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martes, 7 de marzo de 2017

Rémi Brague. Entrevista en "La Vanguardia" y noticia de Gregorio Luri


“La verdad no se puede tener, es como una luz”
Remi Brague, filósofo, historiador de las ideas
Tengo 67 años. Parisino, durante diez años viví también en Munich. Estoy casado desde hace sólo 44 años. Dirijo el centro de investigación Tradición y Pensamiento Clásico en La Sorbona. La política es menos importante que la cultura. Soy católico practicante... y creyente
¿Sabe más a los 67 que a los 40?
Leo mejor el hebreo, sin duda.
¿Y sobre cosas que le sirvan para vivir?
Resulta más importante la cosmovisión que uno tenga que la experiencia cotidiana, que puede ser manipulada y falsificada por varios factores.
¿Cree más en las ideas que en la experiencia?
Las ideas pueden ser pura ilusión. Pero las ilusiones también desarrollan un papel esencial en nuestras acciones. La intervención de la gente en el mundo depende estrechamente del modo como ve el mundo. Nuestras acciones vienen de más lejos de lo que nos figuramos, y pueden tener consecuencias más largas.
¿Eso que hacemos en el día a día?
Sí. Las puertas que se cierran tras nosotros tienen una relación estrecha con las puertas que se pueden abrir frente a nosotros. En realidad estamos hablando de la dimensión de nuestra libertad.
¿Para eso sirve la filosofía?
La filosofía no sirve para nada, como el arte, la religión o todo lo que es importante en la vida. Servir es lo que hacen los esclavos.
Pues hablemos de libertad.
La filosofía puede ayudarnos a sopesar las consecuencias de nuestros actos y la hondura de nuestra libertad; entender que en un cierto sentido todo depende de nosotros, de nuestras acciones y decisiones.
¿No se siente usted insignificante?
Por un lado sí, tenemos poca importancia, vivimos en un pequeño planeta.
En el extremo de una pequeña galaxia.
Sí, pero por otro lado somos el único punto del universo sobre el que podemos tener una influencia, y por eso desde la perspectiva de la acción, de lo que tenemos que hacer, somos lo más importante del mundo.
¿Cada uno de nosotros?
Sí, porque cada uno de nosotros es la única persona que puede tener una influencia sobre cada uno de nosotros, y el resto del mundo es indiferente.
¿Usted tiene verdades?
Las verdades no se pueden tener, son como una luz, y la luz no es un objeto que se puede coger. No tenemos la verdad, la verdad nos tiene, la verdad nos da luz.
Entiendo.
San Agustín distingue entre dos tipos de verdad: la verdad que luce, que proyecta luz sobre las cosas y que nos permite conocerlas y utilizarlas; y la verdad que nos pone a plena luz y evidencia aspectos de nuestra alma que preferiríamos esconder, la que acusa las sombras y las pone de relieve.
Ilumina nuestra mediocridad.
Sí, y no nos gusta, preferiríamos esconder los aspectos desagradables de nuestra personalidad, y eso explica por qué la civilización de hoy tiene sentimientos ambiguos frente a la verdad.
Pero las verdades dependen de la moral de la época.
Mucho menos de lo que imaginamos, porque hay una especie de kit de supervivencia del género humano que se halla en todas las culturas, como el no matar, no robar o no mentir. Ninguna cultura podría sobrevivir a largo plazo sin esas normas.
Pero no las respetamos.
Hay una diferencia inmensa entre lo que tendríamos que hacer y lo que hacemos. Ya lo dijo san Pablo: el bien que yo conozco no lo hago, el mal que odio lo hago. La pregunta básica de la moral de Kant: ¿qué es lo que yo tengo que hacer? Es una pregunta tonta.
¿…?
Todos sabemos la respuesta, la cuestión es por qué no podemos aplicarla.
¿Y?
No basta con no matar al prójimo, tenemos que no querer matarlo, abandonar el odio hacia el otro. Pasar del ademán exterior a la actitud interior.
Pero si naces en un ambiente donde odiar y matar es cotidiano...
Hacer lo que hacen los demás es algo espontáneo y para eso no necesitamos una moral, simplemente actuar como las ovejas.
Ya, ¿y...?
Que creo que podemos recurrir a la conciencia de nuestra libertad. Todas las personas que han hecho historia han sabido decir no en algún momento.
Primero nos gobernó el cosmos, luego Dios, ¿quién gobierna hoy al hombre occidental?
Piensa que se puede gobernar a sí mismo, pero el progreso moral es muy lento y muy frágil. Necesitamos un punto de referencia exterior a lo cual yo llamo, muy sencillamente, Dios.
Dios es un acto de fe sin argumentos de razón.
Se pueden ver sólo cuando se cree. Es algo difícil de entender, pero la fe contiene principios de luz que permiten entender algo de la condición humana, como saber que la libertad corresponde a la estructura honda del ser. Pero sin la fe se puede vivir de un modo perfectamente moral.
Entonces, ¿la fe es una elección?
Sí, es una elección cotidiana constante, y aquí topamos otra vez con el abismo insondable de la libertad.
IMA SANCHÍS
En el ciclo A hombros de gigantes (Obra Social La Caixa) politólogos y filósofos explican que somos enanos a hombros de gigantes, que si nuestra vista alcanza la lejanía es gracias a la altura de los gigantes que nos sustentan, que nos preceden. Brague le da otro enfoque: convierte a cada uno de nosotros en gigantes, hacedores de futuro en cada gesto. Ser conscientes de esa libertad nos hace humanos. Profesor de Filosofía Musulmana en La Sorbona y de Historia del Cristianismo Europeo en la Ludwing-Maximilian de Munich, es un hombre tímido, erudito y educado que se disculpa por su castellano, que es excelente (también habla inglés, alemán, italiano, árabe, latín y griego)
La Vanguardia, La Contra, 3 diciembre 2014

...

Católico sin complejos
Rémi Brague (París, 1947) es uno de los filósofos más relevantes de la actualidad. Ejerce como profesor de filosofía musulmana en la Universidad de la Sorbona, de historia del cristianismo europeo en la Ludwig-Maximilián Universitat de Munich, donde ocupa la cátedra Romano Guardini, y dirige el centro de investigación Tradición del Pensamiento Clásico de la Sorbona. Domina el griego, el latín, el árabe, el hebreo y varias lenguas modernas, entre ellas el español. Pero sus intereses filosóficos desbordan su posición académica. Es un fino lector de Baudelaire, Nietzsche, Heidegger o Leo Strauss.
Entre sus obras podemos resaltar Europe la voie romaine, editado en catalán por Barcelonesa Edicions (Europa, la via romana, 1992) y en castellano por Gredos (Europa la vía romana, 1995); La sagesse du monde (La sabiduría del mundo. Encuentro, 2008); La Loi de Dieu (La ley de Dios, Encuentro, 2011); Au Moyen du Moyen-Age (En medio de la Edad Media, Encuentro, 2013); Le propre de l’home (2013) y Les Ancres dans le ciel (2013). Esta última obra amplía un seminario que impartió en la Fundado Joan Maragall y publicado por Cruïlla con el título de La infraestructura metafísica (2010).
La cuestión central que recorre toda la obra de Brague la podemos formular así: ¿Por qué nos resulta tan difícil, a nosotros, que somos la primera generación que cree haber sobrevivido a sus dioses, ser nihilistas a tiempo completo? Una vez muerto Dios debiera haber desaparecido el miedo, pero sospechamos que el diablo aún sigue vivo y notamos que la fe siempre tiene hambre. Ya no creemos en el hombre, pero nos asusta el anti humanismo; no nos entendemos como encuentro herederos de la Ilustración, pero sospechamos que la antiilustración puede ser una forma de barbarie; no queremos ser santos, pero no podemos vivir sin considerarnos portadores de valor. Como no podemos ser buenos por convicción, intentamos serlo por defecto, abrazados a nuestra última virtud, la tolerancia, que es una virtud que nos impide matar... pero que no nos garantiza el anhelo de vivir.
No hay manera de celebrar la muerte de Dios, porque no hay manera de libramos de la sujeción a la ley. Cuando creemos libramos de leyes superiores, nos descubrimos encadenados a leyes inferiores.
Rémi Brague, siguiendo en su proyecto a Leo Strauss, busca las claves de la comprensión de lo que nos pasa remontándose más allá del moderno proyecto ilustrado, hasta la ilustración medieval. Por eso no es estrictamente hablando un medievalista. Lo que a él le interesa es el presente y, más en concreto, el presente de una Europa dispépsica que está viendo desaparecer a los cristianos... aunque bastante menos rápidamente que a los europeos.
Quienes conozcan a Brague, no necesitarán argumentos para leer En medio de la Edad Media. Quienes quieran conocerlo encontrarán en esta obra -incluyendo la magnífica entrevista inicial-, una magnífica vía de acceso al prensa-miento de un católico sin complejos, que posee “un gusto inmoderado por la provocación”.
La Vanguardia, Cultura (s), 2 de julio de 2014. p. 14

viernes, 30 de diciembre de 2016

Entrevista de Victor-M. Amela a Juan Perucho



Juan Perucho: Tengo 81 años. Nací en Barcelona. He sido juez durante medio siglo, y soy poeta, escritor, bibliómano y bibliófilo. Estoy casado, con cinco hijos y sin nietos. Soy conservador y católico. Una enfermedad me da mareos y me bailan las letras: ¡no puedo leer! Sigo comprando libros: los acaricio, les arranco ruidos, aspiro su perfume... Mi biblioteca tiene ya 30.000 volúmenes, con incunables y primeras ediciones. He escrito cien libros y no voy a escribir más. He hecho lo que tenía que hacer: ya me puedo morir.

Estoy rodeado por 10.000 libros. Estoy en la casa barcelonesa de Joan Perucho (en su casa de Albinyana viven 20.000 libros más). Joan Perucho habla y sus palabras se suman a las que contienen estos libros, engendrando un solo universo. Cuando Joan Perucho habla, habla su biblioteca.

“Toda mi obra sale de mi biblioteca”, sentencia Perucho. Perucho y yo estamos ahora hablando en el centro exacto del hexágono, que es como Borges definía una biblioteca.

¿Qué definición daría usted de una biblioteca?

Es la esperanza de encontrar el secreto de la Creación en algún libro..., aunque sea en una pequeña nota al pie de una página.

¿Lo ha encontrado?

Yo sigo buscando libros, y sigo buscando en ellos. Por eso los conservo, por si el secreto está en alguno...


¿Cuál sería el mejor candidato?

Venga, mire, mire este libro... ¿Ve? ¿Qué le parece? ¡Es el “Ars Magna” de Ramon Llull, en una edición impresa en 1501!

¡Qué maravilla!

Para mí, este libro es el Evangelio. ¡Y Ramon Llull, el escritor más importante del mundo! No lo dude: escribió sobre todas las materias, en catalán, latín y árabe, ¡y en algunas se adelantó 700 años a su época!

¿Tanto?

Anote lo que dijo Llull: “Quan pus obscura és la semblança/ pus l'enteniment entén/ que aquella semblança entén”. (Cuanto más oscura es la metáfora, más el entendimiento entiende que esa metáfora entiende.) Es una defensa del surrealismo siete siglos antes del “Manifiesto surrealista” de Breton, de Paul Élouard... Es la intuición de que la verdad revelada es más honda que la verdad intelectiva.

¿Es la que le interesa a usted?

Sí. La verdadera belleza está detrás del espejo. A mí no me gusta la realidad, ni esta época. Me interesa lo que hay detrás de los espejos, el secreto que sólo conocen los santos... y los poetas que lo adivinan.

En su obra, usted adivina...

En mi obra parto de estos libros y los distorsiono, invento citas falsas pero plausibles, imposibles de distinguir de las auténticas.

Por eso un cordón umbilical une esta biblioteca y la obra de Perucho, autor de cien títulos – traducidos a 25 idiomas – de poesía, novela, fabulaciones históricas, relatos maravillosos, prosas finísimas sobre zoologías fantásticas y botánicas ocultas, mágicos ensayos, crónicas ingrávidas entre lo visto y lo soñado, escritos fuera del tiempo...

¿Qué escribe ahora?

Yo ya he escrito todo lo que tenía que escribir: no escribiré ninguna novela más.

Perucho me hace esta revelación hundido en un sillón de orejas, del que a veces se levanta como accionado por un resorte para taladrarme con la mirada o para arrastrarme a algún anaquel de su extraordinaria biblioteca.

¿Cuándo empezó a formarla?

Mi padre me daba cinco duros cada mes. Yo iba a Can Porter, un librero de la calle Canuda, y un día encontré “La Araucana”, con grabados. Y un libro va llevando a otro...


¿Cuál es aquí el más antiguo?

Tengo varios incunables. Son los impresos “in cunibus” (en la cuna), justo después de inventarse la imprenta, en 1458, y hasta el año 1500. Mire éste: “Continuum in quator evangelisti”, impreso en 1482. Los cuatro evangelios. Tómelo...

¡Este libro tiene 519 años!

¿Y está bien conservado, eh? Al cogerlos hay que sacarles un poco el polvo por arriba, así, ¿ve?

Con un cepillo, Perucho me enseña un truco de bibliófilo: si sacas el polvo de encima del libro antes de abrirlo, evitas que ese polvo caiga entre las páginas. Le pido que me cuente qué libro llegó a sus manos de forma más literaria...

“Una vez, en Londres, entré en una librería repleta de libros de ‘lladres i serenos’. Al fondo, en penumbra, vi un armario silencioso, impávido, que me atrajo. Los bibliófilos tenemos un sexto sentido. Me acerqué. Estaba cerrado. Pedí la llave al librero.

La encontró y abrí... ¡Y allí encontré una primera edición de ‘Los papeles del Club Pickwick’, de Dickens! Mírela.”

Sí: Londres, 1837. ¡Y qué bonitos grabados!

Fabulosos. Esa noche cené con el editor Gustau Gili, que vivía desde hacía años en Londres, y cuando le enseñé el libro... ¡casi se desmaya!

¿Y qué libro le ha dado más placer?

Todos. Me dan un placer estético tremendo. Incluso ahora, que ya no puedo leerlos...

¿Y por qué no puede leerlos?

Se me acumula la sangre debajo de los ojos y me bailan las letras a la vista, me mareo... Pero ahora toco los libros, los cojo como una joya, los acaricio como a la piel de una mujer, valoro sus tipografías, escucho el paso de las hojas, inhalo su perfume... Cada siglo tiene el suyo.

¿Sí? ¿A qué huele un incunable?

Es un olor arcaico, a boca de volcán. Al Etna, por ejemplo.

¿Y cuál de todos estos libros es el que más veces habrá releído?

Éste: es una primera edición de la “Divina Comedia” de Dante. ¿Ve? Impreso en el año 1520 en Venecia. Un día lo vio una profesora italiana ¡y también se me desmayaba, ja, ja! Aquí habla Dante de los catalanes: “L'avara povertá dei catalani...” Cuánta razón tenía...

Perucho es hijo de un tendero del barrio de Gràcia. En la Guerra Civil, con 16 años, le enviaron a la quinta del biberón. Luego hizo la mili para Franco. Quiso estudiar Filosofía y Letras, y su padre le dijo: “Te morirás de hambre: estudia Derecho”. Le hizo caso, pero fue escribiendo. Y ganó el premio Ciudad de Barcelona. “Y fui a dar las gracias al jurado, y eso marcó mi vida.” ¿En qué sentido?

El presidente del jurado era Eugeni d'Ors. Me dijo: “Me cuesta decirle esto, pero es mi obligación: con esta literatura que usted hace, debería tener un segundo oficio”.


¡Coincidía con su padre!

Fue más allá: “Haga oposiciones”, me dijo. Obedecí y me hice juez. No olvidaré nunca lo que me dijo D'Ors: “Cada persona está destinada a hacer una cosa en la vida”.

Y su destino era escribir... pero siendo juez. ¿Hay precedentes?

Podría hablarle del “dulce Vatilo”... Llamaban así al poeta Meléndez Valdés por su exquisita y dulce sensibilidad... pero a la vez era fiscal ¡y envió a 70 tíos al patíbulo!

¿Ha enviado usted gente a la cárcel?

Cuando sucedía eso, no dormía esa noche. Porque ¿dónde está la verdad? Más aún: ¿es responsable el hombre de su culpa? Ha sido para mí un trabajo incómodo...

No le gustaba.

Huía de él con los libros, la poesía, con mi literatura... Elegí juzgados rurales, tranquilos. Y tenía las tardes libres para leer y escribir.

Perucho empezó como juez, en los años 40, en La Granadella – donde acaban de hacerle un homenaje –, y pasó luego a Banyoles, y, al fin, a las Terres de l'Ebre: Móra d'Ebre, Gandesa y Tortosa. “Salía con algún vecino a pasear por el campo, veía un pájaro, una planta y así iba aprendiendo cosas...” Y muchos de esos rincones apacibles y reservados del sur catalán – Miravet, Flix, Pratdip, Horta de Sant Joan, Albinyana...–  iban quedando inmortalizados en delicadas páginas de Perucho, casi como geografías fantásticas.

Tiene usted casa en Albinyana.

Una casa gótica, con caballerizas, huerto... Tengo allí 20.000 libros. Pero ya no voy nunca. Hace cinco años que no voy.

¿Y por qué no? ¿Qué pasa?

Para mi muerte, he pensado en incinerarme. Y como me gusta el cementerio de Albinyana, con unos grandes cipreses, pensé que podrían esparcir en ese suelo mis cenizas. Así se lo pedí al alcalde, que me dijo: “No puede ser”.

¿Con qué argumento?

Porque era un mal ejemplo: si todos hicieran como yo, ¿qué tasas cobraría el Ayuntamiento por nichos?

Valiente patán: ¡usted ha dado nombre a ese pueblo!

Lo peor es que nadie del pueblo me apoyó. Mi mujer sigue yendo, pero yo no. No volveré a ir a Albinyana.

¿Y si rectificasen?

Demasiado tarde. Es como si te engaña la novia... Duele demasiado.

Perucho ha pactado ya que sus cenizas vayan a la ermita de la Mare de Déu de la Abellera (Prades, en el Montsant). Él ama esas comarcas sureñas de Cataluña, y es su descubridor en buena medida. Él “descubrió” hace medio siglo – por ejemplo – la relación de Picasso con Horta de Sant Joan, pueblo cubista por naturaleza.

Creo que trató usted a Picasso.

Sí, y me dio su secreto: “Perucho: trabaje, trabaje, trabaje. Una pieza aislada, por muy genial que sea, no pervive si no está rodeada por una obra vasta”. Y le hice caso.

Sin por ello abandonar su bibliofilia... Por cierto, ¿presta libros?

¡No, nunca! ¡Nunca! El bibliófilo de verdad sabe que ni se prestan ni se piden prestados.

¿Cuál sería hoy el más cotizado en el mercado?

Mire, vea aquí los 30 volúmenes de la edición original de la “Enciclopédie Française”, impresos en 1756. Cuando Porter me la ofreció, hace medio siglo, me pidió 15.000 pesetas. ¡Era dinero! Pasé la noche sin dormir... “Si no me la quedo ahora, nunca más volveré a verla”, pensé. Y me la quedé. Hoy me darían 30 millones por ella.

¿Y qué pasará con esta biblioteca cuando usted sea ceniza?

Si la dono a la Biblioteca de Catalunya puede acabar embalada en papel de diario, como sé que tienen muchos volúmenes... Se la quedará mi mujer, para que venda los que quiera, si así lo necesita...

Antes de irme, enséñeme algún libro raro y curioso más.

Mire éste, impreso en 1749: “Disertations sur les aparitions des esprits et sur les vampires ou les revenants”. ¡El primero sobre vampiros!


Más curiosidades...

De flatibus humanum corpus”, de 1643, sobre los pedos. O aquí tiene la primera edición del “Discurso del Método” de Descartes. O esta primera edición, de 1670, de los “Pensamientos” de Pascal. Mire aquí, la primera edición castellana (1748) del “Blanquerna” de Llull...

Llull, siempre Llull.

¡Siempre! Tengo 200 primeras ediciones de obras de Llull: “Llibre de la contemplació del món” (1746), “Félix o las maravillas del mundo”... Ahora, los únicos libros que me interesa comprar ya para mi biblioteca son primeras ediciones de obras de Ramon Llull.

¿Y seguro que no escribirá más?

Seguro. Yo he hecho ya todo lo que Dios ha querido que hiciera: he tenido premios, honores, libros, he formado esta biblioteca, he escrito lo que me ha apetecido sin presión de nadie... ¿Qué más quiero? Me siento liberado de todas las angustias del mundo. Yo, ahora, sólo pienso en morirme plácidamente... 

Yo veo así mi muerte...”

Perucho me mira a veces de manera que parece más bien que mira a través de mí. Es la mirada que corresponde, supongo, a alguien como él: poeta y juez, paseante y bibliófilo, creyente en la magia y en el destino, en los sueños y en la santidad. Es la mirada que corresponde –está claro, está claro– a alguien que prefiere ver qué hay detrás de la realidad, tan chata, tan monótona y tan banal. Perucho es un erudito en mil saberes. Son saberes que han brotado de esos 30.000 libros que él ha acunado, y de sus paseos por el campo, y de buenas comidas y mejores sobremesas con amigos como Néstor Luján, Manuel Valls, Álvaro Cunqueiro... 

Su último libro (como siempre, escrito en catalán y, como siempre, sin aspavientos ni proclamas) ha sido “Història d'un retrat” (Editorial El Cep i la Nansa), y ya no habrá más. Habla sin amargura, con el orgullo y la plenitud de quien ha cumplido con su destino, con su proyecto vital. Y paladea este tramo final del camino... “Yo veo así mi propia muerte”, me dice: “Estoy en la cama, frente a un ventanal abierto en el que un mirlo canta la 'Canción del viajero', de Schubert, y una abubilla moja su pico en una taza con agua de colonia, porque quiere peinarme. A los pies de la cama duerme un gran perro, y mi mujer me da la mano...”. Sus libros le escuchan en silencio. En alguno de ellos debe de estar ya escrito que así será. 

Victor-M. Amela - 09/09/2001 La contra. Joan Perucho

lunes, 2 de diciembre de 2013

""En favor del asno. Entrevista a Cristóbal Serra" (La Vanguardia. La Contra 3 de junio de 2009))




El amigo Emilio Manzano me ha descubierto a este escondido erudito mallorquín, sabio mediterráneo que bebe en pozos inundados de metáforas judeocristianas y orientales, ocultistas y mágicas. Enaltecido por Octavio Paz, Juan Perucho, Pere Gimferrer y otros iniciados en su sabiduría, Cristóbal Serra vive solo en un piso de Palma, rodeado de libros, conectado a herméticos conocimientos, inspiraciones y visiones, nimbado de espíritus de otros poetas, profetas, místicos y filósofos antiguos. Alejado del frenesí común, leer las grafomanías de Cristóbal Serra es algo distinto, remoto, secreto: El asno inverosímil, Viaje a Cotiledonia, Ars quimérica… Edicions Cort reedita ya todo su William Blake. (La Contra)

Tengo 86 años. Nací y vivo en Palma de Mallorca. Leo y escribo, he traducido a Swift, Blake, Bloy, Melville, Michaux, Papini, el Tao… Estoy soltero y sin hijos. No tomo en serio las ideologías: ¡la salvación no viene de ahí! De viejo, se me vigoriza lo judeocristiano. Venero al asno

¿Qué tiene el asno?
Sin el asno no hubiese existido ninguna civilización mediterránea. ¿Qué tal?

¡No es poco!
Es el único animal por el que he sentido simpatía. En los veranos de la infancia veía detenerse ante la puerta de casa a un arriero con sus borricos… De adulto, la asnomanía es la más firme de mis obsesiones.

¿Desde cuándo?
Hace medio siglo entré en una librería de viejo embarrada tras una inundación en Valencia y salvé un tomo de 1837: El asno ilustrado, obra de un ex clérigo. ¡Desde aquella lectura he reflexionado más sobre el asno que sobre cualquier otro asunto!

Comparta conmigo sus reflexiones.
Este animal heráldico y cósmico simboliza la materia: por ello se le ha vejado y demonizado. Sobre todo al asno bermejo… ¡Por eso fundé yo la Hermandad del Asno Bermejo! Debería instituirse una cátedra de Asnología, una facultad de Ciencia Asnológica.

Museum Meermanno, MMW, 10 B 25, Folio 22r.jpg
¿Qué enseñaría?
La cachaza y sabiduría del asno, que daría sosiego al siglo. El ritmo pausado mediterráneo. La labor silenciosa y callada. El pasar sobre las ofensas. ¡Se la tiene por necia, siendo la criatura más sabia! Napoleón tuvo su cuerpo de observadores de orejas de asnos.

Qué me dice… ¿Para qué?
Antes de entrar en batalla, consultaba: el temblor de las orejas de los asnos anticipa eventos meteorológicos y propiciatorios. Ya para los dinastas egipcios fueron símbolo de sabiduría: adoptaron las orejas de burro –teñidas de rojo– como distinción de su cetro.

Lo aprendo de su cátedra asnológica.
Sepa también que Aarón, el pacificador hermano de Moisés, como sumo sacerdote de los hebreos adoptó esas orejas de burro sobre su cabeza (Éxodo, 28, 4)…, ¡distintivo sacerdotal que se convertiría en tiara papal!

Lo recordaré si veo al Papa con tiara.
¡Asinario signo de sabiduría y pacificación! El calmo solípedo fue para el pueblo judío animal sacrosanto: el jumento es la primera criatura citada en el Génesis, y la más citada en la Biblia. Y borricos indicaron dónde había agua cuando morían de sed los hebreos en el desierto del Sinaí. Y el Templo de Jerusalén custodió una cabeza de burro áurea.

¿Y qué decían los primeros cristianos?
Como judíos, eran fraternos con el asno: Jesús entró en Jerusalén en cabalgadura asnal. Y como asnos los caricaturizaron en Roma ¡y hasta por onolatras los tomaron!

¿Y griegos y romanos, qué opinaron?
Un burro portaba los materiales sacros para los cultos eleusinos de la diosa Ceres/Vesta, así que una fábula cuenta que el solípedo se envaneció, y así le amonestaron: “¡Mira que no eres tú el dios, sino que sólo le llevas!”.


¡Aplíquenselo políticos y dignatarios!
No vendrá de ahí la salvación: la salvación no es colectiva, ¡es individual! No me interesan las ideologías, sino el drama humano.

¿Cuál es el suyo, don Cristóbal?
Tuve una infancia feliz y una adolescencia tuberculosa que pasé en Port d’Andratx, leyendo bajo el toldo de una barca…

¿Qué libros leía?
Libros que Mrs. Flower, una señora inglesa, me prestaba de la biblioteca de su barco. Así durante la guerra aprendí el inglés con el que luego traduje tantas obras… ¡Siempre tuve hambre de libros, un insaciable afán de lectura! Y si quieres libros, libros te llegan, igual que te llega dinero si quieres dinero.

¿Qué libro llegó que le marcase?
La religiosidad herética de William Blake quemó las alas de las mariposas de mi fe. Su filosofía poética me poseyó, y le traduje por primera vez en España. Y me cautivó El libro del Tao, que también traduje de su versión inglesa por primera vez al castellano…

¿Qué aprendió del Tao?
Un misticismo humorístico, hecho a base de paradojas. Una sabiduría solitaria…




¿Como la de usted mismo, quizá?
He vivido en soledad grande. La sociedad estigmatiza al solitario. Pero la soledad que no mata ¡vivifica! A Nietzsche la soledad le venció. Yo la he vencido: no es mérito, es gracia… Desde los 30 años –desaparecida cierta mujer–, vivo la dicha del desgraciado.

¿Qué dicha es esa?
Me lo dijo Papini al poseerme su espíritu: “Conoce usted la felicidad del infeliz”. Y es cierto: he tenido una vida más desdichada que dichosa ¡pero sin sentirme hundido!

¿Entran espíritus en usted, me dice?
Han escrito a través de mi pluma Papini, Borges (“la eternidad es un laberinto”, me dijo), Colón (me desmintió ser mallorquín), Quevedo… ¡Qué iracundo!: ahí me asusté.

¿Qué sucedió con Quevedo?
Quevedo me convulsionó la pluma con tanta ira que a punto estuvo de romperse. Se puso violento, me amenazó… Algo que habré escrito sobre él le indignó… Me intimidó tanto que abandoné esas prácticas.

Lo cuenta usted con una naturalidad…
Los espíritus nos vigilan. Pueden ayudarnos, y también perturbarnos… Yo no conecto con el discurso occidental de la razón continua y lineal, prefiero lo sutil y discontinuo, lo fragmentario y relampagueante.

Entonces verá usted la tele…
Ya no, porque dos veces me ha estallado el televisor entre chisporroteos. Y la segunda vez provocó un incendio en mi piso. ¡La televisión es muy, muy peligrosa…! Puede matarme. Yo noto que me tiene por enemigo. ¡Es satánica! Temo a la televisión y a los perros. ¡Se impone ya un pacto con el asno!

Cristóbal Serra, escritor, traductor y erudito asnómano: ‘¡Se impone un pacto con el asno! Daría sosiego al siglo! 

La Vanguardia. La Contra 3-6-2009.