lunes, 20 de febrero de 2017

Entrevista a Álvaro Cunqueiro y a José María Castroviejo sobre la imaginación


«FANTASIA Y EVASION EN LA LITERATURA»
Antonio R. DE LAS HERAS

NOS hemos citado en casa de Álvaro Cunqueiro. José María Castroviejo llega puntual: pocos segundos después llama a la puerta Eligio González, que tiene en su taberna el mejor vino del Ribeiro, viene a traer unas botellas a Cunqueiro: al vernos decide quedarse como oyente. Echamos de menos la presencia de Juan Perucho, pero son muchos los kilómetros que le separan de Vigo. A Castroviejo, en cambio, que vive en Tiran, frente a Vigo, ría por medio, le ha bastado tomar una vez más uno de los vaporcillos que la atraviesan.
Igual que el químico deja caer en la disolución sobresaturada un trozo de sólido cristalino para que precipite, yo he recurrido a un juicio del profesor Torrente Ballester sobre la evasión en el arte, para también “precipitar” la conversación, es decir: centrar exclusivamente sobre este tema las ganas de hablar que observo en mis contertulios. Y así les digo:
—Torrente Ballester en “Teatro español contemporáneo”, escribe: “El arte de evasión está comprometido con la mentira, y por eso es inmoral”.
CUNQUEIRO. —No estoy en absoluto de acuerdo con esa frase de mi querido amigo Torrente Ballester. En primer lugar porque no creo que haya una literatura de evasión. En segundo lugar porque no sé, ni creo que lo sepa nadie, lo que es verdad cuando nos metemos en eso que, desde hace tantos siglos, se viene llamando literatura. El escritor es un hombre que tiene una cierta visión de las cosas; a esa visión algunas veces se le llama realismo, pero resulta que puede haber cuatro realismos a un tiempo, todos ellos referidos a la misma cosa. Por ejemplo, yo tengo aquí...
Y se levanta; va hacia una de las estanterías. Nos trae cuatro libros, los cuatro de viajes por unas zonas muy concretas de Castilla la Vieja, para ver esos pueblos anémicos, que mueren, o ya son sólo el esqueleto: desiertos. Los cuatro autores pretenden dar una visión objetiva, real, del problema de los pueblos que desaparecen al ser arrastrados sus habitantes por la riada de la vida moderna, pero el resultado es que son cuatro testimonios distintos.
CUNQUEIRO—...En mi opinión no hay que hablar de literatura de evasión. Kafka está dentro de lo fantástico—o mejor, afinando un poco más, de lo fantasmático—, sin embargo sus obras se consideran como un testimonio de la posición del hombre de nuestro tiempo dentro de una sociedad técnica, masificada, con el poder abusivo del Estado que entra por puertas y ventanas, y que nos grita “slogans” y nos impone técnicas de educación, etcétera. Cualquier escritor creador que se siente con la pluma en la mano ante una cuartilla, diga lo que diga, dirá siempre la verdad, que puede tener que ver con el trabajo y vida del hombre, pero también puede hablar de sus sueños, de sus esperanzas, de sus frustraciones... Yo puedo escribir de ángeles, porque sueño con ellos, y porque creo en su existencia; y otro escritor puede contarnos la dura vida de un minero. Los dos décimos la verdad: yo la verdad de los ángeles, él la verdad de la vida en la mina.
CASTROVIEJO. —Imaginación no está reñida con realidad, sino que la acompaña fielmente y la ennoblece. Toda gran obra literaria es un poco o un mucho literatura de evasión; aunque refleja la realidad, tiene algo de evasión de esta misma realidad, puesto que si no hubiera este “quid divinum”, esta chispa sagrada de evasión no atraería ni fascinaría a las gentes. Pensemos que el reciente éxito de los dos grandes creadores de la mejor narrativa hispanoamericana, para mí, Alejo Carpentier en su "Siglo de las luces" y García Márquez en “Cíen años de soledad'”, se debe a que en estas dos novelas tocadas por el ala sagrada de la imaginación no se empaña, ni mucho menos, lo que pueda haber de acusación social y política.
— ¿Nuestra actual literatura español «está necesitada de inyecciones de imaginación?
CUNQUEIRO. —Ahora no. Ha habido unos años muy tristes con esa literatura que llamamos social y en donde todas las novelas eran iguales. Yo he hecho la experiencia con mis hijos: coger cuatro o cinco novelas de éstas y empezar con una, continuar, a las pocas páginas, con otra, luego con otra, etcétera, y parecía que era una sola novela, pues todas se desarrollaban en tabernas o cuartuchos inmundos y con el mismo pobre vocabulario. Esto ha pasado ya, pero de lo que si estamos necesitados en España, como en tedas partes, es de literatura en libertad: libre y creadora.
—Se confunde frecuentemente imaginación con originalidad, y es por eso que el escritor se esfuerza en “encontrar” algo nuevo, cuando en realidad lo que tiene que hacer es “encontrarse” a si mismo, descubrir el filón que pueda tener y sacarlo a la luz a través de sus obras. La imaginación, segregada en el interior del artista, es específica e intransferible, por eso es original siempre. Cuando falta la capacidad imaginativa el proceso es inverso: en vez de ser la imaginación lo que dé originalidad a las obras, se busca “a priori” la originalidad—falsa entonces—que encubra la impotencia creadora
CUNQUEIRO. —Este es el peligro, quizá tan grande como el de la literatura social, aunque distinto. La gente se lanza, sin tener la gran parte de las veces ni la menor vocación para ello, a la rebusca de nuevos modos formales de expresión. Todavía hay aquí una buena porción de escritores y lectores interesada por “le neuveau román”, cuando ya en Francia a nadie le interesa este movimiento. También se está pasando aquí una gran temporada de “célinismo", Céline tiene ahora muchos discípulos... y ya se sabe: los discípulos de uno imitan lo peor.
CASTROVIEJO.—Quiero hablar sobre algo que hoy se está olvidando mucho Don Ramón del Valle-Inclán aconsejaba, con aquella sagacísima intuición, que el escritor viviera intensamente, porque la vida es el mejor sendero, pero, ¡ay!, que leyera mucho, sin olvidar a los clásicos, que no tuviera prisa y que trabajara sus libros. Decía también don Ramón que los niños prodigios sólo se producen en las matemáticas y en la música, no en la literatura. Esto creo que es muy conveniente recordarlo ahora, porque estamos hartos de tantos niños prodigios que aparecen por ahí sin saber las reglas gramaticales, pero creyéndose ungidos por un numen especial, que ellos sólo conocen, y que desdeñando toda tradición literaria anterior se laman a escribir. Como éste es un caso que, por desgracia, se reitera con frecuencia, según se comprueba en tantas entrevistas en las que estas personas hacen gala de su genio, no está de más una llamada a la humildad frente a tanta pedantería y tanta estupidez.
Suena en un reloj atrasado seis discretas campanadas. Cunqueiro se acuerda al momento de que tiene mucha prisa... Ya estamos de pie.

ABC Mirador, Madrid, 10 de septiembre de 1970. pp 93 y 95.

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