jueves, 20 de abril de 2017

Entrevista a Jorge Santayana (ABC. 24/09/1952)


NUNCA HE DEJADO DE SER ESPAÑOL, AFIRMA JORGE SANTAYANA
El Conde de Marsal relata la entrevista que recientemente mantuvo en roma con el filósofo, nacido en Madrid
EN Roma, en el Hospital Inglés de la Vía Santo Stefano Rotondo, número 6, vive Jorge Santayana. En la habitación número 5, en la Sección de Hospicio —como él dice sonriendo—, reside hace diez años.
De primera Intención me niegan que pueda verle: "no recibe a nadie, está malo, a veces se le marchan las ideas, y no le gusta hablar con nadie". Así debe ser, pues, los embajadores y periodistas de Roma me hablan advertido que iba a serme imposible verle. A pesar de todo, decidí intentarlo.
La monjita que me recibe —seguramente irlandesa— se queda extrañada cuando le enseño la carta que Santayana me habla escrito el 10 de diciembre anterior; en vista de ello, se decide a pasar recado. Me es posible oír cómo Santayana le dice que pase en seguida.
Es un viejecito de cara muy bien dibujada, con pocas arrugas, muy simpático, que ríe con efusión. Tiene una gran alegría al verme y me cuenta que se ha leído por entero la crónica del Patronato de San Pablo, lo que me confirman los comentarios con que me subraya diversos pasajes de la misma.
Está, sentado, con una manta sobre las piernas, rodeado de libros y soportando un régimen de leche, arroz y patata hervidos. Su aspecto, sin embargo, no es malo. Con verdadera fruición empieza en seguida a hablar, a contar cosas, sin que yo tenga que preguntarle.
Mi padre estudió para abogado, pero no se le dio bien. Fue muy aficionado a la pintura: pintaba bien, pero sólo retratos. Hizo el retrato de todos nosotros, sus hijos, Recuerdo uno que me hizo a mí en brazos de mi hermana Susana, que era, además, mi madrina. Tenía yo tres años y ella dieciséis. El cuadro era bonito de color, pero con pocas sombras, como todos los suyos.
Me dio también por hacer versos, y esta fue mi gran equivocación: creer que podía hacerlos. Los he escrito y hasta los he publicado. De ellos se puede decir que, mal o bien, siempre dicen algo.
Los poetas de hoy versifican bien, pero hablan demasiado del color de las cosas, sin explicar cómo son las cosas. Leí una poesía de Jorge Guillén publicada, me parece, en el "Osservatore Romano'’, y me gustó mucho. Creo que se titulaba "La estatua ecuestre". Era una bella imagen de la eternidad:
La estatua ecuestre inmóvil en su brida…
Lo traduje al inglés, y se publicó.
Nací en Madrid, en la calle de San Bernardo, en diciembre de 1862; es decir, siempre tengo un año menos de los que parecen. Fui bautizado en la parroquia de San Marcos. Era el más pequeño de mis hermanos y el hijo del segundo matrimonio de mi padre. El 8 de junio del año 1951, mi hermana Susana hubiera cumplido cien años. No le extrañe que recuerde tan bien estas fechas; para mí son siempre muy importantes. Me queda en Madrid una amiga, que debe ser muy vieja, -porque debe tenar ahora noventa y seis años, si no ha muerto. Hace poco sabia de ella, eran muy amigas las familias y salíamos a veces a paseo juntos. Se llama Mercedes Escalera, y todavía me dicen que va a misa cada día. Pasé mi infancia en Ávila, y a los siete años fui con mi padre a Norteamérica. Mi padre no sabía qué hacer de mí. Me tenía por un poco retrasado, y además no tenía medios para darme carrera. A los diecinueve años fui por primera vez a España; a los veintidós años fui por segunda vez. Después, casi cada año, cuando venía a Europa a estudiar con alguna beca, visitaba España. Luego me quedé más en Norteamérica, pero vengo a pasar los inviernos a Roma hace casi treinta años.
Su padre fue empleado en Manila y él es el único hijo del segundo matrimonio. Se llama de verdad Jorge Ruiz Santayana y Borrás, porque su madre era hija de Reus.
Siempre —me sigue diciendo— he conservado la nacionalidad española, y mi gran error ha sido no escribir mis libros en español, que es un idioma tan rico; en inglés cuesta mucho más. Hace más de veinte años que no he estado en España, y por ello me encuentro apartado de la vida social española. Recuerdo, como le digo, esa amiga de noventa y seis años que va a misa y comulga cada día. Ahora tengo un poco más de dinero, pero antes siempre he tenido muy poco. El único éxito económico que he tenido es en mi única novela titulada "El último puritano". Riéndose mucho, me explica:
Ahora le voy a decir en qué consintió el éxito. Hay en Estados Unidos una institución que se llama el Club del Libro. Cada año, la Asamblea del Club escoge un libro, el mejor que cree, y lo edita, y, claro está, como el Club tiene 40.000 socios, cada socio compra uno. El éxito es seguro. Y escogieron mi novela, y por eso tuve tanto éxito. Y vendí en seguida la edición. Creo que se ha traducido mucho.
Santayana se anima al conjuro de sus claros recuerdos y prosigue:
Veo que Madrid ha crecido mucho estos últimos años. He recibido hace poco una fotografía de la Plaza de España, que tiene grandeza, Parece el Rockefeller Center de Nueva York. (Al explicarme esto no recuerda los nombres, y yo debo completárselos.) Y continúa:
Vea usted cómo se me marchan las ideas. Se me olvidan hasta las palabras en inglés, y más aún en español, y algunas veces tengo que pedir al que habla conmigo que me ayude y las complete. En cambio, las fechas de familia, las cosas antiguas, las recuerdo todas.
El único apoyo que tenía mi padre cuando yo nací era el marqués de Novaliches, y me acuerdo muy bien que cuando sallan en coche me dejaban a mí ir en el pescante para ver los caballos. Santayana insiste sobre el año de más que siempre le adjudican.
Como nací el último de diciembre, siempre me han puesto un año más. Ahora tengo de verdad ochenta y ocho cumplidos.
Sin lamentarse, me cuenta que se siente poco bien; y que por eso no reciba a nadie. Se encuentra débil, porque está a dieta de purés y leche.
Pero el sabio madrileño, a quien todos creen norteamericano, continúa escribiendo, y termina ahora su último libro de memorias, titulado "Paisajes y personas"; tiene publicados dos tomos, y le faltan otros dos. Me explica, riéndose mucho, cómo éstos los esté escribiendo con mucha calma, pues se refieren a personas todavía con vida, y que como él quiere decir la verdad, podrían enfadarse, "como le pasó con un señor en Londres".
Santayana desearía que se tradujera al español su último libro en inglés, que se llama Dominaciones y Poderes. Es una lástima —dice—, porque lo harán en la Argentina, y me hubiera gustado que lo hubieran hecho en España (1).
Le interesa mucho la Obra del Patronato de San Pablo. Se leyó toda la Crónica, y me dice:
Me gustaría conocer los resultados, aun cuando lo interesante es poner en todo ello lo mejor, porque la gente no es que sea mala, es el corazón el que es bueno o malo. Esta obra va de corazón a corazón.
Al decirle si desea que le mande algún libro español, me dice:
A mí me gusta la Historia de España. Hay una historia que me parece que se llama del padre Medina.
Le corrijo, “Mariana”, y él exclama:
Eso. Me gustaría poderla tener.
Le pregunte si vive satisfecho en Roma. Responde afirmativamente.
Estas amas de llaves—llama así a las religiosas— hacen todo lo que pueden, y la habitación está bien situada y caliente.
He entrado a las once, y cuando salgo son las doce y media. Repetidas veces le he dicho que no quería fatigarle y que me marchaba, y cada vez me ha contestado:
No, no se marche usted, Usted no me cansa; al contrario, le agradezco mucho su visita. Ha sido usted muy amable al recordarme en este viaje.
Al decirle que en España se le recordaba y se le tenía en gran aprecio, me dice:
Nunca he dejado de ser español. Todos los años iba al Consulado; ahora que ya no puedo, muy amables, me mandan siempre un muchacho. Me gustaría mucho saber cosas de ahora de España; por eso me gusta la Crónica del Patronato de San Pablo. El General Franco ha tenido buena visión de las cosas; en cambio, Mussolini fue un gran gobernante para el interior y menos bueno para el exterior, pero hizo todo lo importante que se ha hecho en Italia en estos últimos tiempos.
Al despedirnos, me hizo prometer que no iría nunca a Roma sin hacerle una visita.
A lo mejor—díjome, sonriente—, vivo todavía.
ABC. 24.09.1952. pp. 9 y 11.


(1) Nota de la Redacción. —Las temores que en aquella, ocasión expresó el filósofo señor Santayana no están ya justificados, pues una prestigiosa editorial española nos comunica que ha. conseguido la. automación para publicar esta obra, que llevará, el título de “Dominaciones y Potestades”.

No hay comentarios: