sábado, 29 de abril de 2017

Octavio Paz en la Guerra de España (ABCD, 02/12/2006)


Octavio Paz en Madrid. Julio de 1937.
LA GUERRA CIVIL DESDE AMERICA: UN TESTIMONIO DE OCTAVIO PAZ
Es poco conocido cómo se contempló la guerra civil española desde América, en medio de los debates surgidos al hilo del 70º aniversario del conflicto, el testimonio de Octavio Paz, recogido de la transcripción de una entrevista televisiva nunca antes publicada, resulta harto esclarecedor.
En 1937. Pablo Neruda invitó a Octavio Paz, quien tenía entonces veintitrés años de edad, al Segundo Congreso Internacional de Escritores Antifascistas, que tuvo lugar en Valencia, Barcelona y Madrid, del 4 al 17 de julio, en plena Guerra Civil. El congreso tuvo como tema central el combate al fascismo a través de lo que en aquella época se llamaba «libertad por la cultura». En 1984, con motivo del septuagésimo aniversario del poeta mexicano, la televisión azteca transmitió una serie de veintiún programas titulada Conversaciones con Octavio Paz. Uno de ellos fue consagrado a La experiencia de la Guerra Civil española. Al cumplirse ahora setenta años de aquel acontecimiento, se han seleccionado algunos fragmentos de ese testimonio en el que Paz narra la manera en que la vivencia de la guerra marcó para siempre su obra y su pensamiento político. El interlocutor invitado, en esa ocasión, fue el escritor argentino Luis Mario Schneider, quien vivió en México la mayor parte de su vida, y autor del libro La inteligencia y la Guerra Civil Española. II Congreso de Escritores Antifascistas.
Héctor Tajonar: ¿Cuál era el clima intelectual en México antes de su viaje a España?
Octavio Paz: En aquella época habíamos leído La condición humana, de André Malraux, y los textos de André Gide de adhesión al comunismo, de lo que más tarde se arrepintió. También habíamos leído a Marx, a escritores reaccionarios como Spengler y por supuesto a los grandes filósofos como Nietzsche. Todo esto había creado una especie de efervescencia en mi generación. Algunos de mis amigos ingresaron en el Partido Comunista y otros en Acción Nacional. Lo cierto es que mi generación estuvo tocada por la violencia. No éramos muy tolerantes, ni creíamos mucho en la democracia. Nos sentíamos atraídos por los extremos. Había una teoría del Frente Popular y al mismo tiempo se extendía la sombra, liberadora y maléfica, de Trotsky, quien era un poco el Satanás de la izquierda. Yo nací en esa atmósfera y diría que de un diálogo secreto con el trotskismo.
Luis Mario Schneider: ¿Y, al llegar a España, se sintió «compañero de ruta»?
O. P.: Un poco sí, aunque no era miembro de ningún partido político porque tenía muchas dudas. Mi gran objeción al marxismo y el estalinismo, en aquella época, era sobre todo de orden estético. Nunca acepté el realismo socialista, porque siempre quise distinguir entre poesía y propaganda. De ahí que, cuando los jóvenes españoles de la revista Hora de España -Serrano Plaja, Gil Albert, Sánchez Barbudo- presentaron una ponencia en el Congreso de Escritores Antifascistas proponiendo la distinción entre poesía y propaganda, sentí inmediatamente simpatía hacia ellos, mayor que hacia mis amigos mexicanos que habían seguido la doctrina, nefasta para mí, entonces y ahora, del realismo socialista.
L.M.S.: Octavio, es incuestionable que la Guerra Civil [española] conmovió a la intelectualidad de todo el mundo porque fue una revolución de replanteamientos mentales. En esas circunstancias, ¿qué motivaciones tuvo en usted para escribir «No pasarán»? Por cierto, ese extenso poema nunca fue recopilado por usted en sus distintas versiones de «Libertad bajo palabra», aunque sí fue publicado en una pequeña edición de tres mil quinientos ejemplares, cuyo usufructo fue donado por usted al Frente Popular Español en México. Yo tengo un ejemplar que, en el colofón, dice: «En prenda de simpatía y adhesión para el pueblo de España, en la lucha desigual y heroica que actualmente sostiene».
O.P.: Yo escribí aquel poema casi como se escribe un poema de amor. Bajo el golpe, bajo el soplo de la emoción. Yo recuerdo que tenía amigos que no compartían mis ideas políticas, como el poeta Jorge Cuesta, quien me hizo la misma pregunta que usted. Me dijo: «Octavio, ¿por qué escribió este poema? ¿Usted cree que esto va a afectar el curso de la guerra?» Le respondí: «No, de ninguna manera, no soy tan vanidoso. ¿Usted cree que alguien se va a convertir? Bueno, puede que sí, ¿por qué no?, uno o dos pueden convertirse, pero yo no creo en la propaganda». Escribí el poema sinceramente, como una necesidad íntima. Volví a leerlo a los pocos meses, y me di cuenta de que había confundido la emoción con la creación y la elocuencia con la poesía.
L.M.S.: ¿Por qué no nos lee la primera estrofa y parte de la última?
O.P.: Bueno, justamente la primera estrofa de «No pasarán» fue publicada en la revista Letras de México como un ejemplo de falsa buena poesía. El poeta mexicano Bernardo Ortiz de Montellano escribió que el autor de esos versos era, evidentemente, un joven, un poeta que tiene conocimiento de la poesía moderna, de la poesía actual, pero que el resultado no es poesía: es retórica. Aquello me impresionó mucho y creo que tenía razón. Recordemos:

«Como pájaros ciegos, prisioneros,
como temblantes alas detenidas
o cánticos sujetos,
suben amargamente
hasta la luz aguda de los ojos
y el desgarrado gesto de la boca,
en latidos febriles de la sangre,
petrificada ya, e irrevocable:
No pasarán».

Octavio Paz y Elena Garro pasean por Barcelona en 1937.
Esta es la primera estrofa y sí, en efecto, hay cierta elocuencia, La que a usted le gusta es la penúltima, ¿no?

«Detened a la muerte,
a esos muros siniestros, sanguinarios,
o poned otros muros;
reconquistad la vida detenida,
el correr de los ríos paralizados,
el crecer de los campos prisioneros,
reconquistad a España de la muerte».

Bueno, yo apruebo estos sentimientos, pero repruebo esta retórica.
H.T.: Desde el punto de vista humano, ¿qué considera lo más importante y aleccionador de su estancia en España durante la Guerra Civil?
O.P.: Lo que rescato para mí en aquella época es, en primer lugar, el hecho de que conocí a muchos poetas y fui amigo de los jóvenes españoles. La gran experiencia fue haber conocido al pueblo español y la verdad de la guerra. Esta verdad no era lo que decían mis poemas. La verdad de la guerra era que había hambre, caían bombas, la gente tenía miedo y sentía desesperación, la gente no estaba de acuerdo con muchas cosas que pasaban del lado republicano, y al mismo tiempo había verdadero horror de lo que podía ocurrir cuando llegasen las tropas de Franco. Era una situación realmente dramática. En ese momento yo iba mucho a las tabernas para hablar con el pueblo español: ahí empecé a conocer parte de una realidad que hasta entonces ignoraba. Por ejemplo, aquellos «paseos» en los que los milicianos asesinaron gente impunemente. Eso me impresionó mucho. Hablé con León Felipe de estos temas y me mostró el otro rostro de la verdad. Ello no me acercó a Franco, porque en su caso era el Estado mismo, con la bendición de la Iglesia, quien realizaba los fusilamientos. Pero no debe pasarse por alto que del lado republicano sucedían cosas terribles, lamentables, como muchos asesinatos, sobre todo en Madrid, y también venganzas personales. Esto lo recuerdo porque, muchos años después, leí el libro del escritor francés Georges Bernanos Los grandes cementerios bajo la luna. Bernanos era un escritor católico y conservador; fue a España para estar del lado de Franco, quedó horrorizado con lo que allí vio y escribió este libro de denuncia de las atrocidades franquistas. Del lado republicano, dos escritores europeos, George Orwell y Simone Weil, también denunciaron a su vez los excesos ocurridos en ese bando. Esto es lo que a mí me parece que no hicimos bien los demás. Ahora me doy cuenta de que el deber del escritor no es solamente mostrar los crímenes de los enemigos, sobre todo si esos enemigos son también los enemigos de la libertad. No se deben ocultar los crímenes del propio partido o del propio país. Hay una frase del doctor Johnson sobre el patriotismo que es absolutamente exacta: «Ni el patriotismo, ni la lealtad ideológica, ni la lealtad religiosa pueden justificar que uno sea cómplice de los crímenes de su partido, de su familia o de su casa».
L.M.S.: ¿Participó usted en los enfrentamientos armados?
O.P.: Yo estuve en el frente del sur, visité el sur. Había un guerrillero mexicano por allí, de nombre Juan B. Gómez; también andaba por allá Siqueiros. Quise estar en las Brigadas Internacionales, como comisario político, pero me disuadieron. Alberti fue uno de ellos. Me dijeron que era un error, que me iban a matar, que para qué, que no tenía preparación política ni militar. Ahora me doy cuenta de que, de haber sido comisario político, me habrían fusilado quizá los mismos republicanos. Me rechazaron y me dijeron que debía ir a México para hacer labor de propaganda, lo cual fue una bendición.
H.T.: La vivencia de la Guerra Civil española fue determinante en la formación de su pensamiento político, ¿no es así?
O.P.: Indudablemente, la guerra de España me enseñó muchas cosas. Ante todo, que sí hay causas que se deben apoyar en el mundo. Cuando Xavier Villaurrutia y otros poetas amigos míos a los que admiraba y respetaba me decían «todo es lo mismo», yo pensaba: no es verdad, no todo es lo mismo, hay causas, no todo es relativo. Es evidente que nada es perfecto en la tierra, pero tenemos valores que defender. Esos valores para mí son, sobre todo, los valores de la libertad y de la democracia. Ahí donde el régimen -por más injusto que sea, por más graves que sean las diferencias sociales o de clase-, ahí donde hay libertad, hay posibilidades de cambiar a la sociedad. Ahí donde no hay libertad, no hay posibilidades de cambiar, sino simplemente de reforzar la injusticia y la tiranía. Esto me parece a mí un axioma. La segunda enseñanza, mas intima, más para escritores, es que el deber del escritor es ser independiente. La idea que está ahora de moda, del gran filósofo italiano Antonio Gramsci, del intelectual orgánico, a mí me parece terrible. Yo creo que al escritor orgánico ya lo conocemos: es el escritor medieval, es el escritor de la época absolutista...
H.T.: El escritor de partido, sobre todo, ¿no?
O.P.: Sí, o de Iglesia o del Estado. Yo creo lo contrario: creo en el escritor fuera de ese ámbito, en el escritor marginal que se equivoca, que se equivoca desde su soledad, que habla desde su cuarto, no desde la verdad del partido o de la Iglesia. Es el caso de los disidentes rusos, polacos o checos, como Kundera. Solyenitzin o Milosz. Claro, la independencia nunca puede ser absoluta, nunca es total. Pero para mí es fundamental. Ésas son las dos grandes experiencias españolas, y una más, la más entrañable: haber conocido al pueblo español.

[Tres años después de realizar esta entrevista, Octavio Paz pronunció el discurso inaugural del cincuentenario del Segundo Congreso de Escritores Antifascistas, celebrado en Valencia. Además de su profunda emotividad, el texto fue una invitación a la autocrítica: «Este acto perdería su sentido más vivo y hondo si no logramos que sea también un acto de reflexión y un examen de conciencia». (Pequeña crónica de grandes días, Fondo de Cultura Económica, página 95).
Asimismo, el poeta mexicano sintetizó los aspectos positivos y negativos del Congreso: «Todo esto -el amor, la lealtad, el valor, el sacrificio- es inolvidable y en esto reside la grandeza moral del Congreso. ¿Y su flaqueza? En la perversión del espíritu revolucionario. Olvidamos que la Revolución había nacido del pensamiento crítico; no vimos o no quisimos ver que ese pensamiento se había degradado en dogma y que, por una trasposición moral y política que fue también una regresión histórica, al amparo de las ideas revolucionarias se amordazaba a los opositores, se asesinaba a los revolucionarios y a los disidentes, se restauraba el culto supersticioso a la letra de la doctrina y se lisonjeaba de manera extravagante a un autócrata» (ibíd., pp. 102-103). Uno de los ejemplos que utilizó para ilustrar la persecución de los disidentes fue el de André Gide. Vuelvo a la entrevista, donde lo narró con mayor detalle.]

O.P.: Días antes de la apertura del Congreso apareció en París un pequeño libro de Gide, quien hasta entonces había sido un escritor cercano a la revolución rusa: Retoques a mi regreso de la URSS. En él hacía críticas moderadas al régimen soviético. No era fácil hablar de ese tema en el Congreso, pues había una atmósfera, no de terror, pero sí de presión psicológica y moral. En Madrid se discutió el tema de Gide, hubo ataques muy violentos de los soviéticos y un deplorable discurso de José Bergamín, en el cual dijo que ser enemigo de la Unión Soviética significaba ser enemigo de España. Un tipo de razonamiento absolutamente inmoral y reprobable. El único que lo defendió fue Malraux, aunque de un modo un tanto retórico y equívoco. Una serie de escritores presididos por Juan Marinello decidieron votar y aprobar la moción de censura a Gide. El único que objetó esto fue el poeta mexicano Carlos Pellicer. Yo me uní a él y, en el momento de la votación, hubo dos abstenciones: la de Pellicer y la mía. Los demás pensaron que, en mi caso, se trataba de una debilidad de jovenzuelo y, en el de Pellicer, de un desliz de esteta.

[La experiencia de la Guerra Civil española fue decisiva, no sólo para la formación de las ideas políticas de Octavio Paz. La ponencia presentada por Arturo Serrano Plaja, reproducida en el número de Hora de España dedicado al Congreso, fue el punto de partida de una larga campaña emprendida por Paz en defensa de la libre imaginación, principio fundamental de su creación poética. Acaso por ello, el escritor mexicano dedicó a Serrano Plaja el poema titulado «Los viejos», inspirado en los evacuados en un barco de carga, durante la Guerra Civil. Como lo expresó Paz en el citado discurso de 1987, en Valencia: «Con ellos y por ellos aprendí que la palabra fraternidad no es menos preciosa que la palabra libertad: es el pan de los hombres, el pan compartido» (ibíd., pág. 105).]

HÉCTOR TAJONAR
ABCD, 02/12/2006, pp. 5-6

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