domingo, 26 de febrero de 2017

Andrés Sánchez Pascual entrevista a Ernst Jünger (ABC, 23 de marzo de 1995)


«Morir con un libro en las manos es una bella muerte»

LA cálida voz de la señora Jünger llegaba a Barcelona por teléfono desde Wilflingen, remota aldea de la Alta Suabia; el tono era invitador:
-Los aguardamos, pues, el día 5 de marzo.
-De acuerdo. Allí estaremos. Sábado, 4 de marzo. Stuttgart. Cena en casa de Michael Klett, el amigo y editor de Jünger. Cuatro horas de distendida charla, con muchas anécdotas sobre el escritor.
Día 5, domingo. En ruta hacia Wilflingen. Hoy el cielo está despejado, pero aún hace frío; en Tubinga la hermosa fuente de la plaza del Ayuntamiento se halla todavía recubierta por las defensas de madera contra la nieve y el hielo. La planicie de la Alta Suabia es casi siempre ondulada; bosques y bosquecillos alternan con las superficies de sembrado.
Wilflingen es un anejo de una población cercana. Landenenslingen. Consta de unas pocas calles y unas cuantas casas; las construcciones recientes son pocas y las calles están limpias y, hoy, desiertas. Las casas, casi todas ellas domicilios unifamiliares, tienen en su parte trasera un huerto jardín. El edificio principal de la aldea es sin duda el castillo de los Stauflenberg. No son pocas las construcciones que llevan sobre el dintel de su puerta principal el escudo de armas de esa estirpe. Por ejemplo, ésta a la que nos encaminamos. Es un recio edificio de piedra, construido en 1728, y tiene cuatro alturas. El tejado, a cuatro aguas; la fachada principal, al oeste. De las siete ventanas del segundo piso, las dos del extremo izquierdo corresponden al cuarto de trabajo de Jünger. En esta casa vivieron durante dos siglos los guardabosques mayores de los Stauffenberg. Desde abril de 1951 la habita el escritor. En tiempos de adversidad le fue ofrecido aquí generoso refugio; primero, en julio de 1950, en el propio castillo, y luego, desde la citada fecha, en esta casa.
Abre la puerta la señora Jünger. Cordial, sonriente, vestida con sencilla elegancia. Nos invita a subir la escalera de madera, que, como me comentó hace años, ella baja y sube tantas veces al día. Junto al arranque de la escalera hay en la pared un gong; seguramente servirá, en esta casa de once habitaciones, para avisar las horas de la comida y para otras llamadas. Cuando entramos en la biblioteca que precede al estudio de Jünger, a través de la puerta abierta veo al escritor sentado a su mesa de trabajo. Tan pronto oye la voz de su esposa que dice «ya han llegado» se levanta de golpe con una agilidad de felino, y con pasos elásticos, pero reposados, viene a saludarnos. Un cálido apretón de manos, lleno de vitalidad; en su rostro veo unos ojos que sonríen. Están serenos, tranquilos. Jünger no concede entrevistas periodísticas en el sentido habitual, pero está siempre abierto a mantener un encuentro humano, un diálogo. Siente verdadera alergia por los «aparatos»; ninguno de ellos, ni magnetófono, ni vídeo ni ningún otro artilugio turbará las horas de conversación que vendrán. Aún de pie, me enseña los tres volúmenes de la edición del «Quijote» comentada por Vicente Gaos, que le regalaron hace años en Bilbao.
El proceso de la muda
Una voz sentados todos en cómodos butacones bajos, Jünger cruza las piernas y junta las manos en una actitud muy típica suya. Con los ojos bajos, parece adoptar en ese momento la postura del padre Lampros descrita por él en «Sobre los acantilados de mármol». Le transmito saludos de amigos y le comento la impresión que me ha causado Wilflingen. Le pregunto si se encuentra a gusto en esta aldea y, sin alzar los ojos, dice varias veces que sí. ¿Por qué? En ese momento levanta los ojos y me mira:
-Porque aquí nos conocemos todos. Yo conozco a todo el mundo y todo el mundo me conoce a mí. En los bautizos acompañamos a los vecinos a la iglesia, y en los entierros, al cementerio. Recuerde lo que dice Lutero en su «Catecismo»; «Buenos amigos, fieles vecinos».
(Efectivamente, Lutero en su «Catecismo», al explicar las peticiones del Padre Nuestro, dice que del «pan nuestro de cada día» forman parte también «los buenos amigos y los vecinos fieles». Es una frase que se usa como proverbio en Alemania.)
-También está, naturalmente, la proximidad de los bosques. Sobre todo desde 1933 no puedo prescindir de ellos.
Jünger vuelve a bajar los ojos. Le recuerdo que cuando en octubre de 1943 visitó él al pintor Braque en su estudio de Montsouris (Braque tenía entonces 61 años y Jünger 48) le preguntó por las experiencias que había tenido con el envejecer. Ahora a él le faltan tres semanas para cumplir los cien años; seguramente sabrá qué es eso. Jünger sonríe y mueve varias veces 1a cabeza; duda, y, por fin, señala un libro que está sobre 1a mesa: se titula «Siebzig verweht IV», y es su última obra, el tomo sexto de sus Diarios, aparecido la semana anterior; un grueso volumen de 500 páginas, que abarca los años 1986-1990.
-Pues… si uno permanece productivo, el envejecer es también una serie de cambios de piel. A mí me pasa en este caso lo que a las serpientes; mientras dura el proceso de la muda, que aquí seria la “producción» del libro, la vista se les enturbia a las serpientes. Pero una vez que se han desprendido de la piel, sus ojos se vuelven brillantes y su capacidad visual aumenta de modo extraordinario. En este momento yo me encuentro en esa situación.
Y suelta una de sus breves carcajadas, que serán frecuentes a lo largo de la conversación. Entretanto la mujer de Jünger ha traído café y bombones de chocolate. Es increíble la agilidad con que esta ya no tan joven señora se mueve por el piso de madera, sobre el que se ven numerosas alfombras. Trato de ayudarla, pero lo impide. El escritor, que no se ha servido azúcar en su taza, la toma con rapidez y bebe todo su contenido de un solo trago. Observo cómo va vestido hoy: de punta en blanco. Un impecable traje azul marino, una camisa clara a rayas y una hermosa corbata floreada, con un nudo perfecto. Bien rasurado. El momento del café se presta a hablar de Alemania. ¿Qué les pareció la caída del muro? Los dos responden a coro y enérgicamente que nunca dudaron de que alguna vez ocurriría y que su alegría fue inmensa.
-Yo -dice Jünger- siempre tuve la esperanza de que Alemania volvería a unificarse. Estaba completamente seguro de ello. De lo que ya no estaba tan seguro es de que pudiera vivirlo. Por ello me sorprendió la rotundidad con que el canciller Kohl, que estuvo en esta casa poco antes, me aseguró que el acontecimiento era inminente. La noche del 9 de noviembre de 1989 mi hijo Alexander me llamó desde Berlín y por el teléfono pude escuchar los gritos de júbilo de la muchedumbre. Mis dos nietos estaban tan fuera de sí de alegría que se subieron al muro y. como tantos otros jóvenes, se pusieron a bailar sobre él. Aquella noche nos quedamos ante el televisor hasta bien entrada la madrugada.
-¿Qué sentido le ve a ese acontecimiento?
-Naturalmente, no lo interpreto en el sentido de un despertar nacional, sino como parte de un nuevo encuentro entre el Este y el Oeste, como un deshielo de fronteras dentro de la evolución general hacia el Estado mundial. Deseemos que el mundo se vuelva más pacífico.
La eternidad del placer
-¿Y el futuro?
-Soy optimista. Nos hallamos en la edad de los titanes. Los dioses se han retirado, pero no han muerto, como dijo Nietzsche. Volverán. El Estado mundial, que ya es una realidad en tantas cosas, tendrá también su configuración política. Y espero que haya una gran paz.
-Esa frase de Nietzsche...
-La frase de Nietzsche «Dios ha muerto», como toda su filosofía, es propia de titanes. Vea usted un ejemplo. Nietzsche afirma que «el placer quiere eternidad». Pero en eso se equivoca. El orgasmo, por poner un caso, no quiere eternidad, sino intemporalidad; quiere que el tiempo quede suspendido, que no fluya. La eternidad del placer sólo la quieren los titanes.
-Pero usted inventó la «movilización total». 
Jünger se endereza en su asiento y su respuesta es firme:
-Yo no inventé la movilización total, sino que la descubrí, que es cosa completamente distinta. Ella estaba allí desde hacía tiempo. Y la describí. De esa fórmula mía, como de otras, se hizo por algunos un uso perverso. Pero es una de tantas cosas que tiene que soportar quien dice lo que ve. Entretanto hemos comprobado que países tanto democráticos como totalitarios han decretado en su momento la movilización total. Y siguen haciéndolo.
Un comentario sobre ciertas apariencias externas hace que Jünger se levante. Miro la erguida espalda del escritor que camina hacia su estudio y veo por encima de sus hombros, alineada sobre una estantería, su famosa colección de relojes de arena antiguos. ¿Los usará para sus lecturas y meditaciones? Regresa con una foto, que me regala y firma: «Ernst Jünger. 1920».
-Así era yo entonces.
El mismo de ahora. Sólo la cabellera se le ha vuelto completamente blanca. Y, naturalmente, el terso rostro de entonces se ha llenado de las arrugas del placer y del dolor. Le digo que dentro de unos días se publicará en España el tomo tercero de sus Diarios y que en mayo aparecerá la traducción de su tratado «Sobre el dolor». Estas cosas le llenan de alegría. Me pregunta con mucho interés por las críticas que tuvo en España su libro «La tijera». Jünger no es un hombre insensible, ni mucho menos. Las críticas fundadas las agradece, aunque pocas veces responde. En cambio las insidias, las calumnias, el odio lo irritan y provocan indignación en él.
-¿Por qué es usted un «hombre discutido»?
-Es un título que me cae bien. Siempre he tenido enemigos, incluso «perseguidores de oficio», por así decirlo. El que yo sea discutido no se debe a las cuestiones políticas, sino, a mi parecer, a mi relación con la muerte.
Se produce en medio de la conversación uno de esos silencios profundos, tan normales en las conversaciones alemanas, pero que a veces sorprenden a los meridionales no acostumbrados a ellos.
La señora Jünger nos sirve una segunda taza de café y el escritor vuelve a beber la suya con la misma presteza que antes. Al ser retirado el servicio de la mesa, vienen a ella los libros. La habitación en que nos encontramos tiene cubiertas todas las paredes de estanterías repletas de libros. Es su biblioteca más personal, la de uso más frecuente, situada junto a su cuarto de trabajo. Sobre la repisa de una de las dos ventanas de la habitación, numerosas fotografías de familiares y amigos. Pero toda la casa es una inmensa biblioteca. El Estado alemán, me explican, acaba de adquirir la totalidad del legado artístico-1iterario de Jünger. Todos sus manuscritos, miles de libros: casi cien mil cartas, también las obras de arte. Cuando el escritor falte, toda esta riqueza será trasladada al Archivo de la Literatura Alemana situado en Marbach am Neckar. La señora Jünger, que fue antes archivera en Marbach, aclara:
-Allí estarán todos juntos, de modo muy parecido a como ahora se encuentran aquí, en un edificio propio.
(Con dolor pienso en lo que ocurre en España con los legados de los grandes escritores.)
¿Vida sin literatura?
Pregunto al escritor por su relación con la lectura:
-No podría existir sin ella. Vivo en los libros casi más que en la realidad. Si no tengo algo mejor a mano, leo lo que encuentre, aunque no me guste. Tiene que haber en la lectura algo más que la mera incorporación de contenidos. En la antigua China la destrucción de un papel escrito se consideraba un-sacrilegio. En todo caso, aparte de las lecturas que realizo aquí en el cuarto de trabajo y en la biblioteca, no consigo dormirme sin haber leído antes un par de horas.
Pequeñas noticias de la vida cotidiana, recogidas al vuelo en el transcurso de la charla. ¿Lee Jünger periódicos? Sí, uno al día, pero me aclara: «En diagonal». ¿Sigue haciendo sus diarias caminatas por los bosques? Sí, de ellas vuelve reconfortado. Explica que ahora suele hacer «der kleine waldgang» (me sobresalto, pues esa expresión puede traducirse por «la pequeña emboscadura»), y me describe con detalle el itinerario: se sube por la pequeña cuesta del cementerio... En cuanto mejore un poco el tiempo empezará a cavar el jardín y a plantar en él legumbres y flores. ¿Sus dos tortugas, Theodolinde y Gigas? Están abajo. Pero no puede enseñármelas, porque aún no han despertado del letargo invernal. Seguramente lo harán pronto. Y a propósito de ellas vuelve a hablarme de los «fieles vecinos». Son unas tortugas muy amantes de la libertad y a veces se escapan, Pero siempre son traídas por los vecinos que las encuentran. Y hace un gesto muy expresivo con las manos, imitando la forma como los vecinos le presentan en la puerta las perdidas tortugas ¿Sigue bañándose a diario con agua fría? Sí. «Es que, si no, no consigo despertarme». ¿Fuma? Sí, uno o dos cigarrillos al día, pero siempre en el jardín; y si lo hace en la casa, con la ventana abierta. Se siente melancólico cuando se despierta por la mañana, pues duda mucho de que el día llegue a ser tan bello como la noche con sus sueños.
Es un poco remiso a concretar cuáles son sus lecturas habituales. Pero basta mirar los libros que tiene a mano, junto a su mesa de trabajo, para imaginarlas: Goethe, Dostoievski, Joseph Conrad, Nietzsche, las obras completas de León Bloy, los muchos tomos de las «Memorias» del duque de Saint-Simon, el cronista de la corte de Luis XIII, una preciosa edición de «Las mil y una noches», Heródoto, Plutarco, Casanova, La Biblia.
-¿Sigue leyendo a diario la Biblia?
-No, diariamente no. De vez en cuando.
Me atrevo a hacerle una pregunta tal vez impertinente.
-¿Qué le parece el Papa actual?
Reprime una sonrisa, duda:
-Creo que siempre es bueno que haya alguien que a ciertas cosas «diga no».
-¿Pero no es demasiado conservador?
-Bueno, al fin y al cabo yo también «me conservo». Así es que en ese sentido también yo soy un conservador...
El arte y la divinidad
Volviendo a las lecturas: los autores predilectos de Jünger son los memorialistas e historiadores de viejo estilo y también los grandes escritores de cartas.
-¿Cuál es, según usted, la misión del arte?
-Yo pienso que son dos: acercarnos a la divinidad y desterrar el miedo a la muerte.
Nuevamente se produce un silencio como el de antes. Desde las ventanas del estudio del escritor se divisan al otro lado de la calle los dos bellísimos y centenarios tilos que flanquean el portal de entrada al castillo de los Stauffenberg. Aparecen con frecuencia en los diarios de Jünger, sobre todo en los apuntes de primavera, cuando los árboles están llenos de pájaros que vuelan hasta sus ventanas cruzando la calle, y en los apuntes de otoño, cuando pierden sus hojas. El pintor René Magritte, que nunca llegó a ver esos tilos, dibujó exactamente uno de ellos. En junio de 1956 Magritte le escribía en una carta a Jünger: «Aquí en Bruselas están cortando los árboles de los paseos y de las avenidas y derribando muchas casas antiguas, que son sustituidas por construcciones horribles. Creo que el 'progreso' no ha llegado todavía a Wilflingen para "mejorarlo". ¡Qué suerte tiene usted!»
El tiempo va pasando agradablemente, sin dolor. Son muchos los sueños soñados, son miles las páginas escritas entre estas paredes; sin duda hay mucho «espíritu» remansado en esta casa, que Jünger habita desde hace 45 años. Tengo en la mano la foto que antes me regaló y como en ella aparece con la orden «Pour le Mérite- le pido que me la enseñe. Le fue concedida en 1918 por el último emperador alemán, pese a la oposición de Hindenburg. Jünger se levanta rápido como siempre, va al despacho y vuelve al instante con la condecoración. Coloca el estuche sobre la mesa, lo abre y me la muestra. Jünger es actualmente el único caballero vivo de esa Orden, fundada por Federico el Grande. La Orden es prusiana, no alemana. Prusia ya no existe, pero aún pervive en el último caballero de la Orden. Cuando él desaparezca, Prusia se habrá extinguido definitivamente.
-En su «Historia de la literatura alemana» afirma Klaus Günther Just que «Calle de dirección única» (1927), de W. Benjamín, «El corazón aventurero» (1928), de E. Jünger, y «Huellas» (1930), de E. Bloch, fueron las tres obras en prosa más importantes publicadas durante la República de Weimar. Y que convergen tanto en su forma (el fragmentismo) como en su contenido (la orientación al futuro).
Jünger calla, no hace comentarios.
Una bella muerte
-Antes habló de su relación con la muerte. ¿Cómo se muere ahora?
-Antiguamente el campesino, cuando le llegaba su hora, se metía en la cama, tomaba la Biblia, leía un poco en ella y expiraba. Hoy el morir ya no resulta tan barato, sino carísimo. Se pagan cantidades enormes por tener una mala muerte en los hospitales. No es que la gente tenga hoy más enfermedades, sino que se ha vuelto más miedosa. Morir con un libro en las manos es una bella muerte.
-¿Y si hiciera falta una ayuda para los dolores de la agonía?
-El empleo de la morfina me parece problemático; podría ser un obstáculo para la caminata por los aposentos sagrados del acercamiento durante el tránsito. Si fuera necesario, me parece mejor el opio. Huxley ensayó el LSD.
Ha llegado el momento de hacer la pregunta, pero no sé si atreverme. Casi tartamudeando, digo:
-¿Y después?
Largo silencio de Jünger.
-En mi libro «La tijera» he dicho ya lo suficiente sobre ello. Voy a contarle una curiosidad. Eurídice (Euridice es una niña con la que el escritor se cartea) me escribió hace algún tiempo desde Siena que, según ella, permaneceremos muertos la misma cantidad de tiempo que hayamos vivido. Un niño que muriese al nacer, volvería inmediatamente a la vida. Un niño de cinco años, a los cinco años. En cuanto a mí, me decía que sería castigado por haber vivido tanto, pero que regresaría en forma de flor o de mariposa.
Me cuenta que en el buen tiempo, con sol, le gusta lanzar pompas de jabón sobre el jardín, con un pequeño aparatito, como el que usan los niños.
-Son realmente el símbolo de la fugacidad. Pero son tan hermosas...
De la esperanza y el miedo
Jünger acaricia con los ojos la portada de la traducción española de «La tijera». Figura en ella un fragmento de «El jardín de las delicias», el tríptico de El Bosco que se halla en El Prado.
-Ese cuadro aún no lo ha visto usted. ¿Irá a contemplarlo alguna vez?
Los ojos del escritor chispean.
Salen a relucir, como era inevitable, los nazis. Jünger arremete contra ellos y se mofa de la increíble vanidad de Goebbels. Con inmensa gracia y entre carcajadas cuenta con una anécdota cómico-picante de la vida galante de aquel ministro de propaganda.
Ha llegado el momento de la despedida. Le pido que me escriba en un libro una máxima para la vida. Se pone serio, medita y por fin, decidido, toma su estilográfica de tinta azul y estampa en el volumen recién publicado de sus Diarios estas palabras: «Auf alie Fälle führt die Hoffnung weiter als die Furtcht» («En todos los casos la esperanza lleva más lejos que el miedo»). Me entrega el libro con gravedad, pero con una sonrisa. En ese momento siento una extraña tensión en mí y también, creo, en el propio Jünger. Aún queda una palabra por decir, una palabra sencilla, pero que yo no encuentro. Jünger se me adelanta, toma otro libro, la traducción castellana de «Radiaciones II», y escribe: «Mit herzlichem Dank. Für A. S. P.» («Con mi cordial agradecimiento. Para A. S. P.») Cuando me entrega el volumen, la tensión ha desaparecido.
Para el próximo día 29, fecha de su cumpleaños, Jünger ha organizado una pequeña fiesta en un pueblo cercano, Saulgau. Hace días que me invitó a ella y tiene la esperanza de que acuda. Dice sin miedo:
-Nos vemos, pues, ese día.
-Allí estaré.
Un último apretón de manos. Cuando bato la escalera, me doy cuenta de que Jünger acaba de hacer un primer uso práctico de la máxima que me ha escrito en el libro. He visitado a un hombre libre y que hace libres a los demás.
Andrés SÁNCHEZ PASCUAL
ABC Literario. 23 de marzo de 1995. pp. 16-19.

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