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lunes, 13 de febrero de 2023

Josep Ramoneda y José Martí Gómez: "Althusser: Filosofía y Delirio" (Aragón Expres. Diario de la tarde, 19 de agosto de1977)

 


I. UN CHISTE: EL MILAGRO DEL P.C.F.

 

Nueve personas en un restaurante barcelonés. Althusser a Alfonso Comín:

—Voy a contarte una historia que te interesará ¿Sabes que en el último congreso del partido comunista francés hubo un milagro?

—¿Un milagro?

—Sí. Fue aprobado por unanimidad el misterio de la Santísima Trinidad…

— ¿El misterio de la Santísima Trinidad?

—Un milagro, como tú sabes, es un acontecimiento sobrenatural. Y todo milagro acostumbra a ir acompañado de signos premonitorios ¿De acuerdo?

—Sí, sí...

—Si lees la Escritura, siempre algún signo premonitorio acompaña al inesperado acontecimiento. Se rasga la tierra, se hace repentinamente de noche, aparece una luz en el cielo. Los signos pueden ser de muy diverso tipo. Y el milagro en cuestión, el del Congreso del P.C.F., también fue acompañado de signos premonitorios

—¿De qué tipo?

—Eran signos que venían de lejos. Hechos sobrenaturales, incomprensibles para una mente humana, que se habían ido expresando en los últimos tiempos

—¿Antes de la firma del programa común o después?

—Antes, antes. El primer signo premonitorio fue la exaltación de Georges Marchais al secretariado general del partido comunista. Todo el mundo se percató de que aquello presagiaba algo extraordinario

—Ja, ja, ja.

—No os riais, no os riais. El segundo signo premonitorio fue el descubrimiento de que Marchais hablaba correctamente el francés: «Camarades, habla el francés tú, habla el francés ¡Quién tenía que decirlo!».

—Ja, ja, ja.

—No era, por lo visto, suficiente a los designios sobrenaturales. Llegarían más premoniciones todavía. El tercer signo que apareció en el firmamento del partido comunista francés fue que un día Marchais pronunció un discurso. «¡Ha sido capaz de pronunciar un discurso, oye!», exclamaban los militantes impresionados.

—Ja, ja, ja.

—No, basta. La máxima estupefacción apareció cuando empezó a correr el rumor de que alguien había entendido, fijaos bien, «entendido», el discurso de Marchais. No sólo es capaz de pronunciar un discurso, sino que hay alguien que le entiende. Con todos estos hechos todo el mundo era consciente de que algo tenía que pasar...

—¿Y el milagro?

—Ahora viene el milagro. Fue el Congreso el lugar escogido Los milagros necesitan determinadas condiciones de publicidad. Un milagro no puede pasar desapercibido. Había inquietud. Es fácil de comprender. Con los signos premonitorios que habían aparecido previamente nadie las tenía consigo Y el milagro llegó.

—¿Qué milagro?

—Ya os lo he dicho antes: la aprobación por unanimidad del misterio de la Santísima Trinidad.

—¿Te explicas?

—El tema central del Congreso es el concepto de dictadura del proletariado. Este concepto es el concepto clave, el concepto central. Es el Padre. Pero en el Congreso aparece el contrario del Padre, es decir, el abandono del concepto de dictadura del proletariado. El contrario del Padre es el Hijo. Ya tenemos a Padre e Hijo en presencia. Aparece entonces la síntesis el Espíritu Santo. Y se aprueba la supresión del concepto de dictadura del proletariado sin abandonar el concepto de dictadura del proletariado. Es decir, es el misterio: un concepto, su contrario y la aceptación del contrario sin rechazar el concepto de origen. Y el Congreso lo aprueba por unanimidad. Es el misterio de la Santísima Trinidad aprobado unánimemente. ¿Es o no es un milagro?

—Ja, ja, ja.

 

PRIMER ENTRETENIMIENTO: SOBRE LA GUERRA DE ESPAÑA

—¿Qué papel ha jugado la guerra de España en su vida?

—Muy importante. Para todos los franceses interesados en la política fue una tragedia. Y a su vez todos comprendimos que la guerra de España era un ensayo general. En primer lugar era el ensayo general de la derrota del Frente Popular en Francia, en segundo lugar era el ensayo general de la Segunda Guerra Mundial Todos éramos conscientes de esto. Hemos visto venir los acontecimientos de manera ineluctable Fue algo dramático. Dramático para los españoles que morían aquí o allá, o que cruzaban la frontera a la desesperada, y dramático para nosotros, que sabíamos que la próxima vez nos tocaba. Era una cuestión de dos o tres años. Y en este panorama el papel del gobierno francés de frente popular. A grandes líneas puede resumirse así: todos sabemos que el gobierno Léon Blum cedió a la presión inglesa, y no ayudó a la España republicana. A pesar de esto, algunos ministros del gobierno León Blum, Pierre Cot por ejemplo, dejaron hacer: dejaron pasar armas hacia España. Pero en todo caso fue algo ridículo en relación con lo que hubiese sido necesario hacer No sólo era necesario dejar pasar armas, sino dar armas a España. Era necesario que los republicanos españoles estuvieran armados. Todo esto forma parte de la tragedia de la Segunda Guerra Mundial.

 

II. LA PARABOLA DE LA BARCA

Hubo dificultades de comunicación entre Althusser y los tres mil alumnos de l'Escola d'Estiu [Rosa Sensat] que fueron a oírle. Le aplaudieron al entrar y dividieron sus opiniones al salir.

—Tiene usted que dar explicaciones por haber llegado un cuarto de hora tarde y por no estar hablando de los problemas de la izquierda contemporánea que es lo que estaba anunciadole interpeló un profesor de la Escola cuando llevaba Althusser unos buenos veinte minutos hablando de mayo del 68.

—Son dos preguntas muy importantes, de las más importantes que me han planteado nunca —dijo con cachondeo Althusser, que se preguntó— ¿no forma parte mayo del 68 de los problemas de la izquierda europea contemporánea?

A partir de este momento la cosa no acabaría de funcionar bien. Pero entre incomprensiones y dificultades comunicativas, Althusser explicó el paso del socialismo al comunismo en forma de diálogo.

Escenario: la célula del partido comunista francés en la que Althusser milita: profesores, personal de mantenimiento, técnicos y administrativos de la Escuela Normal Superior. Protagonistas del diálogo: un técnico del laboratorio de la Escuela, que es el que lleva el peso de la conversación y el que hace de sofista. Transcripción aproximada del diálogo, lo que sigue.

Abre el fuego el técnico:

— El socialismo, camaradas, es como un rio.

Gestos de estupefacción, medias sonrisas, a[…] sorprendidas

¿Qué quieres decir con esto?

—Un río tiene dos orillas. ¿Es cierto o no es cierto?

—Es muy cierto. Pero ¿qué tiene esto que ver socialismo?

—Imagínate que estás en una orilla y que quieres cruzar al otro lado.

—Imaginado.

—¿Que harás?

—Cogeré una barca.

—Perfecto: coges una barca.

—¿Y entonces?

—Es una barca muy grande.

—¿Por qué muy grande? ¿Quién sube en ella?

—Suben todos: sube el pueblo.

—¡Ah!, el pueblo en una barca. Habrá un buen capitán, un gran timonel...

—Nada de capitán, nada de timonel...

—¿Entonces?

—Lo que hace falta es un buen motor, para cruzar el rio es necesario un motor potente...

—Muy potente tendrá que ser para tanta gente ¿Qué motor le pondremos?

—El motor ya lo tenemos: es el que marca la dirección a seguir. Es la lucha de clases, el motor de la historia...

—¡Ah!

—Y con este motor llegaremos al otro lado.

—¿Y qué? Una vez al otro lado del río ¿qué?

—Una vez en la otra orilla todo el mundo baja de la barca...

—¡Ah! Está bien. ¿Y entonces?

—¿Entonces? Muy sencillo, cada cual hace lo que le da la gana.

Althusser se paró. Un silencio colectivo selló sus palabras. Y a la vista del éxito añadió:           

—Ni lucha de clases, ni partidos, ni extracción de la plusvalía, ni relaciones mercantiles, simplemente cada cual hará lo que le da la gana.

—¿Y esto?

—Esto es el comunismo, compañeros.

Una profesora de griego musitó a mi oreja:

—Bello como un diálogo de Platón.

En la sala alguien le dijo;

—Hemos venido para que nos hablara de política, no para que nos contara historias superficiales.

Punto.

 

SEGUNDO ENTRETENIMIENTO: EL P.C.F. Y LA DICTADURA del PROLETARIADO

 

—¿Es posible pertenecer al P.C.F. y defender la dictadura del proletariado?

—Es mi caso.

—Y no ha tenido sanciones...

—No. Ahora no es posible sancionar por estas cosas. Hace quince años habría sido excluido del partido comunista francés, pero hace quince años el partido comunista francés no había abandonado la dictadura del proletariado.

—Ja, ja, ja. Entonces no habría sido excluido...

—Por eso no fui excluido.

—¿Son muchos los que le siguen en estas posiciones?

—Según la dirección del partido, es una franja de intelectuales...

— ¿Qué quiere decir eso?

— Hay que preguntárselo a la dirección del partido.

— ¿Una franja estrecha o ancha?

—Puede variar. En mi opinión crecerá en los meses próximos.

 

III. LECCION MAGISTRAL SOBRE EL CENTRALISMO DEMOCRATICO

Faltaban pocas horas para que Althusser dejara Barcelona. En un restaurante nos habíamos reunido con él dos profesores universitarios, un periodista y siete estudiantes. La conversación saltaba de un tema a otro. Hasta que se insistió sobre el tema del centralismo democrático.

— Esto me interesa —dijo.

Se concentró, pusimos en marcha el magnetofón y soltó esta parrafada. Tal cual.

—La cuestión del centralismo democrático es una cuestión que está o que estará inmediatamente en el orden del día de los partidos comunistas occidentales y de los demás partidos comunistas mundiales. Es una cuestión absolutamente capital para la solución de la crisis del movimiento comunista internacional, para la reunificación del movimiento comunista internacional para la unidad de la lucha de clases de los pueblos del mundo entero y, por lo tanto, para la victoria sobre el imperialismo por la construcción del socialismo y para lo transición al comunismo.

Los principios para responder al problema del centralismo democrático son muy simples, pero, evidentemente, como siempre en materia política, su aplicación es extraordinariamente complicada.

Los principios de la solución son éstos: en una sociedad en la que existe la lucha de clases es normal que la lucha de clases obrera o popular sea representada por un partido, por una organización política, o por varias organizaciones políticas de lucha de clases No hablo aquí de los sindicatos; es el mismo problema, pero complicaría la exposición. En estos partidos, en estas organizaciones de la lucha de clases, debe reinar, es una cosa evidente, lo que Lenin llama el centralismo democrático.

¿Qué es el centralismo democrático? Es una exigencia indispensable para la existencia de un partido comunista, es decir, es una exigencia indispensable para la unidad de un partido comunista. Un partido que no es uno, que no tiene unidad, es un partido que se descompone, es un partido que muere. Es inevitable.

Ahora bien, ¿cuáles son los principios de unidad que se exigen en un partido comunista? No son en absoluto principios exteriores, como, por ejemplo, un aparato de estado. En un aparato de estado hay fuerzas materiales que puedan mantener la unidad del aparato de estado. En un partido comunista, que se funda en la libre adhesión voluntaria de los adherentes, no hay ningún elemento exterior material o de otro tipo que pueda constituir la unidad de este partido

La unidad de este partido no puede consistir más que en una sola forma de unidad la unidad de pensamiento político, la unidad de voluntad política Es necesario, pues, que todos los comunistas estén conformes en los mismos objetivos políticos, que piensen lo mismo en política, no sólo sobre los objetivos, sino también sobre las prácticas políticas empleadas para alcanzar estos objetivos. Es absolutamente fundamental.

[La dolorosa unificación del proletariado]

Ahora bien, un partido comunista existe en una sociedad de clases. En una sociedad de clases existen clases antagónicas como la burguesía y el proletariado. Y todo el mundo sabe que cada clase no está unificada: la burguesía no está unificada, el proletariado no está unificado. No existe unidad sociológica ni de la burguesía ni del proletariado. Todo el mundo sabe, para no utilizar otro ejemplo que el del proletariado, que el proletariado es una clase dispersa. Es decir, compuesta de elementos diferentes que se han progresivamente unificado a lo largo de su historia. Y que no cesan de agregarse en el curso de la historia presente. El proletariado se nutre constantemente del proceso de proletarización que es provocado por el imperialismo: es decir, por la explotación de la fuerza de trabajo.

Por consiguiente, no se puede decir que el proletariado sea una clase unificada de entrada. La unificación del proletariado es un proceso muy largo, muy doloroso, muy difícil. Y, más todavía, no se puede decir que la organización de lucha de clases política del proletariado sea una organización unificada de entrada. Es una organización que se unifica a través de un proceso muy largo; muy difícil, muy doloroso, lleno de contradicciones. Y absolutamente aleatorio a los distintos períodos de su historia. Es decir, en ciertos momentos esta unidad puede romperse, pueden aparecer lo que se llaman las escisiones. Y sabemos, por las experiencias de escisiones que conocemos, que siempre son dramáticas.

Ahora bien, la cuestión que se expone es saber cómo entender el centralismo democrático. En esta expresión hay dos palabras: centralismo y democrático. Centralismo que expresa la exigencia de unidad del partido. Esta unidad tiene que ser unidad de pensamiento. Este pensamiento tiene que ser, en principio, un pensamiento de la realidad de clases de acuerdo con los conceptos de la teoría marxista. Si no, no se trataría de un partido comunista. Pero está también la palabra democrático, lo que quiere decir que esta unidad de pensamiento no debe ser alcanzada por medios artificiales, en concreto por medios autoritarios, por medios dogmáticos, por el poder de un secretario general, o de un comité central, por el poder de dirigentes que dirían la verdad a la que nosotros nos adherimos, que nos impondrían una determinada verdad a la que adherirse.

El problema está, por lo tanto, en saber cómo se puede organizar una unidad que sea el resultado de una verdadera lucha democrática. Hay que decir que. para nosotros, ésta es una cuestión nueva Una cuestión cuya novedad encontramos leyendo a Lenin, puesto que Lenin había reflexionado sobre este tema y había buscado distintas soluciones. Había palpado la cuestión Sin dar una respuesta, porque es una cuestión difícil de resolver. Pero nosotros debemos tener en cuenta los resultados que Lenin había ya alcanzado. Los resultados que había más o menos verificado en la práctica.

Y podemos decir lo siguiente: tenemos que decirlo porque hemos perdido el sentido de esta verdad puesto que después de Lenin, en nombre del centralismo democrático, el estalinismo ha instaurado una dictadura de los dirigentes sobre los militantes del partido. Dictadura en un término que no tiene forzosamente que ser entendido en el sentido cruel. En este caso sí que ha sido cruel, puesto que efectivamente han muerto muchos hombres, han sido asesinados, han sido muertos, ¡y a cuantos! Por millares, por centenas de millares Y no sólo entre los militantes comunistas soviéticos, sino también entre los militantes comunistas de Polonia, entre los antiguos militantes de España.

[“Una historia criminal”]

Bien, entonces tenemos que hacer un esfuerzo para encontrar una respuesta más allá de esta horrible historia. Es una historia criminal. Si se me permite emplear un término moral, diré que es una historia aberrante. Más allá de esta historia reencontramos la inspiración de Lenin, y yo creo que hoy podemos decir lo siguiente, que es muy difícil de poner en práctica, pero muy simple: todo partido comunista, siendo expresión de relaciones de clase, es, al mismo tiempo, la expresión de relaciones de clase contradictorias que existen «en el interior de la clase obrera. La clase obrera, no siendo una, tiene en su seno diferentes tendencias, que corresponden al origen social de clase de los que devienen proletarios. Todos sabemos que este origen social de clase varía. Por consiguiente, hay que decir que es indispensable que estas distintas tendencias de clase estén representadas en el interior del partido comunista. Y que sean representadas de una manera constante No de una manera intermitente, en relación con los Congresos, sino de una manera constante. Es la primera exigencia

La segunda exigencia es que estas distintas tendencias que tienen que poder ser representadas materialmente, es decir, por periódicos, por la libertad de publicación y de discusión, etcétera, no tomen la forma de fracciones. Es decir, que no tomen la forma de bloques antagonistas en el interior del partido. Que no se manifiesten de una forma que niegue otra exigencia: la de la unidad de pensamiento del partido. Tendencias que no sean fracciones. Esta debe ser la consigna. Y la cuestión no es que el partido reconozca estas tendencias, lo que es un contrasentido: el partido reconoce siempre lo que existe. La cuestión es que las tendencias existan y sean reconocidas per la dirección del partido, y se manifiesten. Y hay que ver cómo se puede evitar el que las tendencias puedan convertirse en fracciones.

Una vez más se trata de una condición simple, pero, como siempre, muy difícil de aplicar políticamente. Para que las tendencias que corresponden a algo real, sano, positivo, en la organización del partido no tomen la forma de fracciones es necesario, y basta, que exista una buena ligazón entre la dirección del partido y los militantes. Es necesario que exista una relación democrática real entre la dirección y los militantes del partido. Si se cumple esta condición, las tendencias no se convierten en fracciones. Y con esta condición las tendencias juegan un papel positivo no sólo en el interior del partido sino también en el exterior.

¿Por qué? Porque las tendencias, cuando están representadas públicamente, a la vista de todos, en el interior de un partido comunista se convierten en una aportación a la unidad para las otras organizaciones políticas exteriores al partido comunista. Y velan por la realización de la unidad del movimiento obrero, sea económica o política.

(19—VII—76)

ENTREVISTAS DE: JOSEP RAMONEDA y JOSE MARTI GOMEZ

Esta colección de entrevistas fue publicada en el semanario Por Favor a lo largo del año 76 [Incluidas en el volumen: 21 hijos de su padre, Dopesa]. Para situarlas en su momento se incluye al final de cada una de ellas la fecha en que fue realizada. Si de entonces acá algunas de las posturas de los entrevistados han cambiado, cada palo que aguante su vela.

Aragón Expres. Diario de la tarde, 19 de agosto de1977, pp.12-13.


sábado, 26 de noviembre de 2022

Entrevista de Enrique Laborde a Eugene Ionesco (ABC Dominical, 28 de mayo de 1978, pp. 12-14.)

 


ENTREVISTA EN PARIS CON EUGÈNE IONESCO

EL MAYO FRANCES FUE UNA FIESTA EN LA QUE TODOS QUERIAN DIVERTIRSE

Siempre son los burgueses quienes provocan las revueltas o las revoluciones

Por Enrique LABORDE

—LA juventud actual no tiene sentido de la amistad, ni sentido del humor es triste, y la tristeza es peligrosa.

Eugene Ionesco, que cada vez se parece más a un personaje de Eugène Ionesco, con su aire de «clown» triste, nostálgico de un circo imposible, malabarista de cosas heterogéneas, sonámbulo en el laberinto del absurdo, autor, actor y espectador de la tragicomedia de nuestro tiempo, habla pausadamente y hasta se le escuchan los puntos y las comas y se le adivinan los paréntesis y se le puede seguir la trayectoria a los suspensivos.

—Maestro, como le había dicho, yo querría que hablásemos de Mayo de 1968.

—Por favor, no me llame maestro.

—De acuerdo, maestro

Rodica, la esposa del escritor —menuda, vivaracha, la mirada muy expresiva, atenta a todo, pendiente de todo—, nos sirve unas copas. «Zed», el perro del escritor, un «cocker» curioso y cariñoso, se instaló junto a mí y allí estuvo durante toda la conversación («Es la novedad, ¿sabe usted? «Zed» quiere participar en todo y cuando abro el correo tiene que examinar el contenido de cada carta, como si alguna fuese para él. Si le molesta, dígaselo»). La habitación estaba iluminada por esa luz, naranja y oro, un tanto mágica, del crepúsculo y a través de los visillos se apreciaban las formas, deliciosamente destartaladas, de los últimos estudios que aún quedan en ese Montparnasse entregado a la piqueta de las inmobiliarias.

—¿Qué fue Mayo de 1968, que ahora, a los diez años, ha vuelto la actualidad con unos excesos conmemorativos inexplicables o quizá explicables?

—En mi opinión, Mayo de 1968, como todo movimiento subversivo, estuvo suscitado y fomentado por Moscú, como siempre. Es cierto que tuvo muchos adeptos, pero todos los que participaron en esa revuelta, al margen de algunos agentes titulares, de algunos profesionales de la subversión, no se lanzaron a la calle por los mismos motivos o causas. Las razones eran diversas y contradictorias, pero prácticamente tenían un denominador común: el gusto del alboroto, de la perturbación. Yo hablo de Francia.

—Pero ¿no fue, ante todo y sobre todo, una explosión de protesta, un amago de revolución o, más bien, de rebelión contra una forma de sociedad?

—No: en mi opinión fue, más bien, una fiesta en la que todos querían divertirse a su modo. En realidad, quienes participaron tenían necesidad de celebrar una forma de carnaval y yo creo que debía llevarse a cabo un carnaval todos los años para que las masas se desahoguen, como en Río de Janeiro, en Colonia... Sin embargo, donde el movimiento de rebelión estaba perfectamente justificado era en Checoslovaquia. Naturalmente, se dijeron muchas cosas y hasta se habló de crisis de civilización. Pero yo creo que nuestra civilización no es ni buena ni mala y que puede uno adaptarse perfectamente a ella, tal cual es. Los valores que proponía y que propone nuestra civilización son apreciables, pero no eran esos valores los que estaban en juego, sino unas gentes que creían poco o nada en esos valores

—Sin embargo, en París, la revuelta adquirió unas proporciones inquietantes.

—En París fue simplemente un alboroto, un abucheo, un griterío y un delirio verbal Pero en ningún momento se manifestó la voluntad de la conquista del poder

—Lo que sorprende, al considerar la revuelta de mayo, es que no tuvo una respuesta popular. En el fondo fue la rebelión de una minoría cuya condición social estaba muy lejos de las tituladas «masas laboriosas». Yo recuerdo la observación irónica de Georges Pompidou al inaugurar el Salón del Automóvil en octubre de 1968. El entonces primer ministro se detuvo ante un coche deportivo de gran categoría, y exclamó: «¡He aquí el modelo de las barricadas!».

—Naturalmente, como que son siempre los burgueses quienes provocan las revueltas o las revoluciones. En 1789 fue así y esto no ha cambiado desde entonces. Yo no creo en el dogma de la lucha de clases, sino más bien en una suerte de detestación, de descontento y de rivalidad en el interior de una misma clase, los pequeños burgueses contra los grandes burgueses por ejemplo. Es incuestionable que en la revuelta de mayo participaron algunos miembros de la gran burguesía, quizá para no quedarse atrás. Yo no he creído nunca en la autenticidad de Mayo del 68, en Francia, y en ningún momento me inquietó. Yo creo que aquello formó parte de nuestro espíritu de destrucción, nuestro placer del escándalo por el escándalo y de nuestro gusto por todo lo que representa ruido y furor

—¿Y Cohn-Bendit, Sauvageot y Geismar, a quienes se les llamó «los tres moscu-teros»?

—Cohn-Bendit fue uno de los principales agitadores y pertenecía al movimiento anarquista o algo similar, que estaba bien organizado. Cohn-Bendit sabía perfectamente lo que hacía y lo que quería, pero los otros se dejaron llevar por los acontecimientos Siempre existen razones para el descontento, y en Mayo del 68 se explotó una forma de descontento, que a fin de cuentas era de tono menor. Por ello, ni fue una revolución ni una revuelta de masas.

—Pero ¿no cree usted que el «mayo francés» provocó una forma de contagio en todo el mundo? ¿No fue un detonador...?

—Mire, los norteamericanos, que en cierto modo fueron responsables de ese mayo.... los estudiantes norteamericanos, yo acabo de estar allí, están hoy perfectamente tranquilos, despolitizados, porque no tienen ninguna guerra, ¿me comprende?, y no se sublevan por cuestiones que son verdaderamente graves y trágicas, como, por ejemplo, el genocidio de Camboya o las persecuciones y las represiones en tantos otros países...

—Supongo que vio usted en televisión el programa dedicado a Mayo del 68, con las imágenes de las revueltas en numerosos países...

—Indudablemente existió una forma de contagio, pero no hay un sólido elemento de inicio para establecer una concatenación, una relación entre lo que ocurrió en París y sus causas y lo que ocurrió en otras capitales del mundo. En Praga, por ejemplo, las razones de la revuelta eran buenas, lógicas. En Praga se luchó por la libertad y ese combate estaba perfectamente justificado, algo que no ocurría en los países occidentales.

—Volvamos a París. Yo recuerdo la expresión del general De Gaulle, en plena revuelta: «La reforme, oui; la chienlit, non»...[1].

—Y tenía toda la razón, En París, insisto, todo fue una orgia del desorden por el desorden y nada más.

—Sin embargo, Cohn-Bendit, Sauvageot y Geismar querían aparecer como Danton, Marat y Robespierre...

—Cómico y trágico a un mismo tiempo. Esos tres jóvenes no eran más que unos aprendices de revolucionario. Naturalmente, a los diez años de aquella revuelta, se habla de ellos, pero reducidos a su verdadera dimensión. Yo también vi el documento que difundió la televisión, en el que se le concedió muy poco espacio a la rebelión de Praga y se hablaba púdicamente de los ejércitos del Pacto de Varsovia, que habían invadido el país; pero no se dijo en ningún momento, de modo claro y determinante, que eran las fuerzas soviéticas...

—En ese reportaje, que le dedicó una mínima atención al Mayo de París, hasta el extremo de limitarlo a imágenes fijas, sin el menor movimiento, como si no existiesen documentos cinematográficos en archivo, mientras que Méjico, Madrid, Tokio y otras capitales del mundo merecieron espléndidas imágenes y comentarios de circunstancias: faltó la conclusión, el resumen, que podía haberse titulado «diez años después».

—Tiene usted toda la razón. Pero es así y hay que conformarse con esa lamentable realidad.

—Yo creo que todo podía haber terminado con una imagen expresiva, aquella que el general De Gaulle metió en una de sus reflexiones que Malraux recoge en un libro de memorias: «Al final, todo terminará en un par de pantuflas».

—Así es, y una vez más De Gaulle estuvo acertado en el vaticinio.

—¿Qué queda de Mayo del 68?

—Prácticamente, nada. A lo sumo, una leyenda a la que se le quiere conceder una significación profunda. Todos los años lo candidatos al título de bachiller organizan su alboroto, su monote,  apedrean escaparates de Saint-Michel, quieren repetir aquello; pero todo se queda en una serie de carreras delante de los guardias, como entonces...

—Para mí, Mayo de 1968 fue una revolución de vocabulario, de palabrería, un delirio retórico...

—Simplemente, un alboroto sin imaginación y sin objetivo.

—Y, sobre todo, sin humor. La revuelta de Mayo del 68 sólo tuvo algunos atisbos de humor, pero a la juventud actual le falta esa tercera dimensión de la inteligencia que es el humor.

—Tiene usted toda la razón. La juventud actual no tiene sentido del humor, ni sentido de la amistad. Pero hay algo más inquietante que ha venido mucho después de Mayo: el terrorismo, que no ha hecho más que empezar.

—¿Dónde está la fuente de ese terrorismo?

—Como siempre, en Moscú. La Unión Soviética prepara minuciosamente la conquista del mundo. Una vez caída Francia, toda Europa caerá, África está ya ampliamente invadida, las revueltas llamadas «espontáneas» no tardarán en producirse aquí y allá, y al final los Estados Unidos quedarán aislados, unos Estados Unidos que viven en la indiferencia y en la ceguera...

—¿Qué se puede hacer?

—Yo creo que la civilización actual no tiene por qué cambiar sus valores, sino purificarlos y restablecerlos. Es cierto que la burguesía ha cometido errores criminales, pero no son nada comparables con los que se preparan.

—Puede que a quienes lean este diálogo les sorprenda la pregunta que quiero hacerle y que para usted no será más que una cuestión perfectamente lógica: ¿No cree usted que el humor es una fórmula de salvación?

—Indudablemente. Allí donde no hay humor se engendran la crueldad y el odio. En un libro de David Rousset sobre la represión en el mundo se destaca de modo muy especial que individuos como Hitler y Stalin no tenían el más elemental sentido del humor y por ello eran crueles, despiadados, inhumanos.

—Yo pienso en lo importante, en lo trascendente que habría sido o que sería un «mayo humorístico», una gran revolución humorística...

—Desgraciadamente es inconcebible. Actualmente se representa en París una comedia de un español, Arrabal, que se titula «Punk et punk et cólegram», una obra humorística en la que se muestra el absurdo total de la época, con los trapicheos de los políticos, las historias de espionaje, con unos espías pederastas, etc., y esto, junto a otras manifestaciones literarias, artísticas, revela que hay algo así como un retorno al humor. Hace años hicimos un teatro humorístico cuya intención no era otra que el arrebatarle su excesivo significado a ciertas palabras, desarticular las frases hechas, los tópicos... Era un teatro saludable, pero no prosperó porque los críticos serios y graves, dogmáticos, marxistas sin humor, tristes por excelencia, interpretaron a su modo y conveniencia nuestro teatro, y pese a nosotros y a nuestro pesar hicieron un teatro que se pretendía comprometido, con un mensaje dentro, como esas botellas que tiran al mar los náufragos. En fin, fueron ellos quienes escribieron nuestras obras...

—Yo creo, como dijo un gran humorista español, Ramón Gómez de la Serna, que conviene establecer la diferencia entre la seriedad y el seriecismo, que es la seriedad sobrante, una seriedad ridícula. Todo lo que no tenga humorismo, decía, se convierte en un cuento de miedo que no mete miedo a nadie.

—Ese fenómeno que el humorista español llamaba seriecismo, yo creo que lo han estudiado los escritores rusos llamados «disidentes», como si fuese disidente un hombre que expresa su oposición a algo en lo que nunca creyó y a lo que jamás perteneció. Esos escritores, como Bukovski, Sinovief, Amalrik, Solyenitsyn, Siniavski, Daniel, etcétera, se dieron cuenta de todo eso y lo denunciaron... Evidentemente, en 1968 no faltaron los discípulos de Marx, Althusser o de ese marxista tardío que es Sartre, pero cada vez hay menos, y aunque le parezca contradictorio, paradójico, los países donde el marxismo ha desaparecido son Rusia, Polonia, Hungría, Rumania, Checoslovaquia... Es decir, si vivimos todavía unos diez años, tendremos que refugiarnos en esos países para tener la libertad de imaginación, la libertad de reír, porque el Occidente estará completamente contaminado.

—Pero si el marxismo ha desaparecido en esos modelos del marxismo, ¿qué es lo que hay?

—Unas organizaciones burocráticas muy poderosas, sin ningún intelectual marxista, sino con una enorme presencia de arribistas, de oportunistas, que se inscribirán en el partido para hacer carrera. Hippolyte Taine escribió que la clase aristocrática del siglo dieciocho era una clase que se sentía culpable, que tenía mala conciencia de sí misma y que dimitió. Pero en Rusia no ocurre lo mismo, porque no creen en sus valores, sino que tienen un cinismo brutal y pleno de agresividad que les permite proseguir su acción sin necesidad de ideología alguna. Precisamente, lo que resultaba simpático, un poco simpático, en Mayo de 1968, en Francia, es que no había ideología de ninguna clase, porque las ideologías no son, a fin de cuentas, más que las coartadas de las acciones más vehementes, más crueles y más pasionales. Las ideologías sólo sirven para ocultar los impulsos irracionales que excitan a los hombres a destruirse entre ellos.

—A propósito de ideologías, ¿qué piensa usted de esa entelequia llamada eurocomunismo?

—Yo no creo una sola palabra. En 1948 hubo un eurocomunismo en Praga. En aquel entonces, los comunistas checoslovacos renunciaron a la dictadura del proletariado y repetían que a partir de esa revisión el comunismo tendría los colores de la nación checoslovaca. Cualquiera que ha leído un poco la Historia se puede dar cuenta que, una vez más, se juega haciendo trampas. El eurocomunismo es un engaño, y un engaño de lo más burdo.

Terminado el diálogo sobre Mayo de 1968 y sobre tantas otras cosas, la conversación discurrió por los caminos del más puro humorismo. Se habló de Miguel Mihura, de Tono, de Ramón Gómez de la Serna, de las falsificaciones del humor en nuestro tiempo, del insoportable seriecismo de los hombres políticos, del humorismo involuntario, etcétera, y la unanimidad fue absoluta. Así da gusto. Eugéne Ionesco me enseñó los retratos que hizo Miró de él y de su esposa, Rodica, así como un delicioso Chagall y un prodigioso Max Ernst, homenaje en el estreno de «El rinoceronte». Y de nuevo se volvió al tema de la unanimidad: el humor.

—El humorista es un hombre alegre al que ponen triste los demás.

—¿De quién es esa definición?

—De Ramón Gómez de la Serna.

—Es admirable porque, además, es cierta,

Rodica, Eugène y «Zed» me acompañan hasta la puerta:

—Buenas tardes, maestro.

—Por favor, no me llame maestro.

—De acuerdo, maestro. Hasta siempre.

Enrique LABORDE, ABC Dominical, 28 de mayo de 1978, pp. 12-14.



[1] Es inútil que busquen en el diccionario una definición exacta de «chienlit». cuya etimología (de «chien» y «lit») es de por si expresiva. No obstante, podemos traducir «chienlit» por nuestro castizo «cachondeo» en su sentido más amplio, es decir, como equivalente a desbarajuste o alboroto. Insensatos.—E. L.

martes, 27 de septiembre de 2022

“Sobre las dos grandes Primaveras y los Škvorecký” de Milan Kundera (1978)

 


1. Cuando en septiembre de 1968 pude pasar unos días en París, traumatizado por la tragedia de la invasión rusa de Checoslovaquia, estaban allí también Josef y Zdena Škvorecký. Me asalta otra vez la visión de un joven que, agresivamente, se dirigió a nosotros: “¿Qué quieren exactamente ustedes los checos? ¿Es que se han cansado ya del socialismo?”.

Durante aquellos días, debatimos largamente con un grupo de amigos franceses que emparentaban las dos Primaveras, la parisina y la checa, envueltas las dos en un mismo espíritu de rebelión. Esto era mucho más agradable de escuchar, pero persistía el malentendido:

El Mayo del 68 de París fue una explosión inesperada. La Primavera de Praga, la culminación de un largo proceso que arranca del choque que había producido el Terror estalinista en los primeros años después de 1948.

El Mayo de París, conducido primero por iniciativa de los jóvenes, estaba impregnado de lirismo revolucionario. La Primavera de Praga se inspiraba en el escepticismo posrevolucionario de los adultos.

El Mayo de París era un cuestionamiento festivo de la cultura europea, vista como aburrida, oficial, esclerosada. La Primavera de Praga era la exaltación de esa misma cultura durante largo tiempo sofocada bajo la imbecilidad ideológica, la defensa tanto del cristianismo como de la negación libertina de toda creencia y cómo no, del arte moderno (digo bien: moderno, no posmoderno).

El Mayo de París hacía gala de su internacionalismo. La Primavera de Praga quería devolver a una pequeña nación su originalidad y su independencia.

Gracias a un “maravilloso azar” estas dos Primaveras, asincrónicas, salidas cada una de un tiempo histórico distinto, se encontraron el mismo año en “la mesa de disección”.

2. El principio del camino hacia la Primavera de Praga está marcado en mi memoria por la primera novela de Škvorecký, Los cobardes, publicada en 1956 y recibida con el grandioso fuego de artificio del odio oficial. Esta novela, punto de partida de una gran trayectoria literaria, habla de un señalado punto de partida histórico: una semana de mayo de 1945 durante la cual, tras seis años de ocupación alemana, renace la República checa. Pero ¿por qué semejante odio? ¿Era la novela tan agresivamente comunista? En absoluto, Škvorecký cuenta en ella la historia de un hombre de veinte años, locamente enamorado del jazz (al igual que Škvorecký), arrastrado por el torbellino de unos días de una guerra moribunda cuando el Ejército alemán ya estaba de rodillas, en la que la resistencia checa se reconstituía con torpeza y en la que los rusos ya estaban llegando. Ningún anticomunismo, sino más bien una actitud no política; ligera, descortésmente no ideológica.

Y, además, la omnipresencia del humor, del inoportuno humor. Lo cual me hace pensar que la gente ríe de un modo diferente en las distintas partes del mundo. ¿Cómo negarle a Bertolt Brecht el sentido del humor? No obstante, su adaptación teatral de Las aventuras del buen soldado Švejk prueba que jamás entendió nada de la comicidad de Hašek. El humor de Škvorecký (como el de Hašek o Hrabal) es el humor de los que están lejos del poder, no aspiran al poder y consideran que la Historia es una vieja bruja ciega cuyos veredictos morales les hacen morir de risa. Y me parece significativo que sea precisamente con ese espíritu no serio, antimoralista, antiideológico, como arrancó, al alba de los años sesenta, un gran decenio de la cultura checa (por otra parte, el último al que podemos llamar grande).

3. Oh, los queridos años sesenta; me gustaba decirlo entonces, cínicamente: el régimen político ideal es una dictadura en descomposición; el aparato represivo funciona de manera cada vez más defectuosa, pero sigue ahí para estimular el espíritu crítico y burlesco. En el verano de 1967, irritados por el valiente congreso de la Unión de Escritores y considerando que el desafío había ido demasiado lejos, los amos del Estado intentaron endurecer su política. Pero ese espíritu crítico había contaminado ya incluso a un comité central del Partido que, en enero de 1968, decidió dejarse presidir por un desconocido: un tal Alexander Dubček. Empezó la Primavera de Praga: con una gran sonrisa el país rechazó someterse al estilo de vida impuesto por Rusia; se abrieron las fronteras del Estado y todas las organizaciones sociales (sindicatos, uniones, asociaciones), en su origen creadas para transmitir al pueblo la voluntad del Partido, se independizaron y se convirtieron en instrumentos inesperados de una democracia inesperada. Nació un sistema (sin ningún proyecto previo, casi por casualidad) que carecía realmente de precedentes: una economía nacionalizada en manos de cooperativas, poca gente rica, poca gente pobre, la enseñanza y la medicina gratuitas, pero también: el final del poder de la policía secreta, el final de las persecuciones políticas, la libertad de escribir sin censura y, por tanto, el florecer de la literatura, el arte, el pensamiento, las revistas. Ignoro cuáles eran las perspectivas políticas de futuro de aquel sistema; en la situación geopolítica de entonces, sin duda alguna eran nulas; pero ¿y en otra situación geopolítica? ¿Quién puede saberlo?... En todo caso, aquel segundo durante el que existió ese sistema, aquel segundo fue soberbio.

En Mirákl (Milagro) (terminada en 1970), Škvorecký cuenta todo ese período, entre 1948 y 1968. Lo sorprendente es que posa su mirada escéptica no sólo sobre la estupidez del poder, sino también sobre los contestatarios, su gesticulación vanidosa que iba instalándose en el escenario de la Primavera. Por eso, en Checoslovaquia, después de la catástrofe de la invasión, ese libro no sólo fue prohibido, como todas las obras de Škvorecký, sino poco reivindicado también por los que se oponían al régimen, quienes, contaminados por el virus del moralismo, no soportaban la libertad inoportuna de la ironía.

4. Cuando, en septiembre de 1968, en París, los Škvorecký y yo discutimos con amigos franceses acerca de nuestras dos Primaveras, no andábamos exentos de preocupaciones: yo pensaba en mi difícil regreso a Praga; ellos, en su difícil emigración a Toronto. La pasión de Josef por la literatura norteamericana y por el jazz había facilitado su elección. (Como si, desde nuestra primera juventud, lleváramos dentro el lugar de nuestros respectivos posibles exilios: yo, en Francia; ellos, en Norteamérica...) Pero, por muy desarrollado que fuera su cosmopolitismo, los Škvorecký eran patriotas. Sí, ya lo sé, hoy en día, en estos tiempos de bailes organizados por uniformizadores de Europa, en lugar de “patriota” habría que decir (con desdén) “nacionalista”. Pero, perdónennos, en aquellos tiempos siniestros, ¿cómo habríamos podido no ser patriotas? Los Škvorecký vivían en Toronto en una casita en la que dedicaron una habitación a editar y publicar a escritores checos prohibidos en su país. Nada por entonces era más importante. La nación checa no nació (varias veces) gracias a sus conquistas militares, sino que renació siempre gracias a su literatura. Y no me refiero a la literatura como arma política. Hablo de la literatura en tanto que literatura. Ninguna organización política subvencionaba a los Škvorecký, quienes, como editores, no podían contar sino con sus propias fuerzas y sus propios sacrificios. Nunca lo olvidaré. Yo vivía en París y el corazón de mi país natal estaba para mí en Toronto. Una vez terminada la ocupación rusa, ya no hubo motivos para publicar libros checos en el extranjero. Desde entonces, Zdena y Josef visitan Praga de vez en cuando, pero vuelven siempre a su patria. La patria de su viejo exilio.

KUNDERA, Milan (2009), Un encuentro, Buenos Aires, Tusquets Editores. Traducido del original francés por Beatriz de Moura.

viernes, 10 de marzo de 2017

¿Qué 1968? Entrevista a Antonin Liehm y Pascal Bruckner. ("La Vanguardia", 29 de junio de 1993)


Las influencias latentes del Mayo de París y la Primavera de Praga
París 1968...
Mil novecientos sesenta y ocho fue un año de rebeliones en todo el mundo. Se protestaba contra los gobiernos, se reivindicaban las cosas más variadas, los objetivos de las protestas y de las reivindicaciones eran muy diversos. En este contexto, podría parecer que el Mayo francés y la Primavera de Praga tenían fines opuestos. Pascal Bruckner y Antonin Liehm matizan este punto de vista:
-PASCAL BRUCKNER: Aunque ambos movimientos parecen opuestos, hay una analogía entre ellos: ambos intentaron liberarse de alguna tutela, en el caso de Praga la del totalitarismo comunista y, en el de París, la del autoritarismo gaullista. Lo que es interesante en el Mayo francés es que utilizó el vocabulario marxista y radical para expresar reivindicaciones de orden esencialmente individual. Todo el mundo deseaba una revolución, la cual fue encabezada por Marx, Trotski, Mao, pero se trataba principalmente de una revolución en la vida privada. El Mayo del 68 francés fue un “happening” colectivo que reivindicaba al individuo.
-ANTONIN LIEHM: Si en el Mayo del 68 parisino el colectivo reivindicaba al individuo, la Primavera de Praga empezó con exigencias firmadas por individuos y destinadas a la colectividad. Si, la ideología, los objetivos, el lenguaje de esos movimientos eran radicalmente opuestos, sin embargo tenían un denominador común: tanto uno como otro se dirigían contra el “establishment”. Cada uno de los “establishments”, el comunista, postestalinista, por una parte y, por la otra, el gaullista, se había convertido en un símbolo de algo generado tras la Segunda Guerra Mundial, y la primera generación de la posguerra, o sea, tos jóvenes del 68, se opusieron a cada uno de esos "establishments”. La Primavera de Praga fue un movimiento tolerante y liberal porque fue una oposición a un "establishment” totalitario; en cambio, el Mayo francés era antitolerante y antiliberal, ¿por qué?, pues porque buscaba una reforma de un “establishment” tolerante y liberal.
.... Praga, 1968
-Puesto que esa lucha contra el “establishment” tuvo lugar simultáneamente en todo el mundo,
¿hubo influencias y pactos entre los distintos movimientos?
-A.L.: Entre Praga y París, Praga y Berlín occidental (el movimiento de Rudi Dutschke) no hubo influencias significativas; éstas se produjeron más tarde, y fue mayor la influencia de Praga sobre París que viceversa. El líder de las protestas parisinas, Dani Cohn-Bendit, por ejemplo, pronto comprendió de qué se había tratado en Praga y empezó a buscar el punto de encuentro de sus ideas con las de Primavera de Praga. Escuchándole hoy, uno tiene la sensación de hablar con un dirigente de la Primavera de Praga. En cambio, difícilmente se encontraría a un participante del movimiento checo que se identificara con la izquierda radical occidental de entonces. Además, esa clase de izquierda occidental, la maoísta-trotskista-estalinista-guevarista, ha desaparecido, se ha disuelto; sólo quedaron de ella pequeños restos de terrorismo.
-P.B.: París vivía principalmente bajo la influencia de otras revoluciones, las francesas y las rusas. Además de eso, en París se sentía la influencia de los radicales americanos que se manifestaban contra la guerra de Vietnam. La Primavera de Praga despertaba simpatías porque intentaba sacudirse el yugo de Moscú, y es que para la izquierda francesa, Moscú también era un enemigo. En París, como en todo el mundo, la intervención soviética en respuesta a la Primavera de Praga, tuvo un impacto muy fuerte. Tras esa invasión de los tanques, la sociedad empezó a plantearse una serie de cuestiones esenciales.
-¿Hubo un impacto duradero sobre la izquierda? ¿Cuáles fueron sus consecuencias para el futuro?
-P.B. Tras esa fecha empezó a reestructurarse la izquierda francesa, y actos análogos fueron sucediendo en otros países europeos. En Francia, por una parte, los socialistas, según el ejemplo de Dubcek, intentaron construir un "socialismo con rostro humano”, y fue entonces que los socialistas fueron creciendo y tomando fuerza, al mismo tiempo que se iban liberando de la tutela comunista, de la cual hasta entonces fueron literalmente prisioneros. Poco tiempo después, en 1972, apareció François Mitterrand que dio una dirección y una identidad al socialismo francés y, cuando en 1980 abrazó a los comunistas, fue únicamente para estrangularlos mejor. La otra corriente, inspirada por la Primavera de Praga fue la que surgió del partido comunista y la que, tras los sucesos checos, se convirtió en anticomunista. A modo de ejemplo casi simbólico: el primero que saludó “La broma” de Milán Kundera, esa novela que denuncia el estalinismo, fue el comunista de toda la vida Louis Aragón. Y fue como si la publicación de "La broma” en francés y la invasión soviética de Praga despertaron una nueva intuición en una importante fracción del PC francés, la intuición del final definitivo de la ideología comunista. Y si durante los veinticinco años posteriores anduvimos a tientas en muchos asuntos relacionados con las ideologías, ahora sí comprendemos que la Primavera de Praga dio a Europa el primer impulso para acabar con el comunismo, como régimen político y como ideología.


-¿A qué se debe la fascinación por el comunismo que la intelectualidad europea y americana experimentó a lo largo de este siglo?
-A.L.: La fascinación por el comunismo se debe a la mitologización de una experiencia ajena y duró a causa de la incapacidad de analizar experiencias propias. Algo análogo está pasando hoy en la Europa del Este donde existe la fascinación por la experiencia ajena, especialmente la norteamericana, la fascinación por el mito de la riqueza y el bienestar occidental.
-P.B.: La inteligencia occidental aprobó y bendijo el totalitarismo y los estados totalitarios en nombre de la justicia y la libertad. Sartre, Althusser y muchos otros eran, pues, los responsables de esconder la verdad y de propagar la mentira, establecer el reino de la mentira entre la inteligencia occidental.
-Aparte de esas vagas y gastadas nociones de libertad y justicia, ¿cuáles fueron las causas profundas de la permanencia de esa mentira intelectual en el mundo occidental?
-P.B.: Uno: La relación de admiración-odio de los occidentales por si mismos. Dos: El odio de los intelectuales a su pertenencia a la clase burguesa; para espiar esa pertenencia, el intelectual se casaba con la ideología del adversario. Tres, y sobre todo: La fascinación por la historia. Puesto que Marx pretendía haber descubierto las leyes de la historia, el intelectual tenía la sensación que, casándose con el marxismo, se casaba con la historia.
-Hubo intentos de reconciliar el existencialismo, es decir el sistema de pensamiento filosófico predominante en la época, pensamiento basado en el individuo y la libertad, con el marxismo, que subraya lo colectivo. ¿Con qué resultados?
-P.B.: Sartre, por ejemplo, dedicó dos enormes volúmenes de su obra “La crítica de la razón dialéctica” al intento de reconciliar esos dos sistemas de pensamiento, y fracasó estrepitosamente. Y es que el individuo nunca llega a inclinarse por completo ante un sistema. Ese tratado de Sartre resultó ser bastante patético. En definitiva: a nivel filosófico Sartre no llega a convencer, a nivel histórico era un mentiroso. Sartre mintió sobre el asunto de Cuba, mintió en cuanto a la URSS, mintió a propósito de China. Su argumento principal es siempre la fascinación por la historia. Para él, la historia es una especie de diosa despiadada que devora a sus hijos, pero que un día ha de ver el triunfo de la verdad, de la justicia y del comunismo. De manera que en nombre de esa adoración de la historia, Sartre y los demás intelectuales de la izquierda radical abdicaron de cualquier ideal de espíritu crítico y libre. Y al final quedó en evidencia que Sartre luchó toda su vida por una sociedad en la cual él no hubiera querido vivir.
París 1968...
-¿Cómo fue, pues, que la intelectualidad dejó de sentirse seducida por la doctrina marxista?
-A.L.: En el Este, donde la gente la experimentó en la propia piel, el desencanto se fue produciendo durante los años 50 y 60. En Occidente, el mito perdió las fuerzas tras el 68. En Francia entraron en escena los “nuevos filósofos”, movimiento surgido del 68, que entablaron una crítica de la época anterior. Pero de nuevo, en vez de reflexionar sobre Francia, basaron su crítica sobre la experiencia ajena, en su caso sobre Solzhenitsin y el Gulag.
-¿No existe autorreflexión en Francia?
-A.L.: Los intelectuales franceses siempre han tomado prestada la experiencia de otras culturas, tanto para declarar los ideales del comunismo, como luego para destruirlos. Y lo mismo ocurre en la actualidad: los intelectuales no paran de reflexionar sobre la ex Yugoslavia, tema que es ciertamente importante, pero a causa de eso evitan analizar los problemas de su casa. Creo que el pensamiento intelectualmente interesante nace de la autorreflexión.
-P.B.: Es cierto que falta el autoanálisis, pero es porque Francia para nosotros no es el centro del mundo; lo que hacemos es escuchar atentamente los de fuera de nuestro país, acoger todas las opiniones.
-Volvamos a los últimos veinticinco años. Los “nuevos filósofos” retomaron, pues, las críticas de Raymond Aron y Albert Camus. ¿Cuál fue su aportación?
-P.B.: Los nuevos filósofos, sin tener un sistema de pensamiento propiamente original -lo que afirmaban ellos lo habían dicho antes Russell, Camus, Aron, Isaiah Berlín- denunciaron el esquema marxista. Hicieron saltar la vieja barraca de la izquierda en la que estaba enclaustrada la “inteligentsia” francesa. Gracias a eso se pudo empezar a reflexionar libremente otra vez y cambiar el modo de pensar.
-Después de veinticinco años, ¿se puede constatar que el año revolucionario 68 ha dejado huellas?
-P.B.: El significado de la Primavera de Praga está en su aportación aperturista. El Mayo francés fue una especie de gigantesco “happening” que resucitó todas esas ideologías de manera paródica: allí se desplegó el maoísmo, la revolución francesa, la revolución bolchevique. En el momento en que todo eso tenía lugar parecía algo muy serio, pero en el fondo se trataba del último día antes del crepúsculo de las ideologías de izquierdas, su última explosión que acabó en las cenizas. A partir del Mayo del 68 todas esas ideologías agonizaron, diez años más tarde murieron y hoy, tras 25 años, están bien enterradas.
-A.L.: A primera vista podría parecer que del 68 no quedó nada; pero yo creo que ocurre todo lo contrario. Con el año 68 sucede lo mismo que, en el siglo pasado, ocurrió con las rebeliones de 1848. En el año 1848, llamado la Primavera de las Naciones, hubo rebeliones y revoluciones por toda Europa. En todas partes sin excepción, esa revolución fue derrumbada por los disparos de los fusiles policiales, algo parecido a lo que sucedió en París y en Praga en el 68. Y no obstante, toda la segunda mitad del siglo XIX vivió bajo el signo de las reformas iniciadas en aquel año revolucionario, los antiguos regímenes absolutistas desaparecieron bajo el peso de las ideas del 1848, para dejar lugar a regímenes más liberales. Y creo que hoy, después de veinticinco años, podemos afirmar que aunque el movimiento revolucionario de París, el de Praga, o el alemán y el americano, etc., fueron derrumbados, sus ideas y sus reivindicaciones en muchos aspectos se llegaron a realizar. Después de veinticinco años vivimos en un mundo en el que se han realizado las más significativas reivindicaciones del 68, la sociedad las absorbió como exigencias legítimas.
-Usted acaba de regresar de Praga. ¿Se habla del aniversario allí?
... Praga 1968
-A.L.: En Praga hoy en día la gente tiene miedo de hablar siquiera de la Primavera de Praga, por temor de ser acusados de comunistas: durante esos primeros años poscomunistas, todo lo que tuvo lugar durante los 40 años de totalitarismo, lo bueno y lo malo, se sataniza de igual manera y se mete en el mismo saco.
-La generación del 68 es la que ahora lleva la batuta. ¿Cuál es su orientación?
-A.L.: En Europa Central y del Este los intelectuales tienen la sensación que en vez de ser críticos, atributo que distingue a un intelectual, ellos deberían ser complacientes con el nuevo “establishment”. Y es que si criticaran algo, creen que darían la impresión de defender el pasado comunista. Ahora bien: un intelectual complaciente es una especie de monstruo.
-P.B.: La generación del 68, o sea la mía, ha impuesto en la sociedad francesa sus reivindicaciones de la revolución del 68, y hoy sigue imponiendo sus leves. Aún no ha llegado una generación nueva capaz de imponer ideas nuevas en la sociedad. La generación más joven es incapaz de una buena crítica de la anterior.
-¿Por qué?
-P.B.: Tal vez porque ahora la vida es mucho más dura para los jóvenes, y además, quizá, porque no se beneficiaron de un sistema educativo clásico como nosotros. Es cierto que en el 68 nosotros nos rebelamos contra ese sistema que en consecuencia fue profundamente modificado. Pero creo que nos dio una base más firme, una cultura más sólida que la que se puede llegar a tener en la actualidad. Hoy en día no hay ni un escritor, ni un sociólogo, ni un filósofo con alguna aportación nueva. Los que generan la cultura en Francia son, pues, los que pertenecen a la generación del 68, que reina sin ningún contrapoder. Y eso resulta más bien inquietante.
La Vanguardia, Cultura, 29 junio 1993. p. 46 y 48.