viernes, 7 de abril de 2017

Entrevista a Stanisław Lem (La Vanguardia. Culturas. 12/04/2006)



Entrevista a Stanislaw Lem. Fallecido a finales de marzo, reproducimos la última entrevista que concedió el autor polaco, inédita hasta hoy, con motivo de la traducción de ‘Provocación’, donde aporta su afilada visión acerca del holocausto
“La ciencia ficción es un género pueril”
Ángeles López
Con la magnífica excusa de la publicación de Provocación en castellano, hemos logrado que el octogenario Stanislaw Lem rompa su silencio. El texto da la vuelta al género de la reseña de libros imaginarios que ya abordara en Vacio perfecto, un libro que próximamente publicará Funambulista junto con otros títulos del escritor polaco. En Provocación se conjuga la obra de un supuesto antropólogo alemán llamado Horst Aspernicus -que reivindica los crímenes del nazismo como forma de redención- con un extravagante estudio que intenta recoger, mediante precisas estadísticas, todo lo que le sucede a la humanidad durante un único minuto.
Provocación es el primer inédito suyo traducido al español en más de quince años. Se trata de un excitante y perturbador análisis sobre el genocidio. ¿La verdadera intención de Provocación consiste en sacudir, en zarandear al hombre para que ‘despierte’?
Mi mujer, con la que vivo desde hace cincuenta años, me decía el otro día que con la edad tal vez haya aceptado que hay un mensaje en mis libros, un mensaje al que debo atender, el de la salvación del mundo. Bromas aparte, está visto que el mundo no es salvable, y que la gente no anda por ahí recitando fragmentos de mis libros por la calle. Se me podría acusar de delirio de grandeza, claro. Y es que, aun cuando uno fuera Kant, que no lo soy, nada cambiaría el que hubiera gente que estuviera a favor o en contra de mis posturas, el mundo seguiría igual. Sin duda, todo cuanto escribo puede ser entendido desde esa perspectiva interpretativa, como si yo fuera una Casandra. No en balde, en Ciberiada, uno de los protagonistas es un filósofo que durante 70 años va diciendo genialidades y al que nadie le hace el menor caso... tal vez sea una especie de autorretrato mío... Ahora, en serio: ¿qué poder tiene la literatura? ¿Puede cambiar por ejemplo la política? Está claro que no. Todo ser humano alberga esperanzas, muchas veces irracionales en este sentido, y a la postre acaba tremendamente decepcionado. Hace veinte años ya dije que todo suele acabar muy mal, pero nadie me quiso hacer caso. En mis libros menudean ciertas ideas didácticas, pero no he escrito jamás para aleccionar a la malhadada y estúpida humanidad y convertirla en más justa y virtuosa, si bien reconozco esa intención educativa en muchos de mis libros. En Edén, por ejemplo, que es en principio sólo una novela de aventuras, se ve que el hecho de bloquear la información dentro del circuito social puede tener unas consecuencias nefastas. O en Solaris, que es un ataque contra el antropomorfismo, hay un programa para una cosmogonía contemporánea. Y ése es un enfoque que se puede hallar en toda mi obra y no sólo en Provocación. Los libros cobran vida en el momento en que los lectores se los apropian y esto hace que sea imprevisible la recepción de los libros en relación con las expectativas que pueda tener su autor.
¿En qué circunstancias se alumbró Provocación? ¿Cómo fue la recepción de la obra cuando fue publicada por vez primera?
No recuerdo las circunstancias que rodearon la escritura de Provocación. Pero puedo asegurar que no escuché precisamente música celestial durante ese proceso. El libro se publicó por vez primera en Alemania en 1980, pero sólo la parte relativa al genocidio, a la obra imaginaria de Aspernicus. Sólo en 1984 se editó en Polonia, pero esta vez ya con el añadido de la reseña sobre One human minute. Muchos comentaristas e historiadores creyeron en la existencia real de la monografía sobre el holocausto del escritor alemán Aspernicus. No se percataron de que, aunque sólo por problemas de fechas, ese libro no podía existir, y cuando le preguntaron por el libro de Aspernicus al director de la Comisión de Crímenes Hitlerianos... ¡el tipo contestó que lo tenía en su mesita de noche pero que todavía no le había dado tiempo a leerlo!
Provocación no parece un análisis de los horrores del pasado ni una sátira sobre el presente. ¿Es un oscuro vaticinio sobre el futuro próximo? Y al hilo de esto, ¿cómo ha logrado que sus libros no mueran, una vez muerto el sistema contra el que iban dirigidos?
No me gusta hablar de mensajes en mi obra. Los libros tienen que hablar por sí mismos, un libro cobra vida a partir del momento en que es leído, y se produce una química entre el lector y el autor, pero poco importa cual haya sido la intención del autor al escribirlo. Ahora bien, sería triste comprobar, por otro lado, que un libro como Provocación sigue siendo de actualidad hoy en día, sería triste.
Desde finales de los 80 se volcó en el ensayo. ¿Por qué motivo sintió la necesidad de abandonar la ciencia ficción? ¿Acaso la misma razón que, durante los peores momentos del estalinismo, le llevó a abandonar el realismo por la literatura fantástica?
¿Acaso hubiera debido seguir escribiendo ficción hasta el final de mis días? Un hombre puede cambiar de oficio. A veces escribo cosas divertidas y otras veces cosas menos divertidas. El ser humano debe dedicarse a hacer aquello para lo que está dotado, y yo pensaba que sabía escribir cierta literatura y así lo hice. Luego, con el tiempo, me planteé si seguía sabiendo. La motivación fue disminuyendo, los centros de interés cambian, también cambian las circunstancias. Pero muchas de las cosas que eran fantasía se han hecho realidad. Hoy en día, la realidad es más caricaturesca que lo que yo mismo encontré en mi imaginación en su día, con lo cual no tiene sentido que compitan la fantasía y la realidad entre sí. No hay imaginación que pueda competir con la realidad, no hay nada que pueda superar la realidad actual, es un esfuerzo inútil. Este lenguaje propio de las fábulas de Esopo que yo usé en su momento ya no es necesario; por otro lado, yo no debo luchar contra el poder. Actualmente se pueden firmar manifiestos, artículos, aunque tal vez sean sólo gestos, no sirvan de gran cosa. Pero escribir libros... No sé, muchas cosas están caducas o simplemente son estériles, o es que yo he perdido las ganas de escribir. Por ejemplo, algo como la conquista del espacio por los astronautas no tiene sentido para mí, pues no creo que los hombres puedan colonizar Marte. En ese caso es mejor callarse y dejar la pluma silenciosa. El género de la ciencia ficción es algo que no soporto, lo considero un género muy menor, pueril y carente de todo valor cognitivo. Prefiero mil veces cualquier novela policiaca, por mala que sea, que todas esas zarandajas galácticas. Escribí un artículo en los 70 titulado algo así como Ciencia ficción: un caso desesperado con alguna excepción, e inmediatamente me dieron de baja de miembro en la Science Fiction Writers of America De joven escribí novelas cercanas a la ciencia ficción para poder escapar del realismo social en boga y para sortear la censura estalinista, pero no dejo que se reediten...

Hablando de mis libros de madurez, Ciberiada, Fábulas de robots, etcétera, son más apólogos o cuentos filosóficos en la tradición de la literatura francesa del Siglo de las Luces que ciencia ficción. Pero siempre intenté que hubiera una base científica, siempre busqué confirmación científica de lo que yo escribía. En realidad, me considero, permítaseme el término, no un científico sino un dentista o, por lo menos, eso he intentado. Yo no creo en los ovnis ni en lo que nos cuenta Von Däniken sobre los preastronautas y esas cosas; todo esto va en contra del más elemental raciocinio y ofende la mente de cualquiera, son auténticas majaderías. A muchos seres humanos, que no saben hacer nada de nada, les viene muy bien que sean unos visitantes del cosmos los que hayan construido las pirámides o la vasija de barro más insignificante. En fin, siempre he intentado dar cuenta en mis libros de mis más profundas convicciones.
Una de las cosas que más sorprenden de Provocación, cuyo tema es el análisis de las convicciones que tenemos sobre el holocausto, es que derrocha un tremendo sentido del humor. ¿Cómo se le ocurrió introducir algo a primera vista tan ajeno al tema tratado?
Hay mucha ironía en mi obra. Se dice a menudo que la ironía es hija de la impotencia, al menos históricamente así ha sido. Muchas veces era la única manera que tenía un escritor de expresarse. De todos modos, no hay que hacerse ilusiones, la palabra no es muy eficaz. Me gusta la literatura en cierto modo didáctica, pero que se ajuste a las buenas preguntas y a las buenas respuestas. Yo mismo me baso en el sistema científico del prueba y error, pero en literatura no hay recetas. La literatura actual es truculenta, sanguinolenta, desprecia todo pintoresquismo, creyendo que el hecho de chocar equivale a una catarsis, y no es así. Chocar es sólo golpear a alguien en la cabeza con un mazo, pero eso no purifica, eso no es catártico. Yo en mis libros intento usar un lenguaje sencillo, casi primitivo.
En su libro habla de una manera bastante convincente sobre la semejanza entre la ética nazi del genocidio y la naturaleza de los modernos terrorismos. ¿Se puede decir que esta obra prefígure la irrupción del fenómeno del terrorismo suicida?
Provocación habla de algo propio a la naturaleza humana. Muchos males pueden explicarse desde esta óptica: el ser humano comete muchos actos porque persigue un ideal elevado y oficializado. Maltratar, destruir, asesinar por un ideal supuestamente generoso es mucho más interesante y atractivo que incurrir en atrocidades con nocturnidad y a escondidas. Y tanto más placer se obtendrá si todo esto se hace por cuenta ajena, no de modo egoísta, sino por un ideal majestuoso como puede ser una ideología, un ordenamiento jurídico, una religión o un estado totalitario. En tal caso no sólo se satisfacen los más bajos instintos sino que además uno recibe premios, recompensas y palmaditas en la espalda. En Alemania mi obra es considerada la de un filósofo, un filósofo visionario. Es cierto que hay elementos filosóficos en algunos de mis libros. En Solaris se habla del lugar del hombre en el mundo, o en relación con Diarios de las estrellas se me ha comparado con Swift y su Gulliver. Ciberiada dio lugar a una reseña en The New York Times en donde se decía de mí que era “un Jorge Luis Borges de la era espacial, que maneja en serio conceptos de la filosofía y de la física, desde el libre albedrío hasta la teoría de las probabilidades”. Me hizo mucha ilusión esto último. Se ve que mis libros suscitan un abanico de interpretaciones muy diferentes según el ámbito lingüístico de recepción de que se trate. Pero el verdadero juez de una obra es la Historia, sólo ella tiene la última palabra.
Vuelve a jugar a ese excitante juego de las reseñas de libros ficticios que ya practicó en ‘Vacío perfecto’. ¿Dónde reside la diferencia entre estos dos trabajos? ¿Es que este género permite decir cosas que de otro modo no se pueden decir?
Provocación va en esa línea. Escribí cuatro volúmenes de reseñas de libros imaginarios bajo el epígrafe general de La biblioteca del siglo XXI. Con la edad me volví impaciente y ya no soportaba la dura labor artesanal inherente a ser un fabulador, pues convertir una iluminación, una fulguración que cruza por tu mente en obra literaria requiere mucho esfuerzo y no sólo mental, también físico. De ahí lo de las reseñas: necesitaba usar menos tabulación, todo lo que era narratividad me había llegado a aburrir tanto... ¿De qué sirve contar que la marquesa salió de casa a las cinco? Esos libros me permitieron experimentar, probar modelos, fueron muy útiles para mí.
En Alemania es considerado un filósofo, en Rusia un científico y en Polonia un autor de libros para niños. Lo cierto es que muy pocos escritores nos han llevado tan lejos como usted, en todos los sentidos. ¿Cómo le gusta ser leído?
Es difícil eso de cómo uno es percibido. ¿Por qué en Japón o en España mis libros son tan apreciados y, en cambio, los franceses desprecian olímpicamente tales obras maestras? Bromas aparte, lo que no me gustaría es pasar a la historia como un escritor de obras infantiles.
Traducción de Teresa Bonneau
La Vanguardia (Culturas). 12 de abril de 2006.

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