miércoles, 26 de septiembre de 2018

"Los vampiros. Relación de un estirpe legendaria y maldita" de Juan Perucho (Destino, 8 de diciembre de 1962)



LOS VAMPIROS
Relación de una estirpe legendaria y maldita
SUELE acontecer apenas ha caído la noche. En la cripta de alguna vieja capilla abandonada, un extraño silencio se concentra entonces en un punto, se crispa con dureza bajo los arcos de las bóvedas. Hay en el centro, asegurado con tres candados, un gran sarcófago de cobre cubierto de finos dibujos ornamentales. Primero, cede sin peso y sin ruido el candado de la cabecera, luego caen los dos restantes. La cripta está llena de telarañas y de polvo, de tablas podridas, y en los rincones hay lamparillas de aceite abandonadas, restos de un mortuorio y acartonado terciopelo negro, algún quebrado jarrón de vidrio. Se oyen chirriar ligeramente los quicios del sarcófago y. en seguida, con suavidad y muy lentamente, comienza a levantarse la pesada tapa. 
Más tarde, las historias aseguran con precisión el lugar donde comenzaron los hechos abominables. Puede ser en una choza humilde o en un palacio. En los pasillos se produce la silenciosa crispación del aire, y dos o tres flecos de los cortinajes se mueven impulsados por un aliento invisible. Desde la oscuridad, avanza rígidamente casi sin tocar el suelo una oscura y extraña figura A su paso se abren muy despacio las puertas, pero jamás se refleja imagen alguna en los espejos ni en la tersa superficie de los metales bruñidos La figura se detiene ante una alcoba. Entonces, desde lo hondo del terror y de la noche, los perros aúllan a la muerte, los reptiles escupen su veneno y un viento helado barre las hojas de los árboles. 
A la mañana siguiente, alguien ha muerto desangrado, blanco y translúcido como la nieve. La gente habla con misterio, purifica el aire con el humo de ardientes ramas de laurel, se repiten los rezos en los hogares. Grupos de hombres escudriñan y escarban en los cementerios. Es el momento en que una negra rosa de sangre se cuaja en la boca entreabierta de ciertos difuntos.
¿Qué es un vampiro?
Collin de Plancy, en su «Dictionnaire Infernal», publicado en París, el año 1803, escribe que «se da el nombre de upiers, upires, o vampiros, en Occidente, de brucolacos (vrucolacas) en el Medio Oriente, y de Katakhanés, en Ceilán, a los hombres muertos y sepultados desde hace muchos días, que regresan (en cuerpo y alma), hablando, caminando, infestando los pueblos, maltratando a los hombres y a los animales, y. sobre todo, sorbiendo la sangre de los mismos, debilitándoles y causándoles la muerte. Nadie puede librarse de su peligrosa visita si no es exhumándolos, cortándoles la cabeza y arrancándoles y quemándoles el corazón. Aquellos que mueren por causa de un vampiro se convierten a su vez en vampiros».   
El vampiro, pues, a diferencia de los fantasmas y espectros, posee un cuerpo Este cuerpo está muerto y sepultado. Sin embargo, sale de su sepultura, recobra sus propiedades vitales, ataca a los vivos y se nutre de su sangre. Una nota esencial que no dice Collin de Plancy, pero que confirma unánimemente el legendario popular, es que sólo actúan de noche. El sol los destruye. Cuando un rayo de luz solar hiere a un vampiro, éste sufre una horrible convulsión, su cuerpo se contrae como un sarmiento y adquiere rápidamente el estado de descomposición que les correspondería a partir de la fecha de su fallecimiento. Un repulsivo hedor surge de sus restos. A veces queda reducido a un montón de polvo. 
En cuanto a su etimología. Corominas dice que «vampiro» procede del húngaro «vampir», palabra común a este idioma con el serbio-croata, del cual pudo mismo venir asimismo a las lenguas de Occidente. 
Localización geográfica
El legendario vampírico aparece fundamentalmente en la Europa oriental. Rusia, Polonia, Silesia, Lituania. Eslovaquia, Serbia, Hungría, Grecia, etcétera, poseen un vasto repertorio de historias de vampiros, los cuales, según la región, adoptan diversos nombres: «Klodlak». «Brucóiachi», «Vourdalak». «Wempti», «Upires», «Ghoules» etcétera. Todos surgen en la noche y atacan a los vivos en busca de su sangre. 
En la Europa occidental no hay vampiros, o si los hay es por sugestión contemporánea de las leyendas orientales ¿Por qué esta localización geográfica? Según la opinión más difundida entre los autores, ello obedece a la distinta concepción que sobre la supervivencia de los cuerpos tienen, respectivamente, la Iglesia católica y la ortodoxa. Mientras la primera considera el cuerpo incorrupto como una posible consecuencia de la santidad, es decir, como un premio, la segunda entiende la conservación del cuerpo sin vida como una expiación. De ahí todo el horror que provoca la presencia de un cadáver no descompuesto y con apariencia de vida El profesor Evel Gasparipi afirma que en ciertos países eslavos existe el rito de la «segunda sepultura» Este consiste en la exhumación de los restos y su inhumación tras haberlos lavado Si el cuerpo no aparece descompuesto, se hacen plegarias al efecto de combatir a los espíritus maléficos que han retardado el proceso natural de la descomposición. 
Los orígenes
Emilio de Kossignoli, en su libro «Io credo nei Vampiri» (Milán. 1961) estudia la leyenda según la cual el primer vampiro surgió de Adán. Este, antes de la creación de Eva, vivía naturalmente solitario, pero con el deseo subconsciente de una compañía femenina. Durante el sueño y sin existencia de pecado, este deseo provocó en Adán el orgasmo. El Principio de vida que ello suponía quedó estéril aunque con una fuerza desesperada de supervivencia. En realidad, era una media alma que anhelaba encontrar la otra mitad que le faltaba. Rosignoli dice «E da questo desiderio disperato di esistere nasceva la prima forma vampírica e la sua legge: sopravivere a ogni costo». Después, la tradición popular atribuye a las poluciones frustradas en su fin natural, el germen del vampirismo. Entonces, cuando el germen encuentra un cadáver nace el vampiro. 
Otra clase de vampiros la constituyen los que lo son por contagio. O sea los que fallecen a consecuencia de haber sido atacados por un vampiro. La creencia general es que éstos se convierten en vampiros Hay diversas variantes a este respectó, y en algunos lugares de la Transilvania basta dos o tres extracciones de sangre para ser contaminado. El nuevo vampiro formará otro eslabón en la cadena e ingresará en la llamada «estirpe de los no muertos», repitiendo el ciclo acostumbrado. Sin embargo, la creencia popular más extendida exige, como hemos dicho, la muerte de la víctima.  
El miedo en Europa
Desde el comienzo hasta la mitad del siglo XVIII Europa estuvo atenazada por la idea de los vampiros. El miedo anidaba en el corazón de los hombres. Voltaire dijo «que no se sentía hablar más que de vampiros entre 1730 y 1735; se les descubría por todas partes, se les tendía emboscadas, se les arrancaba el corazón, se los quemaba. Algo semejante a cuanto les había sucedido a los antiguos mártires cristianos. Más se los quemaba y más se los encontraba» Jean-Jacques Rousseau, por su parte, corrobora las anteriores noticias diciendo «que si había habido en el mundo una historia garantizada es la de los vampiros. No falta nada, informes oficiales, testimonios de personas atendibles, cirujanos ,sacerdotes, jueces ahí están todas las pruebas». Existe un texto de Prospero Lambertini, el futuro Papa Benedicto IV, comentando las noticias que sobre vampirismo daba una gaceta hebdomadaria que se publicaba en Núremberg para el proceso del arte médico y de las ciencias naturales. Siendo ya Papa Lambertini escribió una carta arzobispo de Leópolis, en Polonia, en la que le amonesta irónicamente; «Es asunto vuestro, arzobispo —dice— el desarraigar estas supersticiones. Descubriréis, si vais a la fuente de tales patrañas que los acreditan también sacerdotes que quieren ganar con ello, incitando al vulgo, crédulo por naturaleza, a pagar sus exorcismos y misas. Os recomiendo expresamente intercedir, sin pérdida de tiempo, a aquellos que resultaren culpable de una tal prevaricación. Convenceos, os lo ruego, de que en todo este negocio son los vivos los culpables». Durante el pontificado de Benedicto XIV se planteó la cuestión de la actitud de la Iglesia ante los fenómenos de vampirismo, rechazándose desdeñosamente cualquier concesión sobre este asunto, aún cuando una parte de la jerarquía eclesiástica alimentara grandes dudas.  
Mientras tanto, se buscaba febrilmente en los cementerios, se abrían las tumbas; si se encontraba en ellas algún cadáver incorrupto se le atravesaba el corazón y se le cortaba la cabeza. El día 23 de abril de 1723 el Consistorio de Olmütz hizo quemar nueve cadáveres en un solo acto; en días sucesivos se quemaron más. Durante esos años se organizaron incluso tribunales para decidir los casos de vampirismo. El día 30 de enero de 1755 hubo en una aldea de Moravia un juicio contra unos muertos, y este hecho llegó a oídos de la emperatriz María Teresa de Austria. Ante este estado de histeria colectiva, la emperatriz ordenó un informe de los hechos, lo cual realizó Gerard von Swieten, protomédico de Su Majestad, en términos que no daban lugar a dudas: no existían los vampiros. La ciencia desmentía la creencia popular. Entonces María Teresa ordenó que «se enviaran rescripto rigurosísimos por todas las provincias, a los magistrados, superintendentes de la policía y del gobierno del público, en virtud de los cuales no sólo resultasen impedidas, punidas, más también expulsadas en absoluto semejantes supersticiones; pero sucediendo algún caso, cuya razón natural no se conozca bien, nadie se atreva y en lo venidero a entremeterse en eso sin antes haber sido avisada Su Majestad, la cual, ordenando, bajo muy graves penas se le informe de inmediato, podrá finalmente en tal caso ordenar aquello que por ella sea estimado más oportuno y expeditivo.» 
En Polonia hubo casos parecidos. Luis-Antoine de Caraccioli se refiere a ellos en sus «Lettres á une Illustre morte décédée en Pologne depuis peu de temps» (1771). Caraccioli, hombre espiritual y despreocupado, había desempeñado cargos importantes en Polonia. Publicó en tres volúmenes las cartas del Papa Canganelli (Clemente XIV) y la «Vie du Pape Bénoit XIV», Prosper Lambertini (1783) que provocaron un gran revuelo en los ambientes intelectuales del siglo.  
Los libros más importantes que durante este período se publicaron sobre vampirismo fueron. «De terríficationibus nocturnis», de P. Thyracus de Neuss (1700); «Magia posthuma», de Carlos Fernando von Schertz (1700); «Mutmassliche Gedanken von den Vampyren oder blutsangenden Toten», de Johann Fritsche (1732); «Tractat von dem Kauen und Schanatzen der Toten in der Grabern», de Michel M. Ranfft (1734), existiendo una versión latina con el título de «De masticatione mortuorum in tumulis»; «Philosophie et Christianae Cogitationes de Vampiriis», de Juan Cristóbal Haremberg (1773), y, el más célebre de ellos, «Dissertation sur las apparitions des anges, des démons et des esprits et sur les revenants et vampires», del monje Agustín Calmet (1759). 

Los sucesos
Agustín Calmet fue un monje erudito autor de un monumental comentario a la Biblia. Atraído por el mundo misterioso de las sombras, escribió su «Dissertation», que pronto se convirtió en una obra clásica del género. Voltaire, que había sido amigo de Calmet y de quien había aprovechado su vasta y rica biblioteca se mofó más tarde de él reputándole como el más firme bastión de la superstición en el «Dictionnaire philosophique».  
Calmet, aparte de estudiar las propiedades de los vampiros con una cierta prudencia y tratar de darles una explicación racional y científica, inventarió los casos más interesantes acaecidos en aquel tiempo. He aquí algunos de ellos. 
Cuenta Calmet que el señor de Vassimont, consejero de cámara de los condes de Bar, enviado a Moravia por Su Alteza Real Leopoldo I, duque de Lorena, por asuntos del príncipe Carlos, su hermano, sintió decir a la gente a su alrededor que en aquel País era cosa ordinaria y común ver hombres muertos desde hacía algún tiempo aparecer en sociedad y sentarse a la mesa con las personas que conocían en vida; pero si luego hacían a alguno de los asistentes sólo una señal con la cabeza, éste, infaliblemente, moría pocos días después. Perplejo, quiso asegurarse y recogió informaciones exactas de muchas personas, entre otras un viejo párroco, el cual aseguraba haber visto más de un ejemplo.  
Los obispos y sacerdotes del país pidieron a Roma opinión sobre un hecho tan extraordinario, pero ni siquiera tuvieron respuesta: todo eso fue probablemente creído allá mera visión o imaginación del pueblo. Pensaron luego desenterrar los cuerpos de aquellos que de tan abominable modo se presentaban quemarlos o destruirlos de algún modo. De tal forma se liberaron de la imputación de esos espectros. 
También refiere Calmet que un soldado de guarnición alojado en casa de un campesino de guarnición alojado en casa de un campesino haidamak, en las fronteras de Hungría, vio entrar, mientras estaba a la mesa con su hospitalario dueño de casa, un desconocido, el cual sentóse con ellos en la mesa. El amo y todos los demás acompañantes sintieron grandísimo espanto. El soldado estaba tranquilo ignorando que era aquello; pero habiendo muerto al día siguiente el dueño de la casa, al informarse, el soldado supo que se trataba del padre de su huésped, muerto y sepultado diez años atrás, quien había venido de aquel modo a sentarse cerca de él y a anunciarle la muerte. 
El soldado informó en seguida al regimiento, y el regimiento dio aviso a los superiores, que comisionaron al conde de Cabreras, capitán del regimiento, para recoger informaciones exactas del hecho. Fue al lugar, junto con otros oficiales, un cirujano y un auditor; escucharon las deposiciones de todas las personas de la casa, que unánimemente atestiguaron que el aparecido era el padre del dueño de la casa, y enteramente verdadero cuanto había referido el soldado; y todos los habitantes de la aldea aseguraron lo mismo. 
Luego se hizo desenterrar el cuerpo del fantasma y fue encontrado algo como un hombre muerto en situación de tal; y su sangre como la de un hombre vivo. El conde Cabreras lo hizo decapitar y volverlo a meter así en su sepulcro. Se realizó también el proceso de otros resucitados, y, entre éstos, de uno muerto treinta años antes, el cual había aparecido tres veces en su casa a la hora del almuerzo y chupado la sangre del cuello de su hermano la primera vez, la siguiente a un hijo suyo, la tercera a un criado y los tres murieron tras el hecho. En seguida de esta declaración el comisionado hizo desenterrar a ese hombre y al encontrarlo como el anterior, con la sangre fluida, como la tendría un hombre vivo, ordenó que la traspasaran las sienes con un clavo, y lo metían de nuevo en la sepultura. 
Hizo quemar a un tercero, el cual estaba sepultado desde hacía más de dieciséis años, y había chupado la sangre y dado muerte a dos hijos suyos. El comisionado hizo todo este relato a los oficiales superiores y enviaron representantes a la Corte del emperador para que ordenase mandar a los oficiales de guerra y de justicia, médicos, cirujanos y alguna persona docta e ilustrada para examinar las causas de estos acontecimientos tan extraordinarios.  
A principios de septiembre, en la aldea de Kisilova, a tres leguas de distancia de Gradúen, murió un viejo de setenta y dos años. Sepultado que fue, tres días después se apareció de noche a un hijo suyo, pidiéndole de comer; él se lo hizo traer: comió y desapareció. Al día siguiente contó el hijo el suceso a los vecinos. Aquella noche no aparcó su padre pero la posterior se hizo ver y pidió de comer. No se sabe si el hijo se lo dio o no, pero al día siguiente fue encontrado muerto en su lecho y el mismo día se enfermaron de improviso cinco o seis personas de la aldea. Y en pocos días murieron una después de otra.
El oficial o gobernador del lugar, informado de ello, envió un relato al tribunal de Belgrado, y fueron mandados dos de aquellos oficiales con un verdugo para observar la tarea. El oficial imperial, de quien proviene este relato, partió para Gradisch, a fin de ser testigo de una cosa de la cual tantas veces había oído hablar.
Se abrieron las sepulturas de quienes habían muerto, hacía seis semanas y cuando descubrieron la del viejo, lo encontraron con los ojos abiertos la tez ronza, la respiración natural, pero inmóvil como un muerto, de donde dedujeron que era un vampiro. El verdugo le introdujo un palo en el corazón y quemó el cadáver. en los cuerpos del hijo y de los otros no encontró signo alguno de vampirismo.  
Armas contra los vampiros
Los vampiros, según la opinión general, pueden transformarse en murciélago, en lobo, en niebla. Su cuerpo atraviesa los muros como lo prueba el hecho de que muchas veces, salen y entran de su tumba sin abrirla. Durante el día deben reposar aletargados en su ataúd y es entonces cuando son vulnerables. Poseen, además, una gran fuerza hipnótica. Durante la noche, no hay arma alguna que los destruya. 
Sin embargo, existen vanos procedimientos para luchar, contra los vampiros, y la leyenda los enumera. El primero de ellos es la cruz. Símbolo del poder divino la cruz ahuyenta a los vampiros, estos no pueden resistir su visión. El segundo procedimiento es el ajo. El ajo mantiene alejados a los vampiros. En muchas casas de los Balcanes cuelgan a ajos encima de las puertas para evitar que aquellos entren. El agua elemento le purificación, también tiene un poder antivampírico. Por ejemplo los vampiros no pueden atravesar un rio o arroyo, o cualquier corriente de agua. Los espejos no tienen poder contra los vampiros, pero sirven para identificarlos, y así si alguien no refleja su imagen en un espejo es, con toda seguridad, un vampiro.  
La única arma verdadera que existe contra los no muertos es una afilada estaca de madera. Debe ser clavada en el corazón de los mismos durante el día, mientras permanecen inmóviles en su ataúd. La leyenda le hace dar un gran grito en este momento, y su mirada es terrible y fija.  
Sabemos también que la luz solar destruye a los vampiros, los aniquila, los reduce a polvo.
Casos recientes
Emilio de Rossignoli, en el capítulo «Testimonianze vive» de su libro ya citado «Io credo nei vampiri» recoge una serie de casos contemporáneos, que demuestran el actual vigor de la leyenda sin duda avivada por el cine. 
El marinero Gildo Matelic de treinta y dos años de edad declaró en Arbe que en julio de 1946 fue atacado por un vampiro. Eran las doce de la noche y sintió un ruido a su espada cuando iba andando por una carretera. Volvióse y junto a él vio el cadáver de Nicolás Broda, muerto en el naufragio del barco en que ambos navegaban. Broda le dijo «Dejaste que me muriera desangrado y mi cuerpo arrojado por la corriente está en la playa. Yace sin sepultura, oculto por unos acantilados, cerca de Lopar. Hasta en tanto no esté enterrado vagaré en busca de sangre. Esta noche beberé la tuya». 
Matelic permaneció aterrorizado. Broda le ataco y le mordió en el cuello. A la mañana siguiente, Matelic con unos compañeros valerosos, buscó el cuerpo en Broda y lo halló en un sitio indicado. Uno de los presentes- llamado Milán Vilnje, lo traspasó con una estaca. Después enterraron al vampiro.  
En mayo de 1948, en Dravita, Yugoslavia, vivían dos hermanas, Vanja y Sylva Gica. Vanja confiesa a su hermana que «un señor de la ciudad» le hace la corte Un día tiene una cita con él en una pista de baile, en las afueras Se la encuentra desangrada, en medio del bosque sin vida. No se localiza al culpable.  
La noche siguiente Vanja «regresa» y llama a la ventana de Sylvia que está durmiendo. Le dice que abra que no está muerta. Cuando Sylvia abre la puerta aparece su hermana con el vestido que le pusieron cuando el entierro. La besa y la muerde en la boca pero la presencia de un pequeño crucifijo  en el pecho de Sylvia la ahuyenta.
Sylvia cuenta a su novio lo sucedido. Este determina esconderse en un armario de la habitación a medianoche Se repite la escena de la noche anterior. Vanja pide a Sylvia que se quite el crucifijo, pero en este momento sale el novio y el vampiro cae en letargo. Es destruido por el procedimiento usual: la pica.  
Fatma Yenicasu se fue a bañar un día de agosto de 1957 en el rio que pasa por Selendi (Turquía). Se demoró mucho tiempo y cuando regresó era casi de noche. Al pasar junto a un cementerio fue atacada brutalmente por un hombre que le mordió el cuello. Durante la lucha pudo arrancarle un pedazo de chaqueta que era de color marrón. La muchacha quedó desvanecida.  
A la mañana siguiente, Fatma presentó una denuncia. Se procedió a una investigación y rápidamente se encontró el traje de donde Fatma había arrancado un trozo. Lo vestía el cadáver de un desconocido que había sido encontrado ahogado en el rio tres días antes y que permanecía en el depósito del cementerio encima de una mesa de mármol. No se le había dado sepultura de ser identificado. Se cerró la investigación y «con la debida cautela» se le enterró. 
El doctor Stephen Gabor, de Budapest, fallecido en la revolución húngara de 1956, cuenta como lucho con un vampiro en el cementerio de Recks. Vio como surgía a través de un sepulcro y como andaba casi sin tocar el suelo. Fue descubierto y atacado, Gabor dice, que su rostro coincidía con el de la fotografía en el sepulcro. 
El vampirismo en la literatura
Con excepción de un cuento de «Las mil y una noches», titulado «Honor de vampiro o historia contada la nonocuadragesimoquinta noche al sultán Balbats por el sexto capitán de policía», la literatura inspirada en temas de vampirismo surge realmente en el siglo XIX. Lord Byron empezó una historia de vampiros que no terminó. La idea fue aprovechada por su amigo, el médico John William Polidori, que escribió y publicó en 1819, «The Vampire», bajo el nombre de Lord Byron. Más tarde se supo la verdad. El asunto era tenebroso y alucinante y se impuso con fuerza.  
Han tratado el tema de los vampiros E.T.A. Hoffmann: «Vampirismo»; Charles Nodiér: «El vampiro bondadoso»; Theophile Gautier: «La macabra amante»; Alexandre Dumas: «La hermosa vampirizada»; Prosper Mérimée, «Lokis»: Isidore Duncasse (Conde de Lautreamont): «Tu amigo vampiro»; Paul Feval: «La ciudad vampira o la desdicha de escribir historias de terror»; Fritz James O´Brien: «¿Qué era»; Sherida Le Fanu «Carmilla»; Bram Stoker: «Drácula».  
Las dos obras maestras del género son, sin duda, «Carmilla» de Sheridan Le Fanu (1810-1873) y «Drácula» de Bram Stoker (1857-1912), de las que se dan numerosas ediciones. Este último libro ha inspirado casi todos los films del vampirismo.  
Contemporáneamente han escrito sobre vampiros Montagne Rhodes James: «El Conde Magnus»; F. Marion Crawford «Porque la sangre es vida»; Edward Frederick Benson «La señora Amworth»; Ghérazim Lúca: «El vampiro pasivo» y Luigi Capuana: «Un vampiro». Hay que destacar la novela de Richard Matheson «I am a Legend», de la que existe una versión francesa («Je suis une légende») y una versión italiana («I vampiri»). Recientemente la literatura catalana ha dado una muestra de este género tratado desde un ángulo irónico y poético con «Les Histories Naturals» de quien esto escribe. 

Juan Perucho, Destino, Año XXVI, Núm. 1322 (8 dic. 1962) pp. 36-37, 39 y 41

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