jueves, 20 de septiembre de 2018

Quiñonero sobre Tolkien ("Geografía para atravesar el desierto", ABC, 3 de enero de 1992)


Geografía para atravesar el desierto
LA geografía mítica de Tolkien tiene dos dimensiones extremadamente raras en la historia de la literatura universal contemporánea: modernizar el cuento de hadas, escrito, en particular, para ilustración espiritual de los adultos, y conferir a tan glorioso género la ambición moral de los Evangelios y los inventores, griegos y judíos, básicamente, de la noción psicológica y estética de «alma».
Incluso, todavía, en la edición de 1.973, de la siempre ponderada Enciclopedia Británica, la obra de Tolkien se cita, brevísimamente, incluida en el capítulo de la historia de la literatura infantil.
Por su parte, los editores que han vendido unos cinco millones de ejemplares, en todas las grandes lenguas universales, en cinco continentes, de la trilogía de «El señor de los anillos», incluyen ese monumento en sus moderadamente peregrinas colecciones de «ciencia-ficción», «fantasía heroica», u otros «subgéneros» de meta-literatura destinada al consumo y el «ocio».
Se trata de crímenes vulgares contra el destino y el sentido mismo con que Tolkien escribió la veintena de obras que componen su bibliografía. En su ensayo «On Fairy-Stories». Tolkien describe con mucha elegancia y ponderación su percepción íntima del origen y ambición de su obra, indisociable de una relectura, muy ambiciosa, del cuento de hadas. En su poema «Mythopoeia», Tolkien confiesa abiertamente su concepción del género como un «combate contra la muerte». En definitiva, la construcción de un mundo mítico, perfectamente real, en términos morales y espirituales, destinado a ofrecer a la cuenca vacía del hombre moderno, el reposo moral de una geografía, una historia y unos seres cuya inmortalidad, bien real, en el espacio mítico que el Verbo fragua e inventa, debiera ayudar al hombre moderno a afrontar los terribles desafíos de nuestro tiempo.
Hubo muchos otros constructores de geografías míticas e imaginarias. Hubo muchos otros constructores de leyendas. Faulkner imaginó una tierra que pudiera resistir la comparación con las maldiciones bíblicas del Levítico. Proust imaginó unos viajes que hubieran podido tentar a Simbad. Stevenson y Kipling imaginaron viajes que se confunden con la búsqueda del Grial de Arturo. Conrad emprendió la travesía de los Mares donde se pierde y descarría el hombre moderno. Perrault, Andersen, los Grimm, etc., la magna tradición del cuento «infantil» cuentan parábolas universales.
En ese marco, Tolkien tiene ambiciones muy particulares. Su geografía e historia míticas apenas ocultan su proyecto de revocar la maldición de la historia de los hombres. «El señor de los anillos» se escribió, básicamente, entre 1.936 y 1.949, años cruciales en la dramática pesadilla de la era contemporánea, años de apocalipsis, cuando el mundo oscila entre la más sangrienta de las guerras, el más feroz de los campos de concentración y al alba, lívida, del fantasma de la guerra nuclear.
Salvando todas las distancias, una pesadilla muy semejante vivieron los autores de los Evangelios, entre los años 30 y 100 de nuestra era. Sin duda, pudiera ser ofensivo, para muchas sensibilidades, comparar a Marcos, o Juan, con Tolkien. El creador de los Hobbit no es el fundador ni el apóstol de ninguna religión. Y rechazaría, humildemente, claro está, tal comparación.
En su ensayo sobre los cuentos de hadas, capital, para entender el puesto de las «fairy-stories» anglosajonas, los «marchen» alemanes, los «conte de fées» franceses, en la formación y el «alimento» de la vida espiritual del hombre, Tolkien nos recuerda que, desde su óptica, esa forma esencial de la literatura universal es una de las primeras en ofrecer a los hombres los fundamentos de una moral, la arquitectura de una vida espiritual.
Los lectores de Aristóteles y los epigramas cristianos de la Antología griega recordarán que no son otras las virtudes de los escritores griegos y judíos que fraguan e inventan, intelectualmente, la noción de alma. Invención que Jacqueline de Romilly ha rastreado en la gran literatura griega clásica y que Borges, irónicamente, cree plausible instalar en la hornacina de las literaturas fantásticas.
¿Es comparable «El señor de los anillos» con el Evangelio de San Marcos? La laboriosa construcción de una geografía mítica, poblada de hadas y seres de Fantasía, ¿es comparable con la geografía del retorno a Ítaca?
El problema es muy otro. La literatura occidental contemporánea también ha sufrido el vértigo trágico de nuestra historia. Y muchas de sus páginas más ilustres. Joyce, Kafka, son ilustraciones del Infierno moderno. Algunos filósofos, como Heidegger, y el mismo Ortega, pensaron que el fin de esa pesadilla debía pasar por la relectura de los textos donde se funda nuestra civilización (la reinvención de España, en nuestro caso). Tolkien piensa que una respuesta, posible, a tal desierto moral, pudiera ser la construcción de mitos y leyendas, para dar al hombre moderno las armas más felices y tenaces en su lucha titánica contra la Muerte que nos acecha: las armas de la Palabra, inventando nuevos mundos, eternos, en la Gloria del Verbo, para dar cobijo y esperanza a nuestra alma atormentada y sin esperanza.
Juan Pedro QUIÑONERO, ABC, 3 de enero de 1992, p. 57

2 comentarios:

Vacances de rêve dijo...

Joaquín, qué generoso eres... Te envío un amistoso abrazo de gratitud, grande.

Q.-

Don Cogito dijo...

Bueno Quiño, ya sabes, lo hago con mucho gusto "por ser vos quien sos" (llevaré, así a lo tonto, una década mirando casi diariamente tu blog...) pero además porque son artículos estupendos. No hay que exagerar, pues... Por otra parte, como te comento en la respuesta del FB, mañana te pondré otra cosita... una apasionante (y apasionada) reseña del libro de Marc Hillel, "En nombre de la raza" que realizaste en 1975.

Un saludo muy cordial y cariñoso desde Madrid...