el alma tibetana.
—A la vista del ascenso de los nacionalismos y el agravamiento de los problemas, ¿ha valido para algo tanto esfuerzo apologético y de pura racionalización?
—También han aparecido soluciones.
—¿En el País Vasco también?
—El problema del País Vasco es ETA. Lo de Cataluña tiene sus pegas. pero lo que está mal es el País Vasco. Porque hay miedo, y donde hay miedo no se puede votar con libertad y no puede hablarse de elecciones libres.
—Usted ha escrito que no hay vida «vividera» sin libertad.
—La gente vota por miedo al PNV. El temor no lleva a ninguna parte.
—Volviendo a los rechazos que su obra ha producido en el mundo progresista hay que recordar su posición en relación con EE.UU., con el Imperio.
—¿Imperio? Los EE.UU. mandan menos de lo que tendrían que mandar para la responsabilidad que tienen. A EE.UU. no se le perdona que nos haya librado de Hitler y de Stalin. Hay otros factores... Por ejemplo, los complejos de Europa ante EE.UU. Europa está muy floja.
—También en el pensamiento.
—También. Piensen que Francia es un país que no ha tenido jamás decadencia, hasta ahora, desde finales de los sesenta no ha aparecido nada nuevo. Es algo que nunca había ocurrido en Francia. Pero la crisis alcanza a Alemania. Gadamer. que no era de la talla de los más grandes, murió en el 2000 con 102 años... ¿Qué queda de aquel pensamiento fantástico que va de Wittgenstein a Heidegger?
—Habermas y poco más.
—Muy poquita cosa.
—El neokantismo es hegemónico. y eso lleva a un alejamiento de la realidad. ¿Usted no cree que una filosofía al margen de la vida acaba matando la vida y el pensamiento?
—La filosofía consiste en hacer transparente la vida.
—Hablamos antes del sentido de la trascendencia en Ortega. ¿Y el suyo?, ¿cómo define su religiosidad en estos momentos?
—Yo soy profundamente religioso y cada vez más específicamente católico. Las visiones más profundas del catolicismo están en las oraciones básicas. Lo malo es la faramalla con que se las rodea, las oraciones básicas son de una gran perfección. El credo, por ejemplo: hay que decirlo despacio. palabra a palabra. (...) La idea del hombre que se deriva de esa creencia, la idea del hombre como responsable, como esencialmente libre, que tiene que responder de lo que hace, que es libre, y que puede elegir, que está destinado a seguir viviendo…
—Habla usted de la muerte y de la otra vida.
—La gente admite con frivolidad increíble que cuando alguien muere acaba. ¿Cómo se va a acabar? El que crea eso es que no ha querido a nadie de verdad. La idea de que las personas se aniquilan es incomprensible, monstruosamente inverosímil... Si lo más grande que hay en el mundo es la persona, es lo más real que conocemos. decimos que nada se destruye, que se transforma, pero admitirnos que se aniquila el ser que somos cada uno. El hombre tiene que imaginar cómo puede vivir después de la muerte. En mi libro «La felicidad humana» hay un capítulo titulado «La imaginación de la vida perdurable». Yo digo que no será así, como digo, sino que será mucho más interesante pero basta con eso para desearlo.
—¿Es Europa para usted un hecho culturalmente cristiano?
—No se podría entender de otra manera.
—¿Y el Islamismo?
—Cuando cayó el muro de Berlín yo dije, al día siguiente, que el gran problema que nos acechaba era el islamismo.
ABC (Los domingos), 18 de diciembre de 2005, pp. 60-61.