lunes, 25 de noviembre de 2013

Adiós a todo eso. La Caída del Muro. XXIV años después. (1).



Hace tres semanas se cumplió en XIV aniversario de la Caída del Muro. 

Al respecto voy a contar una pequeña historia. Para quien esto escribe, con apenas dieciséis años, "La Caída del Muro" supuso no tanto el principio del fin de una ideología llamada "comunismo" -de la que muy poco sabía por aquel entonces- como la pulverización de unos mapas que, desde muy pequeño, me habían fascinado. Lo que para muchos adolescentes eran los mapas de la "Tierra Media", lo era para mí un muy humilde "Atlas de Geografía e Historia" que me trajeron los Reyes Magos cuando tendría unos siete años. Las riveras de los ríos y las costas de verde claro. Las cordilleras de marrón oscuro y las cimas más altas de blanco. A la izquierda la geografía de la zona. A la derecha mapas económicos, políticos y fotografías. Y lo mejor, en la segunda parte, un atlas histórico muy escueto en la que, flechas arriba y flechas abajo, un país invadía al otro. Reconquistas, imperios inmensos, confederaciones y civilizaciones aparecían y desaparecían. Y los nombres de las ciudades. Ulam Bator. Samarkanda. Tombuctú. Cuzco. 

Y entre tanto caos de manchas de diferentes colores, flechas que iban y venían... existían una líneas de mi querido Atlas, que se me aparecían como geometrías eternas. Ponían cierto orden: las líneas fronterizas. No es que no se pudieran cambiar, claro, pero a lo largo de mi corta vida no habían variado en lo esencial. Parecían casi fijar representaciones ideales de la realidad. En ellas se unía la geografía (el espacio) y la historia (el tiempo) que me había tocado vivir.

Pero un día, aquella que parecía la frontera más definitiva -aquella que dividía no ya a países sino a dos sistemas políticos y económicos contrapuestos- se hundió. Durante varios meses se fueron acumulando en mi escritorio más y más recortes de periódico explicando tan extraños sucesos. La historia se había puesto de nuevo en movimiento volviendo a mi Atlas anacrónico. El tiempo triunfaba sobre esas fascinantes líneas abstractas trazadas por el hombre sobre el espacio. Y a mí me dejaba desconsolado con mi juguete roto.

Pasaron los años y me fui a vivir en uno de los países de los recortes de prensa. Pasé un día por donde había empezado todo. Berlín.

Y de ahí proviene este recorte. Lo he escogido entre otros porque quien lo escribió aquellos días lo vivió como algo más que la destrucción de un juguete infantil. Gabriel Albiac, enviado especial del periódico El Mundo, era todavía, en aquellos días de noviembre, un filósofo marxista discípulo a Louis Althusser. Comunista pues. Heterodoxo también. Fuera del PCE desde 1976. Y vinculado a Antonio Negri y Felix Guttari.

Lo sorprendente es que el filósofo se negara a taparse los ojos. Y encasillarse tras una identidad tras la que sermonear, protegerse e insultar a quienes no hicieran lo mismo. Como han hecho tantos durante todos estos años. Es una elección muy difícil. Se vive en una época llena de sentimentalismos políticos. Cínicamente se resucitan ideas y épocas pretéritas con el fin de fidelizar a una determinada base social. Aún sabiendo -de sobra- la mentira en la que se dice, normalmente con mucha sobreactuación, creer.

Esa es la diferencia entre creer que el mundo, infantilmente, se amolda a tu mapa adquirido con siete años, y aceptar, como una persona madura, el ascetismo al que te obliga la observación de la realidad.

...

La entrada de este blog se va a dividir en tres partes. Dos irán destinadas a la crónica de Albiac. Y una tercera a un artículo en el que resume, semanas más tarde, su posición política después de un viaje a los estertores de la dictadura de Ceacescu.


El gran reencuentro

GABRIEL ALBIAC_
Enviado especial

BERLIN.— En el Pergamon Museum de Berlín Este hay un templo griego encerrado en el espacio claustrofóbico de una enorme sala.

Siempre me ha parecido la mejor metáfora de esta ciudad que ha vivido los últimos cuarenta años bajo la angustia opresiva del encierro. Sea del lado occidental —porque es duro ser una isla en el corazón de una sociedad ajena—, sea del oriental —porque el veto absoluto de los otros, de los que están tan solo a una estación de metro de distancia, es sencillamente, una incitación permanente a la locura. Pergamon Museum, Berlín, el mundo en una habitación.

Y, ahora, la habitación habría estallado. Así, sin más. Sin que nadie entienda mucho por qué ni cómo. Doy vueltas al casi incomprensible giro de las dos últimas semanas. Mezclo las imágenes, vistas desde lejos, de los jóvenes bailando sobre el muro. Trato de combinarlas con mi recuerdo del Berlín Oriental que conocí hace diez años. No casan.

Pienso en un viejo amigo a quien oí decir el otro día que esto era como el 68 pero en mejor. Su estado era triunfante. Una verdadera revolución a corto plazo.

Soy, por instinto, mucho más escéptico. ¿Cómo no serlo a estas alturas? Me pregunto qué es lo que puedo encontrarme ahí abajo. Mi avión está aterrizando en Berlín-Tegel.

Es lunes 13 de noviembre y hay manifestación en la ciudad de Leipzig. Y, en Berlín Occidental, lo primero que te asalta es esa sensación forzada de empeño en simular normalidad, en repetir y repetirse que, pese a todo, aquí no pasa nada. Nada que escape al control, en todo caso.

Uno pregunta por la dirección de su hotel al primer transeúnte que se encuentra por Adenauer Plotz: «Ni idea. ¿Sabe?, yo soy del otro lado». Luego sonríe de oreja a oreja y continúa su deambular perezoso de escaparate en escaparate. Normalidad, pues. Mucha más gente mirando los escaparates y agotando las reservas de los supermercados. Y ¿eso es todo?

Lentamente, bajo por la Avenida del 17 de Junio, para acercarme hasta la Puerta de Brandemburgo. No puedo olvidar que es esta la prolongación de la avenida Bajo los Tilos, la mítica Unter den Linden. El muro las ha separado con más fuerza de la que impone la mediación de un océano entre continente y continente.

Y el muro sigue ahí, por supuesto. Sin embargo, tiene ya algo de decorado para una película pasada de moda sobre la guerra fría.

ELEMENTOS DECORATIVOS.— -Alineadas en lo alto de la irrisoria muralla los «vopos» —hasta hace tres semanas casi sacralmente temidos y hoy elementos más del decorado, empeñados en poner cara de fiesta a todo el mundo— contemplan, con curiosidad un tanto desganada, el espectáculo de cuantos han venido esta noche a hacer de ellos y de su objeto específico de vigilancia, el muro, su espectáculo propio.

Todo este hormiguero de berlineses occidentales, en su mayor parte jóvenes, ha vuelto hoy también para comprobar que el muro sigue, de momento, ahí. Y que es, ciertamente, como siempre se supo, de cemento armado, pero que, con un buen martillo, hasta se le pueden ir haciendo curiosos boquetitos, mirillas que, con paciencia germánica, día a día van ampliando entre bloque y bloque, mirillas que dan sobre la tierra de nadie y, tras ella, el otro muro paralelo. Y son los «vopos» mismos, sobre el muro, indolentes.

Desde la Puerta de Brandemburgo hasta el CharlyCheck Point de las películas de espías, los jóvenes berlineses viven su fiesta en homenaje al fetiche moribundo. Arrancan de él pedacitos, lascas, golpetean. Repiquetear de los martillos hasta muy tarde en la noche. Concierto de tam-tam urbano sobre cemento armado.

Y los «vopos» arriba, casi indefensos en su desconcierto. Son ellos el verdadero espectáculo. Luz y sonido y realismo socialista. Uno los vería bien, en cualquier instante, ponerse a pegar brinquitos de comedia emulando al Gene Kelly de aquel París de Minnelli, que no era más de attrezzo que este coro de soldados sobre un muro que las termitas urbanas van haciendo desaparecer bajo sus pies, aunque sea muy despacio, a golpe de infinitesimal martillo.

Y, en Charly Check Point, la fiesta. Y el cansancio, también, de un fin de semana extenuante. Con la resaca en el alma y en los ojos, cargados de abigarradas bolsas de plástico de grandes almacenes, los ciudadanos del Este van retornando a casa. Se abrazan a los suyos del Oeste, se despiden hasta la semana próxima. Y hay algo de inverosímil en esa naturalidad recuperada de los adioses de «weekend». Algo que se trasluce en la mirada, pese a todo, estupefacta, huérfana de certeza. ¿Y si todo estuviera siendo sólo un sueño? No. Las bolsas de la compra, esas multicolores bolsas de supermercado, nada tienen de oníricas.

HORA DE RETIRARSE.- -Son las diez de la noche. Es hora de volver a casa. Hay algo en ellos de provinciano fin de estancia en la metrópolis. Avanzan, con sus bolsas de plástico, a través de la tierra de nadie, entre ambas líneas de cemento. Tierra muerta. Los «vopos», con esa cortesía excesiva de que hace gala el perro de presa al que se ha dado orden inequívoca de esconder los dientes, apenas si dibujan el gesto simbólico de echar una ojeada a sus carnés de identidad.

Mañana habrá que madrugar de nuevo. Retornar al trabajo. Despertar sólo a medias, en una provisionalidad irrebasable. ¿Lo sospechan? ¿Cómo vivir ahora sin el muro?

La gente del lado oeste se ha quedado allí durante horas, sin motivo preciso. Miran con ojos alucinados y casi no se atreven a confesarse a sí mismos lo que pasa.

«¡Unglaublich!» («¡Increíble!»). Es casi la única respuesta que uno logra arrancarles. Todo increíble: fin del paréntesis, reencuentros familiares casi inverosímiles... Tal vez en el horizonte —pero de eso nadie osa hablar siquiera—, reunificación de Alemania. Todo, ciertamente. «¡Unglaublich!».

Y, para colmo, la luna, esa luna llena, inmensa y amarilla, sobrevolándolo todo en este lunes. Sobre los tam-tam, sobre los focos blancos de las casi innumerables cadenas de televisión que, por el momento, han asentado aquí sus reales y alzan al ciclo berlinés cañones de luz y antenas parabólicas, sobre el rostro pálido y amable de los jóvenes policías fronterizos —que ya no entienden nada de lo que está pasando—,sobre el abrazo —«¡Hasta el sábado!»— de los parientes reencontrados, sobre el rostro triste de una muchacha rubia que lleva muchas horas con la mirada fija en el infinito del más allá del otro lado y que espera todavía... Luna llena. Amarilla e inmensa. La imagino, desde este lado del muro, sobre la perpendicular del Pergamon Museum. Del otro lado. Hace un par de meses, como decir del otro lado del planeta.
...

Gabriel Albiac. EL MUNDO, Suplemento 7 días. 19 de noviembre de 1989. Páginas1-4.

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