lunes, 25 de noviembre de 2013

Un artículo de Eugenio Trías sobre la muerte y la posibilidad de existencia del más allá.


PRELUDIO A NAVIDAD.

En una cena de amigos y familiares, el pasado verano, se inició la conversación por las acostumbradas rutas de la política local. Para evitar una estéril y tediosa incursión en los tópicos de siempre, que en los últimos tiempos pueden dar lugar a viscerales enfrentamientos, se me ocurrió dar un giro a la conversación suscitando un tema diferente -y algo exótico-, un tema que a todos nos importa (tanto o más que el pronóstico respecto a elecciones próximas).

[...]

Quería evitar un posible choque de sensibilidades que degenerase en airadas proclamas. En torno a la mesa se encontraban lectores de distintos rotativos nacionales, que es tanto como decir: de diferentes panfletos políticos de derechas o de izquierdas. Me daba grima pensar que acabaríamos todos hablando en tono bronco, repitiendo los conocidos tópicos que pueden leerse, cada día, en ese insólito espectáculo, único en Europa, que hace de nuestra prensa un florilegio de intoxicaciones diarias de posiciones partidistas. Por no hablar de las emisoras de radio, por lo general no aptas para cardíacos.

[...]

Les dije que deseaba proponer un tema de conversación menos coyuntural. «Quería preguntaros -les dije- qué opinión tenéis sobre lo que sucede tras la muerte». Alguien manifestó extrañeza ante tamaña extravagancia. Pero con sorpresa me di cuenta de que había sembrado una interesante semilla que no tardó en crecer y madurar. Poco a poco se fue animando la conversación. Se fue produciendo una conflagración de opiniones distintas. Algunos confesaron que habían pensado en profundidad en el asunto, otros seguían mirándome extrañados y sorprendidos. Pero todos quedaron intimidados y concernidos.

William Blake"The soul hovering over the body reluctantly parting with life "
Pude comprobar una cosa: el número de personas que creían en alguna forma de supervivencia tras la muerte era, por lo menos, tan relevante y significativo como el de aquéllos que, o bien habían optado por creer que la muerte significa el fin final definitivo de nuestra existencia personal, o los que profesaban, bajo forma de agnosticismo, una radical suspensión de juicio. Pero hice también otra interesante averiguación: quienes creían en formas de supervivencia, fuese en términos de reencarnación, de fusión con la energía cósmica, o de resurrección de la carne en términos escatológicos, no eran necesariamente personas confesionales, o creyentes de un credo religioso.

Incluso advertí formas de larvado agnosticismo en algunos de quienes se confesaban pertenecientes a la comunidad católica vaticana. Como si en su profesión de fe se hallase inscrita la necesidad de no ahondar en estas cuestiones relativas a nuestra posible supervivencia tras la muerte.

Chiste gráfico de Chumy Chumez. ¿Diario Madrid?
Al final sólo se hablaba de este tema. La cena circuló a través de un interesantísimo cruce de argumentos, algunos basados en la extrapolación de teorías científicas actualmente vigentes, otros cifrados en la interpretación de pasajes de la literatura cristiana, especialmente del Nuevo Testamento.

Fue una cena con una conversación apasionante. En lugar de hablar de Montilla, de Mas, de Zapatero, de Rajoy, de Piqué, de Acebes, de Pepe Blanco, de Otegi (o de Bush y de Blair), se hablaba de Darwin, de la teoría del Big Bang, del Apocalipsis de Juan de Éfeso, del descenso de Jesucristo a los infiernos, o de las cartas de Pablo. O bien de la teoría oriental de la trasmigración de las almas. O del nirvana budista.

Ahora mismo se acercan las Navidades, que son, en gran medida, un gigantesco potlatch anual que nos recuerda que el regalo, el don, expresión poética de lo escatológico (según la genial apreciación freudiana), constituye la razón de ser misma del homo aeconomicus.

"Ascensión al Empíreo". Segundo postigo de la  Visión del Más Allá de El Bosco. 
Esas fiestas son, sobre todo, una cita anual para revisar nuestras propias convicciones sobre ese asunto que nos atañe e importa como ninguno. Se celebra con la Navidad el don de existir, el milagro del nacimiento (y del renacimiento). Como sabía Franz Liszt, la tumba es quizás la cuna de una vida futura. Es suya la siguiente frase hermosa: «Nuestras vidas son preludios; preludios de una desconocida canción cuya primera nota es la muerte». Liszt encabezó su referencia a un poema de Lamartine, en uno de susmás conocidos poemas sinfónicos, con esta memorable definición.

Propongo a todos los que se den cita en estas fiestas familiares una conversación a fondo sobre temas religiosos y escatológicos. De este modo se podrán evitar innecesarios conflictos sobre temas políticos, o de coyuntura política española. Estas fiestas pueden ser lugar de encuentro o de desencuentro: en ellas estallan, con frecuencia, rivalidades y odios fraternos. Las cosas pueden terminar muy mal en Navidad, como lo muestra el estupendo final del Retrato de un artista adolescente de James Joyce.

Pero pueden generarse reveladores esclarecimientos sobre el tema que más debería importarnos a todos, por mucho que desconcierte a la mayoría. Un tema sobre el que la ciencia no tiene legislación alguna, aunque algunos falsos divulgadores se empeñen en decirnos, en sus burdas homilías, que la ciencia abona la idea de que con la muerte termina nuestra vida. Es importante no hacer decir a la ciencia lo que no está en condiciones de afirmar.


Mi respeto por agnósticos y ateos es grande siempre que sustenten sus creencias (o sus suspensiones de juicio) en una sólida argumentación. También lo es en relación con quienes forman parte de una confesión, o de una comunidad de culto, siempre que lo sean de manera responsable.

Lo que se llama fe y creencia, como sabían los romanos, tiene siempre el sentido de la confianza. Yo, por mi parte, confío, en términos luteranos, en ciertas escrituras cuyo sentido, cada vez que se acerca la fecha de cambio de año, se me ilumina: textos de los Salmos, de Isaías, de Pablo, de Mateo, del Discípulo Amado, de Juan de Éfeso. Cada año que pasa me siento más confiado en esas escrituras sagradas.

Pero lo que me ha reforzado esa confianza ha sido, sin duda, mi dedicación, durante más de cinco años, a una personal interpretación de los argumentos musicales. Para mí la música es mucho más que arte; o es arte sagrado, como dice el compositor Flamand en la inmensa ópera testamentaria Capriccio de Richard Strauss. La música es mi materia revelada. La compañía de compositores ha sido para mí el mejor camino para vivir una suerte de poética de la conversión, en registro filosófico y religioso, y sobre todo en vena existencial y vital, en línea semejante a la vivida en su día por gloriosos antepasados respecto a los cuales soy el más modesto y tardío de los seguidores: Pablo de Tarso, Agustín de Hipona, Dante Alighieri, Francisco de Asís, Juan Sebastián Bach, Antón Bruckner, Gustav Mahler, Arnold Schönberg.


El problema de Dios constituye una inferencia de la cuestión, existencialmente más acuciante, relativa a la posible forma de vida que puede postularse tras la muerte, en la modalidad oriental, cristiana, judía o islámica. O, por el contrario, a la extinción de la vida personal en una Nada absoluta sin remisión (al estilo del «creo en un Dios cruel» de la inmensa aria de Yago en la ópera de Arrigo Boito y Giuseppe Verdi).

En este punto tenía razón Unamuno, el más hondo de nuestros pensadores, que, sin embargo, extremó hasta el absurdo la contraposición entre razón y corazón, sin reconocer una suerte de razón fronteriza que sirviera de mediación. Advirtió con insólita lucidez que la verdadera cuestión filosófica y teológica es la relativa a lo que sucede en y después de la muerte. El tema de Dios es una importantísima derivación de un asunto existencial de inmenso calado. En él se decide quizás el sentido de nuestra vida. 


EL MUNDO, Tribuna libre, 19/12/2006

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