jueves, 29 de diciembre de 2016

Jose María Castroviejo y la imaginación


De re literaria
IMAGINACIÓN Y LITERATURA

CUANDO Álvaro Cunqueiro publicó su extraordinaria obra —«Las Crónicas del Sochantre», para mí, con «Merlín y familia», lo mejor de toda su producción literaria— escribimos estas líneas: «Al doblar la última página de estas maravillosas mil y una noches que Álvaro Cunqueiro ha escrito con el título de «Las Crónicas del Sochantre", el lector lamentará que el alucinante libro haya terminado. La acción discurre en la Bretaña de los vientos largados, de los páramos por los que vuela, como una niebla que fuese fuego, el cortejo de las almas en pena, —las «Anaon»—, y donde, a lo lejos, se oye chirriar el eje mal engrasado de la carreta espantosa de la propia muerte, «l'Ankou»...
»En los caminos de Bretaña, Alvaro Cunqueiro nos ofrece un censo de asombrosos personajes; una familia inmensa e increíble puebla estas páginas del gran solitario de Mondoñedo, uno de los maestros de las letras españolas en nuestros días.
»Encontraré aquí el lector un guiñol humanísimo, pleno de burlas, de secretos saberes, de las más insólitas aventuras, humanísimo, repitámoslo, aunque presida la función la muerte. En estas páginas está el mejor Cunqueiro: humor, ternura —citemos la inolvidable página del joven soldado enamorado muerto por «chouans»—, pasión, estilo, fantasía, gracia... Un enorme, fabuloso esperpento, que sólo la imaginación de Alvaro Cunqueiro servida por un lenguaje impar, podía crear.»

En el mismo año de 1956, y como Introito a uno de mis libros —«El pálido visitante»— escribí estas palabras, que entresaco del mismo, y que creo no han envejecido: «En una secuencia de delirante tobogán, en la que el estilo fue repudiado como abominable prejuicio y la melodía «ejecutada» por bárbaras orquestas, se fulminaron a un tiempo norma y medida poéticas. No cabía esperar, dentro de este desorden, indulto para la imaginación, esa gran facultad del alma, que es, tal vez, el mayor regalo que Dios ha podido hacer a la pobre criatura humana. Toda la literatura denominada, despectivamente, imaginativa, fue puesta no en cuarentena, sino en confinamiento, que aspiraba a ser definitiva. Aunque en esta vida nada sea definitivo. »
Pero sucede que, y precisamente ahora, la gente, la pobre gente, empieza a darse cuenta de que el mito del progreso con mayúscula de nuestros abuelos, amenaza no sólo con estallarle entre las manos, y dejarla por tanto sin manos, sino también en dejarla sin alma. Y resulta que aún hay quien no se resigna a perder el alma. Víctor Hugo, aquel mago decimonónico, que, en el fondo, abominaba de muchos mitos de su gran siglo, dejó escrita una hermosa verdad; la que dice: «Un hada está escondida en todo cuanto ves». Por ello, no ha muchos meses que en Kiel supieron reunirse más de trescientos amigos y estudiosos de toda Europa, de los cuentos de hadas, para oír, entre otras muchas cosas, a una maravillosa señora que encantó al auditorio, relatando, con bella memoria y voz, ciento cincuenta hermosísimos cuentos de hadas. Parece iniciarse una feliz alborada, en la que el mundo, harto de bombas atómicas, de monstruos, de tontos y degenerados, vuelva hacia un limpio estilo —que es el ala blanca de la feliz imaginación— para reivindicar la gracia que tanta falta nos hacía. Gracia sin la cual no se hubiera producido ni la «Odisea» ni el «Quijote», por citar solamente dos obras egregias, en las que, por cierto, se demuestra que imaginación no significa, necesariamente, pugna con el realismo.

El Dr. López Ibor ha escrito estas precisas y oportunas palabras: «El mundo imaginativo tiene primarias valencias. La imaginación no es sólo cosa de locos. Es el pan de nuestra vida cotidiana, una fuerza creadora que procede del campo de la efectividad».
Willlam Blake ha dicho aquello tan profundo de que «La imaginación es el hombre» y lord Dunsay, el gran recreador irlandés, el gran imaginativo, al saber mantener viva la capacidad de maravillarse, nos supo ofrecer la bellísima enseñanza de que «Maravillarse en el hombre, es Santidad».
Cunqueiro es otro gran imaginativo, un fabulador admirable, un recreador de mitos, que, aunque sabido, no debe dejar por ello de ser reiterado. Estamos atravesando un periodo en el que la imaginación, hasta hace poco tan denostada, está alcanzando frescas dianas de claro logro y esperanza.
¿Y no es el propio Descartes, el del riguroso «Discurso del Método» el que estampa en su «Olympica» estas luminosas —Homero diría «aladas»— palabras: 'Razón es aquello que, por entusiasmo y fuerza de la imaginación, han escrito los poetas?»
¿Y no fue Saint John Perse, el riguroso poeta, quien dijo el recibir el Nobel de Literatura: «La imaginación es el verdadero terreno de la germinación científica. No se tiene derecho a no considerar el Instrumento poético tan legítimo como un Instrumento lógico»? Sí. «La poesía es más verdadera que la historia», dice a su vez Aristóteles, que no era precisamente un delirante, y hoy Borges escribe de modo tremeluciente: «La verdad es inefable e incomunicable; esto es una idea mística. Yo puedo mencionar el color amarillo, porque todos hemos visto el amarillo. En cambio si un místico ha temido la experiencia inmediata de Dios, o lo que es lo mismo, de la verdad, no puede comunicarla s las otras, porque, para él, ese sonido corresponde a la experiencia y para los otros es simplemente una palabra en el diccionario, una palabra de contenido vago». ¿Y no tendrá alojamiento la imaginación en la propia alta matemática, tras el principio de «indeterminación» de Heisenberg...?  
Cerramos ahora, tras el gozo de su lectura, el último nuevo libro de Álvaro Cunqueiro —«Vida y fuga de Fanto Fantini»— que esta vez nos traslada a la soleada Italia renacentista, donde el capitán Fanto Fantini della Gherardesca nace en Bongo San Sepolcro, en la Umbría septentrional, compoblano de Fra Luca Pacioli, el de la «divina proporción» y del inefable maestro Piero della Francesca. El valeroso «condottiero» del XV —a quien un rayo arranca del vientre de su madre en el momento de nacer, prefigurando así su destino peritísimo en fugas y evasiones carceleras, vive palpitante y sublimado por obra y gracia de la feliz imaginación cunqueiriana, a través de las páginas de su nuevo singular libro, con su caballo «Lionfante», poseedor de habla humana, de su perro braco «Remo» —inolvidables personajes— y de los cien muñecos que se agitan en esta historia. Así, cuando logra huir de la prisión de Aquilasola, donde la envidia feroz de otro «condottiero», de Vero del Pranzo, lo tiene condenado a morir lentamente de sed y hambre, Fanto Fantini se demuestra a si mismo que la fuga es una «cosa mentale» y sabe que puede salir. Sabiendo que lo prisión era «una idea de una prisión», ya estaba fuera. Por ello y apoyándose en la «Divina proportione», logra la fuga, disfrazándose de... hexágono. Porque también en la «proportione divina» la imaginación tiene asiento.

18 julio de 1973 La Vanguardia Española Página 11
José María Castroviejo

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