viernes, 23 de diciembre de 2016

"Pla contra Wagner" (y II)

La estética de Wagner

SEÑORES, me han dado ustedes un varapalo formidable, del que les acuso recepción. Me refiera a la cosa de don Ricardo Wagner. Las setenta u ochenta personas que han escrito a la Dirección de DESTINO defendiendo al autor de «Los maestros cantores de Núremberg», son personas que yo respeto y admiro. Mi interés, como el de ustedes, señores, es poder crear los condiciones objetivas de una polémica que no se convierta en una carnicería. En este sentido — dado que las cartas no se podrán publicar en su totalidad, por falta de papel—, yo quiero contestarles para dar la impresión cierta del respeto que me merecen. Para su satisfacción, les diré que las cartas que he recibido de la Dirección del semanario, como las que yo he recibido en mi domicilio particular, firmadas por Brunildas y Lohengrins del extranjero o del país, son absoluta y radicalmente contrarias a mi punto de vista. 
Las personas que en sus cartas afirman que yo, en mi artículo, he dado muestras de sentir un desprecio más o menos grande por le nación alemana, se equivocan. Convendría que estas personas supieran de una vez que las cosas abstractas o genéricas no se odian, ni se desprecian, ni pueden amarse como puede odiarse o amarse una cosa concreta. Yo no puede sentir sentimiento alguno contrario por lo que existe. Toda realidad me produce no sólo un gran sentimiento de respeto, sino de incentivo de la curiosidad. La curiosidad que yo siento par la cosa alentosa es inmensa. Lo que yo desprecio hasta el hueso es la forma política que imperó en Alemania con el nombre de nacionalsocialismo, en los últimos años. Lo que ha sufrido el pueblo alemán, victima espantosa de la ignorancia terrible de sus dirigentes.
Volvamos, pues, a Wagner y a los problemas que plantea su estética — que es como decir, en este caso, su pornografía
Sobre Wagner está ya dicho todo — después de lo que escribió don Federico Nietzsche, no sólo en el libro que dedicó al músico, que fue su mayor amigo, sino en notas dispersas en casi todos los libros—, sobre todo las que se refieren al problema moral, coma en «Aurora», por ejemplo. En aquella «Aurora» tan triste que Nietzsche escribió en los pueblecitos del golfo de Génova, sometido of régimen de comido más eficaz para la filosofía, consistente en huevos, verduras y carne, según dice.
Hay un punto en Wagner que Nietzsche, por espíritu de caridad, no desarrolla en sus obras: es el Wagner como creador de tempestades de teatro, en lo que no tiene rival. Cuando hablo de la obra del músico me refiero a lo obras típicamente wagnerianas  de su producción, excluyendo, por tanto, lo primera parte de su obra, que es italianizante y «Los maestros cantores», que están construidos a base de canciones populares, porque ha de saber usted, ¡Oh Brunilda!, que Beethoven y Wagner trabajaron sobre esta clase de melodías. Cuando me relego usted, señora, a las melodías de no pueblo, me pone, como usted no lo sepa, en muy buen terreno.
En su obra más típicamente germánica, Wagner fue un creador de tempestades terribles. La orquesta crea tempestades que se inician como suele iniciarse esta clase de monstruosidades y suben lentamente y sin cesar. Llega un momento en que se producen estrépitos terribles, que pondrían las pelos de punta al más pintado, si no se tratara de tempestades de teatro, o sea infinitamente más desapacibles y furiosas que las tempestades verdaderas. Llega un momento en que todas las fueras del caos, del cosmos y del sistema planetario se proyectan sobre una orquesta en pleno frenesí Y esto lo resuelve siempre don Ricardo a base de lo que los antiguos carcamales de lo retórica llamaban la armonía imitativa, de la cual citaré un ejemplo literario para que la gente sepa lo que es la armonía imitativa:

Las torres que desprecio al aire fueron,
a su  gran pesadumbre se rindieron

para dar idea del derrumbe de unas torres, Wagner hace llover, tronar, relampaguear, se fingen en escena todos los ruidos que la naturaleza produce cuando se desata y se convierte en manifestación espantosa de lo que es la vida cósmico, en relación con nuestra humilde vida humana de todos los días.
Pero luego, como sucede en obras de otro tipo, después de la tempestad viene la calma y es en estos momentos en que Wagner se entrega al puro panteísmo y a los movimientos más entrañables de la más insignificante biología. Cuando se entra en el proceso de la calma se oye crecer la hierba, producirse el monstruoso crecimiento de las setas, palpitar el agua y el viento, la entraña humana y la entera fisiología. Esto no se hace a través de la armonía imitativa, porque estos ruidos no pueden imitarse, pero se hace produciendo borborigmos, ruidos fisiológicos, tartamudeos, vacilaciones, temblores, ansias, fiebres, sueños, obsesiones y todo lo que suele producir la existencia en su proceso hacia la muerte.
Mis contraopinantes dicen: Pero usted, señor Pla, ¿será tan insensato para no reconocer estos placeres que Wagner produce? ¿Será usted tan cerrado y tan obtuso paro no entusiasmarse ante estas titilaciones febricitantes, repetidas, obsesionantes, obra maduras, definitivos? Y yo, que soy el señor Pla, digo que todo esto lo reconozco, y que precisamente porque lo reconozco lo desprecio.
Jamás el espíritu de lo música ha consistido en la imitación servil o pornográfica de la naturaleza.
Yo levanto la bandera de la norma contra el caos, de la arquitectura contra lo geología, de la gramática contra la confusión, de la sagrada familia contra la bohemia errante y desabrochada. Mi idea es que estas cosas no pueden ser desenfocadas por el arte y que amado se rompen las leyes de lo vida humana a favor de la vida cósmica, no hay arte posible, aunque puedan producirse grandes secreciones de fisiología — grandes y, desde luego, placenteras secreciones de la fisiología.
Don Ricardo es un hombre terrible, que toca las pajaritas de la gente — generalmente refinados, refinadazos, que son personas que yo respeto, pero que me gustan poco —. Su concepción de que el arte es mera sensualidad no la admito. El arte es duro, es triste, es de un dramatismo inmenso. El arte no es más que el disimulo febricitante de la tragedia del hombre en la vida, el hombre de inmortalidad realizada a través de la espantosa dificultad del dibujo y de la forma sintética, aunque concreta. Wagner no tiene formo alguna, dibujo alguno, es una mera secreción de lo naturaleza. Es el hombre que ha asesinado una de las mayores adquisiciones del hombre: ha asesinado la melodía. Ha transportado toda la música a la sinfonía fundiendo la maravilla de la voz humana en los instrumentos de viento de cuerda. Wagner es un gran músico que puede ser, en estas latitudes, considerado como un enorme enemigo.

"La Estética de Wagner". Destino, núm. 553 (13 marzo 1948), p. 5.

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